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lunes, 27 de abril de 2020

¿DA IGUAL QUE SE QUEDE O SE VAYA?

Guillermo Morón: “Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles”
Jesús Piñero
Guillermo Morón tiene 93 años y no se anda con rodeos para decir lo que piensa. Con esta entrevista al autor de la imprescindible obra "Historia de Venezuela", cerramos el ciclo de conversaciones con historiadores justo hoy cuando se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.
Guillermo Morón está sentado esperando a su hermano Armando. Es diciembre de 1935. Algunas agitaciones se sienten en Caracas, pero el interior del país continúa inerte, como siempre. En Carora pocos saben de la noticia y nadie tiene suficiente valor para repetirla. No es seguro y temen que los escuchen.
Morón tiene 9 años y no entiende la situación. Murmullos y miradas se suscitan en el pueblo. Cuando Armando llega por fin, se montan en un autobús hacia a Cuicas, en el estado Trujillo. Van callados y al bajar del vehículo todavía les toca caminar a pie un gran cerro y pasar la quebrada. Justo cuando van cruzando el agua, Armando, que va delante de él, se voltea.
—Te tengo que decir algo.
Guillermo Morón pensó lo peor: la muerte de su madre, doña Rosario Montero de Morón. Pero no dijo nada y esperó a que su hermano continuara. Armando se le acercó al oído, miró a los lados y le susurró como si alguien los observara en medio de la nada.
—Se murió Gómez.
Guillermo Morón, el niño
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era tal el miedo hacia la tiranía gomecista que Armando esperó estar en el monte profundo para contarle la noticia de la muerte del dictador a su hermano menor. El país se preparaba para un nuevo capítulo en su historia.
En Cuicas pasaban los fines de semana, porque estudiaban en Carora, estado Lara. 30 o 40 minutos antes de que su padre entrara por la puerta principal de la casa, doña Rosario Montero sentía el andar del caballo al llegar al pueblo.
“Me acuerdo de que en mi pueblo, mi papá se oía en el campo y mi mamá lo sentía antes de que llegara: ‘Llegó Morón’, decía. Mi papá había entrado al pueblo a caballo. Le daba una patada al portón y entraba”.
Así llegaba del conuco todos los sábados. Su progenitor era un jinete campesino en una Venezuela que se bajaba del caballo y empezaba a andar sobre las ruedas de petróleo.
El niño Morón es hijo de las postrimerías del siglo XIX. Nació el 8 de febrero de 1926 dentro de un matrimonio que tuvo 5 hijos varones. “Armando era el mayor, el inteligente y culto que fue maestro de escuela toda su vida. Marco Mario, que era un vagabundo de primera, que no aprendió a leer pero que se hizo rico, gran mujeriego. Mi hermano Óscar murió muy temprano, a los 14 años. Y mi hermano Chui (Jesús María) que murió hace tiempo. Yo era el cuarto”.
Una generación que abría el siglo XX, indiferente a la política, que era asunto de los andinos, los amos del valle capitalino.
Los tres tiranos
Dos meses después de aquella conversación con su hermano Armando, Guillermo Morón cumplió 10 años y, a pesar de su niñez, empezaba a comprender la situación nacional y escuchaba por radio al nuevo presidente, Eleazar López Contreras, quien anunciaba su programa de febrero.
Esos son los recuerdos más lejanos que conserva en su memoria sobre la política venezolana. Vivía en Carora y recibía clases de don Cecilio Zubillaga Perera: “Un gran maestro que nos enseñaba a leer y a escribir, él me quiso mucho y yo lo quise mucho a él también. Fue muy amigo de mi mamá y creo que esa es una de las influencias más directas que yo tuve, además de mi mamá que fue maestra de escuela”.
La democracia era una idea imposible, ciega para el momento, según el propio testimonio de Morón. Y aunque la dictadura gomecista ha sido vilipendiada dentro de la historiografía, él es un sobreviviente que se atreve a calificarla como positiva: “La época de Gómez es muy buena, Gómez acabó con los ladrones, acabó con los bandidos. Metió a la cárcel a todos los políticos malos, de manera que la dictadura de Gómez fue para mí positiva, porque este es un país de bárbaros, y llegó Gómez y puso orden”. Aunque no por eso deja de categorizarlo como un tirano y compararlo con Fidel Castro y Hugo Chávez. Tres cuadros de estos personajes cuelgan de su biblioteca personal.
—¿Hay alguna similitud entre los personajes de esos cuadros?
—Gómez no tiene ninguna similitud con Chávez ni con Fidel Castro tampoco. Pero yo los llamo los tres tiranos, tres tiranos distintos: Gómez, Castro y Chávez. La inteligencia los distingue. Fidel Castro sacó de Cuba a todas las prostitutas y a todos los bandidos norteamericanos que iban a putear en Cuba. Simple y llanamente eso. Hugo Chávez fue un hombre inteligente, muy venezolano. Esa expresión “esta noche te voy a dar lo tuyo” es típica de los venezolanos vulgares, él los comprendió bien. Y Gómez puso orden, pagó la deuda externa que veníamos arrastrando desde hace muchos años. Tuvo muchos aspectos positivos, el único negativo es que no había libertad, esa común y corriente.
—¿Y qué significa para usted la democracia?
—La palabra democracia es una proclama de los enseñadores. La democracia es la vivencia del pueblo. No es un poder, es una convivencia y los venezolanos hemos convivido durante 500 años. La democracia no solamente fue ese período de 1958 a 1998, no. La democracia es la convivencia que siempre ha habido, y los venezolanos tienen que volver a recuperar el camino de la democracia, de la convivencia del pueblo.
La democracia se convierte en oligarquía cuando no se conoce bien la historia del país donde se pretende implantar. Uno de los más graves defectos de los dirigentes políticos venezolanos es el desconocimiento de su propia historia de pueblo.
La Historia tras su historia
Cuando salió de bachillerato quería estudiar Derecho, pero gracias a la influencia de su madre y de su maestro don Cecilio Zubillaga Perera, se fue para Caracas y se inscribió en el Instituto Pedagógico Nacional, que hoy pertenece a la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). ¿Por qué? Urgía una carrera rápida para cubrir los gastos de la casa.
“Yo aprendí del maestro que el estudio es el fundamento principal de la vida ciudadana en cualquier parte del mundo. A los 17 años me dijo ‘Moroncito, váyase para Caracas, porque como su mamá es maestra, sus tías han sido maestras y un abuelo suyo fue también profesor, usted puede convertirse en un buen maestro”.
Cuando terminó, viajó a España y se doctoró en la Universidad Central de Madrid, hoy Universidad Complutense. Lo hizo porque su madre lo quería ver lejos de la escena política venezolana, que no auguraba buenos tiempos.
Durante aquella estadía madrileña, en los años cincuenta, conoció a María Ilaria, quien después se convirtió en su esposa.
Como si se tratara de ayer, Guillermo Morón todavía rememora la escena ocurrida en la capital de España: “Estaba frente al templo donde se casó Simón Bolívar, yo la había conocido a ella ligeramente, y de repente llegó ella por detrás y me tocó y me dijo: ‘¿Usted es el indio que me está esperando?’. Y ahora es mi mujer. Ella se casó con el indio”.
Morón también fue de los primeros latinoamericanos en obtener la Beca Humboldt, que otorga la Embajada de Alemania, con la que estudió Filosofía en la Universidad de Hamburgo.
A su regreso a Venezuela, a mediados de 1958, se encontró en un país que transitaba hacia una democracia estable. Hasta entonces llevaba una vida académica en la Universidad de Hamburgo, donde ejercía como profesor.
Al reabrir la Universidad Central de Venezuela (UCV) intentó ingresar a la recién inaugurada Escuela de Historia, y no le fue posible porque el comunismo universitario lo tachó como un hombre de derecha: “En la UCV no me recibieron, a pesar de mis títulos y publicaciones, porque estaba dominada por los comunistas, entre ellos un señor llamado Germán Carrera Damas”.
El marxismo marcaba la pauta y Guillermo Morón era visto como un clásico, como un estudioso atrasado de una historiografía a superar. Tiempo después entró a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y a la Universidad Simón Bolívar (USB), pero a esas casas de estudio no les dedicó mayor tiempo.
Carlos Felice Cardot influyó en Morón para que se quedara en Venezuela y así logró ingresar a la Academia Nacional de la Historia: “Cuando regresé inmediatamente me nombraron numerario y tenía 33 años, eso fue en 1959. En la Academia fui primero director de publicaciones y después director”. Cargos que le permitieron llevar a esa corporación a su época dorada en cuanto a las publicaciones, la organización de su archivo y a la creación del departamento de investigaciones históricas. Su esfuerzo por hacer de la historia una disciplina para todo público, fuera del claustro, se reflejó en el desarrollo de numerosas colecciones que recogieron el registro documental del pasado.
El marxismo en contra
“Lo importante para mí es Venezuela, que después de Rafael María Baralt y José Gil Fortoul, nadie había escrito una historia moderna”. El fruto de esa orientación de su trabajo fue presentado en 1971 y se llamó Historia de Venezuela: 5 tomos que recogen una aproximación a todo el transcurrir venezolano a lo largo de casi 500 años que no se hacía desde el siglo XIX.
Un esfuerzo único en su tiempo, pues los profesionales en el estudio del pasado estaban dedicados a la realización de historias particulares, por la complejidad de los manuales. Su proyecto respondió a lo que él consideraba un déficit en la enseñanza en las escuelas y liceos, premisa que todavía mantiene: “Un pueblo que no aprende su historia está en grave riesgo de perder el alma, y la historia de Venezuela no se aprende con la fuerza y la pasión de otros tiempos, porque la historia dizque no sirve para nada”.
La obra se vendió como pan caliente en el país, sobre todo después de que saliera publicada una crítica en su contra en 1973: “Tuve el honor que la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela escribiera un panfleto llamado De cómo se desmorona la historia: observaciones a la ‘Historia de Venezuela’ , y creyeron que con eso yo me iba a espantar. Al revés, me alegré muchísimo, porque se terminaron de vender los mil ejemplares de esa edición”.
La crítica la firmó la historiadora Angelina Lemmo y expresaba una respuesta académica de la Escuela de Historia, dirigida por Carrera Damas, a la obra histórica de Morón, el flanco favorito del marxismo ucevista.
Poco tiempo después de la publicación y la polémica, en 1974, Morón recibió una comunicación en la que le informaban que la Organización de Estados Americanos (OEA) lo había designado coordinador general de la Historia General de América, un proyecto editorial que Mariano Picón Salas había propuesto ante ese organismo pero que hasta entonces se mantenía engavetado.
Un estudio desde Canadá hasta Argentina requirió de un equipo de historiadores de todo el continente, a quienes se le encomendaron las diferentes aristas y terminaron desarrollándose como profesionales: “Yo me hice cargo y la publiqué, me pateé todo el continente y fueron 33 volúmenes dirigidos por mí, allí incluí las biografías de George Washington y Simón Bolívar”.
Su visión hispanista, traída del franquismo, era demoniaca ante la crítica al colonialismo que blandían los historiadores marxistas, quienes vieron en Morón el blanco de tiro para realizar sus críticas históricas y revolucionarias. El trabajo de la Academia era incompatible con la visión de los historiadores profesionales, sobre todo los egresados de la UCV, quienes desdeñaban la historiografía canónica académica.
Y del otro lado también hubo polémicas: El culto a Bolívar de Germán Carrera Damas fue calificado como un texto subversivo por las autoridades con las que Morón trabajaba, pidiendo la expulsión de Carrera de la Universidad por pervertir la imagen del Libertador.
—Usted trabajó en la Academia Nacional de la Historia en un período en el que la figura del Libertador y de la independencia no podían se objetos de crítica…
—Pero es que Bolívar es un hombre de nuestro tiempo, porque no está relegado a su momento en el pasado, sino que traspasa las barreras de la diatriba y del culto, se pone por encima de la gloria y baja al día, a servir la actualidad. Fue un hombre de carne y hueso que cometió errores como todos los seres humanos. Él, como todos los héroes que participan en el proceso de independencia, militares y civiles, oficiales y soldados, ideólogos o pueblo simple, fueron españoles, pero lo fundamental es que no se les meta en discusiones insolubles. Todo ese barullo sirve solamente para que el pueblo no entienda a los prohombres. El Bolívar de cada autor no es el mismo Bolívar de todos.
—¿Hay desde el Estado una pretensión política por cambiar la historia?
—Eso es una estupidez, la historia no se cambia. Los únicos que pueden hacer historia son los historiadores, no el Presidente de la República, ni los gobernantes. Son los historiadores los que pueden interpretar el pasado. Ahora, la historiografía venezolana ha parcelado la imagen histórica del país al intentar narrar como acontecimientos fundamentales los hechos de gobierno; el reducido a la acción de toma y ejercicio del poder individual; o al crear una ilusoria historia constitucional. La política es el gran eje sobre el cual se mueve la historia, así ha sido hasta el presente en todas las civilizaciones. La política modifica a la sociedad, a la economía y a la cultura, esas son las cuatro patas de la historia, cuatro dimensiones igualmente importantes para entender.
Bien educado
Aunque sirvió como hombre público al ser secretario del presidente del estado Lara empezando la dictadura perezjimenista, siempre destacó como un académico preocupado por la lectura y por la producción de textos educativos, incluso desde su trabajo en el diario larense El Impulso, donde fue un periodista de oficio y jefe de redacción.
Allí evocaba con frecuencia la frase: “La noticia se produce y nadie tiene por qué matarla o asfixiarla antes de tiempo. La información se desplaza, no se empuja; se desuna, pero no se corrompe. Es bueno que sea clara como el agua, desnuda como una lágrima”.
Leer sigue siendo su mayor afición. Escribió cuentos y novelas que se convirtieron en best sellers. Todavía revisa a los clásicos de la literatura, entiende latín y lee griego. “El que no haya leído al Quijote no es un hombre culto, Don Quijote es fundamental”, y luego dice que es su libro favorito.
Como editor de la revista Shell se encargó de difundir a una gran cantidad de escritores que encontraban en esa publicación una importante ventana para darse a conocer. Su trabajo allí lo convirtió en un gerente o empresario editorial bastante próspero. Varias de las reseñas de sus trabajos están en el libro Guillermo Morón, un clásico vivo de Pedro Pablo Paredes.
Ante una mayoría socialdemócrata y socialcristiana, Guillermo Morón impulsó el Comité Nacional de la Clase Media con ideas liberales, frente al estatismo y a la noción de redistribución de la riqueza que propugnaban los partidos políticos entonces. También contra la reforma tributaria. Con este proyecto intentó incursionar en la política junto a Pedro Tinoco y estuvieron en conversaciones con otros partidos para conciliar una candidatura independiente, pero aquello nunca logró prosperar ni mucho menos igualarse a AD ni a Copei.
“Pedro Tinoco se equivocó, yo no tenía ninguna fuerza política. Él quería ser presidente y necesitaba apoyo”, explica. El 27 septiembre de 1968 los miembros de la tolda finalmente se hicieron con el nombre de ‘Movimiento Desarrollista’.
“Ni de derecha ni de izquierda. Lo que soy es un hombre bien educado”, así se define Guillermo Morón, quien apoyó a Hugo Chávez en los años noventa. Una actitud que fue repudiada por algunos miembros del gremio y que, incluso, llegaron a calificar como pase de factura por su rechazo a los partidos Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei).
Idea que a sus 93 años todavía comparte: “Juan Vicente Gómez es uno de los mejores gobernantes que ha tenido el país, a pesar de haber sido un dictador, no se metía con el pueblo ni con los maestros de escuela”, reflexiona cuando le preguntan sobre el devenir de la historia contemporánea venezolana. Entre Gómez y Chávez hay un siglo, un siglo en el que las armas tampoco estuvieron quietas y él considera a ese sector como parte fundamental de la república.
—¿Cuándo decidió retirarle el apoyo a Chávez?
—En cuanto llegó, porque no estaba preparado. A mí me pareció simpático, un buen hombre, agradable y él llegó gracias al apoyo del pueblo y, sobre todo, de las Fuerzas Armadas. Sin las Fuerzas Armadas no llega. Es más, sin ese apoyo nadie puede llegar a ser presidente de Venezuela.
—Entonces, ¿no estamos cerca de un cambio histórico?
—No lo creo.
—¿Cree que Nicolás Maduro se quedará por muchos años más?
—Maduro puede quedarse allí hasta la muerte y no pasa nada, y si lo sacan tampoco pasa nada. Yo no creo que esté próximo a retirarse, quienes lo apoyan son las Fuerzas Armadas.
—Y usted, que vivió casi a plenitud el siglo anterior, ¿qué opina de Juan Guaidó?
—Juan Guaidó es un hombre inteligente, pero no tiene porvenir político, porque no tiene fuerzas. No tiene el apoyo de las Fuerzas Armadas, ni el popular, pero es un hombre sano y honrado.
—¿Y de los partidos políticos?
—Los partidos políticos desaparecieron, ¿dónde están el PCV, Copei, AD? Primero Justicia y Voluntad Popular no valen nada. No hay ningún dirigente importante en esos partidos, yo no lo veo por lo menos.
—¿Compararía algún período del pasado con este?
—No tiene similitud con otros sucesos del pasado, ni remotamente. Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles.
Esta semblanza se elaboró a partir de una entrevista realizada 19 de septiembre de 2019, y algunos fragmentos de otras entrevistas y artículos de prensa, especialmente del documental Guillermo Morón, maestro de escuela producido por María Eugenia Mosquera, y el material recogido por Efraín Subero en el Ideario-Diario de Guillermo Morón, publicado en 1999, fuentes esenciales que permitieron construir una imagen más amplia del personaje.

