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lunes, 6 de abril de 2020

ESTRELLAS ENGAÑOSAS

La otra latitud política del coronavirus
Luis Barragán
 
Supusimos la cuarentena, sesentena u ochentena, apta para toda la reflexión escrita pendiente, pero – condicionada y desconfiada – la impide la supervivencia sanitaria en casa, faltando el agua y, en buena parte del país, el flujo eléctrico; esto, por no citar las constantes diligencias por los alimentos, medicamentos y detergentes, siendo tan precarias las comunicaciones. Apenas, por escasas horas nocturnas, removemos papeles y libros, intentando legitimar el receso forzado por un tiempo ya interesadamente indeterminado, sabiendo la cuarentena un término propiamente médico y sanitario con independencia de sus cuantías.

Un vistazo a la prensa internacional, nos impone de la campaña de un marxismo que pretende salir ileso de la pandemia, a propósito de lo que libremente se informa en los países afectados en contraste de otros que celan el secreto de sus tragedias. En unos, se airea el conflicto entre la cesión de los derechos personales y ciudadanos y las aspiraciones a una extrema seguridad, mientras que, para otros, bastará con citar el testimonio desesperado de Carolina Cox en la Cuba que exporta a algunos legionarios de la medicina con fines propagandísticos. Al respecto, agreguemos, hay una insostenible prédica moral que permite traer a colación a Ludwig von Mises y su “Socialismo: análisis económico y sociológico”, manifestando que “el hombre no es malo, sin embargo, porque busque el placer y evite el dolor, esto es, porque quiera vivir”, con la pretensión socialista de reemplazar la moral de las sociedades abiertas a favor de la abnegación, el renunciamiento y el sacrificio de sí mismo, como un valor per se y cuya exclusividad, añadimos, tan fariseamente reclama (WBF, Buenos Aires, 1968: 469); por cierto, la sola y consabida fiesta de Los Roques, ilustra la realidad que padecemos bajo el actual régimen venezolano.

Aparentemente efímero, el reciente debate entre Slavoj Žižek y Byung-Chul Han, en torno al colapso o la reivindicación del capitalismo, siendo tan obscura la pretendida alternativa, le concede otra latitud política a los tiempos del coronavirus. De obscuridades sabemos de sobra en este rincón del mundo, pero, a pesar de todas las muy elocuentes evidencias, Anne Applebaum reportó el testimonio de Hans Modrow, uno de los líderes comunistas provenientes de la Alemania Oriental, quien cifró sus mejores esperanzas en el llamado socialismo bolivariano (https://www.anneapplebaum.com/2020/02/27/venezuela-is-the-eerie-endgame-of-modern-politics).

La Cuba entristecida que retrata Abraham Jiménez Enoa (https://gatopardo.com/opinion/desde-el-malecon/la-mayoria-de-los-cubanos-no-pueden-darse-el-lujo-de-quedarse-en-casa-coronavirus-cuba/?fbclid=IwAR0KWzQb2ZPaNeGQej499Dwp5r4koGDnQndYyjjubSVuAi5ei-PrCB2EwJc), otro ejemplo, marca un rumbo que ya transitamos acá. Applebaum, en febrero próximo pasado, se aproximó con sobriedad y eficacia a la situación venezolana (https://www.anneapplebaum.com/2020/02/27/venezuela-is-the-eerie-endgame-of-modern-politics), aunque dijo hallar una polarización que, a nuestro juicio, no la hay ante un régimen contundentemente rechazado por las grandes mayorías condenadas al hambre, como hizo Stalin con Ucrania.

Refería von Mises, el socialismo “no saca su fuerza de una necesidad interna del pensamiento político científico moderno, sino de la voluntad política de una época favorable al misticismo y al romanticismo” (ídem: 52), observación que había reiterado Jacques Maritain en varios de sus títulos. Empero, huérfano de alguna mística y sensibilidad, a falta del adecuado soporte teórico, aspira a (pre) fabricarlos en los tiempos mismos de una pandemia que se dice ajena – siendo la peor – a toda dimensión ética, ideológica y política.

06/04/2020:
Ilustración: Ghee Beom Kim.

sábado, 4 de abril de 2020

¿LA RECHAZAMOS O SEGUIMOS ADELANTE?

Coronavirus solo con transparencia y tecnología
Las características restrictivas de los populismos traerán las peores recetas para afrontar los retos que nuestras sociedades tienen planteadas.
Rafael Tamames

Las características restrictivas de los populismos traerán las peores recetas para afrontar los retos que nuestras sociedades tienen planteadas.
La medidas tardías que muchos países, entre ellos España, están tomando ante el coronavirus, como los toques de queda y el cierre de fronteras, están desviando nuestra perspectiva en torno a la problemática que esta crisis nos plantea.
Parece que estamos escogiendo las restricciones por encima de la transparencia y la gestión eficiente de la información, y creo que ahí radica nuestro mayor error. Otro es poner de ejemplo en el combate de esta pandemia a China, que posiciona su sistema restrictivo en nuestro top of mind, y no volteamos la mirada a cómo deberíamos mejorar nuestras libertades.
La crisis mundial ha puesto en duda las democracias liberales, haciéndonos olvidar que las características restrictivas de los populismos traerán las peores recetas para afrontar los retos que nuestras sociedades tienen planteadas, más allá de la coyuntura actual. Sin embargo, una gran esperanza, y enseñanza, está llegando de los países asiáticos libres.
En mi último libro, Qué robot se ha llevado mi queso, hablo del caso de Corea del Sur. El país asiático es el número uno en cuanto a la cantidad de robots por trabajador (según los últimos datos disponibles de la IFR, ocupa el primer lugar, con 531 unidades por cada 10.000 trabajadores). Ser el número uno en cantidad de robots por trabajador no es sinónimo de alto desempleo, allí por el contrario es bajísimo, en torno al 4%.
¿Dónde está el secreto de Corea del Sur?
El informe PISA (http://www.oecd.org/pisa/)  y otros sondeos como el TIMSS o el PIRLS sitúan a Corea del Sur a la cabeza en educación, superando incluso a países como Finlandia, tradicionalmente en la vanguardia. Allí, la enseñanza es gratuita entre los 7 y 15 años, el Estado destina a la educación casi un 7% del PIB (España, solo 4,5%); las políticas educativas son de largo plazo, se apuesta por la tecnología en el aula y los alumnos reciben en promedio de 10 horas de clases diarias, logrando 16 horas más de estudio a la semana que la media de la OCDE.
La crisis y el miedo están instalando ideas como que la mano dura o el autoritarismo son buenas recetas para frenar la expansión del virus. Pero una sociedad libre y evolucionada debería pensar en generar soluciones y conciencia a partir del acceso a la información; en mejorar las libertades.
Muchos artículos hablan de la falta de liderazgo, pero en cambio yo veo aquí una carencia de herramientas para mejorar la transparencia en nuestras sociedades; y estas herramientas son no solo tecnológicas, sino políticas, sociales, legales y culturales; herramientas que nos permitan disponer y compartir la información en beneficio de todos.
"La gran ventaja de los humanos sobre los virus es su capacidad de intercambiar información", dice el escritor israelí Yuval Noah Harari en esta entrevista en El País. Emerge así un nuevo reto para las sociedades libres del mundo, el de compartir y gestionar la información de manera ágil, oportuna, eficiente y transparente.
Hay una variable tecnológica que se destaca como relevante, pero de nada sirve sin una cultura abierta al uso de la información para que sucedan cosas; piénsese por ejemplo en la app que lanzó Corea del Sur, que conecta a la gente obligada a quedarse en casa con las autoridades sanitarias para monitorizar su evolución. En realidad, están corriendo varias apps. Una es de uso obligatorio para aquellos que llegan al país de otras zonas de riesgo (actualmente, China, Hong Kong, Macao, Irán y prácticamente toda Europa) o están en cuarentena, y obliga a responder a un cuestionario diario sobre si hay o no síntomas. Las otras no. La app oficial fue desarrollada por el Ministerio del Interior y Seguridad, y permite al Gobierno monitorizar a los ciudadanos cuando se encuentran en cuarentena, así como localizar a quienes tienen prohibido abandonar sus hogares. Luego entran apps privadas, de uso voluntario (pero toda su información puede ser usada por las autoridades). Las más populares son CoronaNow, creada por jóvenes, y la ya célebre Corona 100, desarrollada por una empresa privada.
Tecnología y política
Taiwán es otro caso paradigmático –destacado ya por muchos medios– que tenía todas las de perder, con casi un millón de nacionales residiendo y trabajando en la China continental. Pero respondió rápido, con transparencia y eficacia. Creó un centro multidisciplinar de Mando Sanitario que trabaja 24/7 desde enero y cuyo principal objetivo es la recolección y transmisión de datos provenientes de los principales sectores, como la salud, la economía, el transporte y la educación.
Ciertamente, Taiwán fue sumando restricciones, pero lo hizo de manera oportuna y siguiendo lo que la data le iba diciendo, con transparencia intersectorial y de cara a la sociedad. Una restricción nunca debería tomarse sin información, sino que debe ser una consecuencia de ella.
Trazar y testear por dónde ha pasado el virus usando el poder del big data ha sido una de las claves en los países asiáticos para frenar el contagio. Otra razón es que países como Corea del Sur ya estaban preparados por escenarios similares anteriores, por lo que no esperaron a que los posibles contagiados (trackeados) fueran a los hospitales, sino que los fueron a buscar. En estas sociedades se ha erigido un complejo andamiaje tecnológico y humano para frenar el virus, que incluye entrevista personales y el acceso a todos los datos de los individuos con el uso de apps que han servido para cruzar y sistematizar la información.
Si queremos seguir siendo sociedades libres, tendremos que hacerlo de la mano de la tecnología y la transparencia. Ya no queda lugar para procesos opacos en la toma de decisiones. Mejorar las libertades será mil veces mejor que aumentar las restricciones.

