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miércoles, 25 de diciembre de 2019

STALIN VIVE, LA PATRIA SIGUE

Anne Applebaum y la gran hambruna roja: "Rusia sigue amenazando a toda Europa"
Una de las mejores historiadoras del momento se sumerge en una de las mayores carnicerías del siglo XX: el Holodomor que mató de hambre a 4 millones de ucranianos entre 1933 y 1934
Daniel Arjona
26/01/2019

Con el hambre llegaron la violencia, las venganzas, la desesperación, el canibalismo y la locura. Finalmente todas las emociones se apagaron. La gente se sentaba a morir en los bancos de sus granjas arrasadas, indiferentes e inmóviles. O huían por las vías del tren hasta que ya no podían más y se derrumbaban o se colgaban en los postes a la vista de los aterrados viajeros. Los cuerpos se amontonaban en las calles de pueblos y ciudades sin que nadie tuviera ni fuerzas ni ganas de recogerlos. Un empleado del ferrocarril recordaba que "todas las mañanas, mientras iba camino del trabajo, me encontraba con dos o tres cadáveres junto a las vías, pero pasaba por encima de ellos sin pisarlos y seguía adelante. La hambruna me había robado la conciencia, el alma y los sentimientos. Al pasar por encima de los cadáveres no sentía absolutamente nada, era como si estuviera sorteando troncos".
Ocurrió entre 1931 y 1934 y es quizás uno de los hitos del Mal de un siglo XX pródigo en horrores. Como consecuencia de la nefasta colectivización salvaje que obligó a los kulaks o campesinos a dejar sus tierras e integrarse en granjas colectivas y de la decisión premeditada de liquidar cualquier anhelo de independencia en Ucrania, Stalin mató de hambre a cuatro millones de ucranianos -y a otro millón más en el resto de la URSS- en lo que habría de bautizarse como 'Holodomor', de las palabras ucranianas 'hólod' ('hambre') y 'mor' ('exterminio'). El velo que aún se cernía sobre aquellos hechos terribles motivado principalmente por la negativa del régimen actual de Putin en Rusia a realizar la más mínima crítica al pasado comunista, acaba de ser levantado definitivamente en 'Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania' (Debate, 2019) por Anne Applebaum (Washington DC, 1964), una de las mejores historiadoras de la actualidad.
"El tema central que nos ocupa es", explica la autora, "¿qué ocurrió en realidad en Ucrania entre los años 1917 y 1934? En particular, ¿qué ocurrió durante el otoño, el invierno y la primavera de 1932 y 1933? ¿Qué sucesión de acontecimientos y qué mentalidad llevaron a la hambruna? ¿Quién fue el responsable? ¿Qué lugar ocupa este episodio terrible en la historia general de Ucrania y en la del movimiento nacional ucraniano?" Applebaum vive en Polonia y no sólo es una de las más reputadas historiadoras del reverso tenebroso del comunismo en el siglo XX con libros como 'Gulag' (Premio Pulitzer) o 'El telón de acero', sino que además es una de las más beligerantes liberales contra el populismo de extrema derecha, esa epidemia que devora a su país de adopción y que amenaza en todo el mundo la pluralidad, la prosperidad y la sociedad abierta.
En el número de octubre de The Atlantic, la historiadora Anne Applebaum publica uno de los mejores ensayos políticos que se pueden leer estos días: 'Una advertencia desde Europa'
PREGUNTA. Explica en su libro que el Holodomor constó de dos secuencias. Primero, la hambruna. ¿Fue el resultado no buscado de un proceso político nefasto, la colectivización staliniana, o, más bien un hecho premeditado, es decir, Stalin quiso matar voluntariamente de hambre a los ucranianos?
RESPUESTA. Hay que entender que la hambruna fue provocada en primer lugar por la colectivización stalinista pero que, cuando la gente empezó a tener hambre, y todo el mundo sabía lo que estaba ocurriendo, el estado soviético puso en marcha políticas diseñadas expresamente para empeorar la hambruna. ¿Por qué murió de hambre la gente? Porque había equipos de personas organizadas por el Partido Comunista que iban por pueblos y aldeas, casa por casa, recogiendo por la fuerza toda la comida, cada patata, cada brizna de trigo.
P. La segunda parte del Holodomor fue la gran represión contra los intelectuales y clases liberales ucranianas identificadas como partidarias de la independencia. ¿Cuál era el factor esencial de la independencia ucraniana? ¿Un auténtico sentimiento nacional o más bien una resistencia a la sovietización del país?
R. Es una buena pregunta. Diría que ambas cosas. De hecho Stalin pensaba con razón que el movimiento nacional ucraniano escondía precisamente una resistencia a la sovietización y por eso lo odiaba. Pero Stalin también desconfiaba de los propios comunistas ucranianos. Fíjese que todos los miembros del Partido Comunista Ucraniano estaban muertos en 1935. Es importante darse cuenta de que ser un nacionalista ucraniano significaba entonces, y significa ahora, mirar a Occidente, a Europa, y no mirar hacia Rusia. Los nacionalistas ucranianos fueron siempre proeuropeos y los que hoy izan banderas de la Unión Europea contra el autoritarismo de Rusia lo que quieren para ellos es la misma democracia y la libertad de la que goza el continente.
Óscar del Pozo, Madrid
P. Su libro recoge el nuevo trabajo de documentación de archivos que se ha hecho posible en los últimos años. Al revisar estas fuentes para escribir su libro, ¿qué fue lo que más le sorprendió?
R. Estos archivos han demostrado dos asuntos capitales. Por un lado, todo lo que sabía Stalin sobre la hambruna. Desde 1932 el Partido Comunista Ucraniano empezó a escribirle cartas muy claras a Stalin advirtiéndole de que la gente se estaba muriendo de hambre. Y con todo, Stalin tomó las funestas decisiones que tomó. Por otro lado, hemos conocido una serie de decretos que fueron adoptados en secreto que iban dirigidos específicamente a Ucrania con la decidida intención de empeorar la hambruna. Aquellas leyes fueron fundamentales para desencadenar la catástrofe definitiva que se desató en la primavera de 1933. Por ello esta información es tan importante. Pero yo añadiría también otro factor muy importante para entender la hambruna: la cantidad de memorias sobre los hechos que se han ido acumulando y conociendo durante las últimas dos décadas en diferentes comisiones y que dan fe de cómo se realizaban las confiscaciones de alimentos, como las brigadas comunistas iban a las casas de la gente a requisar alimentos.
P. ¿Y cuál es la actitud de la Rusia de Putin sobre el Holodomor? Porque tras cierta apertura y mea culpa en los noventa, a la caída de la URSS, parece haber regresado un tiempo de clausura y nueva oscuridad...
R. El gobierno ruso nunca ha reconocido el Holodomor, ni siquiera en los noventa. Especulo tal vez, pero creo que se debe a que la historia de la hambruna está muy relacionada con la historia del movimiento nacional ucraniano de 1919 y la independencia de Ucrania sigue siendo un problema hoy para Rusia.
P. De hecho, usted establece una relación entre el Holodomor y sucesos recientes como la revolución ucraniana de Euromaidan, la anexión de Crimea por Rusia y la guerra posterior.
R. No es que haya una relación directa pero el Holodomor es para los ucranianos un recuerdo de cómo Rusia reprimió salvajemente su independencia que además se mantuvo demasiado tiempo en secreto. Y eso es algo que hoy ayuda a preservar la identidad ucraniana. En los noventa, los ucranianos pudieron al fin hablar libremente sobre el Holodomor, crearon comisiones para investigarlo y ceremonias de homenaje y recuerdo de las víctimas. Actualmente ya no centra tanto el debate como entonces pero, sin duda, nada ha hecho más por fortalecer el sentimiento nacional de Ucrania que el Holodomor.
P. ¿Ha dejado Europa abandonada a Ucrania en su guerra larvada contra Rusia?
R. Ucrania es un país difícil de apoyar. La UE llegó a un acuerdo de Asociación con Ucrania en 2014 que fue muy importante, así que no diría que Europa no ha hecho nada. Pero la falta de una política de defensa única en Europa nos impide hacer frente a Rusia como debiéramos en el asunto ucraniano. Lo que los europeos no entienden es que lo que siguen haciendo los rusos en Ucrania es una amenaza para todo el continente. Una amenaza militar, social, de guerra de información, etc. Si lo hubiéramos entendido y hubiéramos luchado antes en Ucrania, llevaríamos mucho ganado.
P. ¿Cómo es posible que un país de poca monta como Rusia esté ganando la guerra de la desinformación y desestabilizando occidente? No sólo Ucrania, también Europa o Estados Unidos... ¿Cómo es posible que las poderosas democracias occidentales parezcan incapaces de defenderse?
