EL NACIONAL, Caracas, 25 de marzo de 2016
Del Estado Islámico al Bolivariano
Sergio Monsalve
Gracias a los buenos oficios de Circuito Gran Cine y del Festival de la Francofonía hemos podido disfrutar del estreno de Timbuktu en la cartelera, nominado al Oscar de la Academia y ganador del reconocimiento del Jurado Ecuménico de la competencia de Cannes 2014. El mismo año, por cierto, arrasó en la gala de los premios César.
Es el más reciente filme del mauritano Abderrahmane Sissako, celebrado por el impacto de la experimental Bamako, depurado ejercicio de denuncia política y desarrollo transgenérico. Se le considera uno de los autores clave de la nueva ola de la escuela africana, una corriente periférica de escasa difusión en Venezuela. Por ende, mérito doble el hecho de proyectar el último largometraje del director en el país.
De visionado urgente, la película describe la tragedia del territorio norte de Malí, cuando fue tomado e invadido por el grupo terrorista Ansar Dine durante 2012 con el siniestro objetivo de establecer un estado islámico sobre la base de la imposición de las ideas primitivas de la Sharia y el wahhabismo. El caldo de cultivo para la irrupción de las plagas nazis de Al Quaeda e ISIS. Una de las caras del fascismo contemporáneo, según palabras de Umberto Eco.
El guión de la cinta hilvana atmósferas turbias, planos contemplativos, historias cruzadas, situaciones kafkanias, humor negro, imágenes alegóricas, tramas paralelas, personajes insólitos y estallidos brutales de violencia fundamentalista.
Prohibida la influencia de la cultura occidental, un equipo de chicos juega un partido de fútbol sin balón en una de las secuencias ambivalentes de la composición poética del montaje de choque entre la pureza de la dignidad humana, la noble resistencia del pensamiento laico y la intolerancia de la colonización extremista.
A tiros, los usurpadores del poder reducen a escombros los hermosos ídolos tallados por los habitantes de la zona. Por la menor excusa, decretan pena de muerte y lapidan a las pobres víctimas de la interpretación radical de la ley musulmana.
Fustigan con 40 latigazos a mujeres y hombres por reunirse a tocar música. Arbitrariamente obligan a jóvenes solteras a contraer matrimonios arreglados. Las condenan a cubrirse de pies a cabeza. No conformes con la represión uniforme del velo, deben llevar guantes y medias. Disgregan familias, desarticulan el tejido social.
Al protagonista de la ficción lo sentencian en un proceso amañado y viciado (versión apocalíptica del tribunal benigno de Close Up). Lo acribillan junto a su esposa.
Los señores de las sombras instauran un régimen sectario y despótico de gobierno.
Solo ellos pueden darse el lujo de pecar, cometer errores, irrespetar las normas de conducta. Fuman a escondidas, hablan de las estrellas del balompié internacional, utilizan celulares, manejan camionetas por el desierto, disparan primero y averiguan después. Les vemos grabar, de forma chapucera, videos improvisados de amenaza y reafirmación integrista.
El realizador los expone en todo su despliegue de medios contradictorios, a través del lenguaje de la comedia minimalista. El absurdo yihadista despierta la risa involuntaria al ser plasmado en una serie de viñetas corrosivas. Curioso el parentesco con la obra del sarcástico Elia Suleiman. Ciertamente, la sátira compensa la carga del drama narrado, pero no lo encubre, trivializa o pretende aligerar (cual Roberto Benigni en La vida es bella).
Del neorrealismo italiano a la crudeza del naturalismo de Abbas Kiarostami, Timbuktu jamás baja la guardia en su trabajo de disección de un cuerpo enfermo y podrido, el de la banalidad del mal, el de la falsa moral, el de la teocracia de la corrupción del espíritu del profeta, la barbarie y la violación de derechos.
Niños huérfanos corren como animales de cacería perseguidos por una pandilla de asesinos. Huyen de las garras de sus captores, hacia un destino incierto.
Ante la desaparición física de sus padres, los hijos de una nación devastada son la única fuente de esperanza y cambio a futuro. Por lo pronto, su presente es tan oscuro como el de la República Bolivariana, secuestrada por otra camarilla de talibanes.
(http://www.el-nacional.com/opinion/Islamico-Bolivariano_0_817118331.html)
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viernes, 25 de marzo de 2016
jueves, 12 de noviembre de 2015
POZO 18
EL NACIONAL - VIERNES 03 DE AGOSTO DE 2007 NACION/15
Socialismo petrolero
Luis Pedro España
Hasta que por fin le cayó la locha al señor Presidente. Por fin descubrió de qué se trataba el asuntito del socialismo del siglo XXI. Luego de haberse traído a los intelectuales más desocupados de la peregrina izquierda internacional, un chispazo de lucidez, me temo que Fidel Castro de por medio, le permitió a nuestro Presidente encontrar el atributo específico del socialismo que pretende para Venezuela.
Nada de socialismo bolivariano, tercera vía, popular o de base. Mucho menos socialismo zamorano o robinsoniano. Lo nuestro es el socialismo petrolero. Obvio señor Presidente, ese sí que es nuestro. El único problema es que no es tan inédito. Los adecos, Betancourt y Pérez Alfonso, por citar a dos de ellos, ya lo inventaron durante la segunda mitad del siglo XX y hasta lo pusieron en práctica.
Por lo visto de nada sirvieron las lecturas de los clásicos del marxismo, poca fue la contribución de las lecturas de adolescentes como Para leer al Pato Donald de Dorfman y Mattelart, ni qué decir del desfile de proyectos e ideas sobre el nuevo orden económico mundial que de seguras se pasean semana tras semana por el despacho presidencial. Si nuestro Presidente se hubiera leído primero Venezuela, po lítica y petróleo antes que los ensayos de Norberto Ceresole o el Oráculo del guerrero, nos hubiésemos ahorrado varios cientos de divagaciones y no menos errores de políticas.
El asunto estaba allí, en la punta de su soberana nariz, es nuestra condición de país petrolero la que nos permite ser socialistas. Un socialismo lig ht, como en su momento fuimos un capitalismo light (o rentístico, según conceptos de Mommer y Baptista). Es decir, un capitalismo que por medio de la distribución de la renta petrolera podía sobre-remunerar a los factores productivos, reduciendo con ello la carga conflictiva o, por su parte, un socialismo que accede a formas colectivas de producción sin detenerse en asuntos tan banales como la eficiencia y la productividad. A fin de cuentas, el colchón de la renta permite obviar esa preocupación que tienen las sociedades que sí dependen de su trabajo para vivir.
Resuelto el tema del apellido de nuestro socialismo, ahora quedan pendientes dos problemitas. Uno que no pudo ser resuelto en el pasado y otro que se está fraguando para el futuro. El primero tiene que ver con la posibilidad de que nuestra economía petrolera pueda ser estable y sostenible en el largo plazo; el segundo, si podremos seguir siendo una democracia a pesar de la disparidad de poder que existe entre el Estado y la sociedad.
Como está a la luz, no nos ha sido posible salir de la dependencia petrolera. Nuestra crisis económica de más de 25 años fue producto de la quiebra de la economía no petrolera y, trágicamente, este socialismo petrolero nos clava más en su dependencia.
Por su parte, y en relación con el segundo problema, los padres de la democracia tomaron del modelo liberal las instituciones y los acuerdos necesarios para inhibir al Estado de la base material autoritaria que le confiere el petróleo, permitiendo así que nuestro sistema político fuera democrático.
Elecciones y alternancia en el poder fue la fórmula para que ningún Pérez, Caldera, Herrera o Lusinchi pretendiera eternizarse en el poder. Hoy, la reforma constitucional en ciernes pretende acabar con esta fórmula.
En fin, que el socialismo puede que sólo sea mantener la dependencia petrolera y su inviabilidad de largo plazo, y que lo nuevo únicamente sea la sustitución del socialismo petrolero por la dictadura del petróleo.
