Y dimos con Donald J. Trump
Juan Pablo García
Desde un primer momento que apareció la precandidatura presidencial de Donald Trump, la tendencia en Venezuela fue la de subestimarlo. Recuerdo que muchos expertos casi no querían ni referirse a él, elucubrando sobre las mejores posibilidades de sus contendores por la nominación del Partido Republicano. Lo tomaron por un hombre de farándula, más aventurero que empresario, a quien se le ocurrió el lance. Pero, después, poco a poco, fue ganando terreno por aquí y por allá, hasta hacerse candidato presidencial. Parecía que la Clinton podía ganarle, cosa que no logró. Y ya en la Casa Blanca, se vio la cara del verdadero Trump, comenzó a mandar más que un dinamo. Por supuesto, a los socialistas del siglo XXI les fue relativamente fácil profundizar en su propaganda y tratar de ridiculizar a un Trump que no tomaban en serio, ligando que se enredara con las consabidas investigaciones sobre la injerencia rusa. Dijeron que fracasaría al representar a la derecha más rancia y conservadora de Estados Unidos, etc., etc. Sin embargo, ahora, están superasustados (por no hacer referencia al desliz sanitario).
Cuando Trump ascendió al poder, los cubanos apagaron la rocola, decretando así el fin de la fiesta. Les había ido bien con Obama que hasta celebró un convenio con la dictadura isleña, reabrió la embajada en La Habana y siguió indiferente al destino de los cubanos que todavía sufren de las miserias del comunismo. No tenía claro el problema y muchísimo menos la trascendencia del caso venezolano que toreó de la mejor manera que pudo. No había forma de hacerle llegar nuestro mensaje por la libertad porque se creyó un rancio político pragmático que era capaz de mantenerse a flote a todo trance, ante de hundirse con los principios. Al parecer esta siempre fue la tónica de los demócratas respecto a América Latina. Hizo falta claridad, decisión, compromiso. El cáncer comunista prendía en buena parte del continente. Era muy poco el caso que nos hacían. Y de lo poco que se hacía, rápido se caía en las concesiones. Escuchaban a los “líderes” de la oposición que viajaban al norte para que no le fregaran la vida a ciertos y determinados chavistas que juraban comprometidos en una salida negociada. Puede decirse, los venezolanos estuvimos desamparados. El peligro estaba más latente que nunca, había tuercas que apretar.
Pero con Trump, todo cambió. No era cosa de poses. Se metió de lleno a comprender el caso venezolano, atendió personalmente a varias de las víctimas del comunismo venezolano, comenzó a adoptar medidas muy severas con los ladrones y narcotraficantes, recibió a Juan Guaidó como hombre de Estado, y – sencillito – sorprendió a los mismísimos cubanos que creyeron que la cosa era juego. Y, ahora, Maduro y sus terroristas van al baño cada vez que las piernas se lo permiten, porque le tiemblan demasiado. Puede decirse que afortunadamente dimos con Trump al que no se le puede caribear como el pusilánime Arreaza, dizque canciller, juró al compartir un café con Samuel Moncada, el que ha gozado hasta más no poder de la vida neoyorquina, presumiéndose embajador en la ONU. Las sanciones tienen nombre y apellido clarito para cada uno de los bandoleros que mienten, como si el país mismo hubiese sido objeto de la sanción. Y a Trump le están – desde ya – bailando pegadito así lo maldigan públicamente, claro está, temblándoles las piernitas. Por ello, es necesario reconocer a Trump como un campeón de la libertad en este lado del mundo.
08/04/2020:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36691-trump-
Fotografía:https://www.ft.com/content/a6c7c0b8-a765-11e6-8b69-02899e8bd9d1
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jueves, 9 de abril de 2020
sábado, 4 de abril de 2020
DEPENDE DEL DÍA
Anne Applebaum: “Estos momentos serán recordados como una gran ruptura histórica”
La historiadora advierte sobre los riesgos que afronta la democracia y que Occidente puede perder el liderazgo mundial si su gestión de la pandemia no es buena
Félix Badía
La historiadora y periodista Anne Applebaum (Washington DC, 1964) ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar el convulso siglo XX de Europa del Este y la URSS. El último de sus libros, Hambruna roja (Debate), relataba la criminal política de Stalin respecto a Ucrania. Desde entonces, sin embargo, esta escritora, columnista también de The Atlantic , ha centrado su análisis en la crisis de la democracia liberal, un proceso de degradación en el que ahora se cruza la epidemia de coronavirus que ha incrementado aún más las incertidumbres. ¿Optimista o pesimista? “Depende del momento del día”.
La epidemia de coronavirus ha llegado en un momento en que las democracias liberales tienen mala salud. De hecho, ese es el tema de su próximo libro. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Para mí el principal problema de muchas democracias liberales es que los sistemas políticos no han sido capaces de evolucionar a la misma velocidad que los cambios tecnológicos, económicos y de la información. En un momento en que tantas cosas se pueden hacer rápidamente, la democracia toma mucho tiempo y da la impresión de que no ofrece respuestas de forma ágiles. La gente, entonces, busca atajos en sistemas diferentes: “tal vez el sistema chino es mejor, tal vez el ruso es mejor, tal vez ellos pueden tomar decisiones más rápidamente…”.
A eso se añade que hay dos crisis, una real y otra, digamos, más imaginaria, vinculadas ambas a la globalización y que esta epidemia ha exacerbado. La primera es que ya hace años que para mucha gente se ha hecho evidente que sus gobiernos no tienen el control de las economías, ven que decisiones tomadas en China o en Washington pueden afectar a su negocio, por ejemplo, en Barcelona. En cierta forma eso puede llevar a revivir ciertos tipos de nacionalismo.
Pero hay un segundo aspecto que reside en la naturaleza de los nuevos medios de comunicación que están debilitando a los medios tradicionales. En consecuencia, las sociedades que antes estaban acostumbradas a un debate público ahora, en cambio, se encuentran divididas en algo parecido a dos cámaras de eco en cuyo interior se producen los debates.
Las democracias se están deteriorando, pero ¿cree que la epidemia de coronavirus puede acelerar este proceso?
No quiero predecir lo que ocurrirá, porque están sucediendo muchas cosas todavía. Vemos, por ejemplo, que la gente está dispuesta a ceder en muchas cosas, como la libertad a cambio de seguridad. Siempre en la historia se puede constatar que cuando la gente teme a la muerte o a una pandemia está dispuesta a ceder poderes al Estado, a diferencia de lo ocurre en momentos de normalidad. La pregunta es cuánto y cómo los Estados van a utilizar esa posibilidad, si van a aprovechar esta situación o no para acumular poder en una persona o un partido político, si estos cambios van a producirse por un período corto y luego esos poderes volverán a la gente. Eso depende mucho de qué decisiones tomen los gobiernos próximamente.
Está viniendo un gran cambio en este sentido, en el que Asia va delante de nosotros, y, al margen de China, sino a países como Corea del Sur o Taiwan, que son democracias. Se trata de empezar a entender el uso de la tecnología o de la inteligencia artificial para monitorizar y centralizar la gestión contra la pandemia. Mucha gente en esas sociedades está dispuesta a ceder un cierto nivel de privacidad a cambio de la seguridad y de que las economías sigan funcionando. Creo que en algún momento tendremos este debate también en los países occidentales, y de nuevo, veremos qué decisiones tomamos al respecto, si serán temporales o permanentes o quién controlará los datos. Ese será un tema muy importante de debate en el próximo año.
Pero también hay oportunidades para modernizar la democracia.
¿Qué oportunidades de modernización?
La modernización del Estado, y no puedo hablar por España, pero sí por Estados Unidos o Polonia, que son los países en los que vivo. Uno de los aspectos que esta crisis ha mostrado es que tenían una total falta de preparación desde el punto de vista del sistema sanitario, de la interpretación de la información o de la política de comunicación, que en Estados Unidos y la Casa Blanca ha estado llena de fallos.
No podemos seguir en un mundo moderno con este tipo de incompetencia, que haya gente incapaz en los servicios de salud pública. Hay que revisar los mecanismos por los cuales esa gente llega a los puestos en que se toman decisiones o por los que se hace seguimiento de la salud de la población.
Por otra parte, el funcionamiento del Gobierno y de la burocracia, el desplazamiento de muchas operaciones de la administración hacia el ámbito online es algo que va a suceder, y tenemos que ver cómo hacemos eso de forma eficiente y segura para la gente, preservando la privacidad y la libertad.
Las democracias, de alguna manera, se la están jugando. Si gestionan mal la situación actual pueden dar alas a los movimientos autoritarios.
Es posible. Si los países occidentales no consiguen gestionar bien esta situación y en cambio los países asiáticos sí, será un gran desprestigio para Occidente. Una de las realmente grandes tragedias del momento es que Estados Unidos tiene hoy a un presidente como Donald Trump . En lugar de tener a alguien que buscara unir a personas y esfuerzos para combatir el coronavirus, le tenemos a él, y el problema no es que sólo que sea un nacionalista, sino que es un narcisista que no está interesado realmente en el destino de su país. Tenemos una terrible mala suerte en estos momentos. El país líder del mundo occidental en las últimas décadas está ahora liderado por la persona más catastróficamente errónea.
Tal vez los europeos encuentren la manera de trabajar conjuntamente en los próximos meses, tal vez pasado el primer shock Alemania y los países grandes de la Unión Europea puedan encontrar la manera de coordinarse. Si, en cambio, los países democráticos de Asia, como Taiwan, Corea o Japón, que tienen buenos sistemas de sanidad y una burocracia más sofisticada, dan una mejor respuesta, el liderazgo de Occidente se verá seriamente cuestionando.
En estos días la Unión europea en conjunto está siendo criticada por no ser capaz de dar la respuesta necesaria a lo que está sucediendo.
Creo que la crítica a la UE es injusta porque no tienen competencias en salud pública, que depende de las autoridades estatales. Aquí lo que está por ver es como la UE gestionará la crisis económica que está viniendo.
En general, aunque no tenemos la perspectiva histórica, ¿usted cree que esta crisis representará un paréntesis o una ruptura?
No me gustan las predicciones y no sé qué pasará la semana que viene, pero no hay duda de que esta época será recordada como una ruptura importante. Lo que sucederá a continuación depende de las decisiones que tomen los países en las próximas semanas. Pero creo que sí, estamos en un gran momento de cambio.
¿Es usted optimista o pesimista?
¿Sabe? Depende del momento del día. Me levanto por la mañana, veo la luz del sol y me siento optimista; pero empiezo a leer las noticias y me siento pesimista. Pero si transitamos a través de esta situación sin que se produzca una gran tragedia y si tomamos las decisiones correctas, seremos más pobres en los próximos meses y años, sí, pero tampoco creo que será el fin del mundo, no soy apocalíptica en ese sentido. Es una gran ruptura, el sistema mundial tal como lo conocemos está dejando de funcionar en estos momentos y cuando se ponga en marcha de nuevo será muy diferente.
Fuente:
Cfr.
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jueves, 23 de enero de 2020
BITÁCORA
Es difícil, ciertamente, procesar cada video, cada imagen, recibida por WhatsApp, por ejemplo. Después, creemos, difícilmente sobrevivirán en las redes. Demasiado numerosas. Pero, en la muestra aleatoria, de vez en cuando, optamos por el intento de preservar algunas piezas.
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María Corina Machado
sábado, 25 de noviembre de 2017
FALSO DILEMA
EL NACIONAL, Caracas, 04 de noviembre de 2017
Política, legítima defensa y moralidad
Eddy Reyes Torres
Podría decirse que la política y la legítima defensa son asuntos de características diferentes, sin ninguna vinculación. Una revisión general de cada tema así lo pone de manifiesto.
En primer lugar, según el DRAE, el término “política” se define como arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados; actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos; y actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Por su lado, la legítima defensa es una cuestión que atañe al derecho penal y que, según el jurista español Luis Jiménez de Azúa (SIC), es repulsa de la agresión ilegítima, actual o inminente, por el atacado o tercera persona, contra el agresor, sin traspasar la necesidad de la defensa y dentro de la racional proporción de los medios empleados para impedirla o repelerla.
Nuestro Código Penal regula expresamente dicha figura al estipular, en su artículo 65, que no es punible el que obra en defensa de su propia persona o derecho, siempre que concurran las circunstancias siguientes: a) agresión ilegítima por parte del que genera el hecho; b) necesidad del medio empleado para impedirla o repelerla; c) falta de provocación de parte del que pretenda haber obrado en defensa propia; d) el que obra constreñido por la necesidad de salvar su persona, o la de otro, no haya dado origen al peligro grave e inminente.
A pesar de que lo señalado hasta aquí parece obvio, los venezolanos que hoy sufren los diferentes males generados por el régimen de Nicolás Maduro podrían preguntarse si, ante un gobierno que actúa indiscriminadamente sin ningún apego a la ley, es legítimo defenderse con todas las acciones que sean necesarias para evitar su destrucción y la del orden democrático en su conjunto. En otras palabras, ¿quedamos eximidos de toda responsabilidad moral si ejecutamos acciones que, no estando ajustadas a los criterios éticos, nos permiten encausar las acciones del gobierno actual en el terreno de la legalidad o, de ser necesario, instaurar uno nuevo que se someta a lo que dispone la Constitución y las leyes?
Obviamente que la respuesta a la inquietud anterior no está en la disposición penal que procedimos a registrar –para llamar la atención y como gran marco de referencia– a fin de poner de manifiesto la procedencia de una acción extrema (quitarle la vida a un ser humano), cuando nos enfrentamos a situaciones excepcionales que ponen en riesgo nuestra propia vida. Sin embargo, conclusiones parecidas se fueron decantando en desarrollos que desde antiguo se han llevado a cabo en la doctrina política.
Ciertamente, en este último campo encontraremos luces sobre tan delicado asunto en los estudios que se han realizado a partir de Platón, quien fue el primero en plantear la necesidad de investigar el modo en que ha surgido un gobierno y el modo como, una vez surgido, pueda ser conservado el mayor tiempo posible.
Cuando Maquiavelo toma la batuta sobre la cuestión, la aborda con crudeza: “El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su preservación, porque un hombre que en todas partes desee hacer profesión de bueno, conviene que arruine a muchos que no son buenos. De donde a un príncipe le es necesario, queriéndose mantener, aprender a poder no ser bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”. Su posición conduce a que se califique de maquiavelismo el modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.
El conflicto entre ética y política ha estado a la orden del día a través de los siglos, y del tema se han ocupado figuras de primer orden como Kant, Hegel, Hobbes, Locke, Schmitt, Arendt, Habermas y Rawls, entre otros. Más recientemente, haciendo uso de una teoría que se aproxima al ideal científico verificable que elimina todo juicio de valor, Bobbio señala que el criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción política es diferente del criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción moral. Según él, los dos criterios son inconmensurables y esa inconmensurabilidad se expresa mediante la afirmación de que en política tiene validez la máxima que dice que los fines justifican los medios.
Lo antes expuesto pone en evidencia el problema que se confronta entre nosotros, cuando un sector de la oposición califica de “inmoral” la juramentación que ante la asamblea nacional constituyente hicieron los cuatros gobernadores de la oposición que fueron elegidos en las elecciones del 15 de octubre, mientras que, por el contrario, se manifiesta que fue “digna” la decisión que adoptó el gobernador electo por el estado Zulia, de negarse a hacer la mencionada juramentación.
Ante tal forma de proceder cabe preguntarse qué ocurriría si el año entrante, de concretarse la fecha de la elección presidencial en nuestro país, el presidente Donald Trump (o el secretario general de la OEA, Luis Almagro) le pide a los opositores venezolanos que, por razones de alta política, participen en la contienda electoral con el mismo CNE de hoy. ¿Tendría entonces ese requerimiento la dignidad que hoy se les niega a los gobernadores de AD? Y más aún, ¿en consideración a la doctrina política y las necesidades profundas del país, debería la dirigencia nuestra del momento apoyar dicha propuesta con el solo apego a las motivaciones políticas que la justifican y nada más?
Ahí les dejo el dilema a nuestros aguerridos amigos opositores que toman todas sus decisiones políticas con estricta adhesión a la moral y el deber ser.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-legitima-defensa-moralidad_210389
Breve nota LB: Interesante y sugerente la premisa, pero banalizó su desarrollo.
Política, legítima defensa y moralidad
Eddy Reyes Torres
Podría decirse que la política y la legítima defensa son asuntos de características diferentes, sin ninguna vinculación. Una revisión general de cada tema así lo pone de manifiesto.
En primer lugar, según el DRAE, el término “política” se define como arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados; actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos; y actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Por su lado, la legítima defensa es una cuestión que atañe al derecho penal y que, según el jurista español Luis Jiménez de Azúa (SIC), es repulsa de la agresión ilegítima, actual o inminente, por el atacado o tercera persona, contra el agresor, sin traspasar la necesidad de la defensa y dentro de la racional proporción de los medios empleados para impedirla o repelerla.
