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jueves, 14 de mayo de 2020

PARA UNA ÉTICA DE LA CORDURA POLÍTICA

Gedeón o el milagro del rocío
José Rafael Herrera 

Lo que sirve para todo tiene en su haber lógico -y ontológico- la desventaja de no servir para nada. Cuando se afirma que todo es posible, con ello se afirma, a la vez, que nada es posible. La creencia tautológica según la cual “el ser es el ser y nada más que el ser”, solo significa que el ser no es más que la nada. Es una fantasía política, solo apta para los candores del gran público, la pretensión de hacer pasar una simple evasión de estrategia política por una suerte de fórmula algebraica invertida, capaz de atribuirle al lenguaje habitual contenido matemático, y no al revés, transmutando al lenguaje matemático expresiones del lenguaje habitual. De ahí que el conocido “todas las opciones están sobre la mesa” también se pueda interpretar como el desconocido “ninguna de las opciones está sobre la mesa”. Omnis determinatio est negatio. Y quizá, por eso mismo, convenga no buscar sobre la mesa lo que no debería estar sobre la mesa, cuando las cosas que se planifican con pulcro rigor y mesura suiza no solo no deben sino que no pueden ponerse en riesgo de exhibición. Decía Maquiavelo que, en política, no siempre se dice lo que se hace ni se hace lo que se dice.

Gedeón es una palabra hebrea. Significa “destructor”. Y, según las Escrituras, fue el nombre de un poderoso guerrero y juez del antiguo Israel. Tras la ruina dejada por la invasión de tribus nómadas, amalecitas y madianitas, Yahveh envió a uno de sus ángeles a hablar con Gedeón. El ángel, revestido de un fuego misterioso, le anuncia que Dios ha decidido encargarle la tarea de liberar a su pueblo. Como respuesta a la destrucción del profano altar de Baal, los nómadas concentraron su ejército para hacerle frente a Gedeón, quien había reunido un ejército de trescientos hombres y algunas tropas “auxiliares”. Atacó a los nómadas por sorpresa en la noche y se produjo tal confusión que los madianitas se atacaban entre ellos, hasta que, finalmente, huyeron despavoridos, perseguidos por las tropas de Gedeón. Fue un milagro que, como frescor de rocío sobre verdes ramos, la misión lograra liberar al pueblo de Israel de sus opresores y saqueadores. Una historia, por cierto, muy distinta a la que en días recientes experimentó el pueblo de Venezuela, sometido también por invasores nómadas, cubanos, rusos y drusos, cómplices de las mafias de narcotraficantes autóctonos, que han terminado por transmutar la política en una cuestión de crimen estructural, en un ruin “negocio” para enriquecerse a manos llenas mientras hunden a la población en la peor de las miserias. Eso sin contar con el deliberado objetivo de ir en contra de la sociedad occidental, envenenándola con narcóticos hasta convertirla en presa fácil de sus intereses. Todo lo cual los convierte en una seria amenaza para la libertad, la paz y la seguridad mundial.

Tal vez, después de todo, Marx tenía razón cuando afirmaba que, como decía Hegel, la historia se repite dos veces. Pero, en su opinión, a Hegel se le olvidó agregar que la primera vez se trata de una gran tragedia, mientras que la segunda se trata de una ridícula farsa. El mármol del glorioso ejército de Napoleón I terminó en el yeso de los mercenarios -y del lumpanato- de Napoleón III. El primer Gedeón fue una gran tragedia. El segundo, a duras penas, una vergüenza. Eso sin contar con uno que otro triste y lamentable “dirigente” que, echando por la borda las viejas virtudes israelíes, obnubilado como está por las frases hechas y la consecuente confusión del Objekt con el Gegenstand, ha llegado a proclamar sus “teorías” -meros puntos de vista- como auténticos principios humanos, mientras asume la “praxis” de “los demás” como una fijación característica de la “sórdida forma judaica”. Como dice el adagio, “no hay peor cuña que la del mismo palo”.

En el lenguaje de la medicina, un “falso positivo” es un error de apreciación mediante el cual, al momento de realizar la exploración física complementaria de un paciente, el resultado indica una enfermedad que, en realidad, no tiene. En este sentido, el segundo Gedeón histórico no puede ser calificado como un “falso positivo” sino, más bien, como un non-nato. Desde que se tomara la decisión de seleccionar a una empresa de vigilancia como la Silvercorp Inc., especializada en la custodia y seguridad de personalidades, ya las cosas no andaban por el camino trazado por Gedeón. Sus mismos contratistas parecieran haberlo comprendido, aunque tardíamente. Pero la empresa en cuestión, al ver que el negocio con los contratistas había llegado a su fin, decidió venderle la información al narcorrégimen, el cual tomó la decisión de pagarle a la empresa, ordenándole seguir adelante con la operación.  Ahora el narcorrégimen había encontrado una oportunidad única para distraer la atención de los gravísimos problemas que aquejan al país. Y así comenzó la representación de la más reciente comedia bufa, que lleva por título: “La furia bolivariana”. El yeso había comenzado a fraguarse.

Solo faltaba acusar, una vez más, al “imperialismo yanqui” de intentar posar su “planta insolente” sobre “el sagrado suelo de la patria”, a través de una avanzada de “sus organismos de inteligencia”, con lo cual se le advertía al mundo sobre las “verdaderas intenciones” del gobierno norteamericano y sus “lacayos”; pero, a la vez, se trataba de mostrar cómo la “furia bolivariana” de unos “simples pescadores revolucionarios y patriotas” era capaz de someter a un nutrido grupo de experimentados “marines”, y así elevar la moral de la cada vez más mermada, deprimida y escuálida población chavista, además de ocultar el aumento de los artículos de la “cesta alimentaria”, la falta de efectivo y de gasolina, y el ya inocultable desastre de los servicios públicos. Mataron a unos muertos y apresaron a unos incautos. Por si fuese poco, sometieron a la dirigencia democrática al escarnio público y la colocaron en posición de un cisma en ciernes, de una inminente confrontación interna. En esto último, sin duda, algunos periodistas que actúan como francotiradores a sueldo -auténticos mercenarios del escándalo- cumplieron un papel estelar. En fin, entre gallos y medianoche, hasta las antiguas huestes chavistas de las barriadas populares fueron acusadas de estar financiadas por la CIA y la DEA. Todo en un mismo saco de truculencias, sazonada con la retórica del trasnocho. En suma, un éxito para el narcocartel. El yeso se había secado. Una auténtica bombona de oxígeno para los moribundos.

Para las fuerzas democráticas, más allá de las intrigas, las acusaciones recíprocas y las consecuentes facturas, de este Gedeón de marketing solo queda el amargo recuerdo. Y, sin embargo, recordar, siempre, implica volver a hilar, recomponer el tejido, reordenarlo, reestructurarlo. Hay que recuperar la cordura. Todo lo cual significa, a fin de cuentas, pensar, una y otra vez, siempre de nuevo. Todo recuerdo es una lectio. No se puede seguir haciendo política sin pensamiento en sentido enfático. Mucho está en juego cuando se habla de la recuperación integral de todo un país. Por eso mismo, las bufonadas tienen que parar. Deben llegar a su fin. No habrá milagro ni mucho menos rocío sin voluntad y unidad, es decir, de nuevo, sin pensar.

14/05/2020:
Composición gráfica: Jeremy Geddes.

jueves, 9 de abril de 2020

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS RIELES

El sustrato ético del confinamiento familiar en casa
Hermann Alvino  

1- En el año 1967 la filósofo británica Philippa Foot sacudió a la Ética contemporánea al darle forma moderna al dilema del tranvía, del cual todos hemos conocido en alguna de sus innumerables variantes y que nos plantea la pregunta sobre qué hacer cuando en la vida se nos presenta una situación extrema. 

