EL PAIS, Madrid, 17 de agosto de 2018
ENTREVISTA | NORBERTO FUENTES, ESCRITOR CUBANO
“Heberto Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba. Un error fatal”
El escritor Norberto Fuentes desgrana en ‘Plaza sitiada’ su versión de la famosa sesión de autocrítica forzada del poeta en 1971, en la que se vio involucrado
Pablo de Llano
La última obra del escritor Norberto Fuentes (La Habana, 1943), Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno), es una inmersión en la sesión de autocrítica a la que forzó en 1971 el régimen cubano al poeta Heberto Padilla, fallecido en el 2000 en el exilio en EE UU. La publicación de Fuera del juego en 1968 –con poemas como Para escribir en el álbum de un tirano o Cantan los nuevos césares– soliviantó a Fidel Castro y derivó tres años después en su detención y confinamiento en el centro de interrogatorios de la policía política.
Al salir, Padilla pronunció en la Unión de Escritores y Artistas un discurso de repudio a su propio libro y loa al sistema en el que acusó de desafectos a otros como el propio Fuentes, que se enzarzó in situ en una bronca con el poeta reivindicándose “revolucionario”.
El caso Padilla marcó el endurecimiento de la represión ideológica al mundo de la cultura y supuso la ruptura con Cuba de buena parte de la intelectualidad occidental –según el autor, “deliberadamente” buscada por Castro–. Fuentes siguió en la isla y en los años ochenta fue parte “del hardcore fidelista” (según escribió en Dulces guerreros cubanos, 1999), hasta que fue arrestado en 1989 durante la Causa 1 –el proceso que llevó al fusilamiento del general Ochoa– y terminó exiliándose en 1994.
En su casa de Miami, reflexiona sobre aquel episodio tras el que “todos se pusieron a llorar por Padilla, que en realidad fue una víctima de sí mismo” y él, a su juicio, quedó en el olvido “como un paria juzgado por extranjeros y cobardes de la intelectualidad criolla”.
Pregunta. ¿Por qué Fidel Castro decide lanzar su ataque a la intelectualidad?
Respuesta. Temía la posibilidad de tener en Cuba escritores disidentes de renombre internacional, como Alexandr Solzhenitsyn en la URSS. Decía que eso sería un caballo de Troya dentro de la revolución, que la bombardearían desde dentro. Y quería romper con los intelectuales occidentales que sentía que estaban monitoreando su proceso y que lo condicionaban ética y moralmente. A la vez le sirve como mensaje de adhesión a Moscú en un momento en que sus relaciones con los soviéticos no eran buenas: “Somos tan duros como ustedes. También metemos presos a nuestros intelectuales”, y en el que asomaba como alternativa la revolución pacífica de Allende en Chile.
P. ¿Cómo entendía Castro su relación con intelectuales y artistas?
R. Como con todo el mundo: mientras entraran por el aro, no había ningún problema. Para Fidel, como todo leninista, la cultura era un instrumento de la propaganda revolucionaria con un límite claro: “No me hagan contrarrevolución”. Era un límite elástico si lo sabías emplear. Pero Padilla, sencillamente, la jodió.
P. ¿Por qué?
R. Porque había estado en una URSS ya moralmente debilitada mamando una situación en la que los escritores e intelectuales armaban una cantidad de lío que Fidel Castro no iba a permitir en su joven revolución cubana. Eso aprende Padilla y considera que puede reproducirlo en Cuba. Quiso ser el Solzhenitsyn cubano. Fue un error fatal.
P. Pero la mecha, dice en el libro, la prende una obra suya, no de Padilla.
R. Sí, Condenados del Condado. Salió en el 68 unos meses antes que Fuera del juego. Fidel Castro lo leyó y al terminarlo lo tiró contra una pared. En aquel tiempo mi libro fue considerado el primer libro disidente que se hizo en Cuba. Es la primera obra de ficción sobre un episodio de la revolución que tiene un estilo crítico de la peor manera, con humor, y que refleja una realidad que nadie conocía, la Lucha contra bandidos [la persecución en los sesenta contra los alzados anticastristas en la sierra del Escambray]. Eso fue darle duro a la cadena del mono, y Fidel dijo: “Ojo, aquí viene algo”. Él le enseñó a la Seguridad del Estado que había que trabajar como los cristianos, por señales. Y mi libro fue una señal. Fidel dijo que me cogieran preso, pero mis amigos me defendieron –incluido el general Tomassevich, que era una figura sagrada en ese momento– y lo frenaron, aunque él les avisó: “Van a ver que esta mierda no para aquí. Tiempo al tiempo”. Tenía toda la baraja en su mano. Aún estaba esperando a ver qué pasaba.
