- Caso Frank William Niehous: "El secuestro como arma política". Resumen, Caracas, nr. 123 del 14/03/1976.
- Alexis Márquez Rodríguez. "Violencia y lenguaje". El Nacional, Caracas, 18/03/90.
- Carlos Díaz Sosa. "Caldera en Londres". El Nacional, 06/02/80.
- Alí Primera lanza su primer LP. Tribuna Popular, Caracas, 25/09/69.
Reproducción: Últimas Noticias, Caracas, lunes30/06/1958.
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viernes, 7 de julio de 2017
domingo, 13 de noviembre de 2016
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Omar Vera, con fotografías de Garrido: "El Encanto, el paseo de la eterna juventud". Élite, Caracas, nr. 1417 del 29/11/1952.
- Alexis Márquez Rodríguez y el vaso con agua. El Nacional, Caracas, 22/12/85.
- José Fabiani Ruíz. "Cuatro etapas en la picaresca". El Nacional, 23/05/48.
- Faitha Nahmens entrevista a Otrova Gomás. El Diario de Caracas, 19/06/83.
- E. C. Otálvora. "Viejo bestiario de la izquierda no renovada". El Universal, Caracas, 22/01/89.
Reproducción: Entre otros, Rómulo Betancourt y Carlos Delgado Chalbaud.Fuente: data traspapelada.
- Alexis Márquez Rodríguez y el vaso con agua. El Nacional, Caracas, 22/12/85.
- José Fabiani Ruíz. "Cuatro etapas en la picaresca". El Nacional, 23/05/48.
- Faitha Nahmens entrevista a Otrova Gomás. El Diario de Caracas, 19/06/83.
- E. C. Otálvora. "Viejo bestiario de la izquierda no renovada". El Universal, Caracas, 22/01/89.
Reproducción: Entre otros, Rómulo Betancourt y Carlos Delgado Chalbaud.Fuente: data traspapelada.
domingo, 6 de noviembre de 2016
domingo, 6 de septiembre de 2015
domingo, 7 de junio de 2015
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Pedro Grases. "Ideas políticas norteamericanas en Hispanoamérica". El Nacional, Caracas, 17/12/1977.
- Alexis Márquez Rodríguez. "La educación de hoy". El Diario de Caracas, 08/01/88.
- Matías Carrasco. "M'hijo el dotol". El Nacional, 07/10/67.
- Salvador de La Plaza y la devaluación. Clarín, Caracas, 15/12/63.
Reproducción: "HOMENAJE POR ANTIGUEDAD. En la residencia particular del Comandante Mario R. Vargas, Ministro de Relacioes Interiores, se efectuó una simpática fiesta con ternera a la criolla para homenajear al señor Pedro Luis Pachecho, funcionario del citado Despacho, quien cumplió veinticinco años al servicio del mismo. El agasajo fue ofrecido por sus compañeros de trabajo en el Ministerio. En la gráfica parecen, el Ministro Vargas, el escritor Joaquín González Elris y Pedro Luis Pacheco". Élite, Caracas, nr. 1.164 del 24/01/1948.
- Alexis Márquez Rodríguez. "La educación de hoy". El Diario de Caracas, 08/01/88.
- Matías Carrasco. "M'hijo el dotol". El Nacional, 07/10/67.
- Salvador de La Plaza y la devaluación. Clarín, Caracas, 15/12/63.
Reproducción: "HOMENAJE POR ANTIGUEDAD. En la residencia particular del Comandante Mario R. Vargas, Ministro de Relacioes Interiores, se efectuó una simpática fiesta con ternera a la criolla para homenajear al señor Pedro Luis Pachecho, funcionario del citado Despacho, quien cumplió veinticinco años al servicio del mismo. El agasajo fue ofrecido por sus compañeros de trabajo en el Ministerio. En la gráfica parecen, el Ministro Vargas, el escritor Joaquín González Elris y Pedro Luis Pacheco". Élite, Caracas, nr. 1.164 del 24/01/1948.
miércoles, 13 de mayo de 2015
REIVINDIVCAR LA PALABRA PÚBLICA

Tributo parlamentario a Alexis
Márquez Rodríguez
Luis Barragán (*)
Señor vicepresidente, colegas
parlamentarios: Hablar de don Alexis Márquez Rodríguez, a quien conocimos
tardíamente y no fue en El Gusano de Luz, sino en el fondo de la librería de Betancourt
(SUMA), trae a colación nuestra experiencia de lectores y, más que de lectores,
nuestra experiencia de compartir a través de la palabra, ideas y emociones,
propósitos y convicciones, tal como él sistemáticamente lo enseñó.
Docente de secundaria que
trajinaba el aula con adolescentes, comprendiéndolos cabalmente, llegó al
recinto universitario para ejercer una larga docencia que el país admira. Y, a
la vez, un investigador insigne, originado en el Instituto Pedagógico de
Caracas, que le entregó una formidable obra al país, sobre el lenguaje, el
empleo de la palabra que enriquece y matiza, fue también – como lo han referido
voceros, en este hemiciclo, que nos precedieron - una autoridad internacionalmente reconocida
sobre un autor de los kilates de don Alejo Carpentier. E, incluso, para 1968,
cuando preparaba su obra, después editada por la Universidad Central, lo digo sin ninguna ironía, hubo una
movilización de la opinión pública para que le fuesen remitidas las fotocopias
de “Ecué-Yamba-O” - vía embajada americana - para culminar así el capítulo que
le faltaba. Obra, por cierto, publicada por la Universidad Central en 1970,
reeditada – no es poca cosa – por Siglo XXI Editores, más tarde por Taurus, que
se inscribe en toda la riqueza del estudio que aportó don Alexis Márquez
Rodríguez a la obra del barroco americano, de don Alejo Carpentier y de – a
veces no la apreciamos suficientemente – esa distinción que hay con lo
real-maravilloso [y el realismo mágico].
La bancada democrática de la
oposición, apoya este Proyecto de Acuerdo, hecho de manera impecable y que
recoge la pluralidad del sentimiento de toda la Asamblea Nacional y todas las
corrientes que la conforman. Y, de igual manera, considera pertinente que
publique no las obras escogidas, sino
todas las obras completas de don Alexis Márquez Rodríguez, como un aporte
necesario de la casa, donde – precisamente- la palabra tiene o debe tener su
mejor domicilio: el parlamento venezolano.
Don Alexis Márquez Rodríguez,
defensor de la palabra, de la palabra pública, de la palabra política, de la
palabra cotidiana, nos invita a reivindicarla frente a la palabra escatológica,
hiriente y descalificadora. Preferimos una democracia llena de riquezas y de
matices, de mil, de cuarenta mil, de cincuenta mil palabras, antes que los
regímenes que nos simplifican en cinco malgastadas consignas. De tal manera
que, al ecólogo del pensamiento, como Alexis Márquez Rodríguez, le rendimos
nuestro tributo y nuestro sentimiento, y la bancada democrática de la oposición
celebra esta feliz coincidencia y este consenso que don Alexis Márquez ha
propiciado.
Nos enseñó mucho, todavía faltan
muchísimas lecciones. Hay que estudiarlo, reflexionarlo, pero no hay mejor
manera de reivindicar a don Alexis Márquez Rodríguez, si no defendemos la
pulcritud, la riqueza, la complejidad y el sentimiento de cada palabra que
profesamos, incluso, en el medio público, en el medio cívico.
(*) Intervención en la sesión
plenaria de la Asamblea Nacional que aprobó por unanimidad el Acuerdo alusivo a
Alexis Márquez Rodríguez, recientemente fallecido (Caracas, 12/05/2015).
domingo, 10 de mayo de 2015
LAS MIRADAS VERBALES

De la brocha gorda del lenguaje
Luis Barragán
“Los sonidos son la garantía del
regreso”
Luisa Etxenike
("El detective de los
sonidos", 2011)
Tenida
como un gigantesco espectáculo para la ocasión, la política venezolana tiene
por clave esencial la del empobrecimiento de la palabra pública. El limitado
cupo de consignas del régimen, reiteradas hasta el hartazgo, oculta una
práctica alejada de la mutua comprensión y el necesario acuerdo que el oficio
implica, por lo que la imposición – a lo sumo – deriva de la deslealtad, la
intriga y la confabulación, frutos de
una ya larga y perversa pedagogía.
El
lenguaje escatológico, maniqueo e hiriente,
naturalmente defensivo por esa perspectiva conspiratorial de la historia
que inspira al poder establecido, no sin retratar su propia descomposición,
tiende – incluso - a contaminarnos
moralmente. Reconocimiento éste que obliga al esfuerzo de devolver a la
ciudadanía toda la riqueza, complejidad y profundidad del debate de sus
asuntos, engañada por la aparente espontaneidad de los actuales gobernantes que
temen a la formalidad de los actos que delaten el esquema enfermizamente
repetido.
Devolución
que es posible con una efectiva separación de los órganos del Poder
Público, la reivindicación del
pluralismo político e ideológico, la libertad e independencia de los medios
sociales de comunicación, la constatación de un liderazgo responsable y
creador. Y es que, con todos los errores, fallas y equívocos, este presente no
es mejor que el pasado más remoto en el que – por ejemplo - hubo un Congreso
que se hizo domicilio natural de la (contra) argumentación, una prensa atenta y
arriesgada, un liderato de profundas y expresivas convicciones, que le
aportaron a la democracia las miles de palabras que requería para sostenerse sobre
una realidad de la que – así - no podía
renegar.
Nuestra
modesta experiencia parlamentaria, nos ha permitido observar - in situ - cuán lejos llega la
simplicidad del verbo trastocado en una suma de interjecciones, pues, con la
salvedad de las muy pocas y opacadas excepciones, la bancada oficialista ha
sido capaz de negar – a modo de ilustración – la terrible situación de
inseguridad personal que sufrimos, con casi 25 mil muertes violentas al año, en
nombre del imperialismo y sus lacayos desestabilizadores. No por casualidad,
las intervenciones en la cámara plena las confinan reglamentariamente a cinco
minutos, algo contrastante con las
décadas anteriores en la que el senador o diputado no tenía más limitación de
tiempo que la autorizada por su capacidad y disposición para razonar: esto es,
contribuir con sus palabras, reforestándonos continuamente de significados y
matices.
En
reciente entrevista digital, sintetizando sus posturas, la novelista donostiarra Luisa Etxenike (http://www.eldiario.es/norte/cultura/cultura-actividad-tiempo-libre-libres_0_380062062.html), ha versado en torno a la ecología
del pensamiento, la democracia de un mil y de 40 mil palabras, la ausencia de
tonalidades, la brocha gorda que pervierte significados. Al recomendar su
lectura, meditamos un poco sobre el deber inaplazable de convertirnos en
detectives de un futuro que lo será si es capaz de recoger el esplendor sonoro
de un pasado que, por ironía, a pesar de la tal revolución en marcha, es mejor
que el presente.
