Mostrando entradas con la etiqueta Agnes Heller. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Agnes Heller. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de marzo de 2020

OPORTUNIDAD

TRIBUNA:
Biopolíticas
Agnes Heller

Foucault descubrió una zona principal de conflicto potencial en la modernidad tardía: la cautividad del cuerpo en la cárcel del alma. La política de disciplina y castigo no era, según él, una reliquia de un estado de cosas obsoleto, sino que ilustraba la manera opresiva inventada por la propia modernidad para domesticar al individuo en un sistema que, de esta manera, se había extendido a la escuela, al hospital y a la prisión.Biopolítica es el resultado del conflicto entre los dos principios básicos en los que se funda la modernidad en su aplicación al cuerpo en la cárcel del alma: los valores de libertad y vida. Cuando la recomendación libertaria de Foucault es desatendida y el valor de vida (tanto en el sentido de mera supervivencia como en el de felicidad) pasa a ser predominante o exclusivo con respecto al cuerpo, hace su aparición la biopolítica. El prólogo a esta nueva y altamente problemática evolución fue el movimiento antinuclear de los años ochenta, cuya retórica era una combinación de la proyección apocalíptica y tendenciosa de unos peligros que no eran inminentes y un desprecio casi evidente hacia el valor de libertad, junto con una ceguera o mala fe política. En un mundo en que la Unión Soviética ha dejado de existir como gran potencia puede afrontarse el tema completamente legítimo del desarme nuclear sin que nos amenacen ya los peligros implícitos en la solución antinuclear. Sin embargo, su legado sigue vigente en el balanceo del péndulo que va del libertarismo a la biopolítica. Las primeras constricciones de este cambio aparecieron hace ya una década en la obsesiva campaña antitabaco y en las oleadas de culto a la salud. Ambas entraron en escena con un celo y un espíritu inquisitorial que parecerían corresponder más bien a una religión, y de hecho, desempeñaron la función de sucedáneos de la religión.

La biopolítica trata de tres temas, cada uno de los cuales es perfectamente legítimo, e incluso crucial, que son el medio ambiente, el sexo y la raza. La doctrina del medio ambiente ha hecho dos promesas. Ha prometido que se producirá un desplazamiento desde un progreso indiscriminado y global hacia la promoción de unas tecnologías seleccionadas y la prohibición de otras. La segunda promesadiscriminación de la mujer ha sido prohibida por la ley. Al mismo tiempo, cualquier observador realista sabe muy bien que estos cambios, por muy cruciales que sean, no han afectado todavía a la institución imaginaria de la sociedad, que la discriminación por razones de raza y sexo sigue siendo activa.Decidirse por una política de los sexos es en sí mismo un acto que consiste en seleccionar una opción particular de entre un conjunto de tres lenguajes: el universalista, el sexocentrista y el diferencialista. Al adoptar la primera opción, los movimientos de la mujer optan por el ideal de una humanidad universal y contra cualquier sustancia sexual o genérica. Éste es el famoso proyecto universalistahumanista, que ha sido criticado recientemente en muchos aspectos (con y sin razón), pero que, no obstante, seguirá atrayendo a muchos, tal vez a lamayoría. Al optar por la categoría abarcadora de sexo o género, el movimiento está optando por la biopolítica. Y, por último, adoptar la opción de las diferencias individuales, que no implica ni una homogeneización universalista ni una sustancialización de los géneros, es la decisión que parece estar en completa armonía con la prioridad de la libertad.

Seleccionar la categoría abarcadora de género implica, en primer lugar, que el movimiento queda completamente autoclausurado. Porque el género se presenta o como un dato genético-biológico, en cuyo caso tenemos una nueva teoría de la raza, con sus mitos habituales -que excluyen la comunicación racional con la otra raza- o se presenta como una entidad cultural surgida históricamente, en cuyo caso la autoclausura, la exigencia de una epistemología especial, todo el lenguaje del nosotros y el ellos, las teorías o las prácticas implícitas de una revancha histórica, no representan otra cosa más que la elección de una agresiva política sectaria.

