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viernes, 15 de mayo de 2020

LA CAMPANADA MÁS SONORA

La biopolítica (I)
César Pérez Vivas 

“Nadie será libre mientras 
haya plagas” 
Albert Camus

En un artículo anterior me referí al impacto que el covid-19 está generando y va a generar en la globalización. Uno de los elementos más destacados en ese impacto tiene que ver con la política y con las ciencias que le sirven de auxilio, en la tarea de conducir la vida social. Es aquí donde la biopolítica toma nuevamente un rol protagónico a nivel global.
Conceptualicemos la biopolítica como el estudio del conjunto de acciones ejecutivas, legislativas, judiciales que se pongan en marcha para atender el impacto y los efectos de las pandemias, ataques biológicos, ecocidios, manipulaciones genéticas y otros eventos que afecten los equilibrios ecológicos del planeta, y en consecuencia, la salud, la seguridad y la vida de las personas a escala global o local. Su estudio también alcanzará los impactos sociológicos, económicos y culturales que dichas situaciones generen en el comportamiento de los ciudadanos y la forma como los gobiernos y los actores políticos manejen los mismos, en la tarea de conservar o conquistar el poder.
Históricamente han sido el derecho y la economía las dos ciencias que han soportado el oficio de gobernar, de ordenar la vida social, de atender las demandas humanas en su existir societario, así como regular el ejercicio de la autoridad que permite conducir a los hombres.
La evolución de la vida humana, de su organización social, de la ciencia y de la tecnología le ha dado a otras ciencias un rol preponderante en la gestión de la vida pública, hasta convertir a varias de esas ciencias en herramientas auxiliares que la política no puede desestimar.
Así, con el devenir de los años, la sociología, la comunicación social, la estadística, la física, la química y la medicina fueron impactando de forma significativa a la ciencia política. Se habla entonces de comunicación o política comunicacional, política energética, política de infraestructura, política sanitaria, etc.
El fenómeno del coronavirus vuelve a colocar a la biología, la ecología y la medicina en primera plana, a la hora de atender la función de gobernar, de gestionar el poder y de garantizar el bien común, que debe ser, el fin último de la verdadera política.
Los temas de salud pública han tenido una importancia histórica en la vida política. Desde los griegos, pasando por el imperio romano y demás regímenes políticos, los temas de salud han estado presentes en la gestión de los gobiernos.
El cuidado de los enfermos en las guerras, de los lisiados por ellas, de las epidemias, y en general las enfermedades, fueron tomando importancia en la vida de los pueblos y por ende de quienes gobernaban.
Tal ha sido la importancia ofrecida por la humanidad al tema de la salud, que la Organización de Naciones Unidas convocó la primera conferencia sanitaria internacional en junio de 1946, acordando el 22 de julio de ese año la creación  de un organismo mundial destinado a coordinar los esfuerzos de los gobiernos, de la comunidad científica, de las empresas y de los científicos para garantizar la salud de los seres humanos.
Nace allí la Organización Mundial de la Salud, fijándose el 7 de abril de 1948 como la fecha de entrada en vigor de su constitución, cuyo texto, además de los reglamentos y directivas son fuente importante del Derecho Internacional Público, y ente de importancia para todos los gobiernos del mundo.
No pretendo escribir ahora una historia de hechos trascendentes en esta materia a lo largo de la evolución de los sistemas políticos. Pero sí quiero poner el acento en el impacto que viene teniendo el tema de la biología, la biotecnología y las armas biológicas en el contexto del mundo globalizado.
Es en esta nueva etapa de la humanidad, con las modernas tecnologías de las comunicaciones y el transporte, cuando se ha facilitado de forma exponencial el movimiento de los hombres hacia todos los confines del planeta, transportando consigo a la misma velocidad enfermedades, que de otra forma, como ocurrió en otras etapas de la humanidad, estarían confinadas a  comunidades locales.
Igualmente, el desarrollo tecnológico facilita el intercambio de conocimientos, y hace más factible el uso de ellos para garantizar el avance de la calidad de vida de la humanidad, pero también facilita su manejo, para producir daños colosales a la integridad de la vida sobre el planeta.
En el siglo XX el gran temor de la humanidad fue sin duda el manejo de la energía nuclear. Su uso para fines bélicos generó no pocas situaciones de tensión en la geopolítica mundial. Pero también las fallas en el conocimiento y en su adecuado manejo generaron tragedias, que como la de Chernóbil trascendieron lo local.
Ahora en lo que va del siglo XXI el gran temor es el de la biotecnología y el de la guerra biológica. Estos riesgos, hoy mayores que los del terrorismo convencional, obligarán a la política a diseñar programas de bioseguridad que afectarán las costumbres y formas de vida del hombre contemporáneo.
En lo que va de siglo ya se habían presentado alertas importantes sobre el riesgo que corre la humanidad con la aparición o mutación  natural, o con el manejo genético de virus y bacterias que afectan o pueden afectar  a millones de seres humanos, y que incluso pueden diezmar o aniquilar de manera significativa a los habitantes del planeta.
La aparición del virus del ébola fue una campanada que la clase política del mundo no valoró en toda su dimensión, a pesar de que se levantaron voces autorizadas para alertar sobre los riesgos biológicos de la seguridad humana.
Una de esas voces fue la de Bill Gates, que en una breve y clara conferencia, organizada por la prestigiosa ONG TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) ofrecida en la ciudad de Vancouver, Canadá, el 18 de marzo de 2015 expresó:
”Cuando yo era chico el desastre más temido era vivir una guerra nuclear. Hoy la mayor catástrofe mundial es una pandemia. Si algo va a matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas será un virus muy infeccioso, mucho más que una guerra. No habrá misiles sino microbios. Gran parte de esto es que se ha invertido mucho en armamentos nucleares, pero se hizo muy poco en crear sistemas de salud para poder detener las epidemias. No estamos preparados».
Hace cinco años apenas, Gates lo vio con claridad, el mundo no lo oyó. Menos se preparó para esta dramática explosión. Las consecuencias estamos apreciándolas en estos  días. Ahora la humanidad está frente a un desafio. No hay duda de que el virus está impactando la política. Corresponde a la biopolítica tratar todo lo relacionado con el manejo del fenómeno.

08/04/2020:

La   biopolítica II
César Pérez Vivas

El miércoles 11 de marzo de 2020, el doctor Tedros Adhanom Ghebryesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, declaró la existencia de una “pandemia”, con la expansión del coronavirus. Se ha considerado que dicha declaración ocurrió demasiado tarde y se han ofrecido severos cuestionamientos por tal situación.
Si bien la veloz expansión del virus por el mundo captó la atención de los medios de comunicación y de las redes sociales, así como de empresas y centros de investigación, finalmente quienes vinieron a asumir las iniciativas, medidas y políticas para atender su impacto han sido los Estados y los Supraestados. Es decir, la conducción de los procesos sanitarios, sociales, económicos y políticos que el manejo de una crisis de esta magnitud requiere, fueron asumidos por los gobiernos en todas las latitudes y en todos los niveles.
La pandemia ha abierto nuevamente en sectores académicos y comunicacionales  un debate, sobre el rol del Estado y de los organismos internacionales, para la gobernabilidad de la sociedad global.
Esta tragedia humanitaria ocurre al comienzo de la tercera década del siglo XXI, en un momento en el que, en Occidente, han tomado de nuevo impulso las corrientes promotoras de la cuasi desaparición del Estado como entidad rectora de la vida social.
El triunfo de Occidente en la guerra fría, el fin de la historia, en la visión hegeliana que planteó Francis Fukuyama, desató una corriente partidaria de la desaparición del Estado, o de su reducción a una mínima expresión. Del Estado absolutista, del Estado comunista se nos propone pasar a la casi inexistencia del Estado. Una forma de encontrarse por los extremos, los promotores del comunismo, inspirados en la filosofía marxista, con los promotores del mercado absoluto, que sueñan con la sociedad en la que solo este regula la vida de la sociedad. En ambos casos ha imperado una visión reduccionista, economicista, de la vida humana. Para ambos sectores del pensamiento, la vida tiene su epicentro en la economía y debe ella ordenar la vida social.
El coronavirus ha venido para recordarnos, una vez más, lo polifacética que es la vida humana. Nos ha vuelto a llamar la atención sobre otros valores o referentes marcadores de su existencia, comenzando por la misma razón de vivir.
Cuidar la vida, la seguridad humana, la salud, la vejez son temas que tienen, sin lugar a dudas, un elevado componente económico, y por lo tanto las sociedades deben producir los recursos materiales y financieros capaces de atender esas necesidades. Pero tienen también elementos de orden espiritual, religioso, cultural, éticos y políticos que inciden sustancialmente en la vida social.
Arbitrar, gestionar y administrar las tareas y  los recursos necesarios para lograr la armonía y la paz social es una responsabilidad que algún actor de la sociedad debe asumir. Es aquí donde no cabe duda de que el Estado tiene un rol, una responsabilidad. No existe en nuestra civilización otra entidad con capacidad de gestionar estos elementos.
La tragedia humanitaria creada por la pandemia del covid-19 lo ha evidenciado de forma determinante. En todos los países han tenido los gobiernos que ponerse al frente de las medidas orientadas a combatir el virus, atender los enfermos y  los efectos colaterales, que una problemática de esa naturaleza  requiere.
Es la primera vez en la historia que buena parte de la humanidad tiene que detener su vida cotidiana, para someterse a un conjunto de medidas sanitarias tendientes a frenar la expansión del virus.
Aún en los países donde el sistema de salud es privado, donde los ciudadanos tienen que poseer recursos propios o disponer de un seguro para acceder a un servicio sanitario, la potencia destructiva del virus obligó a los gobiernos a disponer de evaluaciones y exámenes médicos financiados por las administraciones públicas, y a habilitar más espacios y recursos en los hospitales, crear hospitales de campaña, habilitar hoteles para servicio médico,  y atender a los enfermos, sin exigir seguro o pago, para poder preservar la salud colectiva. La atención no solo se limitó a sus nacionales, sino también a extranjeros, así estuviesen ilegalmente en sus territorios.
Hoy en día, después de la globalización del virus, nadie duda de la necesidad del Estado. El tema es qué tipo de Estado. Está en pleno desarrollo un debate de cuáles gobiernos, y qué tipo de Estados fueron o vienen siendo más eficaces en el manejo integral de la pandemia. Cuáles actuaron o están actuando con responsabilidad, eficacia, honestidad y transparencia. Cuáles aprovechan la tragedia mundial de la pandemia  para tratar de esconder sus limitaciones, bajezas y precariedades.
Fue el Estado chino, con sus prácticas autoritarias, el ejemplo que había que seguir, tal como lo señaló la firma consultora Eurasia Group, en un primer y, a mi juicio, apresurado informe. Fueron los países del suroeste asiático (Japón, Singapur, Corea del Sur) los que asumieron con responsabilidad y transparencia el desafío?  ¿Fueron las democracias europeas el mejor ejemplo? O ¿Estados Unidos mostró la eficiencia de su poder científico y económico? ¿Hay ejemplos que seguir en América Latina? Los hechos están en pleno desarrollo y su estudio también.
Lo cierto es que no hay ningún país donde corporaciones distintas al Estado hayan asumido la conducción de las medidas aplicadas para atender la emergencia sanitaria y sus consecuencias colaterales. Los gobiernos coordinaron los esfuerzos, convocaron a científicos, empresarios, gerentes, figuras públicas para desarrollar iniciativas, de diversa naturaleza, orientadas a atender la emergencia.

