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viernes, 27 de julio de 2012

LECCIÓN OLVIDADA


EL NACIONAL, sábado, 31 de mayo de 2008
Cuarenta años fuera de juego
 Harry Almela

Poeta y periodista, Heberto Padilla (1932) es una obligada referencia en la historia de la literatura cubana y latinoamericana contemporánea.
Cuarenta años se cumplen del malévolo episodio que se desató con la publicación de su libro Fuera de juego, que constituyó una reveladora reacción del afán censor y perseguidor del régimen encabezado por Fidel Castro Harry Almela.
La s matemáticas se han convertido en la ciencia más recurrida por el discurso oficial en los últimos años.
Va le estar a tono con tal circunstancia y declarar que, si hoy estamos en 2008, suponemos que hace cuarenta estuvimos en 1968, es decir, en el año de los grandes giros históricos del siglo pasado en Occidente. Son los tiempos del Mayo Francés y de Daniel Cohn-Bendit, de las consig nas Soy un marxista de la tendencia de Groucho y Prohibido prohibir. Es el a ño de la Primavera de Praga y del Socialismo con rostro humano de Alexander Dubek c ua ndo, en nombre del internacionalismo proletario y del materia lismo histór ico, los sov iét icos lo depor ta ron m ient ra s per ma necía n vei nt it rés años en Checoslovaquia como lo que siempre fueron: un vulgar ejército de ocupación. El socialismo log ra sobrev iv ir dos déc ada s má s, g racia s a la solidaria intervención de los ejércitos del Tratado de Varsovia. De allí proviene el libro Checoslovaquia: el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff y el nacimiento del Movimiento al Socialismo, el MAS de m i s tor mento s del que habla Cabrujas. Es el año de la matanza de Tlatelolco, de las Olimpíadas de la Paz en México. La juvent ud del mu ndo protesta obstinadamente contra la guerra de Vietnam, Robert Kennedy es asesinado en Los Ángeles y Martin Luther King en Memphis. Cada una de estas efemérides daría suficiente material pa ra una crónica. Cua lquiera puede ubicarse en el inicio de la s g ra ndes ca ídas de los cristos del alma de nuestra generación. Pero 1968 es también el año de las rupturas intelectuales y afectivas en nuestro continente, marcadas por la aparición del poemario Fuera de juego de Heberto Padilla.
Nacido en Puerta del Golpe (Pinar del Río) en 1932, Padilla estudió periodismo en La Habana. Dominaba varios idiomas y trabajó como profesor de inglés y comentarista radia l en Miami entre 1956 y 1959.
Ese año regresa a Cuba. Se desempeña como corresponsa l de Prensa Latina en Londres y del Pravda, colaborando además en el órgano oficial de la Unión Naciona l de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
También ocupó un cargo en el Departamento de Extensión de la Universidad de La Habana. Luego de los incidentes derivados de la aparición de Fuera de jue go, mantuvo su puesto en la universidad hasta 1971, cua ndo es deten ido por «actividades subversivas», luego de la lectura en la UNEAC de su más reciente l ibro, Provocaciones .
Un grupo de intelectuales (Sartre, la Beauvoir, Moravia, Sontag, Vargas Llosa, Fuentes, Pa z, Goy t isolo y Margarite Duras, entre ot ros) reacciona cont ra la detención y es liberado junto a Belkis Cuza Malé, su esposa. En esos m ismos días, el prev isible y perruno Mario Benedetti, quien luego dirigiría la Casa de las Américas, criticó a quienes defendían a Padilla, argumentando que a ellos nunca les interesó la suerte de los escritores e intelectuales latinoamericanos presos y torturados meses enteros. Padilla es separado de sus cargos y enviado como traductor a la Editorial Arte y Literatura. Luego de una serie de incidentes, el gobierno de Cuba le permite sa lir del país con rumbo a los Estados Unidos, el 16 de ma rzo de 1980. Murió el 26 de septiembre de 2000, en su habitación de la Universidad de Auburn State (Alabama), donde dictaba clases de literatura.
Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada La célebre frase, dictada por el Comandante en 1962, resume la actitud de quienes se sienten con derecho de vigilar, castigar y dirigir el pensamiento de toda una sociedad. La construcción del enunciado ni siquiera es origina l. Lo había expresado, en otros términos y varias décadas antes, el maestro Benito Mussolini: Todo dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.
