Yendo de Güigüe a Valencia. Un carro por-puesto que transporta pasajeros en la maleta. Clemente Bolívar y yo, lo supusimos algo más lejuso que una perrera. El "Trans-Drácula" de Carabobo, como que no satisface las necesidades de los carabobeños, carretera adentro (06/10/2018).
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domingo, 7 de octubre de 2018
sábado, 14 de julio de 2018
sábado, 9 de junio de 2018
PERRERONES
Guindados a una buseta
Luis Barragán
Consabido, son cada vez más escasas y encarecidas las unidades públicas de transporte. Repletas de personas y, a veces, también de peroles, hay quienes se resignan literalmente a guindarse de sus puertas, por mucha o poca edad que tenga.
Nunca antes se había visto una situación semejante en la Venezuela contemporánea, cuyo parque automotor fue uno de los más abundantes y distinguidos en el mundo. Nadie hubiese hubiese adivinado, por muy baja que fue la cotización del barril petrolero, las terribles dificultades para desplazarse, añadido el hampa en constante acecho, como acontece ahora.
Se dice de graves lesiones e, incluso, muertes al desprenderse el pasajero del vehículo en plena marcha y, por supuesto, habrá responsabilidades penales que imponer, no sólo respecto al atrevido, imprudente y veloz conductor, sino a las autoridades policiales de turno en la ruta. Puede ser motivo para el ejercicio teórico de un estudiante de derecho, varias veces inútil, porque, más allá del chofer, son las autoridades las que deben poner orden; y, aún más allá, es la necesidad imperiosa de transportar y de transportarse a cualquier precio, por no mencionar un detalle más, por el kafkiano proceso administrativo y jurisdiccional que comporta.
Sociedad de la supervivencia, al fin y al cabo, cada quien se rifa la vida al salir y volver a casa. Días atrás, apretujados al lado del volantista, vimos como una señora de avanzada edad, pagando al mismo tiempo sus cinco millones de bolívares, reducidos nominalmente a un chiste de mal gusto, trepó la puerta con una destreza asombrosa y no cayó, por un salto inesperado de la unidad, porque enganchó a tiempo el paraguas a la ventanilla del copiloto.
Luego del susto compartido, pretendiendo el transportista que se bajara la anciana, sin éxito alguno, bombardeado de improperios desde el anónimo fondo de la buseta, proseguimos. Y llegamos a recordar el sueño infantil de convertirnos en bomberos para aventurarnos en la retaguardia del vehículo, hoy en desuso, apenas agarrados por las manos.
Lo más increíble es que, incómodos, abigarrados y desesperados, luce las ya llamadas “perreras”. Habrá el que defienda el camión de estacas para transportarse, aunque la lluvia lo lleve al tardío arrepentimiento.
En lo más profundo del razonamiento falaz, está la idea de que siempre podemos estar peor y, por supuesto, aun trayéndonos a estos confines, la dictadura lo impedirá. Estamos a tiempo de detener la barbarie, la molicie, la resignación que puede atropellarnos, prensados – esta vez – de una convicción: no nos rendiremos y lograremos construir otro orden social en libertad.
11/06/2018:
http://www.noticierodigital.com/2018/06/luis-barragan-guindados-una-buseta/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=102018
Luis Barragán
Consabido, son cada vez más escasas y encarecidas las unidades públicas de transporte. Repletas de personas y, a veces, también de peroles, hay quienes se resignan literalmente a guindarse de sus puertas, por mucha o poca edad que tenga.
Nunca antes se había visto una situación semejante en la Venezuela contemporánea, cuyo parque automotor fue uno de los más abundantes y distinguidos en el mundo. Nadie hubiese hubiese adivinado, por muy baja que fue la cotización del barril petrolero, las terribles dificultades para desplazarse, añadido el hampa en constante acecho, como acontece ahora.
Se dice de graves lesiones e, incluso, muertes al desprenderse el pasajero del vehículo en plena marcha y, por supuesto, habrá responsabilidades penales que imponer, no sólo respecto al atrevido, imprudente y veloz conductor, sino a las autoridades policiales de turno en la ruta. Puede ser motivo para el ejercicio teórico de un estudiante de derecho, varias veces inútil, porque, más allá del chofer, son las autoridades las que deben poner orden; y, aún más allá, es la necesidad imperiosa de transportar y de transportarse a cualquier precio, por no mencionar un detalle más, por el kafkiano proceso administrativo y jurisdiccional que comporta.
Sociedad de la supervivencia, al fin y al cabo, cada quien se rifa la vida al salir y volver a casa. Días atrás, apretujados al lado del volantista, vimos como una señora de avanzada edad, pagando al mismo tiempo sus cinco millones de bolívares, reducidos nominalmente a un chiste de mal gusto, trepó la puerta con una destreza asombrosa y no cayó, por un salto inesperado de la unidad, porque enganchó a tiempo el paraguas a la ventanilla del copiloto.
Luego del susto compartido, pretendiendo el transportista que se bajara la anciana, sin éxito alguno, bombardeado de improperios desde el anónimo fondo de la buseta, proseguimos. Y llegamos a recordar el sueño infantil de convertirnos en bomberos para aventurarnos en la retaguardia del vehículo, hoy en desuso, apenas agarrados por las manos.
Lo más increíble es que, incómodos, abigarrados y desesperados, luce las ya llamadas “perreras”. Habrá el que defienda el camión de estacas para transportarse, aunque la lluvia lo lleve al tardío arrepentimiento.
En lo más profundo del razonamiento falaz, está la idea de que siempre podemos estar peor y, por supuesto, aun trayéndonos a estos confines, la dictadura lo impedirá. Estamos a tiempo de detener la barbarie, la molicie, la resignación que puede atropellarnos, prensados – esta vez – de una convicción: no nos rendiremos y lograremos construir otro orden social en libertad.
11/06/2018:
http://www.noticierodigital.com/2018/06/luis-barragan-guindados-una-buseta/
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TOQUE DE CORNETA
Del libre al taxi
Siul Nagarrabab
Los venezolanos hicimos nuestra la denominación universal apenas comenzando el presente siglo, porque al “taxi” siempre lo llamamos “libre”. Fue más sencillo y hasta ingenioso, sustituir una expresión por otra, quizá porque acá se fabricaba el útil aviso luminoso que ahorraba todo esfuerzo por avistar o verificar si el vehículo estaba o no, en servicio.
La expresión se hizo una curiosidad hasta excéntrica de las películas importadas, por muy popular que fuese la canción alusiva de Los Impalas para una generación, o la de Ricardo Arjona para otra. Etimológicamente, nos remite a un “vehículo” que, por cierto, siempre llamamos “carro”, con una medida o tasa de alquiler, aunque lo más importante era saber si venía desocupado, dando por descontadas nuestras habilidades contractuales frente a quien también tenía las suyas: el “chauffeur”, término que empleó la Gaceta Oficial por mucho tiempo, cuando publicaba la lista de los beneficiarios de la licencia de conducir, como toda suerte de avisos oficiales en un magazine comprensible para el país de una muy relativa industria editorial.
Ni siquiera nos acostumbramos desde principios de los ochenta del veinte, por mucho que el gobierno quisiese imponer el “taxímetro”. Fracasó, porque – siendo su principal responsabilidad – no solventó el problema de las “colas”, con nuevas alternativas viales o la ordenada distribución y funcionamiento de los semáforos, por lo demás, ya diestras las personas en la rápida y previa negociación de las “carreras”, mejor que la del acuerdo y fijación oficial de las tarifas de transportación, por no mencionar la sospechosa y ventajista importación de los artefactos de medición.
Lo más lejos que llegamos fue aceptar que se era “taxista” de un “carro libre”, sin que tengamos certeza alguna de la denominación del que lo alquilaba por-puesto, ya que “camionetero” es algo propio de los setenta para acá al masificarse la importación de vehículos que, a la postre, dominaron las calles venciendo a los “autobuses”. No logramos familiarizarnos con la expresión “omnibus” o “güagüa”, pero sí – gracias a la otra oleada importadora – con la “buseta” que, ahora, escasa e irreparable, resulta vencida por las tristemente célebres “perreras”.