15/04/2020:

La biopolítica III
César Pérez Vivas 

Un aspecto fundamental, en el debate actual, respecto del impacto mundial del covid-19 sobre la salud, la economía, la sociología y la política tiene que ver con la bioseguridad. No solo ante la capacidad científica para investigar  la  expansión y mutación de los procesos biológicos, sino también, y esto es lo más trascendente, sobre los alcances de la manipulación genética que la moderna biotecnología ha venido produciendo. El desafío más trascendente está en la capacidad potencial para llevar adelante, en los próximos años y décadas, eventos y entes, con sus correspondientes impactos en la vida de la especie humana.
Si bien la información dominante, hasta el momento, es que el covid-19 se origina por una mutación, un salto, del virus desde animales hacia los humanos; ha tomado espacio en las redes sociales y en medios de comunicación respetables, la hipótesis de que es un virus mutado en laboratorios chinos, que por algún error humano se escapó de control y terminó contagiando a la humanidad.
También se ha diseminado la hipótesis de la propagación del virus como arma biológica,  lanzada por el régimen chino como una forma de lesionar  la economía de Occidente y especialmente de Estados Unidos, como parte de la disputa comercial que sostienen.
La tesis de la manipulación genética en laboratorios tomó cuerpo, en redes sociales, a partir de la difusión de un programa de la TV Italiana RAI, titulado TGR Leonardo. En su sección de noticias científicas, transmitido originalmente el 16 de noviembre de 2015, comunicó “cómo científicos chinos lograron crear un organismo modificado “al alterar la proteína de la superficie de un coronavirus encontrado en los murciélagos”, de modo que genera un síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). Según el informe, este virus creado en un laboratorio podría infectar a los humanos, lo que despertó un debate sobre si los aprendizajes obtenidos a través de este experimento justifican los posibles riesgos que implica”.
La difusión del video trajo una ola de indignación y preocupación, hasta el punto de que el director del citado programa de la TV italiana, Alessandro Casarin, en una declaración a la agencia italiana de noticias ANSA, el pasado 25 de marzo de 2020, explicó que el informe se basó en una publicación de la revista científica Nature. Apeló a otro informe de la misma revista para mitigar el efecto. En tal sentido declaró: “Hace solo tres días, la misma revista dejó en claro que el virus sobre el que se informó, creado en el laboratorio, no tiene relación con el virus natural [que causa] el covid-19”. (https://factual.afp.com/el-reportaje-de-la-tv-italiana-de-2015-sobre-un-virus-creado-en-un-laboratorio-en-china-no-tiene)
Todo ese conjunto de informaciones ha sembrado la duda respecto del origen real del virus y nos plantea el estudio de lo relativo al manejo genético de organismos en laboratorio.
China se ha apresurado, basándose en informes de científicos internacionales, a desmentir la manipulación genética (fruto de error humano y mucho más como arma biológica) como el origen del covid19, así lo difundió el portal Observatorio de la Política China, de donde tomo  lo siguiente:
“Un grupo de científicos concluyó recientemente que el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2), que provoca la enfermedad covid-19, no se creó en un laboratorio ni es un virus manipulado de forma intencionada. Según un artículo publicado el martes en Nature Medicine (la misma revista que generó el informe del programa de la TV italiana), Kristian Andersen, profesor asociado de Inmunología y Microbiología en Scripps Research, junto con profesores de la Universidad de Tulane, la Universidad de Sydney, la Universidad de Edimburgo y la Universidad de Columbia, analizaron los rasgos del virus y compendiaron sus conclusiones en el artículo “Origen aproximativo del SARS-CoV-2”.
Tras anotar que el SARS-CoV-2 es el séptimo coronavirus que se conoce que infecta a los humanos, aseguraron en el artículo: “Hay una evidencia muy fuerte de que el SARS-CoV-2 no es el producto de la manipulación intencionada”.
“Si se hubiese realizado manipulación genética, se habría utilizado probablemente uno de los varios sistemas de genética inversa disponibles para betacoronaviruses. Sin embargo, los datos genéticos muestran de forma irrefutable que el SARS-CoV-2 no se deriva de ninguna espina dorsal de virus utilizada previamente”, añadió el artículo”. (Fuente: https://politica-china.org/areas/sociedad/covid-19-se-origino-en-laboratorio)
El tema es de tal gravedad, por la magnitud del daño ocasionado y por ocasionar, donde no solo está en juego la vida y salud de la especie humana, sino la economía y la seguridad del planeta, que requiere de una investigación independiente para orientar a la opinión pública global sobre el verdadero origen del coronavirus en boga.
En tal sentido, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debería asumir la conducción de una investigación de esta naturaleza. Para tal fin es menester constituir una comisión científica internacional, con la presencia de investigadores de diversas nacionalidades, incluidos chinos, de reconocida solvencia en todos los órdenes, para ofrecer un informe concluyente respecto del origen de esta pandemia.
La humanidad lo requiere para saber a qué atenerse. Es fundamental para la formulación de la política a aplicar en el futuro inmediato, respecto de la aparición de este o de otros tipos de virus o bacterias, o de la manipulación genética, como también respecto a los efectos de otros elementos vinculados con la biotecnología.
Los estados y los organismos de la comunidad internacional, luego de lo ocurrido con el covid-19 no podrán vacilar en asumir su rol y en establecer normas reguladoras en toda esta materia.
Al final del siglo XX y a comienzos del presente, existía una gran resistencia al tema de las regulaciones. El modelo de estado interventor y regulador, luego de la caída del muro de Berlín, abrió paso una fuerte corriente desregulatoria. La pandemia nos está enseñando que debemos tener, en la actual situación de la humanidad, una ingeniería social y jurídica que nos ofrezca un mínimo de seguridad, respecto de las consecuencias en el manejo de la biología, la ecología y la biotecnología.
Sobre la necesidad de la regulación ya se había pronunciado el filósofo norteamericano Francis Fukuyama, quien luego de su libro El fin de la historia y el último hombre, proclamando el final del socialismo real, y  del Estado regulador, publicó en 2003 otra importante obra titulada El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica,  en el que reivindica la existencia de un Estado regulador, respecto de los trabajos que adelanta la ciencia en el campo biológico.
En dicha obra, respecto de ese polémico tema, se pronuncia de manera categórica en los siguientes términos:
“¿Cómo deberíamos reaccionar ante una biotecnología que, en el futuro, encerrará grandes beneficios potenciales y amenazas que pueden ser ora físicas y evidentes, ora espirituales y sutiles? La respuesta es evidente: debemos utilizar el poder del Estado para regularla. Y si la tarea rebasa la capacidad de cualquier nación individual, será necesario hacerlo en un marco internacional. Debemos empezar  a pensar, concretamente ahora, en cómo crear instituciones capaces de distinguir entre los buenos y los malos usos de la biotecnología, y aplicar dichas normativa con efectividad tanto nacional como internacionalmente.”  (Fukuyama, Francis. El fin del hombre. consecuencias de la revolución biotecnológica. Ediciones B, S. A. Barcelona (España). Agosto 2003. Páginas 27 y 28).
Fukuyama planteó el tema al comienzo del presente siglo. Han pasado 16 años desde entonces y la política no ha asumido a plenitud el tema. El mismo no ha trascendido los escenarios académicos, donde se reflexiona sobre la ética biotecnológica y sobre los alcances propiamente biológicos de dichas actividades.
La pandemia del covid-19 nos llama a estudiar el tema biotecnológico con mayor profundidad  y, sobre todo, a ofrecer definitiva respuesta. Quizá esta sea la campanada más sonora que sobre la materia se ha oído. Nos conmina a pasar de la filosofía y la investigación a la promulgación de reglas claras,  que garanticen la vida futura de la especie humana.