P. ¿Por qué explotó con Padilla y no con usted?
R. Yo conocía bien el terreno en el que me movía. Ya me habían jodido antes, sabía lo que tenía que hacer. No formar líos exógenos a la literatura, concentrarme en escribir, no salir de ahí. Pero Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico. Y se le fue de las manos. Los premios en 1968 de la Unión de Escritores a Fuera del Juego y Los siete contra Tebas [de Antón Arrufat] fueron la segunda y definitiva señal, aunque todavía Fidel deja esa bronca en stand by. Hasta que en 1971 reúne a la Seguridad del Estado y dice: “Comenzó la guerra contra los intelectuales. Hay que cortarles las patas ya”.
P. ¿Qué había echado a andar el espíritu crítico?
R. Pues que la gente había empezado a probar su fuerza, a tensar la cuerda por las influencias de la época. Ya se sabe qué pasa en Moscú. Se había publicado en Cuba a Isaac Bábel, Un día en la vida de Ivan Denisovich de Solzhenitsyn, y dijimos, “¡Coño, esto se puede hacer!”. Comenzamos a respirar, a tener visos de otra cosa. Los que no tenían talento, por supuesto, prefirieron seguir con la línea oficial, pero los que lo tenían querían intentar hacer cosas nuevas. Ahí Padilla encuentra un campo sin explorar, el de la discusión y el debate, y, como todo artista, quiere poner su pica en Flandes.
P. Y, finalmente, se vuelve el objetivo principal.
R. Sí, porque estaba desbocado. Yo le dije: “Heberto, muchacho, te están dando cuerda, te están dando cuerda”; pero no hacía caso, se sentía invulnerable. Y ya lo venían cocinando hace tiempo. Hasta le habían hecho un estudio de personalidad.
P. Usted sostiene que era el segundo en la fila.
R. Padilla tenía las instrucciones de la Seguridad del Estado de todos a los que tenía que nombrar en la autocrítica, y yo seguía siendo un objetivo por Condenados del Condado. Pero después de que él hace su discurso yo me niego a decir que soy contrarrevolucionario y armo el lío. Yo no tenía nada en contra de la revolución. No quería tumbar a ese gobierno. Yo era un escritor revolucionario que quería hacer literatura revolucionaria. Y eso estaba montado para que todos se autocriticasen.
P. En La mala memoria (1989), Padilla escribió: “Norberto Fuentes escenificó con brillantez el papel que la policía le había asignado”.
R. Y de alguna manera ha sido la tesis que prevaleció. A mí, como siempre se hace con respecto a Cuba, se me aplicó la óptica de los lugares comunes. No aceptaron que un escritor fuera revolucionario y no renegase de ello. Yo trato de explicarle al lector lo que pasó, hago el cuento de cómo yo viví las cosas y cómo las hice. Este es un libro que yo me debía a mí mismo.
P. ¿Cuándo se reencontraron en el exilio en EE UU, hablaron de lo que pasó?
R. No, nunca le toqué el tema. Estuvimos bastantes veces juntos e incluso planeamos hacer un libro entre los dos sobre el 1959 [año de la revolución cubana]. Heberto fue uno de mis mayores defensores para que yo saliera de Cuba y para mí era más importante agradecerle eso y mantener mi amistad con él. No quise revivir aquel muerto.
P. ¿Cómo cree que se sentiría leyendo este libro?
R. Mal, pero yo no soy el responsable de la cobardía de nadie. Heberto embarcó a mucha gente aquella noche. Lo que hizo no tiene nombre.