2- Porque aún suponiendo en la solidez de nuestro compromiso existencial para hacer siempre lo que consideramos como correcto, éste término, al menos para la Ética, no tiene una definición única, puesto que ello depende de cómo se concibe el bien, esto es, si el bien absoluto relativo a cada persona, o el bien comparativo cuando se trata de sociedades, lo cual se traduce en éticas como la de Kant o las diversas variantes de éticas utilitaristas… o en otras palabras, el bien absoluto en contraste con el mal menor

3- Porque además, los dilemas son complicados de resolver, o incluso son insolubles, ya que ellos nos ponen a decidir no entre una opción mala y otra buena, una correcta o justa u otra incorrecta o injusta, sino entre dos opciones equivalentes en bondad, o en justicia, o sea equivalentes en algunos de los valores que nuestra sociedad considera como referentes; valores que si duda dependen de la Historia, de la cultura, de las vivencias colectivas y de la religión, pero que una vez implantados en nuestra mente colectiva, son capaces de mantenernos a raya y de perdurar durante siglos. Esa ética particular de una sociedad puede actuar con valores absolutos, o basarse en la relatividad de éstos –ética utilitarista-, aunque ello es otro tema fuera de estas reflexiones.

4- Todos hemos vivido dilemas incluso desde la misma infancia, como el de robar chocolates del tarro de la cocina para compartirlos con los amiguetes –el dilema de no robar contra el de hacer felices a nuestros panas, o para lograr esa aceptación social necesaria para cada niño, pero que a veces es elusiva-. Hemos vivido dilemas mucho más serios ya como adolescentes y adultos, y del camino escogido ha dependido nuestra nuestra fortaleza o debilidad espiritual que nos  regala sueño o imsomnio cada noche de acuerdo a nuestros cargos de conciencia por saber que optamos por nuestra conveniencia y no por lo que es correcto, o al revés.

Para efectos de estas notas, podemos apartar dilemas terribles como el aborto, la eutanasia, el asesinato, la legítima defensa, etc. que no solo son personales sino que están profundamente imbricados en la Ley y en cada religión, y limitémonos a recordar un dilema al que se enfrentó Winston Churchill en 1944, cuando sobre Londres comenzaron a caer las bombas V de los nazis:

Resulta que con la tecnología de entonces no había forma de saber donde caía un artefacto explosivo no pilotado y enviado desde considerable distancia, por tanto los nazis no sabían que sus bombas tendían a caer en el sector Sur de la capital británica, donde sin duda vivía mucha gente, pero bastante menos que en el centro y Norte de la ciudad. La decisión de Churchill fue ordenar a los agentes británicos dobles que estaban en la nómina nazi de hacerles creer que las bombas caían en todas partes, sacrificando así la población del Sur a cuenta de que si los alemanes se percataban que debían afinar su puntería, pues perecerían muchas más personas.

5- Philippa Foot nos presenta ese dilema churchiliano real mediate un escenario mental  con un tranvía desbocado con varias personas a bordo, las cuales perderán la vida si el vagón continúa su camino para estrellarse el final del trayecto. Foot nos dota con la facultad de cambiar su rumbo, desviándolo a otro riel… donde se halla amarrada una sola persona. ¿Qué hacer en este caso… desviar el vagón para salvar a muchos a cuenta de la muerte de uno solo o dejar que se mueran quienes van a bordo?

6-Este experimento mental tiene muchas variantes, como por ejemplo aquel que en vez de presentarnos un señor amarrado a los rieles, éste, que es muy gordo, está tranquilamente paseando sobre una pasarela encima del riel fatal para el grupo que viaja en el tranvía, otorgándonos el poder de empujarlo para que caiga hacia la vía y así detener el vagón, a costa de su vida, para salvar al resto.

La variante de empujar al gordo incauto es la misma del dilema del transplante de órganos planteado por Judith Jarvis Thomson. Allí se habla de las vidas que se salvan al aprovechar diversos órganos de una persona fallecida que se transplantan a otros moribundos para que se recuperen y sigan viviendo… pero por otra parte se presenta el caso hipotético de que si por disponer de varios órganos humanos de un mismo cuerpo se pueden salvar varias vidas, entonces… ¿por qué no matar a alguien que pase por allí, extraerle sus órganos para salvar esas vidas?

… ¿Y por qué no ir más allá, y en vez de matar a algún viandante para aprovechar sus órganos, o empujar al incauto para salvar las vidas en el tranvía, no vamos eliminando los delincuentes de nuestras cárceles para aprovechar sus órganos, como parece que se hace bajo el régimen chino?

7- Como es evidente, siendo el efecto final el mismo, o sea el bien para varias personas a cuenta del mal de otra, no es lo mismo que el dilema se le presente a uno por el azar de la vida a que uno busque activamente el dilema mismo. No es lo mismo que yendo en el coche con toda la familia, cumpliendo con las señalizaciones viales y con la velocidad allí indicada, se nos atravisese un peatón imbécil que cruza donde no debe, o un motorizado temerario y ponernos a decidir si irnos contra un poste para no arrollarlo pero poniendo en peligro a la familia que viaja con nosotros, a que nosotros mismos nos busquemos el problema conduciendo como posesos a toda velocidad por la ciudad.

8- Como todos sabemos, estas circunstancias de la vida son la vida misma, o sea una combinación de azar, de prudencia, de temeridad, de buena o mala suerte, adobadas con la dependencia que en determinado momento nos deja en manos del prójimo, en las cual privará su sentido ético, su misericordia, o sus patologías expresadas como egoismo, cuando no psicopatía.

Estar entonces en el lugar y momento inadecuados puede definir nuestro destino.

9- Entonces, poniendo todo esto en una licuadora podemos visualizar el cuadro real que se les presenta al personal médico que atiende a quienes deben ser hospitalizados por haberse contagiado con el Covid-19, a los cuales los dividirán entre quienes requieren una estadía cuyos cuidados se limitarán al reposo y a uno que otro refuerzo de sus defensas, y aquellos que necesitarán terapia intensiva, con oxígeno de mascarilla o respirador mecánico.

Pero, y aquí es donde reside el dilema si no hubiera confinamiento, y con una realidad obvia cual es que ni hay cama pa’ tanta gente –como cantaba Celia Cruz…-, ni respiradores mecánicos para los casos más extremos: porque entonces, dada la afluencia masiva a los hospitales que se producirá por el contagio generalizado derivado de la libre circulación, la infraestructura hospitalaria no estaría en condiciones de atender a todo el mundo de forma oportuna y simultánea –nótese esta acotación-, obligando al personal médico a decidir a quienes atender primero, y a quienes relegar. O en otras palabras, a decidir a quienes se les dará la oportunidad de vivir, y a quienes no, independientemente de que algunos de los que estarán atendidos mueran, o de los que deberán esperar atención médica se curen solos -porque cada organismo reacciona de manera diferente frente a las enfermedades.

10- Enfrentarse a ese dilema como consecuencia del colapso hospitalario a partir de permitir la libre circulación de las personas, obliga al personal médico a jugar a ser Dios, un juego que ellos, por su misma profesión, y estando o no conscientes de ello, viven a diario con otro tipo de enfermos como por ejemplo aquellos a quienes sugieren no operar por tener un cáncer terminal, o sedar para que mueran serenamente; pero una cosa es que el destino, la genética, el descuido personal o el ambiente laboral les traiga esta clase de enfermos para que decidan qué es lo mejor para cada uno de ellos, y otra cosa es saturarlos innecesariamente con un dilema que se puede evitar quedándose en casa por unas cuantas semanas, para así lograr esa gradualidad en atender a quienes se vayan contagiando y requieran hospitalización.

Solo así se le evita al personal médico el dilema de jugar a ser Dios con el Covid-19; y como la receta es sencilla –quedarse en casa-, pues entonces depende únicamente de la ciudadanía el actuar éticamente… suponiendo que ésta sea capaz de diferenciar lo que en este caso no solo es lo correcto, sino lo justo para ese personal médico, y lo conveniente para todo el mundo, porque cada uno podrá incrementar las posibilidades de ser bien atendido.

… Aunque no todos son capaces de comprenderlo en un mundo al cual se le ha impuesto una visión economicista de la vida. Pero es lo que hay.

Fuente:

viernes, 3 de abril de 2020

EL JARDÍN DE LOS SENDEROS QUE ... SE UNEN

Pureza política
Juan Pablo García

No hay política sin un sentido y una esencia éticas. Quienes la hacen deben ser portadores de principios y valores que ayudan a nuestra trascendencia. Peor que el coronavirus, el régimen narcotraficante los dislocó a más no poder. Dijo legitimar el pillaje, el vandalismo, el saqueo y, por eso, ninguna autoridad moral tiene frente a la delincuencia común con la que se ha confundido. Mata como mata cualquier asesino de bar de mal muerte. Ven sustancias tóxicas como cualquier jíbaro de barrio. Se emborracha y droga en Los Roques como el peor de los malandros que pide respeto porque ya no tiene una pistola al cinto, sino lo que un arma larga al hombro. Con estos ejemplos se entenderá muy bien la tragedia que vivimos los venezolanos.

