EL PAÍS, Madrid, 29 de marzo de 2018
TRIBUNA
¿Ha muerto Dios?
Juan José Tamayo
Nietzsche no fue el primero en utilizar la expresión “Dios ha muerto”. Su origen se encuentra en un texto de Lutero: “Cristo ha muerto / Cristo es Dios / Por eso Dios ha muerto”. En él se inspira Hegel en la Fenomenología del espíritu, donde afirma que Dios mismo ha muerto como manifestación del sentimiento doloroso de la conciencia infeliz. En Lecciones sobre filosofía de la religión se refiere a una canción religiosa luterana del siglo XVII en un contexto similar: “Dios mismo yace muerto / Él ha muerto en la cruz”.
Es probable que Nietzsche, hijo y nieto de pastores protestantes, la conociera e incluso la hubiera cantado en el Gottesdienst. Pero ha sido su propia formulación la que ha adquirido relevancia filosófica y ha ejercido mayor influencia en el clima sociorreligioso moderno.
Dos son los textos más significativos en los que Nietzsche hace el anuncio de la muerte de Dios. En Así hablaba Zaratustra, cuando el reformador de la antigua religión irania baja de la montaña, se encuentra con un anciano eremita que se había retirado del mundanal ruido para dedicarse exclusivamente a amar y alabar a Dios, actitud que contrasta con la de Zaratustra, que dice amar solo a los hombres. Tras alejarse de él, comenta para sus adentros: “¡Será posible! Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto”. Al llegar a la primera ciudad, encontró una muchedumbre de personas reunida en el mercado, a quienes habló de esta guisa: “En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también sus delincuentes. Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra”.
En La gaya ciencia Nietzsche relata la muerte de Dios a través de una parábola cargada de patetismo. Un hombre loco va corriendo a la plaza del mercado en pleno día con una linterna gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. El hombre se convierte en el hazmerreír de la gente allí reunida, que no se toma en serio la búsqueda angustiosa del loco y se mofa de él haciéndole preguntas en tono burlón: “¿Es que se ha perdido? […]¿Es que se ha extraviado como un niño? […]¿O se está escondiendo? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Emigrado?”. A lo que el loco responde: “¡Lo hemos matado nosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!”.
El loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternam deo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Nietzsche califica el anuncio de la muerte de Dios como “el más grande de los acontecimientos recientes”, pero el loco reconoce que llega “demasiado pronto”.
¿Se ha hecho realidad el anuncio de Nietzsche? Yo creo que solo en parte. Ciertamente, se está produciendo un avance de la increencia religiosa en nuestras sociedades secularizadas y se cierne por doquier la ausencia de Dios. Pero, al mismo tiempo, asistimos a otro fenómeno: el de las diferentes metamorfosis de Dios. A modo de ejemplo voy a referirme a tres: el Dios del Mercado, el Dios del Patriarcado y el Dios del Fundamentalismo.
El Dios del Mercado. El Mercado se ha convertido en una religión “monoteísta”, que ha dado lugar al Dios-Mercado. Ya lo advirtió Walter Benjamin con gran lucidez en un artículo titulado El capitalismo como religión, donde afirma que el cristianismo, en tiempos de la Reforma, se convirtió en capitalismo y “este es un fenómeno esencialmente religioso”.
Tocar el capitalismo o simplemente mencionarlo es como tocar o cuestionar los valores más sagrados. Lo que dice Benjamin del capitalismo es aplicable hoy al neoliberalismo, que se configura como un sistema rígido de creencias y funciona como religión del Dios-Mercado, que suplanta al Dios de las religiones monoteístas. Es un Dios celoso que no admite rival, proclama que fuera del Mercado no hay salvación y se apropia de los atributos del Dios de la teodicea: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y providencia. El Dios-Mercado exige el sacrificio de seres humanos y de la naturaleza y ordena matar a cuantos se resistan a darle culto.
El Dios del Patriarcado. Los atributos aplicados a Dios son en su mayoría varoniles, están vinculados a la masculinidad hegemónica y se relacionan con el poder. La masculinidad de Dios lleva derechamente a la divinización del varón. Así, el patriarcado religioso legitima el patriarcado político y social. La teóloga feminista alemana Dorothee Sölle critica las fantasías falocráticas proyectadas por los varones sobre Dios, cuestiona la adoración al poder convertido en Dios y se pregunta: “¿Por qué los seres humanos adoran a un Dios cuya cualidad más importante es el poder, cuyo interés es la sumisión, cuyo miedo es la igualdad de derechos? ¡Un Ser a quien se dirige la palabra llamándole ‘Señor’, más aún, para quien el poder no es suficiente, y los teólogos tienen que asignarle la omnipotencia! ¿Por qué vamos a adorar y amar a un ser que no sobrepasa el nivel moral de la cultura actual determinada, sino que además la estabiliza?”. En nombre del Dios del patriarcado se practica la violencia de género, que el año pasado causó más de 60.000 feminicidios.