Nuestro Código Penal regula expresamente dicha figura al estipular, en su artículo 65, que no es punible el que obra en defensa de su propia persona o derecho, siempre que concurran las circunstancias siguientes: a) agresión ilegítima por parte del que genera el hecho; b) necesidad del medio empleado para impedirla o repelerla; c) falta de provocación de parte del que pretenda haber obrado en defensa propia; d) el que obra constreñido por la necesidad de salvar su persona, o la de otro, no haya dado origen al peligro grave e inminente.
A pesar de que lo señalado hasta aquí parece obvio, los venezolanos que hoy sufren los diferentes males generados por el régimen de Nicolás Maduro podrían preguntarse si, ante un gobierno que actúa indiscriminadamente sin ningún apego a la ley, es legítimo defenderse con todas las acciones que sean necesarias para evitar su destrucción y la del orden democrático en su conjunto. En otras palabras, ¿quedamos eximidos de toda responsabilidad moral si ejecutamos acciones que, no estando ajustadas a los criterios éticos, nos permiten encausar las acciones del gobierno actual en el terreno de la legalidad o, de ser necesario, instaurar uno nuevo que se someta a lo que dispone la Constitución y las leyes?
Obviamente que la respuesta a la inquietud anterior no está en la disposición penal que procedimos a registrar –para llamar la atención y como gran marco de referencia– a fin de poner de manifiesto la procedencia de una acción extrema (quitarle la vida a un ser humano), cuando nos enfrentamos a situaciones excepcionales que ponen en riesgo nuestra propia vida. Sin embargo, conclusiones parecidas se fueron decantando en desarrollos que desde antiguo se han llevado a cabo en la doctrina política.
Ciertamente, en este último campo encontraremos luces sobre tan delicado asunto en los estudios que se han realizado a partir de Platón, quien fue el primero en plantear la necesidad de investigar el modo en que ha surgido un gobierno y el modo como, una vez surgido, pueda ser conservado el mayor tiempo posible.
Cuando Maquiavelo toma la batuta sobre la cuestión, la aborda con crudeza: “El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su preservación, porque un hombre que en todas partes desee hacer profesión de bueno, conviene que arruine a muchos que no son buenos. De donde a un príncipe le es necesario, queriéndose mantener, aprender a poder no ser bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”. Su posición conduce a que se califique de maquiavelismo el modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.
El conflicto entre ética y política ha estado a la orden del día a través de los siglos, y del tema se han ocupado figuras de primer orden como Kant, Hegel, Hobbes, Locke, Schmitt, Arendt, Habermas y Rawls, entre otros. Más recientemente, haciendo uso de una teoría que se aproxima al ideal científico verificable que elimina todo juicio de valor, Bobbio señala que el criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción política es diferente del criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción moral. Según él, los dos criterios son inconmensurables y esa inconmensurabilidad se expresa mediante la afirmación de que en política tiene validez la máxima que dice que los fines justifican los medios.
Lo antes expuesto pone en evidencia el problema que se confronta entre nosotros, cuando un sector de la oposición califica de “inmoral” la juramentación que ante la asamblea nacional constituyente hicieron los cuatros gobernadores de la oposición que fueron elegidos en las elecciones del 15 de octubre, mientras que, por el contrario, se manifiesta que fue “digna” la decisión que adoptó el gobernador electo por el estado Zulia, de negarse a hacer la mencionada juramentación.
Ante tal forma de proceder cabe preguntarse qué ocurriría si el año entrante, de concretarse la fecha de la elección presidencial en nuestro país, el presidente Donald Trump (o el secretario general de la OEA, Luis Almagro) le pide a los opositores venezolanos que, por razones de alta política, participen en la contienda electoral con el mismo CNE de hoy. ¿Tendría entonces ese requerimiento la dignidad que hoy se les niega a los gobernadores de AD? Y más aún, ¿en consideración a la doctrina política y las necesidades profundas del país, debería la dirigencia nuestra del momento apoyar dicha propuesta con el solo apego a las motivaciones políticas que la justifican y nada más?
Ahí les dejo el dilema a nuestros aguerridos amigos opositores que toman todas sus decisiones políticas con estricta adhesión a la moral y el deber ser.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-legitima-defensa-moralidad_210389
Breve nota LB: Interesante y sugerente la premisa, pero banalizó su desarrollo.
jueves, 20 de julio de 2017
TAMPOCO QUE NO QUEME NI DEJE DE ALUMBRAR
Citerior et ulterior
Guido Sosola
De cerca y de lejos, de lejos y de cerca, el resultado plebiscitario del
domingo próximo pasado fue demasiado contundente. Es verdad que el colmo sería
que los convocantes perdieran,
poniéndole un manto de sospecha que ni el propio gobierno ha podido
tejer, pues, obraron tres circunstancias que aún lo impiden.
De un lado, erró el régimen al lanzar el simulacro del CNE, porque – en
todo el país - se hizo harto evidente el contraste entre la pírrica y forzada
movilización de sus partidarios y la masiva como espontánea movilización de la
oposición, añadida la de los venezolanos más allá de las fronteras, a pesar de
las no pocas diligencias realizadas por embajadas y consulados. Al igual que la tos y el dinero, la muchedumbre
no puede ocultarse tan fácilmente, aunque sabemos que las fotografías y videos,
de no cacarear el huevo, pueden pasar pronto al olvido.
Del otro, de haber contado con el equivalente de las 45 mil mesas de los
consabidos comicios parlamentarios, las cifras hubiesen sido muy superiores y
basta la más elemental operación aritmética para constatar el escenario, pero
se impuso la sindéresis, la radical sensatez y probidad de los rectores
universitarios que sirvieron de garantes al revelar las cifras reales. Éstos se
apegaron estrictamente al procedimiento pautado que, de cumplirse, como se
cumplió, minimizaba al máximo las manipulaciones de aquellos que suelen
maximizar lo mínimo, como en los tiempos pasados en los que bastaba un palo de
whisky para enredar la situación (y saben a lo que me refiero).
Luego, la propia reacción de Maduro Moros, desestimando los hechos,
atreviéndose a aplaudir el fracaso del simulacro y, a la vez, apostar por 600
mil personas plebiscitándolo, refuerza extraordinariamente la determinación de
la más alta burocracia para mantener a familiares, socios y relacionados en el
extranjero. Por cierto, todavía impreciso el porcentaje, algo significativo
frente a los coterráneos que buscan un mejor destino y a los que les es
imposible pisar Maiquetía, añadidos los que se aventuran en la irremediable
condición de ilegales, ya que simplemente sobreviven y no desearon exponerse a
una delación malsana a propósito de la consulta. Sin embargo, apuntamos a dos
circunstancias adicionales que están cursando.
Cuidado, porque un embargo y un bloqueo económico cae como anillo al dedo
para la narrativa del madurato, sintonizando – a falta de discurso – con el
caso cubano que, poco les importó a los Castro Ruz, mató de hambre, de
fusilamiento, como de reducción a la cárcel y al tratamiento psiquiátrico a lo
soviético, a muchísimas personas. De
hecho, los hermanos Rodríguez, puntales del régimen al que podríamos agregarle
a título de inventario a Rodríguez Zapatero,
intuyen, razonan y actúan desde la perspectiva política e ideológica en
la que se criaron, mostrando cuán anacrónico es el signo de la propuesta que,
todavía fracasada, tiene y, lamentablemente, tendrá adeptos, pues, salvando las
distancias, todavía el peronismo es un azote.
Ni tan lejos que no alumbre, ni tan cerca que queme, refiere la sentencia
popular de abordar la cuestión actual. Lo cierto es, de todo lo cierto, que el caso venezolano amerita de
toda la meditación necesaria, pero no hay tiempo de extenderse hasta
convertirlo en un mero ejercicio retórico, porque son días de compromiso, de
acción reales, constantes y sonantes
20/07/2017:
Breve nota GS: A veces, aparecen los comentarios y, otras, no.
lunes, 26 de junio de 2017
DE LA PUNTADA Y DEL DEDAL
EL NACIONAL, Caracas, 13 e junio de 2017
Trump y los eufemismos de Estados Unidos
Jorge Castañeda
El Estado de Derecho norteamericano tiene una fama legendaria. Como repiten de manera insaciable sus presidentes, legisladores, intelectuales y empresarios, Estados Unidos es un país de leyes. El resto del mundo suele admirar ese Estado de Derecho y tratar de emularlo cuando es posible, pero sin dejar de lado las dimensiones de la hipocresía norteamericana: existe para los hombres blancos, no para las mujeres negras o latinas. Los dos puntos de vista son un poco excesivos, pero, a propósito de Donald Trump hoy, tenemos elementos para ver con más precisión cómo funciona el famoso Estado de Derecho norteamericano, o su imperio de la ley.
En realidad, el Estado de Derecho estadounidense funciona de manera escalonada. A lo largo de su historia, para los varones, los blancos, los anglosajones y las personas mayores de 40 años, ha funcionado increíblemente bien desde mediados del siglo XIX. Obviamente, no funcionaba para los esclavos en esas mismas épocas, ni para las mujeres hasta hace muy poco, e incluso hoy para los latinos y los jóvenes de raza afroamericana no funciona casi para nada. Ahora, que funcione para cierto sector no quiere decir que lo haga a la perfección, y Trump puede volverse víctima de sus ilusiones sobre el funcionamiento del Estado de Derecho norteamericano para tres sectores que él debiera conocer mejor: los magnates, los empresarios del sector de bienes raíces y hombres de negocios que viven y trabajan en estados como Nueva York, Nueva Jersey, quizás Illinois o por lo menos la ciudad de Chicago, y desde luego ciudades como Las Vegas y algunas más.
Trump puede pensar, con algo de razón, que mentir, engañar, recurrir a eufemismos, a legalismos, a todo tipo de maniobras jurídico-políticas, puede ser exitoso o surtir efecto en las condiciones que siempre le han correspondido a él: un multimillonario dedicado a los bienes raíces, básicamente en el estado de Nueva York y en menor medida en Nueva Jersey. Algo por el estilo le sucedió a Bill Clinton a finales de los años noventa cuando trató de evitar su propia destitución por el caso Monica Lewinsky y la obstrucción de la justicia y el perjurio, al recurrir a eufemismos como: “No tuve sexo con esa mujer”. Luego, cuando le preguntaron si había tenido algún tipo de relación sexual oral con ella dijo: “Defina sexual”. Trump vive en un mundo parecido, pero no es seguro que los jueces y los jurados de Brooklyn y Queens sean iguales que el Congreso de Estados Unidos, el tribunal de la opinión pública y la propia Suprema Corte tratándose del presidente de Estados Unidos.
¿A qué me refiero? Que Trump está recurriendo al mismo tipo de subterfugios legales que le funcionaron maravillosamente bien en otros lugares, en otros momentos. Pero no son necesariamente tan eficaces en su situación actual. Discutir si dijo o no la frase “espero que puedas no insistir en esto”, a propósito de lo que le dijo al director del FBI James Comey en el caso del asesor de seguridad nacional Michael Flynn, es una discusión muy estrecha. Seguramente en un tribunal administrativo o civil del Bronx eso pasa, ya en instancias jurídicas o políticas de otro nivel es más difícil. Lo mismo sucede cuando habla de si hay o no grabaciones de sus conversaciones con el ex director del FBI, o las hay o no las hay. Si las hay, debiera soltarlas porque debieran exonerarlo. Si las hay y no las suelta es porque no solo no lo exoneran sino porque lo condenan. Lo mismo sucede con varias de sus declaraciones de estas últimas semanas, atribuidas a él por el ex director del FBI. Es posible que Comey haya mentido, no sería el primero que lo haga (recordemos a J. Edgar Hoover).
Pero ese no es el tema central ahorita. El tema es si Trump no se estará metiendo en un berenjenal jurídico, político y legislativo que acabe por destituirlo, ya sea por la vía del impeachment, ya sea por la incapacidad de desempeñar sus funciones, o por renuncia. Dar una batalla jurídica en Estados Unidos creyendo que todo son bienes raíces para ricos en Nueva York es un grave error. Hay que admirar y creer en el Estado de Derecho norteamericano pero no hacerse bolas, es para algunos, en algunos lugares, en algunos momentos; no para otros, en otros lugares y en otros momentos.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-los-eufemismos-estados-unidos_187282
EL NACIONAL, Caracas, 20 de junio de 2017
Trump y su nueva política cubana
Carlos Alberto Montaner
El presidente Donald Trump se propone modificar y endurecer la política de Barack Obama con relación a Cuba. Obama, que acertó en ciertos aspectos sociales de su política interna, erró totalmente en su estrategia cubana. Me parece, pues, razonable cambiarla. No todo lo que Trump hace es equivocado. A veces, entre tweets insomnes, acierta.
Si hay algo que el jefe de cualquier Estado debe tener muy claro, es precisar quiénes son los amigos y los enemigos de la nación a la que le toca proteger. Trump sabe o intuye que los Castro, desde hace décadas, intentan perjudicar a su país por cualquier medio. En 1957 Fidel Castro le escribió una carta a Celia Sánchez, entonces su amante y confidente, explicándole que la lucha contra Batista (la carta está firmada en Sierra Maestra) era solo el prólogo de la batalla épica que libraría contra Washington durante toda su vida.
Fidel Castro, que fue un comunista convencido, cumplió esa promesa, luego reiterada docenas de veces oralmente y por la naturaleza de sus acciones. Por eso, cuando Fidel murió, Donald Trump, que había sido electo presidente pocas semanas antes, pero todavía no había tomado posesión, tras calificarlo de “dictador brutal”, aseguró que: “A pesar de que las tragedias, muertes y dolor causados por Fidel Castro no pueden ser borrados, nuestro gobierno hará todo lo posible para asegurar que el pueblo cubano pueda iniciar finalmente su camino hacia la prosperidad y libertad”.
En consecuencia, Trump, a los pocos meses de iniciar su andadura, ha retomado el propósito de cambiar el régimen cubano, irresponsablemente cancelado por Barack Obama en abril de 2015, como anunció el ex presidente durante la Cumbre de Panamá; aunque, contradictoriamente, tuvo la solidaria cortesía de reunirse con disidentes cubanos que habían viajado desde la isla, gesto simbólico que hay que agradecerle.
¿Por qué Trump ha retomado la estrategia de “contener” a Cuba, como se decía en la jerga de la Guerra Fría? Porque Trump y sus asesores, guiados por la experiencia del senador Marco Rubio y del congresista Mario Díaz-Balart, verdaderos expertos en el tema, piensan que Raúl Castro no ha renunciado a la confrontación, lo que aconseja privarlo de fondos.
Muy en consonancia con la impronta que Fidel le dejó a su hermano y a su régimen, la revolución cubana continúa siendo enemiga de los ideales e intereses de Estados Unidos, como si la URSS continuara existiendo y el marxismo no se hubiera desacreditado totalmente hace ya más de un cuarto de siglo. Para Cuba la Guerra Fría no ha concluido. Para ellos, “la lucha sigue”.
Eso se demuestra en la alianza cubana con Corea del Norte, que incluye suministros clandestinos de equipos bélicos, prohibidos por Naciones Unidas, incluso mientras negociaba el “deshielo” con Washington. Es evidente en el respaldo a Siria, a Irán, a Bielorrusia, a la Rusia de Putin, y a cuanto dictador u “hombre fuerte” se enfrenta a las democracias occidentales. Se prueba en la permanente hostilidad contra el Estado de Israel, pero, sobre todo, queda clarísimo en la actuación de Raúl Castro en el caso venezolano.
Si Obama creía que la dictadura cubana, a cambio de buenas relaciones, ayudaría a Estados Unidos a moderar la conducta de la Venezuela de Chávez y Maduro, se equivocó de plano. La Cuba de Raúl Castro se dedica a echar gasolina al incendio que devora a ese país, con el objeto de no perder los subsidios que le genera la enorme colonia suramericana.
Los militares cubanos son el sostén esencial de la dictadura de Nicolás Maduro, personaje formado en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista cubano llamada “Ñico López”. Les proporcionan inteligencia y adiestramiento a sus colegas venezolanos para que repriman cruelmente a los demócratas de la oposición. Los muy hábiles operadores políticos cubanos, formados en la tradición del KGB y la Stasi, asesoran a los chavistas y le dan forma y sentido a la alianza de los cinco gobiernos patológicamente “antiyanquis” de América Latina: la propia Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.
Tiene razón el presidente Trump cuando afirma que Barack Obama (pese a su hermoso discurso en defensa de la democracia pronunciado en La Habana) no debió haber entregado todas las fichas norteamericanas sin que Raúl Castro hiciera concesiones fundamentales en beneficio del pueblo cubano y de su derecho a la libertad y la democracia. Eso es lo que Trump ahora intenta corregir.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-nueva-politica-cubana_188511
Trump y los eufemismos de Estados Unidos
Jorge Castañeda
El Estado de Derecho norteamericano tiene una fama legendaria. Como repiten de manera insaciable sus presidentes, legisladores, intelectuales y empresarios, Estados Unidos es un país de leyes. El resto del mundo suele admirar ese Estado de Derecho y tratar de emularlo cuando es posible, pero sin dejar de lado las dimensiones de la hipocresía norteamericana: existe para los hombres blancos, no para las mujeres negras o latinas. Los dos puntos de vista son un poco excesivos, pero, a propósito de Donald Trump hoy, tenemos elementos para ver con más precisión cómo funciona el famoso Estado de Derecho norteamericano, o su imperio de la ley.