Considerar que el socialismo es una derivación científica de la Historia, constituye una de las más terribles aberraciones de la Razón y recuerda a ratos los planteamientos de su primo carnal (valga la ironía), el pensamiento nazi. Ambos totalitarismos se justifican hasta la malcriadez como utopías de la Razón Moderna en ascenso hacia el Mundo Feliz. Mientras el nazismo plantea la supervivencia del más apto en términos raciales y el exterminio de los desadaptados y de quienes, en los bordes, no cumplían con el baremo del Dictamen, el socialismo convierte ese planteamiento en un rizar el rizo, pues implanta sus decretos sobre un territorio superior, como lo es la ideología. Lo que en el nazismo es demostrable por vía genética, en el socialismo lo es por vía de una abstracción. El mismo argumento sirve de substrato a otra frase, igual de espeluznante, atribuida a Ernesto Guevara y a su muy argentina modestia: El revolucionario es el más alto escalón de la especie humana. Mientras en el nazismo el más alto escalón de la especie humana lo define la raza, en el socialismo la superioridad la define una abstracción. En el nazismo se es superior por el hecho de ser ario. Los revolucionarios son superiores por el hecho de serlo. En ambos casos, todo lo que está en los bordes, sencillamente no existe o tiene el ineludible deber de dejar de existir. En uno, por razones de genética. En el otro por razones históricas.
Las consecuencias en el territorio de lo artístico de estas expresiones reaniman la disputa entre ética y estética. Celan, Dalton, Maiakovski, Milosz, Pound y Fucik, entre muchos otros, padecieron tal desamparo.
Definen hasta dónde puede llegar la expresión estética en una sociedad autoritaria.
Supeditar la creación estética a los supremos intereses del Estado (la expresión del pueblo mismo), es masificar la estética en función de una ética. En una suerte de Saturno devorando a sus hijos, el Estado no repara en engullir a sus ciudadanos en nombre de su propia defensa. Y sabemos lo que esto significa, si consideramos la historia de la URSS y los países socialistas del Este, de la China de Mao, de la Alemania nazi, de la España franquista y, por supuesto, de la Cuba de Fidel.
Pastoral y contrapastoral de la Razón Histórica Pero las democracias llamadas liberales no están exentas de tales prodigios. Toda vigilancia sobre el arte supone una sospecha acerca del carácter libertario que pregonan dichas democracias.
Como dice Joaquín Sabina, siempre que luchan la KGB contra la CIA/ gana al final la policía. De ello habla Octavio Paz en El ogro filantró pico. Pero, en un país donde el único patrono ideológico es el Estado (la frase remeda al viejo Trotsky, que de esas cosas era un hombre que sabía demasiado), cualquier oposición significa la muerte por consunción lenta. Es lo que ha sucedido con varios autores cubanos, entre ellos la inopia editorial que han sufrido los libros de Heberto Padilla. Escribir una contrapastoral a la Razón Histórica fue su pecado original, en tiempos marcados por la radicalización política e ideológica del proceso en Cuba (nunca más kafkiana la expresión el proceso), resumida en la frase de Fidel que toma particular fuerza en el Año del Guerrillero Heroico (así fue distinguido el año 1968 por la nomenclatura cubana, en homenaje a Guevara, ejecutado en Bolivia el 8 de octubre de 1967). Esos tiempos de indigencia también estuvieron sellados por las necesarias muestras de fidelidad que Cuba debía hacer a la URSS, justo en los días de la invasión a Checoslovaquia, iniciada el 21 de agosto de ese año. Es lamentable la coincidencia: la reunión del jurado que premia a Fuera de juego, en la cuarta edición del Concurso «Juan del Casals», ocurre dos meses después de la toma de Praga, a saber, el 28 de octubre, apenas a diecinueve días de la conmemoración de la muerte de Guevara, quien en una célebre carta publicada en la revista Marcha (Montevideo, 12 de marzo de 1965), declara en cuanto a la relación entre los intelectuales y la revolución en Cuba. Nótese la fragancia religiosa: "Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son autént ic a mente revolucionarios. Podemos injertar el olmo para que dé pera s, pero si mu ltáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original... Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conf lictos, se pervierta y pervierta a las nuevas".