Concluyendo
este texto, nos enteramos de la lamentable muerte de Alexis Márquez
Rodríguez. Un régimen de las
características del que prevalece Venezuela, desde su inicial instante,
torcedor del lenguaje y demoledor de sus más genuinos significados, no soportaba ni soportará el más modesto
trazo del insigne investigador y luminoso articulista, cuyo cariño hacia el
pueblo cubano – por cierto – quedó testimoniado por su extraordinario
tratamiento de la obra de Alejo Carpentier.
Docente
universitario de larga trayectoria, reivindicaba y defendía los puentes de la
palabra que trenzan la cotidianidad, facilitando el tránsito para despecho del
poder establecido que intenta aún – día a día – dinamitarlos. Ecólogo del
pensamiento, deja un legado urgido de acrecentar para la fundamental tarea de
entendernos.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/05/de-la-brocha-gorda-del-lenguaje/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1088442
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/05/de-la-brocha-gorda-del-lenguaje/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1088442
Fotografías: AMR, tomada de la red. LB, Torre de David (Caracas, 2015). Julio Pacheco Rivas, intervención.
LA DESESCOLARIZACIÓN GALOPANTE DEL PODER QUE HABLA
"El lenguaje de Nicolás Maduro da risa"
"El Gobierno usa los eufemismos como una manera de tapar la realidad, de mostrarla distinta" "Los términos genéricos están para ahorrar tiempo. Eso del ministro y la ministra es una estupidez"
"El lenguaje de Nicolás Maduro da risa"
Alexis Márquez Rodríguez, ha dedicado gran parte de su vida a la enseñanza del buen uso del lenguaje. El otrora director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela lamenta hoy el maltrato que sufre el idioma en cada alocución gubernamental. Atrás quedaron los oradores políticos que utilizaban un discurso propio del siglo XIX. El miembro de la Academia Venezolana de la Lengua asegura que el Presidente Nicolás Maduro es la figura más representativa de esa ignorancia que existe en el habla del país.
-Maduro le propuso a la Real Academia Española, medio en broma, medio en serio, la aceptación de la palabra "millonas", porque era bonita. ¿Desde el Gobierno mismo también se maltrata el lenguaje?
-La principal fuente de disparate en lenguaje en Venezuela es el presidente Maduro. Y, en general, todo el Gobierno. El lenguaje que emplea el señor Maduro es motivo de risa y de burlas en todas partes. Son disparates que tienen su fuente en la ignorancia del lenguaje. No conocer el idioma trae como consecuencia su mal empleo. Pero hay otra fuente, que es el uso de expresiones que no tienen ningún sentido en el contexto. Eso de que el Presidente, en una reunión oficial con un conjunto de diplomáticos, diga que ellos van a ser recibidos cariñosamente es un absurdo. Es una palabra que no tiene cabida en el lenguaje diplomático. La impresión que tengo es que ni Chávez ni Maduro tenían o tienen noción de la dignidad del cargo que representan. El Presidente de la República no puede hacer ciertas cosas mientras esté en el mando. Eso mismo pasa con el lenguaje. Tiene que corresponder a lo que se llama la cortesía diplomática. Maduro emplea el lenguaje que le da la gana sin ningún sentido.
-Hay otro tema: el uso del género. ¿La necesidad de darle visibilidad a la mujer no transgrede ciertas normas gramaticales? ¿El Estado aboga por la inclusión en detrimento del idioma?
-Ese es otro disparate que ha sido criticado en el mundo, que ha tenido condenatorias precisas de la Real Academia misma. En el idioma castellano existen los llamados términos genéricos que son las palabras que se pueden usar para los dos sexos. Hay genéricos masculinos y femeninos. Por ejemplo: la gente es femenino y significa hombres y mujeres. Y así muchos. Los genéricos están para ahorrar tiempo y lenguaje. Esos términos son desconocidos por el Gobierno actual de Venezuela, que ha puesto de moda la duplicación de las palabras. El diputado y la diputada, el ministro y la ministra. Eso es una estupidez y una necedad. Quiero que lo escribas así. En el caso de Maduro hay cierto prurito de aparecer como respaldando a la mujer, pero es más ignorancia de la lengua.
-Algunos dirán que no es deterioro ni maltrato sino adaptación a los nuevos tiempos. ¿No es una actitud muy clásica rechazar también ciertos neologismos?
-Yo no lo creo tanto así. Lo decisivo es la ignorancia. El mal empleo de los géneros.
-Nicolás Maduro anunció la reestructuración de su gabinete de Gobierno: ahora todo es más militar. ¿Eso influye en el habla del venezolano? ¿Cómo nos afecta la militarización del lenguaje?
-La política y la militarización influye en la cultura. Y particularmente en el lenguaje. El lenguaje que impuso Chávez influye en la actitud cultural de los venezolanos. Hoy día se nota mucho el desenfado al hablar, el no cuidar la expresión, el utilizar mal ciertos términos, algunas palabras como escuálido. Ha habido un deterioro del lenguaje en general producido o influido un poco por ese lenguaje oficial.
-Francisco Javier Pérez, director de la Academia Venezolana de la Lengua, dijo que hoy no existen oradores en la vida pública. ¿El venezolano no tiene ejemplos para seguir entre las personalidades políticas?
-No es que no existen. Lo que pasa es que la oratoria política hoy es diferente a la de antes. Esto ocurre con cierta periodicidad. Yo recuerdo que cuando triunfó la revolución cubana se puso de moda la oratoria de Fidel Castro, que se mantuvo durante mucho tiempo. Aquí en Venezuela hubo una época en la que los grandes oradores aplicaban un discurso lleno de expresiones sonantes. Hoy día hay oradores de otro tipo, más parlamentarios, más de conferencias que otra cosa.
-El uso de eufemismos impuestos desde el Gobierno también es una constante: no hay presos sino privados de libertad; no hay negros sino afrodescendientes, no hay devaluación sino aumento de la tasa de cambio. ¿El fenómeno no atenta contra el uso apropiado del idioma?
-El problema es que las cosas van cambiando. Esa tendencia no es de este Gobierno. El eufemismo es tradicional. Lo que sí es que el chavismo ha desarrollado esa capacidad de cambiar el nombre de las cosas. En el caso del Gobierno hay una tendencia a usar los eufemismos como una manera de tapar la realidad, de mostrarla distinta a lo que en verdad es.
-Hay ciertos medios que apoyan el uso que le dan los representantes del Gobierno al lenguaje. ¿La prensa también es responsable del deterioro del idioma?
-Los medios no son responsables. Los medios reflejan la realidad circundante. Los periódicos emplean términos que se oyen en boca de diputados. Los medios no inventan, simplemente reflejan la realidad. Desde luego que hay un aporte. El periodista de gran calidad tiende a innovar en el lenguaje dentro de ciertos límites, pero generalmente se emplea la imitación del lenguaje circundante, que está en la sociedad. Hay una tendencia a echarle la culpa a los medios, pero en realidad no es así. Cuando la realidad cambie, cambiará el lenguaje de los medios.
-Pero cada vez hay más medios que apuestan por lo popular. ¿Reproducción del habla cotidiana o, al contrario, otra forma de maltrato?
-Hay periódicos que tienden mucho a eso intencionalmente. Tú ves titulares gramaticalmente disparatados porque de esa forma habla el pueblo. Hay una tendencia a comunicarse con el pueblo, y para hacerlo hay que utilizar un lenguaje que permita entenderlo, pero muchas veces no llega a la imitación del lenguaje popular.
-La televisión también influye mucho en eso.
-Sí, claro. El periodismo televisivo es una fuente.
-Y la no periodística. Ahí está el Miss Venezuela, que viene pronto. ¿Esos errores que suelen cometer las misses también es un reflejo de lo que pasa afuera?
-Ya eso se trata de ignorancia, de la formación de las muchachas que van a los concursos. Ha tratado de corregirse, se contratan profesores, pero muchas veces las mujeres que van a esos certámenes no tienen una formación intelectual.
-¿Y que le queda por hacer al ciudadano común frente a ese léxico que contraviene las reglas o normas del correcto uso del castellano?
-No puede hacer nada el ciudadano común porque el problema es general. El castellano que se habla en Venezuela es deficiente, pero no tanto. Lo que ocurre es que la escuela no cumple bien su función educativa en materia de lenguaje. Enseñarle gramática a los niños es un error. La gramática es una ciencia muy compleja para la mente de un niño (...) La enseñanza debe ser práctica. Los programas oficiales están plagados de gramaticalismos.
Fuente:
http://www.taringa.net/posts/noticias/17216613/El-lenguaje-de-Nicolas-Maduro-da-risa.html
Fotografías: Tomadas del muro facebookeano de Alexis Márquez Rodríguez (https://www.facebook.com/profile.php?id=1260308788&fref=ts): AMR, Jon Aizpúrua e Imma Sebastiano González.
"El Gobierno usa los eufemismos como una manera de tapar la realidad, de mostrarla distinta" "Los términos genéricos están para ahorrar tiempo. Eso del ministro y la ministra es una estupidez"
"El lenguaje de Nicolás Maduro da risa"
Alexis Márquez Rodríguez, ha dedicado gran parte de su vida a la enseñanza del buen uso del lenguaje. El otrora director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela lamenta hoy el maltrato que sufre el idioma en cada alocución gubernamental. Atrás quedaron los oradores políticos que utilizaban un discurso propio del siglo XIX. El miembro de la Academia Venezolana de la Lengua asegura que el Presidente Nicolás Maduro es la figura más representativa de esa ignorancia que existe en el habla del país.
-Maduro le propuso a la Real Academia Española, medio en broma, medio en serio, la aceptación de la palabra "millonas", porque era bonita. ¿Desde el Gobierno mismo también se maltrata el lenguaje?
-La principal fuente de disparate en lenguaje en Venezuela es el presidente Maduro. Y, en general, todo el Gobierno. El lenguaje que emplea el señor Maduro es motivo de risa y de burlas en todas partes. Son disparates que tienen su fuente en la ignorancia del lenguaje. No conocer el idioma trae como consecuencia su mal empleo. Pero hay otra fuente, que es el uso de expresiones que no tienen ningún sentido en el contexto. Eso de que el Presidente, en una reunión oficial con un conjunto de diplomáticos, diga que ellos van a ser recibidos cariñosamente es un absurdo. Es una palabra que no tiene cabida en el lenguaje diplomático. La impresión que tengo es que ni Chávez ni Maduro tenían o tienen noción de la dignidad del cargo que representan. El Presidente de la República no puede hacer ciertas cosas mientras esté en el mando. Eso mismo pasa con el lenguaje. Tiene que corresponder a lo que se llama la cortesía diplomática. Maduro emplea el lenguaje que le da la gana sin ningún sentido.
