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jueves, 23 de julio de 2020

LA VOZ DEL HISTORIADOR

Del maniqueísmo histórico
Luis Baragán

El precedente histórico – real o ficticio -  echa el piso legitimador de las posturas políticas actuales, aunque la opinión pública es una instancia igualmente vapuleada por los laboratorios a los que les importa un bledo hasta la misma sensatez de los asuntos que procesa. En comparación con otros tiempos, sobreviven pocos historiadores profesionales en la palestra digital, aunque – juzgando por las publicaciones especializadas – los  hay quienes ojalá tuvieran disposición para la abierta, decidida y arriesgada polémica que, con las contadas excepciones de rigor, desmayó al iniciarse la presente centuria para facilitar – disculpándonos por la cacofonía -  la estafa estrafalaria de la llamada V República. 

Inés Quintero, por vocación y habilidad innata, ha accedido exitosamente a los medios de comunicación y, aunque tiene obras duramente calificadas por otros de sus colegas (ella acusa el golpe del disgusto que le causa uno de sus títulos  a Germán Carera Damas), es quizá de las más familiares en relación a otros de los integrantes de la Academia  Nacional de la Historia, por cierto, una instancia de  rigores desconocidos en otros ámbitos. Y, en una exposición virtual para la Fundación Rómulo Betancourt (11/07/2020), fresca y espontánea, pero también muy consistente y asentada, cuestionó la interpretación impecable e implacable, maciza y maniquea que se le ha dado a nuestros orígenes republicanos.

La sola coexistencia de varios proyectos políticos (e ideológicos), desmiente la conformación y la unanimidad inalterable de los partidarios de la Independencia y de los que nos desearon atados a la corona española. Independencia absoluta, federación, monarquía republicana, centralismo, absolutismo ibérico, revela las variaciones de un proceso que, por una parte, comprensible, apeló al culto de los héroes para visar el surgimiento de una nación: y, por otra, la violencia definitivamente lo zanjó, háblese del fusilamiento de Piar, háblese de los diez mil hombres y 800 cañones que le dieron argumentos a Morillo al entrar por Margarita.

Además, el país no fue el mismo, luego de la destrucción material que heredó de una larga guerra, en el que el Páez – antes inimaginable – presidía la mesa de la mantuanidad que sobrevivió. De  todo ello, pudiera dar cuenta la conformación y las discusiones de los muy  peculiares parlamentos que tuvimos en el proceso independentista para la construcción de una nueva legitimidad.

De verbo comedido o tremendista, ameno o desafiante, luce indispensable la voz del historiador para contribuir al esfuerzo de superación de un régimen que condensó todo el maniqueísmo demencial que urge por otros derroteros. Seguramente, esa superación también será ocasión para otros mitos que la envalentonen, aunque siempre será necesaria la polémica para que las aguas vuelvan a al debido cauce.

Capturas de imagen: 
Escenas de “Simón Bolívar” de  Alessandro Blasetti (1969):
23/07/2020:

lunes, 27 de abril de 2020

¿DA IGUAL QUE SE QUEDE O SE VAYA?

