Ideología y miopía
Gabriel Tortella / El Mundo
Es muy trillada y repetida la frase de Marx «la religión es el opio del pueblo». Esto puede que fuera cierto en 1843, cuando salió a la luz su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, donde se contenía dicha frase. Pero hoy, sin duda, la afirmación se queda corta. El propio Marx estaba por entonces elaborando una teoría que más tarde se convertiría en una adormidera mental tanto o más eficaz que todas las religiones juntas. Y es que la historia contemporánea nos muestra que no hacen falta doctrinas trascendentes para anestesiar nuestra capacidad de raciocinio crítico.
En 1588, Felipe II envió a la Armada en condiciones muy adversas para tratar de poner en práctica un plan disparatado de invasión de Inglaterra. Él era consciente de los problemas que la misión conllevaba, pero confiaba en que, como Dios estaba de su parte, todo se resolvería favorablemente. Ni siquiera el terrible fracaso de la expedición le desengañó acerca de la eficacia del favor divino. En 1967, Che Guevara pretendió invadir Bolivia al frente de un puñado de guerrilleros, confiando en que, estando la justicia de su parte, los campesinos bolivianos se alzarían en su apoyo, como dictaba la teoría neomarxista de la revolución latinoamericana. Sin embargo, los campesinos no solo no se levantaron en masa siguiendo el ejemplo del famoso guerrillero, sino que ayudaron al ejército boliviano a capturarle. El Che fue ajusticiado sin contemplaciones; pagó su error con la vida. No sabemos si antes de morir reconsideró la teoría que lo llevó a la muerte; pero el mito del guerrillero heroico subsistió largamente en América Latina. Raramente la realidad disuade a los creyentes en ciertas ideologías, religiosas o no. El creacionismo (la doctrina de que las especies animales fueron creadas por Dios tales cuales las conocemos, en contra de la teoría evolucionista darwiniana, más tarde confirmada por la genética molecular) es aún admitido en muchas universidades norteamericanas.
Igualmente encontramos hoy numerosos comunistas y anticapitalistas, a pesar de escandaloso fracaso del marxismo-leninismo siempre que se ha puesto en práctica. No es sólo el caso del hundimiento de la Unión Soviética y los regímenes comunistas europeos; el marxismo-leninismo ha fracasado en todas las latitudes donde ha sido puesto en práctica, desde Etiopía hasta Cuba y Venezuela. Donde han subsistido con un cierto éxito los regímenes comunistas ha sido en los países que han abandonado la economía comunista y adoptado la de mercado. En España ocurrió algo parecido aunque el punto de partida fuera opuesto. Después de años de fracaso de la economía intervenida al modo fascista, el franquismo adoptó un modelo sui generis de economía de mercado y lo que siguió fueron 15 años de crecimiento espectacular, el entones llamado milagro español. Esta experiencia, afortunadamente, hizo reflexionar a la izquierda, que evolucionó hacia el eurocomunismo y la socialdemocracia, de modo que la transición política fue relativamente fácil y España pudo reconvertirse con poco trauma en una próspera democracia. También los comunistas asiáticos abrieron los ojos ante la realidad, e imitaron, no sé si conscientemente, al régimen franquista: mantuvieron la férrea dictadura en el plano político, pero permitieron a sus economías adoptar las normas del libre mercado. Aquí también fue el éxito fulgurante y la economía china se transformó en una de las más dinámicas del mundo.
Cualquiera hubiera dicho que el derrumbamiento del comunismo económico en Europa y Asia hubiera terminado con una ideología evidentemente desfasada. Pues no. Todavía campan en las universidades (y en alguna vicepresidencia) profesores ignorantes (sí, señores, abundan los profesores ignorantes, sobre todo en España y sobre todo en ciencias sociales) que se proclaman anticapitalistas, ignorando que desde la publicación de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith en 1776 la prosperidad y el bienestar humanos han crecido como nunca jamás en la historia de la humanidad lo habían hecho, e ignorando que el capitalismo, contra lo que creía Marx, era capaz de reformarse profundamente y de aliarse con los herederos intelectuales del propio Marx, dando lugar a sociedades mixtas socialdemocráticas donde todas las clases sociales mejoraron su nivel de vida hasta niveles insospechados; olvidando, además, los fracasos clamorosos de las economías comunistas, y que las únicas dictaduras de cualquier signo que han tenido éxito han sido las que han adoptado el libre mercado capitalista; y olvidando, para concluir, que en las economías capitalistas mixtas la sociedad ha evolucionado muy rápidamente y la vieja división en clases sociales se ha diluído en numerosos estratos donde a su vez domina una fuerte movilidad y permeabilidad. Todo esto no implica que estemos en el mejor de los mundos posibles. Ni mucho menos. Pero sí implica que las necesarias reformas no requieren un proceso revolucionario, y que el anticapitalismo, es el producto, repito, de una ideología desfasada, ignorante de la historia y de la economía.