-Hay otro tema: el uso del género. ¿La necesidad de darle visibilidad a la mujer no transgrede ciertas normas gramaticales? ¿El Estado aboga por la inclusión en detrimento del idioma?
-Ese es otro disparate que ha sido criticado en el mundo, que ha tenido condenatorias precisas de la Real Academia misma. En el idioma castellano existen los llamados términos genéricos que son las palabras que se pueden usar para los dos sexos. Hay genéricos masculinos y femeninos. Por ejemplo: la gente es femenino y significa hombres y mujeres. Y así muchos. Los genéricos están para ahorrar tiempo y lenguaje. Esos términos son desconocidos por el Gobierno actual de Venezuela, que ha puesto de moda la duplicación de las palabras. El diputado y la diputada, el ministro y la ministra. Eso es una estupidez y una necedad. Quiero que lo escribas así. En el caso de Maduro hay cierto prurito de aparecer como respaldando a la mujer, pero es más ignorancia de la lengua.
-Algunos dirán que no es deterioro ni maltrato sino adaptación a los nuevos tiempos. ¿No es una actitud muy clásica rechazar también ciertos neologismos?
-Yo no lo creo tanto así. Lo decisivo es la ignorancia. El mal empleo de los géneros.
-Nicolás Maduro anunció la reestructuración de su gabinete de Gobierno: ahora todo es más militar. ¿Eso influye en el habla del venezolano? ¿Cómo nos afecta la militarización del lenguaje?
-La política y la militarización influye en la cultura. Y particularmente en el lenguaje. El lenguaje que impuso Chávez influye en la actitud cultural de los venezolanos. Hoy día se nota mucho el desenfado al hablar, el no cuidar la expresión, el utilizar mal ciertos términos, algunas palabras como escuálido. Ha habido un deterioro del lenguaje en general producido o influido un poco por ese lenguaje oficial.
-Francisco Javier Pérez, director de la Academia Venezolana de la Lengua, dijo que hoy no existen oradores en la vida pública. ¿El venezolano no tiene ejemplos para seguir entre las personalidades políticas?
-No es que no existen. Lo que pasa es que la oratoria política hoy es diferente a la de antes. Esto ocurre con cierta periodicidad. Yo recuerdo que cuando triunfó la revolución cubana se puso de moda la oratoria de Fidel Castro, que se mantuvo durante mucho tiempo. Aquí en Venezuela hubo una época en la que los grandes oradores aplicaban un discurso lleno de expresiones sonantes. Hoy día hay oradores de otro tipo, más parlamentarios, más de conferencias que otra cosa.
-El uso de eufemismos impuestos desde el Gobierno también es una constante: no hay presos sino privados de libertad; no hay negros sino afrodescendientes, no hay devaluación sino aumento de la tasa de cambio. ¿El fenómeno no atenta contra el uso apropiado del idioma?
-El problema es que las cosas van cambiando. Esa tendencia no es de este Gobierno. El eufemismo es tradicional. Lo que sí es que el chavismo ha desarrollado esa capacidad de cambiar el nombre de las cosas. En el caso del Gobierno hay una tendencia a usar los eufemismos como una manera de tapar la realidad, de mostrarla distinta a lo que en verdad es.
-Hay ciertos medios que apoyan el uso que le dan los representantes del Gobierno al lenguaje. ¿La prensa también es responsable del deterioro del idioma?
-Los medios no son responsables. Los medios reflejan la realidad circundante. Los periódicos emplean términos que se oyen en boca de diputados. Los medios no inventan, simplemente reflejan la realidad. Desde luego que hay un aporte. El periodista de gran calidad tiende a innovar en el lenguaje dentro de ciertos límites, pero generalmente se emplea la imitación del lenguaje circundante, que está en la sociedad. Hay una tendencia a echarle la culpa a los medios, pero en realidad no es así. Cuando la realidad cambie, cambiará el lenguaje de los medios.
-Pero cada vez hay más medios que apuestan por lo popular. ¿Reproducción del habla cotidiana o, al contrario, otra forma de maltrato?
-Hay periódicos que tienden mucho a eso intencionalmente. Tú ves titulares gramaticalmente disparatados porque de esa forma habla el pueblo. Hay una tendencia a comunicarse con el pueblo, y para hacerlo hay que utilizar un lenguaje que permita entenderlo, pero muchas veces no llega a la imitación del lenguaje popular.
-La televisión también influye mucho en eso.
-Sí, claro. El periodismo televisivo es una fuente.
-Y la no periodística. Ahí está el Miss Venezuela, que viene pronto. ¿Esos errores que suelen cometer las misses también es un reflejo de lo que pasa afuera?
-Ya eso se trata de ignorancia, de la formación de las muchachas que van a los concursos. Ha tratado de corregirse, se contratan profesores, pero muchas veces las mujeres que van a esos certámenes no tienen una formación intelectual.
-¿Y que le queda por hacer al ciudadano común frente a ese léxico que contraviene las reglas o normas del correcto uso del castellano?
-No puede hacer nada el ciudadano común porque el problema es general. El castellano que se habla en Venezuela es deficiente, pero no tanto. Lo que ocurre es que la escuela no cumple bien su función educativa en materia de lenguaje. Enseñarle gramática a los niños es un error. La gramática es una ciencia muy compleja para la mente de un niño (...) La enseñanza debe ser práctica. Los programas oficiales están plagados de gramaticalismos.
Fuente:
http://www.taringa.net/posts/noticias/17216613/El-lenguaje-de-Nicolas-Maduro-da-risa.html
Fotografías: Tomadas del muro facebookeano de Alexis Márquez Rodríguez (https://www.facebook.com/profile.php?id=1260308788&fref=ts): AMR, Jon Aizpúrua e Imma Sebastiano González.
sábado, 21 de junio de 2014
IMPRESCINDIBLE
EL NACIONAL, Caracas, 6 de marzo de 1998
Cuenta de Libros
La historia de Venezuela en orden alfabético
Alexis Márquez Rodríguez
La Fundación Polar ha puesto en circulación la segunda edición de su Diccionario de Historia de Venezuela . Esta vez la dirección del equipo editor de la obra ha estado encomendada a Manuel Rodríguez Campos, historiador, economista y docente universitario muy distinguido y respetado. Pero, aunque se trata de una edición corregida, aumentada y puesta al día, hasta el punto de tener cuatro gruesos tomos, en lugar de los tres de la primera, inevitablemente esta obra, que no vacilamos en calificar de monumental en su género, nos impone el recuerdo entrañable del profesor Manuel Pérez Vila, quien dirigió desde el comienzo el proyecto y la realización del Diccionario, en un arduo trabajo que culminó con la aparición de la primera edición, en 1989. Desde luego que evocar en este caso a Pérez Vila no significa olvidar ni pasar por alto al vasto equipo de trabajo que él coordinó sabiamente. Se trata sólo de reconocer el mérito de quien ya no nos acompaña en el mundo, y cuyo nombre evocamos, además, por sí, y porque resume el de los muchos que con él colaboraron en la primera edición.
Lo mismo diremos de la mención de Manuel Rodríguez Campos como director del equipo en esta segunda edición. Aun cuando se trata de una nueva edición sobre la base de la anterior, su ampliación, corrección y revisión supone un trabajo casi tan arduo como el primero, en el cual debieron trabajar muchas personas a quienes es imposible mencionar individualmente, por lo que el nombre de Rodríguez Campos viene también a servirnos de cobertura de todos ellos.
Esta nueva edición contiene 4.176 entradas, 390 más que las 3.786 de la primera. Además de las nuevas, 323 de las anteriores fueron actualizadas. Todo lo cual ocupó a un total de 434 colaboradores, autores de los artículos que en definitiva forman ahora el Diccionario.
La importancia y la utilidad de esta obra está fuera de toda duda. Es, en primer lugar, un instrumento inapreciable de trabajo, no sólo, y quizás no tanto para los historiadores, sino en general para todos los investigadores que tienen a Venezuela como tema fundamental de sus pesquisas, cualesquiera que sean sus propósitos y su interés específico. Los periodistas, por ejemplo, especialmente los de las fuentes política, sindical, económica, cultural; pero también, pongamos por caso, los de la fuente deportiva, pues en el Diccionario aparecen las biografías de los deportistas más destacados en la historia venezolana, como pudieran ser Alejandro Carrasquel, Simón Chávez (el ``Pollo de la Palmita''), Teo Capriles o los hermanos César y Curro Girón.
Lo mismo cabe decir de los historiadores y críticos de la literatura o de las diversas ramas de las bellas artes, de quienes investigan en el ámbito de la religión, de la música popular (el que desee conocer, por ejemplo, la vida de Billo Frómeta o de Alfredo Sadel), los políticos en general, los profesionales de todas las especialidades, etc.
Pero ahí no queda eso. Este Diccionario está concebido y realizado no sólo dentro de un esquema riguroso de carácter técnico y científico, con sujeción a una serie de normas y principios conceptuales y metodológicos que son el producto de largos estudios y de consideraciones teóricas, sino que es también una obra de lectura amena, además de sumamente ilustrativa. De modo que cualquiera puede leer en sus páginas con la seguridad de que la lectura le dará un gran gozo, al mismo tiempo que le enseñará mucho acerca de la historia del país, entendiendo el concepto de historia no como el simple recuento de lo que ha ocurrido en nuestro territorio desde su descubrimiento, en 1498, hasta el presente, sino más bien como una gran síntesis de lo que en suma es Venezuela, de lo que en resumen somos todos, sus habitantes, nuestras tradiciones, nuestros valores esenciales, el sentido específico y vivaz de nuestra cultura.