En realidad, el Estado de Derecho estadounidense funciona de manera escalonada. A lo largo de su historia, para los varones, los blancos, los anglosajones y las personas mayores de 40 años, ha funcionado increíblemente bien desde mediados del siglo XIX. Obviamente, no funcionaba para los esclavos en esas mismas épocas, ni para las mujeres hasta hace muy poco, e incluso hoy para los latinos y los jóvenes de raza afroamericana no funciona casi para nada. Ahora, que funcione para cierto sector no quiere decir que lo haga a la perfección, y Trump puede volverse víctima de sus ilusiones sobre el funcionamiento del Estado de Derecho norteamericano para tres sectores que él debiera conocer mejor: los magnates, los empresarios del sector de bienes raíces y hombres de negocios que viven y trabajan en estados como Nueva York, Nueva Jersey, quizás Illinois o por lo menos la ciudad de Chicago, y desde luego ciudades como Las Vegas y algunas más.
Trump puede pensar, con algo de razón, que mentir, engañar, recurrir a eufemismos, a legalismos, a todo tipo de maniobras jurídico-políticas, puede ser exitoso o surtir efecto en las condiciones que siempre le han correspondido a él: un multimillonario dedicado a los bienes raíces, básicamente en el estado de Nueva York y en menor medida en Nueva Jersey. Algo por el estilo le sucedió a Bill Clinton a finales de los años noventa cuando trató de evitar su propia destitución por el caso Monica Lewinsky y la obstrucción de la justicia y el perjurio, al recurrir a eufemismos como: “No tuve sexo con esa mujer”. Luego, cuando le preguntaron si había tenido algún tipo de relación sexual oral con ella dijo: “Defina sexual”. Trump vive en un mundo parecido, pero no es seguro que los jueces y los jurados de Brooklyn y Queens sean iguales que el Congreso de Estados Unidos, el tribunal de la opinión pública y la propia Suprema Corte tratándose del presidente de Estados Unidos.
¿A qué me refiero? Que Trump está recurriendo al mismo tipo de subterfugios legales que le funcionaron maravillosamente bien en otros lugares, en otros momentos. Pero no son necesariamente tan eficaces en su situación actual. Discutir si dijo o no la frase “espero que puedas no insistir en esto”, a propósito de lo que le dijo al director del FBI James Comey en el caso del asesor de seguridad nacional Michael Flynn, es una discusión muy estrecha. Seguramente en un tribunal administrativo o civil del Bronx eso pasa, ya en instancias jurídicas o políticas de otro nivel es más difícil. Lo mismo sucede cuando habla de si hay o no grabaciones de sus conversaciones con el ex director del FBI, o las hay o no las hay. Si las hay, debiera soltarlas porque debieran exonerarlo. Si las hay y no las suelta es porque no solo no lo exoneran sino porque lo condenan. Lo mismo sucede con varias de sus declaraciones de estas últimas semanas, atribuidas a él por el ex director del FBI. Es posible que Comey haya mentido, no sería el primero que lo haga (recordemos a J. Edgar Hoover).
Pero ese no es el tema central ahorita. El tema es si Trump no se estará metiendo en un berenjenal jurídico, político y legislativo que acabe por destituirlo, ya sea por la vía del impeachment, ya sea por la incapacidad de desempeñar sus funciones, o por renuncia. Dar una batalla jurídica en Estados Unidos creyendo que todo son bienes raíces para ricos en Nueva York es un grave error. Hay que admirar y creer en el Estado de Derecho norteamericano pero no hacerse bolas, es para algunos, en algunos lugares, en algunos momentos; no para otros, en otros lugares y en otros momentos.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-los-eufemismos-estados-unidos_187282
EL NACIONAL, Caracas, 20 de junio de 2017
Trump y su nueva política cubana
Carlos Alberto Montaner
El presidente Donald Trump se propone modificar y endurecer la política de Barack Obama con relación a Cuba. Obama, que acertó en ciertos aspectos sociales de su política interna, erró totalmente en su estrategia cubana. Me parece, pues, razonable cambiarla. No todo lo que Trump hace es equivocado. A veces, entre tweets insomnes, acierta.
Si hay algo que el jefe de cualquier Estado debe tener muy claro, es precisar quiénes son los amigos y los enemigos de la nación a la que le toca proteger. Trump sabe o intuye que los Castro, desde hace décadas, intentan perjudicar a su país por cualquier medio. En 1957 Fidel Castro le escribió una carta a Celia Sánchez, entonces su amante y confidente, explicándole que la lucha contra Batista (la carta está firmada en Sierra Maestra) era solo el prólogo de la batalla épica que libraría contra Washington durante toda su vida.
Fidel Castro, que fue un comunista convencido, cumplió esa promesa, luego reiterada docenas de veces oralmente y por la naturaleza de sus acciones. Por eso, cuando Fidel murió, Donald Trump, que había sido electo presidente pocas semanas antes, pero todavía no había tomado posesión, tras calificarlo de “dictador brutal”, aseguró que: “A pesar de que las tragedias, muertes y dolor causados por Fidel Castro no pueden ser borrados, nuestro gobierno hará todo lo posible para asegurar que el pueblo cubano pueda iniciar finalmente su camino hacia la prosperidad y libertad”.
En consecuencia, Trump, a los pocos meses de iniciar su andadura, ha retomado el propósito de cambiar el régimen cubano, irresponsablemente cancelado por Barack Obama en abril de 2015, como anunció el ex presidente durante la Cumbre de Panamá; aunque, contradictoriamente, tuvo la solidaria cortesía de reunirse con disidentes cubanos que habían viajado desde la isla, gesto simbólico que hay que agradecerle.
¿Por qué Trump ha retomado la estrategia de “contener” a Cuba, como se decía en la jerga de la Guerra Fría? Porque Trump y sus asesores, guiados por la experiencia del senador Marco Rubio y del congresista Mario Díaz-Balart, verdaderos expertos en el tema, piensan que Raúl Castro no ha renunciado a la confrontación, lo que aconseja privarlo de fondos.
Muy en consonancia con la impronta que Fidel le dejó a su hermano y a su régimen, la revolución cubana continúa siendo enemiga de los ideales e intereses de Estados Unidos, como si la URSS continuara existiendo y el marxismo no se hubiera desacreditado totalmente hace ya más de un cuarto de siglo. Para Cuba la Guerra Fría no ha concluido. Para ellos, “la lucha sigue”.
Eso se demuestra en la alianza cubana con Corea del Norte, que incluye suministros clandestinos de equipos bélicos, prohibidos por Naciones Unidas, incluso mientras negociaba el “deshielo” con Washington. Es evidente en el respaldo a Siria, a Irán, a Bielorrusia, a la Rusia de Putin, y a cuanto dictador u “hombre fuerte” se enfrenta a las democracias occidentales. Se prueba en la permanente hostilidad contra el Estado de Israel, pero, sobre todo, queda clarísimo en la actuación de Raúl Castro en el caso venezolano.
Si Obama creía que la dictadura cubana, a cambio de buenas relaciones, ayudaría a Estados Unidos a moderar la conducta de la Venezuela de Chávez y Maduro, se equivocó de plano. La Cuba de Raúl Castro se dedica a echar gasolina al incendio que devora a ese país, con el objeto de no perder los subsidios que le genera la enorme colonia suramericana.
Los militares cubanos son el sostén esencial de la dictadura de Nicolás Maduro, personaje formado en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista cubano llamada “Ñico López”. Les proporcionan inteligencia y adiestramiento a sus colegas venezolanos para que repriman cruelmente a los demócratas de la oposición. Los muy hábiles operadores políticos cubanos, formados en la tradición del KGB y la Stasi, asesoran a los chavistas y le dan forma y sentido a la alianza de los cinco gobiernos patológicamente “antiyanquis” de América Latina: la propia Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.
Tiene razón el presidente Trump cuando afirma que Barack Obama (pese a su hermoso discurso en defensa de la democracia pronunciado en La Habana) no debió haber entregado todas las fichas norteamericanas sin que Raúl Castro hiciera concesiones fundamentales en beneficio del pueblo cubano y de su derecho a la libertad y la democracia. Eso es lo que Trump ahora intenta corregir.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-nueva-politica-cubana_188511
viernes, 16 de junio de 2017
¿POR QUÉ NO ES ASÍ?
EL NACIONAL, Caracas, 17 de junio de 2017
La política es para los políticos
Adolfo P. Salgueiro
La política es para los políticos. No es para los militares, ni para los empresarios, ni los científicos ni los artistas ni los deportistas porque tratándose de una actividad para la que se requiere formación y experiencia vale aquello de “zapatero a tus zapatos”. Es por ello que para intervenir quirúrgicamente a una persona se requiere ser médico cirujano como es preciso ser científico para investigar las complejidades de la astronomía. Es cierto, sí, que en algunos casos personas formadas en disciplinas ajenas a la política han podido incursionar en ella con éxito pero para ello hubieron de adquirir una prolongada experiencia que los habilitó para desempeñarse en la difícil tarea de conducir los asuntos públicos. (López Contreras Lula, Lech Walesa, Vaclav Havel, Macri, etc.).
En Venezuela hemos tenido oportunidad de vivir lo que ocurre cuando gente sin experiencia asume la difícil tarea de querer gobernar. Caso al punto es el de Pedro Carmona, quien siendo empresario y un hombre de bien se vio enredado en una madeja que lo atrapó y lo tumbó en tiempo record. Eso no le hubiera ocurrido entonces a un Eduardo Fernández o un Henry Ramos Allup u otro político profesional que no podemos negar tenían y tienen formación aun cuando a algunos les guste o no su trayectoria o su ideología política.
Tan es cierto lo anterior que ahora mismo estamos viendo las dificultades que enfrenta Mr. Trump cuya experticia como empresario billonario no parece estarle sirviendo para poner en marcha su gobierno y por ello mete la pata una y otra vez confundiendo las atribuciones que tuvo como dueño de un conglomerado inmobiliario universal con las limitaciones que le imponen las leyes y prácticas de una cultura institucional madura y además democrática.
En Venezuela tenemos un gobierno militar por más que el mascarón de proa sea un “presidente obrero”. Esos uniformados que han llegado a copar la mayoría de los cargos relevantes de la administración pública llegan a sus oficinas con la formación obtenida en la vida castrense donde el eje rector es la verticalidad según la cual los de arriba ordenan y los de abajo obedecen sin poder ni opinar ni analizar nada. Por tal razón pocos son los militares que tengan ni conocimiento ni respeto por las leyes de la economía, ni noción de lo que es la eficiencia empresarial, el cuidado de la salud pública, ni la interacción de los factores sociales en una sociedad democrática.
A lo anterior agreguemos la muy vernácula condición de la improvisación, la falta de responsabilidad y la impunidad permitidas por una sociedad que se volvió tolerante en la medida en que la renta petrolera daba para disimular todas las arrugas. El resultado está a la vista.
En cambio, en los Estados Unidos, Donald Trump, al timón de la nave mas poderosa del mundo, aun no ha podido fijar rumbo por que no se convence que su cargo está sometido a las limitaciones que fijan las leyes y las interacciones con el factor social que es decisivo en una sociedad democrática como la norteamericana tal como lo experimentaron recientemente algunos de sus antecesores. Nixon mandó incursionar en la sede del partido político opositor y ello le costó la presidencia (Watergate), Clinton tuvo la debilidad de enredarse en los placeres de la carne en plena Oficina Oval y casi pierde el cargo etc.
Hoy día el oxigenado inquilino de la Casa Blanca ha enfrentado por tercera vez el rechazo por parte de distintos tribunales de su decreto de limitación de inmigración a ciudadanos de seis países musulmanes, ha visto como en los cabildeos del Capitolio se le disuelve su plan estrella de abolir el sistema de salud aprobado por el Congreso anterior bajo la administración de Obama, ha despedido al jefe del FBI y con ello ha desatado una controversia por el asunto del espionaje de Rusia en las pasadas elecciones que apunta a investigaciones que para nada le convienen. No ha sido transparente en la separación entre sus intereses empresariales y la cosa pública, ha peleado con varios jefes de Estado extranjeros, con su partido, con la prensa y pare Ud. de contar. El resultado está a la vista: no ha podido arrancar todavía Por eso la frustración general toma volumen y los índices de aprobación de su gestión se desploman rápidamente. En la Venezuela de hoy ninguna de esas minucias ocurriría.
De paso, y para cerrar estas líneas, es interesante tomar nota de parte del razonamiento con que la Corte Federal de Apelaciones del Cuarto Circuito de los EEUU se valió para confirmar la declaración de inconstitucionalidad del decreto presidencial (executive order) de prohibición de inmigración para ciudadanos de ciertos países de mayoría musulmana. La Corte –entre otras cosas– argumentó que la intención de discriminación del decreto impugnado por causa de religión era creíble por cuanto durante la campaña electoral el entonces candidato Trump había prometido mano dura contra los musulmanes y que tal promesa –sin ser un compromiso legal– permitía inferir el fundamento de discriminación religiosa. Tal argumento contenido en una sentencia de un poder judicial auténticamente independiente sirve para que empecemos a reflexionar a ver si las promesas vacías que en nuestro país –y en muchos otros– realizan los candidatos, constituyen o no un compromiso exigible. Imagínense ustedes un país donde un candidato como Churchill, en los peores días de la guerra (1941) ofreció a sus conciudadanos un futuro de “sangre, sudor, lágrimas y trabajo” vaya a conseguir votos. Y sin embargo eso es lo que a nosotros venezolanos nos espera cuando termine esta pesadilla.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-para-los-politicos_188056
La política es para los políticos
Adolfo P. Salgueiro
La política es para los políticos. No es para los militares, ni para los empresarios, ni los científicos ni los artistas ni los deportistas porque tratándose de una actividad para la que se requiere formación y experiencia vale aquello de “zapatero a tus zapatos”. Es por ello que para intervenir quirúrgicamente a una persona se requiere ser médico cirujano como es preciso ser científico para investigar las complejidades de la astronomía. Es cierto, sí, que en algunos casos personas formadas en disciplinas ajenas a la política han podido incursionar en ella con éxito pero para ello hubieron de adquirir una prolongada experiencia que los habilitó para desempeñarse en la difícil tarea de conducir los asuntos públicos. (López Contreras Lula, Lech Walesa, Vaclav Havel, Macri, etc.).
En Venezuela hemos tenido oportunidad de vivir lo que ocurre cuando gente sin experiencia asume la difícil tarea de querer gobernar. Caso al punto es el de Pedro Carmona, quien siendo empresario y un hombre de bien se vio enredado en una madeja que lo atrapó y lo tumbó en tiempo record. Eso no le hubiera ocurrido entonces a un Eduardo Fernández o un Henry Ramos Allup u otro político profesional que no podemos negar tenían y tienen formación aun cuando a algunos les guste o no su trayectoria o su ideología política.
Tan es cierto lo anterior que ahora mismo estamos viendo las dificultades que enfrenta Mr. Trump cuya experticia como empresario billonario no parece estarle sirviendo para poner en marcha su gobierno y por ello mete la pata una y otra vez confundiendo las atribuciones que tuvo como dueño de un conglomerado inmobiliario universal con las limitaciones que le imponen las leyes y prácticas de una cultura institucional madura y además democrática.
En Venezuela tenemos un gobierno militar por más que el mascarón de proa sea un “presidente obrero”. Esos uniformados que han llegado a copar la mayoría de los cargos relevantes de la administración pública llegan a sus oficinas con la formación obtenida en la vida castrense donde el eje rector es la verticalidad según la cual los de arriba ordenan y los de abajo obedecen sin poder ni opinar ni analizar nada. Por tal razón pocos son los militares que tengan ni conocimiento ni respeto por las leyes de la economía, ni noción de lo que es la eficiencia empresarial, el cuidado de la salud pública, ni la interacción de los factores sociales en una sociedad democrática.
A lo anterior agreguemos la muy vernácula condición de la improvisación, la falta de responsabilidad y la impunidad permitidas por una sociedad que se volvió tolerante en la medida en que la renta petrolera daba para disimular todas las arrugas. El resultado está a la vista.
En cambio, en los Estados Unidos, Donald Trump, al timón de la nave mas poderosa del mundo, aun no ha podido fijar rumbo por que no se convence que su cargo está sometido a las limitaciones que fijan las leyes y las interacciones con el factor social que es decisivo en una sociedad democrática como la norteamericana tal como lo experimentaron recientemente algunos de sus antecesores. Nixon mandó incursionar en la sede del partido político opositor y ello le costó la presidencia (Watergate), Clinton tuvo la debilidad de enredarse en los placeres de la carne en plena Oficina Oval y casi pierde el cargo etc.
