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lunes, 23 de marzo de 2020

TELECOMUNIÓN

Coronavirus y celebración de la eucaristía
Luis Barragán

Fruto de la oración actuante  o  de una inspirada reflexión teológica, o ambas a la vez,  en reclamo de la  experiencia humana,  las homilías católicas constituyen un esfuerzo que creyentes y también no creyentes, valoran. Ocurriendo igualmente en otras afiliaciones religiosas,  el solo contraste con la molicie y  podredumbre ética de dos décadas bajo un mismo socialismo, abre las puertas generosas hacia un distinto sentido de la vida.

Las incontables homilías  de sacerdotes venezolanos escasamente son documentadas, por meritorias que fuesen.  Quizá por la infranqueable modestia del ejercitante de la palabra, el tratamiento de muy trillados asuntos cotidianos, la falta de tiempo para preparar una intervención de fondo, o por  no arriesgar alguna interpretación que disguste el Obispo, lo cierto es que no queda constancia más allá del testimonio de los feligreses.

Solemos quejarnos, porque cada parroquia  puede tener un portal digital y ofrecer el mensaje esperado por aquellos que no tuvieron oportunidad de escucharlo personalmente, o  sencillamente desean recordar, en una época de relativo acceso a las redes digitales y a los equipos que le sirven de soporte.  En otros países de habla hispana, ocurre algo semejante y no son muchos los textos o videos recientes que hallamos referidos a la  lectura de cada domingo.

Traemos esto a colación porque la pandemia del coronavirus aconseja cerrar las iglesias y no celebrar las misas acostumbradas, algo antes inimaginable que ocurriese tan  masivamente. Y es inmensa la oportunidad para darle vida espiritual a las redes también tan banalizadas, empleándolas a fondo para transmitir el distinto mensaje esperado, el que se empina  por encima de las más duras y difíciles circunstancias.

En el peor de los casos, basta un móvil celular así fuere para un sencillo audio. El encuentro del pueblo de Dios es siempre presencial, pero las circunstancias apuntan a un desarrollo de la virtualidad que ya no puede esperar más.

23/03/2020:
Captura de imagen: Uno de los varios videos tomados en la Capilla del Colegio San José de Tarbes de El Paraíso (2018): https://www.youtube.com/watch?v=frvtX1JtMio
Brevísima nota LB: Ayer, domingo en la noche, celebramos la misa de cuarentena con el Padre Mariusz Maka: https://www.youtube.com/watch?v=bEvUgTd8DQ0. Por cierto, encontramos un texto sobre  las "Cosas que no se pueden hacer con una hostia consagrada": https://www.eldiario.es/cultura/arte/Ayuntamiento-Pamplona-Abel-Azcona-exposicion_0_455654972.html

sábado, 22 de febrero de 2020

(CON) FABULACIONES

Ideología y miopía
Gabriel Tortella / El Mundo

Es muy trillada y repetida la frase de Marx «la religión es el opio del pueblo». Esto puede que fuera cierto en 1843, cuando salió a la luz su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, donde se contenía dicha frase. Pero hoy, sin duda, la afirmación se queda corta. El propio Marx estaba por entonces elaborando una teoría que más tarde se convertiría en una adormidera mental tanto o más eficaz que todas las religiones juntas. Y es que la historia contemporánea nos muestra que no hacen falta doctrinas trascendentes para anestesiar nuestra capacidad de raciocinio crítico.

En 1588, Felipe II envió a la Armada en condiciones muy adversas para tratar de poner en práctica un plan disparatado de invasión de Inglaterra. Él era consciente de los problemas que la misión conllevaba, pero confiaba en que, como Dios estaba de su parte, todo se resolvería favorablemente. Ni siquiera el terrible fracaso de la expedición le desengañó acerca de la eficacia del favor divino. En 1967, Che Guevara pretendió invadir Bolivia al frente de un puñado de guerrilleros, confiando en que, estando la justicia de su parte, los campesinos bolivianos se alzarían en su apoyo, como dictaba la teoría neomarxista de la revolución latinoamericana. Sin embargo, los campesinos no solo no se levantaron en masa siguiendo el ejemplo del famoso guerrillero, sino que ayudaron al ejército boliviano a capturarle. El Che fue ajusticiado sin contemplaciones; pagó su error con la vida. No sabemos si antes de morir reconsideró la teoría que lo llevó a la muerte; pero el mito del guerrillero heroico subsistió largamente en América Latina. Raramente la realidad disuade a los creyentes en ciertas ideologías, religiosas o no. El creacionismo (la doctrina de que las especies animales fueron creadas por Dios tales cuales las conocemos, en contra de la teoría evolucionista darwiniana, más tarde confirmada por la genética molecular) es aún admitido en muchas universidades norteamericanas.

Igualmente encontramos hoy numerosos comunistas y anticapitalistas, a pesar de escandaloso fracaso del marxismo-leninismo siempre que se ha puesto en práctica. No es sólo el caso del hundimiento de la Unión Soviética y los regímenes comunistas europeos; el marxismo-leninismo ha fracasado en todas las latitudes donde ha sido puesto en práctica, desde Etiopía hasta Cuba y Venezuela. Donde han subsistido con un cierto éxito los regímenes comunistas ha sido en los países que han abandonado la economía comunista y adoptado la de mercado. En España ocurrió algo parecido aunque el punto de partida fuera opuesto. Después de años de fracaso de la economía intervenida al modo fascista, el franquismo adoptó un modelo sui generis de economía de mercado y lo que siguió fueron 15 años de crecimiento espectacular, el entones llamado milagro español. Esta experiencia, afortunadamente, hizo reflexionar a la izquierda, que evolucionó hacia el eurocomunismo y la socialdemocracia, de modo que la transición política fue relativamente fácil y España pudo reconvertirse con poco trauma en una próspera democracia. También los comunistas asiáticos abrieron los ojos ante la realidad, e imitaron, no sé si conscientemente, al régimen franquista: mantuvieron la férrea dictadura en el plano político, pero permitieron a sus economías adoptar las normas del libre mercado. Aquí también fue el éxito fulgurante y la economía china se transformó en una de las más dinámicas del mundo.

Cualquiera hubiera dicho que el derrumbamiento del comunismo económico en Europa y Asia hubiera terminado con una ideología evidentemente desfasada. Pues no. Todavía campan en las universidades (y en alguna vicepresidencia) profesores ignorantes (sí, señores, abundan los profesores ignorantes, sobre todo en España y sobre todo en ciencias sociales) que se proclaman anticapitalistas, ignorando que desde la publicación de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith en 1776 la prosperidad y el bienestar humanos han crecido como nunca jamás en la historia de la humanidad lo habían hecho, e ignorando que el capitalismo, contra lo que creía Marx, era capaz de reformarse profundamente y de aliarse con los herederos intelectuales del propio Marx, dando lugar a sociedades mixtas socialdemocráticas donde todas las clases sociales mejoraron su nivel de vida hasta niveles insospechados; olvidando, además, los fracasos clamorosos de las economías comunistas, y que las únicas dictaduras de cualquier signo que han tenido éxito han sido las que han adoptado el libre mercado capitalista; y olvidando, para concluir, que en las economías capitalistas mixtas la sociedad ha evolucionado muy rápidamente y la vieja división en clases sociales se ha diluído en numerosos estratos donde a su vez domina una fuerte movilidad y permeabilidad. Todo esto no implica que estemos en el mejor de los mundos posibles. Ni mucho menos. Pero sí implica que las necesarias reformas no requieren un proceso revolucionario, y que el anticapitalismo, es el producto, repito, de una ideología desfasada, ignorante de la historia y de la economía.

Aparte del ridículo de los maestros ciruela en nuestras universidades adoctrinando a la juventud con fábulas obsoletas, el peligro de estas anteojeras ideológicas radica en que producen los efectos contrarios a los que se supone que persiguen. Si pretendiendo mejorar la distribución y promover la igualdad económica, por ejemplo, decretamos subidas del salario mínimo sin prestar atención a la evolución de la productividad, lo que resultará es más desempleo, que es la causa más importante de desigualdad en la sociedad actual. Esto se debe a que aumentar el coste de un factor (el trabajo) sin que aumente su rendimiento (la productividad) pone en peligro el funcionamiento de las empresas, especialmente las pequeñas, tan numerosas en España, obligándolas a cerrar o reducir plantilla. Este problema se ha manifestado ruidosamente en estos días en la agricultura, donde predomina la pequeña propiedad y cuya capacidad de negociación es muy pequeña. Por otra parte, las mejoras en la productividad requieren reformas en el sistema educativo, a las cuales se oponen precisamente los partidos de izquierda, que cuentan con los sindicatos de profesores como parte importante de su apoyo.

A agravar estos problemas vienen otras anteojeras de la izquierda, como los intentos de derogar la reforma laboral de Báñez que, contra lo que anunciaron en su día ciertos sindicatos, ha producido una reducción, aún insuficiente, pero sustancial, en la tasa de paro. Se anuncia que al menos se van a derogar «los aspectos más lesivos» de esa reforma sin aclarar cuáles son éstos; uno sospecha que de lo que se trata es de dar más poder a los sindicatos, lo cual normalmente redundará en más desempleo. Por otra parte, esta izquierda tan combativa olvida que uno de los problemas del capitalismo radica en el poder y la proliferación de monopolios. ¿Por qué no se preocupan nuestros feroces anticapitalistas de estudiar el grado de monopolio en los mercados españoles, compararlo con la situación en otros países, y proponer medidas de reforma si resultase que eran necesarias?