E- Mail: alemar( a) telcel . net . ve
Cuenta de Libros
La historia de Venezuela en orden alfabético
Alexis Márquez Rodríguez
La Fundación Polar ha puesto en circulación la segunda edición de su Diccionario de Historia de Venezuela . Esta vez la dirección del equipo editor de la obra ha estado encomendada a Manuel Rodríguez Campos, historiador, economista y docente universitario muy distinguido y respetado. Pero, aunque se trata de una edición corregida, aumentada y puesta al día, hasta el punto de tener cuatro gruesos tomos, en lugar de los tres de la primera, inevitablemente esta obra, que no vacilamos en calificar de monumental en su género, nos impone el recuerdo entrañable del profesor Manuel Pérez Vila, quien dirigió desde el comienzo el proyecto y la realización del Diccionario, en un arduo trabajo que culminó con la aparición de la primera edición, en 1989. Desde luego que evocar en este caso a Pérez Vila no significa olvidar ni pasar por alto al vasto equipo de trabajo que él coordinó sabiamente. Se trata sólo de reconocer el mérito de quien ya no nos acompaña en el mundo, y cuyo nombre evocamos, además, por sí, y porque resume el de los muchos que con él colaboraron en la primera edición.
Lo mismo diremos de la mención de Manuel Rodríguez Campos como director del equipo en esta segunda edición. Aun cuando se trata de una nueva edición sobre la base de la anterior, su ampliación, corrección y revisión supone un trabajo casi tan arduo como el primero, en el cual debieron trabajar muchas personas a quienes es imposible mencionar individualmente, por lo que el nombre de Rodríguez Campos viene también a servirnos de cobertura de todos ellos.
Esta nueva edición contiene 4.176 entradas, 390 más que las 3.786 de la primera. Además de las nuevas, 323 de las anteriores fueron actualizadas. Todo lo cual ocupó a un total de 434 colaboradores, autores de los artículos que en definitiva forman ahora el Diccionario.
La importancia y la utilidad de esta obra está fuera de toda duda. Es, en primer lugar, un instrumento inapreciable de trabajo, no sólo, y quizás no tanto para los historiadores, sino en general para todos los investigadores que tienen a Venezuela como tema fundamental de sus pesquisas, cualesquiera que sean sus propósitos y su interés específico. Los periodistas, por ejemplo, especialmente los de las fuentes política, sindical, económica, cultural; pero también, pongamos por caso, los de la fuente deportiva, pues en el Diccionario aparecen las biografías de los deportistas más destacados en la historia venezolana, como pudieran ser Alejandro Carrasquel, Simón Chávez (el ``Pollo de la Palmita''), Teo Capriles o los hermanos César y Curro Girón.
Lo mismo cabe decir de los historiadores y críticos de la literatura o de las diversas ramas de las bellas artes, de quienes investigan en el ámbito de la religión, de la música popular (el que desee conocer, por ejemplo, la vida de Billo Frómeta o de Alfredo Sadel), los políticos en general, los profesionales de todas las especialidades, etc.
Pero ahí no queda eso. Este Diccionario está concebido y realizado no sólo dentro de un esquema riguroso de carácter técnico y científico, con sujeción a una serie de normas y principios conceptuales y metodológicos que son el producto de largos estudios y de consideraciones teóricas, sino que es también una obra de lectura amena, además de sumamente ilustrativa. De modo que cualquiera puede leer en sus páginas con la seguridad de que la lectura le dará un gran gozo, al mismo tiempo que le enseñará mucho acerca de la historia del país, entendiendo el concepto de historia no como el simple recuento de lo que ha ocurrido en nuestro territorio desde su descubrimiento, en 1498, hasta el presente, sino más bien como una gran síntesis de lo que en suma es Venezuela, de lo que en resumen somos todos, sus habitantes, nuestras tradiciones, nuestros valores esenciales, el sentido específico y vivaz de nuestra cultura.
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sábado, 5 de abril de 2014
PENDOLISTA
EL NACIONAL - Domingo 02 de Febrero de 2014 Papel Literario/6
La escribana del viento
ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ
I Ana Teresa Torres (1945) es un caso muy especial en la literatura venezolana. Desde la publicación de su primera novela, El exilio del tiempo, en 1990, ella ha asumido su condición de escritora con un criterio que bien pudiéramos calificar de profesional. Lo cual, además, supone también un compromiso. Ana Teresa es psicóloga activa, con especialización en psicoanálisis. Pero su obra literaria está por encima de todo, y es lo que la identifica tanto dentro como fuera del país. Con el agregado de que su ejercicio de escritora no está sólo en sus obras, pues ella, al par que escribe sus novelas y cultiva otros géneros, también vive la literatura, literalmente hablando.
Ana Teresa Torres es, así, en cierto modo, un caso único en la historia de nuestra literatura.
Suele comparársela con Teresa de la Parra. La comparación es válida, en cuanto a la calidad e importancia de la obra literaria. Sin embargo, la muerte condenó a Teresa a una obra cuantitativamente muy reducida, limitada en lo esencial a dos novelas excepcionales y algún cuento, más una que otra carta o conferencia de agudo contenido literario. Imposible saber si, de haber vivido más tiempo, hubiese asumido el oficio literario más allá de escribir "porque se fastidiaba".
Por otra parte, al margen de lo extraordinario de la calidad de su obra, no parece que Teresa de la Parra hubiese tenido de la literatura un sentido profesional como el de Ana Teresa Torres, mucho más allá de una afición respaldada por una inteligencia y una sensibilidad excepcionales, independientemente de que con el tiempo hubiese podido adquirirlo. Sea como sea, siempre quedará la duda sobre si aquello de que "escribía porque se fastidiaba" refleja una situación real o es una frase más, atractiva por ingeniosa. En el caso de Ana Teresa Torres es obvio que nunca escribe para conjurar el fastidio.
II Ana Teresa Torres se inicia, como novelista, dentro del cerco de la novela histórica.
Sus dos primeras novelas, El exilio del tiempo (1990) y Doña Inés contra el olvido (1992), tratan temas del pasado venezolano y se basan en sucesos reales del período colonial. No fue un hecho casual, sino una escogencia deliberada, como ella misma lo ha confesado más de una vez, al advertir que su propósito fue "volver a los orígenes, a los tiempos de la fundación, a los innegables momentos en que todo, como el nacimiento de un ser, parece posible; a ese instante primigenio en que predomina la utopía".
Pronto Ana Teresa dejó a un lado la novela histórica. Desde el principio su producción literaria fue intensa. Sucesivamente fueron apareciendo sus novelas: La favorita del Señor (1993), Vagas desapariciones (1995), Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin (1999), Malena de cinco mundos (2000), El corazón del otro (2004), Nocturama (2006), Historia del continente oscuro (2007), La fascinación de la víctima (2008)... Ninguna de ellas responde al esquema de la novela histórica, aunque de hecho en algunas, si no en todas, siempre está presente algún elemento rescatado de la historia.
Afirmar que "dejó a un lado la novela histórica" no pasa de ser un decir. Ahora Ana Teresa nos sorprende con una nueva novela enmarcada dentro del esquema de las dos primeras, es decir, dentro del concepto de la novela histórica: La escribana del viento (2013). Es más, la autora señala expresamente que durante todo el tiempo transcurrido desde sus primeras novelas estuvo inmersa en el trasfondo histórico de esta, para la cual realizó una vasta y admirable investigación más propia de un historiador que de un novelista. Y advierte, además, que la tardanza de dos décadas en escribir y publicar esta nueva novela se debió a diversos factores, y de ninguna manera a desinterés por los temas históricos.
Se registra, además, en la contraportada de la novela que esta cierra "la trilogía histórica iniciada con El exilio del tiempo y continuada con Doña Inés contra el olvido". Aparte de que no estoy muy convencido de que se trate propiamente de una trilogía, esta observación parece indicar que con La escribana del viento sí hay la disposición de la autora de abandonar la temática histórica como fuente de sus novelas.
De lo cual, igualmente, también tengo mis dudas.
Siendo, pues, La escribana del viento una novela histórica, como lo son también El exilio del tiempo y Doña Inés contra el olvido, aquella no se parece a las otras dos, salvo en el hecho de que las tres narran acontecimientos del pasado histórico colonial venezolano. El tratamiento literario del suceso histórico, su novelización, es el mismo en las dos primeras, pero muy distinto en la última.
La misma novelista lo admite y señala la razón de ello. Al referirse, en la propia novela, a los casi veinte años que transcurrieron entre el momento en que concibe la obra y su realización final, dice: "me contenta que haya sido así porque ese tiempo me permitió entender la narración de otra manera que la que hubiera seguido entonces (...)" (p. 377).
La diferencia más notoria entre aquellas dos primeras novelas y esta tercera reside, no obstante, más que todo en el estilo. La estructura narrativa de La escribana del viento es muy novedosa dentro de la novela venezolana y totalmente distinta de las de las otras novelas de la autora. Se trata de una historia muy compleja, formada por varias historias parciales. Cada una de estas, además, es contada por un narrador distinto, de modo que a veces hallamos unos mismos acontecimientos narrados por diversos protagonistas, cada uno en función de sus intereses particulares y de su propia visión de los hechos.
Hay, no obstante, en esta novela un personaje central que, aunque no aparece en la totalidad del relato, es, de hecho, el personaje principal, en la medida en que es él, sus ejecutorias, el principal factor de unidad de la narración. Se trata de un personaje que ha dado mucho que hablar en la historia colonial venezolana, fray Mauro de Tovar, obispo de Caracas (1640-1654) y tema de agudas controversias entre los historiadores, aunque inclinándose la balanza hacia los detractores y críticos de sus actuaciones, signadas, según la mayoría de los estudiosos, por la perversidad y la obsesión casi patológica, si no patológica del todo, puesta en el ejercicio de su ministerio eclesiástico. Es un personaje de tales características que aun hoy, a más de trescientos años de haber vivido, sigue despertando interés y polémicas entre los historiadores y demás estudiosos de nuestro pasado, como lo prueba, precisamente, esta misma novela, además de los numerosos trabajos historiográficos que la novelista cita en ella, y que fueron fuente sustancial en su investigación para la composición de esta.
La autora, además, no vacila en tomar partido ante el personaje, y sin reticencia confiesa: "El lector habrá comprendido que no le dispenso al obispo muchas simpatías" (p. 380).
La novela narra unos sucesos ocurridos en Caracas a mediados del siglo XVII, cuando el obispo fray Mauro de Tovar la emprendió con saña inaudita contra una familia caraqueña a la cual acusaba de varios delitos graves, entre ellos de una relación incestuosa entre uno de los personajes más destacados y su joven hermana materna, de la cual los restantes familiares y allegados acusados habrían sido cómplices o encubridores. La autora pone énfasis en mostrar, a veces con descarnado patetismo, las atrocidades conque el insano prelado pretendía estar castigando aquellos crímenes, incluso las horribles torturas que eran lícitas en aquella época, y que en ocasiones el religioso, a despecho de su condición de tal, aplicaba personalmente.
