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sábado, 4 de mayo de 2013

EUROZONA (L)

EL PAÍS, Madrid, 4 de mayo de 2013
TRIBUNA
Regeneración o antipolítica
Valentí Puig

En alguna peluquería unisex se están acicalando los y las aspirantes a ser el Beppe Grillo de la España del desahucio y la desconfianza. Se nutrirán de una sequía crediticia que obtura el crecimiento, también de la angustia del paro y harán su argumentario contra la Europa de Angela Merkel, el sistema de partidos y el euro. Para ofrecer irrealismo y demagogia, irán más allá de la panacea universal de las listas abiertas y de cualquier hipótesis de recuperación económica. Ponga un Beppe Grillo en su vida y, con tanta promesa de catarsis en la vida pública, todo empeorará. Un perfil posible: joven, mediático, expresivo, sin vinculación política actual ni reflejos del franquismo, alguien guay que dice las verdades como puño, anti-inmigración sin xenofobia, tal vez post-moderno, seudo-cristalino, digital y post-industrial por decirlo así, ofreciendo imagen telegénica a lo que hoy son comentarios a la hora del café. Financiación seguramente no le faltará. Va a ser el nuevo hombre de la calle.En alguna peluquería unisex se están acicalando los y las aspirantes a ser el Beppe Grillo de la España del desahucio y la desconfianza. Se nutrirán de una sequía crediticia que obtura el crecimiento, también de la angustia del paro y harán su argumentario contra la Europa de Angela Merkel, el sistema de partidos y el euro. Para ofrecer irrealismo y demagogia, irán más allá de la panacea universal de las listas abiertas y de cualquier hipótesis de recuperación económica. Ponga un Beppe Grillo en su vida y, con tanta promesa de catarsis en la vida pública, todo empeorará. Un perfil posible: joven, mediático, expresivo, sin vinculación política actual ni reflejos del franquismo, alguien guay que dice las verdades como puño, anti-inmigración sin xenofobia, tal vez post-moderno, seudo-cristalino, digital y post-industrial por decirlo así, ofreciendo imagen telegénica a lo que hoy son comentarios a la hora del café. Financiación seguramente no le faltará. Va a ser el nuevo hombre de la calle.
De calar eso en las clases medias, el riesgo es de importancia. Invita a augurar unas elecciones europeas en las que, en poco más de un año, la kermese populista avanzaría como un espectro expansivo, con un extremo derecha y un extremo izquierda que se darán la mano por debajo de la mesa de la ruleta electoral. La escora precipitada de las clases medias podría alterar el sistema bipartidista y propiciar en las respectivas elecciones nacionales la ingobernabilidad por fragmentación. Pronto sería una mutación inquietante en el mismo corazón del consenso europeo por la mengua significativa en las franjas de votos que hasta ahora decantaban la balanza hacia el centro-izquierda o el centro-derecha, por un sistema de prueba y error, más que por lealtad específica a los partidos. Atención a los partidos de intelectuales y tecnócratas —caso de la nueva Alternativa para Alemania— que creen saber como debieran saber las cosas pero no tienen la menor idea de cómo convertir sus deseos en realidad. A veces es así como se acaba escribiendo el testamento del Doctor Mabuse.
Atenazados por los vértigos de la gestión económica de la crisis, los partidos que gobiernan en la Unión Europea, y también los que están en la oposición como alternativa posible, desatienden el recelo creciente al sistema de partidos. Se saldrá de la crisis en uno u otro momento, pero si los partidos políticos no regeneran su presencia y su dinámica, habrá Beppe Grillo incluso en época de vacas gordas. Más allá de los escándalos de corrupción y del laberinto de la financiación, otra generación ha de compartir primera línea, esa juventud que está dando lecciones sorprendentes de creatividad para sortear la crisis, los nuevos empresarios que acabarán fortalecidos por la destrucción creativa, los nuevos profesionales que están viendo la política como una antigualla con poca imaginación y coraje. En situaciones de tanta tensión, el mensaje de la sensatez tarda en recoger frutos. A veces llega tarde.
Entre el poder no siempre refrendado de las instituciones internacionales y los calendarios electorales de los políticos en plena ansiedad democrática, no es fácil desactivar la tentación populista. Descreer del sistema parlamentario es ciertamente tentador, sobre todo cuando no se tiene una alternativa hacedera. Al decirse que la legitimidad está en la calle y que eso cuenta más que la legalidad, el político populista que sea acaba por ser lo que quiso siempre o incluso lo que no quiso ser: el hombre que habla con la voz del pueblo por encima del espíritu de la ley. Tanto si es que Alemania nos machaca o que España nos roba, el mensaje es el mismo. Consiste en suplantar la racionalidad posible por el emocionalismo. Regresamos al nosotros y al ellos. Avanzan los populismos contra la Europa alemana y, en Alemania, las reacciones instintivas contra el euro. Con o sin errores de cálculo, ¿cómo puede ser el principio de austeridad el origen de todos los males? ¿Por qué no suponer que es factible un sistema de estabilizadores entre la austeridad y el crecimiento?
Al iniciarse en Sarajevo, pronto hará cien años, el cruel desastre de la Primera Guerra Mundial, el ministro de exteriores británico, Sir Edward Grey, dijo ver como todas las luces se apagaban en Europa sin saber si iban a iluminarse de nuevo. Frente al símil apocalíptico, siempre queda algún puente, fórmulas de prudencia, el sólido recurso de la lucidez. Las luces de toda Europa, ni se apagan para siempre ni tienen porque apagarse. Irá por ahí el Beppe Grillo de casa desenroscando bombillas pero no puede llegar a competir con los aceleradores de partículas ni con la continuidad de un quehacer civilizado. A pesar de los nacional-populismos en auge, si la eurozona acierta en los nuevos rumbos, la peluca del payaso Beppe Grillo aparecerá cualquier día en un museo de los horrores. Es mucho mejor que tenerlo haciendo muecas en el vestíbulo.
(*) Valentí Puig es escritor.
Ilustración: Fernando Vicente.

jueves, 27 de diciembre de 2012

SISTÉMICAMENTE, SUYO

EL PAÍS, Madrid, 27 de Diciembre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Crisis sistémica y cambio de ciclo vital
La etapa de acumulación financiera iniciada en los años setenta atraviesa hoy por una fase de madurez que augura un cambio de paradigma, no solo económico sino también institucional y de democracia representativa
Enrique Gil Calvo

