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miércoles, 7 de junio de 2017

¿Y QUIÉN CRITICA AL JUEZ?

El hombre que se enfrentó a los intelectuales
Antonio Lucas

Ignacio Sánchez-Cuenca es hombre serio. De los que se ponen a pensar con algo de zarza ardiente. Un cruce de empollón y rebelde dispuesto a prender las sayas de las creencias en las que no cree. Ignacio Sánchez-Cuenca (Valencia, 1966) está sentado en un despacho dibujando dianas mentales contra algunos de los escritores, periodistas o intelectuales que más pitan: Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Fernando Savater, Félix de Azúa, Arturo Pérez-Reverte, Javier Cercas, Arcadi Espada y Jon Juaristi, entre otros. Los acusa de palabrones. De viajar por los periódicos con artículos de pensamiento leve. De pensamiento torcido. O de pensamiento confuso. Los tiene por butroneros del decoro de opinar.

Sánchez-Cuenca tiene un ámbito de acción ancho: la Transición, el terrorismo y la violencia, la calidad democrática o la política comparada. Pero desde que estudiaba en la Universidad Complutense (donde también fue titular en Sociología) tuvo una irreprimible vocación por incordiar, como un alcotán de los que asestan picotazos en el costillar del bicho derrotado.

Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política, ha publicado un ensayo que tiene algo de coliseo donde trincha a un puñado de articulistas. Hombres (sólo hay una mujer) que suman oleadas de lectores para sus libros y trasladan a tantos de esos seguidores hasta los diarios en los que escriben. Es una bronca entre politólogos y escritores. Carga la bayoneta en unas páginas que tienen tanto de osadía como de ambición aguada. Un manual de desafectos que pudiera ser un cinturón de dinamita, pero con la carga floja y el interruptor algo suelto. La desfachatez intelectual (Libros de la Catarata). Así se llama el trabajo.

Con un cierto Morán Style (Gregorio Morán levantó polvo con su volumen El cura y los mandarines, donde arremete contra parte del star system de la literatura española actual), el profesor Sánchez-Cuenca se pone bravo, pero en el derrote olvida parte de la historia del periodismo español de los últimos 40 años (los de la democracia). En los 80 y 90 se cuajaron columnas y crónicas que no desmerecen de aquellas que (con motivo o sin él) le despiertan alarma. Algunas inflamables de Eduardo Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, serían hoy polémicas. Un antecedente interesante que no cita. El columnismo y el periodismo de opinión tiene en estas latitudes una formulación propia. Incluso una arista caprichosa. Distintos son los artículos de fondo, los análisis de especialistas por materias y el frenesí de los politólogos. Pero un escritor con columna observa, ironiza, cabrea, acierta o patina. Su lectura es libre. El acuerdo o desacuerdo, también. Otra cosa son los intereses creados a los que puedan o no servir. Y ahí Sánchez-Cuenca asoma cañón, pero no prende la mecha.