Interesa también a la autora, al narrar estos acontecimientos, destacar cómo estos episodios ilustran el hecho histórico del enfrentamiento que durante largos períodos de la historia colonial se produjo entre el poder civil y político, representado sobre todo por la Real Audiencia de Santo Domingo, y el poder eclesiástico. Sin embargo, la autora, al hacer estos planteamientos, se cuidó mucho de no enturbiar su condición de novelista con desviaciones más propias del historiador.
La novela transcurre en diversos escenarios. La mayor parte de lo episodios narrados ocurren en Caracas. Pero otros se ambientan en La Guaira, Coro, la península de Paraguaná y la isla de Santo Domingo.
III Una auténtica novedad de esta novela radica en que la autora agrega al texto un capítulo final, que de hecho no pertenece al relato, sino que es una nota explicativa, sumamente útil y esclarecedora, acerca de cómo produjo la novela, desde su concepción inicial hasta su escritura y publicación.
La novela propiamente tiene siete capítulos. Cada capítulo a su vez se divide en secciones.
Son, en total, cuarenta y tres secciones, entre testimonios, confesiones, cartas, memoriales y resoluciones. Pero, como ya dije, la novelista agrega un texto titulado "Testimonio de la autora", señalado como el capítulo octavo, y de ese modo se registra en el índice de la obra, sin haber sido exactamente así. Se trata, sin duda, de un juego literario de la autora que no deja de resultar interesante.
Particular interés tiene en esta novela el manejo del lenguaje. La autora se esmera en relatar los hechos en un lenguaje fácilmente comprensible por el lector de hoy, para quien, obviamente, la novela fue escrita. Pero al mismo tiempo logra darle a ese lenguaje un empaque que lo asemeja al lenguaje de la época, sin ser este propiamente, que de serlo sería incomprensible para el lector actual.
Donde sí guarda fidelidad la novelista a la realidad histórica es en lo tocante al ambiente de la época. Así lo señala ella misma de modo expreso: "En lo que sí he querido mantenerme lo más fielmente posible cerca de los hechos es en el escenario de la época, porque no pueden comprenderse ni el argumento de la novela ni las acciones de los personajes sino dentro de la Venezuela de entonces; en sus espacios y tiempos; sus leyes, costumbres y valores; sus circunstancias y sus ideas; sus estructuras de casta y sus enfrentamientos con el poder metropolitano, enmarcados en el orden religioso y monárquico de la sociedad hispánica" (p. 381).
Es importante advertir que esta novela narra hechos que realmente ocurrieron en la Venezuela colonial. De allí su calificación como novela histórica. Este género de novela invariablemente plantea el problema de que cierto tipo de lector, que no comprende ni valora tal carácter de novela, pretende leerla como si se tratase de un libro de historia, y se erige en juez calificador de la veracidad o no del texto leído. No es función del novelista la reconstrucción arqueológica de los hechos históricos en los cuales se inspira. Por tanto, si en la novela hay fidelidad o no a esos hechos es irrelevante. En todo caso, la novela, per se, es una obra de ficción. Esta puede consistir en narrar sucesos enteramente inventados o imaginados por el novelista, pero también en la muy personal interpretación de los hechos históricos que sirven de fuente primordial del relato novelesco. Este último es el caso de la novela histórica, y tal es el comportamiento de Ana Teresa Torres en esta novela. Ella es enfática en distinguir la función del novelista, sobre todo el que se ubica dentro de la novela histórica, y el historiador. Esto lo percibe el lector avisado en la lectura misma del texto, pero así lo advierte, además, la propia novelista más de una vez.
Desde luego que, en tanto que novelista, Ana Teresa practica la licencia de apelar a su imaginación, bien para suplir datos y detalles que las fuentes históricas no le dan, bien para interpretar, en razón de su interés de novelis
ta, determinados hechos históricos, sucesos y personajes por igual.
Como ya lo he insinuado, el interés de Ana Teresa Torres por la historia como fuente de sus novelas no es casual ni caprichoso. Se trata, más bien, de un razonado y fundamental sentido de lo histórico como referencia del pasado, en función del presente y del futuro.
Las palabras finales de la nota ofrecida como Capítulo VIII de la novela son explícitas y ahuyentan toda duda: "Esta novela mira hacia aquellos venezolanos desde la representación que de ellos podemos tener hoy, con el propósito de concederle densidad narrativa a un pequeño, pero no por eso menos dramático fragmento de nuestro pasado" (p. 383).
La escribana del viento
ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ
I Ana Teresa Torres (1945) es un caso muy especial en la literatura venezolana. Desde la publicación de su primera novela, El exilio del tiempo, en 1990, ella ha asumido su condición de escritora con un criterio que bien pudiéramos calificar de profesional. Lo cual, además, supone también un compromiso. Ana Teresa es psicóloga activa, con especialización en psicoanálisis. Pero su obra literaria está por encima de todo, y es lo que la identifica tanto dentro como fuera del país. Con el agregado de que su ejercicio de escritora no está sólo en sus obras, pues ella, al par que escribe sus novelas y cultiva otros géneros, también vive la literatura, literalmente hablando.
Ana Teresa Torres es, así, en cierto modo, un caso único en la historia de nuestra literatura.
Suele comparársela con Teresa de la Parra. La comparación es válida, en cuanto a la calidad e importancia de la obra literaria. Sin embargo, la muerte condenó a Teresa a una obra cuantitativamente muy reducida, limitada en lo esencial a dos novelas excepcionales y algún cuento, más una que otra carta o conferencia de agudo contenido literario. Imposible saber si, de haber vivido más tiempo, hubiese asumido el oficio literario más allá de escribir "porque se fastidiaba".
Por otra parte, al margen de lo extraordinario de la calidad de su obra, no parece que Teresa de la Parra hubiese tenido de la literatura un sentido profesional como el de Ana Teresa Torres, mucho más allá de una afición respaldada por una inteligencia y una sensibilidad excepcionales, independientemente de que con el tiempo hubiese podido adquirirlo. Sea como sea, siempre quedará la duda sobre si aquello de que "escribía porque se fastidiaba" refleja una situación real o es una frase más, atractiva por ingeniosa. En el caso de Ana Teresa Torres es obvio que nunca escribe para conjurar el fastidio.
II Ana Teresa Torres se inicia, como novelista, dentro del cerco de la novela histórica.
Sus dos primeras novelas, El exilio del tiempo (1990) y Doña Inés contra el olvido (1992), tratan temas del pasado venezolano y se basan en sucesos reales del período colonial. No fue un hecho casual, sino una escogencia deliberada, como ella misma lo ha confesado más de una vez, al advertir que su propósito fue "volver a los orígenes, a los tiempos de la fundación, a los innegables momentos en que todo, como el nacimiento de un ser, parece posible; a ese instante primigenio en que predomina la utopía".
Pronto Ana Teresa dejó a un lado la novela histórica. Desde el principio su producción literaria fue intensa. Sucesivamente fueron apareciendo sus novelas: La favorita del Señor (1993), Vagas desapariciones (1995), Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin (1999), Malena de cinco mundos (2000), El corazón del otro (2004), Nocturama (2006), Historia del continente oscuro (2007), La fascinación de la víctima (2008)... Ninguna de ellas responde al esquema de la novela histórica, aunque de hecho en algunas, si no en todas, siempre está presente algún elemento rescatado de la historia.
Afirmar que "dejó a un lado la novela histórica" no pasa de ser un decir. Ahora Ana Teresa nos sorprende con una nueva novela enmarcada dentro del esquema de las dos primeras, es decir, dentro del concepto de la novela histórica: La escribana del viento (2013). Es más, la autora señala expresamente que durante todo el tiempo transcurrido desde sus primeras novelas estuvo inmersa en el trasfondo histórico de esta, para la cual realizó una vasta y admirable investigación más propia de un historiador que de un novelista. Y advierte, además, que la tardanza de dos décadas en escribir y publicar esta nueva novela se debió a diversos factores, y de ninguna manera a desinterés por los temas históricos.
Se registra, además, en la contraportada de la novela que esta cierra "la trilogía histórica iniciada con El exilio del tiempo y continuada con Doña Inés contra el olvido". Aparte de que no estoy muy convencido de que se trate propiamente de una trilogía, esta observación parece indicar que con La escribana del viento sí hay la disposición de la autora de abandonar la temática histórica como fuente de sus novelas.
De lo cual, igualmente, también tengo mis dudas.
Siendo, pues, La escribana del viento una novela histórica, como lo son también El exilio del tiempo y Doña Inés contra el olvido, aquella no se parece a las otras dos, salvo en el hecho de que las tres narran acontecimientos del pasado histórico colonial venezolano. El tratamiento literario del suceso histórico, su novelización, es el mismo en las dos primeras, pero muy distinto en la última.
La misma novelista lo admite y señala la razón de ello. Al referirse, en la propia novela, a los casi veinte años que transcurrieron entre el momento en que concibe la obra y su realización final, dice: "me contenta que haya sido así porque ese tiempo me permitió entender la narración de otra manera que la que hubiera seguido entonces (...)" (p. 377).
La diferencia más notoria entre aquellas dos primeras novelas y esta tercera reside, no obstante, más que todo en el estilo. La estructura narrativa de La escribana del viento es muy novedosa dentro de la novela venezolana y totalmente distinta de las de las otras novelas de la autora. Se trata de una historia muy compleja, formada por varias historias parciales. Cada una de estas, además, es contada por un narrador distinto, de modo que a veces hallamos unos mismos acontecimientos narrados por diversos protagonistas, cada uno en función de sus intereses particulares y de su propia visión de los hechos.
Hay, no obstante, en esta novela un personaje central que, aunque no aparece en la totalidad del relato, es, de hecho, el personaje principal, en la medida en que es él, sus ejecutorias, el principal factor de unidad de la narración. Se trata de un personaje que ha dado mucho que hablar en la historia colonial venezolana, fray Mauro de Tovar, obispo de Caracas (1640-1654) y tema de agudas controversias entre los historiadores, aunque inclinándose la balanza hacia los detractores y críticos de sus actuaciones, signadas, según la mayoría de los estudiosos, por la perversidad y la obsesión casi patológica, si no patológica del todo, puesta en el ejercicio de su ministerio eclesiástico. Es un personaje de tales características que aun hoy, a más de trescientos años de haber vivido, sigue despertando interés y polémicas entre los historiadores y demás estudiosos de nuestro pasado, como lo prueba, precisamente, esta misma novela, además de los numerosos trabajos historiográficos que la novelista cita en ella, y que fueron fuente sustancial en su investigación para la composición de esta.
La autora, además, no vacila en tomar partido ante el personaje, y sin reticencia confiesa: "El lector habrá comprendido que no le dispenso al obispo muchas simpatías" (p. 380).
