Mostrando entradas con la etiqueta Etica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Etica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de abril de 2014

PREDICAMENTO

Celebración de la vida
Luis Barragán


A Hilda Elena, en su cumpleaños.
Bendición.


El régimen expone un abultado repertorio de consignas, repetidas hasta la saciedad por una larga década y media, consagrando el divorcio entre la prédica inconsistente y los hechos inalterables de los que no puede huir por obra de los eufemismos. Bastará con revisar las intervenciones del mal llamado diálogo de Miraflores, recientemente efectuado, para constatar las flaquezas – incluso – ideológicas de los elencos del poder: pesan más las ofensas que los argumentos.

El culto a la personalidad extinta no provee los referentes éticos indispensables, forzando una vinculación que los elementos mágico-religiosos que sirven de trasfondo a tan inédita experiencia política. Por consiguiente, el esfuerzo de superación del actual desorden establecido es mayor.

Creyentes o no, esta Semana Santa debe ser motivo de una profunda reflexión sobre los valores y antivalores que realizamos, habida cuenta de  las  consecuencias de la consabida represión gubernamental y las interpretaciones que suscita.  El monopolio político y social del poder por esos elencos que prácticamente quebraron al país, celosos de sus privilegios y capaces de apelar a cualesquiera pretextos, ocurrencias y caprichos, no debe contentar ni siquiera a sus declarados simpatizantes: importa el discernimiento que se convierta en un valiente cuestionamiento que, además, esclarezca el proyecto que los anima y que no pueden jamás aceptar su realización a través de las muertes, lesiones y prisiones que ha generado su exagerada defensa.
Vamos hacia la Pascua de Resurrección que es celebración de la vida prometida, más importante que el rumboso período navideño y de año nuevo.  Y acercarse a Jesús con sencillez creadora, sin que nos propongamos un estudio histórico o teológico, exige contrastar su mensaje con todo lo que sucede, en defensa de la verdad que no debe fenecer,  desde nuestra propia experiencia personal y comunitaria: resulta un paso indispensable para descubrirnos en el otro y en los otros camino a una libertad liberadora que los falsos mesías de la hora falsifican, adulteran y manipulan.

Algo muy serio ocurre y urgimos de una interpretación correcta para la más adecuada respuesta y compromiso, por lo que no es posible escapar, amenazados por una violencia superior: la de los antivalores que redundan en la cultura de la muerte.  Sencillez creadora: interrogarse, discernir y actuar según nuestras posibilidades, en reclamo de una cultura de la vida por la que se lucha conquistándola y celebrándola.

Reproducciones: En la edición de Élite del 16 de abril de 1960 (Caracas, nr. 1803), Oscar Yánes y Julio César Martínez suscriben un reportaje de título revelador: "Jesús y los problemas venezolanos". Por cierto, afianzados en sendas citas bíblicas, el fotomontaje constituye acaso un ejercicio precursor de lo que, después, se entenderá como teología política o de a liberación.


domingo, 9 de febrero de 2014

REFERENTES

SOL DE MARGARITA, 8 de febrero de 2014
GRANO DE MOSTAZA
La espiritualidad del socialismo bolivariano
William Fariñas 

La política es esencialmente humana y tiene espiritualidad. La sola acción de ocuparnos por resolver las situaciones que nos procura el bienestar y la felicidad junto a los semejantes nos aproxima a la actitud espiritual de la política. Nadie alcanza los bienes materiales y afectivos de la vida sin el intercambio social con los demás. Somos por naturaleza seres sociales de estirpe popular y comunitaria.
La inserción social dispone de una capacidad para convivir y compartir con nuestros prójimos. Las relaciones en la vida social, en el trabajo y la economía, en la comunidad y la familia, requieren del encuentro, el diálogo, la solidaridad y el acompañamiento para lograr los intereses y fines comunes. También están presentes en estas realidades las contrariedades y disentimientos, los debates, las confrontaciones e inevitablemente los conflictos de distintas intensidades.
El socialismo bolivariano construye su referencia moral y ética en este momento histórico del siglo XXI. Es una cimentación heroica de un pueblo consciente de sus poderes creadores para construir y sostener el proceso de cambio en la sociedad venezolana. En estas últimas décadas el pueblo bolivariano ha asumido una actitud crítica, reflexiva y proactiva para definir sus principios y valores rectores de la vida nacional. La Constitución Bolivariana es producto de ese esfuerzo colectivo.
Más allá de la materialidad que nos exige la vida en sociedad, existe un conjunto de representaciones mentales, cognitivas, sensoriales y espirituales que conforman los sistemas de ideas, creencias y valores que legitiman la gobernabilidad de la revolución bolivariana, no sólo en el ámbito electoral, igualmente en la espiritualidad de los venezolanos en todo su contexto. Es necesario aclarar que espiritualidad no significa sacralizar e identificar el concepto a religión alguna, más bien es respetar las creencias insondables de una nación creyente y no atea como el pueblo venezolano. Existe un legado espiritual de nuestros ancestros indígenas, afro y euro descendientes que sincretizan distintas creencias y místicas religiosas.