Por supuesto que se trata de todo un régimen que afecta a propios y a extraños. Tienta y se hace de individualidades y hasta de sectores de la oposición a los que contamina y, a cambios de prebendas y otros favores más, participan del negocio. Porque también hay los que hacen jugosos negocios y conocen como la boliburguesía y los bolichicos. Sin embargo, es hasta peor. Porque practican el más descarado cinismo. Se dicen de oposición y también hacen diligencias de oposición que no es otra cosa que intentar que todos cohabitemos con la dictadura. Esto pone el acento en ls diferencias éticas que van más allá de la política. Varias veces hemos sido víctimas de la traición.

Como nunca antes, hacer política y, mejor, hacer política ciudadana ha significado hacer política con ética. Una y otra cosa a la vez. Si hacemos únicamente política, sola, desnuda, nos llevará al pragmatismo más sórdido, al oportunismo más obsceno, a vender hasta la misma mamá si es posible. Si nos realizamos únicamente a través de la ética, sola, desnuda, nos llevará completamente a la contemplación, al aislamiento, a tratar de salvar el propio pellejo con olvido de los demás. Y para superar la situación planteada en Venezuela, se necesita de la gente sana que es la inmensa mayoría de la población, incluyendo a dirigentes con los que nos podemos acordar, porque predican y dan ejemplo de esos principios y valores mínimos con los que coincidimos, a pesar de las diferencias y matices políticos. He acá la clave: la pureza absoluta en lo ético es inútil en el mundo terrenal, en el de la pluralidad y las más lógicas diferencias. Podemos y debemos coincidir todos en lo posible para hacer todo lo posible: superar al narco-régimen socialista. Quedan huesos sanos en el liderazgo político venezolano. Lo reconocemos porque no somos maniáticos de la ética. No obstante, los hay insanos y, como tampoco somos maniáticos de la política, no cedemos ante los cómplices y colaboracionistas de la dictadura. Luego, es posible hacer lo posible para salvar al país desde una postura política que no se entiende sin la ética y desde una postura ética que no se entiende sin la política. Porque estamos en el terreno de los hechos y, a la vez, tenemos deseos y esperanzas de trascendencia histórica.

Fuente:

jueves, 12 de marzo de 2020

POLVO DE ESTOS LODOS


EL NACIONAL, Caracas, 17/12/1984. Carlos Blanco, Ética, Izquierda, Marxismo, Partidos de Izquierda, Traumas políticos, José Vicente Rangel, Marxismo venezolano.

domingo, 23 de febrero de 2020

RE-CREARSE

Ética y estética de la supervivencia
Luis Barragán

Puede aseverarse, al deterioro de lo material sigue el espiritual (y viceversa).  La psicología social puede aportar luces en torno a la continua degradación humana que trepa sendos y  preocupantes niveles de incongruencia, violencia, agresión, obscenidad.

Hannah Arendt lo advirtió décadas atrás, en una obra que cobra para Venezuela una antes insospechada actualidad. En su célebre compilación, “Los orígenes del totalitarismo”, expresó: "Los hombres, en tanto que son algo más que realización animal y realización de funciones, resultan enteramente superfluos para los regímenes totalitarios. El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos" (Taurus, Bogotá, 2004 : 554). Por cierto, en una sesión más o menos reciente de la Asamblea Nacional, alguien citó el libro e, intuyendo que jamás lo había leído, le ripostamos; un testigo cercano, nos aseguró que el dirigente estudiantil, minutos antes, había tomado la cita de Google.

Luego, aun siendo la de la fealdad, el deterioro es portador de una estética de la descomposición e indignidad que intenta relegarnos a la superficialidad, la banalidad, lo pusilánime. Y, por graves y calamitosos que sean los problemas, ayudados por los ”memes” y otros artilugios de la imagen y del video, las redes digitales están pobladas de las doctas opiniones de los más improvisados tecladistas, a veces, alineados (in) voluntariamente en los llamados laboratorios de la guerra sucia.

Una ética y una estética de la dignidad y lucidez, sensatez y persistencia, propias de la resistencia frente a todo un régimen, no sólo se traduce en el texto corajudo, respetuoso y pertinente que podamos aportar, al igual que las imágenes, incluso,  en movimiento. Por ello,  hay un sentido en la defensa de nuestra cotidianidad creadora, a pesar de las condiciones y limitaciones reinantes e, incluso, una profundidad que las desafía: empuñando un pincel, calzando unas zapatillas de ballet, rasgando una guitarra, empleando una pelota de baloncesto, invocando unos versos, acrecentando un comentario que rompe con las estrecheces del pensamiento y de la sensibilidad que procura esto que es algo más que una dictadura.

En el inseguro tránsito por los espacios públicos, a veces, observaos actos que desafían e desorden establecido, anteriormente naturales de recreación. Los reivindicamos en reclamo de las libertades que nos hacen falta, presionando para abrir las compuertas de un distinto horizonte: la otra ética y estética del deterioro.

sábado, 8 de febrero de 2020

VITRINA

Érase el partido ético
Guido Sosola

Los partidos con propósitos de duración, hicieron del nacimiento un contraste. Distintos a los existentes, procuraron la buena conducta de sus integrantes.

Sólo los sinceró la dura prueba del ejercicio del poder o de las cuotas de poder que dispensaban las  municipalidades y legislaturas, sucumbiendo, pues, por benedictinos que se creyeran, el presupuesto nacional por siempre fue  una tentación inevitable.  Hubo individualidades o, mejor, personalidades que lograron sobrevivir intactos, cuales cátaros, a la fiesta de los excesos petroleros.

El proceso cubano subió los decibeles de la llamada Guerra Fría y cobró una mayor importancia la pedagogía  doctrinaria en  las  organizaciones con aspiraciones históricas, procurando impermeabilizar el techo.  Empero, sobreviviendo la democracia representativa, a la postre, los  propios institutos de formación decayeron, mal administrando sus recursos, y toda la casa se cayó por el torrencial aguacero de dislocación de los principios y valores que únicamente sirvieron de vistosa fachada.

El presente año, en apenas mes y medio, está abarrotado de eventos que hablan de las inconsistencias de los partidos opositores  (viejos y emergentes) que, a modo de ilustración, concursan en las empresas públicas del exterior y hasta en una comisión técnica que se presume rigurosa, específica y especializada para manejar nada más y nada menos que $ 20 millones del denominado Fondo de Litigios, por no citar lo que ocurre con las entidades oficialistas que, de un modo u otro,  muerden el erario público, por ornamentales que fuesen.  Huelga hacer la crónica de las transacciones que desembocaron en una directiva diferente a la encabezada por Guaidó en la Asamblea Nacional, pero no fallará el futuro historiador al hurgar las circunstancias de los partidos dominantes de la escena que aportaron nombres para la subasta, añadida una novel fracción parlamentaria que prácticamente quedó vaciada, comenzando por su jefe, un diputado traidor que antes, el 4 de enero, todo lo refieren, despachó un discurso incendiario contra la dictadura en una reunión vespertina o nocturna, no  precisamos, del G-4.

Érase la escuela ética de los partidos que, mal que bien, trató de sostenerse, fuere el  que acunó a Vinicio Carrero, el que soportó la tempestad del Sierra Nevada o el que aún no explica – espectral - el monto de los reales que recibió y manejó la guerrilla de los sesenta. Hay un desplome monumental de estos otros partidos y sus relacionados, aún en curso,  que, irritando  a no pocos, fuera  y dentro del país, siguen flaqueando a Guidó, olvidando que el Partido Liberal  Amarillo trató de sobrevivir en el XX, como sus equivalentes se esfuerzan por hacerlo en el presente siglo.

Fotografía: Tomada de las redes.la ilegítima directiva de la Asamblea Nacional: Luis Parra, Franklin Duarte y Goyo Noriega.

09/02/2020:

viernes, 18 de octubre de 2019

HONESTIDAD

Érase Julio Pocaterra
Guido Sosola

La historia habla por sí sola y, sobre todo, cuando hay eso que algunos llaman consenso historiográfico. Estos son tiempos de una insólita ligereza frente a un régimen que nos trastocó en la más íntima profundidad de los valores  y principios. Y perdonen la cita curera, pues, en algún documento, Pablo VI aseguraba que no se combate e mal con el mal.