Aparte del ridículo de los maestros ciruela en nuestras universidades adoctrinando a la juventud con fábulas obsoletas, el peligro de estas anteojeras ideológicas radica en que producen los efectos contrarios a los que se supone que persiguen. Si pretendiendo mejorar la distribución y promover la igualdad económica, por ejemplo, decretamos subidas del salario mínimo sin prestar atención a la evolución de la productividad, lo que resultará es más desempleo, que es la causa más importante de desigualdad en la sociedad actual. Esto se debe a que aumentar el coste de un factor (el trabajo) sin que aumente su rendimiento (la productividad) pone en peligro el funcionamiento de las empresas, especialmente las pequeñas, tan numerosas en España, obligándolas a cerrar o reducir plantilla. Este problema se ha manifestado ruidosamente en estos días en la agricultura, donde predomina la pequeña propiedad y cuya capacidad de negociación es muy pequeña. Por otra parte, las mejoras en la productividad requieren reformas en el sistema educativo, a las cuales se oponen precisamente los partidos de izquierda, que cuentan con los sindicatos de profesores como parte importante de su apoyo.
A agravar estos problemas vienen otras anteojeras de la izquierda, como los intentos de derogar la reforma laboral de Báñez que, contra lo que anunciaron en su día ciertos sindicatos, ha producido una reducción, aún insuficiente, pero sustancial, en la tasa de paro. Se anuncia que al menos se van a derogar «los aspectos más lesivos» de esa reforma sin aclarar cuáles son éstos; uno sospecha que de lo que se trata es de dar más poder a los sindicatos, lo cual normalmente redundará en más desempleo. Por otra parte, esta izquierda tan combativa olvida que uno de los problemas del capitalismo radica en el poder y la proliferación de monopolios. ¿Por qué no se preocupan nuestros feroces anticapitalistas de estudiar el grado de monopolio en los mercados españoles, compararlo con la situación en otros países, y proponer medidas de reforma si resultase que eran necesarias?
Pero las anteojeras ideológicas no son patrimonio exclusivo de la izquierda. La derecha, por ejemplo, se niega a reconocer que las temperaturas en el planeta están subiendo, y que esto puede tener gravísimas consecuencias en un futuro no muy lejano. Parece imposible negar la evidencia de los termómetros y de la reducción del hielo en los casquetes polares. Pero, contra toda lógica, los negacionistas climáticos atribuyen los datos palmarios a científicos corrompidos por oscuros intereses económicos. Es difícil identificar a quién puede beneficiar el temor a las consecuencias del calentamiento, pero sí es muy fácil identificar a quién perjudica este temor: a las poderosísimas empresas productoras de petróleo y carbón, que tienen por tanto interés en subvencionar a los científicos negacionistas. Hablando hace poco con un amigo liberal conservador yo le decía que mi experiencia me confirmaba las prognosis pesimistas sobre el calentamiento: algo tan sencillo como que en mi infancia (en torno a 1950) en Madrid nevaba copiosamente todos los inviernos, blanqueando calles y tejados y permitiéndonos hacer muñecos y batallas de bolas de nieve, mientras que ahora aquí raramente nieva. Él me respondió que el fenómeno era local, porque Madrid había crecido y las grandes ciudades irradiaban más calor, a lo que yo respondí que Brihuega debía haberse convertido en una megalópolis, porque allí también se quejan de que no nieva. Mi interlocutor, hombre por otra parte culto e inteligente, cambió de conversación. Él tampoco estaba dispuesto a quitarse las antiparras ideológicas. En todas partes cuecen habas. Por desgracia.
(*) Gabriel Tortella es economista e historiador. Su último libro, La semilla venenosa. El nacionalismo en el siglo XXI (coautora, Gloria Quiroga), está en prensa.