Fotografías: Daniel Hernández
Fuente:

martes, 21 de abril de 2020

MARXOLOGÍA; MARXISMO Y LIBERALISMO

Emeterio Gómez
Carlos Blanco

Fue un hombre bueno. Fue un amigo.

Trabajo ahora con la imprecisa nitidez de los recuerdos. Hacia finales de los años sesenta siendo estudiante de economía en la UCV, ingresé como “preparador”, una suerte de asistente, a la Cátedra de Macroeconomía que dirigía el profesor D.F. Maza Zavala. Allí, a lo largo de un tiempo que ya no retengo, estaban José Moreno Colmenares, Manuel Rodríguez Mena, José Miguel Uzcátegui, Emeterio Gómez y un nuevo: quien esto escribe. Eran tiempos agitados y promisores de la UCV, la época de la Renovación Académica que prendió en todas las facultades y en todas las universidades, en paralelo –pero no consecuencia- del Mayo francés y de las protestas mundiales contra la guerra en Vietnam. Época de decir “el sistema se hunde, haz peso”, “prohibido prohibir” y otras consignas autóctonas o prestadas.

En ese marco y luego ya como jóvenes profesores queríamos innovar en la enseñanza de la economía política. Emeterio fue apasionado partidario y promotor de esos cambios. Estimábamos que los estudiantes debían ir a las fuentes originales del pensamiento neoclásico, marxista y keynesiano, por lo que nosotros comenzamos a estudiar a fondo fundamentalmente a Marx y a Keynes. En esa época compartí un pequeño cubículo con Emeterio y tratamos de estudiar a fondo los autores mencionados. Nos convertimos en marxólogos, estudiosos de Marx, y aproximadamente marxistas. En ese proceso pude apreciar su evolución intelectual.

Emeterio se esforzó por llegarle a la nuez del postulado del origen de la plusvalía de la cual se apropiaba el explotador capitalista. Estudió, discutió, polemizó, escribió artículos y libros, y en ese proceso llegó a una especie de iluminación intelectual al descubrir en la propia trama de El Capital la falacia sobre la cual se fundaba el autor. No fue una postura política la que lo condujo a desechar el marxismo (después la adoptaría), sino el producto de estrujar desde adentro sus contradicciones. Llegó a decir a los años algo que es fácil decir desde una posición ideológica pero no desde una perspectiva analítica: el marxismo es una tontería y Marx un idiota. Más adelante igual demolición aunque más moderada haría con Keynes.

A través de estrujarse el alma y su talento, Emeterio se convirtió en un pionero del liberalismo en Venezuela, cuando no era simpático ni popular adoptarlo. Estudió filosofía, adquirió un tono místico en un contacto que no conocí enteramente pero supuse profundo con la religión, y adoptó una misión en su vida: estudiar y difundir las bondades del pensamiento liberal y aún más, se hizo un crítico implacable del tipo de capitalismo que carecía de sentido social.

Era un polemista de los buenos. No se arredraba ante expertos y sabios. Como portador de sus propios descubrimientos se atrevió a irrumpir en ambientes dominados por la molicie intelectual; la izquierda de la cual había formado parte como militante se debatía ante él entre el odio y la admiración. Tenía un sentido crítico muy intenso, siempre en guardia incluso frente a sus propias convicciones. No era fácil estar de acuerdo con él en “todo” y podía ocurrir que cuando se llegara a estar de acuerdo ya sus propias tesis hubiesen ido hacia adelante a un lugar inesperado.

Esa vida intelectual profunda, comprometida consigo mismo, jamás le hizo perder un suave humor, una sonrisa discreta, una alegría de vivir inmensa, truncada hace unos años por un desgraciado accidente. Vivió con un amor profundo hacia Fanny, su esposa y compañera de todos los tiempos, y sus hijos.

Ahora lo veo otra vez en el podio, fajado como los buenos con los escépticos y resistentes a la buena nueva que portaba. Un abrazo, amigo, nos vemos allá…

Fuente:
Cfr.

