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miércoles, 30 de agosto de 2017

UNA PARA VARIAS MECHAS

EL PAÍS, Madrid, 28 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Las raíces de la violencia
Las agresiones de género, el terrorismo supremacista y los ataques yihadistas son un problema cultural y estructural. En el fondo laten las relaciones de poder que separan a hombres y mujeres, a blancos y negros, y a occidentales y musulmanes
Enrique Gil Calvo

Ahora está casi olvidado porque la onda expansiva del atentado de Barcelona ha tapado cualquier acontecimiento anterior. Pero este mismo verano se han sucedido varios fenómenos relativos a la violencia íntimamente asociados. El precedente inmediato fue el atentado de Charlottesville, cuyo asesino empleó idéntico modus operandi que el perpetrado en las Ramblas. Y no era un yihadista musulmán sino un cristiano supremacista blanco. Aquello desató un vendaval mediático provocado por la increíble tolerancia mostrada por Trump. Pero aunque a menor escala local, otro parecido escándalo se produjo en España una semana antes, cuando el presidente canario Fernando Clavijo declaró, al hilo del enésimo feminicidio, que “la violencia machista es un problema de personas individuales”. Pues bien, al margen de la utilización política de esos crímenes por parte de las autoridades, ya sean los gobiernos español y catalán o los presidentes estadounidense y canario, aquí destacaré el hilo conductor de naturaleza sistémica o estructural que vincula entre sí a los tres tipos de terrorismo machista, racista o yihadista.

Lo más corriente es atribuir su causa al fanatismo cultural o al perfil psicológico de autores o víctimas, prescindiendo de otros factores sociales más profundos, entre los que destaca un elemento casi siempre olvidado, como son las relaciones subyacentes de poder. Lo cual equivale a poner la carreta delante de los bueyes, invirtiendo la relación entre causas y consecuencias. Pues estos crímenes no deben explicarse tan solo por los factores individuales o culturales que manifiestan sino por sus raíces estructurales o sistémicas. La causa determinante en última instancia es siempre la insuperable fractura derivada de la desigualdad estructural, en términos de relaciones de poder, que separa a hombres y mujeres, a blancos y negros (o morenos) y a occidentales y musulmanes, por los cuales estos (mujeres, negros y moros) están dominados por aquellos (hombres blancos occidentales).

Analicemos el caso de la pandemia feminicida. Para Clavijo, los crímenes misóginos no tienen causas sociales pues sólo serían una fortuita coincidencia de casos singulares desconectados entre sí. Ahora bien, si esta errónea presunción resulta preocupante es porque inspira no sólo a ciertos cargos públicos como el citado sino a las demás instituciones encargadas de perseguir la violencia criminal. Así ocurre con el Ministerio del Interior, que ha patrocinado oficialmente una macroinvestigación universitaria sobre la violencia de género dirigida por catedráticos masculinos de criminología que sólo utilizan el individualismo metodológico como perspectiva investigadora. Y este reduccionismo criminológico no sólo es ineficaz para explicar la prevalencia de las epidemias sociales sino que además contradice la filosofía sistémica que inspira la vigente Ley contra la Violencia de Género de 2004, expresamente confirmada por el Tribunal Constitucional.
  
Pero en el caso de la violencia supremacista o yihadista ocurre lo mismo. Los asesinos matan como agentes individuales y lo hacen movidos por razones personales, como no podía ser de otro modo. Es decir, que quien mata no es la misoginia, la xenofobia ni el islam sino los machistas, los racistas, los misóginos. Pero para explicar las causas y la prevalencia de sus crímenes hay que elevarse por encima del reduccionismo individual, buscando factores sociales más amplios. La violencia de género y el terrorismo supremacista o yihadista son un problema no sólo individual sino además cultural y estructural. Por tanto, para contenerla no basta con procesar y tratar a sus agentes individuales, los machistas xenófobos y fanáticos. Eso es condición necesaria pero no suficiente, pues además hace falta intervenir sobre la realidad social, combatiendo tanto los prejuicios culturales como sobre todo la injusta desigualdad institucional.

