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jueves, 29 de diciembre de 2016

ABISMO

EL PAÍS, Madrid, 23 de diciembre de 2016
 ANÁLISIS
Así caen las repúblicas
Paul Krugman

Mucha gente está respondiendo al auge del trumpismo y los movimientos xenófobos en Europa leyendo historia, en concreto, la de la década de 1930. Y hace bien. Hay que estar deliberadamente ciego para no ver los paralelismos entre el auge del fascismo y la actual pesadilla política.
Pero la década de 1930 no es la única época de la que podemos aprender algo. Últimamente he leído mucho sobre el mundo antiguo. Al principio, tengo que admitirlo, lo hacía por entretenimiento y para refugiarme de las noticias, que empeoran a cada día que pasa. Pero no he podido evitar fijarme en los ecos contemporáneos de algunos capítulos de la historia de Roma, y más concretamente, en el relato sobre la caída de la República Romana.
Y he descubierto lo siguiente: las instituciones de la república no protegen frente a la tiranía cuando los poderosos empiezan a desafiar las normas políticas. Y la tiranía, cuando llega, puede prosperar aunque mantenga una apariencia de república.
En cuanto al primer punto: la política romana conllevaba una competencia feroz entre hombres ambiciosos. Pero, durante siglos, esa competencia estuvo limitada por ciertas normas aparentemente inquebrantables. He aquí lo que cuenta Adrian Goldsworthy en En el nombre de Roma: “Por muy importante que fuese para un individuo alcanzar la fama y mejorar su reputación y la de su familia, ello siempre debía estar supeditado al bien de la república... Ningún político romano decepcionado recurría a la ayuda de una potencia extranjera”.
Estados Unidos era así antes, con senadores ilustres que afirmaban que debíamos “frenar en seco la política partidista”. Pero ahora tenemos un presidente electo que pidió abiertamente a Rusia que lo ayudase a difamar a su oponente, y todo indica que el grueso de su partido estaba y está conforme con ello. (Un nuevo sondeo pone de manifiesto que la aprobación de Vladimir Putin entre los republicanos ha crecido aun cuando —o, más probablemente, precisamente por ello— ha quedado claro que la intervención rusa desempeñó una función importante en las elecciones de EE UU). Ganar las luchas nacionales es lo único que importa, olvídense del bien de la república.
¿Y qué le pasa a la república como consecuencia de ello? Es famoso el hecho de que, sobre el papel, Roma nunca dejó de ser una república para convertirse en un imperio. Oficialmente, la Roma imperial seguía gobernada por un Senado que, dadas las circunstancias, se remitía al emperador (cuyo título inicialmente significaba únicamente “comandante”) para todo lo que importaba. Puede que no estemos yendo por el mismo camino exactamente —aunque ¿podemos estar seguros de ello?—, pero ya ha empezado el proceso de destrucción de la esencia democrática al tiempo que se mantienen las formas.
Piensen en lo que acaba de pasar en Carolina del Norte. Los votantes han tomado una decisión clara, y han elegido a un gobernador demócrata. La legislatura republicana no ha invalidado abiertamente el resultado —no esta vez, en cualquier caso—, pero, a efectos prácticos, le ha arrebatado su poder al gobernador, y se ha asegurado de que la voluntad de los votantes no tenga peso real.
Si sumamos cosas así a los intentos constantes de privar del derecho al voto a los grupos minoritarios, o al menos disuadirles de que voten, tenemos los cimientos de un Estado monopartidista de facto: uno que sigue fingiendo que existe una democracia, pero que ha amañado el juego para que el bando contrario nunca gane.
¿Por qué está pasando esto? No pregunto por qué los votantes blancos de clase trabajadora respaldan a políticos cuyas políticas los perjudican (volveré sobre ese asunto en futuras columnas). Mi pregunta es más bien por qué a los políticos y los funcionarios de uno de los partidos ya no parece importarles lo que antes se consideraban valores estadounidenses fundamentales. Y seamos claros: este es un problema republicano, no algo que “los dos bandos hacen”.
¿Y qué impulsa ese comportamiento? No creo que sea algo puramente ideológico. Los políticos que supuestamente defienden el libre mercado están descubriendo que el capitalismo basado en el amiguismo funciona bien siempre que los amigos sean los correctos. No guarda relación con la lucha de clases; la redistribución de la riqueza de las clases baja y media entre los adinerados está presente en todas las políticas republicanas modernas. Yo diría que el ataque contra la democracia se debe simplemente al arribismo de los burócratas de un sistema aislado de las presiones externas mediante unas circunscripciones electorales manipuladas, una lealtad partidista inquebrantable y cantidades ingentes de ayuda económica de los plutócratas.
Lo único que les importa a esas personas es acatar la disciplina del partido y mantener el dominio de este. Y sí, a veces, parecen consumidas por la rabia contra cualquiera que cuestione sus actos, y bueno, así es como responden siempre los piratas cuando se los acusa de piratería.
Todo esto deja clara una cosa: que la enfermedad de la política estadounidense no empezó con Donald Trump, como tampoco la enfermedad de la República Romana empezó con César. Los cimientos de la democracia hace décadas que se están erosionando, y nada garantiza que alguna vez sea posible restaurarlos.
Pero si albergamos alguna esperanza de redención, tendremos que empezar por admitir lo mal que está la situación. La democracia estadounidense se encuentra al borde del abismo.
(*) Traducción de News Clips.

