viernes, 29 de diciembre de 2017

DESTEJERARSE

EL PAÍS, Madrid, 12 de diciembre de 2017
TRIBUNA
¿Es urgente reformar la Constitución?
Adela Cortina
 
El año próximo cumplirá 40 años la actual Constitución española, la novena en la historia de nuestro país, que nació para establecer un nuevo marco legal y de convivencia que sustituyera al que estuvo vigente durante los años del franquismo. Su fecundidad durante este tiempo ha sido difícilmente cuestionable, pero en los últimos días numerosas voces insisten en la necesidad de reformarla, porque lo consideran necesario para resolver problemas graves de nuestro país. En las páginas de este mismo diario se ha apuntado a menudo que España padece una triple crisis, socioeconómica, política y territorial, y que una reforma constitucional podría venir a paliarla.

Sin embargo, comentando estos asuntos con algunos amigos nos preguntábamos si esto es así, si la reforma de la Constitución es prioritaria, o más valdría empezar por los problemas urgentes e importantes que pueden resolverse con los mimbres con los que ya contamos, no sea cosa que el bosque de la reforma posible oculte los árboles de las cuestiones más acuciantes. No sea cosa que olvidemos lo prioritario.

En efecto, según el CIS, la principal preocupación de los españoles, con toda razón, es el desempleo, muy sensible en todos los grupos de edad, pero especialmente en ese 40% de jóvenes que nunca han tenido un trabajo ni se les presentan perspectivas de tenerlo a corto plazo. El Informe FOESSA de 2017 denuncia que el 70% de los hogares no ha percibido los efectos de la recuperación económica, se han precarizado las condiciones de vida de los españoles, nos hemos resignado a la precariedad y a la cronicidad de la pobreza. Continuando con la enumeración, España no cumple sus compromisos de acoger a refugiados e inmigrantes, el maltrato a las mujeres no disminuye, al fondo de pensiones le queda dinero para una sola paga más, la financiación autonómica es enigmática, arbitraria e injusta, la corrupción sigue siendo una lacra de la vida política y la evidencia de que buena parte de los políticos busca el interés particular destruye la confianza y la credibilidad en ellos y en las instituciones.

Para resolver estos problemas prioritarios no es necesario reformar leyes fundamentales, sino algo obvio: intentar encarnar en la vida compartida los valores de la Constitución vigente, que incluyen la libertad, la solidaridad y la igualdad en un país configurado no solo como un Estado de derecho, sino también como un Estado social y democrático de derecho, es decir, como una democracia liberal-social.

Precisamente esos valores nos permitieron, después de los años del franquismo, poder asumir como país algo tan necesario como una identidad, inspirada en este caso en lo que se ha llamado “patriotismo constitucional”. Un término, acuñado por Sternberger, que fue difundido por Habermas cuando Alemania intentaba darse una peculiar identidad, que no podía construirse apelando a la narración nacionalista del Tercer Reich, pero sí recurriendo a la ilusionante narrativa del triunfo del Estado de derecho y de una cultura liberal.

Una identidad de este tipo no se construye partiendo de la nada, claro está, porque toda identidad política supone unas raíces, una historia compartida o varias historias compartidas y entrelazadas. Pero sí que transforma esas historias en algo nuevo al adherirse a los valores universalistas de la Constitución. Como es obvio, esta era también una excelente opción para una España que contaba con historias, narrativas y símbolos compartidos, y optaba por los valores universalistas de una Constitución democrática. Diferentes tendencias sociales y políticas podían confluir en esa identidad nueva.

Sin duda, el patriotismo constitucional tiene límites, entre ellos —según dicen algunos autores—, que incurre en abstinencia emocional, que no suscita las adhesiones emotivas requeridas por cualquier forma de patriotismo. Lo cual sería una deficiencia, de ser cierto, porque la dimensión afectiva, la experiencia emocional de un vínculo colectivo, es esencial. Sin una motivación moral, que impulse la adhesión al modelo político, la democracia no funciona adecuadamente. Por eso en los últimos tiempos se insiste en la necesidad de articular razón y emociones en la vida política, como apuntaba Marcus en The Sentimental Citizen (2002), recordaba Nussbaum en Emociones políticas (2013) y, más recientemente, Ignacio Morgado en Emociones corrosivas (2017). Si una sociedad democrática no trata de crear adhesiones también emocionales hacia sus principios, no es extraño que propuestas totalitarias o autoritarias, fuertemente emotivas, erosionen e incluso destruyan la democracia.

No es fácil superar este obstáculo, pero para lograrlo podría servir una distinción, que se ha hecho en el mundo de las motivaciones cívicas, entre un compromiso primario y un compromiso derivado con la comunidad política. El compromiso primario es el que el ciudadano contrae directamente con la comunidad porque es la suya, ocurra en ella lo que ocurra. Es el compromiso propio del patriota nacionalista. Tiene la ventaja de asegurar la lealtad de quienes lo sienten así, pero también el inconveniente de ser acrítico con las malas actuaciones de la propia comunidad.

El compromiso derivado, por su parte, es el que el ciudadano contrae con su comunidad política, con su Estado, sobre todo porque le parece un instrumento eficaz para realizar valores y principios universales que él aprecia de forma primaria. En este caso, el ciudadano se siente perteneciente a su Estado, pero se identifica primariamente con los valores y principios éticos que el Estado puede ayudar a encarnar, y se adhiere a él de forma derivada. Lo mismo sucede en el caso de comunidades políticas supranacionales, como la Unión Europea, que generarían entonces un compromiso derivado.

Naturalmente, constatar que los valores de ese patriotismo constitucional no se encarnan en la vida diaria, que no se resuelven problemas prioritarios como los que mencionamos anteriormente, provoca una crisis socioeconómica y política y genera desafección. Y se puede reformar la Constitución, por supuesto, porque no hay ninguna ley que sea intocable, ni siquiera la fundamental, pero no es eso lo que llevará a superar la crisis.

En cuanto al problema territorial, lo urgente y lo importante es revisar el sistema de financiación para que cualquier ciudadano se sepa y sienta igualmente tratado en cualquier lugar de España. Al fin y al cabo, la igual dignidad de las personas y el trato igual constituyen la divisa progresista de la Ilustración.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

Ilustración: Eva Vázquez para un texto de Manuel Fraijó sobre el diálogo :https://elpais.com/elpais/2016/09/05/opinion/1473077159_395461.html
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EL PAÍS, Madrid, 25 de diciembre de 2017
TRIBUNA
La Corona y la Constitución
El discurso de Felipe VI en la noche del 3 de octubre tuvo una gran importancia en la crisis catalana. Se trató de una intervención nada inoportuna y justificada por el papel que la Ley Fundamental otorga al Jefe del Estado
Javier García Fernández

Durante la crisis secesionista catalana, el Rey tuvo una relevante actuación expresada en su mensaje del 3 de octubre que fue considerado como una declaración de guerra por los independentistas, los comunes y Podemos. Más sorprendente es que algún trabajo académico, tras criticar la intervención regia, lamentase que el Rey no hablara de los contusionados por las cargas policiales. No hace falta ser constitucionalista para entender la crisis política que conocería la Monarquía parlamentaria si su titular criticara implícitamente a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dirigidas por el ministro del Interior. Las críticas independentistas y de sus aliados incitan a analizar jurídicamente el mensaje del Rey, máxime cuando es la primera vez que el nuevo Monarca tiene que afrontar una crisis constitucional.