El Dios de los Fundamentalismos. Los fundamentalismos religiosos desembocan con frecuencia en terrorismo, fenómeno que recorre la historia de la humanidad en la modalidad de guerras de religiones que se justifican apelando a un mandato divino. Tiene razón el filósofo judío Martin Buber cuando afirma que Dios es “la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mutilada, tan mancillada. Las generaciones humanas han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros y dicen: ‘Lo hacemos en nombre de Dios”. Matar en nombre de Dios es convertir a Dios en un asesino, en certera observación de José Saramago, quien lo demuestra en la novela Caín a través de un recorrido por los textos de la Biblia hebrea.
Dios bajo el asedio del Mercado, bajo el poder del Patriarcado y bajo el fuego cruzado de los Fundamentalismos. El resultado es la violencia estructural del sistema, la violencia machista y la violencia religiosa, las tres ejercidas en nombre de Dios.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Su última obra es Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2017).
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/03/26/opinion/1522079873_884931.html
Ilustración: Enrique Flores.
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jueves, 29 de marzo de 2018
miércoles, 30 de agosto de 2017
UNA PARA VARIAS MECHAS
EL PAÍS, Madrid, 28 de agosto de 2017
TRIBUNA
Las raíces de la violencia
Las agresiones de género, el terrorismo supremacista y los ataques yihadistas son un problema cultural y estructural. En el fondo laten las relaciones de poder que separan a hombres y mujeres, a blancos y negros, y a occidentales y musulmanes
Enrique Gil Calvo
Ahora está casi olvidado porque la onda expansiva del atentado de Barcelona ha tapado cualquier acontecimiento anterior. Pero este mismo verano se han sucedido varios fenómenos relativos a la violencia íntimamente asociados. El precedente inmediato fue el atentado de Charlottesville, cuyo asesino empleó idéntico modus operandi que el perpetrado en las Ramblas. Y no era un yihadista musulmán sino un cristiano supremacista blanco. Aquello desató un vendaval mediático provocado por la increíble tolerancia mostrada por Trump. Pero aunque a menor escala local, otro parecido escándalo se produjo en España una semana antes, cuando el presidente canario Fernando Clavijo declaró, al hilo del enésimo feminicidio, que “la violencia machista es un problema de personas individuales”. Pues bien, al margen de la utilización política de esos crímenes por parte de las autoridades, ya sean los gobiernos español y catalán o los presidentes estadounidense y canario, aquí destacaré el hilo conductor de naturaleza sistémica o estructural que vincula entre sí a los tres tipos de terrorismo machista, racista o yihadista.
Lo más corriente es atribuir su causa al fanatismo cultural o al perfil psicológico de autores o víctimas, prescindiendo de otros factores sociales más profundos, entre los que destaca un elemento casi siempre olvidado, como son las relaciones subyacentes de poder. Lo cual equivale a poner la carreta delante de los bueyes, invirtiendo la relación entre causas y consecuencias. Pues estos crímenes no deben explicarse tan solo por los factores individuales o culturales que manifiestan sino por sus raíces estructurales o sistémicas. La causa determinante en última instancia es siempre la insuperable fractura derivada de la desigualdad estructural, en términos de relaciones de poder, que separa a hombres y mujeres, a blancos y negros (o morenos) y a occidentales y musulmanes, por los cuales estos (mujeres, negros y moros) están dominados por aquellos (hombres blancos occidentales).
Analicemos el caso de la pandemia feminicida. Para Clavijo, los crímenes misóginos no tienen causas sociales pues sólo serían una fortuita coincidencia de casos singulares desconectados entre sí. Ahora bien, si esta errónea presunción resulta preocupante es porque inspira no sólo a ciertos cargos públicos como el citado sino a las demás instituciones encargadas de perseguir la violencia criminal. Así ocurre con el Ministerio del Interior, que ha patrocinado oficialmente una macroinvestigación universitaria sobre la violencia de género dirigida por catedráticos masculinos de criminología que sólo utilizan el individualismo metodológico como perspectiva investigadora. Y este reduccionismo criminológico no sólo es ineficaz para explicar la prevalencia de las epidemias sociales sino que además contradice la filosofía sistémica que inspira la vigente Ley contra la Violencia de Género de 2004, expresamente confirmada por el Tribunal Constitucional.