Fuente:
https://www.libertaddigital.com/opinion/rafael-tamames/la-democracia-liberal-vencera-al-coronavirus-solo-con-transparencia-y-tecnologia-90328/

DEPENDE DEL DÍA

CONVERSACIONES DE LA PANDEMIA
Anne Applebaum: “Estos momentos serán recordados como una gran ruptura histórica”
La historiadora advierte sobre los riesgos que afronta la democracia y que Occidente puede perder el liderazgo mundial si su gestión de la pandemia no es buena
Félix Badía

La historiadora y periodista Anne Applebaum (Washington DC, 1964) ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar el convulso siglo XX de Europa del Este y la URSS. El último de sus libros, Hambruna roja (Debate), relataba la criminal política de Stalin respecto a Ucrania. Desde entonces, sin embargo, esta escritora, columnista también de The Atlantic , ha centrado su análisis en la crisis de la democracia liberal, un proceso de degradación en el que ahora se cruza la epidemia de coronavirus que ha incrementado aún más las incertidumbres. ¿Optimista o pesimista? “Depende del momento del día”.
La epidemia de coronavirus ha llegado en un momento en que las democracias liberales tienen mala salud. De hecho, ese es el tema de su próximo libro. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Para mí el principal problema de muchas democracias liberales es que los sistemas políticos no han sido capaces de evolucionar a la misma velocidad que los cambios tecnológicos, económicos y de la información. En un momento en que tantas cosas se pueden hacer rápidamente, la democracia toma mucho tiempo y da la impresión de que no ofrece respuestas de forma ágiles. La gente, entonces, busca atajos en sistemas diferentes: “tal vez el sistema chino es mejor, tal vez el ruso es mejor, tal vez ellos pueden tomar decisiones más rápidamente…”.
A eso se añade que hay dos crisis, una real y otra, digamos, más imaginaria, vinculadas ambas a la globalización y que esta epidemia ha exacerbado. La primera es que ya hace años que para mucha gente se ha hecho evidente que sus gobiernos no tienen el control de las economías, ven que decisiones tomadas en China o en Washington pueden afectar a su negocio, por ejemplo, en Barcelona. En cierta forma eso puede llevar a revivir ciertos tipos de nacionalismo.
Pero hay un segundo aspecto que reside en la naturaleza de los nuevos medios de comunicación que están debilitando a los medios tradicionales. En consecuencia, las sociedades que antes estaban acostumbradas a un debate público ahora, en cambio, se encuentran divididas en algo parecido a dos cámaras de eco en cuyo interior se producen los debates.
Las democracias se están deteriorando, pero ¿cree que la epidemia de coronavirus puede acelerar este proceso?
No quiero predecir lo que ocurrirá, porque están sucediendo muchas cosas todavía. Vemos, por ejemplo, que la gente está dispuesta a ceder en muchas cosas, como la libertad a cambio de seguridad. Siempre en la historia se puede constatar que cuando la gente teme a la muerte o a una pandemia está dispuesta a ceder poderes al Estado, a diferencia de lo ocurre en momentos de normalidad. La pregunta es cuánto y cómo los Estados van a utilizar esa posibilidad, si van a aprovechar esta situación o no para acumular poder en una persona o un partido político, si estos cambios van a producirse por un período corto y luego esos poderes volverán a la gente. Eso depende mucho de qué decisiones tomen los gobiernos próximamente.
Está viniendo un gran cambio en este sentido, en el que Asia va delante de nosotros, y, al margen de China, sino a países como Corea del Sur o Taiwan, que son democracias. Se trata de empezar a entender el uso de la tecnología o de la inteligencia artificial para monitorizar y centralizar la gestión contra la pandemia. Mucha gente en esas sociedades está dispuesta a ceder un cierto nivel de privacidad a cambio de la seguridad y de que las economías sigan funcionando. Creo que en algún momento tendremos este debate también en los países occidentales, y de nuevo, veremos qué decisiones tomamos al respecto, si serán temporales o permanentes o quién controlará los datos. Ese será un tema muy importante de debate en el próximo año.
Pero también hay oportunidades para modernizar la democracia.
¿Qué oportunidades de modernización?
La modernización del Estado, y no puedo hablar por España, pero sí por Estados Unidos o Polonia, que son los países en los que vivo. Uno de los aspectos que esta crisis ha mostrado es que tenían una total falta de preparación desde el punto de vista del sistema sanitario, de la interpretación de la información o de la política de comunicación, que en Estados Unidos y la Casa Blanca ha estado llena de fallos.
No podemos seguir en un mundo moderno con este tipo de incompetencia, que haya gente incapaz en los servicios de salud pública. Hay que revisar los mecanismos por los cuales esa gente llega a los puestos en que se toman decisiones o por los que se hace seguimiento de la salud de la población.
Por otra parte, el funcionamiento del Gobierno y de la burocracia, el desplazamiento de muchas operaciones de la administración hacia el ámbito online es algo que va a suceder, y tenemos que ver cómo hacemos eso de forma eficiente y segura para la gente, preservando la privacidad y la libertad.
Las democracias, de alguna manera, se la están jugando. Si gestionan mal la situación actual pueden dar alas a los movimientos autoritarios.
Es posible. Si los países occidentales no consiguen gestionar bien esta situación y en cambio los países asiáticos sí, será un gran desprestigio para Occidente. Una de las realmente grandes tragedias del momento es que Estados Unidos tiene hoy a un presidente como Donald Trump . En lugar de tener a alguien que buscara unir a personas y esfuerzos para combatir el coronavirus, le tenemos a él, y el problema no es que sólo que sea un nacionalista, sino que es un narcisista que no está interesado realmente en el destino de su país. Tenemos una terrible mala suerte en estos momentos. El país líder del mundo occidental en las últimas décadas está ahora liderado por la persona más catastróficamente errónea.
Tal vez los europeos encuentren la manera de trabajar conjuntamente en los próximos meses, tal vez pasado el primer shock Alemania y los países grandes de la Unión Europea puedan encontrar la manera de coordinarse. Si, en cambio, los países democráticos de Asia, como Taiwan, Corea o Japón, que tienen buenos sistemas de sanidad y una burocracia más sofisticada, dan una mejor respuesta, el liderazgo de Occidente se verá seriamente cuestionando.
En estos días la Unión europea en conjunto está siendo criticada por no ser capaz de dar la respuesta necesaria a lo que está sucediendo.
Creo que la crítica a la UE es injusta porque no tienen competencias en salud pública, que depende de las autoridades estatales. Aquí lo que está por ver es como la UE gestionará la crisis económica que está viniendo.
En general, aunque no tenemos la perspectiva histórica, ¿usted cree que esta crisis representará un paréntesis o una ruptura?
No me gustan las predicciones y no sé qué pasará la semana que viene, pero no hay duda de que esta época será recordada como una ruptura importante. Lo que sucederá a continuación depende de las decisiones que tomen los países en las próximas semanas. Pero creo que sí, estamos en un gran momento de cambio.
¿Es usted optimista o pesimista?
¿Sabe? Depende del momento del día. Me levanto por la mañana, veo la luz del sol y me siento optimista; pero empiezo a leer las noticias y me siento pesimista. Pero si transitamos a través de esta situación sin que se produzca una gran tragedia y si tomamos las decisiones correctas, seremos más pobres en los próximos meses y años, sí, pero tampoco creo que será el fin del mundo, no soy apocalíptica en ese sentido. Es una gran ruptura, el sistema mundial tal como lo conocemos está dejando de funcionar en estos momentos y cuando se ponga en marcha de nuevo será muy diferente.

Fuente:
Cfr.

viernes, 3 de abril de 2020

DEL PODER ACRECENTADO

When Disease Comes, Rulers Grab More Power
Anne Applebaum / The Atlantic Post Column