Pero las anteojeras ideológicas no son patrimonio exclusivo de la izquierda. La derecha, por ejemplo, se niega a reconocer que las temperaturas en el planeta están subiendo, y que esto puede tener gravísimas consecuencias en un futuro no muy lejano. Parece imposible negar la evidencia de los termómetros y de la reducción del hielo en los casquetes polares. Pero, contra toda lógica, los negacionistas climáticos atribuyen los datos palmarios a científicos corrompidos por oscuros intereses económicos. Es difícil identificar a quién puede beneficiar el temor a las consecuencias del calentamiento, pero sí es muy fácil identificar a quién perjudica este temor: a las poderosísimas empresas productoras de petróleo y carbón, que tienen por tanto interés en subvencionar a los científicos negacionistas. Hablando hace poco con un amigo liberal conservador yo le decía que mi experiencia me confirmaba las prognosis pesimistas sobre el calentamiento: algo tan sencillo como que en mi infancia (en torno a 1950) en Madrid nevaba copiosamente todos los inviernos, blanqueando calles y tejados y permitiéndonos hacer muñecos y batallas de bolas de nieve, mientras que ahora aquí raramente nieva. Él me respondió que el fenómeno era local, porque Madrid había crecido y las grandes ciudades irradiaban más calor, a lo que yo respondí que Brihuega debía haberse convertido en una megalópolis, porque allí también se quejan de que no nieva. Mi interlocutor, hombre por otra parte culto e inteligente, cambió de conversación. Él tampoco estaba dispuesto a quitarse las antiparras ideológicas. En todas partes cuecen habas. Por desgracia.

(*) Gabriel Tortella es economista e historiador. Su último libro, La semilla venenosa. El nacionalismo en el siglo XXI (coautora, Gloria Quiroga), está en prensa.

Fuente:
https://www.almendron.com/tribuna/ideologia-y-miopia/
Imágenes: https://www.gettyimages.es/fotos/comunismo?sort=mostpopular&mediatype=photography&phrase=comunismo

martes, 9 de abril de 2019

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Abilia Moreno. "¿Bonche o religión? Las dos caras de la Semana Santa". Resumen, Caracas, nr. 335 del 06/04/1980.
- Ovidio Pérez Morales. "Por qué enseñar religión?". El Nacional, Caracas, 29/09/91.
- P. L. Blanco Peñalver. "Catolicismo y política". El Mundo, Caracas, 10/12/84.
- Francisco Vera Izquierdo. "Malariología y DDT". Resumen, nr. 143 del 01/08/76.
- Luz Machado. "La octava estrella". El Nacional, 11/10/77.

Reproducción: El Universal, Caracas, 06/08/1951. Alide Delgado, Radiodifusión, Wolfgang Larrazábal, Felipe Serrano, Radio Rumbos.

Breve nota LB: Curioso, la narración de un encuentro de béisbol de 1931. Quizá natural para la época, suponemos la reconstrucción del juego y no la transmisió de alguna copia fonográfica.  ¿Cómo sería? ¿Con o sin comerciales? ¿Cuándo se perdió este interés histórico?

lunes, 25 de diciembre de 2017

BREVE RETRATO KOSOLAPOVARIO

Marxismo y religión
Antonio Sánchez García  

“Concuerdo plenamente con mi maestro Jürgen Habermas:
 mientras no se hayan resuelto científicamente los
 grandes misterios que rodean la existencia del hombre
 y del universo, la religión seguirá siendo nuestra última frontera.”
“La crítica de la ideología devora y se traga toda experiencia religiosa”
Jacob Taubes (La teología política de Pablo)

En medio de la espeluznante devastación que aflige a los venezolanos bajo el imperio de la dictadura filo marxista que soportamos, cuando la celebración más importante de la cristiandad, a la que pertenecemos desde nuestro nacimiento como sociedad, nación y República  - la natividad de Jesús -, se ve ensombrecida por la crisis humanitaria, el encarcelamiento a destajo por razones políticas, la miseria y la muerte, nos parece oportuno preguntarnos por el significado que tiene la religión, y en particular el cristianismo, para quienes han asaltado y usurpado todas las instituciones del Estado, con la notable excepción de nuestra principal iglesia, la católica, apostólica y romana. ¿Es concebible que devotos de las enseñanzas cristianas y creyentes en Dios procedan como proceden las pandillas gobernantes? ¿Se conviene el mensaje de Jesucristo de velar por la Paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad  con la mala voluntad expresa de quienes disponen del omnímodo poder de perseguirnos, hostilizarnos, reprimirnos, encarcelarnos y asesinarnos a discreción, como vienen demostrándolo desde hace dieciocho años? ¿Se corresponde una dictadura marxista, como aquel sistema con el que los gobernantes venezolanos se sienten identificados, con los ideales y enseñanzas cristianas?

Hay, desde luego, una tradición política, ideológica e incluso religiosa – que alcanzara las máximas alturas del Vaticano con el argentino Jorge Alejandro Bergoglio y el llamado Papa Negro en la figura del también jesuita Arturo Sosa y todo lo que les rodea y representa - que no sólo considera compatibles al marxismo con el cristianismo, sino que va incluso más allá, encontrando en la Iglesia primitiva los mismos rasgos y fundamentos socializantes, incluso comunistas originarios presentes en el Cristianismo y sus Evangelios. Lo cierto es que Marx, un judío alemán nacido y criado en una familia burguesa emancipada de los estrictos marcos religiosos de la tradición judaica, definió el divorcio ontológico entre el llamado “socialismo científico” y la religión, a la que sin mediar mayores consideraciones, caracterizó en 1844 como el opio con que los burgueses y capitalistas opresores narcotizaban a los oprimidos.  “La religión”, escribió textualmente en su Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel  “es el opio de los pueblos”.

Fue la estricta tradición impuesta por Lenin al advenimiento de la revolución comunista en Rusia, con la más feroz represión y el contumaz esfuerzo de erradicación de los profundos usos y costumbres religiosas del pueblo soviético con  la iglesia ortodoxa rusa, consumados luego por Stalin, a pesar de haber sido educado en un seminario ortodoxo. ¿Quién no conoce la atroz persecución y aniquilamiento de la religión y los religiosos en todos los países satélites de la Unión Soviética, como Alemania, Polonia y Checoslovaquia? ¿Quién desconoce el aplastamiento de los católicos y protestantes en Cuba? ¿Quién carece de información sobre la profunda enemistad de la Iglesia católica venezolana, el clero, sus máximas autoridades y sus fieles con la dictadura de Hugo Chávez y Nicolás Maduro?

Deben señalarse los esfuerzos por dotar al marxismo de una suerte de teología y emparentarlo con el judaísmo, el protestantismo y el catolicismo tras los esfuerzos mesiánicos de sus pensadores escatológicos, como los judíos alemanes Ernst Bloch – El Principio Esperanza – y Walter Benjamin, en toda su obra ensayística, ese teólogo descreído, como lo llamara su amigo el judío practicante Gershom Scholem, gran especialista en la Cábala y la mística judía.

Jacob Taubes, uno de los más grandes pensadores de la religión en la Alemania de la pos guerra, a quien conociera en el Instituto para el Estudio de las ciencias de las religiones en el que realizara mis estudios de doctorado, en la Universidad Libre de Berlín Occidental, profundo conocedor de la obra del constitucionalista alemán Carl Schmitt, a pesar de su practicante judaísmo, lo dijo en un extraordinario seminario que dictó poco antes de su temprana muerte, publicado luego bajo el título de LA TEOLOGÍA POLÍTICA DE PABLO: “No me gustaba el tono místico de su marxismo – se refiere a Ernst Bloch y a Walter Benjamin – porque respeto demasiado el sistema de coordenadas marxistas, dentro del cual, en mi opinión, no queda lugar alguno para la experiencia religiosa.La crítica de la ideología devora y se traga toda sustancia religiosa… Claro que comprendo lo que pretenden Ernst Bloch y Walter Benjamin: en planos de trivialización, se está repitiendo en la izquierda católica y la izquierda protestante y es lo que resuena hoy en el cristianismo de la iglesia popular latinoamericana. … Pero a pesar de cuanto esfuerzo espiritual hacen Ernst Bloch y Walter Benjamin en los terrenos del concepto y la imagen, sigue quedando un hiato que no cabe superar marxistamente.”

Tras setenta años del más implacable y devastador esfuerzo vivido por la humanidad para imponer un régimen comunista y ateo contra natura en la Unión Soviética, con lavados de cerebro que costaron la friolera de entre 80 y 100 millones de cadáveres, no solo revivió la Iglesia ortodoxa de sus ruinas. Los leninistas no encontraron otra manera que intentar perpetuar su nombre que vinculándolo a una nueva secta religiosa: el cristiano leninismo. Concuerdo plenamente con mi maestro Jürgen Habermas: mientras no se hayan resuelto científicamente los grandes misterios que rodean la existencia del hombre y del universo, la religión seguirá siendo nuestra última frontera.