R. Porque empezaron muy pronto. Rusia se dio cuenta antes que nosotros de que en internet cualquiera puede intervenir en las conversaciones políticas de cualquiera, del uso de las cuentas falsas para diseminar información interesada y rumores. Tuvieron éxito en Ucrania y también en Polonia y nosotros hemos sido muy lentos a la hora de enterarnos de lo que estaba ocurriendo y de cómo contraatacar. Somos muy ingenuos. Seguimos pensando que de alguna manera controlamos la situación pero no es cierto. Gran parte de lo que hace Rusia no es en realidad ni muy sofisticado ni muy caro. Es verdad que Rusia es una superpotencia muy débil con una economía muy pequeña. Hay gente que dice que China es la auténtica amenaza mundial pero Rusia, siendo mucho más pequeña, tiene mucha más influencia en la política mundial.
P. ¿Se podría decir entonces que hoy Rusia es la principal amenaza para la sociedad abierta?
R. No es el único enemigo pero sí uno de los más importantes. Los rusos son unos grandes estrategas, apoyan a la extrema derecha o a la extrema izquierda según les conviene con el fin de desestabilizar nuestras sociedades. Ellos no inventaron extremismos que ya existían en el resto del mundo pero sí los alimentan a conveniencia con dinero y propaganda.
P. En un reciente artículo suyo publicado en The Atlantic y que ha tenido bastante repercusión en España titulado 'Lo peor está por venir' alertaba sobre un inquietante fenómeno vivido por usted en Polonia y que poco a poco devora al resto del mundo: la conversión de gran parte de la vieja derecha liberal en algo muy parecido al fascismo.
R. Bueno, en Polonia no toda la derecha... pero sí, digamos, la mitad. Pero yo no puse el título de ese artículo, ¿eh? Jajaja.
P. No hacía falta, lo que usted contaba allí ya era suficientemente terrorífico.
R. Sí, y también ha llegado a España como usted sabrá mejor que yo. El autoritarismo está atrayendo a la gente y la situación es la más crítica que vive la democracia liberal desde los años treinta del siglo XX. Todos dábamos por sentado que habíamos encontrado la mejor forma de sociedad pero hay gente que no está de acuerdo.
P. ¿Y qué están haciendo los liberales, los moderados, los socialdemócratas para defenderse? Porque parece que se están dejando cazar como conejos sin plantear batalla….
R. No, no estamos tirando la toalla. Pero sí necesitamos un frente unido mucho más claro contra estas ideas. En Polonia, por ejemplo, el problema es que los liberales están divididos entre el centro derecha y el centro izquierda en varios partidos. Si se unieran, tendrían opciones de victoria. Y lo mismo en el resto de Europa. Nuestro sistema de partidos políticos se ha quedado desfasado y no refleja las nuevas divisiones reales de la sociedad. Gran Bretaña, por ejemplo. ¿Por qué no se unen los conservadores y los laboristas favorables a Europa. No tiene ningún sentido.
P. Hay una posición intelectual que defienden pensadores como Steven Pinker que asegura que el mundo sigue mejorando y que el nacionalpopulismo no irá a más, que será una anécdota en la historia. ¿Minusvaloran así la amenaza? Porque si la situación se parece como usted dice a lo de los años 30, en fin, aquello ya sabemos cómo terminó.
R. Espero que no acabe igual ahora... A ver, si reconocemos, nos organizamos y luchamos, este nuevo populismo, extremismo o, por qué no, fascismo, desaparecerá. Pero es muy importante ser realistas respecto a lo que está ocurriendo y entenderlo bien, cosa que nos hemos negado a hacer hasta hoy. Y mira que están claras las cosas desde hace años. Con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos la amenaza se hizo al fin evidente. Trump que, por cierto, ganó entre otras cosas por difundir teorías de la conspiración como que Obama no había nacido en EEUU a las que nadie prestó atención en su momento. ¡Y un 20% de los americanos se lo creyeron! Hay que tomarse muy en serio lo que la gente lee en internet.
P. A propósito de las redes, advertía en aquel artículo que la polarización no es un invento de ahora y citaba el affaire Dreyfus pero sí parece que las nuevas redes sociales alimentan esa polarización hasta extremos nunca vistos. Si hace más de un siglo hubiera existido Twitter, ¿el capitán Dreyfus munca habría sido rehabilitado?
R. Pues no lo sé pero sí, las redes sociales alimentan la polarización, y a toda velocidad. En España lo estáis comprobando también.
P. Sí, en España tenemos ya nuestra propia extrema derecha nativa: Vox. Y existe un debate en los medios acerca de cómo tratar el fenómeno. ¿Hay que reflejar día a día lo que dicen dándoles así el protagonismo que buscan o es mejor intentar evitarlo? En Polonia ya llevan ustedes tiempo lidiando con ello, ¿cuál es su sugerencia?
R. Lo que hay que hacer no es tanto no hablar de ellos como no dejarles definir la agenda política. ¿Cuál es la agenda real? ¿De qué quiere hablar la gente?¿Cuál son sus auténticos problemas? Porque la inmigración no lo es, como demuestran los datos. No puedes hacer como si no existieran pero hay que hablar del desempleo y de los problemas reales a los que se enfrenta la gente de la calle y no discutir con ellos, por ejemplo, las cosas tan horribles que dicen de las mujeres. Pero hay esperanza, piense que en Alemania la extrema derecha populista de AFP está bajando en las encuestas.

Fuente:
https://www.elconfidencial.com/cultura/2019-01-25/anne-applebaum-hambruna-roja-ucrania-urss-stalin_1782594/

Anne Applebaum: «La izquierda, también la española, ha querido restar importancia a los crímenes de Stalin»
La ganadora del Premio Pulitzer se adentra con su libro «Hambruna Roja» en el secreto soviético que la izquierda europea más se afanó en negar a lo largo de décadas: la muerte de casi cinco millones de campesinos por obra y gracia de la URSS
César Cervera
05/02/2019

Niños con los estómagos hinchados, campos sembrados de cadáveres, familias que solo comían hierba y bellotas... En la primavera de 1932, cientos de miles de campesinos ucranianos comenzaron a pasar hambre. Nadie sabía qué estaba ocurriendo exactamente en la región de la «tierra negra», la que el historiador griego Herodoto elogió en la Antigüedad como «la hierba más exuberante del mundo».
Los más valientes, y tal vez también los más ingenuos, preguntaron directamente al Honorable Camarada Stalin: «¿Hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre?». No sospechaban aún que no se trataba de una ley fallida o de un error del Kremlin, sino de un plan concebido por uno de los psicópatas más aplaudidos del siglo XX. Su mayor secreto, su mayor genocidio.
La periodista Anne Applebaum (Washington, 1964), ganadora del Premio Pulitzer por Gulag, alumbra en Hambruna roja (Debate) otra de las penumbras soviéticas. El intento de Stalin de borrar a la nación ucraniana de la faz de la tierra a base de represión, muerte y, sobre todo, hambre en el principal granero de la Unión Soviética. Casi cinco millones de personas, cuatro de ellos ucranianos, perecieron del año 1931 al 1934, a consecuencia de la colectivización forzosa puesta en marcha por el dictador comunista.
Primero, el Kremlin arrojó a la Policía Secreta Soviética contra la elite intelectual y política de Ucrania. Luego, Stalin aplicó su particular solución final para la Ucrania rural: matar de hambre al campesinado, que en su opinión formaba los cimientos de la nación ucraniana. «Cada vez que descubrían algo de comer lo desparramaban por el suelo y disfrutaban viendo cómo los niños lloraban y recogían las lentejas o las alubias del barro», dejó escrito una familia.
Lo que los exiliados calificaron como «Holodomor», un término derivado de las palabras ucranianas «hólod» («hambre») y «mor» («exterminio»), ha desbordado con los años a la izquierda europea que durante la Guerra Fría restó importancia a la muerte de cinco millones de personas. Applebaum explica las razones detrás aquella ceguera en una entrevista celebrada en la sede madrileña del Aspen Institute España.
-¿Qué ha significado Ucrania para Rusia y para sus líderes?
-Ucrania era desde el punto de vista de Stalin la provincia más importante, difícil y peligrosa. En la época de la Revolución rusa, Ucrania había intentado convertirse en un estado independiente y, durante gran parte de la Guerra Civil, surgieron muchos grupos hostiles a los bolcheviques. Stalin, como prácticamente todos los líderes rusos hasta hoy, nunca confió en Ucrania. En la actualidad, sigue siendo un quebradero de cabeza para los rusos.
-Aparte de matar a los campesinos de hambre, ¿qué medidas aplicó el Kremlin para destruir Ucrania?
-La operación de genocidio de la nación ucrania se dio en los dos frentes simultáneamente. Primero contra los intelectuales y miembros de la Ucrania tradicional, y luego contra el campesinado. La hambruna iba dirigida a los kulaks (campesinos ricos), de los que Stalin decía que eran la base del nacionalismo. Quería evitar que se repitieran nuevas revoluciones y se viera amenazado el pan que se llevaban a la boca los rusos. No en vano, a corto plazo se provocó un desastre agrícola, siendo necesario traer a gente de las ciudades. Stalin antepuso la política a cuestiones económicas o humanitarias.
-Hasta no hace mucho se ha defendido que la hambruna fue un efecto indeseado de la colectivización de tierras.