Antes de examinar el alcance jurídico del mensaje regio conviene aludir a la problemática constitucional de los mensajes de los jefes de Estado y, más particularmente, al mensaje del rey Juan Carlos en la noche del 23-F. El tema de los mensajes de los jefes de Estado ha dado lugar a una abundante bibliografía en el siglo XX. Aunque en las repúblicas no se pone en cuestión la potestad de dirigir mensajes al Parlamento o a los ciudadanos, los mensajes regios en las monarquías parlamentarias son vistos con cierto recelo salvo en situaciones muy asentadas en la opinión pública —los mensajes navideños— o en actos protocolarios y siempre con el refrendo presunto del Gobierno. En general, los mensajes regios, por tener los reyes una legitimación tradicional y no democrática, solo parecen justificados en situaciones políticas excepcionales.

Por eso tuvo interpretaciones variadas el discurso del rey Juan Carlos en la noche del golpe de Estado de 1981. Sin entrar en el anclaje constitucional que los juristas buscaron para este discurso, conviene resaltar que, a diferencia del discurso del rey Felipe, el del anterior Rey se produjo ex post a la actuación que él mismo realizó para cortar el golpe de Estado. Por eso afirmó que había cursado a los capitanes generales la orden que leyó a continuación.

Fue un discurso de gran importancia política, pero meramente informativo porque la actuación jurídica del Monarca se había producido con anterioridad, al cursar, como titular de un órgano constitucional que no estaba secuestrado, la orden que leyó. Lo contrario que el mensaje de Felipe VI que fue emitido cuando no había vacío de poder.

¿Qué encaje constitucional tiene el mensaje de Felipe VI? En primer lugar, era un mensaje ex ante porque no informó de ninguna actuación jurídica ya producida, como hizo el anterior Rey en 1981. Constatada esta diferencia, veamos cómo encaja esa actuación en la Constitución. En primer lugar, recordemos una potestad que se ha invocado con frecuencia tras el mensaje (y que también se invocó en 1981). Se ha dicho que el mensaje regio tenía su justificación en la expresión “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones” que contiene el artículo 56.1 de la Constitución, pero hay dos razones que obligan a acercarse con reservas a esta función genérica.

En primer lugar, es una expresión originada en la teoría política de Constant que ninguna Constitución española del siglo XIX contenía y que fue “repescada” por Santamaría de Paredes para acrecentar las potestades del rey en la Restauración. Que apareciera en la Constitución de 1978 es todo un anacronismo y obliga a ver en esta función una actuación informal, por medio de la influencia (Manuel Aragón Reyes: Textos Básicos de Derecho Constitucional, II, Madrid, 2001, página 32). En segundo lugar, aun cuando consideráramos que la función arbitral y moderadora es una función con un contenido preciso que habilitaría la actuación del Monarca, el método lingüístico nos dice que con su mensaje Felipe IV no pretendía arbitrar entre dos partes ni tampoco moderar el funcionamiento regular de las instituciones, expresión esta última que empleó precisamente como atribución de los legítimos poderes del Estado, en su conjunto.

Pero el hecho de que el mensaje no tuviera cobertura en la vaporosa función arbitral y moderadora no quiere decir que no tuviera encaje constitucional. A mi modo de ver, el discurso del Rey en la crisis catalana trae causa, en primer lugar, del juramento de guardar y hacer guardar la Constitución que el artículo 61.1 de la Constitución obliga a formular al Rey al ser proclamado ante las Cortes.

Ese mandato, que ni siquiera es una función o una facultad, posee suficiente densidad jurídica para que el Rey, excepcionalmente, se dirija a la opinión pública a advertir y a dar su opinión, dos de las funciones que Bagehot atribuía a los monarcas constitucionales. En segundo lugar, el Rey intervino en condición de símbolo de la unidad del Estado, como proclama el artículo 57.1 de la Constitución.

Si desde un punto de vista teleológico el discurso regio respondía a las previsiones constitucionales hay que ver si su contenido material también respondía a parámetros constitucionales, a fortiori cuando hay constitucionalistas que creen que el Rey carece de libertad de expresión.

Primeramente, el discurso describía muy negativamente la situación en Cataluña y lo hizo con una claridad que ninguna autoridad estatal había empleado hasta entonces. En segundo lugar, el Rey instó a los poderes del Estado a asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones para acabar tranquilizando a los ciudadanos y subrayando el compromiso de la Corona con la Constitución y la democracia. No parece que en el mensaje hubiera proposiciones de contenido inconstitucional.

En 1981 no se hubiera entendido que el Rey no diera órdenes a los mandos militares y en 2017 no se hubiera entendido el silencio del Monarca que quizá se habría interpretado como complicidad con los separatistas o como expresión de desidia o temor ante el problema.

El discurso, quizá exorbitante en una situación de regularidad institucional, no parece inoportuno en una crisis constitucional de esa importancia. Teleológicamente estaba justificado y su contenido material, con el refrendo presunto del Gobierno, era lo propio de quien simboliza la unidad del Estado y tiene que guardar y hacer guardar la Constitución.

(*) Javier García Fernández es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración: Eva Vázquez: http://evavazquezblog.blogspot.com/2014/03/
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TINTA DENSA

EL PAÍS, Madrid, 30 de diciembre de 2017
TRIBUNA
Retorno a Wittenberg
Manuel Fraijó
 
Con cierta impaciencia debe estar contando Lutero las horas que faltan para que termine el año de su V centenario. Hay que imaginárselo contento, pero también algo exhausto a causa de tanta conmemoración. Con no poco asombro habrá tomado nota de la visita de los papas Benedicto XVI y Francisco a lugares emblemáticos del protestantismo; especial satisfacción le habrá producido escuchar sus himnos, una de sus mejores herencias, cantados en tantas iglesias católicas; y, como su corazón nunca dejó de ser del todo agustino, le habrá encantado la carta, tan serena y justa, que el prior general de los agustinos ha dirigido a la orden; y él, que tan agrios debates mantuvo con el cardenal Cayetano, habrá leído con asombro y honda satisfacción la excelente monografía que otro cardenal, Walter Kasper, le ha dedicado: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica; especial alegría debe haber sentido al leer el Acuerdo sobre la justificación, un documento ratificado oficialmente por ambas iglesias en el año 1999 que pone de manifiesto que el polémico concepto de justificación no es ya motivo de división; y, cómo no, se habrá interesado por otro documento, este del año 2017, titulado Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico-romana de la Reforma en 2017. Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos lo que ocurrió hace 500 años.