Fuente:
Pieza:  Alexander Kosolapov.

sábado, 28 de octubre de 2017

CURIOSIDAD


El Universal, 25/02/1972 (habrá que repetir la reseña, pues, se lee muy poco).

jueves, 31 de agosto de 2017

REENFOCAR LAS ESPERANZAS

No es un país para ateos
Hermann Alvino

Un estudio sobre religión en Latinoamérica, indica que Venezuela es el país con el mayor porcentaje de personas que creen que Jesucristo volverá al mundo durante el período de sus vidas; esto es, que vivirán para verlo, aunque no para contarlo, porque todo acabaría. El porcentaje indicado en el reporte es del 57%, derivado a su vez de un 82% de protestantes, y el 53% de católicos (http://goo.gl/KGI9Tm).

– Inquieta entonces que un país con alrededor de un 70% de Católicos (http://goo.gl/haUAfX), la mitad piense de esta forma, y que del alrededor del 17% de evangélicos, 8 de cada 10 están convencidos de lo mismo, porque, de acuerdo a las escrituras -que son el sustrato de ambos grupos-, esa vuelta de Jesucristo al planeta sería definitiva -ya no habrá más Historia-, y si eso llegara a ocurrir, pues entonces no valdría la pena oponerse al chavismo, ya que más pronto que tarde, ellos también serán juzgados -y eventualmente condenados al infierno eterno, aunque presuman ser creyentes.

– Por otra parte, la venida divina efectivamente debería a la brevedad, porque en esas cifras no solo se incluyen jóvenes o adultos de mediana edad, sino también a los más ancianos, que como le restan menos años por vivir, pues habrá que cumplir con sus expectativas.

– La gente debería recordar que los griegos de la antigüedad dejaban que las cosas de dioses la resolviesen ellos (y ellas), percibían el tiempo de forma circular y reiterativa, y no de la manera judeocristiana que plantea un final de los tiempos, redentor o condenatorio. Visto así, es obvio que política y religión no deben mezclarse; por ejemplo, los más viejos recuerdan muy bien las fotos de Larrazábal persignándose, y las de Fidel con su cadenita y crucifijo; por su parte, los más jóvenes recuerdan cuantas veces el extinto barinés recurría al Creador, se persignaba, y rezaba, gestos suficientes para capturar la voluntad de millones de incautos, quienes habiendo comprobado su propia debilidad al reiteradamente caer en tentación, intentan sacudirse esa sensación de culpa convenciéndose que el líder que se les presenta como creyente en el mismo dios, no cederá ante esas mismas tentaciones.

– Al contrario, basta igualmente una legítima afirmación de que no se es religioso, para que hasta el más decente de los mortales pierda inmediatamente la confianza de su entorno laboral, familiar, o político, al suponer que sin religión no tiene moral, ni límite a su conducta,  por no tener temor de Dios.

– Por eso es que los sistemas políticos deben ser laicos, aunque la sociedad en su conjunto no deba eximirse en educar con valores laicos y cívicos, para no discriminar a nadie, ni siquiera con el pensamiento. Pero eso nunca ha ocurrido en Venezuela.

– La verdad es que provoca creerles a los encuestados, y que baje El Salvador a poner orden en casa, al menos en Venezuela, y de paso resolvernos de una vez nuestro destino final.

– Pero por si acaso ello no llegara a ocurrir, confirmando así que el tiempo de Dios no es perfecto –Capriles dixit-, tal vez sería más práctico que esos creyentes reenfocaran su porcentaje de esperanzas, para que en vez de desear el fin de los tiempos, contribuir decisivamente al fin del régimen.

– Porque bien vale la pena ser ateo, sin con eso se sale del chavismo.

Fuente:
https://vivalapolitica.wordpress.com/2014/11/16/no-es-un-pais-para-ateos

viernes, 25 de marzo de 2016

ULTRATERREDAD

EL PAÍS, Madrid, 24 de maezo de 2016
TRIBUNA
El enigma del fundamentalismo religioso
La fe de los credos monoteístas se desliza con relativa facilidad hacia convicciones absolutas. Es lógico volver a los fundamentos, pero hay que hacerlo sin rigidez, sin negar la historia; con una aproximación abierta y dinámica
Manuel Fraijó

El fundamentalismo petrifica la Biblia y la convierte en autoridad absoluta”. Así se expresa, pensando en el cristianismo, el teólogo J. Moltmann. Identifica de esta forma una de las tentaciones de las religiones monoteístas: su fe puede, con relativa facilidad, deslizarse hacia convicciones absolutas. Intentemos una mínima clarificación.
Desde luego, nadie reprochará a las religiones que retornen una y otra vez a sus fundamentos. Sus fundadores y el credo al que ellos dieron lugar no puede ser un mero punto de partida que caiga en el olvido. Los orígenes no se marginan impunemente. Las religiones, como las personas y los pueblos, tienen grandes obligaciones contraídas con el recuerdo; sin él se perece. “Qué sea el hombre”, escribió el filósofo W. Dilthey, “solo se lo dice su historia”.
Es necesario, pues, que las religiones siempre vuelvan —sobre todo en tiempos convulsos— a su primera hora, a sus fundadores, a sus libros sagrados en busca de la anhelada identidad. Pero la identidad no es algo cerrado ni enlatado que se acumule solo en los inicios y condene a los nacidos después a ser meros repetidores. El momento fundacional no agota las posibilidades de configuración de los proyectos religiosos. El tiempo añadido, la tradición, los siglos transcurridos ayudan a perfilar la intuición originaria. Esos pasos intermedios reclaman también vigencia y cierta normatividad. Es más: se impone incluso una consideración amable del momento presente. Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios —los orígenes, la tradición y el momento presente— y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo.
El peligro fundamentalista afecta a múltiples ámbitos de nuestras sociedades. Sin embargo, resulta extraño que esté tan presente en las religiones, sobre todo en las monoteístas. Y es que, en palabras del teólogo W. Pannenberg, “el fundamentalista es el hombre de la cosa segura”. Pero ¿qué es lo seguro en las religiones? ¿No es la fe confiada, sin certezas ni evidencias, su seña de identidad? El mundo al que se asoman los creyentes es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, que debería resistirse a la chata objetivación fundamentalista. La experiencia religiosa se forja en contacto con símbolos, mitos, ritos y leyendas.
La religión estática busca la seguridad y rechaza las fatigas de la duda y de la razón crítica
Se podría afirmar, con P. Ricoeur, que es “el reino de lo inexacto”. ¿Cómo se puede ser fundamentalista en un escenario tan resbaladizo, en un universo tan cargado de misterio e incertidumbre? Más bien parece que la persona religiosa debería estar familiarizada con el espesor de lo inefable, con los muchos nombres y rostros de lo divino. Todas las religiones saldrían ganando si incluyesen en su biblia pequeña el verso de José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero hasta entonces, hasta que no doblemos la última curva del camino, la verdad será una criatura huidiza, especialmente para el fundamentalista.
El filósofo H. Bergson abordó estos interrogantes distinguiendo dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera se agota en la búsqueda de seguridades. Su problema es el miedo, que intenta esquivar acumulando certezas doctrinales y pautas inmutables de conducta que defiende con ira, intransigencia y fanatismo. En definitiva, la religión estática rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica.
En cambio, la religión dinámica está familiarizada con las preguntas que “el terror de la historia” (M. Eliade) suscita. Sabe que preguntar es ser piadoso. De ahí que, según Bergson, la religión dinámica culmine en la mística. “Superhombres sin orgullo” llama a los místicos, cuya cima son para él san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. No puede extrañar que este gran europeo muriera (1941) pidiendo “un suplemento de alma” para un mundo en el que ya se vislumbraba que la mecánica estaba ganando la partida a la mística.
El fundamentalismo islámico lee y aplica de forma bastarda ciertos pasajes del Corán
Destacados conocedores de la historia de las religiones monoteístas señalan dos ámbitos especialmente sensibles al fundamentalismo. En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente.
En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión.
Al comienzo de este siglo, profetas de mal agüero aseguraron que el siglo XXI sería “el siglo de Jesús contra Mahoma”. Es de esperar que aún estemos a tiempo de evitarlo. Y el mejor camino es el de la aproximación mutua, serena y reflexiva, más atenta a lo que une que a lo que separa. En su viaje a Centroáfrica el papa Francisco acudió a una gran mezquita musulmana a orar. En realidad, así fue al principio. Las crónicas narran que, tras cuatro meses de asedio, el califa Omar (632) conquistó Jerusalén sin ningún género de violencia. Entró como un peregrino, a lomos de un camello y vistiendo un manto usado. A la hora de la oración, el patriarca de Jerusalén, Sofronio, le ofreció su iglesia para que rezase en ella; pero Omar declinó la invitación con estas o parecidas palabras: mejor no, no sea que el día de mañana, después de mi muerte, algún musulmán te la arrebate diciendo: “Aquí oró Omar”. Un comienzo de diálogo prometedor.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

(http://elpais.com/elpais/2016/03/23/opinion/1458738959_601156.html)
Ilustración: Alys Caviness-Gober.

