EL NACIONAL - SÁBADO 04 DE AGOSTO DE 2007 PAPEL LITERARIO/3
Intelectualidad, especialización y establecimiento cultural en la Venezuela de Punto Fijo
Arturo Almandoz (1960) es un destacado ensayista, que se ha especializado en la ciudad y en la reflexión sobre lo urbano. Sus libros han sido reconocidos con varios premios, entre ellos el Premio Fundarte de Ensayo (1993), el Premio Municipal de Literatura (1998), el Premio Teoría y Crítica de la IX Bienal de Arquitectura, entre otros
Grupos y vanguardias disidentes. La pesquisa por las fuentes del imaginario urbano en Venezuela después de 1958 remite, por un lado, al renacimiento político y cultural enmarcado en el Pacto de Punto Fijo, así como al desarrollo de un rico Estado que se hacía paternalista y hasta represivo, a la vez que buscaba la pacificación. En este sentido, cabe primeramente recordar que la caída de Pérez Jiménez propició la irrupción en Venezuela de grupos intelectuales que reflejaban las más diversas inquietudes del convulsionado mundo de la guerra Fría y la revolución cubana.
Alguna atención exigen esos grupos, para entender el contexto cultural e ideológico en el que se produjeron los imaginarios de la Venezuela urbana, especialmente en los primeros lustros de la restauración democrática.
Si bien venía reuniéndose desde finales de la dictadura en el café Iruña, de Reducto a Municipal, Sardio (1958-1961) emergió como el grupo germinal de la restaurada democracia, el cual dio cabida a diferentes géneros de poesía, narrativa y ensayo; entre sus miembros se contaron escritores y profesores universitarios como Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Adriano González León, Rodolfo Izaguirre, Ramón Palomares, Gonzalo Castellanos, Antonio Pasquali, Héctor Malavé Mata, Francisco Pérez Perdomo, Oswaldo Trejo y Elisa Lerner. Si bien Sardio se proclamaba orientado a "un humanismo político de izquierda", las más jóvenes facciones que hubo de generar se perfilaron de corte más radical. Integrado por Rafael Cadenas, Jesús Sanoja Hernández y Manuel Caballero, entre esas facciones estuvo Tabla Redonda (1958-1961), la cual exigía "del creador un compromiso personal activo, más no panfletario, con la realidad del país", que era ya en buena medida la de una sociedad urbanizada .
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La Revolución Cubana había acentuado el carácter crítico, contracultural y disidente de otros grupos que conformaron esa parte de la vanguardia artístico-literaria de los sesenta, conocida como "izquierda cultural venezolana"; aquí se alineaban El Techo de la Ballena (19611968), que acogió a González León e Izaguirre, y cuyos controversiales "homenajes" plásticos estuvieron liderados por Carlos Contramaestre y Juan Calzadilla.
Búsquedas más rigurosas y experimentales desde el punto de vista formal fueron emprendidas por escritores como Carlos Noguera, José Balza y Luis Alberto Crespo, en las revistas En Haa y LAM. Si bien hubo mutaciones ideológicas y migraciones de miembros entre esos grupos, puede decirse con Arráiz Lucca que El Techo de la Ballena y Tabla Redonda se orientaron a la izquierda, mientras que en Sardio militaron originalmente los que reconocían más factibilidad en el proyecto democrático venezolano .
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Después de burlarse del establecimiento político y literario del país –de Betancourt a Gallegos y Andrés Eloy– esos grupos terminarían abandonando el radicalismo de izquierda, una vez que la Revolución Cubana dio sus primeras muestras de autoritarismo y represión, asimilándose desde entonces a la plataforma cultural de un Estado que procuraría la pacificación de la guerrilla. Así por ejemplo Sardio, que después del café Iruña solía reunirse en otros locales de Sabana Grande, adonde acudían también las figuras forjadoras de la música moderna en Venezuela, como Inocente Carreño y Antonio Estévez, o escritores nacionales consagrados, como Picón Salas y Liscano; también recibían el estímulo de luminarias de paso por o residentes en Caracas, como Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier. En decantada lección de veterano vanguardista, este último les recordaba que los jóvenes suelen tener razón en lo que afirman, pero no en lo que niegan, consejo que "bajó los humos de Sardio", según recuerda González León como parte de una historia que es todavía oral en buena medida.
Hombres de letras y especialistas. Frente a las estéticas innovadoras y disidentes de la volátil literatura que siguiera en Venezuela a la caída de Pérez Jiménez, el establecimiento intelectual de la restauración democrática construyó un aparato institucional para la profesionalización de la cultura, el cual terminaría sirviendo también de plataforma para la intelectualidad contestataria. Antes de su temprana muerte en 1965, bajo la égida de Picón Salas se promovieron la Asociación Pro-Venezuela y el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba, 1964), que logró congregar a buena parte de la otrora disidente intelectualidad de la generación del 28, enriquecida ahora con el imaginario de la gesta opositora a la dictadura.
