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martes, 17 de febrero de 2015

ZAPEO

EL PAÍS, Madrid, 17 de febrero de 2015
TRIBUNA
Los nuevos fósiles y las viejas realidades
Anda suelto un populismo ‘soft’ que simula aceptar las reglas del juego
Valentí Puig 

Las enigmáticas relaciones entre entropía y nuevo orden afectan visiblemente el carácter de un mundo globalizado en el que avalanchas de selfies cruzan los meridianos como índice de tanta precariedad y narcisismo. Hay fósiles que se salen de los museos y se ponen a andar con el aplauso de las gentes cansadas de las viejas realidades y deseosas de amaneceres imposibles. Cuesta saber si vivimos en un mundo más consistente o más vulnerable.
Entre la lógica de la libertad y las tragedias históricas, pensar a priori en acotar el momento en que acaba el sentido de una época y comienza otra es casi una frivolidad. Nuevos factores se amalgaman con los existentes hasta extremos de complejidad que tal vez solo puedan interpretarse con la teoría del caos.
El conflicto de Ucrania intimida los confines de la Unión Europea, los populismos proliferan, hay quien confía en que la inteligencia artificial lo solvente todo, un nuevo califato ha declarado la guerra a Occidente, China expande sus poderes y el bajo precio del petróleo altera las tendencias económicas. A medio siglo de la muerte de Winston Churchill constatamos, además, que los lideratos han cambiado tanto que tal vez ya tengamos que darles otro nombre.

Los rumores sobre una decrepitud instantánea de Europa son mayormente exagerados, pero no es fácil considerar racionalmente la estampida de los nuevos fósiles con osamentas extremistas, de derecha y de izquierda. Europa se siente frágil, insegura, envejecida, débil e indefensa. Es un sentir popular que afecta a las respectivas políticas nacionales y las trastoca cuando en realidad lo que hace la Unión Europea es aplicar de forma concordada entre sus miembros el método de prueba y error, por contraste con un pasado de dogmas ideológicos y de soluciones utopistas. De hecho, es la propia naturaleza imperfecta del proceso de integración europea lo que impulsa sus reformas más efectivas. Cierto es que a veces son impulsos tardíos. Por ejemplo: la escenificación de la troika entrometida y prepotente fue un error de cálculo. Ha ocurrido en el caso de Grecia, pero no es menos cierto que ahí contó mucho más la vieja realidad de un país endeudado, dependiente, sin rigor fiscal, con una productividad muy baja y un incumplimiento sistemático de la normativa comunitaria.

Basta comparar el escaso rigor en el ingreso de Grecia en la Europa comunitaria con los gravosos deberes que tuvo que cumplimentar España. Sabemos, por lo demás, que negar o, peor aún, enmascarar una crisis económica tiene consecuencias.
Los rumores sobre una decrepitud instantánea de Europa son mayormente exagerados
No es una paradoja que mientras cónclaves selectos reflexionan sobre un orden mundial, los titulares correspondan a nuevos Estados fallidos y a erupciones del caos. Al fin y al cabo, cada vez es más complicado regresar a un mundo feliz. Por eso, la nostalgia de las soluciones totales genera más fosilización. Vuelve la pregunta con riesgo sobre la utilidad de los Parlamentos o la democracia. No falta espacio para un totalitarismo soft que combine la estabilidad autoritaria, el crecimiento desparramado en los centros comerciales y a la vez la desmoralización de las clases medias. Seguridad y libertad pretenden interactuar, pero no siempre logran la proporción. Son los dilemas entre el megaespacio digital, el provecho material, un pluralismo incómodo y la fuerza ambivalente del individualismo. La verdad es que nos deja bastante indiferentes que en China no se vaya a las urnas.