Hoy día el oxigenado inquilino de la Casa Blanca ha enfrentado por tercera vez el rechazo por parte de distintos tribunales de su decreto de limitación de inmigración a ciudadanos de seis países musulmanes, ha visto como en los cabildeos del Capitolio se le disuelve su plan estrella de abolir el sistema de salud aprobado por el Congreso anterior bajo la administración de Obama, ha despedido al jefe del FBI y con ello ha desatado una controversia por el asunto del espionaje de Rusia en las pasadas elecciones que apunta a investigaciones que para nada le convienen. No ha sido transparente en la separación entre sus intereses empresariales y la cosa pública, ha peleado con varios jefes de Estado extranjeros, con su partido, con la prensa y pare Ud. de contar. El resultado está a la vista: no ha podido arrancar todavía Por eso la frustración general toma volumen y los índices de aprobación de su gestión se desploman rápidamente. En la Venezuela de hoy ninguna de esas minucias ocurriría.
De paso, y para cerrar estas líneas, es interesante tomar nota de parte del razonamiento con que la Corte Federal de Apelaciones del Cuarto Circuito de los EEUU se valió para confirmar la declaración de inconstitucionalidad del decreto presidencial (executive order) de prohibición de inmigración para ciudadanos de ciertos países de mayoría musulmana. La Corte –entre otras cosas– argumentó que la intención de discriminación del decreto impugnado por causa de religión era creíble por cuanto durante la campaña electoral el entonces candidato Trump había prometido mano dura contra los musulmanes y que tal promesa –sin ser un compromiso legal– permitía inferir el fundamento de discriminación religiosa. Tal argumento contenido en una sentencia de un poder judicial auténticamente independiente sirve para que empecemos a reflexionar a ver si las promesas vacías que en nuestro país –y en muchos otros– realizan los candidatos, constituyen o no un compromiso exigible. Imagínense ustedes un país donde un candidato como Churchill, en los peores días de la guerra (1941) ofreció a sus conciudadanos un futuro de “sangre, sudor, lágrimas y trabajo” vaya a conseguir votos. Y sin embargo eso es lo que a nosotros venezolanos nos espera cuando termine esta pesadilla.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-para-los-politicos_188056
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miércoles, 7 de junio de 2017
NO, NO ES PESIMISTA
Entrevista
Timothy Snyder
La historia no se repite, pero enseña. El horror del siglo XX nunca plegó sus alas. La amenaza sigue viva. “Las democracias pueden caer, la ética colapsar y un hombre cualquiera acabar sentado al borde de una fosa repleta de cadáveres con una pistola en la mano”. El historiador Timothy Snyder, catedrático de Yale, discípulo de Tony Judt y uno de los intelectuales de más prestigio en los círculos universitarios de EE UU, es quien lanza la voz de alerta. En su último libro, Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg), ofrece una revisión profunda y urgente de los grandes errores del pasado y sus concomitancias con el mundo actual. Vladímir Putin, el Brexit y el Frente Nacional forman parte de ese monstruo insomne que ahora ha alcanzado a la nación más poderosa del mundo. “Donald Trump quiere ser un tirano”, sentencia Snyder. Para evitarlo, el historiador ofrece en su obra 20 recomendaciones. La principal: no ser obediente.
Jan Martínez Ahrens
Pregunta. ¿Qué le pasa a EE UU?
Respuesta. Una respuesta es que hay demasiado dinero en política, demasiada desigualdad y demasiados afectados por la globalización que buscan respuestas demasiado fáciles. Pero hay otra contestación, más personal y terrible, y es que tenemos un presidente que admira a los gobernantes autoritarios, que nunca habla de democracia ni de derechos humanos, pero que no deja de atacar las instituciones que nos permiten gozar de una sociedad libre, como la prensa y los jueces. Eso es algo nuevo y chocante para EE UU.
P. Pues mucha gente en Estados Unidos parece muy tranquila.
R. El problema principal de Estados Unidos es que pensamos que la democracia es automática y que por nuestras virtudes siempre la tendremos. Pero debemos aprender de los errores de otros. Sé algo de las partes más oscuras del siglo XX y he visto cómo la democracia puede ser revertida en la Europa contemporánea. Me preocupa que EE UU puede convertirse en una forma moderna de tiranía. No quiero que eso ocurra.
P. ¿Ve semejanzas entre lo que ocurre hoy con los mexicanos y musulmanes en EE UU y la Alemania de los años treinta?
R. La situación es distinta con las víctimas, pero el estilo es similar. Cuando Trump habla de musulmanes o inmigrantes, se acerca a la política que se practicó en Alemania en 1933. La idea básica es que no son tus vecinos, sino parte de una amenaza internacional. Para Trump la globalización no es un desafío objetivo, sino un enemigo exterior, una conspiración a la que ha puesto cara y que está en casa.
P. Describa a Trump.
R. Cleptócrata y autoritario. No ha mostrado ninguna intención de separarse de sus intereses financieros. Y el sentido común nos alerta de que usará el Gobierno para enriquecerse más él mismo y su familia. No es nada nuevo. Ya lo hemos visto en el sistema ruso.
P. ¿Se trata solo de dinero?
R. En absoluto, la forma en que habla de la gente refiriéndose solo a cierta gente, el modo en que llama a la violencia, en que habla de los periodistas y les considera enemigos del pueblo, son formulaciones extremas, que bordean el fascismo.
P. ¿No es una estrategia política el ataque a los medios?
R. Es la parte más fascista de esta Administración. El fascismo requiere del mito, necesita que se abrace con entusiasmo una ficción. Y eso es lo que más distingue a Trump y a los suyos. Desplazan los hechos con ficciones. El ataque a los periodistas forma parte de una campaña más grande, una campaña contra la verdad. Los periodistas son enemigos porque la misma verdad ha sido declarada enemiga. Y cualquiera que se oponga es una barrera. Es terrible y mucho peor de lo que se aprecia a simple vista: están tratando de acabar con la factualidad en la vida pública, un concepto esencial para el imperio de la ley y la democracia.
P. ¿Con el apoyo de las redes sociales?
R. Internet ha jugado un papel muy importante en la polarización de esta sociedad. Con Facebook hemos descubierto demasiado tarde cuánto hay de falso en las noticias que ahí circulan. Un estudio muestra que durante la campaña el 25% de las informaciones que leían los demócratas eran falsas y el 50% en el caso de los republicanos. Y no solo es que fuesen mentira sino que fomentaban el odio hacia el otro candidato. Y eso, en un régimen como este, próspera.

P. ¿Es usted pesimista?
R. No, pero tampoco soy un excepcionalista americano. EE UU no vive aislado de la historia. No es más sabio ni dispone de mejor juicio político que los demás. Enfrentamos problemas similares y tenemos que aprender de otros. Es un momento crucial, porque nos pone a prueba. Ahora que la libertad está amenazada, ¿vamos a hacer algo?
P. En su libro ofrece 20 recomendaciones para enfrentarse a la tiranía. ¿Cuál es la principal?
R. La primera: no obedezcas preventivamente. Tómate un momento y decide lo que para ti es normal. No te adaptes porque sí a la nueva situación, a las nuevas normas; no permitas que lo excepcional se vuelva normal.
P. ¿Y si ocurre lo excepcional y hay un ataque terrorista?
R. Las medidas que están tomando hacen más posible un ataque, y me temo que si hay uno lo intentarán usar para recortar libertades civiles. Antes de que eso ocurra los ciudadanos deben movilizarse por sus derechos. La tiranía moderna es un gestor del terror, vive en una relación simbiótica con el terrorismo. Los americanos deben ser conscientes de ello. Cuesta ver cómo este Gobierno pueda ser popular sin terrorismo.
P. ¿Puede ser Trump el próximo tirano?
R. Absolutamente. No veo qué otra idea tiene en la cabeza. No hay nada en su personalidad, o en sus actos que sugiera que quiera otra cosa que ser un tirano, es su meta.
P. ¿Tendrá éxito?
R. No lo sé. Es una cuestión abierta.
Publicado por salud equitativa en 7:48
Fuente:
https://wwweldispreciau.blogspot.com/2017/03/sobre-la-tirania-el-problema-de-la.htmlCfr.
Jorge R. Reverte: http://elpais.com/diario/2012/01/14/babelia/1326503538_850215.html
Fotografía: http://www.elcultural.com/revista/letras/Sobre-la-tirania/39613
Timothy Snyder
La historia no se repite, pero enseña. El horror del siglo XX nunca plegó sus alas. La amenaza sigue viva. “Las democracias pueden caer, la ética colapsar y un hombre cualquiera acabar sentado al borde de una fosa repleta de cadáveres con una pistola en la mano”. El historiador Timothy Snyder, catedrático de Yale, discípulo de Tony Judt y uno de los intelectuales de más prestigio en los círculos universitarios de EE UU, es quien lanza la voz de alerta. En su último libro, Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg), ofrece una revisión profunda y urgente de los grandes errores del pasado y sus concomitancias con el mundo actual. Vladímir Putin, el Brexit y el Frente Nacional forman parte de ese monstruo insomne que ahora ha alcanzado a la nación más poderosa del mundo. “Donald Trump quiere ser un tirano”, sentencia Snyder. Para evitarlo, el historiador ofrece en su obra 20 recomendaciones. La principal: no ser obediente.
Jan Martínez Ahrens
Pregunta. ¿Qué le pasa a EE UU?
Respuesta. Una respuesta es que hay demasiado dinero en política, demasiada desigualdad y demasiados afectados por la globalización que buscan respuestas demasiado fáciles. Pero hay otra contestación, más personal y terrible, y es que tenemos un presidente que admira a los gobernantes autoritarios, que nunca habla de democracia ni de derechos humanos, pero que no deja de atacar las instituciones que nos permiten gozar de una sociedad libre, como la prensa y los jueces. Eso es algo nuevo y chocante para EE UU.
P. Pues mucha gente en Estados Unidos parece muy tranquila.
R. El problema principal de Estados Unidos es que pensamos que la democracia es automática y que por nuestras virtudes siempre la tendremos. Pero debemos aprender de los errores de otros. Sé algo de las partes más oscuras del siglo XX y he visto cómo la democracia puede ser revertida en la Europa contemporánea. Me preocupa que EE UU puede convertirse en una forma moderna de tiranía. No quiero que eso ocurra.
P. ¿Ve semejanzas entre lo que ocurre hoy con los mexicanos y musulmanes en EE UU y la Alemania de los años treinta?
R. La situación es distinta con las víctimas, pero el estilo es similar. Cuando Trump habla de musulmanes o inmigrantes, se acerca a la política que se practicó en Alemania en 1933. La idea básica es que no son tus vecinos, sino parte de una amenaza internacional. Para Trump la globalización no es un desafío objetivo, sino un enemigo exterior, una conspiración a la que ha puesto cara y que está en casa.
P. Describa a Trump.
R. Cleptócrata y autoritario. No ha mostrado ninguna intención de separarse de sus intereses financieros. Y el sentido común nos alerta de que usará el Gobierno para enriquecerse más él mismo y su familia. No es nada nuevo. Ya lo hemos visto en el sistema ruso.
P. ¿Se trata solo de dinero?
R. En absoluto, la forma en que habla de la gente refiriéndose solo a cierta gente, el modo en que llama a la violencia, en que habla de los periodistas y les considera enemigos del pueblo, son formulaciones extremas, que bordean el fascismo.
P. ¿No es una estrategia política el ataque a los medios?
R. Es la parte más fascista de esta Administración. El fascismo requiere del mito, necesita que se abrace con entusiasmo una ficción. Y eso es lo que más distingue a Trump y a los suyos. Desplazan los hechos con ficciones. El ataque a los periodistas forma parte de una campaña más grande, una campaña contra la verdad. Los periodistas son enemigos porque la misma verdad ha sido declarada enemiga. Y cualquiera que se oponga es una barrera. Es terrible y mucho peor de lo que se aprecia a simple vista: están tratando de acabar con la factualidad en la vida pública, un concepto esencial para el imperio de la ley y la democracia.
P. ¿Con el apoyo de las redes sociales?
R. Internet ha jugado un papel muy importante en la polarización de esta sociedad. Con Facebook hemos descubierto demasiado tarde cuánto hay de falso en las noticias que ahí circulan. Un estudio muestra que durante la campaña el 25% de las informaciones que leían los demócratas eran falsas y el 50% en el caso de los republicanos. Y no solo es que fuesen mentira sino que fomentaban el odio hacia el otro candidato. Y eso, en un régimen como este, próspera.

P. ¿Es usted pesimista?R. No, pero tampoco soy un excepcionalista americano. EE UU no vive aislado de la historia. No es más sabio ni dispone de mejor juicio político que los demás. Enfrentamos problemas similares y tenemos que aprender de otros. Es un momento crucial, porque nos pone a prueba. Ahora que la libertad está amenazada, ¿vamos a hacer algo?
P. En su libro ofrece 20 recomendaciones para enfrentarse a la tiranía. ¿Cuál es la principal?
R. La primera: no obedezcas preventivamente. Tómate un momento y decide lo que para ti es normal. No te adaptes porque sí a la nueva situación, a las nuevas normas; no permitas que lo excepcional se vuelva normal.
P. ¿Y si ocurre lo excepcional y hay un ataque terrorista?
R. Las medidas que están tomando hacen más posible un ataque, y me temo que si hay uno lo intentarán usar para recortar libertades civiles. Antes de que eso ocurra los ciudadanos deben movilizarse por sus derechos. La tiranía moderna es un gestor del terror, vive en una relación simbiótica con el terrorismo. Los americanos deben ser conscientes de ello. Cuesta ver cómo este Gobierno pueda ser popular sin terrorismo.
P. ¿Puede ser Trump el próximo tirano?
R. Absolutamente. No veo qué otra idea tiene en la cabeza. No hay nada en su personalidad, o en sus actos que sugiera que quiera otra cosa que ser un tirano, es su meta.
P. ¿Tendrá éxito?
R. No lo sé. Es una cuestión abierta.
Publicado por salud equitativa en 7:48
Fuente:
https://wwweldispreciau.blogspot.com/2017/03/sobre-la-tirania-el-problema-de-la.htmlCfr.
Jorge R. Reverte: http://elpais.com/diario/2012/01/14/babelia/1326503538_850215.html
Fotografía: http://www.elcultural.com/revista/letras/Sobre-la-tirania/39613
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viernes, 26 de mayo de 2017
OSMEL DE AMÉRICA
EL NACIONAL, Caracas,23 de mayo de 2017
Trump y Putin o las amistades peligrosas
Carlos Alberto Montaner
A Donald Trump se le ha alborotado el avispero. Culpa a la prensa de sus desgracias, pero no es verdad. Él es el responsable de todas sus desdichas. Si le advirtieron de las andanzas monetarias del general Michael Flynn con los turcos, no debió intentar llevarlo al gabinete. Si durante la campaña pidió y obtuvo ayuda de los rusos – extremo que él niega y debe demostrarse – fue un error vecino al delito y una inmensa deslealtad al país. Si luego le confió a Vladimir Putin y al canciller ruso Sergéi Lavrov una delicada información de la inteligencia israelí, se trató de una severa imprudencia.
Pero lo más grave es la incapacidad de Trump para no distinguir el papel de Moscú en los asuntos mundiales. Putin, progresiva y deliberadamente, ha ido situando a Rusia como el gran adversario de Estados Unidos y de Occidente. No quiere restaurar el bolchevismo, pero sabe que el pueblo ruso añora el rol de gran potencia que obtuvo desde que en 1815, tras la derrota de Napoleón, durante el Congreso de Viena, Rusia fue reconocida como una de las naciones clave del planeta y así se le percibió hasta el fin de la Guerra Fría.
Durante la década de los noventa del siglo XX, tras la desaparición de la URSS y de haberse disuelto el partido comunista, cuando gobernaba Boris Yeltsin, hubo una oportunidad de atraer ese país a la órbita occidental, entonces desorganizado, desorientado y muy pobre, pero Bill Clinton no supo, no pudo o no le interesó hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando con Estados Unidos.
Hoy Rusia rechaza la presencia de la OTAN en Europa y se opone al despliegue de los sistemas antimisiles norteamericanos. Respalda a los ayatolas iraníes, creadores de la siniestra organización terrorista Hezbolá. Intenta perjudicar, cada vez que puede, a la democracia israelí. Apoya militarmente a la asesina satrapía siria. Protege diplomáticamente a Corea del Norte en dupla con China. Arma al ejército chavista y realiza operaciones conjuntas con su marina. Rehace sus vínculos con Cuba y le envía petróleo cuando flaquean los suministros venezolanos. Y, además, establece una absurda carrera armamentista en Centroamérica, la región más pobre de América Latina, al adiestrar a las fuerzas armadas nicaragüenses, país al que le ha vendido 50 tanques de combate, y donde tiene varios centenares de asesores apostados que les dan servicio a los buques de guerra que envía periódicamente al Caribe y al Pacífico.