En el marco del pluralismo político que siguiera al Pacto de Punto Fijo, escritores y creadores como Rafael Caldera, Miguel Otero Silva, Luis Beltrán Prieto Figueroa, José Luis Salcedo Bastardo, Pedro Díaz Seijas y Alejandro Otero, entre otros, pasaron a integrar ese establecimiento cultural democrático.
En un proceso que no deja de ser paradójico, la institucionalización y profesionalización intelectuales en la Venezuela de Punto Fijo fueron paralelas a la extinción del humanista integral, cuyo saber proteico y cultura erudita se desintegraron ante la especialización cognitiva y discursiva fomentada desde las universidades y otros medios profesionales. Ese reemplazo es también predicable del mundo hispano de la segunda posguerra, donde hombres de letras y polígrafos de las más diversas tendencias, del arielismo al positivismo, fueran sustituidos por especialistas y académicos durante el segundo tercio del siglo XX. Es un transvase del saber, la cultura y los conocimientos que magistralmente captara Vargas Llosa al retratar al "hombre de letras" que Alfonso Reyes fue. "Tenemos magníficos creadores, nuestras universidades cuentan con profesores eminentes, sin duda, grandes especialistas en algunas o acaso en todas las disciplinas, y en las revistas y diarios abundan los periodistas que dominan los buenos y malos secretos de su profesión. Pero lo que ha desaparecido es ese personajepuente que antaño conjugaba la academia con el diario, la sabiduría universitaria con la inteligibilidad del artículo o el ensayo que llega al lector común. Reyes u Ortega y Gasset, Henríquez Ureña, Azorín, Francisco García Calderón fueron exactamente eso. Y, por eso, gracias a escritores como ellos la cultura mantuvo una cierta unidad y contaminó a un cierto sector del público profano, ese que hoy ha dado la espalda a las ideas y se ha refugiado en las adormecedoras imágenes".
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Aunque no sea el protagonista de reflexión aquí, pedimos seguir un momento más de la mano de Reyes, a quien Octavio Paz también viera en El laberinto de la soledad (1950), como el "Literato" por excelencia: "el minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra es historia y poesía, reflexión y creación".
Obviamente no todo hombre de letras o intelectual puede parangonar la colosal estatura del mexicano; pero lo que deseo hacer notar es que, además del sentido de integración cultural, genérica y académica que ya le atribuyera Vargas Llosa al hombre de letras, el autor de El labe rinto... también predica de aquél un estilo de discurso que refleja una manera de pensar; por eso "leerlo es una lección de claridad y transparencia. Al enseñarnos a decir, nos enseña a pensar". Con ello nos enfatiza Paz la importancia de un estilo que en Reyes alcanza cotas eximias, difíciles de igualar por todo intelectual, a pesar de lo cual la posesión de un estilo puede verse como indicador del hombre de letras o intelectual sobre el que una investigación como la nuestra sobre la ciudad imaginaria ha querido concentrarse, por más difícil y exquisito que pueda ser visto al tratar de convertirlo en criterio de selección.
Alta cultura, intelectualidad y universidad Buscando correspondencia con la palestra venezolana, puede decirse que la formidable erudición de los doctores del gomecismo, así como las diletantes pero polivalentes inquietudes intelectuales de las generaciones del 18 y 28, cederían terreno a especialistas de las crecientes facultades de la Central y otras universidades nacionales; ello conllevando cambios en la temática, la estructura y el registro del ensayo, que con frecuencia se tornó un discurso más especializado y monográfico. Si a comienzos de los sesenta se contaba todavía con las obras multiformes de escritores como Picón Salas, Gallegos y Díaz Sánchez, después de cuyas desapariciones Uslar y Liscano asumieron el rol de conciencia nacional hasta finales del siglo XX, todos ellos se vieron acompañados desde finales de la década por miembros de la que Rodríguez Ortiz ha llamado "generación del 58": Orlando Araujo, Ludovico Silva, Guillermo Sucre, José Balza, Guillermo Morón, Francisco Rivera, José Manuel Briceño Guerrero, Manuel Caballero, entre otros cuya producción intelectual fue en buena medida generada desde la especialización universitaria .
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De manera que, sobre todo después de la restauración democrática de 1958, nos enfrentamos a una etapa muy difícil de registrar en lo concerniente al ensayo urbano, porque se profesionalizó, diversificó y especializó la producción intelectual que antes estaba reunida en la "alta cultura", en el sentido
"Puede decirse que la erudición de los doctores del gomecismo, así como las inquietudes intelectuales de las generaciones del 18 y 28, cederían terreno a especialistas de las crecientes facultades de la Central y otras universidades nacionales"
"La institucionalización y profesionalización intelectuales en la Venezuela de Punto Fijo fueron paralelas a la extinción del humanista integral"
que todavía planteara Picón Salas como ideal a comienzos de los años cuarenta. Como bien lo ha reconocido Rodríguez Ortiz, ya para los sesenta los humanistas venezolanos quedaron en el recuerdo frente a los discursos especializados de los expertos, por lo que "tratar sobre educación, política, el ser en cuanto ser, la explosión demográfica, las injusticias sociales o la locura citadina, pertenecen a territorios particulares y el público confía más en el experto que en el hombre genérico en trance de meditación universalizadora". En esa misma dirección, al preguntarse recientemente "Quiénes son los intelectuales", también Arráiz Lucca –exponente de este proceso de profesionalización cultural, alimentado por la cantera creativa– señaló que el renacimiento democrático desde 1958, con su consecuente masificación educativa, estableció en Venezuela una "relación cada vez más estrecha entre el recinto académico y el intelectual", a la manera como ha funcionado en países anglosajones y germanos desde el siglo XIX .