La biopolítica de la raza empieza con una estrategia legítima, con el rechazo de la asimilación forzada por parte de grupos étnicos completos que nunca eligieron el lugar sobre la Tierra en el que ahora viven, sino que se vieron obligados a

RAúL ocuparlo (ya fuera por la esclavitud o por catástrofes naturales o sociales en sus respectivastierras de origen). Dado que la extendida política de los derechos humanos abre ahora las fronteras de muchos países, no carece de realismo predecir un nuevo volkserwanderung y, junto con ello, la presencia de autodefiniciones. Este será el tema político principal en la agenda de los noventa, en particular porque, a pesar de la legislación, la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo todavía viven en la edad de piedra en cuanto a la cultura emocional referida al otro, cuya presencia todavía suscita turbación y despierta animosidad.

Las exigencias perfectamente legítimas de los grupos étnicos se convierten en biopolítica, y, por consiguiente, en un dilema, sólo cuando esos grupos se definen a sí mismos como una raza. Porque es evidente que una autodefinición racial es una opción cultural y política, y no el descubrimiento de unos factores genéticos. Pero una vez que la opción política de una autodefinición racial ha sido adoptada, una vez que la diferencia está escrita en el cuerpo (por consiguiente, es aceptada la forma paradigmática de biopolítica), las consecuencias serán desastrosas y a menudo irreversibles. El lenguaje político será hipócrita, todo el conjunto de medios y herramientas de una cultura serán movidos a predicar el odioso y superfluo carácter de la cultura cuyo lenguaje habla el hablante y a negar la débil vinculación del hablante con él. El diálogo entre las razas (creadas políticamente) se romperá, puesto que las diferencias genéticas no pueden comunicarse racionalmente. Adquiere mucha importancia el peligro de que el antisemitismo se universalice y todos los grupos se conviertan en espantapájaros y blanco de odios, como lo fueron en su día los judíos, para cualquier otro grupo y reciban el trato correspondiente. Los grupos étnicos sin rasgos genéticos distintivos, al igual que las comunidades rituales que no tienen una identidad étnica especial, pueden convertirse en razas para el enemigo racista (en analogía con la frase de Sartre que decía que es el antisemita el que crea al judío), y recíprocamente, los grupos étnicos y las comunidades rituales pueden cerrarse cultural y políticamente a sí mismos hasta el punto de una incomunicación genética. En biopolítica, el primer paso fatal y reaccionario es renunciar a la comunicación, haciendo referencia al otro como alguien que de alguna manera no pqede entender nuestro lenguaje. Esta es la actitud que genera una conciencia fácil en el sentido de que todo está permitido contra el otro. Ésta es la actitud que implica la abolición de las mejores características de la Ilustración y un descarado retorno a la jungla social.

Hay dos maneras de tratar el cuerpo en la cárcel del alma. Una es idolatrar al cuerpo, entendido como raza y como sexo. Esta opción nunca nos sacará de la cárcel. Se abre otro camino, que consiste en aferrarnos rápidamente a la primacía de la libertad, del alma y el cuerpo. Ésta es nuestra única oportunidad.
(*) Agnes Heller es profesora de sociología de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1991:
https://elpais.com/diario/1991/12/12/opinion/692492401_850215.html
Cfr.
http://cedinci.org/2019/07/20/una-conversacion-con-agnes-heller/

lunes, 28 de agosto de 2017

VENEZUELA, TAN DICTADURA COMO LAS OTRAS

EL PAÍS SEMANAL, Madrid, 21 de agosto de 2017.
El País Semanal
Documentos. Entrevista
Agnes Heller: “El islamismo radical es peor que una dictadura”
Guillermo Altares

Es una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Sobrevivió al Holocausto, tuvo que huir de la Hungría comunista y aprendió a vivir en el exilio. Agnes Heller reivindica la bondad de las personas incluso en los peores momentos de la humanidad. La filósofa húngara reconoce que la Europa actual es mejor que la de su juventud, pero recuerda que el nacionalismo sigue imperando en el Viejo Continente y que el mundo es un lugar igual de peligroso.