-Es la historia oficial que la Unión Soviética y la izquierda europea contaban hasta hace nada. Rusia nunca admitió, ni tampoco hoy, que se provocaron aquellas hambrunas y que se trató de destruir a Ucrania como nación. Stalin lo ocultó a través de métodos brutales, llegando a destruir el censo registrado y a hacer desaparecer a los responsables de esos registros. Prohibió incluso a los funcionarios que hablaran del tema, y persiguió a los periodistas occidentales que en aquella época denunciaron los crímenes. Nos enteramos de lo ocurrido por exiliados, a los que inexplicablemente Occidente tardó mucho en creer.
-¿Por qué ha costado tanto denunciar estos crímenes en comparación con los de otros totalitarismos?
-Hay muchas razones, entre ellas que Occidente derrotó a Hitler y descubrió el Holocausto en tiempo real. Se hicieron fotos y se vio en primera persona lo que eran los campos de exterminio. En cambio, la Unión Soviética nunca tuvo su juicio de Nuremberg. No hubo evidencias en tiempo real sobre sus asesinatos.
Aparte, hay que tener en cuenta que si se venció a Hitler fue gracias a Stalin, y eso es difícil de olvidar. No hubiera quedado bien decir que los aliados vencieron a un genocida con la ayuda de otro asesino de masas, ni siquiera en la Guerra Fría. Incluso en los ochenta si escribías sobre el Gulag y los crímenes soviéticos eras irremediablemente de derechas, mientras que si lo hacían sobre artistas de las vanguardias rusas eras de izquierdas. ¡Qué tontería! ¿Por qué documentar y denunciar una serie de crímenes iba a ser de izquierdas o de derechas?
-¿Sigue suavizando la izquierda los crímenes de la URSS?
-El debate sigue desequilibrado, pero está menos politizado. La izquierda de cada país, incluida la española, siempre ha querido restar importancia a los crímenes de Stalin porque tiene miedo de que les deje en mal lugar. Jean-Paul Sartre, el filósofo francés, dijo que no debemos hablar del Gulag porque aquello solo fomentaba los intereses de la burguesía.
(La obra de Applebaum, periodista con un pie en Varsovia y otro en Londres, resultaría un libro más de historia, salvo porque tiene mucho que ver con lo que viene pasando en Ucrania desde 2014. La decisión del presidente Yanukóvich de abrir fuego contra sus compatriotas, la anexión de Crimea por parte de Rusia, la invasión del este de Ucrania y las aspiraciones imperiales de Putin han colocado al país del «Holodomor» en el centro de la actualidad europea.)
-Los hechos parecen demostrar que Stalin fracasó a la hora de borrar a Ucrania.
-Totalmente. Durante todo el periodo soviético hubo una historia secreta del país, que la gente se repetía frente a la mentira de que la hambruna nunca había tenido lugar. Los ucranianos se relataron de padres a hijos cosas que no aparecían en los medios soviéticos, de manera que conservaron la verdad de lo ocurrido y el sueño lejano de ser algún día una nación. En el año 1991, el éxito de la nación ucraniana fue la principal razón del colapso de la Unión Soviética. La negativa de este país a participar en futuras organizaciones con Rusia motivó la decisión de Borís Yeltsin de irse también. El nacionalismo ucraniano fue al final el verdugo de la URSS. Y, en cierto modo, ese había sido siempre el gran temor de Stalin.
-¿Cree usted que en Rusia siguen recordando a Stalin como un héroe de la patria?
-Stalin es respetado, sí, pero no en todas partes. Hay una especie de nostalgia rusa imperial fomentada por Putin, quien no quiere ser Stalin, sino un zar imperial como lo fueron igualmente los líderes comunistas. El principal acontecimiento histórico que celebra Putin no es la Revolución rusa o la Guerra Civil, sino la victoria de Stalin en la Segunda Guerra Mundial con un desfile cada año en la Plaza Roja, repleto de banderas comunistas y elogios a la URSS. Es un tipo de triunfo imperial más propio de los zares que de los líderes comunistas, aunque ambas cosas tuvieron mucho en común.
-¿Se ha visto afectado ese nacionalismo ucraniano tras años de guerra?
-El nacionalismo ucraniano está más vivo que nunca. Lo interesante de lo que ocurre hoy en Ucrania es que durante mucho tiempo no solo hubo una división étnica o por clases, sino de memoria histórica, entre dos versiones de la historia soviética. Las dos Ucranias: la que se creyó la versión oficial y la que recuerda a través de la tradición oral el horror que se vivió. Gracias a la guerra actual, la visión más nacionalista de la historia se está consolidando. Cada vez son más los que creen y tienen fe en la soberanía ucraniana, que es algo que no ocurría antes.
-A pesar de todo, también pervive una Ucrania partidaria de Rusia.
-Sigue habiendo vínculos muy fuertes entre ambos países. En Ucrania hay mucha gente escéptica con el Gobierno y en contra de la guerra. El Estado ucraniano es muy débil y corrupto, por lo que no convence a parte de la población. Digamos, pues, que en Ucrania no es que no les guste Rusia, es que no les gusta Putin, que se ha convertido en el líder ruso más poderoso.

Fuente:
https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-anne-applebaum-izquierda-tambien-espanola-querido-restar-importancia-crimenes-stalin-201902030256_noticia.html

A ESFERA DE PAPEL
Mejor libro de Historia 2019: 'Hambruna roja', de Anne Applebaum
David Lema
15/12/2019

Antes del transparente impacto de la Glasnost, el historiador británico Robert Conquest quiso clavar con sutileza el bisturí. Estaba convencido de que podría diseccionar, pese al dígase comprometido material oficial a su disposición, uno de los capítulos más oscuros del estalinismo: las purgas comandadas por Iósif Stalin. Pese a la ausencia inducida de luz que había en el quirófano, la incisión primigenia de Conquest no debió de ser imprecisa, cuando la publicación en 1968 de su investigación histórica, El gran terror (Caralt Editores), fue recibida con no poca hostilidad en un mundo cuyo hemisferio izquierdo padecía tal ceguera ideológica -como demostró Martin Amis en Koba el Temible (Anagrama)- que aún condescendía con uno de los regímenes asesinos más exterminadores de nuestra historia reciente: la URSS. Veinte años después, la apertura de los antiguos archivos soviéticos y su revisión crítica llevaron a Conquest a publicar una versión actualizada de lo ocurrido en la Unión Soviética en los años 30: las purgas habían sido auténticas escabechinas.
Para Anne Applebaum, todavía duermen archivos que nadie ha leído. Y, más importante aún, analizado. Especializada y adicta a la historia soviética, estudiosa de esa lógica de represión de masas determinada por la ideología, devoró El gran terror de adolescente. Ningún otro libro ha influido tanto en su vida. Applebaum (Washington, 1964) es periodista y escritora, dos conceptos de antagónica reputación pero que ella concibe complementarios y semejantes. En ambos, al fin y al cabo, gana la curiosidad. «En el periodismo», explicaba recientemente en Letras Libres, «preguntas a distintas personas, en la historia, consultas distintas fuentes: el partido, la oposición, un diario» para siluetear una imagen lo más inmaculadamente delineada. ¿Una diferencia? «En un caso preguntas al presente y en otro, al pasado».
Firme liberal, rigurosa historiadora, su campo de excelencia es Europa del Este, ahí está El telón de acero: la destrucción de Europa del Este (Debate). Lo conquistó por proximidad, prueba de cargo de por qué los casos individuales poseen tanto protagonismo en su obra, convencida de que la comprensión de los grandes momentos de la Historia solo se alcanza «cuando empiezas a ver cómo la gente común encaja en ellos». Aterrizó en la Varsovia de 1988 con la acreditación de corresponsal de The Economist para curiosear las transiciones socio políticas de la región. Pero los incontrolables vaivenes de Europa del Este escapaban al presente. Casada con Radosaw Sikorski, escritor y ex ministro en Polonia, con la nacionalidad polaca, 10 años después de su aterrizaje, colapsado ya el comunismo, Applebaum se preguntó: «Pero ¿cómo llegamos ahí? ¿Por qué se pudo instalar? ¿Por qué la gente colabora con esos regímenes asesinos?». Las respuestas, en la estalinización.
Si Applebaum pudiese adoctrinarnos con un libro obligado ese sería Mi vida, de Trotski. Si pudiese teletransportarnos a un instante nos llevaría al Petrogrado de 1917... ¡entre las revoluciones de febrero y octubre! Y es que la historia, los hechos, son lo único que explican todo. Leyendo a Applebaum se fortalece aquello de que a quien no preocupa la repetición de lo ocurrido es porque no lo conoce, no lo recuerda o no lo quiere recordar. Ahora que el Estado iliberal de partido único se localiza por todo el mundo, ella recuerda que el Estado leninista no es una filosofía, sino un mecanismo para conservar al poder que funciona porque define claramente quién es la élite. «En los libros del futuro» escribió en The Atlantic, «el fundador de la URSS no será recordado por sus convicciones marxistas, sino como inventor de esta duradera forma de organización política. El modelo que muchos de los incipientes autócratas del mundo actual utilizan».
https://www.john-adams.nl/anne-applebaum/anne-applebaum-07/
Columnista del Washington Post, Senior Fellow de International Affairs, Agora Fellow in Residence de la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, profesora en la London School of Economics... su encumbramiento llegó en 2004 con el Pulitzer de no ficción. Pudiendo acceder a los archivos soviéticos, en Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos (Debate), Applebaum se acercó a los primeros campos erigidos nada más triunfar la revolución instaurados por Lenin en las islas Solovetsky, pasando por su expansión con Stalin hasta la etapa final, con el deshielo y su transformación en psiquiátricos. Una aproximación cruda a dos de los pilares en los que se asienta todo sistema autocrático: el miedo y la destrucción del disidente.