¿El suyo es el libro de un indignado?
    Es fruto de una decepción creciente con las intervenciones políticas de nuestros intelectuales más visibles.
¿Cómo define desfachatez?
    Contenidos superficiales, poco meditados y poco informados, envueltos en un estilo prepotente y muy tajante. Ofrezco muchos ejemplos en el libro.
Habla de sus damnificados como si fuesen casi una secta.
    No creo que sean una secta, si bien muchos de ellos tienen vínculos personales, una afinidad generacional y una evolución ideológica similar. Viajan de posiciones de izquierdismo radical hasta el liberalismo o el conservadurismo actual.
Aun así quedan retratados como un grupo de presión al calor de algunos medios de comunicación...
    No creo tampoco que sean un grupo de presión. Pero casi todos ellos mantienen vínculos muy estrechos, casi indestructibles, con los medios de comunicación en los que escriben y que les promocionan.
¿Qué entiende por «buen intelectual»?
    No estoy muy seguro, pues hay intelectuales de muchas clases. Pero en el debate político su obligación es elevarse sobre el terreno de las tertulias y la coyuntura, tanto en contenidos como en forma, aportar una visión de largo plazo que contribuya a entender el presente, refinar argumentos, sacar lecciones de lo que ha ocurrido en otros lugares y otras épocas, etcétera.
¿Cuáles son sus intelectuales españoles de referencia en este momento?
    No sé si debe haber intelectuales de referencia.
¿Qué impresión le merecen Juan Goytisolo y Rafael Sánchez Ferlosio?
    Lo siento, pero no los he seguido con suficiente atención como para poder emitir una opinión interesante.
Es curioso que casi todos los aludidos en este libro pertenecen a un segmento ideológico que va de una derecha fuerte a un centro derecha o alternativas mixtas (y todos manifiestamente antinacionalistas), pero no hay articulistas con ánimo de izquierdas.
    Me he querido centrar en los escritores e intelectuales que tienen mayor prestigio y reconocimiento en nuestra sociedad, quienes reciben premios y homenajes, participan en los ciclos de conferencias y cursos de verano, tienen abiertas las tribunas de los principales medios de comunicación, publican en las editoriales más potentes... Intelectuales de izquierda que reúnan esas condiciones no se me ocurren. Los intelectuales criticados en el libro fueron muy de izquierdas en su día, pero han evolucionado hacia la derecha y no ha habido suficiente renovación generacional como para que hayan ascendido nuevos intelectuales de izquierda a esas posiciones de gran visibilidad social.
¿El libro viene a desmontar al presunto grupo?
    No, más bien es una llamada de atención para que los aludidos eleven el nivel de sus intervenciones. Me parecería una catástrofe que dejaran de escribir en los medios de comunicación, porque tienen talento. Pero esa inteligencia y conocimientos suficientes debería llevarles a refinar algo más sus opiniones. No todo lo que dicen, según parecen creer todos ellos, es digno de respeto.
Habla de la Generación del 98 y del 14, que tuvieron un sentido de catástrofe respecto a España. ¿De verdad ve paralelismo?
    Bueno, eso debería decirlo un experto en la materia. Yo hice un acercamiento algo superficial al asunto, pero lo que les vincula es una cierta aproximación moral a la política. Escriben, como tantos hombres del 98, desde el ángulo de la decepción moral. Se consideran tipos de alta moralidad, dueños de unas ideas estupendas, pero que se muestran muy defraudados por la política existente. Ese tipo de actitud es lo que unifica desde hace más de un siglo a nuestros intelectuales. Y creo que eso tiene mucho que ver con que casi todos sean hombres de letras...
¿Es un inconveniente?
    En absoluto, tengo un respeto total por las Humanidades. Yo estudié Filosofía, pero sus aproximaciones a la política es individualista. Siempre están en ese tono de «qué lejos queda mi país de lo que a mí me gustaría». Así que como yo me decepciono hago una recusación sin matices del país en que me ha tocado vivir, me lamento, me maldigo por ser español y digo que toda esta caterva de mediocres políticos que están condenando el desarrollo de mi nación deben ser barridos y yo debo empezar la gran regeneración de España en nombre de mis ideales. Eso es superficial y empobrecedor porque no permite alumbrar los problemas concretos ni establecer soluciones. Es un discurso demasiado abstracto y que puede explicar los virajes bruscos que tienen en sus biografías algunos intelectuales de los que hablo: un día se descubren fascistas, al siguiente son demócratas y mañana monárquicos o anarquistas. Es el resultado de esa actitud del «me duele España porque no está a mi altura».
Todos ellos son antinacionalistas y, a la vez, contrarios o en desacuerdo con los Gobiernos de Zapatero. ¿Una casualidad?
    Eso los une a todos. Y me parece muy bien, faltaría más. Pero se podrían haber trabajado un poco mejor la crítica. Cuando Félix de Azúa dice tonterías como que Zapatero ha sido el peor gobernante después de Fernando VII resulta sonrojante.
¿Y por qué cree se dio ese desafecto común?
    Primero por un efecto biográfico: porque muchos empiezan por la extrema izquierda, pasan a la socialdemocracia en la etapa dorada de Felipe González, se dejan querer por la nueva derecha de Aznar y su proyecto orgulloso de una España fuerte contra el sectarismo nacionalista. Y cuando llega Zapatero les pilla con el paso cambiado.
Cambiado respecto a qué.
    Pues que no tienen ninguna complicidad con el tipo de propuestas de Zapatero. Les pone muy nerviosos la Ley de Memoria Histórica. Les saca de sus casillas el proceso de paz con ETA y algunos asuntos más. Esto es bastante evidente. Y ya con la crisis su prestigio se resiente porque entonces no tienen nada que decir, no aportan nada nuevo más allá que apuntarse al regeneracionismo que circula entre juristas, economistas y otros gremios. Lo que a esta gente le pone es el plan Ibarretxe y el procés de Artur Mas. Pero la crisis está muy lejos de sus preocupaciones. De ahí que tanta gente joven pierda la conexión con ellos, no les seducen nada. Yo los veo en franca decadencia. Tienen un estilo anticuado al enfrentarse al debate político. La calidad de sus intervenciones va a menos y luego tienen la piel muy fina cuando se les critica.
¿Asesoró de algún modo a Zapatero como presidente?
    Algunos de ellos me han llamado mamporrero del presidente Rodríguez, pero jamás he escrito un papel para ningún Gobierno en España.
Las mujeres no abundan en el libro. Es más, sólo a Edurne Uriarte le dedica unas líneas...
    Pues no tengo una buena respuesta para eso... Quizá haya tenido un sesgo inconsciente y no me haya fijado en artículos escritos por mujeres o quizá también sea que las mujeres no adoptan igual el discurso del «machismo discursivo» que señala Diego Gambetta. Tienen opiniones fuertes, pero no la prepotencia estilística de los machos de nuestra esfera pública...
También podría ser que la mayoría de mujeres con espacio de opinión en los periódicos esté más cerca de la izquierda...
    ¿Pero quién hay en la izquierda (hombre o mujer) que tenga en la prensa el prestigio y la presencia de los autores que yo hablo?