Si racistas y misóginos matan es en defensa de su propia supremacía que creen amenazada por la progresiva emancipación de las mujeres o las minorías raciales sometidas a su poder. Los hombres acosan, maltratan, violan y matan porque pueden y se creen con derecho a ello, ya que ocupan posiciones revestidas de poder sobre mujeres y migrantes. Víctimas estas que a su vez son acosadas, excluidas, maltratadas, violadas y asesinadas porque no tienen más alternativa que adaptarse a un sistema que las discrimina y las segrega, asignándolas a posiciones inferiores sometidas al poder institucional de los hombres que las rodean. Y en el caso del yihadismo ocurre lo mismo pero a la inversa, pues los muyahidines atentan, masacran y se suicidan para dar testimonio de la barrera excluyente que los segrega y discrimina, en contra de los sagrados valores de libertad igualdad y fraternidad que los occidentales profesamos de boquilla pero contradecimos en la práctica, al mantener y reforzar esas barreras del apartheid supremacista occidental encargado a nuestras instituciones (la doble red público/privada escolar, sanitaria y laboral) o a sus élites neocoloniales subalternas (las monarquías feudales y las dictaduras militares a nuestro servicio) que nos protegen de su presunta amenaza.

Por eso de poco sirve la judicialización individual del problema mientras no se toquen las causas estructurales e institucionales que lo hacen posible. Esa es la razón principal que explica el fracaso de la ley de Violencia de Género de 2004, que si bien en su preámbulo reconoce que se trata de un problema sistémico y estructural, sin embargo en su tratamiento lo reduce a un enfoque judicial y criminológico. Un encuadre individualizador condicionado además a la previa denuncia de las víctimas, lo que en la práctica implica responsabilizarlas de su propia victimación. Y esto, unido a la exclusiva tipificación de los crímenes de pareja (el uxoricidio) como la única violencia de género reconocida, dejando fuera de la ley a todas las demás formas de agresión contra la mujer (acoso, violación, trata, prostitución, etc.), determinó el frustrante desarrollo de la ley. Menos mal que ahora se ha logrado un cierto consenso en torno a la necesidad de reformarla, dando lugar al reciente Pacto de Estado aprobado en el Congreso.

Pero no sin problemas, incluidos los semánticos. Ante todo, se perpetúa la discriminación entre dos formas de violencia contra la mujer, según haya relación de pareja, o no, entre víctima y perpetrador. Contra esta injusta discriminación resulta urgente ampliar el tipo penal para que proteja no sólo a las mujeres privatizadas, propiedad de sus parejas actuales o pasadas, sino también a las mujeres libres y emancipadas sin emparejar, a las que la ley actual ignora dejándolas a su suerte. Y además hay que mantener el concepto de violencia de género frente al eufemismo de violencia machista, para subrayar que estamos ante un problema no tanto cultural como estructural. Pues lo que mata no es el machismo (como tampoco mata el racismo o el islam) sino el género: es decir, la exclusión por sistema de la mujer (o del moro, el negro o el moreno) por el simple hecho de serlo.
(*) Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/24/opinion/1503583932_391475.html

jueves, 27 de diciembre de 2012

SISTÉMICAMENTE, SUYO

EL PAÍS, Madrid, 27 de Diciembre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Crisis sistémica y cambio de ciclo vital
La etapa de acumulación financiera iniciada en los años setenta atraviesa hoy por una fase de madurez que augura un cambio de paradigma, no solo económico sino también institucional y de democracia representativa
Enrique Gil Calvo