Putin podrá ser simpático con Donald Trump, y es cierto que al ex KGB (que detestaba a Hillary Clinton), le convenía que el multimillonario llegara a la Casa Blanca con su auxilio, pero, objetivamente, el ruso es un enemigo de los intereses y los valores de Estados Unidos, y el presidente de este país no puede caer en la ingenuidad de tratarlo como si fuera un aliado. Pecado, por cierto, que también cometió Barack Obama en su trato deferente a la dictadura cubana, ignorando que, mientras negociaban el deshielo, los Castro le jugaban cabeza y apertrechaban clandestinamente a Corea del Norte.
Peor aún: los cubanos retuvieron 19 meses un misil ultra secreto norteamericano llegado a La Habana desde Europa, supuestamente “por error”, aunque untado con el tufo inequívoco de ser una operación maestra dela DGI cubana.
Se trataba de un AGM 114 Hellfire guiado por láser, capaz de ser disparado desde un dron o desde un helicóptero. Diecinueve meses era un periodo más que suficiente para haber compartido la tecnología con Irán, Corea del Norte y Rusia, como los Castro hicieron en el pasado con inteligencia militar muy importante captada por sus bien aceitados servicios de espionaje.
Francamente, el mayor riesgo que entraña la presidencia de Donald Trump no es su utilización infantil del Twitter, sus vengativas y pintorescas rabietas contra la prensa o su grandiosidad narcisista, típica de los caudillos populistas, sino no entender quiénes son los enemigos de la sociedad que lo eligió. Eso sí pone los pelos de punta.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-putin-las-amistades-peligrosas_183647
Ilustración: Lennart Gäbel.
Trump y Putin o las amistades peligrosas
Carlos Alberto Montaner
A Donald Trump se le ha alborotado el avispero. Culpa a la prensa de sus desgracias, pero no es verdad. Él es el responsable de todas sus desdichas. Si le advirtieron de las andanzas monetarias del general Michael Flynn con los turcos, no debió intentar llevarlo al gabinete. Si durante la campaña pidió y obtuvo ayuda de los rusos – extremo que él niega y debe demostrarse – fue un error vecino al delito y una inmensa deslealtad al país. Si luego le confió a Vladimir Putin y al canciller ruso Sergéi Lavrov una delicada información de la inteligencia israelí, se trató de una severa imprudencia.
Pero lo más grave es la incapacidad de Trump para no distinguir el papel de Moscú en los asuntos mundiales. Putin, progresiva y deliberadamente, ha ido situando a Rusia como el gran adversario de Estados Unidos y de Occidente. No quiere restaurar el bolchevismo, pero sabe que el pueblo ruso añora el rol de gran potencia que obtuvo desde que en 1815, tras la derrota de Napoleón, durante el Congreso de Viena, Rusia fue reconocida como una de las naciones clave del planeta y así se le percibió hasta el fin de la Guerra Fría.
Durante la década de los noventa del siglo XX, tras la desaparición de la URSS y de haberse disuelto el partido comunista, cuando gobernaba Boris Yeltsin, hubo una oportunidad de atraer ese país a la órbita occidental, entonces desorganizado, desorientado y muy pobre, pero Bill Clinton no supo, no pudo o no le interesó hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando con Estados Unidos.
Hoy Rusia rechaza la presencia de la OTAN en Europa y se opone al despliegue de los sistemas antimisiles norteamericanos. Respalda a los ayatolas iraníes, creadores de la siniestra organización terrorista Hezbolá. Intenta perjudicar, cada vez que puede, a la democracia israelí. Apoya militarmente a la asesina satrapía siria. Protege diplomáticamente a Corea del Norte en dupla con China. Arma al ejército chavista y realiza operaciones conjuntas con su marina. Rehace sus vínculos con Cuba y le envía petróleo cuando flaquean los suministros venezolanos. Y, además, establece una absurda carrera armamentista en Centroamérica, la región más pobre de América Latina, al adiestrar a las fuerzas armadas nicaragüenses, país al que le ha vendido 50 tanques de combate, y donde tiene varios centenares de asesores apostados que les dan servicio a los buques de guerra que envía periódicamente al Caribe y al Pacífico.
Putin podrá ser simpático con Donald Trump, y es cierto que al ex KGB (que detestaba a Hillary Clinton), le convenía que el multimillonario llegara a la Casa Blanca con su auxilio, pero, objetivamente, el ruso es un enemigo de los intereses y los valores de Estados Unidos, y el presidente de este país no puede caer en la ingenuidad de tratarlo como si fuera un aliado. Pecado, por cierto, que también cometió Barack Obama en su trato deferente a la dictadura cubana, ignorando que, mientras negociaban el deshielo, los Castro le jugaban cabeza y apertrechaban clandestinamente a Corea del Norte.
Peor aún: los cubanos retuvieron 19 meses un misil ultra secreto norteamericano llegado a La Habana desde Europa, supuestamente “por error”, aunque untado con el tufo inequívoco de ser una operación maestra dela DGI cubana.
Se trataba de un AGM 114 Hellfire guiado por láser, capaz de ser disparado desde un dron o desde un helicóptero. Diecinueve meses era un periodo más que suficiente para haber compartido la tecnología con Irán, Corea del Norte y Rusia, como los Castro hicieron en el pasado con inteligencia militar muy importante captada por sus bien aceitados servicios de espionaje.
Francamente, el mayor riesgo que entraña la presidencia de Donald Trump no es su utilización infantil del Twitter, sus vengativas y pintorescas rabietas contra la prensa o su grandiosidad narcisista, típica de los caudillos populistas, sino no entender quiénes son los enemigos de la sociedad que lo eligió. Eso sí pone los pelos de punta.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/trump-putin-las-amistades-peligrosas_183647
Ilustración: Lennart Gäbel.
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Lennart Gäbel
ENLOQUECERÍA EL OSMEL SOUSA DE POR ALLÁ
EL PAÍS, Madrid, 23 de mayo de 2017
TRIBUNA
Hay que iniciar el procedimiento del 'impeachment'
La Cámara debe empezar a estudiar los abusos de poder de la Administración de Donald Trump y sus claras violaciones del juramento prestado al tomar posesión antes de que nuestra seguridad nacional sufra más daños irreparables
Laurence H. Tribe
Todos los seguidores de Spiderman reconocerán la frase “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Ahora debemos darle la vuelta: cuando la persona a la que se ha otorgado un gran poder demuestra que es incapaz de actuar con responsabilidad, debemos recuperar ese poder.
Eso significa empezar a recortar la capacidad del presidente Trump de hacer un daño irreparable al país y al mundo. Por eso recordé recientemente que la 25ª Enmienda habla de la capacidad de “ejercer los poderes y las obligaciones de su cargo” y pedí el inicio inmediato de las investigaciones para una posible destitución, el equivalente a las investigaciones preliminares en un caso penal.
Puede que este llamamiento sea poco realista y poco conveniente para mis ideas progresistas. El vicepresidente Mike Pence no es ninguna joya y el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, tampoco. Pero no hay tiempo que perder. Mientras el nuevo fiscal especial, el exdirector del FBI Robert Mueller, empieza a indagar la posible existencia de delitos y los comités de inteligencia de la Cámara y el Senado investigan quién hizo qué para inclinar la elección de 2016 en favor de Trump, la Cámara debe empezar a estudiar los abusos de poder de la administración de Trump y sus claras violaciones del juramento prestado al tomar posesión.
Esta investigación, que puede desembocar o no en un proceso de destitución y en que Trump comparezca a juicio en el Senado (seguramente con el fiscal general, Jeff Sessions), no puede esperar a que se apruebe una ley (que Trump vetaría) para crear una comisión especial que examine la capacidad mental del presidente para ejercer el gobierno de acuerdo con la Constitución. La situación exige actuar con urgencia.
Tras la sumisión de Trump a Putin parece estar la pista rusa y las operaciones de blanqueo
Esa urgencia quedó clara cuando Trump presumió de compartir información reservada, proporcionada a Estados Unidos por Israel, no con nuestros aliados, sino con Rusia. Todavía más, cuando se supo que, el día anterior, el presidente había despedido de pronto al director del FBI, James Comey, por negarse a prometer que su investigación sobre la aparente connivencia entre la campaña de Trump y Rusia no le apuntaría personalmente a él. Y se dispararon las alarmas con la revelación de que Comey había incluido en el expediente de dicha investigación notas sobre todas las conversaciones con Trump.
Tal como acostumbra a hacer, el presidente empezó por desplegar sus tropas (incluido el consejero de seguridad nacional) para difundir noticias falsas. Luego soltó -de palabra y en Twitter- algo cercano a la verdad, pero dijo que no había que preocuparse: igual que presumió de tener toda la autoridad para sustituir a Comey en la investigación sobre su campaña, aseguró que, como presidente, tenía "derecho absoluto" a decidir qué informaciones secretas compartir con quién quisiera.
Cada vez da más la impresión de que, al final, se verá que detrás de los muchos ejemplos de sumisión de Trump, su familia y su equipo a Putin, está la pista rusa del dinero y las operaciones de blanqueo. Tanto si es la punta de un iceberg anticonstitucional como la serie de coincidencias más extraña de la historia, necesitamos llegar al fondo de este asunto.
Mientras tanto, la Cámara tiene la obligación de empezar a investigar lo que parecen motivos suficientes para la destitución, antes de que nuestra seguridad nacional sufra más daños irreparables. Estamos hablando quizá incluso de traición, si se demuestra que Trump llegó a la presidencia gracias a la colaboración de nuestros adversarios y que ahora, a cambio, está beneficiándolos, además de aumentar la fortuna familiar a expensas de la nación.
También parece claro que Trump está intercambiando favores con Rusia (y otros gobiernos no aliados), y que al principio retuvo al director del FBI a cambio de que le garantizara que la investigación sobre Russiagate le excluiría a él. Investigar estos asuntos pensando en el posible proceso de destitución del presidente no es algo opcional: el Artículo II, Sección 4 de la Constitución dice: “El presidente y el vicepresidente... serán apartados de su cargo si son procesados y condenados por traición, soborno u otros delitos y faltas”. “Serán”, no “pueden ser”.
El presidente no usa el poder para proteger al país, sino para satisfacer su ego inmaduro y su codicia
A pesar de ese mandato, la idea de la destitución se ha convertido en algo tan emponzoñado y se ha utilizado de manera tan sórdida como arma política contra presidentes del partido rival, que hoy existe una resistencia palpable a invocarla. Sin embargo, dado que resulta todavía más difícil recurrir a la 25ª Enmienda para apartar a un presidente que desconoce los límites constitucionales y tiene ideas delirantes sobre sus obligaciones, tenemos que vencer esa alergia y dejar de considerar que es una forma de siniestra venganza.
Las respuestas de Trump cuando le acusan de abuso de poder están en la línea de la famosa frase de Nixon: “Si lo hace el presidente, es legal”. Lo hizo cuando le criticaron por prohibir la entrada en Estados Unidos a los musulmanes (los que proceden de países en los que Trump no tiene intereses económicos, no de otros de los que sí han salido terroristas); por sus numerosos negocios, que violan claramente la prohibición constitucional de recibir dinero tanto de grupos nacionales como de otros países; por el repentino despido de Comey; y por compartir con nuestros adversarios rusos unas informaciones demasiado delicadas para compartirlas incluso con nuestros aliados. Ante cada acusación, la respuesta infantil de Trump es: Soy el presidente, así que tengo que tener razón.
Emprendimos una revolución contra Jorge III de Inglaterra para huir del poder absoluto, el que se basa en la corrupción y el que se debe a la incompetencia. Luchamos en la Segunda Guerra Mundial contra una autoridad sin límites. Aunque, en ocasiones, hemos tolerado e incluso apoyado a dictadores porque podía beneficiar a nuestro país, esta es la primera vez que el presidente de Estados Unidos admira abiertamente a esos dictadores por lo que han podido hacer, no por sus ciudadanos, sino por sí mismos. Los casos mencionados tienen algo en común: demuestran que, para Trump, el poder que le hemos confiado es un instrumento que utiliza como le parece, no para mantener proteger la grandeza de nuestra nación, no para “preservar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos”, como juró solemnemente hacer, sino para satisfacer su ego inmaduro, su vanidad infinita y su codicia insaciable.
Por eso ha llegado la hora de actuar, y nuestro sistema constitucional nos proporciona las herramientas para empezar a hacerlo.
(*) Laurence H. Tribe ocupa la Cátedra Carl M. Loeb y es profesor de derecho constitucional en la Facultad de Derecho de Harvard. Es fiscal general ciudadano en el Gobierno en la Sombra,
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/05/22/opinion/1495450868_666873.html
Ilustración: Nicolás Aznárez.
TRIBUNA
Hay que iniciar el procedimiento del 'impeachment'
La Cámara debe empezar a estudiar los abusos de poder de la Administración de Donald Trump y sus claras violaciones del juramento prestado al tomar posesión antes de que nuestra seguridad nacional sufra más daños irreparables
Laurence H. Tribe
Todos los seguidores de Spiderman reconocerán la frase “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Ahora debemos darle la vuelta: cuando la persona a la que se ha otorgado un gran poder demuestra que es incapaz de actuar con responsabilidad, debemos recuperar ese poder.
Eso significa empezar a recortar la capacidad del presidente Trump de hacer un daño irreparable al país y al mundo. Por eso recordé recientemente que la 25ª Enmienda habla de la capacidad de “ejercer los poderes y las obligaciones de su cargo” y pedí el inicio inmediato de las investigaciones para una posible destitución, el equivalente a las investigaciones preliminares en un caso penal.
Puede que este llamamiento sea poco realista y poco conveniente para mis ideas progresistas. El vicepresidente Mike Pence no es ninguna joya y el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, tampoco. Pero no hay tiempo que perder. Mientras el nuevo fiscal especial, el exdirector del FBI Robert Mueller, empieza a indagar la posible existencia de delitos y los comités de inteligencia de la Cámara y el Senado investigan quién hizo qué para inclinar la elección de 2016 en favor de Trump, la Cámara debe empezar a estudiar los abusos de poder de la administración de Trump y sus claras violaciones del juramento prestado al tomar posesión.
Esta investigación, que puede desembocar o no en un proceso de destitución y en que Trump comparezca a juicio en el Senado (seguramente con el fiscal general, Jeff Sessions), no puede esperar a que se apruebe una ley (que Trump vetaría) para crear una comisión especial que examine la capacidad mental del presidente para ejercer el gobierno de acuerdo con la Constitución. La situación exige actuar con urgencia.
Tras la sumisión de Trump a Putin parece estar la pista rusa y las operaciones de blanqueo
Esa urgencia quedó clara cuando Trump presumió de compartir información reservada, proporcionada a Estados Unidos por Israel, no con nuestros aliados, sino con Rusia. Todavía más, cuando se supo que, el día anterior, el presidente había despedido de pronto al director del FBI, James Comey, por negarse a prometer que su investigación sobre la aparente connivencia entre la campaña de Trump y Rusia no le apuntaría personalmente a él. Y se dispararon las alarmas con la revelación de que Comey había incluido en el expediente de dicha investigación notas sobre todas las conversaciones con Trump.
Tal como acostumbra a hacer, el presidente empezó por desplegar sus tropas (incluido el consejero de seguridad nacional) para difundir noticias falsas. Luego soltó -de palabra y en Twitter- algo cercano a la verdad, pero dijo que no había que preocuparse: igual que presumió de tener toda la autoridad para sustituir a Comey en la investigación sobre su campaña, aseguró que, como presidente, tenía "derecho absoluto" a decidir qué informaciones secretas compartir con quién quisiera.
Cada vez da más la impresión de que, al final, se verá que detrás de los muchos ejemplos de sumisión de Trump, su familia y su equipo a Putin, está la pista rusa del dinero y las operaciones de blanqueo. Tanto si es la punta de un iceberg anticonstitucional como la serie de coincidencias más extraña de la historia, necesitamos llegar al fondo de este asunto.
Mientras tanto, la Cámara tiene la obligación de empezar a investigar lo que parecen motivos suficientes para la destitución, antes de que nuestra seguridad nacional sufra más daños irreparables. Estamos hablando quizá incluso de traición, si se demuestra que Trump llegó a la presidencia gracias a la colaboración de nuestros adversarios y que ahora, a cambio, está beneficiándolos, además de aumentar la fortuna familiar a expensas de la nación.
También parece claro que Trump está intercambiando favores con Rusia (y otros gobiernos no aliados), y que al principio retuvo al director del FBI a cambio de que le garantizara que la investigación sobre Russiagate le excluiría a él. Investigar estos asuntos pensando en el posible proceso de destitución del presidente no es algo opcional: el Artículo II, Sección 4 de la Constitución dice: “El presidente y el vicepresidente... serán apartados de su cargo si son procesados y condenados por traición, soborno u otros delitos y faltas”. “Serán”, no “pueden ser”.
El presidente no usa el poder para proteger al país, sino para satisfacer su ego inmaduro y su codicia
A pesar de ese mandato, la idea de la destitución se ha convertido en algo tan emponzoñado y se ha utilizado de manera tan sórdida como arma política contra presidentes del partido rival, que hoy existe una resistencia palpable a invocarla. Sin embargo, dado que resulta todavía más difícil recurrir a la 25ª Enmienda para apartar a un presidente que desconoce los límites constitucionales y tiene ideas delirantes sobre sus obligaciones, tenemos que vencer esa alergia y dejar de considerar que es una forma de siniestra venganza.