Quizá Juan Goytisolo. Quizá Rafael Sánchez Ferlosio, aunque sea más incalculable en su posición política. Quizá Juan José Millás, al que sólo cita por el lado del «ingenio».
    Pero en el caso de Goytisolo no se mete en la política del día a día. Ferlosio me parece muy abstracto. Y respecto a Millás, sí lo cito. No sé si he sido sesgado o no he encontrado el equivalente en la izquierda.
¿Y qué hay de malo en pensar que este país es deficiente en varias cosas?
    Es que en ese sentido España es muy pendular. En 2007, un año antes de que comenzara la crisis, la mayoría de las encuestas europeas señalaban que la satisfacción de los españoles con la democracia era más alta que la de los daneses. ¿Teníamos una democracia mejor que la de Dinamarca? Evidentemente, no. Y en cualquier caso, las dificultades que atraviesa España son parecidas de las que atraviesan Italia, Portugal, Grecia o Irlanda. No sufrimos una condena histórica que nos lleva a estar en la cola. Tenemos una opinión excesivamente negativa sobre nuestra clase política, instituciones y nuestra propia producción cultural.
¿El medio aún es el mensaje?
    A eso no sé responder.

Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/cultura/2016/05/16/5735c351468aeb5e2c8b45dd.html
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=B-fRrFoKUEQ
Fotografía: http://www.eldiario.es/politica/democracia-crisis-instituciones_0_234126756.html

domingo, 5 de marzo de 2017

DEL ARTE DE MEAR

EL MUNDO, Barcelona, 22 de febrero de 2017
 CABO SUELTO
Revolución del urinario
Antonio Lucas

