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miércoles, 3 de octubre de 2012

HAY UNA CULTURA DEL CONSENSO NECESARIO

EL PAÍS, Madrid, 3n de Octubre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
El sueño ilustrado y el Estado-nación
La cultura del pacto de la Transición no debe tirarse por la borda. Pero es preciso renunciar a los victimismos, a la retórica sobre los “expolios”, a las angustias sobre identidades eternas amenazadas de extinción
José Álvarez Junco 

Como culminación del proyecto ilustrado, hace poco más de dos siglos, Immanuel Kant especulaba sobre la desaparición futura de los Estados soberanos, las guerras y las fronteras, sustituido todo por una federación internacional de poderes que resolvería las disputas hasta conseguir implantar una “paz perpetua”. La paz, que no era el estado natural del hombre, sería la consecuencia del “progreso”, del imperio de la “razón” en el espinoso terreno de las relaciones entre los grupos humanos.
En esa dirección nos habíamos embarcado los europeos de la segunda mitad del siglo XX al intentar construir una Unión que superase los Estados nacionales. Era el único proyecto realmente utópico y apasionante de las últimas décadas. Su primer objetivo era acabar con las guerras europeas, crónicas a lo largo de milenios, pero iba más lejos: suponía menoscabar el principio de la soberanía nacional, limitar las competencias de los Estados y convertir aquellos reductos blindados y opacos en permeables a influencias exteriores. Al reducir los poderes del Estado-nación, parecía lógico suponer que disminuiría el atractivo que representaba convertirse en uno de ellos. Tras una larga sucesión de brutales intentos de expansión de los Estados o de luchas por independizarse de un Estado opresor, el futuro parecía anunciar una disminución suave y negociada de los poderes estatales, cedidos a organizaciones supranacionales.
Ahora resulta que todo esto no era más que un bello sueño. Ante la crisis económica, la Unión Europea, presa de egoísmos nacionales, ha reaccionado con lentitud y torpeza. En todas partes han ganado las elecciones populistas que han cultivado el odio contra el vecino: los otros se aprovechan de nuestro trabajo, el euro ha generado inflación y nos imposibilita salir de la crisis manipulando una moneda propia... En los países mediterráneos, en lugar de intentar construir más Europa, cediendo competencias —es decir, soberanía— a un Gobierno económico europeo que nos ayudara a salir del atolladero, los gobernantes se enrocan en su feudo, siguen enviando cifras maquilladas y retrasan en lo que pueden el cumplimiento de reformas necesarias y prometidas a cambio de ayudas. Y en Cataluña y el País Vasco vuelve a levantar el vuelo el independentismo.
El proyecto independentista está ligado a los nacionalismos del siglo XIX. Las rivalidades de aquella época llevaron a las dos guerras mundiales que causaron el declive europeo del XX. Tras la Gran Guerra, se ideó resolver las tensiones creando tantos Estados como naciones se suponía que existían, con la esperanza de que muchos espacios políticos culturalmente homogéneos garantizarían la convivencia en paz. Surgieron así Estados como setas en el centro y este de Europa, pero con ellos no terminaron los conflictos, sino que aparecieron otros nuevos: desplazamientos de población, genocidios o tratamiento discriminatorio de las minorías que siempre seguían quedando dentro de las nuevas fronteras... Llegaron, en resumen, los fascismos y la IIGuerra Mundial. Tras esta, al fin, se impuso la sensatez y emprendimos otro camino. Que es el que está ahora en crisis.
En lugar de insistir en el europeísmo, resurgen las tentaciones de imponer el españolismo monolítico
En el caso español, las circunstancias políticas actuales tienen muy poco que ver con las que vieron nacer los nacionalismos catalán y vasco. En 1898, el país se caracterizaba por el atraso económico, el analfabetismo, la falta de peso internacional, el falseamiento del sistema democrático, las abismales desigualdades del mundo agrario, la interferencia militar en la vida política y la eclesiástica en la cultural, la localización del centro político en un poblacho manchego alejado de los dos grandes polos industriales… Un siglo más tarde, afortunadamente, de aquella lista de problemas queda poco. Pero sigue vivo el tema territorial. Las élites políticas catalanas y vascas, apoyadas por una parte significativa de la población, plantean demandas que apuntan a la constitución de un Estado-nación propio, soberano y separado de España. Y las élites centrales carecen de la cintura que tuvieron hace 35 años. En lugar de insistir en el europeísmo, le asaltan las tentaciones de imponer por decreto el españolismo monolítico basado en Don Pelayo, el Cid e Isabel la Católica.