Con no poco agrado habrá tomado nota de la paulatina desaparición de la leyenda de las 95 tesis clavadas por él en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En realidad, las envió el 31 de octubre de 1517 a Alberto de Brandemburgo y a algunos obispos. Al no recibir respuesta, las envió a “hombres eruditos”. Fueron ellos quienes las difundieron. Lutero lo lamentó, ya que “no van destinadas al gran público”. Pidió disculpas al Papa, asegurándole que no las retiraba porque ya no estaba en su mano.

Pero tal vez la mayor sorpresa se la habrá dado quien le haya informado de que hace ya más de 60 años los católicos celebramos un concilio, el Vaticano II, en el que se aprobaron algunos temas por los que él tan denodadamente luchó: el sacerdocio general de todos los fieles; el uso de la lengua vernácula en la liturgia; la comunión bajo las dos especies; el protagonismo de los laicos en la Iglesia; la importancia de las comunidades locales; la Biblia como alma del cristianismo y de la teología. No sin cierta melancolía, Lutero habrá recordado su insistencia en la celebración de un concilio que Roma solo convocó en 1545, cuando ya no era posible la concordia. El concilio de Trento llegó demasiado tarde.

Y algo atónito se habrá quedado al leer los elogios que un dominico, Y. Congar, le ha dedicado: “Lutero es uno de los mayores genios religiosos de la historia”. Y sabiamente añade: “Lutero no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio juntamente con él”. Por suerte, los insultos de ayer han hecho sitio a los elogios de hoy. Y bien que lo necesita el Reformador. En sus últimos años sufrió notables desengaños y decepciones. Tuvo que ver, por ejemplo, cómo algunos protestantes abusaban de la justificación por la fe para entregarse a la pereza.

Con todo, su principal fuente de preocupación fue la Reforma misma. En sus horas de reflexión y soledad debió recordar cómo en 1483, año de su nacimiento, toda Europa era católica; en 1546, fecha de su muerte, casi la mitad del continente se había separado de Roma. Algo que, como sabemos, no ocurrió sin feroces enfrentamientos y abundante derramamiento de sangre. A Lutero le preocupaba el futuro de Alemania y Europa. Él sabía que no era el único responsable de lo ocurrido: fue decisivo el apoyo de los príncipes alemanes, cansados de las injerencias de Roma y de sus exigencias financieras. Pero sin la fuerza religiosa y visionaria del Reformador nada de lo que ocurrió hace 500 años habría sido posible. Captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo. Lo que no supo fue encontrar un sucesor apropiado. Lutero, que se definía a sí mismo como “un sajón, un rústico y duro sajón”, terminó enfrentándose con muchos de los que habrían podido sucederle. Th. Mann dirá que el Reformador fue “un bárbaro de Dios con bovina cerviz”. De acuerdo, pero aquel bárbaro de Dios, hombre de pensamiento y oración, contemplaba con honda preocupación el resultado de su propia obra.

Y, probablemente, nada le atormentó tanto como su actuación en la rebelión de los campesinos. K. Marx la califica como “el hecho más radical de la historia alemana”. Los campesinos se sublevaron contra la opresión a la que les sometían la Iglesia y los nobles. En un primer momento contaron con el decisivo apoyo de Lutero, pero cuando este constató que también los campesinos se lanzaban al pillaje, al asesinato y a la destrucción de conventos e iglesias, cambió de bando y animó a los señores a sofocar la rebelión a sangre y fuego; sus arengas son de tenor irreproducible. Al frente de los campesinos iba Thomas Müntzer, llamado “místico con martillo” y “reformador sin iglesia”. A Müntzer no le bastaba la libertad interior que predicaba Lutero, quería libertades concretas, políticas y sociales. Fue ejecutado al fracasar la revuelta en la que perecieron unos 70.000 campesinos. Algunos historiadores afirman que el fracaso de esta revolución adormeció por un par de siglos la actitud del pueblo alemán ante los desmanes del poder. Y analistas políticos bienintencionados sostienen que, si Lutero se hubiese aliado con los campesinos, habría corrido su misma suerte y nos habríamos quedado sin Lutero, sin Müntzer, y sin la Reforma. Parece una hipótesis plausible.

A partir de 1525, fecha de la derrota de los campesinos, Lutero entró en una crisis de la que ya nunca se repuso. Su prestigio declinó rápidamente. También su boda, celebrada en el mismo año 1525, sirvió de mofa para sus enemigos y de disgusto para sus amigos. Se había iniciado el declive del Reformador. El hombre que entre 1500 y 1530 publicó el 20% de los textos editados en Alemania se fue quedando sin inspiración. “Culpable” fue también el cuidado de sus seis hijos.

El final le llegó en la noche del 17 de febrero de 1546. Ocurrió en su pueblo, en Eisleben. Fue la muerte serena de un gran creyente cristiano. En realidad, Lutero deseaba ya el final: “He vivido mi vida, ya es hora de que me reencuentre con mis mayores”. Durante sus últimos años no podía andar, lo trasladaban en un pequeño carro. Su cadáver fue trasladado de Eisleben a Wittenberg donde se le tributaron impresionantes honras fúnebres. Melanchthon, su discípulo más fiel e inteligente, pronunció una emocionada oración fúnebre. La concluyó con estas palabras: “Se ha ido el carro y el auriga de Israel”. Después de este agitado 2017, el “auriga” retornará a su silencio de Wittenberg en espera del próximo centenario.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la UNED.

Ilustración: Eduardo Estrada.
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EL PAÍS, Madrid, 24 de marzo de 2016
TRIBUNA
El enigma del fundamentalismo religioso
Manuel Fraijó
 
El fundamentalismo petrifica la Biblia y la convierte en autoridad absoluta”. Así se expresa, pensando en el cristianismo, el teólogo J. Moltmann. Identifica de esta forma una de las tentaciones de las religiones monoteístas: su fe puede, con relativa facilidad, deslizarse hacia convicciones absolutas. Intentemos una mínima clarificación.

Desde luego, nadie reprochará a las religiones que retornen una y otra vez a sus fundamentos. Sus fundadores y el credo al que ellos dieron lugar no puede ser un mero punto de partida que caiga en el olvido. Los orígenes no se marginan impunemente. Las religiones, como las personas y los pueblos, tienen grandes obligaciones contraídas con el recuerdo; sin él se perece. “Qué sea el hombre”, escribió el filósofo W. Dilthey, “solo se lo dice su historia”.