Hace 100 años que Marcel Duchamp cogió un urinario, le dio la vuelta, lo firmó con seudónimo (R. Mutt) y lo mostró al mundo como hallazgo, como juego y como hermosísimo comercio de lo improbable. Funcionó. Duchamp entendió que eso que se llamaba arte también podía ser una mirada paciente y orteguiana sobre lo que no le importa a casi nadie. Aquel urinario inauguró un siglo de inauguraciones tremendas. De los versos de Ezra Pound a los hornos de Auschwitz. Del avión la fregona. Del bolígrafo a internet. Y todo empezó por un tazón para mear sacado de quicio y de contexto. Fue cuando el verdadero artista dejó de ser el que hacía las cosas y ocupó su lugar el que las contempla. Es otra revolución: llegar por desconcierto a la belleza inesperada desde la realidad menestral de un mingitorio. Duchamp afianzó la poesía de la nulidad en estado salvaje.

A poco que uno tenga algo de tiempo que perder puede experimentar sensaciones parecidas (en cutre) echando un ojo al paisaje político español. Aquí el camino es el opuesto al de Duchamp: de algo útil se ha ido degenerando hasta un rumor de meadero con anuncios de permanganato. Hay que celebrar el progreso. Nada de lo que dicen a bulto en estos últimos meses sus señorías (y alrededores) tiene la mínima sustancia para convertirse en perdurable, aunque disimulen con frases hechas tanta idea vieja como un milagro de la democracia. Eso es trampa, no talento. Intentar convencer de que el bicarbonato es sal del Himalaya. A partir de ese tocomocho ya vale todo. Y así estamos.

El momento fundacional en el que Duchamp dio la vuelta a la alcarraza del váter de caballeros inauguraba no sólo una intuición estética, sino una dialéctica. Las cosas no tienen un único significado. Ni un sentido solo. Es más, si las miras del revés adquieren posibilidades insólitas. Verdades asombrosas. La prueba está, por ejemplo, en la vida interior de los partidos políticos. Si sacas de la nómina a muchos de los que hacen carrera en sus cañerías se difuminan con asombrosa eficacia. No valen. No cuentan. Incluso no sirven. Es tropa que exige ser mantenida ante la imposibilidad, ya, de ser reinventada. Y no lo digo exactamente por Pedro Sánchez, sino por tantos en general. A bulto. Representan la abstracción devaluada de la política, el informalismo malnacido de los chantajes, el barroco de las traiciones, el minimal de los secretos de familia y el dadá de tantas trifulcas de comité central. Su compromiso es, sin duda, artificial y pernicioso. Puestos oportunamente en la calle no se distinguen de la insipidez eléctrica de una fotocopiadora presentada en crudo sobre la acera. Las cosas se hicieron para romperlas y los políticos entendieron esto enseguida. No sé si me explico.

Marcel Duchamp extenuó la vanguardia mientras revelaba cómo el humano, en algunas parcelas de la vida, entiende mejor los cacharros que las ideas. Fue un descubrimiento extraordinario. Las ideas nos dicen menos del hombre que las cosas que usa. Por eso un urinario dispuesto en un plinto como la Victoria de Samotracia encogió de hombros al surrealismo y descatalogó la solemnidad. Fue una rebeldía acometida después de una noche de tabaco y risas. Le puso por título Fuente y estiró sin fin el arte. Después de aquello el milagro es creer aún que las cosas son lo que parecen.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/22/58ac9ab9268e3e0c758b45aa.html

viernes, 30 de septiembre de 2016

VICISITUDES ALLENDE LA MAR

EL MUNDO, Barcelona, 1° de octubre de 2016
Los intelectuales y España: Fernando Savater
"El populismo siempre trabaja contra la mitad de los ciudadanos"
Antonio Lucas