Agnes Heller (Budapest, 1929) resume la historia de Europa o, mejor dicho, la tragedia de Europa. Esta filósofa, una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, sobrevivió al Holocausto, aunque su padre fue asesinado en Auschwitz. Después de la II Guerra Mundial, esta discípula del filósofo marxista Georg Lukács se convirtió en una disidente en la Hungría comunista, después de la invasión soviética de 1956, y acabó por exiliarse, primero a Australia, donde fue profesora en Melbourne, y luego a la Universidad de Nueva York. Sigue dando conferencias por medio mundo, aunque siempre regresa a un luminoso y aireado apartamento al sur de Budapest, desde el que se contempla una preciosa vista del Danubio. Es una mujer menuda, enérgica, cuyo desorden material contrasta con una mente ordenada, lúcida y sencilla. Los libros y revistas repartidos sobre las mesas de su salón, con temas que van desde el nazismo hasta Edmund Burke, reflejan una inagotable curiosidad intelectual, al igual que sus preguntas sobre el independentismo en Cataluña. Durante la conversación, ofrece una lección de vida cuando se le pregunta si confía en la razón. Responde que no, porque “en nombre de la razón han sido asesinados millones”. Entonces, ¿en qué cree? “En que siempre hay buenas personas, incluso en los peores momentos”, replica. Todo el peso de la historia del último siglo no le ha hecho perder su confianza en la humanidad.

¿Puede imaginar que Europa vuelva a una situación como la que usted vivió cuando era joven?

El pasado no puede volver y tampoco repetirse. No podemos regresar a algo así. La situación ha cambiado, las sociedades han cambiado. El mundo también tiene sus peligros, aunque son diferentes a los que existían antes.

Usted ha sobrevivido a los dos grandes totalitarismos del siglo XX. ¿Qué siente hacia la Europa en la que vive? ¿Se la imaginaba así?

Si la comparo con la Europa de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en el que vivimos. Pero tengo que reconocer que no estoy nada satisfecha con la situación de Hungría, aunque incluso así es mucho mejor.

¿Cree que Hungría sigue siendo una democracia plena?

¿Qué significa democracia en nuestra época? Se convocan elecciones prácticamente en todos los países del mundo. Incluso en dictaduras como Irán o Venezuela se vota de manera periódica. Los dirigentes son elegidos, también se mantiene alguna forma de oposición, como en la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan. ¿Podemos decir que son democracias porque sus dirigentes sean elegidos en las urnas? La cuestión está en saber por qué una mayoría se convierte en una mayoría, qué clase de ideología influye a la gente para que vote una cosa y no otra. Los dictadores logran el apoyo popular basándose en su doctrina. En Europa, hay una ideología muy importante, el nacionalismo. Aquí en Hungría tenemos una dictadura, de Viktor Orbán, que ha sido elegido dos veces y puede serlo una tercera. No hay prensa libre, no hay equilibrio de poderes, no hay instituciones fuertes, pero tenemos elecciones. Por eso lo importante no es saber si es una democracia, sino de qué clase de sistema hablamos. Lo esencial es que exista el imperio de la ley, instituciones fuertes que garanticen las libertades. Es lo que llamo democracia liberal, y para mí es la única que puede ser descrita como un sistema de derechos pleno. Las demás están gobernadas por un partido, por un líder, que puede gobernar por la fuerza, como Erdogan, o sin la fuerza, como Orbán.

Desde el caso Rushdie, cuando el escritor británico fue condenado a muerte por una fetua del ayatolá Jomeini, usted se ha mostrado muy crítica con los peligros que representa el islamismo radical. ¿Ha ido a peor? ¿Es un peligro para la democracia?

Sin duda, es peor que una dictadura, es un totalitarismo, su versión más extrema.

¿Y cree que en Occidente se ha sido tolerante con ese tipo de extremismo durante demasiado tiempo?

Es un problema de las democracias liberales. Creen que todo el mundo comparte su misma visión. Le voy a poner un ejemplo de mi juventud. Sitúese en Múnich en 1938. Piense en [el primer ministro británico Neville] Chamberlain, que acudió hasta la ciudad alemana con un pedazo de papel en el que pedía a Hitler la renuncia al uso de la fuerza. Se lo dio y lo firmó. Y Chamberlain lo vendió como una victoria. Las democracias liberales pueden ser naífs, creen que una firma en un papel o una declaración de Naciones Unidas significa algo.

¿Cree que algún día podrá entender cómo ocurrió el Holocausto, de dónde viene todo ese odio?