22/04/2020:
Imágines: 

domingo, 12 de abril de 2020

LOS EJES DE LA CARRETA

De los límites de la narrativa coronoviral
Luis Barragán


“Una formación discursiva no ocupa, pues,
todo el volumen posible que le abren por 
derecho los sistemas de formación de sus
objetos, de sus enunciados, de sus conceptos;
tiene, por esencia, lagunas, y esto por el sistema
de formación de sus elecciones estratégicas”
Michel Foucault (*)


En otra etapa de la vida republicana, el nombre de los directores nacionales de Epidemiología y de Defensa Civil, por ejemplo, serían familiares a los venezolanos que no atinan siquiera con el de los ministros del ramo, porque la pandemia ha sido ocasión para la reivindicación extrema de la cúpula del  poder que arbitra sobre la vida y la muerte  mismas. Constituye una reafirmación piramidal de la usurpación, traducida en un órgano rector para administrar al peligroso huésped,  dependiente directamente de las decisiones presidenciales y vicepresidenciales, con un solo ministro aventajado como vocero; y una reafirmación kelseniana de sus resoluciones, mediante un decreto de Estado de Alarma imposibilitado de cualquier debate parlamentario, de la opinión pública y de los expertos que la accedan.

Más allá de su obvia  pertinencia, la cuarentena ha agudizado el control social habitualmente ejercido por la delincuencia común, la precariedad y encarecimiento de los servicios médico-asistenciales, o las consabidas faenas represivas de la dictadura socialista.  El confinamiento es, prácticamente, el único recurso preventivo que emplea una población desasistida y, además, forzosamente auto-disciplinada,  aunque intuye o sabe que no lo vive igual o parecido a los países de una caracterizada democracia liberal, acercándose más al silencio resignado de aquéllos regímenes totalitarios que ocultan celosamente sus tragedias.

Puede aseverarse, hasta nuevo aviso, las redes digitales todavía ayudan a la conformación de una comunidad cada vez más amplia, espontánea y heterogénea para el intercambio necesario de información y de pareceres, capaz de ejercer una orientación y también una resistencia formidable ante el biopoder en auge. Susceptible de toda desviación, conciliando tácitamente la inquietud, la convicción y el pensamiento político con el antropológico, luce como una veta extraordinaria para el estudioso sobre el discurso común que está emergiendo, ojalá alternativo, con sus dificultades, truncamientos, desarrollos y promesas.

Inevitable digresión, nada fortuita o circunstancial  fue la  denuncia fundada que hizo María Corina Machado sobre la  inminente crisis humanitaria, por 2014, comprobada las generosas posibilidades que ofrece un pensamiento, una actitud y un compromiso de ruptura. Comprobando los límites angustiosos de una narrativa, por siempre temeroso de revelar las propias, Maduro Moros suele invocar las cifras del contagio y de la muerte de otros países que libremente las divulgan, como si bastara para convencernos  de su intención antes que de su diligente voluntad por salvar al país de esta y de otras tragedias. Sin embargo, imponiéndose,  otra vez constatamos la íntima naturaleza de un régimen que se realiza con el tráfico ilícito de la gasolina y de otros bienes escasos, como del asedio inconcebible de los llamados colectivos armados contra la dirigencia social y política de numerosas localidades, negado el combustible y el salvoconducto a los profesionales independientes de la salud.

Por consiguiente, no tratamos sólo de la biopolítica que lidia con el biopoder, según los términos consagrados por la literatura especializada, la que dispensó sus mejores atenciones al mundo occidental y el capitalismo avanzado, sino de una prolongada guerra no convencional que le ha asignado un papel al coronavirus, instrumentalizándolo para la supervivencia misma del régimen.  Sugiere, por lo pronto, el hallazgo, la apropiación y la maduración  de un discurso que está  lejos de agotarse, a favor de las libertades públicas y de la reivindicación de la condición humana, generador de múltiples estrategias que superan la sola interconectividad.

(*) “La arqueología del saber”, Siglo Veintiuno Editores, México, 1979: 110 s.

13/04/2020:
Ilustración: Ghee Beom Kim (no es un coronavirus).

lunes, 6 de abril de 2020

MICROFÍSICA DEL PODER (EJERCICIO)

Del poder que nos habita
Luis Barragán

Largo ejercicio al trillar la centuria que  juró en vano  promisoria,  el poder establecido se ha actualizado con la pandemia a través de un discurso que va más allá de lo verbal, realizándose  por la suerte de un conglomerado confidencial de ideas, gestos, actitudes, hábitos, percepciones,  trastocadas en cultura. Siempre por constituirse, jamás estable y confiable, fiel a las circunstancias que debe superar, concebido como una experiencia militar, nos aproxima con modestia y cautela a Michel Foucault y sus obras, por cierto, ya difíciles de hallar físicamente (https://www.bloghemia.com/2018/12/michel-foucault-obras-completas-en-pdf.html), sobre todo “Microfisica del poder” (1980), en alianza con Carlos J. Rojas Osorio y su “Foucault y el pensamiento contemporáneo” (Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995).

Escandalizada la opinión pública occidental por el arbitrario tratamiento que ha dado Viktor Orban, el gobernante húngaro que decretó el estado de excepción que luce tímido respecto a la aplicación hecha en Venezuela, el debate gana terreno en relación a la seguridad y a la cesión de los derechos ciudadanos. Anne Applebaum, no en balde ganadora del Premio Pulitzer por escribir sobre el Gulag y  finalista del National Book Award por revelar la hambruna stalinista de Ucrania, ha llamado la atención recientemente sobre la concentración del poder bajo el amparo del coronavirus, citando sendos ejemplos históricos  (https://www.anneapplebaum.com/2020/03/23/when-disease-comes-rulers-grab-more-power).

En nuestro país, sigue también postergado el inmediato tratamiento de otras dolencias y enfermedades, sujetos en lo posible todos al registro y seguimiento de las autoridades reales y sobrevenidas,  como varias y copiosamente se hizo con los más variados operativos (viviendas, alimentos, vehiculares, etc.), complementarios de los tributarios u otros parecidos, en un contexto sanitario ampliamente cuestionado.  La relación del poder con la población, es propia de los servicios de (contra) inteligencia, privando la sensación de una oportuna cuarentena para moderar la polémica política, quizá prolongable (al fin y al cabo, es un término ya propiamente médico), con el objetivo de una “renormalización” de la situación.

El pequeño artefacto electrónico de medición de la temperatura, ya visto en otras latitudes, no lo consigue  cualquier ciudadano en una botica, siendo monopolizado por las autoridades para simbolizar mejor su dominio en los espacios públicos, por ejemplo, además del intenso patrullaje (no precisamente de los profesionales de la salud).   Y, aunque frecuentemente no hallamos en Foucault las alternativas específicas y concretas a su diagnóstico, a esta suerte de mecanismos infinitesimales del poder que impiden el suministro de la gasolina para los médicos independientes, reprimiéndoles espontáneamente por videograbar sus angustiosas vicisitudes (https://twitter.com/reportesenlared/status/1245044197142470657), se une la convicción generalizada de que debemos librarnos de algo más que el coronavirus. 

Todos intuimos o sabemos que  no estamos ante un representante del Estado, como ocurrió, mal que bien, con la policía en tiempos pasados; e, incluso, como la hubo en la Caracas de 1834 de acuerdo a un extenso reportaje de Erasmo Colina (El Universal, Caracas: 24/04/1967). Por ello, la desconfianza frente a un poder que costará desmontar al habitarnos con una intimidad ganada por más de dos décadas que ahora se revela dramáticamente.