Definitivamente, ingresó el “taxi” a la jerga cotidiana no sólo por la desaparición del aviso luminoso “libre”, cada vez más fácil de hurtar y más difícil de reponer, sino por una decisión progresiva del Estado en sus diferentes niveles. Y esto, porque tratando de mejorar el transporte público, convertido también en una oportunidad para el turbio negocio, el gobierno – nacional, estadal o municipal – importaba su propia flota y, so pretexto de actualizar el parque automotor, tenía ocasión de darle trabajo a su clientela partidista y, a la vez, por lo menos, neutralizar al gremio de los transportistas que se negaban, incluso, a uniformar los vehículos con un mismo color que les diera la necesaria identidad y vistosidad en la urbe: otra curiosidad, el oficio no gozaba del estatus social que después alcanzó con la crisis, por el simple y jugoso manejo del dinero en efectivo para quienes arriesgan tanto; acotemos, subestimado o despreciado el conductor de los viejos buses, el del “metrobus” gozó de la prestancia que le concedía un buen y seguro salario, movilizándose en una unidad pulcra, ordenada y segura.
Ante los “libres”, crecientemente chatarrizados, surgieron los cómodos “taxis” con aire acondicionado de un blanco y damero inconfundible, con el que se quedaron definitivamente las líneas adscritas a los centros comerciales, agigantando el aviso luminoso para la rentable publicidad de una marca. Desde principios de la presente década, siendo tan crítica la situación del transporte público y, más aún, la de la seguridad personal, son esas líneas las que circulan con sus uniforme u ornato, sin que pesquen cliente alguno en el camino tras los obscuros vidrios ahumados, pues, siendo tan alta la demanda, el negocio ha quebrado por sus costos y falta de “cono monetario” o circulante, añadidas las empresas diurnas y nocturnas que se mueven, como en otros países, a través de las redes sociales: la tendencia es la de contratar con personas conocidas o relacionadas, porque un atraco está a la vuelta de cualquier esquina a manos del contratante, del contratado o de un tercero imprevisto que husmea la ruta.
El modesto bombillo “libre” y las placas de alquiler, cuya diligencia era – valga el eufemismo – compleja, o las líneas uniformadas y de gran copete luminoso, permitían distinguir a los buenos servidores de los “piratas”. Empero, todo el servicio se ha “pirateado” y, hoy, cualquier cacharro que se mueva luce válido para el desplazamiento de aceptar los pocos bolívares – faltando poco – “soberanos” que tengamos, aunque el riesgo sea inmenso y sobradamente emblemático.
Ilustración: Pedro León Zapata, "Monóxida Lisa" (1975).
Reproducción: La Esfera, Caracas, 01/06/1941.
10/06/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/32826-nagarrabab-s
Siul Nagarrabab
Los venezolanos hicimos nuestra la denominación universal apenas comenzando el presente siglo, porque al “taxi” siempre lo llamamos “libre”. Fue más sencillo y hasta ingenioso, sustituir una expresión por otra, quizá porque acá se fabricaba el útil aviso luminoso que ahorraba todo esfuerzo por avistar o verificar si el vehículo estaba o no, en servicio.
La expresión se hizo una curiosidad hasta excéntrica de las películas importadas, por muy popular que fuese la canción alusiva de Los Impalas para una generación, o la de Ricardo Arjona para otra. Etimológicamente, nos remite a un “vehículo” que, por cierto, siempre llamamos “carro”, con una medida o tasa de alquiler, aunque lo más importante era saber si venía desocupado, dando por descontadas nuestras habilidades contractuales frente a quien también tenía las suyas: el “chauffeur”, término que empleó la Gaceta Oficial por mucho tiempo, cuando publicaba la lista de los beneficiarios de la licencia de conducir, como toda suerte de avisos oficiales en un magazine comprensible para el país de una muy relativa industria editorial.
Ni siquiera nos acostumbramos desde principios de los ochenta del veinte, por mucho que el gobierno quisiese imponer el “taxímetro”. Fracasó, porque – siendo su principal responsabilidad – no solventó el problema de las “colas”, con nuevas alternativas viales o la ordenada distribución y funcionamiento de los semáforos, por lo demás, ya diestras las personas en la rápida y previa negociación de las “carreras”, mejor que la del acuerdo y fijación oficial de las tarifas de transportación, por no mencionar la sospechosa y ventajista importación de los artefactos de medición.
Lo más lejos que llegamos fue aceptar que se era “taxista” de un “carro libre”, sin que tengamos certeza alguna de la denominación del que lo alquilaba por-puesto, ya que “camionetero” es algo propio de los setenta para acá al masificarse la importación de vehículos que, a la postre, dominaron las calles venciendo a los “autobuses”. No logramos familiarizarnos con la expresión “omnibus” o “güagüa”, pero sí – gracias a la otra oleada importadora – con la “buseta” que, ahora, escasa e irreparable, resulta vencida por las tristemente célebres “perreras”.
Definitivamente, ingresó el “taxi” a la jerga cotidiana no sólo por la desaparición del aviso luminoso “libre”, cada vez más fácil de hurtar y más difícil de reponer, sino por una decisión progresiva del Estado en sus diferentes niveles. Y esto, porque tratando de mejorar el transporte público, convertido también en una oportunidad para el turbio negocio, el gobierno – nacional, estadal o municipal – importaba su propia flota y, so pretexto de actualizar el parque automotor, tenía ocasión de darle trabajo a su clientela partidista y, a la vez, por lo menos, neutralizar al gremio de los transportistas que se negaban, incluso, a uniformar los vehículos con un mismo color que les diera la necesaria identidad y vistosidad en la urbe: otra curiosidad, el oficio no gozaba del estatus social que después alcanzó con la crisis, por el simple y jugoso manejo del dinero en efectivo para quienes arriesgan tanto; acotemos, subestimado o despreciado el conductor de los viejos buses, el del “metrobus” gozó de la prestancia que le concedía un buen y seguro salario, movilizándose en una unidad pulcra, ordenada y segura.
Ante los “libres”, crecientemente chatarrizados, surgieron los cómodos “taxis” con aire acondicionado de un blanco y damero inconfundible, con el que se quedaron definitivamente las líneas adscritas a los centros comerciales, agigantando el aviso luminoso para la rentable publicidad de una marca. Desde principios de la presente década, siendo tan crítica la situación del transporte público y, más aún, la de la seguridad personal, son esas líneas las que circulan con sus uniforme u ornato, sin que pesquen cliente alguno en el camino tras los obscuros vidrios ahumados, pues, siendo tan alta la demanda, el negocio ha quebrado por sus costos y falta de “cono monetario” o circulante, añadidas las empresas diurnas y nocturnas que se mueven, como en otros países, a través de las redes sociales: la tendencia es la de contratar con personas conocidas o relacionadas, porque un atraco está a la vuelta de cualquier esquina a manos del contratante, del contratado o de un tercero imprevisto que husmea la ruta.
El modesto bombillo “libre” y las placas de alquiler, cuya diligencia era – valga el eufemismo – compleja, o las líneas uniformadas y de gran copete luminoso, permitían distinguir a los buenos servidores de los “piratas”. Empero, todo el servicio se ha “pirateado” y, hoy, cualquier cacharro que se mueva luce válido para el desplazamiento de aceptar los pocos bolívares – faltando poco – “soberanos” que tengamos, aunque el riesgo sea inmenso y sobradamente emblemático.
Ilustración: Pedro León Zapata, "Monóxida Lisa" (1975).
Reproducción: La Esfera, Caracas, 01/06/1941.
10/06/2018:
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domingo, 21 de enero de 2018
DINERO EN EFECTIVO
Interioridades de una buseta
Luis Barragán
La Venezuela de los grandes, pesados y pesarosos autobuses para el transporte intra-urbano, dio paso definitivo, en dos o tres décadas, a la importación y masificación de las unidades más ágiles, pequeñas y confortables. Excesos aparte, las busetas le dieron otro dinamismo al tránsito automotor que incluyó otra modalidad de contratación laboral con los llamados avances.
Consabido, la transportación superficial sufre los embates de la crisis que ha ensordecido a los profesionales del volante y a los usuarios. Ya no se trata de las tarifas meramente especulativas, sino de una vasta y bastarda realidad económica que nos conduce al prgresivo y fatal empleo de vehículos improvisados, incómodos y peligrosos, acaso gratuitos, convirtiendo en un futuro cercano al Estado mismo en el único transportador de las personas y sus bienes. Sin embargo, deseamos llamar la atención sobre el cambio más reciente al interior de las busetas que se deslizan, desafiando los escombros de lo que alguna vez fue el pavimento de las calles y avenidas de caseríos, pueblos y ciudades.