Hace poco asistí a una mesa redonda en un congreso de sociología donde se debatía la crisis sistémica. Allí pude argumentar que nuestra profesión no ha sabido proponer un relato propio sobre la crisis, pues se ha limitado a criticar sus efectos en materia de recorte de derechos y ascenso del desclasamiento y la desigualdad. Por tanto, el único relato maestro con que contamos sobre la crisis es el propuesto por el pensamiento económico dominante. Según su paradigma, la crisis fue causada por la irrupción de una contingencia imprevista, emergida por generación espontánea de la mano invisible del mercado, que rompió el equilibrio general del sistema. Y desde entonces los mercados han quedado colapsados por un desequilibrio sistémico autosostenido, como si se hubieran “colgado” entrando en un bucle sinfín. De ahí la necesidad de “resetear” el sistema mediante un choque de ajustes estructurales de cualquier signo capaces de reequilibrarlo, ya sean estímulos expansivos a lo Bernanke-Obama o devaluaciones internas a lo Merkel-Schauble.
¿Podría oponerse a este modelo de equilibrio neoclásico algún otro relato más dinámico, capaz de explicar mejor el desequilibrio general? Una posible pista es recurrir al modelo de crisis por cambio de ciclo vital. Esta figura proviene de la historia natural, como en los ciclos de ascenso y caída de los imperios o cualquier otro fenómeno cuyo curso de vida se despliegue a lo largo del tiempo. Por ejemplo, el lapso vital humano presenta cuatro crisis: el nacimiento (crisis de inicio), la juventud (crisis de ascenso), la madurez (crisis de inflexión hacia el declive) y la muerte (crisis de desenlace). Pues bien, aplicando por analogía estos términos, podría postularse que nos enfrentamos a una crisis de madurez sistémica. Es el tipo de inflexión biográfica que antes se llamaba crisis de los 40 (ahora retrasada por aplazamiento de la emancipación juvenil), cuando el ascenso adulto se detiene y comienza a declinar.
Y recurriendo al mismo esquema cabe pensar que el ciclo de acumulación financiera iniciado en los años 70, cuando quebró por inflación el anterior ciclo productivo de industrialización fordista, está atravesando hoy su crisis de los 40. Aquel naciente ciclo postindustrial centrado en el mercado financiero generó una mercantilización globalizada que desarticuló la estructura social, emergiendo la posmoderna sociedad low cost. El consiguiente crecimiento de la financiarización alcanzó su saturación con el cambio de siglo, entrando a partir de ahí en crisis recurrentes tras cruzar el umbral de madurez: es la crisis crónica como la llamé en otro lugar. En suma, la actual regresión no es más que un efecto retardado del progreso anterior, cuando el ciclo de acumulación financiera ascendía hacia lo alto desde las ruinas de la quiebra industrial de los 70. Y este modelo de final de ciclo por crisis de madurez es aplicable a toda Europa occidental. La crisis actual del euro es un efecto retardado de la irresponsable arquitectura de la unión monetaria decidida en Maastricht, a su vez improvisada para salir de la crisis de la serpiente monetaria creada en los 70 con el ingreso del Reino Unido en la CE. Y en el caso español, la crisis de deuda derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria procede también de los 70, pues el boom especulativo no se inició con la Ley del Suelo de Aznar sino bastante más atrás, con la beautiful people de González, Boyer y Solana y antes con los Pactos de la Moncloa de Fuentes Quintana y Abril Martorell.
Cuando se frustra el ascenso de la juventud, el sistema social entra en un periodo de desplome
Pero este ciclo de acumulación financiera no atraviesa su crisis de madurez a solas, pues los demás ciclos institucionales que iniciaron entonces su andadura también atraviesan sus respectivas crisis de los 40. De ahí que al agregarse sus crisis coincidentes estén integrando una crisis sistémica de madurez institucional. ¿A qué otros ciclos institucionales me estoy refiriendo? Ya he citado la crisis de la UE, pero lo mismo cabe decir del modelo de gobernanza estatal, cuya administración burocrática está perdiendo crédito tras ser abducida por la privatización mercantil desde los 70; del modelo de democracia representativa, cuya clase política también está perdiendo legitimidad tras profesionalizarse mercenariamente a partir de los 70; o del modelo de formación de la opinión pública, dada la agónica crisis existencial que sufre la prensa escrita, pues todos atraviesan hoy sus respectivas crisis de madurez en el conjunto del mundo occidental. Especialmente en el caso español.
Así ocurre con el declive de nuestra democracia, cuya transición se inició en los 70 con grandes esperanzas de progreso cívico pero que hoy atraviesa una evidente crisis de madurez, dado su déficit de representación y el fuerte desprestigio de la clase política por los escándalos de corrupción, lo que ha provocado crecientes exigencias de proceder a profundas reformas electorales y constitucionales. En análogo punto de inflexión se sitúa nuestro modelo de desarrollo autonómico, tras la inicial descentralización administrativa, para derivar hacia una preocupante espiral de emulación competitiva que ha alcanzado su clímax con la demanda de secesión Cataluña, lo que también ha despertado propuestas antagónicas de recentralización. Lo mismo sucede con el ciclo de ascenso y caída de nuestro Estado de bienestar, que tras universalizar los derechos sociales en los 70 y 80 está entrando en crisis ahora, desmantelado por drásticos recortes y crecientes amenazas de privatización. Y algo análogo pasa con la enseñanza pública, que con la transición inició su expansión hacia la escolarización universal, obteniendo éxitos tan señalados como lograr que la escolarización femenina superase a la masculina, pero que hoy se enfrenta a una grave crisis de segregación clasista derivada de su creciente privatización a la vez que se devalúan su prestigio académico, dada su incapacidad meritocrática para favorecer la carrera profesional de los mileuristas titulados.
Esto determina que también haya hecho crisis el modelo de juventud iniciado con la transición a la democracia, cuando los jóvenes de ambos sexos comenzaron a diferir su acceso al mercado de trabajo y la formación de familia para anteponer la prolongación de su escolaridad, a fin de mejorar sus oportunidades de ascenso retrasando sine die su salida del hogar progenitor. Pero así se inició un ciclo de prolongación de la dependencia familiar de los jóvenes que, tras bloquearse su proceso de emancipación a causa de la crisis, ha terminado por impedir que aprendan a responsabilizarse de sí mismos, hasta el punto de crear una generación perdida solo entregada al panem et circenses del botellón y las descargas gratuitas, mientras su fracción más crítica se congrega en los enjambres indignados del 15M. Esto explica que el ciclo expansivo de nuestra pirámide demográfica, iniciado en los 70 con el cese de la emigración exterior e interior, y proseguido después por la creciente inmigración de efectivos foráneos, también haya entrado en regresión, cruzándose el año pasado su punto de inflexión cuando la balanza migratoria arrojó saldo negativo tras reiniciarse la migración al exterior de nuestro titulados incapaces de seguir aquí su carrera profesional.
Los jóvenes desertan hoy de las instituciones que integraron a sus predecesores
Y es que, cuando se frustran las expectativas de ascenso de la juventud, todo el sistema social entra en una nueva fase de desplome por desclasamiento, invirtiendo el sentido de su principio rector centrado en la movilidad ascendente. De ahí la involución del metabolismo generacional, que mueve a las actuales cohortes juveniles a desertar de todas las instituciones que articularon la integración social de sus predecesoras. Esto explica que hoy los jóvenes no puedan reconocerse en las instituciones excesivamente maduras que antaño articularon la transición: el sistema de partidos, las centrales sindicales, la prensa escrita… Así es como al coincidir transversalmente las diversas crisis que se realimentan en espiral, entran en resonancia generado una emergente crisis sistémica. Pero los ordenamientos sociales no son cuerpos vivos predestinados a morir sino entramados institucionales cuyas crisis de madurez pueden resolverse con éxito mediante su reestructuración organizativa, lo que exige cambiar las reglas de juego tras pactarlas con amplio consenso. Es el decisivo reto que hoy nos aguarda en España y en Europa occidental como tarea prioritaria y cada vez más urgente.