Hace poco asistí a una mesa redonda en un congreso de sociología donde se debatía la crisis sistémica. Allí pude argumentar que nuestra profesión no ha sabido proponer un relato propio sobre la crisis, pues se ha limitado a criticar sus efectos en materia de recorte de derechos y ascenso del desclasamiento y la desigualdad. Por tanto, el único relato maestro con que contamos sobre la crisis es el propuesto por el pensamiento económico dominante. Según su paradigma, la crisis fue causada por la irrupción de una contingencia imprevista, emergida por generación espontánea de la mano invisible del mercado, que rompió el equilibrio general del sistema. Y desde entonces los mercados han quedado colapsados por un desequilibrio sistémico autosostenido, como si se hubieran “colgado” entrando en un bucle sinfín. De ahí la necesidad de “resetear” el sistema mediante un choque de ajustes estructurales de cualquier signo capaces de reequilibrarlo, ya sean estímulos expansivos a lo Bernanke-Obama o devaluaciones internas a lo Merkel-Schauble.
¿Podría oponerse a este modelo de equilibrio neoclásico algún otro relato más dinámico, capaz de explicar mejor el desequilibrio general? Una posible pista es recurrir al modelo de crisis por cambio de ciclo vital. Esta figura proviene de la historia natural, como en los ciclos de ascenso y caída de los imperios o cualquier otro fenómeno cuyo curso de vida se despliegue a lo largo del tiempo. Por ejemplo, el lapso vital humano presenta cuatro crisis: el nacimiento (crisis de inicio), la juventud (crisis de ascenso), la madurez (crisis de inflexión hacia el declive) y la muerte (crisis de desenlace). Pues bien, aplicando por analogía estos términos, podría postularse que nos enfrentamos a una crisis de madurez sistémica. Es el tipo de inflexión biográfica que antes se llamaba crisis de los 40 (ahora retrasada por aplazamiento de la emancipación juvenil), cuando el ascenso adulto se detiene y comienza a declinar.
Y recurriendo al mismo esquema cabe pensar que el ciclo de acumulación financiera iniciado en los años 70, cuando quebró por inflación el anterior ciclo productivo de industrialización fordista, está atravesando hoy su crisis de los 40. Aquel naciente ciclo postindustrial centrado en el mercado financiero generó una mercantilización globalizada que desarticuló la estructura social, emergiendo la posmoderna sociedad low cost. El consiguiente crecimiento de la financiarización alcanzó su saturación con el cambio de siglo, entrando a partir de ahí en crisis recurrentes tras cruzar el umbral de madurez: es la crisis crónica como la llamé en otro lugar. En suma, la actual regresión no es más que un efecto retardado del progreso anterior, cuando el ciclo de acumulación financiera ascendía hacia lo alto desde las ruinas de la quiebra industrial de los 70. Y este modelo de final de ciclo por crisis de madurez es aplicable a toda Europa occidental. La crisis actual del euro es un efecto retardado de la irresponsable arquitectura de la unión monetaria decidida en Maastricht, a su vez improvisada para salir de la crisis de la serpiente monetaria creada en los 70 con el ingreso del Reino Unido en la CE. Y en el caso español, la crisis de deuda derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria procede también de los 70, pues el boom especulativo no se inició con la Ley del Suelo de Aznar sino bastante más atrás, con la beautiful people de González, Boyer y Solana y antes con los Pactos de la Moncloa de Fuentes Quintana y Abril Martorell.
Cuando se frustra el ascenso de la juventud, el sistema social entra en un periodo de desplome
Pero este ciclo de acumulación financiera no atraviesa su crisis de madurez a solas, pues los demás ciclos institucionales que iniciaron entonces su andadura también atraviesan sus respectivas crisis de los 40. De ahí que al agregarse sus crisis coincidentes estén integrando una crisis sistémica de madurez institucional. ¿A qué otros ciclos institucionales me estoy refiriendo? Ya he citado la crisis de la UE, pero lo mismo cabe decir del modelo de gobernanza estatal, cuya administración burocrática está perdiendo crédito tras ser abducida por la privatización mercantil desde los 70; del modelo de democracia representativa, cuya clase política también está perdiendo legitimidad tras profesionalizarse mercenariamente a partir de los 70; o del modelo de formación de la opinión pública, dada la agónica crisis existencial que sufre la prensa escrita, pues todos atraviesan hoy sus respectivas crisis de madurez en el conjunto del mundo occidental. Especialmente en el caso español.
Así ocurre con el declive de nuestra democracia, cuya transición se inició en los 70 con grandes esperanzas de progreso cívico pero que hoy atraviesa una evidente crisis de madurez, dado su déficit de representación y el fuerte desprestigio de la clase política por los escándalos de corrupción, lo que ha provocado crecientes exigencias de proceder a profundas reformas electorales y constitucionales. En análogo punto de inflexión se sitúa nuestro modelo de desarrollo autonómico, tras la inicial descentralización administrativa, para derivar hacia una preocupante espiral de emulación competitiva que ha alcanzado su clímax con la demanda de secesión Cataluña, lo que también ha despertado propuestas antagónicas de recentralización. Lo mismo sucede con el ciclo de ascenso y caída de nuestro Estado de bienestar, que tras universalizar los derechos sociales en los 70 y 80 está entrando en crisis ahora, desmantelado por drásticos recortes y crecientes amenazas de privatización. Y algo análogo pasa con la enseñanza pública, que con la transición inició su expansión hacia la escolarización universal, obteniendo éxitos tan señalados como lograr que la escolarización femenina superase a la masculina, pero que hoy se enfrenta a una grave crisis de segregación clasista derivada de su creciente privatización a la vez que se devalúan su prestigio académico, dada su incapacidad meritocrática para favorecer la carrera profesional de los mileuristas titulados.
Esto determina que también haya hecho crisis el modelo de juventud iniciado con la transición a la democracia, cuando los jóvenes de ambos sexos comenzaron a diferir su acceso al mercado de trabajo y la formación de familia para anteponer la prolongación de su escolaridad, a fin de mejorar sus oportunidades de ascenso retrasando sine die su salida del hogar progenitor. Pero así se inició un ciclo de prolongación de la dependencia familiar de los jóvenes que, tras bloquearse su proceso de emancipación a causa de la crisis, ha terminado por impedir que aprendan a responsabilizarse de sí mismos, hasta el punto de crear una generación perdida solo entregada al panem et circenses del botellón y las descargas gratuitas, mientras su fracción más crítica se congrega en los enjambres indignados del 15M. Esto explica que el ciclo expansivo de nuestra pirámide demográfica, iniciado en los 70 con el cese de la emigración exterior e interior, y proseguido después por la creciente inmigración de efectivos foráneos, también haya entrado en regresión, cruzándose el año pasado su punto de inflexión cuando la balanza migratoria arrojó saldo negativo tras reiniciarse la migración al exterior de nuestro titulados incapaces de seguir aquí su carrera profesional.
Los jóvenes desertan hoy de las instituciones que integraron a sus predecesores
Y es que, cuando se frustran las expectativas de ascenso de la juventud, todo el sistema social entra en una nueva fase de desplome por desclasamiento, invirtiendo el sentido de su principio rector centrado en la movilidad ascendente. De ahí la involución del metabolismo generacional, que mueve a las actuales cohortes juveniles a desertar de todas las instituciones que articularon la integración social de sus predecesoras. Esto explica que hoy los jóvenes no puedan reconocerse en las instituciones excesivamente maduras que antaño articularon la transición: el sistema de partidos, las centrales sindicales, la prensa escrita… Así es como al coincidir transversalmente las diversas crisis que se realimentan en espiral, entran en resonancia generado una emergente crisis sistémica. Pero los ordenamientos sociales no son cuerpos vivos predestinados a morir sino entramados institucionales cuyas crisis de madurez pueden resolverse con éxito mediante su reestructuración organizativa, lo que exige cambiar las reglas de juego tras pactarlas con amplio consenso. Es el decisivo reto que hoy nos aguarda en España y en Europa occidental como tarea prioritaria y cada vez más urgente.