Se me escapa completamente. Quería entender ante todo dos cosas: ¿cómo es posible que las personas se sintiesen moralmente capaces de hacer eso? y ¿cómo las instituciones sociales y políticas se pueden deteriorar de tal forma que dejen que ocurra algo así? Nunca he logrado una respuesta. Lo que sí he llegado a comprender es que la idea de la Ilustración del siglo XVIII, la imagen de un progreso social constante, era un gran error. En el siglo XX vinieron Auschwitz y el Gulag. ¿Eso es progreso? El mundo es un lugar peligroso y siempre lo será. Debemos aprender a vivir con ello.

Pero usted mantiene que todas las desgracias del siglo pasado podrían haberse evitado.

Sin duda, empezando por la I Guerra Mundial, que es el pecado original de Europa. Sin ese conflicto, y sin la paz terrible que siguió, todo hubiese sido diferente. Pero no se puede reescribir la historia. Las cosas ocurrieron: el nacionalismo ganó la guerra frente al cosmopolitismo.

¿Cómo sobrevivió al Holocausto?

Como todo el mundo que consiguió salir vivo de aquello, por accidente. Mi padre fue asesinado en Auschwitz, mi madre y yo estuvimos a punto de morir, pero de alguna forma nos libramos. Los Flechas Cruzadas (los fascistas húngaros) mataron a muchos judíos junto al Danubio, pero pararon antes de llegar a nuestra casa. También me dispararon, pero como soy baja, el tiro pasó por encima de mi cabeza. En otro momento nos pusieron en una cola. Supe que no debíamos quedarnos allí porque nos iban a matar y logramos escapar. Aunque eso no fue suerte, sino instinto.

Muchos países rechazan estudiar la participación de sus propios nacionales en el Holocausto, no admiten que no fue solo un crimen cometido por los nazis. ¿Es el caso de Hungría?

Ningún país fue tan malo como Hungría. Piense que el 70% de los judíos franceses sobrevivieron a cuatro años de persecuciones nazis y que 500.000 judíos húngaros fueron asesinados en seis meses. [El oficial de las SS alemanas] Adolf Eichmann vino aquí con 300 personas. Los nazis no pudieron matar a 500.000 ciudadanos sin la ayuda de los húngaros. Hubo una complicidad enorme.

¿Y todo ese pasado es un peso para usted o, al revés, es algo que le hace más fuerte?

Es una pregunta muy difícil. En la época del Holocausto, lo único que tenía en mi mente era la supervivencia, mi madre y yo debíamos sobrevivir a eso. Pero después, cuando me encontraba en dificultades políticas, cuando estaba en la oposición contra el régimen comunista hice algo diferente. No solo quería sobrevivir, quería preservar mi dignidad, seguir siendo una filósofa, no renunciar a mis propias opiniones, pero tampoco a mi libertad personal. En esa época, tal vez fui valiente porque serlo significaba seguir siendo una pensadora, no adoptar compromisos con un Gobierno que despreciaba.

Usted mantiene que no le gustan los ismos, como el marxismo, porque le hacen defender cosas en las que no cree. ¿Significa eso que su libertad como pensadora está por encima de todo?

Fui marxista en una época, pero desde entonces no he querido ningún ismo, ni siquiera el de antimarxismo. Es algo que aprendí de Michel Foucault, que ningún filósofo puede sumarse a un ismo. Estábamos juntos en Nueva York y un joven se acercó a Foucault y le preguntó: “¿Profesor, es usted estructuralista o posestructuralista?”. Y él respondió: “Soy Michel Foucault”. No todos los filósofos contemporáneos pertenecemos a escuelas, tendencias…

¿El marxismo la obligó a tener posiciones que rechazaba?

Siempre fui una hereje. Quiero pensar con mi propia mente lo que considero bueno o malo, falso o verdadero.

En muchos de sus libros defiende la modernidad, la razón. ¿Sigue confiando en la razón?

No, ya no confío en la razón porque los totalitarismos nos han enseñado que los malos instintos pueden matar a miles, a decenas de miles, pero solo la razón puede matar a millones, porque la ideología basada en el pensamiento racional establece que matar es correcto. La maldad puede matar a unos pocos, pero es la persuasión, el llamamiento a la razón, lo que te puede llevar a hacer cosas mucho más terribles.

¿Y cree en algo que pueda hacer mejor a la gente?

Es una pregunta difícil. ¿Tengo que creer en algo? Tal vez pueda responder a su pregunta. Creo en algo: las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán. Y sé quiénes son las buenas personas.