Fotografías: Giorgio Viera
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2018/08/17/actualidad/1534458972_044062.html
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viernes, 17 de agosto de 2018
lunes, 19 de agosto de 2013
LO SISTÉMICO (1)
EL NACIONAL - Domingo 18 de Agosto de 2013 Siete Días/7
El fracaso cultural
TULIO HERNÁNDEZ
No es solamente en el terreno económico en donde el proyecto político del PSUV es un fracaso absoluto. También lo es en el campo cultural. Tanto en la acepción más amplia del término cultura, referida al sistema de valores, hábitos y creencias de un colectivo humano, como en el sentido más específico de las políticas públicas de cultura, aquellas que el Gobierno debe desarrollar por mandato constitucional.
Mirado desde su propia prédica, en términos de cultura política y ciudadana el chavismo es culturalmente un fracaso porque no logró promover en la población modos de actuar, valores y principios acordes con la ética humanista, colectivista, socialista y "amorosa" que dice defender. Los venezolanos del presente no son más solidarios, austeros, tolerantes, propensos al trabajo colectivo, atentos por el cuidado de lo público y conscientes del valor de la vida que en la era de la democracia bipartidista.
Todo lo contrario. Si nos guiamos por el índice de homicidios por cada 100.000 habitantes, un número significativo de venezolanos ha perdido totalmente el sagrado sentido de respeto por la vida humana. Y si nos guiamos por lo que vivimos diariamente en las calles de nuestras ciudades, otro número importante viola sistemática e intencionalmente las normas de tránsito y pone en riesgo permanentemente su vida y la de los demás.
Los venezolanos, y de manera más notoria en los sectores de menos recursos, son cada vez más víctimas del individualismo consumista. Basta ver lo que ocurre los días de pago en las grandes tiendas de electrodomésticos cuando ríos humanos compiten por la caza de un equipo de sonido o televisores planos de gran tamaño. Y es explicable, pues el mayor esfuerzo de inclusión realizado por el chavismo no ha sido a través de la generación de empleo, la creación de buenas condiciones de vida en los barrios pobres, o de un mejor sistema educativo. La inclusión fundamental del chavismo ha sido hecha a través del mercado, por vía del dinero en efectivo de la renta petrolera redistribuido directa y paternalistamente a través de las misiones.
Tampoco somos más "amorosos" como pregona con edulcorada retórica el inquilino de Miraflores. Ni más respetuosos de las diferencias. Nunca antes en la era democrática la sociedad había sido escenario de tan sistemático cultivo del odio por razones ideológicas, ni de tan hostil polarización política de la vida cotidiana expresada en las palizas que la bancada oficial suele propiciar a los representantes de la Unidad Democrática en la Asamblea Nacional y en el verbo irrespetuoso, homofóbico y moralmente decadente, que ha encontrado la semana que hoy concluye en el diputado rojo Pedro Carreño su síntesis más refinada.
Pero también en lo que a políticas culturales públicas se refiere el chavismo es un fracaso.
14 años después de la Constitución de 1999, esta semana se aprobó una Ley de Cultura estatista, centralista, inconsistente conceptual y jurídicamente, alejada del espíritu de los artículos sobre derechos culturales y educativos de la Constitución, y absolutamente desfasada con los grandes avances internacionales del pensamiento social sobre los temas culturales.
Es la prueba del desinterés por la cultura como hecho plural y del estancamiento intelectual en el bando oficialista.
Como muestra un botón.
En 2006, el día que inauguró La Villa del Cine, la única infraestructura cultural notable construida en la era roja, Hugo Chávez declaró pomposamente que se iniciaba "el fin de la hegemonía de Hollywood en las salas de cine venezolanas". Siete años de gobierno después, Bernardo Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine, hombre políticamente moderado y verdadera autoridad en el área, ha llamado la atención declarando que "una de las peores carteleras de cine de América es la de Venezuela porque está sometida en un 95% a las obras de Hollywood" (El Universal, 12-8-13). Otra promesa incumplida. Otro fracaso cultural que remediar. ¿Será la de Pedro Carreño la cultura que vendrá?
Ilustración: Heberto Padilla, según DL
http://www.portalentretextos.com.br/colunas/recontando-estorias-do-dominio-publico/1971-cortazar-garcia-marquez-vargas-llosa-calvino-sartre-e-outros-estao-descontentes-com-o-governo-c,236,5317.html
El fracaso cultural
TULIO HERNÁNDEZ
No es solamente en el terreno económico en donde el proyecto político del PSUV es un fracaso absoluto. También lo es en el campo cultural. Tanto en la acepción más amplia del término cultura, referida al sistema de valores, hábitos y creencias de un colectivo humano, como en el sentido más específico de las políticas públicas de cultura, aquellas que el Gobierno debe desarrollar por mandato constitucional.
