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viernes, 24 de julio de 2020

BOLÍVAR

Fernando Falcón: “Los bolivarianos le han hecho mucho daño a la imagen del Libertador”
Cuando se cumplen 237 años del natalicio de Simón Bolívar, el historiador militar y doctor en Ciencias Políticas destaca la importancia de la formación castrense del Libertador, frente al antibolivarianismo que impera en las redes sociales y a la revaloración de los héroes civiles, producto de los avatares políticos del presente. ¿Por qué Bolívar ya no es cool? ¿El madurismo está haciendo a un lado la imagen de Bolívar?
Jesús Piñero
 
El 31 de marzo de 1830 se difundió en Caracas el número 27 de El Fanal, el periódico editado por Tomás Lander y que se perfilaba como uno de los medios opositores a Colombia. Una nota en la última página, firmada por los editores, es suficiente para entender los ánimos del momento: “Bolívar es un déspota, un malvado, un ambicioso que pretendía elevarse sobre la ruina de los pueblos”.

El Libertador no era persona grata en los meses previos a su deceso. La separación fue un hecho y los tiempos tampoco auguraron buenas nuevas para su proyecto. Sin embargo, del difunto no se puede decir lo mismo: en menos de una década, después de la tormenta en su contra, se gestó la religión política más grande del país: el culto a Bolívar.

La historia no se repite, pero rima. A 190 años de aquella publicación, los ánimos parecen volver a ser los mismos, pero con sustanciales diferencias: ya no se escriben notas en libelos ni pasquines, ahora los 280 caracteres de Twitter bastan para descargar la histeria contra el Libertador y todo lo que huela a militares. Pero una cosa es Bolívar y otra muy distinta el bolivarianismo, que, para Fernando Falcón, profesor y director de los doctorados de Ciencias Políticas y de Historia en la Universidad Central de Venezuela (UCV), tiene tres grandes vertientes: adoración, aprovechamiento y revisionismo. Aunque distintas, coinciden en algo: todas, para alabarlo o desprestigiarlo, le hacen daño a la figura del prócer.

Falcón es militar de carrera, politólogo de profesión e historiador de oficio. Después de graduarse de la Academia Militar de Venezuela en 1977, hizo una Maestría en Derecho Internacional Económico, luego una Especialidad en Derecho y Política Internacional y, finalmente, el Doctorado en Ciencias Políticas que oferta la Facultad de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV, sitio donde cursó toda esta trayectoria académica. Allí también conoció a su maestro Luis Castro Leiva, a quien sirvió como último asistente y tutorado doctoral. Hoy, Falcón, junto a otros académicos, procura mantener el legado de Castro Leiva.

El cadete de los Valles de Aragua, el concepto de política y guerra en Simón Bolívar, fue la investigación con la que obtuvo el grado de doctor en la UCV y con la que continuó la línea de investigación dejada por su tutor. Con ese y otros trabajos, como La campaña libertadora de 1816 y varios artículos y capítulos de libros y diccionarios dentro y fuera de Venezuela, adquirió credenciales no solo para hablar de la actuación y formación militar de Bolívar, sino también de la utilización de su figura como justificación de los gobiernos posteriores. Destaca que tanta parafernalia sobre Bolívar tuvo reacción: ahora se intenta desacreditar su figura por las circunstancias políticas del presente, despreciando su herencia y buscándole sustitutos.

—El bolivarianismo tiene tres grandes vertientes y creo que todas le hacen daño a la figura de Bolívar. En primer lugar, ya Germán Carrera Damas y Castro Leiva lo habían planteado, están los adoradores de Bolívar, que lo ven como “El Cristo Redentor de América”, el hombre que fue capaz de tejer desde la ecología, pasando por las relaciones internacionales hasta el equipo de infantería-tanque de la Segunda Guerra Mundial. Todas esas cosas se han dicho. En segundo lugar, están aquellos que se han aprovechado de Bolívar para propósitos políticos. Ejemplo claro, nuestro régimen actual, que no halla cómo hacer para mezclar marxismo con bolivarianismo, cuando uno conoce tanto el artículo sobre Bolívar de la enciclopedia redactado por Carlos Marx, como las cartas que Marx le mandaba a Federico Engels, donde le hablaba horrores del Libertador. Y los terceros son esa especie de revisionistas de la historia pero que son incapaces de consultar un archivo, gente que quiere 5 minutos de fama hablando de Bolívar como “genocida”, cuando el genocidio como concepto no existía.

—Bolívar ya no es cool. Hay gente, intelectuales incluso, que hablan pestes sobre él, dicen estar cansados del culto, ¿hasta qué punto esa revisión de su figura es válida?

—Ellos y los bolivarianos le han hecho mucho daño a la imagen del Libertador, que yo creo que tenemos que dejarla descansar, estudiarla en su justa dimensión. Él fue un político notable, un militar notable y, así me caigan encima, el venezolano más universal que hemos tenido, por encima de Francisco de Miranda. Más universal por la influencia que tuvo y que tiene. Por ejemplo, yo estudié en la École de guerre y allí se estudia la campaña de Boyacá, en textos de teoría política uno se encuentra con Bolívar. Miranda es nuestro hombre de la farándula y Bolívar es el tipo duro, pero como hemos abusado tanto de él, no lo hemos colocado en su justa dimensión: él es El Libertador, el forjador de una nacionalidad, no la venezolana, sino la colombiana, pero otros lo ven como el caudillo separatista de América.

—Ese grupo antibolivariano agarró fuerza en la actualidad, ¿se puede decir que es una reacción ante el uso de Bolívar hecho por los gobiernos chavista y madurista?

—Absolutamente, pero ojo: una de las cosas que a mí me llamó la atención de mi maestro Luis Castro Leiva es que él decía: “Mira, va a llegar un momento en el que alguien se va a tomar esta cosa de Bolívar en serio y va a gobernar en nombre de eso”. Nadie le creía y sucedió. Bolívar para cualquier marramuncia, para cualquier bajeza. Y eso es de lado y lado. Yo no digo que hay que matar a Bolívar. Bolívar está muerto. Pero hay que ubicarlo como lo que fue: El Libertador. Yo no lo llamo ni siquiera “padre de la patria”, porque su patria fue Colombia siempre, esa fue su gran ilusión: un Estado grande, fuerte y poderoso, pero también un Estado improbable desde el principio. Cuando él dejó de ser una figura política, porque él murió políticamente en el año 1829 después de la Convención de Ocaña al asumir la dictadura, en ese momento Colombia desapareció. Es más, Colombia desapareció primero que él y fue hasta allí.

Ahora, ¿qué ha ocurrido? Algunos han querido tratar a Bolívar de genocida, porque, por ejemplo, se mataron a 800 españoles en La Guaira, pero no han revisado el manifiesto que le dice al mundo cada una de las cosas que hicieron Monteverde, Morales y Boves. Las matanzas fueron espantosas. Uno revisa los expedientes y se da cuenta de que fue una masacre. Pero entonces ven un solo lado de la historia para atacar a Bolívar y tener fama. Hubo una orden que dio Bolívar de matar a toda la gente de La Grita, el documento existe, pero hay dos detalles: no está firmado por él y no mataron a nadie. Es muy fácil sacar el documento y decirle a Bolívar sanguinario y no investigar lo que sucedió realmente. Entonces, si nosotros no somos cuidadosos con nuestra propia historia porque estamos pensando en el hoy, estamos pensando en lo que está sucediendo, corremos el riesgo de simple y llanamente perder el rumbo. No se trata de hacer una épica, se trata de ser objetivo.

—La visión de esos revisionistas parece sustituir a esos llamados héroes por otros, por ejemplo: ya no es Bolívar, ni los militares, ahora son Roscio y los civiles. ¿Eso está vinculado con el desprecio a todo lo castrense que impera hoy entre los venezolanos?

—Claro, pero es como te repito: son 15 minutos de fama sin revisar archivo. Hay una carta de Juan Germán Roscio, un hombre absolutamente meritorio, en la que se lamenta que tenga la edad que tiene para poder agarrar un fusil. Francisco Javier Yanes –para mí el pensador político más profundo que tuvimos en la independencia, por encima de Roscio incluso– fue lancero en El Yagual, comandó un escuadrón de caballería con Páez. Fernando Peñalver era intendente del ejército. Entonces, ¿de qué civiles y de qué militares estamos hablando si esa noción no existe en la república? En la república todos eran soldados. Pedro Briceño Méndez, que luego es general, ascendió al grado de coronel de una sola vez y siempre fue civil. Cuando uno revisa a los próceres, uno a uno, se encuentra con que no hay próceres civiles y tampoco militares. Esa es una falsa dicotomía, porque simple y llanamente no revisan, porque no van a las profundidades de la historia, por no entender lo que es el republicanismo clásico.

—En 1819, Roscio fue un profundo bolivariano, de hecho, echó por tierra todo lo que fue el ensayo de la llamada “primera república” de la que él fue artífice y apoyó la idea antifederalista de Bolívar, un aspecto del que se habla muy poco acerca de Roscio.

—Es que mira, como parte de todo este drama que estamos viviendo han querido hacer catarsis con la historia, y la historia no es para hacer catarsis. ¿Hasta dónde colocamos a Roscio? Hasta su justa dimensión, claro, ¿pero lo colocamos al lado de Bolívar? No, simplemente no. ¿Lo colocamos al lado de Santiago Mariño que fue otro de nuestros jefes de Estado? No. Lamentablemente aquí hubo una guerra de independencia, una guerra larga: duró desde el primer plomazo que fue el 7 de julio de 1811, dos días después de la Declaración de Independencia, hasta el año 1831, cuando se rinde José Dionisio Cisneros. Diez años después de Carabobo todavía había realistas peleando en Venezuela. Esos veinte años de guerra fueron librados por los que tenían las armas, llámenlos civiles o llámenlos militares. ¿Quién eligió a los diputados de Angostura? El ejército, existen las actas y hay trabajos sobre eso, y allí está claramente quiénes eligieron a los diputados. Entonces, ¿hasta dónde es lo civil y hasta dónde es lo militar? Pienso que tenemos que reflexionar sobre ese punto, la historia no es para hacer catarsis. Lo mismo pasa con las heroínas femeninas, que en el siglo XIX fueron mucho más honradas que hoy en día: Luisa Cáceres, Eulalia Chamberlain, Ana María Campos, Juana Ramírez, pero en el siglo XX desaparecieron. En esta época del bicentenario hemos olvidado la tragedia de una guerra de veinte años.

—A pesar de todo este antibolivarianismo exacerbado, paralelamente existe también un esfuerzo por reactualizar el culto a Bolívar: dos películas, una serie para Netflix, en las que también hay omisiones no sólo exigidas por el formato, sino también ideológicas.