Socialismo petrolero
Luis Pedro España
Hasta que por fin le cayó la locha al señor Presidente. Por fin descubrió de qué se trataba el asuntito del socialismo del siglo XXI. Luego de haberse traído a los intelectuales más desocupados de la peregrina izquierda internacional, un chispazo de lucidez, me temo que Fidel Castro de por medio, le permitió a nuestro Presidente encontrar el atributo específico del socialismo que pretende para Venezuela.
Nada de socialismo bolivariano, tercera vía, popular o de base. Mucho menos socialismo zamorano o robinsoniano. Lo nuestro es el socialismo petrolero. Obvio señor Presidente, ese sí que es nuestro. El único problema es que no es tan inédito. Los adecos, Betancourt y Pérez Alfonso, por citar a dos de ellos, ya lo inventaron durante la segunda mitad del siglo XX y hasta lo pusieron en práctica.
Por lo visto de nada sirvieron las lecturas de los clásicos del marxismo, poca fue la contribución de las lecturas de adolescentes como Para leer al Pato Donald de Dorfman y Mattelart, ni qué decir del desfile de proyectos e ideas sobre el nuevo orden económico mundial que de seguras se pasean semana tras semana por el despacho presidencial. Si nuestro Presidente se hubiera leído primero Venezuela, po lítica y petróleo antes que los ensayos de Norberto Ceresole o el Oráculo del guerrero, nos hubiésemos ahorrado varios cientos de divagaciones y no menos errores de políticas.
El asunto estaba allí, en la punta de su soberana nariz, es nuestra condición de país petrolero la que nos permite ser socialistas. Un socialismo lig ht, como en su momento fuimos un capitalismo light (o rentístico, según conceptos de Mommer y Baptista). Es decir, un capitalismo que por medio de la distribución de la renta petrolera podía sobre-remunerar a los factores productivos, reduciendo con ello la carga conflictiva o, por su parte, un socialismo que accede a formas colectivas de producción sin detenerse en asuntos tan banales como la eficiencia y la productividad. A fin de cuentas, el colchón de la renta permite obviar esa preocupación que tienen las sociedades que sí dependen de su trabajo para vivir.
Resuelto el tema del apellido de nuestro socialismo, ahora quedan pendientes dos problemitas. Uno que no pudo ser resuelto en el pasado y otro que se está fraguando para el futuro. El primero tiene que ver con la posibilidad de que nuestra economía petrolera pueda ser estable y sostenible en el largo plazo; el segundo, si podremos seguir siendo una democracia a pesar de la disparidad de poder que existe entre el Estado y la sociedad.
Como está a la luz, no nos ha sido posible salir de la dependencia petrolera. Nuestra crisis económica de más de 25 años fue producto de la quiebra de la economía no petrolera y, trágicamente, este socialismo petrolero nos clava más en su dependencia.
Por su parte, y en relación con el segundo problema, los padres de la democracia tomaron del modelo liberal las instituciones y los acuerdos necesarios para inhibir al Estado de la base material autoritaria que le confiere el petróleo, permitiendo así que nuestro sistema político fuera democrático.
Elecciones y alternancia en el poder fue la fórmula para que ningún Pérez, Caldera, Herrera o Lusinchi pretendiera eternizarse en el poder. Hoy, la reforma constitucional en ciernes pretende acabar con esta fórmula.
En fin, que el socialismo puede que sólo sea mantener la dependencia petrolera y su inviabilidad de largo plazo, y que lo nuevo únicamente sea la sustitución del socialismo petrolero por la dictadura del petróleo.
sábado, 9 de agosto de 2014
PANEBARCO 2/10
EL NACIONAL, Caracas, 8 de agosto de 2014
De Marx a los bolcheviques: Un Reader’s Digest (y II)
Héctor Silva Michelena
Aleksandr Kérenski que había sucedido a Gueorgui Lvov, del Partido Constitucional Democrático (KD o kadete, liberal) actuó como el segundo y último primer ministro del Gobierno provisional instaurado tras la Revolución de Febrero, del cual era su figura principal, fue capaz de hacer fracasar el golpe del general Lavr Kornílov, pero no pudo evitar la Revolución de Octubre en la que los bolcheviques tomaron el poder. Estos primeros Gobiernos realizaron una amplia labor de reforma política, pero no resolvieron los problemas más importantes para la población: el fin de la guerra, la reforma agraria, los cambios en las condiciones de los obreros urbanos y las aspiraciones de las minorías. Kerenski liberó de la cárcel a los bolcheviques que habían participado en el golpe de Kornilov, y les proporcionó armas. Durante los siete meses del “gobierno provisional”, existió en Rusia un “poder dual”, ya que los soviets de Petrogrado (San Petersburgo) y Moscú, muy poderosos, incitaban a la subversión.
En las elecciones a los soviets celebradas el mes siguiente, los bolcheviques obtuvieron resultados impresionantes, lo que indicó a Lenin que había llegado el momento del golpe decisivo, y así fue. La decisión de tomar el poder se decidió en una reunión clandestina celebrada la noche del 23 al 24 de octubre de 1917. El golpe tuvo lugar el 7 noviembre (calendario gregoriano adoptado en 1918), que corresponde al 25 de octubre, según el calendario juliano, vigente en esa época. Cuando los bolcheviques se estaban preparando para asaltar el Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional, en el Palacio Smolny comenzaron las sesiones del Segundo Congreso de los Sóviets de los Representantes de Obreros y Soldados de Rusia. Del total de 670 delegados, 300 eran bolcheviques y unos 100 miembros del partido social-revolucionario de izquierda que también estaban a favor de derrocar al Gobierno provisional. Los demás delegados insistían en calificar de ilegítimo el asalto al Palacio de Invierno.
Lev Trotski dijo que eran “penosos individuos aislados” y les instó a marchar al “basurero de la historia”. Los que no estaban a favor de los bolcheviques abandonaron el Palacio Smolny. Unos cuantos días atrás, Lenin había lanzado su famosa consigna: “Todo el poder a los soviets”, que penetró rápidamente en los soviets urbanos de San Petersburgo (Petrogrado) y Moscú. Fue el soviet de San Petersburgo el que dio a Trotski el instrumento militar con el cual fue capaz de derribar el gobierno provisional, instalado en el Palacio de Invierno.
Cuando los bolcheviques se estaban preparando para asaltar el Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional, en el Palacio Smolny comenzaron las sesiones del Segundo Congreso de los Sóviets de los Representantes de Obreros y Soldados de Rusia. Del total de 670 delegados, 300 eran bolcheviques y unos 100 miembros del partido social-revolucionario de izquierda que también estaban a favor de derrocar al Gobierno provisional. Los demás delegados insistían en calificar de ilegítimo el asalto al Palacio de Invierno. Lev Trotski dijo que eran “penosos individuos aislados” y les instó a marchar al “basurero de la historia”. Los que no estaban a favor de los bolcheviques abandonaron el Palacio Smolny.
Lenin proclamó el triunfo de la revolución. El congreso aprobó un mensaje a todos los ciudadanos de Rusia en el que se anunciaba la caída del Gobierno provisional y la toma del poder por el sóviet de comisarios del pueblo. Lenin fue elegido su presidente, Trotski encabezó la comisaría de relaciones exteriores y Iósif Dzhugashvili, el nombre real de Stalin, se ocupó de las minorías étnicas.
Los bolcheviques estaban convencidos de que, con la toma del poder, la revolución se difundiría rápidamente por toda Europa. Lenin siempre tuvo una perspectiva internacionalista; para ese entonces, no aceptada la tesis de “la revolución en un solo país”. Karl Marx había sentenciado: “Es imposible la revolución en un solo país”. Y Engels, todavía más enfático: “La emancipación del proletariado no será posible más que como un acto internacional”. Cuando Lenin constató que la gran mayoría de los líderes socialistas habían apoyado a sus gobiernos nacionales en 1914, cuando estalló la Gran Guerra, los denunció como traidores a la causa y dedicó sus fuerzas a echar las bases de una nueva organización de revolucionarios socialistas. Después de apoderarse del poder, los bolcheviques resolvieron crear una Tercera Internacional. Cuando los delegados concurrentes se reunieron en Moscú en 1919, un levantamiento revolucionario en Berlín había sido aplastado, y sus líderes asesinados. Pero la gran mayoría de la clase obrera alemana quería, con toda evidencia, darle una oportunidad al liderazgo social demócrata de crear una nueva República alemana. Empero, para los líderes rusos todavía se avistaba cercana la revolución mundial.