Es verdad que su asociación con el franquismo desprestigió el españolismo y que el café para todos de la Transición ofendió a catalanes y vascos al compararlos con comunidades recién inventadas y sin conciencia de la propia identidad. Lo que les hubiera satisfecho hubiera sido una federación de cuatro grandes identidades: Cataluña, País Vasco, Galicia y “Castilla”; algo bastante burdo, porque no hay homogeneidad en el espacio que se extiende entre Cantabria y Canarias. Quizá una cifra intermedia entre cuatro y 17 hubiera sido aceptable. ¿Es tarde para intentar replantear el Estado de las autonomías?
Pocos beneficios puede reportar al ciudadano de a pie la independencia política. Nada ganaría con volver a tener que cruzar puestos fronterizos, con manejar varias monedas, con llamar “extranjeros” a quienes hasta ahora han sido conciudadanos. Solo los más cargados de conciencia identitaria obtendrían satisfacciones morales: ahora somos más pequeños, pero somos el “nosotros” con el que soñé desde niño. A cambio de eso, cuántos desgarramientos personales o familiares, cuántas posibles querellas en torno a quién corresponde esta competencia o este dinero, por no hablar de los choques violentos que, en la historia europea, han acompañado casi siempre a los procesos de secesión. Estos últimos, prefiero ni mentarlos; quiero creer que hemos superado esa fase. Los intelectuales parecen liberados de las angustias noventayochistas sobre el “se rompe España”, raíz de tantas locuras; y entre los militares parece haberse impuesto el acatamiento a los pactos o las decisiones que se tomen por los dirigentes civiles.
Pero si al común de las gentes un cambio de este tipo apenas les reportaría ventajas, y sí muchos inconvenientes, les resultaría, en cambio, indiscutiblemente beneficioso a las élites político-intelectuales. Pasar de autoridad local a jefe de Estado suscita, y se comprende, mucho entusiasmo.
Pero es jugar con fuego. La gente podría tomárselo en serio y lo que hoy es solo una pugna entre élites políticas rivales por competencias y recursos podría convertirse en un enfrentamiento étnico auténtico, con comunidades hostiles, separadas por barrios, con hijos que no se casan entre sí y que se lían a golpes cuando se encuentran en los bares. Algo que existe en el mundo balcánico, pero, por fortuna, nunca visto en España. La culminación sería una fragmentación, también a la balcánica, en pequeñas unidades soberanas, independientes, rivales entre sí, con posibles represalias y depuraciones étnicas. Ese escenario no es probable hoy día, pero tampoco imposible.
No debemos dejar que las élites políticas cultiven nuestras pasiones en favor de sus intereses
Cuánto mejor sería intentar adecuar nuestros esquemas mentales y categorías legales a la complejidad y fluidez de la vida social; aceptar que tenemos varias identidades y que ninguna de ellas tiene por qué ser prioritaria sobre las otras. Con la inmigración y el incremento de los lazos con la UE y con América Latina nos estábamos acostumbrando ya a un cierto multiculturalismo en este país. También aceptábamos la existencia de diversos niveles de poder. Sería cosa de pactar de manera más clara y estable las competencias y recursos de cada uno hasta llegar a un modelo federal español sui generis, asimétrico, e integrado, a su vez, en un sistema federal europeo. Encaminaríamos así de nuevo al Estado nacional por la senda que le conduciría a su disolución en una red de múltiples niveles de poder.
Si una racionalización global del sistema, en esta línea federal compleja, es imposible, mantengamos al menos la situación actual, con algún nuevo acuerdo sobre el reparto de la recaudación fiscal entre la Generalitat y el Gobierno central. La cultura del pacto generada en la Transición no debe arrojarse por la borda. Pero hay que renunciar a los victimismos, a las referencias a “expolios” por parte de los vecinos, a las angustias sobre identidades sagradas y eternas hoy amenazadas de extinción. Es responsabilidad de las élites políticas evitar el cultivo de estas emociones primarias. Si no lo hacen, es responsabilidad nuestra, de los ciudadanos, no dejar que exciten nuestras pasiones en favor de sus intereses.
(*) José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración: Eva Vázquez.