Guillermo Morón: “Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles”
Jesús Piñero
Guillermo Morón tiene 93 años y no se anda con rodeos para decir lo que piensa. Con esta entrevista al autor de la imprescindible obra "Historia de Venezuela", cerramos el ciclo de conversaciones con historiadores justo hoy cuando se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.
Guillermo Morón está sentado esperando a su hermano Armando. Es diciembre de 1935. Algunas agitaciones se sienten en Caracas, pero el interior del país continúa inerte, como siempre. En Carora pocos saben de la noticia y nadie tiene suficiente valor para repetirla. No es seguro y temen que los escuchen.
Morón tiene 9 años y no entiende la situación. Murmullos y miradas se suscitan en el pueblo. Cuando Armando llega por fin, se montan en un autobús hacia a Cuicas, en el estado Trujillo. Van callados y al bajar del vehículo todavía les toca caminar a pie un gran cerro y pasar la quebrada. Justo cuando van cruzando el agua, Armando, que va delante de él, se voltea.
—Te tengo que decir algo.
Guillermo Morón pensó lo peor: la muerte de su madre, doña Rosario Montero de Morón. Pero no dijo nada y esperó a que su hermano continuara. Armando se le acercó al oído, miró a los lados y le susurró como si alguien los observara en medio de la nada.
—Se murió Gómez.
Guillermo Morón, el niño
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era tal el miedo hacia la tiranía gomecista que Armando esperó estar en el monte profundo para contarle la noticia de la muerte del dictador a su hermano menor. El país se preparaba para un nuevo capítulo en su historia.
En Cuicas pasaban los fines de semana, porque estudiaban en Carora, estado Lara. 30 o 40 minutos antes de que su padre entrara por la puerta principal de la casa, doña Rosario Montero sentía el andar del caballo al llegar al pueblo.
“Me acuerdo de que en mi pueblo, mi papá se oía en el campo y mi mamá lo sentía antes de que llegara: ‘Llegó Morón’, decía. Mi papá había entrado al pueblo a caballo. Le daba una patada al portón y entraba”.
Así llegaba del conuco todos los sábados. Su progenitor era un jinete campesino en una Venezuela que se bajaba del caballo y empezaba a andar sobre las ruedas de petróleo.
El niño Morón es hijo de las postrimerías del siglo XIX. Nació el 8 de febrero de 1926 dentro de un matrimonio que tuvo 5 hijos varones. “Armando era el mayor, el inteligente y culto que fue maestro de escuela toda su vida. Marco Mario, que era un vagabundo de primera, que no aprendió a leer pero que se hizo rico, gran mujeriego. Mi hermano Óscar murió muy temprano, a los 14 años. Y mi hermano Chui (Jesús María) que murió hace tiempo. Yo era el cuarto”.
Una generación que abría el siglo XX, indiferente a la política, que era asunto de los andinos, los amos del valle capitalino.
Los tres tiranos
Dos meses después de aquella conversación con su hermano Armando, Guillermo Morón cumplió 10 años y, a pesar de su niñez, empezaba a comprender la situación nacional y escuchaba por radio al nuevo presidente, Eleazar López Contreras, quien anunciaba su programa de febrero.
Esos son los recuerdos más lejanos que conserva en su memoria sobre la política venezolana. Vivía en Carora y recibía clases de don Cecilio Zubillaga Perera: “Un gran maestro que nos enseñaba a leer y a escribir, él me quiso mucho y yo lo quise mucho a él también. Fue muy amigo de mi mamá y creo que esa es una de las influencias más directas que yo tuve, además de mi mamá que fue maestra de escuela”.
La democracia era una idea imposible, ciega para el momento, según el propio testimonio de Morón. Y aunque la dictadura gomecista ha sido vilipendiada dentro de la historiografía, él es un sobreviviente que se atreve a calificarla como positiva: “La época de Gómez es muy buena, Gómez acabó con los ladrones, acabó con los bandidos. Metió a la cárcel a todos los políticos malos, de manera que la dictadura de Gómez fue para mí positiva, porque este es un país de bárbaros, y llegó Gómez y puso orden”. Aunque no por eso deja de categorizarlo como un tirano y compararlo con Fidel Castro y Hugo Chávez. Tres cuadros de estos personajes cuelgan de su biblioteca personal.
—¿Hay alguna similitud entre los personajes de esos cuadros?
—Gómez no tiene ninguna similitud con Chávez ni con Fidel Castro tampoco. Pero yo los llamo los tres tiranos, tres tiranos distintos: Gómez, Castro y Chávez. La inteligencia los distingue. Fidel Castro sacó de Cuba a todas las prostitutas y a todos los bandidos norteamericanos que iban a putear en Cuba. Simple y llanamente eso. Hugo Chávez fue un hombre inteligente, muy venezolano. Esa expresión “esta noche te voy a dar lo tuyo” es típica de los venezolanos vulgares, él los comprendió bien. Y Gómez puso orden, pagó la deuda externa que veníamos arrastrando desde hace muchos años. Tuvo muchos aspectos positivos, el único negativo es que no había libertad, esa común y corriente.
—¿Y qué significa para usted la democracia?
—La palabra democracia es una proclama de los enseñadores. La democracia es la vivencia del pueblo. No es un poder, es una convivencia y los venezolanos hemos convivido durante 500 años. La democracia no solamente fue ese período de 1958 a 1998, no. La democracia es la convivencia que siempre ha habido, y los venezolanos tienen que volver a recuperar el camino de la democracia, de la convivencia del pueblo.
La democracia se convierte en oligarquía cuando no se conoce bien la historia del país donde se pretende implantar. Uno de los más graves defectos de los dirigentes políticos venezolanos es el desconocimiento de su propia historia de pueblo.
La Historia tras su historia
Cuando salió de bachillerato quería estudiar Derecho, pero gracias a la influencia de su madre y de su maestro don Cecilio Zubillaga Perera, se fue para Caracas y se inscribió en el Instituto Pedagógico Nacional, que hoy pertenece a la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). ¿Por qué? Urgía una carrera rápida para cubrir los gastos de la casa.
“Yo aprendí del maestro que el estudio es el fundamento principal de la vida ciudadana en cualquier parte del mundo. A los 17 años me dijo ‘Moroncito, váyase para Caracas, porque como su mamá es maestra, sus tías han sido maestras y un abuelo suyo fue también profesor, usted puede convertirse en un buen maestro”.
Cuando terminó, viajó a España y se doctoró en la Universidad Central de Madrid, hoy Universidad Complutense. Lo hizo porque su madre lo quería ver lejos de la escena política venezolana, que no auguraba buenos tiempos.
Durante aquella estadía madrileña, en los años cincuenta, conoció a María Ilaria, quien después se convirtió en su esposa.
Como si se tratara de ayer, Guillermo Morón todavía rememora la escena ocurrida en la capital de España: “Estaba frente al templo donde se casó Simón Bolívar, yo la había conocido a ella ligeramente, y de repente llegó ella por detrás y me tocó y me dijo: ‘¿Usted es el indio que me está esperando?’. Y ahora es mi mujer. Ella se casó con el indio”.
Morón también fue de los primeros latinoamericanos en obtener la Beca Humboldt, que otorga la Embajada de Alemania, con la que estudió Filosofía en la Universidad de Hamburgo.
A su regreso a Venezuela, a mediados de 1958, se encontró en un país que transitaba hacia una democracia estable. Hasta entonces llevaba una vida académica en la Universidad de Hamburgo, donde ejercía como profesor.
Al reabrir la Universidad Central de Venezuela (UCV) intentó ingresar a la recién inaugurada Escuela de Historia, y no le fue posible porque el comunismo universitario lo tachó como un hombre de derecha: “En la UCV no me recibieron, a pesar de mis títulos y publicaciones, porque estaba dominada por los comunistas, entre ellos un señor llamado Germán Carrera Damas”.
El marxismo marcaba la pauta y Guillermo Morón era visto como un clásico, como un estudioso atrasado de una historiografía a superar. Tiempo después entró a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y a la Universidad Simón Bolívar (USB), pero a esas casas de estudio no les dedicó mayor tiempo.
Carlos Felice Cardot influyó en Morón para que se quedara en Venezuela y así logró ingresar a la Academia Nacional de la Historia: “Cuando regresé inmediatamente me nombraron numerario y tenía 33 años, eso fue en 1959. En la Academia fui primero director de publicaciones y después director”. Cargos que le permitieron llevar a esa corporación a su época dorada en cuanto a las publicaciones, la organización de su archivo y a la creación del departamento de investigaciones históricas. Su esfuerzo por hacer de la historia una disciplina para todo público, fuera del claustro, se reflejó en el desarrollo de numerosas colecciones que recogieron el registro documental del pasado.
El marxismo en contra
“Lo importante para mí es Venezuela, que después de Rafael María Baralt y José Gil Fortoul, nadie había escrito una historia moderna”. El fruto de esa orientación de su trabajo fue presentado en 1971 y se llamó Historia de Venezuela: 5 tomos que recogen una aproximación a todo el transcurrir venezolano a lo largo de casi 500 años que no se hacía desde el siglo XIX.
Un esfuerzo único en su tiempo, pues los profesionales en el estudio del pasado estaban dedicados a la realización de historias particulares, por la complejidad de los manuales. Su proyecto respondió a lo que él consideraba un déficit en la enseñanza en las escuelas y liceos, premisa que todavía mantiene: “Un pueblo que no aprende su historia está en grave riesgo de perder el alma, y la historia de Venezuela no se aprende con la fuerza y la pasión de otros tiempos, porque la historia dizque no sirve para nada”.
La obra se vendió como pan caliente en el país, sobre todo después de que saliera publicada una crítica en su contra en 1973: “Tuve el honor que la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela escribiera un panfleto llamado De cómo se desmorona la historia: observaciones a la ‘Historia de Venezuela’ , y creyeron que con eso yo me iba a espantar. Al revés, me alegré muchísimo, porque se terminaron de vender los mil ejemplares de esa edición”.
La crítica la firmó la historiadora Angelina Lemmo y expresaba una respuesta académica de la Escuela de Historia, dirigida por Carrera Damas, a la obra histórica de Morón, el flanco favorito del marxismo ucevista.
Poco tiempo después de la publicación y la polémica, en 1974, Morón recibió una comunicación en la que le informaban que la Organización de Estados Americanos (OEA) lo había designado coordinador general de la Historia General de América, un proyecto editorial que Mariano Picón Salas había propuesto ante ese organismo pero que hasta entonces se mantenía engavetado.
Un estudio desde Canadá hasta Argentina requirió de un equipo de historiadores de todo el continente, a quienes se le encomendaron las diferentes aristas y terminaron desarrollándose como profesionales: “Yo me hice cargo y la publiqué, me pateé todo el continente y fueron 33 volúmenes dirigidos por mí, allí incluí las biografías de George Washington y Simón Bolívar”.
Su visión hispanista, traída del franquismo, era demoniaca ante la crítica al colonialismo que blandían los historiadores marxistas, quienes vieron en Morón el blanco de tiro para realizar sus críticas históricas y revolucionarias. El trabajo de la Academia era incompatible con la visión de los historiadores profesionales, sobre todo los egresados de la UCV, quienes desdeñaban la historiografía canónica académica.
Y del otro lado también hubo polémicas: El culto a Bolívar de Germán Carrera Damas fue calificado como un texto subversivo por las autoridades con las que Morón trabajaba, pidiendo la expulsión de Carrera de la Universidad por pervertir la imagen del Libertador.
—Usted trabajó en la Academia Nacional de la Historia en un período en el que la figura del Libertador y de la independencia no podían se objetos de crítica…
—Pero es que Bolívar es un hombre de nuestro tiempo, porque no está relegado a su momento en el pasado, sino que traspasa las barreras de la diatriba y del culto, se pone por encima de la gloria y baja al día, a servir la actualidad. Fue un hombre de carne y hueso que cometió errores como todos los seres humanos. Él, como todos los héroes que participan en el proceso de independencia, militares y civiles, oficiales y soldados, ideólogos o pueblo simple, fueron españoles, pero lo fundamental es que no se les meta en discusiones insolubles. Todo ese barullo sirve solamente para que el pueblo no entienda a los prohombres. El Bolívar de cada autor no es el mismo Bolívar de todos.
—¿Hay desde el Estado una pretensión política por cambiar la historia?
—Eso es una estupidez, la historia no se cambia. Los únicos que pueden hacer historia son los historiadores, no el Presidente de la República, ni los gobernantes. Son los historiadores los que pueden interpretar el pasado. Ahora, la historiografía venezolana ha parcelado la imagen histórica del país al intentar narrar como acontecimientos fundamentales los hechos de gobierno; el reducido a la acción de toma y ejercicio del poder individual; o al crear una ilusoria historia constitucional. La política es el gran eje sobre el cual se mueve la historia, así ha sido hasta el presente en todas las civilizaciones. La política modifica a la sociedad, a la economía y a la cultura, esas son las cuatro patas de la historia, cuatro dimensiones igualmente importantes para entender.
Bien educado
Aunque sirvió como hombre público al ser secretario del presidente del estado Lara empezando la dictadura perezjimenista, siempre destacó como un académico preocupado por la lectura y por la producción de textos educativos, incluso desde su trabajo en el diario larense El Impulso, donde fue un periodista de oficio y jefe de redacción.
Allí evocaba con frecuencia la frase: “La noticia se produce y nadie tiene por qué matarla o asfixiarla antes de tiempo. La información se desplaza, no se empuja; se desuna, pero no se corrompe. Es bueno que sea clara como el agua, desnuda como una lágrima”.
Leer sigue siendo su mayor afición. Escribió cuentos y novelas que se convirtieron en best sellers. Todavía revisa a los clásicos de la literatura, entiende latín y lee griego. “El que no haya leído al Quijote no es un hombre culto, Don Quijote es fundamental”, y luego dice que es su libro favorito.
Como editor de la revista Shell se encargó de difundir a una gran cantidad de escritores que encontraban en esa publicación una importante ventana para darse a conocer. Su trabajo allí lo convirtió en un gerente o empresario editorial bastante próspero. Varias de las reseñas de sus trabajos están en el libro Guillermo Morón, un clásico vivo de Pedro Pablo Paredes.
Ante una mayoría socialdemócrata y socialcristiana, Guillermo Morón impulsó el Comité Nacional de la Clase Media con ideas liberales, frente al estatismo y a la noción de redistribución de la riqueza que propugnaban los partidos políticos entonces. También contra la reforma tributaria. Con este proyecto intentó incursionar en la política junto a Pedro Tinoco y estuvieron en conversaciones con otros partidos para conciliar una candidatura independiente, pero aquello nunca logró prosperar ni mucho menos igualarse a AD ni a Copei.
“Pedro Tinoco se equivocó, yo no tenía ninguna fuerza política. Él quería ser presidente y necesitaba apoyo”, explica. El 27 septiembre de 1968 los miembros de la tolda finalmente se hicieron con el nombre de ‘Movimiento Desarrollista’.
“Ni de derecha ni de izquierda. Lo que soy es un hombre bien educado”, así se define Guillermo Morón, quien apoyó a Hugo Chávez en los años noventa. Una actitud que fue repudiada por algunos miembros del gremio y que, incluso, llegaron a calificar como pase de factura por su rechazo a los partidos Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei).
Idea que a sus 93 años todavía comparte: “Juan Vicente Gómez es uno de los mejores gobernantes que ha tenido el país, a pesar de haber sido un dictador, no se metía con el pueblo ni con los maestros de escuela”, reflexiona cuando le preguntan sobre el devenir de la historia contemporánea venezolana. Entre Gómez y Chávez hay un siglo, un siglo en el que las armas tampoco estuvieron quietas y él considera a ese sector como parte fundamental de la república.
—¿Cuándo decidió retirarle el apoyo a Chávez?
—En cuanto llegó, porque no estaba preparado. A mí me pareció simpático, un buen hombre, agradable y él llegó gracias al apoyo del pueblo y, sobre todo, de las Fuerzas Armadas. Sin las Fuerzas Armadas no llega. Es más, sin ese apoyo nadie puede llegar a ser presidente de Venezuela.
—Entonces, ¿no estamos cerca de un cambio histórico?
—No lo creo.
—¿Cree que Nicolás Maduro se quedará por muchos años más?
—Maduro puede quedarse allí hasta la muerte y no pasa nada, y si lo sacan tampoco pasa nada. Yo no creo que esté próximo a retirarse, quienes lo apoyan son las Fuerzas Armadas.
—Y usted, que vivió casi a plenitud el siglo anterior, ¿qué opina de Juan Guaidó?
—Juan Guaidó es un hombre inteligente, pero no tiene porvenir político, porque no tiene fuerzas. No tiene el apoyo de las Fuerzas Armadas, ni el popular, pero es un hombre sano y honrado.
—¿Y de los partidos políticos?
—Los partidos políticos desaparecieron, ¿dónde están el PCV, Copei, AD? Primero Justicia y Voluntad Popular no valen nada. No hay ningún dirigente importante en esos partidos, yo no lo veo por lo menos.
—¿Compararía algún período del pasado con este?
—No tiene similitud con otros sucesos del pasado, ni remotamente. Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles.
Esta semblanza se elaboró a partir de una entrevista realizada 19 de septiembre de 2019, y algunos fragmentos de otras entrevistas y artículos de prensa, especialmente del documental Guillermo Morón, maestro de escuela producido por María Eugenia Mosquera, y el material recogido por Efraín Subero en el Ideario-Diario de Guillermo Morón, publicado en 1999, fuentes esenciales que permitieron construir una imagen más amplia del personaje.

