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domingo, 28 de septiembre de 2014

CAZA DE CITAS

"La verdad fue una lucha bien arrecha, decía Oswaldo, desnudo en la cama  y fumándose un cigarrillo, la verdad que fue arrechísima, uno se pone a sacar cuentas, a intentar una reflexión crítica y se hace muy difícil. Fue culpa de la dirigencia, fue culpa de un voluntarismo revolucionario que quiso ir más allá de las condiciones objetivas, fue un contagio de la revolución cubana que nos impidió ver nuestra propia realidad, fue la desorganización e imprevisión de las acciones, fue el fracaso de la guerrilla campesina en un país fundamentalmente urbano, fue en última instancia una derrota militar, fue el fracaso histórico del PCV que no tuvo la voluntad de poder para aprovechar el momento óptimo del 23 de Enero. Es extraño porque no ha pasado mucho tiempo y sin embargo me parece que estamos hablando de algo ocurrido hace mil años, me sucede igual que cuando yo estaba chiquita y mi papá se ponía a hablar de la guerra civil con sus amigos en La Candelaria, deban la impresión de que hablaran de la prehistoria, de algo que ya estaba en los libros..."

Ana Teresa Torres

("El exilio del tiempo", Monte Ávila Editores, Caracas, 1990: 214)


sábado, 5 de abril de 2014

PENDOLISTA

EL NACIONAL - Domingo 02 de Febrero de 2014     Papel Literario/6
La escribana del viento
ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ

I Ana Teresa Torres (1945) es un caso muy especial en la literatura venezolana. Desde la publicación de su primera novela, El exilio del tiempo, en 1990, ella ha asumido su condición de escritora con un criterio que bien pudiéramos calificar de profesional. Lo cual, además, supone también un compromiso. Ana Teresa es psicóloga activa, con especialización en psicoanálisis. Pero su obra literaria está por encima de todo, y es lo que la identifica tanto dentro como fuera del país. Con el agregado de que su ejercicio de escritora no está sólo en sus obras, pues ella, al par que escribe sus novelas y cultiva otros géneros, también vive la literatura, literalmente hablando.
Ana Teresa Torres es, así, en cierto modo, un caso único en la historia de nuestra literatura.
Suele comparársela con Teresa de la Parra. La comparación es válida, en cuanto a la calidad e importancia de la obra literaria. Sin embargo, la muerte condenó a Teresa a una obra cuantitativamente muy reducida, limitada en lo esencial a dos novelas excepcionales y algún cuento, más una que otra carta o conferencia de agudo contenido literario. Imposible saber si, de haber vivido más tiempo, hubiese asumido el oficio literario más allá de escribir "porque se fastidiaba".
Por otra parte, al margen de lo extraordinario de la calidad de su obra, no parece que Teresa de la Parra hubiese tenido de la literatura un sentido profesional como el de Ana Teresa Torres, mucho más allá de una afición respaldada por una inteligencia y una sensibilidad excepcionales, independientemente de que con el tiempo hubiese podido adquirirlo. Sea como sea, siempre quedará la duda sobre si aquello de que "escribía porque se fastidiaba" refleja una situación real o es una frase más, atractiva por ingeniosa. En el caso de Ana Teresa Torres es obvio que nunca escribe para conjurar el fastidio.
II Ana Teresa Torres se inicia, como novelista, dentro del cerco de la novela histórica.
Sus dos primeras novelas, El exilio del tiempo (1990) y Doña Inés contra el olvido (1992), tratan temas del pasado venezolano y se basan en sucesos reales del período colonial. No fue un hecho casual, sino una escogencia deliberada, como ella misma lo ha confesado más de una vez, al advertir que su propósito fue "volver a los orígenes, a los tiempos de la fundación, a los innegables momentos en que todo, como el nacimiento de un ser, parece posible; a ese instante primigenio en que predomina la utopía".
Pronto Ana Teresa dejó a un lado la novela histórica. Desde el principio su producción literaria fue intensa. Sucesivamente fueron apareciendo sus novelas: La favorita del Señor (1993), Vagas desapariciones (1995), Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin (1999), Malena de cinco mundos (2000), El corazón del otro (2004), Nocturama (2006), Historia del continente oscuro (2007), La fascinación de la víctima (2008)... Ninguna de ellas responde al esquema de la novela histórica, aunque de hecho en algunas, si no en todas, siempre está presente algún elemento rescatado de la historia.
Afirmar que "dejó a un lado la novela histórica" no pasa de ser un decir. Ahora Ana Teresa nos sorprende con una nueva novela enmarcada dentro del esquema de las dos primeras, es decir, dentro del concepto de la novela histórica: La escribana del viento (2013). Es más, la autora señala expresamente que durante todo el tiempo transcurrido desde sus primeras novelas estuvo inmersa en el trasfondo histórico de esta, para la cual realizó una vasta y admirable investigación más propia de un historiador que de un novelista. Y advierte, además, que la tardanza de dos décadas en escribir y publicar esta nueva novela se debió a diversos factores, y de ninguna manera a desinterés por los temas históricos.
Se registra, además, en la contraportada de la novela que esta cierra "la trilogía histórica iniciada con El exilio del tiempo y continuada con Doña Inés contra el olvido". Aparte de que no estoy muy convencido de que se trate propiamente de una trilogía, esta observación parece indicar que con La escribana del viento sí hay la disposición de la autora de abandonar la temática histórica como fuente de sus novelas.
De lo cual, igualmente, también tengo mis dudas.
Siendo, pues, La escribana del viento una novela histórica, como lo son también El exilio del tiempo y Doña Inés contra el olvido, aquella no se parece a las otras dos, salvo en el hecho de que las tres narran acontecimientos del pasado histórico colonial venezolano. El tratamiento literario del suceso histórico, su novelización, es el mismo en las dos primeras, pero muy distinto en la última.
La misma novelista lo admite y señala la razón de ello. Al referirse, en la propia novela, a los casi veinte años que transcurrieron entre el momento en que concibe la obra y su realización final, dice: "me contenta que haya sido así porque ese tiempo me permitió entender la narración de otra manera que la que hubiera seguido entonces (...)" (p. 377).
La diferencia más notoria entre aquellas dos primeras novelas y esta tercera reside, no obstante, más que todo en el estilo. La estructura narrativa de La escribana del viento es muy novedosa dentro de la novela venezolana y totalmente distinta de las de las otras novelas de la autora. Se trata de una historia muy compleja, formada por varias historias parciales. Cada una de estas, además, es contada por un narrador distinto, de modo que a veces hallamos unos mismos acontecimientos narrados por diversos protagonistas, cada uno en función de sus intereses particulares y de su propia visión de los hechos.