martes, 2 de octubre de 2012

"EMPOWERMENTÁSIS"

EL PAÍS, Madrid, 2 de Octubre de 2012
TRIBUNA
La confusión de la independencia
Cataluña y Grecia comparten la voluntad emancipadora de tomar las riendas del propio destino. Pero conviene cultivar una fría racionalidad para ayudar a encontrar una solidaridad sin agravios en la adversidad de la crisis
Ramon Marimon

Desde el inicio de la crisis del euro, desde el primer rescate de Grecia, uno de los temas que ha creado más confusión ha sido si este país saldría, o sería expulsada, de la Eurozona (y, por extensión, de la Unión Europea). La dificultad —o imposibilidad— de pagar deudas y de cumplir programas troikianos de austeridad, ha llevado a menudo a los griegos a izar la bandera de la independencia del euro. La frustración germana con los griegos incumplidores también ha provocado voces de exclusión o, en otras palabras, de independencia impuesta. En ambos casos, más como amenaza retórica que como auténtica salida a la crisis. Pero a menudo la retórica no es baladí, alimenta la confusión, la crispación.
Confusión, porque no siendo la solución del problema, ofusca el camino a seguir, distrae de los pasos que hay que dar. No es muy difícil ver que ni para unos ni para otros la independencia es la solución del problema (lo que no quiere decir que no pueda suceder). Para los griegos, porque a la mañana siguiente tendrían un Estado más soberano, pero aún más débil para afrontar los mismos problemas; podrían recuperar el dracma, pero ¿qué valor tendría la vieja moneda? Para los alemanes, porque no les hace falta expulsar a los griegos del euro si lo que quieren es reducir las transferencias y, si los echasen, perderían legitimidad para liderar el proyecto integrador de la diversidad que se llama Europa, un liderazgo que para Alemania se ha revelado una gran forma de competir en la economía global.
Confusión, porque los gritos de independencia esconden visiones contradictorias de lo que, de hecho, se debe hacer. El clamor griego muestra, por una parte, una voluntad emancipadora de tomar las riendas del propio destino (en inglés: empowerment) y no aceptar imposiciones; pero, por otra parte, el autoengaño de no afrontar la situación —con el victimismo de que son soluciones impuestas— y mantener los derechos adquiridos. Las voces alemanas expresan, por una parte, racionalidad —la unión no es, ni puede ser, un cheque en blanco— y, por otra, insolidaridad y desprecio. Cuando la independencia no es una discusión, sino un clamor, estas diferencias antagónicas se acallan y la confusión favorece a menudo las concepciones reaccionarias: el postergar decisiones y alimentar los prejuicios sectarios; en definitiva, el transformar la crisis en una recesión profunda.
El encaje del Estado catalán en la UE es una opción política que no está en la agenda
En cambio, cuando está claro que la salida de Grecia de la Eurozona no es una solución, como no lo es el transferir el problema de su deuda a los demás países del euro —porque la deuda es un simple reflejo de problemas más ancestrales—, es cuando se sueltan estas amarras y es posible afrontar la situación: empezar a navegar.
El diálogo se hace (y se debería haber hecho) más claro: es responsabilidad de los griegos ofrecer soluciones, e implementar políticas, creíbles; es responsabilidad de los países de la Eurozona el ayudar a un miembro en crisis y poner sus armas en ello (ECB, MEDE, etcétera), pero como compartir riesgos no es hacer transferencias permanentes, esta responsabilidad no es un cheque en blanco: está condicionada. Condicionada a lo que es posible, lo que a su vez depende de lo que se hace (por ejemplo, como era previsible, ni todas las deudas se podían pagar, y había que cambiar la política de pensiones para hacerla creíble). Pero son responsabilidad común, no unilateral, los acuerdos que afectan a ambas partes: por ejemplo, cómo y con qué tiempos se condicionan las transferencias (así deberían haber sido los Memorandums of Understanding, pero los tiempos en que se han planteado demuestran poco entendimiento común).