Por septiembre de 1948, Rómulo Betancourt decidió viajar a Estados Unidos y, no por casualidad, lo hizo con dos de los dirigentes que olfateó como de los mejores prospectos de Acción Democrática. De no llegar el consabido golpe de Estado, seguramente no hubiesen esperado doce años más tarde para zanjar las diferencias netamente ideológicas, en el caso de Domingo Alberto Rangel, o netamente políticas, en el de Raúl Ramos Giménez.  Uno y otro, era promesas ciertas en el horizonte venezolano y bien merecían la atención del líder octubrista, incluyendo un partido de béisbol en el propio Nueva York. Por supuesto, no era pecado hacerlo porque no tenían por hábito el pecado original, como diría Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica, cosa que dejamos a los entendidos. Y es que tampoco lo era, porque el país no estaba pasando hambre como ahora y cualquiera podía escuchar acá la transmisión del juego quizá en la voz de Buck Canel, aquél del “no se vayan que esto se pone bueno”, así fuese en el aparato radial del botiquín de la Elorza ahora ocupada por los irregulares. Pero, además, por dos razones adicionales: por una parte, Betancourt mismo propició la publicación de la gráfica, en un modesto palco del viejo Yankee Stadium, ganado simpatías por el gesto, calmando a propios y extraños, a los adecos que aspiraban a sus diligencias de pacificación interna y, a resto, que reclamaban que dejase gobernar a Rómulo Gallegos. Por la otra, la m´s poderosa, es que Rómulo hablaba claro y generaba confianza.

Lo primero que hizo Betancourt al subir al poder, fue declarar sus bienes. Lo primero que hizo al descender del poder, fue declarar sus bienes.  Todo el mundo sabía lo que tenía en los bolsillos, como todo el mundo estaba enterado que Julio Pocaterra lo financiaba en la medida de sus posibilidades y, por cierto, el consulado en Estados Unidos fue más un reconocimiento a la lealtad y a la habilidad política para alguien que tenía centavos desde años ha, en lugar de tupirlo con miles de contratos, utilizarlo como testaferro para comprar periódicos o de asegurarse la construcción de la Ciudad Universitaria o de la Avenida Bolívar que estaban en la cola. Pérez Jiménez hizo lo indecible para demolerlo moralmente pero no pudo.

Además, efue el mismo Julio Pocaterra el que pagó los boletos y la estadía de Betancourt  y Raúl Leoni en Washington, cuando fueron a hablar con Diógenes Escalante. Todo el mundo lo sabía, a nadie se le escondió y, al regresar, volvieron a sus oficios de supervivencia, algunos con más churupitos que otros, como Leoni el litigante o Luis Beltrán Prieto como el librero, mientras que Betancourt  vivía de la caza y de la pesca para mantener a la familia y, a la vez, sacar adelante a su partido. Por cierto, medio siglo más tarde, un antiguo y fiero adversario, como Manuel Caballero, editado por Los Libros de la Catarata, casa libre de toda sospecha, comentaba que, en su segundo turno en el poder, por más que pudiera utilizar los fondos miraflorinos, el presidente Betancourt viajaba en asuntos de Estado con su esposa y, no obstante, él se aseguraba de pagarle el boleto de su propio bolsillo. Una vueltica por la quinta Pacairigüa, valga la acotación, una casa comprada por ss amigos a quien no la tenía, casi finalizando el ´XX,  nos impone de un lugar absolutamente modesto, sencillo, austero.

Se nos ocurre como un buen ejercicio, el histórico, para apreciar lo que ahora ocurre. Hay algo que huele mal en Dinamarca y de esto no tenemos duda alguna.

18/10/2019:

domingo, 15 de julio de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO






- William Niño Araque. "(Carlos Raúl) Villanueva: Tiempo de este lugar". El Nacional, Caracas, 25/05/1980.
- Ovidio Pérez Morales. "La enseñanza de la historia". El Nacional, 16/07/78.
- Pascual Venegas Filardo y las líneas férreas. El Universal, Caracas, 20/09/82.
- Guillermo Meneses. "Contra la juventud". El Nacional, 05/6/66.
- Gustavo Tarre Briceño. "Ética y política". El Nacional, 09/01/89.

Reproducción: Rosario Marciano. Élite, Caracas, nr. 1901 del 03/03/1962.

viernes, 13 de julio de 2018

TERRITORIO DE CONQUISTA

EL NACIONAL, Caracas, 11 de julio de 2018
Ética aplicada
Elio Pepe Trifance

Con el sentido analítico aplicado por el Centro Hastings en 1969 y por el Instituto de Ética Georgetown’s Kennedy en 1970, se comienza a tratar la ética en sus especificaciones de política pública, que establece las tipificaciones del desarrollo objeto de las preocupaciones fundamentales de un gobierno democrático.

Profundizando aspectos ya considerados por Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Gottlob Frege, en Principia ética de 1997, George Edward Moore demuestra que se han confundido lo extrínseco con lo intrínseco, los medios con los fines. Nace la “falacia naturalista” por la cual tanto las teorías naturalistas como la metafísica de la ética han atribuido el valor del bien en sí a los objetivos de lo bueno, lo suprasensible, lo útil, el placer.

En los cálculos probabilísticos para la solución de problemas, Moore afirma que “la relación de la parte con el todo no es la misma que la del todo con la parte”, de modo que las combinaciones entre una serie de bienes o males intrínsecos hacen posible la “idea de libertad” ínsita en la acción determinada por el libre albedrío del hombre, máxime si este es responsable del gobierno del Estado, de modo que el concepto que de ella tienen los políticos determina el nivel de la democracia y de la participación de los ciudadanos, su organización social, su relación con el Estado.

Es oportuno precisar que el sentido comparativo (mejor que, peor que) y superlativo (lo mejor, lo peor), mediante la existencia de escalas de grado en lo bueno y lo malo, dispone condiciones de indeterminación, a pesar de que tanto el bien como el mal quedan precisados por el nivel que respectivamente los califica.

Estas premisas de carácter filosófico permiten definir la ética aplicada en el desarrollo como reflexión sobre medios y fines para los cambios socioeconómicos que las diversas políticas pueden resguardar. Se crea una sustancial diferencia entre la relación de los valores propios del desarrollo, la defensa de las teorías básicas normativas del modelo escogido, la funcionalidad de las decisiones adoptadas. Derivan las características de la relación entre naturaleza e historia que distinguen la ética de los países desarrollados de la aplicada por los países emergentes o subdesarrollados.

David Krocker (2004) precisa que la ética debe acompañar las reflexiones sobre los fines y medios utilizables en los cambios económicos y sociales de los países pobres o, añadimos, que han sido reducidos a la condición de pobreza por la conducción política, económica y social aplicada por gobiernos preocupados por detener el poder a espalda de las necesidades básicas y los derechos humanos de la población.

Pero ni la historia ha terminado ni la ideología ha muerto, por lo cual Kjell Magne Bondevik (2003), en la perspectiva del Club de Madrid, y superando la concepción kantiana, niega la posibilidad de que el mundo sea regido solo por intereses económicos y formula la hipótesis de que los principios éticos y los valores y derechos humanos, la protección del ambiente y la solidaridad se pueden convertir en una fuente de movilización política para determinar la tipología del desarrollo y así contribuir al cambio socioeconómico.

La injusticia presente en grados y formas diferentes en cada nación, el aumento generalizado de la pobreza como síntoma emblemático en la conducción política y económica del caso venezolano en la historia de las naciones de los últimos dos siglos, si a alguna circunstancia se puede atribuir es al uso intensivo de la tecnología; en la situación específica emerge por la visible incapacidad de las instituciones para aplicar las normas que permitirían combatirla. Se contrapone la necesidad de que el desarrollo se haga constante en el tiempo y se precisa la aplicación de la ética propia para promover, formar y consolidar en el comportamiento de la dirigencia política y en el desenvolvimiento de la vida de cada día, la “conciencia ética” de cada ciudadano y de la sociedad en su conjunto.