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En cierta forma, Arráiz Lucca tiende a reducir el ámbito intelectual al universitario; pero desde este último, Daniel Mato ha recordado una interesante distinción. A diferencia de aquellas sociedades "metropolitanas", donde los scholars dedicados a las ciencias sociales y las humanidades pueden desarrollar sus prácticas casi exclusivamente desde las universidades, todavía en América Latina, por razones que van de las coyunturas políticas a las restricciones económicas, la producción y actividad intelectuales trascienden los recintos académicos .
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Además de no reducir o reemplazar al intelectual por el académico en términos de sus foros o ámbitos de ejercicio, se nos recuerda así que aquél no ha desaparecido en tanto voz autorizada; pero creo que hay otros rasgos que añadir a esta sana distinción, por lo que concierne al tipo de discurso y su alcance. La obra del intelectual tiene una divulgación o proyección comunitaria mayor, en el sentido de llegar al gran público, más allá del especializado; y tal impacto le viene, además de su usual presencia en los medios de comunicación masiva, por estructurarse a través de un discurso creativo, especulativo y/o reflexivo.
De esta manera, si bien debe haber superado el diletantismo del que con frecuencia adolecieron las aproximaciones previas a la especialización universitaria, el valor divulgativo de la obra del ensayista contemporáneo no debería competir con, sino derivarse de un respaldo científico o especializado, cuya expresión más técnica se reservaría empero a las publicaciones científicas tipo journal; de manera análoga, tampoco deberían ser excluyentes los roles del académico o experto, por un lado, y el intelectual, por otro, ya que son posiciones que pueden cambiar según los foros o medios en los que se estén debatiendo las ideas. En este sentido y por fortuna, la cotidianidad e inmediatez de la ciudad siempre han concitado los más diversos registros discursivos a su alrededor, lo que ha hecho que sigan clamando por ella las voces del intelectual y el especialista, aunque ambos sean a veces la misma figura.
(1)
Pasajes de ésta y las siguientes secciones introductorias fueron presentadas dentro de la ponencia "Claves para una revisión urbana de novela y ensayo venezolanos, 1960-1980", I Coloquio Venezolano de la International Association for Dialogue Analysis (IADA), Caracas: IADA, Facultad de Humanidades y Educación, Comisión de Estudios de Postgrado, Universidad Central de Venezuela, abril 21-23, 2005.
(2)
José Ramón Medina, Noventa años de literatura venezolana (19001990). Caracas: Monte Ávila Editores, 1993, pp. 261-262; Yolanda Segnini, Historia de la cultura en Ven ezuela. Caracas: Alfadil Ediciones, 1995, p. 68. Varias referencias siguientes se apoyan en estas obras.
(3)
Rafael Arráiz Lucca, "Las tareas de la imaginación: la cultura en el siglo XX venezolano", en Enrique Vitoria Vera (comp.), Venezuela: balance del siglo XX.
Caracas: Universidad Metropolitana, Decanato de Estudios de Postgrado, 2000, pp. 11-65, p. 45.
(4)
Así lo señaló Adriano González León en la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas, Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, junio 29, 2004.
(5)
Mario Vargas Llosa, "Hombre de letras", El Nacional, Caracas: febrero 20, 2005, p. A-11.
(6)
Oscar Rodríguez Ortiz, Paisaje del ensayo venezolano.
Maracaibo: Universidad Cecilio Acosta, 1999, pp. 86-88.
(7)
Rafael Arráiz Lucca, "¿Quiénes son los intelectuales?", El Nacional, Caracas: septiembre 1, 2003, p. A-6.
(8)
Daniel Mato, "Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder", Relea. Revista Latinoa mericana de Estudios Avanzados, No. 14, Caracas: Centro de Investigaciones Posdoctorales (Cipost), mayo-agosto 2001, pp. 19-61, pp. 44, 46.