Fotografías: Daniel Hernández
Fuente:

sábado, 4 de abril de 2020

UN TRIBUTO A CONSALVI

HISTORIA
Edgardo Mondolfi Gudat y la agonía de escribir historia
Creció en las faldas del Ávila, en un hogar donde se cultivaban la ciencia y la literatura. Edgardo Mondolfi Gudat estudió Letras en la UCV, se hizo una carrera diplomática bajo la tutela de Simón Alberto Consalvi y se doctoró en Historia en la UCAB. Desde noviembre de 2011 es individuo de número de la Academia Nacional de la Historia. Es autor de libros como “El lado oscuro de una epopeya” y “La insurrección anhelada”, en el cual ayuda a entender cómo el chavismo estimula y se apropia de la “nostalgia” por la lucha armada de los años sesenta
Jesús Piñero

Edgardo Mondolfi Gudat no siente que es un lord inglés, aunque así lo llamen quienes lo conocen. El periodista Alexis Correia también lo calificó de esa manera en una entrevista publicada en la revista Clímax en 2016. Pero él no le encuentra sentido a tal calificativo, no es Diógenes Escalante, el hombre del consenso que la demencia política devoró en 1945 y que, según el testimonio del mismo historiador, decían que pensaba y sentía en inglés. “Creo que se trató siempre de una inmensa injusticia hacia Escalante porque, dígase lo que se quiera, fue un hombre denso en cosas venezolanas”.
Mondolfi no se ve así, tiene la certeza de creer que piensa, habla y siente en venezolano, a pesar de que sus intereses académicos estén entrelazados con el mundo anglosajón. Insiste: “ese solo hecho no es motivo de extranjería”.
El 1 de enero de 1964, dos meses y diez días antes de que Raúl Leoni asumiera la Presidencia de la República, pero también cuando empezaba el año en el que Estados Unidos ingresaría directamente a la Guerra de Vietnam y se cumplieran 400 años del natalicio de William Shakespeare, Edgardo nació en Caracas. Fechas icónicas que, de acuerdo a sus propias palabras, “revelan algo de mis pasiones personales: mi interés por la Guerra Fría y por la literatura inglesa”.
Edgardo Mondolfi
El apelativo y esas pasiones podrían ser de origen sanguíneo, al menos de parte materna. Ruth Gudat Gavens conoció a Edgardo Mondolfi Otero en la Universidad de Cornell y en medio de la Política de Buena Vecindad, impulsada por Franklin Delano Roosevelt, se enamoraron. Mondolfi (padre) cursaba una beca y se formaba como zoólogo, especialista en mamíferos y anatomía comparada. Su madre, por otro lado, estudiaba Literatura y Artes Liberales.
“De esa estirpe somos cuatro hermanos: Paul y María Eugenia, ambos médicos; Alessandra, quien se dedicó al periodismo, y yo”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática
Era la víspera a la Segunda Guerra Mundial, una tormenta incontenible, aunque en Venezuela ese tifón parecía haberse ido en 1935. Bajo un incandescente sol democrático, pero todavía rodeado con algunos nubarrones políticos que presagiaban más diluvios, Eleazar López Contreras tomaba las riendas.
—La casa, que siempre quedó a las faldas del Ávila, me hizo piemontés. Tanto así que mi infancia y juventud se resumieron, en buena medida, en largas excursiones por el Ávila. A lo cual habría que agregar tanto los animales con los cuales convivíamos en casa de manera permanente (desde araguatos hasta pecarís) como las docenas de frascos llenos de formol en los que mi padre solía guardar sus muestras de estudio. Eso explica, supongo, mi devoción e interés por la naturaleza. Por otra parte, ambos –Edgardo y Ruth– eran buenos y disciplinados lectores: papá, de temas relacionados con su quehacer científico; mamá, de literatura. Mamá, además, era diestra con la cámara fotográfica y ayudó a documentar las expediciones de recolección de especies que papá solía hacer por los llanos y el Amazonas con el patrocinio de fundaciones científicas, desde La Salle hasta el Smithsonian.
De modo que en casa respiré ciencias naturales y respiré literatura, aunque me vi forzado a inclinarme finalmente hacia el mundo de las Humanidades por mi más que pobre y lamentable desempeño con las matemáticas, la física y la química.
Al final, cuando opté por cursar una carrera universitaria lo hice por Derecho, suponiendo que era lo más serio y solvente que podía estudiar. Pero en el fondo no me sentía inclinado a ser abogado. Así que, un poco por entender que debía cumplir con ciertos estereotipos y un poco por hacer lo que de veras quería hacer, resolví combinar a un tiempo el Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) con Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Al final abandoné el Derecho, luego de completar el segundo año. Me arrepienta –o no– de semejante decisión, lo cierto es que a esa edad me parecía más fascinante leer la poesía de John Donne que el Código de Comercio. Fue, en todo caso, una decisión difícil y llena de riesgos. Tal vez por el peso que aun tiene aquello que dijo Juan Vicente González a mediados del siglo XIX: “En Venezuela, quien escribe para comer, ni come ni escribe”.
—Es egresado de tres carreras y universidades distintas: UCV, American University y la UCAB, ¿qué significó formarse en ellas y cómo acopla esas tres formaciones?
—En la UCV, como te he dicho, cursé Letras. Y los profesores que allí tuve me han definido mucho como lo que soy: hablo de Alejandro Oliveros, María Fernanda Palacios, pero también de Rafael Cadenas y Adriano González León, aun cuando con estos últimos dos tuve menos contacto en lo personal. Al terminar Letras, y luego de otra serie de vacilaciones acerca de qué hacer con mi vida, opté por enrolarme en una Maestría en Estudios Internacionales, en la American University, en Washington DC. Fue una decisión acertada: fue una forma bastante feliz de remendar la pata coja del Derecho y de familiarizarme con la metodología anglosajona, la cual, por cierto, me ha sido de enorme utilidad hasta ahora.
Muchos años después hice el Doctorado en Historia. Fue una vuelta a la UCAB, lo cual también me sirvió de algún modo para saldar un capítulo inconcluso. La decisión de hacer el doctorado en la UCAB y no en la UCV tuvo que ver con mi buen amigo, Rafael Arráiz Lucca, quien me animó a cursar allí por el tipo de programa de posgrado que se ofrecía a través del Instituto de Investigaciones Históricas “Herman González Oropeza”. Fue una decisión que le debo a Rafael, de manera irreductible, hasta el día de hoy. Allí tuve otro elenco estelar de profesores: María Elena González Deluca, Elías Pino Iturrieta, Domingo Irwin, José Luis Da Silva.
—¿Por qué la Historia y no la literatura o las relaciones internacionales?
—Creo que nunca he hecho una cosa en desmedro de la otra. A ver si me explico: cuando estudié Letras lo hice muy enfocado en la historia de la literatura; cuando cursé la Maestría en Estudios Internacionales, lo hice con el pie puesto en la historia diplomática. En ese sentido, mi trayectoria tal vez luzca heterogénea pero no necesariamente incoherente. Cabría preguntarme a mí mismo: ¿por qué, a nivel de pregrado, no cursé Historia en lugar de Letras? No sabría decirte. Tal vez fuera porque a la hora de proponerme echar por la borda la carrera de Derecho, Historia me lucía aun más incierta que la carrera de Letras, lo cual es mucho decir. En el fondo, no lo sé. Pero sí tuve siempre el empeño por ver las cosas desde el domicilio de la historia. Y a eso contribuyó mi doctorado en la UCAB: a terminar de construir la casa.
—Usted tiene una prosa bastante agradable, escribe muy bien, ¿cómo diferencia lo literario y lo histórico?
—Te agradezco el comentario, aunque, para mí, escribir es una agonía desde que comienzo hasta que termino. En mi caso es algo parecido a lo que William Faulkner llamaba “la agonía y el sudor”. Me desvela la necesidad de dar con la palabra precisa; me irrita el adjetivo que sobra; le tengo horror a los gerundios; me horroriza la posibilidad de verme entrampado en medio de una frase oscura. Ahora, con respecto a lo segundo, no veo que imperen fronteras entre el estilo que me caracteriza y el tema que me propongo abordar, siempre que –tratándose del género histórico– lo haga con el rigor investigativo que reclama la disciplina. Por supuesto, cuando escribo ensayos de corte literario, el enfoque y las exigencias son otros.
—Tuvo mucha cercanía con Simón Alberto Consalvi. ¿Qué significó su influencia?
-La influencia de don Simón Alberto en mí fue absoluta, rotunda y decisiva. Nos hallamos siempre en medio de desvelos compartidos. La propia trayectoria de Consalvi fue una brújula para mí: él traía a sus espaldas el periodismo y la diplomacia y, con el mismo empeño con el que podía escribir sobre algún tema contemporáneo usando para ello su instrumental de buen periodista y diplomático, lo podía hacer sobre Santos Michelena, Pedro Manuel Arcaya o Juan Vicente Gómez, utilizando una acerada pupila para la historia.
—También trabajó en las embajadas venezolanas en Washington y Buenos Aires, ¿estuvo vinculado a la política de la Venezuela a finales del siglo XX?