La revolución bolivariana es profundamente humanista, cristiana, patriota y chavista. Actualmente los cambios se iluminan con la revolución bolivariana, en la posibilidad de enriquecer nuestra espiritualidad con una nueva ética política por la paz y la vida; en el cuidado del ambiente, la salud, alimentación, educación y vivienda; la igualdad social en justicia y derecho y distintas expresiones de las artes y la cultura en general.
Jesucristo Redentor de los pueblos, El Libertador Simón Bolívar y el Comandante Invicto Hugo Chávez son nuestros referentes espirituales que nos alimentan la condición revolucionaria como ciudadanos exigidos por nuestros semejantes; especialmente en la dignificación de los más pobres, en el honor y amor a la patria, y todo lo que representa La República Bolivariana de Venezuela y sus desafíos en un mundo cambiante y globalizado. Venceremos.

sábado, 8 de febrero de 2014

UNA Y OTRA, UNA EN OTRA

EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Estamos ante dos saberes de tono casi melancólico que insinúan frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente. Desde sus diferencias, ambos buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida
Manuel Fraijó

Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.
De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.
Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.
Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.
Las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición de las iglesias
No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.
Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.
Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.
“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.
La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.
Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.
La moral que se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas puede sellar alianzas con la religión
¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.
Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.
La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.
Ilustración: Raquel Marín.

lunes, 13 de enero de 2014

EMERGENCIA, FAVOR CEDER EL PASO

La urgente pedagogía de valores
Luis Barragán


Somos víctimas de una prolongada, sórdida y eficaz campaña gubernamental destinada a la dislocación de los  valores humanos fundamentales.  La sostenida e inescrupulosa  didáctica de los opresores,  está orientada al desconocimiento, fingimiento, adulteración, manipulación y aniquilación de todo principio capaz de cuestionarlos, tras década y media.

La libertad, la paz, la democracia, la justicia, la solidaridad, el respeto, la convivencia, la tolerancia, la disciplina, entre otras, constituyen nociones esenciales que no debemos permitir que la consabida crisis vapuleé, falsificándolas.  Recientemente, el Padre  José Vicente Ramírez Meza (Redentorista), llamó la atención sobre la formación hogareña de los valores que sometemos luego a la dura prueba de las realidades, aunque – a juzgar por las redes sociales – tendemos a ensimismarnos, huyendo de las calamidades que se convierten en rutina.

El hogar, la escuela, el gremio, la junta de condominio, el partido, la red vecinal, el empleo formal e informal, ejemplifican los mejores escenarios para contrarrestar la referida campaña del Estado que pretende reemplazarlos, en defensa de las más caras y legítimas convicciones de un pueblo que no surgió por el gracioso decreto de quienes actualmente lo sojuzgan. Impone la urgencia de una reflexión sobre  la tragedia nacional que pisa nuestras propias intimidades, además, buscando anudarlas a la corrupción ética que amenaza con extenderse.

Nada fortuita es la elevación de las tasas de criminalidad, inflación o desempleo que se ofrecen como un dato estructural del socialismo parasitario, junto a la paternidad precoz,  la deserción escolar, el repunte de la malaria o la generación de sendas mafias.  Faltando poco,  nos inunda de eufemismos, apuntalando las prebendas y el  consumismo, aunque ya seamos una sociedad que no consume los insumos básicos en el renglón de los alimentos y medicamentos.

Hace poco, Nicomedes Febres hurgó en el perfil virtual de uno de los presuntos homicidas de Mónica Spear, reportándonos la inimaginable pobreza de valores que anidó en el joven victimario que, no por casualidad,  creció y se formó a la sombra del régimen.  La curiosidad trastocada en la otra consternación,  sobran las condiciones necesarias para una generalizada, masiva y punzante descomposición social que se ofrece como requisito indispensable para sincerar todo proyecto totalitario.

Importa aún el más modesto esfuerzo para alcanzar el contrapeso decisivo en todas nuestras facetas cotidianas, legitimando una respuesta alternativa que no tiene otro domicilio que la defensa de la dignidad de la persona humana. Semejante a las previsiones y destrezas que aceptamos, aprendemos e implementamos para evadir en todo lo posible al hampa en las calles que arriesgamos, a sabiendas que la casa ya no es garantía de resguardo y fortaleza,  debemos volver, reivindicar, defender, profundizar y promover aquellos principios y valores que garantizan – sencillamente – un futuro.

El nuestro no es un pueblo de indolentes, cegados por el rencor y el oportunismo. No olvidemos que la muestra más visible y contundente de la solidaridad inmediata, honesta, fiable y contundente la dimos con la vagüada de Vargas, por ejemplo, hasta que el gobierno la atajó y tergiversó, tardando demasiado en solventar los problemas que se multiplicaron al compás de los indecibles intereses creados.