En la cafetería le piden fotos a Fernando Savater. No sucede con tantos filósofos. Él despliega la misma cortesía para el espontáneo que para armar ideas propias que a veces viajan braceando contra la corriente. Da igual. Se trata de no parar de pensar. Y de hacer del pensamiento acción. Aquí va.
Una duda, aunque sea fuera ya de actualidad, ¿hizo campaña por Ciudadanos en el País Vasco siendo miembro de UPyD?
    No, no, vamos a ver. No fue un acto de campaña, sino un debate. Decidí hacerlo, entre otras cosas, porque desgraciadamente UPyD no se pudo presentar a las elecciones en el País Vasco, ausencia significativa que a nadie le ha llamado la atención.
¿Por qué debería después de la casi extinción del partido?
    Muy sencillo. Cesa la violencia terrorista de ETA y los perjudicados electoralmente son quienes más la han padecido.
Casi todos los grupos políticos en el País Vasco.
    Sí, pero me refería a que aquellos que simpatizaban o se dedicaron a recoger nueces durante aquellos años han salido beneficiados. Es una prueba de cómo funciona la democracia. No hemos podido presentarnos, a pesar del gran trabajo en solitario de Gorka Maneiro... El caso es que me llamó Albert Rivera, al que conozco de antes de UPyD, y me sugirió hacer algo en el País Vasco. No un acto electoral, sino un debate alrededor del constitucionalismo y demás. Hasta ahí llegó mi colaboración en esta campaña con Ciudadanos. Y reconozco que me habría gustado que hubiesen conseguido uno o dos representantes que amortiguasen la ausencia de UPyD.
Usted ha sido el único que ha salido indemne de los ataques de Rosa Díez a presuntos "traidores" o "tránsfugas" en las filas de UPyD.
    Creo que ese tipo de lenguaje es lo que ha causado los problemas de UPyD. El convertir las oposiciones y los antagonismos teóricos (tan necesarios) en traiciones ha molestado a mucha gente valiosa que se ha alejado de nosotros por esa dialéctica. Quiero mucho a Rosa y todo lo que es UPyD lo es, en buena parte, por ella. Pero esa faceta de radicalizar los enfrentamientos o dramatizarlos de manera desmedida nos ha perjudicado mucho. Además, ya no tienen ningún sentido.
Este momento de bloqueo político qué muestra y qué esconde.
    Muestra que cuando todo el mundo animaba para que se acabase el bipartidismo nadie había pensado en qué hay después del bipartidismo. Recuerdo una frase de mi amigo Adam Michnik: "Lo peor del comunismo es lo que viene después". E igual sucede con el bipartidismo en España.
¿Pero se rompió el bipartidismo?
    Se ha roto, sí. Tenía muchos males, cierto, pero lo que no dejaba era un país sin gobierno. Y ahora ya tenemos una gran fragmentación política.
Que también tiene alguna cosa favorable.
    Como las tiene desfavorables. Entre las buenas destaca que entran en juego más voces políticas y más matices, pero no olvidemos que esto exige un cierto entrenamiento para manejarlo y eso aquí no existe todavía. Entre las muchas curiosidades llamativas de este periodo destaca la existencia de grupos parlamentarios que están haciendo la oposición a gobiernos que no existen. Primero hay que crear un gobierno, aunque sea para decir que no nos gusta. El fin del bipartidismo ha llegado por sorpresa. Como dijo Felipe González, estamos como Italia pero sin italianos.
Y si eso es lo que muestra el bloqueo, ¿qué es lo que esconde?
    Demasiadas ambiciones personales. Vivimos en una hiperpersonalización de la política. Algunos están convencidos de que si no son ellos los que construyen el puente es preferible que la gente se ahogue. Y en política primero hay que pensar en el puente, no en quién lo hace.
¿Esa actitud no revela una cierta bisoñez democrática?
    Así parece. Hasta el punto de que hay quien desconoce el significado de ciertos términos. Por ejemplo: investidura. Investidura no quiere decir que te tengas que casar con el investido. La culpa de que el último candidato a la investidura sea Rajoy la tiene la gente, que es la que vota. Pero el investirlo no quiere decir que aceptemos su proyecto ni que nos parezcan bien sus ideas. Al contrario. Quien mejor ha entendido esto es Ciudadanos. Si el PSOE lo hubiera hecho de igual modo creo que se le podrían haber sacado muchas cosas a Rajoy. Y en cualquier caso, tendríamos un Gobierno al que oponernos y al que maldecir, que es algo necesario también en la vida.