DE UNA POSTURA DECIDIDA

Del marxismo militante al neoliberalismo recalcitrante
Además de economista, Emeterio Gómez no dejaba de mostrar sus veleidades por la sofía, por el saber teorético, una línea que arrancaba de Platón, pasando por Rousseau, Hegel, hasta llegar a Marx
Enrique Meléndez Oropeza

Criticó con muchísima atención el hecho de que Chávez transformara el antiguo Fondo de Estabilización Macroeconómica, que era un fondo de ahorro, en el Fonden, que terminó siendo un fondo de gastos y despilfarro

         El mundo de la economía está de duelo en estos momentos, con motivo del fallecimiento del profesor Emeterio Gómez (1942-2020), hecho ocurrido este lunes 20 de abril en Barcelona (España), víctima, según las informaciones que nos llegan, del Covid 19, luego de haber sido ingresado en un hospital, a consecuencia de una caída que le produjo una fractura en el fémur, pero donde se contaminó del virus, que causa hoy en día estragos a nivel mundial, aunque ya desde hacía algún tiempo a esta parte venía aquejándose de quebrantos de salud, razón por la cual se mantenía alejado de la comunicación social, donde fue parte muy activa hasta hace algunos años, sobre todo, porque fue un gran polemista, y sostuvo con pasión encendida sus posiciones en una y en otra ideología política y económica.

         Esto lo digo por el hecho de que durante su juventud fue un militante radical del comunismo, identificado con la teoría marxista, razón por la cual militó en el antiguo Movimiento de Izquierda Revolucionaria, a donde llegó de la mano de Américo Martín y Domingo Alberto Rangel, como me lo dijera en entrevista que le hice para La Razón en julio de 2013, hasta finales de la década de 1960, en especial, porque nunca estuvo de acuerdo con la línea que adoptó este partido durante esos años, de plegarse a la lucha armada, a la que se había acogido el Partido Comunista de Venezuela, incitado más que todo por el llamado castrocomunismo, y el cual tuvo una gran influencia en la América Latina; promoviendo lo que se conoció como la estrategia del foquismo, una vez que triunfa en Cuba, a la cabeza de Fidel Castro y de Ernesto (Che) Guevara.

         Fue el auténtico revolucionario, en el sentido de que fue de los pocos que se dedicó al estudio de esa gran obra de Carlos Marx, conocida como El Capital, entre los que se proclamaban marxistas en aquellos años; siendo, por lo demás, una de las más difíciles, que haya conocido la teoría marxista; tomando en cuenta los niveles de abstracción a los que llega Marx en el desarrollo de su pensamiento, y donde hace gala de una gran ilustración, fundamentada en formulaciones económicas, y las que arrancaban del viejo liberalismo de David Ricardo y Adam Smith; además de las visiones subjetivas del idealismo de Hegel, al que consideró, por excelencia, su maestro; que fue lo que le permitió llegar al concepto del fetichismo de la mercancía, que constituyó una de sus banderas teóricas, de lo que fue su crítica a la economía política del capitalismo, como lo predicó el propio Marx; aun cuando ya Gómez en su divorcio con este autor encontraba una limitante, basada en la circunstancia, de que él consideraba que la teoría del valor de Marx erraba, cuando afirmaba que el precio de una mercancía venía dado por el trabajo, socialmente, necesario, que desplegaba el obrero durante su realización, y que era donde entraba el componente de la plusvalía, es decir, aquella parte que se apropiaba el capitalista de dicho trabajo; pues Gómez era de la idea de que, en verdad, quien ponía el precio a la mercancía era el mercado.

         Fue famosa la tesis de Marx, de que hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, y de lo que se trata es de transformarlo, y de allí que la filosofía se convirtió en un arma de la revolución, como diría Lenin más adelante, y con lo cual no estaba incubando sino un demonio, por cuya causa han muerto millones de seres humanos; tomando en cuenta el carácter totalitario que implicó su sistematización a través de regímenes de gobierno, que lo primero que hacían era atentar contra el derecho a la propiedad privada a nombre de una libertad, y la que más bien se ponía en tela de juicio a partir de allí; basándose en el hecho, además, de que Marx se planteaba que en algún momento de la historia los grandes capitalistas se habían apoderado de los medios de producción; de modo que la gran tarea de la revolución consistía en devolvérselos al proletariado, para dar el gran salto hacia el comunismo; influido, a ese respecto, por Juan Jacobo Rousseau, y quien fue el primero en impugnar tal derecho, y el que en otras instancias se conoce como el de la iniciativa privada, y de donde vemos el por qué el propio Gómez trazaba una línea, cuando se refería a los temas filosóficos; que, además de economista, Gómez también no dejaba de mostrar sus veleidades por la sofía; por el saber teorético, dicho en otros términos; una línea que arrancaba de Platón, pasando por Rousseau, Hegel, hasta llegar a Marx; es decir, los que consideraba los grandes totalitarios, a propósito de sus concepciones políticas, y de modo que volviendo a la juventud de Gómez, se pudiera considerar que éste fue el auténtico “buen revolucionario”, como diría Carlos Rangel, devenido del “buen salvaje”; del que hablaba Rousseau, y que ubicaba en nuestra América; no habiendo sido, a su modo de ver, enajenado hasta el momento de su descubrimiento por los valores de la sociedad occidental, para luego convertirse Gómez en un neoliberal, diríamos, recalcitrante; pues para el momento de hacerle la entrevista nos decía, copio textualmente: “El socialismo es una tontería. Eso no tiene ninguna posibilidad de realizarse. No me refiero al socialismo democrático; sino al llamado socialismo real; que atenta contra la propiedad privada. El solo hecho de atentar contra la propiedad privada; el solo hecho de generar un desestímulo muy poderoso contra cualquier iniciativa de inversión, referida al capital. Sólo eso basta para liquidar la economía”.  Por cierto, si algo criticó Gómez con muchísima atención fue el hecho de haber transformado Chávez el antiguo Fondo de Estabilización Macroeconómica, que era un fondo de ahorro, en el Fonden, que terminó siendo un fondo de gastos, de despilfarro, mejor dicho, y que nos hubiera encontrado prevenidos, para lo que viene, visto el desplome mundial petrolero a la hora actual.

Fuente:
https://www.larazon.net/2020/04/emeterio-gomez-del-marxismo-militante-al-neoliberalismo-recalcitrante/
Fotografía: https://talcualdigital.com/economista-emeterio-gomez-fallecion-en-espana-por-coronavirus/

sábado, 21 de marzo de 2020

LA PESTE CHINA Y LOS MUROS CIVILIZATORIOS

La máscara del coronavirus
Asdrúbal Aguiar 

Avanzo algunos párrafos de mi libro en edición Crónicas de Facundo, Bajo la usurpación de Nicolás Maduro (EJV, 2020). El miedo otra vez hace cuna entre nosotros por obra de una pandemia global de origen chino. Se suma a las pandemias anteriores y recientes, las culturales y las políticas que han significado la disolución de las seguridades modernas y el ingreso -diría Zigmunt Bauman- a la “modernidad liquida”.

Todo se mueve y vuelve informe. Todo se hace frágil y sin direcciones ciertas desde 1989. ¡Y cómo que nos hacen falta esas seguridades mínimas para enfrentar esta amenaza de muerte viral, el coronavirus, dilapidadas en el altar de lo relativo!

Cuando se derriba el muro de Berlín los marxistas no se van a Marte. Se cuelan por entre los intersticios occidentales y ocupan sus subterráneos para en venganza diluir los sólidos nuestros. Celebran la destrucción de las Torres Gemelas y después avanzan sobre la Iglesia de San Pedro, los íconos.

Dejarnos sin muros civilizatorios, relajar nuestras inmunidades morales como fracturar nuestras texturas asociativas ha sido el medio para favorecer que la violencia – islámica, la de las retículas que alegan razones de diferenciación étnico-racial o de género y se desprenden de los declinantes “estados de bandera”, y la china – atice los muchos miedos que a todos nos envuelven en la hora. Ellos paralizan y luego nos tornan indiferentes y resignados. Aceptar “la muerte de Dios” como en Zaratustra, que recrea al Papa jubilado, es el desiderátum.

Y viene al dedo para el despropósito la bondad multiplicadora de las plataformas digitales. Emergen el mismo año en que declina el socialismo real. Nace así, del maridaje, el mundo de la posverdad y el “posestado”.

Papa Francisco al apenas finalizar el año 2019, ante la Curia Romana que vela por los soportes de la civilización judeocristiana vigente ya 3.500 años, dice que “vivir es cambiar”. Ajusta que “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época”, signada por un reclamo: que la “memoria” sea dinámica y no termine siendo custodia de cenizas puesto que “no estamos más en la cristiandad”. Son sus palabras.

El no saber ahora dónde estamos, hacia donde vamos, con quién contamos, es el verdadero virus que nos enferma de gravedad y empeora la pandemia en curso. Es el miedo, es el pánico, la sensación de haber perdido todos a las seguridades todas.

Según el Papa emérito Joseph Ratzinger “la seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre”, de su vuelta a la razón práctica o iluminada, contenedora de lo animal e instintivo. “Donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción”, argumenta en 2005, acaso mirando sobre el presente coronavirus y más allá de su circunstancia, transcurrida una generación.

De lo que se trata, entonces, es de asumir con coraje que la fuente del miedo actual, cuya máscara lo personaliza y proyecta como en el antiguo teatro griego, tiene rostro cierto y ésta lo oculta.

Luego de la caída de la Cortina de Hierro hace exactamente treinta años ocurre un quiebre civilizatorio que deja atrás tanto a los polos imperiales del mundo como a los espacios geográficos de los Estados. Son trastornados los fundamentos del Derecho internacional y constitucional una vez como abre sus compuertas la sociedad digital e impone el inédito ecosistema que nos envuelve, la llamada cuarta o quinta revolución industrial que predica la libertad de ataduras y el derrumbe incluso de los tejidos humanos y culturales. Coinciden con su visual, utilitariamente y como cabe admitirlo, los huérfanos de la Cortina de Hierro.

La máscara muestra a la persona y es la que causa el miedo. Oculta lo real y lo trastorna. Es, a modo de ejemplo, la máscara del Joker, esa que endosan quienes destruyen a mansalva e indiscriminadamente por nuestras calles justificándose en sus indignaciones compartidas, ocultando miedos y orfandades individuales. Es el rostro final que cabe descubrir y mirar a los ojos acaso mirándonos en los nuestros, para perder el miedo y derrotarlo.

La máscara esta vez es el coronavirus. Tras ella el miedo que oculta es la falta de esas seguridades que nos diera la modernidad, el olvido de nuestras formas de organizarnos y saber protegernos ante cualquier eventualidad, criminal o natural, y también política.

Occidente decidió avergonzarse de sus raíces –lo afirma Ratzinger ante los parlamentos italiano y alemán tiempo antes de su renuncia– y se descubre enseguida omisivo y titubeante ante la pandemia como parece intuirlo la Organización Mundial de la Salud. La gente, como en el mundo primitivo, apuesta a las estaciones, ve las cuarentenas medievales, juega al azar habiendo dado a Dios ha muerto o por desconocerlo.

“Matamos a Dios y hoy estamos tratando de revivirlo como la única fuerza capaz de renovarnos espiritualmente y de resolver los problemas. Matamos a Dios y las posesiones materiales y el estatus y el poder se convirtieron en la razón de ser de los seres humanos”, leo cuanto escribe un periodista en Los rostros del miedo describiendo a la Medellín de Pablo Escobar, en 2003, pasados casi tres lustros desde el final del comunismo.