06/04/2020:

jueves, 2 de abril de 2020

OTRAS LATITUDES POLÍTICAS PARA LA PANDEMIA

Política en tiempos de crisis
Meritxell Batet / El País

Las crisis reclaman actuar. Esperamos decisiones claras, rápidas y efectivas ante amenazas que, de un modo u otro, superan nuestras capacidades ordinarias. Amenazas que, además, se identifican como tales unánimemente y, en consecuencia, parecen demandar respuestas únicas y correctas, ajenas al pluralismo propio de la política.
En este contexto, la política, que es esencialmente discusión, puesta en duda y pluralidad de opciones y respuestas, puede parecer prescindible cuando no disfuncional. Expertos y gestores parecen más adecuados que los políticos para hallar y poner en práctica tales respuestas correctas; y en efecto afloran sin cesar propuestas con ese aval y que se presumen alejadas de la discrepancia partidista.
Sin duda, la política está detrás de esas capacidades, ordinarias y extraordinarias, con las que contamos y que hoy se ven sobrepasadas por una crisis que pone de manifiesto sus limitaciones. Son decisiones políticas las que configuraron los instrumentos con los que contamos, las que determinaron la situación en que nos alcanza la crisis y hasta el número y calidad de los expertos y gestores existentes. Fueron decisiones políticas las que construyeron nuestro sistema sanitario, las que lo reforzaron y también las que fijaron sus límites. Es la política quien fija las prioridades sociales; y son las instituciones quienes permiten que esa fijación se haga de modo público, responsable, consciente de sus efectos y alternativas y con respeto de los valores que hemos decidido proteger reforzadamente. Ni los estudios de televisión ni las calles pueden hacerlo. Las instituciones públicas son nuestro instrumento más poderoso como sociedad; y son quizás el único instrumento para quienes disponen de menos recursos. Si no funcionan o no lo hacen suficientemente, podemos reformarlas o cambiar a sus miembros; pero no podemos permitirnos sustituirlas ni renunciar a ellas. Los ciudadanos necesitamos de las instituciones, pero las instituciones debemos escuchar sus demandas y atenderlas, en el marco de lo posible.
Esa es sin duda una discusión sobre el pasado, útil para recordar y para mejorar nuestras capacidades futuras, pues será también una discusión de futuro; pero de escasa ayuda para encarar la crisis, más allá de certificar la dignidad de quienes intervienen en el debate y prevenirnos frente a quienes quieren hacer de las crisis económicas, sanitarias o ambientales crisis institucionales
Hemos decidido mantener la discusión política durante esta crisis. Nuestros representantes y nuestros Parlamentos mantienen sus funciones y debaten sobre la acción frente a la pandemia de la Covid-19. Y adoptan las decisiones fundamentales al respecto. Así es en todos los países democráticos y así es en España. Y creo que es bueno exponer las razones para actuar así.
Expertos y gestores lo son en aspectos concretos. Pero las crisis invariablemente afectan a diversos ámbitos y valores; y exigen ponderar sus efectos en todos ellos. Esa ponderación es eminentemente política, también porque sobre el peso de los valores afectados no hay expertos, sino juicios y opciones personales y sociales, esto es, juicios y opciones políticas: de las posibilidades de proteger la vida a la sostenibilidad económica de nuestra sociedad, de la afectación a la dignidad al respeto de la autonomía y la eficacia, del coste presupuestario al mantenimiento del orden público.
La pluralidad, por otro lado, también existe en cuanto a las respuestas técnicas. Por desgracia, no hemos desterrado la incerteza y las crisis surgen siempre en ámbitos de duda e inseguridades. La “respuesta correcta” no es siempre fácil de identificar, ni hay consenso sobre la misma o sencillamente no existe. Confiar la decisión, en tales casos, a la política democrática es signo de humildad y respeto al otro, que quizás tenga razón; pero sobre todo es un instrumento para conseguir que esa decisión sea informada, razonada, integre el máximo de aportaciones; sea asumible por los ciudadanos y se adopte de modo plenamente responsable.
Hacer realidad estas exigencias es la tarea de la política. Las sesiones parlamentarias a las que sometemos decisiones y propuestas de los Gobiernos no son un escaparate para la lucha partidista ni una finalidad en sí mismas. Son nuestro instrumento fundamental para cada uno de esos objetivos:
1. Para explicar y razonar públicamente las medidas. Porque sólo las medidas convincentes tienen posibilidades de éxito. Y sólo se explica con convicción cuando debe darse respuesta al otro, cuando se enfrentan sus dudas, objeciones y alternativas. Expresarlas, considerarlas y responderlas es la obligación de oposición y Gobierno. Y por ello asumen la correspondiente responsabilidad.
2. Para integrar en las medidas el máximo de aportaciones y evitar que algunas pasen desapercibidas. Partidos y medios de comunicación enfatizamos lo que nos separa, pero la inmensa mayoría de decisiones parlamentarias integran posiciones de todos los grupos, más allá de la mayoría gubernamental existente. También, o sobre todo, en tiempos de crisis.
3. Para garantizar que quien decide lo hace sometido al control y a la presión del otro; que es consciente de las alternativas y que sabe que su posición debe contar con el rigor necesario para superar el escrutinio público y de la oposición. Y también para someter esas alternativas y ese control a las reglas propias del debate parlamentario y al mismo escrutinio público.
4. En fin, para poder responder a la crisis, la sanitaria y sus consecuencias sociales y económicas, con un uso intenso y responsable de lo público, que es quien siempre asume la respuesta y la responsabilidad de actuar. En crisis, nos refugiamos todos en los medios públicos, y a los representantes públicos corresponde en consecuencia dirigir la respuesta. De la crisis saldremos gracias a lo público; gracias, pues, a las decisiones políticas que lo generaron y a las que lo ponen en funcionamiento. Saldremos gracias a las instituciones de todos.
Pero estas finalidades no se alcanzan de modo automático. La política la hacemos personas, y de nuestra responsabilidad y acierto depende que el sistema parlamentario funcione y sus fines se hagan reales también en la gestión y superación de las crisis. En tales casos, el pluralismo de nuestros parlamentos debe ser solo un instrumento real para que prime la unidad en el objetivo que ahora todos compartimos: superar la crisis de la Covid-19. Para ello es requisito inexcusable el respeto por el otro; un respeto que nace de la necesaria humildad propia y de la conciencia de las limitaciones, las propias y las que impone la realidad.
Admitamos las limitaciones y asumamos, sin rendirnos, que en ocasiones chocaremos con obstáculos insuperables. Ni ciencia ni política son infalibles. Con muertes de seres queridos, con afectación de los negocios, con incertidumbre sobre el futuro, con pisos pequeños y sin luz… Sé que es difícil, pero más que reproches y diatribas, demoliciones y bilis, hace falta prudencia, serenidad, comprensión y empatía. Respeto por el trabajo y la contribución ajena y prudencia en su valoración; comprensión por el esfuerzo realizado e incluso por la impotencia que pueda encontrar; implicación en la oferta de respuestas; empatía y solidaridad con quienes más sufren, con quienes pierdan recursos, fuerzas y, sobre todo, personas queridas. Son esos los signos que distinguen a quienes luchan contra la crisis, quienes se comprometen para superarla, frente a quienes querrán utilizarla para sus intereses. A todos ellos, trabajadores hoy esenciales en tantos ámbitos, autoridades y representantes públicos responsables, muchas gracias.
(*) Meritxell Batet es la presidenta del Congreso de los Diputados.

Fuente:
Aaron Fávila (AP).Una máquina operada por un trabajador con traje protector lanza líquido desinfectante en una calle de Manila, en Filipinas, este jueves.
Cfr.
https://elpais.com/espana/2020-03-24/como-hacer-politica-desde-el-salon-de-casa.html

lunes, 23 de marzo de 2020

CONCESIÓN GRACIOSA PARA UNA EPIDEMIA DE MÁS DE SOBRIA

Del tiempo para una política de Estado, cuando haya … Estado
Luis Barragán

Todo brote, epidemia y, aún más, pandemia, tiende a actualizar y, en efecto, actualiza radicalmente los problemas sanitarios, aunque uno de los más dramáticos asuntos remita a la libertad de expresión, actualizando al  propio sistema político. Nadie - en su sano juicio -  puede imaginar largas  y extraordinarias diatribas para una situación absolutamente impostergable de emergencia, sentida y vivida como tal, pero tampoco aceptar y callar las manipulaciones del poder. 

La dictadura socialista que no garantiza el suministro  de electricidad y de agua, demasiado poco hizo por  la salud y la salubridad del país, convertido Barrios Adentro en una vulgar bandera demagógica. Desde hace muchos años, no se atreve a divulgar las cifras alusivas, ni siquiera ante la proximidad o en medio del más modesto brote, cuidando muy bien de perseguir a cualesquiera galenos, enfermeras, camilleros o aseadores que refieran algo sobre la suerte de nuestros hospitales, equipos y demás insumos médicos.

El decreto de Estado Alarma  llena las formalidades que la empeñan, como si la comunidad internacional no supiese de ella, aunque obviamente no  atreve su remisión a la Asamblea Nacional para una  mínima evaluación, mientras asume la cuarentena más como una experiencia militar que médico-asistencial. La temerosa dictadura vela – ante todo – por ella misma, siendo inevitable que la ciudadanía pregunte – aparentemente resignada - sobre el incierto abastecimiento de los productos básicos, luego de hacerlo por una mascarilla o un medicamento, galopando veloz la hiperinflación. 

No puede evitar la denuncia y la protesta ciudadana, adquirida y ejercida una clara conciencia de la solidaridad con el ánimo de fortalecer a los médicos, enfermeras y demás trabajadores de la salud. Empero, esta dictadura se lleva  preso Darvinson Rojas, so pretexto del coronavirus; o el ministro usurpador de Educación Superior literalmente dona al Servicio de Infectología del Hospital Universitario antibacteriales y bragas cual concesión graciosa en tiempos del coronavirus.

Por cierto, en días pasados, un columnista de El País, Emiliano Monge, aseguraba que el tiempo del coronavirus no es el de los políticos, y sólo los ciudadanos comunes deben obedecer a funcionarios expertos, investigadores, médicos y enfermeros. Debe dar gracias a Dios que no hiciese acá, en Venezuela, la cuarentena, pues, no diría tamaña sandez.

23/03/2020:
Cfr.

lunes, 16 de marzo de 2020

DE LA GRIPE ESPAÑOLA AL CORONA VIRUS: EL BIOPODER

De la biopolítica
Luis Barragán

La indeseable recepción del coronavirus,  ojalá auspicie una discusión en torno al modelo biopolítico del poder establecido en Venezuela.  En contadas ocasiones leído, Michel Foucault arroja luces en una materia escasamente conocida por la opinión pública, aunque sabemos de destacados académicos e, incluso, amigos columnistas que lo dominan, al igual que a Giorgio Agamben o Byung-Chul Han, pero quizá la barrera  (¿infranqueable?) de la pusilanimidad generalizada no permite ir más allá del simple enunciado.