—Hay un punto en común a todas las películas históricas y es que no consultan a historiadores ni para el vestuario ni para las actitudes, por eso terminan haciendo una enorme mamarrachada. Lamento que el Bolívar de Edgar Ramírez –para mí la mejor producción y caracterización que se ha hecho– se hiciera con una película tan mala. Las batallas son de una horda desarrapada que contribuye con otro gran mito, el que dice que esto fue una guerra popular. No, este era un ejército organizado, no sólo en 1821, sino también en 1813 y 1814. Hay un famoso mito de lo popular que se expresa en personajes como Pedro Camejo, quien fue un lancero que le cayó en gracia a Páez pero que ni siquiera formaba parte de su Estado Mayor. Hemos estado buscando lobbies modernos en la historia y terminamos deformando las cosas, por eso te digo que tan perjudicial son los adoradores extremos de Bolívar, así como aquellos que se han dado a la tarea de buscar en él cualquier cantidad de defectos, solo porque hubo un gobierno que no nos caía bien y que se denominaba bolivariano. Y digo hubo porque el actual dista muchísimo, y, si revisas bien, Bolívar ya está casi borrado del santuario oficial.

—¿En qué dista el gobierno actual con las ideas de Bolívar?

—Pero es que las ideas de Bolívar sólo fueron aplicables para la sociedad que teníamos en el siglo XIX, no para la modernidad. Ninguna de ellas, tan simple como eso. Las ideas de Bolívar son originales y él no fue un filósofo como muchos han querido verlo. Fue un hombre de acción que buscó lo mejor de la teoría política disponible en el momento para aplicarla a una realidad concreta, pero hoy en día no son aplicables, en lo absoluto. Por eso digo que hay que ubicar a Bolívar en su exacta dimensión, en lo que hizo. No traerlo al presente, que es un anacronismo. Bolívar sirve para todo, sus famosos pensamientos los sacan de contexto y sirven, además, para que tirios y troyanos hagan cualquier trastada y busquen en mil cartas escritas por él cualquier cosa que les acomode. Lo que sí es claro es que, con la muerte de Hugo Chávez, su sucesor ha ido arrinconando a Bolívar, ahora quedó nuevamente para las efemérides patrias y militares. Con Chávez hubo una exacerbación de lo bolivariano, muy traída por los cabellos, pero eso ya ha desaparecido; y hasta el mismo Chávez está desapareciendo.

—¿Por qué arrinconan a Bolívar? ¿Porque Bolívar ya no es cool?

—Es lisa y llanamente incompatible. El himno clásico del pensamiento republicano dice: para el republicanismo lo fundamental es la patria, entendida como el lugar donde se ejerce la libertad y están enterrados los huesos de mis padres, para el marxismo no es la patria sino la clase social, por encima de cualquier cosa está la hermandad de los pueblos del mundo, por ahí va la cosa. Y como el gobierno se ha ido radicalizando cada vez más, también se ha ido alejando de Bolívar. Si se logra atenuar este antibolivarianismo reactivo producto de la ola, yo creo que van a terminar, sin proponérselo, colocando a Bolívar en su dimensión real: como un constructor de naciones, como El Libertador que fue. Esa es su dimensión, su grandeza, su figura histórica, allí es a donde debe ir.

—¿Cómo es eso de que Chávez está desapareciendo en el madurismo?

—El marxismo no se lleva bien con el bolivarianismo. ¿Cómo hacer con un hombre como Chávez que se proclamaba bolivariano? El marxismo bolivariano es un oxímoron, no es posible ser bolivariano y ser marxista a la vez, eso está plenamente comprobado. Frente a un proyecto socialista la mejor solución simplemente es olvidar a Bolívar, ¿y por qué no también a Chávez?

24/07/2020:
Fotografías: Daniel Hernández.

lunes, 27 de abril de 2020

¿DA IGUAL QUE SE QUEDE O SE VAYA?

Guillermo Morón: “Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles”
Jesús Piñero
Guillermo Morón tiene 93 años y no se anda con rodeos para decir lo que piensa. Con esta entrevista al autor de la imprescindible obra "Historia de Venezuela", cerramos el ciclo de conversaciones con historiadores justo hoy cuando se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.
Guillermo Morón está sentado esperando a su hermano Armando. Es diciembre de 1935. Algunas agitaciones se sienten en Caracas, pero el interior del país continúa inerte, como siempre. En Carora pocos saben de la noticia y nadie tiene suficiente valor para repetirla. No es seguro y temen que los escuchen.
Morón tiene 9 años y no entiende la situación. Murmullos y miradas se suscitan en el pueblo. Cuando Armando llega por fin, se montan en un autobús hacia a Cuicas, en el estado Trujillo. Van callados y al bajar del vehículo todavía les toca caminar a pie un gran cerro y pasar la quebrada. Justo cuando van cruzando el agua, Armando, que va delante de él, se voltea.
—Te tengo que decir algo.
Guillermo Morón pensó lo peor: la muerte de su madre, doña Rosario Montero de Morón. Pero no dijo nada y esperó a que su hermano continuara. Armando se le acercó al oído, miró a los lados y le susurró como si alguien los observara en medio de la nada.
—Se murió Gómez.
Guillermo Morón, el niño
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era tal el miedo hacia la tiranía gomecista que Armando esperó estar en el monte profundo para contarle la noticia de la muerte del dictador a su hermano menor. El país se preparaba para un nuevo capítulo en su historia.
En Cuicas pasaban los fines de semana, porque estudiaban en Carora, estado Lara. 30 o 40 minutos antes de que su padre entrara por la puerta principal de la casa, doña Rosario Montero sentía el andar del caballo al llegar al pueblo.
“Me acuerdo de que en mi pueblo, mi papá se oía en el campo y mi mamá lo sentía antes de que llegara: ‘Llegó Morón’, decía. Mi papá había entrado al pueblo a caballo. Le daba una patada al portón y entraba”.
Así llegaba del conuco todos los sábados. Su progenitor era un jinete campesino en una Venezuela que se bajaba del caballo y empezaba a andar sobre las ruedas de petróleo.
El niño Morón es hijo de las postrimerías del siglo XIX. Nació el 8 de febrero de 1926 dentro de un matrimonio que tuvo 5 hijos varones. “Armando era el mayor, el inteligente y culto que fue maestro de escuela toda su vida. Marco Mario, que era un vagabundo de primera, que no aprendió a leer pero que se hizo rico, gran mujeriego. Mi hermano Óscar murió muy temprano, a los 14 años. Y mi hermano Chui (Jesús María) que murió hace tiempo. Yo era el cuarto”.
Una generación que abría el siglo XX, indiferente a la política, que era asunto de los andinos, los amos del valle capitalino.
Los tres tiranos
Dos meses después de aquella conversación con su hermano Armando, Guillermo Morón cumplió 10 años y, a pesar de su niñez, empezaba a comprender la situación nacional y escuchaba por radio al nuevo presidente, Eleazar López Contreras, quien anunciaba su programa de febrero.
Esos son los recuerdos más lejanos que conserva en su memoria sobre la política venezolana. Vivía en Carora y recibía clases de don Cecilio Zubillaga Perera: “Un gran maestro que nos enseñaba a leer y a escribir, él me quiso mucho y yo lo quise mucho a él también. Fue muy amigo de mi mamá y creo que esa es una de las influencias más directas que yo tuve, además de mi mamá que fue maestra de escuela”.
La democracia era una idea imposible, ciega para el momento, según el propio testimonio de Morón. Y aunque la dictadura gomecista ha sido vilipendiada dentro de la historiografía, él es un sobreviviente que se atreve a calificarla como positiva: “La época de Gómez es muy buena, Gómez acabó con los ladrones, acabó con los bandidos. Metió a la cárcel a todos los políticos malos, de manera que la dictadura de Gómez fue para mí positiva, porque este es un país de bárbaros, y llegó Gómez y puso orden”. Aunque no por eso deja de categorizarlo como un tirano y compararlo con Fidel Castro y Hugo Chávez. Tres cuadros de estos personajes cuelgan de su biblioteca personal.
—¿Hay alguna similitud entre los personajes de esos cuadros?
—Gómez no tiene ninguna similitud con Chávez ni con Fidel Castro tampoco. Pero yo los llamo los tres tiranos, tres tiranos distintos: Gómez, Castro y Chávez. La inteligencia los distingue. Fidel Castro sacó de Cuba a todas las prostitutas y a todos los bandidos norteamericanos que iban a putear en Cuba. Simple y llanamente eso. Hugo Chávez fue un hombre inteligente, muy venezolano. Esa expresión “esta noche te voy a dar lo tuyo” es típica de los venezolanos vulgares, él los comprendió bien. Y Gómez puso orden, pagó la deuda externa que veníamos arrastrando desde hace muchos años. Tuvo muchos aspectos positivos, el único negativo es que no había libertad, esa común y corriente.
—¿Y qué significa para usted la democracia?
—La palabra democracia es una proclama de los enseñadores. La democracia es la vivencia del pueblo. No es un poder, es una convivencia y los venezolanos hemos convivido durante 500 años. La democracia no solamente fue ese período de 1958 a 1998, no. La democracia es la convivencia que siempre ha habido, y los venezolanos tienen que volver a recuperar el camino de la democracia, de la convivencia del pueblo.
La democracia se convierte en oligarquía cuando no se conoce bien la historia del país donde se pretende implantar. Uno de los más graves defectos de los dirigentes políticos venezolanos es el desconocimiento de su propia historia de pueblo.
La Historia tras su historia
Cuando salió de bachillerato quería estudiar Derecho, pero gracias a la influencia de su madre y de su maestro don Cecilio Zubillaga Perera, se fue para Caracas y se inscribió en el Instituto Pedagógico Nacional, que hoy pertenece a la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). ¿Por qué? Urgía una carrera rápida para cubrir los gastos de la casa.
“Yo aprendí del maestro que el estudio es el fundamento principal de la vida ciudadana en cualquier parte del mundo. A los 17 años me dijo ‘Moroncito, váyase para Caracas, porque como su mamá es maestra, sus tías han sido maestras y un abuelo suyo fue también profesor, usted puede convertirse en un buen maestro”.
Cuando terminó, viajó a España y se doctoró en la Universidad Central de Madrid, hoy Universidad Complutense. Lo hizo porque su madre lo quería ver lejos de la escena política venezolana, que no auguraba buenos tiempos.
Durante aquella estadía madrileña, en los años cincuenta, conoció a María Ilaria, quien después se convirtió en su esposa.
Como si se tratara de ayer, Guillermo Morón todavía rememora la escena ocurrida en la capital de España: “Estaba frente al templo donde se casó Simón Bolívar, yo la había conocido a ella ligeramente, y de repente llegó ella por detrás y me tocó y me dijo: ‘¿Usted es el indio que me está esperando?’. Y ahora es mi mujer. Ella se casó con el indio”.
Morón también fue de los primeros latinoamericanos en obtener la Beca Humboldt, que otorga la Embajada de Alemania, con la que estudió Filosofía en la Universidad de Hamburgo.
A su regreso a Venezuela, a mediados de 1958, se encontró en un país que transitaba hacia una democracia estable. Hasta entonces llevaba una vida académica en la Universidad de Hamburgo, donde ejercía como profesor.
Al reabrir la Universidad Central de Venezuela (UCV) intentó ingresar a la recién inaugurada Escuela de Historia, y no le fue posible porque el comunismo universitario lo tachó como un hombre de derecha: “En la UCV no me recibieron, a pesar de mis títulos y publicaciones, porque estaba dominada por los comunistas, entre ellos un señor llamado Germán Carrera Damas”.
El marxismo marcaba la pauta y Guillermo Morón era visto como un clásico, como un estudioso atrasado de una historiografía a superar. Tiempo después entró a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y a la Universidad Simón Bolívar (USB), pero a esas casas de estudio no les dedicó mayor tiempo.
Carlos Felice Cardot influyó en Morón para que se quedara en Venezuela y así logró ingresar a la Academia Nacional de la Historia: “Cuando regresé inmediatamente me nombraron numerario y tenía 33 años, eso fue en 1959. En la Academia fui primero director de publicaciones y después director”. Cargos que le permitieron llevar a esa corporación a su época dorada en cuanto a las publicaciones, la organización de su archivo y a la creación del departamento de investigaciones históricas. Su esfuerzo por hacer de la historia una disciplina para todo público, fuera del claustro, se reflejó en el desarrollo de numerosas colecciones que recogieron el registro documental del pasado.
El marxismo en contra
“Lo importante para mí es Venezuela, que después de Rafael María Baralt y José Gil Fortoul, nadie había escrito una historia moderna”. El fruto de esa orientación de su trabajo fue presentado en 1971 y se llamó Historia de Venezuela: 5 tomos que recogen una aproximación a todo el transcurrir venezolano a lo largo de casi 500 años que no se hacía desde el siglo XIX.
Un esfuerzo único en su tiempo, pues los profesionales en el estudio del pasado estaban dedicados a la realización de historias particulares, por la complejidad de los manuales. Su proyecto respondió a lo que él consideraba un déficit en la enseñanza en las escuelas y liceos, premisa que todavía mantiene: “Un pueblo que no aprende su historia está en grave riesgo de perder el alma, y la historia de Venezuela no se aprende con la fuerza y la pasión de otros tiempos, porque la historia dizque no sirve para nada”.
La obra se vendió como pan caliente en el país, sobre todo después de que saliera publicada una crítica en su contra en 1973: “Tuve el honor que la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela escribiera un panfleto llamado De cómo se desmorona la historia: observaciones a la ‘Historia de Venezuela’ , y creyeron que con eso yo me iba a espantar. Al revés, me alegré muchísimo, porque se terminaron de vender los mil ejemplares de esa edición”.
La crítica la firmó la historiadora Angelina Lemmo y expresaba una respuesta académica de la Escuela de Historia, dirigida por Carrera Damas, a la obra histórica de Morón, el flanco favorito del marxismo ucevista.
Poco tiempo después de la publicación y la polémica, en 1974, Morón recibió una comunicación en la que le informaban que la Organización de Estados Americanos (OEA) lo había designado coordinador general de la Historia General de América, un proyecto editorial que Mariano Picón Salas había propuesto ante ese organismo pero que hasta entonces se mantenía engavetado.
Un estudio desde Canadá hasta Argentina requirió de un equipo de historiadores de todo el continente, a quienes se le encomendaron las diferentes aristas y terminaron desarrollándose como profesionales: “Yo me hice cargo y la publiqué, me pateé todo el continente y fueron 33 volúmenes dirigidos por mí, allí incluí las biografías de George Washington y Simón Bolívar”.
Su visión hispanista, traída del franquismo, era demoniaca ante la crítica al colonialismo que blandían los historiadores marxistas, quienes vieron en Morón el blanco de tiro para realizar sus críticas históricas y revolucionarias. El trabajo de la Academia era incompatible con la visión de los historiadores profesionales, sobre todo los egresados de la UCV, quienes desdeñaban la historiografía canónica académica.
Y del otro lado también hubo polémicas: El culto a Bolívar de Germán Carrera Damas fue calificado como un texto subversivo por las autoridades con las que Morón trabajaba, pidiendo la expulsión de Carrera de la Universidad por pervertir la imagen del Libertador.
—Usted trabajó en la Academia Nacional de la Historia en un período en el que la figura del Libertador y de la independencia no podían se objetos de crítica…
—Pero es que Bolívar es un hombre de nuestro tiempo, porque no está relegado a su momento en el pasado, sino que traspasa las barreras de la diatriba y del culto, se pone por encima de la gloria y baja al día, a servir la actualidad. Fue un hombre de carne y hueso que cometió errores como todos los seres humanos. Él, como todos los héroes que participan en el proceso de independencia, militares y civiles, oficiales y soldados, ideólogos o pueblo simple, fueron españoles, pero lo fundamental es que no se les meta en discusiones insolubles. Todo ese barullo sirve solamente para que el pueblo no entienda a los prohombres. El Bolívar de cada autor no es el mismo Bolívar de todos.
—¿Hay desde el Estado una pretensión política por cambiar la historia?
—Eso es una estupidez, la historia no se cambia. Los únicos que pueden hacer historia son los historiadores, no el Presidente de la República, ni los gobernantes. Son los historiadores los que pueden interpretar el pasado. Ahora, la historiografía venezolana ha parcelado la imagen histórica del país al intentar narrar como acontecimientos fundamentales los hechos de gobierno; el reducido a la acción de toma y ejercicio del poder individual; o al crear una ilusoria historia constitucional. La política es el gran eje sobre el cual se mueve la historia, así ha sido hasta el presente en todas las civilizaciones. La política modifica a la sociedad, a la economía y a la cultura, esas son las cuatro patas de la historia, cuatro dimensiones igualmente importantes para entender.
Bien educado
Aunque sirvió como hombre público al ser secretario del presidente del estado Lara empezando la dictadura perezjimenista, siempre destacó como un académico preocupado por la lectura y por la producción de textos educativos, incluso desde su trabajo en el diario larense El Impulso, donde fue un periodista de oficio y jefe de redacción.
Allí evocaba con frecuencia la frase: “La noticia se produce y nadie tiene por qué matarla o asfixiarla antes de tiempo. La información se desplaza, no se empuja; se desuna, pero no se corrompe. Es bueno que sea clara como el agua, desnuda como una lágrima”.
Leer sigue siendo su mayor afición. Escribió cuentos y novelas que se convirtieron en best sellers. Todavía revisa a los clásicos de la literatura, entiende latín y lee griego. “El que no haya leído al Quijote no es un hombre culto, Don Quijote es fundamental”, y luego dice que es su libro favorito.
Como editor de la revista Shell se encargó de difundir a una gran cantidad de escritores que encontraban en esa publicación una importante ventana para darse a conocer. Su trabajo allí lo convirtió en un gerente o empresario editorial bastante próspero. Varias de las reseñas de sus trabajos están en el libro Guillermo Morón, un clásico vivo de Pedro Pablo Paredes.
Ante una mayoría socialdemócrata y socialcristiana, Guillermo Morón impulsó el Comité Nacional de la Clase Media con ideas liberales, frente al estatismo y a la noción de redistribución de la riqueza que propugnaban los partidos políticos entonces. También contra la reforma tributaria. Con este proyecto intentó incursionar en la política junto a Pedro Tinoco y estuvieron en conversaciones con otros partidos para conciliar una candidatura independiente, pero aquello nunca logró prosperar ni mucho menos igualarse a AD ni a Copei.
“Pedro Tinoco se equivocó, yo no tenía ninguna fuerza política. Él quería ser presidente y necesitaba apoyo”, explica. El 27 septiembre de 1968 los miembros de la tolda finalmente se hicieron con el nombre de ‘Movimiento Desarrollista’.
“Ni de derecha ni de izquierda. Lo que soy es un hombre bien educado”, así se define Guillermo Morón, quien apoyó a Hugo Chávez en los años noventa. Una actitud que fue repudiada por algunos miembros del gremio y que, incluso, llegaron a calificar como pase de factura por su rechazo a los partidos Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei).
Idea que a sus 93 años todavía comparte: “Juan Vicente Gómez es uno de los mejores gobernantes que ha tenido el país, a pesar de haber sido un dictador, no se metía con el pueblo ni con los maestros de escuela”, reflexiona cuando le preguntan sobre el devenir de la historia contemporánea venezolana. Entre Gómez y Chávez hay un siglo, un siglo en el que las armas tampoco estuvieron quietas y él considera a ese sector como parte fundamental de la república.
—¿Cuándo decidió retirarle el apoyo a Chávez?
—En cuanto llegó, porque no estaba preparado. A mí me pareció simpático, un buen hombre, agradable y él llegó gracias al apoyo del pueblo y, sobre todo, de las Fuerzas Armadas. Sin las Fuerzas Armadas no llega. Es más, sin ese apoyo nadie puede llegar a ser presidente de Venezuela.
—Entonces, ¿no estamos cerca de un cambio histórico?
—No lo creo.
—¿Cree que Nicolás Maduro se quedará por muchos años más?
—Maduro puede quedarse allí hasta la muerte y no pasa nada, y si lo sacan tampoco pasa nada. Yo no creo que esté próximo a retirarse, quienes lo apoyan son las Fuerzas Armadas.
—Y usted, que vivió casi a plenitud el siglo anterior, ¿qué opina de Juan Guaidó?
—Juan Guaidó es un hombre inteligente, pero no tiene porvenir político, porque no tiene fuerzas. No tiene el apoyo de las Fuerzas Armadas, ni el popular, pero es un hombre sano y honrado.
—¿Y de los partidos políticos?
—Los partidos políticos desaparecieron, ¿dónde están el PCV, Copei, AD? Primero Justicia y Voluntad Popular no valen nada. No hay ningún dirigente importante en esos partidos, yo no lo veo por lo menos.
—¿Compararía algún período del pasado con este?
—No tiene similitud con otros sucesos del pasado, ni remotamente. Aquí no pasa nada, todos son unos imbéciles.
Esta semblanza se elaboró a partir de una entrevista realizada 19 de septiembre de 2019, y algunos fragmentos de otras entrevistas y artículos de prensa, especialmente del documental Guillermo Morón, maestro de escuela producido por María Eugenia Mosquera, y el material recogido por Efraín Subero en el Ideario-Diario de Guillermo Morón, publicado en 1999, fuentes esenciales que permitieron construir una imagen más amplia del personaje.

Fotografías: Daniel Hernández
Fuente:

sábado, 4 de abril de 2020

UN TRIBUTO A CONSALVI

HISTORIA
Edgardo Mondolfi Gudat y la agonía de escribir historia
Creció en las faldas del Ávila, en un hogar donde se cultivaban la ciencia y la literatura. Edgardo Mondolfi Gudat estudió Letras en la UCV, se hizo una carrera diplomática bajo la tutela de Simón Alberto Consalvi y se doctoró en Historia en la UCAB. Desde noviembre de 2011 es individuo de número de la Academia Nacional de la Historia. Es autor de libros como “El lado oscuro de una epopeya” y “La insurrección anhelada”, en el cual ayuda a entender cómo el chavismo estimula y se apropia de la “nostalgia” por la lucha armada de los años sesenta
Jesús Piñero

Edgardo Mondolfi Gudat no siente que es un lord inglés, aunque así lo llamen quienes lo conocen. El periodista Alexis Correia también lo calificó de esa manera en una entrevista publicada en la revista Clímax en 2016. Pero él no le encuentra sentido a tal calificativo, no es Diógenes Escalante, el hombre del consenso que la demencia política devoró en 1945 y que, según el testimonio del mismo historiador, decían que pensaba y sentía en inglés. “Creo que se trató siempre de una inmensa injusticia hacia Escalante porque, dígase lo que se quiera, fue un hombre denso en cosas venezolanas”.
Mondolfi no se ve así, tiene la certeza de creer que piensa, habla y siente en venezolano, a pesar de que sus intereses académicos estén entrelazados con el mundo anglosajón. Insiste: “ese solo hecho no es motivo de extranjería”.
El 1 de enero de 1964, dos meses y diez días antes de que Raúl Leoni asumiera la Presidencia de la República, pero también cuando empezaba el año en el que Estados Unidos ingresaría directamente a la Guerra de Vietnam y se cumplieran 400 años del natalicio de William Shakespeare, Edgardo nació en Caracas. Fechas icónicas que, de acuerdo a sus propias palabras, “revelan algo de mis pasiones personales: mi interés por la Guerra Fría y por la literatura inglesa”.
Edgardo Mondolfi
El apelativo y esas pasiones podrían ser de origen sanguíneo, al menos de parte materna. Ruth Gudat Gavens conoció a Edgardo Mondolfi Otero en la Universidad de Cornell y en medio de la Política de Buena Vecindad, impulsada por Franklin Delano Roosevelt, se enamoraron. Mondolfi (padre) cursaba una beca y se formaba como zoólogo, especialista en mamíferos y anatomía comparada. Su madre, por otro lado, estudiaba Literatura y Artes Liberales.
“De esa estirpe somos cuatro hermanos: Paul y María Eugenia, ambos médicos; Alessandra, quien se dedicó al periodismo, y yo”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática
Era la víspera a la Segunda Guerra Mundial, una tormenta incontenible, aunque en Venezuela ese tifón parecía haberse ido en 1935. Bajo un incandescente sol democrático, pero todavía rodeado con algunos nubarrones políticos que presagiaban más diluvios, Eleazar López Contreras tomaba las riendas.
—La casa, que siempre quedó a las faldas del Ávila, me hizo piemontés. Tanto así que mi infancia y juventud se resumieron, en buena medida, en largas excursiones por el Ávila. A lo cual habría que agregar tanto los animales con los cuales convivíamos en casa de manera permanente (desde araguatos hasta pecarís) como las docenas de frascos llenos de formol en los que mi padre solía guardar sus muestras de estudio. Eso explica, supongo, mi devoción e interés por la naturaleza. Por otra parte, ambos –Edgardo y Ruth– eran buenos y disciplinados lectores: papá, de temas relacionados con su quehacer científico; mamá, de literatura. Mamá, además, era diestra con la cámara fotográfica y ayudó a documentar las expediciones de recolección de especies que papá solía hacer por los llanos y el Amazonas con el patrocinio de fundaciones científicas, desde La Salle hasta el Smithsonian.
De modo que en casa respiré ciencias naturales y respiré literatura, aunque me vi forzado a inclinarme finalmente hacia el mundo de las Humanidades por mi más que pobre y lamentable desempeño con las matemáticas, la física y la química.
Al final, cuando opté por cursar una carrera universitaria lo hice por Derecho, suponiendo que era lo más serio y solvente que podía estudiar. Pero en el fondo no me sentía inclinado a ser abogado. Así que, un poco por entender que debía cumplir con ciertos estereotipos y un poco por hacer lo que de veras quería hacer, resolví combinar a un tiempo el Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) con Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Al final abandoné el Derecho, luego de completar el segundo año. Me arrepienta –o no– de semejante decisión, lo cierto es que a esa edad me parecía más fascinante leer la poesía de John Donne que el Código de Comercio. Fue, en todo caso, una decisión difícil y llena de riesgos. Tal vez por el peso que aun tiene aquello que dijo Juan Vicente González a mediados del siglo XIX: “En Venezuela, quien escribe para comer, ni come ni escribe”.
—Es egresado de tres carreras y universidades distintas: UCV, American University y la UCAB, ¿qué significó formarse en ellas y cómo acopla esas tres formaciones?
—En la UCV, como te he dicho, cursé Letras. Y los profesores que allí tuve me han definido mucho como lo que soy: hablo de Alejandro Oliveros, María Fernanda Palacios, pero también de Rafael Cadenas y Adriano González León, aun cuando con estos últimos dos tuve menos contacto en lo personal. Al terminar Letras, y luego de otra serie de vacilaciones acerca de qué hacer con mi vida, opté por enrolarme en una Maestría en Estudios Internacionales, en la American University, en Washington DC. Fue una decisión acertada: fue una forma bastante feliz de remendar la pata coja del Derecho y de familiarizarme con la metodología anglosajona, la cual, por cierto, me ha sido de enorme utilidad hasta ahora.
Muchos años después hice el Doctorado en Historia. Fue una vuelta a la UCAB, lo cual también me sirvió de algún modo para saldar un capítulo inconcluso. La decisión de hacer el doctorado en la UCAB y no en la UCV tuvo que ver con mi buen amigo, Rafael Arráiz Lucca, quien me animó a cursar allí por el tipo de programa de posgrado que se ofrecía a través del Instituto de Investigaciones Históricas “Herman González Oropeza”. Fue una decisión que le debo a Rafael, de manera irreductible, hasta el día de hoy. Allí tuve otro elenco estelar de profesores: María Elena González Deluca, Elías Pino Iturrieta, Domingo Irwin, José Luis Da Silva.
—¿Por qué la Historia y no la literatura o las relaciones internacionales?
—Creo que nunca he hecho una cosa en desmedro de la otra. A ver si me explico: cuando estudié Letras lo hice muy enfocado en la historia de la literatura; cuando cursé la Maestría en Estudios Internacionales, lo hice con el pie puesto en la historia diplomática. En ese sentido, mi trayectoria tal vez luzca heterogénea pero no necesariamente incoherente. Cabría preguntarme a mí mismo: ¿por qué, a nivel de pregrado, no cursé Historia en lugar de Letras? No sabría decirte. Tal vez fuera porque a la hora de proponerme echar por la borda la carrera de Derecho, Historia me lucía aun más incierta que la carrera de Letras, lo cual es mucho decir. En el fondo, no lo sé. Pero sí tuve siempre el empeño por ver las cosas desde el domicilio de la historia. Y a eso contribuyó mi doctorado en la UCAB: a terminar de construir la casa.
—Usted tiene una prosa bastante agradable, escribe muy bien, ¿cómo diferencia lo literario y lo histórico?
—Te agradezco el comentario, aunque, para mí, escribir es una agonía desde que comienzo hasta que termino. En mi caso es algo parecido a lo que William Faulkner llamaba “la agonía y el sudor”. Me desvela la necesidad de dar con la palabra precisa; me irrita el adjetivo que sobra; le tengo horror a los gerundios; me horroriza la posibilidad de verme entrampado en medio de una frase oscura. Ahora, con respecto a lo segundo, no veo que imperen fronteras entre el estilo que me caracteriza y el tema que me propongo abordar, siempre que –tratándose del género histórico– lo haga con el rigor investigativo que reclama la disciplina. Por supuesto, cuando escribo ensayos de corte literario, el enfoque y las exigencias son otros.
—Tuvo mucha cercanía con Simón Alberto Consalvi. ¿Qué significó su influencia?
-La influencia de don Simón Alberto en mí fue absoluta, rotunda y decisiva. Nos hallamos siempre en medio de desvelos compartidos. La propia trayectoria de Consalvi fue una brújula para mí: él traía a sus espaldas el periodismo y la diplomacia y, con el mismo empeño con el que podía escribir sobre algún tema contemporáneo usando para ello su instrumental de buen periodista y diplomático, lo podía hacer sobre Santos Michelena, Pedro Manuel Arcaya o Juan Vicente Gómez, utilizando una acerada pupila para la historia.
—También trabajó en las embajadas venezolanas en Washington y Buenos Aires, ¿estuvo vinculado a la política de la Venezuela a finales del siglo XX?
-Llegué al ejercicio diplomático un poco por suerte, tal vez también por un poco de talento. Fue justamente Consalvi quien me avistó en Washington mientras yo cursaba la Maestría en Estudios Internacionales. No era fácil caerle en gracia a don Simón ni estar a la altura de sus exigencias, pero creo que cumplí ambos cometidos. Se generó una vacante en la Agregaduría Cultural y pensó, como embajador, que podía iniciarme por ese camino en lo que él veía como mi interés por la carrera diplomática. Ya de regreso a Caracas me animó a que siguiera en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE) y que revalidara mis títulos como profesional de carrera. Así me fui quedando en el MRE. Fue la etapa “burocrática” de mi vida y, hasta el día de hoy, no me arrepiento de ello. Pero también le debo a don Simón algo absolutamente inestimable cuando avistó el horror de lo que se nos venía encima a partir de la revolución bolivariana. Me dijo: “La vida no comienza ni termina en la Cancillería”. Fue entonces cuando recogí mis aperos y terminé, a partir de entonces y por largos años, refugiado en la docencia. Irme de la Cancillería no significó ninguna orfandad, pese a los gratos recuerdos y las amistades que aun perviven. Esos años en que me vi prestado a la docencia universitaria me permitieron, a la vez, seguir formando parte de las aventuras editoriales de don Simón, quien fue siempre un surtidor infatigable de proyectos, bien en la Academia Nacional de la Historia, o a través del diario El Nacional.
—Hay historiadores que escriben de forma compleja y otros que lo hacen más bien para un público abierto, ¿qué podría decirme de eso y de los bestsellers de la historiografía?
—Escribir, según el estilo con que se escriba, es asunto de cada quien. El lector es quien, a fin de cuentas, determina las preferencias y se pronuncia al respecto. La calidad de best seller lo determina otro, no uno mismo.
—También hay muchos historiadores que consideran que la literatura no es una fuente, ¿qué se debe tomar en cuenta cuando trabajamos una fuente literaria para la historia?
—Creo que indirectamente he contestado diciendo que la literatura y la historia son géneros distintos. Estoy muy claro con respecto a que una cosa es mi vehículo escritural y otra si estoy haciendo literatura o haciendo historia. Ahora bien, lo que sí te puedo asegurar es que utilizo con mucha frecuencia el testimonio de escritores y novelistas a la hora de atender alguna coyuntura con pupila de historiador. Te pongo varios ejemplos: me interesa saber qué dijeron desde la prensa, y en calidad de polemistas, autores al estilo de Enrique Bernardo Núñez o Guillermo Meneses con respecto a los gobiernos de Eleazar López Contreras o de Isaías Medina Angarita. Ambos actuaron en calidad de testigos confiables de una época. Lo mismo podría decir acerca de lo que opinara otro poeta y novelista como Antonio Arráiz acerca del gobierno presidido por Rómulo Betancourt a partir del 18 de octubre, o lo que a bien tuvo decir Juan Liscano en los años sesenta en relación al tema de la lucha armada y el gobierno de Raúl Leoni. Como polemistas, articulistas o simples opinantes, muchos de nuestros escritores han sido una cantera inagotable a la hora de seguirle la pista a nuestros desórdenes y avatares.
Insurrecciones, felonías y militares
Pese a que, en 1992, la Guerra Fría –el principal interés de Mondolfi– había terminado y por ende todo el escenario que esto supuso para Latinoamérica, las historias sobre revoluciones y felonías en la política venezolana parecieran ser cuentos de tiempos circulares y del eterno retorno. Ante las llamadas telefónicas de la noche y madrugada del 4 de febrero de ese año, y las ráfagas de tiros al fondo, Edgardo Mondolfi se asomó por la ventana de su vivienda en la Alta Florida para verificar la información que le habían suministrado: unos paracaidistas se sublevaban contra el Estado, pero el cielo despejado no daba señales de algo inusual.
“Me sentí algo así como los habitantes de la campiña de Normandía, en junio del 44, cuando se enteraron de que la 82 División Aerotransportada estaba cayendo en racimos para coger por sorpresa a los alemanes”.
Los militares felones no habían tomado el cielo como vehículo para su estocada contra la democracia: llegaron en autobuses a pretender tomar el control de la ciudad. En Miraflores y sus adyacencias las detonaciones despertaron a muchos: “No se trataba de los simples tiros solitarios a los que uno estaba habituado desde hacía mucho tiempo en la Cota Mil, y que formaban parte de nuestro propio paisaje del western, pero eso de unos paracaidistas pintarrajeados y vestidos de camuflaje, prestos al combate nocturno pero sentados en perfecta fila de un autobús, se me terminó antojando como el primer capítulo de toda la falsa épica que vino después”. El ciclo empezaba de nuevo.
—Escribió sobre la guerrilla en Venezuela, ¿lo que hoy vive Venezuela es producto de aquellos años? ¿Fueron esos actores responsables indirectos de todo esto?
—Te respondo a partir de lo que dejé más o menos apuntado en mi último libro La insurrección anhelada, al referirme a ese punto: en los últimos veinte años, y como parte del esfuerzo por construir su propia épica, la lucha insurgente de los años sesenta ha venido a ser una de las tantas nostalgias que alimenta a la revolución bolivariana, al punto de hacer que la evocación de la guerrilla opere como uno de los nervios centrales de la narrativa gubernamental. De hecho, el imaginario oficialista ha pretendido conferirle un rango muy significativo a la violencia armada de esa década, llegando a atribuirle inclusive una serie de conexiones bastante caprichosas con la rebelión militar de 1992.
No cuesta mucho ver que todo el imaginario reivindicador que ha pretendido construirse sobre la base de homenajes, símbolos, imágenes o textos escolares ha tendido no sólo a propiciar un entendimiento radicalmente distinto de esa coyuntura violenta, sino a valorar lo más sombríamente posible las decisiones de carácter político y militar que fueron tomadas tanto por el gobierno de Betancourt como por el de Leoni para repeler la amenaza que significaba la lucha armada para el proyecto democrático y, especialmente, lo que significaba en medio de todo ello la persistente injerencia cubana. A la hora de pretender generar esa visión, mucho de lo que se jactan de repetir los voceros del gobierno tiende a bordear, en ciertos casos, el territorio de lo simplemente ingenuo pero, en otros, se deslizan por el terreno de lo peligroso e irresponsable. Tan irresponsable que, al final, los cubanos no terminaron entrando por una ventana, como pretendieron hacerlo en los años sesenta, sino que les permitimos entrar, con todas las deferencias y miramientos del caso, por la puerta principal.
—Entre todos los libros que ha publicado, ¿cuál fue el que más disfrutó escribir?
—Yo diría tal vez que El lado oscuro de una epopeya. Allí me ocupé de la agonía y desventuras de los voluntarios británicos que terminaron alistándose del lado de los criollos insurgentes a partir de 1817. Y te explico por qué: en primer lugar, porque el grueso del material lo recabé de fondos documentales existentes en Inglaterra. Eso me permitió la irrepetible oportunidad de examinar los contenidos del Archivo Nacional en Kew Gardens o los periódicos de la época (tanto los más conocidos como The Times, como los absolutamente desconocidos, al estilo del diario antiinsurgente The Courier) que se conservan en la Biblioteca del Museo Británico o en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford.
En segundo lugar, porque muchos de los testimonios, tremendamente desoladores y descarnados que aportaron esos reclutas, revela que su estancia en Venezuela terminó convirtiéndose, desde el punto de vista personal, en su propio “corazón de las tinieblas”. Emerger de esa experiencia del horror –hecha de penurias cotidianas, de falta de buenos aprestos militares, de carencias materiales de todo tipo, de enfermedades tropicales, de borracheras incontrolables, de enfrentamientos violentos entre criollos e ingleses que en algunos casos llegaron al homicidio, de barreras idiomáticas infranqueables entre ambos mundos, de conatos de deserción, o de intentos de saqueo por parte de esos reclutas– me permitió cerrarle las puertas de una vez por todas a esa estampa hecha de casacas rojas que, con tanto despliegue de inocencia y tontería, nos obsequió la pintura venezolana del siglo XIX.
—Ahora, hablando de historiografía, ¿qué opina del Centro Nacional de Historia?
—Atiendo con particular curiosidad las cosas que han salido de ese vecindario relacionadas con el tema de la insurgencia. Me interesa la posibilidad de contrastar visiones y asomarme al tipo de fuentes con que se trabaja desde allí el tema de la guerrilla. Por más que se le puedan advertir costuras frágiles al intento por dotar a esa clase de entendimientos de una intencionalidad política evidente, confieso que me he tropezado allí con cosas particularmente interesantes. Eso no lo puedo negar. Sería injusto y mezquino hacerlo.
—¿Con cuál época compararía la situación actual de Venezuela?
—Ninguna época es comparable a otra. Pero, al menos para decirlo con cierta ligereza, me recuerda a la estampida de 1814, sin Boves, naturalmente, y con otro tipo de muerte, desde luego. Y, desde luego también, con el añadido de la dolarización salvaje.
Edgardo Mondolfi Gudat en la Academia
El jueves 24 de noviembre de 2011, Edgardo Mondolfi fue incorporado a la Academia Nacional de la Historia, institución que para él “siempre ha tenido una significación extraordinaria porque es una casa con la cual me he relacionado desde mucho antes de imaginar siquiera que alguna vez formaría parte de sus filas”.
El discurso de incorporación de Edgardo Mondolfi estuvo dedicado al intercambio entre José María Blanco White y Fray Servando Teresa de Mier, en medio de los avatares de la independencia. “Eso me brindó la oportunidad de combinar dos cosas: mi interés por la calidad de la polémica librada entre dos grandes escritores y meterle el diente a la confusa y contradictoria dinámica de una época. Ese discurso fue para mí una navegación absolutamente feliz como escritor y como historiador; o, al menos, para el pretendido escritor o historiador que soy o en el cual, a fin de cuentas, me he convertido”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática.

Fotografías:
LB (2012): "La tomamos en la Hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 06/12/12. LLegó junto a Edgardo Mondolfi. No lo quisimos molestar. En el centro, Simón Alberto Consalvi. Seguimos concentrados en nuestro material hemerográfico y, de pronto, creemos que no pasaron ni 20 minutos, se levantó, se despidió y se marcho junto a Mondolfi"   https://www.facebook.com/Hereditatis/photos/a.168848793267582/168848839934244/?type=3&theater
Brevísima nota LB: Magnífico contexto para la fotografía de Daniel Hernández.

jueves, 2 de abril de 2020

TESTIMONIO

José Rafael Pocaterra, cronista de la gripe española
Jesús Piñero

Una crónica basada en las Memorias de un venezolano de la decadencia nos acerca a la Venezuela de 1918, cuando la gripe española hacía estragos y el hombre fuerte se refugiaba en su escondite, mientras la gente moría de mengua. Un relato para tiempos de pestes y dictaduras.
Cuando nadie se lo esperaba, la peste vino a empeorar las cosas. Como si el fin de la Gran Guerra en Europa no hubiera dejado ruinas. Como si con Gómez no fuera suficiente para Venezuela. La gripe española se propagaba por todo el mundo y de inmediato ocupó las páginas de la prensa opositora que, a pesar de estar censurada, no dejaba de circular de forma clandestina. En Caracas se editaba y se imprimía Pitorreos, el periódico que ridiculizaba con sátiras al gobierno. Uno de sus socios y principales escritores, José Rafael Pocaterra, concibió la pandemia como un nuevo flanco para contrarrestar a la tiranía que huía de la mortífera influenza, nacida en un campamento militar de los Estados Unidos.
Pero Pocaterra no se burló como solía hacerlo la línea editorial del periódico dirigido por Francisco Pimentel, también conocido bajo el seudónimo de “Job Pim”. Denunciaba el abandono de Gómez hacia el país. “El amo de los venezolanos, el ‘hombre fuerte y bueno’, que ama a sus compatriotas y tiene tres lustros sacrificándose por ellos, huyó a refugiarse en su caverna, estableciendo prevenciones ridículas”, escribió en las Memorias de un venezolano de la decadencia, que publicó años más tarde. Maracay, la ciudad elegida por el dictador como sede de su poder, no estuvo exenta de la gripe española. Allá murió su hijo Alí y, según el testimonio de Pocaterra, el tirano ni siquiera quiso verle por temor al contagio.
En Caracas la peste hizo desastre. Una mañana, a mediados de octubre, llegó a La Guaira y allí empezó la gira nacional. “Un caso, dos, tres, seis, cien. Sobre la capital cayó como una niebla. La ráfaga barrió implacable desde los extramuros hasta el centro”. Muertos y enfermos, un cuadro oprimido, signa los testimonios de los cronistas de la época, siendo, el de Pocaterra, el relato que más nos aproxima al momento, tal vez por sus descripciones tan vivas y grotescas. El frío de noviembre facilitó el contagio y ante el arribo de la gripe a los valles de Aragua, el general Gómez salió disparado a San Juan de los Morros.
La tribu familiar lo siguió, entre ellos su hermano Juanchito, entonces gobernador del Distrito Federal: “El ‘héroe de diciembre’, por falta de abnegación rudimentaria, de noción de responsabilidad, con mayor miedo a las toses que ahogan a los tiros que oró siempre desde lejos, voló a refugiarse en una aldea de aguas sulfurosas que está ante el abra de los llanos”.
En Caracas los gomecistas también se enclaustraron. Victorino Márquez Bustillos, presidente de la república desde 1914, se mudó a Los Dos Caminos, temiéndole más al tirano que a la pandemia. La capital era presa de la represión, sobre todo hacia las obras pías que atendían a los contagiados. El miedo a perder el poder era el móvil de sus armas.
Delgado Briceño y Pedro García estaban ciegos de poder. Su inquisición no discriminó entre conspiradores y castos. En tiempos de caos, todos son culpables. Persecuciones infantiles, acusaciones sin sustento y sospechas baldías llevaron a una anarquía local. Pero el orden impuesto por el Benemérito no era desobedecido. El Estado vivía de la disciplina que se impuso por la fuerza contra los caudillos. Recluido en Guárico, sin recibir a nadie ni regresar a su morada en Maracay, su palabra seguía siendo ley. Sus designios tampoco tardaron en escucharse en la sede de Pitorreos y hasta allá llegaron las inculpaciones. Los escritores estaban en cama. Los cajistas trabajaban solos en las ediciones. También hubo aquellos que más nunca se levantaron: los poetas Carías, Ríos y Gorrondona, asiduos colaboradores.
Entre las asechanzas policiales, también cundía la corrupción y la miseria. La junta recaudadora se peleaba con la gobernación por los bolívares colectados. El celador del cementerio hacía su agosto con la profanación: “Desenterraba los muertos ricos para revender las urnas, que, como artículo de primera necesidad, estaban por las nubes”. Sin leyes y sin gobernantes, el país se hundía en la decadencia. Alguien tenía que dejar registro. Pocaterra apunta que la indiferencia gubernamental era tal que “¡No se les vio en una obra de caridad, en una recaudación pública, en el ejemplo vivo que hasta el último limpiabotas daba llevando víveres y medicinas por los vecindarios!”. La gripe mataba a los buenos y no a los canallas.
Tal vez, de esa sociedad corrompida salió Panchito Mandefuá, su célebre personaje. Ejemplo de sensibilidad como forma de denuncia, que conmueve con su historia y realza los valores y principios que parecen perderse: “Este conjunto de circunstancias hizo erguirse la vieja Caracas, que halló en sí misma recursos y que vio a todas sus clases en una comunión sagrada, desde el licenciado Aveledo hasta Juan Nadie, arrojarse valientemente a socorrer a los hermanos en desgracia, sin temor al peligro común”. Los universitarios lideraban las obras pías, las labores sociales, las cruces rojas filantrópicas ultrajadas por la tiranía. Todos sin poder estudiar, ya que la Universidad Central estuvo clausurada desde 1912 hasta 1923.
“Un grupo de niñas valerosas abrió un local y púsose a la obra de preparar medicinas y organizar servicios de alimentación. Mientras Caracas alimentaba y curaba y hasta remitía dinero y recursos para otras poblaciones del interior atacadas ya por la epidemia, Gómez, sus familiares y sus jenízaros engullían en San Juan de los Morros tajadas de buey y esperaban los periódicos de la capital, previamente desinfectados, para enterarse de los ‘muérganos centrales’ que se iban muriendo”. Generaciones marchitas, sin florecer, con grilletes que se soldaban por doquier. Esos eran los tiempos turbulentos del general Gómez.
Un día de noviembre de 1918, Pocaterra se anotó junto a 15 estudiantes en las jornadas sociales que realizaban para atender a los contagiados de la gripe española en Caracas. La experiencia le permitió vivir en primera persona una realidad desconocida en la urbanidad caraqueña, la miseria del gomecismo. El recorrido empezó en el Dispensario de la Cruz Roja en Tienda Honda, que era administrado por el Consejo Central de Estudiantes. Un bunker de medicinas y víveres para repartir en las adyacencias del centro capitalino. Varias zonas todavía conservan sus nombres. Otras ya no. Agua Salud, Catia, Guarataro, Santa Rosa, Sarria y Pagüita eran algunos de los más de 40 sectores beneficiados con la caridad universitaria. 17 automóviles se despachaban del dispensario para suministrar los recursos.
Dice Pocaterra que era una obra de muchachos acomodados, que decidieron tender la mano a los menesterosos, muertos de hambre y de enfermedades: “Se tendrá una idea de lo que significan los estudiantes de Caracas en la actual epidemia al constatar que ellos tienen a su cargo el reparto de víveres, la asistencia médica y el despacho de fórmulas a domicilio (…) Y cuando ocurre alguna defunción en uno de estos lugares y se solicita auxilio, parte inmediatamente un automóvil con la urna respectiva, que se fabrica en la carpintería de la esquina de La Palma, y que se envía del mismo modo que el carro mortuorio especial”.
Las condiciones que hallaban eran diversas, pero todas infrahumanas. Escenas que luego recreó en algunos de los relatos que conforman el volumen de Cuentos Grotescos publicado en 1922. De las casuchas sacaban banderitas, y así sabían quién necesitaba. Era la señal de auxilio. Comparó el arte y la literatura europea con la realidad venezolana: “(…) rostros de pena, de hambre, de demacración; rostros que habíamos visto sólo en el Greco, en Goya, en los aguafuertistas alemanes del siglo XVI o en aquella procesión del hambre y de la peste que trazó la mano tremenda de Gustavo Doré; obreros cruzados de brazos, junto al taller abandonado, pálidos como espectros, llenos de fiebre, de vergüenza, de ansiedad”.
Incredulidad, ironía, desprecio y amargura también hallaban. Pero los muchachos no se molestaban tampoco. Entendían que habían sido engañados y ultrajados. “(…) comprendo la sorpresa dolorosa de esos muchachos, su buena fe maltratada y admiro más todavía que eso no influya para desanimarlos (…) Esas amarguras de la hez tienen su origen, nacen y brotan del terreno agrio, infecundo y torpe de la educación”. En otra casa conversa con un hombre honrado. Un herrero conocido en la zona que esperaba junto a sus tres hijos pequeños:
—A mí me da vergüenza señor —y tenía los ojos llenos de lágrimas rabiosas contra el destino—. Estoy solo, la madre está en el hospital. Me dicen que ha muerto. Usted ve: yo no podía tenerla aquí, grave. Deme algo, présteme algo, para esta tos que me va a matar a las criaturitas, para mí…, ya que ella habrá descansado de esta pobreza. Yo trabajaré, yo les pagaré algún día. Un Hiero, cualquier cosa de automóvil…
Durante el trayecto hacia Caracas, no paró de llover. Calles desoladas, abastos y casas cerradas. Un par de sujetos con sobretodos hablando sobre la guerra que terminaba en Europa. Indiferentes al hambre de la montaña que acaba de ver. Eran dos realidades desconocidas mutuamente. Al pasar por Santa Teresa, la sombra del gran muro amarillo lo sacó del velo que traía. La Rotunda se ubicaba en la actual plaza La Concordia. Allí, sin alimentos ni medicinas, sus condenados, con grillos entre 40 y 60 libras, recibieron la muerte, pero ella pasó de largo. No les dio el lujo de llevárselos consigo. En unas cuantas semanas el mismo Pocaterra lo certificó, al ingresar como prisionero en enero de 1919.
***
Los fragmentos, datos y referencias de este relato se encuentran en el capítulo XIX de Memorias de un venezolano de la decadencia, testimonio escrito por José Rafael Pocaterra.

Fuente:
https://prodavinci.com/jose-rafael-pocaterra-cronista-de-la-gripe-espanola/?fbclid=IwAR2Gww-f59cEFan80_zyTkNZgudTFfVjRHR11b7oFE-u-2ZtCsRKj-dp5UY
Fotografía: Sala de gripe del hospital Walter Reed. Circa 1918. Fotografía de Harris & Ewing | Library of Congress.

jueves, 12 de marzo de 2020

EXIGENCIA DE SOBRIEDAD

Guillermo Tell Aveledo: Democracia y liberalismo son conceptos en tensión
El politólogo diferencia democracia y liberalismo, términos que, pese a ser contrarios, están entrelazados desde el siglo XVIII, cuando emerge el concepto de democracia liberal. Clímax presenta «Democracia en crisis», una serie de entrevistas de opinión sobre el papel de la representación política en el siglo XXI
Jesús Piñero
 
La democracia liberal pareciera hacer aguas en todo el mundo. Desde los últimos 30 años, la armonía entre democracia y liberalismo empezó a tensarse, tal vez por su origen contrario, antagónico: mientras que una idea apela al pueblo, la otra se refiere al individuo. Su vínculo procede del siglo XIX, como resultado de las grandes revoluciones políticas de occidente ocurridas durante las centurias XVII y XVIII. En la actualidad, el politólogo Guillermo Tell Aveledo hace sus diferencias entre ambos conceptos.

Pero dentro de la democracia liberal se encuentra la semilla de su propia destrucción, que la somete a una crisis perenne, porque al estar sujeta a la coexistencia de opiniones contrarias, al disenso, requiere de instituciones sólidas, de pesos y contrapesos para mantenerse: “Si entre nosotros hubiese quienes desean disolver esta Unión, o cambiar su forma republicana dejémosles tranquilos, como monumentos a la confianza con que puede tolerarse un error de opinión cuando la razón se halla en la disposición de combatirlo”, escribió Thomas Jefferson al empezar el siglo XIX. Ideas opuestas a las de Jean Jacques Rousseau, quien, para el historiador israelí Jacob Talmon, sentó las bases de la “democracia totalitaria”, o el gran consenso en el que no existen contradicciones.

Guillermo Tell Aveledo define a la democracia liberal como un sistema en el que la soberanía recae entre los habitantes de un territorio y sus gobernantes tienen limitantes, es decir, una serie de instituciones legitimadas desde la soberanía popular, regular y razonable (el dêmos) “(…) para la selección de los miembros del poder público mediante elecciones regulares, plurales y competitivas”. Un régimen en el que si bien la mayoría decide, la minoría no pierde sus derechos, tal como lo refirió Jefferson, uno de sus protagonistas estelares, en su primer discurso de toma de posesión: “(…) todos considerarán el sagrado principio de que aun cuando la voluntad de la mayoría es la que prevalece en todos los casos, esa voluntad, para ser justa, debe ser razonable; que la minoría goza de los mismos derechos, los cuales se ven protegidos por las mismas leyes, y que violar esos derechos sería una forma de opresión”.

El profesor de historia del pensamiento político en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de la Universidad Metropolitana (Unimet) explica que la tensión entre democracia y liberalismo cada vez es mayor en la actualidad, pese haber convivido de forma armoniosa durante la posguerra y la segunda mitad del siglo XX. “La democracia liberal, al fin y al cabo, es una amalgama tensa y contradictoria entre la idea de controlar el poder político, especialmente el poder político del Estado, de la monarquía absoluta, y la pulsión por la soberanía popular. La soberanía popular, si es realmente soberana, va a querer más poder. Entonces, también, en la democracia liberal se impone el elemento democrático más avasallante, más mayoritario de esa ecuación”.

—Y la democracia liberal pareciera hacer aguas con el auge del nacionalismo y una tendencia antiglobalizante. ¿Los autoritarismos de las distopías son el futuro?

—No es tanto así, hay que verlo con cierta sobriedad. Hay una tensión entre el componente democrático, que no siempre es pro apertura, pro limitación del poder, pro tolerancia y derechos humanos; y el elemento liberal que no siempre está dado hacia la voluntad de la provisión. Esos sistemas dependen de ser eficientes en lo económico, porque la aspiración de la población es estar mejor, es estar más próspera. Por eso durante la segunda mitad del siglo pasado se discutía si era mejor tener una dictadura o una democracia para ser desarrollado. Pero desde los años noventa, con el auge del neoliberalismo y las reformas de apertura, los cambios en China, etcétera, ¿qué es lo que ha pasado? Tienes una reversión del Estado hacia más austeridad, hacia menos gasto público, y hasta cierto punto eliminar una de las presiones democráticas de redistribución del ingreso de las décadas previas. Y eso genera en el mundo una frustración que parecía en el crecimiento económico de la década de los noventa de la década pasada, que significaba una mejora de la calidad de vida –somos más eficientes, somos más productivos y demás– pero eso no se refleja en nuestra vida real en las últimas dos décadas, no se siente que todos mejoramos al mismo ritmo. Entonces, las gallinas cantan como gallos, como diría la famosa frase. Estamos en esa revulsión, desde Chile al Líbano. De Beirut a París, y de París hasta Hong Kong.

—O sea, que Latinoamérica también se enmarca en esta etapa.

—Sí, pero es un malestar que no sólo es latinoamericano. Aquí está ocurriendo un reclamo durante una década de mayor democratización, y en los últimos años tuvimos una suerte de reversión de esa dinámica. Y esa reversión fue hacia estas democracias mayoritarias, esa “marea rosa” de la década de los 2000, que dictó pauta en América Latina hacia una mayor retribución del ingreso, pero también derivó en más autoritarismo, siendo además ineficiente económicamente por los resultados de la política redistributiva.

—¿Y cómo entramos en ese escenario que describe?

—Hay una gran decepción con la democracia: las reformas de la ‘Tercera Ola’ y esa apertura no parecieron dar un genuino poder al pueblo. También hay un gran descontento con las democracias de izquierda de la década pasada, por su incapacidad administrativa. Luego, se suma a esas dos corrientes revulsiva la desesperanza aprendida del latinoamericano: “aquí todo va a estar peor”. Nuestro marco de referencia es uno de mucho cinismo. Latinoamérica es uno de los continentes de mayor cinismo político, lo vemos en Latinobarómetro, en la desafección con los partidos políticos, en el modo en que esos partidos políticos suben y bajan de una elección a otra. No hay partidos estables en América Latina, salvo el peronismo, el peronismo es eterno. Lo que se ve aquí es un gran descontento en el cual, no es que Venezuela haya sido pionera, sino que es parte de ese ritmo. Nosotros nos democratizamos antes y el descontento llegó antes. Pero ahí va llegando esa ola al resto del continente.

—De hecho, las protestas se parecen mucho a las de hace 30 años en Venezuela. ¿Somos el futuro del continente?

—A veces parece que venimos del futuro y eso por supuesto que da un panorama sumamente sombrío. Pero vamos a estar claros, por una parte, hasta ahora, no parece haber en estas protestas una reacción que indique una dirección autocrática, autoritaria de las mismas. Esa es una posibilidad, que Venezuela sea como un ejemplo, no de liberación de los pueblos, sino de autocratización, que puede ser de izquierda o de derecha, en respuesta al caos, a la sensación de inoperatividad del sistema político, como pasó aquí en los años noventa. ¿Pero qué diferencias o similitudes hay? Tanto en el caso de Pérez, como en el caso de todas estas protestas de América Latina casi todas se dan en un contexto de sistemas democráticos, de modo que las respuestas son peor vistas, porque toda represión en un sistema democrático es peor vista que en un sistema autoritario. En un sistema autoritario se supone que se va a reprimir; esto es normal, ordinario. Por eso los sistemas democráticos son tan exigentes, porque requieren un consenso que minimice represión, lo cual puede llegar a ser muy difícil. El costo de la represión en sistemas políticos autoritarios sólo es tal si estos se avergüenzan o son inefectivos. Lo que pasó en la Alemania oriental hace 30 años no pasó en Nicaragua ni en Venezuela hace dos años. Aquí había una represión desvergonzada. ¿Qué decían el Estado nicaragüense y el venezolano? No importa la condena internacional, yo me las juego.

—Latinoamérica tiene una historia en común: independencias, caudillismo, dictaduras, gobiernos democráticos, tendencias liberales y el auge de la izquierda en los 2000. Ahora, las protestas y el descontento hacia el poder…

—Los que están protestando en Bolivia no están protestando con las mismas banderas que lo que están protestando en Chile o los que están protestando en Haití. Son reclamos distintos. ¿Qué tienen en común? La sensación de desigualdad frente a los poderosos. La sensación de desafección hacia la democracia y hacia los partidos políticos, que es sumamente peligrosa, pero también hacia los canales ordinarios de participación y manifestación de quejas y agravios. Eso es muy serio, y aquí parece que nuestro caso es más avanzado en su decaimiento que en las naciones europeas. Ahora, en el 2012 teníamos unas revueltas terribles en Londres, unos pocos años después en París, y no hablamos de la epidemia europea. El fatalismo latinoamericano nos domina y nos hace ver las cosas completamente negras. Veamos las cosas con un poco de perspectiva y quizá nos hagan ser más sobrios en nuestra aspiración y análisis. Hay en general un descontento hacia la democracia y hacia los partidos políticos. O sea, América Latina sufre de la misma decepción europea occidental con las necesidades del tercer mundo, del mundo en desarrollo, lo que genera una combinación pavorosa, pero no inusual.

Transición y alternancia

Las dictaduras militares de mediados del siglo XX vieron su ocaso a finales de los años cincuenta y después de algunos destellos democráticos, muchas volvieron al poder. Lo que hizo que, en palabras del profesor Aveledo, se generaran transiciones incompletas y demandas por una democracia más amplia. “Le pones a eso la crisis por deuda en los años ochenta, las medidas de los noventa y te da ese descontento que da lugar a demandas socializantes que canalizan estas mareas rosas de los 2000. Y esto pasó de forma democrática, no por golpes de Estado. Sólo en algunos casos particulares fue una reversión autoritaria de forma completa: el caso de Venezuela, el caso de Nicaragua, pero no así en el caso de Ecuador, en el caso de Bolivia, donde fue abortado. Tampoco el caso de Brasil ni el de Argentina. Y no estoy negando ni la corrupción ni los abusos de poder de esos gobiernos, pero no eran todos gobiernos definitivamente autoritarios”.

La alternancia el poder es otro factor que el profesor Guillermo Tell Aveledo considera a la hora de diagnosticar la crisis política que atraviesa América Latina. “El temor que uno de los dos sectores se quede para siempre. La izquierda colombiana teme que el uribismo sea gobierno para siempre, lo cual no parece que esté pasando. La izquierda brasileña teme que Jair Bolsonaro haya cambiado definitivamente el sistema político, y eso no parece que está ocurriendo, hay visiones que dejan ver que es un tipo más razonable de lo que parece. La nueva oposición argentina y la oposición mexicana temen que se queden allí para siempre los Fernández y el peronismo, y Andrés Manuel López Obrador y Morena, y esto es aún prematuro afirmarlo”.

—Todo parece resumirse en debate entre izquierda y derecha.

—Aquí hay algo que se manifiesta en todo el mundo: el retorno de esas etiquetas políticas, el retorno optimista o el retorno pesimista de esas etiquetas políticas. En el caso latinoamericano siempre está la evocación a la Revolución cubana y, por supuesto, a estos paradigmas de la izquierda continental, pero también la idea de que el Estado es neutral, de que el Estado no tiene ideología, sino que es puramente técnico, que es la vieja etiqueta de los sesenta y setenta, a veces estatista, a veces libremercadista, no era verdad, porque al fin y al cabo tú estás haciendo una escogencia que se basa en mayor libertad o mayor igualdad. La aspiración en realidad, aunque es contradictoria, es simultánea; tú debes procurar la una y la otra, y por eso durante el tiempo más estable de las democracias de América Latina eso funcionaba como el consenso social democrático. Pero eso tiene muchos costos, mucha ineficiencia, y siempre habrá que escoger. De repente lo resolvemos con mayor autoritarismo o con mayor redistribución, pero al cabo de poco tiempo el cuero vuelve a saltar. Eso ha sido así, forma parte de la vida política y de la vida humana. Pretender solucionarlo de manera definitiva acarrea enormes peligros.

—Entonces, ¿la región estará signada para siempre en ese debate?

—No es que Latinoamérica esté signada a ese debate: lo está toda la humanidad. Y con esto no quiero ponerme fatalista o incluso relativizar el asunto, pero más bien decir con cierto cuidado que no hay soluciones perfectas en política. Nuestra aspiración democrática, que es progresiva, no se detiene, pero no quiere decir que nuestro retroceso y nuestros traspiés sean simplemente, como insiste el fatalismo latinoamericano, que eso sí nos caracteriza siempre. No, hay una aspiración constante: la tenacidad de la población de querer vivir con sus derechos, de vivir con mejoras, es una oportunidad. Así ha sido con Europa, ¿cuántas de las democracias europeas actuales lo fueron hace 30, 40 o 50 años? Hay que verlo con cierta humildad y con realismo.

—¿Y en el caso de Estados Unidos?

—Claro, Estados Unidos tiene eso con una visión política más bien antigua en comparación con los demás, que unos dirían republicana en lugar de democrática. Pero también con grandes desigualdades que no vemos porque son de las dimensiones de esa economía. Si uno va a los guetos de Maryland o a los barrios latinos de Los Ángeles, la situación es casi similar a los países del tercer mundo. O vas a las montañas Apalaches, que son sitios absolutamente cavernarios. Así como el Medio Oriente no es Dubái, el mundo norteamericano no son los rascacielos de Nueva York. Estados Unidos tiene una gran producción, pero también su propio modelo se agota, y eso lo vemos a lo largo del tiempo. Ahí están las revelaciones: ese país también es presa del populismo. Hoy está mandando una derecha, pero ya una izquierda reclama un espacio cada vez más agresivo. Ese consenso o esa moderación dura tanto como te dure el fundamento material.

Fuente:
Fotografía: Dniel Hernández.

viernes, 13 de diciembre de 2019

LOS CABALLERO EL 'XX

Manuel Caballero, confesión y testimonio del siglo XX
Sin límites ni camisas de fuerza escribió sobre un siglo que sufrió y gozó a plenitud, no sólo desde la visión objetiva de un erudito, sino desde la pasión de un espectador en primera fila. Siempre rebelde, disidente y crítico
Jesús Piñero

«Yo escribo como periodista, pero tacho como historiador». Una frase que sintetiza la labor de Manuel Caballero, quien traspasó y hasta rompió las barreras entre un oficio y otro. Un referente de su tiempo y, por antonomasia, un hombre de la Venezuela del siglo XX. Lo vivió en su esplendor: nació con Gómez (1931), el último vestigio del siglo XIX, y murió con Chávez (12 de diciembre de 2010), la obertura del siglo XXI. Pero, más que eso, también se dedicó a estudiarlo con ojos de testigo e intelectual. Sus polémicos escritos lo demuestran; pero también su boina azul, símbolo de la Generación de 1928 y de lo que considera la invención de la política.

Cuando Venezuela entra al siglo XX, Manuel Caballero tiene cuatro años. Esto si estamos de acuerdo con Mariano Picón Salas y eso de que “Venezuela entró al siglo XX en 1936”. Hoy, una afirmación debatida, sobre todo cuando se reivindica la formación del Estado durante el gomecismo. Manuel está en medio de la polémica, como siempre. Vino al mundo 32 años después de la Revolución Liberal Restauradora y cuatro años antes de la muerte de Gómez. Una catástrofe para su oficio como periodista, pero toda una fortuna para su profesión de historiador. Lo primero por lo que significa opinar en un país de tradición autoritaria; y la segunda porque fue testigo de los sucesos que definieron el presente.

Pero ahora, siendo optimistas y tras 20 años de la culminación de aquella centuria, haber nacido en esa bisagra histórica le permitió vivir en Las Venezuelas del siglo XX, un título que, además, y no es casualidad, le da nombre a un libro suyo publicado en 1988. Porque la Caracas que lo vio nacer el cinco de diciembre de 1931 no es la misma que lo recibió de vuelta en 1950, cuando regresó de Barquisimeto para estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Tampoco es igual a la de 1952, que lo vio protestar contra la dictadura perezjimenista y lo despidió al exilio. N imucho menos es la que lo recibe en 1958, cuando vuelve la democracia. Allí por lo menos hay cuatro países distintos, todos en un mismo espacio.

El mismo Caballero da testimonio de ello en su ensayo Maldición y elogio del siglo XX: “Así, decir que nací en diciembre de 1931 sólo tiene un interés personal (y hasta para los más vanidosos, secreto). En cambio, es una buena forma de inscribir un destino personal en el colectivo, decir que nací cuando la revolución rusa tenía catorce años y se había asentado en su lugar el totalitarismo estaliniano; que nací a tres años de la crisis de la ideología venezolana de 1928 y a dos de la económica mundial; que cuando no tenía apenas un año llegaban al poder Hitler y Roosevelt; y que cuando cumplía cuatro años, estalló una de las crisis más fructíferas de nuestro siglo XX venezolano, el 14 de febrero de 1936”.

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”

Caraqueño por casualidad

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”, cuentaVanessa Peña Rojas, su biógrafa, autora de Manuel Caballero, militante de la disidencia. Después, Manuel desayunaba y, por ser diabético, sólo ingería los alimentos permitidos junto con las medicinas. La mañana transcurría entre la escritura, la comida y el gimnasio, una rutina diaria de ejercicio físicos que exigía la enfermedad. “Era muy sedentario, pasaba la tarde recibiendo a alguna visita, tenía una hamaca en el balcón de su casa y se acostaba temprano”, dice Peña. Pero cuando se obsesionaba por un libro, se trasnochaba escribiendo.

Manuel era el menor de los cuatro hijos que tuvieron Francisco Javier Caballero y María Antonieta Agüero. Su nacimiento en Caracas fue casual. La pareja se encontraba en la capital por asuntos de trabajo, y a doña María Antonieta se le ocurrió parir en una casa cerca de la esquina de Los Cipreses, en el centro de la urbe. Fue en ese seno familiar, trasladado a Barquisimeto, donde siempre le llevaba la contraria a todo el mundo. Allí se gestó el gran polemista en el que se convirtió después. “A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”, comenta Elías Pino Iturrieta, su amigo cercano y colega universitario.

En 1979, cuando se encontraba en Atenas, vio a la mujer que le cambió la vida: la poeta Hanni Ossott, caraqueña y ucevista como él. El romance comenzó en la cuna de Occidente y siguió hacia Londres donde, meses después, se casaron finalmente. Nunca tuvieron hijos, pero sí un gato llamado Ulises. Ossott falleció el 31 de diciembre de 2002, su legado fueron las cartas y poemas que le escribía, muestra de que la literatura fue cómplice de su amor. Manuel no era meloso, aunque sí un poco cascarrabias, pero sus amigos aprendieron a vivir con eso. Rafael Cadenas se encuentra entre ellos, compañero de la infancia y de la militancia política. Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas también eran parte del grupo.

Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Ni izquierda, ni derecha

A finales de 1948, Venezuela padece la réplica del terremoto que significó el 18 de octubre de 1945, momento en el que las últimas ruinas del gomecismo se vinieron abajo. En la noche del 24 de noviembre, un golpe de Estado derrocó el ensayo democrático de tres años, tutelado por Acción Democrática. El suceso sorprendió a Manuel Caballero en Valencia, donde terminaba su bachillerato, y lo empujó de forma insoslayable al espectro político e ideológico. Pero su posición nunca estuvo dentro de lo convencional: no era de izquierda, ni tampoco de derecha. Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Su reflexión siguió con vigencia 44 años después, el 4 de febrero de 1992, cuando el teniente coronel Hugo Chávez atentó contra las instituciones. Entonces, Caballero escribió: “El peor de los gobiernos civiles es mejor que el mejor de los gobiernos militares”. Desde su concepción, tanto la derecha como la izquierda pueden llegar a lo peor de sus extremos: el militarismo.

A esta tendencia se opuso desde que estudiaba en bachillerato, primero en Barquisimeto y después en Valencia. La efervescencia de la Revolución de Octubre embriagó a los jóvenes estudiantes y los arrojó a la política, casi todos a la mayor plataforma electoral de esa época: el partido Acción Democrática y a la juventud comunista.

Desde las filas de la militancia partidista, Manuel enfrentó contundentemente los sucesos políticos ocurridos en 1948, 1950 y 1952, más este último, que representó un momento crucial para su destino, porque fue durante ese año cuando salió exiliado por intentar tomar la universidad, entonces ubicada en el actual Palacio de las Academias.

Afuera tampoco se quedó tranquilo, participó en varios proyectos contra la dictadura y aprovechó para conocer el mundo con la moda de ser comunista. Al regresar, su repudio a las armas quedó a un lado porque quiso ser parte de la guerrilla de los sesenta, pero no lo consiguió. Entendía lo que eso implicaba, pero la desobediencia es necesaria en democracia. Tras la pacificación, entró al partido Movimiento Al Socialismo que fundaron Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, con el que fue electo diputado ante el Congreso.

El orgullo de escribir

Aunque Caballero comenzó en las andanzas de las letras desde muy joven, fue el periodismo el oficio que le abrió las puertas a la escritura, de allí su frase: “Escribo como periodista, pero tacho como historiador”.

No fue un periodista titulado, abocado a informar, sino más bien militante, a favor de una causa: la del partido. Y es que en ese momento no se podía estar mirando al techo, la democracia vivía su primer reto, contenía a la guerrilla. Por eso, sus flancos tenían nombre y apellido: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera. “No lo debemos olvidar como columnista de opinión. Se regocijaba en su rol de opinador. Fue de los más aguerridos y leídos en El Nacional y en El Universal”, dice Pino Iturrieta.

“A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”

Su faceta como periodista es debatida por muchos y reconocida por otros. Sus trabajos en Documentos políticos, La Pava Macha y el diario Clarín, pese a que tenían una evidente carga política, demostraban la irreverencia de los medios ante la autoridad. “La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”, escribió en uno de los ensayos del libro Contra la abolición de la historia. Su trabajo periodístico, además, estuvo enfocado en la fuente política, social y cultural, eso se evidencia con los artículos que conforman libros como El orgullo de leer, La peste militar y Polémicas y otras formas de escritura, entre otros de la Editorial Alfa.

Ulises Milla, director de la Editorial Alfa, considera que Manuel Caballero era un autor muy fácil, flexible y condescendiente con las sugerencias de la editorial. “El único problema que teníamos con él era gestionar la enorme cantidad de proyectos e ideas que nos proponía cada mes, cada semana y, a veces, ¡diariamente!”.

El ensayo era su fuerte, para muestra su obra publicada. “Independientemente del tema de estudio, al escribir su objetivo siempre fue poder comunicar con la mayor eficacia posible, una virtud que supo poner al servicio de su vocación periodística”, dice el editor. Cada encuentro y almuerzo que compartían era una fiesta de chanzas y carcajadas, de vastísima cultura e inquebrantable rigor intelectual.

“La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”

La pasión de comprender

Manuel Caballero equilibró dos oficios que, si bien no son opuestos, mantienen distancias importantes: el periodismo y la historia. “Su estilo periodístico certero, apresurado y con chispa, que usó para librar las peleas de la política, pasó a ser más cuidado en sus libros de historia”, cuenta la historiadora María Elena González Deluca.

El rigor, la teoría y práctica de la historia marcan de forma indeleble sus aportes, por eso, trabajos como Gómez, el tirano liberal, Rómulo Betancourt, político de nación y La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana son pilares importantes dentro de la historiografía nacional. Y no es jactancia: en 450 años, fue el primer venezolano publicado por la Universidad de Cambridge, Inglaterra.

Su trabajo no pasa desapercibido cuando se estudia la centuria pasada. “Cuando yo ingresé a la Escuela de Historia, Manuel Caballero era su director. Él era un profesor extraordinario, con una densidad y una calidad expositiva impecable”, comenta la historiadora Inés Quintero, quien fue su alumna en la materia Historia de las Ideas Políticas y Sociales de la UCV, clase en la que había una amplísima participación de los estudiantes. “No era una cosa lineal ni magistral, sino debatir y discutir, y esa fue una de las grandes enseñanzas que me dejó”. Lo recuerda como un profesor exigente, “sin contemplaciones. Manuel exigía que uno le dejara un doble margen a la página, para él poder poner los comentarios de los exámenes”.

González Deluca, por su parte, prosigue diciendo que Manuel no disfrutaba del todo su rol como profesor: “No le gustaba la formalidad del ejercicio. Tampoco se llevaba bien con el discurso oral ordenado y claro del buen docente, aunque siempre se destacaba cuando de hablar en público se trataba”. Para ella, eso no es lo que mejor lo define, cosa que no pasaba con la escritura, pues: “ahí sí se sentía cómodo, era su forma de comunicación preferida, lo que mejor se le daba y se le había dado en su vida”.

Manuel Caballero nunca dejó de escribir, ni siquiera cuando se jubiló como profesor. Y aunque ya tenía un doctorado, seguía en medio de la polémica: jamás parpadeó en su posición contra toda revolución, reacción y falsificación, et alia.

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