Ilustración: Eulogia Merle.

jueves, 29 de marzo de 2012

¿POPULISMO DE TRAICIÓN?


EL PAÍS, Madrid, 29 de Marzo de 2012
TRIBUNA
La política de la intimidación punitiva
Los Presupuestos de Rajoy pretenden salvarnos a costa de condenarnos por nuestro propio bien
Enrique Gil Calvo

Este título es un homenaje a Michael Oakeshott, el filósofo conservador que rompió con los tories tras el giro neoliberal adoptado por Thatcher, pues su testamento intelectual publicado póstumamente, aunque escrito 50 años antes, se titulaba La política de la fe y la política del escepticismo. Y parafraseando su opúsculo, podríamos decir que la retórica contemporánea del poder fluctúa entre la política de la esperanza, típicamente progresista, y la política del temor, más propia del pensamiento conservador. La política de la esperanza nos ilusiona con la oferta de promesas estimulantes mientras que la del temor esgrime riesgos y amenazas por venir. Y esta ambivalencia se da en las dos orillas del espectro ideológico: la socialdemocracia ha pasado de ofrecer más y mejores derechos sociales a alarmar a los asalariados con el próximo derrumbe del Estado de bienestar, mientras que los neoliberales han dejado de tentar a las clases medias con burbujas especulativas para pasar a atemorizarlas con el miedo al desclasamiento social.

Aquí me voy a centrar en la política del temor, de larga tradición en la retórica del poder, para sugerir que estaríamos asistiendo a un giro copernicano en su metodología argumental. Según creo advertir, hemos pasado de la vieja política xenófoba, típica del populismo sectario, a la nueva política de la intimidación, que está ocupando su lugar en la actualidad. El populismo lucha por el poder (y lo ejerce) mediante la siembra del miedo y el odio a los otros (a los extraños, al adversario), según la matriz originaria del nazismo hitleriano. De ahí que podamos definir su retórica sectaria como política de la fobia. Mientras que el conservadurismo actual, ejemplificado por la canciller Merkel, gobierna mediante lo que denominaré política del amedrentamiento, empleada para imponer la austeridad fiscal como terapia contra la crisis. Y esta otra política intimidatoria ya no se basa en infundir el miedo a los otros como presuntos culpables sino en despertar el temor a nosotros mismos. Veamos esquemáticamente sus contrapuestas estrategias políticas.