Podemos concursar de mil formas para esta contracampaña en cuestión, pero la más decisiva reside en una pedagogía de los valores y principios que ponderemos e impartamos con nuestro testimonio,  como padres, compañeros de oficio, agremiados, etc.  Luce inaceptable acoger resignadamente la versión de las personas, el mundo y las cosas, que ofrecen los conductores del Estado,  prestos al : suicidio moral.
http://www.noticierodigital.com/2014/01/la-urgente-pedagogia-de-valores/
Fotografía: LB, Caracas (17/12/13).

domingo, 22 de diciembre de 2013

(DES) ALUMBRAR

Falsa oscuridad
Luis Barragán


Hay valores y principios de profundidad que nos explican como pueblo, familia y persona.  Creyentes o no en Dios,  en el otro y en los otros, nos realizamos como personas, portadores de una dignidad por la que siempre es necesario combatir, reivindicando sus distintas dimensiones en cada acto de la vida que “es, entonces, una elección realizada y muchas alternativas desechadas o pospuestas”, en “una prueba de libertad y de racionalidad y un afrontamiento de compromiso y de responsabilidad”, según refiere Pedro Paúl Bello (“Lo humano”, Caracas, 1987).

Involuntariamente, testificamos o protagonizamos un proceso de demolición, adulteración o re-explicación de esos valores y principios que, además, sintetizamos en los textos constitucionales que versan sobre la inevitable convivencia.  Proceso que afecta, además, nuestra vocación por la libertad que libera, sojuzgados abierta o imperceptiblemente.

 La burda acuñación publicitaria del amor que no se reconoce, vive y experimenta,  aparentándolo en los extremos de una Razón de Estado que nos violenta,  demuele al otro y a los otros, adulterándonos.  El poder establecido se convierte en la única frontera y dique de una dislocación personal y colectiva, imponiéndose y prolongándose como el solitario tribunal de nuestra emoción, reflexión y conducta. Sin embargo, a pesar de la oscuridad que falsea, hay valores y principios que nos alumbran, persistentes e irreductibles, en la búsqueda y alcance de las puertas de una entera realización humana en la libertad que trasciende.

Inapagable vocación,  nos empinamos en las circunstancias más difíciles, defendiendo cada acto de vida que,  hoy como nunca antes, debe recuperar a la familia y su fundamental sentido. Jamás el Estado y quienes lo abusan y controlan, con sus invectivas  pueden reemplazar esa escuela que alumbra.

Las festividades navideñas, sentidas en la radical intimidad de nuestra vocación como pueblo, familia y persona,  nos llaman a la meditación comprometida.  Podemos andar en medio de las oscuridades impuestas, si hay valores y principios capaces de conducirnos, concediéndonos las llaves hacia la libertad que libera.
Pieza: Regina Silveira, "Quimera".

domingo, 18 de marzo de 2012

INTERPELACIÓN


EL NACIONAL - Sábado 17 de Marzo de 2012 Papel Literario/4
Los rostros de la dignidad
LUIS A. HERRERA ORELLANA

Hablar de valores en cualquier sociedad es algo bien visto.

Nadie diría en público que es inútil hacerlo, a riesgo de quedar como cínico o inmoral. Pero lo que distingue a discursos, clases o charlas en las que se habla de valores (el conjunto de sentimientos, principios o conductas que se reconocen correctos y aceptables desde un juicio moral) es la superficialidad, cuando no la más repudiable hipocresía.

Quizá ello se explique porque no es posible asumir valores como el respeto por la dignidad humana, la justicia y la verdad desde la ignorancia y la indiferencia morales.

Y es que no se puede asumir como propio un valor sin conocer, directa o indirectamente, lo que produce su negación. En fin, no se puede orientar la propia conducta conforme a valores, sin conocer (vía ficción o historia) el dolor de quienes han sufrido en su persona o en la de un familiar, por ejemplo, la negación de la dignidad humana, de la justicia (como ausencia de impunidad) y el conocimiento de la verdad.

Es sobre valores, sobre el horror que supone su desconocimiento y sobre la potencia que genera en los seres humanos el vivirlos y practicarlos, que trata Rostros y voces de la impunidad, editado por Cofavic y Alboan.

Este libro, escrito por mujeres, es de lectura obligada para quienes en Venezuela ignoran o son indiferentes ante la tragedia de miles de víctimas de la criminalidad y de violaciones a los derechos humanos, pero aspiran vivir en un país "con valores". A la vez, es un texto clave para nuestra educación moral, porque muestra lo vital que es el compromiso con la dignidad humana y la lucha contra la impunidad no desde recetas axiológicas o legalismos, sino a partir de los testimonios de las víctimas (en su mayoría habitantes de los sectores más humildes del país) y de los análisis de expertas en el dolor padecido por aquéllas desde el miedo, la indiferencia social y la vulnerabilidad.

Como lo afirma Aliana González "los relatos de este libro nos devuelven en palabras lo que nadie quiere ver, oír ni creer". Reconocer que se vive en una sociedad sin valores e indiferente a ello, claro está, no es grato. Por ello dice Maye Primera "la sociedad se niega a escucharlas porque intuye que la historia será oscura, amarga y desagradable". Pero al no escucharlas se niegan a hallar en la vida de estas mujeres "otros valores como capacidad de lucha, tenacidad, creatividad para sortear las dificultades, solidaridad y espíritu de equipo, valentía y fortaleza, pero sobre todo el deseo de que no se repitan las injusticias, la exigencia de que otros --que bien podríamos ser nosotros-- no caigan víctimas de la misma ignominia".