Este año se ha publicado en España Hambruna roja. La historia de Stalin contra Ucrania (Debate), otra documentadísima obra, pese a las restricciones impuestas por el viraje de Putin, merecedora de ser posicionada entre las mejores de 2019. Tomando el testigo de El gran terror, Applebaum desgrana aquí el más que intento de Stalin de borrar de la faz de la tierra a toda una nación, la ucraniana. Un tanatopropósito perseguido a base de represión y, sobre todo, hambre. Casi cinco millones de personas perecieron desde 1931 a 1934 a consecuencia de la colectivización de los cultivos, un trampantojo de Stalin con el que exterminar a una población campesina donde el sentimiento nacionalista estaba fuertemente arraigado. «Stalin», explica Applebaum en una entrevista reciente a EL MUNDO, «conocía la hambruna que sufría el país a comienzos de los años 30. Sin embargo, tomó la intencionada determinación en 1932 de endurecer las condiciones en Ucrania, incluyendo decenas de granjas colectivas y aldeas en las listas negras, bloqueando las fronteras del país para que la gente no pudiera irse y creando unas brigadas de incautación que iban de casa en casa quedándose con la comida de los campesinos». Incluso hoy hay quien esgrime que las hambrunas no fueron ni provocadas ni alimentadas en el tiempo. Pero Applebaum documenta no sólo cómo se intentó con ellas y otros métodos represivos empleados contra las élites cultural, intelectual y religiosa de la república destruir a Ucrania como nación, sino cómo se trató de ocultárselo al veredicto de la Historia.
«Si se dan las condiciones adecuadas», mantiene Applebaum, «cualquier sociedad puede volverse contra la democracia. De hecho, si la historia es algo por lo que podamos guiarnos, es lo que harán todas las sociedades».
ENRIQUE MORADIELLOS
1. Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española (Madrid, Galaxia Gutenberg, 2019), de Fernando del Rey Reguillo.
2. El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi (Barcelona, Crítica, 2019), deThomas Childers.
3. Lenguas entre dos fuegos. Intérpretes en la guerra civil española (Granada, Comares, 2019), deJesús Baigorri Jalón.
4. Ascenso y crisis. Europa, 1950-2017. Un camino incierto (Barcelona, Crítica, 2019), de Ian Kershaw.
5. El Orbe a sus pies. Magallanes y Elcano (Barcelona, Ariel, 2019), de Pedro Insua.
JORGE DEL PALACIO
1. La tragedia de la liberación. Una historia de la revolución china (1945-1957) (Acantilado), de Frank Dikkoter.
2. Churchill. La biografía (Crítica), de Andrew Roberts.
3. Mussolini contra Lenin (Alianza), de Emilio Gentile.
4. Carlos V. Una nueva vida del emperador (Planeta), de Geoffrey Parker.
5. Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania (Debate), de Anne Applebaum.
FERNANDO PALMERO
1. Comunidades rotas. Una historia global de las guerras civiles 1917-2017 (Galaxia Gutenberg), de Javier Rodrigo y David Alegre.
2. Hambruna roja: la guerra de Stalin contra Ucrania (Debate), de Anne Applebaum.
3. La soledad del país vulnerable. Japón desde 1945 (Crítica), de Florentino Rodao.
4. La tragedia de la liberación. Una historia de la revolución china (1945-1957) (Acantilado), de
Frank Dikötter.
5. El reino de Hispania (siglos VIII-XII). Teoría y práctica del poder (Akal), de Javier Fernández Conde, José María Mínguez y Ermelindo Portela.
ASUNCIÓN DOMÉNECH
1. Emilia Pardo Bazán (Taurus/Fundación Juan March), de Isabel Burdiel.
2. Demasiados retrocesos. España 1898-2018 (Galaxia Gutenberg), de Santos Juliá.
3. Los campos de concentración de Franco (Ediciones B), Carlos Hernández de Miguel.
4. Un pueblo traicionado (Debate), de Paul Preston.
5. España. Un retrato de grandeza y odio (Espasa), José Varela Ortega.
ISABEL BURDIEL
1. Demasiados retrocesos. España 1898-2018 (Galaxia Gutenberg), de Santos Juliá.
2. Arte y artificio de la vida en común. Los modelos de comportamiento y sus tensiones en el Siglo de las Luces (Marcial Pons), de Mónica Bolufer.
3. Los imperios y la globalización en Europa (siglos XV-XVII) (Galaxia Gutenberg), de Bartolomé Yun.
4. Ascenso y crisis. Europa, 1950-2017 (Crítica), de Ian Kershaw.
5. Los amnésicos. Historia de una familia europea (Tusquets), de Géraldine Schwarz.

Fuente:
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/12/15/5df0f97121efa069698b457d.html
Imágenes de Stalin: Tomadas de la cuenta de Marcos Juvencio Fuenmayor Contreras (Facebook).

(ANTI) POLÍTICA DIGITAL

Santiao Abascal, según Lluis Grañena
Los secretos de la estrategia de Vox
Organizaciones y partidos nacionalpopulistas de todo el planeta comparten contactos, fuentes de financiación y valores. Aprenden unos de otros. Y confían en que, juntos, tendrán más éxito. Así se fraguó el de Vox, representante español de este movimiento, según la premio Pulitzer Anne Applebaum
Anne Applebaum
12/05/2019

Amanece en el campo español. Un hombre camina a cámara lenta, corre y salta una cerca. Como en una película de Hollywood, el hombre cruza un campo de trigo mientras roza las espigas con las manos. De fondo suena una música mientras una voz narra: “Si no te ríes del honor porque no quieres vivir entre traidores…, si anhelas nuevos horizontes sin despreciar tus orígenes…, si conservas intacta tu honradez en tiempos de corrupción…”. Sale el sol. El hombre sube por un camino empinado, cruza un río y queda atrapado en una tormenta. “Si sientes gratitud y orgullo por quienes, de uniforme, guardan el muro…, si amas a tu patria como amas a tus padres…”. La música alcanza el clímax, el hombre está en la cima de la montaña y la voz culmina: “… sabrás que estás logrando hacer a España grande otra vez”. Las últimas palabras que aparecen en pantalla son “Hacer España grande otra vez”.
El eslogan es la versión española del “Make America Great Again” (https://elpais.com/cultura/2016/11/22/actualidad/1479844381_053085.html). El hombre es Santiago Abascal, y esto, por supuesto, es una publicidad de Vox, el partido político con el crecimiento más rápido de España. En las elecciones generales de 2016 —el año del vídeo—, Vox, con su nacionalismo español de macho alfa y cinematográfico, no obtuvo ni un solo escaño. Poco después, una web española publicó un artículo que preguntaba: “¿Por qué nadie vota a Santiago Abascal?” (https://www.elconfidencial.com/elecciones-generales/2016-06-11/santiago-abascal-vox_1213980/). Pero el pasado 28 de abril, el apoyo a Vox entre el electorado pasó del 0% al 10%: ganó 24 diputados en el Congreso. Su ruidosa presencia en la campaña electoral ayudó a impulsar la participación a uno de sus niveles más altos en años, ya que los españoles estaban ansiosos por apoyar a Vox o por votar en su contra.
Manifestacions contra Vox en Barceona (23 de marzo).
Charlie Pérez (Nurphoto/Getty)
¿Cómo ha sucedido esto y qué relación tiene con el caso de Donald Trump? La velocidad del auge de Vox es, en muchos sentidos, una historia exclusivamente española, marcada por una reacción nacionalista a una crisis separatista regional, el crecimiento de la polarización y la fragmentación de lo que fue un sistema bipartidista. El colapso económico de 2009 melló la confianza en los partidos políticos tradicionales y condujo a una fuerte reacción de extrema izquierda. Vox es el contragolpe.
Sin embargo, su historia también se enmarca en una más global y amplia sobre estrategias de campaña tradicionales y digitales desarrolladas por la extrema derecha europea y la derecha alternativa estadounidense (alt-right) que ahora se utilizan por todo el planeta. El uso de las redes sociales para agudizar la polarización, webs creadas específicamente para alimentar narrativas enfrentadas, grupos privados de fanáticos que comparten teorías de la conspiración, un lenguaje que deliberadamente debilita la confianza en políticos y periodistas “convencionales”: todo esto también ayudó a que el partido que quiere “hacer España grande otra vez” abandonara la periferia y se volviese conocido. A lo que hay que sumar que cuenta con financiación, en parte de origen extranjero (https://elpais.com/politica/2019/01/18/actualidad/1547834274_728411.html), que no le llega directamente, sino que canaliza a través de organizaciones con las que comparte opiniones, una forma de financiación política que resulta familiar para los estadounidenses, pero nueva en Europa.