Dejando las aceras y otros rincones que trenzaron con sus voces de oferta, el buhonero tuvo que migrar hacia las busetas para intentar llevar el pan a casa a través de las golosinas, ungüentos, lápices, folletos u otras mercancías aún inimaginables, en clara competencia con los raperos y otros cantantes que encaramaban hasta un arpa en la unidad. Calculamos, aproximadamente cinco años del dinamobuhonerísmo ha llegado a su fin, porque el vehículo casi siempre está tan repleto de personas que el sólo anuncio de un producto se ahoga en el concierto desafinado de los aprietos, cautelas e incomodidades.
En muchos lugares del país, no era hábito el de cobrar anticipadamente el pasaje, como ahora ocurre, por cierto, marcando una frecuente discordia con los ancianos que, se suponen, viajan gratuitamente. Ya el chofer necesita de otra persona que lo ayude, a plena luz del día, no sólo por razones de seguridad, sino para evitar – precisamente – que le eche el carro, reivindicando el venezolanismo, todo aquél que va textualmente guindado de la unidad, facilitando el escape al detenerse.
Son los colectivos públicos del transporte los que manejan casi exclusivamente las mayores cantidades de dinero en efectivo de todo país, imposibilitado el pago electrónico e, incluso, una boletería previa que también se lo tragaría la propia y cotidiana dinámica de una legítima actividad comercial. Y, como quizá nunca alguien se atrevió a pensarlo, por la lógica tan perversa impuesta por el régimen, en un mercado tan apremiado por la falta de repuestos, las unidades sobrevivientes probablemente tengan mejores posibilidades, al vender ese dinero en efectivo, como ya hacen otros detallistas del comercio.
Fotografía: http://www.panorama.com.ve/experienciapanorama/En-Cabimas-sacan-cauchos-de-pozos-para-venderlos-como-chivas-20160602-0018.html
22/01/2018:
http://www.diariocontraste.com/2018/01/interioridades-de-una-buseta-por-luis-barragan-
luisbarraganj/
http://www.entornointeligente.com/articulo/3815828/Interioridades-de-una-buseta-por-Luis-Barragan-@LuisBarraganJ-22012018
http://radiowebinformativa.com/?p=3472
22/01/2018:
http://www.diariocontraste.com/2018/01/interioridades-de-una-buseta-por-luis-barragan-
luisbarraganj/
http://www.entornointeligente.com/articulo/3815828/Interioridades-de-una-buseta-por-Luis-Barragan-@LuisBarraganJ-22012018
http://radiowebinformativa.com/?p=3472
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lunes, 18 de diciembre de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- JFH. "Campanario: La Navidad", El Nacional, Caracas, 20/12/1960; "La familia eterna", El Nacional, 21/12/60; "Navidad entrañable", 22/12/60; "Navidad popular", 23/12/60; "Arbolito y Nacimiento", 29/12/60; "La Circuncisión del Señor", 31/12/65.
- Juana de Ávila. "Evocación de viejos años nuevos". Élite, Caracas, nr. 2049 del 02/01/65.
- Julián Montes de Oca. "Balance de 30 años: El siglo XIX de nuestra política concluye con la muerte de Gómez (Opina Jóvito Villalba)". El Nacional, 17/12/65.
- Foro: A los treinta años de la muerte de Gómez" (Opinan: Eugenio Mendoza, Ramón Díaz Sánchez, Pedro R. Tinoco, Miguel Acosta Saignes, Mercedes Fermín y Julio Febres Cordero). El Nacional, 20/12/65.
- Carlos A. D'Ascoli. "Problemas del transporte de pasajeros y de carga". Resumen, Caracas, nr. 168 del 23/01/77.
Reproducción: Reportaje sobre las patinatas decembrinas. El Farol, Caracas, 1950. Fuente: http://mariafsigillo.blogspot.com/2016/12/patines-de-diciembre.html
Reproducción: Reportaje sobre las patinatas decembrinas. El Farol, Caracas, 1950. Fuente: http://mariafsigillo.blogspot.com/2016/12/patines-de-diciembre.html
sábado, 2 de diciembre de 2017
CAMINOS PARA UN INSÓLITO DETERIORO
La perversión sobre ruedas
Luis Barragán
El del transporte público, es un sector emblemático que el socialismo salvaje, simplemente, ha devastado. Negligentes e incapaces, a los más altos estamentos de la dictadura les importa un bledo la crisis que todavía generan, pues, al fin y al cabo, se desplazan por aire, tierra y mar, con la prontitud, seguridad y confort que niegan al resto de la población.
Fundamentalmente, los camioneteros soportaron una larga espera para el aumento de la tarifa, como no ocurrió con los otros sectores de la vida económica nacional. Demasiado evidente, faltando los repuestos y desempleando a un grueso contingente de propietarios y “avances”, la flota de vehículos se redujo dramáticamente a la mitad y más de la que existía al principiar el presente año.
En lugar de la negociación más elemental, el régimen evadió el alza hasta aceptar una cifra que la consabida y continua devaluación ha ridiculizado, dejando al azar cualquier conflicto cotidiano con la ciudadanía desesperada. Perfeccionada esa evasión, obliga a esconderse literal y preventivamente a los líderes del transporte cuando la discusión pública alcanza una alta cota, pues, demostrado, ninguna molestia le causa un paro indefinido del servicio en las grandes y medianas metrópolis, excepto que pueda suscitar nuevamente un oleaje de protestas que no logre detener la Guardia Nacional Bolivariana ni los llamados colectivos armados.
Luego, la aludida reducción y la contención de otro aumento quedan al azar de las circunstancias, porque no hay capacidad alguna de entendimiento, diálogo, negociación o conversación casual e inadvertida con la dictadura para concebir y desarrollar una política alternativa en la materia. Peor, a la incapacidad, se suma la nada oculta voluntad de ejercer, por esta vía, con el deterioro deliberado del servicio, el control social de una población que ya no teme criticar libremente al régimen en las mismas y repletas busetas urbanas.
Control que apuesta por la quiebra del sector privado e independiente de concesionarios de las rutas urbanas o extra-urbanas, reemplazándolos a través de sendas unidades que los municipios, la Fuerza Armada o los posibles “CLAP del transporte” ofrezcan, aunque se trate de camiones abarandados que, al mejor estilo cubano, cual ganado, trasladen a las personas de un lugar a otro. Ya hay reportajes que denuncian, por ejemplo en Caracas, los estacionamientos del metro llenos de grandes vehículos “Yutong”, pero – olvídenlo – no tienen repuesto o, si lo tuvieran, se consideran – hoy – todo un lujo para trasportar a las multitudes: la perversión sobre ruedas.
Fotografía: https://www.derechos.org.ve/actualidad/crisis-del-transporte-amenaza-realizacion-de-otros-derechos-humanos
03/12/2017:
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Luis Barragán,
Transporte público
jueves, 5 de octubre de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Carlos Guerón. "España: La guerra de los cuarenta años". Resumen, Caracas, nr. 142 del 25/07/1976.
- Edith Guzmán entrevista a Jaime Ballestas (Otrova Gomás). El Nacional, Caracas, 11/09/82.
- Miguel Santana Mujica. "Justicia de partidos". Resumen, nr. 343 del 01/06/80.
- R. J. Lovera de Sola. "Introducción a Arturo Uslar Pietri como poeta". El Nacional, 12/11/72.
- Alfredo Armas Alfonzo. "Primero que Uchire fue el viento". El Nacional, 19//11/77.
Reproducción: El Nacional, Caracas, 08/08/1966.
sábado, 11 de marzo de 2017
EN LA RAYA AMARILLA
Una bomba de tiempo: el transporte público
Luis Barragán
La tentación es la de disertar sobre la economía del transporte público en Venezuela, exhibiendo cifras y tendencias de un seguro colapso. E, incluso, ensayarlo desde la perspectiva sociológica, marcando un grave retroceso en la atención diligente de los usuarios que se resignan, generando conductas que abonan a nuestra descomposición cívica.
Lo cierto es que, por más que se resistan los propietarios o los llamados avances, por cierto, dibujando una particular relación laboral, cada vez más se reduce el parque automotor en los medios urbanos y rurales, por problemas de mantenimiento. En buena parte del país, se nos dice, hay rutas que apenas disponen del 40% de las unidades de transportación, por el encarecimiento e inexistencia misma de los repuestos indispensables.
Busetas de las más variadas marcas y modelos, consignan su antigüedad en los estacionamientos que tampoco las garantizan frente al pillaje, el desvalijamiento o hurto definitivo. Quedan atrás las arriesgadas caravanas hacia las fronteras para adquirir las piezas de un costo que ya no las justifica, obligando a los conductores a desesperar por otros oficios para el urgido presupuesto familiar.