martes, 17 de febrero de 2015

SEMILLEROS

¿Vientos de paz en Ucrania?
Jonathan Benavides

El pasado miércoles 12 de febrero culminó en la capital de Bielorrusia la intensa ronda de negociaciones que por más de diez y seis horas sostuvieron el denominado “Cuarteto de Normandía”, integrado por los presidentes de Rusia Vladimir Putin, Francia François Hollande, Ucrania Petró Poroshenko y la canciller de Alemania Ángela Merkel. Este encuentro, que se celebró como parte de las acciones que se adelantan para buscar una definitiva solución a la denominada Crisis de Ucrania, arrojó como resultado la firma de un documento donde se acuerda lograr un “alto al fuego” que entrará en vigencia a partir del domingo 15 de febrero, como primer paso para la solución al conflicto que ya ha costado más de cinco mil vidas en la región de Donbás.
Ahora bien, la muy difundida información por las agencias de noticias mundiales no ha sido del todo precisa, ya que en la misma se reseña la firma de un acuerdo que presentan como novedad, cuando el mismo nombre del documento (Paquete de medidas para la implementación de los acuerdos de Minsk) demuestra que sobre la mesa de negociación lo que siempre ha estado presente es la imperiosa necesidad de llevar a cabo lo acordado en el “Protocolo de Minsk”, firmado por el Grupo de Contacto (Rusia, Ucrania, OCSE) el 5 de septiembre del pasado año. Sin embargo, a más de cinco meses, este acuerdo no ha sido respetado; desde entonces no se ha cumplido con el punto número uno que establecía un inmediato cese al fuego, así como también se violó el punto número nueve que increpaba a las autoridades de Kiev a garantizar y respetar un proceso electoral libre y democrático en las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, el cual se celebró el 2 de noviembre pero que de inmediato fue rechazado por las autoridades centrales de Ucrania.
Celebramos el hecho de que se insista en la necesidad de detener las acciones armadas, que exista la voluntad política de lograr un efectivo alto al fuego a partir del próximo 15 de febrero, sobre todo por la elevada cifra de víctimas mortales que ha dejado ya el conflicto en el oriente ucraniano, porque la reconciliación nacional en Ucrania comienza por el cese de la agresión contra la región de Donbás; pero vale acotar que resulta imperativo profundizar las negociaciones para hacer efectivos cada uno de los puntos previstos en el ya mencionado acuerdo de Minsk, para lo cual el siguiente paso sería iniciar un diálogo que permita la aplicación del punto número tres, en el cual se señala la necesidad de respetar la autodeterminación de los pueblos con la aplicación de leyes que garanticen un estatus especial y la descentralización del poder, abriendo el camino hacia una federalización en Ucrania a través de una reforma de su sistema político que contemple un incremento radical del nivel de autogobierno en las regiones, respetando identidades culturales y sociales, así como los derechos de las minorías étnicas, lo cual muy probablemente reduciría los niveles de tensión social y política, garantizando el mantenimiento de las actuales fronteras.
En lo inmediato apreciamos tres hechos adicionales positivos. En primer lugar, que en las rondas de negociaciones un problema europeo se está resolviendo por intermedio de los propios europeos, sin la intervención de actores internacionales ajenos al viejo continente, por un lado con el “Cuarteto de Normandía” como garantes del proceso de paz, por el otro con el Grupo de Contacto signatarios del original Protocolo de Minsk, y por último, Bielorrusia como promotor y anfitrión neutral de las reuniones, anotando para sí un gran logro diplomático. En segundo lugar encontramos la actitud de Alemania y Francia, tomando distancia de los lineamientos radicales anti rusos al acercar posturas y puntos de encuentro con Rusia en cuanto al tema ucraniano, en particular porque reconocen la importancia de las relaciones e intercambio que benefician a ambas partes, y que la aplicación de sanciones a Moscú no solo perjudica a los rusos, sino también a sus propios nacionales, ya que la principal llave energética europea proviene precisamente de la tierra de Tolstoi. Finalmente tenemos en tercer lugar que el tiempo transcurrido desde la firma del Protocolo de Minsk ha demostrado la certeza y sinceridad de la posición del Kremlin, ya que en todo momento el presidente Putin ha manifestado la total disposición al diálogo por parte de Rusia, así como la entera confianza de Moscú para encontrar una vía pacífica que logre poner fin a la matanza de civiles inocentes en la región de Donbás.
Por los momentos esperemos a partir del próximo domingo que cese el fuego, y que progresivamente observemos el desmantelamiento y retirada de las mortales artillerías pesadas con las que a diario el ejército ucraniano bombardea Donetsk y Lugansk; confiemos que en las próximas semanas se establezca definitivamente la zona desmilitarizada que ha sido propuesta, pero más allá de estos acuerdos militares, que se avance también en el tan necesario acuerdo político que lleve al restablecimiento de la normalidad en la vida de los habitantes de la región de Donbás. Lo contrario, el intentar continuar resolviendo la crisis por medio de la fuerza militar, o congelando las negociaciones a través de un escenario inerte con intentos fingidos de lograr acuerdos, solamente perjudicarán a Ucrania y al futuro de los habitantes de ese país, pues una escalada en la guerra civil significaría en el mediano plazo la destrucción material y moral de la sociedad ucraniana, de la cual solo serán responsables aquellos fanáticos ultranacionalistas neonazis que intentan acabar con las minorías étnicas del oriente de su propio país.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2015/02/vientos-de-paz-en-ucrania/

Comprender Oriente Medio desde el factor religioso
Jonathan Benavides

El concepto de Oriente Medio no está definido con precisión. Normalmente, se suele considerar que pertenecen a dicha región algunos países africanos y del Mediterráneo oriental, como Libia, Egipto, Sudán y Turquía; y que se extiende hasta el Golfo Pérsico, comprendiendo a países como Líbano, Israel, Siria, Palestina y Jordania; así como Irak, Irán, Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y Yemen. También se podrían incluir en el concepto de Oriente Medio a Afganistán y a Paquistán. Por consideraciones geoestratégicas, EEUU ha acuñado un concepto más amplio que es el de “Gran Oriente Medio” en el que, además de los países citados, también se incluiría al resto de los países del Magreb así como algunos de Asia Central y del Cáucaso.
Oriente Medio es el marco geográfico en el que surgieron las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Pero, con el paso del tiempo y como consecuencia de una serie de hechos históricos que resultaría largo de relatar en este artículo, el islam llegó a convertirse en la religión dominante en toda esta región. Por ello, su influencia ha sido y sigue siendo esencial en esta zona del planeta.
Hay que tener en cuenta que, en general, las sociedades del Oriente Medio han tenido una base económica esencialmente agrícola y ganadera (pastoreo) o artesanal y mercantil, pre-capitalista. En ellas no ha tenido lugar una significativa acumulación previa de capital ni un proceso de industrialización endógeno. Y, aunque en las épocas de mayor esplendor, durante la Edad Media, tuvieron un desarrollo científico y cultural superior al del occidente cristiano, no llegaron a pasar por una fase de revolución tecnológica e industrial.
La religión y, más en concreto, el islam, ha constituido un elemento de cohesión social, de refugio y de resistencia, frente a las adversidades derivadas de la dominación extranjera y del colonialismo (especialmente el anglo-francés, aunque también el portugués, español e italiano), desde mediados del siglo XIX.
Con el colonialismo, estas sociedades sufrieron un fuerte impacto económico-cultural que provocó su desestructuración y que dislocó sus economías, impidiendo su propio desarrollo natural. El capitalismo les fue introducido desde el exterior. Se acabó con su agricultura de autosuficiencia y se les impusieron nuevos cultivos foráneos. También se arrasó su incipiente manufactura. Los colonialistas orientaron la producción de estos países de acuerdo con las necesidades de sus respectivas metrópolis. Igualmente, el colonialismo introdujo en ellos unas formas de organización política, como el Estado nacional, que les eran desconocidas.
En esa situación, las redes sociales de solidaridad y ayuda mutua que se crearon a partir de las mezquitas, contribuyeron a atenuar la penosa situación de las masas populares en los países de Oriente Medio, aliviando las situaciones de extrema pobreza. La importancia de estas redes de asistencia social se ha acrecentado en los últimos años, como consecuencia de la crisis económica.
Con el desarrollo del capitalismo y el creciente predominio del capital financiero, se han agudizado al máximo todas las contradicciones sociales (de clase, nacionales y de género), lo que ha conducido a que el factor religioso cobre una importancia aún mayor, si cabe, de la que hasta ahora ha tenido. Todo esto ha incidido de forma desigual sobre el conjunto del mundo islámico. Este se encuentra dividido en dos grandes ramas. Una, la mayoritaria, es la sunnita. La otra, minoritaria, que viene a representar de un 15 a un 20% de los creyentes musulmanes, es la chiíta. A su vez, cada una de ellas se subdivide en distintas escuelas islámicas (madhabs) o corrientes.
La rama sunnita se manifiesta en el plano político de dos maneras diferentes. Por una parte, el movimiento de los Hermanos Musulmanes, con fuerte presencia en Túnez, Egipto, Jordania, Palestina (franja de Gaza) y Turquía, de carácter moderado, que se ha adaptado a las estructuras socioeconómicas capitalistas y a la democracia occidental. La otra, más radical tanto en el terreno religioso (se nutre del wahabismo y el salafísmo) como en el político, aspira a la instauración de Estados teocráticos feudales (emiratos islámicos) y a imponer por la fuerza la Sharia (ley islámica). Esta corriente es la yihadista, y es afín con las monarquías autocráticas semifeudales del Golfo Pérsico.
Podría decirse que el yihadismo es la expresión de la añoranza de un pasado glorioso (el califato) que subsiste, de algún modo, en el subconsciente colectivo de un amplio sector de la sociedad islámica. Un sentimiento que se ha ido transmitiendo, muchas veces a través de relatos orales, de generación en generación, hasta nuestros días.
Por otra parte, resulta significativo que, si observamos el mapa de los flujos de circulación de ideas, armas y combatientes yihadistas, lo que algunos autores llaman la “autopista de la insurgencia” (Alain Gresh y Dominique Vidal), podremos ver que existe un “nudo” en la Península Arábiga, donde confluyen o desde donde se distribuyen los flujos procedentes de o dirigidos al Magreb (Marruecos, Túnez y Argelia), Libia y Egipto; Sudán, Eritrea y Etiopía; Yemen y Somalia; Emiratos Árabes y Omán; Palestina, Siria, Irak, Irán, Kirguizistán y Afganistán-Pakistán; así como Chechenia.
Hay que recordar que aproximadamente desde 1980, las potencias occidentales y especialmente EEUU comenzaron a apoyar económica y militarmente a los muyahidines (guerrilleros islámicos) que luchaban en Afganistán contra las tropas soviéticas (1979-1989), y que el yihadismo tuvo su origen, precisamente, en ese movimiento armado. Es significativo que, aunque después de finalizada la guerra contra la URSS, los yihadistas comenzaron a enfrentarse a las potencias occidentales, en los últimos años su objetivo principal parece que ha pasado a ser el movimiento chiíta (y en algunas ocasiones también las minorías cristianas).