Los bolcheviques formaron, de esta manera, la llamada Internacional Comunista, o Comintern, que se reunió en Moscú en julio de 1920; ya no se trataba de una reducida reunión de individuos o de representantes de pequeñas sectas, sino de un congreso de delegaciones provenientes de más de una docena de los mayores Partidos Comunistas europeos. Como resultado de esta reunión, se le entregó a los bolcheviques el control de la nueva Internacional, que rompió definitivamente con el movimiento socialista, a quienes acusaron de “social patriotas”, un herejía antimarxista. El Comintern quedó bajo la férula de los líderes rusos que exigían disciplina y obediencia revolucionaria. Hacia 1923, la tan esperada marea revolucionaria en Europa nunca se desarrolló. Más bien, Europa entró en una fase de relativa estabilidad económica y social. Después de la muerte de Lenin en 1924, los bolcheviques, bajo Stalin, comenzaron a utilizar los partidos sobre los cuales todavía ejercían un cierto dominio como instrumentos de la política exterior rusa. Aunque un líder de la talla de Trotski todavía creía (y murió creyendo) que la revolución mundial estaba en la agenda del Partido, su fe ya no era compartida por la mayoría del liderazgo ruso.
En el período de entre guerra se produce la ruptura total y agresiva de socialistas y comunistas. Los comunistas denunciaron por el mundo entero a los socialistas como “traidores sociales” que “objetivamente” estimulaban el sostenimiento del capitalismo. Los acusaron de haber repudiado el marxismo y traicionaron al socialismo internacional. Los socialistas replicaron enérgicamente demostrando los hechos dictatoriales del Estado soviético y acusaron a los comunistas de haber traicionado la tradición democrática socialista. El movimiento socialista europeo quedo irremediablemente dividido. La oposición fue tan agria que en las elecciones de 1932, los nazis ganaron el 33 por ciento de los votos, más que cualquier otro partido. En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller con el apoyo de los comunistas, al partido nazi (los socialistas se opusieron). Los comunistas esperaban que la victoria nazi sería solo temporal y que, después las masas alemanas los seguirían a ellos. Su grito de batalla era: “Después de los nazis, nosotros”. El resultado final fue el desastre: tanto comunistas como socialistas fueron duramente perseguidos por los nazis, que habían ayudado al ascenso del fascismo.
Ahora nos preguntamos ¿cuál es el carácter del PSUV? Aplicando la frase de la Biblia: “Por sus obras los conocerías” (Mt 7,15-20). Ciertamente, los primeros siete años del gobierno de Chávez no definieron nunca con claridad el carácter de su “revolución bolivariana”, más bien hubo muchos vaivenes en el modelo económico, y la economía fue sometida a la política bajo el mando de Chávez pues la consolidación del poder político fue la guía de su gestión, y para eso ajustaba en una u otra forma el modelo económico. La pretensión de un Estado socialista se dibuja, al fin, después de muchas indefiniciones y esperas en el proyecto de reforma constitucional sometido a Referendo en diciembre de 2007 y derrotado. En el artículo 112 del citado proyecto se planteaba que, el Estado promovería una economía productiva, independiente, diversificada, fundada en valores humanísticos y la preponderancia de los intereses comunes sobre los individuales, todo ello con el objeto de crear las mejores condiciones para la construcción de una economía socialista. La propuesta fue derrotada en Referéndum, sin embargo, la propuesta fue introducida mediante leyes habilitantes y una enmienda constitucional aprobada en referéndum de 2009.
Se desarrolló entonces una estructura económica caracterizada por un capitalismo de Estado muy importante, una decreciente economía privada y un pequeño de economía social, que se aspiraba a extender. Así en su programa de gobierno presentado al CNE el 11 de junio de 2012 para las elecciones del 7 de octubre de ese año, titulado “Plan de la Patria”. Programa del Gobierno Bolivariano 2012-2019. Planteada una “radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso”. “para avanzar hacia el socialismo necesitamos de un poder popular capaz de desarticular las tramas de opresión, explotación y dominación que subsisten en la sociedad venezolana”. Un párrafo importante es el siguiente: “La consolidación y el acompañamiento del Poder popular en el periodo 2013-2019 afianzaran la conformación de tres mil Comunas Socialistas, considerando un crecimiento anual aproximado de 450 Comunas, de acuerdo a las características demográficas de los ejes de desarrollo territorial. Esta Comunas agruparan 39.000 Consejos Comunales donde harán vida 4.680.000 familias, lo que representa 21.060.000 de ciudadanos. Es decir, que alrededor de 68% de los venezolanos en el años 2019 (30.550.479) vivirán en subsistemas de Comunas”. Finalmente, digamos que su última gran divisa política fue: ¡Comuna o nada! De esta manera Chávez trazo los rasgos de la Revolución Socialista Bolivariana.
Quedaban así definidos un Poder Público y un Pode Comunal. En la realidad, el Poder Público exacerbó su presencia e introdujo una maraña irrespirable de controles en toda la vida económica y social, que ataron el movimiento progresivo de la economía y la llevaron al profundo agujero económico en que hoy nos encontramos.
Celebrado el III Congreso del PSUV del 26 al 29 de julio de 2014, y entregado los documentos el 30 de julio a Nicolás Madura en el suntuoso Cuartel de la Montaña (tomado del poema de Neruda dedicado a Bolívar), se produjeron 32 resoluciones que el articulista de Aporrea Yuri Valecillo tituló adecuadamente, de “Infusiones para dormir”, no atacaron nada especial. Sin embargo, propusieron “transformar el partido en poderosa herramienta de lucha para superar la pobreza. Generar desde el Partido, en unos perfecta con el Gobierno Bolivariano, la estrategia de lucha”. También aprobaron “asumir plenamente, desde la practica revolucionaria el carácter cívico-militar de la Revolución Bolivariana Socialista”.
Es decir, se actuó con un típico partido marxista –leninista: una organización vanguardista, vertical, y en este caso unida a una oligarquía militar obcecada por la “enfermedad infantil del comunismo” (Lenin). Esta oligarquía es la verdadera dueña del poder. En conclusión, no se admitió que la crisis económica fue generada por las políticas tomadas y practicadas por el tándem Giordani/Chávez. No comprendieron que los profundos desequilibrios económicos son un signo claro del fracaso total del modelo diseñado por el “líder Eterno y presidente fundador” del Partido.
El Buró Político del PSUV (en verdad comunistas), en especial Maduro, Cabello y Jorge Rodríguez ignoraron que la historia ya había sentenciado el colapso del comunismo. Lean:
El ocho de diciembre de 1991 los líderes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, ex repúblicas de la URSS de población eslava, se reunieron en el coto natural de Belovézhskaya Puscha para firmar un acuerdo que pusiera fin a la Unión Soviética y establecer la Comunidad de Estados Independientes (CEI), inicialmente percibida por muchos habitantes de la URSS como el mismo perro con distinto collar.
Pero muy pronto se dieron cuenta de que no era así. El veinte de diciembre el jefe de un Estado que ya no existía, Mijaíl Gorbachov, renunció a la Presidencia de la Unión Soviética y declaró la disolución de la misma. Inmediatamente después Gorbachov firmó un decreto por el que traspasaba el botón nuclear al jefe de las fuerzas armadas de la CEI, mariscal Yevgueny Sháposhinikov, ex ministro de defensa de la URSS. La entelequia creada por Marx quedo al desnudo: era una ilusión. Al tratar de imponerla por la fuerza, se convirtió en represión, crimen y terror.