Mirado desde su propia prédica, en términos de cultura política y ciudadana el chavismo es culturalmente un fracaso porque no logró promover en la población modos de actuar, valores y principios acordes con la ética humanista, colectivista, socialista y "amorosa" que dice defender. Los venezolanos del presente no son más solidarios, austeros, tolerantes, propensos al trabajo colectivo, atentos por el cuidado de lo público y conscientes del valor de la vida que en la era de la democracia bipartidista.
Todo lo contrario. Si nos guiamos por el índice de homicidios por cada 100.000 habitantes, un número significativo de venezolanos ha perdido totalmente el sagrado sentido de respeto por la vida humana. Y si nos guiamos por lo que vivimos diariamente en las calles de nuestras ciudades, otro número importante viola sistemática e intencionalmente las normas de tránsito y pone en riesgo permanentemente su vida y la de los demás.
Los venezolanos, y de manera más notoria en los sectores de menos recursos, son cada vez más víctimas del individualismo consumista. Basta ver lo que ocurre los días de pago en las grandes tiendas de electrodomésticos cuando ríos humanos compiten por la caza de un equipo de sonido o televisores planos de gran tamaño. Y es explicable, pues el mayor esfuerzo de inclusión realizado por el chavismo no ha sido a través de la generación de empleo, la creación de buenas condiciones de vida en los barrios pobres, o de un mejor sistema educativo. La inclusión fundamental del chavismo ha sido hecha a través del mercado, por vía del dinero en efectivo de la renta petrolera redistribuido directa y paternalistamente a través de las misiones.
Tampoco somos más "amorosos" como pregona con edulcorada retórica el inquilino de Miraflores. Ni más respetuosos de las diferencias. Nunca antes en la era democrática la sociedad había sido escenario de tan sistemático cultivo del odio por razones ideológicas, ni de tan hostil polarización política de la vida cotidiana expresada en las palizas que la bancada oficial suele propiciar a los representantes de la Unidad Democrática en la Asamblea Nacional y en el verbo irrespetuoso, homofóbico y moralmente decadente, que ha encontrado la semana que hoy concluye en el diputado rojo Pedro Carreño su síntesis más refinada.
Pero también en lo que a políticas culturales públicas se refiere el chavismo es un fracaso.
14 años después de la Constitución de 1999, esta semana se aprobó una Ley de Cultura estatista, centralista, inconsistente conceptual y jurídicamente, alejada del espíritu de los artículos sobre derechos culturales y educativos de la Constitución, y absolutamente desfasada con los grandes avances internacionales del pensamiento social sobre los temas culturales.
Es la prueba del desinterés por la cultura como hecho plural y del estancamiento intelectual en el bando oficialista.
Como muestra un botón.
En 2006, el día que inauguró La Villa del Cine, la única infraestructura cultural notable construida en la era roja, Hugo Chávez declaró pomposamente que se iniciaba "el fin de la hegemonía de Hollywood en las salas de cine venezolanas". Siete años de gobierno después, Bernardo Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine, hombre políticamente moderado y verdadera autoridad en el área, ha llamado la atención declarando que "una de las peores carteleras de cine de América es la de Venezuela porque está sometida en un 95% a las obras de Hollywood" (El Universal, 12-8-13). Otra promesa incumplida. Otro fracaso cultural que remediar. ¿Será la de Pedro Carreño la cultura que vendrá?
Ilustración: Heberto Padilla, según DL
http://www.portalentretextos.com.br/colunas/recontando-estorias-do-dominio-publico/1971-cortazar-garcia-marquez-vargas-llosa-calvino-sartre-e-outros-estao-descontentes-com-o-governo-c,236,5317.html
viernes, 27 de julio de 2012
LECCIÓN OLVIDADA
Cuarenta años fuera de juego
Harry Almela
Poeta y periodista, Heberto Padilla (1932) es
una obligada referencia en la historia de la literatura cubana y
latinoamericana contemporánea.