Ilustración: Eulogia Merle.

domingo, 28 de octubre de 2012

ENFOQUE (Y MEDIO)

EL NACIONAL - Miércoles 20 de Junio de 2012     Opinión/8
Vargas Llosa y Europa
ANÍBAL ROMERO

En un artículo reciente, titulado "¿Por qué Grecia?", Mario Vargas Llosa vinculó la actual situación de ese país con su pasado, recordando la contribución griega a la civilización occidental. El escritor destacó el aporte de los griegos durante los cien años de florecimiento creador conocidos como el siglo de Pericles, mencionando, entre otras figuras de la antigüedad griega, a Tucídides. El propósito de su artículo fue promover la permanencia de Grecia en la Unión Europea, y sostener que "Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone".
Vargas Llosa pasó por alto un punto fundamental: lo que narró Tucídides en su monumental Historia de la guerra del Peloponeso fue precisamente el devastador conflicto de tres décadas que acabó con buena parte de lo construido durante el siglo de Pericles, incluida la propia democracia ateniense, abriendo las puertas a tiempos de decadencia.
El caos de esa guerra tuvo sus raíces en la miopía y arrogancia de las élites políticas atenienses, que terminaron por hundirse arrastrando consigo una era de progreso y libertad.
Lo anterior viene a cuento pues lo que hoy contemplamos en Europa, en medio de un desconcierto creciente, es un proceso de desintegración que se aproxima a un desenlace casi inexorable, empujado por la ceguera de élites que se aferran a un sueño fracasado y se niegan a reconocerlo. El sueño se llama el euro y el autoengaño se centra en la incapacidad para admitir un error fatal.
La agonía europea demuestra que aseverar, como lo hacen tantos demagogos, que "el euro es irreversible" es una fatua pretensión, que pone de manifiesto ignorancia de la historia e inconcebible soberbia.
No hay nada irreversible en los asuntos humanos. El Imperio Romano duró siglos pero fue "reversible", así como el reinado de los faraones y de los zares. Es absurdo hacer afirmaciones como "la revolución es irreversible"; hasta la rusa lo fue, y la china, y lo será la cubana, e igualmente el esperpento de "revolución" venezolana.
Lo que hace particularmente trágico el caso europeo es que el coro demagógico siga exigiendo a Alemania, que está también expuesta con millardos de euros al contagio de la crisis, millardos aportados a los fondos de ayuda de los países más enfermos, que se eche encima las deudas de los pantanos insondables en que se han convertido las economías de naciones como Grecia, España, Italia y Portugal, entre otras. Una Europa asfixiada por su frivolidad e imprevisión se ahoga en deudas impagables, e intenta responsabilizar a una Alemania que no escapa de una situación que ya no tiene remedio en el marco del sueño y que empeora con el paso del tiempo. En medio de la farsa, la primera acción de Francois Hollande ha sido revertir la única reforma positiva de Sarkozy, y establecer de nuevo la edad de jubilación en Francia en 60 años en lugar de 62 años de edad.
Quiere además seguir "creciendo" con más deudas.
¡Y aun así espera que los alemanes le financien! Este espectáculo insensato tiene paralelos en el transcurso histórico, pero hoy, debido a la interconexión de las economías, amenaza con reventar la represa y provocar una inundación global. Una salida futura a la crisis exigirá corregir los principios y prácticas de los anacrónicos Estados de bienestar socialdemócratas, cuya obvia bancarrota ya no puede ocultarse, para restaurar la economía sobre bases de equilibrio que detengan el ciclo infernal del endeudamiento. Ello implicará una todavía mayor reducción de los niveles de vida en buena parte del mundo.


Ilustración: Tomada del blog de Rolando Astarita (http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/07/07/crisis-griega/), quien - por cierto - intenta una perspectiva marxista de la crisis griega.

TRES OPINIONES (2)

EL PAÍS, Madrid, 3 de Junio de 2012
EL NACIONAL - Domingo 10 de Junio de 2012     Siete Días/6
Opiniones
¿Por qué Grecia?
Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso
MARIO VARGAS LLOSA

En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura.
Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa.
El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona.
Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que ocurre en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.
El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides, y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda ­rara alianza para una especialista­ a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama "una visita guiada a través de los textos" se concentra en ese pequeño período de cien años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.
Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y Asia Menor que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a formar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones ­los persas y los egipcios, por ejemplo­ son ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.
No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche.

Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano.
Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es la que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.
"Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante", dice en una de sus páginas.
No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente el mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega).
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla. Leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que se han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda, sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centroizquierda, centro y centroderecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.
Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluida la religión de Cristo ­una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los evangelios se escribieron en lengua griega­, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa, y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó.
Ilustraciones: Ugo y Fernando Vicente.

domingo, 15 de julio de 2012

¿DEUDA, LA DE ALLÁ?

CIUDAD CARACAS, 15 de Julio de 2012
La deuda pública en Francia y en Europa
SALIM LAMRANI