De ahí que los populismos, adiestrados en la ocupación efectiva del espacio público, pretendan la hiperlegitimación que proviene del pueblo y no de la ley. Decir pueblo y decir masa, en este caso, viene a ser lo mismo. Se hace inevitable que el líder acabe legitimándose a sí mismo, de tal modo que niega toda legitimidad al adversario y le convierte en enemigo. Si hablamos de poscrisis, de sociedad posindustrial o de status posideológico, es significativo que no nos refiramos a un pospopulismo.
El líder populista recurre a los vasos comunicantes que conectan los dos extremos. Casi lo logra cuando explica que ya no hay diferencia entre derecha e izquierda porque ambas cosas son lo mismo. Eso, eso: son la justificación del discurso antisistema. Los fósiles que andan sueltos son de todo tipo. No lo es menos un populismo soft que simula aceptar las reglas del juego para ir reconvirtiendo esas reglas en otra forma de entender el conflicto social o el imperio de la ley.
La volatilidad de los mercados globales tiene sus propias incertidumbres y riesgos. Déspotas de dulzura anestésica hablan de un mundo en el que no ser más libres puede ser una opción voluntaria. De hecho, nadie nos obliga a tantas sesiones de inmersión intensiva en la vulgaridad del reality show televisivo. Por suerte, al Gran Hermano se le puede burlar con el zapeo. Pero son tiempos de libertad low cost: es decir, tiempos de irresponsabilidad.
(*) Valentí Puig es escritor.

Ilustraciones: Pawla Kuczynskiego.

domingo, 28 de octubre de 2012

ENFOQUE (Y MEDIO)

EL NACIONAL - Miércoles 20 de Junio de 2012     Opinión/8
Vargas Llosa y Europa
ANÍBAL ROMERO

En un artículo reciente, titulado "¿Por qué Grecia?", Mario Vargas Llosa vinculó la actual situación de ese país con su pasado, recordando la contribución griega a la civilización occidental. El escritor destacó el aporte de los griegos durante los cien años de florecimiento creador conocidos como el siglo de Pericles, mencionando, entre otras figuras de la antigüedad griega, a Tucídides. El propósito de su artículo fue promover la permanencia de Grecia en la Unión Europea, y sostener que "Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone".
Vargas Llosa pasó por alto un punto fundamental: lo que narró Tucídides en su monumental Historia de la guerra del Peloponeso fue precisamente el devastador conflicto de tres décadas que acabó con buena parte de lo construido durante el siglo de Pericles, incluida la propia democracia ateniense, abriendo las puertas a tiempos de decadencia.
El caos de esa guerra tuvo sus raíces en la miopía y arrogancia de las élites políticas atenienses, que terminaron por hundirse arrastrando consigo una era de progreso y libertad.
Lo anterior viene a cuento pues lo que hoy contemplamos en Europa, en medio de un desconcierto creciente, es un proceso de desintegración que se aproxima a un desenlace casi inexorable, empujado por la ceguera de élites que se aferran a un sueño fracasado y se niegan a reconocerlo. El sueño se llama el euro y el autoengaño se centra en la incapacidad para admitir un error fatal.
La agonía europea demuestra que aseverar, como lo hacen tantos demagogos, que "el euro es irreversible" es una fatua pretensión, que pone de manifiesto ignorancia de la historia e inconcebible soberbia.
No hay nada irreversible en los asuntos humanos. El Imperio Romano duró siglos pero fue "reversible", así como el reinado de los faraones y de los zares. Es absurdo hacer afirmaciones como "la revolución es irreversible"; hasta la rusa lo fue, y la china, y lo será la cubana, e igualmente el esperpento de "revolución" venezolana.
Lo que hace particularmente trágico el caso europeo es que el coro demagógico siga exigiendo a Alemania, que está también expuesta con millardos de euros al contagio de la crisis, millardos aportados a los fondos de ayuda de los países más enfermos, que se eche encima las deudas de los pantanos insondables en que se han convertido las economías de naciones como Grecia, España, Italia y Portugal, entre otras. Una Europa asfixiada por su frivolidad e imprevisión se ahoga en deudas impagables, e intenta responsabilizar a una Alemania que no escapa de una situación que ya no tiene remedio en el marco del sueño y que empeora con el paso del tiempo. En medio de la farsa, la primera acción de Francois Hollande ha sido revertir la única reforma positiva de Sarkozy, y establecer de nuevo la edad de jubilación en Francia en 60 años en lugar de 62 años de edad.
Quiere además seguir "creciendo" con más deudas.
¡Y aun así espera que los alemanes le financien! Este espectáculo insensato tiene paralelos en el transcurso histórico, pero hoy, debido a la interconexión de las economías, amenaza con reventar la represa y provocar una inundación global. Una salida futura a la crisis exigirá corregir los principios y prácticas de los anacrónicos Estados de bienestar socialdemócratas, cuya obvia bancarrota ya no puede ocultarse, para restaurar la economía sobre bases de equilibrio que detengan el ciclo infernal del endeudamiento. Ello implicará una todavía mayor reducción de los niveles de vida en buena parte del mundo.