Cuarenta años se cumplen del malévolo episodio
que se desató con la publicación de su libro Fuera de juego, que constituyó una
reveladora reacción del afán censor y perseguidor del régimen encabezado por
Fidel Castro Harry Almela.
La s matemáticas se han convertido en la
ciencia más recurrida por el discurso oficial en los últimos años.
Va le estar a tono con tal circunstancia y
declarar que, si hoy estamos en 2008, suponemos que hace cuarenta estuvimos
en 1968, es decir, en el año de los grandes giros históricos del siglo pasado en
Occidente. Son los tiempos del Mayo Francés y de Daniel Cohn-Bendit, de las
consig nas Soy un marxista de la tendencia de Groucho y Prohibido prohibir. Es
el a ño de la Primavera
de Praga y del Socialismo con rostro humano de Alexander Dubek c ua ndo, en
nombre del internacionalismo proletario y del materia lismo histór ico, los sov
iét icos lo depor ta ron m ient ra s per ma necía n vei nt it rés años en
Checoslovaquia como lo que siempre fueron: un vulgar ejército de ocupación. El
socialismo log ra sobrev iv ir dos déc ada s má s, g racia s a la solidaria
intervención de los ejércitos del Tratado de Varsovia. De allí proviene el
libro Checoslovaquia: el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff y el
nacimiento del Movimiento al Socialismo, el MAS de m i s tor mento s del que
habla Cabrujas. Es el año de la matanza de Tlatelolco, de las Olimpíadas de la Paz en México. La juvent ud
del mu ndo protesta obstinadamente contra la guerra de Vietnam, Robert Kennedy
es asesinado en Los Ángeles y Martin Luther King en Memphis. Cada una de estas
efemérides daría suficiente material pa ra una crónica. Cua lquiera puede
ubicarse en el inicio de la s g ra ndes ca ídas de los cristos del alma de
nuestra generación. Pero 1968 es también el año de las rupturas intelectuales y
afectivas en nuestro continente, marcadas por la aparición del poemario Fuera
de juego de Heberto Padilla.
Nacido en Puerta del Golpe (Pinar del Río) en
1932, Padilla estudió periodismo en La Habana. Dominaba
varios idiomas y trabajó como profesor de inglés y comentarista radia l en
Miami entre 1956 y 1959.
Ese año regresa a Cuba. Se desempeña como
corresponsa l de Prensa Latina en Londres y del Pravda, colaborando además en
el órgano oficial de la
Unión Naciona l de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
También ocupó un cargo en el Departamento de
Extensión de la
Universidad de La Habana. Luego de los incidentes derivados de la
aparición de Fuera de jue go, mantuvo su puesto en la universidad hasta 1971,
cua ndo es deten ido por «actividades subversivas», luego de la lectura en la UNEAC de su más reciente l
ibro, Provocaciones .
Un grupo de intelectuales (Sartre, la Beauvoir, Moravia,
Sontag, Vargas Llosa, Fuentes, Pa z, Goy t isolo y Margarite Duras, entre ot
ros) reacciona cont ra la detención y es liberado junto a Belkis Cuza Malé, su
esposa. En esos m ismos días, el prev isible y perruno Mario Benedetti, quien
luego dirigiría la Casa
de las Américas, criticó a quienes defendían a Padilla, argumentando que a
ellos nunca les interesó la suerte de los escritores e intelectuales
latinoamericanos presos y torturados meses enteros. Padilla es separado de sus
cargos y enviado como traductor a la Editorial Arte y Literatura. Luego de una serie
de incidentes, el gobierno de Cuba le permite sa lir del país con rumbo a los
Estados Unidos, el 16 de ma rzo de 1980. Murió el 26 de septiembre de 2000, en
su habitación de la
Universidad de Auburn State (Alabama), donde dictaba clases
de literatura.
Dentro de la Revolución todo, fuera
de la Revolución
nada La célebre frase, dictada por el Comandante en 1962, resume la actitud de
quienes se sienten con derecho de vigilar, castigar y dirigir el pensamiento de
toda una sociedad. La construcción del enunciado ni siquiera es origina l. Lo
había expresado, en otros términos y varias décadas antes, el maestro Benito
Mussolini: Todo dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del
Estado.