O sea: es partidario de un Gobierno de consenso entre PP, PSOE y Ciudadanos.
    Habría sido lo perfecto. No olvidemos que nuestro país no está en unas circunstancias normales. Aquí vivimos bajo la seria amenaza contra su unidad, algo que no ocurre en Europa. Aquí si no estuviera el independentismo habría una posibilidad mayor de pacto entre partidos de izquierda y ya estarían los socialistas en el Gobierno. Esa unión a tres entre PP, PSOE y Ciudadanos ya la veo casi imposible.
¿Entonces?
    Pues unas terceras elecciones en las que sugeriría a los ciudadanos que aparcásemos las diferencias políticas por una vez y votemos a los dos únicos partidos capaces de entenderse y de planear una legislatura: PP y Ciudadanos. Y después cada cual a sus intereses políticos. ¿Quién garantiza que después de las terceras no puede haber unas cuartas? Los candidatos son los mismos, los votantes son los mismos y el país tampoco cambia tanto en unos meses.
¿Pero ese Gobierno a tres no sería la muerte de un PSOE delirante y se convertiría en un Ejecutivo de vetos más que de pactos?
    Probablemente. Y, sobre todo, sería de recorrido muy corto. Habría más discrepancias que parecidos, pero al menos saldríamos del impass frente a Europa y de cara a los presupuestos. De esta tenemos que salir y hay que dar la impresión de que la máquina sigue en marcha. No se puede mantener la imagen actual de que el Gobierno que se busca es el de unos contra otros. Lo peor del populismo (Chávez, Kirchner) es que esos gobernantes sólo trabajan para una parte de sus ciudadanos. Y eso está sucediendo aquí, nuestros políticos están exhibiéndose en contra de la mitad del país.
Y ya que citamos al PSOE, ¿de qué modo es alternativa de algo en medio de una guerra de pandilleros y sin rumbo?
    El PSOE ha sufrido un proceso de degradación desconcertada desde la irrupción política del populismo podemita. No saben qué quieren ser de mayores: como los dioses fatales no lo remedien, su historia habrá comenzado con un Pablo Iglesias y va a acabar con otro. La socialdemocracia, que a mi juicio equivale en política a la common decency de la que habló Orwell y por eso es motivo de inquina entre la familia Trump de nuestro entorno, necesita intérpretes con los instrumentos menos desafinados que los actuales, sin complacencias venenosas con el nacionalismo y sin envidia cochina por las fútiles lentejuelas con que se reviste el radicalismo para bobos y rencorosos.
La corrupción y el nacionalismo son los dos mantras o bucles de la realidad española.
    Acabar con la corrupción no es un proyecto político, sino que es una higiene previa a la política. Es como si le preguntamos a cualquiera sus planes personales para los próximos 20 años y dice que sobre todo el plan es no caer enfermo. Bueno, usted no querrá caer enfermo porque tiene propósitos que no serían posibles con una enfermedad, pero no depende de usted. Pues con la corrupción sucede algo parecido. Vamos a decir que hacen falta medidas eficaces y generalizadas contra la corrupción, que hay que que acabar con el clientelismo y con ese afán de agencias de colocación y mangoneo que tienen los partidos, pero eso no es un programa político para un país.
¿Y lo del nacionalismo?
    Es el problema más grave que tenemos ahora en España. Entre otros asuntos, porque hay aspectos que no se entienden. En una entrevista con el lehendakari Urkullu, persona moderada, éste expuso ideas incompatibles con la ciudadanía, como que los vascos somos una nación diferente al resto del país y cosas de ese tipo. En España el único problema territorial que existe es el de Gibraltar. Nuestro problema no es territorial, sino de ciudadanía: saber si pertenecemos a todo el país o sólo a parte de él. Los derechos históricos son las Brujas de Zumarragurdi de la Constitución, nadie sabe hasta dónde llega su poder. Culturalmente puedes ser como quieras, pero políticamente somos todos de un mismo espacio. Aquí eso sigue sin explicarse. Uno de los defectos, aparte de la apatía de este Gobierno para actuar, es amagar permanentemente. Cuando en Euskadi se han aplicado las leyes, sin necesidad de sacar tanques a la calle ni cosas por el estilo, se metió a toda la mesa de Batasuna en la cárcel. Muchos decían que iba a arder el País Vasco por los cuatro costados, aunque lo único que ardió fue ETA. La unidad de España importa porque nuestra ciudadanía sólo resulta completa de ese modo.