Las respuestas de Trump cuando le acusan de abuso de poder están en la línea de la famosa frase de Nixon: “Si lo hace el presidente, es legal”. Lo hizo cuando le criticaron por prohibir la entrada en Estados Unidos a los musulmanes (los que proceden de países en los que Trump no tiene intereses económicos, no de otros de los que sí han salido terroristas); por sus numerosos negocios, que violan claramente la prohibición constitucional de recibir dinero tanto de grupos nacionales como de otros países; por el repentino despido de Comey; y por compartir con nuestros adversarios rusos unas informaciones demasiado delicadas para compartirlas incluso con nuestros aliados. Ante cada acusación, la respuesta infantil de Trump es: Soy el presidente, así que tengo que tener razón.
Emprendimos una revolución contra Jorge III de Inglaterra para huir del poder absoluto, el que se basa en la corrupción y el que se debe a la incompetencia. Luchamos en la Segunda Guerra Mundial contra una autoridad sin límites. Aunque, en ocasiones, hemos tolerado e incluso apoyado a dictadores porque podía beneficiar a nuestro país, esta es la primera vez que el presidente de Estados Unidos admira abiertamente a esos dictadores por lo que han podido hacer, no por sus ciudadanos, sino por sí mismos. Los casos mencionados tienen algo en común: demuestran que, para Trump, el poder que le hemos confiado es un instrumento que utiliza como le parece, no para mantener proteger la grandeza de nuestra nación, no para “preservar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos”, como juró solemnemente hacer, sino para satisfacer su ego inmaduro, su vanidad infinita y su codicia insaciable.
Por eso ha llegado la hora de actuar, y nuestro sistema constitucional nos proporciona las herramientas para empezar a hacerlo.
(*) Laurence H. Tribe ocupa la Cátedra Carl M. Loeb y es profesor de derecho constitucional en la Facultad de Derecho de Harvard. Es fiscal general ciudadano en el Gobierno en la Sombra,
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/05/22/opinion/1495450868_666873.html
Ilustración: Nicolás Aznárez.
lunes, 20 de marzo de 2017
POLÍTICA PRETERINTENCIONAL
La imperdonable frivolidad de la izquierda británica
John Carlin
“Las quejas irresponsables de gente que nunca ha estado y nunca espera estar en una posición de poder.” George Orwell, escritor inglés.
¿Qué tienen en común Donald Trump, el craso capitalista que ocupa la Casa Blanca, y Jeremy Corbyn, el viejo rockero de izquierdas que lidera el partido laborista británico? A primera vista, no mucho. A la segunda, bastante. Ninguno de los dos estaría donde está si no fuese por la frivolidad de la gente que les votó.
Que Corbyn esté acabando con un gran partido político, o que gracias a él Reino Unido se arriesgue a seguir siendo un Estado de partido único durante demasiados años más, sería un tema de interés poco más que local si no fuera por el problema del Brexit, que arrastra a todo el resto de Europa.
Observar aquí en Londres el dominio absoluto del Brexit en el discurso político, ir absorbiendo lo complejo y desgastador que va a ser el proceso de extraer Reino Unido de la Unión Europea, es entender cada día más que se ha generado un lío tremendamente innecesario. En el mejor de los casos, cuando llegue el lejano día en el que las negociaciones con Bruselas concluyan, todo seguirá más o menos igual. En el peor, todos saldrán perdiendo, tanto los isleños como los habitantes de la Europa continental.
Se ha convertido en una verdad universalmente aceptada que David Cameron es el principal culpable de este absurdo. Fue Cameron, como primer ministro, quien aprobó el referéndum sobre la permanencia de su país en la UE y lo hizo no por el bien del país, sino en un intento de crear paz dentro de su dividido partido conservador. Bien. Pero es hora de ser un poco más equilibrados, de atribuir al partido laborista de Corbyn la cuota importante de culpabilidad que también se merece.
Cuando Cameron tomó su histórica decisión pensó que contaría en la campaña a favor de la permanencia con el apoyo de la mitad de su partido y de la totalidad de la oposición laborista. Los números le convencieron de que no podía perder. Lo que no había manera de calcular era la abismal ineptitud laborista bajo el liderazgo de Corbyn.
En teoría Corbyn estaba a favor de la permanencia, pero lo estuvo con la boca pequeña, el único tamaño de boca que tiene, para ser justos, como persuasor político. Estuvo tan ausente durante la campaña electoral más importante de la historia de Reino Unido, dio tanto la impresión de que a su partido le daba igual el resultado, que los protagonistas del debate acabaron siendo, por un lado, el ala blanda cameronista del partido conservador y, por otro, el ala dura de los mismos tories más los payasos xenófobos del UKIP de Nigel Farage.
Corbyn sigue ausente hoy. Cero presión de su parte sobre la primera ministra, Theresa May, a la hora de influir en los términos de la inminente negociación con la UE; o de insistir en que se den garantías ya, hoy, a los europeos residentes en Reino Unido de que jamás serán deportados; o de lanzar un clamor a favor de que el Parlamento británico tenga la última palabra sobre el estatus británico en relación con la UE una vez que se haya llegado a un acuerdo con Bruselas. El único laborista que se ha atrevido a proponer que, llegado ese día, habría que hacer otro referéndum para evaluar si la voluntad del pueblo ha cambiado ha sido Tony Blair, que dejó de ser primer ministro hace una década. El único debate sustancial que hay dentro del Parlamento británico sobre el Brexit es el que sigue sacudiendo al propio partido conservador.
Una de las instituciones más sagradas y más mundialmente admiradas de la política británica es el prime minister’s questions, un choque parlamentario semanal entre el jefe de Gobierno y el jefe del principal partido de oposición. Lo habitual es que el jefe de Gobierno sea el que sienta más presión. Rendir cuentas desde el poder es más complicado que lanzar bombas dialécticas cuando uno solo sueña con gobernar. No ha sido el caso desde que May se empezó a enfrentar a Corbyn el verano pasado. Ver el duelo semanal entre los dos recuerda a una profesora castigando a un niño que nunca hace los deberes.
Corbyn ha logrado la nada despreciable hazaña de hacer que un Gobierno conservador internamente dividido, perplejo ante las exigencias de la salida de la UE y con una tendencia a cometer graves errores parezca mucho más fuerte de lo que es. La prueba está en los números. No solo en las encuestas, que indican que si hubiese una elección general hoy la mayoría tory ascendería de 17 escaños a 100, y no solo en el hecho de que apenas 20 de los 229 diputados parlamentarios laboristas apoyan a Corbyn, sino que en una elección el mes pasado una circunscripción tradicionalmente bajo control laborista cayó por primera vez en 80 años en manos del partido de Theresa May.
No fueron los parlamentarios sino los miembros del partido los que votaron a Corbyn como líder. Ahí está la imperdonable frivolidad, ahí está el onanismo infantil de aquellos que prefieren la irrelevante limpieza ideológica a la responsabilidad del poder, que ven más valor en formar parte de un club de autosatisfechos biempensantes que incidir materialmente en las vidas de las clases desfavorecidas a las que juegan a defender pero, en realidad, abandonan a sus miserias. Reconocieron a Corbyn como uno de los suyos. Jamás Corbyn tuvo el sincero deseo de ensuciarse las manos asumiendo el mando del Gobierno.
Todo lo cual sería de interés meramente folclórico si no fuera por el resultado del referéndum británico del año pasado. Una de la infinidad de diferencias entre Corbyn y Trump es que Trump sí posee el atributo elemental de un líder político: sabe vender su mensaje a las grandes masas. Tony Blair, por más odioso que nos resultara a muchos, también lo tenía. Una pena que Blair o casi cualquiera de los 200 actuales diputados laboristas que aborrecen a Corbyn no estuvieran al frente del partido durante el referéndum. Casi con total seguridad, el lío del Brexit se hubiera evitado.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/03/19/opinion/1489941925_621375.html
Fotografía:
http://www.independent.co.uk/news/uk/jeremy-corbyn-labour-mps-are-plotting-a-coup-against-the-potential-leader-if-he-is-elected-10399272.html
John Carlin
“Las quejas irresponsables de gente que nunca ha estado y nunca espera estar en una posición de poder.” George Orwell, escritor inglés.
¿Qué tienen en común Donald Trump, el craso capitalista que ocupa la Casa Blanca, y Jeremy Corbyn, el viejo rockero de izquierdas que lidera el partido laborista británico? A primera vista, no mucho. A la segunda, bastante. Ninguno de los dos estaría donde está si no fuese por la frivolidad de la gente que les votó.
Que Corbyn esté acabando con un gran partido político, o que gracias a él Reino Unido se arriesgue a seguir siendo un Estado de partido único durante demasiados años más, sería un tema de interés poco más que local si no fuera por el problema del Brexit, que arrastra a todo el resto de Europa.
Observar aquí en Londres el dominio absoluto del Brexit en el discurso político, ir absorbiendo lo complejo y desgastador que va a ser el proceso de extraer Reino Unido de la Unión Europea, es entender cada día más que se ha generado un lío tremendamente innecesario. En el mejor de los casos, cuando llegue el lejano día en el que las negociaciones con Bruselas concluyan, todo seguirá más o menos igual. En el peor, todos saldrán perdiendo, tanto los isleños como los habitantes de la Europa continental.
Se ha convertido en una verdad universalmente aceptada que David Cameron es el principal culpable de este absurdo. Fue Cameron, como primer ministro, quien aprobó el referéndum sobre la permanencia de su país en la UE y lo hizo no por el bien del país, sino en un intento de crear paz dentro de su dividido partido conservador. Bien. Pero es hora de ser un poco más equilibrados, de atribuir al partido laborista de Corbyn la cuota importante de culpabilidad que también se merece.
Cuando Cameron tomó su histórica decisión pensó que contaría en la campaña a favor de la permanencia con el apoyo de la mitad de su partido y de la totalidad de la oposición laborista. Los números le convencieron de que no podía perder. Lo que no había manera de calcular era la abismal ineptitud laborista bajo el liderazgo de Corbyn.
En teoría Corbyn estaba a favor de la permanencia, pero lo estuvo con la boca pequeña, el único tamaño de boca que tiene, para ser justos, como persuasor político. Estuvo tan ausente durante la campaña electoral más importante de la historia de Reino Unido, dio tanto la impresión de que a su partido le daba igual el resultado, que los protagonistas del debate acabaron siendo, por un lado, el ala blanda cameronista del partido conservador y, por otro, el ala dura de los mismos tories más los payasos xenófobos del UKIP de Nigel Farage.
Corbyn sigue ausente hoy. Cero presión de su parte sobre la primera ministra, Theresa May, a la hora de influir en los términos de la inminente negociación con la UE; o de insistir en que se den garantías ya, hoy, a los europeos residentes en Reino Unido de que jamás serán deportados; o de lanzar un clamor a favor de que el Parlamento británico tenga la última palabra sobre el estatus británico en relación con la UE una vez que se haya llegado a un acuerdo con Bruselas. El único laborista que se ha atrevido a proponer que, llegado ese día, habría que hacer otro referéndum para evaluar si la voluntad del pueblo ha cambiado ha sido Tony Blair, que dejó de ser primer ministro hace una década. El único debate sustancial que hay dentro del Parlamento británico sobre el Brexit es el que sigue sacudiendo al propio partido conservador.
Una de las instituciones más sagradas y más mundialmente admiradas de la política británica es el prime minister’s questions, un choque parlamentario semanal entre el jefe de Gobierno y el jefe del principal partido de oposición. Lo habitual es que el jefe de Gobierno sea el que sienta más presión. Rendir cuentas desde el poder es más complicado que lanzar bombas dialécticas cuando uno solo sueña con gobernar. No ha sido el caso desde que May se empezó a enfrentar a Corbyn el verano pasado. Ver el duelo semanal entre los dos recuerda a una profesora castigando a un niño que nunca hace los deberes.
Corbyn ha logrado la nada despreciable hazaña de hacer que un Gobierno conservador internamente dividido, perplejo ante las exigencias de la salida de la UE y con una tendencia a cometer graves errores parezca mucho más fuerte de lo que es. La prueba está en los números. No solo en las encuestas, que indican que si hubiese una elección general hoy la mayoría tory ascendería de 17 escaños a 100, y no solo en el hecho de que apenas 20 de los 229 diputados parlamentarios laboristas apoyan a Corbyn, sino que en una elección el mes pasado una circunscripción tradicionalmente bajo control laborista cayó por primera vez en 80 años en manos del partido de Theresa May.No fueron los parlamentarios sino los miembros del partido los que votaron a Corbyn como líder. Ahí está la imperdonable frivolidad, ahí está el onanismo infantil de aquellos que prefieren la irrelevante limpieza ideológica a la responsabilidad del poder, que ven más valor en formar parte de un club de autosatisfechos biempensantes que incidir materialmente en las vidas de las clases desfavorecidas a las que juegan a defender pero, en realidad, abandonan a sus miserias. Reconocieron a Corbyn como uno de los suyos. Jamás Corbyn tuvo el sincero deseo de ensuciarse las manos asumiendo el mando del Gobierno.
Todo lo cual sería de interés meramente folclórico si no fuera por el resultado del referéndum británico del año pasado. Una de la infinidad de diferencias entre Corbyn y Trump es que Trump sí posee el atributo elemental de un líder político: sabe vender su mensaje a las grandes masas. Tony Blair, por más odioso que nos resultara a muchos, también lo tenía. Una pena que Blair o casi cualquiera de los 200 actuales diputados laboristas que aborrecen a Corbyn no estuvieran al frente del partido durante el referéndum. Casi con total seguridad, el lío del Brexit se hubiera evitado.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/03/19/opinion/1489941925_621375.html
Fotografía:
http://www.independent.co.uk/news/uk/jeremy-corbyn-labour-mps-are-plotting-a-coup-against-the-potential-leader-if-he-is-elected-10399272.html
Etiquetas:
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domingo, 5 de marzo de 2017
DE LA PUREZA NATAL
EL PAÍS, Madrid, 23 de febrero de 2017
TRIBUNA
El relato narcisista
José Álvarez Junco
¿Quién me iba a decir a mí que acabaría por conocer Vietnam? ¿Qué vendría de visita turística y estaría en buenos hoteles internacionales, todo en inglés, incluso con pinitos de español, rodeado de gente amable, que busca su propina con atenciones y sonrisas? Vietnam era, para los contestatarios de los años sesenta y setenta, el pueblo austero, heroico, de gente diminuta pero fibrosa, el David matagigantes, el verdugo del imperialismo yanqui, la prueba viviente de la vulnerabilidad del “sistema”. Los jóvenes izquierdistas del mundo entero pronunciábamos la palabra “Vietnam” con unción sacra, como nuestros mayores habían pronunciado, 30 años antes, la palabra “España”.
Pero hoy todo se ha disuelto en ese gran cuento de hadas de la memoria histórica nacional. En el vocabulario de nuestro guía no figuran términos como colonialismo, imperialismo, lucha de clases o proletariado internacional. Sólo sabe que el heroico pueblo vietnamita, a base de valor, ingenio y tenacidad, derrotó al mayor ejército del mundo. Lo mismo que nos recitaban a nosotros en relación con el pueblo español y el ejército napoleónico. Así, como héroe patrio, veo momificado a Ho Chi Minh, a quien rinden honores soldados tan impasibles como él, mientras otros vigilantes llaman la atención a turistas irrespetuosos que llevan, por ejemplo, las manos en los bolsillos.
Curiosamente, esta aureola heroica —y de eso me entero ahora— sirve a los vietnamitas para ser una potencia regional y hacer marcar el paso a sus vecinos. Y entre estos últimos, naturalmente, su imagen no es tan buena. Los vietnamitas son quienes mandan en Camboya, nos explica el guía camboyano, que no puede verlos ni en pintura. Hay que escuchar con atención a los guías, porque son adictos al opio nacional y renuncian a toda originalidad o profundidad para atenerse a los tópicos más aceptados. Quienes dirigieron las masacres de Pol Pot, sigue diciéndonos (y se refiere a las mayores atrocidades del siglo XX, tras las de Hitler y Stalin, sin alterar su seductora sonrisa), no fueron camboyanos, sino vietnamitas, con el propósito de anular la identidad del país y apoderarse de él. Me viene a la cabeza otra visita a Corea del Sur, donde no dejaron de martillearme con las atrocidades de los japoneses; los coreanos sólo habían sido víctimas. No digamos en Polonia o Hungría, donde los autóctonos se creen puro objeto de abusos y masacres, sin culpa alguna por su parte, a manos de alemanes primero y rusos, después. O el Museo de Historia de Cataluña, donde ya se sabe de dónde proceden todas las maldades y quién es mero sujeto sufriente, cuya única culpa es aferrarse a su identidad milenaria. No hablemos de las versiones unilaterales del complejo conflicto palestino que uno escucha en una visita a Israel. Y mi recorrido mental conduce inevitablemente a Donald Trump, que gana elecciones a base de confirmarle al americano rural lo que este ya sospechaba: que los mexicanos les roban el trabajo, como los chinos saquean sus ideas industriales o los europeos se aprovechan de ellos para que les salga gratis su defensa.