Hay, no obstante, en esta novela un personaje central que, aunque no aparece en la totalidad del relato, es, de hecho, el personaje principal, en la medida en que es él, sus ejecutorias, el principal factor de unidad de la narración. Se trata de un personaje que ha dado mucho que hablar en la historia colonial venezolana, fray Mauro de Tovar, obispo de Caracas (1640-1654) y tema de agudas controversias entre los historiadores, aunque inclinándose la balanza hacia los detractores y críticos de sus actuaciones, signadas, según la mayoría de los estudiosos, por la perversidad y la obsesión casi patológica, si no patológica del todo, puesta en el ejercicio de su ministerio eclesiástico. Es un personaje de tales características que aun hoy, a más de trescientos años de haber vivido, sigue despertando interés y polémicas entre los historiadores y demás estudiosos de nuestro pasado, como lo prueba, precisamente, esta misma novela, además de los numerosos trabajos historiográficos que la novelista cita en ella, y que fueron fuente sustancial en su investigación para la composición de esta.
La autora, además, no vacila en tomar partido ante el personaje, y sin reticencia confiesa: "El lector habrá comprendido que no le dispenso al obispo muchas simpatías" (p. 380).
La novela narra unos sucesos ocurridos en Caracas a mediados del siglo XVII, cuando el obispo fray Mauro de Tovar la emprendió con saña inaudita contra una familia caraqueña a la cual acusaba de varios delitos graves, entre ellos de una relación incestuosa entre uno de los personajes más destacados y su joven hermana materna, de la cual los restantes familiares y allegados acusados habrían sido cómplices o encubridores. La autora pone énfasis en mostrar, a veces con descarnado patetismo, las atrocidades conque el insano prelado pretendía estar castigando aquellos crímenes, incluso las horribles torturas que eran lícitas en aquella época, y que en ocasiones el religioso, a despecho de su condición de tal, aplicaba personalmente.
Interesa también a la autora, al narrar estos acontecimientos, destacar cómo estos episodios ilustran el hecho histórico del enfrentamiento que durante largos períodos de la historia colonial se produjo entre el poder civil y político, representado sobre todo por la Real Audiencia de Santo Domingo, y el poder eclesiástico. Sin embargo, la autora, al hacer estos planteamientos, se cuidó mucho de no enturbiar su condición de novelista con desviaciones más propias del historiador.
La novela transcurre en diversos escenarios. La mayor parte de lo episodios narrados ocurren en Caracas. Pero otros se ambientan en La Guaira, Coro, la península de Paraguaná y la isla de Santo Domingo.
III Una auténtica novedad de esta novela radica en que la autora agrega al texto un capítulo final, que de hecho no pertenece al relato, sino que es una nota explicativa, sumamente útil y esclarecedora, acerca de cómo produjo la novela, desde su concepción inicial hasta su escritura y publicación.
La novela propiamente tiene siete capítulos. Cada capítulo a su vez se divide en secciones.
Son, en total, cuarenta y tres secciones, entre testimonios, confesiones, cartas, memoriales y resoluciones. Pero, como ya dije, la novelista agrega un texto titulado "Testimonio de la autora", señalado como el capítulo octavo, y de ese modo se registra en el índice de la obra, sin haber sido exactamente así. Se trata, sin duda, de un juego literario de la autora que no deja de resultar interesante.
Particular interés tiene en esta novela el manejo del lenguaje. La autora se esmera en relatar los hechos en un lenguaje fácilmente comprensible por el lector de hoy, para quien, obviamente, la novela fue escrita. Pero al mismo tiempo logra darle a ese lenguaje un empaque que lo asemeja al lenguaje de la época, sin ser este propiamente, que de serlo sería incomprensible para el lector actual.
Donde sí guarda fidelidad la novelista a la realidad histórica es en lo tocante al ambiente de la época. Así lo señala ella misma de modo expreso: "En lo que sí he querido mantenerme lo más fielmente posible cerca de los hechos es en el escenario de la época, porque no pueden comprenderse ni el argumento de la novela ni las acciones de los personajes sino dentro de la Venezuela de entonces; en sus espacios y tiempos; sus leyes, costumbres y valores; sus circunstancias y sus ideas; sus estructuras de casta y sus enfrentamientos con el poder metropolitano, enmarcados en el orden religioso y monárquico de la sociedad hispánica" (p. 381).
Es importante advertir que esta novela narra hechos que realmente ocurrieron en la Venezuela colonial. De allí su calificación como novela histórica. Este género de novela invariablemente plantea el problema de que cierto tipo de lector, que no comprende ni valora tal carácter de novela, pretende leerla como si se tratase de un libro de historia, y se erige en juez calificador de la veracidad o no del texto leído. No es función del novelista la reconstrucción arqueológica de los hechos históricos en los cuales se inspira. Por tanto, si en la novela hay fidelidad o no a esos hechos es irrelevante. En todo caso, la novela, per se, es una obra de ficción. Esta puede consistir en narrar sucesos enteramente inventados o imaginados por el novelista, pero también en la muy personal interpretación de los hechos históricos que sirven de fuente primordial del relato novelesco. Este último es el caso de la novela histórica, y tal es el comportamiento de Ana Teresa Torres en esta novela. Ella es enfática en distinguir la función del novelista, sobre todo el que se ubica dentro de la novela histórica, y el historiador. Esto lo percibe el lector avisado en la lectura misma del texto, pero así lo advierte, además, la propia novelista más de una vez.
Desde luego que, en tanto que novelista, Ana Teresa practica la licencia de apelar a su imaginación, bien para suplir datos y detalles que las fuentes históricas no le dan, bien para interpretar, en razón de su interés de novelis
ta, determinados hechos históricos, sucesos y personajes por igual.
Como ya lo he insinuado, el interés de Ana Teresa Torres por la historia como fuente de sus novelas no es casual ni caprichoso. Se trata, más bien, de un razonado y fundamental sentido de lo histórico como referencia del pasado, en función del presente y del futuro.
Las palabras finales de la nota ofrecida como Capítulo VIII de la novela son explícitas y ahuyentan toda duda: "Esta novela mira hacia aquellos venezolanos desde la representación que de ellos podemos tener hoy, con el propósito de concederle densidad narrativa a un pequeño, pero no por eso menos dramático fragmento de nuestro pasado" (p. 383).