-Llegué al ejercicio diplomático un poco por suerte, tal vez también por un poco de talento. Fue justamente Consalvi quien me avistó en Washington mientras yo cursaba la Maestría en Estudios Internacionales. No era fácil caerle en gracia a don Simón ni estar a la altura de sus exigencias, pero creo que cumplí ambos cometidos. Se generó una vacante en la Agregaduría Cultural y pensó, como embajador, que podía iniciarme por ese camino en lo que él veía como mi interés por la carrera diplomática. Ya de regreso a Caracas me animó a que siguiera en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE) y que revalidara mis títulos como profesional de carrera. Así me fui quedando en el MRE. Fue la etapa “burocrática” de mi vida y, hasta el día de hoy, no me arrepiento de ello. Pero también le debo a don Simón algo absolutamente inestimable cuando avistó el horror de lo que se nos venía encima a partir de la revolución bolivariana. Me dijo: “La vida no comienza ni termina en la Cancillería”. Fue entonces cuando recogí mis aperos y terminé, a partir de entonces y por largos años, refugiado en la docencia. Irme de la Cancillería no significó ninguna orfandad, pese a los gratos recuerdos y las amistades que aun perviven. Esos años en que me vi prestado a la docencia universitaria me permitieron, a la vez, seguir formando parte de las aventuras editoriales de don Simón, quien fue siempre un surtidor infatigable de proyectos, bien en la Academia Nacional de la Historia, o a través del diario El Nacional.
—Hay historiadores que escriben de forma compleja y otros que lo hacen más bien para un público abierto, ¿qué podría decirme de eso y de los bestsellers de la historiografía?
—Escribir, según el estilo con que se escriba, es asunto de cada quien. El lector es quien, a fin de cuentas, determina las preferencias y se pronuncia al respecto. La calidad de best seller lo determina otro, no uno mismo.
—También hay muchos historiadores que consideran que la literatura no es una fuente, ¿qué se debe tomar en cuenta cuando trabajamos una fuente literaria para la historia?
—Creo que indirectamente he contestado diciendo que la literatura y la historia son géneros distintos. Estoy muy claro con respecto a que una cosa es mi vehículo escritural y otra si estoy haciendo literatura o haciendo historia. Ahora bien, lo que sí te puedo asegurar es que utilizo con mucha frecuencia el testimonio de escritores y novelistas a la hora de atender alguna coyuntura con pupila de historiador. Te pongo varios ejemplos: me interesa saber qué dijeron desde la prensa, y en calidad de polemistas, autores al estilo de Enrique Bernardo Núñez o Guillermo Meneses con respecto a los gobiernos de Eleazar López Contreras o de Isaías Medina Angarita. Ambos actuaron en calidad de testigos confiables de una época. Lo mismo podría decir acerca de lo que opinara otro poeta y novelista como Antonio Arráiz acerca del gobierno presidido por Rómulo Betancourt a partir del 18 de octubre, o lo que a bien tuvo decir Juan Liscano en los años sesenta en relación al tema de la lucha armada y el gobierno de Raúl Leoni. Como polemistas, articulistas o simples opinantes, muchos de nuestros escritores han sido una cantera inagotable a la hora de seguirle la pista a nuestros desórdenes y avatares.
Insurrecciones, felonías y militares
Pese a que, en 1992, la Guerra Fría –el principal interés de Mondolfi– había terminado y por ende todo el escenario que esto supuso para Latinoamérica, las historias sobre revoluciones y felonías en la política venezolana parecieran ser cuentos de tiempos circulares y del eterno retorno. Ante las llamadas telefónicas de la noche y madrugada del 4 de febrero de ese año, y las ráfagas de tiros al fondo, Edgardo Mondolfi se asomó por la ventana de su vivienda en la Alta Florida para verificar la información que le habían suministrado: unos paracaidistas se sublevaban contra el Estado, pero el cielo despejado no daba señales de algo inusual.
“Me sentí algo así como los habitantes de la campiña de Normandía, en junio del 44, cuando se enteraron de que la 82 División Aerotransportada estaba cayendo en racimos para coger por sorpresa a los alemanes”.
Los militares felones no habían tomado el cielo como vehículo para su estocada contra la democracia: llegaron en autobuses a pretender tomar el control de la ciudad. En Miraflores y sus adyacencias las detonaciones despertaron a muchos: “No se trataba de los simples tiros solitarios a los que uno estaba habituado desde hacía mucho tiempo en la Cota Mil, y que formaban parte de nuestro propio paisaje del western, pero eso de unos paracaidistas pintarrajeados y vestidos de camuflaje, prestos al combate nocturno pero sentados en perfecta fila de un autobús, se me terminó antojando como el primer capítulo de toda la falsa épica que vino después”. El ciclo empezaba de nuevo.
—Escribió sobre la guerrilla en Venezuela, ¿lo que hoy vive Venezuela es producto de aquellos años? ¿Fueron esos actores responsables indirectos de todo esto?
—Te respondo a partir de lo que dejé más o menos apuntado en mi último libro La insurrección anhelada, al referirme a ese punto: en los últimos veinte años, y como parte del esfuerzo por construir su propia épica, la lucha insurgente de los años sesenta ha venido a ser una de las tantas nostalgias que alimenta a la revolución bolivariana, al punto de hacer que la evocación de la guerrilla opere como uno de los nervios centrales de la narrativa gubernamental. De hecho, el imaginario oficialista ha pretendido conferirle un rango muy significativo a la violencia armada de esa década, llegando a atribuirle inclusive una serie de conexiones bastante caprichosas con la rebelión militar de 1992.
No cuesta mucho ver que todo el imaginario reivindicador que ha pretendido construirse sobre la base de homenajes, símbolos, imágenes o textos escolares ha tendido no sólo a propiciar un entendimiento radicalmente distinto de esa coyuntura violenta, sino a valorar lo más sombríamente posible las decisiones de carácter político y militar que fueron tomadas tanto por el gobierno de Betancourt como por el de Leoni para repeler la amenaza que significaba la lucha armada para el proyecto democrático y, especialmente, lo que significaba en medio de todo ello la persistente injerencia cubana. A la hora de pretender generar esa visión, mucho de lo que se jactan de repetir los voceros del gobierno tiende a bordear, en ciertos casos, el territorio de lo simplemente ingenuo pero, en otros, se deslizan por el terreno de lo peligroso e irresponsable. Tan irresponsable que, al final, los cubanos no terminaron entrando por una ventana, como pretendieron hacerlo en los años sesenta, sino que les permitimos entrar, con todas las deferencias y miramientos del caso, por la puerta principal.
—Entre todos los libros que ha publicado, ¿cuál fue el que más disfrutó escribir?
—Yo diría tal vez que El lado oscuro de una epopeya. Allí me ocupé de la agonía y desventuras de los voluntarios británicos que terminaron alistándose del lado de los criollos insurgentes a partir de 1817. Y te explico por qué: en primer lugar, porque el grueso del material lo recabé de fondos documentales existentes en Inglaterra. Eso me permitió la irrepetible oportunidad de examinar los contenidos del Archivo Nacional en Kew Gardens o los periódicos de la época (tanto los más conocidos como The Times, como los absolutamente desconocidos, al estilo del diario antiinsurgente The Courier) que se conservan en la Biblioteca del Museo Británico o en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford.
En segundo lugar, porque muchos de los testimonios, tremendamente desoladores y descarnados que aportaron esos reclutas, revela que su estancia en Venezuela terminó convirtiéndose, desde el punto de vista personal, en su propio “corazón de las tinieblas”. Emerger de esa experiencia del horror –hecha de penurias cotidianas, de falta de buenos aprestos militares, de carencias materiales de todo tipo, de enfermedades tropicales, de borracheras incontrolables, de enfrentamientos violentos entre criollos e ingleses que en algunos casos llegaron al homicidio, de barreras idiomáticas infranqueables entre ambos mundos, de conatos de deserción, o de intentos de saqueo por parte de esos reclutas– me permitió cerrarle las puertas de una vez por todas a esa estampa hecha de casacas rojas que, con tanto despliegue de inocencia y tontería, nos obsequió la pintura venezolana del siglo XIX.
—Ahora, hablando de historiografía, ¿qué opina del Centro Nacional de Historia?
—Atiendo con particular curiosidad las cosas que han salido de ese vecindario relacionadas con el tema de la insurgencia. Me interesa la posibilidad de contrastar visiones y asomarme al tipo de fuentes con que se trabaja desde allí el tema de la guerrilla. Por más que se le puedan advertir costuras frágiles al intento por dotar a esa clase de entendimientos de una intencionalidad política evidente, confieso que me he tropezado allí con cosas particularmente interesantes. Eso no lo puedo negar. Sería injusto y mezquino hacerlo.
—¿Con cuál época compararía la situación actual de Venezuela?
—Ninguna época es comparable a otra. Pero, al menos para decirlo con cierta ligereza, me recuerda a la estampida de 1814, sin Boves, naturalmente, y con otro tipo de muerte, desde luego. Y, desde luego también, con el añadido de la dolarización salvaje.
Edgardo Mondolfi Gudat en la Academia
El jueves 24 de noviembre de 2011, Edgardo Mondolfi fue incorporado a la Academia Nacional de la Historia, institución que para él “siempre ha tenido una significación extraordinaria porque es una casa con la cual me he relacionado desde mucho antes de imaginar siquiera que alguna vez formaría parte de sus filas”.
El discurso de incorporación de Edgardo Mondolfi estuvo dedicado al intercambio entre José María Blanco White y Fray Servando Teresa de Mier, en medio de los avatares de la independencia. “Eso me brindó la oportunidad de combinar dos cosas: mi interés por la calidad de la polémica librada entre dos grandes escritores y meterle el diente a la confusa y contradictoria dinámica de una época. Ese discurso fue para mí una navegación absolutamente feliz como escritor y como historiador; o, al menos, para el pretendido escritor o historiador que soy o en el cual, a fin de cuentas, me he convertido”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática.