L os i ncidentes que rodearon tanto a las presiones prev ias a la decisión del jurado como a la posterior edición del libro y la «autocrítica» de Padilla no pueden ser más grotescos en medio de semejante atmósfera. El poemario Fuera de juego, en realidad, constituía una concentrada y feroz crítica al proceso cubano y a sus focas internas y externas. En esos días era una temeridad hablar tangencialmente acerca de Fidel y del Guerrillero Heroico de esta manera: "A los héroes/ siempre se les está esperando,/ porque son cla ndest inos/ y trastornan el orden de las cosas./ Aparecen un día/ fatigados y roncos/ en los ta nques de g uer ra,/ cubiertos por el polvo del camino,/ haciendo ruido con las botas./ Los héroes no dia logan,/ pero planean con emoción/ la vida fascinante del mañana./ Los héroes nos dirigen/ y nos ponen delante del asombro del mundo./ Nos otorgan incluso/ su parte de Inmortales./ Batallan/ con nuestra soledad/ y nuestros vituperios./ Modifican a su modo el terror./ Y al final nos imponen/ la f uriosa esperanza".
O poner en tela de juicio a la Historia, ironizando un poema de Vallejo: "A aquel hombre le pidieron su tiempo/ para que lo juntara al tiempo de la Historia./ Le pidieron las manos,/ porque para una época d i f íci l/ nada hay mejor que un par de buenas manos./ Le pidieron los ojos/ que a lg una vez tuv ieron lágrimas/ para que contemplara el lado claro/ (especia lmente el lado claro de la vida)/ porque para el horror basta un ojo de asombro./ Le pidieron sus labios/ resecos y cuarteados para afirmar,/ para erigir, con cada afirmación, un sueño/ (el-alto-sueño);/ le pidieron las piernas,/ duras y nudosas,/ (sus viejas piernas andariegas)/ porque en tiempos difíciles/ ¿algo hay mejor que un par de piernas/ para la construcción o la trinchera?/ Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,/ con su árbol obediente./ Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros./ Le dijeron/ que eso era estrictamente necesario./ Le explicaron después/ que toda esta donación resultaría inútil/ sin entregar la lengua,/ porque en tiempos difíciles/ nada es tan útil para atajar el odio o la mentira./ Y finalmente le rogaron/ que, por favor, echase a andar,/ porque en tiempos difíciles ésta es, sin duda, la prueba decisiva".
O burlarse de Lenin: "Lo primero: optimista./ Lo segundo: atildado, comedido, obediente./ (Haber pasado todas las pruebas deportivas)./ Y finalmente andar/ como lo hace cada miembro:/ un paso al frente, y/ dos o tres atrás/ pero siempre aplaudiendo".
La reacción de los burócratas de la higiene social no pudo ser más agresiva.
Pendientes de continuar en la dirección del líder, de dar muestras de su fe revolucionaria, antes de que alguien notara la ausencia de los aplausos al héroe, la UNEAC no podía evitar la publicación del libro, pero la hizo acompañar de una aclaratoria que, en verdad, aclara mucho sobre las líneas por donde debía moverse la ética y la estética en esos años. En una redacción que recuerda los mejores días de Alexander Zdanov, la crítica se concentra precisamente en los aspectos novedosos y modernos del libro, en el uso de la máscara y el monólogo dramático, de la distancia estética y del correlato objetivo para acusar a Padilla, no tanto de cosmopolitismo que ya es pecado, sino más bien de intelectualista, pequeño burgués, individualista y de excesivas muestras de desviación ideológica. El texto, firmado por el Comité Director de la UNEAC, no tiene desperdicio, pero sólo nos detendremos en los fragmentos más siniestros, como ejemplo de lo que puede llegar a ser una pastoral a la Razón Histórica: "La dirección de la UNEAC no renu ncia a l derecho n i a l deber de vela r por el mantenimiento de los principios que informan nuestra Revolución, uno de los cuales es sin duda la defensa de ésta, así de los enemigos declarados y abiertos como –y son los más peligrosos– de aquellos otros que utilizan medios más arteros y sutiles para actuar.