En marzo y abril, justo antes de las elecciones del 28 de abril, realicé un par de viajes a Madrid para conversar con militantes de Vox y con otras figuras, incluidos antiguos líderes del PP, de centroderecha, y del PSOE, de centroizquierda, los dos partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas desde la Transición. El sentimiento en la capital española era un poco como el que había en Londres justo antes del referéndum del Brexit ( https://elpais.com/internacional/2018/09/07/actualidad/1536315339_952368.html) o como el de Washington antes del triunfo de Trump. Tuve una fuerte sensación de déjà vu: una vez más, una clase política estaba a punto de ser golpeada por una ola de enfado.
Emilia Guetérrez, acto en Vistalegre
En el otrora predecible mundo de la política española esto supone un cambio considerable. En 2018 periodistas y analistas españoles se preguntaban por qué en España, a diferencia de Francia o Italia, no había partidos de ultraderecha. Muchos asumían que el fantasma de la dictadura de Franco, que culminó apenas en los años setenta, era el responsable de esta “excepción española”. Mientras nadie políticamente activo en la actualidad en Francia o Alemania recuerda Vichy o a los nazis, una gran cantidad de españoles sí recuerda hoy el nacionalismo ostentoso de Franco, que en los mítines usaba el lema de “¡Arriba España!”, y, por esa razón, siempre lo han rechazado.
Pero a lo largo del año pasado, Vox quebró ese tabú. En su cuenta de Twitter, Abascal fijó una serie de tuits (https://twitter.com/Santi_ABASCAL/status/1110653766653698050)  que empiezan en la primavera de 2018 y continúan hasta hoy. Cada uno enlaza a un vídeo o a una fotografía de un recinto repleto de gente. Los tuits más recientes tienen la etiqueta #EspañaViva y comentarios eufóricos. Esos tuits, más los constantes ataques del partido a las encuestas “falsas” de los medios “parciales”, tenían un propósito: hacer sentir a cualquier seguidor de Vox que formaba parte de un movimiento enorme. Abascal habla de un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional”, y de alguna forma eso eran.
JR Mora
Nutrido por los separatismos
El vicesecretario de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, viene de una familia acaudalada de la nobleza española. Cuando Vox ataca a “las clases dominantes”, se refiere a los medios de comunicación y las clases políticas, no a la alta burguesía o a su clase empresarial. Aún más importante es el hecho de que Espinosa es un usuario experto en redes sociales, al igual que su esposa, Rocío Monasterio, que también es política de Vox.
Los seguí a ambos en Twitter por un tiempo y noté cuán eficaces eran creando espectáculo (https://verne.elpais.com/verne/2019/03/01/articulo/1551440154_984811.html). A través de Twitter, Espinosa convocó a una protesta pública cuando una universidad de Madrid, su alma mater, le canceló una conferencia que tenía programada. Monasterio acumuló miles de me gusta por declarar que iba a boicotear cualquier movilización por el Día Internacional de la Mujer y por tuitear luego un vídeo en el que enfrentaba a feministas enfadadas manifestándose con imágenes de mujeres y hombres tomados de la mano.
Espinosa está también a cargo de las “relaciones internacionales” del partido y el mensaje principal que me quiso transmitir fue sobre la naturaleza excepcionalmente española de Vox. Desayunando en un café de Madrid que, según dijo, no queda muy lejos de su empresa inmobiliaria, afirmó que Vox tenía muy pocas cosas en común con otros partidos de “ultraderecha” europeos. “A Vox se le asocia frecuentemente y con facilidad con otros partidos y cosas nuevas que están sucediendo en otras partes del mundo…, pero no es realmente cierto”.
En lugar de esto, argumenta que Vox surgió en gran parte por el fracaso de España para lidiar con sus prolongados conflictos regionales. Abascal, exmiembro del PP, es oriundo del País Vasco. Su padre, también político del PP, fue ampliamente conocido como un objetivo de ETA, el grupo terrorista vasco. Por esa razón, asegura tener una pistola Smith & Wesson (https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html) consigo todo el tiempo, un hábito inusual en España que le ha hecho ganarse el cariño de una pequeña minoría de propietarios de armas. Sin embargo, la crisis de secesión catalana, iniciada en 2017, fue la que puso a Vox en el centro de la política española. José María Aznar, el expresidente de centroderecha, me dijo que Vox era “una consecuencia de la inacción del Gobierno durante el golpe de Estado de Cataluña”, y casi toda la gente con los que hablé en Madrid expresó más o menos lo mismo.
Cataluña es una provincia pudiente, donde muchos de sus habitantes hablan un idioma distinto, el catalán. La región tiene una larga historia y algunos viejos resentimientos datan de varios siglos. Después de que las fuerzas lideradas por Franco ganaran la Guerra Civil e impusieran una dictadura, cualquier indicio de separatismo catalán fue severamente reprimido. En contraste, la Constitución española de 1978 concedió la autonomía no solo a Cataluña y el País Vasco, cuyo movimiento separatista tenía un ala terrorista, sino a todas las comunidades españolas. Desde entonces se ha generado una discusión constante acerca de la relación entre el Gobierno central y las autnomías. En 2017 el Gobierno regional de Cataluña, estrechamente controlado por separatistas, decidió realizar un referéndum independentista. El Tribunal Constitucional lo declaró ilegal. Una clara mayoría de catalanes boicoteó el referéndum —un evento emotivo, arruinado por la brutalidad policial—, pero los que votaron eligieron la independencia.
En el caos posterior, el Senado autorizó que se impusiera un gobierno directo sobre Cataluña y convocó nuevas elecciones en esa comunidad. Algunos líderes secesionistas huyeron al exilio, mientras que otros fueron arrestados y llevados a juicio. En España se permite que abogados privados sean coacusadores durante los procesos judiciales públicos. Vox aprovechó esta legislación para presentar una querella contra los secesionistas (https://elpais.com/ccaa/2018/12/04/catalunya/1543938174_329485.html). En la práctica, eso significó que, durante el juicio público ampliamente televisado, el “abogado de Vox” y secretario general del partido, Javier Ortega Smith, estuviera presente junto a los fiscales del Gobierno.
Para un partido pequeño que aboga por la unidad española, se opone a la autonomía regional y quiere prohibir los partidos separatistas y arrestar al presidente catalán, es difícil pensar en una manera más efectiva de evocar emociones fuertes o de provocar una fuerte reacción en contra. Cuando Vox organizó uno de sus mítines en Barcelona esta primavera, Ortega Smith tildó al Gobierno catalán de “organización criminal”. Sin embargo, la mayoría de la cobertura mediática se centró en los anarquistas que lanzaban piedras, quemaban barricadas y protestaban violentamente contra los visitantes “fascistas”. En otras palabras, fue otra victoria de imagen para Vox. Abascal tuiteó una fotografía suya consolando a una mujer que había sido herida en las manifestaciones. Espinosa hizo lo mismo. Irónicamente, mostrarse como “víctimas de la brutalidad” fue la misma estrategia con la que los secesionistas catalanes buscaron ganar el respaldo nacional e internacional.
“No tienen ideas”
Cataluña no fue el único asunto español que ayudó a Vox. Al igual que otros nuevos partidos europeos (no necesariamente de derechas), como el Movimiento 5 Estrellas de Italia, Vox seleccionó una serie de temas subestimados cuyos adeptos habían empezado a ponerse en contacto y a organizarse por Internet. Por lo general, los movimientos políticos con éxito solían tener una sola ideología. Ahora, algunas veces, combinan varias. Piensen en el proceso de una discográfica que quiere crear una nueva banda de pop: hace un estudio de mercado, elige el tipo de rostros que le pegan y luego presenta la banda al sector demográfico que le sea más favorable. Los nuevos partidos políticos son así: ahora se pueden agrupar diferentes temas, reempaquetarlos y luego comercializarlos utilizando el mismo tipo de mensajes dirigidos que se sabe que han funcionado en otros sitios.
La oposición al separatismo catalán y vasco, al feminismo y al matrimonio igualitario, a la inmigración, especialmente la musulmana; la ira contra la corrupción; el aburrimiento con la política tradicional; un puñado de temas, como la propiedad de armas y la caza, que a algunos les importan profundamente mientras otros ni siquiera saben que existen; una pizca de libertarismo, talento para realizar burlas y un ligero toque nostálgico, aunque no se sepa exactamente de qué: todos estos son los ingredientes que se usaron para la creación de Vox. Mayoritariamente, estos temas pertenecen al ámbito de la política identitaria, no al económico. Espinosa se refiere a ellos como cuestiones en que hacen frente a “la izquierda”, no refiriéndose solo al partido de ultraizquierda marxista Podemos, sino también al PSOE, de centroizquierda, al menos en su más reciente encarnación. En concreto, él señala al Gobierno socialista que controló España entre 2004 y 2011, bajo el mandato del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que aprobó una serie de leyes para flexibilizar las restricciones sobre el aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario, y para extender protecciones especiales, incluidos juicios en tribunales especializados —a los que Espinosa llama “juzgados de hombres” (https://twitter.com/ivanedlm/status/1088331803939753984?ref_src=twsrc%5Etfw) — a las víctimas de la violencia doméstica. Describe estas iniciativas como “todas las leyes que Zapatero pudo concebir para atacar a la familia, el bastión del conservadurismo”.