Versamos sobre autores que escrutan la realidad de los países capitalistas avanzados, con observaciones y juicios valederos y puntuales. Empero, inicial impresión personal, olvidan algo más que las vicisitudes experimentadas en aquellas latitudes que están bajo regímenes totalitarios, realizando la barbarie, como ocurre en este lado del mundo.

En una ocasión, en el curso de una intervención ante la plenaria de la Asamblea Nacional relacionada con la detención inconstitucional de varios diputados, equiparando a La Tumba con La Rotunda que algunos colegas, después, consideraron exagerada, nos referimos a la inaudita y absoluta disposición corporal de los prisioneros comunes y aún más políticos, como si la sola aprehensión autorizara al Estado para desconocerles los más elementales derechos humanos.  Admitimos, fue quizá una convicción o intuición que afloró al calor del debate que, luego, le encontramos sentido y pertinencia acaso por algunas de las viejas y dispersas lecturas referidas al llamado biopoder.

El asunto nos remitió al mundo real de las exclusiones de un régimen que orwellianamente ha predicado la inclusión, pues, a los suyos, portadores activos y notorios del Carnet de la  Patria, únicamente les llegan los alimentos y, además, de mala calidad (las cajas CLAP como sublimación de las tarjetas cubanas de racionamiento); gozan de cualesquiera bonos orientados al aplacamiento de los ánimos, subordinándolos; cuentan con la transportación segura y confortable de los “Yutong” para las movilizaciones partidistas, mientras que el resto del país está condenado a unidades tan antiguas, precarias como inseguras; o, aleatoriamente, pueden privilegiarlos con algún tipo de asistencia médico-hospitalaria, a la vez que se ha hecho habitual la muerte de neonatos o niños en los centros públicos, encarecidos los privados.

Nada casual que la literatura no llegue físicamente  al país,  días atrás descubrimos, pendientes de releer, un título de   Agamben (https://tac091.files.wordpress.com/2008/12/agamben-giorgio-homo-sacer.pdf),   cuya definición de la nuda vida (“la vida a quien cualquiera puede dar muerte”), nos condujo a los escandalosos indicadores de muertes violentas o callejeras en Venezuela.  Útiles las redes sociales o digitales, a propósito del COVID-19, nos interesamos por una de las pestes que padecimos en el siglo XX, atentos a los aportes de Ramón Alberto Rivero, Jerjes Meléndez Núñez y Luis Heraclio Medina Canelón para Facebook. Y hasta – receptiva – consultamos a un contacto de Twitter, Ingrid Lares, quien se identifica como sociólogo foucaultiana, haciendo caso de su recomendación: “Vigilar y castigar”,  del autor francés.

Reproducción: Tomada de la cuenta facebookeana de Ramón Alberto Rivero.
16/03/2020:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36558-biopolitica

sábado, 14 de marzo de 2020

OPORTUNIDAD

TRIBUNA:
Biopolíticas
Agnes Heller

Foucault descubrió una zona principal de conflicto potencial en la modernidad tardía: la cautividad del cuerpo en la cárcel del alma. La política de disciplina y castigo no era, según él, una reliquia de un estado de cosas obsoleto, sino que ilustraba la manera opresiva inventada por la propia modernidad para domesticar al individuo en un sistema que, de esta manera, se había extendido a la escuela, al hospital y a la prisión.Biopolítica es el resultado del conflicto entre los dos principios básicos en los que se funda la modernidad en su aplicación al cuerpo en la cárcel del alma: los valores de libertad y vida. Cuando la recomendación libertaria de Foucault es desatendida y el valor de vida (tanto en el sentido de mera supervivencia como en el de felicidad) pasa a ser predominante o exclusivo con respecto al cuerpo, hace su aparición la biopolítica. El prólogo a esta nueva y altamente problemática evolución fue el movimiento antinuclear de los años ochenta, cuya retórica era una combinación de la proyección apocalíptica y tendenciosa de unos peligros que no eran inminentes y un desprecio casi evidente hacia el valor de libertad, junto con una ceguera o mala fe política. En un mundo en que la Unión Soviética ha dejado de existir como gran potencia puede afrontarse el tema completamente legítimo del desarme nuclear sin que nos amenacen ya los peligros implícitos en la solución antinuclear. Sin embargo, su legado sigue vigente en el balanceo del péndulo que va del libertarismo a la biopolítica. Las primeras constricciones de este cambio aparecieron hace ya una década en la obsesiva campaña antitabaco y en las oleadas de culto a la salud. Ambas entraron en escena con un celo y un espíritu inquisitorial que parecerían corresponder más bien a una religión, y de hecho, desempeñaron la función de sucedáneos de la religión.

La biopolítica trata de tres temas, cada uno de los cuales es perfectamente legítimo, e incluso crucial, que son el medio ambiente, el sexo y la raza. La doctrina del medio ambiente ha hecho dos promesas. Ha prometido que se producirá un desplazamiento desde un progreso indiscriminado y global hacia la promoción de unas tecnologías seleccionadas y la prohibición de otras. La segunda promesadiscriminación de la mujer ha sido prohibida por la ley. Al mismo tiempo, cualquier observador realista sabe muy bien que estos cambios, por muy cruciales que sean, no han afectado todavía a la institución imaginaria de la sociedad, que la discriminación por razones de raza y sexo sigue siendo activa.Decidirse por una política de los sexos es en sí mismo un acto que consiste en seleccionar una opción particular de entre un conjunto de tres lenguajes: el universalista, el sexocentrista y el diferencialista. Al adoptar la primera opción, los movimientos de la mujer optan por el ideal de una humanidad universal y contra cualquier sustancia sexual o genérica. Éste es el famoso proyecto universalistahumanista, que ha sido criticado recientemente en muchos aspectos (con y sin razón), pero que, no obstante, seguirá atrayendo a muchos, tal vez a lamayoría. Al optar por la categoría abarcadora de sexo o género, el movimiento está optando por la biopolítica. Y, por último, adoptar la opción de las diferencias individuales, que no implica ni una homogeneización universalista ni una sustancialización de los géneros, es la decisión que parece estar en completa armonía con la prioridad de la libertad.

Seleccionar la categoría abarcadora de género implica, en primer lugar, que el movimiento queda completamente autoclausurado. Porque el género se presenta o como un dato genético-biológico, en cuyo caso tenemos una nueva teoría de la raza, con sus mitos habituales -que excluyen la comunicación racional con la otra raza- o se presenta como una entidad cultural surgida históricamente, en cuyo caso la autoclausura, la exigencia de una epistemología especial, todo el lenguaje del nosotros y el ellos, las teorías o las prácticas implícitas de una revancha histórica, no representan otra cosa más que la elección de una agresiva política sectaria.

La biopolítica de la raza empieza con una estrategia legítima, con el rechazo de la asimilación forzada por parte de grupos étnicos completos que nunca eligieron el lugar sobre la Tierra en el que ahora viven, sino que se vieron obligados a

RAúL ocuparlo (ya fuera por la esclavitud o por catástrofes naturales o sociales en sus respectivastierras de origen). Dado que la extendida política de los derechos humanos abre ahora las fronteras de muchos países, no carece de realismo predecir un nuevo volkserwanderung y, junto con ello, la presencia de autodefiniciones. Este será el tema político principal en la agenda de los noventa, en particular porque, a pesar de la legislación, la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo todavía viven en la edad de piedra en cuanto a la cultura emocional referida al otro, cuya presencia todavía suscita turbación y despierta animosidad.

Las exigencias perfectamente legítimas de los grupos étnicos se convierten en biopolítica, y, por consiguiente, en un dilema, sólo cuando esos grupos se definen a sí mismos como una raza. Porque es evidente que una autodefinición racial es una opción cultural y política, y no el descubrimiento de unos factores genéticos. Pero una vez que la opción política de una autodefinición racial ha sido adoptada, una vez que la diferencia está escrita en el cuerpo (por consiguiente, es aceptada la forma paradigmática de biopolítica), las consecuencias serán desastrosas y a menudo irreversibles. El lenguaje político será hipócrita, todo el conjunto de medios y herramientas de una cultura serán movidos a predicar el odioso y superfluo carácter de la cultura cuyo lenguaje habla el hablante y a negar la débil vinculación del hablante con él. El diálogo entre las razas (creadas políticamente) se romperá, puesto que las diferencias genéticas no pueden comunicarse racionalmente. Adquiere mucha importancia el peligro de que el antisemitismo se universalice y todos los grupos se conviertan en espantapájaros y blanco de odios, como lo fueron en su día los judíos, para cualquier otro grupo y reciban el trato correspondiente. Los grupos étnicos sin rasgos genéticos distintivos, al igual que las comunidades rituales que no tienen una identidad étnica especial, pueden convertirse en razas para el enemigo racista (en analogía con la frase de Sartre que decía que es el antisemita el que crea al judío), y recíprocamente, los grupos étnicos y las comunidades rituales pueden cerrarse cultural y políticamente a sí mismos hasta el punto de una incomunicación genética. En biopolítica, el primer paso fatal y reaccionario es renunciar a la comunicación, haciendo referencia al otro como alguien que de alguna manera no pqede entender nuestro lenguaje. Esta es la actitud que genera una conciencia fácil en el sentido de que todo está permitido contra el otro. Ésta es la actitud que implica la abolición de las mejores características de la Ilustración y un descarado retorno a la jungla social.