Dentro de la concepción general de este libro, el que acepta la sociedad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren.
En resumen: la dirección de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba rechaza los contenidos ideológicos del libro de poemas...
Es posible que tal medida pueda señalarse por nuestros enemigos declarados o encubiertos y por nuestros amigos confundidos, como un signo de endurecimiento. Por el contrario, entendemos que ella será altamente saludable para la Revolución, porque significa su profundización y su fortalecimiento al plantear abiertamente la lucha ideológica".
Como bien ha demostrado la Historia, que debió haberle dado la razón a la Proletkult hace muchos años, ni la confrontación ideológica ha servido para algo ni el círculo vicioso de lucha y de terror ha concluido. Es como si, en medio de sus ruinas y el olor a chamusque, aún esperan la confirmación de la noticia acerca de la caída del muro de Berlín.
Coda La escritura de pastorales y contrapastorales a la Razón Histórica continúa la disputa entre ética y estética, cuestión aún no resuelta en términos convincentes.
Luego de Auschwitsz, la intelectualidad de izquierda se amparó en el color de sus nubes y en el silencio de sus chimeneas para justificar los Gulags. Ser antifascista es una manera cómoda de resolver el asunto. Por suerte, desde hace algunos años, se ha fijado la vista hacia los escenarios del totalitarismo que hizo de la Historia un mecanismo sutil para justificar sus atrocidades.
Vale citar el libro Koba, el terrible de Martin Amis y la obra de Milan Kundera.
Retomo acá también una historia conocida: la reciente confesión de Günter Grass de haber pertenecido a las juventudes hitlerianas, y el reclamo público de Joachim Fest (autor de la biografía de Hitler que sirve de base a la película La caí da, colaborador de Albert Speer en la redacción de sus memorias) a tan largo y prolongado silencio. Muchos intelectuales europeos aún cierran sus ojos ante la crudeza del socialismo real y la banalidad del mal que fue el nacionalsocialismo. Como Heidegger, que mientras conversaba distraídamente con el Ser, estuvo sordo ante el sonido de las palas cavando una fosa en los aires de Auschwitsz, donde nunca hubo estrechez.
La fascinación de los intelectu les por los totalitarismos es tema escabroso, y más en este inicio del siglo X X I, cuando los nacionalismos europeos, y particularmente los latinoamericanos, entran en abierta contradicción con la corriente globalizadora del capitalismo tardío. En plena época de los coletazos de la posmodernidad en nuestro continente, los nacionalismos populistas se ofrecen impúdicamente como solución, con sus angelicales propuestas premodernas, llenas de héroes m i l ita res y a rg u mentos provenientes de la Razón Histórica, afectando no solo el tejido político, social y cultura l, sino también per v irtiendo el lenguaje y la expresión poética. He allí el mayor reto de nuestros tiempos. En este sentido, el «Caso Padilla» es un antecedente que requiere nuestra consideración.
Al final, en su «autocrítica», el poeta cuba no asumió sus crímenes ideológicos.
Tal derivación se sintetiza en estas la mentables líneas, escritas meses después como respuesta a sus defensores: "Ustedes dirán que no he escrito esta carta, que éste no es mi estilo, ustedes que jamás se preocuparon por mi estilo, liberales burgueses, ya que siempre me han visto como a un escritor subdesarrollado, y si ahora me dan importancia, es para atacar a la Revolución". Con sobrada e irónica razón, Witold Gombrowicz, en una carta a Humberto Rodríguez Tomeu y Virgilio Piñera en los inicios de la Revolución, decía lo siguiente: "¿Qué tal el embriagador aire de libertad y el fervor patrio? Aprovechen para condenar a los infames y alabar al gran jefe".