La novela narra unos sucesos ocurridos en Caracas a mediados del siglo XVII, cuando el obispo fray Mauro de Tovar la emprendió con saña inaudita contra una familia caraqueña a la cual acusaba de varios delitos graves, entre ellos de una relación incestuosa entre uno de los personajes más destacados y su joven hermana materna, de la cual los restantes familiares y allegados acusados habrían sido cómplices o encubridores. La autora pone énfasis en mostrar, a veces con descarnado patetismo, las atrocidades conque el insano prelado pretendía estar castigando aquellos crímenes, incluso las horribles torturas que eran lícitas en aquella época, y que en ocasiones el religioso, a despecho de su condición de tal, aplicaba personalmente.
Interesa también a la autora, al narrar estos acontecimientos, destacar cómo estos episodios ilustran el hecho histórico del enfrentamiento que durante largos períodos de la historia colonial se produjo entre el poder civil y político, representado sobre todo por la Real Audiencia de Santo Domingo, y el poder eclesiástico. Sin embargo, la autora, al hacer estos planteamientos, se cuidó mucho de no enturbiar su condición de novelista con desviaciones más propias del historiador.
La novela transcurre en diversos escenarios. La mayor parte de lo episodios narrados ocurren en Caracas. Pero otros se ambientan en La Guaira, Coro, la península de Paraguaná y la isla de Santo Domingo.
III Una auténtica novedad de esta novela radica en que la autora agrega al texto un capítulo final, que de hecho no pertenece al relato, sino que es una nota explicativa, sumamente útil y esclarecedora, acerca de cómo produjo la novela, desde su concepción inicial hasta su escritura y publicación.
La novela propiamente tiene siete capítulos. Cada capítulo a su vez se divide en secciones.
Son, en total, cuarenta y tres secciones, entre testimonios, confesiones, cartas, memoriales y resoluciones. Pero, como ya dije, la novelista agrega un texto titulado "Testimonio de la autora", señalado como el capítulo octavo, y de ese modo se registra en el índice de la obra, sin haber sido exactamente así. Se trata, sin duda, de un juego literario de la autora que no deja de resultar interesante.
Particular interés tiene en esta novela el manejo del lenguaje. La autora se esmera en relatar los hechos en un lenguaje fácilmente comprensible por el lector de hoy, para quien, obviamente, la novela fue escrita. Pero al mismo tiempo logra darle a ese lenguaje un empaque que lo asemeja al lenguaje de la época, sin ser este propiamente, que de serlo sería incomprensible para el lector actual.
Donde sí guarda fidelidad la novelista a la realidad histórica es en lo tocante al ambiente de la época. Así lo señala ella misma de modo expreso: "En lo que sí he querido mantenerme lo más fielmente posible cerca de los hechos es en el escenario de la época, porque no pueden comprenderse ni el argumento de la novela ni las acciones de los personajes sino dentro de la Venezuela de entonces; en sus espacios y tiempos; sus leyes, costumbres y valores; sus circunstancias y sus ideas; sus estructuras de casta y sus enfrentamientos con el poder metropolitano, enmarcados en el orden religioso y monárquico de la sociedad hispánica" (p. 381).
Es importante advertir que esta novela narra hechos que realmente ocurrieron en la Venezuela colonial. De allí su calificación como novela histórica. Este género de novela invariablemente plantea el problema de que cierto tipo de lector, que no comprende ni valora tal carácter de novela, pretende leerla como si se tratase de un libro de historia, y se erige en juez calificador de la veracidad o no del texto leído. No es función del novelista la reconstrucción arqueológica de los hechos históricos en los cuales se inspira. Por tanto, si en la novela hay fidelidad o no a esos hechos es irrelevante. En todo caso, la novela, per se, es una obra de ficción. Esta puede consistir en narrar sucesos enteramente inventados o imaginados por el novelista, pero también en la muy personal interpretación de los hechos históricos que sirven de fuente primordial del relato novelesco. Este último es el caso de la novela histórica, y tal es el comportamiento de Ana Teresa Torres en esta novela. Ella es enfática en distinguir la función del novelista, sobre todo el que se ubica dentro de la novela histórica, y el historiador. Esto lo percibe el lector avisado en la lectura misma del texto, pero así lo advierte, además, la propia novelista más de una vez.
Desde luego que, en tanto que novelista, Ana Teresa practica la licencia de apelar a su imaginación, bien para suplir datos y detalles que las fuentes históricas no le dan, bien para interpretar, en razón de su interés de novelis
ta, determinados hechos históricos, sucesos y personajes por igual.
Como ya lo he insinuado, el interés de Ana Teresa Torres por la historia como fuente de sus novelas no es casual ni caprichoso. Se trata, más bien, de un razonado y fundamental sentido de lo histórico como referencia del pasado, en función del presente y del futuro.
Las palabras finales de la nota ofrecida como Capítulo VIII de la novela son explícitas y ahuyentan toda duda: "Esta novela mira hacia aquellos venezolanos desde la representación que de ellos podemos tener hoy, con el propósito de concederle densidad narrativa a un pequeño, pero no por eso menos dramático fragmento de nuestro pasado" (p. 383).
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Alexis Márquez Rodríguez,
Ana Teresa Torres
lunes, 17 de febrero de 2014
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Alexis Márquez Rodríguez. "¿Jóvenes y viejos?". El Nacional, Caracas, 29/03/1960.
- Juan Liscano. "Crisis de adultos y de jóvenes?". El Nacional, 09/01/65.
- Rodolfo Quintero. "Venezuela país sin jóvenes". El Nacional, 21/09/82.
- Jesús Sanoja Hernández. "Nuestra revolución de Mayo". Deslinde, Caracas, 01/06/69.
- David Meneses y la autonomía del Departamento Vargas. El Nacional, 11/03/84.
Fotografías: Convención Nacional Juvenil de COPEI. Momento, Caracas, nr. 574 del 16/07/67.
- Juan Liscano. "Crisis de adultos y de jóvenes?". El Nacional, 09/01/65.
- Rodolfo Quintero. "Venezuela país sin jóvenes". El Nacional, 21/09/82.
- Jesús Sanoja Hernández. "Nuestra revolución de Mayo". Deslinde, Caracas, 01/06/69.
- David Meneses y la autonomía del Departamento Vargas. El Nacional, 11/03/84.
Fotografías: Convención Nacional Juvenil de COPEI. Momento, Caracas, nr. 574 del 16/07/67.
viernes, 29 de noviembre de 2013
A PROPÓSITO DEL 62 ANIVERSARIO DEL FRAUDE PLEBISCITARIO
EL NACIONAL, Caracas, 13 de septiembre de 1998
PAPEL LITERARIO
El valor de los actos postreros
JESUS SANOJA HERNANDEZ
Rivas Dugarte, esta vez con la ayuda de Gladys García Riera, ha entregado otra valiosísima investigación acerca de escritores venezolanos de renombre. Primero fue la recopilación bibliográfica de Blanco Fombona, luego la de Picón Salas, más tarde la de Andrés Eloy Blanco y ahora es la que acertadamente ha denominado Fuentes documentales para el estudio de Mario Briceño-Iragorry. Materiales éstos donde muy poco falta para ser completos.
En la sección cronológica Rivas Dugarte y García Riera, profesora del Pedagógico que cuenta con investigaciones sobre Meneses y Teresa de la Parra, anotan en el año 1950: "Julio. Presenta por cuarta vez su renuncia a la Embajada de Bogotá, motivada a su desagrado con un régimen que venía incumpliendo el ofrecimiento de dar los pasos necesarios para el restablecimiento de la institucionalidad. La renuncia es aceptada".
Comenzaba así el último período en la vida de Briceño Iragorry: agónico en el sentido unamuniano, responsable en el sentido intelectual, ejemplificante en el sentido ético. Muy corto para tanta obra y pasiones tan abundantes. Fueron ocho años que saldaron cuentas con su país, saltando de la época colonial, a la que había examinado con amorosa dedicación, al presente de "la patria" sometida a la dictadura militar y a la dependencia cultural. Artículos, folletos y libros se acumularon en aquellos años 50 cuyo fin no logró ver, pero sí la caída del régimen al cual tanto atacó, yendo a las raíces de nuestra historia.
Muchas veces he citado expresión suya que, por lo demás, constituyó una definición de aquel acto de conciencia de 1950, luego ratificado con sus meditaciones de combate y destierro: "En el orden de la política, como en el orden teológico de la salvación, sólo valen los actos postreros". Y apuntaba yo en una de las oportunidades en que escribí sobre él, que dentro de su limitado, obsesivo y fecundo inventario temático, tal sentencia, incluida en La traición de los mejores, resumía el dilema del intelectual en los momentos de crisis, quiebras o rupturas.
Añadía yo que en quien estudió hasta sus socavones más profundos la formación de nuestra nacionalidad y supo simbolizar en Alonso Andrea de Ledesma el sacrificio solitario frente al extranjero pirata y depredador, en el Regente Heredia la piedad heroica y en Casa León el doloso tráfico oportunista y la antiheroicidad del reptante y envilecido, aquella frase adquiría un propósito no solamente acusatorio sino didascálico y aleccionador.
Briceño Iragorry se defendió de ciertas acusaciones que se le hicieron a raíz de su aceptación del cargo en Bogotá, al que, como se ha dicho, renunció. MBI regresó, no para callar, sino para dejar en la palabra escrita la prédica nacionalista de Alegría de la tierra y Mensaje sin destino y en la palabra hablada discursos como el que pronunció en el Nuevo Circo en 1952, cuando como candidato a la Constituyente por el DF, al lado de Jóvito Villalba, llamó a votar contra la dictadura militar y su parapeto electoral (FEI). Bueno es que hoy se sepa, no sólo que aquellas elecciones las ganó URD con su política unitaria y con valores como Briceño Iragorry, sino que tal triunfo fue desconocido por el golpe de Estado de Pérez Jiménez, dos días después. MBI optó por el exilio y durante seis años no dejó de combatir las aberraciones de la antipatria.
En diciembre de 1954, al salir de la misa en la Iglesia de las Jerónimas en Madrid, fue apaleado por esbirros de Pérez Jiménez, el mismo que desde La Moraleja atrae hoy la mirada de venezolanos sin memoria o que alegan haberla perdido a causa de la perversión de "los cuarenta años de democracia", fórmula acomodaticia para justificar un pasado irredimible y no aceptar el desafío del presente, que requiere imaginación, valor y, ante todo, resistencia a los proyectos autoritarios, cerrados al debate y a las rectificaciones. Acerca de aquel atentado, Briceño Iragorry escribió un artículo antológico, "Sangre en el rostro", publicado en El Tiempo de Bogotá y reproducido por Noticias de Venezuela en México.