El nacionalismo, en fin, absorbe y borra cualquier otro relato épico, que siempre suscitará mayores discrepancias que el suyo. La revolución rusa de 1917, en cuyo centenario estamos, empezó por ser narrada como una gesta proletaria y una dictadura de clase, pero acabó reorientada por Stalin y fagocitada por la épica nacional, en la que el episodio central es la Gran Guerra Patria, cuando Rusia derrotó, a costa de millones de vidas, al ogro nazi. Y hoy Putin puede integrar en un relato unitario las glorias de los zares con la hazaña estalinista y sus propias ambiciones como gran potencia. También De Gaulle se las arregló, en Francia, para distorsionar el recuerdo de un periodo humillante y conflictivo, durante el cual el país había sido derrotado fulgurantemente por su rival secular y a continuación se había dividido y un sector había colaborado con los invasores; en vez de eso, explicó que los traidores habían sido la excepción mientras la práctica totalidad del país mantenía tenazmente la resistencia; versión que cerraba las heridas, satisfacía a todos y dejaba intacto el honor nacional, por lo que se impuso de manera inmediata; Francia pasó a ser una de las cinco potencias triunfadoras y entró en el Consejo de Seguridad con derecho a veto. Malabarismos parecidos hizo Italia, tras las dos guerras mundiales, para conseguir consagrar una historia que les colocaba, sin claroscuros, entre los vencedores.
En la revolución antiabsolutista inglesa en el siglo XVII el programa parlamentario triunfó gracias a su fusión con la tradición y la identidad inglesas. Lo que en realidad ocurrió fue una guerra civil, porque en la isla había muchos católicos y muchos monárquicos absolutistas, pero los revolucionarios se las arreglaron para presentarlo como un enfrentamiento entre los verdaderos ingleses y los renegados papistas y proespañoles; en cuanto se impuso esa versión, tuvieron la batalla ganada. La propia Francia también convirtió su gran revolución de 1789, iniciada con algo tan universal como una declaración de los derechos “del hombre y del ciudadano”, en una hazaña del pueblo francés, único capaz de liberarse de despotismos; lo cual les llevó a proclamarse superiores y a arrogarse el derecho a enseñar a los demás el camino de la libertad; y por tanto a integrarles, quisieran o no, en su imperio. Incluso Fidel Castro evolucionó en la justificación de su régimen desde el socialismo hasta el “¡Patria o muerte!”, el orgullo de ser los únicos capaces de oponerse al arrogante yanqui.
En las escuelas de los países latinoamericanos todavía se enseñan las guerras de la independencia como gestas populares, unánimes, inspiradas por ideales de liberación y progreso, contra la arcaica y tiránica España; lo cual oculta los aspectos de división interna, colaboración de buena parte de las élites criollas con la metrópolis o pasividad de la población indígena, que sin embargo cualquier historiador solvente reconoce hoy. Claro que la propia España rehízo igualmente su historia del conflicto napoleónico prescindiendo de sus aspectos guerracivilistas, los amplios apoyos que José Bonaparte halló entre las élites, su triunfal viaje por Andalucía en 1810 o el protagonismo de las tropas de Wellington en todas las batallas decisivas. De eso no se habla. Fue el heroico pueblo español, solo y desnudo, pero henchido de ardor patrio, el que hizo morder el polvo al mayor general de la historia.
El nacionalismo, en suma, explica pasado y presente en términos reconfortantes, tranquiliza y consuela a quienes se alimentan con él. Expresa el egoísmo y el narcisismo colectivos. Su triunfo es, por eso, inevitable. Entre los necesitados de simplezas, habría que añadir. Pero los necesitados de simplezas, ay, son mayoría, y la mayoría decide las elecciones. Del emparejamiento entre nacionalismo y democracia espero lo peor. Veremos muchos Trump y muchos Le Pen.
(*) José Álvarez Junco es historiador.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/opinion/1487673120_294458.html
Ilustraciones:
http://geschichtsfreak.blogspot.com/2011/06/elementos-tipicos-y-basicos-del.html
http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/tags/nacionalismo/
TRIBUNA
El relato narcisista
José Álvarez Junco
¿Quién me iba a decir a mí que acabaría por conocer Vietnam? ¿Qué vendría de visita turística y estaría en buenos hoteles internacionales, todo en inglés, incluso con pinitos de español, rodeado de gente amable, que busca su propina con atenciones y sonrisas? Vietnam era, para los contestatarios de los años sesenta y setenta, el pueblo austero, heroico, de gente diminuta pero fibrosa, el David matagigantes, el verdugo del imperialismo yanqui, la prueba viviente de la vulnerabilidad del “sistema”. Los jóvenes izquierdistas del mundo entero pronunciábamos la palabra “Vietnam” con unción sacra, como nuestros mayores habían pronunciado, 30 años antes, la palabra “España”.
Pero hoy todo se ha disuelto en ese gran cuento de hadas de la memoria histórica nacional. En el vocabulario de nuestro guía no figuran términos como colonialismo, imperialismo, lucha de clases o proletariado internacional. Sólo sabe que el heroico pueblo vietnamita, a base de valor, ingenio y tenacidad, derrotó al mayor ejército del mundo. Lo mismo que nos recitaban a nosotros en relación con el pueblo español y el ejército napoleónico. Así, como héroe patrio, veo momificado a Ho Chi Minh, a quien rinden honores soldados tan impasibles como él, mientras otros vigilantes llaman la atención a turistas irrespetuosos que llevan, por ejemplo, las manos en los bolsillos.
Curiosamente, esta aureola heroica —y de eso me entero ahora— sirve a los vietnamitas para ser una potencia regional y hacer marcar el paso a sus vecinos. Y entre estos últimos, naturalmente, su imagen no es tan buena. Los vietnamitas son quienes mandan en Camboya, nos explica el guía camboyano, que no puede verlos ni en pintura. Hay que escuchar con atención a los guías, porque son adictos al opio nacional y renuncian a toda originalidad o profundidad para atenerse a los tópicos más aceptados. Quienes dirigieron las masacres de Pol Pot, sigue diciéndonos (y se refiere a las mayores atrocidades del siglo XX, tras las de Hitler y Stalin, sin alterar su seductora sonrisa), no fueron camboyanos, sino vietnamitas, con el propósito de anular la identidad del país y apoderarse de él. Me viene a la cabeza otra visita a Corea del Sur, donde no dejaron de martillearme con las atrocidades de los japoneses; los coreanos sólo habían sido víctimas. No digamos en Polonia o Hungría, donde los autóctonos se creen puro objeto de abusos y masacres, sin culpa alguna por su parte, a manos de alemanes primero y rusos, después. O el Museo de Historia de Cataluña, donde ya se sabe de dónde proceden todas las maldades y quién es mero sujeto sufriente, cuya única culpa es aferrarse a su identidad milenaria. No hablemos de las versiones unilaterales del complejo conflicto palestino que uno escucha en una visita a Israel. Y mi recorrido mental conduce inevitablemente a Donald Trump, que gana elecciones a base de confirmarle al americano rural lo que este ya sospechaba: que los mexicanos les roban el trabajo, como los chinos saquean sus ideas industriales o los europeos se aprovechan de ellos para que les salga gratis su defensa.
El nacionalismo, en fin, absorbe y borra cualquier otro relato épico, que siempre suscitará mayores discrepancias que el suyo. La revolución rusa de 1917, en cuyo centenario estamos, empezó por ser narrada como una gesta proletaria y una dictadura de clase, pero acabó reorientada por Stalin y fagocitada por la épica nacional, en la que el episodio central es la Gran Guerra Patria, cuando Rusia derrotó, a costa de millones de vidas, al ogro nazi. Y hoy Putin puede integrar en un relato unitario las glorias de los zares con la hazaña estalinista y sus propias ambiciones como gran potencia. También De Gaulle se las arregló, en Francia, para distorsionar el recuerdo de un periodo humillante y conflictivo, durante el cual el país había sido derrotado fulgurantemente por su rival secular y a continuación se había dividido y un sector había colaborado con los invasores; en vez de eso, explicó que los traidores habían sido la excepción mientras la práctica totalidad del país mantenía tenazmente la resistencia; versión que cerraba las heridas, satisfacía a todos y dejaba intacto el honor nacional, por lo que se impuso de manera inmediata; Francia pasó a ser una de las cinco potencias triunfadoras y entró en el Consejo de Seguridad con derecho a veto. Malabarismos parecidos hizo Italia, tras las dos guerras mundiales, para conseguir consagrar una historia que les colocaba, sin claroscuros, entre los vencedores.
En la revolución antiabsolutista inglesa en el siglo XVII el programa parlamentario triunfó gracias a su fusión con la tradición y la identidad inglesas. Lo que en realidad ocurrió fue una guerra civil, porque en la isla había muchos católicos y muchos monárquicos absolutistas, pero los revolucionarios se las arreglaron para presentarlo como un enfrentamiento entre los verdaderos ingleses y los renegados papistas y proespañoles; en cuanto se impuso esa versión, tuvieron la batalla ganada. La propia Francia también convirtió su gran revolución de 1789, iniciada con algo tan universal como una declaración de los derechos “del hombre y del ciudadano”, en una hazaña del pueblo francés, único capaz de liberarse de despotismos; lo cual les llevó a proclamarse superiores y a arrogarse el derecho a enseñar a los demás el camino de la libertad; y por tanto a integrarles, quisieran o no, en su imperio. Incluso Fidel Castro evolucionó en la justificación de su régimen desde el socialismo hasta el “¡Patria o muerte!”, el orgullo de ser los únicos capaces de oponerse al arrogante yanqui.
En las escuelas de los países latinoamericanos todavía se enseñan las guerras de la independencia como gestas populares, unánimes, inspiradas por ideales de liberación y progreso, contra la arcaica y tiránica España; lo cual oculta los aspectos de división interna, colaboración de buena parte de las élites criollas con la metrópolis o pasividad de la población indígena, que sin embargo cualquier historiador solvente reconoce hoy. Claro que la propia España rehízo igualmente su historia del conflicto napoleónico prescindiendo de sus aspectos guerracivilistas, los amplios apoyos que José Bonaparte halló entre las élites, su triunfal viaje por Andalucía en 1810 o el protagonismo de las tropas de Wellington en todas las batallas decisivas. De eso no se habla. Fue el heroico pueblo español, solo y desnudo, pero henchido de ardor patrio, el que hizo morder el polvo al mayor general de la historia.
El nacionalismo, en suma, explica pasado y presente en términos reconfortantes, tranquiliza y consuela a quienes se alimentan con él. Expresa el egoísmo y el narcisismo colectivos. Su triunfo es, por eso, inevitable. Entre los necesitados de simplezas, habría que añadir. Pero los necesitados de simplezas, ay, son mayoría, y la mayoría decide las elecciones. Del emparejamiento entre nacionalismo y democracia espero lo peor. Veremos muchos Trump y muchos Le Pen.(*) José Álvarez Junco es historiador.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/opinion/1487673120_294458.html
Ilustraciones:
http://geschichtsfreak.blogspot.com/2011/06/elementos-tipicos-y-basicos-del.html
http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/tags/nacionalismo/
martes, 21 de febrero de 2017
JUGGERNAUT
EL MUNDO, Barcelona, 17 de febrero de 2017
El triunfo de la fuerza irracional
Felipe Fernández-Armesto
Los devotos se sacrificaban bajo las ruedas enormes, arrojándose alocadamente para que se machucaran los huesos y la calzada se untase de su sangre. Así, por lo menos, según el libro de viajes del autor inglés del siglo XIV, sir John Mandeville, se desenlazaban las procesiones del dios Jagganath en el santuario de Puri en India. Mandeville era un mentiroso que escribía para suscitar terror y asombro en sus lectores. Pero, como los ingleses comprobaron en el siglo XVIII, cuando comenzaron a someter el subcontinente a su imperio, el santuario sí existía, igual que el dios de aspecto aterrador, los grandes vagones pintados de colores chillones y el fanatismo de los adoradores.
Cada verano, hasta el día de hoy, durante un festival de nueve días, se saca del templo el carro de Jagganath, señor del universo, para que dé la vuelta por una serie de lugares sagrados, acompañado de miles de peregrinos, sacerdotes, músicos y huríes. Casi todo es como en el reportaje del mentiroso medieval. Lo único que no sucede son esos sacrificios imaginados por Mandeville. Pero, ¿qué más da? Ya sabemos lo llamativo de las noticias falsas, que precipitan guerras, provocan crisis políticas o elevan a un bufón a la Presidencia de EEUU. Uno de los efectos de la anécdota de Mandeville fue la incorporación en el idioma inglés de la palabra juggernaut para significar una fuerza destructora, incontrolable e irresistible que aplasta todo lo que encuentra, tanto al que lo adora como al que se le opone.
La lengua española no dispone de una palabra capaz de expresar con tanta fidelidad algunos de los fenómenos arrolladores que amenazan el mundo en la actualidad. Podemos hablar de la fuerza irracional del destino o de la naturaleza, pero un juggernaut no es producto del destino, sino que lo impulsan los seres humanos, con su comportamiento político y cultural. Y una fuerza es una abstracción invisible, mientras que los juggernauts son materiales y expuestos a la vista de sus víctimas. Vivimos en la edad del juggernaut. Presenciamos los desastres implícitos, por ejemplo, en la Presidencia de Trump, o en el auge del populismo, o en la vuelta del nacionalismo, o en el consumismo desenfrenado, o en el expolio del medio ambiente, o en la descalificación de la verdad, o en el abandono de tradiciones civilizadas. Y, por lo visto, no podemos hacer nada para frustrarlos. Como si fuéramos como los devotos dibujados de Mandeville, paralizados debajo de las ruedas.
Un juggernaut evidente es el Brexit. El día posterior del maldito referéndum que supuestamente autorizó la secesión británica de la Unión Europea, yo me atreví a sugerir que la ruptura no se realizaría. Mi error fue confiar en la racionalidad de los votantes, del Gobierno, del Parlamento y del sistema. Parecía irracional quebrar la Unión sin más apoyo electoral que el de una exigua mayoría, muchos de cuyos votos no eran sino de protesta, en un momento determinado y fugaz de circunstancias mutables. Era evidente que sería imposible conseguir un Brexit al gusto de los que votaron a su favor, por sus propias discrepancias sobre los aspectos rechazables de la UE. Y una salida justa era imposible de conseguir por el nivel decisivo de apoyo a la Unión en Escocia e Irlanda del Norte, y entre la gente joven.
Además, los problemas constitucionales y políticos parecían insuperables. Predije que los tribunales no permitirían invocar el artículo 50 sin someter la decisión al Parlamento. Y resultaba racionalmente inconcebible que Westminster respaldara tal invocación, por tres motivos. En primer lugar, la gran mayoría de los parlamentarios apuestan por la permanencia en la UE. Y, en segundo lugar, en un mundo razonable, hasta los diputados brexitistas hubieran podido darse cuenta del error táctico de sacar al país sin ningún acuerdo sobre la situación de la economía británica en su futuro aislamiento. Luego había que contar con que el Partido laborista uniera sus votos a los de los partidos regionales y los liberales, contrarios al Brexit, para acabar así con los planes del Gobierno e imponer nuevas elecciones.
Pero todas las expectativas racionales se aplastan bajo las ruedas del juggernaut. El resultado del referéndum se respeta como si la vox populi fuera la vox dei. Los diputados conservadores europeístas se han rendido ante las amenazas de May de retirarles el apoyo del partido. Y aunque los tribunales exigieron que el proceso se sometiera al voto del Parlamento, los laboristas, por pura pusilanimidad, se ofrecieron como un sacrificio al juggernaut sin arriesgarse a desafiar al Gobierno.
La actitud de los laboristas es, de todos los componentes de la aparente inevitabilidad del Brexit, el más difícil de comprender. Sus diputados representan a las zonas de Inglaterra que más dependen de las subvenciones europeas. Sus votantes son en gran parte los que van a sufrir bajo el régimen pos-Brexit por ser pobres e inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Su financiación procede de los sindicatos, que son casi unánimes en reconocer la utilidad y hasta la necesidad de los derechos laborales garantizados por la Unión. Estratégicamente, lo que más convenía al Partido laborista era que se prolongara el debate sobre la Unión e imponer nuevos comicios, porque así se provocaría la división entre los conservadores.