martes, 9 de octubre de 2012

UNA PERSPECTIVA SOBRIA

La pena y la tristeza pasan, no cabe duda, pero no pasan mejor por querer salir de ellas
ANA TERESA TORRES

Leía hoy unas declaraciones de quien mucho admiro, Ramón Guillermo Aveledo, quien hace una distinción muy importante entre la tristeza en el ámbito privado y la depresión en el ámbito político (entrevista en Globovisión).
La política –dice Aveledo– es siempre una lucha y una actividad muy dura, por ello “no hay espacio para la depresión”. Pero al mismo tiempo acepta su propia tristeza, la de su familia y la de todos los que vimos frustradas nuestras aspiraciones. Para los que no somos políticos de oficio es posible que la distinción no exista en los mismos términos. Yo soy escritora y psicoanalista, y para mí la tristeza es un sentimiento y la depresión un estado, no necesariamente patológicos; a veces inevitables, a veces necesarios. Freud definía la melancolía como la reacción ante la pérdida de un ser querido o su abstracción equivalente, y entre esas abstracciones equivalentes precisamente mencionaba la patria y la libertad.
De modo que personalmente creo que hay que saber reconciliarse con la tristeza, y con la depresión también (repito, no soy política sino escritora y psicoanalista, o simplemente, una ciudadana que perdió las elecciones). Tengo para mí que los venezolanos no sabemos hacer bien los duelos, es decir, que tendemos a salir de los momentos depresivos lo antes posible, por medio de la rabia, o de la dispersión, e incluso la falsa euforia. O tendemos a minimizarlos. Por ejemplo, que alguien diga que esto, lo ocurrido, es “un tropiezo”. Entiendo lo que quiere decirse, pero ¿tropiezo? Vaya con el tropezón.
Conozco y aprecio a venezolanos para quienes el resultado de estas elecciones era esencial en términos de su vida personal y familiar; para ellos no hay consuelo. No sería yo capaz de inventarlo. Para todos era de alta importancia. Para el país también, pero el país es mayoritariamente responsable del resultado de las elecciones, y debe aceptar (los responsables, quiero decir) que eligieron libremente la opción que quisieron. Si más adelante la quieren cambiar, bienvenidos, pero de momento no son unos ángeles ni niños inocentes. Votaron, eligieron. Pobres o ricos, son ciudadanos responsables de sus decisiones.
Sentirnos tristes o deprimidos no es una desvalorización. Es la reacción normal ante lo ocurrido, es decir, una grave pérdida para aquellos que pensamos en la posibilidad de otra vía para un mejor país. ¿Que habrá otras oportunidades? Seguramente, pero esta la perdimos y por lo tanto es una pérdida. Así redundantemente. Sin subterfugios. La pena y la tristeza pasan, no cabe duda, pero no pasan mejor por querer salir de ellas. Pasan porque los seres humanos tenemos la capacidad de elaborar duelos y superar traumas, siempre y cuando los aceptemos. Duelos congelados por negados, esos sí que tardan en pasar. Una buena manera de saltarse el duelo es la del que dice, yo no he perdido, es que me robaron. O la de, yo más nunca voto, eso no sirve para nada.
Supongo que en los próximos días recibiremos numerosos análisis de las causas de lo ocurrido, y sobre todo llamados al pensamiento “positivo”, pero lo cierto es que no estábamos bien preparados, precisamente por la inclinación a minimizar lo que llaman “sentimientos negativos”; los sentimientos no son positivos ni negativos (disiento de los manuales de autoayuda), los sentimientos son reacciones de la subjetividad humana y todos conviven, y todos pueden ser necesarios. La duda es uno de ellos. Y una de las razones por las que no estábamos preparados fue la insistencia social (la presión social, diría) en minimizar al adversario (¿enemigo?). La insistencia en que un hombre cercano a los 60 años (un anciano en los códigos venezolanos), con posibles limitaciones físicas (que ignoramos en sus detalles), y movido en una “carroza”, no estaba a la altura de un hombre de 40, en capacidad de caminar doscientos pueblos como si nada. Una insistencia en menospreciar al adversario, en considerarlo despectivamente, en verlo derrotado por nuestros propios deseos. En considerarlo desde nuestras propias referencias. En despreciar a sus seguidores. Y una insistencia en no permitirnos la duda. Quizá la política no permita dudar. Pero ya pasó el tiempo de la duda y viene el del pesar. ¿Tampoco será admisible? ¿Ya estamos montados en que la victoria nos espera a la vuelta de la esquina?
Yo también espero la victoria (desde hace catorce años), y no niego los considerables avances en el camino, pero por el momento la fuerza de la resistencia exige ese incomodo estado de esperar en la desolación.

Caracas, 8 de octubre de 2012.

Fuente: http://www.codigovenezuela.com/2012/10/noticias/politico/acerca-de-la-tristeza-por-ana-teresa-torres
Fotografia: Leonardo Noguera  (El Nacional, Caracas, 12/12/12)

Breve nota LB: Ponerle un poco más de sobriedad al debate necesario, pasa por incorporar las versiones objetivas y realmente susceptibles del debate enriquecedor. Vale decir, de perspectivas que dejen de lado las ocurrencias, especulaciones, exaltaciones, y toda esa fauna que pasa por ideas y constituyen meras percepciones instintivas: los prejuicios. Agradecemos a MFS la recomendación del enlace. E, incluso, probando la posibilidad de otra de las varias perspectivas posibles y deseables, nos permitió recomendarla a un joven dirigente político que la reconoció como válida en un rápido intercambio de correos.

miércoles, 27 de junio de 2012

CAZA DE CITAS

"Me preguntó por qué no tenía carro como todo el undo, entendí que le preocupaba mi situación financiera. Le expliqué que odiaba manejar y que si  quisiera tenerlo lo tendría, pero no quiero. Le pareció extraño y en verdad lo es". 

Ana Teresa Torres

("Los últimos espectadores del acorazado Potemkin", Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 1999: 239)

 Fotografía: "La Salle 350-D 1934 sedán. Marca que empezó en 1927 por la también General Motors..." Aporte de Fabian Capecchi a grupo Museo del Transporte de Caracas.

martes, 26 de junio de 2012

CAZA DE CITAS

"... Y se mezcla con los artistas y escritores existencialistas, transformándose en una especie de mascota de los habituales. No es una intelectual pero ofrece, desde el punto de vista plástico, su belleza, y anuncia vagos planes de convertirse en actriz de teatro para de alguna manera justificar su presencia entre ellos"

Ana Teresa Torres

("Los últimos espectadores del acorazado Potemkin", Monte Avila Editores Latinoamericana,  Caracas, 1999: 130)

jueves, 31 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS


"... No tengo nada en contra del placer, no soy una puritana como se imaginará, lo que me llama la atención es la falta de sentido que se va imponiendo en el mundo. A mi modo de ver el sexo ha decaído mucho, el sexo compartido. La cultura que se impone es la cultura de la masturbación. Me imagino a millones de obesos comiéndose ávidamente las pizzas que han encargado por computadora, mientras ven la televisión o hacen una llamada sexual. Es el placer virtual, al alcance de todos"

Ana Teresa Torres

("Los últimos espectadores del acorazado Potemkin", Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1999: 127)


Ilustración: Edward Hopper, "Chop Suey"  (1929)

martes, 29 de mayo de 2012

RUTINA DE HABLANTES

El habla cotidiana en lenta y constante evolución, suele no reconocer sus orígenes y también sus deserciones. Encontramos el año pasado, un breve e interesante diccioario penitenciario de Lumo Leva que nos orienta respecto a algunos términos. Digamos que la curiosidad periodística lo hizo, en cierta forma, un lingüista o filolólogo, por fuerza de la originalidad reporteril siempre perseguida. E, igualmente, tropezamos hace poco con un verbo: "toquetear", significando tocar lascivamente a una persona. Así lo consignó Ana Teresa Torres en su novela "La fascinación de la víctima" (2008), y - en los capítulos  finales - ignoramos si la protagonista, Elvira Madigan, lo sometió al análisis de la lingüística forense de sus tormentos. Ignoramos de una consagración judicial del término para tipificar el delito correspondiente.

Expresiones, modismos, giros verbales que quedan, al lado de los otros que sucumben. "Parapetear", "coroto", "chévere cambur", por ejemplo, a veces sobresalen - asombrando a las nuevas generaciones - en las viejas películas venezolanas. ¿Habrá cambios significativos del habla rutnaria por estos años?....