Ilustración: Tomada del blog de Rolando Astarita (http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/07/07/crisis-griega/), quien - por cierto - intenta una perspectiva marxista de la crisis griega.

TRES OPINIONES (2)

EL PAÍS, Madrid, 3 de Junio de 2012
EL NACIONAL - Domingo 10 de Junio de 2012     Siete Días/6
Opiniones
¿Por qué Grecia?
Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso
MARIO VARGAS LLOSA

En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura.
Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa.
El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona.
Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que ocurre en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.
El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides, y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda ­rara alianza para una especialista­ a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama "una visita guiada a través de los textos" se concentra en ese pequeño período de cien años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.
Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y Asia Menor que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a formar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones ­los persas y los egipcios, por ejemplo­ son ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.
No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche.

Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano.
Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es la que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.
"Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante", dice en una de sus páginas.
No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente el mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega).
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla. Leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que se han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda, sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centroizquierda, centro y centroderecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.
Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluida la religión de Cristo ­una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los evangelios se escribieron en lengua griega­, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa, y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó.
Ilustraciones: Ugo y Fernando Vicente.

martes, 2 de octubre de 2012

"EMPOWERMENTÁSIS"

EL PAÍS, Madrid, 2 de Octubre de 2012
TRIBUNA
La confusión de la independencia
Cataluña y Grecia comparten la voluntad emancipadora de tomar las riendas del propio destino. Pero conviene cultivar una fría racionalidad para ayudar a encontrar una solidaridad sin agravios en la adversidad de la crisis
Ramon Marimon