Zapatero también reabrió el debate sobre el cuestionamiento de la historia, aprobando una ley de memoria histórica que, entre otras cosas, condenó formalmente al régimen de Franco y eliminó símbolos franquistas de los espacios públicos. Esto fue una novedad para España: durante las dos primeras décadas tras la transición democrática, los Gobiernos españoles simplemente evadieron el tema. Para Vox, este asunto es un mero matiz y no un tema fundamental, al menos en público. Sin embargo, la exigencia de tener “libertad para hablar sobre nuestra historia” es una frase que Abascal usa en los mítines.
Espinosa sostiene que el “extremismo” del Gobierno de Zapatero más el extremismo de los separatistas, unido al fracaso posterior del centroderecha para contrarrestarlos, es lo que justifica la posición de Vox: “Nadie cuestiona la nación en otras partes, nadie cuestiona tus instituciones básicas, tu bandera, tu himno, tu presidente, tus instituciones democráticas, tu Tribunal Supremo”. Espinosa ilustra su argumento usando dos saleros. “Mira”, dice, colocando ambos juntos, “estas son las políticas españolas en los años ochenta y noventa”. Y “aquí” —coloca un tenedor varias pulgadas más allá— está la España actual: “Llevada a la extrema izquierda. El centro y la derecha no reaccionan, no contraatacan. No tienen ideas”.
Ese tipo de lenguaje no solo enfurece a los secesionistas, sino también a los que se identifican con el centroizquierda. Como también enfurecen las provocaciones de Vox. En diciembre pasado, antes de las elecciones locales en Andalucía, Abascal publicó un vídeo de él mismo montado en un caballo, recreando la “reconquista” medieval de España (https://elpais.com/politica/2019/04/15/actualidad/1555349941_669847.html)  ante la ocupación musulmana, al ritmo de la banda sonora de El señor de los anillos. En otra ocasión, el partido creó un vídeo donde se mostraba una noticia falsa que anunciaba la imposición de la ley islámica en Andalucía y la conversión de la catedral de Córdoba en una mezquita (https://elpais.com/politica/2018/11/28/actualidad/1543434990_381282.html). Cada una de estas acciones causaron una reacción en contra. Más retuits para Vox, más furia del otro lado. Espinosa lo sabe. “¿Somos parte de esta polarización? Desafortunadamente, lo somos. No estoy diciendo que no…”. Sin embargo, desde su punto de vista, “la izquierda” es la extremista, no Vox.
Espinosa habla excelente inglés —vivió parte de su infancia en Estados Unidos y asistió a la Facultad de Negocios de North­western— y ocasionalmente tuitea en ese idioma. Muchas veces ha entrado a Twitter para atacar la cobertura mediática extranjera sobre Vox, especialmente cuando se compara al partido con grupos de extrema derecha de Francia e Italia. Una vez felicitó irónicamente a un periodista de The Guardian por su “historia políticamente correcta”. Tiene la misma queja sobre los medios españoles. “Enhorabuena a EL PAÍS”, escribió recientemente, “por ser capaz de incluir las expresiones ‘ultraconservador’, ‘ultranacionalista’ y ‘extrema derecha’ en tan solo cinco párrafos. Goebbels os admiraría”.
La verdad es que ha habido múltiples contactos entre Vox y otros partidos políticos de “extrema derecha” europeos. En 2017, como muestra la cuenta de Twitter de Vox, Abascal se reunió con Marine Le Pen, la líder francesa de extrema derecha (https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html). En la víspera de las elecciones tuiteó su agradecimiento a Salvini, el líder italiano de ultraderecha, por su apoyo (https://elpais.com/elpais/2019/02/08/ideas/1549640745_423026.html). Abascal y Espinosa fueron recientemente a Varsovia para reunirse con los líderes del partido gobernante polaco, nativista [que favorece a los nativos de un país] y antiplural, y Espinosa apareció también en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Washington.
Aun así, Espinosa está en lo correcto cuando minimiza estos encuentros públicos como llamadas de cortesía. Las relaciones importantes entre Vox y la ultraderecha europea, así como con la alt-right estadounidense, se están desarrollando en otra esfera.
“Restaurando el orden natural”
Los nacionalistas de extrema derecha o partidos nativistas en Europa rara vez trabajaban juntos, hasta hace poco. A diferencia de los socialdemócratas europeos, que siempre compartieron una visión del mundo, o incluso de los demócratacristianos de centroizquierda europeos, quienes desde los años cincuenta fueron el verdadero motor que impulsó la UE, los partidos nacionalistas, arraigados en sus propias historias particulares, solían estar en conflicto casi por definición. La extrema derecha francesa nació de los debates acerca de Vichy y Argelia. La ultraderecha italiana estuvo conformada históricamente por los descendientes intelectuales de Mussolini, incluyendo a su propia hija. Los intentos de confraternización siempre terminaron hundiéndose por viejas polémicas. Las extremas derechas de Italia y Austria, por ejemplo, rompieron recientemente relaciones después de que empezaran a discutir —resulta gracioso— sobre la identidad nacional de Tirol del Sur, una provincia en el norte de Italia donde se habla sobre todo alemán.
Hace poco eso ha empezado a cambiar. La extrema derecha europea ha encontrado un grupo de temas con los que todos pueden estar de acuerdo. La oposición a la inmigración, especialmente musulmana. La promoción de una visión del mundo socialmente conservadora. Dicho de otra forma: el desagrado por el matrimonio igualitario o los taxistas africanos es algo que incluso austriacos e italianos, en desacuerdo sobre la ubicación de su frontera, pueden compartir.
Los vínculos y conexiones son visibles en Internet. Entre los que estuvieron observando el ascenso de Vox se encuentra una compañía de análisis de datos de Madrid llamada Alto Data Analytics. Alto, especializada en la aplicación de inteligencia artificial en el análisis de los datos públicos de sitios como Twitter, Facebook, Instagram, YouTube y otras fuentes, produjo hace poco varios coloridos mapas sobre la conversación española en redes, con la meta de identificar campañas de desinformación que buscasen distorsionar las conversaciones digitales. Los mapas mostraron tres conversaciones polarizadas y periféricas, es decir, “cámaras de resonancia”, cuyos miembros, prácticamente, solo hablan entre sí: la conversación sobre el secesionismo catalán, la que se centra en la extrema izquierda y la que habla de Vox.
No fue una sorpresa. Tampoco lo fue descubrir que la mayoría de los “usuarios con actividad anormalmente alta” —bots o personas reales que publican constantemente y tal vez recibiendo un pago por ello— formaban parte de estas tres comunidades, especialmente de la de Vox (https://elpais.com/politica/2019/04/25/actualidad/1556203502_359349.html) , que acaparaba a más de la mitad de ellos. Pocos días antes de las elecciones, el Instituto para el Diálogo Estratégico (ISD en sus siglas en inglés) —una organización británica que rastrea el extremismo en Internet y en el que trabajo como consejera y colaboradora— descubrió una red de casi 3.000 “usuarios con actividad anormalmente alta” (https://elpais.com/politica/2019/04/25/actualidad/1556203502_359349.html), los cuales habían bombardeado Twitter el año pasado con cerca de 4,5 millones de mensajes antiislámicos y pro-Vox.
Los orígenes de la red no son claros y no se sabe quién la financia. Originalmente se configuró para atacar al Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, pero tras el ataque terrorista en Barcelona en 2017 el objetivo cambió. En los últimos dos años se ha centrado en historias atemorizantes sobre inmigración que incrementan gradualmente su intensidad. Algunos de los contenidos promovidos son materiales extraídos originalmente de redes extremistas, y todos están alineados con los mensajes publicados por Vox. Por ejemplo, el 22 de abril, una semana antes de las elecciones españolas, la red estuvo tuiteando imágenes de lo que sus miembros describían como una revuelta en un “barrio musulmán en Francia” cuando lo que mostraban era una manifestación reciente contra el Gobierno en Argelia.
Alto y el ISD se percataron también de otra singularidad: los simpatizantes de Vox, especialmente los “usuarios con actividad anormalmente alta”, tienen muchísimas probabilidades de publicar y tuitear contenidos y materiales de un grupo muy particular de fuentes: un compendio de webs conspirativas, por lo general creadas al menos hace un año y a veces administradas por una sola persona, que publica grandes cantidades de artículos y titulares muy partidistas.
Curiosamente, el equipo de Alto encontró los mismos tipos de webs en Italia y Brasil en los meses previos a las elecciones de 2018 de ambos países. En ambos casos, los portales empezaron a publicar material partidista —en Italia sobre inmigración, en Brasil sobre corrupción y feminismo— durante el año previo a la votación. En ambos países sirvieron para alimentar y amplificar sesgos ideológicos antes de que siquiera fuesen parte de la política convencional.