LB

Fotografía:  Lumo Leva, "Pequeño vocabulario del buen hampón". Momento, Caracas, nr. 339 del 13/01/63

sábado, 26 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS

"- ... Mi hermano fue un fin de raza. Un personaje que cabalgó en la transición del país rural al país urbano. Yo no, yo fuí decididamente un muchacho urbano, un televidente, un profesional de la democracia, un posible agente del desarrollo que se auguraba a la caída de Pérez Jiménez. En fin, mis mitos fueron otros"

Ana Teresa Torres

("Los últimos espectadores del acorazado Potemkin", Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 1999:86)

Fotografía: Caracas a principios de los cuarenta, esquina de Las Monjas. Fuente: Caracas en Retrospectiva
mariafsigillo.blogspot.com

martes, 22 de mayo de 2012

ES UN TODO

La fascinación de la víctima
Luis Barragán


Brevemente, imaginemos un pequeño inmueble habitado por un número escaso de familias harto ocupadas por los asuntos de cada día. En el apartamento que tiene a dos niños con lechina, no saben de los otros que afrontan una parecida situación y, menos, adivinan que el circunstancial juego infantil contagió o pudo contagiar a otros, excepto que sea notable cierta anormalidad, porque baje la movilización escolar, desahogado el ascensor en las horas claves; un vecino le preste a otro el termómetro, constatando la relativa generalización del problema; o, simplemente, siendo el medio de comunicación por excelencia, la conserjería revele un porcentaje de familias afectadas que las lleva a tomar las medidas de precaución.

Creyéndola propia, intransferible y excepcional, cada familia descubrió la realidad común que vive el condominio, participando de una u otra forma en la solución del problema. Vale decir, participación que necesita de la publicidad, asunto éste que la junta de administración procurará manejar según sus intereses.

Mutatis mutandis, creíamos que las nuestras eran dificultades exclusivas, agravadas por nuestras imprevisiones, hasta descubrirlas excesivamente parecidas a las del otro y los otros. Y, aunque la realidad sigue un curso insobornable, a veces demorado el estallido, la junta administrativa del país procura que no nos enteremos cuánta coincidencia hay en un pueblo que no tarda en reconocerse en los problemas y desea también hacerlo con sus soluciones.

Un sector de la ciudad capital vivió cercana y dramáticamente la desgracia de La Planta, atinando en las vicisitudes de los prisioneros y sus familiares que también las supieron compartidas. Por muchas diligencias que hicieron las autoridades competentes para ocultar – precisamente – su incompetencia, toda la urbe – largamente victimizada - se vio afectada por esa realidad tan común como el viento, algo que – seguramente – experimentan otras localidades del país con menor acento noticioso.

Nadie debe ocultar la vieja data del problema penitenciario venezolano, aunque pocos se atrevan a desmentir el costo político que acarreaba. Hoy, a catorce años de un mismo gobierno que ha disfrutado literalmente de recursos descomunales, mas no del necesario talento, la más abnegada diligencia es que no se sepa siquiera de los disparos intercambiados, por más que se oigan, hieran o maten, agudizado como nunca antes un problema que se dijo resolver mediante la creación de otro despacho ministerial, presupuestariamente bien equipado, y la designación de una titular de tan particulares características.

Ejerciendo el monopolio de las imágenes, quizá cazando al vecino que fotografiaba las incidencias del lugar a través de un móvil-celular, la principal televisora del Estado fue la única que se internó en las interioridades de La Planta, a objeto de dar una versión interesada de los sucesos ahora vedados a diferentes medios independientes. Los francotiradores diligenciaron una buena posición en los edificios cercanos, acaso con la fascinación de una aventura segura que, un poco, la compartieron los residentes por el despliegue de las armas y los otros arreos marciales, sabiéndose absolutamente desprotegidos por los guardianes del poder político establecido.

El objetivo estratégico, con el traslado de los presos, ha sido el de reacomodar la vitrina noticiosa que es Caracas, como bien lo conocen los funcionarios – igualmente ministeriales – de la electricidad. No hay investigación ni comisión parlamentaria válida hasta que perfeccionen la escena, por lo que – a lo sumo – la ministro podría acudir a una sesión plenaria, aventajada por un espectáculo del que han gozado sus – ahora - colegas.

Lo peor es que el gobierno no da explicaciones, salvo las que juzgue más convenientes para sus emisoras y periódicos, esperando el resto de la humanidad el rebote noticioso. Nadie se atreve a aclarar la existencia de un sofisticado armamento o la posesión de drogas, como la gerencia de otros negocios delictivos, en el centro penitenciario, pues tampoco alguien ha dicho sobre las armas halladas en un asalto realizado en Barquisimeto, pertenecientes sus seriales a las de la Policía del Táchira que Miraflores desarmó, dejándolas en custodia de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

El entonces vicepresidente de la Comisión de Asuntos Parlamentarios, William Ojeda, por poco le allanan la inmunidad parlamentaria, ya que, en una anterior crisis, cumplió con el deber de apersonarse en el lugar de los acontecimientos, denunciarlos y proponer alternativas. El oficialismo asegura que basta con un eufemismo (“privados y privadas de libertad”), para tratar la materia, bloqueando o impidiendo todo debate e investigación, libre y convincente, por la Asamblea Nacional.

Presumiendo de ella, carecen de toda autoridad moral para atender lo que se ha convertido en una tragedia que contrasta con tiempos añejos. Lo más lejos que pueden llegar es repetir enfermizamente las consignas, porque así como en la última sesión de la Asamblea Nacional divagaron sobre la crisis global del capitalismo o los indicadores sociales, para soslayar las denuncias contundentes de los diputados Miguel Ángel Rodríguez y Julio Montoya, o callaron sospechosamente a fin de imponer arbitrariamente la cpostergación del Proyecto de Ley de Control para la Defensa Integral del Espacio Aéreo, ahora pretenderán irresponsabilizarse de los hechos de La Planta, anhelada como una conspiración macabra de la oposición apátrida.

Descubrimos a los propagadores de la lechina ya inocultable que nos amenazarán con elevar la cuota de condominio y cortar el agua, procurando un silencio cómplice. Por más que digamos ocuparnos de nuestros asuntos, tenemos un destino común que día a día nos sorprende: casi como la psiquiatra Elvira Madigan, el personaje de una novela de Ana Teresa Torres, que se hizo de un iceberg criminal, hemos atado pacientemente los cabos dejando que el lingüista-forense dictamine en los venideros comicios presidenciales.

Se ha hecho notable la realidad, cuyo estallido está en proceso. Pedevalizados, su mayor orfandad es moral.


Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/05/la-fascinacion-de-la-victima/ 
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=867323 

Fotografía: Reseña de El Nacional, Caracas, 22 de Mayo de 2012

 

sábado, 19 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS


“Compraron un terreno en la parte nueva de la ciudad, un reciente desarrollo que se denominaba Altamira, probablemente porque estaba situado al pie de la montaña, al norte, y desde allí podía contemplarse gran parte del valle en el que se extendía Caracas. La gente, entonces, se sentía insegura de vivir en edificios porque la ciudad tenía una historia de terremotos y, sobre todo, porque no estaban acostumbrados, de modo que los terrenos podían conseguirse a buen precio. No había mucha demanda para vivir en aquella zona que se consideraba solitaria, alejada de todo, casi en la selva. Inmediatamente hipotecaron el solar y comenzaron la construcción. Contrataron los obreros y las maquinarias y ellos mismos, Adrián y Leo, supervisaban el trabajo; Sofía tenía buenas ideas de arquitectura (...) La observó detenidamente, el edificio aún existía - estaba bastante segura - en la urbanización Altamira. Luego pasará a detallarlo..."

Ana Teresa Torres

(”La fascinación de la víctima”, Editorial Alfa, Caracas, 2008: 189, 261)
Fotografía: Aporte de Jorge Peña para Caracas en Retrospectiva / Facebook

sábado, 12 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS

" ... La ignoró completamente, se dirigió a la chica y le ordenó que lo siguiera a la oficina (...) Ni que dirigiera The New York Times, pensó Elvira (...) El local se componía, en realidad, de aquellos dos espacios (...) Emilio Samperio se despidió de ella casi sin levantar la mirada. Elvira salió de Mango bajito con el rabo entre las piernas (...) Bajó a pie las escaleras, era un edificio cochambroso con el ascensor sin funcionamiento, y recorrió el pasillo oscuro por el que no había pasado una escoba desde la década anterio"

Ana Teresa Torres

("La fascinación de la víctima", Editorial Alfa, Caracas, 2008:98 s.)


Fotografía, por la vía del contraste: Bob Woodward y Carl Bernstein en las oficinas del Washington Post, 29/04/73 (© Bettmann/Corbis)

miércoles, 9 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS

"Vera era una paciente hasta cierto punto perfecta. Entendía muy bien el sentido del diálogo con su terapeuta y exploraba sus sentimientos con coraje. No era, además, alguien que estuviera esperando el milagro de una curación, porque, en realidad, no quería curarse de nada"

Ana Teresa Torres

("La fascinación de la víctima", Editorial Alfa, Caracas, 2008: 208)

Ilustración: Rute Santos, "Shame 12"

martes, 13 de septiembre de 2011

QUEJADURA


La fotografía data de mayo de 2011, en la que Ana Teresa Torres responde a las preguntas del conducto de "Aló, ciudadano" (Globovisión). Excepto el ensayo sobre el imaginario colectivo de los venezolanos ("La herencia de la tribu"), el cual nos pareció harto repetitivo, valoramos inmensamente su obra. Ella es parte del patrimonio moral y cultural del país, sin que - por cierto - necesite de alguna declaratoria oficial al respecto, como refiere el Proyecto de Ley Orgánica de la Cultura ("patrimonio cultural viviente"). El caso está en las raras veces que ella es invitada al medio televisivo, al igual que otros preocupadísimos venezolanos de extraordinaria solvencia que ayudarían a elevar el debate público. Queja tras queja, permanentemente observamos que también la imbecilidad encuentra cabida en el periodismo televisivo e impreso, por no citar el ridículo culto a la personalidad presidencial en los medios del Estado. Desearíamos un mayor y mejor contenido, con absoluta independencia de las pautas estéticas en boga, pues, la telegenia - acaso - es cosa de entrenamiento (manejo de las cámaras por el entrevistado, las pausas, etc.). Al privar enteramente las formas, nos privamos de la palabra genuina. Frecuentemente, quienes cubren la fuente política resultan de una superficialidad desencajadora. Y eso que ocurre, es parte de la crisis padecida.

Fotografía: LB, 18/05/11.

domingo, 12 de diciembre de 2010

ana torres


EL NACIONAL - Domingo 12 de Diciembre de 2010 Siete Días/4
entrevista
Ana Teresa Torres
"Hay que construir una memoria civil de Venezuela"
Frente a una memoria heroica, la escritora antepone los logros de la sociedad. Lamenta la ausencia de la palabra ciudadano en el discurso oficial y cuestiona la simplificación histórica que alienta el chavismo y la hipermitificación de la figura de Bolívar, que prepara el camino a un pensamiento único
TAL LEVY

Imagina un aula escolar en la que no sólo esté el retrato del Libertador, ¿por qué no? "El hecho de que toda tu fuerza esté sustentada en una figura icónica como la de Bolívar quita otros modelos, más cercanos.

Si quiero ser un buen arquitecto tendría que pensar en Carlos Raúl Villanueva, no en Simón Bolívar", señala Ana Teresa Torres.

"Hay que construir una memoria civil de Venezuela. No hay que inventarla, existe, pero está muy dispersa. Es la memoria de los logros de la sociedad venezolana desde el punto de vista civil, cómo se construyó la democracia, no sólo con la resistencia en tiempos de Gómez o Pérez Jiménez, sino con la creación de las instituciones democráticas. Hace falta construirla en relato y, sobre todo, difundirla a través de la educación formal, los medios de comunicación y los discursos políticos, para contrarrestar una memoria heroica, en la que la gloria se sustenta en una gesta armada ocurrida hace 200 años, pero que queda en el imaginario como un ideal permanente, y que no es útil a los fines del siglo XXI. Es necesario que núcleos de la sociedad comiencen a pensar en relatos alternativos, en otras posibilidades de construcción de identidades", explica la escritora.

--De 1830 a 1958, la Presidencia sólo estuvo como diez años en manos civiles. Después de una pausa de 40 años, el poder ha vuelto a un militar. ¿Por qué no se ha superado el mesianismo militarista que nos ha caracterizado? --En la medida en que la cultura que transmites y la memoria legítima del país es una guerra, ¿quién aparece como el héroe? El militar. Se ha resaltado más el aspecto militar que el constitucionalista de Bolívar. Además, el militar en Venezuela no está asociado con la idea de dictadura, de represión, como en países del sur del continente, sino con que es el salvador del pueblo porque es el protagonista de la Independencia. No podemos olvidar que el lema del Ejército fue durante muchas décadas "forjador de libertades".

--El chavismo construye su propio relato, el de la refundación de la patria a través de la revolución bolivariana.

Su ficción política, como usted ha afirmado, se levanta sobre los mitos de la nación.

¿Cómo contraponer esa versión narrada de los hechos, ese discurso del poder, desde el poder del discurso, desde la palabra? --No es una empresa fácil porque ese discurso político se sustenta en un imaginario, en valores arraigados. La ficción política que construye el chavismo la describí en La herencia de la tribu como un me- garrelato emancipatorio que hace una simplificación de la historia dividiéndola en pares, que terminan siendo los buenos y los malos. Un discurso ciertamente debe ser combatido con otro discurso. Primero, Venezuela no está construida con esa simplicidad de los buenos y los malos. Muchos historiadores contemporáneos han trabajado en esa desmitificación. Por otra parte, está la construcción de un relato que le hable a la sociedad de sus propios valores pero desde otros paradigmas, desde el ciudadano. En el discurso actual la palabra ciudadano no aparece; es lógico, porque es un concepto vinculado a la democracia. El ciudadano es el individuo anónimo, no es el prócer; es el que construye lo social desde un pequeño lugar, su lugar de oficio, y eso es algo muy desvalorizado en Venezuela. Tendría que ser un discurso que apuntalara que ese pequeño lugar que cada quien puede ocupar es la base de la construcción de una gran sociedad.

--Ha proliferado la lectura crítica de la figura todopoderosa de Bolívar. No le parece contradictorio que ocurra durante un gobierno que proclamó la República Bolivariana de Venezuela y que se ha apropiado de este ícono nacional hasta incluso verle el hueso literalmente. --Bolívar ha estado siempre presente y utilizado en los discursos oficiales, pero no con esta intensidad. Hay personas a las que ahora la mención de Bolívar les irrita, les produce malestar, antes no. La razón es que si estás saturado, bombardeado por algo, hay un momento en que dices ya no quiero más. Veo lógico que haya surgido una reacción por parte de los intelectuales para contribuir a la desmitificación porque vivimos un momento de hipermitificación de la figura.

--La herencia de la tribu plantea una paradoja: "Siendo Bolívar el paladín de la libertad de los pueblos, su mito prepara a los creyentes para la aceptación de la dictadura". ¿Por qué? --Si tomas la idea de Bolívar como unidad y dices que el pensamiento de Bolívar es éste, preparas el camino a un pensamiento único. Ahora asistimos a una lectura socialista, pero se le pueden dar otras. Además, si la República se llama Bolivariana, que no es poca cosa desde el punto de vista simbólico, ya estás cerrando cuál es el destino de esa República: seguir el pensamiento de una persona. Ni siquiera la Unión Soviética se llamó República Leninista. Es paradójico, porque justamente la acción máxima de Bolívar está vinculada con la libertad.

Pero esto ya no es Bolívar, él se murió en 1830; esto es la utilización política que se puede hacer de una figura histórica.

--También escribe en La herencia de la tribu: "Bolívar es un héroe melancólico que tiñe de pesimismo la historia del país y antepone el fracaso como meta". ¿Cómo sobreponerse a ese sol negro, a esa pesada carga? --Es melancólico porque es un héroe que triunfó en su proyecto militar, pero fracasó en su proyecto político. La gran fuerza del mito de Bolívar está en este componente romántico del personaje fracasado, que muere solo, triste.

A esto se añade algo tremendo, que el fracaso de Bolívar es culpa de los venezolanos, acusados de parricidio. Eso da fuerza emocional al mito porque es la idea de que si lo hubieran dejado hacer lo que quería, América hubiera sido el paraíso en la tierra.

--Pero ¿cómo puede el venezolano deslastrarse de esa culpa? --No lo veo fácil. Primero, hay que desmitificar: Bolívar no fracasa por culpa de los venezolanos, sino porque propone un proyecto político que no contó con el apoyo de los otros actores. Segundo, nada asegura que su proyecto era la felicidad para América.

--¿Qué repercusiones tiene sobre la psique del venezolano vivir en un estado de incertidumbre permanente? No sólo se trata de no saber si habrá congestión de tráfico o lluvia, sino que los cambios políticos, económicos, jurídicos están a la orden del día. --La parte positiva es que los venezolanos tenemos una capacidad de adaptación muy alta, de improvisar y de ajustarnos a lo que cambió de repente. A otras sociedades, como viven en mucha estabilidad, el menor cambio les desajusta, les parece fin de mundo. El lado negativo es que esa permanente situación de no saber lo que viene lleva a vivir el momento, muy al día, y eso va en contra de algo fundamental que es la planificación, necesaria para el progreso. Cualquier catástrofe o evento como el que estamos viviendo demuestra nuestra dificultad para planificar, porque eso pasa en todos los países pero los que tienen más capacidad de planificar y saben que puede ocurrir toman previsiones que aminoran los efectos.

--"En este país de la desmemoria yo soy puro recuerdo", se lee en su novela Doña Inés contra el olvido. ¿Cómo luchar en Venezuela contra la desmemoria? --Hay veces que uno piensa lo contrario, que es un país permanentemente nostálgico.

--¿Por aquello de la melancolía de la figura de Bolívar? --Sí, de la gloria de Venezuela basada en un hecho ocurrido 200 años atrás, completamente fuera del contexto actual. Es como un apego nostálgico.

--Hugo Chávez intentó un golpe de Estado, pero cuando fue candidato presidencial a muchos votantes se les olvidó. --Puedes verlo como una falta de memoria, pero también como una manera muy descuidada de ver las cosas y de quitarle peso, importancia.

El otro día le oí a Axel Capriles una expresión que me pareció muy buena: el cheverismo. Todo es chévere; entonces, dio un golpe, sí, pero es chévere.

Todo va perdiendo peso. No sé si las cosas se olvidan o están colocadas en cualquier parte, no con el valor que pudieran tener.


Fotografia: Leonardo Noguera

martes, 11 de mayo de 2010

LA ACTUAL NARRATIVA VENEZOLANA (I)



EL NACIONAL - Sábado 24 de Abril de 2010 Papel Literario/2
Consulta
EQUIPO DE PAPEL LITERARIO

* El balance que se presenta tiene un carácter periodístico y su resultado no es más que la expresión de una consulta realizada bajo ciertas reglas, tal como es común en revistas y suplementos literarios en Estados Unidos, Inglaterra y España.

* En nuestro caso, elaboramos una lista inicial de 30 personas, que cumplían con tres requisitos: no son narradores, son buenos lectores y siguen con atención el transcurrir editorial venezolano. Nuestra lista incluyó lectores de distintas generaciones y regiones del país.

* Enviamos la petición los tres últimos días de diciembre de 2009. El plazo de entrega culminaba el pasado 28 de febrero. Hasta esa fecha recibimos 14 contribuciones. Además de la lista ordenada del 1 al 10, los consultados podían aportar un breve texto para comentar, desde cualquier perspectiva, lo ocurrido en diez años de narrativa venezolana. Los nueve textos que recibimos se incluyen en esta edición.

* El compromiso que adquirimos con las personas que participaron en la consulta fue el de publicar sólo una lista con los resultados totales, y no divulgar las listas individuales. Nuestro interés consiste en mostrar algunas tendencias y no el detalle contenido en listas particulares. En definitiva, lo que nos proponemos es ofrecer una guía a los lectores que siguen estas páginas. ¿De dónde salió la puntuación? A los que encabezan la lista les asignamos 10 puntos. A los segundos, nueve. A los terceros, ocho. Y así, sucesivamente.

* En las 14 listas aparecieron mencionados un total de 57 libros. De ellos, 34 recibieron una mención. El resto, como es obvio, dos o más menciones. Los tres libros que encabezan los resultados fueron incluidos en 12 de las 14 listas tabuladas. En la mitad de las listas, Falke, la gran novela de Federico Vegas, fue la primera en ser nombrada. Que haya obtenido 100 puntos es un puro fruto del azar.

* Varios autores aparecen mencionados con varios libros. Además de Francisco Suniaga, que tiene dos títulos entre los más puntuados, Victoria de Stefano, Antonio López Ortega, Ednodio Quintero, Rodrigo Blanco, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Wilfredo Machado, Eduardo Liendo y Miguel Gomes, aparecen con más de un título.

* De considerable interés es la riqueza y diversidad, el llamado de atención que late en la dispersión de los resultados, como si en las listas tabuladas cada uno de los lectores consultados, ellas nos estuviera advirtiendo: hay que poner atención también a estos otros títulos (me refiero al universo de los 34 libros que recibieron una mención, es decir, un lugar en el aprecio de ciertos lectores).

* Por último, nuestras expresiones de gratitud a quienes accedieron a sumar sus opiniones al ejercicio propuesto: Alexandra Cariani, Alexis Márquez Rodríguez, Andrés Boersner, Carlos Pacheco, Gustavo Guerrero, Ildemaro Torres, Jason Maldonado, Luis Moreno Villamediana, Luis Yslas, Michelle Roche, Miguel Ángel Campos, Nelson Rivera, Oscar Rodríguez Ortiz y Rafael Osío Cabrices.

EL NACIONAL - Sábado 24 de Abril de 2010 Papel Literario/3
Voces sobre Falke

He comentado Falke con otros lectores entusiastas de ella y es llamativo el consenso de que la peripecia del protagonista, desplegada morosamente en los sobresaltos que experimenta y los balances existenciales que hace Rafael Vegas durante largas semanas de persecución gubernamental a través de una sucesión de parajes del oriente venezolano, aplazan el goce de la conversación que entablan Rafael Vegas y Doroteo Flores en Trinidad (...) Quizá la fascinación de los papeles privados de Rafael Vegas haya apartado al autor de darnos un texto más compacto. Me gustan las novelas con barcos. Si a bordo del barco hay conspiradores, me gustan más.

Si el barco es de guerra, no tengo más qué pedir. Abordada por su autor (una novela de expedicionarios caribeños que se embarcan en Danzig y son desbaratados militarmente no bien desembarcan, no puede sino "abordarse") con el ánimo de mesmerizarnos con su singular poder evocativo, esta novela se vincula, creo, a una tradición universal y milenaria que parte del mito de Jasón y se multiplica en navegaciones de tan diversa calidad y suerte literaria como Moby Dick; Baza de Espadas, de Valle-Inclán; El motín del Caine, de Hermann Wouk; Los premios, de Julio Cortázar o Vendaval en Jamaica de Richad Hughes, y basta ya de citar de memoria. Héctor Feliciano, el escritor puertorriqueño radicado en Nueva York, dice con encomio de Falke que se trata de una especie de "anti-Granma": "El lector extranjero la lee como suya , señala Feliciano, reconoce los múltiples y descabellados disparates marinos que, desde el siglo diecinueve, se han multiplicado en nuestros países o la fascinación obligatoria por la formativa París para la condensación y elaboración de nuestras ideas políticas".

Ibsen Martínez. "Falke". El Nacional .

A diferencia de la historia , la literatura necesita una arquitectura. El paisaje plano de los hechos y testimonios sólo adquiere profundidad cuando se reconstruye en sus diversas capas, como maqueta diminuta que deja ver lo que el recorrido por el edificio real no permite. A Federico Vegas le preocupa la verosimilitud, la habitabilidad de su extraordinaria maqueta, pero sólo lo suficiente para inyectar en el lector un sobresalto que se reprime de inmediato, porque uno se entrega completamente, con ese fiat que es la codicia de todo escritor. Falke existe como existe el país, y la trenza infinita que une, como las figuras de Escher, realidad y ficción, vuelve gozosa a mostrarse en este libro que es arquitectura del movimiento, que es travesía en el tiempo, periplo de una vida, descubrimiento y conquista de sí mismo, trayecto de noviciado, peregrinación penitencial, levantamiento topográfico, cartografía de nuestra cultura, expedición de límites. Falke es una novela de iniciación, de comingof-age de un país. La anima una doble exploración: la del tiempo y la del espacio.

El tiempo de un siglo que se acaba en el interminable letargo gomecista; el espacio de un país desconocido cuya geografía apenas llena mapas sin ser territorio vivo. En el Falke venían unos extranjeros a reconocer su propio país, Ulises con maúseres, ciegos y sordos, a los que el autor ofrece la enseñanza en boca del maestro Gallegos, el que quiso ver y oír: "La tarea esencial es comprender nuestro carácter, mezcla de servidumbre y prepotencia".

Con esta clave en mano se recorre el texto como un mapa minucioso de un proceso de autocomprensión que está, sin embargo, henchido de compasión hacia el voluntarismo, hacia ese "monstruo de siete cabezas agitando en cada cerebro una intención distinta", hacia el cosmopolitismo provinciano, hacia la vanidad ingenua de los argonautas empeñados en vencer sabiendo que no es posible. Falke contiene muchos libros, claro. Elija el lector el que le apetezca.

Colette Capriles. "Navegar es preciso, vivir no es preciso". El Nacional .

Se trata de una ficción con referencia en la realidad, que cuenta la historia de un grupo de venezolanos, con más corazón que estrategia, que se embarcó (nunca mejor dicho) en el Falke con el propósito de venir de Europa, donde algunos de ellos estudiaban (y no seguían ninguna práctica militar, ni siquiera un poco de educación física al amanecer), para invadir Venezuela y derrocar la tiranía de Gómez. El resultado de esta aventura es conocido, está en la historia contemporánea de Venezuela; lo que la novela aporta es el desplazamiento físico y mental de aquellos hombres, sobre todo de los muchachos involucrados, a partir del momento en que deciden, en una operación quijotesca, convertirse ellos mismos en personajes de la literatura que les tiene la cabeza en ebullición y en redentores de la patria oprimida. El desastre está cantado desde el primer párrafo pero es tal la vitalidad de los personajes, el precioso detalle con que sus psicologías quedan expuestas, que puede afirmarse que Vegas los ha amarrado a la vida por siempre.

Milagros Socorro. "Un falso poeta y tres auténticos narradores". El Nacional.

Falke de Federico Vegas (Ca- racas, 1950) es una excelente novela, novela a secas, sin cognomento. Cuenta la peripecia de Rafael Vegas, ilustrísimo pariente del autor y, a mi juicio, el más importante educador de la historia de Venezuela, hacia el final de la década de 1920 y comienzo de la de 1930, cuando, luego de tener que exilarse en París por los hechos de la Generación del 28 --de la que fue uno de los más notorios integrantes-- participó en la aventura del Falke, el barco en el que se intentó una invasión por Cumaná para derrocar al dictador Juan Vicente Gómez. Debido al fracaso de la curiosa expedición, Rafael Vegas se quedó varado en tierra y se convirtió en un extraño guerrillero inerme, cuya salud sufrió un grave contratiempo al contraer el Mal de Chagas, y luego de catorce meses de aventura logró salir de Venezuela hacia Trinidad, en donde estuvo a punto de ser deportado hacia una muerte segura, pero pudo superar la situación y hasta se reencontró con su madre antes de regresar a París para continuar su vida de estudiante exiliado. La narración se cumple a través de las notas autobiográficas del protagonista, escritas en realidad por el novelista. Por ellas pasan todos sus compañeros de aventura durante los preparativos del viaje, la travesía, la acción guerrera fracasada, la huída por los campos del oriente venezolano, el accidentado retorno y el reencuentro con una alterada cotidianidad, otra vez en París. Para ello, Federico Vegas crea un Rafael Vegas perfectamente verosímil, aunque los que conocimos de cerca a Rafael Vegas nos damos cuenta de que el personaje de la novela no tiene mucho que ver, salvo en algunos elementos físicos, con el personaje de la vida real. Pero eso es algo que no desmerece en absoluto la novela. Al contrario, la enaltece. Los personajes de novela no son sino eso, personajes de novela, y lo que cuenta es que estén bien plasmados, como lo está, y muy bien, el Rafael Vegas de Falke.

La narración es fascinante y en ningún momento cae en lo fácil o en el lugar común, sino que mantiene una tensión muy bien lograda y sostenida desde el comienzo hasta el final. El objetivo de una buena novela es el interés del lector, y es algo que los dos Vegas logran con admirable eficiencia. Tanto el Vegas novelista como el Vegas novelado. El Vegas novelado se convierte, sin duda, en uno de los más atractivos protagonistas de la novelística venezolana, y el Vegas novelista, al crear este pequeño mundo histórico y personal, se consagra como un novelista plenamente formado, uno de los mejores novelistas venezolanos de nuestro tiempo.

Eduardo Casanova. Tomado de la página Literanova.

Federico Vegas es uno de los escritores venezolanos que permanecerán como una referencia en el tiempo futuro, para mí, sin duda, es el más completo de esta época.

Entre otras muchas virtudes, en novelas tales como Falke, Historia de una segunda vez y Prima lejana tuvo la valentía de escribir literatura venezolana sin complejos, como nosotros somos de verdad. Con su obra, reencontró el camino por largo tiempo perdido de nuestro quehacer literario y, por esa razón, marcó un rumbo para quienes le hemos seguido.

Francisco Suniaga.

La herencia de la tribu


http://www.opinionynoticias.com/librosyautores/3734-de-la-herencia-tribal
http://www.notivargas.org/columnistas/7479-luis-barragan--de-la-herencia-tribal.html
De la herencia tribal
Luis Barragán

El polvillo ligero y reiteradamente fugaz de los comentarios, no logra atrapar la naturaleza íntima del régimen que está hecho de la versión impuesta de la memoria histórica, el imaginario social y la cultura política, alcanzada a través de largas décadas de fatigoso andar republicano. La complejidad de la materia está extraordinariamente sintetizada por Ana Teresa Torres, mediante – la entendemos así – una esencial recapitulación de finales de año: “La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana” (Editorial Alfa, Caracas, 2009).

Pareciendo notas personales, recogidas al amparo de una angustia de reinterpretación del fenómeno revolucionario, por cierto, tan particular, reseña las principales posturas o escuelas que explican el éxito de una experiencia y un proyecto de vocación totalitaria. Citas y notas informativas, pueblan la obra como si también intentara informar al más desavisado de los foráneos, sobre personalidades, situaciones y voces que presumimos universales.

Lograda una consistencia teórica, aunque dispersa, tiene por principal ventaja la de subsumir los detalles aparentemente triviales del mensaje presidencial, tácito y explicito que ha abundado hasta el hartazgo por todos estos años. Gestos y alocuciones, consignas y animaciones que copan todavía la vastedad mediática, necesitan de una explicación que la autora encuentra en la intimidad de todas nuestras honduras colectivas: las supuestas improvisaciones, los detalles o las menudencias, delatan las grandes hormas que parecen confortables aún para quienes reclaman un lugar en las trincheras de oposición.

Estamos hechos de una robusta escolaridad que desemboca, día a día, en nuestras más distraídas posturas políticas. Acaso, somos una gran ficción desprendida del viejo malentendido de la libertad e independencia, insoluble en la sociedad venezolana (105).

Torres enfoca con excelente pedagogía, por ejemplo, el mito bolivariano ilustrado, histórico, cristiano, pagano, filosófico, psicológico, marxista y “lombardiano”, que concurre al de mayor calibre: el fundacional y bolivariano que hace a la república heroica y libre, donde la nostalgia sustituye la conciencia histórica (53 ss., 108, 126 s.). Quisiéramos saber del sistemático empeño, pretendidamente “antibolivariano”, que – a guisa de ilustración – exprimió la mejor tinta de José Ignacio Cabrujas o Manuel Caballero, en los diarios caraqueños de los ochenta: obviamente, resultó insuficiente.

Las múltiples y anudadas - término clave (254) - correspondencias establecidas por la autora, necesitaban de una inicial y contundente definición del imaginario, e imaginario tribal, en lugar de la tardanza que reclamara al más despistado lector, posiblemente el destinario protagónico del ensayo. El dúo implacable de la satanización y la victimización que explica buena parte de nuestra vida histórica, ha logrado sustentar tal imaginario en el mesianismo militar, el bolivarianismo, la pena por una independencia inconclusa (138, 141, 158, 192), permitiéndonos concluir que la correspondencia estelar entre el “electorado” y Chávez Frías quizá tardará en diluirse, mientras éste, inescrupulosamente ha blindado la democracia de los sondeos.

Abrigamos dudas sobre el héroe y el heroísmo, el camino hacia la libertad y la fiereza del pueblo venezolano (24, 93), pues - modesta hipótesis - el contrapunteo pudiera resumirse entre los chivos emisario y expiatorio, en la senda del constante reacomodo que haya explicación en el pesimismo que nos explica. La fanática secta en la que se ha convertido el chavismo, ya no movimiento político o expresión concreta de poder, nos permite acentuar los aspectos de religiosidad que Torres trata, tenido el petróleo como vertebrador de lo tribal y moderno, cuyo capítulo final está esbozado: “Como en todo pacto de ficción, su duración depende de la fidelidad del escucha” (64 s., 117, 131, 261), una derrota que puede hacerse maldición eterna en el intento de llenar elvacío de un imaginario, tal vez como fue y lo es el peronismo argentino.

Acierto conceptual, transitamos una revolución permanente, jamás imaginada por Trotsky, el postulante, que nos deja como tarea pendiente la de estudiar el mito democrático, levantado sobre otro octubre, en el “modelo colapsado de sociedad rentista centralizada” (129, 132-135), vistos los estragos de la antipolítica y el militarismo. Revolución que se traduce en una sociedad de sobrevivientes, con un héroe siempre en pie – si se quiere – como es el malandro (161), tan persistente como el famoso manual de Carreño frente a toda Constitución que nos demos y que nada abona a los “pavitos” que también le fastidió la paciencia de sociólogo y penalista a José Rafael Mendoza, a finales de los cincuenta.

Sentimos, es el cotidiano vigor de una escolaridad hastiada donde el heroísmo tiene su mejor domicilio, más allá de la moneda o de las ocurrencias toponímicas (52, 127), pues también cursan la flora, la fauna y las evocaciones que no son necesariamente rurales. Algún día, podrá comprobarse el origen del socialismo manipulador de Bolívar y de la bolivarianidad, tarea de historiadores que trasciendan a Hugo Chávez o Douglas Bravo, asumiendo lo mucho que le queda de expiatorios a los chivos que – realmente – devienen emisarios, los que antes suscitaron más interés por su destino físico que por sus remisiones, inquietudes o planteamientos teóricos (174-176).

La obra cuenta con un buen soporte teórico, aunque diseminado de tal manera que – a veces – lo acerca a la crónica o reseña. Estupenda pieza recapituladora de los aportes realizados en los últimos tiempos, por una parte, mereció más de la Torres que asomó a Freíd, por ejemplo; y, por otra, una evaluación crítica de tales aportes, aunque se nota la ausencia de María Sol Pérez Schael (apenas mencionada, 121), Omar Astorga, Ramón Piñango o Herbert Koeneke.