Claro que el laborismo está experimentando una crisis profunda -peor, tal vez, que la que afecta a los socialistas españoles y franceses-. En un mundo posindustrial, el laborismo tradicional echa de menos su apoyo entre la clásica clase obrera. Los nuevos partidos populistas y regionalistas le quitan muchos votantes. Parece imposible hoy que el laborismo ganara unas elecciones en el Reino Unido. Pero en estas circunstancias, un líder racional, animado por precedentes históricos, hubiera proclamado, como el mariscal Foche: "Los enemigos nos rodean. Hay pocas expectativas de mejora. ¡Situación excelente! Vamos a atacar". O, por parafrasear a otro gigante francés: "¡Audacia! ¡Más audacia! ¡Siempre más audacia!". Desafortunadamente, Jeremy Corbyn, el actual líder laborista, no es ningún Foche ni Danton. Tiene la obstinación y cara dura de un Pedro Sánchez, sin su inteligencia. Corbyn no se ha atrevido a precipitar unas elecciones. Prefiere esperar. Las consecuencias le serán funestas. Cuanto más espera, más escaños perderá. Mientras existe una posibilidad de evitar el Brexit, los votantes tienen un motivo para apoyar a un partido europeísta que defiende la permanencia. Si se produce la salida, aun los europeístas moderados volverán a su lealtad tradicional conservadora o liberal.
Así que el Brexit se ha convertido en un juggernaut irreversible, a pesar de la oposición de la mayoría de los parlamentarios y de los electores tanto de la nación entera como de las regiones autónomas, y a pesar del hecho de que, en un mundo que parece estar a punto de dividirse entre Trump y Putin, la solidaridad europea es más deseable que nunca.
Algo semejante sucede en EEUU con el triunfo del trumpismo pese a que la mayoría votó en contra y mantiene su oposición. Lo que necesita EEUU ahora es más apertura hacia el resto del mundo en lugar de la fórmula aislacionista del presidente. Temo también los posibles juggernauts del populismo que nos amenaza con un Grillo en Italia o una Le Pen en Francia o un Iglesias en España. Los nacionalismos que pretenden quebrar los estados, perseguir a las minorías y rechazar a los refugiados pueden convertirse en juggernauts semejantes si no mantenemos la vigilancia. La agresividad rusa en Ucrania y el Cáucaso o la de China en los mares del sudeste asiático pueden convertirse en una fuerza irresistible, si es que no ha logrado ya serlo. No sé si el terrorismo internacional es refrenable, pero la política de Trump le presta un impulso excitando la indignación de gente tradicionalmente moderada. Hace pocos años, la democratización, el internacionalismo y el liberalismo económico parecían a punto de conquistar el mundo. Pero no les era posible reunir las condiciones para ser un juggernaut: irracionalismo, extremismo, encierro hacia sí e ímpetus destructor. Los sacrificios se multiplican bajo las ruedas de Jagganath. Mandeville era un mentiroso, pero a veces hasta los mentirosos aciertan.
(*) Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/17/58a5e4d6e5fdea045b8b468b.html
Cfr.
http://www.altonivel.com.mx/10-preguntas-y-respuestas-sobre-el-brexit-y-su-impacto-56986/
El triunfo de la fuerza irracional
Felipe Fernández-Armesto
Los devotos se sacrificaban bajo las ruedas enormes, arrojándose alocadamente para que se machucaran los huesos y la calzada se untase de su sangre. Así, por lo menos, según el libro de viajes del autor inglés del siglo XIV, sir John Mandeville, se desenlazaban las procesiones del dios Jagganath en el santuario de Puri en India. Mandeville era un mentiroso que escribía para suscitar terror y asombro en sus lectores. Pero, como los ingleses comprobaron en el siglo XVIII, cuando comenzaron a someter el subcontinente a su imperio, el santuario sí existía, igual que el dios de aspecto aterrador, los grandes vagones pintados de colores chillones y el fanatismo de los adoradores.
Cada verano, hasta el día de hoy, durante un festival de nueve días, se saca del templo el carro de Jagganath, señor del universo, para que dé la vuelta por una serie de lugares sagrados, acompañado de miles de peregrinos, sacerdotes, músicos y huríes. Casi todo es como en el reportaje del mentiroso medieval. Lo único que no sucede son esos sacrificios imaginados por Mandeville. Pero, ¿qué más da? Ya sabemos lo llamativo de las noticias falsas, que precipitan guerras, provocan crisis políticas o elevan a un bufón a la Presidencia de EEUU. Uno de los efectos de la anécdota de Mandeville fue la incorporación en el idioma inglés de la palabra juggernaut para significar una fuerza destructora, incontrolable e irresistible que aplasta todo lo que encuentra, tanto al que lo adora como al que se le opone.
La lengua española no dispone de una palabra capaz de expresar con tanta fidelidad algunos de los fenómenos arrolladores que amenazan el mundo en la actualidad. Podemos hablar de la fuerza irracional del destino o de la naturaleza, pero un juggernaut no es producto del destino, sino que lo impulsan los seres humanos, con su comportamiento político y cultural. Y una fuerza es una abstracción invisible, mientras que los juggernauts son materiales y expuestos a la vista de sus víctimas. Vivimos en la edad del juggernaut. Presenciamos los desastres implícitos, por ejemplo, en la Presidencia de Trump, o en el auge del populismo, o en la vuelta del nacionalismo, o en el consumismo desenfrenado, o en el expolio del medio ambiente, o en la descalificación de la verdad, o en el abandono de tradiciones civilizadas. Y, por lo visto, no podemos hacer nada para frustrarlos. Como si fuéramos como los devotos dibujados de Mandeville, paralizados debajo de las ruedas.
Un juggernaut evidente es el Brexit. El día posterior del maldito referéndum que supuestamente autorizó la secesión británica de la Unión Europea, yo me atreví a sugerir que la ruptura no se realizaría. Mi error fue confiar en la racionalidad de los votantes, del Gobierno, del Parlamento y del sistema. Parecía irracional quebrar la Unión sin más apoyo electoral que el de una exigua mayoría, muchos de cuyos votos no eran sino de protesta, en un momento determinado y fugaz de circunstancias mutables. Era evidente que sería imposible conseguir un Brexit al gusto de los que votaron a su favor, por sus propias discrepancias sobre los aspectos rechazables de la UE. Y una salida justa era imposible de conseguir por el nivel decisivo de apoyo a la Unión en Escocia e Irlanda del Norte, y entre la gente joven.
Además, los problemas constitucionales y políticos parecían insuperables. Predije que los tribunales no permitirían invocar el artículo 50 sin someter la decisión al Parlamento. Y resultaba racionalmente inconcebible que Westminster respaldara tal invocación, por tres motivos. En primer lugar, la gran mayoría de los parlamentarios apuestan por la permanencia en la UE. Y, en segundo lugar, en un mundo razonable, hasta los diputados brexitistas hubieran podido darse cuenta del error táctico de sacar al país sin ningún acuerdo sobre la situación de la economía británica en su futuro aislamiento. Luego había que contar con que el Partido laborista uniera sus votos a los de los partidos regionales y los liberales, contrarios al Brexit, para acabar así con los planes del Gobierno e imponer nuevas elecciones.
Pero todas las expectativas racionales se aplastan bajo las ruedas del juggernaut. El resultado del referéndum se respeta como si la vox populi fuera la vox dei. Los diputados conservadores europeístas se han rendido ante las amenazas de May de retirarles el apoyo del partido. Y aunque los tribunales exigieron que el proceso se sometiera al voto del Parlamento, los laboristas, por pura pusilanimidad, se ofrecieron como un sacrificio al juggernaut sin arriesgarse a desafiar al Gobierno.
La actitud de los laboristas es, de todos los componentes de la aparente inevitabilidad del Brexit, el más difícil de comprender. Sus diputados representan a las zonas de Inglaterra que más dependen de las subvenciones europeas. Sus votantes son en gran parte los que van a sufrir bajo el régimen pos-Brexit por ser pobres e inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Su financiación procede de los sindicatos, que son casi unánimes en reconocer la utilidad y hasta la necesidad de los derechos laborales garantizados por la Unión. Estratégicamente, lo que más convenía al Partido laborista era que se prolongara el debate sobre la Unión e imponer nuevos comicios, porque así se provocaría la división entre los conservadores.
Claro que el laborismo está experimentando una crisis profunda -peor, tal vez, que la que afecta a los socialistas españoles y franceses-. En un mundo posindustrial, el laborismo tradicional echa de menos su apoyo entre la clásica clase obrera. Los nuevos partidos populistas y regionalistas le quitan muchos votantes. Parece imposible hoy que el laborismo ganara unas elecciones en el Reino Unido. Pero en estas circunstancias, un líder racional, animado por precedentes históricos, hubiera proclamado, como el mariscal Foche: "Los enemigos nos rodean. Hay pocas expectativas de mejora. ¡Situación excelente! Vamos a atacar". O, por parafrasear a otro gigante francés: "¡Audacia! ¡Más audacia! ¡Siempre más audacia!". Desafortunadamente, Jeremy Corbyn, el actual líder laborista, no es ningún Foche ni Danton. Tiene la obstinación y cara dura de un Pedro Sánchez, sin su inteligencia. Corbyn no se ha atrevido a precipitar unas elecciones. Prefiere esperar. Las consecuencias le serán funestas. Cuanto más espera, más escaños perderá. Mientras existe una posibilidad de evitar el Brexit, los votantes tienen un motivo para apoyar a un partido europeísta que defiende la permanencia. Si se produce la salida, aun los europeístas moderados volverán a su lealtad tradicional conservadora o liberal.
Así que el Brexit se ha convertido en un juggernaut irreversible, a pesar de la oposición de la mayoría de los parlamentarios y de los electores tanto de la nación entera como de las regiones autónomas, y a pesar del hecho de que, en un mundo que parece estar a punto de dividirse entre Trump y Putin, la solidaridad europea es más deseable que nunca.
Algo semejante sucede en EEUU con el triunfo del trumpismo pese a que la mayoría votó en contra y mantiene su oposición. Lo que necesita EEUU ahora es más apertura hacia el resto del mundo en lugar de la fórmula aislacionista del presidente. Temo también los posibles juggernauts del populismo que nos amenaza con un Grillo en Italia o una Le Pen en Francia o un Iglesias en España. Los nacionalismos que pretenden quebrar los estados, perseguir a las minorías y rechazar a los refugiados pueden convertirse en juggernauts semejantes si no mantenemos la vigilancia. La agresividad rusa en Ucrania y el Cáucaso o la de China en los mares del sudeste asiático pueden convertirse en una fuerza irresistible, si es que no ha logrado ya serlo. No sé si el terrorismo internacional es refrenable, pero la política de Trump le presta un impulso excitando la indignación de gente tradicionalmente moderada. Hace pocos años, la democratización, el internacionalismo y el liberalismo económico parecían a punto de conquistar el mundo. Pero no les era posible reunir las condiciones para ser un juggernaut: irracionalismo, extremismo, encierro hacia sí e ímpetus destructor. Los sacrificios se multiplican bajo las ruedas de Jagganath. Mandeville era un mentiroso, pero a veces hasta los mentirosos aciertan.
(*) Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/17/58a5e4d6e5fdea045b8b468b.html
Cfr.
http://www.altonivel.com.mx/10-preguntas-y-respuestas-sobre-el-brexit-y-su-impacto-56986/
lunes, 6 de febrero de 2017
LA POLÍTICA DEL FIN
EL MUNDO, Barcelona, 6 de febrero de 2017
TIEMPO RECOBRADO
¿El fin de la política?
Pedro R. Cuartango
El semanario alemán Der Spiegel ha sacado una portada con Donald Trump que lleva una espada en la mano y exhibe en la otra la cabeza cortada de la Estatua de la Libertad. La imagen ha suscitado polémica, pero creo que sirve para ilustrar los excesos de las primeras semanas de su mandato.
Lo que ha pasado es lo que el propio Trump dijo que iba a pasar. No ha engañado a nadie y ha sido coherente con sus promesas. Pero también es cierto que su manera de actuar nada o muy poco tiene que ver con las prácticas de un dirigente que respeta la ley o que busca una legitimidad en sus decisiones.
Es insólito en un sistema con división de poderes que un presidente asegure que no respeta las decisiones judiciales y que las califique de "ridículas". O que prohíba a ciudadanos de nacionalidad estadounidense entrar en su país. O que justifique la tortura y ponga como número dos de la CIA a la agente encubierta que montó las cárceles secretas.
La cuestión no es por qué Trump actúa así, sino cómo es posible que un dirigente de esta naturaleza haya sido elegido democráticamente con el apoyo de más de 50 millones de votantes.
No hay duda de que quienes han apoyado al nuevo inquilino de la Casa Blanca querían castigar a la clase política de Washington y buscaban un hombre fuerte que asumiera un liderazgo a la hora de tomar decisiones. Y tampoco de que muchos de sus votantes han dejado de creer en el sistema de contrapesos que constituye la esencia de la democracia americana.
Lo que ha sucedido es que los votantes han renegado de la política y han apostado por ese caudillo que promete soluciones milagrosas para resolver los problemas. Lo mismo está pasando en Europa con el ascenso del populismo y de líderes como Wilders, Le Pen, Orbán o Grillo, que, con sus diferentes matices, repudian a la casta y rechazan la democracia representativa.
El fenómeno es muy complejo y tiene diversas causas, pero la consecuencia es que se ha derrumbado el modelo político que ha funcionado en el mundo occidental desde hace dos siglos y que nace muy ligado a los valores de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa.
Si Tocqueville levantara la cabeza, volvería horrorizado a su tumba. América ha dejado de ser el paraíso que él describió. Y se daría cuenta del profundo vacío en el que vivimos y las muchas incertidumbres que suscita el futuro.
¿Estamos asistiendo al fin de la política? La pregunta no tiene una respuesta clara, pero sí podemos concluir que la aparición de estos personajes mesiánicos con un discurso cargado de demagogia, como sucedió en los años 20, supone una amenaza a la democracia parlamentaria.
La falta de ejemplaridad de la clase dirigente y el aumento de la desigualdad nos han metido en esta crisis de la que no sabemos cómo vamos a salir. El mundo que hemos conocido se está resquebrajando, pera nadie tiene una solución para parar a estos populismos que ignoran el pasado y que sólo nos pueden acarrear desgracias. Trump es sólo un síntoma de la enfermedad que nos está minando y que puede acabar por destruirnos. Y después de la política, ¿qué?
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/06/5897796046163f111e8b45d8.html
TIEMPO RECOBRADO
¿El fin de la política?
Pedro R. Cuartango
El semanario alemán Der Spiegel ha sacado una portada con Donald Trump que lleva una espada en la mano y exhibe en la otra la cabeza cortada de la Estatua de la Libertad. La imagen ha suscitado polémica, pero creo que sirve para ilustrar los excesos de las primeras semanas de su mandato.
Lo que ha pasado es lo que el propio Trump dijo que iba a pasar. No ha engañado a nadie y ha sido coherente con sus promesas. Pero también es cierto que su manera de actuar nada o muy poco tiene que ver con las prácticas de un dirigente que respeta la ley o que busca una legitimidad en sus decisiones.
Es insólito en un sistema con división de poderes que un presidente asegure que no respeta las decisiones judiciales y que las califique de "ridículas". O que prohíba a ciudadanos de nacionalidad estadounidense entrar en su país. O que justifique la tortura y ponga como número dos de la CIA a la agente encubierta que montó las cárceles secretas.
La cuestión no es por qué Trump actúa así, sino cómo es posible que un dirigente de esta naturaleza haya sido elegido democráticamente con el apoyo de más de 50 millones de votantes.
No hay duda de que quienes han apoyado al nuevo inquilino de la Casa Blanca querían castigar a la clase política de Washington y buscaban un hombre fuerte que asumiera un liderazgo a la hora de tomar decisiones. Y tampoco de que muchos de sus votantes han dejado de creer en el sistema de contrapesos que constituye la esencia de la democracia americana.
Lo que ha sucedido es que los votantes han renegado de la política y han apostado por ese caudillo que promete soluciones milagrosas para resolver los problemas. Lo mismo está pasando en Europa con el ascenso del populismo y de líderes como Wilders, Le Pen, Orbán o Grillo, que, con sus diferentes matices, repudian a la casta y rechazan la democracia representativa.
El fenómeno es muy complejo y tiene diversas causas, pero la consecuencia es que se ha derrumbado el modelo político que ha funcionado en el mundo occidental desde hace dos siglos y que nace muy ligado a los valores de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa.
Si Tocqueville levantara la cabeza, volvería horrorizado a su tumba. América ha dejado de ser el paraíso que él describió. Y se daría cuenta del profundo vacío en el que vivimos y las muchas incertidumbres que suscita el futuro.
¿Estamos asistiendo al fin de la política? La pregunta no tiene una respuesta clara, pero sí podemos concluir que la aparición de estos personajes mesiánicos con un discurso cargado de demagogia, como sucedió en los años 20, supone una amenaza a la democracia parlamentaria.
La falta de ejemplaridad de la clase dirigente y el aumento de la desigualdad nos han metido en esta crisis de la que no sabemos cómo vamos a salir. El mundo que hemos conocido se está resquebrajando, pera nadie tiene una solución para parar a estos populismos que ignoran el pasado y que sólo nos pueden acarrear desgracias. Trump es sólo un síntoma de la enfermedad que nos está minando y que puede acabar por destruirnos. Y después de la política, ¿qué?
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/06/5897796046163f111e8b45d8.html
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