Pero en el caso de la violencia supremacista o yihadista ocurre lo mismo. Los asesinos matan como agentes individuales y lo hacen movidos por razones personales, como no podía ser de otro modo. Es decir, que quien mata no es la misoginia, la xenofobia ni el islam sino los machistas, los racistas, los misóginos. Pero para explicar las causas y la prevalencia de sus crímenes hay que elevarse por encima del reduccionismo individual, buscando factores sociales más amplios. La violencia de género y el terrorismo supremacista o yihadista son un problema no sólo individual sino además cultural y estructural. Por tanto, para contenerla no basta con procesar y tratar a sus agentes individuales, los machistas xenófobos y fanáticos. Eso es condición necesaria pero no suficiente, pues además hace falta intervenir sobre la realidad social, combatiendo tanto los prejuicios culturales como sobre todo la injusta desigualdad institucional.
Si racistas y misóginos matan es en defensa de su propia supremacía que creen amenazada por la progresiva emancipación de las mujeres o las minorías raciales sometidas a su poder. Los hombres acosan, maltratan, violan y matan porque pueden y se creen con derecho a ello, ya que ocupan posiciones revestidas de poder sobre mujeres y migrantes. Víctimas estas que a su vez son acosadas, excluidas, maltratadas, violadas y asesinadas porque no tienen más alternativa que adaptarse a un sistema que las discrimina y las segrega, asignándolas a posiciones inferiores sometidas al poder institucional de los hombres que las rodean. Y en el caso del yihadismo ocurre lo mismo pero a la inversa, pues los muyahidines atentan, masacran y se suicidan para dar testimonio de la barrera excluyente que los segrega y discrimina, en contra de los sagrados valores de libertad igualdad y fraternidad que los occidentales profesamos de boquilla pero contradecimos en la práctica, al mantener y reforzar esas barreras del apartheid supremacista occidental encargado a nuestras instituciones (la doble red público/privada escolar, sanitaria y laboral) o a sus élites neocoloniales subalternas (las monarquías feudales y las dictaduras militares a nuestro servicio) que nos protegen de su presunta amenaza.
Por eso de poco sirve la judicialización individual del problema mientras no se toquen las causas estructurales e institucionales que lo hacen posible. Esa es la razón principal que explica el fracaso de la ley de Violencia de Género de 2004, que si bien en su preámbulo reconoce que se trata de un problema sistémico y estructural, sin embargo en su tratamiento lo reduce a un enfoque judicial y criminológico. Un encuadre individualizador condicionado además a la previa denuncia de las víctimas, lo que en la práctica implica responsabilizarlas de su propia victimación. Y esto, unido a la exclusiva tipificación de los crímenes de pareja (el uxoricidio) como la única violencia de género reconocida, dejando fuera de la ley a todas las demás formas de agresión contra la mujer (acoso, violación, trata, prostitución, etc.), determinó el frustrante desarrollo de la ley. Menos mal que ahora se ha logrado un cierto consenso en torno a la necesidad de reformarla, dando lugar al reciente Pacto de Estado aprobado en el Congreso.
Pero no sin problemas, incluidos los semánticos. Ante todo, se perpetúa la discriminación entre dos formas de violencia contra la mujer, según haya relación de pareja, o no, entre víctima y perpetrador. Contra esta injusta discriminación resulta urgente ampliar el tipo penal para que proteja no sólo a las mujeres privatizadas, propiedad de sus parejas actuales o pasadas, sino también a las mujeres libres y emancipadas sin emparejar, a las que la ley actual ignora dejándolas a su suerte. Y además hay que mantener el concepto de violencia de género frente al eufemismo de violencia machista, para subrayar que estamos ante un problema no tanto cultural como estructural. Pues lo que mata no es el machismo (como tampoco mata el racismo o el islam) sino el género: es decir, la exclusión por sistema de la mujer (o del moro, el negro o el moreno) por el simple hecho de serlo.
(*) Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/24/opinion/1503583932_391475.html
TRIBUNA
Las raíces de la violencia
Las agresiones de género, el terrorismo supremacista y los ataques yihadistas son un problema cultural y estructural. En el fondo laten las relaciones de poder que separan a hombres y mujeres, a blancos y negros, y a occidentales y musulmanes
Enrique Gil Calvo
Ahora está casi olvidado porque la onda expansiva del atentado de Barcelona ha tapado cualquier acontecimiento anterior. Pero este mismo verano se han sucedido varios fenómenos relativos a la violencia íntimamente asociados. El precedente inmediato fue el atentado de Charlottesville, cuyo asesino empleó idéntico modus operandi que el perpetrado en las Ramblas. Y no era un yihadista musulmán sino un cristiano supremacista blanco. Aquello desató un vendaval mediático provocado por la increíble tolerancia mostrada por Trump. Pero aunque a menor escala local, otro parecido escándalo se produjo en España una semana antes, cuando el presidente canario Fernando Clavijo declaró, al hilo del enésimo feminicidio, que “la violencia machista es un problema de personas individuales”. Pues bien, al margen de la utilización política de esos crímenes por parte de las autoridades, ya sean los gobiernos español y catalán o los presidentes estadounidense y canario, aquí destacaré el hilo conductor de naturaleza sistémica o estructural que vincula entre sí a los tres tipos de terrorismo machista, racista o yihadista.