Fuente:
Fotografía:

sábado, 14 de marzo de 2020

OPORTUNIDAD

TRIBUNA:
Biopolíticas
Agnes Heller

Foucault descubrió una zona principal de conflicto potencial en la modernidad tardía: la cautividad del cuerpo en la cárcel del alma. La política de disciplina y castigo no era, según él, una reliquia de un estado de cosas obsoleto, sino que ilustraba la manera opresiva inventada por la propia modernidad para domesticar al individuo en un sistema que, de esta manera, se había extendido a la escuela, al hospital y a la prisión.Biopolítica es el resultado del conflicto entre los dos principios básicos en los que se funda la modernidad en su aplicación al cuerpo en la cárcel del alma: los valores de libertad y vida. Cuando la recomendación libertaria de Foucault es desatendida y el valor de vida (tanto en el sentido de mera supervivencia como en el de felicidad) pasa a ser predominante o exclusivo con respecto al cuerpo, hace su aparición la biopolítica. El prólogo a esta nueva y altamente problemática evolución fue el movimiento antinuclear de los años ochenta, cuya retórica era una combinación de la proyección apocalíptica y tendenciosa de unos peligros que no eran inminentes y un desprecio casi evidente hacia el valor de libertad, junto con una ceguera o mala fe política. En un mundo en que la Unión Soviética ha dejado de existir como gran potencia puede afrontarse el tema completamente legítimo del desarme nuclear sin que nos amenacen ya los peligros implícitos en la solución antinuclear. Sin embargo, su legado sigue vigente en el balanceo del péndulo que va del libertarismo a la biopolítica. Las primeras constricciones de este cambio aparecieron hace ya una década en la obsesiva campaña antitabaco y en las oleadas de culto a la salud. Ambas entraron en escena con un celo y un espíritu inquisitorial que parecerían corresponder más bien a una religión, y de hecho, desempeñaron la función de sucedáneos de la religión.

La biopolítica trata de tres temas, cada uno de los cuales es perfectamente legítimo, e incluso crucial, que son el medio ambiente, el sexo y la raza. La doctrina del medio ambiente ha hecho dos promesas. Ha prometido que se producirá un desplazamiento desde un progreso indiscriminado y global hacia la promoción de unas tecnologías seleccionadas y la prohibición de otras. La segunda promesadiscriminación de la mujer ha sido prohibida por la ley. Al mismo tiempo, cualquier observador realista sabe muy bien que estos cambios, por muy cruciales que sean, no han afectado todavía a la institución imaginaria de la sociedad, que la discriminación por razones de raza y sexo sigue siendo activa.Decidirse por una política de los sexos es en sí mismo un acto que consiste en seleccionar una opción particular de entre un conjunto de tres lenguajes: el universalista, el sexocentrista y el diferencialista. Al adoptar la primera opción, los movimientos de la mujer optan por el ideal de una humanidad universal y contra cualquier sustancia sexual o genérica. Éste es el famoso proyecto universalistahumanista, que ha sido criticado recientemente en muchos aspectos (con y sin razón), pero que, no obstante, seguirá atrayendo a muchos, tal vez a lamayoría. Al optar por la categoría abarcadora de sexo o género, el movimiento está optando por la biopolítica. Y, por último, adoptar la opción de las diferencias individuales, que no implica ni una homogeneización universalista ni una sustancialización de los géneros, es la decisión que parece estar en completa armonía con la prioridad de la libertad.

Seleccionar la categoría abarcadora de género implica, en primer lugar, que el movimiento queda completamente autoclausurado. Porque el género se presenta o como un dato genético-biológico, en cuyo caso tenemos una nueva teoría de la raza, con sus mitos habituales -que excluyen la comunicación racional con la otra raza- o se presenta como una entidad cultural surgida históricamente, en cuyo caso la autoclausura, la exigencia de una epistemología especial, todo el lenguaje del nosotros y el ellos, las teorías o las prácticas implícitas de una revancha histórica, no representan otra cosa más que la elección de una agresiva política sectaria.

La biopolítica de la raza empieza con una estrategia legítima, con el rechazo de la asimilación forzada por parte de grupos étnicos completos que nunca eligieron el lugar sobre la Tierra en el que ahora viven, sino que se vieron obligados a

RAúL ocuparlo (ya fuera por la esclavitud o por catástrofes naturales o sociales en sus respectivastierras de origen). Dado que la extendida política de los derechos humanos abre ahora las fronteras de muchos países, no carece de realismo predecir un nuevo volkserwanderung y, junto con ello, la presencia de autodefiniciones. Este será el tema político principal en la agenda de los noventa, en particular porque, a pesar de la legislación, la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo todavía viven en la edad de piedra en cuanto a la cultura emocional referida al otro, cuya presencia todavía suscita turbación y despierta animosidad.

Las exigencias perfectamente legítimas de los grupos étnicos se convierten en biopolítica, y, por consiguiente, en un dilema, sólo cuando esos grupos se definen a sí mismos como una raza. Porque es evidente que una autodefinición racial es una opción cultural y política, y no el descubrimiento de unos factores genéticos. Pero una vez que la opción política de una autodefinición racial ha sido adoptada, una vez que la diferencia está escrita en el cuerpo (por consiguiente, es aceptada la forma paradigmática de biopolítica), las consecuencias serán desastrosas y a menudo irreversibles. El lenguaje político será hipócrita, todo el conjunto de medios y herramientas de una cultura serán movidos a predicar el odioso y superfluo carácter de la cultura cuyo lenguaje habla el hablante y a negar la débil vinculación del hablante con él. El diálogo entre las razas (creadas políticamente) se romperá, puesto que las diferencias genéticas no pueden comunicarse racionalmente. Adquiere mucha importancia el peligro de que el antisemitismo se universalice y todos los grupos se conviertan en espantapájaros y blanco de odios, como lo fueron en su día los judíos, para cualquier otro grupo y reciban el trato correspondiente. Los grupos étnicos sin rasgos genéticos distintivos, al igual que las comunidades rituales que no tienen una identidad étnica especial, pueden convertirse en razas para el enemigo racista (en analogía con la frase de Sartre que decía que es el antisemita el que crea al judío), y recíprocamente, los grupos étnicos y las comunidades rituales pueden cerrarse cultural y políticamente a sí mismos hasta el punto de una incomunicación genética. En biopolítica, el primer paso fatal y reaccionario es renunciar a la comunicación, haciendo referencia al otro como alguien que de alguna manera no pqede entender nuestro lenguaje. Esta es la actitud que genera una conciencia fácil en el sentido de que todo está permitido contra el otro. Ésta es la actitud que implica la abolición de las mejores características de la Ilustración y un descarado retorno a la jungla social.

Hay dos maneras de tratar el cuerpo en la cárcel del alma. Una es idolatrar al cuerpo, entendido como raza y como sexo. Esta opción nunca nos sacará de la cárcel. Se abre otro camino, que consiste en aferrarnos rápidamente a la primacía de la libertad, del alma y el cuerpo. Ésta es nuestra única oportunidad.
(*) Agnes Heller es profesora de sociología de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1991:
https://elpais.com/diario/1991/12/12/opinion/692492401_850215.html
Cfr.
http://cedinci.org/2019/07/20/una-conversacion-con-agnes-heller/

jueves, 12 de marzo de 2020

POLVO DE ESTOS LODOS


EL NACIONAL, Caracas, 17/12/1984. Carlos Blanco, Ética, Izquierda, Marxismo, Partidos de Izquierda, Traumas políticos, José Vicente Rangel, Marxismo venezolano.

domingo, 29 de diciembre de 2019

L' ENFANT TERRIBLE

Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
«Lo que nosotros tuvimos fue una dictadura exitosa»
Juan Manuel Vial