Cataluña no es Grecia, aunque ambas compartan el ser un cabal reflejo de lo complejo que resulta establecer uniones políticas en la diversidad, solidaridad en la adversidad. Tienen algo en común: la manera en que salgan de la euro-crisis va a determinar su crecimiento, bienestar e identidad en las próximas décadas. Cataluña no es Grecia; entre muchas otras cosas, no es un Estado, aunque es fácil argumentar que tiene más capacidad de autogobierno… si la dejaran. En este sentido, la pregunta de si quiere ser un Estado de la Unión Europea parece justa y razonable, como lo podía haber sido preguntar a los griegos si debían seguir en la Eurozona. Son preguntas de gran calado y emotividad; hay que dejar de lado esta última para valorar la primera.
Como decía, no era la pregunta adecuada para Grecia y no lo ha sido (a pesar de que Papandreu la propusiera en noviembre del 2011 y, parece ser, Merkel la sugiriera en mayo del 2012). ¿Es la pregunta adecuada para Cataluña?
La manera en que salgan de la crisis va a determinar su futuro crecimiento y bienestar
Es difícil responder a una pregunta con frialdad cuando ya se ha politizado, corre la tinta (o los words de Word), y nos toca de tan cerca. Por esto pienso en Grecia que también es mediterránea pero me queda algo más lejana. Desgraciadamente, en el clamor catalán de independencia (mejor llamarlo por su nombre) también veo confusión y parecidas visiones contradictorias: el empowerment del 11 de setiembre y el sueño de quienes ya se ven abriendo embajada catalana en París; la racionalidad en los que piden seny, recuerdan la gravedad de la crisis y hablan de federalismos y, a la vez, el desprecio en aquellos que al decirlo se les escapa una mueca (al forzar la pronunciación catalana), utilizan la crisis para posponer decisiones sobre un problema histórico, y hablan por pura retórica.
Pienso en Grecia y, como nos enseña la teoría de la decisión (y de juegos), intento ver la solución final y, recorriendo el camino inverso, ver cuál es el camino adecuado. Confusión. Entiendo la frustración de quienes dicen que “los intentos de encaje de Cataluña en el Estado español son hoy una vía sin recorrido”, pero no veo, como otros no ven, el recorrido del encaje del Estado Catalán en la Unión Europea. No es por falta de imaginación o por un simple cálculo económico (de la lechera), sino porque es una opción política que no está en la agenda de la Unión Europea y forma parte del interés de muchos Estados miembros que no lo esté, aún menos en la Eurozona, y nadie con un mínimo de seny quiere balcanizar el problema. La confusión puede llevar a transformar el voluntarismo de la opción en un nuevo victimismo respecto a Europa, una nueva distracción en tiempos de crisis.
En cambio, cuando está claro que mientras la Unión Europea sea una Europa de Estados (y la nueva propuesta de los once, entre ellos España, profundiza en esta dirección; EL PAÍS 19 de septiembre de 2012), el Estado Catalán de la Unión Europea es una ensoñación, por decirlo en palabras de Juan Luis Cebrián (EL PAÍS, 23 de septiembre de 2012), cuando se ha despejado esta confusión, es posible y necesario confrontar la nueva situación que 30 años de autonomías —históricas y menos históricas— ha creado y que el 11 de setiembre en Barcelona, la crisis de las cajas de ahorros y los recortes de las Comunidades Autónomas nos han recordado.
Es posible ver que, precisamente porque la Unión Europea —y, en especial, la eurozona— absorben una gran parte de nuestro espacio político-económico, diversas opciones son posibles dentro (llamémosle también por su nombre) del Estado español, sin que al Rey se le caiga la corona.
Con una buena dosis de fría racionalidad por parte de todos, la voluntad emancipadora del empowerment catalán puede, y debería, ayudar a encontrar una mejor unión política en la diversidad, a encontrar solidaridad sin agravios en la adversidad de la crisis. Quizás esta sea la estrategia, no sin riesgo, del Gobierno catalán: el empowerment y la pregunta de gran calado como bazas de negociación. Quizás de la confrontación nacerá un nuevo entendimiento. Quizás no haga falta esta confusión…
(*) Ramon Marimon es director del Max Weber Programme, profesor del European University Insitute y de la Universitat Pompeu Fabra y presidente de la Barcelona Graduate School of Economics.