Todos los países europeos se enfrentan al problema de la deuda que afecta severamente a las finanzas públicas. Francia, la quinta potencia mundial, tampoco se libra de la crisis que hace la felicidad de los bancos privados.
Ninguna nación europea se salva del problema de la deuda pública, aunque la gravedad de la crisis difiere de un país a otro. A un lado se encuentran los “buenos alumnos” tales como Bulgaria, Rumania, República Checa, Polonia, Eslovaquia, acompañados de los países bálticos y escandinavos, con un endeudamiento inferior a 60% del PIB. Al otro lado están los cuatro “malos alumnos”, cuya deuda pública supera 100% del PIB: Irlanda (108%), Portugal (108%), Italia (120%) y Grecia (180%). Entre estos dos extremos se halla el resto de los países de la Unión Europea, tales como Francia (86%), cuya deuda oscila entre 60 y 100% del PIB. 1
Los gobiernos europeos de filosofía liberal, simbolizados por la Alemania de Ángela Merkel, son unánimes en cuanto a la importancia que conviene dedicar al “desendeudamiento” público, aplicando políticas de austeridad. Del mismo modo, Pierre Moscovici, a pesar de que es el ministro de Economía francés del Gobierno Socialista de François Hollande, ha fijado como objetivo prioritario “reducir los déficit”, y se ha comprometido a limitarlos a 3% del PIB por año, entre otras cosas mediante la reducción de los gastos públicos. 2
No obstante, es de notoriedad pública que las políticas de austeridad que promueven la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional y que se aplican en el Viejo Continente, son económicamente ineficaces. Incluso tienen el efecto contrario, ya que lejos de estimular el crecimiento, la reducción de los gastos, la disminución de los salarios y de las pensiones de retiro –además de las consecuencias sociales y humanas catastróficas que ocasionan– conducen inevitablemente a una contracción del consumo. De hecho las empresas se ven obligadas a reducir la producción y los salarios e incluso a prescindir de sus empleados. Consecuencia lógica, los recursos tributarios del Estado disminuyen mientras que sus gastos –para atenuar los efectos del desempleo– estallan, creando así un interminable círculo vicioso, cuyo símbolo es la crisis griega. Así, varios países europeos se encuentran en recesión.
CÓMO NACIÓ LA DEUDA PÚBLICA DE FRANCIA
En 1973, Francia no tenía problema de deuda y el presupuesto nacional se encontraba equilibrado. En efecto, el Tesoro Público podía financiarse directamente con el Banco de Francia para construir escuelas, infraestructuras varias, portuarias y aéreas, hospitales y centros culturales, sin tener que pagar una tasa de interés exorbitante, y entonces apenas tenía déficit. No obstante, el 3 de enero de 1973, el gobierno del presidente Georges Pompidou, él mismo antiguo director general del Banco Rothschild, influenciado por el mundo financiero, adoptó la Ley n°73/7 sobre el Banco de Francia, apodada la “Ley Rothschild” por el cabildeo del sector bancario a favor de su adopción. Elaborada por Olivier Wormser, gobernador del Banco de Francia, y Valéry Giscard d’Estaing, entonces ministro de Economía y Finanzas, la Ley estipula en su artículo 25 que “el Tesoro Público no puede ser presentador de sus propios efectos a descuento del Banco de Francia”. 3
En otras palabras, el Estado francés ya no puede financiar el Tesoro Público contratando préstamos sin interés con el Banco de Francia, sino que tiene que abastecerse en los mercados financieros. Así, el Estado se encuentra obligado a contratar préstamos y pagar intereses a las instituciones financieras privadas, mientras que hasta 1973 podía crear moneda para equilibrar su presupuesto mediante el Banco Central. Los bancos comerciales disponen ahora del poder de creación monetaria mediante el crédito, mientras que antes era una prerrogativa exclusiva del Banco Central, es decir, del Estado, y se enriquecen a costa de los contribuyentes, con un estatus de casi monopolio.
Así, los bancos privados pueden prestar, gracias a los sistemas de reservas fraccionarias, más de seis veces la suma que tienen en moneda central. En otras palabras, por cada euro de que disponen pueden prestar hasta 6 euros gracias a la creación monetaria mediante el crédito. Si no es suficiente, pueden contratar con el Banco Central todos los fondos que necesiten con una tasa a menudo de 0%, con el fin de prestarlo luego… a los estados con una tasa de 3 a 18%, como es el caso de Grecia. Así, la creación monetaria mediante el crédito representa 90% de la masa monetaria en circulación en la zona euro.
Maurice Allais, Premio Nobel de Economía francés, denunció esta situación y afirmó que la creación monetaria debía ser una prerrogativa del Estado y del Banco Central. Según él, “Toda creación monetaria debe ser del Estado y sólo del Estado: toda creación monetaria distinta de la moneda de base del Banco Central debe ser imposible, de modo que desaparezcan los ‘falsos derechos’ que resultan actualmente de la creación monetaria bancaria […]. Por esencia, la creación monetaria ex nihilo que practican los bancos se parece a –no vacilo en decirlo para que la gente entienda bien lo que está en juego– la fabricación de dinero por falsificadores, tan justamente sancionados por la ley. Concretamente, lleva a los mismos resultados. La única diferencia es que los que se benefician de ello son distintos”. 4
En la actualidad la deuda de Francia se eleva a más de 1,7 billones de euros. Ahora bien, entre 1980 y 2010, el contribuyente francés reembolsó más de 1,4 billones de euros a los bancos privados sólo a título de intereses de la deuda. Así, sin la ley de 1973, el Tratado de Maastricht y el Tratado de Lisboa, la deuda francesa sería apenas de 300 mil millones de euros. 5
Francia paga cada año 50 mil millones de euros de intereses, lo que pone dicho pago en el primer puesto del presupuesto, antes de la educación. Con semejante suma, el Gobierno podría construir 500 mil viviendas de 100 mil€ o crear 1,5 millones de empleos en la función pública (educación, salud, cultura, ocio) con un salario mensual neto de 1.500€. El contribuyente se ve despojado de más de mil millones de euros cada semana en provecho de los bancos privados. Así, la categoría más rica de la población ha recibido del Estado el fabuloso privilegio de enriquecerse a costa del contribuyente sin ninguna contrapartida y sin el menor esfuerzo.
Por otra parte, este sistema permite al mundo financiero someter a la clase política a sus intereses y dictar la política económica mediante las agencias de calificación, ellas mismas financiadas por los bancos privados. En efecto, si un gobierno adopta una política contraria a los intereses del mercado financiero, esas agencias bajan la nota de los estados, lo que tiene como efecto inmediato el alza de las tasas de interés.
Al mismo tiempo, cuando el Estado y el Banco Central Europeo reflotan los bancos privados en dificultad –es decir, que proceden a su nacionalización de facto sin beneficiarse de ninguna ventaja, como, por ejemplo, un poder de decisión en el Consejo de Administración-, lo hacen con tasas de intereses menos elevadas que las que esas mismas entidades financieras aplican al Estado.
El sistema de crédito que se ha establecido en Francia desde 1973 y que se ha ratificado en los tratados de Maastricht y de Lisboa sólo tiene un objetivo: enriquecer a los bancos privados a costa de los contribuyentes. Es una lástima que no se abra un debate sobre los orígenes de la deuda pública en Francia en los medios informativos ni en el Parlamento. No obstante, bastaría con devolver la exclusividad de la creación monetaria al Banco Central para resolver el problema de la deuda.
(*) Salim Lamrani es Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, y es profesor encargado de cursos en la Universidad Paris-Sorbonne-Paris IV y en la Universidad Paris-Est Marne-la-Vallée y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Etat de siège. Les sanctions économiques des Etats-Unis contre Cuba , París, Ediciones Estrella, 2011, con un prólogo de Wayne S. Smith y un prefacio de Paul Estrade. Contacto: Salim.Lamrani@univ-mlv.fr


Ilustración: Etten Carvallo

sábado, 7 de julio de 2012

FALSARIOS

EL PAÍS, Madrid, 7 de Julio de 2012
COLUMNA
Todo falso
Parece mentira que siendo tan buenos en la utilización del falso delantero no hayamos sido capaces de detectar las imitaciones que nos han vendido a precio de marca
Juan José Millás 

Dada la rapidez con la que hemos caído en la mendicidad, cabe preguntarse si el euro con el que acudimos a las rebajas de las rebajas no será una pobre peseta disfrazada de señora rica. Nos viene ahora a la memoria la alegría absurda con la que recibimos el advenimiento de la moneda única, pese a los destrozos que produjo en nuestras existencias. La vida se encareció de hoy para mañana en un veinte o un treinta por ciento. Nos hizo más pobres, en fin, porque todo se redondeó hacia arriba y porque teniendo una moneda de millonarios nos daba vergüenza andar con una contabilidad de pobres. Nos vendieron tan bien aquella peseta de cobre con antifaz de oro que salíamos en los telediarios dándonos palmadas en la espalda. Hasta Aznar se vanaglorió durante años, con toda la cara, de habernos metido en ese club en el que ahora nos tratan como a unos apestados o como a ese pariente pobre que intenta guardar las apariencias con unos Levi´s falsos y un Rolex falso y un bolso de Loewe falso y unas Adidas falsas. Y eso que la entrada en el club se hizo a base de sacrificios a los que también entonces llamábamos reformas. Enseguida descubriríamos que nuestro sistema financiero era falso y que nuestras cajas de ahorro, todas falsas, estaban dirigidas por expertos falsos que robaban dinero verdadero sin que ninguno de ellos haya dado aún con sus huesos en la cárcel. Todo falso, incluida esta pobre democracia apenas estrenada. Lo curioso es que en el reciente triunfo futbolístico de España haya sido decisiva la figura del falso nueve, que por lo visto es en realidad un ocho: finge que juega arriba, cuando en realidad juega abajo, para desconcertar al adversario. Parece mentira que siendo tan buenos en la utilización del falso delantero no hayamos sido capaces de detectar las imitaciones que nos han vendido a precio de marca.

martes, 3 de julio de 2012

UN EJERCICIO SOBERANO

EL PAÍS, Madrid, 3 de Julio de 2012
TRIBUNA
La construcción social de la estupidez
No hay inteligencia colectiva si las sociedades no gobiernan su futuro
Daniel Innerarity 