 En cuanto a la rama chiíta, hay que decir que aunque es minoritaria en el conjunto de Oriente Medio, sin embargo, es mayoritaria en Irán, Irak, Bahréin, Azerbaiyán y en el Líbano; y cuenta con importantes minorías en Afganistán y Pakistán, Yemen y Siria. También es significativo que, desde hace varios años, los creyentes de esta rama del islam estén siendo atacados sistemáticamente por los yihadistas (atentados contra mezquitas, mercados, ceremonias religiosas, etc.) que les están provocando una auténtica sangría.
Si antes, para entender la ideología yihadista, hablábamos del subconsciente colectivo, en lo que respecta a la añoranza de unos tiempos gloriosos ya pasados; ahora nos referiremos a otro componente de ese mismo subconsciente colectivo, en el caso de la rama chiíta. En este caso, habría que hablar de los movimientos igualitaristas que durante varios siglos de la Edad Media se desarrollaron en la zona en la que hoy día es mayoritario el chiísmo.
Así, como antecedente más remoto nos tenemos que referir al movimiento mazdaquita, en el Irán pre-islámico (siglos V y VI). Posteriormente, ya en la época islámica, en el siglo VIII, estallaron varios movimientos entre los que debemos citar al de Simbad el Mago (754); al de Al-Muqanma (el “profeta oculto”), en el Jurasán iraní (777); al de Babek, también en el Jurasán y en Armenia (primeras décadas del s. VIII). Entre los siglos VIII y X el movimiento de los esclavos negros, los zanny, en la baja Mesopotamia, cuyo apogeo se situó entre 868 y 883. Por último, nos referiremos al movimiento Cármata que llegó a instaurar una especie de proto-Estado en Irak y Bahréin, entre el 900 y el 950. Salvo el movimiento mazdaquita, todos los demás estuvieron promovidos o apoyados por alguna de las corrientes chiítas. Todo lo cual nos lleva a la conclusión de que en el subconsciente de estas últimas, a diferencia de lo que ocurre con las de carácter sunnita, existe un componente que podríamos calificar de “progresista” y que podría ser lo que las ha llevado a adoptar unas posturas objetivamente más enfrentadas al imperialismo. Por supuesto que estas consideraciones están hechas con todas las reservas.
Para terminar, y a modo de conclusión, podemos decir que el peso del factor religioso en Oriente Medio es de una gran importancia y no se puede infravalorar ya que los enfrentamientos “sectarios”, tal como por aquí se definen, y en los que casi siempre los chiítas son las víctimas (en algunas ocasiones también los cristianos maronitas, coptos, etc.), obedecen a una estrategia deliberada para sembrar el terror y el caos y así justificar la creciente militarización de la zona, el debilitamiento de los distintos Estados y lograr un mayor sometimiento de éstos, para lo cual no se duda en instrumentalizar las diferencias religiosas entre la población.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2015/01/comprender-oriente-medio-desde-el-factor-religioso/

El yihadismo, una guerra de muchos años
Jonathan Benavides

Hace pocos meses escuché decir al primer ministro británico David Cameron en un tono impresionantemente patético que sería “…Una guerra de años…” el plazo del compromiso de su país con la intervención multinacional en contra el Estado Islámico en Irak y Siria. ¿Exageraba?, no Cameron tiene razón; aunque ahora se desmantele al Estado Islámico (EI), todo el mundo sabe que la actual guerra no va a ser sino el semillero de guerras nuevas. Y esto durará años o décadas.
No puede caber la menor duda que la actual ofensiva multinacional contra el Estado Islámico va a aniquilar a este grupo que ha sembrado de terror las castigadas tierras de Siria e Irak. Tampoco puede caber duda que, mañana, otros tomarán el testigo. La destrucción del Estado Islámico debe verse pues, como sólo un paso en la larguísima guerra contra el yihadismo. Pronto volverá a manifestarse con otro rostro: Abu Sayyaf en Filipinas, los salafistas del AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico) en Argelia o en cualquier otro lugar… El problema, en efecto, va a durar años.
La única ventaja, sobre el terreno, es que el Estado Islámico (EI) se ha quedado solo. Ni un solo estado musulmán le apoya. Tampoco los que, por motivos de orden práctico, han puesto algún “pero” a la intervención, como Turquía o Irán, cada cual por sus propias razones. Turquía no ve con buenos ojos que la operación contra el EI se haya convertido, por conveniencia americana, en ofensiva general contra el régimen de Bashar Al-Assad en Siria, porque eso va a crear un problema de imprevisible salida en las mismas fronteras turcas. Irán, por su lado, no acepta que se actúe contra un estado soberano (Siria) sin acuerdo pleno del Consejo de Seguridad de la ONU. Lo mismo piensa Rusia, por cierto. Pero esos reparos no implican un apoyo al EI. El Estado Islámico es indefendible.
En el momento actual todas las fuentes de ingresos del EI han quedado cegadas, y hasta la extorsión a las poblaciones locales le resulta cada vez más difícil. El desmantelamiento de sus instalaciones petrolíferas a base de bombardeos localizados ha dejado al Estado Islámico literalmente sin respiración (algún día habrá que ver, por cierto, si existe la verdadera voluntad de tomar represalias contra las empresas petroleras que han estado comprando ese crudo manchado de sangre). Incluso la heteróclita red de Al Qaeda se ha quitado de en medio. El EI, recordemos, formó parte de Al Qaeda y se separó del “supergrupo” porque quería concentrar todos sus esfuerzos en la recuperación del territorio iraquí. Ahora Al Qaeda, sí ha condenado la intervención militar internacional contra suelo de Siria e Irak, pero por otra parte tampoco ha movido un dedo en favor del Estado Islámico, cuyas matanzas sobre población musulmana lo ha convertido en cualquier cosa menos en un aliado presentable (no tanto por razones humanitarias como porque, a ojos de Al Qaeda, esa crueldad bárbara es un grave error estratégico).