No es casual que sean mujeres las autoras de la obra: "siempre son mujeres: las que insisten, las que esperan. En Venezuela, en más del 80% de los casos, suelen ser las madres, las hermanas, las hijas, las abuelas, quienes se empeñan en que se haga justicia por el asesinato, por la desaparición o por la tortura de sus familiares; crímenes en los que, se sospecha, han participado funcionarios de los organismos de seguridad del Estado y que la impunidad perpetúa y multiplica".

Rostros y voces de la impunidad está compuesto por 15 testimonios de madres, hermanas, hijas y esposas acerca de crímenes comunes y violaciones de derechos humanos que siguen impunes: Hilda Páez, Inocenta Marín, Eloisa Barrios, Alejandra Iriarte, Olga Laya de Nieto, Lianni Bordones, Carmen Fernández, Yelitze Moreno, Lesvia Carmona, Elsy de Álvarez, Esilda Ramírez, Ninoska Pifano, Yajaira Forero, Luisa Viloria y Wilmar Hernández nos relatan sus tragedias y cómo han conseguido que se sepa la verdad de lo ocurrido (se criminaliza a las víctimas en la mayoría de los casos) y no prevalezca la impunidad.

El libro también presenta el análisis de expertas en víctimas de la violencia y de violaciones a derechos humanos: Fabiola Lalinde da testimonio sobre la ejecución de su hijo por militares del Estado colombiano y la lucha contra la impunidad que como defensora de derechos humanos lleva desde hace 25 años; Magally Huggins habla sobre las víctimas secundarias de los asesinatos y ejecuciones por parte de funcionarios del Estado, el dolor y los efectos sobre los familiares, especialmente en las mujeres; Aliana González invita a mirarnos y reconocernos en el dolor, valentía y tenacidad de las mujeres que dan su testimonio; Luz M. Monzón destaca cómo la acción firme de las víctimas, y en especial de sus familiares (mujeres en especial, a causa del nexo sentimental con aquéllas), son el obstáculo mayor para que se consolide la impunidad por falta de apoyo institucional y social; y finalmente, Magaly Vásquez informa sobre la impunidad en Venezuela, y sobre cómo las ONGs de derechos humanos y el Sistema Interamericano son, ante la fallida justicia nacional, la esperanza de justicia para las víctimas.

Ante la impunidad y pérdida de sentido moral que campean, Rostros y voces de la impunidad nos presenta los rostros y las voces de la dignidad.

domingo, 4 de marzo de 2012

DESETIQUETAMIENTO


EL UNIVERSAL, Caracas, 4 de Marzo de 2012
¿Será que se están perdiendo los valores?
El Ser Humano no tiene ninguna Manera definitiva de Ser, ningún Ser.
EMETERIO GÓMEZ

En un taller de Ética para Gerentes, tal vez lo menos inteligente sea empezar diciendo que la Civilización Occidental -a la cual pertenecemos- vive una profunda Crisis Moral. Pero no la simple "crisis" propia de cualquier realidad que tiene un largo período de vida estable y temporalmente le sobreviene una alteración. No es de ese tipo, la Crisis Ética que vive Occidente. No esa que se sintetiza en el Lugar Común según el cual "Se están perdiendo los valores". Como si en alguna época dorada anterior hubiese existido una estructura sólida de ellos que "la gente respetaba"; no había corrupción estatal, estafas o chanchullos; y, sobre todo, era impensable que un cantante, ídolo de la juventud, declarase públicamente su homosexualidad.

La crisis ética que vivimos es mucho más profunda que todo eso. Es una que -para empezar- se caracteriza por intuir que no es que "se estén perdiendo los valores", sino que ¡¡nunca los hubo!! Que jamás existió esa supuesta Época Dorada en la que la Moral era sólida y cualquiera "sabía" ¿qué eran el Bien, lo Justo, la Honestidad o la Dignidad? Y, mucho más importante, que jamás pudo la Humanidad vivenciar esos valores "en sí mismos", existencialmente. Que jamás pudimos sentirlos o palparlos "en nuestro propio Ser"... ¡¡Porque ellos no existen, no están allí... ni en ninguna parte!! Sólo aparecen si nosotros tenemos la suficiente Fuerza Espiritual para imponerlos.

Dicha crisis empieza por vislumbrar que nunca hubo esa Época Humanista o Clásica, en la que era posible detectar en nosotros los contenidos éticos o morales, con la misma claridad que Aristóteles detectó los contenidos lógicos o racionales. Pero ¡¡más importante aún!! que era posible -en dicha época- palpar lo idéntico que eran en cada ser humano (de cualquier raza, religión o cultura) esos contenidos morales, de la misma forma fascinante en que todas nuestras mentes -ateas o creyentes, islámicas o judías- son absolutamente idénticas... cuando de la lógica o la geometría se trata. Que un ángulo recto, un teorema matemático o una deducción racional son idénticos para todos; y que si una deducción no lo es, entonces, sin el menor temor a equivocarnos, podemos deducir... ¡¡que no es lógica!!