Desde el inicio de la crisis del euro, desde el primer rescate de Grecia, uno de los temas que ha creado más confusión ha sido si este país saldría, o sería expulsada, de la Eurozona (y, por extensión, de la Unión Europea). La dificultad —o imposibilidad— de pagar deudas y de cumplir programas troikianos de austeridad, ha llevado a menudo a los griegos a izar la bandera de la independencia del euro. La frustración germana con los griegos incumplidores también ha provocado voces de exclusión o, en otras palabras, de independencia impuesta. En ambos casos, más como amenaza retórica que como auténtica salida a la crisis. Pero a menudo la retórica no es baladí, alimenta la confusión, la crispación.
Confusión, porque no siendo la solución del problema, ofusca el camino a seguir, distrae de los pasos que hay que dar. No es muy difícil ver que ni para unos ni para otros la independencia es la solución del problema (lo que no quiere decir que no pueda suceder). Para los griegos, porque a la mañana siguiente tendrían un Estado más soberano, pero aún más débil para afrontar los mismos problemas; podrían recuperar el dracma, pero ¿qué valor tendría la vieja moneda? Para los alemanes, porque no les hace falta expulsar a los griegos del euro si lo que quieren es reducir las transferencias y, si los echasen, perderían legitimidad para liderar el proyecto integrador de la diversidad que se llama Europa, un liderazgo que para Alemania se ha revelado una gran forma de competir en la economía global.
Confusión, porque los gritos de independencia esconden visiones contradictorias de lo que, de hecho, se debe hacer. El clamor griego muestra, por una parte, una voluntad emancipadora de tomar las riendas del propio destino (en inglés: empowerment) y no aceptar imposiciones; pero, por otra parte, el autoengaño de no afrontar la situación —con el victimismo de que son soluciones impuestas— y mantener los derechos adquiridos. Las voces alemanas expresan, por una parte, racionalidad —la unión no es, ni puede ser, un cheque en blanco— y, por otra, insolidaridad y desprecio. Cuando la independencia no es una discusión, sino un clamor, estas diferencias antagónicas se acallan y la confusión favorece a menudo las concepciones reaccionarias: el postergar decisiones y alimentar los prejuicios sectarios; en definitiva, el transformar la crisis en una recesión profunda.
El encaje del Estado catalán en la UE es una opción política que no está en la agenda
En cambio, cuando está claro que la salida de Grecia de la Eurozona no es una solución, como no lo es el transferir el problema de su deuda a los demás países del euro —porque la deuda es un simple reflejo de problemas más ancestrales—, es cuando se sueltan estas amarras y es posible afrontar la situación: empezar a navegar.
El diálogo se hace (y se debería haber hecho) más claro: es responsabilidad de los griegos ofrecer soluciones, e implementar políticas, creíbles; es responsabilidad de los países de la Eurozona el ayudar a un miembro en crisis y poner sus armas en ello (ECB, MEDE, etcétera), pero como compartir riesgos no es hacer transferencias permanentes, esta responsabilidad no es un cheque en blanco: está condicionada. Condicionada a lo que es posible, lo que a su vez depende de lo que se hace (por ejemplo, como era previsible, ni todas las deudas se podían pagar, y había que cambiar la política de pensiones para hacerla creíble). Pero son responsabilidad común, no unilateral, los acuerdos que afectan a ambas partes: por ejemplo, cómo y con qué tiempos se condicionan las transferencias (así deberían haber sido los Memorandums of Understanding, pero los tiempos en que se han planteado demuestran poco entendimiento común).
Cataluña no es Grecia, aunque ambas compartan el ser un cabal reflejo de lo complejo que resulta establecer uniones políticas en la diversidad, solidaridad en la adversidad. Tienen algo en común: la manera en que salgan de la euro-crisis va a determinar su crecimiento, bienestar e identidad en las próximas décadas. Cataluña no es Grecia; entre muchas otras cosas, no es un Estado, aunque es fácil argumentar que tiene más capacidad de autogobierno… si la dejaran. En este sentido, la pregunta de si quiere ser un Estado de la Unión Europea parece justa y razonable, como lo podía haber sido preguntar a los griegos si debían seguir en la Eurozona. Son preguntas de gran calado y emotividad; hay que dejar de lado esta última para valorar la primera.
Como decía, no era la pregunta adecuada para Grecia y no lo ha sido (a pesar de que Papandreu la propusiera en noviembre del 2011 y, parece ser, Merkel la sugiriera en mayo del 2012). ¿Es la pregunta adecuada para Cataluña?
La manera en que salgan de la crisis va a determinar su futuro crecimiento y bienestar
Es difícil responder a una pregunta con frialdad cuando ya se ha politizado, corre la tinta (o los words de Word), y nos toca de tan cerca. Por esto pienso en Grecia que también es mediterránea pero me queda algo más lejana. Desgraciadamente, en el clamor catalán de independencia (mejor llamarlo por su nombre) también veo confusión y parecidas visiones contradictorias: el empowerment del 11 de setiembre y el sueño de quienes ya se ven abriendo embajada catalana en París; la racionalidad en los que piden seny, recuerdan la gravedad de la crisis y hablan de federalismos y, a la vez, el desprecio en aquellos que al decirlo se les escapa una mueca (al forzar la pronunciación catalana), utilizan la crisis para posponer decisiones sobre un problema histórico, y hablan por pura retórica.
Pienso en Grecia y, como nos enseña la teoría de la decisión (y de juegos), intento ver la solución final y, recorriendo el camino inverso, ver cuál es el camino adecuado. Confusión. Entiendo la frustración de quienes dicen que “los intentos de encaje de Cataluña en el Estado español son hoy una vía sin recorrido”, pero no veo, como otros no ven, el recorrido del encaje del Estado Catalán en la Unión Europea. No es por falta de imaginación o por un simple cálculo económico (de la lechera), sino porque es una opción política que no está en la agenda de la Unión Europea y forma parte del interés de muchos Estados miembros que no lo esté, aún menos en la Eurozona, y nadie con un mínimo de seny quiere balcanizar el problema. La confusión puede llevar a transformar el voluntarismo de la opción en un nuevo victimismo respecto a Europa, una nueva distracción en tiempos de crisis.
En cambio, cuando está claro que mientras la Unión Europea sea una Europa de Estados (y la nueva propuesta de los once, entre ellos España, profundiza en esta dirección; EL PAÍS 19 de septiembre de 2012), el Estado Catalán de la Unión Europea es una ensoñación, por decirlo en palabras de Juan Luis Cebrián (EL PAÍS, 23 de septiembre de 2012), cuando se ha despejado esta confusión, es posible y necesario confrontar la nueva situación que 30 años de autonomías —históricas y menos históricas— ha creado y que el 11 de setiembre en Barcelona, la crisis de las cajas de ahorros y los recortes de las Comunidades Autónomas nos han recordado.
Es posible ver que, precisamente porque la Unión Europea —y, en especial, la eurozona— absorben una gran parte de nuestro espacio político-económico, diversas opciones son posibles dentro (llamémosle también por su nombre) del Estado español, sin que al Rey se le caiga la corona.
Con una buena dosis de fría racionalidad por parte de todos, la voluntad emancipadora del empowerment catalán puede, y debería, ayudar a encontrar una mejor unión política en la diversidad, a encontrar solidaridad sin agravios en la adversidad de la crisis. Quizás esta sea la estrategia, no sin riesgo, del Gobierno catalán: el empowerment y la pregunta de gran calado como bazas de negociación. Quizás de la confrontación nacerá un nuevo entendimiento. Quizás no haga falta esta confusión…
(*) Ramon Marimon es director del Max Weber Programme, profesor del European University Insitute y de la Universitat Pompeu Fabra y presidente de la Barcelona Graduate School of Economics.