Es necesario, pues, que las religiones siempre vuelvan —sobre todo en tiempos convulsos— a su primera hora, a sus fundadores, a sus libros sagrados en busca de la anhelada identidad. Pero la identidad no es algo cerrado ni enlatado que se acumule solo en los inicios y condene a los nacidos después a ser meros repetidores. El momento fundacional no agota las posibilidades de configuración de los proyectos religiosos. El tiempo añadido, la tradición, los siglos transcurridos ayudan a perfilar la intuición originaria. Esos pasos intermedios reclaman también vigencia y cierta normatividad. Es más: se impone incluso una consideración amable del momento presente. Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios —los orígenes, la tradición y el momento presente— y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo.

El peligro fundamentalista afecta a múltiples ámbitos de nuestras sociedades. Sin embargo, resulta extraño que esté tan presente en las religiones, sobre todo en las monoteístas. Y es que, en palabras del teólogo W. Pannenberg, “el fundamentalista es el hombre de la cosa segura”. Pero ¿qué es lo seguro en las religiones? ¿No es la fe confiada, sin certezas ni evidencias, su seña de identidad? El mundo al que se asoman los creyentes es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, que debería resistirse a la chata objetivación fundamentalista. La experiencia religiosa se forja en contacto con símbolos, mitos, ritos y leyendas.

Se podría afirmar, con P. Ricoeur, que es “el reino de lo inexacto”. ¿Cómo se puede ser fundamentalista en un escenario tan resbaladizo, en un universo tan cargado de misterio e incertidumbre? Más bien parece que la persona religiosa debería estar familiarizada con el espesor de lo inefable, con los muchos nombres y rostros de lo divino. Todas las religiones saldrían ganando si incluyesen en su biblia pequeña el verso de José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero hasta entonces, hasta que no doblemos la última curva del camino, la verdad será una criatura huidiza, especialmente para el fundamentalista.

El filósofo H. Bergson abordó estos interrogantes distinguiendo dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera se agota en la búsqueda de seguridades. Su problema es el miedo, que intenta esquivar acumulando certezas doctrinales y pautas inmutables de conducta que defiende con ira, intransigencia y fanatismo. En definitiva, la religión estática rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica.

En cambio, la religión dinámica está familiarizada con las preguntas que “el terror de la historia” (M. Eliade) suscita. Sabe que preguntar es ser piadoso. De ahí que, según Bergson, la religión dinámica culmine en la mística. “Superhombres sin orgullo” llama a los místicos, cuya cima son para él san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. No puede extrañar que este gran europeo muriera (1941) pidiendo “un suplemento de alma” para un mundo en el que ya se vislumbraba que la mecánica estaba ganando la partida a la mística.

Destacados conocedores de la historia de las religiones monoteístas señalan dos ámbitos especialmente sensibles al fundamentalismo. En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente.

En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión.

Al comienzo de este siglo, profetas de mal agüero aseguraron que el siglo XXI sería “el siglo de Jesús contra Mahoma”. Es de esperar que aún estemos a tiempo de evitarlo. Y el mejor camino es el de la aproximación mutua, serena y reflexiva, más atenta a lo que une que a lo que separa. En su viaje a Centroáfrica el papa Francisco acudió a una gran mezquita musulmana a orar. En realidad, así fue al principio. Las crónicas narran que, tras cuatro meses de asedio, el califa Omar (632) conquistó Jerusalén sin ningún género de violencia. Entró como un peregrino, a lomos de un camello y vistiendo un manto usado. A la hora de la oración, el patriarca de Jerusalén, Sofronio, le ofreció su iglesia para que rezase en ella; pero Omar declinó la invitación con estas o parecidas palabras: mejor no, no sea que el día de mañana, después de mi muerte, algún musulmán te la arrebate diciendo: “Aquí oró Omar”. Un comienzo de diálogo prometedor.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Ilustración: Nicolás Aznárez.     
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EL PAÍS, Madrid, 01 de noviembre de 2015
TRIBUNA
Avatares de la creencia en Dios
Manuel Fraijó
 
A la memoria de mi hermana Dolores (1942-2015)

En plena Ilustración europea se prohibían en España los libros que intentasen demostrar la existencia de Dios; se los consideraba peligrosos. Y es que Dios era tan evidente que no necesitaba demostración alguna. Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de nuestras tierras, en canalizar los ríos Manzanares y Tajo; pero una ilustre comisión de teólogos se declaró en contra con la siguiente sutil argumentación: si Dios hubiese querido que ambos ríos fuesen navegables le habría bastado con pronunciar un sencillo “hágase”. Si no lo hizo, sus razones tendría. Y no está permitido enmendarle la plana.

Salta a la vista que por aquellas fechas Dios era algo inmediato, asequible, presente, familiar. Era un dato más de la realidad, o incluso el gran dato. Europa y, por supuesto, España convivían sin mayores traumas con la fe en Dios, una fe heredada de las buenas gentes del pasado.

También parece obvio que en la actualidad Dios no encuentra fácil acomodo, al menos en la geografía occidental. Hace más de un siglo que Nietzsche, con su habitual desparpajo, lo envió a engrosar la lista del paro; lo declaró viejo y cansado, incapaz de asumir las tareas que los nuevos tiempos demandan. Y un gran conocedor e intérprete de Nietzsche, M. Heidegger, no tuvo reparo en afirmar que “en el ámbito del pensamiento es mejor no hablar de Dios”. Se tiene la impresión de que la recomendación del filósofo de la Selva Negra goza de notable aceptación. En España, constataba con ironía Antonio Machado, “se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca de Dios…”.

Se ha hecho un gran silencio sobre Dios; su muerte ha sido repetidamente anunciada. Lo hizo, pero sin triunfalismo ni euforia, Nietzsche. De hecho percibió como pocos que, sin Dios, sonaba la hora del desierto, del vacío total, del nihilismo completo. Acudió a tres certeras metáforas para ilustrar las consecuencias de la muerte de Dios: se vacía el “mar”, es decir, ya no podremos saciar nuestra sed de infinitud y trascendencia; se borra el “horizonte” o, lo que es igual, nos quedamos sin referente último para vivir y actuar en la historia, se esfuman los valores; y, por último, el “sol” se separa de la tierra, es decir, el frío y la oscuridad lo invaden todo, el mundo deja de ser hogar. ¡Noble forma de despedir a un difunto! Nietzsche era consciente de que la muerte de Dios cambiaba el destino del mundo y de la historia y le quiso dedicar un gran elogio fúnebre. Repetidamente se ha evocado el carácter clarividente, casi profético, de la figura de este genial escritor y filósofo. ¿Intuiría que un siglo después de su muerte, en nuestros días, nos íbamos a quedar casi sin mar, sin horizonte, sin sol? Tal vez fue consciente de la notable dificultad que entraña convertir en categorías seculares vinculantes los pilares religiosos de antaño.