Lo que sigue es una larga y distendida entrevista con el autor de tantos libros clave para entender nuestro pasado y nuestra realidad actual. Con sus habituales graduaciones de intensidad —que van desde el énfasis irónico hasta el bufido exasperado— Jocelyn-Holt revisa aspectos no conocidos de su vida al tiempo que esclarece su linaje intelectual sin dejar, por cierto, de echarle un vistazo crítico a la contingencia.
A fines de los años 90 me topé por casualidad con Alfredo Jocelyn-Holt en el andén del metro Los Leones. Lo saludé, pues nos ubicábamos, y antes de ponernos a conversar de lo que fuera, él propuso con cierta inquietud que nos alejáramos de los rieles. Al percibir la ligera sorpresa que me causó su petición, se explicó: tengo demasiados enemigos por estos días, dijo, y a varios de ellos no les costaría nada pasar por detrás mío y darme un empujoncito mortal aprovechando que estoy distraído hablándote. De la sorpresa pasé al desconcierto, pero me recompuse: concluí que se trataba de una broma e intenté una sonrisa. Indudablemente calibré mal: su rostro no reveló asomo alguno de complicidad, por el contrario, se endureció, delatando lo frívola y desconsiderada que le parecía mi sonrisilla. En ese momento, y en otros posteriores, estimé que él exageraba. Transcurrido el tiempo, hoy pienso que Alfredo no dejaba de tener razón al protegerse de esa manera. Es tal la cantidad de enemigos que este historiador liberal de 63 años ha cultivado en las últimas décadas, que para algunos de sus cercanos resulta milagroso que siga en pie, profesionalmente activo y con tribuna en la prensa escrita y en la radio. Otros, los no cercanos, lo tildan de conflictivo, demente y paranoide. Los atributos clásicos, dicen, del francotirador. Lo indesmentible, cualquiera sea el caso, es que en su obra publicada abundan las invectivas dirigidas hacia los sujetos más poderosos de este país, algo que, por supuesto, le ha significado pagar los costos correspondientes.
-Hay gente que sostiene que como enemigo eres implacable. Yo creo que también eres un poco suicida. ¿Qué consecuencias trae pelearse con los poderosos de este país?
-Bueno, me han sacado de cuatro o cinco universidades.
-¿Y te han vetado en los medios de comunicación?
-Claro que sí. En El Mercurio, por ejemplo, estoy vetado por Cristián Zegers, pues dije que él era uno de los autores de El libro blanco de la dictadura y nunca me lo ha perdonado. A fines de los años 90 ciertas personas tenían veto en la televisión, gente como Armando Uribe, Manuel Antonio Garretón, Gabriel Salazar, Tomás Moulián, yo, que en ese entonces estábamos reflexionando una historia bastante crítica de la transición. Eso está comprobado.
-¿Cuál ha sido el mayor costo que has pagado?
-Cuando hay vetos, te marcan. En el pasado, cuando estaba marcado por la derecha, era muy querido por la gente de izquierda, porque yo era esa especie de cuico, esa especie de momio que criticaba la dictadura y la transición. Pero una vez que te marcan, puedes ser marcado para siempre por cualquiera. Y eso es nefasto, pues se genera la idea de que eres una persona difícil, un marginal, un francotirador. Mil veces me han calificado de francotirador, pero la gente que lo hace ni siquiera sabe utilizar el término con propiedad. Cuando me fui de la Universidad Diego Portales —entre que me echaron y me hice echar—, surgió la posibilidad de que me contratara otra universidad privada. Las gestiones las había hecho alguien a mis espaldas. Claro que cuando no resultaron, me contaron cómo había sido todo: en la universidad yo les caía muy bien, no tenían dudas de mis competencias, pero cualquier cosa que pudiese ocurrir conmigo iba a salir en la prensa. Ese era el resquemor. Curioso, ¿no? Ahí me di cuenta de que no podía permanecer en ningún otro lugar que no fuese la Universidad de Chile. Pero al estar marcado, gozas de muy poca movilidad. Y la universidad a la que aludo es totalmente derechista, entonces, imagínate: el veto de derecha todavía sigue en pie.
-En este país los intelectuales no son vistos como sujetos de fiar. ¿Tendrá que ver esto con lo tuyo?
-Efectivamente. Los intelectuales son marcados como gente no confiable. Me acuerdo que una vez le pregunté a Hernán Errázuriz Talavera —que en paz descansa— por qué teníamos los políticos que tenemos. Hernán era un personaje muy divertido, embajador en Londres, abogado de Dodi Al-Fayed, también parece que defendió al Señor de los Cielos, en fin, le hice esa pregunta en la época en que Frei Ruiz-Tagle era presidente. Y me respondió: «Es que él es confiable». Hernán no hablaba solo en función de sí mismo, pues había sido hijo del presidente del Partido Liberal, es decir, lo suyo era un conocimiento adquirido. Hay una cantidad de personas no confiables, pero no hemos sido convincentes en demostrar que somos necesarios (risas). Hemos sido muy torpes en eso: no hemos podido asegurar que, conforme, somos no confiables, pero podemos aportar en otro sentido. Ahora bien, que los intelectuales no sean confiables me parece muy razonable. A los grupos políticos les agradan los intelectuales a sueldo.
-Concederás en que no eres un tipo común dentro del orden de las relaciones profesionales, puesto que, si no eres un francotirador, al menos eres temerario. Y aquí lo que tiende a primar es la componenda más que el ataque.
-Es que no me formé en los patios de los colegios tradicionales chilenos.
-Pero tuviste las mismas ventajas de quienes sí se formaron en los colegios tradicionales.
-Por supuesto. Mis ventajas no son naturales, son sociales. Cuando me echan de alguna universidad, siempre me planteo que debo ser la primera generación de mi familia, en casi cuatrocientos años, que se queda cesante, con una mano por delante
y otra por detrás. Y eso como que no es aceptable, no solo para mí, sino que también para otra gente. Y me ayudan, me socorren. Cada vez que me ha sucedido algo tremendo, se abren al mismo tiempo perspectivas.
-Tú ganaste la beca Presidente de la República que entregaba Pinochet.
-Cuando me planteo por qué la dictadura militar me apoyó con una beca para obtener un doctorado en Oxford, siendo contrario al régimen, siempre concluyo que este país no es tonto, y que incluso la gente de la dictadura militar no era tonta: al existir personas con cierta preparación, simplemente no se puede prescindir de ellas. No es que me esté vanagloriando, pero la verdad es que en ese momento había muy pocos individuos que tenían mi educación. Yo estudié una licenciatura y un máster en cuatro años, en Estados Unidos, eso es bien notable. Lo normal es tardar seis años. Contaba además con una formación en Derecho, donde me había ido muy bien. A ver: postulantes así no se encuentran fácilmente. Alcancé a estar 16 años en una universidad, siendo universitario, que es más o menos lo que estudia un aspirante para convertirse en jesuita. Mira, no me gusta nada lo que piensan algunos de mis alumnos, ni tampoco sus militancias, pero debo reconocer que, si son habilosos, cometes un gravísimo error al perseguirlos. Las primeras veces que tuve dificultades en la universidad, supe decir que si me vetaban, me podía transformar en un Abimael Guzmán. Y creo que el país no quiere eso, hay que tener muchísimo cuidado.
-¿Eres de derecha?
-Sí, soy de derecha, pero ocurre algo curioso: en los años 90 yo siempre decía que era de derecha, pero nadie me creía. Lo notable es que ahora nadie duda que soy de derecha. Y yo no he cambiado (risas).
Exilio interno
La entrevista se desarrolla en la casa del historiador, una construcción de ladrillo ubicada en la comuna de Providencia. Él me recibe en el living, pintado de un elegante celeste pálido, un lugar plácido donde la principal decoración, además de algunos cuadros antiguos cuya procedencia no logro identificar, son los libros y un busto de José Manuel Balmaceda. Jocelyn-Holt es tataranieto del presidente suicida, pero no por ello lo defiende a brazo partido. De hecho, se declara parlamentarista, en oposición a uno de los principales legados de su ancestro, el presidencialismo.
-¿Cuántos libros tienes?
-No sé bien, he hecho cálculos, creo que entre 12 mil y 14 mil ejemplares. Pero Carmona dijo el otro día que tenía 7 mil libros y que valían 254 millones de pesos ¡Los tiene tasados! Sus libros son más caros que una propiedad de la que habló, que vale 80 millones de pesos. Los míos, debo admitir, son más baratitos.
-¿Te refieres a Carlos Carmona, el ex presidente del Tribunal Constitucional y académico de la Universidad de Chile, el que generó la toma feminista en la Facultad de Derecho, la toma que en rigor originó todo el movimiento feminista de nuestros días?
-Ese mismo, el sexual (carcajada). Dijo que tenía 7 mil libros, y, no sé, ha de tener incunabula o ejemplares muy especiales. Mi experiencia con los libros es que cuestan muy caros y nomás sales de la librería valen un tercio. No soy coleccionista de libros, mi biblioteca es estrictamente de uso. Entonces compro libros totalmente rayados, a veces porque son los únicos que encuentro. Y hay lectores que subrayan, incluso con lápiz pasta, que son extraordinarios, es decir, subrayan justo lo que uno debiera subrayar, te hacen la pega.
-Me imagino que en tu biblioteca también hay libros selectos, libros sobre los que siempre vuelves.
-Claro, hay conjuntos de lecturas. Yo me especialicé en Renacimiento italiano en la Universidad Johns Hopkins, por lo tanto para mí es muy importante el tema de los humanistas. El libro de Hans Baron sobre el humanismo cívico, por ejemplo, es crucial. Recuerdo que cuando fui alumno de Mario Góngora, se lo presté. Y cuando me lo devolvió, conversamos largo sobre él. Pero el gran autor, el que me introdujo en todo, fue Jacob Burckhardt. La cultura del Renacimiento en Italia es fundamental.
-A Burckhardt lo citas en tu Historia general de Chile.
-A ciertos autores los cito en todos mis libros.
-¿Tus padres leían?
-Mi madre es muy lectora, aunque curiosamente le gustan mucho las novelas del corazón. Mi padre, que era arquitecto, leía mucho y tenía una pequeña biblioteca dedicada a la arquitectura, que a su vez es la base de todos los libros de arquitectura que yo tengo. Entonces hay una cosa medio edípica ahí.
-¿Tu pasión por la arquitectura viene de él?
-Sí, de él. Y por dibujar también. Llegué a dibujar bastante bien.
-¿Sigues dibujando?
-No. Pero los libros siempre estuvieron presentes. La casa de mi bisabuelo Letelier tenía muchos libros, hartos libros jurídicos. En la casa de mi abuela todavía existían libros de Balmaceda, de la biblioteca que fue saqueada el 91, provenían de ahí, tenían los sellos. Y también en las casas de mis bisabuelas había mucha pintura. En la casa de mi bisabuela Velasco, por ejemplo, había un Dufy, dos Sorolla, un Rousseau, el Aduanero, pero era totalmente realista, debe haber sido uno de los pocos. Había una Venus de Milo bastante buena, un busto de Voltaire (Houdon auténtico), regalado por el embajador de Francia. Y la casa de mi bisabuela Balmaceda estaba llena de estatuas, repleta. Muchos bronces. Parece que algunos habían pertenecido al Presidente. Y pianos que no se tocaban. A esas alturas del juego, ya nadie tocaba el piano. Son mundos bastante potentes para sensibilizarte por la cosa artística. Me venía por todos lados.
-¿Qué otros conjuntos de lecturas te impresionaron?
-Hubo una época en que me dediqué profundamente a la historia intelectual, y ahí fue muy importante el grupo Bloomsbury. Yo quería entender un ambiente colectivo, no solo a una figura. Por supuesto que me interesaban mucho Lytton Strachey y Virginia Woolf. Pero todo lo que se produjo en torno a ellos durante los años 70 y 80 del siglo XX, las biografías colectivas que surgieron de ese grupo, Leon Edel, por ejemplo, o cuando Richard Ellmann se abocó a Oscar Wilde, ese material fue muy relevante para mí, puesto que trataba a una generación, a un grupo.
-¿Te hubiera gustado participar de un colectivo intelectual?
-Siempre tuve el anhelo de que existiera esa especie de colectivo, pero nunca he visto un colectivo en la vida real.
-Eso es un poco triste, ¿no?
-Sí, es triste. En consecuencia, yo trabajo bajo una suerte de exilio interno.
-¿Tu condición de profesor daría para formar grupos?
-Antes podría haberse dado, ya que en otra época el mundo académico era estimulante. Hoy por hoy me sorprendo cuando alguien me sugiere un título que desconozco, y créeme que los anoto. Pero antes me gustaba ser profesor justamente porque los alumnos me entregaban mucho conocimiento, no era solo yo el que impartía. Hoy no es así. Y las conversaciones con otros profesores son nulas. No creo que mi caso sea el único.
-¿En qué va tu Historia general de Chile?
-Está parada, hasta ahora. La escritura, digo, pues todos mis cursos los hago en función de la Historia general. Faltan tres volúmenes, otros tres ya se han publicado. Estoy en el período de la Independencia y de la Revolución Francesa. El próximo volumen me lleva hasta la Generación del 42, el quinto va de 1842 hasta los años 20, y finalmente arribo al siglo pasado.
-¿Hay algún historiador que te inspire para escribir tu historia de Chile?
-Escribir una «historia general» es hacer lo que muchos otros han hecho antes. Nuevamente esto tiene que ver con el Renacimiento: los pintores en el Renacimiento tenían que demostrar cierto tipo de avances para transformarse en maestros. Entonces pintaban predelas, que están en los altares menores, en las que son muy innovadores. Y después van subiendo y pintan santos, hasta que, al final, se gradúan, se titulan haciendo una crucifixión, por ejemplo, o una ascensión de la Virgen, o una serie mural. En Chile existe esta secuencia con los historiadores: todos escriben un libro sobre la Independencia, uno sobre Portales, uno sobre historia contemporánea, y todos terminan escribiendo una «historia general». Yo he seguido la línea al pie de la letra. Al principio no me di cuenta de que lo hacía, pero después caí en que eso es Encina, eso es Barros Arana, eso es Vicuña Mackenna. Todos lo hicieron de alguna u otra manera. En su momento le planteé una crítica a Gabriel Salazar, a quien estimo muchísimo: si seguía escribiendo nada más que del bajo pueblo, de la señora Peta y de la remolienda y demases, no iba a poder entrar en esta especie de canon. Y parece que me encontró razón, porque después escribió un libro sobre Portales y otro sobre la Independencia. Ha ido siguiendo la pauta.