Para el primero de abril venidero, se anuncia un aumento de la tarifa básica de cien a trescientos bolívares por persona, insuficientes para poner en marcha una unidad que debe aventurarse por el pavimento destrozado que desteje todo caserío, pueblo o ciudad. Mortal para el usuario que no sólo ha bajado el consumo de alimentos y medicamentos, sino que también tiene parado su vehículo, sintiendo el peso del dilema: deja de comer para adquirir los repuestos que le urgen o, simplemente, venderlo a sabiendas que muy difícilmente podrá adquirir otro, apuñaleado por una inflación de cuatro dígitos.
Un fenómeno semejante padecen los moto-taxistas que, además de lidiar con el hampa que suele empañar al gremio, exponente de una movilidad inatajable sobre dos ruedas, difícilmente logran una tarifa equilibrada que los hizo hazañosos en las urbes más congestionadas. Atrás queda una emblemática faena del emprendimiento, pues, convertido en un magno negocio de los más aventajados burócratas, ya pasó el auge de la importación de motocicletas de predominante origen chino que convirtió el manubrio en todo un símbolo citadino.
Los todavía escasos sistemas ferroviarios del país, superficie arriba o abajo, referentes del peligro como nunca antes fueron, agolpados, no satisfacen la demanda como es deseable, por no citar la ruindad que ha trepado al emblemático Metro de Caracas, a todas luces inauditable. El Estado, o esa simulación que se hace llamar tal, ha fracasado y parece destinarnos al empleo de cualquier e improvisado material rodante que haga las veces de transporte público, en un futuro cercano, como si trasladase ganado: ni siquiera hay quienes se atrevan a apostar por una bicicleta, ya que puede perderla con la vida misma.
En lugar de institucionalizar una instancia de entendimiento con los gremios del transporte y los numerosos comités de usuarios, el gobierno opta por desafiarlos y, por supuesto, con la amenaza de la fuerza bruta, conjurar cualquier protesta o paro, tildándola de golpista por más que se exhiba el Carnet de la Patria. Ha activado una suerte de bomba de tiempo, prometida la parálisis insoportable de las principales ciudades, buscando afanosamente al tercero culpable de nuestras desdichas, esperando por un mejor momento para el el anuncio de nuevo aumento del combustible, gasolina y gas-oil.
Luis Barragán
La tentación es la de disertar sobre la economía del transporte público en Venezuela, exhibiendo cifras y tendencias de un seguro colapso. E, incluso, ensayarlo desde la perspectiva sociológica, marcando un grave retroceso en la atención diligente de los usuarios que se resignan, generando conductas que abonan a nuestra descomposición cívica.
Lo cierto es que, por más que se resistan los propietarios o los llamados avances, por cierto, dibujando una particular relación laboral, cada vez más se reduce el parque automotor en los medios urbanos y rurales, por problemas de mantenimiento. En buena parte del país, se nos dice, hay rutas que apenas disponen del 40% de las unidades de transportación, por el encarecimiento e inexistencia misma de los repuestos indispensables.
Busetas de las más variadas marcas y modelos, consignan su antigüedad en los estacionamientos que tampoco las garantizan frente al pillaje, el desvalijamiento o hurto definitivo. Quedan atrás las arriesgadas caravanas hacia las fronteras para adquirir las piezas de un costo que ya no las justifica, obligando a los conductores a desesperar por otros oficios para el urgido presupuesto familiar.
Para el primero de abril venidero, se anuncia un aumento de la tarifa básica de cien a trescientos bolívares por persona, insuficientes para poner en marcha una unidad que debe aventurarse por el pavimento destrozado que desteje todo caserío, pueblo o ciudad. Mortal para el usuario que no sólo ha bajado el consumo de alimentos y medicamentos, sino que también tiene parado su vehículo, sintiendo el peso del dilema: deja de comer para adquirir los repuestos que le urgen o, simplemente, venderlo a sabiendas que muy difícilmente podrá adquirir otro, apuñaleado por una inflación de cuatro dígitos.
Un fenómeno semejante padecen los moto-taxistas que, además de lidiar con el hampa que suele empañar al gremio, exponente de una movilidad inatajable sobre dos ruedas, difícilmente logran una tarifa equilibrada que los hizo hazañosos en las urbes más congestionadas. Atrás queda una emblemática faena del emprendimiento, pues, convertido en un magno negocio de los más aventajados burócratas, ya pasó el auge de la importación de motocicletas de predominante origen chino que convirtió el manubrio en todo un símbolo citadino.
Los todavía escasos sistemas ferroviarios del país, superficie arriba o abajo, referentes del peligro como nunca antes fueron, agolpados, no satisfacen la demanda como es deseable, por no citar la ruindad que ha trepado al emblemático Metro de Caracas, a todas luces inauditable. El Estado, o esa simulación que se hace llamar tal, ha fracasado y parece destinarnos al empleo de cualquier e improvisado material rodante que haga las veces de transporte público, en un futuro cercano, como si trasladase ganado: ni siquiera hay quienes se atrevan a apostar por una bicicleta, ya que puede perderla con la vida misma.
En lugar de institucionalizar una instancia de entendimiento con los gremios del transporte y los numerosos comités de usuarios, el gobierno opta por desafiarlos y, por supuesto, con la amenaza de la fuerza bruta, conjurar cualquier protesta o paro, tildándola de golpista por más que se exhiba el Carnet de la Patria. Ha activado una suerte de bomba de tiempo, prometida la parálisis insoportable de las principales ciudades, buscando afanosamente al tercero culpable de nuestras desdichas, esperando por un mejor momento para el el anuncio de nuevo aumento del combustible, gasolina y gas-oil.
13/03/2017:
sábado, 7 de noviembre de 2015
RITMOS DE CAMPAÑA
Salsa, merengue y bachata
Ox Armand
Tengo un amigo a quien no le gusta manejar, pero – de proponérselo – no podría hacerlo porque el carro de la casa está descompuesto y ya sabemos lo que eso significa. Nada excepcional, se dirá. El caso está en que él es candidato a una diputación y debe hacer las diligencias inherentes a su aspiración, acompañado. Sin embargo, las hay que no son estrictamente de campaña, pues, no todo es política, y para realizarlas debe emplear el transporte público: busetas, autobuses, en menor medida taxis y mototaxis, incluyendo el metro cuando le toca venir a Caracas.
Hay dos cosas que le llaman la atención. De un lado, sin el menor gusto por los géneros, refiere que está harto y aturdido por la salsa, el merengue y la bachata (precisa, la que no tiene el sello de Juan Luis Guerra). Es lo que se escucha en medio del aprieto de tantos pasajeros, la mirada sigilosa por un vecino que puede ser carterista o asaltante, y las mil anécdotas que toda transportación lleva incubada con la variedad de rostros y de cansancios que acumula la unidad. A todo volumen, la música le da el toque perfecto de gallinero al vehículo en el que prosperan las palabras más soeces, sin importar la presencia de niños y de ancianos que también bambolean según los ya acostumbrados frenazos de un conductor que jura llevar ganado y que, por cierto, es el único que puede darse el lujo de fumar en las rutas extraurbanas e intraurbanas.
Siempre quiso un curso de apreciación musical de los ritmos en cuestión. Letras deplorables – asegura – y cadencias de bajo pelaje, es el consumo cultural por excelencia. Cuestión de gustos, pero – salvo dos piezas que no sabe cómo se llaman – las centenares que lo han atormetado no le mueven el pie, como el jazz, el rock e – insistió – el mismísimo Mendelssohn, por decir lo menos, que me llevó a acusarlo de sifrino tardío, bohemio de clase media baja, Lo que me llamó la atención fue que, al indagar un poco en la red de redes, en una noche de insomnio, descubrió que buena parte de la discografía digitalizada que atiborra a los pasajeros, es vieja. Vae decir que, por mucho Internet que haya, nadie se atreve a indagar en los numerosos grupos musicales que existe, algo distinto. La chatarra musical en boga tiene relación con la imposibilidad de grabar o de importar grabaciones más frescas e innovadoras, ya que no constituye tampoco negocio como el de traerlos al país porque no hay dólares. ¿Para qué publicitarlos si no es rentable el esfuerzo? Así que, encima de todo, ha debido soportar las meodías que, faltando poco, son las que se oyen en las fiestas, incluyendo la “hora loca”: el locutor que anima o dice animar y la obstinante secuencia tan repetida de interpretaciones, añadida la pieza consabida de Xuxa.