No parece posible, ni lo pretende este artículo, retornar a los lejanos tiempos en los que la presencia de Dios era tan obvia que se contaba con él a la hora de canalizar los ríos. Occidente ha seguido, más bien, el itinerario de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la razón, y el tercero y último el hombre”. En el ámbito filosófico, la teología de ayer se llama hoy antropología. Y tampoco asistimos en la actualidad a contundentes proclamaciones de ateísmo. El ardor negativo de otros tiempos ha dado paso al desinterés actual. Muchos ateos de ayer prefieren llamarse hoy increyentes.

Y es que tal vez todos, creyentes e increyentes, nos hemos dado cuenta, como Bonhoeffer, de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su “invisibilidad”, en el carácter misterioso de su revelación. Bien lo sabía san Agustín: “Si lo comprendes, no es Dios”. De ahí que el aplomo afirmativo de otras épocas haya sido reemplazado por un incómodo balanceo entre el sí y el no. El maestro Eckhart era llamado “el hombre del sí y del no”. Se referían al carácter dialéctico de su pensamiento, también cuando hablaba de Dios. Solo abandonaba la dialéctica cuando se disponía a preparar una sopilla para los pobres; no había para él urgencia mayor.

Impresiona constatar cómo creyentes tan profundos y auténticos como José Gómez Caffarena se adherían a la “dramática ponderación entre el sí y el no a la fe cristiana”. En él vencía el sí, pero su fe supo de noches oscuras, de travesías del desierto. Y no es menor la impresión que causan algunas frases del papa Francisco: “Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien”. O esta otra: “Si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”. Y añade: “Un cristiano que lo tiene todo claro y seguro no va a encontrar nada”. Desde luego no estamos ante un lenguaje muy pontificio, pero sí hondamente humano, altamente teológico, y sensible a nuestro convulso siglo XXI.

No puede, pues, extrañar que dos grandes maestros de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth, se mostrasen abiertos a una teología más propensa a la pregunta que a la respuesta. Preguntado en una ocasión el primero si de veras se consideraba creyente cristiano, respondió con aire taciturno: “Sí, pero no a tiempo completo”. Obviamente no quería decir que, por ejemplo, era creyente en las horas centrales del día e increyente al atardecer. Sencillamente aludía al carácter débil, precario, de su fe; estaba traduciendo al lenguaje de nuestro tiempo el evangélico “creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad”. Rahner, calificado por H. Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, solo se consideraba, pues, creyente a intervalos. Es más: dejó escrito que lo de ser cristiano no es un “estado”, sino una meta, un ideal. Propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”. En parecidos términos se expresaba el otro gran maestro, en este caso de la teología protestante, Karl Barth, al rechazar la distinción entre creyentes e increyentes. Aducía que él conocía a un increyente llamado Karl Barth. En realidad, la tradición cristiana siempre supo que somos ambas cosas a la vez, creyentes e increyentes. Nuestro Unamuno lo expresó lapidariamente: “Fe que no duda es fe muerta”.

Por último: los avatares de la creencia en Dios son asunto de la “interioridad apasionada” (Kierkegaard) de cada creyente. Pero es posible que en ese secreto recinto personal se escuche la atormentada voz de Pascal con su inolvidable “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Es, de nuevo, la dialéctica entre el sí y el no, compañera asidua de la condición humana y de la creencia religiosa.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Eduardo Estrada
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Manuel Fraijó
 
Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.

De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.

Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.

Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.

No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.

Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.

Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.

“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.

La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.

Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.

¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.

Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.

La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.

Ilustración: Raquel Marín.
Fuente:

Cfr. Manuel Fraijó:

VICISITUD DE LA DIÁSPORA VENEZOLANA

EL NACIONAL, Caracas, 25 de diciembre de 2017
Sobre el lenguaje de la mente
Atanasio Alegre
 
Antes de que me abordara el día que lo hizo, ya le había visto anteriormente en los andenes de ida vuelta del llamado metro ligero en las afueras de Madrid, si es que se puede hablar de afueras cuando la distancia hasta el centro de la capital se cubre en media hora. El hombre estaba bastante desmejorado de aquella figura, entrada en carnes que ostentaba la única vez que estuvo delante de mí en la oportunidad de la defensa de su trabajo de ascenso, a la categoría de profesor titular en la UCV. Si no fui yo quien lo abordé, se debió a la precaución de que me fuera a salir con una rechifla, porque en aquella oportunidad mi voto había sido negativo, consciente, en todo caso, de que los otros dos miembros del jurado iban a avalar con su voto la aprobación de su trabajo

De manera que fue él quien a la tercera o cuarta vez que coincidimos en la estación de las Tablas, se me acercó.

—¿Se acuerda de mí?

—Tengo idea, de haber sido jurado de su trabajo de ascenso a titular... –que rechazó porque no le gustó.

El metro de la línea 10 acababa de hacer su entrada en la estación, de manera que hecho el trasbordo en la de Tres Olivos, tuvimos tiempo hasta llegar al destino, para una conversación durante veinte minutos.

Después de haber hecho referencia a lo que pasó y sigue pasando en la Venezuela de nuestros dolores, vinimos a dar en la noticia del momento: el fallecimiento del filósofo norteamericano Yerry Fodor la semana pasada, sobre una de cuyas teorías versaba, por cierto, el trabajo presentado por el hombre que tengo a mi lado, concretamente sobre La Modularidad de la Mente, un ensayo sobre la psicología de las facultades.

En esta obra de 1983, que podría considerarse como la obra fundamental de Fodor, expone este autor la teoría de que hay en la mente humana campos autónomos especializados en funciones tales como, el lenguaje, la motricidad o la percepción. El libro tuvo una resonancia que todavía perdura, debido a la capacidad del autor para divulgar con elocuencia y una terrible capacidad para definir por lo que nos es, no exenta de sarcasmo, ante quienes defendían tesis opuestas a las suyas (“¿por qué no deja de lado usted el oxfordiano y traduce al inglés lo que trata de expresar?”, dijo en una oportunidad a un contrincante)

Yerry Fodor sostiene que el pensamiento tiene su propio lenguaje que se rige por el mismo código por el que lo hace el lenguaje hablado con su gramática, sus símbolos en procura de la precisión de las ideas. Solamente de esta manera se puede explicar cómo los hombres organizan sistemáticamente sus pasos o procedimientos a través del pensamiento del que se sirven para planificar sus actuaciones. Pensar, adaptándose a la manipulación de los símbolos, es algo que se ha visto reforzado por la euforia que supuso el funcionamiento de la computación y los programas de investigación en torno a la inteligencia artificial de la que se comenzaba a hablar a raíz de la aparición del libro de Fodor y a la que ha contribuido él. La euforia consistía en proclamar que, si el siglo XX había sido el siglo de la física, el que hacía su aparición en el 2000, iba a ser el siglo de la biología, si se consideraba dentro de ella a la especialidad de la neurociencia cuyo auge comenzaba a imponerse sobre cualquiera de las teorías psicológicas al uso. Como así ha sido, por cierto.