Hay dos maneras de tratar el cuerpo en la cárcel del alma. Una es idolatrar al cuerpo, entendido como raza y como sexo. Esta opción nunca nos sacará de la cárcel. Se abre otro camino, que consiste en aferrarnos rápidamente a la primacía de la libertad, del alma y el cuerpo. Ésta es nuestra única oportunidad.
(*) Agnes Heller es profesora de sociología de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1991:
https://elpais.com/diario/1991/12/12/opinion/692492401_850215.html
Cfr.
http://cedinci.org/2019/07/20/una-conversacion-con-agnes-heller/

ZOOM ELEKTRONIKON

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Del mutante humano y otras veleidades más (I)
Nelson Chitty La Roche

“…Vivir en sociedad es vivir de tal modo que la acción sobre las acciones de los otros sea posible […]. Una sociedad sin relaciones de poder solo puede ser una abstracción […]” (Foucault, 1991)

Los filósofos, los sociólogos, los biólogos, los políticos, los intelectuales y en general los testigos de la actualidad, periodistas, comunicadores, publicistas, advierten que ni el hombre es el mismo que había sido pensado ni la sociedad tampoco se muestra como lo que era. Hay un mutante perceptible entonces deambulando con nosotros, en nosotros y entre nosotros.
En realidad nada es igual ni lo puede ser porque el cambio está en la naturaleza de todo lo que es, pero cabe interrogarse sobre la esencia de la condición humana, individualidad y fin en sí mismo e integrante de la sociedad que lo crea, abriga, asiste y eventualmente redime al menos parcialmente de su animalidad. El proceso que vive el hombre desde que nace con su entorno, lleva a él más que intuiciones, auténticas elaboraciones que, en su complejidad, lo descubren y enseñan a ser lo humano que puede ser. El resto, empero, queda de su cuenta.
No hay pues humano sin humanidad y, aunque el individuo insista y prefiera su mundología sobre otra conexión, está el susodicho imbuido del ser social que lo acompaña, incluso a pesar de sí mismo. Para fortuna o desgracia así pareciera ser y basta leer a Primo Levi para contactar ese espíritu conocido y extraño eventualmente. Qué es el hombre, diríamos, sin responder confiadamente la interrogante.
No debo, sin embargo, hurgar más en esos misterios inextricables sobre la naturaleza humana, porque ni tengo la destreza ni el conocimiento. Me limitaré a focalizar, no obstante, alguna sintomatología perceptiva en el yo social y que me disculpe Carlos Vela si incurro en el sintagma, pero creo sincronizarla mejor, ubicado en esa perspectiva.
El humano de hoy, y advierto que este tiempo es un modelador intenso y agresivo, nos trajo al por algunos denominado zoom elektronikón y como resultado pudiera o alteró la dinámica del zoon politikon que nos legó el gigante de Estagira. Un ser signado por variables que lo rodean y lo influyen pero que lo potencian igualmente, emerge desde la revolución electrónica, la inteligencia artificial y el culto a su propia individualidad que como otro espectáculo lo fascina y seduce aunque no lo satisfaga. Su ontología es otra, su conocimiento, su racionalidad, su identidad luce compleja y gaseosa.
El hombre de hoy, insistimos en ello, es otro ciudadano al serlo. Cabe una cita de Rosanvallon harto pertinente: “El nuevo capitalismo destrozó la capacidad de los seres humanos para vivir y construir juntos como iguales y no sólo como consumidores». No le ha bastado la propuesta de la equidad porque, a la postre, palia pero no resuelve la generación de desigualdades que ese hombre asume que le impone el sistema social. Ese hombre es primero que todo un sentir y así debe ser apreciado.
En efecto, el hombre actual combina sus escogencias personalísimas con un ascendiente notable sobre la sociedad que lo rodea, pero en la dimensión de su propia voluntad. De allí que sea menester referirse a un ser distinto, socializado pero independiente, que conoce además como una escogencia u opción la de ser por él solo y no como parte del ser social.
Ello puede y de hecho lo hace el hombre de nuestro tiempo a través del abandono de parcelas morales, de limitantes éticas o acaso, de la revisión de los conceptos que le simplifican en su complejidad permitiéndole ser más, cuando es menos. No es un juego de palabras, al despegarse del valor común por la asunción del personal, logra sentirse que es per se y no por momentos o coyunturas que le ofrecía el cuadro societario donde está comprendido.
Nunca se sintió más cerca de un ejercicio de libertad que lo define, piensa, pero que lo impulsa a dudar de todo lo demás y también de lo que otrora fueron íconos que lo sujetaban. Al Dios muerto de Nietzsche agrega una convicción sobre su propia entidad y así logra trascender para él, aunque sea por instantes que necesita y que lo alimentan. Ego fuera de serie, libérrimo, displicente. La fe que invoca es la de su propio egoísmo.
Ha sonado la hora del individualismo posesivo y “asume (Macpherson) para sí la reflexión, situando alrededor de siete proposiciones lo que llamaríamos los supuestos del individualismo posesivo: 1) Lo que hace humano a un hombre es ser libre de las dependencias de las voluntades ajenas. 2) La libertad de la dependencia ajena significa libertad de cualquier relación con los demás salvo aquellas en las que el individuo entra voluntariamente por su propio interés. 3) El individuo es esencialmente el propietario de su propia persona y de sus capacidades, por las cuales nada debe a la sociedad. 4) Aunque el individuo no puede enajenar toda su propiedad sobre su propia persona, puede enajenar su capacidad para trabajar. 5) La sociedad humana consiste en una serie de relaciones mercantiles. 6) Dado que lo que hace humano a un hombre es la libertad de las voluntades ajenas, la libertad de cada individuo solo se puede limitar justamente por unas obligaciones y reglas tales que sean necesarias para garantizar la misma libertad a los demás. 7) La sociedad política es una invención humana para la protección de la propiedad que el individuo tiene sobre su propia persona y sobre sus bienes, y (por tanto) para el mantenimiento de relaciones de cambio debidamente ordenada entre individuos considerados como propietarios de sí mismo. (Chitty La Roche, Nelson 2016) El paradigma liberal ha perdido su sustentabilidad sin encontrar no obstante un sustituto. El ideal igualitarista no sacia ni mucho menos y se agota en un discurso que se banaliza a sí mismo.
Creyéndolo necesario para sentirse libre, el hombre de Occidente abjuró de lo que le sostenía asido a su fe, a sus valores, a la ética, a la moral, a la comunidad, a la familia, a los imperativos naturales a los que también desafía en una búsqueda frenética para ser distinto y siéndolo, afirmarse y reclamar y lograr un espacio que reconozca en su insolencia su derecho. Él prela, trepa, asciende más arriba que ese mediocre todo social al que creen pertenece, pero que, en el fondo, desprecia o le es indiferente.
La civilización del islam ya sabemos que no acepta sino un modelo a ser y creer. Todo lo distinto es sospechoso de enemigo o simplemente consagrado como tal y nótese, esas formas y referencias no están dispuestas para singularidades y en intento de ser diferente te denuncia y te persigue, sin misericordia ni piedad. Lineales al extremo de inhumanos puede decirse.
Tenemos un nuevo hombre que, sin embargo, se distingue de aquel que las tesis marxistas y leninistas proponían y que cantaban en América latina con los compases de la Nueva Trova Cubana los muchachos y, en general, la llamada izquierda contestataria. El nuevo hombre al que hacemos referencia, al contrario del que viene cual godzilla emergiendo, debía mimetizarse, homogeneizarse, realizarse en su condición de miembro y substancia del conjunto humano, subsumirse en él que lo fagocitaba en su dinámica.
Este nuevo hombre se exhibe como novedoso en su ciudadanía, egoísta y personalizada. Es el chileno que, al grito de «Chile despierta», acomete la destrucción de los bienes públicos y privados, desconoce los perfiles que le son favorables y resolla un lamento hondísimo, distinto, diferente. Es el del gilet jaune francés que a su lado escucha haciéndole coro a quien no tiene nada en común con él, salvo el afán de inconformidad, fatiga, hastío. Nada más.
Mucha de la etiología que debemos aprehender para comprender, obra en el modo de producción y consumo que nos ha servido abundantemente pero, hallazgo dramático, a costa de los no renovables recursos de la naturaleza. El depredador que hemos sido, brutal, cruento, lascivo, es por encima de todo irresponsable y la constatación nos hace socios o mejor cómplices en un mea culpa al que muchos no se suman, cinismo al apoyo o ignaros, o simplemente frívolos, disolutos, ligeros, vacuos.
La semana próxima echaremos a andar algunas reflexiones sobre las causas del trauma que conocemos y la necesaria revisión de cánones, sin otra pretensión de asir más para ser más también.