No podríamos explicar la naturaleza de lo que llamamos la sociedad del conocimiento si no fuéramos capaces de entender por qué se producen también en ella fracasos colectivos de mayor envergadura incluso que los cometidos por sociedades en las que el saber no ocupaba un lugar tan central. ¿Por qué colapsan las sociedades? ¿Qué razones explican el hecho de que, estando en una sociedad que puede ser más inteligente que sus miembros, también podamos ser más estúpidos de lo que lo somos individualmente considerados? En medio de una crisis económica sin precedentes y que es el resultado, no tanto de errores individuales (que también), como de torpezas colectivas, responder a esta cuestión es más necesario y algo previo a todo aquello que se recomienda en los discursos para “salir de la crisis”.
Alguna explicación ha de tener nuestra peculiar exposición a los errores colectivos y las malas decisiones que no cometemos por carecer de los instrumentos adecuados sino que están incluso inducidos por su sofisticación. Pensemos, por ejemplo en la oscilación entre euforia y decepción económica, que no tendría las actuales dimensiones críticas si no fuera por la potencia financiera de nuestros sistemas económicos; la extensión de los rumores se incrementa con nuestra densidad comunicativa y da lugar a fenómenos como el trolling y el flaming en internet; lo que Hardin llamaba “the tragedy of the commons” sintetiza muy bien esa mezcla fatal de interdependencia, contagio e incapacidad organizativa para agregar las decisiones de manera que tengan efectos catastróficos.
Una explicación de los “wiki-errores” es el hecho de que, en toda sociedad, pero más en una sociedad compleja, estamos manejando información de otros y obligados a confiar en otros. Nuestro mundo es de segunda mano, mediado, y no podría ser de otra manera: sabríamos muy poco si solo supiéramos lo que sabemos personalmente. Nos servimos de una gran cantidad de prótesis epistemológicas. Nuestro suplemento cognoscitivo está edificado sobre la confianza y la delegación. No tenemos más remedio que confiar en otros y confiar en la información que otros nos proporcionan. Esta circunstancia es la causa de las grandes conquistas de la humanidad, pero también de los peores errores. La confianza puede demostrarse excesiva o insuficiente, los rumores se propagan sin objetividades que los puedan frenar, el pánico resulta más contagioso en un mundo de apreciaciones difícilmente refutables... La facilidad con la que se quiebra esta confianza (algo que se observa en el pánico económico, la falta de crédito o la desafección política, por ejemplo) pone de manifiesto hasta qué punto son frágiles nuestras sociedades.
Hay buenos motivos para pensar en muchas ocasiones que cuando una opinión es compartida por muchos probablemente debamos tenerla por verdadera. Pero también resulta fascinante la experiencia contraria: los grandes errores colectivos, la reverberación de los errores, desde su forma más inofensiva como lugares comunes hasta la infamia del linchamiento. Muchas personas viven en nichos de información y a veces se crean dinámicas que hacen eco, que extienden los errores, los encadenan e incluso fortalecen, dando lugar a enormes fracasos colectivos. Y no pensemos únicamente que se trata de errores extendidos por los que menos saben del asunto en cuestión. Existen también errores que son típicos de la agregación de los saberes y las decisiones de los expertos, fallos de la gente especializada, que suelen ser más irritantes en la medida en que teníamos derecho a suponer de ellos una especial clarividencia como, por ejemplo, los reguladores, organismos supervisores o agencias de rating.
Otra fuente de torpeza colectiva proviene de lo que podríamos denominar “invisibilidad de lo común”. Para que las interacciones pueden dar lugar a círculos virtuosos debería ser posible que los actores dispusieran de un retorno de impacto de su acción personal sobre el conjunto. Muchos errores colectivos se deben previamente a la dificultad de situar las consecuencias de la acción en su globalidad. En una sociedad compleja lo decisivo es la interconexión, los riesgos sistémicos, y no tanto los comportamientos individuales. Por eso no deberíamos esperar demasiado de las virtudes de sus componentes ni indignarnos en exceso con sus miserias. Nuestra perplejidad se debe a no haber entendido que es esa interacción la que hemos de comprender y gestionar.
El futuro es una construcción que tiene que ser anticipada con cierta coherencia
Buena parte de las malas decisiones que están en el origen de los fracasos colectivos se deben a una mala agregación de decisiones, que no eran más que la mera adición de preferencias individuales a corto plazo. Pensemos, por ejemplo, en el carácter autodestructivo del impulso proteccionista (que fue el verdadero causante de la crisis económica del 1929) o en el problema de las burbujas financieras de 2008 (la dificultad de detener un proceso en el que todos son beneficiarios inmediatos y el desastre se sitúa en el largo plazo). Los mercados, por ejemplo, son sistemas de agregación de conocimiento y preferencias y a estas alturas todos sabemos lo provechoso que suele ser este procedimiento para la coordinación de nuestras acciones, pero también conocemos sus limitaciones, sus derivaciones catastróficas y, sobre todo ahora, el fiasco que suele producirse cuando lo pensamos tan inteligente como para que sea superflua cualquier intervención reguladora. Cuando domina la euforia financiera la hipótesis de una crisis parece lejana y por tanto incapaz de provocar las reacciones que aconsejaría la prudencia.
El instantaneísmo impide tomar decisiones coherentes. Cuando la perspectiva es temporalmente estrecha corremos el riesgo de someternos a la tiranía de las pequeñas decisiones, es decir, ir sumando decisiones que, al final, conducen a una situación que inicialmente no habíamos querido, algo que sabe cualquiera que haya examinado cómo se produce, por ejemplo, un atasco de tráfico. Cada consumidor, mediante su consumo privado, puede estar colaborando a destruir el medio ambiente, y cada votante puede contribuir a destruir el espacio público, lo que no quieren y que, además, haría imposible la satisfacción de sus necesidades. Si hubieran podido anticipar ese resultado y anular o, al menos, moderar, su interés privado inmediato habrían actuado de otra manera.
No hay inteligencia colectiva si las sociedades no aciertan a gobernar razonablemente su futuro. El futuro es una construcción que tiene que ser anticipada con cierta coherencia. Cuando las decisiones son adoptadas con una visión de corto plazo, sin tener en cuenta las externalidades negativas y las implicaciones en el largo plazo, cuando los ciclos de decisión son demasiados cortos, la racionalidad de los agentes es necesariamente miope. Cuando el horizonte temporal se estrecha y sólo es tenido en cuenta el interés más inmediato es muy difícil evitar que las cosas evolucionen catastróficamente.
Hay muchas inercias en la sociedad actual en virtud de las cuales no solamente se impide la maximización del bien común a largo plazo, sino que conducen sistemáticamente a desviarse de ese objetivo. La sociedad contemporánea, pese a su complejidad, no es un reino de poderes incontrolables sino algo hecho por los seres humanos; estamos confrontados a procesos que se sustraen de nuestro control absoluto pero que pueden ser parcialmente regulados. Tampoco en la época de las consecuencias secundarias estamos condenados a la alternativa entre la responsabilidad total y la total irresponsabilidad. La tarea que tenemos por delante es más bien determinar nosotros mismos, mediante procedimientos de legitimación democrática, cómo queremos construir políticamente nuestra responsabilidad, que es la expresión práctica de la inteligencia.
(*) Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y actualmente profesor invitado en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Universitario Europeo de Florencia.



lunes, 2 de julio de 2012

FRENTE A LA AGITACIÓN LETAL

EL PAÍS, Madrid, 2 de Julio de 2012
TRIBUNA
Ética en tiempos de crisis
Hay que exigir que se devuelva lo robado y reducir sueldos a los implicados en mala gestión
Adela Cortina 