That same day, we called our college-freshman son in the United States and told him to get to the airport. He had been planning to stay with friends and family after his university closed. Instead, we gave him 30 minutes’ notice to get on one of the last flights to London, connecting to one of the last flights to Berlin. By the time he landed in Europe on Sunday, Poland had shut its borders to all public transportation. He took a train from Berlin to Frankfurt an der Oder, a town at the Polish-German border. Then he got out and walked across, carrying his luggage, as if in a Cold War movie about a spy exchange. He saw roadblocks, soldiers with guns, men in hazmat suits taking temperatures. My husband picked him up on the other side.
Poland was not the first European country to shut its borders, nor was it the last. About a dozen European countries have now halted or dramatically slowed border crossings. In addition, the Schengen Area—the European Union’s free-movement zone—has now stopped admitting non-EU citizens. The medical evidence for these dramatic border closures is muddy: Amy Pope, a former National Security Council staffer who worked on the Ebola crisis in 2014, told me that the Obama administration considered closing borders to travelers from West Africa at the time, but “scientists strongly advised against it, as it would likely make the outbreak worse.” Border closures, without careful planning, can slow down movement of equipment and expertise or create clusters of infectious people at airports and other checkpoints. Closures also give the illusion of resolute action without changing the reality on the ground. Back in January, President Donald Trump’s decision to stop flights from China gave him and his administration the false sense that they had stopped COVID-19. They had not.
In Poland’s case, the abrupt, seemingly unplanned decision caused massive chaos. Polish citizens are now stranded all over the place, and the government has been forced to arrange charter flights to get them home. Thousands of citizens of Ukraine, Belarus, and the Baltic states—including truck drivers and tourists just trying to get home—were lined up in their cars at the Polish-German border for several days, using nearby fields as a toilet, because border guards were refusing non-Poles entry. The German Red Cross was handing out food, drinks, and blankets.
None of these harsh, dramatic measures stopped the virus in Poland. The epidemic had already begun to spread a few weeks earlier and is still spreading. But despite the chaos—perhaps even because of the chaos—the border clampdown is immensely popular. The state is doing something. And this may be a harbinger of what is to come.
There is nothing new about the sudden enthusiasm for aggressive government intervention during a health crisis. Throughout history, pandemics have led to an expansion of the power of the state. As the Black Death spread across Europe in 1348, the authorities in Venice closed the city’s port to vessels coming from plague-infested areas and forced all travelers into 30 days of isolation, which eventually became 40 days; hence the word quarantine. A couple of centuries later, William Cecil, the chief minister to Queen Elizabeth I, battled the plague in England with a law that allowed authorities to shut the sick in their houses for six weeks. A few years later, the Plague Act of 1604 made criticizing these and other measures illegal.
At least while they were frightened, people complied. At times when people fear death, they go along with measures that they believe, rightly or wrongly, will save them—even if that means a loss of freedom. Such measures have been popular in the past. Liberals, libertarians, democrats, and freedom-lovers of all kinds should not fool themselves: They will be popular now too.
In some European countries, we are already watching that process unfold with a good deal of social consensus. Italy has gone into total lockdown. All shops and businesses are closed except those deemed essential; roadblocks are in place to prevent unnecessary travel; public parks and playgrounds are shut. Italian police already have fined tens of thousands of people for being outside without a valid reason. Since last Tuesday, Paris has been on a similarly stringent lockdown. You cannot leave home without filling out a form; 100,000 police officers have been assigned to make sure people don’t break the rules. On one day alone—Wednesday of last week—French police issued 4,000 fines for being outside for nonessential reasons.
Harsh, yes—but people now accept these measures as necessary. The Italian prime minister, Giuseppe Conte, enjoys the support of seven out of 10 Italians at the moment, an extraordinary number in a country that historically distrusts its politicians. The French president, Emmanuel Macron, has openly described the fight against the virus as a “war,” and this tougher approach and language have won him a majority of national approval too.
Taking advantage of this impulse, some are already going much farther. On Friday, the Hungarian government sent a bill to Parliament that will give dictatorial powers to the prime minister, Viktor Orbán, in the name of the “emergency.” For an indefinite period of time, he will be able to ignore whichever laws he wishes, without consulting legislators; elections and referenda are to be suspended. Breaking of quarantine will become a crime, punishable by a prison sentence. The spread of false information or other information that causes “disturbance” or “unrest” will also be a crime, also punishable by a prison sentence. It is unclear who will define false: The language is vague enough that it could include almost any criticism of the government’s public-health policy. None of this will fix the fact that Hungary is one of the European countries least prepared to fight the pandemic—not least because the policies of its nationalist government persuaded so many educated people, doctors included, to leave the country.
In normal times, the Hungarian opposition would never support such a blatant transfer of power, especially one that seems designed to hide the government’s failures. But at this time, some who would normally oppose the government will go along. “All of their warning systems have been switched off,” Péter Krekó, a Hungarian analyst, told me. At this moment of rising fear, he said, nobody wants to be seen as unpatriotic, as somehow harming the health and safety of Hungarians. Everybody wants to believe in the essential goodness of the nation and the state.
A similarly abrupt transition is taking place in Israel, where Benjamin Netanyahu—still prime minister despite having lost a recent election—has enacted an emergency decree that allows him to postpone the start of his own criminal trial and that prevents the newly elected Israeli Parliament, in which the opposition has a majority, from convening. He has also given himself huge new powers of surveillance without any oversight. Institutions and tactics normally used to track terrorists will now be used to monitor quarantine compliance, follow average citizens’ activity and movement, and keep track of their temperatures and health status. A part of the Israeli population will never accept either the enhanced role of security services or Netanyahu’s self-interested crackdown: The English edition of the newspaper Ha’aretz has already dubbed these moves a “corona-coup.” But as long as Israelis are frightened, another part of the population will.
Americans should be prepared for their fellow citizens to react the same way. Our federal system does give us some advantage: Quarantine powers vary from state to state; those who enforce them are more likely to be state police than federal security services. But the American president has already proved that he prefers gesture politics to real measures, border closures to the mass production of masks and test kits. More to the point, he has a longer record: The Ukraine scandal showed us that Trump has little respect for rule of law, and the Mueller investigation showed us that he cares little for the independence of the Department of Justice. He has already abused government power for political reasons, and he has a loud claque of supporters who have applauded him for doing so. In the coming weeks or months, it is very likely that he will use this crisis to accrue more power, just like Orbán and Netanyahu have, and it is very likely that Fox News will support him. So will many Americans. The Department of Justice, Politico has reported, has already asked Congress for powers to detain Americans without trial, even though such powers are not remotely necessary. Those lawmakers who resist these and similar measures to come should prepare to be accused of endangering their constituents’ lives.
In an alternate universe with a different president, health officials in the United States could have had better options, better ways to channel public anxiety, better ways to monitor the public’s well-being, using technology and without suspending the rule of law. South Korea, a flourishing and robust democracy, is using apps to track coronavirus patients and others under quarantine yet has not felt the need to suspend Parliament. Sema Sgaier of the Surgo Foundation, an organization that promotes the use of data and behavioral science in public health, points out that technology can help in other ways—for instance, by monitoring outbreaks of COVID-19 so that quarantines and lockdowns can be targeted to particular neighborhoods or towns, thereby avoiding the blanket shutdowns that entire American states have imposed. It should also be possible to use tracking technology in transparent ways, offering citizens the right to log out of the system once the pandemic is over.
Here in Poland, the government is a long way away from deploying such sophisticated tactics, and the old methods are still in place. Local police in our rural district have been phoning, regularly, to make sure that everyone in our house remains inside: 14 days of quarantine are now compulsory for everyone in the country who has returned from abroad. They have been polite. I understand that they are doing their jobs, and I understand that the point is to make people safe. But neither I nor anyone else on their lists has any way of knowing whether, after this epidemic subsides, new powers ceded to the authorities during the crisis will ever be given back.

Fuente:
Fotografías:

Cuando llega la enfermedad, los gobernantes toman más poder
Anne Applebaum

El 13 de marzo, el viernes 13, como sucedió, mi esposo conducía por una carretera polaca cuando dio la noticia y se enteró de que las fronteras del país se cerrarían en 24 horas. Se detuvo y me llamó. Compré un boleto de Londres a Varsovia minutos después. No vivo allí todo el tiempo, pero mi esposo es polaco, la única casa que tengo es en la Polonia rural, y quería estar en ella. A la mañana siguiente, el aeropuerto de Heathrow estaba aterradoramente vacío, excepto por el vuelo de Varsovia, que estaba lleno de personas que intentaban obtener uno de los últimos viajes comerciales de regreso a su país. Durante el check-in, los agentes se negaron a subir a los pasajeros sin un pasaporte polaco (tengo uno) o documentos de residencia. Entonces alguien se dio cuenta de que las nuevas reglas entraron en vigencia solo a la medianoche, así que presencié una conversación entre uno de los mayordomos y dos pasajeros no polacos: “Te das cuenta de que tal vez no puedas volar de nuevo. Te das cuenta de que puedes estar en Varsovia durante mucho tiempo ...
Ese mismo día, llamamos a nuestro hijo de primer año de la universidad en los Estados Unidos y le dijimos que fuera al aeropuerto. Había planeado quedarse con amigos y familiares después del cierre de su universidad. En cambio, le avisamos con 30 minutos de anticipación para tomar uno de los últimos vuelos a Londres, conectando con uno de los últimos vuelos a Berlín. Cuando aterrizó en Europa el domingo, Polonia había cerrado sus fronteras a todo el transporte público. Tomó un tren de Berlín a Frankfurt an der Oder, una ciudad en la frontera polaco-alemana. Luego salió y cruzó, cargando su equipaje, como en una película de la Guerra Fría sobre un intercambio de espías. Vio barricadas, soldados con pistolas, hombres con trajes de materiales peligrosos que tomaban temperaturas. Mi esposo lo recogió del otro lado.
Polonia no fue el primer país europeo en cerrar sus fronteras, ni fue el último. Alrededor de una docena de países europeos han detenido o reducido drásticamente los cruces fronterizos. Además, el espacio Schengen, la zona de libre circulación de la Unión Europea, ha dejado de admitir a ciudadanos no pertenecientes a la UE. La evidencia médica de estos dramáticos cierres de fronteras es confusa: Amy Pope, ex miembro del personal del Consejo de Seguridad Nacional que trabajó en la crisis del Ébola en 2014, me dijo que el gobierno de Obama consideró cerrar las fronteras a los viajeros de África occidental en ese momento, pero "los científicos desaconsejado, ya que probablemente empeoraría el brote ". El cierre de las fronteras, sin una planificación cuidadosa, puede ralentizar el movimiento de equipos y experiencia o crear grupos de personas infecciosas en aeropuertos y otros puntos de control. Los cierres también dan la ilusión de una acción decidida sin cambiar la realidad sobre el terreno. En enero, la decisión del presidente Donald Trump de detener los vuelos desde China les dio a él y a su administración la falsa sensación de que habían detenido COVID-19. No lo hicieron.
En el caso de Polonia, la decisión abrupta y aparentemente no planificada causó un caos masivo. Los ciudadanos polacos ahora están varados por todas partes, y el gobierno se ha visto obligado a organizar vuelos charter para llevarlos a casa. Miles de ciudadanos de Ucrania, Bielorrusia y los estados bálticos, incluidos camioneros y turistas que intentaban llegar a casa, estuvieron en fila en sus automóviles en la frontera polaco-alemana durante varios días, utilizando los campos cercanos como un retrete, porque los guardias fronterizos estaban rechazando la entrada no polaca. La Cruz Roja Alemana estaba repartiendo comida, bebidas y mantas.
Ninguna de estas medidas duras y dramáticas detuvo el virus en Polonia. La epidemia ya había comenzado a extenderse unas semanas antes y todavía se está extendiendo. Pero a pesar del caos, tal vez incluso por el caos, la represión fronteriza es inmensamente popular. El estado está haciendo algo. Y esto puede ser un presagio de lo que está por venir.
No hay nada nuevo sobre el repentino entusiasmo por la intervención agresiva del gobierno durante una crisis de salud. A lo largo de la historia, las pandemias han llevado a una expansión del poder del estado. A medida que la Peste Negra se extendió por Europa en 1348, las autoridades de Venecia cerraron el puerto de la ciudad a embarcaciones procedentes de zonas infestadas de plagas y obligaron a todos los viajeros a 30 días de aislamiento, que finalmente se convirtieron en 40 días; de ahí la palabra cuarentena . Un par de siglos después, William Cecil, el primer ministro de la reina Isabel I, luchó contra la peste en Inglaterra con una ley que permitía a las autoridades encerrar a los enfermos en sus casas durante seis semanas. Unos años más tarde, la Ley de Plaga de 1604 hizo que criticar estas y otras medidas fuera ilegal.
Al menos mientras estaban asustados, la gente obedeció. En los momentos en que las personas temen a la muerte, adoptan medidas que creen, correcta o incorrectamente, las salvarán, incluso si eso significa una pérdida de libertad. Tales medidas han sido populares en el pasado. Los liberales, los libertarios, los demócratas y los amantes de la libertad de todo tipo no deben engañarse a sí mismos: ahora también serán populares.
En algunos países europeos, ya estamos viendo cómo se desarrolla ese proceso con un buen consenso social. Italia ha entrado en un encierro total. Todas las tiendas y negocios están cerrados, excepto los que se consideran esenciales; existen obstáculos para evitar desplazamientos innecesarios; Los parques públicos y parques infantiles están cerrados. La policía italiana ya ha multado a decenas de miles de personas por estar afuera sin una razón válida. Desde el martes pasado, París ha estado en un bloqueo igualmente estricto . No puede salir de casa sin completar un formulario; Se han asignado 100,000 policías para asegurarse de que las personas no infrinjan las reglas. Solo en un día, el miércoles de la semana pasada, la policía francesa emitió 4.000 multas por estar afuera por razones no esenciales.
Duro, sí, pero la gente ahora acepta estas medidas según sea necesario. El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, cuenta con el apoyo de siete de cada 10 italianos en este momento, un número extraordinario en un país que históricamente desconfía de sus políticos. El presidente francés, Emmanuel Macron, describió abiertamente la lucha contra el virus como una "guerra", y este enfoque y lenguaje más duros también le han valido la aprobación nacional.
Aprovechando este impulso, algunos ya están yendo mucho más lejos. El viernes, el gobierno húngaro envió un proyecto de ley al Parlamento que otorgará poderes dictatoriales al primer ministro, Viktor Orbán, en nombre de la "emergencia". Por un período de tiempo indefinido, podrá ignorar las leyes que desee, sin consultar a los legisladores; Las elecciones y los referendos se suspenderán. La ruptura de la cuarentena se convertirá en un delito, punible con una pena de prisión. La difusión de información falsa u otra información que causa "disturbios" o "disturbios" también será un delito, también castigable con una pena de prisión. No está claro quién definirá falso: el lenguaje es lo suficientemente vago como para incluir casi cualquier crítica a la política de salud pública del gobierno. Nada de esto solucionará el hecho de que Hungría es uno de los países europeos menos preparados para combatir la pandemia, sobre todo porque las políticas de su gobierno nacionalista persuadieron a tantas personas educadas, incluidos los médicos, a abandonar el país.
En tiempos normales, la oposición húngara nunca apoyaría una transferencia de poder tan descarada, especialmente una que parece diseñada para ocultar los fracasos del gobierno. Pero en este momento, algunos que normalmente se opondrían al gobierno seguirán. "Todos sus sistemas de advertencia han sido desconectados", me dijo Péter Krekó, un analista húngaro. En este momento de creciente miedo, dijo, nadie quiere ser visto como antipatriótico, ya que de alguna manera perjudica la salud y la seguridad de los húngaros. Todos quieren creer en la bondad esencial de la nación y el estado.
Se está produciendo una transición igualmente abrupta en Israel, donde Benjamin Netanyahu, aún primer ministro a pesar de haber perdido una elección reciente, ha promulgado un decreto de emergencia que le permite posponer el inicio de su propio juicio penal y eso impide que el recién elegido Parlamento israelí, en el que la oposición tiene mayoría, desde la convocatoria. También se ha dado enormes poderes nuevos de vigilancia sin ningún tipo de supervisión. Las instituciones y tácticas que normalmente se usan para rastrear a los terroristas ahora se usarán para monitorear el cumplimiento de la cuarentena, seguir la actividad y el movimiento de los ciudadanos promedio y realizar un seguimiento de sus temperaturas y estado de salud. Una parte de la población israelí nunca aceptará el papel mejorado de los servicios de seguridad o la represión egoísta de Netanyahu: la edición en inglés del periódico Ha'aretz ya ha calificado estos movimientos como un "golpe de corona". Pero mientras los israelíes estén asustados, otra parte de la población lo hará.
Los estadounidenses deberían estar preparados para que sus conciudadanos reaccionen de la misma manera. Nuestro sistema federal nos da algunas ventajas: los poderes de cuarentena varían de estado a estado ; quienes los hacen cumplir son más propensos a ser policías estatales que servicios de seguridad federales. Pero el presidente estadounidense ya ha demostrado que prefiere la política gestual a las medidas reales, el cierre de fronteras a la producción en masa de máscaras y kits de prueba. Más concretamente, tiene un historial más largo: el escándalo de Ucrania nos mostró que Trump tiene poco respeto por el estado de derecho, y la investigación de Mueller nos mostró que le importa poco la independencia del Departamento de Justicia. Ya ha abusado del poder del gobierno por razones políticas, y tiene un fuerte grupo de seguidores que lo aplaudieron por hacerlo. En las próximas semanas o meses, es muy probable que use esta crisis para acumular más poder, al igual que Orbán y Netanyahu, y es muy probable que Fox News lo apoye. También lo harán muchos estadounidenses. El Departamento de Justicia, informó Politico , ya ha pedido poderes al Congreso para detener a estadounidenses sin juicio, a pesar de que dichos poderes no son remotamente necesarios. Los legisladores que resisten estas y otras medidas similares por venir deberían prepararse para ser acusados ​​de poner en peligro la vida de sus electores.
En un universo alternativo con un presidente diferente, los funcionarios de salud en los Estados Unidos podrían haber tenido mejores opciones, mejores formas de canalizar la ansiedad pública, mejores formas de monitorear el bienestar del público, utilizando la tecnología y sin suspender el estado de derecho. Corea del Sur, una democracia floreciente y robusta, está utilizando aplicaciones para rastrear a pacientes con coronavirus y otras personas en cuarentena, pero no ha sentido la necesidad de suspender el Parlamento. Sema Sgaier de la Fundación Surgo, una organización que promueve el uso de datos y ciencias del comportamiento en la salud pública, señala que la tecnología puede ayudar de otras maneras, por ejemplo, al monitorear los brotes de COVID-19 para que las cuarentenas y los bloqueos puedan ser atacados. a barrios o ciudades particulares, evitando así los cierres generales que han impuesto estados estadounidenses completos. También debería ser posible utilizar la tecnología de seguimiento de manera transparente, ofreciendo a los ciudadanos el derecho de cerrar sesión en el sistema una vez que la pandemia haya terminado.
Aquí en Polonia, el gobierno está muy lejos de desplegar tácticas tan sofisticadas, y los viejos métodos aún están vigentes. La policía local en nuestro distrito rural ha estado llamando regularmente para asegurarse de que todos en nuestra casa permanezcan adentro: 14 días de cuarentena ahora son obligatorios para todos en el país que han regresado del extranjero. Han sido educados. Entiendo que están haciendo su trabajo, y entiendo que el punto es hacer que las personas estén seguras. Pero ni yo ni nadie más en sus listas tenemos alguna manera de saber si, después de que esta epidemia disminuya, los nuevos poderes cedidos a las autoridades durante la crisis serán devueltos.

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Brevísima nota LB: Magnífica portada. Pequeño fomato el original, hubo que capturar la imagen.

jueves, 12 de marzo de 2020

EXIGENCIA DE SOBRIEDAD

Guillermo Tell Aveledo: Democracia y liberalismo son conceptos en tensión
El politólogo diferencia democracia y liberalismo, términos que, pese a ser contrarios, están entrelazados desde el siglo XVIII, cuando emerge el concepto de democracia liberal. Clímax presenta «Democracia en crisis», una serie de entrevistas de opinión sobre el papel de la representación política en el siglo XXI
Jesús Piñero
 
La democracia liberal pareciera hacer aguas en todo el mundo. Desde los últimos 30 años, la armonía entre democracia y liberalismo empezó a tensarse, tal vez por su origen contrario, antagónico: mientras que una idea apela al pueblo, la otra se refiere al individuo. Su vínculo procede del siglo XIX, como resultado de las grandes revoluciones políticas de occidente ocurridas durante las centurias XVII y XVIII. En la actualidad, el politólogo Guillermo Tell Aveledo hace sus diferencias entre ambos conceptos.

Pero dentro de la democracia liberal se encuentra la semilla de su propia destrucción, que la somete a una crisis perenne, porque al estar sujeta a la coexistencia de opiniones contrarias, al disenso, requiere de instituciones sólidas, de pesos y contrapesos para mantenerse: “Si entre nosotros hubiese quienes desean disolver esta Unión, o cambiar su forma republicana dejémosles tranquilos, como monumentos a la confianza con que puede tolerarse un error de opinión cuando la razón se halla en la disposición de combatirlo”, escribió Thomas Jefferson al empezar el siglo XIX. Ideas opuestas a las de Jean Jacques Rousseau, quien, para el historiador israelí Jacob Talmon, sentó las bases de la “democracia totalitaria”, o el gran consenso en el que no existen contradicciones.

Guillermo Tell Aveledo define a la democracia liberal como un sistema en el que la soberanía recae entre los habitantes de un territorio y sus gobernantes tienen limitantes, es decir, una serie de instituciones legitimadas desde la soberanía popular, regular y razonable (el dêmos) “(…) para la selección de los miembros del poder público mediante elecciones regulares, plurales y competitivas”. Un régimen en el que si bien la mayoría decide, la minoría no pierde sus derechos, tal como lo refirió Jefferson, uno de sus protagonistas estelares, en su primer discurso de toma de posesión: “(…) todos considerarán el sagrado principio de que aun cuando la voluntad de la mayoría es la que prevalece en todos los casos, esa voluntad, para ser justa, debe ser razonable; que la minoría goza de los mismos derechos, los cuales se ven protegidos por las mismas leyes, y que violar esos derechos sería una forma de opresión”.

El profesor de historia del pensamiento político en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de la Universidad Metropolitana (Unimet) explica que la tensión entre democracia y liberalismo cada vez es mayor en la actualidad, pese haber convivido de forma armoniosa durante la posguerra y la segunda mitad del siglo XX. “La democracia liberal, al fin y al cabo, es una amalgama tensa y contradictoria entre la idea de controlar el poder político, especialmente el poder político del Estado, de la monarquía absoluta, y la pulsión por la soberanía popular. La soberanía popular, si es realmente soberana, va a querer más poder. Entonces, también, en la democracia liberal se impone el elemento democrático más avasallante, más mayoritario de esa ecuación”.

—Y la democracia liberal pareciera hacer aguas con el auge del nacionalismo y una tendencia antiglobalizante. ¿Los autoritarismos de las distopías son el futuro?

—No es tanto así, hay que verlo con cierta sobriedad. Hay una tensión entre el componente democrático, que no siempre es pro apertura, pro limitación del poder, pro tolerancia y derechos humanos; y el elemento liberal que no siempre está dado hacia la voluntad de la provisión. Esos sistemas dependen de ser eficientes en lo económico, porque la aspiración de la población es estar mejor, es estar más próspera. Por eso durante la segunda mitad del siglo pasado se discutía si era mejor tener una dictadura o una democracia para ser desarrollado. Pero desde los años noventa, con el auge del neoliberalismo y las reformas de apertura, los cambios en China, etcétera, ¿qué es lo que ha pasado? Tienes una reversión del Estado hacia más austeridad, hacia menos gasto público, y hasta cierto punto eliminar una de las presiones democráticas de redistribución del ingreso de las décadas previas. Y eso genera en el mundo una frustración que parecía en el crecimiento económico de la década de los noventa de la década pasada, que significaba una mejora de la calidad de vida –somos más eficientes, somos más productivos y demás– pero eso no se refleja en nuestra vida real en las últimas dos décadas, no se siente que todos mejoramos al mismo ritmo. Entonces, las gallinas cantan como gallos, como diría la famosa frase. Estamos en esa revulsión, desde Chile al Líbano. De Beirut a París, y de París hasta Hong Kong.

—O sea, que Latinoamérica también se enmarca en esta etapa.

—Sí, pero es un malestar que no sólo es latinoamericano. Aquí está ocurriendo un reclamo durante una década de mayor democratización, y en los últimos años tuvimos una suerte de reversión de esa dinámica. Y esa reversión fue hacia estas democracias mayoritarias, esa “marea rosa” de la década de los 2000, que dictó pauta en América Latina hacia una mayor retribución del ingreso, pero también derivó en más autoritarismo, siendo además ineficiente económicamente por los resultados de la política redistributiva.

—¿Y cómo entramos en ese escenario que describe?

—Hay una gran decepción con la democracia: las reformas de la ‘Tercera Ola’ y esa apertura no parecieron dar un genuino poder al pueblo. También hay un gran descontento con las democracias de izquierda de la década pasada, por su incapacidad administrativa. Luego, se suma a esas dos corrientes revulsiva la desesperanza aprendida del latinoamericano: “aquí todo va a estar peor”. Nuestro marco de referencia es uno de mucho cinismo. Latinoamérica es uno de los continentes de mayor cinismo político, lo vemos en Latinobarómetro, en la desafección con los partidos políticos, en el modo en que esos partidos políticos suben y bajan de una elección a otra. No hay partidos estables en América Latina, salvo el peronismo, el peronismo es eterno. Lo que se ve aquí es un gran descontento en el cual, no es que Venezuela haya sido pionera, sino que es parte de ese ritmo. Nosotros nos democratizamos antes y el descontento llegó antes. Pero ahí va llegando esa ola al resto del continente.

—De hecho, las protestas se parecen mucho a las de hace 30 años en Venezuela. ¿Somos el futuro del continente?

—A veces parece que venimos del futuro y eso por supuesto que da un panorama sumamente sombrío. Pero vamos a estar claros, por una parte, hasta ahora, no parece haber en estas protestas una reacción que indique una dirección autocrática, autoritaria de las mismas. Esa es una posibilidad, que Venezuela sea como un ejemplo, no de liberación de los pueblos, sino de autocratización, que puede ser de izquierda o de derecha, en respuesta al caos, a la sensación de inoperatividad del sistema político, como pasó aquí en los años noventa. ¿Pero qué diferencias o similitudes hay? Tanto en el caso de Pérez, como en el caso de todas estas protestas de América Latina casi todas se dan en un contexto de sistemas democráticos, de modo que las respuestas son peor vistas, porque toda represión en un sistema democrático es peor vista que en un sistema autoritario. En un sistema autoritario se supone que se va a reprimir; esto es normal, ordinario. Por eso los sistemas democráticos son tan exigentes, porque requieren un consenso que minimice represión, lo cual puede llegar a ser muy difícil. El costo de la represión en sistemas políticos autoritarios sólo es tal si estos se avergüenzan o son inefectivos. Lo que pasó en la Alemania oriental hace 30 años no pasó en Nicaragua ni en Venezuela hace dos años. Aquí había una represión desvergonzada. ¿Qué decían el Estado nicaragüense y el venezolano? No importa la condena internacional, yo me las juego.

—Latinoamérica tiene una historia en común: independencias, caudillismo, dictaduras, gobiernos democráticos, tendencias liberales y el auge de la izquierda en los 2000. Ahora, las protestas y el descontento hacia el poder…

—Los que están protestando en Bolivia no están protestando con las mismas banderas que lo que están protestando en Chile o los que están protestando en Haití. Son reclamos distintos. ¿Qué tienen en común? La sensación de desigualdad frente a los poderosos. La sensación de desafección hacia la democracia y hacia los partidos políticos, que es sumamente peligrosa, pero también hacia los canales ordinarios de participación y manifestación de quejas y agravios. Eso es muy serio, y aquí parece que nuestro caso es más avanzado en su decaimiento que en las naciones europeas. Ahora, en el 2012 teníamos unas revueltas terribles en Londres, unos pocos años después en París, y no hablamos de la epidemia europea. El fatalismo latinoamericano nos domina y nos hace ver las cosas completamente negras. Veamos las cosas con un poco de perspectiva y quizá nos hagan ser más sobrios en nuestra aspiración y análisis. Hay en general un descontento hacia la democracia y hacia los partidos políticos. O sea, América Latina sufre de la misma decepción europea occidental con las necesidades del tercer mundo, del mundo en desarrollo, lo que genera una combinación pavorosa, pero no inusual.

Transición y alternancia

Las dictaduras militares de mediados del siglo XX vieron su ocaso a finales de los años cincuenta y después de algunos destellos democráticos, muchas volvieron al poder. Lo que hizo que, en palabras del profesor Aveledo, se generaran transiciones incompletas y demandas por una democracia más amplia. “Le pones a eso la crisis por deuda en los años ochenta, las medidas de los noventa y te da ese descontento que da lugar a demandas socializantes que canalizan estas mareas rosas de los 2000. Y esto pasó de forma democrática, no por golpes de Estado. Sólo en algunos casos particulares fue una reversión autoritaria de forma completa: el caso de Venezuela, el caso de Nicaragua, pero no así en el caso de Ecuador, en el caso de Bolivia, donde fue abortado. Tampoco el caso de Brasil ni el de Argentina. Y no estoy negando ni la corrupción ni los abusos de poder de esos gobiernos, pero no eran todos gobiernos definitivamente autoritarios”.

La alternancia el poder es otro factor que el profesor Guillermo Tell Aveledo considera a la hora de diagnosticar la crisis política que atraviesa América Latina. “El temor que uno de los dos sectores se quede para siempre. La izquierda colombiana teme que el uribismo sea gobierno para siempre, lo cual no parece que esté pasando. La izquierda brasileña teme que Jair Bolsonaro haya cambiado definitivamente el sistema político, y eso no parece que está ocurriendo, hay visiones que dejan ver que es un tipo más razonable de lo que parece. La nueva oposición argentina y la oposición mexicana temen que se queden allí para siempre los Fernández y el peronismo, y Andrés Manuel López Obrador y Morena, y esto es aún prematuro afirmarlo”.

—Todo parece resumirse en debate entre izquierda y derecha.

—Aquí hay algo que se manifiesta en todo el mundo: el retorno de esas etiquetas políticas, el retorno optimista o el retorno pesimista de esas etiquetas políticas. En el caso latinoamericano siempre está la evocación a la Revolución cubana y, por supuesto, a estos paradigmas de la izquierda continental, pero también la idea de que el Estado es neutral, de que el Estado no tiene ideología, sino que es puramente técnico, que es la vieja etiqueta de los sesenta y setenta, a veces estatista, a veces libremercadista, no era verdad, porque al fin y al cabo tú estás haciendo una escogencia que se basa en mayor libertad o mayor igualdad. La aspiración en realidad, aunque es contradictoria, es simultánea; tú debes procurar la una y la otra, y por eso durante el tiempo más estable de las democracias de América Latina eso funcionaba como el consenso social democrático. Pero eso tiene muchos costos, mucha ineficiencia, y siempre habrá que escoger. De repente lo resolvemos con mayor autoritarismo o con mayor redistribución, pero al cabo de poco tiempo el cuero vuelve a saltar. Eso ha sido así, forma parte de la vida política y de la vida humana. Pretender solucionarlo de manera definitiva acarrea enormes peligros.

—Entonces, ¿la región estará signada para siempre en ese debate?

—No es que Latinoamérica esté signada a ese debate: lo está toda la humanidad. Y con esto no quiero ponerme fatalista o incluso relativizar el asunto, pero más bien decir con cierto cuidado que no hay soluciones perfectas en política. Nuestra aspiración democrática, que es progresiva, no se detiene, pero no quiere decir que nuestro retroceso y nuestros traspiés sean simplemente, como insiste el fatalismo latinoamericano, que eso sí nos caracteriza siempre. No, hay una aspiración constante: la tenacidad de la población de querer vivir con sus derechos, de vivir con mejoras, es una oportunidad. Así ha sido con Europa, ¿cuántas de las democracias europeas actuales lo fueron hace 30, 40 o 50 años? Hay que verlo con cierta humildad y con realismo.

—¿Y en el caso de Estados Unidos?

—Claro, Estados Unidos tiene eso con una visión política más bien antigua en comparación con los demás, que unos dirían republicana en lugar de democrática. Pero también con grandes desigualdades que no vemos porque son de las dimensiones de esa economía. Si uno va a los guetos de Maryland o a los barrios latinos de Los Ángeles, la situación es casi similar a los países del tercer mundo. O vas a las montañas Apalaches, que son sitios absolutamente cavernarios. Así como el Medio Oriente no es Dubái, el mundo norteamericano no son los rascacielos de Nueva York. Estados Unidos tiene una gran producción, pero también su propio modelo se agota, y eso lo vemos a lo largo del tiempo. Ahí están las revelaciones: ese país también es presa del populismo. Hoy está mandando una derecha, pero ya una izquierda reclama un espacio cada vez más agresivo. Ese consenso o esa moderación dura tanto como te dure el fundamento material.

Fuente:
Fotografía: Dniel Hernández.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

STALIN VIVE, LA PATRIA SIGUE

Anne Applebaum y la gran hambruna roja: "Rusia sigue amenazando a toda Europa"
Una de las mejores historiadoras del momento se sumerge en una de las mayores carnicerías del siglo XX: el Holodomor que mató de hambre a 4 millones de ucranianos entre 1933 y 1934
Daniel Arjona
26/01/2019

Con el hambre llegaron la violencia, las venganzas, la desesperación, el canibalismo y la locura. Finalmente todas las emociones se apagaron. La gente se sentaba a morir en los bancos de sus granjas arrasadas, indiferentes e inmóviles. O huían por las vías del tren hasta que ya no podían más y se derrumbaban o se colgaban en los postes a la vista de los aterrados viajeros. Los cuerpos se amontonaban en las calles de pueblos y ciudades sin que nadie tuviera ni fuerzas ni ganas de recogerlos. Un empleado del ferrocarril recordaba que "todas las mañanas, mientras iba camino del trabajo, me encontraba con dos o tres cadáveres junto a las vías, pero pasaba por encima de ellos sin pisarlos y seguía adelante. La hambruna me había robado la conciencia, el alma y los sentimientos. Al pasar por encima de los cadáveres no sentía absolutamente nada, era como si estuviera sorteando troncos".
Ocurrió entre 1931 y 1934 y es quizás uno de los hitos del Mal de un siglo XX pródigo en horrores. Como consecuencia de la nefasta colectivización salvaje que obligó a los kulaks o campesinos a dejar sus tierras e integrarse en granjas colectivas y de la decisión premeditada de liquidar cualquier anhelo de independencia en Ucrania, Stalin mató de hambre a cuatro millones de ucranianos -y a otro millón más en el resto de la URSS- en lo que habría de bautizarse como 'Holodomor', de las palabras ucranianas 'hólod' ('hambre') y 'mor' ('exterminio'). El velo que aún se cernía sobre aquellos hechos terribles motivado principalmente por la negativa del régimen actual de Putin en Rusia a realizar la más mínima crítica al pasado comunista, acaba de ser levantado definitivamente en 'Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania' (Debate, 2019) por Anne Applebaum (Washington DC, 1964), una de las mejores historiadoras de la actualidad.
"El tema central que nos ocupa es", explica la autora, "¿qué ocurrió en realidad en Ucrania entre los años 1917 y 1934? En particular, ¿qué ocurrió durante el otoño, el invierno y la primavera de 1932 y 1933? ¿Qué sucesión de acontecimientos y qué mentalidad llevaron a la hambruna? ¿Quién fue el responsable? ¿Qué lugar ocupa este episodio terrible en la historia general de Ucrania y en la del movimiento nacional ucraniano?" Applebaum vive en Polonia y no sólo es una de las más reputadas historiadoras del reverso tenebroso del comunismo en el siglo XX con libros como 'Gulag' (Premio Pulitzer) o 'El telón de acero', sino que además es una de las más beligerantes liberales contra el populismo de extrema derecha, esa epidemia que devora a su país de adopción y que amenaza en todo el mundo la pluralidad, la prosperidad y la sociedad abierta.
En el número de octubre de The Atlantic, la historiadora Anne Applebaum publica uno de los mejores ensayos políticos que se pueden leer estos días: 'Una advertencia desde Europa'
PREGUNTA. Explica en su libro que el Holodomor constó de dos secuencias. Primero, la hambruna. ¿Fue el resultado no buscado de un proceso político nefasto, la colectivización staliniana, o, más bien un hecho premeditado, es decir, Stalin quiso matar voluntariamente de hambre a los ucranianos?
RESPUESTA. Hay que entender que la hambruna fue provocada en primer lugar por la colectivización stalinista pero que, cuando la gente empezó a tener hambre, y todo el mundo sabía lo que estaba ocurriendo, el estado soviético puso en marcha políticas diseñadas expresamente para empeorar la hambruna. ¿Por qué murió de hambre la gente? Porque había equipos de personas organizadas por el Partido Comunista que iban por pueblos y aldeas, casa por casa, recogiendo por la fuerza toda la comida, cada patata, cada brizna de trigo.
P. La segunda parte del Holodomor fue la gran represión contra los intelectuales y clases liberales ucranianas identificadas como partidarias de la independencia. ¿Cuál era el factor esencial de la independencia ucraniana? ¿Un auténtico sentimiento nacional o más bien una resistencia a la sovietización del país?
R. Es una buena pregunta. Diría que ambas cosas. De hecho Stalin pensaba con razón que el movimiento nacional ucraniano escondía precisamente una resistencia a la sovietización y por eso lo odiaba. Pero Stalin también desconfiaba de los propios comunistas ucranianos. Fíjese que todos los miembros del Partido Comunista Ucraniano estaban muertos en 1935. Es importante darse cuenta de que ser un nacionalista ucraniano significaba entonces, y significa ahora, mirar a Occidente, a Europa, y no mirar hacia Rusia. Los nacionalistas ucranianos fueron siempre proeuropeos y los que hoy izan banderas de la Unión Europea contra el autoritarismo de Rusia lo que quieren para ellos es la misma democracia y la libertad de la que goza el continente.
Óscar del Pozo, Madrid
P. Su libro recoge el nuevo trabajo de documentación de archivos que se ha hecho posible en los últimos años. Al revisar estas fuentes para escribir su libro, ¿qué fue lo que más le sorprendió?
R. Estos archivos han demostrado dos asuntos capitales. Por un lado, todo lo que sabía Stalin sobre la hambruna. Desde 1932 el Partido Comunista Ucraniano empezó a escribirle cartas muy claras a Stalin advirtiéndole de que la gente se estaba muriendo de hambre. Y con todo, Stalin tomó las funestas decisiones que tomó. Por otro lado, hemos conocido una serie de decretos que fueron adoptados en secreto que iban dirigidos específicamente a Ucrania con la decidida intención de empeorar la hambruna. Aquellas leyes fueron fundamentales para desencadenar la catástrofe definitiva que se desató en la primavera de 1933. Por ello esta información es tan importante. Pero yo añadiría también otro factor muy importante para entender la hambruna: la cantidad de memorias sobre los hechos que se han ido acumulando y conociendo durante las últimas dos décadas en diferentes comisiones y que dan fe de cómo se realizaban las confiscaciones de alimentos, como las brigadas comunistas iban a las casas de la gente a requisar alimentos.
P. ¿Y cuál es la actitud de la Rusia de Putin sobre el Holodomor? Porque tras cierta apertura y mea culpa en los noventa, a la caída de la URSS, parece haber regresado un tiempo de clausura y nueva oscuridad...
R. El gobierno ruso nunca ha reconocido el Holodomor, ni siquiera en los noventa. Especulo tal vez, pero creo que se debe a que la historia de la hambruna está muy relacionada con la historia del movimiento nacional ucraniano de 1919 y la independencia de Ucrania sigue siendo un problema hoy para Rusia.
P. De hecho, usted establece una relación entre el Holodomor y sucesos recientes como la revolución ucraniana de Euromaidan, la anexión de Crimea por Rusia y la guerra posterior.
R. No es que haya una relación directa pero el Holodomor es para los ucranianos un recuerdo de cómo Rusia reprimió salvajemente su independencia que además se mantuvo demasiado tiempo en secreto. Y eso es algo que hoy ayuda a preservar la identidad ucraniana. En los noventa, los ucranianos pudieron al fin hablar libremente sobre el Holodomor, crearon comisiones para investigarlo y ceremonias de homenaje y recuerdo de las víctimas. Actualmente ya no centra tanto el debate como entonces pero, sin duda, nada ha hecho más por fortalecer el sentimiento nacional de Ucrania que el Holodomor.
P. ¿Ha dejado Europa abandonada a Ucrania en su guerra larvada contra Rusia?
R. Ucrania es un país difícil de apoyar. La UE llegó a un acuerdo de Asociación con Ucrania en 2014 que fue muy importante, así que no diría que Europa no ha hecho nada. Pero la falta de una política de defensa única en Europa nos impide hacer frente a Rusia como debiéramos en el asunto ucraniano. Lo que los europeos no entienden es que lo que siguen haciendo los rusos en Ucrania es una amenaza para todo el continente. Una amenaza militar, social, de guerra de información, etc. Si lo hubiéramos entendido y hubiéramos luchado antes en Ucrania, llevaríamos mucho ganado.
P. ¿Cómo es posible que un país de poca monta como Rusia esté ganando la guerra de la desinformación y desestabilizando occidente? No sólo Ucrania, también Europa o Estados Unidos... ¿Cómo es posible que las poderosas democracias occidentales parezcan incapaces de defenderse?
R. Porque empezaron muy pronto. Rusia se dio cuenta antes que nosotros de que en internet cualquiera puede intervenir en las conversaciones políticas de cualquiera, del uso de las cuentas falsas para diseminar información interesada y rumores. Tuvieron éxito en Ucrania y también en Polonia y nosotros hemos sido muy lentos a la hora de enterarnos de lo que estaba ocurriendo y de cómo contraatacar. Somos muy ingenuos. Seguimos pensando que de alguna manera controlamos la situación pero no es cierto. Gran parte de lo que hace Rusia no es en realidad ni muy sofisticado ni muy caro. Es verdad que Rusia es una superpotencia muy débil con una economía muy pequeña. Hay gente que dice que China es la auténtica amenaza mundial pero Rusia, siendo mucho más pequeña, tiene mucha más influencia en la política mundial.
P. ¿Se podría decir entonces que hoy Rusia es la principal amenaza para la sociedad abierta?
R. No es el único enemigo pero sí uno de los más importantes. Los rusos son unos grandes estrategas, apoyan a la extrema derecha o a la extrema izquierda según les conviene con el fin de desestabilizar nuestras sociedades. Ellos no inventaron extremismos que ya existían en el resto del mundo pero sí los alimentan a conveniencia con dinero y propaganda.
P. En un reciente artículo suyo publicado en The Atlantic y que ha tenido bastante repercusión en España titulado 'Lo peor está por venir' alertaba sobre un inquietante fenómeno vivido por usted en Polonia y que poco a poco devora al resto del mundo: la conversión de gran parte de la vieja derecha liberal en algo muy parecido al fascismo.
R. Bueno, en Polonia no toda la derecha... pero sí, digamos, la mitad. Pero yo no puse el título de ese artículo, ¿eh? Jajaja.
P. No hacía falta, lo que usted contaba allí ya era suficientemente terrorífico.
R. Sí, y también ha llegado a España como usted sabrá mejor que yo. El autoritarismo está atrayendo a la gente y la situación es la más crítica que vive la democracia liberal desde los años treinta del siglo XX. Todos dábamos por sentado que habíamos encontrado la mejor forma de sociedad pero hay gente que no está de acuerdo.
P. ¿Y qué están haciendo los liberales, los moderados, los socialdemócratas para defenderse? Porque parece que se están dejando cazar como conejos sin plantear batalla….
R. No, no estamos tirando la toalla. Pero sí necesitamos un frente unido mucho más claro contra estas ideas. En Polonia, por ejemplo, el problema es que los liberales están divididos entre el centro derecha y el centro izquierda en varios partidos. Si se unieran, tendrían opciones de victoria. Y lo mismo en el resto de Europa. Nuestro sistema de partidos políticos se ha quedado desfasado y no refleja las nuevas divisiones reales de la sociedad. Gran Bretaña, por ejemplo. ¿Por qué no se unen los conservadores y los laboristas favorables a Europa. No tiene ningún sentido.
P. Hay una posición intelectual que defienden pensadores como Steven Pinker que asegura que el mundo sigue mejorando y que el nacionalpopulismo no irá a más, que será una anécdota en la historia. ¿Minusvaloran así la amenaza? Porque si la situación se parece como usted dice a lo de los años 30, en fin, aquello ya sabemos cómo terminó.
R. Espero que no acabe igual ahora... A ver, si reconocemos, nos organizamos y luchamos, este nuevo populismo, extremismo o, por qué no, fascismo, desaparecerá. Pero es muy importante ser realistas respecto a lo que está ocurriendo y entenderlo bien, cosa que nos hemos negado a hacer hasta hoy. Y mira que están claras las cosas desde hace años. Con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos la amenaza se hizo al fin evidente. Trump que, por cierto, ganó entre otras cosas por difundir teorías de la conspiración como que Obama no había nacido en EEUU a las que nadie prestó atención en su momento. ¡Y un 20% de los americanos se lo creyeron! Hay que tomarse muy en serio lo que la gente lee en internet.
P. A propósito de las redes, advertía en aquel artículo que la polarización no es un invento de ahora y citaba el affaire Dreyfus pero sí parece que las nuevas redes sociales alimentan esa polarización hasta extremos nunca vistos. Si hace más de un siglo hubiera existido Twitter, ¿el capitán Dreyfus munca habría sido rehabilitado?
R. Pues no lo sé pero sí, las redes sociales alimentan la polarización, y a toda velocidad. En España lo estáis comprobando también.
P. Sí, en España tenemos ya nuestra propia extrema derecha nativa: Vox. Y existe un debate en los medios acerca de cómo tratar el fenómeno. ¿Hay que reflejar día a día lo que dicen dándoles así el protagonismo que buscan o es mejor intentar evitarlo? En Polonia ya llevan ustedes tiempo lidiando con ello, ¿cuál es su sugerencia?
R. Lo que hay que hacer no es tanto no hablar de ellos como no dejarles definir la agenda política. ¿Cuál es la agenda real? ¿De qué quiere hablar la gente?¿Cuál son sus auténticos problemas? Porque la inmigración no lo es, como demuestran los datos. No puedes hacer como si no existieran pero hay que hablar del desempleo y de los problemas reales a los que se enfrenta la gente de la calle y no discutir con ellos, por ejemplo, las cosas tan horribles que dicen de las mujeres. Pero hay esperanza, piense que en Alemania la extrema derecha populista de AFP está bajando en las encuestas.

Fuente:
https://www.elconfidencial.com/cultura/2019-01-25/anne-applebaum-hambruna-roja-ucrania-urss-stalin_1782594/

Anne Applebaum: «La izquierda, también la española, ha querido restar importancia a los crímenes de Stalin»
La ganadora del Premio Pulitzer se adentra con su libro «Hambruna Roja» en el secreto soviético que la izquierda europea más se afanó en negar a lo largo de décadas: la muerte de casi cinco millones de campesinos por obra y gracia de la URSS
César Cervera
05/02/2019

Niños con los estómagos hinchados, campos sembrados de cadáveres, familias que solo comían hierba y bellotas... En la primavera de 1932, cientos de miles de campesinos ucranianos comenzaron a pasar hambre. Nadie sabía qué estaba ocurriendo exactamente en la región de la «tierra negra», la que el historiador griego Herodoto elogió en la Antigüedad como «la hierba más exuberante del mundo».
Los más valientes, y tal vez también los más ingenuos, preguntaron directamente al Honorable Camarada Stalin: «¿Hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre?». No sospechaban aún que no se trataba de una ley fallida o de un error del Kremlin, sino de un plan concebido por uno de los psicópatas más aplaudidos del siglo XX. Su mayor secreto, su mayor genocidio.
La periodista Anne Applebaum (Washington, 1964), ganadora del Premio Pulitzer por Gulag, alumbra en Hambruna roja (Debate) otra de las penumbras soviéticas. El intento de Stalin de borrar a la nación ucraniana de la faz de la tierra a base de represión, muerte y, sobre todo, hambre en el principal granero de la Unión Soviética. Casi cinco millones de personas, cuatro de ellos ucranianos, perecieron del año 1931 al 1934, a consecuencia de la colectivización forzosa puesta en marcha por el dictador comunista.
Primero, el Kremlin arrojó a la Policía Secreta Soviética contra la elite intelectual y política de Ucrania. Luego, Stalin aplicó su particular solución final para la Ucrania rural: matar de hambre al campesinado, que en su opinión formaba los cimientos de la nación ucraniana. «Cada vez que descubrían algo de comer lo desparramaban por el suelo y disfrutaban viendo cómo los niños lloraban y recogían las lentejas o las alubias del barro», dejó escrito una familia.
Lo que los exiliados calificaron como «Holodomor», un término derivado de las palabras ucranianas «hólod» («hambre») y «mor» («exterminio»), ha desbordado con los años a la izquierda europea que durante la Guerra Fría restó importancia a la muerte de cinco millones de personas. Applebaum explica las razones detrás aquella ceguera en una entrevista celebrada en la sede madrileña del Aspen Institute España.
-¿Qué ha significado Ucrania para Rusia y para sus líderes?
-Ucrania era desde el punto de vista de Stalin la provincia más importante, difícil y peligrosa. En la época de la Revolución rusa, Ucrania había intentado convertirse en un estado independiente y, durante gran parte de la Guerra Civil, surgieron muchos grupos hostiles a los bolcheviques. Stalin, como prácticamente todos los líderes rusos hasta hoy, nunca confió en Ucrania. En la actualidad, sigue siendo un quebradero de cabeza para los rusos.
-Aparte de matar a los campesinos de hambre, ¿qué medidas aplicó el Kremlin para destruir Ucrania?
-La operación de genocidio de la nación ucrania se dio en los dos frentes simultáneamente. Primero contra los intelectuales y miembros de la Ucrania tradicional, y luego contra el campesinado. La hambruna iba dirigida a los kulaks (campesinos ricos), de los que Stalin decía que eran la base del nacionalismo. Quería evitar que se repitieran nuevas revoluciones y se viera amenazado el pan que se llevaban a la boca los rusos. No en vano, a corto plazo se provocó un desastre agrícola, siendo necesario traer a gente de las ciudades. Stalin antepuso la política a cuestiones económicas o humanitarias.
-Hasta no hace mucho se ha defendido que la hambruna fue un efecto indeseado de la colectivización de tierras.
-Es la historia oficial que la Unión Soviética y la izquierda europea contaban hasta hace nada. Rusia nunca admitió, ni tampoco hoy, que se provocaron aquellas hambrunas y que se trató de destruir a Ucrania como nación. Stalin lo ocultó a través de métodos brutales, llegando a destruir el censo registrado y a hacer desaparecer a los responsables de esos registros. Prohibió incluso a los funcionarios que hablaran del tema, y persiguió a los periodistas occidentales que en aquella época denunciaron los crímenes. Nos enteramos de lo ocurrido por exiliados, a los que inexplicablemente Occidente tardó mucho en creer.
-¿Por qué ha costado tanto denunciar estos crímenes en comparación con los de otros totalitarismos?
-Hay muchas razones, entre ellas que Occidente derrotó a Hitler y descubrió el Holocausto en tiempo real. Se hicieron fotos y se vio en primera persona lo que eran los campos de exterminio. En cambio, la Unión Soviética nunca tuvo su juicio de Nuremberg. No hubo evidencias en tiempo real sobre sus asesinatos.
Aparte, hay que tener en cuenta que si se venció a Hitler fue gracias a Stalin, y eso es difícil de olvidar. No hubiera quedado bien decir que los aliados vencieron a un genocida con la ayuda de otro asesino de masas, ni siquiera en la Guerra Fría. Incluso en los ochenta si escribías sobre el Gulag y los crímenes soviéticos eras irremediablemente de derechas, mientras que si lo hacían sobre artistas de las vanguardias rusas eras de izquierdas. ¡Qué tontería! ¿Por qué documentar y denunciar una serie de crímenes iba a ser de izquierdas o de derechas?
-¿Sigue suavizando la izquierda los crímenes de la URSS?
-El debate sigue desequilibrado, pero está menos politizado. La izquierda de cada país, incluida la española, siempre ha querido restar importancia a los crímenes de Stalin porque tiene miedo de que les deje en mal lugar. Jean-Paul Sartre, el filósofo francés, dijo que no debemos hablar del Gulag porque aquello solo fomentaba los intereses de la burguesía.
(La obra de Applebaum, periodista con un pie en Varsovia y otro en Londres, resultaría un libro más de historia, salvo porque tiene mucho que ver con lo que viene pasando en Ucrania desde 2014. La decisión del presidente Yanukóvich de abrir fuego contra sus compatriotas, la anexión de Crimea por parte de Rusia, la invasión del este de Ucrania y las aspiraciones imperiales de Putin han colocado al país del «Holodomor» en el centro de la actualidad europea.)
-Los hechos parecen demostrar que Stalin fracasó a la hora de borrar a Ucrania.
-Totalmente. Durante todo el periodo soviético hubo una historia secreta del país, que la gente se repetía frente a la mentira de que la hambruna nunca había tenido lugar. Los ucranianos se relataron de padres a hijos cosas que no aparecían en los medios soviéticos, de manera que conservaron la verdad de lo ocurrido y el sueño lejano de ser algún día una nación. En el año 1991, el éxito de la nación ucraniana fue la principal razón del colapso de la Unión Soviética. La negativa de este país a participar en futuras organizaciones con Rusia motivó la decisión de Borís Yeltsin de irse también. El nacionalismo ucraniano fue al final el verdugo de la URSS. Y, en cierto modo, ese había sido siempre el gran temor de Stalin.
-¿Cree usted que en Rusia siguen recordando a Stalin como un héroe de la patria?
-Stalin es respetado, sí, pero no en todas partes. Hay una especie de nostalgia rusa imperial fomentada por Putin, quien no quiere ser Stalin, sino un zar imperial como lo fueron igualmente los líderes comunistas. El principal acontecimiento histórico que celebra Putin no es la Revolución rusa o la Guerra Civil, sino la victoria de Stalin en la Segunda Guerra Mundial con un desfile cada año en la Plaza Roja, repleto de banderas comunistas y elogios a la URSS. Es un tipo de triunfo imperial más propio de los zares que de los líderes comunistas, aunque ambas cosas tuvieron mucho en común.
-¿Se ha visto afectado ese nacionalismo ucraniano tras años de guerra?
-El nacionalismo ucraniano está más vivo que nunca. Lo interesante de lo que ocurre hoy en Ucrania es que durante mucho tiempo no solo hubo una división étnica o por clases, sino de memoria histórica, entre dos versiones de la historia soviética. Las dos Ucranias: la que se creyó la versión oficial y la que recuerda a través de la tradición oral el horror que se vivió. Gracias a la guerra actual, la visión más nacionalista de la historia se está consolidando. Cada vez son más los que creen y tienen fe en la soberanía ucraniana, que es algo que no ocurría antes.
-A pesar de todo, también pervive una Ucrania partidaria de Rusia.
-Sigue habiendo vínculos muy fuertes entre ambos países. En Ucrania hay mucha gente escéptica con el Gobierno y en contra de la guerra. El Estado ucraniano es muy débil y corrupto, por lo que no convence a parte de la población. Digamos, pues, que en Ucrania no es que no les guste Rusia, es que no les gusta Putin, que se ha convertido en el líder ruso más poderoso.