-Tu Historia general de Chile tiene cierto componente imaginativo y audaz que no ha sido bien entendido por todos. ¿Has recibido críticas de tus pares por ello?
-Según algunos, soy un ensayista y no un historiador. El juicio es ridículo, porque ambos acercamientos no son excluyentes. Además, en Chile el género de la historia es el ensayo, el que ha gozado de mayor impacto. Como sea, lo bonito de mi profesión es contar un cuento que todo el mundo sabe, claro que relatado de un modo distinto, de un modo que te permita apreciar y ver cosas que no se habían visto antes. Por eso me entretiene escribir mi Historia general de Chile.
-¿Lees a tus pares?
-La verdad es que, cosa notable, me carga leer historiadores. Por lo demás, los historiadores académicos son un bodrio y no tienen idea de urdir un relato. Tenemos historiadores fenomenales, como Simon Schama, Alexis de Tocqueville, Jacob Burckhardt, Mario Góngora, pero la media del historiador es muy precaria, hay que evitarla. Los historiadores podrían ser audaces, tienen todas las herramientas para serlo. Al escribir uno tiene que darse cuenta de que le estás hablando a un público que es profesional y que es culto, pero no compuesto únicamente por historiadores. Eso es la perdición.
-¿La academia también te detesta?
-No tengo nada que ver con ellos. Aun así, me hacen sentir su rechazo. Ello explica, en parte, por qué me moví al mundo periodístico, en vista de que se cerraban puertas. Pero no los echo de menos, para nada. Nuestra academia produce cada vez más para revistas indexadas que nadie lee. Y sus miembros no escriben libros. Somos contadísimos los que escriben y publican. Y ello genera animadversiones. Estoy vetado en la Facultad de Historia de la Universidad Católica, y eso que no tengo ni el más mínimo interés en hacer clases allí. Estoy vetado en la Universidad de Chile, en la misma facultad donde soy profesor: no formo parte del Departamento de Historia porque tengo veto. Pero son tantos allí los acusados de acoso sexual, que la verdad es que no dan ganas de ser parte de eso (risas). Además, la gente podría pensar por asociación que uno es más sexy de lo que realmente es. En suma, no tengo ningún vínculo formal con el mundo historiográfico. Me invitan a charlas, conferencias, seminarios, pero no asisto.
-Eso con los historiadores chilenos. ¿Lees historiadores contemporáneos de otras nacionalidades?
-Para serte bien franco, leo mucha historia, pero, insisto, no me agrada leer historia. Eso sí, me encantan los historiadores con oficio. Últimamente me sorprendo leyendo historiadores de los años 30, 40, 50 del siglo pasado, historiadores generalistas, muy competentes. Te hablo de esas largas colecciones de períodos completos de la historia francesa, norteamericana o inglesa, que van poco menos que por décadas. Eso es un trabajo de oficio que me atrae muchísimo. Pero lo que más me estimula son los ensayistas y no los historiadores. Aunque evidentemente necesito leer demasiada historia.
Salazar, Góngora, Marx, Žižek
-A la gente le llama la atención tu amistad con Gabriel Salazar, dado que ambos representan extremos opuestos de una misma profesión, él en el flanco marxista y tú en el ala liberal de derecha.
-Gabriel es una persona generosa, tolerante con las opiniones ajenas y para mí es un historiador admirable. Resulta muy necesario tener gente a quien admirar, pues de otro modo te conviertes en un onanista feroz. Es fundamental. Con Gabriel somos historicistas, fuimos formados en una misma línea, y ahí hay un nexo común, que es Mario Góngora, de quien Gabriel fue ayudante. Yo no fui su ayudante, pero a mí él me marcó mucho. Gabriel y yo apreciamos la historia a partir de un sujeto privilegiado —en el caso suyo es el bajo pueblo, en el mío son las elites—, y tratamos de observar el fenómeno desde el interior de su propio contexto, no desde la perspectiva de hoy en día. Así entiendo un poco el historicismo. Lo curioso, dicho sea de paso, es que Gabriel se lleva mucho mejor con gente ubicada en el extremo opuesto de su pensamiento. Recordemos que se tuvo que ir de Humanidades en la Universidad de Chile espantado por las feministas: lo funaron, lo insultaron, incluso algunas de sus exalumnas. Y, bueno, se mandó a cambiar. A mí me parece que la izquierda es demasiado sectaria.
-¿Quedan todavía buenos historiadores marxistas en Chile? Pienso en gente de la talla del fallecido Armando de Ramón, por ejemplo.
-Aquí siempre hemos tenido buenos historiadores marxistas. Y hoy en día, aparte de Gabriel, tenemos a Julio Pinto, que también es muy excepcional. Armando de Ramón y Gabriel Salazar —eran íntimos amigos— armaron este asunto de la historia social, que fue muy importante hasta hace poco. Pero hoy en día se ha desperfilado. Uno piensa que las posturas de derecha son más proclives a desperfilarse, pero es fascinante ver cómo el progresismo pasa por encima de avances progresistas previos. Muy valioso observar un proceso basado en las ansias de figurar, en las ganas de hacerse con parte de la torta, de ocupar el espacio. Aquí no es que queden marginados únicamente los liberales, los moderados, los de derecha, llámalos como tú quieras. Hoy en día es todos contra todos.
-¿Leíste El Capital?
-Me temo que no. Pero El manifiesto comunista lo he leído enésimas veces.
-¿Cómo se juzga a Karl Marx hoy en día?
-Al igual que todas las autoridades intelectuales de peso, tenemos que estar volviendo a él permanentemente, es ineludible. Eso sí, debemos cuidarnos de sus divulgadores, de sus discípulos, de sus acólitos. Yo provengo de una generación en la que se descubrían distintas facetas de Marx, aspectos que no habían sido considerados por la ortodoxia, te hablo «del joven Marx», del Marx que sacaba a relucir Erich Fromm. Y eso era bastante rico. Tengo una muy buena opinión de Marx. Quienes atacan duramente a Marx nunca lo entendieron bien. Cada vez que lo leo, lo encuentro novedoso. Claro que no acepto la dialéctica, pues me parece una sobresimplificación de la historia.
-¿Qué te parece la obra de Slavoj Žižek, el historiador marxista del momento?
-Las partes que logro entender, las encuentro admirables.
-Claro, él recurre demasiado a Lacan, y Lacan es bastante incomprensible, ¿o no?
-A mí Lacan ciertamente me supera. A Žižek me cuesta seguirlo, muchísimo. Hay cosas que he logrado comprender, y las cito, porque encuentro que son como descubrir una perla, un diamante único. Tiene frases muy lúcidas, por cierto, pero es francamente agotador.
Liberalismo: malos entendidos
-¿Qué es ser liberal hoy por hoy en Chile? Te pregunto porque aquí consideran a Mario Vargas Llosa como el ícono del liberalismo contemporáneo, y a mí me parece que él es un personaje anclado en el siglo XX. No es una figura contemporánea.
-Bueno, los anacronismos suelen durar mucho (risas). Imagínate que Vargas Llosa dura más que el Premio Nobel: puede que el Premio Nobel de Literatura se extinga, pero a Vargas Llosa lo vamos a tener el próximo año hablando de derechas cavernarias (carcajada). Lo mejor del famoso último encuentro fue cuando él dijo que apoyaría un golpe militar en Venezuela, pero que ese gobierno fuera cortito (carcajada). Bueno, Eduardo Frei dijo lo mismo en 1973, pensaba que los militares iban a llamar a elecciones en 90 días. No es por defender a Axel Kaiser, pero me da la impresión de que Vargas Llosa no podía hacer una confesión pública de que hay dictaduras buenas, pero cortas. Volvamos mejor a tu pregunta: ¿liberales en Chile? Recuerdo que en los años 90 empezaron a aparecer encuestas en que más del 50 por ciento de los consultados, esto en revistas como Qué Pasa y otras, afirmaban ser liberales, lo cual me parecía muy sospechoso, porque en los años 60 y 70 nadie quería ser liberal. ¿Cómo pudo darse entonces un aggiornamento tan rápido? Era bastante raro. En Chile confunden liberalismo con progresismo. Es muy llamativo que desde los años 60 en adelante aquí no exista ningún progresista que no sea de izquierda. En consecuencia, ser liberal hoy en día significa adherir a una línea progresista en una serie de asuntos, adherir a una agenda. Por ejemplo: si estás a favor del aborto, eres liberal; si estás por no casarte y convivir, eres liberal; si asumes en forma pública una identidad de género o una sexualidad minoritaria, no las heterodoxas, eres liberal. Pero eso no tiene nada que ver con lo que tradicionalmente ha sido el liberalismo.
-¿Ves algún personaje público de nuestros días al que pudieras definir como un liberal de tomo y lomo?
-No, no veo a nadie así por los alrededores. En Chile no hay liberales hoy en día porque la fascinación con el poder y el querer adelantar intereses impide darse cuenta de que lo que le importa al liberalismo de verdad es la limitación del poder, la sospecha del poder.
-¿Ni siquiera algún liberal camuflado en las esferas del columnismo de prensa, de la radio, de la televisión?
-Nadie. Imagínate que un liberal, para ser realmente liberal, tiene que ser bastante ilustrado, y lo que hoy está en juego es el cuestionamiento de la ilustración, entonces si cuestionas la ilustración, ¿cómo no va a estar cuestionado el liberalismo? El liberalismo debe plantearse en términos muy de orden político, porque es estrictamente político.
-Y si se acabó el liberalismo, ¿qué fue lo que lo destruyó?
-Lo que deshizo al liberalismo en Chile fue el positivismo, hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Y ese positivismo engendra sectores de izquierda, como el marxismo, sin ir más lejos. Muchas veces se ha señalado, con razón, que el marxismo tuvo tanta acogida en América Latina porque teníamos un pasado positivista muy fuerte. El positivismo es también toda esa línea técnica, tecnocrática, que entra en las lógicas desarrollistas de los años 60. En nuestro caso, la izquierda socialdemócrata, la Democracia Cristiana y luego el neoliberalismo. Hablamos entonces de ingenieros comerciales, de un positivismo con lógicas cercanas a Saint-Simon, según el cual debieran gobernarnos los ingenieros. En Chile se inventó una especie única de ingenieros. Yo soy profesor en Beauchef, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, y mis alumnos siempre se ríen cuando les pregunto cómo ven a los ingenieros comerciales. Los ingenieros comerciales son un poco raros, pero sin duda son saintsimonianos en esa lógica constructivista, dirigista, y en que todo se mide a través de hechos y utilidades concretas. Son una especie de factismo. Pero no hay que olvidar que mataron al liberalismo y al romanticismo, que, bueno, habrán tenido sus pifias, como todas las ideologías, pero eran más nobles que el positivismo.
-¿Quién fue el gran liberal del siglo XIX chileno?
-Todos lo fueron. Absolutamente todos. Incluso los conservadores. Bilbao, Lastarria, el mismo Bello, que a veces es más conservador, otras veces liberal, Sarmiento, Alberdi, todos los argentinos. Ahí comienza. Realmente ahí comienza el liberalismo. Pero son todos, porque la hegemonía liberal en el siglo XIX es total. Hasta los conservadores pueden ser más liberales que los liberales, por ejemplo en materia económica.
-El neoliberalismo vendría a ser entonces una nomenclatura, pues del liberalismo clásico no parece tener mucho.
-El neoliberalismo es un hijo bastardo del liberalismo y es un liberalismo taquigráfico (bufido irónico), porque abrevia más de la cuenta los asuntos. Es muy económico en su visión del liberalismo. Súper económico. Como que elimina lo fundamental. Mira tú: el neoliberalismo en Chile sostenía que en realidad bastaba con el desarrollo económico para obviar el problema político. Y entonces estallan las protestas sociales del 2011. Esto ya era evidente en la dictadura, y era muy evidente bajo el consensualismo de los años 90. Vaya cuento, ¿no?
-En una de tus columnas propusiste que un paso vital para mejorar las universidades chilenas es un consenso nacional. ¿Es posible hoy en día alcanzar ese consenso?
-Impensable, impensable en un contexto donde la gente cree que hay que repensarlo todo. La maldita costumbre de fundarlo todo. Si la derecha ahora no está en esa parada, se debe únicamente a que durante la dictadura hizo exactamente eso, refundó todo. La derecha fue la primera en demostrar que ese modus operandi era exitoso: uno podía repensar un país desde cero, empezando por el bombardeo a La Moneda, para luego dejar nada más que los muros, pues con todo lo demás se arrasa. He ahí un modelo, que además triunfó.
Y por favor dejémonos de hablar de dictaduras buenas o malas, hablemos mejor de dictaduras exitosas o fracasadas, porque lo que nosotros tuvimos, y esto sí que es real, nos guste o no, y a mí francamente no me gusta, lo que nosotros tuvimos fue una dictadura exitosa, algo que explica muchas cosas. Y entonces la izquierda, que hoy día es gran lectora del nazi Carl Schmitt, dice «esto es papita pa’ Micifuz»: si les fue bien a ellos, ¿por qué no nos va a ir bien a nosotros? Todo bajo un sectarismo brutal. Y vuelvo a mi caso, pues resulta ilustrativo: si hoy día existiesen 20 becas para ir a Oxford con Becas Chile, alguien como yo no la gana.
-Y del neofeminismo actual, ¿qué puedes decir?
-El otro día recibí un correo que informaba de un seminario de historiadoras feministas. Tras leerlo, quedé con la impresión de que no podía asistir ningún hombre. Entiendo que en las asambleas de la toma feminista de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile pusieron vetos como condicionantes de quién podía asistir o no. Estamos frente a un estalinismo y maoísmo muy duro. Y en ese plano no tenemos nada qué hacer.