Insiste un buen número de economistas, neoliberales y de los otros, en afirmar que la ausencia de algunos valores éticos no ha tenido influencia en la crisis que venimos padeciendo desde 2007 y que tiene angustiados a países como el nuestro. Según ellos, las crisis se han sucedido a lo largo de la historia y habría que suponer entonces que los vicios que las causan son consustanciales a la naturaleza humana.
Y la verdad es que tienen razón en afirmar que la posibilidad de desarrollar vicios y también virtudes es consustancial a los seres humanos, pero convendría recordar la lección de aquel jefe indígena que contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la alegría, la misericordia y la esperanza. Terminada la narración uno de los niños preguntó: ¿cuál de los lobos crees que ganará? Y el abuelo contestó: el que alimentéis.
A los economistas neoliberales, y no sólo a ellos, les gusta ignorar estos relatos y creer que de los vicios privados a veces surgen buenos resultados para la vida económica y de las virtudes privadas a veces surgen malos resultados. Por eso prefieren atenerse al viejo dicho “lo que no son cuentas son cuentos” y asegurar que la economía sigue su curso sin que le perjudiquen la codicia o la insolidaridad, que quedarían para la vida privada. A su juicio, quienes mantienen que la falta de valores éticos perjudica a la vida pública son moralistas anacrónicos.
Mala cosa el moralismo, eso es verdad. Mala cosa la prédica empalagosa y ñoña en que consiste. Pero sucede que no se trata de eso al recordar que los valores morales son efectivos en la vida pública, sino de distinguir, como hacía Ortega, entre estar altos de moral o desmoralizados como dos actitudes que posibilitan o impiden –respectivamente- que las personas y los pueblos lleven adelante su vida con bien. Qué duda cabe, siguiendo a Ortega, de que una persona o un pueblo desmoralizados no están en su propio quicio y vital eficacia, no están en posesión de sí mismos y por eso no viven sus vidas, sino que se las hacen otros, no crean, ni fecundan, ni son capaces de proyectar su futuro.
Y a la desmoralización hemos llegado los españoles no sólo por lo mal que se han hecho las cuentas, sino también porque se han disfrazado con cuentos perversos, como el de la contabilidad creativa, como el de los controladores que no sacaron a la luz los fallos en lo que supuestamente controlaban, como las mentiras públicas sobre lo que estaba pasando, como el empeño en que asumieran hipotecas quienes difícilmente podrían pagarlas, como la constante opacidad y falta de transparencia, como la ausencia de explicaciones veraces de lo que estaba ocurriendo.
Agitar sólo lo que puede separarnos es, hoy más que nunca, letal
Cuando a todo ello se suma que las presuntas soluciones vienen de recortar empezando por los más débiles, por los que menos responsabilidades han tenido en la catástrofe, parece difícil creer que la falta de ética (de competencia, mesura, transparencia y responsabilidad) no tiene nada que ver con todo esto y que sólo la mala suerte económica nos ha llevado donde estamos.
Pero como tal vez la principal característica del ser humano es la libertad, la capacidad de tomar la iniciativa, de coger las riendas de la propia vida, personal y compartida, es urgente emprender medidas que ayuden a cambiar el desmoralizador curso de las cosas, y quisiera proponer al menos las siguientes.
Optar por la verdad y la transparencia sería una de ellas. La sana costumbre de contar desde el poder político y el económico lo que ocurre y proponer lo que podemos hacer, explicando el proyecto que se tiene por delante.
Poner tasas a las transacciones financieras, en este mundo de capitalismo financiero, que es preciso replantear radicalmente. Si es cierto que el capitalismo emprendedor se transformó en el corporativo y desde mediados del siglo XX en capitalismo financiero, limitar su expansión es urgente y, como mínimo, utilizar sus recursos para los peor situados.
Apostar por la ejemplaridad, de la que Javier Gomá habla en las páginas de este diario, y no sólo en ellas, ejercer de forma ejemplar la función política, la judicial, la actividad de la empresa y la de cualquier profesión, no como algo excepcional, sino como un sobrentendido.
No empezar por recortar por lo más fácil, por los más débiles, sino por exigir la devolución de lo que se ha robado y reducir los sueldos de los implicados en la mala gestión.
Proteger a los más vulnerables, a los enfermos, los inmigrantes, los dependientes, los países en desarrollo, los niños. Y no sólo porque es la forma de lograr cohesión social, sino porque es su derecho de justicia, amén de una elemental obligación de solidaridad.
Acometer medidas de crecimiento, generadoras de empleo, que para quienes cuentan con capacidad creadora no tienen porqué ser incompatibles con los ajustes.
Tratar de recordar lo que nos une y respetar lo que nos separa, porque agitar sólo lo que puede separarnos es, hoy más que nunca, letal.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR

PEQUEÑO EJERCICIO HOROSCOPAL

EL NACIONAL - Lunes 02 de Julio de 2012     Opinión/8
Años que terminan en 3
La posible profundización de la crisis europea, y la desaceleración en las economías de Estados Unidos y de China puede traducirse en severas limitaciones
PEDRO A. PALMA

Curiosamente, durante las últimas décadas los años terminados en 3 tienen una característica común: han sido años de profundas crisis económicas.
Así, 1983 se inició con unas masivas salidas de capital y caídas de las reservas internacionales, en respuesta al debilitamiento de los precios petroleros, y a las expectativas de devaluación creadas por los menores ingresos de exportación y por la alta sobrevaluación del bolívar que entonces existía. Estas circunstancias desencadenaron el famoso "viernes negro" el 18 de febrero, con el establecimiento del control de cambios de Recadi, y se puso así fin al régimen de libertad cambiaria con tipo de cambio único y fijo, que estuvo entre nosotros por varias décadas. La devaluación implícita en esa medida, combinada con la restricción al acceso de las divisas y el redoblamiento de controles de precios, hizo que ese año se materializara una fuerte recesión y un agudo aumento del desempleo, lo que creó una situación muy difícil en el último año de la administración de Luis Herrera Campins.
1993 se caracterizó por un nuevo debilitamiento de los precios del petróleo, por un importante repunte de la inflación y por una crisis política creada por las dos intentonas de golpe del año precedente y por el enfrentamiento del Gobierno con el Poder Legislativo. Esto deterioró la confianza del público y generó masivas fugas de capital que obligaron al Banco Central de Venezuela a implantar una política monetaria severamente restrictiva, lo que disparó las tasas de interés. Todo ello creó una situación económica muy precaria que se vio agravada por la crisis política debido a la defenestración de Carlos Andrés Pérez, al escaso apoyo de los partidos al gobierno interino de Velásquez y al sesgo populista de la campaña presidencial de ese año.
2003 fue un año caótico. La continuación del paro petrolero hasta febrero, y el despido de más de 18.000 empleados de Petróleos de Venezuela tuvieron efectos devastadores, que se aunaron a la drástica contracción de la capacidad de compra de los ingresos de los trabajadores y a los despidos masivos debido a la quiebra de múltiples empresas, para crear una situación laboral y social muy adversa. Esto, combinado con el clima de confrontación política, se tradujo en salidas masivas de capital que forzaron a la imposición de un nuevo control cambiario que aún está vigente. La escasez de divisas que se generó, así como los severos controles de precios que se impusieron y que condenaron a múltiples productores a trabajar a pérdida, contribuyeron a crear una situación económica devastadora, caracterizada por una profunda recesión, alta inflación y un desempleo suprior a 18%.
De allí que sea válido preguntarnos si debemos esperar que esos aciagos escenarios se repitan en 2013. Desgraciadamente, creo que las posibilidades de que ello suceda son elevadas. La posible profundización de la crisis europea, y la desaceleración en las economías de Estados Unidos y de China puede traducirse en severas limitaciones a las posibilidades de exportar de los países emergentes, en la acentuación de la caída de los precios de los commodities --el petróleo entre ellos--, y en la restricción y encarecimiento del financiamiento internacional. Ello, combinado con las limitaciones de producción y exportación petrolera que tenemos, con las escasas reservas líquidas de moneda extranjera, con la dependencia cada vez mayor de suministro externo de insumos y bienes de consumo, con el dislocado endeudamiento externo que estamos contrayendo, con la sobrevaluación del bolívar que hoy existe, con la ausencia de inversión extranjera que captamos, y con el mermado sector productivo interno de que disponemos, nos pone en una posición muy vulnerable ante un eventual agravamiento de la crisis internacional en marcha.
Ojalá que ese sombrío panorama no se materialice, y que podamos decir que el próximo año no será similar a los años terminados en 3 de las décadas pasadas.

sábado, 30 de junio de 2012

LA CONVICCIÓN DE LO PRÁCTICO

EL UNIVERSAL, 30 de Junio de 2012
Entre Keynes y Friedman
Entre los extremos debe existir una solución que no deje que Europa se hunda
JAMES OTIS RODNER 