¿Incluso en los peores momentos de la historia, como el nazismo o las dictaduras comunistas?
Sí, eso es algo que le contará cualquiera que haya pasado por una situación así, por los gulags o por los campos de exterminio. Muchos de los supervivientes deben su vida a alguien que los ayudó.

Usted fue una de las primeras pensadoras que investigaron el poder de la tecnología sobre la sociedad. ¿Imaginó alguna vez que llegaría a ser tan grande?

Claro que ha cambiado nuestra vida, pero no creo en la vieja fórmula marxista de que el desarrollo de la tecnología lleva al progreso de la humanidad. Es un fenómeno contradictorio: la innovación tecnológica puede ser utilizada para mejorar la vida humana, pero también puede destruirla. Es un medio, no un fin en sí mismo. Y no es una garantía del progreso en la historia.

¿Pueden los filósofos cambiar la sociedad en la que viven? ¿Se sigue escuchando su voz?

Marx dijo que los filósofos son los intérpretes del mundo y que solo los ciudadanos deben cambiarlo. Aunque es algo que me provoca ciertos problemas. Primero, los filósofos siempre han querido influir en la sociedad en la que vivían. Nunca se conformaron con explicarla. Pero la pregunta es saber con qué medios y objetivos querían hacerlo. Y muchas veces han querido convencer a los líderes absolutistas para llevar a cabo esas transformaciones. Desde Platón y el tirano de Siracusa hasta Sartre con Fidel Castro o Kruschev. Es el camino equivocado, nunca llegaron a persuadir al dictador de nada, solo mancharon su nombre. Pero hay otro tipo de pensadores que quieren participar en la vida pública, convencer a la sociedad, ofrecer un servicio, como Spinoza o Kant. Su filosofía era: utilízalo o déjalo de acuerdo con tus necesidades y tus intereses, son solo recomendaciones. Es lo que hizo por ejemplo John Locke, que influyó en los padres fundadores de la Constitución estadounidense. Nuestro deber es escribir libros, dar charlas, servir al público.

¿Por qué hay tan pocas filósofas mujeres en la historia?

También hay muy pocas pintoras o compositoras. Porque para dedicarse a eso se necesita la libertad, que es la primera condición de la productividad en la alta cultura. Ahora las mujeres pueden ser filósofas, directoras de orquesta, compositoras… La condición es la libertad.

De todos los cambios que ha vivido, ¿cuál es el más importante? ¿El cambio en la condición de la mujer?

Es la única revolución que no considero problemática y es la mayor de nuestro tiempo, porque no es una movilización contra un periodo histórico, sino contra todos los periodos. La única totalmente positiva, tal vez junto al desarrollo de los derechos humanos. Aunque nunca se pongan en práctica totalmente, es esencial que se planteen.

¿Puede haber una vuelta atrás en ese tipo de avances?

No creo que podamos regresar por un simple motivo: la tecnología, que ha cambiado la forma en que se organiza el hogar o la sexualidad, con el control de natalidad.

¿Y en ese sentido podemos ser optimistas? ¿Qué es el optimismo?

La liberación de la mujer es la única revolución sin zonas oscuras. Ninguna otra se ha llevado adelante sin problemas. La igualdad de la mujer, que no está aquí todavía pero que va a ocurrir, también traerá nuevos problemas y también retrocesos.

¿Qué ha aprendido de sus exilios?

Me gusta Melbourne, me gusta Nueva York, pero mi casa es Budapest.

¿Y cómo lidia con todos los recuerdos que tiene aquí, algunos terribles?

Es mi casa. ¿Cómo puede una vivir sin sus recuerdos? Tengo buenos y malos.

¿Le preocupa el crecimiento del antisemitismo en Europa?

Existe en toda Europa, el problema es cuando los Gobiernos lo apoyan o crean las condiciones para su desarrollo.

Ha citado a Spinoza y Kant como dos grandes defensores de la libertad. ¿Qué filósofos deberíamos leer?