En el destierro publicó obras llenas de humanismo, análisis de nuestra "crisis de pueblo" y páginas condenatorias de "la traición de los mejores" y de la corrupción oligárquica, desde Sentido y vigencia del 30 de noviembre hasta El fariseísmo bolivariano y la Anti-América, pasando por La cartera del proscrito y otros títulos de angustioso presente histórico.
EL NACIONAL, Caracas, 27 de septiembre de 1998
Cuenta de Libros
ALEXIS MARQUEZ RODRIGUEZ
A cien años de su nacimiento, el pensamiento de Mario Briceño Iragorry cobra cada día más actualidad y vigencia. A él podríamos atribuir también aquellas palabras que José Martí dijo de Cecilio Acosta: ``Previó y postvió''. Estudió el pasado, porque en él buscaba los signos que le permitiesen leer el porvenir, presente para nosotros, y aún lo que está por ocurrir en el futuro.
Vivió para escribir. Cartas, artículos, discursos y, por supuesto, libros fueron su diaria rutina, dondequiera que estuviese: en Trujillo, Mérida o Caracas, en Costa Rica o Colombia en funciones diplomáticas, en España o Italia durante su exilio bajo el terror perezjimenista, en algún otro país de manera circunstancial, siempre su oficio principal, y su pasión fue escribir. Y en todo lo que escribió dejó huella de perennidad y perdurable vigencia.
Hoy queremos destacar dos temas en que esa actualidad cobra especial relevancia. Uno es su denuncia del imperialismo. Su defensa de la soberanía nacional, tratásese del territorio, de las riquezas nacionales, de las tradiciones o de la cultura propias, fue constante. Su libro Alegría de la tierra es un hermoso elogio de la tradición alimenticia venezolana, a base de productos de nuestro suelo privilegiado, frente a su desplazamiento por costumbres y productos gastronómicos extraños a nuestro paladar y a nuestra economía.
En su infatigable denuncia de la penetración imperial fustigó sobre todo el cabrón criollo, que hace la cama al invasor: ``Más que el extranjero que aprovecha circunstancias de favor, nuestro azote nacional ha sido el pitiyanqui entreguista, el cagatinta farandulero que hizo el bufón en la fiesta de los intrusos, el andresote alquilado al interés de los contrabandistas de la dignidad nacional. Contra ellos, en Venezuela y en toda América debe ser implacable la actitud de los patriotas que aspiran a ver recuperado algún día el decoro de la gran Patria americana''. (``Dimensión y urgencia de la idea nacionalista''). ¨Habrá falta insistir en la tremenda actualidad de estas palabras, ahora que conceptos como soberanía, patriotismo y dignidad nacional se tienen por obsoletos y dinosáuricos?
Reléanse libros como El caballo de Ledesma , Mensaje sin destino , Introducción y defensa de nuestra historia o Alegría de la tierra , entre muchos otros, y se verá cuánto hay de cierto en lo que aquí decimos.
Queremos destacar también la denuncia, por Briceño Iragorry, de la dictadura de Pérez Jiménez. El fue víctima directa del terror perezjimenista, que lo alcanzó aún a la distancia del exilio, en Madrid, cuando fue agredido brutalmente por unos sicarios del déspota, un domingo, a las puertas de la iglesia de las Jerónimas. Fueron muchas las páginas que Briceño Iragorry escribió para mostrar a Venezuela y al mundo las miserias de aquella torpe y despiadada tiranía. Y su denuncia y testimonio cobran especial importancia por tratarse, no de un político resentido ni de un comecandela vociferante y comunistoide, sino de un escritor meritísimo y de un católico militante, cuya respetabilidad puede medirse por haber sido el escogido por la iglesia, en 1952, para decir el discurso de clausura de III Congreso Mariano Nacional, en Barquisimeto; lo cual no le impidió censurar la complacencia y complicidad de la jerarquía oficial del catolicismo venezolano con la vesánica dictadura.
La valiente posición antiperezjimenista de Briceño Iragorry tiene hoy especial valor, ante la glorificación que algunas personas, con evidente cinismo e inmoralidad, pretenden hacer de la dictadura, por contraste con los vicios y defectos de nuestra maltrecha democracia.
En el libro Mensaje sin destino y otros ensayos , Volumen 126 de la Biblioteca Ayacucho, los interesados pueden leer las más hermosas y aleccionadoras páginas del ahora centenario Mario Briceño Iragorry.
EL NACIONAL, Caracas, 26 de septiembre de 2002
El ideario educativo en Mario Briceño-Iragorry
Valmore Muñoz Arteaga
A don Rafael Ramón Castellanos
En la actualidad, cuando un fuerte sector educativo se ve amenazado por la retrógrada visión del mundo del Gobierno de turno, considero necesario y pertinente traer a la dinámica social el pensamiento de una de las voces más claras del siglo XX venezolano. La palabra ductora de Mario Briceño–Iragorry, así como la de otras voces antiguas de nuestra tierra, representa un acicate para las concepciones que pretenden establecerse en el sistema educativo nacional, pero que en modo alguno representan el verdadero sentir venezolanista.
En la obra de Mario Briceño–Iragorry, aunque no se manifieste algún proyecto educativo de forma orgánica; sí plantea una serie de conceptos que pueden funcionar como guías para la construcción de uno mejor que el actual. Conceptos que, ligados a los del gran patrimonio pedagógico nacional pueden constituirse en la columna vertebral de una gran proyecto de transformación social, tan anhelado por este pueblo maltrecho y herido en su espíritu colectivo.
Hay un aspecto sumamente interesante abordado por Briceño–Iragorry en su discurso pedagógico y que plantea en su Caballo de Ledesma: “Debemos enseñar a las nuevas generaciones, no el inventario de nuestros pocos aciertos, sino las caídas que han hecho imperfecta nuestra obra personal y, consiguientemente, han impedido que ésta aflore con acento redondo en el campo colectivo”. El maestro trujillano entiende que las nuevas generaciones deben ser ayudadas para construir su propio destino desde la superación de los errores pasados.
Por ello se hace imperativo concebir una profunda conciencia nacionalista que busque su fuente nutricia en las venas de nuestras fuerzas cívicas y civilistas, subyacidas, en escombros, en lo más profundo de la conciencia social. Esta conciencia nacionalista tendría que fomentarse en la alimentación de una nueva conciencia moral. Para Briceño–Iragorry, el pueblo necesita y desea que se le enseñe más que letras, conductas; cuyas bases más sólidas sean las luces de la moral, venidas a menos por el viscoso populismo sectario de los últimos 44 años de intento democrático. “En la creación de la conciencia moral se debe desterrar cualquier inclinación individualista y adoptar principios y convicciones que tengan como epicentro la promoción de una vida social fundada en la convivencia armónica” (Pedro Rosales Medrano).
Convivencia que nace de dos valores caros a la doctrina cristiana: caridad y tolerancia; virtudes que hacen vida y se sostienen en las instituciones educativas que hacen de la fe en Cristo pilar de su funcionamiento. Virtudes corroídas por los nuevos patrones de conducta que demarca la modernidad, vicio universal que intenta destruir la sensibilidad humana.
Insiste Briceño–Iragorry en la idea de que “la cultura tiene que verse en la manera de funcionar el Estado”. El Estado está en la obligación insoslayable de brindar los medios necesarios para el perfecto funcionamiento del sistema educativo. Una atención que debe ser prestada no sólo al sector público sino al privado, y entendiendo que el buen desarrollo del primero no se cimienta destruyendo o subyugando al segundo. El Estado tiene la obligación de auspiciar la transmisión de la totalidad de las manifestaciones del pensamiento universal; más aún cuando ésta afirma la libertad y la dignidad humana.
Podríamos pasar horas enteras analizando el tema educativo en la obra de Briceño–Iragorry, y las pasaremos, pero es importante que todos los sectores de la vida nacional vuelvan para orientarse desde la palabra fecunda de los fundadores de la Patria. Fundadores que forjaron su obra con la pluma y la tinta de las virtudes civilistas y que se encuentran sumergidos en la ignorancia de una historia que parece sólo entender de sables y rifles. El bolivarianismo y el nacionalismo se demuestra desde actitudes verdaderamente bolivarianas y nacionalistas...
Fotografía: Mario Briceño-Iragorry, depositando su voto para la Constituyente de 1952, aunque expulsado del país a la semana siguiente. El Nacional, Caracas, 29/11/1958.
"Mensaje sin destino" (MBI): http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/30551/1/articulo14.pdf
PAPEL LITERARIO
El valor de los actos postreros
JESUS SANOJA HERNANDEZ
Rivas Dugarte, esta vez con la ayuda de Gladys García Riera, ha entregado otra valiosísima investigación acerca de escritores venezolanos de renombre. Primero fue la recopilación bibliográfica de Blanco Fombona, luego la de Picón Salas, más tarde la de Andrés Eloy Blanco y ahora es la que acertadamente ha denominado Fuentes documentales para el estudio de Mario Briceño-Iragorry. Materiales éstos donde muy poco falta para ser completos.
En la sección cronológica Rivas Dugarte y García Riera, profesora del Pedagógico que cuenta con investigaciones sobre Meneses y Teresa de la Parra, anotan en el año 1950: "Julio. Presenta por cuarta vez su renuncia a la Embajada de Bogotá, motivada a su desagrado con un régimen que venía incumpliendo el ofrecimiento de dar los pasos necesarios para el restablecimiento de la institucionalidad. La renuncia es aceptada".
Comenzaba así el último período en la vida de Briceño Iragorry: agónico en el sentido unamuniano, responsable en el sentido intelectual, ejemplificante en el sentido ético. Muy corto para tanta obra y pasiones tan abundantes. Fueron ocho años que saldaron cuentas con su país, saltando de la época colonial, a la que había examinado con amorosa dedicación, al presente de "la patria" sometida a la dictadura militar y a la dependencia cultural. Artículos, folletos y libros se acumularon en aquellos años 50 cuyo fin no logró ver, pero sí la caída del régimen al cual tanto atacó, yendo a las raíces de nuestra historia.
Muchas veces he citado expresión suya que, por lo demás, constituyó una definición de aquel acto de conciencia de 1950, luego ratificado con sus meditaciones de combate y destierro: "En el orden de la política, como en el orden teológico de la salvación, sólo valen los actos postreros". Y apuntaba yo en una de las oportunidades en que escribí sobre él, que dentro de su limitado, obsesivo y fecundo inventario temático, tal sentencia, incluida en La traición de los mejores, resumía el dilema del intelectual en los momentos de crisis, quiebras o rupturas.