Fuente:

2
Del mutante humano y otras veleidades más (II)
Nelson Chitty La Roche 

“Las cosas que han ocurrido no se pueden suprimir con el pensamiento”, escribió James Joyce en Ulises; y añadía: “El tiempo las ha marcado y residen, encadenadas, en el mismo espacio que las infinitas posibilidades que han desalojado”. La historia alternativa

Revisando el estado del arte de mi reflexión en curso, tropiezo con algunos constructos que no había antes advertido o se presentan imponentes para mí de súbito. Claro que no se trata de una certeza universal siendo que, en la civilización islámica, muy a regañadientes se acepta incluso el dictamen científico porque escogieron el anacronismo como filosofía de vida.
Lo que fue, seguirá siendo y acaso se puede leer que si fue es y lo será siempre y los estudiosos, hombres de espíritu, se permitirán más que elucidar, guiar eventualmente porque ni siquiera se admiten las traducciones de los textos sagrados como otra cosa distinta a lo que son, meras traslaciones que realiza el hombre.
Pero y valga la coincidencia, en Occidente y sus espacios irradiados culturalmente y en Asia, penetrada y seducida por el zoon elektronikón especialmente, la ficción resulta más atrayente y convincente que la realidad que otrora sirvió como el argumento de la vida. Sorprende apreciar el espacio impresionante de los juegos de video en el campo de los accesos de millones de gamers que cada día transitan en la fantasía seguros de sí, dominadores y desafiantes, al extremo que se separan e incluso se desarticulan del zoon politikon y especialmente del zoon politikon, zoon éjón lógon.
En efecto, peripatéticos como somos, constatamos que ese personaje que presenta Aristóteles y como admite la doctrina es un pensador analítico y capaz de ponderar más de lo que su sensorialidad le faculta y así, piensa, infiere, deduce, concluye. (Del Zoon Politikon al Zoon Elektronikón. Una reflexión sobre las condiciones de la socialidad a partir de Aristóteles. Vicente Huici Urmeneta).
El hombre de ahora se conecta a otra dimensión cultural y, ensaya una construcción de su mundología desde esa postura. Lo que fue no le concierne sino muy relativamente. Él transita el ahora en un ejercicio complejo de constante temeridad. Su mente solo mira al pasado como un reto intelectual que incluye preguntarse y eventualmente idear una secuencia distinta a aquella que fue. Cabe citar así: «El filósofo Charles Renouvier acuñó el término con el que también se conocen este tipo de supuestos contrafácticos: ‘Ucronías’. Describió además su desarrollo mediante un diagrama que mostraba el momento inicial en que la historia imaginaria se desviaba de la historia real –el llamado punto de divergencia–, lo que generaba la primera desviación, que debía ser siempre interesante y plausible. (La historia alternativa por José Pardina).
Otra cita ayuda más a mostrar el salto y contraste entre el zoon politikon y el zoon elektronikón y no la desaprovecharemos; “Si nos atenemos a los textos aristotélicos, se puede observar que la definición del ser humano como zoon politikon (más exactamente, como πολιτικὸν ζῷον) en la política viene a ser la culminación de la expresión del vínculo con una forma de convivencia superior. Francisco Samaranch comenta, al respecto, que la definición del hombre como animal político “implica la vinculación natural con una forma comunitaria específica, la Pólis” (Samaranch, 1982: 679), acentuando las anteriores definiciones de la Ética Eudemiana en las que se habla del hombre como animal comunitario (koinomikón) o animal doméstico (oikonomikón).
Pero el hombre real, “et verus homo”, es un mutante pensamos y se ha dislocado, haciéndolo, de la poli, de la sociedad que otrora fue su mundo y persigue otros destinos, otros caminos entre su individualismo exacerbado y su fantasía. Sócrates apura la cicuta porque no se concebía fuera del contexto social. Fue comprendido y admirado por ello. Hoy se habría marchado insolentemente ignorado. Admitirlo ayuda a comprender y más aún, a explicarnos cómo se produjeron esos eventos. Intentaremos y excúsenme la audacia, una explicación que no pretendo original pero que estimo útil, sin embargo. No en vano repiten los europeos y los franceses, especialmente, que “la novedad es vieja como el tiempo”.
El modelo de nuestra civilización cambió desde sus fundamentos económicos y en el camino agregó, como detonante motivador, el elemento cultural antes asido a la perspectiva del testigo y actor que antiguamente fue. Pensamos que se trató de un persistente proceso que, sin embargo, encontró en la compulsión del hombre su acelerador. La inteligencia del hombre se suma a su curiosidad y a su innato hedonoutilitarismo. Vale acotar su impulso congénito por destacarse, hacerse notar, sobresalir está en su naturaleza.
Otro trazo se advierte en el tortuoso caminar del espíritu humano que luego de opacarse ante el teocéntrico escenario del Medievo, inicia su renacer rompiendo parámetros y referentes que lo anulaban o ausentaban de sí mismo. Es en torno a ese tridente, economía y mercado empapado en la libertad y en la singularidad que lo catapulta hacia un ethos personalizado de un lado, y de los otros, las representaciones afirmativas de su pretendido y avasallante genio y su disposición a seguirse explorando y, el producto de su quehacer, de su hacer, de su constituir que, se fraguara ese “verus homo”, incurso en un nuevo giro secularizante que lo libera del todos, que lo amarraba e insertaba en el yo social que ahora él administra interesado y cínico a placer, y la divina tecnología que todo lo domina o si no, lo segrega y aparta displicente.
Después de la Segunda Guerra Mundial y como era de esperarse, el hombre se miró en el espejo y horrorizado decidió e instrumentó un golpe al timón de su propia navegación existencial, pero cuidando bien de mantenerse asido al argumento de la alteridad que, además, le proporcionaba una sensación agradable de humanismo. Esa perspectiva permeó la cultura con la bandera de la libertad y decantó entre los modelos civilizatorios al Occidente cristiano que, gustoso, cual prisma, irradió su quehacer de la concienciación definitoria del estado de bienestar y de la democracia como sistema político.
La economía introdujo modificaciones que incidieron en el perfil del individuo y su trato con la naturaleza. Trajo el progreso y el mejoramiento de las condiciones de vida, tecnificando, trajo a la ciudad millones de campesinos y los incorporó a la urbe, a la industria, a los servicios, reformando al hacerlo los términos de intercambio del factor trabajo y rediseñando el capítulo de valores a favor de igualar las oportunidades y reconocer la responsabilidad individual y colectiva como variables inmanentes al desempeño societario. El siglo XX culmina no multiplicando a los ricos, sino reduciendo la pobreza. El Estado se afianza y aún con la crisis surcoreana, el orden económico y financiero lució seguro.
Pero el siglo XXI coloca las cosas en un balancín de expectativas cuyo crecimiento infló por demás la burbuja financiera y la estiró hasta oírla crujir. Cabe una cita del muy respetado intelectual español Daniel Innerati como anticipo a su entrevista sobre la refundación del capitalismo y agregó, una vez más. 
“Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador  Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.
Keynes respondió a eso en el umbral de la crisis americana de los años veinte, inventó o extrajo lo que la convicción impedía ver pero, es este como antes dijimos, un período distinto y asquerosamente atípico además. Tal vez estemos sin asumirlo debidamente frente a la tormenta perfecta recordando aquella película norteamericana que nos muestra como la coyuntura puede llegar a ser convocatoria de todas las variables perniciosas y cuajar el completo desastre. Innerati insiste en que saltaron los tapones y valga el coloquio, dejándonos a obscuras o quizá, desnudos de todas las desconfianzas, descréditos y vergüenzas. El humano no se cobijó como pudo y tal vez debió hacer, lógica formal al apoyo, en la sociedad lato sensu sino que, corto esos lazos umbilicales y se recogió más bien en la recreación de sus insatisfacciones y amarguras, ceso su deambular utópico y levanto las lanzas de su pragmatismo. Decidió temerle a todo e incluso a sí mismo.
La sociedad, los hombres de pensamiento, los predictores, los futurólogos, los analistas, la institucionalidad, la organización internacional, los estadistas parecieran vivir un momento de confusión al menos. Asdrúbal Aguiar, que por cierto anda un paso adelante en esta reflexión, cita a Sartori que juega al clarividente así: “Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens… El hombre se ha reducido a ser pura relación, homo communicans, inmerso en el incesante flujo mediático» (De Matteis, 1995, pág. 37). Sí, homo communicans; pero ¿qué comunica? El vacío comunica vacío, y el video-niño o el hombre disuelto en los flujos mediáticos está solo disuelto”. Giovanni Sartori, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Buenos Aires, Taurus, 1998.
¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso pero, quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cual es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder en la próxima entrega, la semana próxima Dios mediante.