No es que "se estén perdiendo los valores", sino que, por mucho que nos aterre -así como en el plano de la Lógica "todos somos idénticos"- en el de la Ética "cada cabeza es, de verdad, un mundo". Que a la hora de ser honesto ¡¡cada quien es libre para serlo o no!! Y que si no hay ningún interés, conveniencia, provocación, tentación, chantaje o amenaza que pueda inducirnos a no serlo... entonces, será muy fácil serlo. Pero que si hay fuertes "razones" o presiones para ser deshonesto, entonces, como diría un maracucho: Vos Veis. Y que no ganamos mucho con creer que uno es distinto y no actuará o pensará así. Porque sólo sabremos si somos honestos, leales o dignos, en cada caso concreto y ante cada conjunto de presiones concretas. En otras palabras, que el Ser Humano no tiene ninguna Manera definitiva de Ser, ningún Ser.

Que el esfuerzo ético que se requiere para enfrentarse a las presiones animales, hormonales, sociales, políticas, económicas, jurídicas, hepáticas, etc., que la realidad ejerce sobre nosotros, puede ser superior a las fuerzas morales de nuestra especie. Y que toda la debacle que vive la Humanidad, toda la tragedia financiera actual, no es una crisis pasajera, sino que pudiera ser expresión de la inviabilidad moral del Ser Humano. Una exigencia a la que sólo podríamos hacerle frente con un nivel ético superior.


Fotografía: Henry Rivas y Reinaldo Niño, con "coraje de indios". El Universal, Caracas, 04/03/12

sábado, 12 de febrero de 2011

de la razón dialógica


EL NACIONAL - Sábado 12 de Febrero de 2011 Papel Literario/3
La Ética dialógica de Gadamer
"Esa racionalidad que dirige la praxis se llama en Aristóteles phronesis. Sólo se acredita en la situación concreta, y por encima de ello siempre está ya incluida en un contexto vital de valoraciones, costumbres y convicciones comunes: en un ethos".
Hans-Georg Gadamer
ANÍBAL RODRÍGUEZ SILVA

Verdad y método, libro publicado en 1960, es como Crítica de la razón pura de Inmanuel Kant: un libro de la madurez intelectual. Escrito y publicado cuando su autor, HansGeorg Gadamer, pasaba los 60 años de edad, luego de su periplo vital de docente e investigador universitario.

El autor había sido testigo de las transformaciones fundamentales del siglo XX: el nacimiento de las vanguardias artísticas, dos guerras mundiales, el Holocausto, la caída del Tercer Reich y vivió aún más para observar los cambios de la cultura mundial producto de las nuevas tecnologías. Nació un 11 de febrero de 1900 en la ciudad alemana de Marburgo.

Hijo de un prominente investigador de las Ciencias Naturales, Johannes Gadamer, quien nunca aprobó la vocación de su hijo por las Artes y las Humanidades.

Verdad y método tematizó para la Filosofía un término que a primeras luces parecía esotérico: la hermenéutica. Tanto el título como el subtitulo de la obra han sido motivo de malentendidos sobre el asunto que trata el libro. De una parte hay quienes pretenden ver en el libro una franca oposición entre la verdad y el método. Por otro lado, hay quienes insisten en ver a la hermenéutica como método, como preceptiva de las Ciencias del Espíritu o Humanidades como le llamamos en español.

Sin embargo, el tema es otro: se trata de intentar superar la conciencia metodológica que han monopolizado a las ciencias a partir de los hallazgos de Galileo, René Descartes y Newton. Por otra parte, propone demostrar la relación de las verdades de las Ciencias del Espíritu con la experiencia del mundo de la vida. En efecto, hasta el siglo XIX por hermenéutica se entendía el método de interpretación de los textos jurídicos, religiosos y literarios.

Para Gadamer será el Romanticismo alemán el que propugnará la superación de la hermenéutica como metodología e iniciará una perspectiva en la cual se concibe como un sistema universal de la comprensión. Esta noción de hermenéutica se la debemos a F.

Schleiermacher para quien no existía diferencias entre Subtilitas explicandi y Subtilitas inteligendi. Es decir, no existe un momento de la interpretación separado del momento de la comprensión. Con Schleiermacher la hermenéutica es arte y análisis del mismo acto del comprender, no existe diferencia entre teoría y praxis, categorías éstas deudoras de la concepción científica instrumental que ha dominado los últimos 300 años en Occidente. Con Gadamer la hermenéutica constará de tres momentos: Subtilitas explicandi, Subtilitas inteligendi y Subtilitas aplicandi. Lo original es que no se trata de tres momentos sino de uno sólo. No hay diferencias entre el momento de la comprensión y la aplicación. La hermenéutica pasa a convertirse de esta manera en filosofía primera y a su vez en filosofía práctica: en ética.

Ética y Logos: una relectura de Aristóteles Para mostrar la relación que existe entre ethos y logos Gadamer propone una relectura de la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Para el Estagira la ética no es algo que se enseña. Podríamos decir que no existe un grado cero de la ética, sino que la experiencia nos enseña que en la búsqueda de lo bueno ya partimos de algo: la educación o Paideia. Sabemos la definición aristotélica de Hombre desarrollada en la Política: ser que tiene lenguaje, que tiene logos. Gadamer hace una lectura filológica que nos lleva hasta el origen de la palabra ethos: costumbre, pero a su vez ella se encuentra relacionada con la palabra oikos, que no sólo nos remite a la casa sino también a economía, la economía o, a decir de Heidegger, los enseres de la casa.