Lo más corriente es atribuir su causa al fanatismo cultural o al perfil psicológico de autores o víctimas, prescindiendo de otros factores sociales más profundos, entre los que destaca un elemento casi siempre olvidado, como son las relaciones subyacentes de poder. Lo cual equivale a poner la carreta delante de los bueyes, invirtiendo la relación entre causas y consecuencias. Pues estos crímenes no deben explicarse tan solo por los factores individuales o culturales que manifiestan sino por sus raíces estructurales o sistémicas. La causa determinante en última instancia es siempre la insuperable fractura derivada de la desigualdad estructural, en términos de relaciones de poder, que separa a hombres y mujeres, a blancos y negros (o morenos) y a occidentales y musulmanes, por los cuales estos (mujeres, negros y moros) están dominados por aquellos (hombres blancos occidentales).
Analicemos el caso de la pandemia feminicida. Para Clavijo, los crímenes misóginos no tienen causas sociales pues sólo serían una fortuita coincidencia de casos singulares desconectados entre sí. Ahora bien, si esta errónea presunción resulta preocupante es porque inspira no sólo a ciertos cargos públicos como el citado sino a las demás instituciones encargadas de perseguir la violencia criminal. Así ocurre con el Ministerio del Interior, que ha patrocinado oficialmente una macroinvestigación universitaria sobre la violencia de género dirigida por catedráticos masculinos de criminología que sólo utilizan el individualismo metodológico como perspectiva investigadora. Y este reduccionismo criminológico no sólo es ineficaz para explicar la prevalencia de las epidemias sociales sino que además contradice la filosofía sistémica que inspira la vigente Ley contra la Violencia de Género de 2004, expresamente confirmada por el Tribunal Constitucional.
Pero en el caso de la violencia supremacista o yihadista ocurre lo mismo. Los asesinos matan como agentes individuales y lo hacen movidos por razones personales, como no podía ser de otro modo. Es decir, que quien mata no es la misoginia, la xenofobia ni el islam sino los machistas, los racistas, los misóginos. Pero para explicar las causas y la prevalencia de sus crímenes hay que elevarse por encima del reduccionismo individual, buscando factores sociales más amplios. La violencia de género y el terrorismo supremacista o yihadista son un problema no sólo individual sino además cultural y estructural. Por tanto, para contenerla no basta con procesar y tratar a sus agentes individuales, los machistas xenófobos y fanáticos. Eso es condición necesaria pero no suficiente, pues además hace falta intervenir sobre la realidad social, combatiendo tanto los prejuicios culturales como sobre todo la injusta desigualdad institucional.
Si racistas y misóginos matan es en defensa de su propia supremacía que creen amenazada por la progresiva emancipación de las mujeres o las minorías raciales sometidas a su poder. Los hombres acosan, maltratan, violan y matan porque pueden y se creen con derecho a ello, ya que ocupan posiciones revestidas de poder sobre mujeres y migrantes. Víctimas estas que a su vez son acosadas, excluidas, maltratadas, violadas y asesinadas porque no tienen más alternativa que adaptarse a un sistema que las discrimina y las segrega, asignándolas a posiciones inferiores sometidas al poder institucional de los hombres que las rodean. Y en el caso del yihadismo ocurre lo mismo pero a la inversa, pues los muyahidines atentan, masacran y se suicidan para dar testimonio de la barrera excluyente que los segrega y discrimina, en contra de los sagrados valores de libertad igualdad y fraternidad que los occidentales profesamos de boquilla pero contradecimos en la práctica, al mantener y reforzar esas barreras del apartheid supremacista occidental encargado a nuestras instituciones (la doble red público/privada escolar, sanitaria y laboral) o a sus élites neocoloniales subalternas (las monarquías feudales y las dictaduras militares a nuestro servicio) que nos protegen de su presunta amenaza.
Por eso de poco sirve la judicialización individual del problema mientras no se toquen las causas estructurales e institucionales que lo hacen posible. Esa es la razón principal que explica el fracaso de la ley de Violencia de Género de 2004, que si bien en su preámbulo reconoce que se trata de un problema sistémico y estructural, sin embargo en su tratamiento lo reduce a un enfoque judicial y criminológico. Un encuadre individualizador condicionado además a la previa denuncia de las víctimas, lo que en la práctica implica responsabilizarlas de su propia victimación. Y esto, unido a la exclusiva tipificación de los crímenes de pareja (el uxoricidio) como la única violencia de género reconocida, dejando fuera de la ley a todas las demás formas de agresión contra la mujer (acoso, violación, trata, prostitución, etc.), determinó el frustrante desarrollo de la ley. Menos mal que ahora se ha logrado un cierto consenso en torno a la necesidad de reformarla, dando lugar al reciente Pacto de Estado aprobado en el Congreso.