Añadía yo que en quien estudió hasta sus socavones más profundos la formación de nuestra nacionalidad y supo simbolizar en Alonso Andrea de Ledesma el sacrificio solitario frente al extranjero pirata y depredador, en el Regente Heredia la piedad heroica y en Casa León el doloso tráfico oportunista y la antiheroicidad del reptante y envilecido, aquella frase adquiría un propósito no solamente acusatorio sino didascálico y aleccionador.
Briceño Iragorry se defendió de ciertas acusaciones que se le hicieron a raíz de su aceptación del cargo en Bogotá, al que, como se ha dicho, renunció. MBI regresó, no para callar, sino para dejar en la palabra escrita la prédica nacionalista de Alegría de la tierra y Mensaje sin destino y en la palabra hablada discursos como el que pronunció en el Nuevo Circo en 1952, cuando como candidato a la Constituyente por el DF, al lado de Jóvito Villalba, llamó a votar contra la dictadura militar y su parapeto electoral (FEI). Bueno es que hoy se sepa, no sólo que aquellas elecciones las ganó URD con su política unitaria y con valores como Briceño Iragorry, sino que tal triunfo fue desconocido por el golpe de Estado de Pérez Jiménez, dos días después. MBI optó por el exilio y durante seis años no dejó de combatir las aberraciones de la antipatria.
En diciembre de 1954, al salir de la misa en la Iglesia de las Jerónimas en Madrid, fue apaleado por esbirros de Pérez Jiménez, el mismo que desde La Moraleja atrae hoy la mirada de venezolanos sin memoria o que alegan haberla perdido a causa de la perversión de "los cuarenta años de democracia", fórmula acomodaticia para justificar un pasado irredimible y no aceptar el desafío del presente, que requiere imaginación, valor y, ante todo, resistencia a los proyectos autoritarios, cerrados al debate y a las rectificaciones. Acerca de aquel atentado, Briceño Iragorry escribió un artículo antológico, "Sangre en el rostro", publicado en El Tiempo de Bogotá y reproducido por Noticias de Venezuela en México.
En el destierro publicó obras llenas de humanismo, análisis de nuestra "crisis de pueblo" y páginas condenatorias de "la traición de los mejores" y de la corrupción oligárquica, desde Sentido y vigencia del 30 de noviembre hasta El fariseísmo bolivariano y la Anti-América, pasando por La cartera del proscrito y otros títulos de angustioso presente histórico.
EL NACIONAL, Caracas, 27 de septiembre de 1998
Cuenta de Libros
ALEXIS MARQUEZ RODRIGUEZ
A cien años de su nacimiento, el pensamiento de Mario Briceño Iragorry cobra cada día más actualidad y vigencia. A él podríamos atribuir también aquellas palabras que José Martí dijo de Cecilio Acosta: ``Previó y postvió''. Estudió el pasado, porque en él buscaba los signos que le permitiesen leer el porvenir, presente para nosotros, y aún lo que está por ocurrir en el futuro.
Vivió para escribir. Cartas, artículos, discursos y, por supuesto, libros fueron su diaria rutina, dondequiera que estuviese: en Trujillo, Mérida o Caracas, en Costa Rica o Colombia en funciones diplomáticas, en España o Italia durante su exilio bajo el terror perezjimenista, en algún otro país de manera circunstancial, siempre su oficio principal, y su pasión fue escribir. Y en todo lo que escribió dejó huella de perennidad y perdurable vigencia.
Hoy queremos destacar dos temas en que esa actualidad cobra especial relevancia. Uno es su denuncia del imperialismo. Su defensa de la soberanía nacional, tratásese del territorio, de las riquezas nacionales, de las tradiciones o de la cultura propias, fue constante. Su libro Alegría de la tierra es un hermoso elogio de la tradición alimenticia venezolana, a base de productos de nuestro suelo privilegiado, frente a su desplazamiento por costumbres y productos gastronómicos extraños a nuestro paladar y a nuestra economía.
En su infatigable denuncia de la penetración imperial fustigó sobre todo el cabrón criollo, que hace la cama al invasor: ``Más que el extranjero que aprovecha circunstancias de favor, nuestro azote nacional ha sido el pitiyanqui entreguista, el cagatinta farandulero que hizo el bufón en la fiesta de los intrusos, el andresote alquilado al interés de los contrabandistas de la dignidad nacional. Contra ellos, en Venezuela y en toda América debe ser implacable la actitud de los patriotas que aspiran a ver recuperado algún día el decoro de la gran Patria americana''. (``Dimensión y urgencia de la idea nacionalista''). ¨Habrá falta insistir en la tremenda actualidad de estas palabras, ahora que conceptos como soberanía, patriotismo y dignidad nacional se tienen por obsoletos y dinosáuricos?
Reléanse libros como El caballo de Ledesma , Mensaje sin destino , Introducción y defensa de nuestra historia o Alegría de la tierra , entre muchos otros, y se verá cuánto hay de cierto en lo que aquí decimos.
Queremos destacar también la denuncia, por Briceño Iragorry, de la dictadura de Pérez Jiménez. El fue víctima directa del terror perezjimenista, que lo alcanzó aún a la distancia del exilio, en Madrid, cuando fue agredido brutalmente por unos sicarios del déspota, un domingo, a las puertas de la iglesia de las Jerónimas. Fueron muchas las páginas que Briceño Iragorry escribió para mostrar a Venezuela y al mundo las miserias de aquella torpe y despiadada tiranía. Y su denuncia y testimonio cobran especial importancia por tratarse, no de un político resentido ni de un comecandela vociferante y comunistoide, sino de un escritor meritísimo y de un católico militante, cuya respetabilidad puede medirse por haber sido el escogido por la iglesia, en 1952, para decir el discurso de clausura de III Congreso Mariano Nacional, en Barquisimeto; lo cual no le impidió censurar la complacencia y complicidad de la jerarquía oficial del catolicismo venezolano con la vesánica dictadura.
La valiente posición antiperezjimenista de Briceño Iragorry tiene hoy especial valor, ante la glorificación que algunas personas, con evidente cinismo e inmoralidad, pretenden hacer de la dictadura, por contraste con los vicios y defectos de nuestra maltrecha democracia.
En el libro Mensaje sin destino y otros ensayos , Volumen 126 de la Biblioteca Ayacucho, los interesados pueden leer las más hermosas y aleccionadoras páginas del ahora centenario Mario Briceño Iragorry.
EL NACIONAL, Caracas, 26 de septiembre de 2002
El ideario educativo en Mario Briceño-Iragorry
Valmore Muñoz Arteaga
A don Rafael Ramón Castellanos
En la actualidad, cuando un fuerte sector educativo se ve amenazado por la retrógrada visión del mundo del Gobierno de turno, considero necesario y pertinente traer a la dinámica social el pensamiento de una de las voces más claras del siglo XX venezolano. La palabra ductora de Mario Briceño–Iragorry, así como la de otras voces antiguas de nuestra tierra, representa un acicate para las concepciones que pretenden establecerse en el sistema educativo nacional, pero que en modo alguno representan el verdadero sentir venezolanista.
En la obra de Mario Briceño–Iragorry, aunque no se manifieste algún proyecto educativo de forma orgánica; sí plantea una serie de conceptos que pueden funcionar como guías para la construcción de uno mejor que el actual. Conceptos que, ligados a los del gran patrimonio pedagógico nacional pueden constituirse en la columna vertebral de una gran proyecto de transformación social, tan anhelado por este pueblo maltrecho y herido en su espíritu colectivo.
Hay un aspecto sumamente interesante abordado por Briceño–Iragorry en su discurso pedagógico y que plantea en su Caballo de Ledesma: “Debemos enseñar a las nuevas generaciones, no el inventario de nuestros pocos aciertos, sino las caídas que han hecho imperfecta nuestra obra personal y, consiguientemente, han impedido que ésta aflore con acento redondo en el campo colectivo”. El maestro trujillano entiende que las nuevas generaciones deben ser ayudadas para construir su propio destino desde la superación de los errores pasados.
Por ello se hace imperativo concebir una profunda conciencia nacionalista que busque su fuente nutricia en las venas de nuestras fuerzas cívicas y civilistas, subyacidas, en escombros, en lo más profundo de la conciencia social. Esta conciencia nacionalista tendría que fomentarse en la alimentación de una nueva conciencia moral. Para Briceño–Iragorry, el pueblo necesita y desea que se le enseñe más que letras, conductas; cuyas bases más sólidas sean las luces de la moral, venidas a menos por el viscoso populismo sectario de los últimos 44 años de intento democrático. “En la creación de la conciencia moral se debe desterrar cualquier inclinación individualista y adoptar principios y convicciones que tengan como epicentro la promoción de una vida social fundada en la convivencia armónica” (Pedro Rosales Medrano).
Convivencia que nace de dos valores caros a la doctrina cristiana: caridad y tolerancia; virtudes que hacen vida y se sostienen en las instituciones educativas que hacen de la fe en Cristo pilar de su funcionamiento. Virtudes corroídas por los nuevos patrones de conducta que demarca la modernidad, vicio universal que intenta destruir la sensibilidad humana.
Insiste Briceño–Iragorry en la idea de que “la cultura tiene que verse en la manera de funcionar el Estado”. El Estado está en la obligación insoslayable de brindar los medios necesarios para el perfecto funcionamiento del sistema educativo. Una atención que debe ser prestada no sólo al sector público sino al privado, y entendiendo que el buen desarrollo del primero no se cimienta destruyendo o subyugando al segundo. El Estado tiene la obligación de auspiciar la transmisión de la totalidad de las manifestaciones del pensamiento universal; más aún cuando ésta afirma la libertad y la dignidad humana.
Podríamos pasar horas enteras analizando el tema educativo en la obra de Briceño–Iragorry, y las pasaremos, pero es importante que todos los sectores de la vida nacional vuelvan para orientarse desde la palabra fecunda de los fundadores de la Patria. Fundadores que forjaron su obra con la pluma y la tinta de las virtudes civilistas y que se encuentran sumergidos en la ignorancia de una historia que parece sólo entender de sables y rifles. El bolivarianismo y el nacionalismo se demuestra desde actitudes verdaderamente bolivarianas y nacionalistas...
Fotografía: Mario Briceño-Iragorry, depositando su voto para la Constituyente de 1952, aunque expulsado del país a la semana siguiente. El Nacional, Caracas, 29/11/1958.
"Mensaje sin destino" (MBI): http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/30551/1/articulo14.pdf
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