(*) Alfredo JocelynHolt, historiador, nació en Santiago de Chile en 1955. Hizo sus primeros estudios en la Johns Hopkins University, donde obtuvo una licenciatura en Historia del Arte y un máster en Estudios Humanísticos. Se licenció también en Derecho por la Universidad de Chile. Posteriormente se doctoró en la Universidad de Oxford. Es autor de varios libros, ensayos y, recientemente, publicó el libro La Casa del Museo, que estudia la historia de la casa Yarur Bascuñán, hito de la arquitectura moderna chilena y actual Museo de la Moda.

Fuente:
https://www.revistaatomo.com/es/2018/10/alfredo-jocelyn-holt-historiador/
Fotografías: Pablo Izquierdo.
Cfr.
https://www.latercera.com/la-tercera-pm/noticia/alfredo-jocelyn-holt-esta-nueva-constitucion-esta-viciada-surgira-bajo-amenazas-y-se-remontara-a-actos-terroristas/943701/
https://www.youtube.com/watch?v=kkOS8_nt7ls
https://www.youtube.com/watch?v=LSkgfmNoPsk
https://www.youtube.com/watch?v=pp71H2IV0gU
https://www.youtube.com/watch?v=zqe3LKendi8
En la cuenta facebookeana del historiador Víctor Pineda está la confiable, breve per elocuente crónica del historiador Víctor Pineda sobre la otrora residencia presidencial La Casona: https://facebook.com/victormigpineda

viernes, 13 de diciembre de 2019

BREVIARIO

Entreclásicos
Octavio Paz y el opio de los intelectuales
El mexicano fue uno de los primeros intelectuales que se atrevió a denunciar sin titubeos los crímenes de las autoridades soviéticas, cuya ortodoxia marxista cautivó a varias generaciones
Rafael Nárbona

¿Cuándo empezó el idilio entre los intelectuales y el marxismo? ¿Quizás en los años veinte del pasado siglo, cuando el capitalismo colapsó por culpa de una descomunal crisis económica? ¿O tal vez antes, cuando se admitió que la violencia era un recurso legítimo para materializar la utopía de una sociedad igualitaria y perfecta? El marxismo incorpora a su filosofía el terror jacobino y la dialéctica de la historia de Hegel, justificando la guerra revolucionaria. El marxismo cautivó a varias generaciones de intelectuales, explotando el mesianismo que ya se había esbozado en el siglo XVIII, cuando se abolieron los dogmas del Antiguo Régimen para reemplazarlos por nuevos mitos como la voluntad general –o popular-, la paz perpetua, la igualdad o la infalibilidad de la razón científica. Durante la posguerra de 1945, los intelectuales se mostraron implacables con las imperfecciones de los países democráticos, pero transigieron con las gravísimas violaciones de los derechos humanos cometidas en la Unión Soviética, alegando que la construcción del socialismo no podría realizarse sin firmeza contrarrevolucionaria. Es decir, sin represión y autoritarismo. Octavio Paz fue uno de los primeros intelectuales que se atrevió a denunciar sin titubeos los crímenes de las autoridades soviéticas. Al igual que George Orwell, experimentó un profundo desengaño en España. Durante su participación en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, descubrió que las milicias populares pasaban por las armas sin juicio a los que consideraban “fascistas”, un término muy amplio que englobaba a todas las formas de disidencia. Las tácticas represivas de socialistas, comunistas y anarquistas apenas diferían de la violencia fascista. El totalitarismo es un monstruo de dos caras, como Jano. El fascismo asesinaba en nombre de la Raza; el socialismo, en nombre del Pueblo. En ambos casos, se utilizaban entelequias para amparar el odio y la intolerancia.

En marzo de 1951, Octavio Paz publicó en la revista Sur, dirigida por la escritora Victoria Ocampo, un artículo titulado “Los campos de concentración soviéticos”. Le inspiró el testimonio de David Rousset, que había sobrevivido a Buchenwald y había narrado sus penalidades en El universo concentracionario, gracias al cual ganó el Prix Renaudot. Cuando descubrió que en la Unión Soviética existían campos de concentración, Rousset levantó su voz para denunciarlo. Fue la primera persona que utilizó en Francia el término “Gulag”. El periódico comunista Les Lettres françaises le acusó de mentir y falsear datos. Rousset presentó cargos contra el periódico y ganó el juicio. Paz aprovechó la polémica para recordar que en la Unión Soviética no había libertad sindical ni derecho de huelga. Las purgas y las deportaciones eran moneda corriente en el paraíso socialista: “La URSS es joven y su aristocracia todavía no ha tenido el tiempo histórico necesario para consolidar su poder. De ahí su ferocidad”. Octavio Paz finalizaba su artículo salvando al socialismo, una ideología que aún contaba con su simpatía: “La planificación de la economía y la expropiación de capitalistas y latifundistas no engendran automáticamente el socialismo, pero tampoco producen inexorablemente los campos de trabajos forzados, la esclavitud y la deificación en vida del jefe. Los crímenes del régimen burocrático son suyos y bien suyos, no del socialismo”.

En 1973, Octavio Paz dio un paso más, escribiendo un artículo sobre el caso Heberto Padilla, represaliado por la dictadura castrista. Obligado a incriminarse en público y a repudiar su obra, el encarcelamiento de Padilla por atreverse a disentir corroboraba la deriva autoritaria del castrismo: “En Cuba ya está en marcha el fatal proceso que convierte al partido revolucionario en casta burocrática y al dirigente en césar”. Octavio Paz no había compartido el entusiasmo inicial de otros escritores hacia la Revolución cubana. No asistió al famoso Congreso de La Habana en 1967 y si bien aplaudió la caída de Batista, prefirió mantener las distancias. El tiempo le dio la razón. La revolución de los barbudos de Sierra Maestra siguió los mismos pasos que otras revoluciones comunistas: represión de la disidencia, supresión de las libertades, dictadura de partido.También en 1973, Paz publica en Plural una severa crítica contra Jean-Paul Sartre, que titula “El parlón y la parleta”. Sartre ha cultivado el estilo hermético de Husserl y Heidegger, pero con el tiempo ha adoptado la prosa airada del panfleto. Es una especie de Diógenes furioso, que vive en un tonel de palabras: “Hoy habla a chorros sobre lo que ocurre, ocurrirá o no ocurrirá en los seis continentes y el porqué de cada acontecimiento”. Tras criticar el reformismo de Salvador Allende, Sartre se ha mostrado partidario de coordinar la acción armada de las guerrillas campesinas y urbanas. Elogia a los tupamaros, que ya han adoptado esa estrategia, y celebra la clarividencia de Mao, que ha vencido la tentación burocrática mediante el Libro Rojo, suficientemente abierto y flexible para garantizar la libertad de pensamiento. Mao fomenta el culto a su persona, pero no es tan sanguinario como Stalin. Sartre no se muestran tan indulgente con los escritores “burgueses” como Baudelaire y Flaubert. El intelectual debe estar al servicio del obrero y ser él mismo un obrero. Algo perplejo, Paz se pregunta si el intelectual podría entonces desempeñar su papel como voz crítica e independiente. Sartre no se inquieta ante las paradojas o contradicciones. Tampoco rectifica sus errores. No entiende por qué la clase obrera no apoya la revuelta estudiantil de Mayo del 68, que propone como modelo político y social la China de Mao.

En 1974, Octavio Paz publica en Plural “Polvos de aquellos lodos”, un vigoroso ejercicio de autocrítica sobre los escritores que se adhirieron al comunismo, desviando la mirada hacia otro lado cuando los hechos cuestionaban las exaltaciones utópicas. En esas fechas, muchos intelectuales consideraban que la violencia revolucionaria y la dictadura del proletariado eran fases inevitables en el camino hacia el edén socialista. Sartre acusaba a los que denunciaban el sistema represivo de la URSS de proporcionar argumentos al imperialismo capitalista. En el contexto de la guerra fría, había que ser beligerante, tomar partido. La equidistancia solo favorecía a los enemigos de la clase trabajadora. Paz responde que la publicación en 1968 de El Gran Terror, del historiador británico Robert Conquest, había dejado muy claro que el furor homicida de Stalin apenas diferiría de las políticas genocidas de Hitler. El objetivo del Gulag no era reeducar, ni explotar mano de obra barata. Se perseguía castigar, intimidar y atemorizar, silenciando cualquier protesta. La insistencia en las confesiones públicas y en las delaciones era una maniobra para desacreditar a los opositores, convirtiéndolos en cómplices de sus verdugos. El Gulag era “una institución de terror preventivo. La población entera, incluso bajo el dominio relativamente más humano de Jruschov y sus sucesores, vive bajo la amenaza de internación. Asombrosa transposición del dogma del pecado original: todo ciudadano soviético puede ser enviado a un campo de trabajos forzados. La socialización de la culpa entraña la socialización de la pena”.