Pero, naturalmente, no todo ha sido un paseo triunfal, como en relación a la teoría del conocimiento lo demuestran los hechos desde Plotino y San Agustín con la teoría del iluminismo, de modo que siete años después de la publicación del libro de Fodor sobre la modularidad de la mente y ante la euforia, por una parte y el temor de que lo que pudiera llegar a representar la inteligencia artificial, el mismo Yerry Fodor salió al paso, con un breve opúsculo, contra quienes pensaban haber resuelto el enigma del funcionamiento de la inteligencia, entren ellos, contra un investigador del prestigio de Steve Pinker. El título de este nuevo libro de Fodor fue: La inteligencia no funciona así. Confiesa ahí, al tiempo que se dedica a desmontar la teoría de Pinker de cómo funciona la mente, las limitaciones de la teoría modular considerando a los hallazgos de las investigaciones solo como verosímiles. Ha habido avances –asegura– pero estos no pasan de ser relativos. Engreírse por ello es arriesgado. Eso irrita a los poderes establecidos y ya se sabe que estos se gastan malas pulgas. “En realidad lo que nuestra ciencia cognitiva ha conseguido hasta el momento es permitir ver algo de luz en la gran oscuridad reinante. De momento, lo que nuestra ciencia cognitiva ha descubierto sobre la mente, ante todo, es que no sabemos cómo funciona” Es decir, no sabemos cómo funciona de manera modular, pero tampoco sabemos como funciona de otra forma que no sea modular. Definiendo por lo que no es.

Pues bien, mi rechazo a la tesis, presentada por el hombre que está sentado a mi lado, se debió al hecho de que él daba como absoluto algo que no era más que relativo en la teoría de Fodor, según  acabo de anotar.

Lo que me llamó la atención entonces es que aquel profesor estuviera al tanto de los trabajos de Fodor, aunque personalmente no estuviera yo de acuerdo con la interpretación que hacía de sus hallazgos. Este era un punto a su favor, de manera que me pareció bien que los otros dos miembros del jurado lo compensaran, permitieran el acceso a la ansiada categoría de titular, entonces tan valorada en la UCV. Es lo que le he manifestado, en resumidas cuentas.

Cuando le pregunté a que se dedicaba aquí en el exilio, me dijo, no sin cierta pesadumbre, que trabajaba a destajo en una agencia que tramitaba licencias de conducir pasando pruebas psicológicas a los aspirantes.

—Esto, mientras el gobierno venezolano siga reteniendo las pensiones de quienes nos jubilamos, algo inconcebible en cualquier sociedad civilizada.

Su dedicación era la inteligencia artificial, algo para lo que se había preparado concienzudamente.

En el fondo, pensé, cuando nos despedimos, que se trataba de un compatriota más que responde a la imagen de tantos profesionales venezolanos de altísima preparación que debieron emigrar y que no forman parte en modo alguno, por cierto, de esa otra especie de nuevos rusos blancos que, como en otro tiempo, sucedió con muchos de los nobles que no se adhirieron a la revolución rusa, se vieron obligados a cambiar de país, pero no de estatus. Ni siquiera de marca de whisky.

Fuente:
Ilustración: Georges Mathieu.