Considerar que el socialismo es una derivación
científica de la Historia,
constituye una de las más terribles aberraciones de la Razón y recuerda a ratos los
planteamientos de su primo carnal (valga la ironía), el pensamiento nazi. Ambos
totalitarismos se justifican hasta la malcriadez como utopías de la Razón Moderna en
ascenso hacia el Mundo Feliz. Mientras el nazismo plantea la supervivencia del
más apto en términos raciales y el exterminio de los desadaptados y de quienes,
en los bordes, no cumplían con el baremo del Dictamen, el socialismo convierte
ese planteamiento en un rizar el rizo, pues implanta sus decretos sobre un
territorio superior, como lo es la ideología. Lo que en el nazismo es
demostrable por vía genética, en el socialismo lo es por vía de una
abstracción. El mismo argumento sirve de substrato a otra frase, igual de
espeluznante, atribuida a Ernesto Guevara y a su muy argentina modestia: El
revolucionario es el más alto escalón de la especie humana. Mientras en el
nazismo el más alto escalón de la especie humana lo define la raza, en el
socialismo la superioridad la define una abstracción. En el nazismo se es
superior por el hecho de ser ario. Los revolucionarios son superiores por el
hecho de serlo. En ambos casos, todo lo que está en los bordes, sencillamente
no existe o tiene el ineludible deber de dejar de existir. En uno, por razones
de genética. En el otro por razones históricas.
Las consecuencias en el territorio de lo
artístico de estas expresiones reaniman la disputa entre ética y estética.
Celan, Dalton, Maiakovski, Milosz, Pound y Fucik, entre muchos otros,
padecieron tal desamparo.
Definen hasta dónde puede llegar la expresión
estética en una sociedad autoritaria.
Supeditar la creación estética a los supremos
intereses del Estado (la expresión del pueblo mismo), es masificar la estética
en función de una ética. En una suerte de Saturno devorando a sus hijos, el
Estado no repara en engullir a sus ciudadanos en nombre de su propia defensa. Y
sabemos lo que esto significa, si consideramos la historia de la URSS y los países socialistas
del Este, de la China
de Mao, de la Alemania
nazi, de la España
franquista y, por supuesto, de la
Cuba de Fidel.
Pastoral y contrapastoral de la Razón Histórica
Pero las democracias llamadas liberales no están exentas de tales prodigios.
Toda vigilancia sobre el arte supone una sospecha acerca del carácter
libertario que pregonan dichas democracias.
Como dice Joaquín Sabina, siempre que luchan la KGB contra la CIA/ gana al final la policía.
De ello habla Octavio Paz en El ogro filantró pico. Pero, en un país donde el
único patrono ideológico es el Estado (la frase remeda al viejo Trotsky, que de
esas cosas era un hombre que sabía demasiado), cualquier oposición significa la
muerte por consunción lenta. Es lo que ha sucedido con varios autores cubanos,
entre ellos la inopia editorial que han sufrido los libros de Heberto Padilla.
Escribir una contrapastoral a la Razón Histórica fue su pecado original, en
tiempos marcados por la radicalización política e ideológica del proceso en
Cuba (nunca más kafkiana la expresión el proceso), resumida en la frase de
Fidel que toma particular fuerza en el Año del Guerrillero Heroico (así fue
distinguido el año 1968 por la nomenclatura cubana, en homenaje a Guevara,
ejecutado en Bolivia el 8 de octubre de 1967). Esos tiempos de indigencia
también estuvieron sellados por las necesarias muestras de fidelidad que Cuba
debía hacer a la URSS,
justo en los días de la invasión a Checoslovaquia, iniciada el 21 de agosto de
ese año. Es lamentable la coincidencia: la reunión del jurado que premia a
Fuera de juego, en la cuarta edición del Concurso «Juan del Casals», ocurre dos
meses después de la toma de Praga, a saber, el 28 de octubre, apenas a
diecinueve días de la conmemoración de la muerte de Guevara, quien en una
célebre carta publicada en la revista Marcha (Montevideo, 12 de marzo de 1965),
declara en cuanto a la relación entre los intelectuales y la revolución en
Cuba. Nótese la fragancia religiosa: "Resumiendo, la culpabilidad de
muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no
son autént ic a mente revolucionarios. Podemos injertar el olmo para que dé
pera s, pero si mu ltáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones
vendrán libres del pecado original... Nuestra tarea consiste en impedir que la
generación actual, dislocada por sus conf lictos, se pervierta y pervierta a
las nuevas".