sábado, 16 de julio de 2011

METRÓPOLI DE UN IMAGINARIO (2)


EL NACIONAL - Sábado 16 de Julio de 2011 Papel Literario/2
Almandoz: un paseante latinoamericano
Pensador de lo urbano, arquitecto, ensayista y profesor universitario, Arturo Almandoz (1960) es nombre imprescindible entre los estudiosos de los imaginarios urbanos en Latinoamérica. Cada uno de sus libros constituye una referencia dentro y fuera de Venezuela. Su título más reciente es un texto más personal que sus precedentes: Almandoz parte de los recuerdos de su infancia para volver a uno de los centros simbólicos de Caracas: la urbanización San Bernardino
HARRY ALMELA

Son muchos --demasiados-- los puntos de encuentro y de fuga que tengo con este libro. El 22 de noviembre de 1963, cuando los Almandoz Marte y el niño Arturo se mudan a la casa en los altos de San Bernardino, el presidente Kennedy es asesinado de dos disparos en Dallas, como pudimos ver, acongojados y tiempo después, en la fortuita toma de Zapruder. Yo había cumplido los 9 años de edad y ya vivía en Mariara, que desde esos tiempos es una comarca de falsos equilibrios entre la cultura campesina (heredera de la antigua hacienda de caña del Conde de Tovar y de las posteriores siembras de añil y algodón en sus extensas vegas hacia el sur, hacia los bordes del Lago de Valencia) y su improvisado, fortuito y enrevesado acceso al desarrollismo que la empresa Covenal (Corporación Venezolana de Aluminio y su posterior estadio, la Constructora Venezolana de Vehículos) impulsó e impuso en la comarca, montándonos a juro en esa modernidad periférica de la que bien habla Beatriz Sarlo con relación a Buenos Aires.

Del encuentro entre la calle de tierra frente a mi casa y el asfalto en las vías principales que conducían, más allá de la línea del ferrocarril, a la Compañía; del entresijo existente entre la mula del agricultor y las bicimotos de la nueva y vistosa clase obrera, deviene ese carácter tan propio de este pueblo, y del país en general, siempre a medio camino entre lo premoderno y lo moderno.

El nombre del presidente norteamericano viene al caso, porque en diciembre de 1961 visitó Mariara, inaugurando junto a Rómulo Betancourt el asentamiento campesino El Deleite, en el marco del programa de la Reforma Agraria y la firma del convenio Alianza para el Progreso el cual, atiborrándonos con sus latas de aceite, sacos de trigo y leche en polvo, buscaba frenar el franco avance de la Revolución cubana en América Latina. El asesinato de Kennedy pasó a ser un punto de quiebre en la historia del municipio. Por la vía del luto colectivo, Mariara se vio inmersa durante un instante en la historia universal del siglo XX, tal como le ocurre a los personajes de El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas, con el refulgente Carlos Gardel, iniciado en el arte de centrar manteles con la princesa de Holanda, y enseñando el truco en el patio interior de la casa caraqueña de la familia Ancízar, en los últimos días de abril del año 1935.

Acerca de esta atmósfera y de muchas cosas más, viene a hablarnos Arturo Almandoz en sus Crónicas desde San Bernardino. Del arco que vacila y nos engulle entre los tiempos de la Maríacastaña de don Mariano y de la ciudad roja. Del ensanche caraqueño y burgués hacia el este y hacia el sureste del valle, de la movilidad urbana por el ascenso social, de los modestos gustos consumistas de cierta clase media que se formó a la luz de lo urbano, luego del traslado desde la provincia en busca de mejores condiciones de vida. Sé que este evento es un lugar común en la historia contemporánea de América Latina, cuyas ciudades no dejan de ser un pastiche de espumas entre lo rural y lo urbano.

También figuran en este libro los lastimosos gestos de otros sectores de nuestra sociedad, que hicieron del mal gusto una forma de vivir y de expresar el rastacuerismo, un haber histórico, idiomático e ideológico que nos acompaña desde los tiempos de Guzmán Blanco y que la Venezuela petrolera ha profundizado, por ráfagas y hasta nuestros días, desde el reventón de El Barroso II, entre cabrias y taladros manejados por jurungos y torpucios, en el aún cercano año de 1922.

Encontramos aquí también las modestas historias de los emigrados europeos de la postguerra, transfigurados bajo el inclemente sol de esta Tierra de Gracia, en bodegueros, panaderos, barberos y constructores, tejedores a su modo, junto a los criollos, de la venezolanidad del siglo XX.

Este libro no es solamente una crónica sobre Caracas en clave de estudios culturales, que sus muy documentados y agudos libros anteriores (Urbanismo europeo en Caracas, 1870-1920 y los tres volúmenes de La ciudad en el imaginario venezolano) han puesto en escena, para agrado de los lectores interesados en los asuntos del urbanismo y su relación con lo humano. Dicho sea de paso, esta bibliografía ha devenido en una lectura nacional acerca del tema, que en su momento ya habían desarrollado, con una visión panóptica, José Luis Romero y Ángel Rama. Pero aquí hay una vuelta de tuerca en el género, no sólo por el punto de vista del escribidor y por la intertextualidad culta que elabora y propone por vía de las referencias literarias, cinematográficas y hasta filosóficas. El entramado que sustenta estas crónicas es la narración personal de un observador de la implantación de la cultura de masas sobre un espacio urbano, pero que lo vive, como objeto y sujeto, desde un horizonte parroquial. Y cuando decimos parroquial, nos referimos a la ruptura de lo universal como punto de referencia.

Hablamos acá de la fragmentación, del minimalismo, de la rotura del referente ecuménico, de la renuncia al panóptico. Acá interesa las marcas de identidad cultural de una sociedad urbana en la periferia de la modernidad, que ansía una permanencia que la misma modernidad prohíbe, como lo indica Marshall Bermann en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es la visión de un paseante latinoamericano que rehúye de las ambiciones analíticas de un Walter Benjamin, el filósofo a quien mucho le debemos, pero que de seguro no podría analizar con solvencia la estructura y el aura del antiguo Hotel Potomac de San Bernardino.

El minimalismo que propone este libro, conceptual y formalmente, constituye hoy en día un canal efectivo para descifrar y poner en circulación la molestia, el desagrado, la resistencia individual frente al avance de la sociedad de masas y de la globalización.

Una última acotación. De carácter personal, para continuar con el aura de los párrafos anteriores. Voy por soleares. Yo también conocí a San Bernardino en mi infancia. En el edificio Pompei de la avenida Cristóbal Mendoza pasé varias vacaciones, en casa de mi abuela Emilia. Por allí paseaba, montado en la carreta de Darío. Lo recuerdo con demasiada frecuencia. Hay algo allí de primavera archivada, como dice Aquiles Nazoa en un poema. Pasaron muchos siglos de mi vida, y luego de estertores y de júbilos, volví a caminar sobre el asfalto de sus calles y por el cemento de sus aceras. La sensación que tuve fue la de desplazamiento. Un desplazamiento de sentido.

El significante se había vaciado de significado, y sólo quedaban los edificios, las estructuras vacías de contenido. O al contrario, aún estaban los contenidos, pero el art decó de muchos de esos edificios carecía ya de alguna significación, reposaban contra el espacio, sobreviviendo ya como fantasmas. Entendí entonces, desde el estómago, qué cosa es lo que ha ocurrido en estos doce años rojos. Nos han vaciado el paisaje. Pasamos y paseamos por las calles, por avenidas y autopistas (lo que va quedando de todo eso) y nos sentimos extrañados, sin sentido de pertenencia y, definitivamente, sin pertenecer. Desplazaron el paisaje, cambiaron el huso horario, la bandera y el escudo.

Todavía no tengo claro si esto es un asunto de la edad o una consecuencia política. Da lo mismo y a lo mejor es lo mismo. Ese estar en el aire, sin orientación alguna, quizás sea el precio que hay qué pagar por haber vivido en la burbuja petrolera de la Venezuela saudita, sin muchas preocupaciones y sin solución de continuidad.

Aún hay gente que habla de esos tiempos, exclamando la frase mentirosa cuando éramos felices y no lo sabíamos. No era que no lo sabíamos, simplemente fue una burbuja. Por suerte, existen libros como Crónicas desde San Bernardino para retomar la historia personal. El sentido, dice Deleuze, no es nunca principio ni origen, es producto. No está por descubrirse, ni restaurarse ni reemplazarse; está por producirse con nuevas maquinarias.

Fotografía: Manuel Sardá

domingo, 30 de enero de 2011

de la existencia


EL NACIONAL - Sábado 29 de Enero de 2011 Papel Literario/3
Ruéganos, Señor. / Estamos cerca
Para Miriam Harrar y Rubén Ackerman, mis dos caras de esta moneda.
HARRY ALMELA

Debió ser difícil para Nelly Sachs y Paul Celan soportar y convivir con la frase de Heidegger, "el lenguaje es la morada del Ser". Debió ser complicado entender que era un difícil compañero de ruta. El filósofo de la aldea, que vivió años en una cabaña de Selva Negra, nunca pudo explicar satisfactoriamente su afiliación al Nsdap, ni el haber aceptado la rectoría de la Universidad de Friburgo, ni su admiración por las pulcras manos de Adolf Hitler, el Drácula en el sótano del que habla Carl Amery. Debió ser complicado aceptar como maestro a un pensador para quien la ética nunca fue preocupación. Como lo asoma George Steiner, el largo silencio de Heidegger sobre sus posturas entre 1933 y 1945, es "el argumento más completo que tenemos sobre la ontología, sobre la facticidad de lo existencial.

Pero no contiene ni implica alguna ética". La cumbre de la filosofía del siglo XX rechazó cualquier intento de derivar hacia una ética, salvo en sus reflexiones acerca de la tecnología, donde concluye que el olvido del Ser es el origen de todo desarraigo.

En la entrevista a Das Spiegel (1966) construye frases admirables, como "sólo un Dios puede salvarnos", y tan abyectas como "la grandeza y el esplendor de esta puesta en marcha" --leídas en su discurso de la Rectoría de Friburgo, en relación al nombramiento de Hitler como canciller--, o "yo no veía entonces otra alternativa", en referencia a su apoyo al ascenso del nazismo. Allí también declara, arrebatado por el desencanto, que "todo funciona. Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y que la técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga". Y más adelante: "Frente al poder de la técnica, el Estado técnico sería su más servil y ciego esbirro".

Es fascinante la insistencia de Heidegger en divulgar la entrevista después de su muerte.

Quizás resultaba insoportable aceptar públicamente y en vida una culpa del tamaño de Auschwitz. En muchas de sus actitudes personales, el "filósofo y camarero mayor de todos los Führer y cancilleres", como lo describe Kertesz, fue un antimoderno radical. Lo atestigua su constante necesidad de certificarse como campesino, y su retiro convertido en propuesta vital: ¿Por qué permanecemos en la provincia? (1934). Esa técnica de la cual abomina es la misma que, de manera macabra y sistemática, adelantó la aniquilación de lo Diferente o, en los escenarios más piadosos, se aprovechó de la refinada explotación de la mano de obra esclava durante la guerra, a través de empresas que aún lucen, ostentosas, su pedigrí: Bayer, BMW, ThyssenKrupp, Daimler-Benz, IG Farben (los del conocido, eficaz y siniestro Ziklon B). Mientras el filósofo se entretenía en los rizos y en las volutas del Sein, el Dasein ascendía lenta y silenciosamente, cavando una fosa en el aire, allí donde ya no había estrechez.

Ese desarraigo impuesto por la modernidad y su técnica, según el ideolecto de Heidegger, en Sachs y Celan se elevan a una triple potencia. Una, el desarraigo de la propia modernidad occidental, por su condición judía. Dos, el desarraigo de la patria. Y tres, el desarraigo de su idioma materno, al resolver sus vidas cotidianas en otra lengua, mientras continúan escribiendo en el alemán de Heidegger y Hölderlin.

En el mismo alemán en el que, por otra parte, Martín Lutero, Fichte y cierto Nietzsche se esmeraron para elevar el antisemitismo a una categoría más o menos potable; el mismo de Kafka en La colonia penitenciaria; el mismo en el que Viktor Klemperer develara la retahíla impronunciable de siglas y eufemismos al que fue reducido el alemán, por obra y gracia del nazismo, hábil en enmascarar la persecución, la muerte y la negación de lo Diferente. Ese idioma, el de las órdenes para la ejecución y el de la tradición literaria, es el territorio común desde donde Sachs y Celan construirán sus poéticas, relacionadas por el vaso comunicante de la Shoá.

A estos desarraigos habría que sumar también la condición de aquel que vive o sobrevive para poder hablar acerca de lo ya acontecido y que Giorgio Agamben ha descrito con prolijidad al tratar las relaciones entre el testigo, el testimonio y el archivo: "testimoniar significa ponerse en relación con la propia lengua en la situación de los que la han perdido, instalarse en una lengua viva como si estuviera muerta o en una lengua muerta como si estuviera viva". Desde aquello que sobrevive, desde lo que resta, tanto en el poeta como en la lengua, se funda el poema para que muestre su verdad. Desde el resto, desde los escombros, desde el archivo, el testigo construye el acto ilocutivo de su testimonio, desplazado y desarraigado de la Historia, convertida en una última instancia en historia personal.

La obstinada fisura entre la condición del testigo y su imposibilidad de dar testimonio en nombre de aquellos que no están, transformada ahora en dolor y culpa, son la hendija desde donde van a escribir su poesía, para traer lo innombrable desde lo oculto hacia la luz, y establecerla como un claro en el bosque, para continuar con el dialecto heideggeriano.

Ellos establecieron su diálogo entre Sein y Dasein, no para recrearse ontológicamente en construir esferas en el aire, a la manera del primer Heidegger, diálogo estéril que en su segunda época buscó el amparo y el perdón en sus reflexiones sobre la poesía. El diálogo entre Sein y Dasein de Nelly Sachs y Paul Celan fue fértil en la medida en que buscaron allí su redención y su expiación. "Después de Auschwitz --dice Kertesz-- ya sólo pueden escribirse versos sobre Auschwitz". Fundados de nuevo en la palabra, a partir de sus desarraigos y su destino, vivirán marcados por el ángel terrible de entregar su testimonio. Luego sucumbirían detrás de las rejas de su lenguaje.

Fueron cercanos hasta en la correspondencia que mantuvieron entre 1954 y 1969. En esas cartas, Paul Celan siempre custodió sus periódicas crisis, pero supo servir de sustento respetuoso al talante herido de Nelly Sachs, quien nunca le ocultó sus dolencias espirituales, ni sus reclusiones, ni sus angustias, ni sus paranoias, ni sus orificios, ni sus hondonadas.

Celan fue acucioso lector de Heidegger y es célebre el encuentro entre ambos, así como el poema que se deriva de ello. Nelly Sachs no tuvo nunca ese curioso privilegio.

Ambos fallecieron en 1970, con apenas semanas de diferencia.

"Todtnauberg" Árnica, bálsamo de los ojos, el /sorbo de la fuente con el / cubo de la estrella encima, // en la / cabaña, // en el libro / --¿el nombre de quién acogió / antes del mío?--, / en ese libro / la línea escrita de / una esperanza, hoy, / en la palabra / venidera / de uno que piensa, / en el corazón, // claros de bosque, sin allanar, / orquídea y orquídea, solas, // lo crudo, más tarde, de viaje, / nítido, // el que nos lleva, el hombre, / que está a la escucha, // los senderos de / troncos a medio hollar / en la alta ciénaga, // lo húmedo, / mucho.

Ilustración: Youri Messenjaschin (1998)