Por el otro lado, le impresiona el malestar real que hay en la población frente al gobierno que estimula sus posibilidades parlamentarias (muy pocos lo reconocen, porque nadie se imagina que el candidato de los volantes es compañero de ruta, ya que los políticos son “platuos”). Hay mucha cautela en quejarse viva, expresa y drectamente, pero cuando se hace se levanta un coro de protesta por el desabastecimiento, las colas, la inseguridad y hasta la falta de libertad, así no crea el gobierno que esto último pasa. Hay una arrechera generalizada – me dice – que le convene canalizar el gobierno a través de la inevitable oposición, si desea sostenerse. Maduro no resultó ser el hijo del que te conté, aseguró el dicho de una señora cargada de … arrechera.
Agreguemos que la violencia es la otra nota cotidiana. Todos procuran callar, en prevención de un pleito inútil. Nadie sabe si el contendor potencial sacará una pistola. Pero cuando revienta una persona, con la lengua o con los puños, es de una agresividad inaudita que utiliza exactamente los mismos ademanes y fraseos del peor malandraje. Vale decir, ha permeado demasiado la descomposición social y parece urgente la bocanada de oxígeno que puede (y debe) representar la oposición organizada. Todo, al ritmo de a salsa, el merengue y la bachata de vieja data.
Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/24378-salsa-merengue-y-bachata
Ox Armand
Tengo un amigo a quien no le gusta manejar, pero – de proponérselo – no podría hacerlo porque el carro de la casa está descompuesto y ya sabemos lo que eso significa. Nada excepcional, se dirá. El caso está en que él es candidato a una diputación y debe hacer las diligencias inherentes a su aspiración, acompañado. Sin embargo, las hay que no son estrictamente de campaña, pues, no todo es política, y para realizarlas debe emplear el transporte público: busetas, autobuses, en menor medida taxis y mototaxis, incluyendo el metro cuando le toca venir a Caracas.
Hay dos cosas que le llaman la atención. De un lado, sin el menor gusto por los géneros, refiere que está harto y aturdido por la salsa, el merengue y la bachata (precisa, la que no tiene el sello de Juan Luis Guerra). Es lo que se escucha en medio del aprieto de tantos pasajeros, la mirada sigilosa por un vecino que puede ser carterista o asaltante, y las mil anécdotas que toda transportación lleva incubada con la variedad de rostros y de cansancios que acumula la unidad. A todo volumen, la música le da el toque perfecto de gallinero al vehículo en el que prosperan las palabras más soeces, sin importar la presencia de niños y de ancianos que también bambolean según los ya acostumbrados frenazos de un conductor que jura llevar ganado y que, por cierto, es el único que puede darse el lujo de fumar en las rutas extraurbanas e intraurbanas.
Siempre quiso un curso de apreciación musical de los ritmos en cuestión. Letras deplorables – asegura – y cadencias de bajo pelaje, es el consumo cultural por excelencia. Cuestión de gustos, pero – salvo dos piezas que no sabe cómo se llaman – las centenares que lo han atormetado no le mueven el pie, como el jazz, el rock e – insistió – el mismísimo Mendelssohn, por decir lo menos, que me llevó a acusarlo de sifrino tardío, bohemio de clase media baja, Lo que me llamó la atención fue que, al indagar un poco en la red de redes, en una noche de insomnio, descubrió que buena parte de la discografía digitalizada que atiborra a los pasajeros, es vieja. Vae decir que, por mucho Internet que haya, nadie se atreve a indagar en los numerosos grupos musicales que existe, algo distinto. La chatarra musical en boga tiene relación con la imposibilidad de grabar o de importar grabaciones más frescas e innovadoras, ya que no constituye tampoco negocio como el de traerlos al país porque no hay dólares. ¿Para qué publicitarlos si no es rentable el esfuerzo? Así que, encima de todo, ha debido soportar las meodías que, faltando poco, son las que se oyen en las fiestas, incluyendo la “hora loca”: el locutor que anima o dice animar y la obstinante secuencia tan repetida de interpretaciones, añadida la pieza consabida de Xuxa.
Por el otro lado, le impresiona el malestar real que hay en la población frente al gobierno que estimula sus posibilidades parlamentarias (muy pocos lo reconocen, porque nadie se imagina que el candidato de los volantes es compañero de ruta, ya que los políticos son “platuos”). Hay mucha cautela en quejarse viva, expresa y drectamente, pero cuando se hace se levanta un coro de protesta por el desabastecimiento, las colas, la inseguridad y hasta la falta de libertad, así no crea el gobierno que esto último pasa. Hay una arrechera generalizada – me dice – que le convene canalizar el gobierno a través de la inevitable oposición, si desea sostenerse. Maduro no resultó ser el hijo del que te conté, aseguró el dicho de una señora cargada de … arrechera.
Agreguemos que la violencia es la otra nota cotidiana. Todos procuran callar, en prevención de un pleito inútil. Nadie sabe si el contendor potencial sacará una pistola. Pero cuando revienta una persona, con la lengua o con los puños, es de una agresividad inaudita que utiliza exactamente los mismos ademanes y fraseos del peor malandraje. Vale decir, ha permeado demasiado la descomposición social y parece urgente la bocanada de oxígeno que puede (y debe) representar la oposición organizada. Todo, al ritmo de a salsa, el merengue y la bachata de vieja data.
Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/24378-salsa-merengue-y-bachata
sábado, 17 de octubre de 2015
HAZAÑA
De un trapecista citadino
Luis Barragán
Hay personas que sólo de vista conocemos por muchos años, e – involuntariamente – tejemos sus historias, reconstruidas momentáneamente, aunque no sepamos siquiera de nombres y demás señas, en el forzado ejercicio de distracción que motiva el paciente e incómodo tránsito. Puede ocurrir con vecinos, vendedores ambulantes, mendigos, u otras que impone la coexistencia urbana, en el variado paisaje de la vida diaria.
El transporte público trenza esas historias e, inadvertido, nos acostumbramos a los rostros que vemos con alguna frecuencia, en el cumplido horario de las prisas citadinas. Uno de ellos, por ejemplo, responde a quien, si la memoria no falla, años atrás, protagonizó una golpiza ocasional y, aparentemente marcado por una droga dura, sangrante, mordió el pavimento tras la temprana reyerta de una esquina bañada por el asoleado smog.
Trapecista en una sociedad de supervivientes, fue regular su presencia esquinera voceando el destino de las camionetas-por-puesto, enflaquecida y malgastada por los tropiezos de la calle. Pudo hallar un cupo en el competido oficio y, al pasar el tiempo, se le vio cada vez más recuperado, aseado, distendido y seguro con el grito de un barítono que domina las rutas de la parada, con los suficientes reflejos para danzar en medio del remolino de peatones, vehículos, malvivientes, buhoneros, beatos, policías, escolares, carteristas, fumadores, y todo aquello que sintetiza la orientación y el extravío en una avenida importante.
Nos satisfizo ver a esta persona quizá treintañera de edad, estacionando una motocicleta en el lugar donde miles de veces, proclamó y aclamó el destino de quienes también se acostumbraría a ver regularmente. De mejor vestimenta, incluyendo una “guaya” al cuello, con su casco y el del cliente potencial en mano, ofertaba sus servicios como taxista: sin dudas, una distancia sideral entre el drogadicto golpeado y el orgulloso motorizado que se vocea – ahora – a sí mismo.
El flamante moto-taxista no le pedirá al Estado que lo mantenga, ni otros favores que lo esclavicen. Únicamente le exige que cumpla con sus deberes fundamentales: retribuidos convincentemente sus impuestos, al evitar que lo asalten o castigar oportunamente al victimario; mantener la vialidad, responsabilizándose de los accidentes que la negligencia gubernamental provoca; generar empleos tan independientes como el del propio taxista, reconocida la libertad de emprendimiento. Vale decir, permitirle dejar de ser el trapecista de ahora.
Luis Barragán
Hay personas que sólo de vista conocemos por muchos años, e – involuntariamente – tejemos sus historias, reconstruidas momentáneamente, aunque no sepamos siquiera de nombres y demás señas, en el forzado ejercicio de distracción que motiva el paciente e incómodo tránsito. Puede ocurrir con vecinos, vendedores ambulantes, mendigos, u otras que impone la coexistencia urbana, en el variado paisaje de la vida diaria.