L os i ncidentes que rodearon tanto a las
presiones prev ias a la decisión del jurado como a la posterior edición del
libro y la «autocrítica» de Padilla no pueden ser más grotescos en medio de
semejante atmósfera. El poemario Fuera de juego, en realidad, constituía una
concentrada y feroz crítica al proceso cubano y a sus focas internas y
externas. En esos días era una temeridad hablar tangencialmente acerca de Fidel
y del Guerrillero Heroico de esta manera: "A los héroes/ siempre se les está
esperando,/ porque son cla ndest inos/ y trastornan el orden de las cosas./
Aparecen un día/ fatigados y roncos/ en los ta nques de g uer ra,/ cubiertos
por el polvo del camino,/ haciendo ruido con las botas./ Los héroes no dia
logan,/ pero planean con emoción/ la vida fascinante del mañana./ Los héroes
nos dirigen/ y nos ponen delante del asombro del mundo./ Nos otorgan incluso/
su parte de Inmortales./ Batallan/ con nuestra soledad/ y nuestros vituperios./
Modifican a su modo el terror./ Y al final nos imponen/ la f uriosa
esperanza".
O poner en tela de juicio a la Historia, ironizando un
poema de Vallejo: "A aquel hombre le pidieron su tiempo/ para que lo
juntara al tiempo de la
Historia./ Le pidieron las manos,/ porque para una época d i
f íci l/ nada hay mejor que un par de buenas manos./ Le pidieron los ojos/ que
a lg una vez tuv ieron lágrimas/ para que contemplara el lado claro/ (especia
lmente el lado claro de la vida)/ porque para el horror basta un ojo de
asombro./ Le pidieron sus labios/ resecos y cuarteados para afirmar,/ para
erigir, con cada afirmación, un sueño/ (el-alto-sueño);/ le pidieron las
piernas,/ duras y nudosas,/ (sus viejas piernas andariegas)/ porque en tiempos
difíciles/ ¿algo hay mejor que un par de piernas/ para la construcción o la
trinchera?/ Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,/ con su árbol
obediente./ Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros./ Le dijeron/ que eso
era estrictamente necesario./ Le explicaron después/ que toda esta donación
resultaría inútil/ sin entregar la lengua,/ porque en tiempos difíciles/ nada
es tan útil para atajar el odio o la mentira./ Y finalmente le rogaron/ que,
por favor, echase a andar,/ porque en tiempos difíciles ésta es, sin duda, la
prueba decisiva".
O burlarse de Lenin: "Lo primero:
optimista./ Lo segundo: atildado, comedido, obediente./ (Haber pasado todas las
pruebas deportivas)./ Y finalmente andar/ como lo hace cada miembro:/ un paso
al frente, y/ dos o tres atrás/ pero siempre aplaudiendo".
La reacción de los burócratas de la higiene
social no pudo ser más agresiva.
Pendientes de continuar en la dirección del
líder, de dar muestras de su fe revolucionaria, antes de que alguien notara la
ausencia de los aplausos al héroe, la
UNEAC no podía evitar la publicación del libro, pero la hizo
acompañar de una aclaratoria que, en verdad, aclara mucho sobre las líneas por
donde debía moverse la ética y la estética en esos años. En una redacción que
recuerda los mejores días de Alexander Zdanov, la crítica se concentra
precisamente en los aspectos novedosos y modernos del libro, en el uso de la
máscara y el monólogo dramático, de la distancia estética y del correlato
objetivo para acusar a Padilla, no tanto de cosmopolitismo que ya es pecado,
sino más bien de intelectualista, pequeño burgués, individualista y de
excesivas muestras de desviación ideológica. El texto, firmado por el Comité
Director de la UNEAC,
no tiene desperdicio, pero sólo nos detendremos en los fragmentos más
siniestros, como ejemplo de lo que puede llegar a ser una pastoral a la Razón Histórica:
"La dirección de la UNEAC
no renu ncia a l derecho n i a l deber de vela r por el mantenimiento de los
principios que informan nuestra Revolución, uno de los cuales es sin duda la
defensa de ésta, así de los enemigos declarados y abiertos como –y son los más
peligrosos– de aquellos otros que utilizan medios más arteros y sutiles para
actuar.