De este modo, los actores institucionales, el gobierno, las empresas, los sindicados de trabajadores y los gremios profesionales, la sociedad civil, la misma Iglesia católica y las otras confesiones religiosas, en el ámbito de las respectivas competencias, adquieren precisas responsabilidades hacia la recuperación interna e internacional del país. Es ilusorio que esta se pueda averiguar sin el aporte de un análisis previo del estatus presente, del nivel de la propia evolución o involución política, económica y social, de las causas del deterioro del desarrollo, de las condiciones de disfuncionalidad de las empresas públicas y privadas, al contrario, es preciso indicar formas, modalidades y medios que pueden permitirla a través de las acciones consecuentes para producir el cambio.

En particular, cada quien con su propia identidad e idiosincrasia, y en las formas y modalidades definidas por la ley, gobierno y oposición, deberían enfrentar y solucionar los problemas de la justicia y de la exclusión, de la deuda y de la inflación, de las inversiones productivas para reducir el desempleo, aumentar la demanda, eliminar la especulación, estabilizar la economía; la Asamblea Nacional tendría que legislar para la adecuación, vigilar al Poder Ejecutivo según lo establecido en la Constitución, promover y defender en cualquier instancia los derechos humanos, crear enlaces dialógicos entre las partes sociales y el Estado en el marco definido por la ética del comportamiento.

Pero el Estado-nación ha perdido cualquier credibilidad nacional e internacional y se ha transformado en territorio de conquista de los narcotraficantes y del extranjero: independientemente de quien esté interesado en realizar dicha conquista para perseguir finalidades explícitas y ocultas relacionadas con la opción política que representa, queda para Venezuela solo la perspectiva de ser transformada en la nueva colonia de América Latina del siglo XXI, una condición que niega los valores de la lucha liberadora descrita por los padres de la patria y que anula los sacrificios constantes realizados por los ciudadanos en el curso de la historia para la emancipación individual y colectiva conquistada en los procesos de transición que han caracterizado a la civilización de la sociedad venezolana.

Es exigencia de la ética aplicada para recuperar la identidad y soberanía nacional, tanto en el contexto de las naciones como en el comportamiento con los organismos internacionales mediante la tipificación del desarrollo, la búsqueda de la recomposición de condiciones aceptables de vida para cada ciudadano, la consecución de un moderno funcionamiento y la organización de las estructuras de la sociedad, que si bien descansan en la voluntad política, tienen raíces en los profundos cambios ideológicos y programáticos de la economía, de la sociología, de la cultura.

No es utopía pregonar un nuevo comportamiento de la sociedad entera en el modo de concebir la política, lo jurídico, la economía, pero bajo un enfoque ético y humanístico, más cónsono con el intento de encontrar proposiciones de evaluación y de alternativas sociales que aseguren una evolución positiva del ser del hombre, en conformidad con los valores y principios definidos en la Constitución de la República.

Es nuestra obligación seguir los acontecimientos con sentido hermenéutico, es decir mediante un racionalismo evolutivo que, más allá de los postulados por la Escuela de Frankfurt, se fundamenta en el puro pragmatismo: el soporte teórico será utilizado para definir los aportes de las diferentes realidades históricas con las reflexiones que serán permitidas por los conceptos de razón instrumental y objetiva. Este es el camino analítico que indicamos para estructurar una formulación ética de la política y que intentaremos seguir en los límites de nuestro conocimiento.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/etica-aplicada_243329
Fotografía:
http://www.novacorrientes.com/nota.asp?n=2017_7_20&id=33974&id_tiponota=24

jueves, 29 de marzo de 2018

(DES) AFINACIÓN

EL NACIONAL, Caracas, 29 de marzo de 2018
La barbarie de la reflexión
José Rafael Herrera

Los “tiempos oscuros”, dice Vico, son característicos de los “estados ferinos”, esos estados primitivos de ignorancia y salvajismo, de hombres bestiales y voraces, que parecieran no haber abandonado jamás la prehistoria de la humanidad, porque, al igual que aquellos primeros bestioni –tal como dicen los versos de Lucrecia–, insisten en “llevar la vida según el modo de vagar de las fieras” (volvivago vitam tractabant more ferarum). Es la guerra hobbesiana de “todos contra todos”. Poco importa la tonalidad del barniz de entendimiento abstracto que, a lo largo de los más diversos corsi e ricorsi de la historia, los recubra –cuando los recubre– y que, a veces, les sirve de camuflaje. A pesar de los blasones de comando, la estrellas en los hombros o las medallas en el pecho. A pesar del traje de Boss, de los tacones de patente Vuitton, del último iPhone, del Mulco de oro guayanés fundido o de la lujosa, misteriosa, hermética y blindada camioneta oficial. Se les nota por encima, pero no a primera vista sino, más bien, con el primer juicio “claro y distinto” que resulta de la civilidad: el del conocimiento profundo del lenguaje “no humano”: el de los signos y las metáforas. No se puede ocultar tan facilmente en “ellos” la ya no tan “natural” inclinación por el despotismo.

Más allá de las linealidades, propias de una representación de la historia periodizada de “menor a mayor”, Vico demuestra que la historia de la humanidad ha sido mucho más compleja que la que muestran los esquematismos característicos de los positivistas. Más compleja y más diversa, como resultado de su meticuloso estudio sobre los tiempos oscuros, los mismos que, por ejemplo, hicieron pensar a Bolívar en la construcción de un centro de estudios superiores capaz de combatir las oscuridades del persistente 'estado de naturaleza'. Una Casa de Luz para vencer la oscuridad, la sombra proyectada por los mitos de los “héroes” y “caudillos”, justamente porque detrás de esa oscuridad se ocultan las ferocidades del salvajismo. No pocas veces detrás de la sombría hojarasca se oculta la serpiente, dice, más o menos, un adagio popular. Y la verdad es que, durante estos últimos años, la oscuridad ha arremetido con toda la brutalidad de sus fuerzas contra esa Casa –y contra todas las otras Casas que le son afines–, con el premeditado objetivo de retornar a la oscura noche de la ignorancia y la opresión. Hacer morir de mengua, por asfixia mecánica, la enseñanza, investigación y extensión universitarias es un crimen de lesa humanidad, un crimen contra la civilización, contra la verdad y contra el más sagrado de todos los derechos: la libertad. La universidad venezolana está siendo asesinada desde afuera y desde adentro por la barbarie de la reflexión, como la llama Vico.

Pero, ¿qué es y en qué consiste esta barbarie de la reflexión? En una reedición histórica y cultural, mucho más elaborada, aunque no por ello menos vil y lacerante, que la primitiva barbarie del sentido, previamente descrita por Vico. La compradora de huevos le reclama, no sin justicia, a la bachaquera: “Vieja, estos huevos están podridos”. La bachaquera le responde: “¡Qué! ¿mis huevos podridos? A mí me parece que usted es la que está podrida. ¿Me va a venir a decir algo de mis huevos?, ¿usted?, ¿no estuvo su padre comiéndose un cable en el llano, no se escapó su madre con el portugués de la panadería y no se murió su madre en un hospital por falta de medicinas? ¡Quién sabe Dios de dónde estará sacando los dólares para comprarse la ropa que lleva puesta! Si no fuera por ciertos “enchufados” uniformados muchas no estuvieran tan bien arregladas, dándoselas de grandes señoras”. En pocas palabras, la bachaquera del relato es una digna representante de las abstracciones propias de la barbarie reflexiva. Detrás de la simple transacción ovípara, el reclamo por la –tal vez aparente– podredumbre del cartón de huevos, se pone al descubierto la infinita incapacidad de cabal raciocinio y comprensión; pero con ello, y al mismo tiempo, se pone al descubierto la infinita capacidad de acumulación de prejuicios, mediada, justamente, por un lenguaje cosificado por la agresión, que va desde “Lusinchi es como tú” hasta “Todos somos Chávez” y del “Yo soy” al “Nosotros somos”. Y es que las abstracciones, propias de los extremismos –incluyendo las tangenciales “medianías” de los Snugs nuestros de cada día–, ponen en evidencia el predominio de una formación social y cultural determinada por el morbo característico de la barbarie de la reflexión.