Fotografía: Daniel González.Techo de la Ballena: Rodolfo Izaguirre, Mary Ferrero, Adriano González León y Capoulican Ovalles
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jueves, 12 de noviembre de 2015
sábado, 21 de diciembre de 2013
EN UNA Y EN OTRA
EL NACIONAL - Domingo 29 de Septiembre de 2013 Papel Literario/3
Caracas entre la ciudad guzmancista y la metrópoli revolucionaria
El texto que reproducimos aquí es un fragmento de la introducción a Caracas, de la metrópoli súbita a la meca roja (2012), publicado por la Organización Latinoamericana y del Caribe de Centros Históricos (Olacchi) dentro de una serie de libros sobre ciudades de América Latina. En el caso del volumen dedicado a Caracas, Arturo Almandoz fue su editor y el que escribió el texto introductorio
ARTURO ALMANDOZ
Después de 1992: urbe violenta e insurgente Estallado a pocos días de la suntuosa toma de posesión de Pérez en febrero de 1989, el Caracazo prefiguró la agonía de la Cuarta República a lo largo de los años noventa (Sanoja, 2004), cuando muchos de esos conflictos y contradicciones se desahogaron por vía institucional, militar o subversiva. Mientras CAP II regresaba de un encuentro de líderes neoliberales en Davos, Suiza, los conjurados del ejército intentaron perpetrar, en la madrugada del 4 de febrero de 1992, un golpe de Estado desde los cuarteles de Maracay, Valencia y Maracaibo. Sin embargo, el teniente coronel Hugo Chávez no logró completar la toma del palacio de Miraflores en la capital. Al aparecer esa mañana ante las cámaras televisivas reconociendo que no había podido cumplir "por ahora" sus objetivos militares, el comandante Chávez se perfiló como protagonista de los cambios por venir, mientras la audiencia trasnochada, como hace notar Arráiz Lucca, observaba "con estupor y hasta con admiración a un hombre que se hacía responsable por su fracaso, cosa infrecuente en la vida pública venezolana de entonces" (Arráiz Lucca, 2007: 195). Mientras la economía venezolana crecía cerca del 10% para finales de aquel año aciago (1992), los caraqueños tuvimos que presenciar, en la madrugada del 27 de noviembre, una segunda asonada golpista, perpetrada esta vez por militares de la aviación. La separación de CAP del ejecutivo por causa de la "partida secreta" de 250 millones de bolívares insignificante en comparación con otros escándalos posteriores fue acaso la estocada final del vilipendiado statu quo de Punto Fijo, que curiosamente Rafael Caldera hubo de cerrar en su segunda presidencia (1994-1999), a pesar de haber sido protagonista firmante del pacto original y dueño de la quinta caraqueña que le diera nombre (Arráiz Lucca, 2007: 197-200).
Al decir de Tulio Hernández, el Caracazo es un "acontecimiento realengo" que ha trascendido tanto las interpretaciones simplistas y elusivas de los partidos tradicionales como las ideologizadas de la historia bolivariana posterior. Por un lado, en la temprana resaca del gobierno de CAP, "aquel acontecimiento tan complejo fue minimizado, obviado y soslayado con tal de seguir a pie juntillas el plan de ajustes económicos que se había concebido como panacea nacional" (Hernández, 2007); su incomprensión y obliteración por parte de políticos que semejaban avestruces o dinosaurios "fue la evidencia incontestable de que AD y Copei, y todas las élites que los circundaban y se nutrían parasitariamente de su poder, ya no estaban entendiendo nada de lo que ocurría en el país" (Hernández, 2007).
Pero, por otro lado y postreramente, la interpretación de la "metodología bolivariana", según la cual el Caracazo era un anuncio teleológico de las asonadas golpistas de 1992, ha probado ser "un inmenso subterfugio dramatúrgico para encontrarles justificación moral a las razones por las cuales una logia emprendió el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992" (Hernández, 2007).
Más allá de la interpretación que se tome, lo cierto es que, a partir del Caracazo y especialmente después de las revueltas militares, se vivió en la paranoia de los rumores de toda especie, divulgados la mayor parte de ellos por sectores que comenzaron a invocar las charreteras y mirar a los cuarteles como panacea no exenta de romanticismo y nostalgia por la ya mítica década de Pérez Jiménez, sin percatarse ni avizorar que el militarismo latinoamericano tiene rostros menos progresistas y más aviesos. Mientras las élites políticas y sociales se desplomaban y cundía una fiebre reformista (Romero, 1999: 90-95), después del Caracazo el "sistema político se volatilizó y cualquier cambio brusco fue posible", lo que reinició la "política de la calle" (González Téllez, 2005: 110-111), que no se veía desde los años sesenta, dominados por la guerrilla.
Y, paralelamente, la espiral de violencia criminal en las ciudades venezolanas en especial el homicidio con armas de fuego, que aumentó en un 500% entre 1989 y 1999 tuvo en Caracas su escenario protagónico y apocalíptico, y desplegó un catálogo delincuencial que ha configurado una suerte de nueva urbanidad capitalina (Sanjuán, 2000).
Sumado a males nacionales como el agotamiento del Estado rentista y del bipartidismo desgastado, la criminalidad urbana terminó de abonar el terreno para el arribo al poder de Hugo Chávez en 1999, cuyo régimen ha sabido capitalizar el autoritarismo que, como clamaba la violenta ciudad, debía seguir al Caracazo. Los resultados de su gobierno son polémicos en cuanto a su "democracia participativa" y claramente deficitarios respecto al mantenimiento capitalino, cuyo deterioro se evidencia en variables ambientales como las que ilustra Chacón (2005), así como en la falta de inversión en transporte, servicios públicos y vivienda, tal como es detectado por Mundó Tejada (2007) y Rosas Meza (2009).