¿La «apatía» de este Gobierno ahora en funciones es impericia o cobardía?
    No sé bien, pero soy consciente de que lo grave es que el día en que se tomen medidas, de tanto acumulado, será todo mucho más dramático. Gobierno hay que ser desde el principio. El desafío ha crecido exclusivamente por la ausencia de una respuesta a la altura del desafío.
Urkullu, por otra parte, dice que hoy es imposible que un Estado se pueda declarar independiente...
    Bueno, lo que quiere decir es que todos somos interdependientes. Dependemos de la UE y de tantas otras cosas, sí. Pero ellos se han procurado siempre un camino propio. No olvidemos que el PNV consiguió un concierto económico fastuoso que les dispensa mejores servicios sociales y una fiscalidad muy favorable. Eso genera una alarmante desigualdad fiscal y esencial. Al PNV la independencia no le interesa demasiado pero la gestión indefinida del independentismo, sí. Los peneuvistas tienen con la independencia la misma relación que los cristianos con el cielo, un lugar de delicias al que nadie tiene prisa por ir. Y hay más, ellos saben que el independentismo crea un problema al otro (al Estado), mientras que la independencia te crea un problema a ti.
En Cataluña el afán de independencia sí va con una prisa agónica.
    Claro, porque el brujo jefe sabía controlar la escoba, como en la película Fantasía de Disney, y el aprendiz de brujo actual no sabe controlarla. Ahí está la prisa. Por eso es urgente que los ciudadanos se den cuenta de que no es un problema de los catalanes sino de todos, pues quieren arrebatarle a la gente una ciudadanía que es derecho de todos. Los recortes en Sanidad o Educación los entiende todo el mundo. Los recortes en ciudadanía importan a muy pocos.
¿Cree que Europa tiene fecha de caducidad?
    Sospecho que continuará, aunque puede que se vaya debilitando el proyecto hasta que no merezca la pena. La Europa que quede de dar gusto a los xenófobos y de complacer a los que quieren excepciones (mira Inglaterra, actuaron igual que los nacionalistas) será muy frágil. La Europa que yo quiero es la que no olvida el proyecto social, el de la solidaridad, y no la que se convierta en balsa sólo de unos pocos.
Pero todo apunta a que estamos más cerca de la del triunfo de la xenofobia y otros fracasos.
    Por desgracia, sí. Y diré que encuentro un cierto feedback entre yihadismo y xenofobia. Las dos salen ganando con el victimismo, así que hay una complicidad criminal entre ellos.
¿Europa ha entendido en verdad la idiosincrasia de los Estados para funcionar en conjunto?
    Mirémoslo desde el lado de los ciudadanos. El ideal del ciudadano es el de alguien que acepta una ley común con los demás y a partir de ahí piensa lo que quiera en sus aspectos ideológicos, religiosos, eróticos... El ciudadano tiene derecho a no parecerse a los otros. Ya tenemos los estados nacionales, ahora habría que intentar llegar a un estado lo menos nacional o disperso posible. Pienso en una Europa donde el bikini y el burkini puedan convivir sin problemas.
¿Recuerda aquellos versos de Gil de Biedma que dicen: «De todas las historias de la Historia,/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal»?
    Cómo no. Y ahora mismo no tengo fuerza para desmentirlos.
Una cosa más: ¿qué callada está la Iglesia, no?
    Pues sí. Están callados porque han comprobado que cada vez que hablan las cosas se les ponen más en contra. Lo bueno de los creyentes feroces es que hacen callar a los demás. Últimamente están mostrando su verdadera cara y es como para meterse debajo de la cama. ¿Por qué en Francia no han tenido algunos de nuestros problemas? Porque gozan de una buena educación pública laica.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/10/01/57ee94e1ca4741145e8b4591.html
Fotografía: José Aymá.