Fuente:
http://economia.elpais.com/economia/2016/12/21/actualidad/1482348147_335235.html

sábado, 30 de junio de 2012

EL JARDÍN (NEVADO) DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

EL UNIVERSAL, 22 de Junio de 2012|
El problema no es el euro
DANIEL MORALES ROMERO 

Paul Krugman ha afirmado recientemente que el euro tiene sus días contados. Ya desde hace más de un año él había argumentado que el euro es el principal problema que enfrenta España para capear la crisis (http://www.clarin.com/mundo/problema-espanol-euro_0_381561955.html). En ese artículo hizo un pronóstico de lo que está ocurriendo, e incluso afirmó que España estaría mejor en ese (y este) momento si no hubiera adoptado nunca el euro. El artículo está escrito con una lógica difícil de rebatir. A continuación una breve reseña de ese artículo, y una breve crítica.
Kugman argumenta que las crisis de España y Estados Unidos comparten los mismos orígenes: burbuja inmobiliaria y aumento del desempleo. Como consecuencia aumentaron los déficits fiscales de cada país debido a la "caída de los ingresos y a los costos asociados a la recesión", ya que en los años del boom, los precios y salarios subieron más en España que en el resto de Europa.
Sin embargo, Estados Unidos ha podido financiar sus déficits por debajo del 3%, mientras que las tasas de los bonos españoles están por encima del 7%  -se considera que  una tasa por encima de 6% es insostenible en el largo plazo-, lo que refleja un alto riesgo de default (http://online.wsj.com/article/SB10001424052702303703004577476402919086344.html?mod=WSJS_inicio_LeftWhatsNews).
¿Qué hubiera sido de España si no se hubiera integrado a la zona euro? Según Krugman, si España hubiera mantenido su moneda, como Estados Unidos, o como Inglaterra, podría haber devaluado la peseta, y por esta vía, devaluar los costos por medio de una disminución del valor de la deuda y de los sueldos y salarios reales. De esta forma a España se le haría más fácil reducir sus déficits y financiarlos.
Esta es una conclusión lógica dado el marco conceptual y la óptica con la que Krugman enfoca el problema: el euro es el malo de la partida. Pero ¿qué hubiera sido de España si no se hubiera integrado a la zona euro? En mi opinión no podemos saberlo por ahora. No creo que Estados Unidos o Inglaterra sean un contrafactual válido para el caso español. (Habría que esperar los estudios a los que Robert Barro hace referencia sobre las consecuencias económicas de la austeridad).
En cambio, sí sabemos que el euro le proporcionó a España, y a toda la comunidad europea, una estabilidad monetaria que han permitido un crecimiento progresivo de la calidad de vida de toda la comunidad.
Ahora bien, ¿el problema es el euro? En mi opinión, el problema principal es de riesgo moral. Cuando se creó el euro cada país tenía que cumplir con unos requisitos para entrar al club. Por lo tanto, si hay un problema los otros socios del club ayudarán antes de sacarle del club. ¿Cómo hubiera sido el comportamiento de España -y Grecia, Portugal, Irlanda- en la ausencia de posibilidad de rescate? Mientras existan los prestamistas de última instancia, los bancos saben que los gobiernos no los van a dejar quebrar.
Por ejemplo, Panamá es un país dolarizado que no recibirá ningún rescate de la Reserva Federal si incurre en una crisis. Por lo tanto, los panameños deben ser conservadores, y el gobierno no puede permitirse gastar más de lo recibe, y debe financiar sus déficits de manera sostenible. Si España se hubiera comportado como Panamá. Ahora, tampoco es un problema sólo de incentivos que disminuyan el riesgo moral, sino de deseos verdaderos de cooperación con los otros miembros comunitarios.
Un exagerado gasto público, mercados laborales rígidos, un bajo crecimiento de la zona europea, y el riesgo moral que impulsó un comportamiento irresponsable de algunos bancos que contribuyeron con la burbuja inmobiliaria son los culpables de la crisis. No el euro.
El euro impide que de forma unilateral unas autoridades monetarias o unos gobiernos atenten contra la capacidad de compra de los sueldos y salarios, y defrauden el valor de las deudas mantenidas por los acreedores. El euro como cualquier moneda es un medio de cambio. Para mí ha sido uno de los mejores logros del siglo XX. Un acuerdo monetario que promociona la estabilidad e impide abusos. Pero cada país debe portarse bien, y seguir el ejemplo de Alemania.
Me parece que las recomendaciones deben ir por el lado de revisar los requisitos para integrarse o mantenerse en la zona monetaria, y disminuir o eliminar el riesgo moral. Además, arroparse hasta donde les llega la cobija. Bajar los impuestos y el gasto público. Promover el empleo mediante la flexibilización del mercado laboral.
El euro más bien es un arma para atacar la "raíz" del problema. Confío en que los europeos consigan formas de salir de esta crisis, y que logren salvar los acuerdos. Sería un fracaso de todo el género humano no hacer lo posible por restituir la cooperación, confianza y responsabilidad de los miembros comunitarios. El mantenimiento de la zona euro es una esperanza para el futuro de otros países. El problema no es el euro.


Fotografía: Margaret Bourke-White, "Trains after snowfall, Chicago" (1952)