No se aplaude ni, mucho menos, se llora la muerte del viejo creador de todo un sistema orquestal, porque lo importante no es que haya alcanzado indiscutibles y meritorios éxitos en la promoción y divulgación masiva de la juventud en beneficio de la música académica: lo importante es que se plegó dócilmente a un régimen tiránico, gansteril y corrupto, un régimen que ha hecho del terror y la manipulación las más eficaces armas para mantenerse, a toda costa, en el poder. Un régimen, además, que ha conducido directamente a la ruina a uno de los países más prósperos del continente. No se le imputa al viejo maestro que haya terminado instrumentalizando y descontextualizando los contenidos del arte musical en sí mismo, transmutando la educación estética en una auténtica cadena de montaje, y que, a consecuencia de ello, haya promovido el regresus de la comprensión de la música académica varios pasos atrás respecto de la síntesis a priori kantiana, al escindir las formas de sus contenidos, generando así un enorme daño para las nuevas generaciones musicales.

En suma, no se comprende que su incorporación a las filas de la barbarie del sentido es el efecto directo de su profunda sintonía con la causa de la barbarie de la reflexión. Es como si el presidente de un gremio profesoral exigiera elecciones nacionales dentro de los lapsos correspondientes y una nueva directiva del CNE, para poder participar en unas elecciones libres, transparentes, debidamente supervisadas por veedores internacionales y por organismos que den garantías de pulcritud en el proceso. Un justo reclamo, por cierto. Aunque en su gremio las elecciones estén vencidas desde hace años, la comisión electoral le sea tan favorable como el tribunal disciplinario, y no esté dispuesto ni a libertades ni a transparencias ni a supervisiones que pudiesen llegar a poner en grave peligro su absoluta hegemonía y control del gremio. Cosas, en fin, propias de la imbricada y tupida trama de los corsi e ricorsi que siguen las naciones.    

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/barbarie-reflexion_228650

domingo, 25 de febrero de 2018

CATÁSTROFE

De una bonificación delictiva
Luis Barragán

El siglo XXI es el de la siembra masiva e inaudita de los antivalores, fácil de constatar – por ejemplo – en las instalaciones del metro de Caracas, otrora referente del respeto, pulcritud, convivencia y solidaridad.  No hay ámbito de la vida social que escape a un discurso tan mortífero del poder que, empobrecido hasta el hartazgo, roe el expreso lenguaje de la violencia.

Comentaba una persona amiga, días atrás, una de las facetas de la catástrofe ética que todavía padecemos. Consternada,  escuchó a un grupo de adolescentes del ciclo básico que no sospecharon que un adulto las escuchaba involuntariamente en el duro surfeo urbano del vagón que coló el tenue comentario en un inaudito instante de silencio.

Quizá de trece o catorce años edad, una de las muchachas comentó que ya estaba decidida a embarazarse para cobrar el bono ofrecido por Nicolás Maduro, mientras que la otra le respondía que ya lo estaba, aunque insistía que no podía esperar más, pues, encarecía la tarifa de la abortista. Y tejiendo finamente la tan ajena conversación, nuestra confidente llegó a una terrible conclusión: necesitadas de dinero, por infame que fuese, las muchachas estarían prestas para el examen médico necesario a objeto darle alcance al dinero con el que esta dictadura – descaradamente – pretende chantajear a la población.

Testimonio alarmante y rigurosamente cierto, ilustra la gama insólita de los incentivos negativos que desea cosechar para cantar una victoria electoral que, literalmente, todo el mundo ya la sabe fraudulenta. Jamás, ni siquiera las más obscuras y sórdidas dictaduras que nos distinguieron en Venezuela, se había llegado tan lejos con una bonificación de naturaleza delictiva, en el marco de un país sumergido en la crisis humanitaria y la dislocación institucional.

El socialismo de las demoliciones, hace trizas la dignidad  de la persona humana para mantenerse en pie a cualquier precio.  Hablamos de jóvenes de hogares afectiva y materialmente empobrecidos que sucumben con extrema facilidad, sin que la escuela también empobrecida pueda auxiliarlas con una distinta y humana consciencia de síes y de los demás. 

19/02/2018:

domingo, 21 de enero de 2018

JUSTIFICADO SÍMBOLO

De una catástrofe ética
Luis Barragán

Se ha dicho mucho al respecto, aunque falta aún más, sobre la masacre de El Junquito. Ocurre en un momento particular de la crisis que ha abrasado, en primera instancia, a una dictadura que sincera su talante castro-comunista, y devora al resto del país que busca intensamente una correcta interpretación de los hechos para evitar la demolición emocional que se pretende.

Por lo pronto, poco podemos agregar a lo que circula principalmente en las redes sociales, acertando en un juicio que busca la profundidad necesaria, al lado de  otros que hacen una fácil concesión a la inmediatez, siendo susceptible de la manipulación gubernamental. Y es que el acaloramiento, distorsión y confusión también encuentra eco en una campaña contaminadora de contra-información, burlando la buena fe de quienes urgen de una válvula de escape para tanta indignación, rabia e impotencia.

Sólo destaquemos tres aspectos de un debate que no se agotará por demasiado tiempo, dada la inmensa gravedad de los  acontecimientos. Uno de ellos, irremediable citarlo, la duda razonable que generaron las acciones de Oscar Pérez y el grupo que liderizaba y , aún, en el supuesto de alguna mínima o mediana vinculación previa con un plan perverso del régimen, éste decidió aniquilarlos para que no quedase huella de una fechoría muy propia de las más conocidas empresas totalitarias del mundo: hipótesis que no debemos asumir como un insulto a la memoria de quienes resultaron héroes y mártires en un ambiente tan tupido de conjeturas y confusiones.

Lo otro, desmintiendo las más antiguas denuncias de violación de los derechos humanos que les concedieron legitimidad, los herederos de una izquierda que ha resultado peor en el poder de lo que ella misma imaginó, asediaron – sentenciándolos a muerte – a un número muy inferior de personas que se habían rendido y tuvieron el gesto gallardo de emplear las redes para reportar y soportar la situación, como pocas veces el mundo lo ha visto. En nada  importó a Maduro Moros el uso desproporcionado de la fuerza ante la mirada de todos y, después, completando la tragedia, hacer lo que le viniese en gana con los cadáveres acabando hasta con la propia escena del crimen.

Luego, el caso nos remite a los juicios de Nuremberg, por obra de una catástrofe fundamentalmente ética que, una vez superada la dictadura en Venezuela, ha de interpelarnos por las condiciones y actores que la produjeron casi impunemente, como por las alternativas de solución que todavía pujan entre sí. Cierto, determinante La Habana y sus fieles agentes venezolanos, mal podemos soslayar una realidad que ha experimentado y experimenta cambios muy lentos, pero seguros, en el orden espiritual de una sociedad hasta ahora condenada literalmente a sobrevivir.

Oscar Pérez y su grupo, se ha convertido en un justificado símbolo de la lucha por la libertad después de un sacrificio antes inconcebible, fallando la dictadura que también sembró dudas en torno a la autenticidad de sus posturas. Tarifado o no, la sola existencia de un partidario del oficialismo que intente justificar tamaña medida, algo más que policial, nos avisa de la necesaria, urgentísima e insoslayable reconstrucción de los principios y valores capaces de dar soporte a nuestra mismísima experiencia humana en este lado del mundo.

Fotografías: LB (Cementerio del Este, 20/01/2018).
22/01/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/31755-etica

viernes, 29 de diciembre de 2017

TINTA DENSA

EL PAÍS, Madrid, 30 de diciembre de 2017
TRIBUNA
Retorno a Wittenberg
Manuel Fraijó
 
Con cierta impaciencia debe estar contando Lutero las horas que faltan para que termine el año de su V centenario. Hay que imaginárselo contento, pero también algo exhausto a causa de tanta conmemoración. Con no poco asombro habrá tomado nota de la visita de los papas Benedicto XVI y Francisco a lugares emblemáticos del protestantismo; especial satisfacción le habrá producido escuchar sus himnos, una de sus mejores herencias, cantados en tantas iglesias católicas; y, como su corazón nunca dejó de ser del todo agustino, le habrá encantado la carta, tan serena y justa, que el prior general de los agustinos ha dirigido a la orden; y él, que tan agrios debates mantuvo con el cardenal Cayetano, habrá leído con asombro y honda satisfacción la excelente monografía que otro cardenal, Walter Kasper, le ha dedicado: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica; especial alegría debe haber sentido al leer el Acuerdo sobre la justificación, un documento ratificado oficialmente por ambas iglesias en el año 1999 que pone de manifiesto que el polémico concepto de justificación no es ya motivo de división; y, cómo no, se habrá interesado por otro documento, este del año 2017, titulado Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico-romana de la Reforma en 2017. Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos lo que ocurrió hace 500 años.