De Marx a los bolcheviques: Un Reader’s Digest (y II)
Héctor Silva Michelena
Aleksandr Kérenski que había sucedido a Gueorgui Lvov, del Partido Constitucional Democrático (KD o kadete, liberal) actuó como el segundo y último primer ministro del Gobierno provisional instaurado tras la Revolución de Febrero, del cual era su figura principal, fue capaz de hacer fracasar el golpe del general Lavr Kornílov, pero no pudo evitar la Revolución de Octubre en la que los bolcheviques tomaron el poder. Estos primeros Gobiernos realizaron una amplia labor de reforma política, pero no resolvieron los problemas más importantes para la población: el fin de la guerra, la reforma agraria, los cambios en las condiciones de los obreros urbanos y las aspiraciones de las minorías. Kerenski liberó de la cárcel a los bolcheviques que habían participado en el golpe de Kornilov, y les proporcionó armas. Durante los siete meses del “gobierno provisional”, existió en Rusia un “poder dual”, ya que los soviets de Petrogrado (San Petersburgo) y Moscú, muy poderosos, incitaban a la subversión.
En las elecciones a los soviets celebradas el mes siguiente, los bolcheviques obtuvieron resultados impresionantes, lo que indicó a Lenin que había llegado el momento del golpe decisivo, y así fue. La decisión de tomar el poder se decidió en una reunión clandestina celebrada la noche del 23 al 24 de octubre de 1917. El golpe tuvo lugar el 7 noviembre (calendario gregoriano adoptado en 1918), que corresponde al 25 de octubre, según el calendario juliano, vigente en esa época. Cuando los bolcheviques se estaban preparando para asaltar el Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional, en el Palacio Smolny comenzaron las sesiones del Segundo Congreso de los Sóviets de los Representantes de Obreros y Soldados de Rusia. Del total de 670 delegados, 300 eran bolcheviques y unos 100 miembros del partido social-revolucionario de izquierda que también estaban a favor de derrocar al Gobierno provisional. Los demás delegados insistían en calificar de ilegítimo el asalto al Palacio de Invierno.
Lev Trotski dijo que eran “penosos individuos aislados” y les instó a marchar al “basurero de la historia”. Los que no estaban a favor de los bolcheviques abandonaron el Palacio Smolny. Unos cuantos días atrás, Lenin había lanzado su famosa consigna: “Todo el poder a los soviets”, que penetró rápidamente en los soviets urbanos de San Petersburgo (Petrogrado) y Moscú. Fue el soviet de San Petersburgo el que dio a Trotski el instrumento militar con el cual fue capaz de derribar el gobierno provisional, instalado en el Palacio de Invierno.
Cuando los bolcheviques se estaban preparando para asaltar el Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional, en el Palacio Smolny comenzaron las sesiones del Segundo Congreso de los Sóviets de los Representantes de Obreros y Soldados de Rusia. Del total de 670 delegados, 300 eran bolcheviques y unos 100 miembros del partido social-revolucionario de izquierda que también estaban a favor de derrocar al Gobierno provisional. Los demás delegados insistían en calificar de ilegítimo el asalto al Palacio de Invierno. Lev Trotski dijo que eran “penosos individuos aislados” y les instó a marchar al “basurero de la historia”. Los que no estaban a favor de los bolcheviques abandonaron el Palacio Smolny.
Lenin proclamó el triunfo de la revolución. El congreso aprobó un mensaje a todos los ciudadanos de Rusia en el que se anunciaba la caída del Gobierno provisional y la toma del poder por el sóviet de comisarios del pueblo. Lenin fue elegido su presidente, Trotski encabezó la comisaría de relaciones exteriores y Iósif Dzhugashvili, el nombre real de Stalin, se ocupó de las minorías étnicas.
Los bolcheviques estaban convencidos de que, con la toma del poder, la revolución se difundiría rápidamente por toda Europa. Lenin siempre tuvo una perspectiva internacionalista; para ese entonces, no aceptada la tesis de “la revolución en un solo país”. Karl Marx había sentenciado: “Es imposible la revolución en un solo país”. Y Engels, todavía más enfático: “La emancipación del proletariado no será posible más que como un acto internacional”. Cuando Lenin constató que la gran mayoría de los líderes socialistas habían apoyado a sus gobiernos nacionales en 1914, cuando estalló la Gran Guerra, los denunció como traidores a la causa y dedicó sus fuerzas a echar las bases de una nueva organización de revolucionarios socialistas. Después de apoderarse del poder, los bolcheviques resolvieron crear una Tercera Internacional. Cuando los delegados concurrentes se reunieron en Moscú en 1919, un levantamiento revolucionario en Berlín había sido aplastado, y sus líderes asesinados. Pero la gran mayoría de la clase obrera alemana quería, con toda evidencia, darle una oportunidad al liderazgo social demócrata de crear una nueva República alemana. Empero, para los líderes rusos todavía se avistaba cercana la revolución mundial.
Los bolcheviques formaron, de esta manera, la llamada Internacional Comunista, o Comintern, que se reunió en Moscú en julio de 1920; ya no se trataba de una reducida reunión de individuos o de representantes de pequeñas sectas, sino de un congreso de delegaciones provenientes de más de una docena de los mayores Partidos Comunistas europeos. Como resultado de esta reunión, se le entregó a los bolcheviques el control de la nueva Internacional, que rompió definitivamente con el movimiento socialista, a quienes acusaron de “social patriotas”, un herejía antimarxista. El Comintern quedó bajo la férula de los líderes rusos que exigían disciplina y obediencia revolucionaria. Hacia 1923, la tan esperada marea revolucionaria en Europa nunca se desarrolló. Más bien, Europa entró en una fase de relativa estabilidad económica y social. Después de la muerte de Lenin en 1924, los bolcheviques, bajo Stalin, comenzaron a utilizar los partidos sobre los cuales todavía ejercían un cierto dominio como instrumentos de la política exterior rusa. Aunque un líder de la talla de Trotski todavía creía (y murió creyendo) que la revolución mundial estaba en la agenda del Partido, su fe ya no era compartida por la mayoría del liderazgo ruso.
En el período de entre guerra se produce la ruptura total y agresiva de socialistas y comunistas. Los comunistas denunciaron por el mundo entero a los socialistas como “traidores sociales” que “objetivamente” estimulaban el sostenimiento del capitalismo. Los acusaron de haber repudiado el marxismo y traicionaron al socialismo internacional. Los socialistas replicaron enérgicamente demostrando los hechos dictatoriales del Estado soviético y acusaron a los comunistas de haber traicionado la tradición democrática socialista. El movimiento socialista europeo quedo irremediablemente dividido. La oposición fue tan agria que en las elecciones de 1932, los nazis ganaron el 33 por ciento de los votos, más que cualquier otro partido. En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller con el apoyo de los comunistas, al partido nazi (los socialistas se opusieron). Los comunistas esperaban que la victoria nazi sería solo temporal y que, después las masas alemanas los seguirían a ellos. Su grito de batalla era: “Después de los nazis, nosotros”. El resultado final fue el desastre: tanto comunistas como socialistas fueron duramente perseguidos por los nazis, que habían ayudado al ascenso del fascismo.
Ahora nos preguntamos ¿cuál es el carácter del PSUV? Aplicando la frase de la Biblia: “Por sus obras los conocerías” (Mt 7,15-20). Ciertamente, los primeros siete años del gobierno de Chávez no definieron nunca con claridad el carácter de su “revolución bolivariana”, más bien hubo muchos vaivenes en el modelo económico, y la economía fue sometida a la política bajo el mando de Chávez pues la consolidación del poder político fue la guía de su gestión, y para eso ajustaba en una u otra forma el modelo económico. La pretensión de un Estado socialista se dibuja, al fin, después de muchas indefiniciones y esperas en el proyecto de reforma constitucional sometido a Referendo en diciembre de 2007 y derrotado. En el artículo 112 del citado proyecto se planteaba que, el Estado promovería una economía productiva, independiente, diversificada, fundada en valores humanísticos y la preponderancia de los intereses comunes sobre los individuales, todo ello con el objeto de crear las mejores condiciones para la construcción de una economía socialista. La propuesta fue derrotada en Referéndum, sin embargo, la propuesta fue introducida mediante leyes habilitantes y una enmienda constitucional aprobada en referéndum de 2009.