El transporte público trenza esas historias e, inadvertido, nos acostumbramos a los rostros que vemos con alguna frecuencia, en el cumplido horario de las prisas citadinas. Uno de ellos, por ejemplo, responde a quien, si la memoria no falla, años atrás, protagonizó una golpiza ocasional y, aparentemente marcado por una droga dura, sangrante, mordió el pavimento tras la temprana reyerta de una esquina bañada por el asoleado smog.
Trapecista en una sociedad de supervivientes, fue regular su presencia esquinera voceando el destino de las camionetas-por-puesto, enflaquecida y malgastada por los tropiezos de la calle. Pudo hallar un cupo en el competido oficio y, al pasar el tiempo, se le vio cada vez más recuperado, aseado, distendido y seguro con el grito de un barítono que domina las rutas de la parada, con los suficientes reflejos para danzar en medio del remolino de peatones, vehículos, malvivientes, buhoneros, beatos, policías, escolares, carteristas, fumadores, y todo aquello que sintetiza la orientación y el extravío en una avenida importante.
Nos satisfizo ver a esta persona quizá treintañera de edad, estacionando una motocicleta en el lugar donde miles de veces, proclamó y aclamó el destino de quienes también se acostumbraría a ver regularmente. De mejor vestimenta, incluyendo una “guaya” al cuello, con su casco y el del cliente potencial en mano, ofertaba sus servicios como taxista: sin dudas, una distancia sideral entre el drogadicto golpeado y el orgulloso motorizado que se vocea – ahora – a sí mismo.
El flamante moto-taxista no le pedirá al Estado que lo mantenga, ni otros favores que lo esclavicen. Únicamente le exige que cumpla con sus deberes fundamentales: retribuidos convincentemente sus impuestos, al evitar que lo asalten o castigar oportunamente al victimario; mantener la vialidad, responsabilizándose de los accidentes que la negligencia gubernamental provoca; generar empleos tan independientes como el del propio taxista, reconocida la libertad de emprendimiento. Vale decir, permitirle dejar de ser el trapecista de ahora.
domingo, 16 de febrero de 2014
MITIN
EL PAÍS, Madrid, 16 de febrero de 2014Maduro corta el transporte en los feudos opositores de Caracas
El presidente venezolano anuncia durante una marcha la suspensión de los servicios de metro y metrobús para los municipios del este de la capital, en manos de la oposición
Ewald Scharfenberg
Nicolás Maduro ha impuesto la lógica del asedio en el conflicto político venezolano o, como el propio mandatario prefiere expresarlo, en su lucha contra el fascismo. En respuesta a tres días de inquietud estudiantil en las calles, con protestas que dejaron tres muertos, 70 heridos y cerca de 200 detenidos, el presidente venezolano decidió suspender los servicios de tren subterráneo (Metro) y buses de conexión (Metrobús) para los municipios del este de Caracas –Sucre, Chacao y Baruta- de clase media y gobernados por alcaldes de oposición.
Desde el viernes permanecen cerradas tres estaciones importantes del Metro en el este caraqueño, Chacao, Altamira y Los Cortijos. Pero lo que hasta este sábado lucía como una precaución operativa para proteger las instalaciones del sistema ante desórdenes y brotes de violencia, adquirió otra categoría en las palabras del mandatario.
Maduro, que no dio ni plazo para levantar la medida ni la forma práctica de implementarla –la línea principal del metro atraviesa de este a oeste el valle de Caracas-, citó los destrozos que habrían ocasionado los manifestantes de oposición en equipos y sedes del Metro, como motivo para su determinación. Al sitiar a esos municipios, además del efecto ejemplarizante de castigo, el heredero de Hugo Chávez también buscaría en la práctica dificultar la movilización de los protestantes, por una parte, y enajenarles el apoyo que la población, ahora sometida a penurias imprevistas, les venía ofreciendo. El presidente, que por mucho tiempo se desempeñó como conductor de metrobuses y dirigente del sindicato de ese sistema de transporte masivo, enumeró con toda propiedad las rutas urbanas y de suburbios que dejarían de funcionar.
Este anuncio tan beligerante se produjo, por paradoja, al término de una “Marcha por la Vida y la Paz”. Miles de adeptos del gobierno cubrieron este sábado el tramo desde la Plaza Venezuela de Caracas hasta la céntrica avenida Bolívar, la calzada donde por tradición han medido sus fuerzas las opciones políticas. En esta ocasión, aunque –extraño para Venezuela- no hubiera campaña electoral, el gobierno chavista estaba obligado a un alarde de calle, luego de que los estudiantes de oposición convocaran desde el miércoles multitudinarias protestas en al menos doce de las principales ciudades del país.
Como instrumento para la pacificación, Maduro mostró su proclamada “mano de hierro” en un mitin al final de la marcha. Bramó contra el dirigente del opositor partido Voluntad Popular (VP), Leopoldo López, contra quien el poder judicial, accionado por el gobierno, libró una orden de captura bajo la sospecha de haber sido el instigador de los disturbios de la semana que termina. “Cobardito, porque ni siquiera llega a cobarde, que es lo que son los fascistas”, calificó Maduro al ex alcalde del municipio capitalino de Chacao, quien habría pasado a la clandestinidad. “No habrá debilidad con el fascismo, vamos a darle calle a quien pide calle”.
Tachó también de “cómplices” a los dirigentes de la Mesa de la Unidad Democrática, como Henrique Capriles Radonski o Ramón Guillermo Aveledo, quienes, a su juicio, no se han deslindado con claridad de la conducta violenta que achaca al ala más radical de la alianza opositora. Fue todavía más allá y alertó que estos sectores estarían reclutando “pistoleros” para atentar contra su vida.
Quiso aprovechar la crisis de orden público de los días recientes para aglutinar a sus partidarios –últimamente fragmentados por controversias intestinas- en torno a la fuerza gravitacional de la polarización. “En Venezuela no hay tres, cuatro o cinco opciones”, delimitó, “sólo hay dos modelos que se enfrentan. Uno es el de los que sabotean la economía, le quitan el alimento al pueblo, manipulan a los jóvenes. Y el otro es el de los que queremos trabajar, de los patriotas”.
Sin embargo, el presidente Maduro sorprendió cuando marcó distancia con respecto a un aliado fiel pero incontrolable del chavismo: los llamados “colectivos”, grupos de base paramilitares que sirven de batallones de choque en zonas populares y la calle. “Si alguien que lleva franela roja (el color del chavismo) saca un arma en la calle para atacar a otro, ¡ese no es chavista!”, afirmó ante un público más o menos despreocupado y al que pidió, por si la parábola no hubiese sido suficientemente explícita, levantar las manos en señal de aprobación. “¿Se entiende lo que digo?”.
El parte de bajas de esta semana de disturbios incluye a tres víctimas fatales, todas de sexo masculino y asesinadas por impactos de bala. Uno de los fallecidos, Juan Montoya, era un reconocido dirigente de los “colectivos” del 23 de Enero, un barrio obrero al noroeste de Caracas, famoso por su más que cincuentenaria tradición de grupos insurgentes. Montoya encarnó por un tiempo al Comandante Murachí de los Carapaicas, un grupo armado de la barriada. En 2008 participó en un atentado con explosivos contra la sede de la patronal Fedecámaras, que le llevó a pasar un tiempo en prisión. Los grupos paramilitares rindieron honores al caído este viernes, durante su velatorio. Esos “colectivos” participaron activamente en la represión de las marchas estudiantiles recientes en Caracas, Mérida y otras ciudades venezolanas. Ahora, con los ánimos soliviantados por la muerte de Montoya, piden cobrar justicia en un caso que las autoridades policiales todavía no resuelven. Contenidos con dificultad por el gobierno, despiertan recelos en las fuerzas armadas, incluyendo a la oficialidad que hace parte consustancial del chavismo. “Hay gente que se cree más revolucionaria porque sale con un fusil”, fue la crítica apenas velada que Maduro les dedicó.
La marcha oficialista no sólo servía como respuesta a los días de agitación previos, sino que además saludaba la presentación, menos de 24 horas antes, del “Plan de Pacificación” con que el gobierno revolucionario ha prometido enfrentar la grave situación de inseguridad que aqueja a los venezolanos. En efecto, en plena noche de San Valentín, entre invocaciones al amor, cantos y ritos ecuménicos, el heredero de Hugo Chávez recibió el documento del ministro del Interior y Justicia, el general Miguel Rodríguez Torres.
Durante el acto, Maduro denunció que su casa materna, en la urbanización Los Chaguaramos del suroeste caraqueño, había sido blanco en las últimas horas del hostigamiento de bandas de oposición. “No voy a permitir que eso ocurra y que ataquen a familias sólo por ser chavistas”, advirtió. Anunció también que, en el marco del plan, se creará una brigada secreta con tropas militares y policiales, “para combatir al narcotráfico y el sicariato que nos llegan desde Colombia”.