Fotografías:
LB (2012): "La tomamos en la Hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 06/12/12. LLegó junto a Edgardo Mondolfi. No lo quisimos molestar. En el centro, Simón Alberto Consalvi. Seguimos concentrados en nuestro material hemerográfico y, de pronto, creemos que no pasaron ni 20 minutos, se levantó, se despidió y se marcho junto a Mondolfi"   https://www.facebook.com/Hereditatis/photos/a.168848793267582/168848839934244/?type=3&theater
Brevísima nota LB: Magnífico contexto para la fotografía de Daniel Hernández.

sábado, 28 de diciembre de 2019

lunes, 16 de diciembre de 2019

CAZA DE CITAS

"Las sociedades son depositarias de una carga explosiva, por decirlo así, la carga de lo imprevisible. La historia es el dominio de lo impensado y también de lo impensable, de aquello que se resiste  al pensamiento y de aquello que no puede ser pensado (...) Si queremos saber cuál es el estado de la sociedad occidental, lo mejor será preguntarlo, no a los economistas y a los politólogos, sino a los novelistas y a los poetas, es decir, a los cronistas de la vida de las sociedades, la pública y la oculta"

Octavio Paz

("El ogro filantrópico", Seix Barral, Barcelona, 1983: 126, 286)

Fotografía:  Mark Brierly, "Anxiety" (Autralia).

domingo, 19 de agosto de 2018

AVATARES

De un aleccionador desenlace de la crisis, por ejemplo
Luis Barragán


La última entrega de la revista especializada  Tiempo y Espacio, reúne un conjunto de trabajos,  debidamente arbitrados, bajo un título harto elocuente: “Avatares de la democracia 1958-2018" (https://es.calameo.com/books/0048760919b1edbb7be35), próximo a ser colgado en el portal correspondiente al concluir el receso académico (http://revistas.upel.edu.ve/index.php/tiempo_y_espacio). De indispensable consulta, distintos autores de afilado bisturí, hurgan en las intimidades de unas décadas ya desconocidas, por obra de la intensa y falsificadora campaña propagandística y publicitaria del actual régimen que incluye  los intereses de sectores que se le oponen o dicen oponérsele.

Desde múltiples ángulos, nos permiten reconstruir una perspectiva del presente diluido y, aunque la materia es enteramente histórica, resulta inevitable la mirada al XXI, un siglo que se supuso prometedor al abrir sus puertas. Quienes tienen por vocación y oficio el pensamiento sistemático, a contracorriente, realizan un responsable y sobrio aporte a la necesarísima polémica pública que no ha de tardar en asimilarlo, manifestarlo y mejorarlo, dejando atrás los esquemas convencionales evidentemente agotados.

Desde la caída de la dictadura militar de Pérez Jiménez hasta la instauración de la otra que marca la actual centuria, quizá para muchos inadvertida por la perversa modalidad de su ascenso, hubo y hay situaciones, posiciones, resultados e interrogantes pendientes. Buena parte de los trabajos, responden o intentan responder, teniendo por mérito indiscutible una novedosa aproximación: nota postrera, la década militar, en Domingo Irwin; la intromisión soviética de acuerdo a un alto funcionario del perezjimenato defenestrado, en José Alberto Olivar; la dramaturgia anti-dictatorial, en William Anseume; el populismo persistente, en Leonardo Favio Osorio; la antipolítica,  en Luis Alberto Buttó; una panorámica del uso de la renta, en Liliana Velásquez G.; las orientaciones uslaristas, en David Ruíz Chataing; el reformismo democrático, en Richard López; la política y la  literatura, en Rosmar Brito Márquez y María Susana Harringhton; la ciudadanía, en Antenor Viáfara; y, estudio aparte, la edición nos obsequia con una sugestiva curiosidad, como es la del béisbol y el control social en tiempos del lopecismo, en Gloria Rebeca Mota.

Inelegante mención, contribuimos con un modesto texto sobre  los dos alzamientos militares  del 1º de enero de 1958 y el carácter sorpresivo que alcanzaron o dijeron alcanzar. Una de sus conclusiones, nos remite al 23 de enero como la materialización de un desenlace, entre varios de los que fueron posibles, aunque ninguna de las circunstancias – exhaustas -  apuntó a un diálogo o negociación entre gobierno y oposición, aleccionándonos.

Vicisitudes, corrientes y actores políticos de entonces, ahora francamente ignorados por las más recientes generaciones, añadiendo a no pocos de las intermedias, nos imponen de un liderazgo político superior al  actual. Siendo ésta nuestra convicción, quizá estamos viviendo la emergencia de otro definitivamente innovador, capaz de superar la llamada antipolítica que aún nos consume.

20/08/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/33319-barragan-l

sábado, 11 de agosto de 2018

JUEGO SUCIO

Falsear la historia
Luis Barragán


Simple, las dictaduras comunistas falsean su propia historia. Aspiran, como ha ocurrido siempre, a escolarizarla, sin piedad ni clemencia.

Es de imaginar los textos, como está ocurriendo, capaces de transmitir una versión infame de lo que ha transcurrido y transcurre en el país.  Y de castigar cualquier disidencia - por modesta que fuese - del aprendiz, de sus padres  o representantes.

Jurarán que ha llegado a tal nivel la popularidad de los clanes en el poder, que arrasaron en unos comicios constituyentes y en los sucesivos, venciendo heroicamente en medio de la guerra económica que nos hambreó. Nada ni nadie podrá desmentirlo, pues, al pasar el tiempo, el largo tiempo de sojuzgamiento, desaparecerá todo vestigio probatorio que evidencie lo contrario.