La nueva generación está formada sobre todo por pensadores analíticos, hay una cierta falta de originalidad, se dedican a resolver problemas, no a crear. La filosofía es un género europeo. Todos los pensadores fueron refutados por otros, pero resisten cualquier falsificación porque nos hablan directamente. Aristóteles dijo que Platón estaba equivocado; lo mismo pensó Spinoza de Aristóteles, y Locke sobre las ideas de Spinoza. No importa. Todos siguen vivos porque nos proporcionan algo precioso: la libertad de pensamiento.
Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/agnes-heller-entrevista/
Fotografías: Zsófia Pályi.

SINO ... ¿TODO LO CONTRARIO?

EL MUNDO, Barcelona, 25 de agosto de 2017
 FUERA DE LÍNEA
Ni el Cid ni Chamberlain
Raúl Conde

Desconsuela que Occidente siga comportándose ante las amenazas a las que se enfrenta con ese punto naíf de aquel París burgués y hedonista que Chaves Nogales relató en La agonía de Francia. Tanto como las fútiles apelaciones a detener la Guerra al Infiel con bravuconadas y generalizaciones de 140 caracteres.

No hay soluciones simples para problemas complejos. Pero la sensación de vulnerabilidad ante la ofensiva del Estado Islámico (IS) en suelo europeo tal vez explica algunos de los disparates que hemos escuchado después de los atentados de Barcelona y Cambrils. Pretender aplastar al IS agitando la islamofobia resulta tan inicuo como soslayar la responsabilidad de Arabia Saudí en el cultivo del salafismo. Los regímenes del Golfo Pérsico promueven el sentimiento antioccidental en el mundo árabe y patrocinan la corriente supremacista y mesiánica del islam, algo que nunca fue un impedimento para que la comunidad internacional, en aras de la política real, los validara como interlocutores centrales en el tablero geopolítico. No conviene disparar la demagogia, pero tampoco nuestros principios.

Oriana Fallaci pronosticó con acierto que el fin del terrorismo yihadista no llegaría con la derrota de los taliban. Sin embargo, lanzó una furibunda invectiva contra los musulmanes, fermento de la repulsa europea a raíz de las matanzas perpetradas después del 11-S. Los discípulos de la reportera italiana piden más contundencia en Oriente Próximo -en pleno debilitamiento de la Autoridad Palestina y con Netanyahu, reforzado por Trump, manteniendo el asedio en la Franja de Gaza- y acusan a las potencias occidentales de buenistas. En cambio, no parece que el intervencionismo militar haya dado resultados: invasión de Irak, muyahidines, derrocamiento de sátrapas como Sadam o Gadafi, guerra de Siria. Una sangría inútil. O peor aún: contraproducente.

Los especialistas han dejado claro que se puede combatir la Yihad sin necesidad de atizar el uso político de una masacre ni deslizarse por estériles debates semánticos sobre si estamos o no ante una guerra. Para empezar, habría que preguntarse por el reto de la integración. Por qué hay musulmanes europeos que entran en un colmado a comprar tabaco y después se entregan al terror en plena adolescencia: no basta, como escribe Cercas, con decir que los terroristas son aberrantes. Y, más que azuzar absurdas polémicas sobre los bolardos o el catalán, sería útil potenciar los mecanismos de Inteligencia en la UE -los Estados siguen sin compartir toda la información-; y mejorar la cooperación: el aviso de Bélgica sobre el imam de Ripoll y la descoordinación entre cuerpos revelan serias deficiencias en la lucha antiterrorista. A ello se suma el trabajo pendiente en materia policial. El éxito de la gestión informativa del atentado no tapa los fallos de los Mossos a la hora de detectar la existencia de una célula en la casa de Alcanar. Máxime teniendo en cuenta que un tercio de las mezquitas de Cataluña (cerca de 80) están controladas por salafistas mientras "Barcelona aglutina la mayor bolsa de radicalización yihadista de España" (Fernando Reinares).

La filósofa Agnes Heller, superviviente del Holocausto y disidente de la Hungría comunista, sostiene en El País Semanal que el islamismo radical "es peor que una dictadura, es un totalitarismo, su versión más extrema". Ante un enemigo así no cabe el apaciguamiento de Chamberlain ante Hitler, pero tampoco la espada del Cid. No se trata de tener miedo para tomar conciencia, sino de movilizar todos los recursos que amparan la democracia evitando al mismo tiempo la indolencia y el odio entre religiones.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/25/599efee9268e3eac148b4662.html
Fotografía: Susana Vera