A pesar de las proclamas igualitarias del régimen, la Caracas del chavismo ha acentuado sus segregaciones y fracturas, en buena parte como consecuencia de la inestabilidad política, que alcanzó sus picos entre los abriles de 2002 y 2003, caracterizados por enfrentamientos entre facciones opositoras y oficialistas en espacios públicos tradicionales e inusitados. Como ilustran Irazábal y Foley (2008) en este libro, desde las plazas locales y metropolitanas hasta las urbanizaciones y autopistas, algunas de esas ágoras improvisadas cobraron nuevos significados al ser tomadas por los bandos, pero acabarían debilitándose en términos de valores cívicos. Más allá de la inestabilidad política, a niveles más profundos y estructurales, la resentida retórica chavista ha atizado la lucha de clases, latente y preterida, pero sobrellevada por la democracia representativa de Punto Fijo, y con ello ha retrotraído a Caracas y a Venezuela toda a la inflamada antinomia entre oeste pobre y este rico, ahora con una renovada artillería de conflictividad y violencia, integralmente analizada por García-Guadilla en este volumen.
Como capital de un gobierno que pretende fortalecer ejes interurbanos y fluviales paralelos al centro-norte costero, pero que desarrolla a la vez políticas populistas tendentes, por ejemplo, a una saturación vehicular comparable a la de la Caracas saudita, con niveles de servicio vial que están ahora entre los más bajos del continente (Mundó Tejada, 2007), es difícil seguir asegurando el supuesto carácter antiurbano de la "Revolución bolivariana".
La lobreguez citadina del chavismo ha sido principalmente denunciada en términos del imaginario rural que se ha traído al centro mismo de Caracas con conucos y gallineros que colindan ahora con una de las chamuscadas torres del Parque Central y rastreada en las mercaderías insalubres y piratas que han colonizado espacios peatonales, lo que convierte a Caracas en capital latinoamericana de la buhonería y la basura (Negrón, 2004).
Sin embargo, con sus nuevos centros comerciales, trenes de cercanías y extensiones del metro, puede decirse que la enrojecida capital se debate ante un doble discurso oficial sobre lo urbano, expansivo y punitivo a la vez, como acaso conocieron, mutatis mutandis y en las antípodas, la Berlín de Speer y la Pekín de Mao.
Blandiendo el rojo oficialista con una ferocidad que en la historia del caudillismo latinoamericano hace pensar en Juan Manuel de Rosas y su mazorca policial, las huestes milicianas y las vallas rojas, que ahora campean en Caracas bajo el patronato del Che Guevara y otros santos revolucionarios, completan el tapiz anacrónico y populista de una ciudad apocalíptica pero auroral al mismo tiempo, porque proclama ser meca del socialismo del siglo XXI. La estrafalaria rojez de esa capital insurgente, ensangrentada también por las cifras de criminalidad rampante e impune, permite atribuirle ese color como predominante, así como explicarla y entenderla a través de la segregación y la violencia, la obsolescencia y el tercermundismo, distintivos todos de la súbita metrópoli modernista de otrora trocada hoy en revolucionaria meca roja.
Ilustración: Dalia Ferreira.
Caracas entre la ciudad guzmancista y la metrópoli revolucionaria
El texto que reproducimos aquí es un fragmento de la introducción a Caracas, de la metrópoli súbita a la meca roja (2012), publicado por la Organización Latinoamericana y del Caribe de Centros Históricos (Olacchi) dentro de una serie de libros sobre ciudades de América Latina. En el caso del volumen dedicado a Caracas, Arturo Almandoz fue su editor y el que escribió el texto introductorio
ARTURO ALMANDOZ
Después de 1992: urbe violenta e insurgente Estallado a pocos días de la suntuosa toma de posesión de Pérez en febrero de 1989, el Caracazo prefiguró la agonía de la Cuarta República a lo largo de los años noventa (Sanoja, 2004), cuando muchos de esos conflictos y contradicciones se desahogaron por vía institucional, militar o subversiva. Mientras CAP II regresaba de un encuentro de líderes neoliberales en Davos, Suiza, los conjurados del ejército intentaron perpetrar, en la madrugada del 4 de febrero de 1992, un golpe de Estado desde los cuarteles de Maracay, Valencia y Maracaibo. Sin embargo, el teniente coronel Hugo Chávez no logró completar la toma del palacio de Miraflores en la capital. Al aparecer esa mañana ante las cámaras televisivas reconociendo que no había podido cumplir "por ahora" sus objetivos militares, el comandante Chávez se perfiló como protagonista de los cambios por venir, mientras la audiencia trasnochada, como hace notar Arráiz Lucca, observaba "con estupor y hasta con admiración a un hombre que se hacía responsable por su fracaso, cosa infrecuente en la vida pública venezolana de entonces" (Arráiz Lucca, 2007: 195). Mientras la economía venezolana crecía cerca del 10% para finales de aquel año aciago (1992), los caraqueños tuvimos que presenciar, en la madrugada del 27 de noviembre, una segunda asonada golpista, perpetrada esta vez por militares de la aviación. La separación de CAP del ejecutivo por causa de la "partida secreta" de 250 millones de bolívares insignificante en comparación con otros escándalos posteriores fue acaso la estocada final del vilipendiado statu quo de Punto Fijo, que curiosamente Rafael Caldera hubo de cerrar en su segunda presidencia (1994-1999), a pesar de haber sido protagonista firmante del pacto original y dueño de la quinta caraqueña que le diera nombre (Arráiz Lucca, 2007: 197-200).
Al decir de Tulio Hernández, el Caracazo es un "acontecimiento realengo" que ha trascendido tanto las interpretaciones simplistas y elusivas de los partidos tradicionales como las ideologizadas de la historia bolivariana posterior. Por un lado, en la temprana resaca del gobierno de CAP, "aquel acontecimiento tan complejo fue minimizado, obviado y soslayado con tal de seguir a pie juntillas el plan de ajustes económicos que se había concebido como panacea nacional" (Hernández, 2007); su incomprensión y obliteración por parte de políticos que semejaban avestruces o dinosaurios "fue la evidencia incontestable de que AD y Copei, y todas las élites que los circundaban y se nutrían parasitariamente de su poder, ya no estaban entendiendo nada de lo que ocurría en el país" (Hernández, 2007).
Pero, por otro lado y postreramente, la interpretación de la "metodología bolivariana", según la cual el Caracazo era un anuncio teleológico de las asonadas golpistas de 1992, ha probado ser "un inmenso subterfugio dramatúrgico para encontrarles justificación moral a las razones por las cuales una logia emprendió el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992" (Hernández, 2007).
Más allá de la interpretación que se tome, lo cierto es que, a partir del Caracazo y especialmente después de las revueltas militares, se vivió en la paranoia de los rumores de toda especie, divulgados la mayor parte de ellos por sectores que comenzaron a invocar las charreteras y mirar a los cuarteles como panacea no exenta de romanticismo y nostalgia por la ya mítica década de Pérez Jiménez, sin percatarse ni avizorar que el militarismo latinoamericano tiene rostros menos progresistas y más aviesos. Mientras las élites políticas y sociales se desplomaban y cundía una fiebre reformista (Romero, 1999: 90-95), después del Caracazo el "sistema político se volatilizó y cualquier cambio brusco fue posible", lo que reinició la "política de la calle" (González Téllez, 2005: 110-111), que no se veía desde los años sesenta, dominados por la guerrilla.
Y, paralelamente, la espiral de violencia criminal en las ciudades venezolanas en especial el homicidio con armas de fuego, que aumentó en un 500% entre 1989 y 1999 tuvo en Caracas su escenario protagónico y apocalíptico, y desplegó un catálogo delincuencial que ha configurado una suerte de nueva urbanidad capitalina (Sanjuán, 2000).
Sumado a males nacionales como el agotamiento del Estado rentista y del bipartidismo desgastado, la criminalidad urbana terminó de abonar el terreno para el arribo al poder de Hugo Chávez en 1999, cuyo régimen ha sabido capitalizar el autoritarismo que, como clamaba la violenta ciudad, debía seguir al Caracazo. Los resultados de su gobierno son polémicos en cuanto a su "democracia participativa" y claramente deficitarios respecto al mantenimiento capitalino, cuyo deterioro se evidencia en variables ambientales como las que ilustra Chacón (2005), así como en la falta de inversión en transporte, servicios públicos y vivienda, tal como es detectado por Mundó Tejada (2007) y Rosas Meza (2009).
A pesar de las proclamas igualitarias del régimen, la Caracas del chavismo ha acentuado sus segregaciones y fracturas, en buena parte como consecuencia de la inestabilidad política, que alcanzó sus picos entre los abriles de 2002 y 2003, caracterizados por enfrentamientos entre facciones opositoras y oficialistas en espacios públicos tradicionales e inusitados. Como ilustran Irazábal y Foley (2008) en este libro, desde las plazas locales y metropolitanas hasta las urbanizaciones y autopistas, algunas de esas ágoras improvisadas cobraron nuevos significados al ser tomadas por los bandos, pero acabarían debilitándose en términos de valores cívicos. Más allá de la inestabilidad política, a niveles más profundos y estructurales, la resentida retórica chavista ha atizado la lucha de clases, latente y preterida, pero sobrellevada por la democracia representativa de Punto Fijo, y con ello ha retrotraído a Caracas y a Venezuela toda a la inflamada antinomia entre oeste pobre y este rico, ahora con una renovada artillería de conflictividad y violencia, integralmente analizada por García-Guadilla en este volumen.
Como capital de un gobierno que pretende fortalecer ejes interurbanos y fluviales paralelos al centro-norte costero, pero que desarrolla a la vez políticas populistas tendentes, por ejemplo, a una saturación vehicular comparable a la de la Caracas saudita, con niveles de servicio vial que están ahora entre los más bajos del continente (Mundó Tejada, 2007), es difícil seguir asegurando el supuesto carácter antiurbano de la "Revolución bolivariana".
La lobreguez citadina del chavismo ha sido principalmente denunciada en términos del imaginario rural que se ha traído al centro mismo de Caracas con conucos y gallineros que colindan ahora con una de las chamuscadas torres del Parque Central y rastreada en las mercaderías insalubres y piratas que han colonizado espacios peatonales, lo que convierte a Caracas en capital latinoamericana de la buhonería y la basura (Negrón, 2004).
Sin embargo, con sus nuevos centros comerciales, trenes de cercanías y extensiones del metro, puede decirse que la enrojecida capital se debate ante un doble discurso oficial sobre lo urbano, expansivo y punitivo a la vez, como acaso conocieron, mutatis mutandis y en las antípodas, la Berlín de Speer y la Pekín de Mao.
Blandiendo el rojo oficialista con una ferocidad que en la historia del caudillismo latinoamericano hace pensar en Juan Manuel de Rosas y su mazorca policial, las huestes milicianas y las vallas rojas, que ahora campean en Caracas bajo el patronato del Che Guevara y otros santos revolucionarios, completan el tapiz anacrónico y populista de una ciudad apocalíptica pero auroral al mismo tiempo, porque proclama ser meca del socialismo del siglo XXI. La estrafalaria rojez de esa capital insurgente, ensangrentada también por las cifras de criminalidad rampante e impune, permite atribuirle ese color como predominante, así como explicarla y entenderla a través de la segregación y la violencia, la obsolescencia y el tercermundismo, distintivos todos de la súbita metrópoli modernista de otrora trocada hoy en revolucionaria meca roja.
Ilustración: Dalia Ferreira.
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sábado, 16 de julio de 2011
METRÓPOLI DE UN IMAGINARIO (2)

EL NACIONAL - Sábado 16 de Julio de 2011 Papel Literario/2
Almandoz: un paseante latinoamericano
Pensador de lo urbano, arquitecto, ensayista y profesor universitario, Arturo Almandoz (1960) es nombre imprescindible entre los estudiosos de los imaginarios urbanos en Latinoamérica. Cada uno de sus libros constituye una referencia dentro y fuera de Venezuela. Su título más reciente es un texto más personal que sus precedentes: Almandoz parte de los recuerdos de su infancia para volver a uno de los centros simbólicos de Caracas: la urbanización San Bernardino
HARRY ALMELA
Son muchos --demasiados-- los puntos de encuentro y de fuga que tengo con este libro. El 22 de noviembre de 1963, cuando los Almandoz Marte y el niño Arturo se mudan a la casa en los altos de San Bernardino, el presidente Kennedy es asesinado de dos disparos en Dallas, como pudimos ver, acongojados y tiempo después, en la fortuita toma de Zapruder. Yo había cumplido los 9 años de edad y ya vivía en Mariara, que desde esos tiempos es una comarca de falsos equilibrios entre la cultura campesina (heredera de la antigua hacienda de caña del Conde de Tovar y de las posteriores siembras de añil y algodón en sus extensas vegas hacia el sur, hacia los bordes del Lago de Valencia) y su improvisado, fortuito y enrevesado acceso al desarrollismo que la empresa Covenal (Corporación Venezolana de Aluminio y su posterior estadio, la Constructora Venezolana de Vehículos) impulsó e impuso en la comarca, montándonos a juro en esa modernidad periférica de la que bien habla Beatriz Sarlo con relación a Buenos Aires.
Del encuentro entre la calle de tierra frente a mi casa y el asfalto en las vías principales que conducían, más allá de la línea del ferrocarril, a la Compañía; del entresijo existente entre la mula del agricultor y las bicimotos de la nueva y vistosa clase obrera, deviene ese carácter tan propio de este pueblo, y del país en general, siempre a medio camino entre lo premoderno y lo moderno.
El nombre del presidente norteamericano viene al caso, porque en diciembre de 1961 visitó Mariara, inaugurando junto a Rómulo Betancourt el asentamiento campesino El Deleite, en el marco del programa de la Reforma Agraria y la firma del convenio Alianza para el Progreso el cual, atiborrándonos con sus latas de aceite, sacos de trigo y leche en polvo, buscaba frenar el franco avance de la Revolución cubana en América Latina. El asesinato de Kennedy pasó a ser un punto de quiebre en la historia del municipio. Por la vía del luto colectivo, Mariara se vio inmersa durante un instante en la historia universal del siglo XX, tal como le ocurre a los personajes de El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas, con el refulgente Carlos Gardel, iniciado en el arte de centrar manteles con la princesa de Holanda, y enseñando el truco en el patio interior de la casa caraqueña de la familia Ancízar, en los últimos días de abril del año 1935.
Acerca de esta atmósfera y de muchas cosas más, viene a hablarnos Arturo Almandoz en sus Crónicas desde San Bernardino. Del arco que vacila y nos engulle entre los tiempos de la Maríacastaña de don Mariano y de la ciudad roja. Del ensanche caraqueño y burgués hacia el este y hacia el sureste del valle, de la movilidad urbana por el ascenso social, de los modestos gustos consumistas de cierta clase media que se formó a la luz de lo urbano, luego del traslado desde la provincia en busca de mejores condiciones de vida. Sé que este evento es un lugar común en la historia contemporánea de América Latina, cuyas ciudades no dejan de ser un pastiche de espumas entre lo rural y lo urbano.