Al Qaeda y el Estado Islámico son cosas bien distintas. Al Qaeda aspira a crear en toda la Umma (la comunidad de creyentes del islam) un estado de insurrección generalizada que conduzca a reimplantar la sharia (ley islámica), y quiere hacerlo mediante una red de células capaces de ejecutar una guerra informal (terrorista) contra las estructuras de poder occidentales, tanto en el mundo musulmán como fuera de él. El éxito de Al Qaeda ha residido precisamente en ese carácter transnacional e informal de su acción, que convierte al movimiento en una suerte de “enemigo fantasma”, y de hecho buena parte de los esfuerzos occidentales se han dirigido a tratar de concentrar a Al Qaeda en un punto (Afganistán, Irak, etc.), para obligar al fantasma a tomar forma material. El Estado Islámico, por el contrario, sigue un patrón táctico mucho más convencional, una guerra terrorista sin cuartel en un territorio determinado a partir del cual construir, primero, un Estado, y después, extendiendo su acción, un califato. Para los estrategas de Al Qaeda, eso es tanto como dar al enemigo exactamente lo que quiere, un enemigo identificable sobre un espacio físico determinado. Para colmo de contratiempos, la proclamación del Califato ha permitido al EI reclutar a miles de voluntarios en todo el mundo precisamente a través de las redes informales (esto es, sin estructura orgánica rígida) establecidas por Al Qaeda, sacándolas a la luz. Por eso a Al Qaeda no le dolerá lo más mínimo que el Estado Islámico sea aniquilado.
A Al Qaeda le preocupa mucho más la suerte de sus socios del Frente Al Nusra, una milicia islamista que creció al calor del apoyo occidental a la guerra civil siria contra el régimen de Bashar Al-Assad y que ahora mismo es la más poderosa de cuantas actúan en territorio sirio. También ellos están siendo hoy objeto de los bombardeos aliados. Al Nusra, en principio, lleva su propia guerra, la bandera de los musulmanes suníes contra los musulmanes chiíes que apoyan a Al-Assad. El Estado Islámico también mata chiíes, pero mira a otros horizontes. No son propiamente aliados. ¿Son entonces enemigos Al Nusra y el EI?, tampoco del todo. En el actual caos de la región, cualquier intento de clasificación es inútil; hace pocas semanas milicianos de Al Nusra y del Estado Islámico atacaban juntos a las fuerzas armadas libanesas. El dato da la medida de la complejidad de la situación.
Por el momento, la estrategia de los Estados Unidos, muy nítidamente apoyados por las principales naciones árabes (de forma particular las monarquías Saudí y jordana, los Emiratos, Bahréin y Qatar), está consistiendo en arrasar cualquier rastro físico del Estado Islámico y, secundariamente, de Al Nusra. Los martillazos aéreos tienen por objeto privar a los yihadistas de cualquier punto de apoyo sobre el terreno: cuarteles, depósitos de armas y víveres, vehículos, campos de petróleo, vías de comunicación… La última hora de hace un mes, era que los satélites y aviones de reconocimiento habían podido identificar columnas de milicianos moviéndose en bicicleta. Es decir que la base material sobre la que el EI aspiraba a crear un ejército y un Estado puede darse por ya destruida o, al menos, en vías de irreversible destrucción. Pero esto sólo es el primer paso.
Y es el primer paso porque después, habrá que decidir qué se hace con Irak y con Siria. En lo que concierne a este último país, el objetivo de Washington es claro: aprovechar esta operación para desequilibrar definitivamente la guerra civil siria, que lleva ya tres años y medio empantanada. Se trata de reforzar a la Coalición Nacional de los llamados “rebeldes moderados” sirios para eliminar al mismo tiempo a Bashar Al-Assad y a los islamistas y, acto seguido, poner en Damasco un régimen aceptable tanto para Occidente como para sus “aliados” árabes. En cuanto a Irak, la actual intervención militar debería servir para aniquilar los focos de agitación islamista surgidos en el país y devolver al gobierno de Bagdad el control sobre todo el territorio. ¿Todo?, ¿y qué pasa con el Kurdistán, que ahora va a reclamar su plena independencia?; esto habrá que decidirlo después. Pero no es lo único que los vencedores tendrán que decidir, porque hay otro asunto aún más peliagudo, a saber, quién se queda allí para garantizar que la victoria no sea efímera.
La guerra contra enemigos como el Estado Islámico tiene su propia problemática. Todos los estrategas que han tenido que bregar con este tipo de grupos en los últimos años saben que el combate presenta dos dificultades principales. La primera concierne al escenario físico del campo; generalmente se trata de regiones de orografía o bien laberíntica, como en Afganistán, o bien desértica como en Malí, que hacen muy difícil la tarea de controlar físicamente el territorio. Es posible barrer literalmente con bombardeos aéreos el espacio físico, destruir bases logísticas y nudos de comunicaciones, e incluso, bajo determinadas condiciones, cabe plantear una batalla convencional adaptando la estrategia al escenario, como han hecho los franceses en Malí, pero no hay manera de concentrar al enemigo en un solo punto para obtener una victoria decisiva. Eso quiere decir que, tarde o temprano, los yihadistas volverán a ocupar los territorios liberados para imponer en ellos su ley, como ha sucedido en vastas zonas de Afganistán. Hace falta, por tanto, que alguien asuma el trabajo de controlar físicamente el territorio después del ataque, y que lo haga con medios suficientes y durante el tiempo necesario para consolidar la victoria. Las coaliciones internacionales pueden sobradamente dar un golpe decisivo en cualquier parte, pero ¿quién se encarga después de la otra parte del trabajo?. Esta pregunta es la mayor incógnita que rodea a la operación vigente contra el Estado Islámico.
¿Quién, en efecto?; los estadounidenses intentaron en Irak y en Afganistán que fueran las tribus locales las que aseguraran el territorio, pero éstas son muy vulnerables a la presión armada, religiosa y económica de unos grupos terroristas que terminan ganándose la voluntad de los clanes locales de buen grado o por la fuerza (sobre todo si los americanos dejan de pagar). Sólo los Estados están condiciones de asumir el esfuerzo militar, económico y humano que exige la tarea de asegurar el territorio después de una guerra de estas características. Y bien, ¿qué Estados?, porque ni el Irak post-Saddam ni el Afganistán post-talibán han sido capaces de hacerlo, en parte por incapacidad propia y en parte porque los americanos nunca se han fiado de ellos. Tampoco en Siria la Coalición Nacional estará en condiciones de imponer su autoridad. Entonces, ¿un Estado tercero?, ¿Arabia Saudí, por ejemplo? o, aún mejor, ¿una coalición exclusivamente árabe como la que ahora secunda a los EEUU en la campaña contra el Estado Islámico?. Esto último es lo más probable, la incógnita es si estos países están realmente decididos a dejar que Irak y, eventualmente, Siria renazcan como Estados o si, más bien, se dedicaran a usufructuar su petróleo y sus oleoductos.
El segundo problema específico al que han de hacer frente las campañas de este tipo es de carácter más conceptual y se trata de la singular cualidad de un enemigo que no pertenece a un país concreto, que no está sujeto al marco de un Estado, que no ofrece a nadie con quién negociar en términos de Derecho Internacional y cuyas fuentes de suministros son tan fluidas como imprevisibles. El hombre que se marcha a Irak para combatir junto al Estado Islámico, a partir de una web consultada en Londres, Madrid, Sydney o Helsinki, y a través de un contacto en la mezquita local, no es un militar, pero tampoco es un mercenario. En cierto modo representa el grado máximo de la figura del partisano tal y como la plasmó Carl Schmitt, es la guerra irregular en estado puro, con el añadido de que su opción por la guerra terrorista ya ni siquiera se limita a un solo país. Esto quiere decir que hoy podemos machacar al Estado Islámico en Irak, pero nada impide que mañana surja otro EI en Libia, Argelia o Pakistán, nutridos de la misma exasperación vital que parece haberse adueñado de un número importante de musulmanes y canalizado a través de las mismas redes que han conducido a miles de musulmanes de todo el mundo a los campos de Siria e Irak. Toda victoria es, pues, provisional.
¿Cómo se cocina esto?, ¿cómo prever el nacimiento de nuevas células terroristas capaces de montar un Estado Islámico en cualquier parte?; en realidad solo hay tres instrumentos eficaces. Primero, sobre el terreno: es imprescindible ejercer un control completo sobre la población y el territorio vencidos para evitar el rebrote de insurgencias. Esto sólo pueden hacerlo eficazmente los propios Estados titulares del territorio o las potencias vecinas. En la plaza: tendrán que ser las potencias árabes las que vigilen in situ. Esta es expresamente la estrategia americana desde hace unos pocos años y, por otra parte, no es un recurso nuevo; lo propio hicieron los romanos cuando encargaron a los visigodos neutralizar a los bárbaros dentro del Imperio. Naturalmente, las naciones árabes exigirán a cambio ventajas políticas y económicas específicas; será inevitable otorgárselas pero, en correspondencia, esos Estados deberán asumir la responsabilidad de cuantos movimientos favorables a los yihadistas se produzcan desde su suelo, y eso incluye las trasferencias de capital al exterior, también las que se efectúan por intermedio de subvenciones culturales, religiosas o asistenciales.
Segundo instrumento, en el plano internacional: dado el carácter esencialmente musulmán del problema, será preciso reforzar el control policial sobre las poblaciones islámicas que viven en Occidente, desde sus movimientos hasta sus comunicaciones pasando por sus mezquitas y sus cuentas corrientes. Esto choca, naturalmente, con el régimen de libertades públicas que Occidente defiende y, además, será con toda seguridad injusto para la mayoría de los musulmanes residentes en Europa y los Estados Unidos, pero lo que hemos visto en Irak y Siria demuestra hasta qué punto el islamismo más radical ha penetrado en las comunidades islámicas occidentales. Habrá que elegir entre libertad y seguridad, y la disyuntiva se plantea hoy en términos todavía más implacables que hace veinte años. La hipótesis aún hoy escandaliza, pero tardará poco en convertirse en realidad.
El tercer instrumento es probablemente el decisivo, y su perspectiva no es de años, como decía Cameron, sino de decenios. Se trata del aspecto cultural, un término que suele generar enojo en los analistas políticos, pero que sin embargo es la clave del problema. O el Islam aprende a distinguir entre autoridad religiosa y poder político y, en consecuencia, acepta un marco elemental de libertad religiosa donde el infiel no sea necesariamente un enemigo, o el problema del fundamentalismo yihadista no tendrá jamás solución. El discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona ha vuelto a la actualidad porque Ratzinger tenía razón. Hay en el mundo cultural islámico un obstáculo estructural para aceptar pacíficamente ya no la modernidad, sino la mera existencia del otro, del extranjero, y eso está en la base de todo cuanto hoy ocurre. La proclamación de la guerra santa en nombre de la ley islámica y su extensión a todo el mundo no es algo que tenga su origen en la explotación neocolonial o en la injusticia del sistema económico, sino que deriva de una evolución cultural y política inherente al propio Islam. Sólo los musulmanes pueden salir de ahí; esto, por cierto, no podrá hacerse imponiendo al mundo musulmán una cultura que no es la suya. La única vía posible es favorecer que los propios musulmanes den el paso.