Con no poco agrado habrá tomado nota de la paulatina desaparición de la leyenda de las 95 tesis clavadas por él en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En realidad, las envió el 31 de octubre de 1517 a Alberto de Brandemburgo y a algunos obispos. Al no recibir respuesta, las envió a “hombres eruditos”. Fueron ellos quienes las difundieron. Lutero lo lamentó, ya que “no van destinadas al gran público”. Pidió disculpas al Papa, asegurándole que no las retiraba porque ya no estaba en su mano.

Pero tal vez la mayor sorpresa se la habrá dado quien le haya informado de que hace ya más de 60 años los católicos celebramos un concilio, el Vaticano II, en el que se aprobaron algunos temas por los que él tan denodadamente luchó: el sacerdocio general de todos los fieles; el uso de la lengua vernácula en la liturgia; la comunión bajo las dos especies; el protagonismo de los laicos en la Iglesia; la importancia de las comunidades locales; la Biblia como alma del cristianismo y de la teología. No sin cierta melancolía, Lutero habrá recordado su insistencia en la celebración de un concilio que Roma solo convocó en 1545, cuando ya no era posible la concordia. El concilio de Trento llegó demasiado tarde.

Y algo atónito se habrá quedado al leer los elogios que un dominico, Y. Congar, le ha dedicado: “Lutero es uno de los mayores genios religiosos de la historia”. Y sabiamente añade: “Lutero no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio juntamente con él”. Por suerte, los insultos de ayer han hecho sitio a los elogios de hoy. Y bien que lo necesita el Reformador. En sus últimos años sufrió notables desengaños y decepciones. Tuvo que ver, por ejemplo, cómo algunos protestantes abusaban de la justificación por la fe para entregarse a la pereza.

Con todo, su principal fuente de preocupación fue la Reforma misma. En sus horas de reflexión y soledad debió recordar cómo en 1483, año de su nacimiento, toda Europa era católica; en 1546, fecha de su muerte, casi la mitad del continente se había separado de Roma. Algo que, como sabemos, no ocurrió sin feroces enfrentamientos y abundante derramamiento de sangre. A Lutero le preocupaba el futuro de Alemania y Europa. Él sabía que no era el único responsable de lo ocurrido: fue decisivo el apoyo de los príncipes alemanes, cansados de las injerencias de Roma y de sus exigencias financieras. Pero sin la fuerza religiosa y visionaria del Reformador nada de lo que ocurrió hace 500 años habría sido posible. Captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo. Lo que no supo fue encontrar un sucesor apropiado. Lutero, que se definía a sí mismo como “un sajón, un rústico y duro sajón”, terminó enfrentándose con muchos de los que habrían podido sucederle. Th. Mann dirá que el Reformador fue “un bárbaro de Dios con bovina cerviz”. De acuerdo, pero aquel bárbaro de Dios, hombre de pensamiento y oración, contemplaba con honda preocupación el resultado de su propia obra.

Y, probablemente, nada le atormentó tanto como su actuación en la rebelión de los campesinos. K. Marx la califica como “el hecho más radical de la historia alemana”. Los campesinos se sublevaron contra la opresión a la que les sometían la Iglesia y los nobles. En un primer momento contaron con el decisivo apoyo de Lutero, pero cuando este constató que también los campesinos se lanzaban al pillaje, al asesinato y a la destrucción de conventos e iglesias, cambió de bando y animó a los señores a sofocar la rebelión a sangre y fuego; sus arengas son de tenor irreproducible. Al frente de los campesinos iba Thomas Müntzer, llamado “místico con martillo” y “reformador sin iglesia”. A Müntzer no le bastaba la libertad interior que predicaba Lutero, quería libertades concretas, políticas y sociales. Fue ejecutado al fracasar la revuelta en la que perecieron unos 70.000 campesinos. Algunos historiadores afirman que el fracaso de esta revolución adormeció por un par de siglos la actitud del pueblo alemán ante los desmanes del poder. Y analistas políticos bienintencionados sostienen que, si Lutero se hubiese aliado con los campesinos, habría corrido su misma suerte y nos habríamos quedado sin Lutero, sin Müntzer, y sin la Reforma. Parece una hipótesis plausible.

A partir de 1525, fecha de la derrota de los campesinos, Lutero entró en una crisis de la que ya nunca se repuso. Su prestigio declinó rápidamente. También su boda, celebrada en el mismo año 1525, sirvió de mofa para sus enemigos y de disgusto para sus amigos. Se había iniciado el declive del Reformador. El hombre que entre 1500 y 1530 publicó el 20% de los textos editados en Alemania se fue quedando sin inspiración. “Culpable” fue también el cuidado de sus seis hijos.

El final le llegó en la noche del 17 de febrero de 1546. Ocurrió en su pueblo, en Eisleben. Fue la muerte serena de un gran creyente cristiano. En realidad, Lutero deseaba ya el final: “He vivido mi vida, ya es hora de que me reencuentre con mis mayores”. Durante sus últimos años no podía andar, lo trasladaban en un pequeño carro. Su cadáver fue trasladado de Eisleben a Wittenberg donde se le tributaron impresionantes honras fúnebres. Melanchthon, su discípulo más fiel e inteligente, pronunció una emocionada oración fúnebre. La concluyó con estas palabras: “Se ha ido el carro y el auriga de Israel”. Después de este agitado 2017, el “auriga” retornará a su silencio de Wittenberg en espera del próximo centenario.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la UNED.

Ilustración: Eduardo Estrada.
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 24 de marzo de 2016
TRIBUNA
El enigma del fundamentalismo religioso
Manuel Fraijó
 
El fundamentalismo petrifica la Biblia y la convierte en autoridad absoluta”. Así se expresa, pensando en el cristianismo, el teólogo J. Moltmann. Identifica de esta forma una de las tentaciones de las religiones monoteístas: su fe puede, con relativa facilidad, deslizarse hacia convicciones absolutas. Intentemos una mínima clarificación.

Desde luego, nadie reprochará a las religiones que retornen una y otra vez a sus fundamentos. Sus fundadores y el credo al que ellos dieron lugar no puede ser un mero punto de partida que caiga en el olvido. Los orígenes no se marginan impunemente. Las religiones, como las personas y los pueblos, tienen grandes obligaciones contraídas con el recuerdo; sin él se perece. “Qué sea el hombre”, escribió el filósofo W. Dilthey, “solo se lo dice su historia”.

Es necesario, pues, que las religiones siempre vuelvan —sobre todo en tiempos convulsos— a su primera hora, a sus fundadores, a sus libros sagrados en busca de la anhelada identidad. Pero la identidad no es algo cerrado ni enlatado que se acumule solo en los inicios y condene a los nacidos después a ser meros repetidores. El momento fundacional no agota las posibilidades de configuración de los proyectos religiosos. El tiempo añadido, la tradición, los siglos transcurridos ayudan a perfilar la intuición originaria. Esos pasos intermedios reclaman también vigencia y cierta normatividad. Es más: se impone incluso una consideración amable del momento presente. Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios —los orígenes, la tradición y el momento presente— y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo.

El peligro fundamentalista afecta a múltiples ámbitos de nuestras sociedades. Sin embargo, resulta extraño que esté tan presente en las religiones, sobre todo en las monoteístas. Y es que, en palabras del teólogo W. Pannenberg, “el fundamentalista es el hombre de la cosa segura”. Pero ¿qué es lo seguro en las religiones? ¿No es la fe confiada, sin certezas ni evidencias, su seña de identidad? El mundo al que se asoman los creyentes es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, que debería resistirse a la chata objetivación fundamentalista. La experiencia religiosa se forja en contacto con símbolos, mitos, ritos y leyendas.

Se podría afirmar, con P. Ricoeur, que es “el reino de lo inexacto”. ¿Cómo se puede ser fundamentalista en un escenario tan resbaladizo, en un universo tan cargado de misterio e incertidumbre? Más bien parece que la persona religiosa debería estar familiarizada con el espesor de lo inefable, con los muchos nombres y rostros de lo divino. Todas las religiones saldrían ganando si incluyesen en su biblia pequeña el verso de José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero hasta entonces, hasta que no doblemos la última curva del camino, la verdad será una criatura huidiza, especialmente para el fundamentalista.