Fuente:
https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-anne-applebaum-izquierda-tambien-espanola-querido-restar-importancia-crimenes-stalin-201902030256_noticia.html

A ESFERA DE PAPEL
Mejor libro de Historia 2019: 'Hambruna roja', de Anne Applebaum
David Lema
15/12/2019

Antes del transparente impacto de la Glasnost, el historiador británico Robert Conquest quiso clavar con sutileza el bisturí. Estaba convencido de que podría diseccionar, pese al dígase comprometido material oficial a su disposición, uno de los capítulos más oscuros del estalinismo: las purgas comandadas por Iósif Stalin. Pese a la ausencia inducida de luz que había en el quirófano, la incisión primigenia de Conquest no debió de ser imprecisa, cuando la publicación en 1968 de su investigación histórica, El gran terror (Caralt Editores), fue recibida con no poca hostilidad en un mundo cuyo hemisferio izquierdo padecía tal ceguera ideológica -como demostró Martin Amis en Koba el Temible (Anagrama)- que aún condescendía con uno de los regímenes asesinos más exterminadores de nuestra historia reciente: la URSS. Veinte años después, la apertura de los antiguos archivos soviéticos y su revisión crítica llevaron a Conquest a publicar una versión actualizada de lo ocurrido en la Unión Soviética en los años 30: las purgas habían sido auténticas escabechinas.
Para Anne Applebaum, todavía duermen archivos que nadie ha leído. Y, más importante aún, analizado. Especializada y adicta a la historia soviética, estudiosa de esa lógica de represión de masas determinada por la ideología, devoró El gran terror de adolescente. Ningún otro libro ha influido tanto en su vida. Applebaum (Washington, 1964) es periodista y escritora, dos conceptos de antagónica reputación pero que ella concibe complementarios y semejantes. En ambos, al fin y al cabo, gana la curiosidad. «En el periodismo», explicaba recientemente en Letras Libres, «preguntas a distintas personas, en la historia, consultas distintas fuentes: el partido, la oposición, un diario» para siluetear una imagen lo más inmaculadamente delineada. ¿Una diferencia? «En un caso preguntas al presente y en otro, al pasado».
Firme liberal, rigurosa historiadora, su campo de excelencia es Europa del Este, ahí está El telón de acero: la destrucción de Europa del Este (Debate). Lo conquistó por proximidad, prueba de cargo de por qué los casos individuales poseen tanto protagonismo en su obra, convencida de que la comprensión de los grandes momentos de la Historia solo se alcanza «cuando empiezas a ver cómo la gente común encaja en ellos». Aterrizó en la Varsovia de 1988 con la acreditación de corresponsal de The Economist para curiosear las transiciones socio políticas de la región. Pero los incontrolables vaivenes de Europa del Este escapaban al presente. Casada con Radosaw Sikorski, escritor y ex ministro en Polonia, con la nacionalidad polaca, 10 años después de su aterrizaje, colapsado ya el comunismo, Applebaum se preguntó: «Pero ¿cómo llegamos ahí? ¿Por qué se pudo instalar? ¿Por qué la gente colabora con esos regímenes asesinos?». Las respuestas, en la estalinización.
Si Applebaum pudiese adoctrinarnos con un libro obligado ese sería Mi vida, de Trotski. Si pudiese teletransportarnos a un instante nos llevaría al Petrogrado de 1917... ¡entre las revoluciones de febrero y octubre! Y es que la historia, los hechos, son lo único que explican todo. Leyendo a Applebaum se fortalece aquello de que a quien no preocupa la repetición de lo ocurrido es porque no lo conoce, no lo recuerda o no lo quiere recordar. Ahora que el Estado iliberal de partido único se localiza por todo el mundo, ella recuerda que el Estado leninista no es una filosofía, sino un mecanismo para conservar al poder que funciona porque define claramente quién es la élite. «En los libros del futuro» escribió en The Atlantic, «el fundador de la URSS no será recordado por sus convicciones marxistas, sino como inventor de esta duradera forma de organización política. El modelo que muchos de los incipientes autócratas del mundo actual utilizan».
https://www.john-adams.nl/anne-applebaum/anne-applebaum-07/
Columnista del Washington Post, Senior Fellow de International Affairs, Agora Fellow in Residence de la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, profesora en la London School of Economics... su encumbramiento llegó en 2004 con el Pulitzer de no ficción. Pudiendo acceder a los archivos soviéticos, en Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos (Debate), Applebaum se acercó a los primeros campos erigidos nada más triunfar la revolución instaurados por Lenin en las islas Solovetsky, pasando por su expansión con Stalin hasta la etapa final, con el deshielo y su transformación en psiquiátricos. Una aproximación cruda a dos de los pilares en los que se asienta todo sistema autocrático: el miedo y la destrucción del disidente.
Este año se ha publicado en España Hambruna roja. La historia de Stalin contra Ucrania (Debate), otra documentadísima obra, pese a las restricciones impuestas por el viraje de Putin, merecedora de ser posicionada entre las mejores de 2019. Tomando el testigo de El gran terror, Applebaum desgrana aquí el más que intento de Stalin de borrar de la faz de la tierra a toda una nación, la ucraniana. Un tanatopropósito perseguido a base de represión y, sobre todo, hambre. Casi cinco millones de personas perecieron desde 1931 a 1934 a consecuencia de la colectivización de los cultivos, un trampantojo de Stalin con el que exterminar a una población campesina donde el sentimiento nacionalista estaba fuertemente arraigado. «Stalin», explica Applebaum en una entrevista reciente a EL MUNDO, «conocía la hambruna que sufría el país a comienzos de los años 30. Sin embargo, tomó la intencionada determinación en 1932 de endurecer las condiciones en Ucrania, incluyendo decenas de granjas colectivas y aldeas en las listas negras, bloqueando las fronteras del país para que la gente no pudiera irse y creando unas brigadas de incautación que iban de casa en casa quedándose con la comida de los campesinos». Incluso hoy hay quien esgrime que las hambrunas no fueron ni provocadas ni alimentadas en el tiempo. Pero Applebaum documenta no sólo cómo se intentó con ellas y otros métodos represivos empleados contra las élites cultural, intelectual y religiosa de la república destruir a Ucrania como nación, sino cómo se trató de ocultárselo al veredicto de la Historia.
«Si se dan las condiciones adecuadas», mantiene Applebaum, «cualquier sociedad puede volverse contra la democracia. De hecho, si la historia es algo por lo que podamos guiarnos, es lo que harán todas las sociedades».
ENRIQUE MORADIELLOS
1. Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española (Madrid, Galaxia Gutenberg, 2019), de Fernando del Rey Reguillo.
2. El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi (Barcelona, Crítica, 2019), deThomas Childers.
3. Lenguas entre dos fuegos. Intérpretes en la guerra civil española (Granada, Comares, 2019), deJesús Baigorri Jalón.
4. Ascenso y crisis. Europa, 1950-2017. Un camino incierto (Barcelona, Crítica, 2019), de Ian Kershaw.
5. El Orbe a sus pies. Magallanes y Elcano (Barcelona, Ariel, 2019), de Pedro Insua.
JORGE DEL PALACIO
1. La tragedia de la liberación. Una historia de la revolución china (1945-1957) (Acantilado), de Frank Dikkoter.
2. Churchill. La biografía (Crítica), de Andrew Roberts.
3. Mussolini contra Lenin (Alianza), de Emilio Gentile.
4. Carlos V. Una nueva vida del emperador (Planeta), de Geoffrey Parker.
5. Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania (Debate), de Anne Applebaum.
FERNANDO PALMERO
1. Comunidades rotas. Una historia global de las guerras civiles 1917-2017 (Galaxia Gutenberg), de Javier Rodrigo y David Alegre.
2. Hambruna roja: la guerra de Stalin contra Ucrania (Debate), de Anne Applebaum.
3. La soledad del país vulnerable. Japón desde 1945 (Crítica), de Florentino Rodao.
4. La tragedia de la liberación. Una historia de la revolución china (1945-1957) (Acantilado), de
Frank Dikötter.
5. El reino de Hispania (siglos VIII-XII). Teoría y práctica del poder (Akal), de Javier Fernández Conde, José María Mínguez y Ermelindo Portela.
ASUNCIÓN DOMÉNECH
1. Emilia Pardo Bazán (Taurus/Fundación Juan March), de Isabel Burdiel.
2. Demasiados retrocesos. España 1898-2018 (Galaxia Gutenberg), de Santos Juliá.
3. Los campos de concentración de Franco (Ediciones B), Carlos Hernández de Miguel.
4. Un pueblo traicionado (Debate), de Paul Preston.
5. España. Un retrato de grandeza y odio (Espasa), José Varela Ortega.
ISABEL BURDIEL
1. Demasiados retrocesos. España 1898-2018 (Galaxia Gutenberg), de Santos Juliá.
2. Arte y artificio de la vida en común. Los modelos de comportamiento y sus tensiones en el Siglo de las Luces (Marcial Pons), de Mónica Bolufer.
3. Los imperios y la globalización en Europa (siglos XV-XVII) (Galaxia Gutenberg), de Bartolomé Yun.
4. Ascenso y crisis. Europa, 1950-2017 (Crítica), de Ian Kershaw.
5. Los amnésicos. Historia de una familia europea (Tusquets), de Géraldine Schwarz.

Fuente:
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/12/15/5df0f97121efa069698b457d.html
Imágenes de Stalin: Tomadas de la cuenta de Marcos Juvencio Fuenmayor Contreras (Facebook).