Hasta que eso ocurra, lo que tenemos en perspectiva es una modificación profunda del paisaje. Después de esta intervención contra el Estado Islámico y contra el régimen de Bashar Al-Assad (porque todo va ya en el mismo paquete), asistiremos sin duda a una redistribución del poder en el Medio Oriente. Siria e Irak, que hace treinta años eran poderosos Estados con agresivos proyectos nacionales, ya no existirán como tales. Los EEUU, escarmentados de sus reveses políticos en Irak y Afganistán, tendrán que confiar ahora el control de la región a sus “aliados” árabes. Arabia Saudí emerge como nuevo gran protagonista mientras, al este, Irán sale fortalecido, aunque a costa de recortar drásticamente sus ambiciones. Es posible que el sistema funcione.
Quedarán vivos, sin embargo, problemas de muy difícil solución. Uno, la guerra civil entre suníes y chiíes, que está lejos de haber terminado y que sólo puede hallar tregua con un acuerdo expreso entre Arabia Saudí e Irán, países ambos que actúan de hecho como cabeza de cada una de estas familias del Islam (ahora bien, ¿es posible tal acuerdo sin que el precio sea señalar a un enemigo común, enemigo que sólo puede ser Occidente?). Dos, los canales de financiación, nunca cegados, desde las fortunas petroleras hacia las redes yihadistas. Tres, la efervescencia victimista en las comunidades musulmanas de todo el mundo. ¿Una guerra de años, dice Cameron? No, lo que hay por delante es una guerra de más de medio siglo. Como poco.

Fuente:http://www.noticierodigital.com/2014/12/el-yihadismo-una-guerra-de-muchos-anos/
Ilustraciones: Pawla Kuczynskiego.

viernes, 23 de mayo de 2014

BABÉLICAMENTE, SUYO

El saqueador de momias como nihilista
Son las creencias, y no la razón, las que sostienen la mayor parte de nuestra vida social, política y económica. Pero hay quienes se las saltan si consiguen beneficios, como hacían los que robaban las tumbas de los faraones
Enrique Lynch 

El hallazgo en el llamado Valle de los Reyes, de un recinto oculto, el KV 40, repleto de despojos de momias y fragmentos de antigüedades destrozadas por los saqueadores de tumbas me recordó una trepidante historia de la arqueología que leí apasionadamente en la pubertad: Dioses, tumbas y sabios,escrita por C. W. Ceram, seudónimo de un escritor alemán de filiación nazi llamado Kurt Wilhelm Marek.
En su libro, Marek narraba con hábil suspense el hallazgo en 1860 de otro escondite similar a la KV 40: la cueva DB320, situada en un punto cercano a Deir el Bahari, en la necrópolis de Tebas, frente a Luxor. En esa especie de morgue improvisada se encontraron las momias de varios Ramsés, Tutmosis, Setis y muchas otras figuras relevantes del pasado egipcio. La insólita acumulación de faraónicos despojos se debía, según se adujo, a que los sacerdotes del primer milenio antes de Cristo habían decidido llevarlas allí para protegerlas de los saqueadores. En su momento —yo era poco más que un niño— di por buena esa explicación que hoy en día suena a coartada. Lo más probable es que esos mismos celosos sacerdotes fueran los que habían saqueado las tumbas. Asimismo, seguramente la expedición suiza no “descubrió” nada, sino que actuó guiada por un bien remunerado chivatazo de alguna de las familias de saqueadores que, desde hace siglos, controlan el expolio y posterior tráfico de las antigüedades egipcias. Lo que no sería raro, puesto que lo mismo hicieron en su momento Howard Carter y lord Carnarvon cuando les tocó “descubrir” la tumba de Tutankamón: nada hubieran podido “descubrir” sin la ayuda o la complicidad de las familias de saqueadores egipcios, auténticos sherpas de los egiptólogos occidentales que las historias románticas de la arqueología jamás mencionan.
Sin la ayuda de sus sherpas, nada hubieran podido “descubrir” los egiptólogos occidentales
En esta ocasión, pues, el hallazgo de la KV 40 hace pensar en que lo verdaderamente interesante de este caso no es el descubrimiento, sino el saqueo sistemático de las tumbas egipcias y, sobre todo, el espíritu del saqueador, que no es un bárbaro que expolia los vestigios de una cultura ajena, como los conquistadores españoles en México y en Cuzco o los talibanes en Afganistán, sino uno que arrasa a consciencia con su propia tradición, abomina de sus dioses y le tienen sin cuidado Osiris, Ra o el ominoso Anubis, puesto que los antepasados de los actuales saqueadores son tan antiguos como los faraones y el saqueo, una profesión heredada por estirpes familiares ahora constituidas en gremios. Este episodio, pues, actualiza una cuestión de considerable trascendencia: ¿hasta qué punto las elaboradas creencias egipcias en la vida de ultratumba, el Libro de los muertos, la teoría de la transmigración de las almas y el poderoso clero que las administraba formaban parte de un culto auténtico? ¿De veras era aquello una religión o, si acaso, una acendrada creencia compartida por reyes, sacerdotes y pueblo? Porque está claro que el saqueador no cree en los talismanes, ni teme las maldiciones de los faraones, ni tiene el menor respeto por las momias sagradas de unos individuos que, en vida (dícese) eran considerados dioses, sino que es un nihilista radical y, por añadidura, con varios milenios de antigüedad: un tipo mucho más duro que el más duro de los rappers del Bronx.
Similar perplejidad suscitan algunos elaborados mitos griegos caros a nuestra tradición europea, tan bellos y ricos en significados y símbolos sobre la condición humana que han inspirado la filosofía y la literatura occidentales. Como suele ocurrir con todos los mitos, las historias griegas cuentan hechos inverosímiles y hablan de seres fabulosos como el Cancerbero, describen escenarios como la Laguna Estigia o dan por hecho que las tres Medusas compartían un solo diente y un único ojo. Es posible que muchos griegos antiguos creyeran en estas historias, pero ¿de qué índole era su creencia? Más aún, ¿creía en ellas Platón, que fue uno de sus más pródigos divulgadores; o un tipo tan inteligente, realista y razonable como Aristóteles, creador de la lógica que reguló nuestros razonamientos por más de 2.000 años? El historiador Paul Veyne, que dedicó un seminario y un libro a examinar hasta qué punto los griegos creían en sus dioses, llegó a la conclusión de que por supuesto que no creían; o sí, pero del mismo modo como nuestros niños creen al mismo tiempo que los Reyes Magos existen, pese a que saben que son sus padres los que compran los regalos.
La cuestión, pues, no es nada baladí, puesto que son innumerables los contextos en que procedemos por creencia (o credulidad) mientras que otros, más o menos inescrupulosos o nihilistas, hacen como los egipcios saqueadores de tumbas; y se llevan a casa el botín. Hace unos cuantos años en las páginas de este periódico, Agustín García Calvo llamó la atención acerca del tipo de transacción que tiene lugar cada vez que un ciudadano deposita sus dineros en el banco a cambio de un insignificante resguardo. Para García Calvo esa confianza en el sistema financiero era del orden de lo mítico, es decir, fundada en creencia, puesto que de hecho no hay ninguna razón, ni prueba tangible ni certeza que abone la esperanza de que, llegado el caso, el valor de una inversión o una cuenta de ahorro serán devuelto por el banco con solo que se le presente el resguardo. La experiencia ciudadana en la España de los últimos años muestra que García Calvo no se equivocaba.
El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados?
La creencia —y no la razón— sostiene la mayor parte de nuestra vida social, política y económica y no solo hace estragos cuando es manipulada por los curanderos, los mercaderes de felicidad, los tarotistas televisivos o los timadores profesionales que circulan por Internet. Una creencia sostiene el mito de la representación parlamentaria que es la base de la democracia moderna y anima el voto de los ciudadanos con objeto de que un programa sea llevado a término desde el Gobierno pese a que, una y otra vez, asistimos al mismo repertorio de transgresiones: democracias populares nacidas de una revuelta que a la postre se convierten en dictaduras, partidos autodefinidos como liberales que para salir de una crisis recurren a la subida generalizada los impuestos y algún otro, como la socialdemocracia francesa, que desmonta “conquistas” de los trabajadores promovidas por los propios socialdemócratas. ¿Por qué razón el ciudadano los sigue votando? El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados? El aspirante a una plaza en la universidad, ¿cree o no cree en la limpieza del procedimiento por el cual aspira a ser seleccionado?
Hace ya muchos años, mantuve una breve (única) conversación con Jorge Luis Borges en la presentación de un libro en Buenos Aires. Yo había llegado a aquel sitio acompañado de mi madre y ella se las arregló para dejarme a solas con aquel anciano genial que recorría los círculos sociales y literarios porteños como el divino Tiresias. Abandonado delante de aquella luminaria me sentí obligado a decirle algo trascendente y se me ocurrió preguntarle si era cierto lo que había oído por ahí, que los libros de la Biblioteca de Babel, colección que entonces él dirigía, servían para probar un argumento demoniaco: la demostración de que Dios no existe. Borges hizo un gesto de estupor y me contestó: “¿De veras? No, no es cierto”; y tras un segundo de reflexión añadió: “Pero ya que me lo pregunta... ¿existe Dios? Mejor dicho, ¿hay alguien que crea de veras en Dios? Bueno, sí, el Papa probablemente cree...”. Pero casi enseguida se corrigió: “No, el Papa tampoco cree en Dios”; y acto seguido cambió de tema y se entretuvo preguntándome por un ancestro que, al parecer, su familia y la mía compartían desde los lejanos tiempos de Juan Manuel de Rosas.
(*) Enrique Lynch es filósofo.

Ilustración: Eulogia Merle.

¿SOMBRAS NADA MÁS?