sábado, 3 de marzo de 2012

NI TAN LEJOS


EL UNIVERSAL, Caracas, 03 de Marzo de 2012
"Grecia. Causas de la crisis"
AURELIO ARREAZA

La Unión Europea enumera las causas que han llevado a Grecia a la actual crisis, causada por medidas económicas de gobiernos socialistas con ideología fracasada, y también con el fin de comprar votos y ganar elecciones. Falsearon su contabilidad para entrar en el euro y siguieron así hasta que la crisis estalló. El fraude fiscal es masivo, más del 25% de los griegos no paga impuestos.

El peso del sector público en la economía es aplastante: cerca de un millón de funcionarios para 4 millones de griegos de población activa. Ellos hacen como que trabajan y el Estado paga. El salario medio de los empleados de los ferrocarriles griegos supera los 66.000 euros al año. En Francia e Inglaterra es de 50.000 euros. El metro de Atenas recauda en pasajes 90 millones de euros al año, pero su costo anual es más de 500 millones. En la última década se han creado más de 300 empresas públicas que en su mayoría producen pérdidas al Estado.

Tiene la población ficticia más alta del mundo por encima de los 100 años. Estos fallecidos no se dan de baja para que continúe el cobro de pensiones. Hay familias que cobraban 4 y 5 pensiones que no les correspondían. 40.000 mujeres recibían una pensión vitalicia de 1.000 euros mensuales como hijas solteras de funcionarios fallecidos. Esto costaba al Estado 550 millones de euros al año. Ahora la cobrarán hasta los 18 años.

Miles de trabajadores se beneficiaban de jubilaciones anticipadas, fijadas a los 50 años para mujeres y a los 55 para hombres, por pertenecer a categorías laborales consideradas especiales. Ejemplo: peluqueros (los tintes que utilizan pueden resultar nocivos), músicos de instrumentos de viento (soplar una flauta es agotador), presentadores de televisión (se supone que micrófonos provocan daños de salud). Ley aprobada en 1978. Hay cientos de cupones de descuento, varios ministerios e institutos innecesarios que son otra carga para el Estado. Ejemplo: el Instituto para la Protección del Lago Kopais emplea 1.763 griegos. Este lago se secó en 1930.

Los franceses reciben como pensión media un 51% de su último salario, los alemanes un 40%, los norteamericanos un 41% y los japoneses un 34%. Hasta las reformas actuales los jubilados griegos recibían un 96%. Grecia tiene cuatro veces más profesores que Finlandia, el país con el mejor informe en sistemas educativos. Aun con esa cantidad de docentes Grecia está entre los países europeos con peor nivel en pruebas educativas. Había un promedio de 50 conductores por cada coche oficial, y 45 jardineros por maceta en un hospital. Los marcapasos se adquirían a un precio 400 veces mayor al pagado por hospitales británicos.

Socialismo: corrupción, miseria y ruina.

Ilustración: René Magritte