La velada de este viernes, Día del Amor y la Amistad en Venezuela, al parecer entusiasmó al presidente Maduro hasta el punto que, durante su mitin en la avenida Bolívar, afirmó que la consigna de los revolucionarios venezolanos es la de “rumbear y triunfar”. Pero, mientras en un parque histórico del centro de la ciudad transcurría la ceremonia de presentación del plan de paz –transmitida por cadena nacional de radio y TV-, más al este, los escuadrones antimotines cargaban con bombas lacrimógenas, chorros de agua y perdigones contra los manifestantes para disolver el último baluarte de los estudiantes rebeldes en la capital, la Plaza Francia de Altamira.
Aunque para la mañana del sábado, día de la marcha oficialista, la paz parecía haber regresado a las calles de Caracas y otras localidades, y la mayoría de las cerca de 200 personas arrestadas durante los disturbios –incluyendo a tres periodistas- habían recobrado su libertad bajo condiciones, la tensión se percibía aún con claridad.
Cientos de estudiantes rebeldes y madres de jóvenes heridos o detenidos se concentraban en asamblea en la Plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, en el sureste de la capital, para concertar nuevas acciones. Otros tantos se movilizaban por la avenida Francisco de Miranda, cerca de donde el miércoles cayó, con un tiro en la cabeza, el manifestante Robert Redman, de 31 años de edad.El único foco de violencia que resistía al apaciguamiento estaba en Altamira. Desde horas de la tarde la Guardia Nacional intentaba dispersar a cientos de jóvenes que volvían a atrincherarse. Ya en la noche del sábado, la situación derivó en actos de vandalismo.
Mientras tanto, desde la noche del viernes, un contrataque de hackers antigubernamentales había afectado la cuenta en Twitter del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y los sitios en Internet de 60 instituciones del Estado, en lo que parecía ser un nuevo episodio en la escalada de la guerra cibernética venezolana. Poco antes de eso, la red social Twitter confirmaba que un agente externo estaba bloqueando la carga de contenidos fotográficos y de video en los trinos emitidos desde Venezuela.
Las autoridades, entre tanto, no sólo seguían tras el rastro de Leopoldo López. También se ordenó capturar al ex embajador venezolano en Bogotá, Fernando Gerbasi, y al ex jefe de custodia del fallecido presidente Carlos Andrés Pérez, Iván Carratú, quienes, según una conversación telefónica grabada sin permiso judicial y difundida por los medios del Estado, parecían conocer con anterioridad los planes del golpe de Estado que, siempre según la versión oficial, las protestas buscaban detonar. El viernes en la noche, tras el allanamiento infructuoso de la residencia de Gerbasi en Caracas, la policía política detuvo brevemente a la hija del diplomático, para ser sometida a interrogatorio.
Fotografías: http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1016100
lunes, 25 de noviembre de 2013
TRANSPORTAR VALORES
De ½ coletilla (y la autoridad moral)
Luis Barragán
La transportación pública perdió las más elementales condiciones de seguridad, confort y confianza, igualados los conductores y pasajeros en vehículos que deben transitar todos los senderos del peligro personal con la inaceptable ausencia del Estado. Al problema tarifario o de la calidad del servicio, se antepone el de la más angustiosa inseguridad personal.
Autoridad moral
Frecuentemente, el régimen apela al remoto heroísmo de la subversión de los sesenta, reivindicándose como heredero legítimo de una decisión y de un proyecto político que naufragó con prontitud. Por si fuese poco, clama a los cielos televisivos por la persecución y muerte de aquellos militantes que cayeron en la deliberada confrontación.
Dice de una autoridad moral que, por experiencia naturalmente ajena, evidenciado el relevo generacional, sirve curiosamente para despotricar, apabullar y reducir al adversario, sin escucharlo. Son muchísimos los golpes que el oficialismo se da en el pecho, sobre todo en el ámbito parlamentario, creyéndose en medio de una inconclusa gesta épica. Sin embargo, medio siglo atrás, fue monumental el fracaso al intentar el sabotaje de los comicios generales y, en el fondo, provocar un golpe de Estado que supuestamente le allanara el camino a las guerrillas.
La campaña para la elección presidencial, parlamentaria y edilicia de diciembre de 1963, se realizó en medio de un despliegue de insólita violencia que dejó muertos y heridos. La tragedia de El Encanto, el inimaginable regadío de tachuelas en las avenidas caraqueñas, el arsenal de Paraguaná, la fábrica de bombas de Barquisimeto, el incendio de la GoodYearb en Puerto La Cruz, incendio de oleoductos y gasoductos, hurtos millonarios en oficinas públicas, quema de autobuses, francotiradores que concitaban la anarquía en horas dramáticas, llamado a la huelga general, envío postal de explosivos a dirigentes políticos, ejemplifican los eventos que precedieron a la cita electoral.
Cincuenta años más tarde, suena un triqui-traqui y alguien osa negarles el voto en la Asamblea Nacional, el oficialismo denuncia la violencia, como si fuese portador de la paz, pretextando un magnicidio y un golpe de Estado. Pasado el susto, se encamina a la represión selectiva y morbosa de sus oponentes, sometidos previamente al escarnio público, pues, todavía no se atreve a una más brutal, personal y literal demolición del adversario.
Medio siglo atrás, llenaron de sangre el escenario. No recuerdan aquello del “haz patria, mata a un policía”.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/17509-de-f-coletilla-y-la-autoridad-moral
Luis Barragán
La transportación pública perdió las más elementales condiciones de seguridad, confort y confianza, igualados los conductores y pasajeros en vehículos que deben transitar todos los senderos del peligro personal con la inaceptable ausencia del Estado. Al problema tarifario o de la calidad del servicio, se antepone el de la más angustiosa inseguridad personal.
Autoridad moral
Frecuentemente, el régimen apela al remoto heroísmo de la subversión de los sesenta, reivindicándose como heredero legítimo de una decisión y de un proyecto político que naufragó con prontitud. Por si fuese poco, clama a los cielos televisivos por la persecución y muerte de aquellos militantes que cayeron en la deliberada confrontación.
Dice de una autoridad moral que, por experiencia naturalmente ajena, evidenciado el relevo generacional, sirve curiosamente para despotricar, apabullar y reducir al adversario, sin escucharlo. Son muchísimos los golpes que el oficialismo se da en el pecho, sobre todo en el ámbito parlamentario, creyéndose en medio de una inconclusa gesta épica. Sin embargo, medio siglo atrás, fue monumental el fracaso al intentar el sabotaje de los comicios generales y, en el fondo, provocar un golpe de Estado que supuestamente le allanara el camino a las guerrillas.
La campaña para la elección presidencial, parlamentaria y edilicia de diciembre de 1963, se realizó en medio de un despliegue de insólita violencia que dejó muertos y heridos. La tragedia de El Encanto, el inimaginable regadío de tachuelas en las avenidas caraqueñas, el arsenal de Paraguaná, la fábrica de bombas de Barquisimeto, el incendio de la GoodYearb en Puerto La Cruz, incendio de oleoductos y gasoductos, hurtos millonarios en oficinas públicas, quema de autobuses, francotiradores que concitaban la anarquía en horas dramáticas, llamado a la huelga general, envío postal de explosivos a dirigentes políticos, ejemplifican los eventos que precedieron a la cita electoral.
Cincuenta años más tarde, suena un triqui-traqui y alguien osa negarles el voto en la Asamblea Nacional, el oficialismo denuncia la violencia, como si fuese portador de la paz, pretextando un magnicidio y un golpe de Estado. Pasado el susto, se encamina a la represión selectiva y morbosa de sus oponentes, sometidos previamente al escarnio público, pues, todavía no se atreve a una más brutal, personal y literal demolición del adversario.
Medio siglo atrás, llenaron de sangre el escenario. No recuerdan aquello del “haz patria, mata a un policía”.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/17509-de-f-coletilla-y-la-autoridad-moral
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lunes, 29 de abril de 2013
CUADERNO DE BITÁCORA (3)
Es difícil manejar una cámara fotográfica y hasta manipular el más modesto teléfono celular en un medio de transporte, por los consabidos riesgos que comporta. Peor, desde la acera que es el ámbito natural del voceador de las paradas, un fenómeno de estos años: mejor, el llenador de la buseta.