Fuente:
https://www.almendron.com/tribuna/ideologia-y-miopia/
Imágenes: https://www.gettyimages.es/fotos/comunismo?sort=mostpopular&mediatype=photography&phrase=comunismo
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sábado, 22 de febrero de 2020
viernes, 31 de agosto de 2018
NOVOVETUSTARIO
EL MUNDO, Barcelona, 8 de agosto de 2018
TRIBUNA
Vieja y nueva política
Gabriel Tortella
El desarrollo del drama parlamentario que presenciamos a fines del pasado mayo me ha traído a la memoria insistentemente el título de la famosa conferencia de Ortega con que osadamente encabezo estas líneas. Aunque las circunstancias actuales son diferentes de las del tiempo en que Ortega pronunció su exposición (24 mayo 1914), existen, por desgracia, paralelos entre ambas épocas. El filósofo hablaba en nombre de la recién creada Liga de Educación Política Española, con objeto de darla a conocer y de iniciar su labor de curación de un sistema político y de un cuerpo social que en España estaban "enfermos". No podía saber el gran pensador cuán crucial era el momento escogido para su discurso: pocos meses más tarde estallaría la Primera Guerra Mundial, que marcaría una gran divisoria en la historia contemporánea y cuyas consecuencias de todo orden harían olvidar sus propósitos de educación política, aunque no ciertamente la conferencia en sí.
Reprochaba el filósofo al sistema político español que sus partidos se habían ido "anquilosando, petrificando, y consecuentemente, habían perdido toda intimidad con la nación". Se trataba de "partidos fantasmas, que defienden los fantasmas de unas ideas" (algo muy parecido diría Cambó ocho años más tarde en sus Memorias). Sólo salvaba Ortega de este anquilosamiento al "partido socialista y al movimiento sindical... las únicas potencias de modernidad que existen hoy en la vida pública española".
Acertaba plenamente nuestro filósofo: entonces. Las cosas han cambiado mucho en este siglo largo que ha transcurrido desde su famosa conferencia. Las ideas socialistas han triunfado en este intervalo y hoy socialismo y sindicalismo pertenecen plenamente a la vieja política, de pensamiento fantasmal y petrificado. Basta simplemente considerar las triquiñuelas de ilusionista a que recurre hoy el PSOE para hacerse con el poder cueste lo que cueste (si lo sabrá el sufrido contribuyente) y sin atreverse a consultar al electorado antes de embarcarse en una huida hacia delante con la esperanza de ganarse a los votantes con guiños y prebendas. El Partido Socialista está hoy firmemente incrustado en esa vieja política que, como denunciaba Ortega, no ofrece grandes ideas de reforma y mejora, sino simplemente envoltorios vacíos con colores pretendidamente atractivos (exhumación de Franco, aborto infantil y un largo etcétera). No es el único: pero es la formación que lideró esa turbia maniobra parlamentaria del pasado mes de mayo para impedir la manifestación de la voluntad popular. Para ello, el socialismo de Sánchez concitó a un abigarrado aquelarre de partidos hoy ya viejos (algunos catalanes se renuevan sólo en el nombre, como ciertas damas provectas se maquillan para quitarse años y pasados incómodos) a los que unía un solo objetivo: impedir que el pueblo votara para dar un giro a la política antigua, cobarde y suicida que el sistema español viene ofreciendo como solución al problema más grave que tiene planteado nuestro país desde hace ya muchos años: el separatismo. Y esa vieja solución se resume en tres palabras: ceder, conceder y subvencionar.
La vieja política de hoy conserva persistentes resabios del franquismo: es incapaz de librarse de la pesada herencia de aquel régimen que, con su machacona condena de "rojos y separatistas", confirió a estas opciones políticas una aureola totalmente injustificada. El cuerpo político español parece incapaz de desprenderse, de curarse del absurdo prejuicio de que si para Franco rojos y separatistas eran los enemigos, algo bueno habían de tener. Ello ha dado lugar a dos graves anomalías de la opinión política española: de un lado, lo que podríamos llamar la asimetría cainita; de otro, una suicida tolerancia del separatismo.