jueves, 28 de diciembre de 2017

MIL MILLONES DE ESTRELLAS EN UNA SOLA VÍA

EL PAÍS, Madrid, 27 de diciembre de 2017
AMINA HELMI | ASTRÓNOMA
“Cuando choquemos contra otra galaxia no notaremos nada”
La astrofísica argentina trata de desentrañar la naturaleza de la materia oscura y explica cómo apareció nuestra galaxia, la Vía Láctea
Daniel Mediavilla
Helmi, catedrática en el Instituto Astronómico Kapteyn de la Universidad de Groninga (Países Bajos), participa en la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea (ESA), que está caracterizando las propiedades de mil millones de estrellas de la Vía Láctea. Con esa pequeña fracción de todas las estrellas que componen nuestra galaxia, un 1% del total, se quiere crear un mapa tridimensional que revelará su composición, formación y evolución. Entre otras cosas, ese mapa puede ayudar a explicar qué es la materia oscura y cómo se forman las galaxias. La semana pasada, visitó Madrid invitada por la Fundación BBVA. En la sede de la institución en la capital española y dentro de su ciclo de astrofísica y cosmología, pronunció la conferencia La fascinante Vía Láctea.
Pregunta. ¿Cuándo sabremos qué es exactamente la materia oscura?
Respuesta. En los próximos diez años vamos a poner a prueba todas las predicciones del modelo cosmológico y de lo que es la materia oscura, tanto en la Vía Láctea como en algunas de sus galaxias satélites, pero también a una escala mucho mayor. Con Gaia lo vamos a hacer en la Vía Láctea y sus satélites, y con otras misiones de la ESA, como Euclid, va a ser a la escala de todo el universo. Con eso tendríamos que saber de qué tipo de materia oscura hablamos o si la materia oscura no es una solución para explicar lo que observamos, que también es una posibilidad. Si comprobamos que la materia oscura es de un tipo concreto, la idea sería buscarla después también en la Tierra, detectar las partículas y comprobar que son del mismo tipo.
P. Los biólogos descubren con bastante frecuencia especies inesperadas. Da la sensación de que los físicos teóricos tienen mucha más capacidad para realizar previsiones sobre los objetos que encontraremos en el universo, por extraños que puedan parecer. ¿Qué posibilidades hay para encontrar sorpresas en la observación del cosmos?
R. No sabemos qué es la materia oscura así que el factor sorpresa puede ser grande. Tenemos un modelo cosmológico que funciona bien, pero hay aspectos en los que se contradice con lo que vemos. Así que es posible que el tipo de materia oscura que descubramos no sea un WIMP [partículas masivas que interactúan débilmente de las que se cree que está hecha la materia oscura] sino que sean distintos tipos de WIMPS. O incluso que algunos sean partículas que no interactúen y otras que sí. Pero es posible hacer predicciones, no es tan difícil como si hablamos del cerebro o de seres vivos.
En astrofísica o astronomía, las leyes sobre cómo se comporta el universo las entendemos. Pero también hay cosas que no sabemos. Las estrellas dentro de estas pequeñas galaxias satélites de la nuestra no se mueven como predice el modelo cosmológico y eso puede significar que la materia oscura no es lo que hemos asumido hasta ahora. O incluso, puede que la fórmula que nos sirve para calcular la masa que hay en las galaxias y que nos indica que hay más de la que vemos no sea correcta. Puede que sea un fallo que surge de que no entendemos bien la fuerza de gravitación. Así que puede haber sorpresas.
P. ¿Cómo empezó la Vía Láctea, cuál fue el germen? 
R. La idea es que el universo empieza con el Big Bang y durante la etapa inicial del universo hay como fluctuaciones en la densidad, como grumos. Los lugares donde se forman esos grumos, donde se acumula masa, atraen más masa, y se van formando nuevos objetos. La idea fundamental es que las galaxias como la Vía Láctea se formaron por fusión de objetos muy pequeños. Estos objetos están dominados por la materia oscura. Eso atrae gas y del gas se forman estrellas y cuando se fusionan las estrellas por la fuerza de gravitación, se producen galaxias cada vez mayores.
Si quieres probar si esa es la forma en que se creó la Vía Láctea, como la materia oscura no se ve, puedes hacerlo analizando las estrellas que se formaron en aquellos primeros momentos. Buscas las estrellas más antiguas, porque estos procesos de fusión ocurrieron en el universo muy temprano. Eso da lugar al halo estelar de la Vía Láctea. Después la idea es que una vez que la galaxia adquirió una masa lo bastante grande, se formó un disco de gas que fluyó hacia el centro y eso es lo que consideramos la Vía Láctea en sí misma. La idea es que el Sol se formó en el mismo disco de la Vía Láctea, no llegó desde otra galaxia, pero hay muchas estrellas del halo que presumiblemente se formaron en estas galaxias más pequeñas. Nuestro trabajo es como construir un árbol genealógico de la Vía Láctea.
P. ¿Qué edad tendrían estas estrellas más antiguas?
R. Calculamos que son tan antiguas como el universo mismo.
P. ¿Se formaron donde están ahora?
R. La idea es que se formaron en estos primeros grumos y son la segunda o tercera generación de estrellas que se formó en el universo. Hay estrellas que se formaron antes del cuásar [conocido recientemente] que se formó solo 690 millones de años después del Big Bang. Cuando podemos medir la edad de una estrella en el halo, vemos que son estrellas que se han formado incluso antes que estos objetos, en los primeros cientos de millones de años del universo.
P. Los sistemas planetarios en torno a esas estrellas, ¿podrían ser similares al nuestro o no tendrían nada que ver?
R. Las condiciones del universo en aquella época eran muy diferentes de las actuales. Por ejemplo, una de las cosas que se cree es que las primeras estrellas que se formaron eran muy masivas. Y una estrella que es muy masiva explota enseguida como supernova, así que no da tiempo a que se formen planetas a su alrededor. Además, para formar un planeta como la Tierra necesitas metales, elementos más pesados que el helio y el hidrógeno. En estos estallidos de supernova se forman estos elementos más pesados, pero son necesarias varias generaciones de estas estrellas y supernovas como para tener bastantes de estos elementos para producir un planeta rocoso como la Tierra.
P. ¿Sabemos por qué todas las galaxias como la nuestra tienen un agujero negro supermasivo en su centro?
R. Existe una relación entre este agujero negro y el resto de la galaxia, pero no se entiende en detalle por qué sucede.
P. ¿El papel de la materia oscura como pegamento de la galaxia es similar al del agujero negro?
R. La materia oscura sirve para hacer crecer la galaxia porque atrae más masa. La cantidad de masa de una galaxia es predominantemente materia oscura y determina el crecimiento y la dinámica de una galaxia. El agujero negro tiene otro rol. En cierta forma parece impedir que las galaxias más grandes sigan formando estrellas. Hay galaxias que tienen hasta diez veces la masa en estrellas de la Vía Láctea, y en principio los modelos predecían que podrían ser hasta cien veces más grandes. Pero no vemos galaxias de ese tamaño. En un momento dado hay un límite sobre el tamaño de una galaxia y se cree que eso está regulado por el agujero negro.
P. Usted ha estudiado la canibalización de galaxias. ¿Qué pasará si chocamos con otra galaxia? ¿Será un encuentro violento?
R. No pasa nada. Si te preguntas por las probabilidades de que una estrella choque con otra es la misma que dos mosquitos choquen en el Gran Cañón del Colorado. La mayor parte del espacio está vacío y las estrellas no chocan. Cuando dos galaxias se fusionan pueden sentir que el campo de fuerza cambia, pero fuera de eso no hay un impacto directo sobre nosotros. En algo menos de 10.000 millones de años nuestra galaxia se fusionará con Andrómeda, otra galaxia gigante cercana. En ese momento, el impacto sobre la Tierra, si todavía existe, va a ser mínimo. Cuando choquemos no notaremos nada. Lo único que se notará es que cambia en el cielo la distribución de estrellas. Ahora vivimos en un disco y cuando dos galaxias que son disco se fusionan, eso da lugar a una galaxia elíptica. Si miras el cielo cuando Andrómeda y la Vía Láctea se fusionen, no vas a ver la banda de estrellas que ahora ves sino una distribución más o menos uniforme.

Fotografía: Amina Helmi, astronoma, fotografiada en la Fundacion BBVA CARLOS ROSILLO.
Fuente:

LA ÚLTIMA PALABRA

EL NACIONAL, Caracas, 28 de diciembre de 2017
“La FANB tendrá la última palabra en la negociación”
José Olivar y José Rivas Leone señalaron que el sector castrense será clave en decisiones sobre acuerdos con la oposición
Sofía Nederr
 
El afianzamiento del poder del estamento militar en 2017 no solo consolida su control político y económico del país; también significa que sobre el destino de la negociación entre el gobierno y la oposición deberá ser aprobado por el organismo castrense. En esto coinciden los analistas José Alberto Olivar y José Antonio Rivas Leone que no dudan en afirmar que nunca antes, como ahora, el gobierno está bajo el amparo de la Fuerza Armada.

“La FANB tendrá la primera y la última palabra en el proceso de negociación. Aunque no participa directamente en la mesa instalada el 1° de diciembre, en República Dominicana, sus decisiones pasarán por el estamento castrense por su determinación a favor y en contra. La Fuerza Armada determinará la balanza”, aseguró Olivar.

Añadió que aunque durante el gobierno de Chávez el general Guaicaipuro Lameda presidió Pdvsa, la presencia del general Manuel Quevedo en la principal industria tiene un peso importante en momentos en que la empresa se encuentra en despojos y en medio de la crisis sociopolítica del país. “Pese a que el presidente Nicolás Maduro anunció en diciembre de 2015, luego de las elecciones parlamentarias, que reduciría la presencia militar en la administración pública, el anuncio fue un trapo rojo. En la práctica se ha aumentado la participación castrense que podría incrementarse en2018”, añadió.