Dentro de la concepción general de este libro,
el que acepta la sociedad revolucionaria es el conformista, el obediente. El
desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna.
En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el
baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el
conformista que habla de los milagros que ocurren.
En resumen: la dirección de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba rechaza los contenidos ideológicos del libro de poemas...
Es posible que tal medida pueda señalarse por
nuestros enemigos declarados o encubiertos y por nuestros amigos confundidos,
como un signo de endurecimiento. Por el contrario, entendemos que ella será
altamente saludable para la
Revolución, porque significa su profundización y su
fortalecimiento al plantear abiertamente la lucha ideológica".
Como bien ha demostrado la Historia, que debió
haberle dado la razón a la
Proletkult hace muchos años, ni la confrontación ideológica
ha servido para algo ni el círculo vicioso de lucha y de terror ha concluido.
Es como si, en medio de sus ruinas y el olor a chamusque, aún esperan la
confirmación de la noticia acerca de la caída del muro de Berlín.
Coda La escritura de pastorales y
contrapastorales a la
Razón Histórica continúa la disputa entre ética y estética,
cuestión aún no resuelta en términos convincentes.
Luego de Auschwitsz, la intelectualidad de
izquierda se amparó en el color de sus nubes y en el silencio de sus chimeneas
para justificar los Gulags. Ser antifascista es una manera cómoda de resolver
el asunto. Por suerte, desde hace algunos años, se ha fijado la vista hacia los
escenarios del totalitarismo que hizo de la Historia un mecanismo sutil para justificar sus
atrocidades.
Vale citar el libro Koba, el terrible de
Martin Amis y la obra de Milan Kundera.
Retomo acá también una historia conocida: la
reciente confesión de Günter Grass de haber pertenecido a las juventudes
hitlerianas, y el reclamo público de Joachim Fest (autor de la biografía de
Hitler que sirve de base a la película La caí da, colaborador de Albert Speer
en la redacción de sus memorias) a tan largo y prolongado silencio. Muchos
intelectuales europeos aún cierran sus ojos ante la crudeza del socialismo real
y la banalidad del mal que fue el nacionalsocialismo. Como Heidegger, que
mientras conversaba distraídamente con el Ser, estuvo sordo ante el sonido de
las palas cavando una fosa en los aires de Auschwitsz, donde nunca hubo
estrechez.
La fascinación de los intelectu les por los
totalitarismos es tema escabroso, y más en este inicio del siglo X X I, cuando
los nacionalismos europeos, y particularmente los latinoamericanos, entran en
abierta contradicción con la corriente globalizadora del capitalismo tardío. En
plena época de los coletazos de la posmodernidad en nuestro continente, los
nacionalismos populistas se ofrecen impúdicamente como solución, con sus
angelicales propuestas premodernas, llenas de héroes m i l ita res y a rg u
mentos provenientes de la
Razón Histórica, afectando no solo el tejido político, social
y cultura l, sino también per v irtiendo el lenguaje y la expresión poética. He
allí el mayor reto de nuestros tiempos. En este sentido, el «Caso Padilla» es
un antecedente que requiere nuestra consideración.
Al final, en su «autocrítica», el poeta cuba
no asumió sus crímenes ideológicos.
Tal derivación se sintetiza en estas la
mentables líneas, escritas meses después como respuesta a sus defensores:
"Ustedes dirán que no he escrito esta carta, que éste no es mi estilo,
ustedes que jamás se preocuparon por mi estilo, liberales burgueses, ya que
siempre me han visto como a un escritor subdesarrollado, y si ahora me dan
importancia, es para atacar a la
Revolución". Con sobrada e irónica razón, Witold
Gombrowicz, en una carta a Humberto Rodríguez Tomeu y Virgilio Piñera en los
inicios de la Revolución,
decía lo siguiente: "¿Qué tal el embriagador aire de libertad y el fervor
patrio? Aprovechen para condenar a los infames y alabar al gran jefe".
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