Se desarrolló entonces una estructura económica caracterizada por un capitalismo de Estado muy importante, una decreciente economía privada y un pequeño de economía social, que se aspiraba a extender. Así en su programa de gobierno presentado al CNE el 11 de junio de 2012 para las elecciones del 7 de octubre de ese año, titulado “Plan de la Patria”. Programa del Gobierno Bolivariano 2012-2019. Planteada una “radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso”. “para avanzar hacia el socialismo necesitamos de un poder popular capaz de desarticular las tramas de opresión, explotación y dominación que subsisten en la sociedad venezolana”. Un párrafo importante es el siguiente: “La consolidación y el acompañamiento del Poder popular en el periodo 2013-2019 afianzaran la conformación de tres mil Comunas Socialistas, considerando un crecimiento anual aproximado de 450 Comunas, de acuerdo a las características demográficas de los ejes de desarrollo territorial. Esta Comunas agruparan 39.000 Consejos Comunales donde harán vida 4.680.000 familias, lo que representa 21.060.000 de ciudadanos. Es decir, que alrededor de 68% de los venezolanos en el años 2019 (30.550.479) vivirán en subsistemas de Comunas”. Finalmente, digamos que su última gran divisa política fue: ¡Comuna o nada! De esta manera Chávez trazo los rasgos de la Revolución Socialista Bolivariana.
Quedaban así definidos un Poder Público y un Pode Comunal. En la realidad, el Poder Público exacerbó su presencia e introdujo una maraña irrespirable de controles en toda la vida económica y social, que ataron el movimiento progresivo de la economía y la llevaron al profundo agujero económico en que hoy nos encontramos.
Celebrado el III Congreso del PSUV del 26 al 29 de julio de 2014, y entregado los documentos el 30 de julio a Nicolás Madura en el suntuoso Cuartel de la Montaña (tomado del poema de Neruda dedicado a Bolívar), se produjeron 32 resoluciones que el articulista de Aporrea Yuri Valecillo tituló adecuadamente, de “Infusiones para dormir”, no atacaron nada especial. Sin embargo, propusieron “transformar el partido en poderosa herramienta de lucha para superar la pobreza. Generar desde el Partido, en unos perfecta con el Gobierno Bolivariano, la estrategia de lucha”. También aprobaron “asumir plenamente, desde la practica revolucionaria el carácter cívico-militar de la Revolución Bolivariana Socialista”.
Es decir, se actuó con un típico partido marxista –leninista: una organización vanguardista, vertical, y en este caso unida a una oligarquía militar obcecada por la “enfermedad infantil del comunismo” (Lenin). Esta oligarquía es la verdadera dueña del poder. En conclusión, no se admitió que la crisis económica fue generada por las políticas tomadas y practicadas por el tándem Giordani/Chávez. No comprendieron que los profundos desequilibrios económicos son un signo claro del fracaso total del modelo diseñado por el “líder Eterno y presidente fundador” del Partido.
El Buró Político del PSUV (en verdad comunistas), en especial Maduro, Cabello y Jorge Rodríguez ignoraron que la historia ya había sentenciado el colapso del comunismo. Lean:
El ocho de diciembre de 1991 los líderes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, ex repúblicas de la URSS de población eslava, se reunieron en el coto natural de Belovézhskaya Puscha para firmar un acuerdo que pusiera fin a la Unión Soviética y establecer la Comunidad de Estados Independientes (CEI), inicialmente percibida por muchos habitantes de la URSS como el mismo perro con distinto collar.
Pero muy pronto se dieron cuenta de que no era así. El veinte de diciembre el jefe de un Estado que ya no existía, Mijaíl Gorbachov, renunció a la Presidencia de la Unión Soviética y declaró la disolución de la misma. Inmediatamente después Gorbachov firmó un decreto por el que traspasaba el botón nuclear al jefe de las fuerzas armadas de la CEI, mariscal Yevgueny Sháposhinikov, ex ministro de defensa de la URSS. La entelequia creada por Marx quedo al desnudo: era una ilusión. Al tratar de imponerla por la fuerza, se convirtió en represión, crimen y terror.
PANEBARCO 10/10
El Nacional - Sábado 07 de Octubre de 2006 A/8
Misión Añagaza
Ramón Hernández
Ahora, que han desaparecido hasta los restos de escombros que unos pocos guardaban como recuerdo del Muro de Berlín --se deshicieron de ellos al constatar que no tendrían valor de uso ni de cambio-y que ha quedado al descubierto que eso que con mucho bombo se llamaba Academia de Ciencias de la URSS no era más que una farsa en la que se refugiaban una sarta de burócratas embaucadores, de científicos de pacotilla y no pocos saltimbanquis de la epistemología, asombra que en Venezuela se recurra como la gran novedad al marxismo-leninismo como método de estudiar la realidad social y económica, que equivaldría a utilizar un vaso de cartón mojado en asuntos para los que un carnicero usa un cuchillo de acero bien afilado.
Cuando la academia cubana descubrió en 1994, obviemos la tardanza, que habían sido engañados por la "inteligentzia soviética" y que todo lo que habían recibido como enseñanzas "marxistas" no eran más que distorsiones manualescas y chapucerías, su respuesta inmediata no fue asumir los daños directos y colaterales, sino mantener la mentira y con particular viveza caribeña, mira, tú, fueron transformando los cursos de marxismo-leninismo que se dictaban en las universidades y demás centros de estudios superiores para incorporar los CTS, que no es la fórmula de la energía atómica, pero sí la trocha que encontraron para, sin necesidad de autocríticas indignas, recuperar el camino de la seriedad científica. CTS significa ciencia, tecnología y sociedad, que es algo muy distinto a las arbitrariedades léxico-semánticas en las que se regodeaba F. Konstantinov en sus disquisiciones churriguerescas del materialismo dialéctico y sus derivaciones científico-prácticas.
La imaginación popular que no tiene límites, pero que siempre es superada por la realidad en las formas más estrambóticas y bizarras, inventó la historia de dos presos rusos que, siendo vecinos de calabozo, lograron establecer comunicación a través de un pequeño agujero en la pared. Por ahí hablaban sin límites y sin temores, y por ahí uno descubrió que el otro conocía Barcelona y tenía una capacidad increíble para describir las calles, los avisos luminosos, las faldas de las mujeres y su contoneo al caminar, las conversaciones que tuvo en lo bares y las distracciones que tropezó en los café. También que hablaba catalán y que no tenía problema en ensañárselo. Desde entonces, se dedicó a entender el significado de las palabras, su pronunciación, las especificidades gramaticales, las reglas y las excepciones.
Pronto pudieron comunicarse en la lengua aprendida y conversaban de asuntos muy pueriles pero también se enredaban en disquisiciones que salpicaban con Kant y también con Diderot. A los pocos meses, sin que nos toque explicar el laberinto de la justicia soviética, quedó libre. Sin nada que hacer y con la posibilidad de conocer Barcelona, hizo el viaje. En la estación del tren, tan pronto cruzó la primera palabra se dio cuenta que no lo entendían. Que aunque se afanaba en pronunciar despacio y articular debidamente vocales y consonantes, no lo entendían. Nadie lo entendía. Era más fácil encontrar quien entendiera su ruso que el catalán que con tanto éxito le había enseñado su compañero de prisión. Su decepción fue inmensa cuando entendió que eso que había aprendido no era catalán ni idioma alguno conocido, que había sido víctima de una broma cruel, que su amigo le había inventado una lengua, que le resultaba inútil, que era su único hablante.
Cuando se desplomó la Unión Soviética y la "academia" cubana tuvo que recurrir al resto del mundo sin intermediarios radicados en Moscú, cayó en cuenta de que había aprendido una jeringonza, pero no un método científico de interpretar la realidad, que si no se contaba con los rublos de Moscú, el materialismo dialéctico que "hablaba del tiempo y del espacio como elementos estéticos constituyentes de la realidad" no les servía para sembrar frijoles ni para la zafra de la caña; muchísimo menos para entender cómo la voluntad caprichosa podía anular todas las categorías contrarias a la explotación del hombre por el hombre a que se referían Marx y Engels en el Manifiesto comunista, pero también en el antiduring.