Por tanto, ética es estar cómodo en casa, sentirnos a gusto, habitarla, sentirnos en casa.

Pero sentirnos en casa es también compartir el mundo común que nos proporciona el lenguaje.

Para Aristóteles existe una relación entre logos, ethos y polis. Estar en casa es estar en la ciudad, ser ciudadanos. Precisamente, en la Política Aristóteles nos dirá que un hombre solo no es todavía un humano. Un hombre es en relación a otros hombres, en relación de alteridad: en diálogo. Así como el hombre necesita la familia, ésta necesita al barrio y un barrio solo no es un barrio sino en relación con otros barrios que constituyen la parroquia, los municipios y finalmente la polis, la ciudad.

Vivir en casa es por tanto el intento del hombre por darle orden, sentido a su mundo.

La racionalidad será, entonces, la posibilidad de compartir un mundo con sensatez práctica. Reconociendo que el suelo que pisamos es compartido por otros, con los amigos, pero un amigo es, dirá Aristóteles, ese cisne negro, tan difícil de ver. Precisamente el libro VII de la Ética a Nicómaco es el dedicado al tema de la amistad.

Cuál es el verdadero amigo, se pregunta Gadamer en el artículo de los años noventa titulado "Amistad y solidaridad", en donde se plantea: "qué representa el amigo en un mundo compartido y de regulaciones establecidas, y al mismo tiempo de la máxima diversidad de conflictos y de formas de entendimiento que hacen posible la acción en común". Esa acción común es la vida en política mediada por la razón, por una razón dialógica.

Acción que nos lleva a preguntarnos: ¿Quién soy yo y quién eres tú? Encontrar las respuestas a esta pregunta es el fin de la vida buena, la vida en la polis.

Ahora bien: ¿Quién es el amigo? La palabra amigo viene de filia, de amor. Un amigo es aquel que tiene amor, el principal amor es aquel que se tiene a sí mismo. Para amar al otro es necesario amarse a sí mismo.

Por otra parte, para Gadamer la amistad es sentirse bien consigo mismo. Un estar como en casa. Sólo el que se siente como en casa es capaz de amar al otro. Se trata de un problema de la responsabilidad. El que es responsable de sí, es responsable de la casa, la casa compartida que es la ciudad. El centro de la propuesta ética de Gadamer es, entonces, una ética de la responsabilidad compartida, de la razón dialógica.

martes, 18 de enero de 2011

un llamado nada ético


¿Cuál debate, Hugo?
Luis Barragán


Lunes, 17 de Enero de 2011

Sorpresa alguna ha deparado el reciente discurso presidencial en la Asamblea Nacional, aunque nos pareció esencialmente bucólico en medio de sus conocidas distracciones, humoradas, contradicciones, consignas. Ha sucumbido la necesaria y básica formalidad del acto, convertido en otro mítin anual más.

Otro ejercicio de cinismo, quizá porque el momento le dejó en una suerte de vacío retórico, Hugo hizo un llamado al debate ético. Dirigida la mirada hacia la estoica bancada opositora, como si le sobrara moral para semejante planteamiento, hizo el respectivo saludo a la bandera.
¿Cuál debate, Hugo? Que sepamos, ni siquiera en el seno del movimiento chavista (¡cómo gustas del calificativo!, tú que hablas hasta de Chávez en tercera persona), lo permites.

Y es que, por un lado, se ha impuesto ese artefacto verbal que llaman Socialismo del Siglo XXI, sin que jamás intentara una definición. Está prohibido preguntarse sobre aquella elemental distinción entre socialismo utópico y socialismo científico, dando paso a la arrolladora maquinaria publicitaria y propagandística fundada en el culto a la personalidad.

Nunca ha aclarado las distancias con el socialismo real, administrando lo mejor que le fue posible la denuncia del Cardenal Urosa. El oficialismo tiene ese gigantesco miedo a la polémica clarificadora, también constatable en toda la discursiva parlamentaria, desenfundada la descalificación personal y temeraria hacia la oposición, ya que aquella significaría la autodestrucción ideológica, política y moral, o – mejor – la pérdida de los privilegios del poder: ofrecen un monumento constante a las consignas y emociones autocomplacientes.

Además, por otro lado, bastará con revisar la subestimación y minimización de la propia Asamblea Nacional que emprendieron con el Reglamento Interior y de Debates, Ley de la República. Destruida toda posibilidad de diálogo, ni siquiera la que fuerzan los intereses nacionales y populares, impiden la ordenada y acostumbrada celebración de las sesiones, al igual que la participación de todos aquellos que tienen una obligación principalísima: parlamentar.

Huelga comentar sobre las presiones, amedrentamientos, agresiones físicas o verbales que atañen a la propia seguridad personal de los diputados de la oposición. De modo que, Hugo, nada ético es el llamado que hace a un debate que le propina tan descomunales temores.
Valga la coletilla, la larga y circense duración de los mensajes presidenciales, con más ruido que nueces trituradas, ayuda al deterioro cívico en el que tienen interés. Hemos escuchado a personas que tienen un admirado recuerdo de las prolongadas intervenciones públicas de Castro en los sesenta, pero - ahora – reconocen lo perjudicial de tan maratónicos esfuerzos: importa es el contenido y no la demostración ociosa o inútil de la resistencia física del orador y de su audiencia.