sábado, 25 de junio de 2016

BESÓMANOS

EL MUNDO, Barcelona, 22 de junio de 2016
CABO SUELTO
Negros en campaña
Antonio Lucas

Los negros han entrado como activo al final de la campaña electoral a cuenta de un choque de manos (Pedro Sánchez) y de un beso de revancha (Sáenz de Santamaría). Así es la estupidez de algunos políticos, contagiosa. Andan convencidos de que ciertos gestos mínimos pueden disimular la máxima impericia en la que encalló esta campaña más o menos hacia el 21 de diciembre. Una vez agotados los mercados de abastos, la falsa espontaneidad de la puerta fría y el posado con varias camisetas del fútbol (incluso a la vez), llegan los negros.
El tremendismo de ir besando gente es una gimnasia electoral catastrófica. Para no dejarse besar hay que tener mucha resistencia, porque los candidatos y sus séquitos insisten tirando los morros por delante hasta que cazan a un desprevenido (o a un espontáneo) y le estampan en cualquier parte un romancero de naderías con la flor de su saliva. Qué país. Cualquier día el poeta Rajoy dedica la jornada a dispensar besos a todas las alcachofas del campo (sublime emoción la suya), pues ya nadie sabe dónde agarra la mata de la intención de voto.
El antirracismo español en fecha de elecciones es a veces peor que el racismo manifiesto. Por falso. Por oportunista. Por barato. Por violento, incluso. Un extraño rito intolerable. El negro, el inmigrante, el distinto, el pobre, el jodido a tiempo completo es una postal de uso corriente cuando se huele a domingo de urnas. Luego los devuelven al sumidero. A la invisibilidad y el arresto, que es su patria de acogida cuando la política alcanza sus últimos objetivos.
En algunos partidos andan buscando negros que poner al paso de sus candidatos. Sospecho que los convocan como si los llamaran para una vendimia. Sugiero a los interesados que entren mejor en un centro de internamiento de extranjeros (CIE). Ahí tienen cupo confinado como para pasar el resto de la campaña repartiendo cariños sin repetir beso en el mismo individuo. Algunos dirigentes sitúan el negocio por encima de la dignidad. Aunque para el Día de Reyes el blanquito concejal prefiere untarse de betún, ellas y ellos, porque una cosa es hacer campaña y otra dejar que un negro original haga de negro original en nuestras cabalgatas de trapo. Lo suyo es que se piquen las manos cogiendo tomates en las tomateras. De las fiestas de guardar ya nos encargamos nosotros.
Estos gestos para rascar papeleta tienen mucho de rendición a plazos. Estamos en un momento tan increíble que ves aquello y sólo quieres que llegue cuanto antes el siglo XXII por no aguantarlos más fingiendo una imagen de futuro con modales del siglo pasado. Todo muy loco.
Un amigo susceptible de ser captado (por su origen) para someterlo al trajín del beso y la foto electoral me escribió esta mañana diciendo que si a él le ponen en una situación así, a traición, se marcha de su raza a la manera en que se fue Rimbaud de la poesía: sin despedirse. "No me jodí media vida para hacerles de trofeo". Hay hombres con un gigantesco don de lucidez y un portentoso afán rechazo. Y saben bromear o tirarse al pilón sin ponerse estupendos.
Este absurdo a cuenta de ciudadanos negros, desatado arrebatadamente por el PP y el PSOE, tiene exigencias y consecuencias. Primero, intentar que seamos conmovidos. Segundo, aceptarse como parte de la parodia. Qué vertigo debe suponer para un político en campaña cruzarse con un negro y que a éste le pase desapercibido el candidato. Eso no hay quien lo soporte. Beso.

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2016/06/22/57697056e2704eb73e8b4584.html?cid=MNOT23801&s_kw=negros_en_campana
Fotografía: http://www.eapn.es/noticias/201/La_ONU_visita_Espana