Algo semejante acontece con las amenazas y  supuestas tentativas de magnicidio, porque, a sabiendas del descrédito oficial, insistirán en los hechos, aunque mal los redondeen. Fracasada la guerra civil, ante una población desarmada, la guerra internacional hará el favor de aglutinar lo poco que puedan, conscientes del rechazo de las grandes mayorías.

Ninguna libertad de prensa, ninguna libertad académica, autorizará cualquier conjetura, investigación o inquietud. Todavía queda mucha tela que cortar, por ejemplo, respecto al consabido, público e inequívoco atentado contra Rómulo Betancourt, afianzando una historiografía reciente, pero no así con el pretendido suceso que protagonizó recientemente Maduro Moros, dada la infinita simplicidad de una versión propia de la propaganda comunista.

06/08/2018:
https://www.lapatilla.com/2018/08/06/luis-barragan-falsear-la-historia/
http://www.ventevenezuela.org/2018/08/06/falsear-la-historia-por-luis-barragan/
https://venezuelaunida.com/luis-barragan-falsear-la-historia/
http://venezuela.shafaqna.com/ES/VE/1462168

domingo, 15 de julio de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO






- William Niño Araque. "(Carlos Raúl) Villanueva: Tiempo de este lugar". El Nacional, Caracas, 25/05/1980.
- Ovidio Pérez Morales. "La enseñanza de la historia". El Nacional, 16/07/78.
- Pascual Venegas Filardo y las líneas férreas. El Universal, Caracas, 20/09/82.
- Guillermo Meneses. "Contra la juventud". El Nacional, 05/6/66.
- Gustavo Tarre Briceño. "Ética y política". El Nacional, 09/01/89.

Reproducción: Rosario Marciano. Élite, Caracas, nr. 1901 del 03/03/1962.

jueves, 31 de mayo de 2018

... INTERMEDIA

El Nacional, Caracas, 02/07/1986.

viernes, 29 de diciembre de 2017

TIPIFICACIÓN HISTÓRICA

EL PAÍS, Madrid, 31 de diciembre de 2017
COLUMNA
Año 2018
Nunca se cumplen años. Se cumplen salud o enfermedad, ilusión o desengaño
Manuel Vicent

La historia no tiene nada que ver con anales del calendario. La deciden las hecatombes, las guerras, los descubrimientos, las hazañas de los héroes. El siglo XX terminó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y el siglo XXI se inició con el 11 de septiembre de 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. Sucede lo mismo con la vida. Los años no empiezan el 1 de enero, sino a mitad de septiembre con el curso escolar, que viene a coincidir con el inicio del ciclo agrario de la naturaleza. Mientras los niños van a la escuela en otoño se produce la sementera. La semilla del trigo se pudre y germina bajo tierra, como los sueños, y en junio se realizan los exámenes y la siega. La vida tiene una estructura dramática, con planteamiento, nudo y desenlace, cuyos éxitos, fracasos, felicidad o desdicha, los decide el azar, al margen del almanaque. La infancia termina cuando con la llegada del uso de razón el niño percibe que sus padres no son inmortales. Esa es la verdadera expulsión del paraíso, el final de la inocencia, el presentimiento de la muerte. El adolescente se convierte en adulto cuando comprende que sus maestros, lejos de tener siempre la razón, pueden ser contestados. La inocencia y la rebeldía constituyen el planteamiento de la vida; el sexo, el amor, la ambición, el mando y la sumisión forman el nudo; el desencanto y las ilusiones perdidas son siempre el desenlace. Estos son días de hacerse preguntas esenciales, por ejemplo, qué tiene para uno más interés, un análisis político y económico o un análisis de orina; qué va a suceder de terrible, de placentero, de orgiástico, de tenebroso, de insólito en este año de 2018, que pueda alterar el curso de la historia; o si todo seguirá igual de rudo y pedregoso, consabido, rutinario. Nunca se cumplen años. Se cumplen salud o enfermedad, ilusión o desengaño.

Fuente:

domingo, 29 de octubre de 2017

LARGO SEPELIO

EL NACIONAL, Caracas, 29 de octubre de 2017
Hacia la muerte histórica
Elías Pino Iturrieta
 
Los fenómenos históricos marchan con calma hacia el cementerio. Su desaparición no es automática. Está sujeta a pugnas entre el presente y el porvenir que parecen interminables. La búsqueda de la inmediatez de los cambios es una ilusión sostenida en las necesidades de quienes padecen las vicisitudes de una época determinada. Sin embargo, la inmediatez es detenida por la influencia de los factores que han hecho domicilio en el interior de un establecimiento y pretenden permanencia, pese a los deseos de quienes claman por una mudanza perentoria. El reloj habitual no sirve para medir el tiempo de las grandes transformaciones de la sociedad. Solo tiene utilidad para calcular el horario fugaz de quienes lo llevan en la muñeca. La impaciencia está condenada a perder la batalla con los dominadores de los grandes procesos que conmueven a las sociedades. Son cosas que no digo por primera vez, las he asomado en el aula y en mis páginas, pero vuelvo a ellas cuando veo la juramentación de los adecos ante la constituyente y las iras que ha provocado. Trataré de explicarlas desde mi deformación de historiador.

La “revolución bolivariana” no es una novedad en el transcurso de los hechos esenciales de la segunda mitad del siglo XX, sino una señal de postrimerías. En la década anterior al advenimiento de Chávez, o quizá antes, sucede un declive de la democracia representativa que facilita la posibilidad de lo que parece un desenlace, pero que solo es la evidencia del pronunciamiento de una decadencia que todavía no puede llegar a su desembocadura. La precariedad creciente de las organizaciones políticas, la importancia cada vez menor de los liderazgos dominantes, la mengua de la capacidad de convocatoria que antes movía masas entusiastas y crédulas, la multiplicación de actos de corrupción que pasan impunes permiten que unos protagonistas nacidos y crecidos en el seno de la misma situación se ofrezcan como reemplazo y remedio. El ocaso los invita, les pone alfombra para el tránsito, porque son parte de la misma fauna aunque se anuncien como figuras de una realidad distinta. El “socialismo del siglo XXI” es propuesto e iniciado por actores semejantes a los que quieren sustituir, parecidos como gotas de agua, criaturas del mismo vientre y guiñoles del mismo teatro en ruinas. No se les teme porque son asunto conocido, porque han actuado en las esquinas de la sociedad sin convertirse en amenaza inmanejable. Pasan de la periferia al centro, en el desarrollo del único libreto que pueden escribir unos autores extenuados y simular unos histriones que han perdido el imán. Ni siquiera las consignas son nuevas, ni las proclamas ni los uniformes de los lanzadores de arengas tempestuosas. Vienen del mismo vientre, mientras el público siente que contempla un debut. Ilusión, porque estamos ante un asunto de familiaridad.

Los factores del pasado que sienten el riesgo de su fin buscan avenimientos que les permitan supervivencia. Miran hacia una fauna del mismo pelaje viejo y seco, aunque esté retocado con colores de moda, para evitar el empellón que de veras los saque del juego. Cuando la sociedad se propone en medio de tropiezos infinitos, entre tumbos que parecen infructuosos, la inauguración de tiempos nuevos y realmente diversos, los elementos decrépitos se juntan para disimular su agotamiento, o para prolongar un moroso viaje a través de gestos desesperados. La reunión de los adecos juramentados con los juramentadores de la “revolución” no es el encuentro de lo viejo con lo nuevo, del presente con unos antecedentes dormidos en sus túmulos, sino lo más parecido a la armonía de los ancianatos. Los ancianos se las arreglan para seguir dando guerra. Sienten que las malas artes de la juventud los han dejado en la orilla del camino y se aferran a las vitaminas fabricadas en su cocina, que les darán un tercero o un cuarto aire que no quiere soplar.

En consecuencia, la operación de supervivencia no viene ahora de una transacción de fuerzas antagónicas, sino del lazo que establecieron desde antiguo para seguir en el candelero. No llevan a cabo una traición, por lo tanto. Solo ponen cuatro pulmones para inflar el mismo salvavidas. Si preguntan sobre el hasta cuándo, si quieren saber sobre lo que debe suceder con la logia de vejestorios, debo recordar que el cronómetro de la historia se toma su tiempo.

Fuente:
Ilustración: Giuseppe Veneziano.

domingo, 15 de octubre de 2017

PROTECCIÓN

Una nota de Ramon Alberto Rivero Blanco

Hace 30 años, una pelusa, ya pasaron 30 años.... Nelson Delgado Peña, Pablo Amaíz y el que esto escribe protegíamos a CAP en su caminata a unas elecciones democráticas en Venezuela... Muchos hombres de bién también lo acompañaron... recuerdo a Campos Silva, Coromoto, Rocco, Soto, Murphy, Depablos, Homero Márquez, Sánchez Zamora, el Coyote, Narvaez, Pepe, Tabares, Tom, Marín, Sung, Salazar, Granados, Cortico, el Muñeco, Esteller, Cheo, Molina, Erasmo, Da Silva, Peñuela, Jackson y tantos otros que no me vienen ahorita a la memoria...

Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10154748405500706&set=pcb.10154748417800706&type=3&theater

Breve nota LB: Comentado en anteriores oportunidades, el aporte de RARB, fruto de sus pacientes investigaciones y registros,nos parece invaluable en relación a la historia política venezolana y, en particular, a la de la Armada. Por lo general, no le coloca marcas de agua a sus importantes hallazgos, aunque nos parece recomendable que lo haga, respondiéndonos que son innumerables sus archivos, creyendo más relevante compartirlos.

Las gráficas en cuestión, seleccionadas dos, referidas a momentos de la vida pública del presidente Pérez y al desempeño de un personal leal, contribuyen a la reflexión histórica, evitando que desaparezcan para facilitar - así - las recurrentes e interesadas distorsiones.  Evitando extendernos, por lo menos, el contraste luce harto evidente: ayer se sabía de los profesionales de seguridad que no temían exhibirse y revelar sus identidades, mientras hoy nadie puede indagar al respecto y, mucho menos, expresar sus dudas sobre la nacionalidad misma de quienes velan por  los más altos personeros gubernamentales.

sábado, 7 de octubre de 2017

CAZA DE CITAS

"Nos regían las Constituciones más sabias y progresistas pero no significaban nada para el país. Nos gobernaban leyes teóricamente sublimes y sin embargo el venezolano gozaba de menos libertad que en los países gobernados por monarquías absolutas. Los hechos no se regían por el derecho. Parecía que nuestra historia fuera una sucesión de vías sin salidas"

Carmelo Vilda, SJ

("Proceso de la cultura en Venezuela II [1810-1908]",  UCAB - Centro Gumilla, Caracas: 31)

Fotografía: "Cocheros frente a la estación del ferrocarril Ingles,fábrica Chocolatera La India, reloj Guzmancista": https://www.pinterest.com/pin/384917099387377331/

martes, 8 de agosto de 2017

LAS TRES MARÍAS SE QUEDARÁN ATRÁS

El que no conoce su historia, termina siendo extranjero en su propia patria
¿Qué ha sido de nuestra historia?
Raiza N. Jiménez

Tal como van pasando los días, poco quedará en pie de nuestra HISTORIA, pienso que los carajitos, van a salir raspaos en Historia patria, sólo se salvarán si se encuentran una maestra que tenga buena memoria. Pasan tantos desaguisados a diario que, no hay tiempo de traducirlos y, mucho menos, darles un serio encuadre. Las tres Marías se quedarán atrás frente a tanta eventualidad sin nombre, que vivimos diariamente.

No hay mente preparada para aprender de un plumazo lo que costó miles de vidas y, hoy inspira gran rechazo.

Por ejemplo, El Negro Primero, quedará de último, porque hay un nuevo Negro, que anda en todas las ramas y le quitó el puesto en la Historia.Y el niño Simón que antes era blanquito ahora es un mulato bembón que no tiene compón. Bolívar ya no es mantuano, ahora es el hijo de la Negra Matea y, no se bañaba en baño, pero sí en una batea. La tumba se la violaron no se sabe con que fin, le cambiaron el vestuario y de la osera sólo quedó el polvo y, creemos que fue a parar a un jardín. Miranda ni en la Carraca descansa, se convirtió en un realista por andar en la realeza.

El pobre Simón Rodríguez, se quedó allá en el hospicio ya nadie le reconoce su magnificado oficio.Y de los otros mortales, que nos legaron con su gloria la libertad, no se les rinde homenaje ni en los actos culturales.

Y que decir de las glorias de las letras, Bello, Blanco, Uslar, Gallegos y, esos otros, que escribieron tantos relatos solo quedan los retratos que no los mira ni Petra. Pero, como ahora, nadie "escrebe", todos toman distancia y se los esconde bien lejos, para no ver la ignorancia. Sin embargo, no se engañen que el refrán l que los encuadra ya se puso de boga: "En casa del ciego el tuerto es rey". Y acá en esta nueva historia, nadie quiere ser tuerto y todos se sienten REY.

El sistema de gobierno pasó de democracia a autocracia y se inclina hacia Dictadura y como practica de entrada, nos han puesto la vida dura.

Que buena broma mis hijos, nos echó esta ROBOLUCIÓN , nos está cambiando la HISTORIA y, más que todo, el honor de ser venezolanos, robándonos también la ILUSIÓN y el gusto de ser hermanos.

Fuente:
https://www.facebook.com/raiza.jimenez1?hc_ref=ARRadW9-TbK5bWrAx0wpjj25-7w4FEIb7zWpHkxdRhtSsi98yMTsuUM9Vg2d1qyaFOU

domingo, 30 de julio de 2017

HISTORIETOGRAFÍA, TODOLOGÍA Y ... TAQUIMIQUIS

EL PAÍS, Madrid,29 de julio de 2017
 SILLÓN DE OREJAS
El pasado es impredecible
Manuel Rodríguez Rivero

1. Revisionismos

En uno de los últimos episodios de la tercera temporada de Fargo, mister J. M. Varga (David Thewlis), un villano particularmente siniestro, afirma que el pasado es impredecible. No he dejado de pensar en tamaño apotegma durante mi lectura de La crítica de la crítica (Siglo XXI), de Alberto Reig Tapia (1949), un historiador a quien vengo prestando atención desde los ochenta, cuando investigaba acerca de la terrible violencia y represión de la Guerra Civil y el primer franquismo. En su último libro vuelve a adoptar el tono militante que le caracteriza y que no excluye el empleo de la ironía y el sarcasmo despiadado. En esta ocasión su objeto es la historietografía —el neologismo es suyo— que nos han vendido, a menudo con notable éxito comercial, esos “historiadores” y politólogos que, en la estela del inefable Pío Moa —y, antes, de Ricardo de la Cierva—, tomaron fuerza a partir de la reacción promovida por los partidarios del rearme ideológico de la derecha a finales de los ochenta, rompiendo espectacularmente el “consenso historiográfico” en torno a la guerra de 1936-1939. Ustedes ya saben de qué van: que si la República fue un régimen ilegítimo, que si la Guerra Civil la iniciaron “en realidad” los cabreadísimos huelguistas asturianos que se rebelaron en 1934, que si Francisco Franco fue, en el fondo, un hombre todo ternura al que su patriotismo y sentido de la historia llevaron a alzarse contra aquel Gobierno ilegítimo y, tras tres años de guerra alargada por la pertinaz hostilidad de las izquierdas, llevar a cabo la misión de edificar un régimen autoritario para detener al verdadero totalitarismo de los enemigos de España, y, de ese modo, volver a poner a este país en el mapa de la Europa libre, etcétera. Reig Tapia desmonta implacablemente a los revisionistas con su “crítica de la crítica” de los (subtítulo) “inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes”. A todos ellos, también a los todólogos del expertariado mediático que aventaron sus “hallazgos” urbi et orbi, como si, en vez de un intento de damnatio memoriae, se tratara de un nuevo paradigma historiográfico. Particularmente ilustrativo es el capítulo 3, en el que —a propósito de la biografía muy difundida de Franco (Espasa) de Stanley G. Payne (1934) escrita en colaboración con el “fascista reciclado de periodista” Jesús Palacios— se analiza con rigor (que no excluye la mala uva) la trayectoria del historiador estadounidense, desde sus celebrados libros sobre el fascismo y el Ejército español (que, por cierto, tuvo que publicar en Ruedo Ibérico para soslayar la censura franquista) hasta “su giro epistemológico de alcance copernicano” y su actual ausencia de rigor y ceguera histórica, algo, por cierto, reconocido por grandes hispanistas (nada bolcheviques) como Raymond Carr (1919-2015) o Gabriel Jackson (1921). Un libro polémico y agresivo de un historiador que no deja títere (historietógrafo) con cabeza, pero que deberían leer todos los interesados en cómo nos cuentan la historia cuando no sólo nos cuentan la historia.

2. Archivos

Me cuenta Jorge Herralde, cuyo long good-bye a la edición se prolongará hasta que el cuerpo aguante (como Elizabeth II, mi reina favorita), que en Anagrama llevan más de un año “ordenando y catalogando” el archivo de la editorial. Con un catálogo de calidad media sobresaliente compuesto por más de 2.500 títulos de autores de los cinco continentes publicados a lo largo de casi medio siglo, uno puede imaginarse lo que Lali Gubern, responsable de la tarea, y Susana Castaño, la becaria que la ayuda, estarán encontrando: correspondencias, avisos, tiquismiquis, cabreos, peticiones, rupturas, fotos. Supongo que deben de haberlo guardado todo, como las urracas, porque el editor me ha enviado amablemente fotocopia del tarjetón que le mandé cuando dimití como director adjunto de Alfaguara, en 1991. Me enumera algunas de las correspondencias encontradas con distintos autores y críticos, incluyendo —añade— “alguna otra que puedes suponer”, y que imagino que se trata de las notas y cartas enviadas por Marías en los tiempos en que el novelista y Herralde eran uña y carne: ¡lo que daría por leerlas! (también las de Herralde). El esfuerzo me parece encomiable, sobre todo en un país en el que el descuido y la desidia de las editoriales hacia su propio pasado es moneda corriente. En mi vida profesional he trabajado en varias editoriales, entre ellas dos pertenecientes a sendos grandes grupos; por cierto que, a la hora de preservar la memoria histórica, las grandes compañías son las peores, porque están más afectadas por cambios, estructuraciones y traslados, operaciones empresariales que son el mayor peligro para la supervivencia de los archivos de los editores. En una, la más antigua, la correspondencia histórica con autores de las generaciones del 98, del 14 y del 27 estaba ya hace años muy diezmada por robos o pérdidas; incluso hubo quien encontró en los traperos del Rastro cartas manuscritas de importantes autores dirigidas a sus correspondientes editores. Y, en otra, simplemente la correspondencia ha desaparecido; incluso la muy interesante y variada dirigida a Jaime Salinas, y que este, con la elegancia que le caracterizaba, había decidido dejar allí por estimar que formaba parte del patrimonio de la editorial, se había esfumado al poco tiempo de que el gran editor y maestro dejara el despacho. O, lo que es más chusco, quizás alguien, en alguna de las movidas y traslados que han afectado a los grandes grupos, decidiera que se trataba de papelote viejo y, como tal, lo enviara a algún ignoto almacén o mandara destruir como maculatura. Los archivos editoriales guardan una parte fundamental de la historia de la edición española, es decir, de nuestro patrimonio cultural. Debería ser tarea de todos conservarlos con esmero y permitir su acceso a los investigadores. Por eso me alegra que en Anagrama pongan su archivo en orden.

Fuente:
https://elpais.com/cultura/2017/07/26/babelia/1501085985_068966.html
Fotografía: David Theuwlis en una imagen de la tercera temporada de 'Fargo'

domingo, 5 de marzo de 2017

LA MENTIRA ENCUADERNADA

Historia y verdad
Ángel R. Lombardi

La historia es la mentira encuadernada. Como casi todas las disciplinas que forman parte de las llamadas “Ciencias Sociales”; muy entre ellas, la pretenciosa economía y sus cálculos probabilísticos, lógicos y matemáticos para detectar curvas de prosperidad y crisis. Alguna que otra vez, de tanto cruzar sus pronósticos, en suma atrevidos y aleatorios, logran algún tipo de acierto. Carlos Marx (1818-1883), un gran economista, que duda cabe, pronosticó el triunfo de la Revolución Socialista en la Alemania industrial de su tiempo: y se equivocó. Fue en la Rusia feudal, campesina, rural, pobre y despótica de los zares donde inesperadamente ocurrió, en el año 1917, y bajo derroteros contrarios a la utopía social que se aspiraba construir.

La “Nueva Clase” (1957) (Milovan Djilas, 1911-1995) sustituyó el socialismo por la “dictadura del proletariado” para eternizar a una nueva oligarquía o "élite burocrática" sólo que con pelaje, simbología y discurso “popular” revanchista. El experimento de la URSS fue trágico mientras los países capitalistas más avanzados hicieron concesiones “tácticas” al ideario socialista desde la aparición de los sindicatos hasta alcanzar sistemas públicos de protección social. En el caso de la América Latina los capitalismos y socialismos que han sido probados son embriones deformados cuyo daño generacional, en términos humanos, la historia oficial escamotea sin apenas ruborizarse por ello. Durante la Guerra Fría (1945-1991) ambos “sistemas” mintieron e hicieron alardes propagandísticos desmesurados como los estadounidenses y su triunfo al llegar a la luna o los soviéticos con el deporte. Hoy, existe una “teoría conspirativa” que considera un ardid el alunizaje, mientras que ya no existen dudas acerca del dopaje masivo de los súper atletas del Este.

La historia termina siendo propaganda y sus escolares los principales adoctrinados. ¿Qué hacer ante tanta falsedad, manipulación e impostura? Entender que la historia y las disciplinas hermanas que le acompañan son manifestaciones artísticas, literarias e intuitivas cuyo grado de cientificidad variará de acuerdo a las formalidades y convenciones académicas a la moda del momento. Las ciencias sociales son ciencias humanas cuyas premisas esenciales son la duda, la imperfección y el error. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”. (Jorge Luis Borges, 1899-1986)

La “verdad” es Dios para un creyente, mientras que para el científico social es la duda metódica persistente; unos resultados consensuados en permanente revisión. El objetivo de la ciencia no es la verdad; en cambio sí el conocimiento, eso sí, siempre precario alrededor del misterio de la existencia. Historiar es analizar y comprender libre de prejuicios; y como dice Borges: “La verdad histórica no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”. Tamaña vanidad esa la de erigirnos en jueces omnipotentes sobre unos recuerdos arrebatados al inclemente olvido.

Distinguir el mito de lo histórico es uno de los más grandes desafíos para quienes nos aventuramos a conjeturar sobre el pasado aspirando a un mínimo de credibilidad; y aún así: fallamos reiteradamente porque la mentira es superior a la verdad.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinioncultura/29248-historia

viernes, 2 de diciembre de 2016

ASIMILACIÓN DE LO VIVIDO

EL NACIONAL, Caracas, 28 de noviembre de 2016
Memoria, lenguaje e historia
Ofelia Avella 

Además de ser fascinante, la reflexión sobre el valor de la memoria y su relación con el lenguaje se va revelando como importante en un mundo que cada día acelera nuestra capacidad de conocer y sentir. Las presiones que ejercen los nuevos modos de comunicación apuran la percepción de las experiencias y a veces perturban la necesaria lentitud de todo proceso de asimilación de lo vivido. La rapidez aturde; subestima el valor del pasado. Deshace la ruta; extravía.
Los tiempos interiores piden su espacio para hilar los días y los años; para rescatarlos de un olvido que reduciría nuestra memoria a una versión bastante fragmentada de nosotros mismos. Cuando se mira hacia atrás desde la intimidad, tallamos una individualidad en la que se trenzan momentos que convergen en un presente más comprensible. Con la memoria colectiva sucede lo mismo. Asimilar un pasado compartido por muchos nos devuelve un presente distinto. Reconocido y asumido; susceptible de ser transformado y reorientado. Ambas memorias se implican y se enfrentan; se cotejan y confluyen en el ahora en que estamos. Cuando una falta, la otra se debilita, pues la interioridad germina en medio de unas circunstancias que se delinean como contexto histórico. Cultivar ambos modos de mirar hacia atrás salva de la amenaza de ser succionados por una espiral de ansiedad que nos desorientaría a todos por igual. Somos memoria y lenguaje, pero también historia, porque ni la vida ni las palabras nacen en el vacío. La cultura es en el fondo esta tríada.
La vivencia de unos tiempos registrados con premura deriva en procesos mal asimilados; en recuerdos dejados atrás, como desconectados del presente, y en palabras que pueden terminar atajando solo instantes, a modo de anécdotas o sucesos desperdigados, que poco tocan lo profundo. Por eso importa tratar de discernir nuestro centro de unidad, ese punto desde el que poder contrastarnos con referencias que nos encaminen. En medio del ajetreo diario, nuestro verdadero yo pide siempre reflexión para evitar que la existencia sea entrecortada. A esto debe tender la educación, sobre todo de la historia y de la lengua, creo yo, pues la conciencia histórica –configurada en palabras– nos constituye como personas y como nación.
Pensar, hablar, escribir, leer, escuchar a otros y reconocerse en ellos activa en nosotros la misteriosa posibilidad de acoger esos recuerdos que clarifican nuestro presente, pues “la manera de revivir el lenguaje es una forma singular de memoria”, como dice el filósofo español Emilio Lledó. Las palabras nos sustentan; fundan y crean mundos. Sostienen culturas, desvelan lo que somos, encauzan nuestras inquietudes y guardan nuestra intimidad. La memoria personal se va formando y estructurando en medio de un contexto de encuentro con muchos otros que también piensan y recuerdan; que dialogan y generan opiniones. Que inciden en sus circunstancias cuando hablan y responden, tanto a las situaciones como a las personas. Da la impresión de que tenemos que pasar por las miradas de los demás para descubrirnos en lo parecido y en lo contrastante; para conocernos en eso que nos acerca y distancia de sus mundos. Las experiencias sociales, todo ese bagaje de conocimientos acumulados y pasados por el tamiz de las más diversas opiniones, se nos ofrecen en palabras.
Ese pasado se conserva en la memoria de los libros, pero también en la tradición oral que se regala a cada nueva generación en toda historia familiar y en cada recuerdo de un maestro, de unos padres, de unos abuelos o bisabuelos, si se tuvo la dicha de conocerlos. Se trata de un proceso de apropiación activo: “Entender la historia es entender, más o menos conscientemente, la forma en la que hemos sabido incorporar, en la luz de las propias palabras, el significado de las ajenas” (Lledó).
Las crisis de memoria duelen y desorientan, pero toda dislocación es muy fértil porque obliga a mirar hacia dentro y hacia atrás mientras presiona al yo auténtico hasta que salga.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/ofelia_avella/Memoria-lenguaje-historia_0_964703539.html
Iustración: Edgar Guzmanruiz.