Pero no sin problemas, incluidos los semánticos. Ante todo, se perpetúa la discriminación entre dos formas de violencia contra la mujer, según haya relación de pareja, o no, entre víctima y perpetrador. Contra esta injusta discriminación resulta urgente ampliar el tipo penal para que proteja no sólo a las mujeres privatizadas, propiedad de sus parejas actuales o pasadas, sino también a las mujeres libres y emancipadas sin emparejar, a las que la ley actual ignora dejándolas a su suerte. Y además hay que mantener el concepto de violencia de género frente al eufemismo de violencia machista, para subrayar que estamos ante un problema no tanto cultural como estructural. Pues lo que mata no es el machismo (como tampoco mata el racismo o el islam) sino el género: es decir, la exclusión por sistema de la mujer (o del moro, el negro o el moreno) por el simple hecho de serlo.
(*) Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/24/opinion/1503583932_391475.html
martes, 29 de septiembre de 2015
miércoles, 9 de enero de 2013
¿PREDICAMENTO INÚTIL?
EL NACIONAL - Miércoles 09 de Enero de 2013 Opinión/7
La compasión
No se necesita leer al Freud en librito de bolsillo ni tampoco ser elitesco paciente en el diván psicoanalítico, sino una persona común y corriente que hace esfuerzos por entender y practicar el adjetivo "humano"
ALICIA FREILICH
Nada que ver con lástima mucho menos con intransigentes, lo mismo judíos ortodoxos, católicos del Opus Dei, musulmanes fanáticos o practicantes afines de otras religiones, humildes santos que tantas veces lo son de la boca para afuera y en su vida diaria ejercen como oficiantes de la máxima crueldad en todas sus variantes. Se dan golpes de pecho y lloran suplicantes mientras rezan en sus templos y al salir son politicastros en el sentido total que tiene esta palabra en la actual Venezuela.
Sí amigo lector, ordenan la prisión o muerte lenta de sus adversarios ideológicos y/o víctimas de un odio personal, niegan el perdón y hasta la posibilidad de un beso sinceramente fraterno a quienes lo piden por haber analizado sus errores cometidos en momentos pasionales y por eso ruegan la posibilidad de convertir el rencor en amistad no condicional. Nada. Los santurrones se sirven del resentimiento y el desprecio como herramientas de beneficio inmediato. A veces, improvisados, simulan sus perversiones en forma opuesta y metódica, por ejemplo el adicto al sexo con infantes y púberes se vuelve maestro y hasta ministro que pretende modelar buenas conductas en sus oyentes o el ignorante vengador cobarde usa su enferma compulsión comandando un país represivo, ilegalmente criminalizado.
No hay que oírlos hay que fusilarlos, gritó el heroico y todavía emblemático Che Guevara, modelo para criaturas siglo XXI.
En hebreo antiguo y moderno, mucho del arameo que hablaron Abraham, Moisés, Jesús de Nazareth y otros personajes bíblicos, compasión es rajmanot, y ni siquiera se relaciona con caridad cotidiana ni con la hermosa Pietá, artísticamente famosa Se trata de una condición especial de los apasionados, precisamente aquellos que en ocasiones o de por vida, tienen la sagrada, divina posibilidad de ser auténticos, intensos hasta "comprenderse-comprenderte-comprendernos-comprenderlos", la capacidad de equivocarse y experimentar lo peor para alcanzar la inteligencia emocional, superación profunda de un daño que puede ser genético, impuesto, adquirido o seleccionado. De allí que en el muy sabio castellano ya españolizado y por demás internacional, la palabra proviene de pasión más el prefijo latino "co" que significa literal y efectivamente unirse, compartir, ser pana, compañero, ver-oír-sentir a tu prójimo como si fueras tú mismo, juntarse, colocándote en su lugar y experimentando en esa real o virtual compañía idénticas emociones que puedes entender, disfrutar o sufrir, asimilando a fondo su sensación.
¿Perorata de vieja cacatúa ridícula? ¿Consejos bobos de abuelita? ¿Paja verbal de la que estamos tan hartos los venezolanos de hoy? ¿Predicamento inútil? Puede ser. Pero algo es seguro. Sobre todo actualizando en robo a Jorge Luis Borges, si se conoce la Historia Universal de la Infamia revolucionaria del siglo XX. Quien carece o desconoce la compasión termina destruyendose porque maldad y bondad son energías de igual potencia. No se necesita leer al Freud en librito de bolsillo ni tampoco ser elitesco paciente en el diván psicoanalítico, sino una persona común y corriente que hace esfuerzos por entender y practicar el adjetivo "humano" como urgente necesidad primaria de sobrevivencia decente.