EL PAÍS, Madrid, 23 de mayo de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Queridos ateos…
Los creyentes no nos pasamos el día meditando sobre la existencia de Dios. La religión no es un argumento filosófico ni una alternativa a la ciencia. Es una estructura de sentimientos, una casa hecha de emociones
Francis Spufford 

Permítanme que venga a molestarles con un proyecto: el del respeto mutuo entre ateos y creyentes. Se apoya en un principio muy sencillo: ambos sostenemos una postura para la que, por definición, no hay pruebas. Nosotros creemos que existe un Dios y ustedes creen que no; cuando, en realidad nadie lo sabe, ni puede saberlo: no es una cuestión susceptible de ser probada. La ciencia, como mucho, puede demostrar que no hay necesidad de Dios como explicación física de nada. Puestas así las cosas, la posición natural, neutral y moderada sería el agnosticismo: un calmado, indiferente desconocimiento. Sin embargo, usted y yo, esas salvajes criaturas románticas que somos, nos apresuramos a tomar posiciones de fe sobre el asunto. Esta compartida (aunque enfrentada) extravagancia podría convertirnos en almas gemelas. O en sin-almas gemelas; yo digo lechuga, usted dice tomate, pero al menos ambos estamos hablando de hortalizas. Ateos y creyentes son, en formas opuestas, gente con convicciones, gente que se queda fuera del centrado campo del empirismo. Mes frères, mes soeurs, mes semblables! Abracémonos, porque todos somos refugiados huyendo del aburrido pragmatismo.
Ah, ¿que no? No. Porque exponer que el ateísmo es simplemente otra forma de fe ataca la idea que el no creyente beligerante tiene de sí mismo: la idea de que el ateísmo es de alguna forma científico y, en el campo de las creencias personales, equivale al rigor y las cautelas del método científico. Este autoconcepto se iría al garete si se atrevieran a verse como fervientes acólitos de la negación de Dios. Intente usted decir que los ateos mantienen una posición de fe, porque creen en la ausencia de Dios, y en apenas segundos, tan seguro como que el sol sale por el este, tan seguro como que Richard Dawkins sabe mucho sobre biología evolutiva y nada sobre religión, saldrá alguien a decir: “No. Los ateos no creen en la ausencia de Dios. Los ateos no creen en nada. Los ateos, simplemente, se mantienen al margen en toda esa tontería de pensar en seres invisibles”.
¡Uf, qué alivio! Al menos hemos neutralizado la posibilidad de considerar el ateísmo como un teísmo en negativo, y a los ateos como una especie de encantadores antitrapenses, dedicados a celebrar ruidosamente la inexistencia de Dios, arrancándose las cadenas de lo fáctico, disfrutando libres (¡por fin!) de la poética de la ausencia. Me temo que lo de abrazarnos va a tener que esperar.
La fe cristiana es una forma de enfrentarse a la culpa con la que vivimos los seres humanos
En fin, aquí, en el lado de los creyentes, tampoco es que nos pasemos el día meditando sobre la existencia de Dios. La religión no es un argumento filosófico, ni una cosmología apañada, ni ningún tipo de alternativa a la ciencia. De hecho, la religión no es en absoluto, en primera instancia, un conjunto de propuestas sobre el mundo. Antes que cualquier otra cosa, es una estructura de sentimientos, una casa hecha de emociones. Las emociones no se tienen porque hayas aceptado la idea de que Dios existe; empiezas a considerar que Dios existe porque has sentido esas emociones. Empiezas a considerar la idea, y quizá algún día llegas a aceptarla, porque encaja con lo que de todas maneras ya estabas sintiendo. El libro que he escrito en defensa del cristianismo, Impenitente, empieza hablando de la disputa actual sobre la religión, pero enseguida pasa a explicar, o lo intenta al menos, que la fe se construye a partir de las experiencias reales y normales de un ser humano; no es una empinada escalera de suposiciones apoyada sobre unas conjeturas inestables. La fe cristiana (que es de la que puedo hablar desde dentro, desde la experiencia) es una forma de enfrentarse con esa carga de culpa y esperanza y pena y alegría y cambios y tragedia y renovación y mortalidad con la que debemos vivir todos los seres humanos. No es una forma infantil, despreciable y cobarde de lidiar con esas cosas: conlleva un cierto realismo emocional incorporado (o eso nos gusta pensar), y un cierto grado de imaginación. Nosotros también hemos hecho los deberes.
Y aun así, por supuesto, no lo sabemos, y el no saber importa. El examen definitivo para la fe debe ser, todavía y siempre, su veracidad; las perspectivas que nos ofrece y los cambios que nos hace atravesar deben corresponderse al final con un estado real del universo. La religión sin Dios no tiene sentido (excepto, quizá, para los budistas). Por eso las creencias, para la mayoría de los cristianos que respetan la verdad, la lógica y la ciencia, suponen una entrada voluntaria en la incertidumbre. Esto implica la decisión de sostener los riesgos de vivir en condicional, escoger una vida a la sombra de un “a lo mejor” o un “quizá”, entre los muchos “a lo mejor” o “quizá” de este mundo; donde las respuestas definitivas no están a nuestro alcance, y todo lo que sabemos sobre ciertos asuntos debemos aprenderlo medio a tientas, a través de un cristal.
Usted y yo estamos operando en un campo donde no podemos saber quién tiene razón
Este es el fundamento que nos permite, a rasgos generales, acceder con imaginación a la postura de ustedes. Nunca he conocido a un cristiano que no se sintiera identificado con la experiencia de creer en un Dios ausente. Muchos hemos sido ateos en algún momento. Muchos aún lo somos, de vez en cuando: una característica recurrente de la fe es que cada cierto tiempo pasa por etapas de duda. Eso no significa que pensemos secretamente que tienen ustedes razón, en el fondo; ni que a cierto nivel semiinconsciente sepamos que sólo estamos construyendo patéticos castillos de arena para ser derribados por la impetuosa, inevitable, obligatoria marea creciente de la Razón. Significa que reconocemos que ambos, usted y yo, estamos operando en un campo donde no podemos saber quién tiene razón. La reacción adecuada es la humildad, la conciencia de nuestra propia falibilidad.
Quizá también —bromas aparte— esta pueda ser la base sobre la que creyentes y ateos puedan alcanzar una declaración de paz, y hablar entre ellos de manera un poco más productiva. En ambos lados guardamos nuestras certezas en el armario, y nos conformamos, compañeros en la toma de decisiones bajo la incertidumbre, con comparar las ventajas y desventajas de las casas de emoción que nuestras posturas nos impiden habitar: ambas reales, en el sentido de que ambas se han construido con la experiencia, y ambas cimentadas, en última instancia, sobre lo incognoscible. Ustedes sacan la carta de la dignidad del materialismo, y nosotros ponemos al lado la aceptación cristiana de lo trágico, lo desechado, lo irreparable. Ustedes sacan el humillante descubrimiento de la pequeñez y la contingencia de la humanidad en el cosmos, y la idea enaltecedora de que en cualquier caso la vida humana sigue teniendo sentido. Nosotros sacamos la universalidad del fracaso humano, y la esperanza de escapar de la búsqueda eterna del beneficio propio. Nosotros enseñamos nuestras cartas y ustedes enseñan las suyas. Y juntos admiramos las previsibles apuestas que nos sostienen.
No obstante —y ahora sí que intento provocar— antes de eso, creo que ustedes deberían ser un poco más claros sobre cuál es el contenido emocional de su ateísmo. Ustedes son quienes aseguran estar actuando a partir de una simple carencia, a partir de una no-creencia, pero, ya que hablamos de ausencias, el ateísmo contemporáneo no parece involucrar sentimientos convincentes ni de lejos. No todo es leer a Lucrecio, o pensar en la naturaleza de las cosas hermosas. Para muchos de ustedes, el objetivo del ateísmo parece ser no tanto la no-relación con Dios, como una viva y hostil relación con los creyentes. La misma existencia de la religión parece ser una afrenta, un atrevimiento, un picor que no pueden evitar rascar. La gente a la que no le gusta coleccionar sellos no tiene una revista especializada llamada El Antifilatélico. Ustedes sí. Lo que hacen es el equivalente a irse un domingo a la plaza Mayor de Madrid con pancartas contra la venta de sellos. Cuando en un diario progresista se habla de eso de las creencias, los comentarios suelen estar copados por tertulianos que lanzan su desprecio con la misma fuerza que un extintor de incendios. Es como si hubiera una pequeña onda transgresora de satisfacción que solo se pudiera alcanzar pronunciando palabras despectivas allí donde un cristiano de verdad pueda oírlas. Y esto no puede ser bueno para ustedes. Nunca es buena idea creer que el placer de la agresión esconde detrás una virtud. Se lo dice una persona religiosa. Eso sí que lo sabemos con certeza.
(*) Francis Spufford es escritor, editor y profesor. Acaba de publicar Impenitente (Turner).

Ilustración: Eva Vázquez

sábado, 8 de febrero de 2014

UNA Y OTRA, UNA EN OTRA

EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Estamos ante dos saberes de tono casi melancólico que insinúan frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente. Desde sus diferencias, ambos buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida
Manuel Fraijó

Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.
De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.
Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.
Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.
Las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición de las iglesias
No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.
Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.
Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.
“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.
La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.
Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.
La moral que se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas puede sellar alianzas con la religión
¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.
Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.
La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.
Ilustración: Raquel Marín.