En lugar de reconocer el engaño, y hasta dar un salto adelante y reconocer las carencias teóricas y programáticas del marxismo, su inutilidad, el sociolismo cubano revitalizó su parasitismo estructural y sin amagos ni vergüenzas estableció su propia modalidad de ideología revolucionaria, que no necesariamente se le denomina castrismo en los libros de texto y difusión académica, sino por las siglas CTS. La mandarina pelada está.
La hipocresía y la viveza caribeña, que también encierra mucho miedo a los caprichos del aparato, hizo que el tradicional examen de filosofía marxista que en Cuba deben pasar todos los aspirantes a categorías docentes principales, así como el examen mínimo de filosofía para la obtención de grados científicos de doctor, en disciplinas tanto sociales como técnicas, se ha transformado en un examen de "problemas sociales de la ciencia y la tecnología", que ya se le conoce entre los profesores como CTS, sin más. Mientras, a Venezuela se mandan los profesores de marxismo-leninismo que no han podido aprender el CTS. Ay, Asalia, tanto leer a Mao para ahora tener que decir: "Ordene, mi comandante". Alquilo catecismo rojo.
EL NACIONAL, Caracas, 16 de octubre de 1997
El grado cero del pensamiento
Roberto Hernández Montoya
En estos adioses del siglo se ha puesto de moda la muerte de las ideologías. Vemos con la irónica compasión de Borges por los heresiarcas a todos aquellos que se contorsionan con ideas fijas, tutelares y absolutas. No estaríamos como en la Edad Media, cuando había quien sostenía que saltar en la tumba de cierto santo movilizaba como nada la fisiología del espíritu, para no hablar de la circulación sanguínea. Otros que María no era virgen y que Cristo tuvo una porción de hermanos. Por ideas así mataban o se hacían matar. Con frecuencia ambas cosas.
Cuando comenzó esta Democracia había un espectro político bastante didáctico: la izquierda era el Partido Comunista de Venezuela, la derecha Copei, Acción Democrática la izquierda "con vaselina" (Rómulo dixit). URD quedaba como enigma único, al buen tuntún de los lances de Jóvito Villalba, su líder total. Comodín de la política, premonitorio del presente, Jóvito era un profeta. Ahora, niños, ya saben quién es el epónimo del Parque del Oeste. De resto la gente se decidía por un partido u otro segén su visión ante la historia de Venezuela, si aplaudía a los liberales o a los conservadores de la Guerra Federal, si creía en Dios o no y cómo. Tanto fue así que cuando Rómulo sumió a AD en la tradición retrógrada que tanto combatió, los jóvenes indignados, Domingo Alberto Rangel, Jorge Dáger, Américo Martín, se fueron un rato a la guerrilla, a matar o a hacerse matar por las ideas traicionadas. Se aliaron con Teodoro y Pompeyo. Luego vino la "democracia con energía" y con ella esta entropía ideológica. Candidatearse ahora es decir "ese hombre sí camina", "yo tengo la voluntad", "palante!", que son ideologías más bien deficitarias.
En realidad no ha muerto ninguna ideología. Lo que ha menguado es el marxismo. Y ni tanto, porque ahí está Fidel. Las demás están intactas. No he visto al Papa disolver el Vaticano ni a los ayatolas decir que ya no creen en las cosas esas. La secta Moon es tan poderosa que la expulsan a pesar de sus inversiones básicas. Hay gente que se suicida por acudir a una cita con una nave espacial estacionada tras un cometa. Gente que mata por Euzkadi. No estamos en ese mundo de ciertos intelectuales exquisitos que dicen no creer en nada, aparentemente admiradores de Borges, que han construido una estética sobre su incompetencia absoluta en todo, hasta para escribir, pintar o componer, que se supone que es lo que saben hacer. Están como los demás: en la ideología de la desvergüenza, en la que no se oponen visiones del mundo sino acciones de facto. Así será de desheredado el debate que el único que empuña una ideología es el Movimiento Bolivariano.
Tal vez sea mejor así, como sugiere Janet Kelly. Si aunque sea hubiera un candidato como lo esbozaba José Ignacio, que no hablara tanto y tapara unos baches o hiciera funcionar tuberías. Quizás ese candidato es Irene, que solo produce pasión entre quienes la adversan por bonita y por mujer y entonces dicen la tontería de que es tonta. Es una lástima que una beldad no produzca pasión entre sus admiradores. Es inconcebible que en el contexto político cerrado de Venezuela un candidato cimarrón gane las elecciones y se las respeten. Pero si no va a ser apasionante sería al menos divertido que ganara Irene.
rhernand@analitica.com
Misión Añagaza
Ramón Hernández
Ahora, que han desaparecido hasta los restos de escombros que unos pocos guardaban como recuerdo del Muro de Berlín --se deshicieron de ellos al constatar que no tendrían valor de uso ni de cambio-y que ha quedado al descubierto que eso que con mucho bombo se llamaba Academia de Ciencias de la URSS no era más que una farsa en la que se refugiaban una sarta de burócratas embaucadores, de científicos de pacotilla y no pocos saltimbanquis de la epistemología, asombra que en Venezuela se recurra como la gran novedad al marxismo-leninismo como método de estudiar la realidad social y económica, que equivaldría a utilizar un vaso de cartón mojado en asuntos para los que un carnicero usa un cuchillo de acero bien afilado.
Cuando la academia cubana descubrió en 1994, obviemos la tardanza, que habían sido engañados por la "inteligentzia soviética" y que todo lo que habían recibido como enseñanzas "marxistas" no eran más que distorsiones manualescas y chapucerías, su respuesta inmediata no fue asumir los daños directos y colaterales, sino mantener la mentira y con particular viveza caribeña, mira, tú, fueron transformando los cursos de marxismo-leninismo que se dictaban en las universidades y demás centros de estudios superiores para incorporar los CTS, que no es la fórmula de la energía atómica, pero sí la trocha que encontraron para, sin necesidad de autocríticas indignas, recuperar el camino de la seriedad científica. CTS significa ciencia, tecnología y sociedad, que es algo muy distinto a las arbitrariedades léxico-semánticas en las que se regodeaba F. Konstantinov en sus disquisiciones churriguerescas del materialismo dialéctico y sus derivaciones científico-prácticas.
La imaginación popular que no tiene límites, pero que siempre es superada por la realidad en las formas más estrambóticas y bizarras, inventó la historia de dos presos rusos que, siendo vecinos de calabozo, lograron establecer comunicación a través de un pequeño agujero en la pared. Por ahí hablaban sin límites y sin temores, y por ahí uno descubrió que el otro conocía Barcelona y tenía una capacidad increíble para describir las calles, los avisos luminosos, las faldas de las mujeres y su contoneo al caminar, las conversaciones que tuvo en lo bares y las distracciones que tropezó en los café. También que hablaba catalán y que no tenía problema en ensañárselo. Desde entonces, se dedicó a entender el significado de las palabras, su pronunciación, las especificidades gramaticales, las reglas y las excepciones.
Pronto pudieron comunicarse en la lengua aprendida y conversaban de asuntos muy pueriles pero también se enredaban en disquisiciones que salpicaban con Kant y también con Diderot. A los pocos meses, sin que nos toque explicar el laberinto de la justicia soviética, quedó libre. Sin nada que hacer y con la posibilidad de conocer Barcelona, hizo el viaje. En la estación del tren, tan pronto cruzó la primera palabra se dio cuenta que no lo entendían. Que aunque se afanaba en pronunciar despacio y articular debidamente vocales y consonantes, no lo entendían. Nadie lo entendía. Era más fácil encontrar quien entendiera su ruso que el catalán que con tanto éxito le había enseñado su compañero de prisión. Su decepción fue inmensa cuando entendió que eso que había aprendido no era catalán ni idioma alguno conocido, que había sido víctima de una broma cruel, que su amigo le había inventado una lengua, que le resultaba inútil, que era su único hablante.