Quienes son humanitarios por naturaleza o adquieren esa cualidad mediante pedagogía casera, escolar o religiosa, tienen el privilegio que permite dominar o encauzar el Tánatos, vocablo griego para esa nuestra mitad oscura salvajemente animal. Y mediante el ejercicio político racional, lógica que regula la conducta colectiva desde principios democráticos inventados por el hombre, coexisten con esa otra mitad, la de Eros, luminosa y creativa.
De éstos precisamente, sí serán los breves pero placenteros reinos de este mundo.
Ilustración: Sophie Taeuber-Arp.
La compasión
No se necesita leer al Freud en librito de bolsillo ni tampoco ser elitesco paciente en el diván psicoanalítico, sino una persona común y corriente que hace esfuerzos por entender y practicar el adjetivo "humano"
ALICIA FREILICH
Nada que ver con lástima mucho menos con intransigentes, lo mismo judíos ortodoxos, católicos del Opus Dei, musulmanes fanáticos o practicantes afines de otras religiones, humildes santos que tantas veces lo son de la boca para afuera y en su vida diaria ejercen como oficiantes de la máxima crueldad en todas sus variantes. Se dan golpes de pecho y lloran suplicantes mientras rezan en sus templos y al salir son politicastros en el sentido total que tiene esta palabra en la actual Venezuela.
Sí amigo lector, ordenan la prisión o muerte lenta de sus adversarios ideológicos y/o víctimas de un odio personal, niegan el perdón y hasta la posibilidad de un beso sinceramente fraterno a quienes lo piden por haber analizado sus errores cometidos en momentos pasionales y por eso ruegan la posibilidad de convertir el rencor en amistad no condicional. Nada. Los santurrones se sirven del resentimiento y el desprecio como herramientas de beneficio inmediato. A veces, improvisados, simulan sus perversiones en forma opuesta y metódica, por ejemplo el adicto al sexo con infantes y púberes se vuelve maestro y hasta ministro que pretende modelar buenas conductas en sus oyentes o el ignorante vengador cobarde usa su enferma compulsión comandando un país represivo, ilegalmente criminalizado.
No hay que oírlos hay que fusilarlos, gritó el heroico y todavía emblemático Che Guevara, modelo para criaturas siglo XXI.
En hebreo antiguo y moderno, mucho del arameo que hablaron Abraham, Moisés, Jesús de Nazareth y otros personajes bíblicos, compasión es rajmanot, y ni siquiera se relaciona con caridad cotidiana ni con la hermosa Pietá, artísticamente famosa Se trata de una condición especial de los apasionados, precisamente aquellos que en ocasiones o de por vida, tienen la sagrada, divina posibilidad de ser auténticos, intensos hasta "comprenderse-comprenderte-comprendernos-comprenderlos", la capacidad de equivocarse y experimentar lo peor para alcanzar la inteligencia emocional, superación profunda de un daño que puede ser genético, impuesto, adquirido o seleccionado. De allí que en el muy sabio castellano ya españolizado y por demás internacional, la palabra proviene de pasión más el prefijo latino "co" que significa literal y efectivamente unirse, compartir, ser pana, compañero, ver-oír-sentir a tu prójimo como si fueras tú mismo, juntarse, colocándote en su lugar y experimentando en esa real o virtual compañía idénticas emociones que puedes entender, disfrutar o sufrir, asimilando a fondo su sensación.
¿Perorata de vieja cacatúa ridícula? ¿Consejos bobos de abuelita? ¿Paja verbal de la que estamos tan hartos los venezolanos de hoy? ¿Predicamento inútil? Puede ser. Pero algo es seguro. Sobre todo actualizando en robo a Jorge Luis Borges, si se conoce la Historia Universal de la Infamia revolucionaria del siglo XX. Quien carece o desconoce la compasión termina destruyendose porque maldad y bondad son energías de igual potencia. No se necesita leer al Freud en librito de bolsillo ni tampoco ser elitesco paciente en el diván psicoanalítico, sino una persona común y corriente que hace esfuerzos por entender y practicar el adjetivo "humano" como urgente necesidad primaria de sobrevivencia decente.
Quienes son humanitarios por naturaleza o adquieren esa cualidad mediante pedagogía casera, escolar o religiosa, tienen el privilegio que permite dominar o encauzar el Tánatos, vocablo griego para esa nuestra mitad oscura salvajemente animal. Y mediante el ejercicio político racional, lógica que regula la conducta colectiva desde principios democráticos inventados por el hombre, coexisten con esa otra mitad, la de Eros, luminosa y creativa.
De éstos precisamente, sí serán los breves pero placenteros reinos de este mundo.
Ilustración: Sophie Taeuber-Arp.
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Santurrones,
Sophie Taeuber-Arp
martes, 24 de julio de 2012
¿CUÁL DE ELLOS?