No hace mucho Teresa Giménez Barbat comentaba que en Alemania a nadie se le ocurriría relacionar a la CDU con el nazismo; sin embargo, en España no son infrecuentes las acusaciones de que el PP es heredero del franquismo. Y lo más curioso es que el PP, en lugar de emparentar al PSOE con las chekas o con Paracuellos, pongo por caso, ha aceptado con mansedumbre las acusaciones de sus detractores, esforzándose solamente en demostrar que ya está muy enmendado y regenerado. La insistencia de la izquierda en descalificar al centroderecha acusándole de ser "derecha extrema", como repetía el inefable Rodríguez Zapatero, tiene graves consecuencias; la peor de todas, el cainismo: si la derecha es tan impresentable, la colaboración con ella es imposible; por lo tanto, es preferible aliarse con los separatistas que con el Partido Popular
Esto lleva a la situación actual y concede a los separatistas una situación de privilegio político que explica que, con un 4,6% de los votos, tengan en jaque permanente a todo el sistema político español y lo desprestigien a los ojos de nuestros socios y aliados. Esto se ha visto ahora en los tribunales europeos, que han venido a decirnos: "¿Cómo quieren ustedes que definamos como reos de un delito de rebelión a unos políticos con los que ustedes pactan amigablemente a diario? No nos pidan que les resolvamos el problema que ustedes no se atreven a afrontar, que les saquemos del fuego sus propias castañas". Este humillante varapalo ha sido la consecuencia directa de este viejo cainismo que no sólo se remonta a Franco, sino que viene de muy atrás, desde el Trágala gaditano, si no desde antes. Ya decía Machado que las dos Españas nos helarían el corazón. Pues siguen haciéndolo. La asimetría cainita, esa vieja lacra de nuestra política, trae consigo una tolerancia irresponsable con los separatistas. Ejemplo perfecto de esta afirmación lo encarna el actual presidente del Gobierno.
¿Quién representa hoy la nueva política? Sin duda Ciudadanos que, con todos sus defectos e indefiniciones, ofrece la superación del viejo cainismo, con una posición de centro que conlleva una renuncia a la descalificación de los demás partidos constitucionalistas. Ciudadanos se ha mostrado dispuesto a aliarse tanto con el Partido Popular como con el PSOE, actitud que cierra la brecha creada por el cainismo. Por eso concita el odio sarraceno de los separatistas, que agreden y acosan a Rivera y Arrimadas con métodos reminiscentes de los primeros años del hitlerismo. Y por eso se unió contra Ciudadanos todo esa turbamulta de la vieja política que protagonizó la lamentable tragicomedia de la moción de censura del pasado mayo, incluida, y esto fue lo más tragicómico de todo, la víctima propiciatoria, el propio PP, demostrando hasta qué punto formaba parte del viejo bloque.
El Partido Popular, que humilló la cabeza y ofreció el pescuezo al verdugo antes que defenderse gallardamente y, si fuere necesario, convocar nuevas elecciones, demostró hasta qué punto tenía interiorizado el cainismo de que era víctima. En aquel episodio lamentable, la vieja política se retrató, coaligándose contra las elecciones, contra la democracia, con tal de cerrar el paso a la nueva política, es decir, a Ciudadanos, el único partido que se oponía claramente al separatismo y que creyó ingenuamente que su posición inequívoca sería una baza decisiva a su favor. Resultó ser una baza decisiva en su contra. Triunfó la vieja política, la de la cesión, concesión y subvención al separatismo.
El tiro pudo haberles salido por la culata a los de la vieja política cuando el PP se rebeló contra ella y eligió por sorpresa a Pablo Casado, que representa algo muy distinto a la ambigüedad de Rajoy. Contra él se concitan, con el tema del máster, los que, sin estar libres de pecado, están dispuestos a lanzar la primera piedra y las que hagan falta para impedir la renovación política.
Decía Ortega de las Cortes de 1914 que "no pueden vivir, porque para un organismo de esta naturaleza vivir al día, en continuo susto, sin poder tomar una trayectoria un poco amplia, equivale a no poder vivir". Igualito que ahora. Ha pasado más de un siglo y la vieja política sigue con nosotros. ¿Hasta cuándo?
(*) Gabriel Tortella, economista e historiador, cuenta, entre sus publicaciones recientes con Cataluña en España. Historia y mito (con J.L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga) y "¿Es España una nación?", en Claves, mayo-junio 2018.