Cuando se desplomó la Unión Soviética y la "academia" cubana tuvo que recurrir al resto del mundo sin intermediarios radicados en Moscú, cayó en cuenta de que había aprendido una jeringonza, pero no un método científico de interpretar la realidad, que si no se contaba con los rublos de Moscú, el materialismo dialéctico que "hablaba del tiempo y del espacio como elementos estéticos constituyentes de la realidad" no les servía para sembrar frijoles ni para la zafra de la caña; muchísimo menos para entender cómo la voluntad caprichosa podía anular todas las categorías contrarias a la explotación del hombre por el hombre a que se referían Marx y Engels en el Manifiesto comunista, pero también en el antiduring.
En lugar de reconocer el engaño, y hasta dar un salto adelante y reconocer las carencias teóricas y programáticas del marxismo, su inutilidad, el sociolismo cubano revitalizó su parasitismo estructural y sin amagos ni vergüenzas estableció su propia modalidad de ideología revolucionaria, que no necesariamente se le denomina castrismo en los libros de texto y difusión académica, sino por las siglas CTS. La mandarina pelada está.
La hipocresía y la viveza caribeña, que también encierra mucho miedo a los caprichos del aparato, hizo que el tradicional examen de filosofía marxista que en Cuba deben pasar todos los aspirantes a categorías docentes principales, así como el examen mínimo de filosofía para la obtención de grados científicos de doctor, en disciplinas tanto sociales como técnicas, se ha transformado en un examen de "problemas sociales de la ciencia y la tecnología", que ya se le conoce entre los profesores como CTS, sin más. Mientras, a Venezuela se mandan los profesores de marxismo-leninismo que no han podido aprender el CTS. Ay, Asalia, tanto leer a Mao para ahora tener que decir: "Ordene, mi comandante". Alquilo catecismo rojo.
EL NACIONAL, Caracas, 16 de octubre de 1997
El grado cero del pensamiento
Roberto Hernández Montoya
En estos adioses del siglo se ha puesto de moda la muerte de las ideologías. Vemos con la irónica compasión de Borges por los heresiarcas a todos aquellos que se contorsionan con ideas fijas, tutelares y absolutas. No estaríamos como en la Edad Media, cuando había quien sostenía que saltar en la tumba de cierto santo movilizaba como nada la fisiología del espíritu, para no hablar de la circulación sanguínea. Otros que María no era virgen y que Cristo tuvo una porción de hermanos. Por ideas así mataban o se hacían matar. Con frecuencia ambas cosas.
Cuando comenzó esta Democracia había un espectro político bastante didáctico: la izquierda era el Partido Comunista de Venezuela, la derecha Copei, Acción Democrática la izquierda "con vaselina" (Rómulo dixit). URD quedaba como enigma único, al buen tuntún de los lances de Jóvito Villalba, su líder total. Comodín de la política, premonitorio del presente, Jóvito era un profeta. Ahora, niños, ya saben quién es el epónimo del Parque del Oeste. De resto la gente se decidía por un partido u otro segén su visión ante la historia de Venezuela, si aplaudía a los liberales o a los conservadores de la Guerra Federal, si creía en Dios o no y cómo. Tanto fue así que cuando Rómulo sumió a AD en la tradición retrógrada que tanto combatió, los jóvenes indignados, Domingo Alberto Rangel, Jorge Dáger, Américo Martín, se fueron un rato a la guerrilla, a matar o a hacerse matar por las ideas traicionadas. Se aliaron con Teodoro y Pompeyo. Luego vino la "democracia con energía" y con ella esta entropía ideológica. Candidatearse ahora es decir "ese hombre sí camina", "yo tengo la voluntad", "palante!", que son ideologías más bien deficitarias.
En realidad no ha muerto ninguna ideología. Lo que ha menguado es el marxismo. Y ni tanto, porque ahí está Fidel. Las demás están intactas. No he visto al Papa disolver el Vaticano ni a los ayatolas decir que ya no creen en las cosas esas. La secta Moon es tan poderosa que la expulsan a pesar de sus inversiones básicas. Hay gente que se suicida por acudir a una cita con una nave espacial estacionada tras un cometa. Gente que mata por Euzkadi. No estamos en ese mundo de ciertos intelectuales exquisitos que dicen no creer en nada, aparentemente admiradores de Borges, que han construido una estética sobre su incompetencia absoluta en todo, hasta para escribir, pintar o componer, que se supone que es lo que saben hacer. Están como los demás: en la ideología de la desvergüenza, en la que no se oponen visiones del mundo sino acciones de facto. Así será de desheredado el debate que el único que empuña una ideología es el Movimiento Bolivariano.
Tal vez sea mejor así, como sugiere Janet Kelly. Si aunque sea hubiera un candidato como lo esbozaba José Ignacio, que no hablara tanto y tapara unos baches o hiciera funcionar tuberías. Quizás ese candidato es Irene, que solo produce pasión entre quienes la adversan por bonita y por mujer y entonces dicen la tontería de que es tonta. Es una lástima que una beldad no produzca pasión entre sus admiradores. Es inconcebible que en el contexto político cerrado de Venezuela un candidato cimarrón gane las elecciones y se las respeten. Pero si no va a ser apasionante sería al menos divertido que ganara Irene.
rhernand@analitica.com
domingo, 9 de febrero de 2014
REFERENTES
SOL DE MARGARITA, 8 de febrero de 2014
GRANO DE MOSTAZA
La espiritualidad del socialismo bolivariano
William Fariñas
La política es esencialmente humana y tiene espiritualidad. La sola acción de ocuparnos por resolver las situaciones que nos procura el bienestar y la felicidad junto a los semejantes nos aproxima a la actitud espiritual de la política. Nadie alcanza los bienes materiales y afectivos de la vida sin el intercambio social con los demás. Somos por naturaleza seres sociales de estirpe popular y comunitaria.
La inserción social dispone de una capacidad para convivir y compartir con nuestros prójimos. Las relaciones en la vida social, en el trabajo y la economía, en la comunidad y la familia, requieren del encuentro, el diálogo, la solidaridad y el acompañamiento para lograr los intereses y fines comunes. También están presentes en estas realidades las contrariedades y disentimientos, los debates, las confrontaciones e inevitablemente los conflictos de distintas intensidades.
El socialismo bolivariano construye su referencia moral y ética en este momento histórico del siglo XXI. Es una cimentación heroica de un pueblo consciente de sus poderes creadores para construir y sostener el proceso de cambio en la sociedad venezolana. En estas últimas décadas el pueblo bolivariano ha asumido una actitud crítica, reflexiva y proactiva para definir sus principios y valores rectores de la vida nacional. La Constitución Bolivariana es producto de ese esfuerzo colectivo.
Más allá de la materialidad que nos exige la vida en sociedad, existe un conjunto de representaciones mentales, cognitivas, sensoriales y espirituales que conforman los sistemas de ideas, creencias y valores que legitiman la gobernabilidad de la revolución bolivariana, no sólo en el ámbito electoral, igualmente en la espiritualidad de los venezolanos en todo su contexto. Es necesario aclarar que espiritualidad no significa sacralizar e identificar el concepto a religión alguna, más bien es respetar las creencias insondables de una nación creyente y no atea como el pueblo venezolano. Existe un legado espiritual de nuestros ancestros indígenas, afro y euro descendientes que sincretizan distintas creencias y místicas religiosas.
La revolución bolivariana es profundamente humanista, cristiana, patriota y chavista. Actualmente los cambios se iluminan con la revolución bolivariana, en la posibilidad de enriquecer nuestra espiritualidad con una nueva ética política por la paz y la vida; en el cuidado del ambiente, la salud, alimentación, educación y vivienda; la igualdad social en justicia y derecho y distintas expresiones de las artes y la cultura en general.