Fuentes:
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/4599775.asp
http://www.medios24.com/%c2%bfcual-debate-hugo.html

lunes, 14 de junio de 2010

En lugar de la revolución, una emboscada


EL NACIONAL - Domingo 13 de Junio de 2010 Siete Días/4
*entrevista:
Graciela Soriano de García-Pelayo

GLORIA M. BASTIDAS

"Aquí no se ha producido una revolución espontánea sino una emboscada"
La historiadora recuerda que la Revolución Francesa estuvo lista en seis años: "Ésta ya va por once". Observa en el presidente Hugo Chávez "todas las formas de personalismo político de la historia universal"

Graciela Soriano de García- Pelayo conserva en su memoria una imagen que raya en lo cinematográfico: corre la época de Pérez Jiménez y mientras su profesor de Introducción a la Literatura, Mariano Picón Salas, habla, en un salón de clases de la Escuela de Historia de la UCV, de la novela francesa del siglo XIX un esbirro escucha lo que el intelectual dice. ¿Sabría el policía quién era Balzac? La pregunta se la hace uno, mentalmente, después de escuchar el relato.

A ella, quizás, le tenía sin cuidado lo letrado o iletrado que fuera el agente. Le debe haber inquietado, más bien, que estuviera allí como un enviado del Big Brother. En los años sesenta, cuando se produjo la lucha armada, Soriano, que ya era profesora, volvió a recordar al hombrecillo. Por un momento le pasó por la mente la idea de que hubiera un cambio de régimen y que el mirón volviera a instalarse en un pupitre del alma máter. No fue así. Pero ahora, en tiempos de revolución, la estampa del policía trocado en discípulo nuevamente la persigue.

--Me he paseado por todas las formas de personalismo político de la historia universal y encuentro que hay de todo en Chávez. Y en la medida en que hay de todo en él, podemos decir que se trata de un gobernante discrónico. Si uno lo examina, tiene rasgos que tienen que ver con la tiranía, con el despotismo, con la dictadura, con la realeza medieval, con la monarquía absoluta: él mismo se siente Luis XIV, olvidándose de que áquel fue monarca de un país en el cual la obra institucional era una cosa en marcha. Si seguimos adelante en la historia, encontramos que hay en Chávez, también, mucho de bonapartismo. ¿Quién era Bonaparte? Un autócrata que se hacía aclamar por el pueblo bajo la figura del plebiscito.

Historiadora. Doctora en Ciencias Políticas. Entre sus maestros se cuentan Eduardo Arcila Farías, Miguel Acosta Saignes, Tula Núñez de Latorre y Germán Carrera Damas. Toma un abanico. Se echa aire. Se inspira.

--La tiranía es el régimen ilegítimo e ilegal. ¿Es que de verdad Chávez opera sobre fundamentos legales? Opera sobre una legalidad que es la suya. Se trata de una concepción sociológica del derecho según la cual el derecho es la voluntad del gobernante en marcha. ¿Es que Chávez respeta la Constitución? Quiere cambiarla por la vía legal porque no ha podido hacerlo por la vía constituyente. ¿Qué es el despotismo? Es el gobierno de un señor que se siente superior a sus gobernados y que los trata como si fueran inferiores. Es una forma de personalismo de los pueblos bárbaros vistos por los griegos; no había elecciones, no había democracia. El gobernante es superior a los gobernados. ¿Cuántas veces Chávez no nos muestra que es superior a todos nosotros? Y tiene de dictadura, pero de dictadura latinoamericana. Yo no diría que tiene que ver con dictadura romana porque ésa es una institución legal y legítima que es diferente. Tiene que ver con el pretorianismo romano porque lo que está creando con las milicias es una hueste en su beneficio.

Pide un café con leche. Necesita combustible para seguir andando en la máquina del tiempo.

--Tiene que ver con la realeza medieval en la medida en que plantea las cosas en términos personales, suscribe el nepotismo y gobierna de una manera arbitraria. Pero sigue adelante y se monta en la idea del principato de la Italia del quattrocento y del cinquecento: es el príncipe que no reconoce a nadie por debajo de él; le cuesta, le cuesta porque está metido en otra época. Luego él mismo ha buscado emparentarse con Luis XIV. Porque él es el que ha dicho que el Estado soy yo. Pero no lo dice en el mismo sentido en que lo decía el monarca, que como persona política estaba echando a andar una institución que era el Estado. Tan era institución el Estado en tiempos en que lo estaba creando, que luego, en el siglo XVIII, cuando llegamos al despotismo ilustrado, nos encontramos con otro rey con el cual no se ha identificado Chávez, que es Federico El Grande. Y eso que Federico El Grande era el monarca guerrero. Pero él decía: yo soy el primer servidor del Estado. O sea que ha habido una despersonalización del Estado desde Luis XIV, que encarna el Estado, hasta Federico El Grande, que se separa de él y dice: yo no soy el Estado, soy su primer servidor.