Ilustración: Raúl Arias.
Fotografía: José Ortega y Gasset: http://barricadaletrahispanic.blogspot.com/2012/02/jose-ortega-y-gasset.html
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/08/5b6973fae2704ea61e8b4610.html
TRIBUNA
Vieja y nueva política
Gabriel Tortella
El desarrollo del drama parlamentario que presenciamos a fines del pasado mayo me ha traído a la memoria insistentemente el título de la famosa conferencia de Ortega con que osadamente encabezo estas líneas. Aunque las circunstancias actuales son diferentes de las del tiempo en que Ortega pronunció su exposición (24 mayo 1914), existen, por desgracia, paralelos entre ambas épocas. El filósofo hablaba en nombre de la recién creada Liga de Educación Política Española, con objeto de darla a conocer y de iniciar su labor de curación de un sistema político y de un cuerpo social que en España estaban "enfermos". No podía saber el gran pensador cuán crucial era el momento escogido para su discurso: pocos meses más tarde estallaría la Primera Guerra Mundial, que marcaría una gran divisoria en la historia contemporánea y cuyas consecuencias de todo orden harían olvidar sus propósitos de educación política, aunque no ciertamente la conferencia en sí.
Reprochaba el filósofo al sistema político español que sus partidos se habían ido "anquilosando, petrificando, y consecuentemente, habían perdido toda intimidad con la nación". Se trataba de "partidos fantasmas, que defienden los fantasmas de unas ideas" (algo muy parecido diría Cambó ocho años más tarde en sus Memorias). Sólo salvaba Ortega de este anquilosamiento al "partido socialista y al movimiento sindical... las únicas potencias de modernidad que existen hoy en la vida pública española".
Acertaba plenamente nuestro filósofo: entonces. Las cosas han cambiado mucho en este siglo largo que ha transcurrido desde su famosa conferencia. Las ideas socialistas han triunfado en este intervalo y hoy socialismo y sindicalismo pertenecen plenamente a la vieja política, de pensamiento fantasmal y petrificado. Basta simplemente considerar las triquiñuelas de ilusionista a que recurre hoy el PSOE para hacerse con el poder cueste lo que cueste (si lo sabrá el sufrido contribuyente) y sin atreverse a consultar al electorado antes de embarcarse en una huida hacia delante con la esperanza de ganarse a los votantes con guiños y prebendas. El Partido Socialista está hoy firmemente incrustado en esa vieja política que, como denunciaba Ortega, no ofrece grandes ideas de reforma y mejora, sino simplemente envoltorios vacíos con colores pretendidamente atractivos (exhumación de Franco, aborto infantil y un largo etcétera). No es el único: pero es la formación que lideró esa turbia maniobra parlamentaria del pasado mes de mayo para impedir la manifestación de la voluntad popular. Para ello, el socialismo de Sánchez concitó a un abigarrado aquelarre de partidos hoy ya viejos (algunos catalanes se renuevan sólo en el nombre, como ciertas damas provectas se maquillan para quitarse años y pasados incómodos) a los que unía un solo objetivo: impedir que el pueblo votara para dar un giro a la política antigua, cobarde y suicida que el sistema español viene ofreciendo como solución al problema más grave que tiene planteado nuestro país desde hace ya muchos años: el separatismo. Y esa vieja solución se resume en tres palabras: ceder, conceder y subvencionar.
La vieja política de hoy conserva persistentes resabios del franquismo: es incapaz de librarse de la pesada herencia de aquel régimen que, con su machacona condena de "rojos y separatistas", confirió a estas opciones políticas una aureola totalmente injustificada. El cuerpo político español parece incapaz de desprenderse, de curarse del absurdo prejuicio de que si para Franco rojos y separatistas eran los enemigos, algo bueno habían de tener. Ello ha dado lugar a dos graves anomalías de la opinión política española: de un lado, lo que podríamos llamar la asimetría cainita; de otro, una suicida tolerancia del separatismo.