La retórica populista de la fobia se funda (como frame o marco de encuadre) en la dialéctica del amigo y el enemigo de Carl Schmitt. Su objetivo principal es dividir al demos (la comunidad política) generando hostilidad y antagonismo para provocar la confrontación polarizada entre nosotros y ellos. Y sus objetivos derivados son dobles. Respecto a nosotros, se busca enardecer y movilizar a las clases populares para poder cohesionar la fidelidad electoral de las propias bases sociales. Y respecto a ellos, se trata de aislar a los adversarios reprimiendo la disidencia y excluyendo a las minorías. En cuanto al método, la política de la fobia se basa en la invención de algún enemigo del pueblo al que poder culpar de todos los males reales o imaginarios. Puede ser cualquier enemigo exterior, como imagina el nacionalismo populista, pero también un enemigo interior, ya sean agentes infiltrados o castas parásitas e impopulares, tanto si son castas impuras (los parias, los inmigrantes) como corruptas (la banca, la oligarquía). Finalmente, la política de la fobia exige la persecución y castigo selectivo de los enemigos designados como culpables, a fin de sacrificarlos como chivos expiatorios. Y buenos ejemplos recientes de esta retórica son la imputación a los PIGS en Europa y al PSOE en España como presuntos culpables de la crisis.

Lejos de amansarse, nuestras clases populares parecen dispuestas a resistir

En cambio, la retórica del amedrentamiento utiliza como encuadre el marco del padre estricto de George Lakoff (popularizado en su libro No pienses en un elefante), aunque quizá deberíamos llamarlo en nuestro caso el frame de la matriarca punitiva, si tenemos en cuenta que en Europa continental lo está imponiendo Angela Merkel. Su objetivo principal es unificar al demos para igualarlo borrando sus diferencias de clase, identidad o status, buscando generar así un consenso unánime o al menos mayoritario que pueda traducirse en apoyo electoral al poder. Así se genera una espiral del silencio que permite desmovilizar, inhibir y acallar a todos por igual, imponiéndoles una estricta disciplina simbólica capaz de dominarlos moralmente. Y todo ello con objeto de obtener de buen grado su conformista consentimiento por unanimidad.

Y su método parte de la invención de algún pecado común que actúe a modo de caída original (“todos somos culpables de haber vivido por encima de nuestras posibilidades”), distribuyendo por igual la responsabilidad por los males que sufre la comunidad. Es el caso del síndrome de la deuda soberana (tanto pública como privada) a la que se erige en causa última de nuestras desgracias. Y esta presunta culpa colectiva constituye una amenaza de tal magnitud que condena a todas las clases (tanto medias como asalariadas) a sufrir un merecido desclasamiento social, con pérdida del paraíso prometido por la movilidad ascendente. De ahí la exigencia de sacrificio y penitencia generalizada como única forma de expiar las culpas colectivas en busca de redención moral. De esto se encarga la política de austeridad punitiva dictada por el poder, que no hace más que reforzar aún más el castigo indiscriminado en forma de pobreza, desigualdad y desclasamiento general, de modo que parezca que en el pecado se lleva la penitencia. Y un ejemplo de este círculo vicioso lo tenemos en los Presupuestos de Rajoy, que pretenden salvarnos a costa de condenarnos por nuestro propio bien.

Por supuesto, estas dos estrategias retóricas, la de la fobia y la del amedrentamiento, que representan las dos caras de la política del miedo, no son incompatibles entre sí. Por el contrario, suelen esgrimirse con ambivalencia, bien alternándolas sucesivamente o bien aplicándolas de forma simultánea, la una con mano izquierda y la otra con la diestra, de modo que se complementen y equilibren entre sí. Así, la política de la fobia se usa para culpar y castigar selectivamente a ciertos enemigos designados: como los inmigrantes, los griegos o los sindicatos. Mientras que la política de la intimidación se usa para culpar y castigar indiscriminadamente a todos por igual mediante la política de la austeridad punitiva, buscando de este modo el consentimiento unánime: mal de muchos consuelo de todos. Y eso de acuerdo al refrán rescatado por Toni Domènech para esta infausta ocasión: “Lo poco espanta, lo mucho amansa”. Pues el sacrificio expiatorio de los griegos, espanto de unos pocos, representa una lección ejemplar que amansará a muchos más, a fin de obtener lo que realmente se pretende: el sometimiento general. Una sumisión que la derecha española está lejos de lograr, visto el resultado electoral del domingo y la huelga general de hoy mismo: lejos de amansarse, nuestras clases populares parecen dispuestas a resistir.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.