Octavio Paz descarta responsabilizar a Stalin de una supuesta desviación de la filosofía marxista.El terror apareció con Lenin y los bolcheviques. Lenin fundó la Checa con el pretexto de combatir a los contrarrevolucionarios, pero su propósito real era utilizar la tortura y los campos de trabajos forzados para asegurarse un control absoluto del poder político. Lenin instauró la dictadura del Comité Central sobre el partido, liquidando cualquier atisbo de democracia interna. Octavio Paz reproduce dos citas de Lenin que despejan cualquier duda. En 1921, escribe: “El lugar de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios, lo mismo los que confiesan serlo que los que lo disimulan, es la prisión…”. En una carta dirigida a Kámenev con fecha de 3 de noviembre de 1922, añade: “Es un error muy grande pensar que la NEP [Nueva Política Económica, una especie de capitalismo de Estado] ha puesto fin al terror. Vamos a recurrir otra vez al terror y también al terror económico”. Lenin cuestiona que la clase obrera pueda acabar por sí sola con el capitalismo. Es necesario un partido. No solo para hacer la revolución, sino para evitar cualquier retroceso o desviación. Trotski comparte ese punto de vista, descartando cualquier concesión al diálogo: “El partido está obligado a mantener su dictadura sin tener en cuenta las fluctuaciones transitorias de las masas y aun las vacilaciones momentáneas de la clase obrera”.

El marxismo propiciaba el despotismo con su exaltación de la violencia y su desprecio de la democracia burguesa. Una ideología “socialista, progresista, científica y popular” esconde mejor su barbarie que el racismo hitleriano, pero lo cierto es que el régimen soviético se cobró al menos quince millones de vidas. Al igual que la Alemania nazi, la URSS retrocedió a las peores épocas de la Edad Media con sus grandes matanzas. Las indudables injusticias de la economía de mercado empujaron a muchos intelectuales a suscribir las tesis del marxismo. En América Latina, la tradición del cesarismo golpista añadió un motivo más para soñar con el paraíso socialista. El ser humano suele oponer una feroz resistencia a los procesos de desmitificación que destrozan sus sueños. Quizás esa es la razón del apoyo a Stalin por parte de figuras como Aragon, Éluard, Neruda y Alberti: “Empezaron de buena fe, sin duda, […] pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que perdieron el alma. Se volvieron, literalmente, unos desalmados”. Octavio Paz se incluye entre los que caminaron por el lado equivocado de la historia, dejándose deslumbrar por los mitos del comunismo: “Nuestras opiniones en esta materia no han sido meros errores o fallas en nuestra facultad de juzgar. Han sido un pecado, en el antiguo sentido religioso de la palabra: algo que afecta al ser entero. […] Digo esto con tristeza y con humildad”.

La clarividente denuncia del comunismo de Octavio Paz le acarreó un elevado coste personal, que incluyó las acusaciones más disparatadas. “Los adjetivos cambian, no el vituperio –apunta el escritor mexicano-: he sido sucesivamente cosmopolita, formalista, trotskista, agente de la CIA, ‘intelectual liberal’ y hasta ¡estructuralista al servicio de la burguesía!”. En “Gulag: entre Isaías y Job”, un artículo de 1975 publicado en Plural, Paz salió en defensa de Solzhenitsyn, descalificado por sus convicciones ortodoxas y su paneslavismo. Solzhenitsyn no es un intelectual progresista, sino un tradicionalista que repudia la modernidad surgida de la Ilustración y las revoluciones románticas. No es liberal ni capitalista. Cree en la libertad, la caridad y la dignidad humana, pero no en la democracia representativa: “Aceptaría que Rusia fuese gobernada por un autócrata, si este autócrata fuese asimismo un cristiano auténtico: alguien que creyese en la santidad de la persona humana, en el misterio cotidiano del otro que es nuestro semejante”. Su cristianismo no es intransigente ni inquisitorial. Octavio Paz destaca su pasión moral: “La pasión moral es pasión por la verdad y provoca la aparición de la verdad”. Su voz es profética, bíblica. Nos hace pensar en Job e Isaías: “Nos habla de la actualidad desde la otra orilla, esa orilla –confiesa Paz- que no me atrevo a llamar eterna porque no creo en la eternidad”.

Solzhenitsyn “toca la historia desde la doble perspectiva del ahora mismo y del más allá”. Su Archipiélago Gulag no reveló nada nuevo, pero logró que el fervor por la Unión Soviética se apagara definitivamente:“Los intelectuales de izquierdas por fin aceptaron que el paraíso era el infierno”. Octavio Paz señala que Solzhenitsyn tiene todas las virtudes y todos los vicios del genio ruso: valeroso, compasivo y humilde, pero también arrogante, insensible y brutal. La combinación de estos rasgos antitéticos ha alumbrado escritores como Dostoievski, donde la piedad convive con la brutalidad. Como hombre, Solzhenitsyn puede inspirar mayor o menor simpatía, pero nadie puede negar que Archipiélago Gulag sea un extraordinario testimonio del sufrimiento padecido por los pueblos de la URSS bajo el totalitarismo soviético. “Nuestra civilización ha tocado el límite del mal (Hitler, Stalin)”. Archipiélago Gulag es uno de los relatos esenciales de esa abominación. En eso reside su “grandeza”. Nos muestra a Job en el fango, incapaz de saber si aún es posible hundirse más. Solzhenitsyn nos refiere conductas bestiales, pero también gestos de santidad. La violencia totalitaria no logra borrar la dimensión espiritual del ser humano, donde alientan el sacrificio, el amor a la libertad y el heroísmo.

En 1983, Octavio Paz publica “Crónica de la libertad”, un artículo sobre la lucha de Polonia contra la dictadura comunista. Es una bella pieza literaria que combina magistralmente periodismo, historia y política. Paz afirma que Polonia ha logrado preservar su identidad cultural gracias al catolicismo. La constitución polaca de 1791 es la primera redactada y aprobada en Europa desde la época grecorromana. Establecía la separación de poderes, la soberanía popular y la responsabilidad de los ministros ante el parlamento. Catalina de Rusia acabó con la joven democracia polaca, enviando al ejército para abortar una iniciativa que consideró subversiva. Hasta 1918, Polonia no recuperó su independencia. Durante la Segunda Guerra Mundial, su sufrimiento fue inenarrable: Auschwitz, las fosas de Katyn, el levantamiento del gueto de Varsovia, la sublevación posterior de la ciudad contra los nazis ante la mirada impasible del Ejército Rojo. Abandonada por Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Yalta, Polonia quedó atrapada en el otro lado del telón de acero. Desde entonces, se han producido varios levantamientos populares para pedir pan, libertad e independencia. En 1956, el ejército acalló las protestas con una represión que costó cincuenta vidas, cientos de heridos y miles de detenidos.

Paradójicamente, los obreros pedían libertad de asociación y derecho de huelga en un país comunista. Entre 1967 y 1970 surgieron nuevas revueltas que se resolvieron con centenares de muertos. El liderazgo de Lech Walesa y Juan Pablo II puso al gobierno comunista contra las cuerdas. Octavio Paz señala que Walesa no es un intelectual, sino “un hombre salido del pueblo”. En 1981, el general Wojciech Jaruzelski proclamó la ley marcial. De nuevo, se perdieron muchas vidas inocentes. El artículo de Octavio Paz finaliza mucho antes de que la lucha de Solidaridad y la caída del Muro de Berlín libraran a Polonia del comunismo. Paz nos recuerda que en los años ochenta los obreros polacos luchaban por derechos que los trabajadores de casi todo el planeta habían conquistado cien años atrás. En un entrevista realizada diez años más tarde por Komsomólskaya Pravda, Octavio Paz intentó explicar el éxito del comunismo por medio de las insuficiencias de las sociedades libres y plurales: “La gran ausente de nuestro mundo es la palabra fraternidad”. Al margen de esa importante carencia, “las sociedades democráticas liberales no ofrecen un proyecto de futuro. Carecen de lo que podría llamarse metahistoria, es decir, de una visión del hombre que englobe su pasado, su presente y su futuro. Una visión en la que todos se reconozcan” (“Un escritor mexicano ante la Unión Soviética”).
En su ya clásico ensayo El opio de los intelectuales (1955) Raymond Aron afirmó que expresiones como “revolución”, “proletariado” o “lucha de clases” se habían convertido en iconos sagrados. La izquierda se inclina ante ellas con reverencia, reprimiendo cualquier indicio de crítica o titubeo. Ya no son ideas, sino dogmas y se considera herejes a todos los que se atreven a cuestionarlas. El comunismo se ha convertido en el opio de los intelectuales. Por eso son tan necesarios los escépticos. La duda es la herramienta más eficaz contra los fanáticos. Octavio Paz, con su espíritu crítico y su desconfianza hacia las ideologías, realizó una significativa aportación en la lucha contra esa nueva forma de inquisición que fue el comunismo. No cito al Santo Oficio por capricho, sino por la semejanza en los procedimientos: denuncias anónimas, interrogatorios brutales, imposibilidad de ejercer ninguna clase de defensa, confesiones públicas bajo coacciones, castigos ejemplarizantes.  Ahora que vuelven los ídolos y surgen intentos de blanquear los totalitarismos de distinto signo, conviene releer los artículos y ensayos de Octavio Paz. Por sus páginas circula el inconfundible viento de la libertad.

Fuente:
https://elcultural.com/octavio-paz-y-el-opio-de-los-intelectuales?fbclid=IwAR3SuX3mOWcPyu6HBMgku0XG7oZPxTUzoVR8JJvHNxCUVtL4rOVzln07Ib4
Fotografías:
Octavio Paz
http://leedor.com/2018/03/31/octavio-paz-la-renovacion-de-la-poesia-latinoamericana/
https://www.britannica.com/topic/Bajo-tu-clara-sombra-y-otros-poemas
Pedro Yanez, Heberto Padilla y Reinaldo Arenas, en la librería 'Las Américas', en New York
https://www.creatividadinternacional.com/profiles/blogs/a-quince-a-os-de-la-desaparici-n-f-sica-de-heberto-padilla
Alexander Solzhenitsyn
https://www.radiotelevisionmarti.com/a/solzhenitsyn-en-el-aniversario-de-su-muerte/13416.html
Andreu Nin
Fotograma de la película polaca ‘Katyn’ (2007) que muestra la masacre de 22.000 oficiales, policías, funcionarios, sacerdotes e intelectuales polacos a manos de los soviéticos en abril y mayo de 1940