Fuente:

3
Del mutante humano y otras veleidades más (III)
Nelson Chitty La Roche 

“¿Cuales son las fuerzas de que dispuso el hombre para conquistar la hegemonía del planeta?” y el filósofo francés (Rostand, 1941) responde: “Son dos; la inteligencia y el sentimiento social, o como dice Muller, la astucia y la camaradería. El hombre está desprovisto, no tiene colmillos como los animales, ni garras ni armaduras; es enclenque, inerme y vulnerable. Pero, por una parte, predomina sobre sus otros compañeros de vida por la potencia de su cerebro; por otra parte, se siente atraído por sus semejantes, tiende a formar grupos con los otros individuos de su especie, y son estas tendencias sociales las que, multiplicando al hombre por sí mismo, le han proporcionado el medio de alcanzar resultados tan prodigiosos, tanto en el campo del saber cómo en el campo del poder».
“No comparto tu opinión, pero daría mi vida por la defensa de tu derecho a expresarla”. Voltaire, con esa frase que de suyo es un clásico por cierto, resume lo que presentare como el “hombre humanidad”, pero en concordancia con el sentido ciudadano que está en ella implícita.
El homo humanitas es un constructo con el que deseo mostrar ahora una categoría en crisis precisamente. Un hombre que se asume representado en otros, en la evolución y mejoramiento de ellos como de sí mismo, un ser que reconoce en su ser a los demás y no por ello deja de ser distinto. Un ente único y semejante, pero que cuida ambos aspectos de su naturaleza que sabe compleja y milita sensible en esa doble condición.
En las anteriores entregas discurrimos sobre una suerte de fenomenología que parece caracterizar al hombre en este tiempo histórico, y que lo compromete seriamente en su significación social e individual. Sostenemos que el que es hoy, difiere del que otrora y destacamos que es una suerte de mutación que pone a prueba al zoon politikon con el que desde Aristóteles lo veníamos definiendo.
El zoon politikon era un ser social y para la sociedad. Lo veíamos como un actor dentro del teatro social. En ocasiones positivamente apreciado pero, para bien o mal, socialmente social. El castigo a su mal comportamiento era a menudo el ostracismo y así privarlo de su vita activa, como diría nuestra apreciada y admirada Hannah Arendt. Al agresor, al malhechor se le llamó antisocial.
El verus homo, así denominamos a esa realidad deliberadamente ausente del espacio público, ya por desdén, ya porque los hechos lo ubican dentro, pero fuera, espiritualmente y culturalmente disiente, difiere del zoon politikon. Él existe, él es, en una perspectiva existencial que lo plena o lo convence de su razón de ser y permanecer.
La sociedad de hoy es una coincidencia espacial de individuos posesivos, una suma, un agregado; lo que la hace una sociedad que no asocia, que opone, que disuelve cuando segmenta. En ese estadio, conspira contra la ciudadanía como membresía del cuerpo deliberante y decisorio, divide o priva de sus contenidos a la noción de soberanía que deja de ser nacional porque siéndolo estimula la exclusión.
Una sociedad que deja pues de serlo. Sin comunicación entre sus miembros porque no comparte ni legitima al hacerlo valores comunes, tal vez a la solo excepción del derecho humano a ser diferente y la disposición a la crítica indiscriminada ante todos los elementos que antes la cohesionaban, incluyendo una democracia que como bien nos advierte Daniel Inneraty, se ha quedado desfasada casi completamente.
Frente al valor de universalidad ciudadana propia del pensamiento humanista y las propuestas de construir una ciudadanía del mundo por citar a Ferrajoli, encaramos como expresión de la conciudadania uno de los capítulos del nuevo populismo que nos explica mucho de lo que acontece por doquier. Cabe una cita de Rosanvallon iluminadora, como a menudo pasa en una entrevista que concede y que corresponde a una interrogante pertinentísima: En los últimos años el populismo no ha hecho más que ganar terreno. No solo en América Latina, sino también en Europa. ¿Cuál es la razón?
“Además de los modelos sociales que hemos enumerado, defendidos por la derecha y por la izquierda, hay una tercera vía propuesta por el populismo para el que la respuesta es la homogeneidad. Su discurso es siempre el mismo: ‘Nuestras sociedades van mal porque son heterogéneas y porque hay gente que viola las reglas de juego’. Y los que violan esas reglas son en algunos países los inmigrantes; en otros, las élites. De modo que, si conseguimos desprendernos de ellos, todo irá mejor. Y todo iría mejor si, en vez de abrirnos al mundo, aplicáramos una política proteccionista. Esa es exactamente la visión que se había desarrollado en Europa a fines del siglo XIX, cuando el teórico de la derecha nacionalista Maurice Barrès decía en 1893 que «la nación se definía mediante la exclusión. Para él, el proteccionismo era la idea constitutiva del nacionalismo. Pero no el proteccionismo como elemento de política económica, sino como filosofía radical. Naturalmente, esas políticas de la hegemonía alimentan la xenofobia. Hoy lo vemos en Europa. El populismo es un discurso sobre el Estado de Bienestar, un discurso sobre la cuestión social: para los populistas, la identidad y la homogeneidad son la respuesta a la cuestión social”.
Con esos insumos en el pensamiento, la semana pasada rematábamos entre preguntas así, “¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso, pero quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cuál es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder…” (Del mutante humano y otras veleidades mas (II))
Con el respeto debido a Manuel Castell y a sus textos importantísimos sobre la comunicación y su significación en el ser social y, en las relaciones de poder, me permito avanzar una opinión sobre el rol que visualizo es el de los medios de comunicación y su papel como el intelectual orgánico gramsciano.
En efecto, el siglo XX unió la radio, la TV, la prensa escrita para configurar y especialmente en la última mitad, un cuadro hegemónico que los hizo inclusive legítimos administradores de todas las verdades y en ese logro, paulatinamente, se convirtieron en censores prestos y ágiles para, apuntalados en ese dominio, revisar, encausar, vigilar, juzgar a todo y a todos, deviniendo además en otro miembro de la oligarquía del dinero universal.
Los medios en varios escenarios, incluso, se hicieron del poder político y si no fue el caso, en múltiples teatros, se infiltraron o mantuvieron un elevado ascendiente que para muchos, además, no era solamente por su presumido papel de rectores de la verdad sino que se les atribuyó un valor ético y moral que la sociedad les concedía. Bastaba que lo dijeran los medios.
Pero el siglo XXI trastocó las cosas o las descubrió para todos y les desnudo, inclusive, en un arrebato de autenticidad paradójico, reclamándoles la manipulación regular e interesada de la noticia y la fabricación de verdades falsas. Entretanto, la verdad verdadera, se marchó a las calles que ahora, en el cosmos digitalizado, se llaman redes donde compite con las mentiras y vehículos de captación para guiar, torcer, orientar.
El resultado es una impresionante y gravosa fragmentación que disuelve, en el novedoso ethos digital, entre cálculos y por fuerza de las realidades, tamizados por el espectáculo que se aprecia como un elemento que transversaliza la cultura que deja de ser para, acomplejada, plegarse al instante, al momento, en que se expresa para apartar, instrumentar por lo demás, al mismísimo tiempo y al espacio y posarse, dominante y sensual en el prisma que lo irradia todo insolente.
El homo economicus es arrastrado por el fenómeno que acopla el cambio tecnológico, con el afán individual y posesivo como patología, trasladando al sistema de producción y consumo, un agente pragmático y a ratos, simplemente egoísta y misógino inclusive. El asunto se deja ver en variadas dimensiones de la mundología, en una vorágine de fantasías y derroches imaginativos que ha creado un mercado y a todo evento disputa al del intercambio convencional, sus espacios y cadenas de distribución.
En el ínterin, entró en sueños el ciudadano, el zoon politikon se ausenta del tablao, ya no se oye sino esporádicamente su vitoreó y aplauso, su voz, su protesta es tan propia que, solo en la coyuntura asemejara ser colectiva. El hombre hedon o utilitarista, et verus homo, lleno de aparatos para comunicarse pero, solitario y fascinado, empalagado consigo mismo, ahito de imágenes de sí, trasladado por la tecnología allende las fronteras sensoriales y epistémicas clásicas, adicto a todas las formas de digitalización, deja de ser responsable de los demás y ni siquiera lo es de sí mismo. Tiene planteado incluso, dejar que no solo el vehículo se conduzca por el solo sino que, está tentado dejar el oficio de pensar a la inteligencia artificial.
Empero lo anotado, la naturaleza juega otra carta con ribetes hobbesianos y el coronavirus de súbito nos muestra, nuestra vulnerabilidad, debilidad, precariedad. Al grito del planeta herido, desgastado, explotado se unen las endemias que no economizan a nadie y que nos prueban que, la humanidad para vivir requiere que los hombres ni olviden ni prescindan de los otros hombres, pero esa circunstancia dramática es menester comprenderla y sopesarla.
Fue premiada la película surcoreana Parasite, que nos restriega un asunto que no es nuevo, pero que siempre como ahora aconteció. Nunca nos vimos iguales en realidad, porque no lo somos. La igualdad es una perspectiva educada para ver más hondo, más profundo. Es un ademán del espíritu que persigue la alteridad. Es un trazo racional asido a nuestra evolución. Pero igualdad e identidad son regalos envenenados.
Hay algunas personas que huelen distinto, hay una suerte además de aporofobia que destaca, pero ¿siempre no fue así? Víctor Hugo con insoportable brillantez nos lo arrostra y aquellos miserables ¿no son como los de antes y no serán como los que vendrán? En Venezuela ya se habla siguiendo a los hermanos cubanos, de una antropología dañada por la experiencia de la sumisión, la resignación, la enajenación, el hambre, la desilusión, la frustración del homo. Hay un venezolano deambulando entre nosotros que nos ofende y nos solivianta que cada día se hace más presente y más patético.
Pero lo peor consiste en la extirpación, la castración, la lobotomía del ciudadano que consiste en el credo totalitario que postula un igualitarismo como camino a la igualdad y se convierte en el fin del argumento crítico, sin el cual, en alguna medida, el homo sapiens pierde su esencia que además, vinculo yo, modestamente, pero con la entidad de todas mis convicciones, substancialmente unida al paradigma del ciudadano griego y a la poli.

Fuente:
1) Fotografía: Geoffroy van der Hasselt (AFP), Notre Dame.
2) Ilustración: Antonio Berni, Manifestación.
3) Ilustración: Rosie Thompson.