En España existen una media docena de portales como esos, algunos profesionales y otros claramente hechos por aficionados. Algunos, de orígenes desconocidos, parecen haber sido creados con una plantilla: uno de los portales más oscuros tiene exactamente el mismo estilo y disposición que un portal brasileño pro-Bolsonaro, casi como si ambos hubiesen sido diseñados por la misma persona. El día anterior a las elecciones españolas, su noticia principal fue una teoría conspirativa: George Soros, el judío millonario nacido en Hungría que ha sido representado como el demonio por la extrema derecha en Europa (https://elpais.com/elpais/2019/04/18/ideas/1555585620_542476.html), iba a ayudar a orquestar un fraude electoral. Soros no era una figura muy conocida en España hasta que Vox lo ha incluido en el debate.
Del otro lado de la balanza se encuentran digitalSevilla, que por lo general informa sobre Andalucía, y CasoAislado, que publica constantemente historias sobre inmigrantes y crímenes. Ambos parecen administrados por equipos muy pequeños y financiados por el sistema de publicidad de Google (https://elpais.com/politica/2018/05/17/actualidad/1526571491_535772.html). Aparecen con mucha frecuencia en la cámara de resonancia de Vox. El dueño de digitalSevilla —según EL PAÍS, un hombre de 24 años sin experiencia como periodista — produce titulares que comparan a la presidenta del partido socialista de Andalucía con la “mujer malvada de Juego de tronos” y en ocasiones ha logrado atraer a más lectores que los periódicos tradicionales. Espinosa me dijo que el dueño de CasoAislado es “un tipo que simpatiza con nosotros, un aficionado. Te lo aseguro, no le estamos pagando a ninguno de ellos”.
Los estadounidenses reconocerán este tipo de webs: funcionan de manera no muy diferente a InfoWars, Breitbart, los portales infames y sesgados que operaron desde Macedonia durante la campaña presidencial de Estados Unidos o las páginas de Facebook creadas por la inteligencia militar rusa. Todos ellos producen noticias sobrecargadas, conspirativas y polarizantes con titulares indignantes listas para ser enviadas a las cámaras de resonancia. A veces, estas webs y las redes que las promueven por Europa trabajan de manera coordinada. En diciembre, Naciones Unidas reunió a los líderes del mundo para discutir la migración en una cumbre de perfil bajo que produjo un pacto con pocos compromisos: el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Recibió poca atención mediática, pero Alto analizó que, en vísperas de la reunión, cerca de 50.000 usuarios tuitearon teorías conspirativas sobre el mismo, centenares de ellos alternando francés, alemán, italiano y, en menor medida, español y polaco. De parecido funcionamiento al de la red española que promueve a Vox, estos usuarios estuvieron promocionando material de portales conspirativos, usando imágenes idénticas, enlazándose y retuiteándose entre ellos desde distintos países.
Una red internacional similar se puso en marcha tras el incendio de la catedral de Notre Dame en París. El ISD rastreó miles de publicaciones de gente que afirmaba haber visto a musulmanes “celebrando” el incendio, así como otras de personas que publicaban rumores y fotos que pretendían demostrar que el incendio había sido provocado. CasoAislado montó una publicación casi inmediatamente, en la que declaraba que “cientos de musulmanes” estaban celebrándolo con una imagen en la que parecía que personas con apellidos árabes estaban publicando en Facebook emoticonos sonrientes bajo fotos del incendio. Pocas horas después, Abascal tuiteó su rechazo a aquellos “cientos de musulmanes” y usó la misma imagen, aunque enlazándola a una publicación del teórico de la conspiración de la derecha alternativa estadounidense, Paul Watson, el cual, a su vez, identificó al activista francés de extrema derecha Damien Rieu como la fuente. “Los islamitas que quieren destruir Europa y la civilización occidental celebrando el incendio de #NotreDame”, escribió Abascal, “tomemos nota antes de que sea tarde”.
Este mismo tipo de memes e imágenes se expandieron por los grupos de seguidores de Vox en WhatsApp y Telegram. Incluían, por ejemplo, un meme en inglés que mostraba París “antes de Macron”, con Notre Dame ardiendo, y un “después de Macron”, con una mezquita en su lugar; así como una videonoticia —sobre otro incidente sin relación con Notre Dame— que detallaba detenciones y el descubrimiento de un coche con bombas de gas cerca del lugar del incidente. Fue el ejemplo perfecto de cómo la alt-right, la extrema derecha y Vox esparcían el mismo mensaje al mismo tiempo y en múltiples idiomas para intentar motivar las mismas emociones en toda Europa, Norteamérica y más allá.
También tienen conexiones fuera de Internet. En vista del potencial de llegada que tienen los problemas sociales, se han creado organizaciones paneuropeas que usan un modelo estadounidense de financiación y promoción. Una de ellas es CitizenGo, una organización fundada en Madrid en 2013. CitizenGo es el brazo internacional de HazteOir.org, una organización española creada hace más de una década. De acuerdo con Neil Datta, secretario del Foro Parlamentario Europeo de Población y Desarrollo y autor de un informe sobre la derecha cristiana europea, CitizenGo es parte de una red más grande de organizaciones europeas dedicadas a lo que ellos llaman “restaurar el orden natural”: eliminar derechos de los homosexuales, restringir el aborto y los métodos anticonceptivos, y promover una agenda explícitamente cristiana. Esta red compila listas de correo y se mantiene en contacto con sus seguidores. Afirman que llegan a nueve millones de personas.
Apoyo internacional
El consejo de CitizenGo incluye a Brian S. Brown, el cofundador estadounidense de la Organización Nacional para el Matrimonio, y a Alexey Komov, de la división rusa del Congreso Mundial de Familias (WCF en sus siglas en inglés). A Komov se le asocia con el oligarca ruso sancionado Konstantin Malofeev. En la práctica, él actúa como enlace entre Malofeev y la derecha religiosa estadounidense. El líder de CitizenGo, Ignacio Arsuaga, aparece a menudo en eventos paneuropeos, incluida la reunión en marzo del Congreso Mundial de Familias en Verona, Italia. De acuerdo con el portal del WCF, entre sus participantes estuvieron Salvini, ministro del Interior del Gobierno de Italia y líder de la Liga Norte (de extrema derecha) (https://elpais.com/elpais/2019/02/08/ideas/1549640745_423026.html), así como un grupo de políticos húngaros, un alto sacerdote ruso y hasta su alteza Gloria, princesa de Thurn y Taxis [aristócrata alemana].
Carlos Rosillo (Ver nota infra)
Según el grupo de investigación no gubernamental OpenDemocracy, Darian Rafie, el líder de una organización estadounidense llamada ActRight, también aconseja a CitizenGo y ayuda a mantenerla financieramente. (Algo de contexto: la página de Facebook de ActRight publica burlas sobre la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, y lanza al aire preguntas constantemente sobre cuánto pagó el presidente Barack Obama para inscribir a su “hija marihuanera” en la Universidad de Harvard). Rafie le dijo a un reportero de OpenDemocracy que había “recaudado muchos fondos” para Trump (https://www.opendemocracy.net/en/5050/revealed-the-trump-linked-super-pac-working-behind-the-scenes-to-drive-europes-voters-to-the-far-right/). Este tipo de contactos no son inusuales: OpenDemocracy ha identificado a otra docena de organizaciones estadounidenses que financian o asisten a activistas conservadoras en Europa. Y no solo en Europa: Viviana Waisman, de Women’s Link Worldwide, una organización de derechos humanos y legales de la mujer con base en Madrid, me comentó que suele toparse con CitizenGo y su mensaje por todo el mundo. Entre otras cosas, ha popularizado la expresión “ideología de género” —un término inventado por la derecha cristiana y que se usa para describir una gran variedad de temas, desde violencia doméstica hasta derechos de los homosexuales— en África y Latinoamérica, así como en Europa.
Rocío Monasterio (Vox)
En España, CitizenGo ha adquirido fama estampando lemas provocadores en autobuses que recorren las ciudades españolas. Los autobuses enfadan a la gente y atraen mucha atención para CitizenGo y para Vox. Las coincidencias entre ambos no son un secreto: la organización ha otorgado su premio anual, en los últimos años, a Abascal, a Ortega Smith y a otras personas que son ahora políticos de Vox, así como a activistas católicos y al líder iliberal húngaro Viktor Orbán.
Ignacio Garriga (Vox).
En el periodo previo a las elecciones de abril —primeras en las cuales Vox se mostraba como una formación con posibilidades electorales—, el dinero, la red y el talento de CitizenGo probaron ser muy útiles. Como ya lo había hecho en el pasado, CitizenGo lanzó la campaña “Vota valores”. Esta vez, los autobuses se pintaron con citas destinadas a menospreciar a los líderes de otros partidos que no fuesen Vox. El grupo creó una web con listas en las que mostraban qué partidos estaban de acuerdo con sus “valores” y dejaban claro que el único con “valores” era Vox.