El filósofo H. Bergson abordó estos interrogantes distinguiendo dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera se agota en la búsqueda de seguridades. Su problema es el miedo, que intenta esquivar acumulando certezas doctrinales y pautas inmutables de conducta que defiende con ira, intransigencia y fanatismo. En definitiva, la religión estática rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica.

En cambio, la religión dinámica está familiarizada con las preguntas que “el terror de la historia” (M. Eliade) suscita. Sabe que preguntar es ser piadoso. De ahí que, según Bergson, la religión dinámica culmine en la mística. “Superhombres sin orgullo” llama a los místicos, cuya cima son para él san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. No puede extrañar que este gran europeo muriera (1941) pidiendo “un suplemento de alma” para un mundo en el que ya se vislumbraba que la mecánica estaba ganando la partida a la mística.

Destacados conocedores de la historia de las religiones monoteístas señalan dos ámbitos especialmente sensibles al fundamentalismo. En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente.

En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión.

Al comienzo de este siglo, profetas de mal agüero aseguraron que el siglo XXI sería “el siglo de Jesús contra Mahoma”. Es de esperar que aún estemos a tiempo de evitarlo. Y el mejor camino es el de la aproximación mutua, serena y reflexiva, más atenta a lo que une que a lo que separa. En su viaje a Centroáfrica el papa Francisco acudió a una gran mezquita musulmana a orar. En realidad, así fue al principio. Las crónicas narran que, tras cuatro meses de asedio, el califa Omar (632) conquistó Jerusalén sin ningún género de violencia. Entró como un peregrino, a lomos de un camello y vistiendo un manto usado. A la hora de la oración, el patriarca de Jerusalén, Sofronio, le ofreció su iglesia para que rezase en ella; pero Omar declinó la invitación con estas o parecidas palabras: mejor no, no sea que el día de mañana, después de mi muerte, algún musulmán te la arrebate diciendo: “Aquí oró Omar”. Un comienzo de diálogo prometedor.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Ilustración: Nicolás Aznárez.     
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 01 de noviembre de 2015
TRIBUNA
Avatares de la creencia en Dios
Manuel Fraijó
 
A la memoria de mi hermana Dolores (1942-2015)

En plena Ilustración europea se prohibían en España los libros que intentasen demostrar la existencia de Dios; se los consideraba peligrosos. Y es que Dios era tan evidente que no necesitaba demostración alguna. Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de nuestras tierras, en canalizar los ríos Manzanares y Tajo; pero una ilustre comisión de teólogos se declaró en contra con la siguiente sutil argumentación: si Dios hubiese querido que ambos ríos fuesen navegables le habría bastado con pronunciar un sencillo “hágase”. Si no lo hizo, sus razones tendría. Y no está permitido enmendarle la plana.

Salta a la vista que por aquellas fechas Dios era algo inmediato, asequible, presente, familiar. Era un dato más de la realidad, o incluso el gran dato. Europa y, por supuesto, España convivían sin mayores traumas con la fe en Dios, una fe heredada de las buenas gentes del pasado.

También parece obvio que en la actualidad Dios no encuentra fácil acomodo, al menos en la geografía occidental. Hace más de un siglo que Nietzsche, con su habitual desparpajo, lo envió a engrosar la lista del paro; lo declaró viejo y cansado, incapaz de asumir las tareas que los nuevos tiempos demandan. Y un gran conocedor e intérprete de Nietzsche, M. Heidegger, no tuvo reparo en afirmar que “en el ámbito del pensamiento es mejor no hablar de Dios”. Se tiene la impresión de que la recomendación del filósofo de la Selva Negra goza de notable aceptación. En España, constataba con ironía Antonio Machado, “se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca de Dios…”.

Se ha hecho un gran silencio sobre Dios; su muerte ha sido repetidamente anunciada. Lo hizo, pero sin triunfalismo ni euforia, Nietzsche. De hecho percibió como pocos que, sin Dios, sonaba la hora del desierto, del vacío total, del nihilismo completo. Acudió a tres certeras metáforas para ilustrar las consecuencias de la muerte de Dios: se vacía el “mar”, es decir, ya no podremos saciar nuestra sed de infinitud y trascendencia; se borra el “horizonte” o, lo que es igual, nos quedamos sin referente último para vivir y actuar en la historia, se esfuman los valores; y, por último, el “sol” se separa de la tierra, es decir, el frío y la oscuridad lo invaden todo, el mundo deja de ser hogar. ¡Noble forma de despedir a un difunto! Nietzsche era consciente de que la muerte de Dios cambiaba el destino del mundo y de la historia y le quiso dedicar un gran elogio fúnebre. Repetidamente se ha evocado el carácter clarividente, casi profético, de la figura de este genial escritor y filósofo. ¿Intuiría que un siglo después de su muerte, en nuestros días, nos íbamos a quedar casi sin mar, sin horizonte, sin sol? Tal vez fue consciente de la notable dificultad que entraña convertir en categorías seculares vinculantes los pilares religiosos de antaño.

No parece posible, ni lo pretende este artículo, retornar a los lejanos tiempos en los que la presencia de Dios era tan obvia que se contaba con él a la hora de canalizar los ríos. Occidente ha seguido, más bien, el itinerario de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la razón, y el tercero y último el hombre”. En el ámbito filosófico, la teología de ayer se llama hoy antropología. Y tampoco asistimos en la actualidad a contundentes proclamaciones de ateísmo. El ardor negativo de otros tiempos ha dado paso al desinterés actual. Muchos ateos de ayer prefieren llamarse hoy increyentes.

Y es que tal vez todos, creyentes e increyentes, nos hemos dado cuenta, como Bonhoeffer, de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su “invisibilidad”, en el carácter misterioso de su revelación. Bien lo sabía san Agustín: “Si lo comprendes, no es Dios”. De ahí que el aplomo afirmativo de otras épocas haya sido reemplazado por un incómodo balanceo entre el sí y el no. El maestro Eckhart era llamado “el hombre del sí y del no”. Se referían al carácter dialéctico de su pensamiento, también cuando hablaba de Dios. Solo abandonaba la dialéctica cuando se disponía a preparar una sopilla para los pobres; no había para él urgencia mayor.

Impresiona constatar cómo creyentes tan profundos y auténticos como José Gómez Caffarena se adherían a la “dramática ponderación entre el sí y el no a la fe cristiana”. En él vencía el sí, pero su fe supo de noches oscuras, de travesías del desierto. Y no es menor la impresión que causan algunas frases del papa Francisco: “Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien”. O esta otra: “Si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”. Y añade: “Un cristiano que lo tiene todo claro y seguro no va a encontrar nada”. Desde luego no estamos ante un lenguaje muy pontificio, pero sí hondamente humano, altamente teológico, y sensible a nuestro convulso siglo XXI.

No puede, pues, extrañar que dos grandes maestros de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth, se mostrasen abiertos a una teología más propensa a la pregunta que a la respuesta. Preguntado en una ocasión el primero si de veras se consideraba creyente cristiano, respondió con aire taciturno: “Sí, pero no a tiempo completo”. Obviamente no quería decir que, por ejemplo, era creyente en las horas centrales del día e increyente al atardecer. Sencillamente aludía al carácter débil, precario, de su fe; estaba traduciendo al lenguaje de nuestro tiempo el evangélico “creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad”. Rahner, calificado por H. Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, solo se consideraba, pues, creyente a intervalos. Es más: dejó escrito que lo de ser cristiano no es un “estado”, sino una meta, un ideal. Propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”. En parecidos términos se expresaba el otro gran maestro, en este caso de la teología protestante, Karl Barth, al rechazar la distinción entre creyentes e increyentes. Aducía que él conocía a un increyente llamado Karl Barth. En realidad, la tradición cristiana siempre supo que somos ambas cosas a la vez, creyentes e increyentes. Nuestro Unamuno lo expresó lapidariamente: “Fe que no duda es fe muerta”.

Por último: los avatares de la creencia en Dios son asunto de la “interioridad apasionada” (Kierkegaard) de cada creyente. Pero es posible que en ese secreto recinto personal se escuche la atormentada voz de Pascal con su inolvidable “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Es, de nuevo, la dialéctica entre el sí y el no, compañera asidua de la condición humana y de la creencia religiosa.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Eduardo Estrada
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Manuel Fraijó
 
Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.

De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.

Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.

Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.

No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.

Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.

Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.

“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.

La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.

Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.

¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.

Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.

La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.

Ilustración: Raquel Marín.
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Cfr. Manuel Fraijó: