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domingo, 21 de enero de 2018

DINERO EN EFECTIVO

Interioridades de una buseta
Luis Barragán

La Venezuela de los grandes, pesados y pesarosos autobuses para el transporte intra-urbano, dio paso definitivo, en dos o tres décadas, a la importación y masificación de las unidades más ágiles, pequeñas y confortables. Excesos aparte, las busetas le dieron otro dinamismo al tránsito automotor que incluyó otra modalidad de contratación laboral con los llamados avances.

Consabido, la transportación superficial sufre los embates de la crisis que ha ensordecido a los profesionales del volante y a los usuarios. Ya no se trata de las tarifas meramente especulativas, sino de una vasta y bastarda realidad económica que nos conduce al prgresivo y fatal empleo de vehículos improvisados, incómodos y peligrosos, acaso gratuitos, convirtiendo en un futuro cercano al Estado mismo en el único transportador de las personas y sus bienes. Sin embargo, deseamos llamar la atención sobre el cambio más reciente al interior de las busetas que se deslizan, desafiando los escombros de lo que alguna vez fue el pavimento de las calles y avenidas de caseríos, pueblos y ciudades.

Dejando las aceras y otros rincones que trenzaron con sus voces de oferta, el buhonero tuvo que migrar hacia las busetas para intentar llevar el pan a casa a través de las golosinas, ungüentos, lápices, folletos u otras mercancías aún inimaginables, en clara competencia con los raperos y otros cantantes que encaramaban hasta un arpa en la unidad. Calculamos, aproximadamente cinco años del dinamobuhonerísmo ha llegado a su fin, porque el vehículo casi siempre está tan repleto de personas que el sólo anuncio de un producto se ahoga en el concierto desafinado de los aprietos, cautelas e incomodidades.

En muchos lugares del país, no era hábito el de cobrar anticipadamente el pasaje, como ahora ocurre, por cierto, marcando una frecuente discordia con los ancianos que, se suponen, viajan gratuitamente. Ya el chofer necesita de otra persona que lo ayude, a plena luz del día, no sólo por razones de seguridad, sino para evitar – precisamente – que le eche el carro, reivindicando el venezolanismo, todo aquél que va textualmente guindado de la unidad, facilitando el escape al detenerse.

Son los colectivos públicos del transporte los que manejan casi exclusivamente las mayores cantidades de dinero en efectivo de todo país, imposibilitado el pago electrónico e, incluso, una boletería previa que también se lo tragaría la propia y cotidiana dinámica de una legítima actividad comercial. Y, como quizá nunca alguien se atrevió a pensarlo, por la lógica tan perversa impuesta por el régimen, en un mercado tan apremiado por la falta de repuestos, las unidades sobrevivientes probablemente tengan mejores posibilidades, al vender ese dinero en efectivo, como ya hacen otros detallistas del comercio.

lunes, 13 de mayo de 2013

DEL CAMBIO SOCIAL

Del cacerolazo que va por dentro.
Luis Barragán


Valga recordar que el reascenso al poder de Maduro, estuvo caracterizado por una larga semana de protestas pacíficas y, por cierto, audibles.  Ni siquiera, la misma noche de su juramentación,  el llamado que hizo para el cohetazo que intentara contrarrestar la voz de las cacerolas, fue atendido por los suyos y, ciertamente, temió al despliegue de los celebérrimos motorizados que pudieron profundizar el descontento, marcando otro récord de decibeles al orgullosamente ostentado por una masiva inconformidad.

El gobierno sabe muy bien que no es necesario golpear una paila en la ventana, a objeto de confirmar lo que revelan numerosos sondeos de opinión. Existe una rabia silenciosa, la que va por dentro, que no cederá a las provocaciones ni caerá fácilmente en la emboscada que pueda tenderle. Hay paciencia en el desarrollo político de la protesta, como no la hubo con esa locura que fue la trampa de la Plaza Altamira, que requiere de otra perspectiva de los partidos y demás fuerzas opositoras, lejos de solazarse con lo que ocurre y de literalmente apostar por lo que pudiera ocurrir.

  Conoce muy bien el gobierno que el repliegue intuitivo, espontáneo y sosegado, no significa superación del problema institucional que ha generado y de los restantes que se agravan cada vez más. Por ello, afina sus mecanismos de persecución y de represión, disponiendo quirúrgicamente de los recursos que estima necesarios para no despertar la inmediata indignación colectiva o, por lo menos, apocarla, apresando al general Rivero, anunciando el próximo allanamiento a la inmunidad de un parlamentario, etc. Sin embargo, también cuenta con un elemento esencial: la frágil memoria.

Las más recientes generaciones no conocen el cartón de leche pausterizada y, menos, imaginan la variada oferta de marcas que, ¿apenas?, catorce años atrás tuvimos.
Probablemente supongan que, por siempre, sufrimos de las escasez de harina precocida, café, azúcar y  hasta de papel sanitario, sin saber todavía del monstruo especulador que denuncia hasta la saciedad el oficialismo, por supuesto, sin prueba alguna.

El descenso de la calidad de vida ha sido imperceptible, lento pero seguro, y ya no percibimos los sabores originales de la arepa o el queso, cambiando de hábitos de los que únicamente nos percatamos al viajar al exterior, temerosos, paranoicos, adiestrados por los niveles de supervivencia que en otras partes no se explican. El consumo cultural está en el fondo, y ya no somos el país hasta cosmopolita que disfrutaba de películas de diferentes orígenes, por citar un caso que la simple revisión de la prensa del pasado nos permite comprobar, y por no mencionar los otros y más disímiles renglones.

No pretendemos volver al pasado imposible, negando cambios o evoluciones. Sin embargo, ensayando con varias notas de la vieja prensa, nos preguntamos si es posible hoy anunciar públicamente las casas desocupadas para la venta o alquiler (El Universal, Caracas, 1917 y 1949), reseñar una colección familiar de arte (Élite, 1937), entrevistar y fotografiar al policía que le dio muerte a “Petróleo Crudo” (Últimas Noticias, 1945), o reconocer públicamente la labor de un juez penal (La Religión, 1957).

Estamos a la expectativa, pero también es necesario ejercer una acción pedagógica sobre la muchachada que naturalmente no conoció el  antes, creyendo por siempre el después.  El esfuerzo didáctico debe ampliarse, descubriendo y promoviendo valores cónsonos con la dignidad de la persona humana,formando parte de la tarea  cívica  que no monopolizan, ni deben hacerlo, los medios de comunicación, los partidos, etc.

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/15115-del-cacerolazo-que-va-por-dentro

sábado, 26 de mayo de 2012

CAZA DE CITAS

"- ... Mi hermano fue un fin de raza. Un personaje que cabalgó en la transición del país rural al país urbano. Yo no, yo fuí decididamente un muchacho urbano, un televidente, un profesional de la democracia, un posible agente del desarrollo que se auguraba a la caída de Pérez Jiménez. En fin, mis mitos fueron otros"

Ana Teresa Torres

("Los últimos espectadores del acorazado Potemkin", Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 1999:86)

Fotografía: Caracas a principios de los cuarenta, esquina de Las Monjas. Fuente: Caracas en Retrospectiva
mariafsigillo.blogspot.com