No hace mucho Teresa Giménez Barbat comentaba que en Alemania a nadie se le ocurriría relacionar a la CDU con el nazismo; sin embargo, en España no son infrecuentes las acusaciones de que el PP es heredero del franquismo. Y lo más curioso es que el PP, en lugar de emparentar al PSOE con las chekas o con Paracuellos, pongo por caso, ha aceptado con mansedumbre las acusaciones de sus detractores, esforzándose solamente en demostrar que ya está muy enmendado y regenerado. La insistencia de la izquierda en descalificar al centroderecha acusándole de ser "derecha extrema", como repetía el inefable Rodríguez Zapatero, tiene graves consecuencias; la peor de todas, el cainismo: si la derecha es tan impresentable, la colaboración con ella es imposible; por lo tanto, es preferible aliarse con los separatistas que con el Partido Popular
Esto lleva a la situación actual y concede a los separatistas una situación de privilegio político que explica que, con un 4,6% de los votos, tengan en jaque permanente a todo el sistema político español y lo desprestigien a los ojos de nuestros socios y aliados. Esto se ha visto ahora en los tribunales europeos, que han venido a decirnos: "¿Cómo quieren ustedes que definamos como reos de un delito de rebelión a unos políticos con los que ustedes pactan amigablemente a diario? No nos pidan que les resolvamos el problema que ustedes no se atreven a afrontar, que les saquemos del fuego sus propias castañas". Este humillante varapalo ha sido la consecuencia directa de este viejo cainismo que no sólo se remonta a Franco, sino que viene de muy atrás, desde el Trágala gaditano, si no desde antes. Ya decía Machado que las dos Españas nos helarían el corazón. Pues siguen haciéndolo. La asimetría cainita, esa vieja lacra de nuestra política, trae consigo una tolerancia irresponsable con los separatistas. Ejemplo perfecto de esta afirmación lo encarna el actual presidente del Gobierno.
¿Quién representa hoy la nueva política? Sin duda Ciudadanos que, con todos sus defectos e indefiniciones, ofrece la superación del viejo cainismo, con una posición de centro que conlleva una renuncia a la descalificación de los demás partidos constitucionalistas. Ciudadanos se ha mostrado dispuesto a aliarse tanto con el Partido Popular como con el PSOE, actitud que cierra la brecha creada por el cainismo. Por eso concita el odio sarraceno de los separatistas, que agreden y acosan a Rivera y Arrimadas con métodos reminiscentes de los primeros años del hitlerismo. Y por eso se unió contra Ciudadanos todo esa turbamulta de la vieja política que protagonizó la lamentable tragicomedia de la moción de censura del pasado mayo, incluida, y esto fue lo más tragicómico de todo, la víctima propiciatoria, el propio PP, demostrando hasta qué punto formaba parte del viejo bloque.
El Partido Popular, que humilló la cabeza y ofreció el pescuezo al verdugo antes que defenderse gallardamente y, si fuere necesario, convocar nuevas elecciones, demostró hasta qué punto tenía interiorizado el cainismo de que era víctima. En aquel episodio lamentable, la vieja política se retrató, coaligándose contra las elecciones, contra la democracia, con tal de cerrar el paso a la nueva política, es decir, a Ciudadanos, el único partido que se oponía claramente al separatismo y que creyó ingenuamente que su posición inequívoca sería una baza decisiva a su favor. Resultó ser una baza decisiva en su contra. Triunfó la vieja política, la de la cesión, concesión y subvención al separatismo.
El tiro pudo haberles salido por la culata a los de la vieja política cuando el PP se rebeló contra ella y eligió por sorpresa a Pablo Casado, que representa algo muy distinto a la ambigüedad de Rajoy. Contra él se concitan, con el tema del máster, los que, sin estar libres de pecado, están dispuestos a lanzar la primera piedra y las que hagan falta para impedir la renovación política.
Decía Ortega de las Cortes de 1914 que "no pueden vivir, porque para un organismo de esta naturaleza vivir al día, en continuo susto, sin poder tomar una trayectoria un poco amplia, equivale a no poder vivir". Igualito que ahora. Ha pasado más de un siglo y la vieja política sigue con nosotros. ¿Hasta cuándo?
(*) Gabriel Tortella, economista e historiador, cuenta, entre sus publicaciones recientes con Cataluña en España. Historia y mito (con J.L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga) y "¿Es España una nación?", en Claves, mayo-junio 2018.
Ilustración: Raúl Arias.
Fotografía: José Ortega y Gasset: http://barricadaletrahispanic.blogspot.com/2012/02/jose-ortega-y-gasset.html
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/08/5b6973fae2704ea61e8b4610.html
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