Soriano le debe mucho a Amílcar Plaza Delgado (médico volcado hacia la historia), quien era su vecino y su padre intelectual: tenía tantos libros que ella jamás pisó una biblioteca pública mientras cursó la carrera.
--Si bien la Revolución Francesa desemboca en un personalismo político de carácter plebiscitario, Napoleón fue, curiosamente, un impulsor del tema de la legalidad, si consideramos que fue el creador del Código Civil francés, cuya influencia se transmitió luego al resto del mundo. Hay otros personalismos a los que Chávez no le interesa parecerse. Guzmán Blanco quería emular a Napoleón III. Pero creo que a Chávez Napoleón III le tiene sin cuidado. Le interesa, en otro sentido, es la comuna de París. Pero eso porque lo ayuda a reforzar su poder comunal y su vinculación con la idea de soviets.

Hay en Chávez, también, una vocación totalitaria. Elementos como el partido único, la marcada centralización, la estatización, la exaltación de la figura del líder, el fomento del amedrentamiento y el terror, la creación de partidas revolucionarias armadas, el impulso y desarrollo de un derecho totalitario y el desarrollo de una vocación hegemónica excluyente lo demuestran. Chávez es un gobernante muy difícil de estudiar.

Se levanta y trae una ruma de papeles: tiene a la revolución inventariada. Gráficos. Discursos. Notas que ella ha escrito. Y escribe muy bien: fue formada, en el Colegio Los Caobos, por unas vascas exiladas de la Guerra Civil.

--Una de las inverosimilitudes que la sociedad venezolana no estaba dispuesta a creer era que aquí se pudiera montar un Estado comunista. Aquí lo que se pretende es cercenar el poder municipal, que ha sido nuestra tradición republicana.

Gabaldón Márquez decía que el municipio era la raíz de la República. Y tenía razón. El municipio ha sido una institución, no digamos que secular, sino milenaria: viene de Roma.

Y nos ha llegado a través del mundo hispánico. Es, en efecto, la institución de donde salió la República y donde, luego, se ha mantenido. El municipio es una institución clave en la vida local del país en la medida en que tiene autonomía fiscal. Este gobierno comunal que nos pretende imponer el régimen carece de autonomía fiscal.

Los consejos comunales tendrían que limitarse a extender la mano para que les den la limosna. ¿Y quién da la limosna? El que tiene los recursos: el gobernante, el líder.

Su esposo, el jurista español Manuel García Pelayo, fue otra persona que ejerció gran influencia en Soriano. Cuando él murió, dejó 16.000 libros.

--Aquí ha habido mucha resistencia a admitir que esto es un proceso revolucionario.

Muchísima. Pasamos varios años sin que la gente aceptara que estábamos en un proceso revolucionario: se creía que era algo inverosímil. Todos nos hemos dado cuenta de que aquí ha habido acelerones y vuelta atrás. El ritmo del tiempo cambia en procesos revolucionarios. Ahorita estamos en un acelerón. Pero desde luego que eso es parte de la concepción revolucionaria del tiempo histórico y del cambio. Tiene mucho que ver con la puesta en práctica de lo que se conoce como las teorías de la acción, que vienen desde el siglo XX.

Elementos como la distorsión de la realidad, la reversión del discurso (imputarle al otro lo que deberían imputarte a ti; un juego siniestro), el estímulo del resentimiento, la proliferación de issues (no acabas de despertar del primer embate cuando ya tienes el segundo) y la recarga violenta del lenguaje son patrones que nunca ha abandonado este gobierno.

Cae presa de un arrebato ecológico: riega las matas del balcón. Ahora huele a tierra húmeda.

--La Revolución Francesa estuvo lista en seis años: ésta ya va por once. La nuestra no ha sido una revolución espontánea. Yo creo que esto ha sido una emboscada muy bien preparada desde fuera para secuestrar a uno de los países más ricos de Hispanoamérica, pero además el más incauto.

Hemos tenido la suficiente entereza y envergadura para soportar y no sucumbir. Porque esto conduciría a lo que llama La Boétie, autor francés de comienzos del siglo XVI, la servidumbre voluntaria. Según este concepto, el tirano vapulea tanto a la sociedad hasta que logra que ella le sea servil voluntariamente. No es que se le oponga, no es que se le resista, no es que se le enfrente, sino que no le queda más remedio que sucumbir. Acá no hemos llegado a eso. Mi angustia de hoy es precisamente tratar de mostrar que no es tan espontáneo ni tan ingenuo lo que hacen, que está dirigido, y certeramente dirigido, a quebrar la voluntad del adversario. La ética revolucionaria no es la ética democrática liberal. La ética revolucionaria supone que el fin máximo de la revolución justifica cualquier medio: engaño, mentira, delito, corrupción, arbitrariedad pueden ser legítimos en tanto que propicien el advenimiento de la revolución.

Una ética de este carácter conduce a la absoluta inversión de valores. ¿Cómo uno puede confiar en alguien que tiene esa ética? No, tiene que confiar en que va a ser leal, fiel, a sus principios revolucionarios.

Toma otra vez el abanico. Necesita aire para seguir pensando.