Jesucristo Redentor de los pueblos, El Libertador Simón Bolívar y el Comandante Invicto Hugo Chávez son nuestros referentes espirituales que nos alimentan la condición revolucionaria como ciudadanos exigidos por nuestros semejantes; especialmente en la dignificación de los más pobres, en el honor y amor a la patria, y todo lo que representa La República Bolivariana de Venezuela y sus desafíos en un mundo cambiante y globalizado. Venceremos.
GRANO DE MOSTAZA
La espiritualidad del socialismo bolivariano
William Fariñas
La política es esencialmente humana y tiene espiritualidad. La sola acción de ocuparnos por resolver las situaciones que nos procura el bienestar y la felicidad junto a los semejantes nos aproxima a la actitud espiritual de la política. Nadie alcanza los bienes materiales y afectivos de la vida sin el intercambio social con los demás. Somos por naturaleza seres sociales de estirpe popular y comunitaria.
La inserción social dispone de una capacidad para convivir y compartir con nuestros prójimos. Las relaciones en la vida social, en el trabajo y la economía, en la comunidad y la familia, requieren del encuentro, el diálogo, la solidaridad y el acompañamiento para lograr los intereses y fines comunes. También están presentes en estas realidades las contrariedades y disentimientos, los debates, las confrontaciones e inevitablemente los conflictos de distintas intensidades.
El socialismo bolivariano construye su referencia moral y ética en este momento histórico del siglo XXI. Es una cimentación heroica de un pueblo consciente de sus poderes creadores para construir y sostener el proceso de cambio en la sociedad venezolana. En estas últimas décadas el pueblo bolivariano ha asumido una actitud crítica, reflexiva y proactiva para definir sus principios y valores rectores de la vida nacional. La Constitución Bolivariana es producto de ese esfuerzo colectivo.
Más allá de la materialidad que nos exige la vida en sociedad, existe un conjunto de representaciones mentales, cognitivas, sensoriales y espirituales que conforman los sistemas de ideas, creencias y valores que legitiman la gobernabilidad de la revolución bolivariana, no sólo en el ámbito electoral, igualmente en la espiritualidad de los venezolanos en todo su contexto. Es necesario aclarar que espiritualidad no significa sacralizar e identificar el concepto a religión alguna, más bien es respetar las creencias insondables de una nación creyente y no atea como el pueblo venezolano. Existe un legado espiritual de nuestros ancestros indígenas, afro y euro descendientes que sincretizan distintas creencias y místicas religiosas.

Jesucristo Redentor de los pueblos, El Libertador Simón Bolívar y el Comandante Invicto Hugo Chávez son nuestros referentes espirituales que nos alimentan la condición revolucionaria como ciudadanos exigidos por nuestros semejantes; especialmente en la dignificación de los más pobres, en el honor y amor a la patria, y todo lo que representa La República Bolivariana de Venezuela y sus desafíos en un mundo cambiante y globalizado. Venceremos.
miércoles, 26 de enero de 2011
ballenato ideológico

Cuatro notas … y media
Luis Barragán
Insistimos en la puntualización ideológica, porque opera el inmenso contrabando de un proyecto que lo es por encima de la banalidad y la vanidad que sustancian o dicen sustanciar la política de los tiempos más recientes. Ambos rasgos, haciendo de los asuntos públicos una materia de escasa importancia para el destino personal, zanjado un penoso divorcio del que ya se sienten las consecuencias, permiten el afianzamiento de un modelo y el aseguramiento de un poder a la vista de aquellos que los creyeron una anécdota más de nuestro divertido y largo historial.
De soterrada coherencia conceptual y estratégica, según las conveniencias de la actual dirección del Estado, hay intenciones y pretensiones serísimas que se deslizan en medio de las grandes distracciones que excreta cada coyuntura. Sin embargo, un sector todavía importante y decisivo de la población cree en la realización de una democracia participativa y justiciera a la que únicamente se resisten los privilegiados, aunque éstos ya son escandalosamente minoritarios, frecuentemente ligados al poder, a los que no los afecta la inflación ni afectará la demencial negociación nuclear de ejemplificar apenas el presente y el futuro del país.
Modelo confundido entre los pliegues de un socialismo bolivariano, definitiva nomenclatura de los decretos presidenciales, nos remite al más anacrónico marxismo que, al desconocer los intensos debates que produjo, nos retrotraen a una asombrosa etapa de premodernización. A lo sumo, los partidarios del proyecto lo refieren como una novedosa y neta experiencia venezolana, alejada del consabido drama del llamado socialismo real, mientras sus oponentes no desean reconocerlo con la franqueza que supone un dominio básico de sus presupuestos. Por ello, la ligereza cierta de toda polémica que se convierte en un espectáculo para los espectadores quietos y temerosos, cuya pasividad es alarmante.
El actual régimen no es el resultado y portavoz de la lucha de clases tan cara para el marxismo clásico, pues – de un lado - no toda lucha lo es, habida cuenta de la consolidada economía rentista que tenemos, en la que el estamento de poder tiene una aguda consciencia de las oportunidades y habilidades con las que cuenta; ni – por el otro – hay partido que represente, sustituya o diga sustituir al proletariado, siendo el PSUV una manifestación moldeable del bonapartismo más rudimentario que certifica la buena conducta clientelar. Primera nota, convenimos con Nikolaus Werz en la “idea de una comunidad organizada corporativamente” (“Pensamiento sociopolítico moderno en América Latina”, Nueva Sociedad, Caracas, 1995: 89), por lo que respecta a un populismo de viejo abolengo que – renovado - transfiere o intenta transferir a las juntas comunales los problemas más severos que confronta el Estado, básica y desigualmente financiadas, a la vez que departamentaliza y le concede identidad a los demandantes sociales más vehementes (acaso, emblemáticos), independientemente de su contribución real a la creación de riqueza.
La democracia participativa formal, en un cuadro de aguda desinstitucionalización del debate y oficio político, tampoco permite una libre y espontánea manifestación del conflicto social que – manipulado – ahoga el gobierno nacional con sus consignas, y – circunscrito – evita la oposición como una literal declaración de la guerra civil. Segunda nota, a propósito del deporte profesional que contradice evidentemente la perspectiva tan esquemática que tiene del capitalismo, el estamento de poder sufre una consecutiva derrota en un ámbito donde la lucha adquiere una limpia e inadvertida dinámica, si fuere el caso, conviniendo con Ralph Miliband que “desde el punto de vista de la formación y disolución de la conciencia de clase, la cultura del deporte merece mucha más atención de la que ha recibido” (“Marxismo y política”, Siglo Veintiuno Editores, Madrid, 1978: 68 s.).
El proyecto o modelo en curso no es fruto de la polémica actualizadora que experimentó el marxismo venezolano a raíz de la derrota insurreccional de los sesenta, sino repetición de antiguos vicios que cree superar con un artificial deslinde semántico, incluyendo la peor descalificación personal y moral del adversario. Tercera nota, por lo demás reedita situaciones más antiguas aún, imponiéndonos del retroceso, al observar con Eloi Lengrand y Arturo Sosa los trazos del positivismo en el precursor debate marxista del país, sentenciando el PCV quién era o no de izquierda (“Del garibaldismo estudiantil a la izxquierda criolla. Los orígenes marxisas del proyecto de A.D. (1928-1935)”, Ediciones Centauro, Caracas, 1981: 252 s., 271).
Es necesario insistir en la controversia creadora, rompiendo con el temario y lenguaje de interés exclusivo del régimen que – inevitable – redunda, temeroso del flujo natural de los acontecimientos. Cuarta nota, el continuismo deviene razón secreta e incomprensible de Estado, porque bien observó – en un caso semejante de ascenso y mantenimiento en el poder - Carlos Iván Degregori que “la consolidación del engendro antipolítico condenaba al país a girar sobre sí mismo, a revivir obsesivamente el momento fundante del fujimorismo (…) Si la política se militariza, todo puede volverse secreto militar” (“La década de la antipolítica. Auge y huída de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos”, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 2000: 75 s.).
Fuente:
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/7617939.asp#
Ilustración:
http://ficcioncaracas.blogsome.com/images/agua.jpg
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