También figuran en este libro los lastimosos gestos de otros sectores de nuestra sociedad, que hicieron del mal gusto una forma de vivir y de expresar el rastacuerismo, un haber histórico, idiomático e ideológico que nos acompaña desde los tiempos de Guzmán Blanco y que la Venezuela petrolera ha profundizado, por ráfagas y hasta nuestros días, desde el reventón de El Barroso II, entre cabrias y taladros manejados por jurungos y torpucios, en el aún cercano año de 1922.
Encontramos aquí también las modestas historias de los emigrados europeos de la postguerra, transfigurados bajo el inclemente sol de esta Tierra de Gracia, en bodegueros, panaderos, barberos y constructores, tejedores a su modo, junto a los criollos, de la venezolanidad del siglo XX.
Este libro no es solamente una crónica sobre Caracas en clave de estudios culturales, que sus muy documentados y agudos libros anteriores (Urbanismo europeo en Caracas, 1870-1920 y los tres volúmenes de La ciudad en el imaginario venezolano) han puesto en escena, para agrado de los lectores interesados en los asuntos del urbanismo y su relación con lo humano. Dicho sea de paso, esta bibliografía ha devenido en una lectura nacional acerca del tema, que en su momento ya habían desarrollado, con una visión panóptica, José Luis Romero y Ángel Rama. Pero aquí hay una vuelta de tuerca en el género, no sólo por el punto de vista del escribidor y por la intertextualidad culta que elabora y propone por vía de las referencias literarias, cinematográficas y hasta filosóficas. El entramado que sustenta estas crónicas es la narración personal de un observador de la implantación de la cultura de masas sobre un espacio urbano, pero que lo vive, como objeto y sujeto, desde un horizonte parroquial. Y cuando decimos parroquial, nos referimos a la ruptura de lo universal como punto de referencia.
Hablamos acá de la fragmentación, del minimalismo, de la rotura del referente ecuménico, de la renuncia al panóptico. Acá interesa las marcas de identidad cultural de una sociedad urbana en la periferia de la modernidad, que ansía una permanencia que la misma modernidad prohíbe, como lo indica Marshall Bermann en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es la visión de un paseante latinoamericano que rehúye de las ambiciones analíticas de un Walter Benjamin, el filósofo a quien mucho le debemos, pero que de seguro no podría analizar con solvencia la estructura y el aura del antiguo Hotel Potomac de San Bernardino.
El minimalismo que propone este libro, conceptual y formalmente, constituye hoy en día un canal efectivo para descifrar y poner en circulación la molestia, el desagrado, la resistencia individual frente al avance de la sociedad de masas y de la globalización.
Una última acotación. De carácter personal, para continuar con el aura de los párrafos anteriores. Voy por soleares. Yo también conocí a San Bernardino en mi infancia. En el edificio Pompei de la avenida Cristóbal Mendoza pasé varias vacaciones, en casa de mi abuela Emilia. Por allí paseaba, montado en la carreta de Darío. Lo recuerdo con demasiada frecuencia. Hay algo allí de primavera archivada, como dice Aquiles Nazoa en un poema. Pasaron muchos siglos de mi vida, y luego de estertores y de júbilos, volví a caminar sobre el asfalto de sus calles y por el cemento de sus aceras. La sensación que tuve fue la de desplazamiento. Un desplazamiento de sentido.
El significante se había vaciado de significado, y sólo quedaban los edificios, las estructuras vacías de contenido. O al contrario, aún estaban los contenidos, pero el art decó de muchos de esos edificios carecía ya de alguna significación, reposaban contra el espacio, sobreviviendo ya como fantasmas. Entendí entonces, desde el estómago, qué cosa es lo que ha ocurrido en estos doce años rojos. Nos han vaciado el paisaje. Pasamos y paseamos por las calles, por avenidas y autopistas (lo que va quedando de todo eso) y nos sentimos extrañados, sin sentido de pertenencia y, definitivamente, sin pertenecer. Desplazaron el paisaje, cambiaron el huso horario, la bandera y el escudo.
Todavía no tengo claro si esto es un asunto de la edad o una consecuencia política. Da lo mismo y a lo mejor es lo mismo. Ese estar en el aire, sin orientación alguna, quizás sea el precio que hay qué pagar por haber vivido en la burbuja petrolera de la Venezuela saudita, sin muchas preocupaciones y sin solución de continuidad.
Aún hay gente que habla de esos tiempos, exclamando la frase mentirosa cuando éramos felices y no lo sabíamos. No era que no lo sabíamos, simplemente fue una burbuja. Por suerte, existen libros como Crónicas desde San Bernardino para retomar la historia personal. El sentido, dice Deleuze, no es nunca principio ni origen, es producto. No está por descubrirse, ni restaurarse ni reemplazarse; está por producirse con nuevas maquinarias.
Fotografía: Manuel Sardá
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