EL NACIONAL - Lunes 19 de Mayo de 2003 A/8
Un culto nocivo
Rafael Arráiz Lucca
No todo culto, por definición, es nocivo. El culto al amor, al trabajo, a la eficiencia, son entre otros muchos cultos, manifestaciones perfectamente explicables y deseables. El asunto estriba en cuando un culto cruza la frontera de la valoración razonable y se adentra en los terrenos de la devoción acrítica. Entonces sí, estamos en presencia de un culto nocivo, que puede llegar a producir muchísimo daño.
El fundamentalismo surge de un culto acrítico, ya se trate de los fundamentalistas islámicos o de ciertos evangélicos norteamericanos que no admiten lecturas históricas y contextuales de la Biblia, e incurren en disparates tan desproporcionados como los de los islamistas. En el fondo, el ojo de la tormenta de la nocividad del culto nace cuando se pretenden interpretar los textos o las obras como si fuesen intemporales e inamovibles. Cuando el culto se basa en premisas inflexibles, pues lo que deriva de semejantes postulados discurre con violencia, impulsando una ortodoxia que se dedica a sancionar o exterminar herejes. Vieja y harto conocida historia.
Los venezolanos hemos asistido al crecimiento de un culto con distintas aristas. No cabe la menor duda de que la figura de Bolívar forma parte de lo que podríamos llamar “el alma popular”.
Buena parte del pueblo venezolano ha llevado al Libertador a sus altares, al lado de Negro Primero, José Gregorio Hernández, María Lionza y los cumplidores San Onofre y San Antonio, y esto, gústenos o no, es sumamente respetable. Lo que sí merece ser enfrentado es el bolivarianismo como culto acrítico que, por cierto, mucho antes de que Chávez se convirtiera en su Papa, ya campeaba por nuestros fueros de la mano de algunos sacerdotes de la historiografía bolivariana. Señalamos a Chávez hoy como el propagador de un culto, a todas luces dañino, pero se nos olvida que quienes crearon ese culto fueron otros venezolanos, anteriores al accidente de Sabaneta, y que fueron instaurando la infalibilidad de Bolívar y su risible ecumenismo.
Suele decirse que la fecha de nacimiento del culto coincide con la devoción bolivariana de Guzmán Blanco, pero sospecho que ya latía en los años paecistas y monagistas, cuando no había ocurrido su eclosión, pero el vínculo en el imaginario colectivo entre la pasión de Cristo y la de Bolívar venía macerándose.
Esta hipótesis, por supuesto, habría que llevarla a la mesa de disección.
Es precisamente de ese culto del que se ocupa el historiador Germán Carrera Damas en su libro recientemente reeditado, El culto a Bolívar (Alfadil Ediciones, 2003), y escrito durante los años finales de la década de los sesenta. No se le escapa a Carrera, obviamente, que el culto surge de “una necesidad histórica”, pero no por ello deja de señalar los efectos que la pésima administración de “esa necesidad” ha traído para nosotros.
Además, ofrece una taxonomía, no exenta de humor, que se deriva del culto. En la cúspide figuran los “herederos”, seguidos de los “continuadores”, los “exegetas”, los “racionalizadores”, los “patriotas”, los “hastiados” y los “reinvindicadores”, y habría que señalar que todos, sin excepción, constituyen elenco de un mismo fenómeno inconveniente y recurrente:
la interpretación antihistórica de los personajes de la historia, la lectura sin resortes contextuales y críticos de los acontecimientos y personajes acotados por el espacio y el tiempo.
Así como la lista de los que han contribuido a crear el culto a Bolívar es larga y tendida, y sobre todo formada por muchos de nuestros historiadores “oficiales”, ahora respaldados por el sacerdote mayor del culto, también han surgido voces críticas que hacen su trabajo y van horadándolo.
Entre esas voces la de Carrera Damas es una de las primeras, pero también constituye un aporte sustancial el libro de Luis Castro Leiva, De la patria boba a la teología bolivariana, lamentablemente agotado; y los trabajos de Manuel Caballero y de Elías Pino Iturrieta, recogidos en distintas piezas de sus generosas obras.
De modo que si el culto es poderoso, y cuenta con el alimento de un sacerdote mediático de la catadura de Chávez, los analistas del fenómeno son menos, y validos de algo que trabaja a menor velocidad: la interpretación crítica.
No hay que desesperarse, siempre ha sido así: el eslogan, la simplificación, cala de inmediato y va articulando un culto y un mito ascendiendo en un ascensor; el trabajo de los lectores interpretativos sube por las escaleras, pero pisando peldaños de roca, al menos eso queremos creer.
La figura de Bolívar no requiere ser adorada por unos feligreses ni administrada por unos sacerdotes, requiere ser comprendida por quienes están dispuestos a interpretarla y a valorarla en su dimensión histórica.
Los amores sin crítica no son amores, son esclavitudes.