La economía europea es el talón de Aquiles de la recuperación de las economías mundiales; Europa, considerada como un conjunto es la economía más grande del mundo; por ello todos se preguntan por qué se han demorado las discusiones por más de dos años. El debate, a veces hostil, se ha centrado entre la posición conservadora del Banco Central Europeo (BCE) y los políticos. Según el BCE, la austeridad es lo que garantizará una estabilidad en la moneda europea; al contrario, los políticos quieren arrancar las economías que se encuentran estancadas. El debate parece confrontar a Keynes contra Friedman. Después de la gran recesión, Keynes sugirió que se aumentara el gasto público de modo de sacar las economías de su estancamiento. Milton Friedman, años más tarde, abocaba por una política monetaria conservadora explicando que una expansión en la oferta de dinero sólo produce inflación. El BCE parece tomar la posición de Friedman y su presidente Draghi afirma que está cumpliendo su principal y acaso única misión, que es la de controlar la inflación y por ello no piensa cambiar su política; el BCE no está dispuesto a crear dinero fácil para salir de la crisis. Por otro lado, muchos políticos, incluyendo el presidente Hollande de Francia, quieren que se aumente el gasto publico para impulsar el crecimiento económico y es intransigente en el ajuste de ciertos programas costosos e innecesarios. Entre estos dos extremos debe existir una solución que no deje que Europa se hunda.
Los organismos que manejan los asuntos económicos no deben adoptar una política con base a una convicción ideológica sino, por el contrario, deben analizar su política con referencia a los efectos prácticos que en un momento determinado puedan producir en la economía real.

EL JARDÍN (NEVADO) DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

EL UNIVERSAL, 22 de Junio de 2012|
El problema no es el euro
DANIEL MORALES ROMERO 

Paul Krugman ha afirmado recientemente que el euro tiene sus días contados. Ya desde hace más de un año él había argumentado que el euro es el principal problema que enfrenta España para capear la crisis (http://www.clarin.com/mundo/problema-espanol-euro_0_381561955.html). En ese artículo hizo un pronóstico de lo que está ocurriendo, e incluso afirmó que España estaría mejor en ese (y este) momento si no hubiera adoptado nunca el euro. El artículo está escrito con una lógica difícil de rebatir. A continuación una breve reseña de ese artículo, y una breve crítica.
Kugman argumenta que las crisis de España y Estados Unidos comparten los mismos orígenes: burbuja inmobiliaria y aumento del desempleo. Como consecuencia aumentaron los déficits fiscales de cada país debido a la "caída de los ingresos y a los costos asociados a la recesión", ya que en los años del boom, los precios y salarios subieron más en España que en el resto de Europa.
Sin embargo, Estados Unidos ha podido financiar sus déficits por debajo del 3%, mientras que las tasas de los bonos españoles están por encima del 7%  -se considera que  una tasa por encima de 6% es insostenible en el largo plazo-, lo que refleja un alto riesgo de default (http://online.wsj.com/article/SB10001424052702303703004577476402919086344.html?mod=WSJS_inicio_LeftWhatsNews).
¿Qué hubiera sido de España si no se hubiera integrado a la zona euro? Según Krugman, si España hubiera mantenido su moneda, como Estados Unidos, o como Inglaterra, podría haber devaluado la peseta, y por esta vía, devaluar los costos por medio de una disminución del valor de la deuda y de los sueldos y salarios reales. De esta forma a España se le haría más fácil reducir sus déficits y financiarlos.
Esta es una conclusión lógica dado el marco conceptual y la óptica con la que Krugman enfoca el problema: el euro es el malo de la partida. Pero ¿qué hubiera sido de España si no se hubiera integrado a la zona euro? En mi opinión no podemos saberlo por ahora. No creo que Estados Unidos o Inglaterra sean un contrafactual válido para el caso español. (Habría que esperar los estudios a los que Robert Barro hace referencia sobre las consecuencias económicas de la austeridad).
En cambio, sí sabemos que el euro le proporcionó a España, y a toda la comunidad europea, una estabilidad monetaria que han permitido un crecimiento progresivo de la calidad de vida de toda la comunidad.
Ahora bien, ¿el problema es el euro? En mi opinión, el problema principal es de riesgo moral. Cuando se creó el euro cada país tenía que cumplir con unos requisitos para entrar al club. Por lo tanto, si hay un problema los otros socios del club ayudarán antes de sacarle del club. ¿Cómo hubiera sido el comportamiento de España -y Grecia, Portugal, Irlanda- en la ausencia de posibilidad de rescate? Mientras existan los prestamistas de última instancia, los bancos saben que los gobiernos no los van a dejar quebrar.
Por ejemplo, Panamá es un país dolarizado que no recibirá ningún rescate de la Reserva Federal si incurre en una crisis. Por lo tanto, los panameños deben ser conservadores, y el gobierno no puede permitirse gastar más de lo recibe, y debe financiar sus déficits de manera sostenible. Si España se hubiera comportado como Panamá. Ahora, tampoco es un problema sólo de incentivos que disminuyan el riesgo moral, sino de deseos verdaderos de cooperación con los otros miembros comunitarios.
Un exagerado gasto público, mercados laborales rígidos, un bajo crecimiento de la zona europea, y el riesgo moral que impulsó un comportamiento irresponsable de algunos bancos que contribuyeron con la burbuja inmobiliaria son los culpables de la crisis. No el euro.
El euro impide que de forma unilateral unas autoridades monetarias o unos gobiernos atenten contra la capacidad de compra de los sueldos y salarios, y defrauden el valor de las deudas mantenidas por los acreedores. El euro como cualquier moneda es un medio de cambio. Para mí ha sido uno de los mejores logros del siglo XX. Un acuerdo monetario que promociona la estabilidad e impide abusos. Pero cada país debe portarse bien, y seguir el ejemplo de Alemania.
Me parece que las recomendaciones deben ir por el lado de revisar los requisitos para integrarse o mantenerse en la zona monetaria, y disminuir o eliminar el riesgo moral. Además, arroparse hasta donde les llega la cobija. Bajar los impuestos y el gasto público. Promover el empleo mediante la flexibilización del mercado laboral.
El euro más bien es un arma para atacar la "raíz" del problema. Confío en que los europeos consigan formas de salir de esta crisis, y que logren salvar los acuerdos. Sería un fracaso de todo el género humano no hacer lo posible por restituir la cooperación, confianza y responsabilidad de los miembros comunitarios. El mantenimiento de la zona euro es una esperanza para el futuro de otros países. El problema no es el euro.


Fotografía: Margaret Bourke-White, "Trains after snowfall, Chicago" (1952)

CURIOSIDAD DESDE EL ESPACIO SIDERAL

EL PAIS, 24 de Junio de 2012
TRIBUNA
La quiebra de Europa
Se está rompiendo el pacto de la utopía comunitaria frente a las rivalidades nacionales
Julián Casanova 