Es un patrón conocido en la política estadounidense. Así como en Estados Unidos se puede apoyar a Comités de Acción Política (PAC, por sus siglas en inglés) que generan publicidad en torno a los temas que defienden determinados candidatos, ahora los estadounidenses, los rusos o la princesa de Thurn y Taxis también pueden hacer donaciones a CitizenGo y, por ende, apoyar a Vox. Este modelo de financiación no ha sido muy utilizado en Europa en el pasado. En la mayoría de los países, la financiación política tiene limitaciones. En algunos lugares (no en España), la financiación extranjera está prohibida. Se ha levantado un gran revuelo alrededor de la organización The Movement, de Stephen K. Bannon (https://elpais.com/tag/stephen_kevin_bannon/a/), que se estableció en Europa para ayudar a los candidatos de la extrema derecha a ganar elecciones. No obstante, en realidad —aunque muchos europeos probablemente no se han dado cuenta— los extranjeros que quieren financiar a la extrema derecha europea pueden hacerlo desde hace tiempo. El último informe de OpenDemocracy dice que Arsuaga informó a un periodista de que el dinero dado a su grupo podría “indirectamente” apoyar a Vox, ya que “actualmente” están “totalmente alineados”. El dinero que organizaciones como CitizenGo gastan en las elecciones importa menos que las campañas que organizan en los meses previos a esas elecciones. Como le dijo Arsuaga al reportero de OpenDemocracy, “al controlar el entorno de los políticos, terminas controlándolos también a ellos”. Lo que realmente importa es la batalla por los valores en los medios de comunicación, la educación, las instituciones culturales y, por encima de todo, en las redes sociales. Europa (https://elpais.com/politica/2018/12/12/actualidad/1544624671_005462.html), incluso los países que anteriormente buscaban el consenso —Países Bajos, Alemania y ahora España—, está empezando a parecerse más a Estados Unidos, donde la batalla por los valores se ha convertido en una guerra abierta.
Atando los cabos de extrema derecha
Cuando le pregunté a Rafael Bardají acerca del vídeo de “Hacer España grande otra vez”, sonrió: “Esa idea fue mía, fue una especie de chiste del momento”. Bardají se unió al equipo dirigente de Vox un poco después que Espinosa y Abascal. Como ellos —y como la mayoría en Vox—, es un exmiembro del PP que acabó desilusionado por el centrismo y la moderación. A principios de la década de 2000 trabajó con Aznar y es conocido como el asesor que más presionó para que España se uniese a la invasión estadounidense de Irak.
Por ello, se le considera “neoconservador”, aunque no está claro qué significa eso en el contexto español. Bardají también se ha ganado el apodo de Darth Vader, algo que le divierte (ha puesto la foto del villano de Star Wars en Twitter). “Hacer España grande otra vez,” explica, “fue una especie de provocación… La intención era irritar a la izquierda un poco más”. Este es, por supuesto, un concepto muy familiar: “Hazlo porque ofende al establishment”. “Humilla a los progres”. Un clásico sentimiento breitbartiano. Y sí, Bardají conoce a Bannon (https://elpais.com/politica/2018/12/04/actualidad/1543949909_697562.html) y tienen un amigo en común, pero se burla de la importancia que se le da. Los periodistas españoles, me dijo, “le dan a Bannon una importancia que no tiene”.
@Vox_es (Twitter)
No queda claro si Bannon, exdirector de Breitbart y exdirector de estrategia del presidente Trump, influenció a Bardají o viceversa. Bardají me dijo que tuvo la oportunidad de visitar la Casa Blanca poco después del triunfo de Trump. Me aseguró que estuvo en contacto con el consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y con su sucesor, H. R. McMaster, y discutieron sobre la primera visita de Trump a la OTAN, así como sobre el discurso que haría en Varsovia, aquel en el que subrayó la necesidad de defender el mundo cristiano del islam radical: “La aspiración de civilizar, el modo en que Occidente debe defenderse…, estábamos completamente en sintonía,” me dijo Bardají. El número de musulmanes españoles en la actualidad es relativamente bajo —la mayoría de la inmigración española proviene de Latinoamérica— y el de EE UU es aún más bajo. Pero la idea de que la civilización cristiana necesita redefinirse frente el enemigo islámico tiene, por supuesto, un eco histórico especial en España, al igual que en los Estados Unidos pos-11-S y pos-Irak.
Hay otros aspectos que revelan que el Trump­world y Vox son simbióticos. Bardají, que dice conocer también a Jason Greenblatt, el negociador de la Administración de Trump en Oriente Próximo, tiene nexos desde hace mucho tiempo con la Administración israelí. Bardají me aseguró que en 2014 organizó para Vox la visita de un asesor de relaciones públicas de Israel: “Lo traje del equipo que ganó las elecciones para Netanyahu”. Ese mismo año, el primer candidato fallido de Vox para el Parlamento Europeo, Alejo Vidal-Quadras Roca (https://elpais.com/tag/aleix_vidal_quadras_roca/a), recibió una generosa donación —más de 800.000 euros (https://elpais.com/politica/2019/01/18/actualidad/1547834274_728411.html), divididos entre docenas de donaciones individuales— de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), una organización/culto iraní que se opone a la República Islámica. El MEK tiene una repu­tación ambigua en Washington —se le ha clasificado como una organización terrorista en ocasiones—, pero tiene algunos aliados: tanto el consejero de Seguridad Nacional John Bolton como el abogado de Trump Rudolph W. Giuliani han dado discursos en su evento anual en París. Estos vínculos compartidos entre Vox y la Administración de Trump no sugieren una conspiración, sino intereses mutuos y amigos en común desde hace años. Más que cualquier otra cosa, son personas que ven que tienen enemigos en común y han logrado adoptar con el tiempo una visión similar del mundo. Al igual que Espinosa, Bardají reconoce la polarización de la política española, y además piensa que es algo permanente: “Estamos entrando en un periodo en el que la política se está convirtiendo en algo distinto, es una guerra con otros medios —no queremos ser asesinados, queremos sobrevivir —… Creo que ahora en política el que gana se lo lleva todo. No es un fenómeno exclusivo de España”.
Anne Applebaum en Madrid. Ángel Navarrete.
Bardají dice que, hasta el momento, Vox ha sido demasiado pequeño como para orquestar mucha propaganda, y menos aún como para formar parte de un movimiento internacional: “Hemos sido un partido pequeño con un presupuesto limitado”. Espinosa afirmó lo mismo, así como Vidal-Quadras, quien me aseguró que el dinero del MEK se acabó cuando él abandonó el partido. Había sido un reconocimiento personal por sus luchas pasadas. No hay razón para no creerles.
Pero el caso es que muchos otros, en Europa y en Estados Unidos, han venido presionando y promoviendo los temas que se han convertido en la agenda principal del partido. Como dijo el expresidente Aznar (https://elpais.com/politica/2019/03/27/actualidad/1553720303_741932.html), Vox es una “consecuencia”, aunque no solo, del separatismo catalán. Es también consecuencia del trumpismo, de las webs conspirativas, de las campañas digitales de la alt-right y la extrema derecha internacional, y especialmente, de la reacción conservadora que se ha venido construyendo por todo el continente durante años.
En cierto modo, es la máxima de las ironías: los nacionalistas, los antiglobalistas, las personas escépticas con las leyes internacionales y muchas otras organizaciones trabajan ahora juntos, rompiendo fronteras, por causas comunes. Comparten contactos. Obtienen dinero de los mismos fondos. Aprenden los unos de los errores de los otros, se copian el vocabulario. Y están convencidos de que, juntos, algún día, ganarán.
(*) Anne Applebaum es periodista. Su último libro, Hambruna roja, y Gulag, por el que ganó el Premio Pulitzer, han sido publicados por Debate en enero. © Washington Post, 2019.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2019/05/10/ideas/1557485729_129647.html?por=mosaico
Cfr.
https://www.washingtonpost.com/graphics/2019/opinions/spains-far-right-vox-party-shot-from-social-media-into-parliament-overnight-how/
Imágenes:
https://elpais.com/politica/2018/12/03/actualidad/1543830362_722864.html
https://elpais.com/internacional/2019/04/01/mexico/1554071665_552687.html
https://elpais.com/politica/2019/02/10/actualidad/1549832991_534915.html
https://www.lavanguardia.com/politica/20191006/47841914313/vox-vistalegre-abascal-psoe-criminal.html
https://ctxt.es/es/20181010/Firmas/22221/sergio-del-molino-vox-frente-nacional-establishment-coque-malla.htm
https://shangay.com/2019/07/02/rocio-monasterio-de-vox-el-orgullo-es-una-caricatura-denigrante/
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/12/15/5df0f97121efa069698b457d.html
Carlos Rosillo:  De izquierda a derecha, Rocío Monasterio, Javier Ortega Smith, Santiago Abascal, Cristiano Brown, Javier Maroto, Pablo Casado, Carmen Moriyón, Yolanda Ibáñez, Begoña Villacís, Albert Rivera e Ignacio Aguado.