Un culto nocivo
Rafael Arráiz Lucca
No todo culto, por definición, es nocivo. El culto al amor, al trabajo, a la eficiencia, son entre otros muchos cultos, manifestaciones perfectamente explicables y deseables. El asunto estriba en cuando un culto cruza la frontera de la valoración razonable y se adentra en los terrenos de la devoción acrítica. Entonces sí, estamos en presencia de un culto nocivo, que puede llegar a producir muchísimo daño.
El fundamentalismo surge de un culto acrítico, ya se trate de los fundamentalistas islámicos o de ciertos evangélicos norteamericanos que no admiten lecturas históricas y contextuales de la Biblia, e incurren en disparates tan desproporcionados como los de los islamistas. En el fondo, el ojo de la tormenta de la nocividad del culto nace cuando se pretenden interpretar los textos o las obras como si fuesen intemporales e inamovibles. Cuando el culto se basa en premisas inflexibles, pues lo que deriva de semejantes postulados discurre con violencia, impulsando una ortodoxia que se dedica a sancionar o exterminar herejes. Vieja y harto conocida historia.
Los venezolanos hemos asistido al crecimiento de un culto con distintas aristas. No cabe la menor duda de que la figura de Bolívar forma parte de lo que podríamos llamar “el alma popular”.
Buena parte del pueblo venezolano ha llevado al Libertador a sus altares, al lado de Negro Primero, José Gregorio Hernández, María Lionza y los cumplidores San Onofre y San Antonio, y esto, gústenos o no, es sumamente respetable. Lo que sí merece ser enfrentado es el bolivarianismo como culto acrítico que, por cierto, mucho antes de que Chávez se convirtiera en su Papa, ya campeaba por nuestros fueros de la mano de algunos sacerdotes de la historiografía bolivariana. Señalamos a Chávez hoy como el propagador de un culto, a todas luces dañino, pero se nos olvida que quienes crearon ese culto fueron otros venezolanos, anteriores al accidente de Sabaneta, y que fueron instaurando la infalibilidad de Bolívar y su risible ecumenismo.
Suele decirse que la fecha de nacimiento del culto coincide con la devoción bolivariana de Guzmán Blanco, pero sospecho que ya latía en los años paecistas y monagistas, cuando no había ocurrido su eclosión, pero el vínculo en el imaginario colectivo entre la pasión de Cristo y la de Bolívar venía macerándose.
Esta hipótesis, por supuesto, habría que llevarla a la mesa de disección.
Es precisamente de ese culto del que se ocupa el historiador Germán Carrera Damas en su libro recientemente reeditado, El culto a Bolívar (Alfadil Ediciones, 2003), y escrito durante los años finales de la década de los sesenta. No se le escapa a Carrera, obviamente, que el culto surge de “una necesidad histórica”, pero no por ello deja de señalar los efectos que la pésima administración de “esa necesidad” ha traído para nosotros.
Además, ofrece una taxonomía, no exenta de humor, que se deriva del culto. En la cúspide figuran los “herederos”, seguidos de los “continuadores”, los “exegetas”, los “racionalizadores”, los “patriotas”, los “hastiados” y los “reinvindicadores”, y habría que señalar que todos, sin excepción, constituyen elenco de un mismo fenómeno inconveniente y recurrente:
la interpretación antihistórica de los personajes de la historia, la lectura sin resortes contextuales y críticos de los acontecimientos y personajes acotados por el espacio y el tiempo.
Así como la lista de los que han contribuido a crear el culto a Bolívar es larga y tendida, y sobre todo formada por muchos de nuestros historiadores “oficiales”, ahora respaldados por el sacerdote mayor del culto, también han surgido voces críticas que hacen su trabajo y van horadándolo.
Entre esas voces la de Carrera Damas es una de las primeras, pero también constituye un aporte sustancial el libro de Luis Castro Leiva, De la patria boba a la teología bolivariana, lamentablemente agotado; y los trabajos de Manuel Caballero y de Elías Pino Iturrieta, recogidos en distintas piezas de sus generosas obras.
De modo que si el culto es poderoso, y cuenta con el alimento de un sacerdote mediático de la catadura de Chávez, los analistas del fenómeno son menos, y validos de algo que trabaja a menor velocidad: la interpretación crítica.
No hay que desesperarse, siempre ha sido así: el eslogan, la simplificación, cala de inmediato y va articulando un culto y un mito ascendiendo en un ascensor; el trabajo de los lectores interpretativos sube por las escaleras, pero pisando peldaños de roca, al menos eso queremos creer.
La figura de Bolívar no requiere ser adorada por unos feligreses ni administrada por unos sacerdotes, requiere ser comprendida por quienes están dispuestos a interpretarla y a valorarla en su dimensión histórica.
Los amores sin crítica no son amores, son esclavitudes.
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Culto a Bolívar,
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