La rutina dice visualmente familiarizarnos con una figura que, suponemos, ha de luchar por dominar el "punto" que él u otros han hecho. Además, ofrecen asistencia a cada uno de los conductores, vendiéndoles agua mineral y café, principalmente, aunque unos más distendidamente que otros.
Algunas veces, hemos atestiguado sendas escenas de violencia en las que el velador de ese punto, lo defiende no sólo ante la competencia de sus sobrevenidos colegas, sino también de las incursiones del malandraje, incluyendo a aquellos pedigüeños de oficio que muestran toda su agresividad contra él por abordar anticipadamente el vehículo o agredir al conductor con el que, por esos instantes de llenado, ha de solidarizarse - por lo menos - inicialmente.
El voceador ha de tener una voz potente y una disposición orientadora de las personas que se arremolian, pero también el tácto necesario para entendese con los agentes de policía que, en sus horas de trabajo, dominan o dicen dominar el espacio. Fuera de este horario, confrontará a los delincuentes abiertamente , combinando la directa voluntad para la refriega cuando tocan su interés inmediato, con la prudencia de la diplomacia callejera que más de las veces, sabiéndose frente a las bandas que administran la zona invisiblemente, imponen la conveniente distracción y silencio.
Por fin, entre las varias veces que ofrecía la estampa, captamos un momento importante en la agitada oficina de un voceador. Comenzó a almorzar sentado en un mojón incomprensible de la acera que no sabe de fronteras, convertidos el kiosco y los buhoneros volantes en el mejor hito. Hubo de pararse, a falta de suplente, y - con la sopa y el sol - maniobrar en los resquicios que explican la acera inundada. No imaginamos la reacción si se hubiese enterado como objeto de nuestra atención fotográfica, a lo mejor creyéndola de la policía; además, llenándose el vehículo, apenas disparamos nuestro perol electrónicos - casi a ciegas - en tres o cuatro oportunidades.
LB
La rutina dice visualmente familiarizarnos con una figura que, suponemos, ha de luchar por dominar el "punto" que él u otros han hecho. Además, ofrecen asistencia a cada uno de los conductores, vendiéndoles agua mineral y café, principalmente, aunque unos más distendidamente que otros.
Algunas veces, hemos atestiguado sendas escenas de violencia en las que el velador de ese punto, lo defiende no sólo ante la competencia de sus sobrevenidos colegas, sino también de las incursiones del malandraje, incluyendo a aquellos pedigüeños de oficio que muestran toda su agresividad contra él por abordar anticipadamente el vehículo o agredir al conductor con el que, por esos instantes de llenado, ha de solidarizarse - por lo menos - inicialmente.
El voceador ha de tener una voz potente y una disposición orientadora de las personas que se arremolian, pero también el tácto necesario para entendese con los agentes de policía que, en sus horas de trabajo, dominan o dicen dominar el espacio. Fuera de este horario, confrontará a los delincuentes abiertamente , combinando la directa voluntad para la refriega cuando tocan su interés inmediato, con la prudencia de la diplomacia callejera que más de las veces, sabiéndose frente a las bandas que administran la zona invisiblemente, imponen la conveniente distracción y silencio.
Por fin, entre las varias veces que ofrecía la estampa, captamos un momento importante en la agitada oficina de un voceador. Comenzó a almorzar sentado en un mojón incomprensible de la acera que no sabe de fronteras, convertidos el kiosco y los buhoneros volantes en el mejor hito. Hubo de pararse, a falta de suplente, y - con la sopa y el sol - maniobrar en los resquicios que explican la acera inundada. No imaginamos la reacción si se hubiese enterado como objeto de nuestra atención fotográfica, a lo mejor creyéndola de la policía; además, llenándose el vehículo, apenas disparamos nuestro perol electrónicos - casi a ciegas - en tres o cuatro oportunidades.
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
del mitin (y mitinero) de parada

De un oficio (quizá) imprevisto
Luis Barragán
Las generaciones anteriores conocimos el pregón de la prensa diaria, gracias a los muchachos que roncaban en medio de la calle soportando el peso de su deambulante mercancía. Las más recientes creen tradicional labor la del anunciante de las paradas y rutas del transporte público que, por una dádiva, ayudan al conductor a llenar las busetas, dispensando la adicional orientación del transeúnte que pregunta.
La supervivencia se ha perfilado en una década y media, aproximadamente, también en el inadvertido oficio de vocear las direcciones de destino del transporte público. Los hay más avispados, ofreciendo alguna bebida al conductor que auxilian en su fatigoso y desesperante recorrido. No obstante, vale preguntarse sobre los ingresos reales del pregonero, las modalidades competitivas que emplea para imponerse en un determinado lugar, las relaciones desarrolladas con las autoridades y los propios delincuentes de la comarca, los horarios y posibles tributos a quienes le permiten oficiar bajo el sol, la lluvia o la densa neblina de la contaminación urbana.
Quizá nunca pensó la persona necesitada en tamaño y duro trabajo, incluyendo el acopio y cambio de las monedas sencillas. Las viejas instituciones del Estado, destinadas al aprendizaje de algún oficio práctico, no existen: el INCE es una entidad ideologizante que no ofrece respuesta alguna en una economía crítica. El mercado de la supervivencia ha perfilado alternativas que, excepto las innovaciones delictivas que puedan imprimírseles, permitan más honradamente comer y vestirse como se pueda, aunque diste mucho de permitir el pago de una vivienda y muchísimo de una póliza de seguro.
Así como suele desconocerse la figura del contratista público en los ensayos de sociología política venezolana, el pregonero de las paradas de transportación pública está ausente en aquellos de sociología del trabajo. Puede hablarse con soltura de un webmaster, pero no hallamos con facilidad señales de un técnico de las calles, ordenador de las rutas públicas, o – acaso – sobrevenido planificador urbano, porque tampoco nos atrevemos a nombrar las realidades de cada día.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/6585-de-un-oficio-quiza-imprevisto
martes, 23 de noviembre de 2010
y aún no salimos...

De una dinámica del desempleo
Luis Barragán
Acaso, la oferta de mercancías que opera en los medios públicos de transporte sea la mayor e inédita contribución de los venezolanos a la economía informal del mundo. Impensable cuatro o siete años atrás, la persecución y negación total o parcial de los espacios ciudadanos a la buhonería, adquiere ahora un literal dinamismo urbano que – también suponemos – innovación gerencial por la competencia y reparto de rutas.
Según las modalidades metodológicas del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), los carros-por-puesto, como el subterráneo caraqueño, están poblados de personas que, al descubrir un mercado, perciben regulares ingresos como el propio conductor de la unidad. Poco importa que no haya oficio alguno que aprender en el INCE devenido escuela política e ideológica de cuadros, la desinversión en el país o cuán reales sean esos ingresos que no reporta el buhonero al fisco, carente de la mismísima noción de seguridad social, pues goza de una inigualable oportunidad de sobrevivir en una instancia igualmente riesgosa, porque debe compartir ese mercado cautivo con la delincuencia ordinaria.
Una pequeña caja de cartón y el despliegue de un talento propio del surfista de roncadoras olas de amables playas de seducción, constituyen las únicas y emblemáticas herramientas del buhonero que anuncia su producto en pleno movimiento vehicular. Una o varias décadas atrás, hubiese gozado de mejores oportunidades, pero ahora debe sobrevivir a través de un falso empleo o subempleo, sometido a la interperie urbana, a la disponibilidad de las casas comerciales que no otorgan crédito para adquirir las golosinas u otros enseres portátiles que pueden llegar hasta el “pen-drive”.
Especialistas más confiables hablan de un desempleo superior al 20%, constituyendo una enorme desventaja la imposibilidad práctica de sindicalizar o agremiar a los que se suponen empleados de acuerdo a la versión oficial. Quizá por esto, faltan los estudios necesarios para conocer cuán lejos hemos llegado en la economía informal, porque todos los días vemos a una muchachada desesperanzada y resignada con su cajita de golosinas en el apretado vehículo colectivo, defendiéndose individualmente en la vida, disculpándose a través de un libreto uniforme y consabido al saberse un obstáculo para el libre tránsito: hay quienes razonablemente alegan como mejor opción la molestia del pasajero, antes que hacerlo víctima de un atraco. Vale decir, tratan de un ejercicio legítimo gracias a la situación no menos consabida que padecemos.
Fuente:
http://www.medios24.com/de-una-dinamica-del-desempleo.html
Ilustración:
http://www.soloenvenezuela.com/wp-content/uploads/2008/07/autobus.jpg
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