En 1945 Europa dejó atrás más de treinta años de guerra, revoluciones, fascismos y violencia. La cultura del enfrentamiento se había abierto paso en medio de la falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón. Un grupo de criminales que consideraba la guerra como una opción aceptable en política exterior se hizo con el poder y puso contra las cuerdas a los políticos parlamentarios educados en el diálogo y la negociación.
El total de muertos ocasionados por esas guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, y por las diferentes manifestaciones de terror estatal, superó los ochenta millones. Cientos de miles más fueron desplazados, huyeron de país en país, planteando graves problemas económicos, políticos y de seguridad. En los casos más extremos de esa violencia hubo que inventar hasta un nuevo vocabulario para reflejarla. El genocidio, por ejemplo, un término ya inextricablemente unido al extermino de los judíos en los últimos años de supremacía de la Alemania nazi.
A partir de ese año, el reparto del continente entre las principales superpotencias victoriosas, Estados Unidos y la Unión Soviética, y la ausencia o contención de los conflictos étnicos y disputas territoriales que habían caracterizado los años veinte y treinta, cambiaron su rumbo. Aunque la democracia parlamentaria tardó después décadas en instalarse en bastantes países, dominados por dictaduras derechistas o comunistas, el sueño de crear una Europa unida, próspera, estable y civilizada parecía hacerse realidad a finales del siglo XX. Todos querían participar de esa edad de oro del capitalismo, de la democracia y del Estado del bienestar.
Porque si algo caracterizó a las democracias europeas que se consolidaron tras la Segunda Guerra Mundial fue el compromiso de extender a través del Estado los servicios sociales a la mayoría de los ciudadanos, de distribuir de forma más equitativa la renta. Superar el atraso en equipamientos colectivos, infraestructuras y sistemas asistenciales fue uno de los grandes desafíos de los países que, como Grecia, Portugal o España, se engancharon a ese carro durante el último cuarto de siglo. Los nuevos grupos políticos establecidos a partir de 1989 en el Este dejaron muy clara su intención de enterrar el sistema comunista. Era el triunfo de la ciudadanía, de los derechos civiles y sociales, tras décadas de sinuosos destinos, paradojas y contrastes.
Estamos ante la muerte de la Europa ideal, sometidos a la plaga de los mercados y con millones de personas en ruina
El siglo veinte fue extraordinariamente variado, “de extremos”, como lo acuñó el historiador británico Eric J. Hobsbawm, pero al hacer balance casi todo el mundo celebraba que, después de tanta batalla, finalizadas las grandes rivalidades ideológicas, Europa era en el año 2000 más democrática y rica que nunca. Menos violenta y más estable. El capitalismo parecía funcionar con reglas establecidas, respetadas por los ciudadanos y los gobiernos. Un buen sitio para vivir.
Apenas una década después, dilapidada parte de esa prosperidad, reaparecen los fragmentos más negros de su historia. Europa no la componen sólo los países occidentales y durante la mayor parte de ese siglo veinte millones de ciudadanos defendieron estar organizados conforme a estrictas reglas autoritarias, pasando por encima de quienes no las aceptaron. En los países que salieron del comunismo, después de más de cuatro décadas de represión, las diferentes tradiciones políticas habían quedado borradas. Mientras la izquierda luchaba por distanciarse del pesado legado del comunismo, la derecha no tenía una historia democrática que reivindicar. La gran variedad de culturas y tradiciones nacionales siempre resultó un poderoso obstáculo a la cooperación.
Estamos ahora ante la muerte de esa Europa ideal que no pudo ser, sometidos a la plaga de los mercados, a los desastres económicos y con millones de personas en ruina. Aparentemente, los políticos trabajan para tapar las grietas, devolver la confianza, reconstruir la unidad. Lo que sale a la luz, se nota, se sufre, es, sin embargo, su incapacidad para elaborar un plan eficaz y hacerlo realidad. Todo lo demás está en el camino de convertirse en pura retórica europeísta, sólo útil para el reducido círculo que impone sus decisiones a los demás.
La riqueza no se distribuyó de forma igualitaria en toda Europa y algunos países, con Alemania al frente, no quieren ahora compartir los privilegios económicos. Es probable que otros, los países mediterráneos por ejemplo, hayan hecho muchos méritos para su exclusión de esa comunidad de intereses y beneficios, pero eso no era lo previsto, ni lo pactado, en la visión europeísta de la unión monetaria, de la utopía comunitaria frente a las trágicas rivalidades nacionales e ideológicas del pasado.
Si la crisis se agrava, las democracias se vuelven más frágiles y los Estados dejan de redistribuir bienes y servicios, que fue su principal aportación a la estabilidad social, estaremos de nuevo al borde del abismo, convertidas la economía, y la mera subsistencia, en un asunto de vida o muerte. Por eso necesitamos políticos comprometidos con la sociedad, con los más débiles, antes de que esta quiebra del orden europeo haga crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema democrático.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.


Ilustración:  Marcos Balfagón (El País, Madrid, 06/12)

miércoles, 23 de mayo de 2012

LOTARIO SE JUBILÓ

EL NACIONAL - Miércoles 23 de Mayo de 2012     Opinión/7
Mandrake llegó a Europa
ANÍBAL ROMERO

El nuevo Presidente francés desea emular a Mandrake. Así como el famoso mago realiza prodigios con sólo decir "abracadabra", monsieur Hollande pronuncia su conjuro: ¡Crecimiento! El político galo parece convencido de que la economía funciona mediante sortilegios, y el suyo arremete contra un etéreo e inasible mal: la austeridad. Con pasmoso desdén hacia los riesgos y jugando con fuego, Hollande empuja a Alemania a asumir las deudas de Europa y pagarlas imprimiendo dinero y acelerando la inflación, violando así la Constitución alemana y el reglamento de su banco central (Bundesbank).

¿Pero de qué austeridad puede hablarse en Francia, Inglaterra o España, por ejemplo? El gasto público francés aumentó en 33,4 millardos de dólares entre 2009 y 2010, añadiendo 29,5 millardos adicionales en 2011 y alcanzando en total 56% del PTB. Lo que desea Hollande es gastar más, para lo cual aspira a subir los impuestos a 75% a quienes ganan más de 1,3 millones de dólares al año y acrecentarlo a las corporaciones. Como ha dicho la economista Veronique de Rugy, "si esta es una política pro crecimiento, entonces el aliento con aroma de ajo es pro romántico".

La mencionada experta explica que el coro de los demagogos, que hablan de crecimiento como si se tratase de un teatro de prestidigitación, ignoran que donde los gastos han sido de veras reducidos el recorte ha sido pequeño en relación con la magnitud del problema. De paso, como en Francia, las reformas estructurales prometidas en el mercado de trabajo y el tamaño de la burocracia no se han llevado a cabo. Por otro lado, en la medida en que los declinantes países europeos han concretado alguna austeridad, la misma ha consistido en aumentar impuestos y no en minimizar el gasto.

En Gran Bretaña el gasto público ascendió igualmente en 50 millardos de dólares el pasado año, y no ha ocurrido reforma alguna del quebrado sistema de pensiones. Al contrario, el Gobierno aumentó los impuestos a las ganancias y al seguro social, y también subió el IVA, en conjunción con otras cargas. En cuanto a España e Italia, la retórica es allí casi siempre más elocuente que los actos, y las reformas necesarias para reducir el peso del gasto y abrir espacios para la inversión reproductiva marchan a paso de tortuga.

Las teorías económicas estatistas y socialistas, con su mezcla de confusión, banalidad y fantasía, han hecho un daño inmenso al viejo continente.

Las nuevas generaciones europeas, hoy presas del pánico ante el futuro, fueron educadas en el marco de Estados de bienestar que les enseñaron a esperarlo todo de los gobiernos. La libertad individual y los mercados han sido gradualmente asfixiados por una filosofía social errada, dirigida a complacer a electorados que acabaron por creer en un quimérico paraíso secular, que les garantizaría seguridad económica desde la cuna a la tumba. La cultura de los "derechos" a todo se hizo un dogma inquebrantable, y se perdió de vista que no hay nada fijo e inmutable en la historia, excepto que somos mortales.

Llegó la hora del ajuste de cuentas, hacia el que también se dirige a su modo Estados Unidos. Europa debería abandonar la pesadilla del euro y retornar a un mercado común de bienes, servicios y trabajo, sin moneda única. Quizás es demasiado tarde para hacerlo de manera ordenada y el desenlace será muy costoso. Pero la tragedia griega no tiene otra salida que el retorno a una moneda propia. Alemania no va a echarse a Europa sobre los hombros, e Italia, España, Irlanda, y hasta Francia, requieren respirar.


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