El investigador José Antonio Rivas Leone indicó que la discrecionalidad que Maduro ha concedido a la FANB en todas las áreas del país propiciará que los acuerdos que se discuten desde el inicio de las negociaciones en Dominicana exijan el aval de la FANB, comenzando por el ministro Padrino López: “Los militares serán clave para la ecuación de la transición en momentos cuando las instituciones están resquebrajadas, incluso los partidos, y los medios de comunicación son perseguidos y cercados”. Atribuye el afianzamiento castrense a la ausencia de liderazgo del jefe del Estado.

“Este militarismo acentuado es inédito en el país. En las dictaduras del siglo XX en Venezuela, el gomecismo y el perejimenismo, hubo militares en la administración pública, pero su gestión económica y de infraestructura fue eficiente y se canceló la deuda externa del país. La discrecionalidad que Maduro ha dado a los militares se ha traducido en corrupción y desmantelamiento del país”, subrayó Rivas Leone.

El ministro de Defensa, general en jefe Vladimir Padrino López, afirmó ayer que la FANB debe sumarse a la implantación de planes económicos.

“Han querido proyectar a nivel internacional la imagen de que los militares gobernamos el país; no queremos gobierno, queremos trabajar junto al pueblo”, aseguró.

Fuente:
Fotografía: V. Padrino López y  L. Cintra Frías, en:http://www.contrainjerencia.com/?p=106428

miércoles, 27 de diciembre de 2017

CUADERNO DE BITÁCORA

Todo nace y se agota en consignas. El asomo de una política pública, se reduje a la idea de un espectáculo de lanzamiento, como ocurrió con el tal Consejo, etc., etc., y a su sostenimiento meramente propagandístico que permita, de un lado, una política de mantenimiento, por la reiterada adhesión hacia la voluntad dictatorial; y, por el otro, colar y justificar otras consignas, como renombrando el tal compromiso cívico-militar, al parecer, de grata sonoridad y vistazo.

Que funcione o no, ya no es problema. Tampoco hay instancia que lo contradiga. Y se puede decir "nuevo modelo" y asegurar que "satisface" las necesidades de los venezolanos. Total, ¿cuál es el problema? El riesgo lo asume quien pretenda desmentirlo. Y como esto, sin costo político alguno, autoriza a decir las cosas más absurdas, devaluando la palabra. Justamente, a la hiperinflación económica, la hay del verbo. Y para la verborrea no se encuentra, escaso como está todo, el remedio o medicamento: sensatez.

Dinámica perversa. Pólvora del lenguaje. Violencia de la palabra artificial y artificiosa.
(LB)

... VACAS, NO PALABRAS

Res, non verba
Guido Sosola

De toda negociación y negociador se esperan hechos, no palabras. Incluso, cuando se sabe del fracaso.

Precisamente, el peor de los fracasos no es el del desacuerdo que obliga de nuevo a trillar el camino de las diferencias y coincidencias, sino el de la fácil capitulación, sin agotar todas las diligencias posibles. Esto depende de las destrezas – incluso – innatas para negociar, considerada la experiencia según la gravedad del objeto de negociación, ya que, de lo contrario, dando igual negociar o no, un actor quedará por siempre a la merced del más avispado.

La negociación política tiene una naturaleza y características propias, aunque el negociador cuente con alguna hazaña en las lides judiciales, mercantiles o laborales. Ayuda, mas resulta insuficiente.
En la división social del trabajo político, cuando los había en la mínima acepción duvergeriana, los partidos exhibían a sendos especialistas en la materia, cuyo inicial entrenamiento consistía en la endiablada conformación de los cuadros de dirección con motivo de los comicios internos. O, si del parlamento se trataba, a propósito de la designación de alguna autoridad púbica, adelanto de las investigaciones, distribución del presupuesto o aprobación de las leyes.

Digamos, consciente o inconscientemente, esta tradición le debió mucho a nuestros grandes traumas históricos, sobre todo con el descenso – más de las veces, estrepitoso – de las dictaduras. Una personalidad como la de José Giacopini Zárraga, por ejemplo, destacó por sus habilidades de negociación al precipitarse el trienio adeco o el gobierno de Pérez Jiménez, porque – aún sin poder evitarlo – atenuó la caída más allá de lo que podemos imaginar. Y, acotemos, en última instancia, a nivel del Estado, fueron más de 40 años de curtimiento de conocidos o desconocidos negociadores para saldar el problema de las conspiraciones de derecha e insurrecciones de izquierda,  afrontar asuntos como el del Golfo de Venezuela o el Esequibo, lidiar con el Acuerdo de Cartagena o el Fondo Monetario Internacional, sabiendo distinguir entre el aspecto esencialmente político y el técnico, y aún entre la presencia de los decisores fundamentales y sus colaboradores más cercanos: Santos y Timochenko, sólo se sentaron a la mesa para avalar el proceso de discusión, pero otros fueron los esgrimistas cotidianos, por ilustrar el caso colombiano de esencial y aleccionador cuño político que, faltando poco, se inscribe en lo que universalmente se conocen como procesos de paz, con un sentido y unas reglas específicas y diferentes.

Lo que ha ocurrido en República Dominicana, no se compadece con estas habilidades, experiencias, tradiciones acumuladas y, en definitiva, proceso alguno de paz. La mayor calamidad es que, sabiéndolas fracasadas, comenzando por la definición misma del evento, las faenas de diálogo, negociación, conversatorio, tertulia o encuentro casual e inadvertido, aventajado por el receso navideño, ha quedado en el limbo para la única interpretación práctica de la dictadura que tiene en su haber dos cosas: erigirse como una mayoría fraudulenta y dividir a la oposición por obra de sus agentes dizque unitarios.

Limbo que es el del fracaso mortal para un sector improvisado y fanfarrón de la oposición que, al interpretar – esta vez -  la sentencia latina, la llevan a los confines del refrán: lo que importan son las vacas y no las palabras. Siendo el caso, ni comida hay, como no puede llamarse liberación de presos a una vulgar manipulación de rehenes. Acotemos, no sin saludar al amable lector en este, el último artículo del año, ese sector más cerca de reeditar el Tratado de Coche, con sus firmantes, Pedro José Rojas y Antonio Guzmán Blanco, que el de esfuerzo genuino y unitario  que, por cierto, tampoco supieron negociar al interior de la oposición para conservar justamente su mejor ventaja: la unidad.

Reproducción:  "Yo estaba dispuesto a jugarme el todo por el todo, es decir, a morir con dignidad. Tenía una ametralladora en mi cuarto, junto con varias granadas y una pistola. Las habría usado, sin duda alguna, de haber intentado alguien, civil o militar, irrumpir a la brava en mi casa. Así se expresó el doctor J. A. Giaccopini Zárraga, durante la entrevista con Pedro R. Romera, asesor editorial de la presidencia del Bloque Dearmas. (Foto: Armando Solórzano)". 2001, Caracas, 08/01/1998.

27/12/2017:
https://www.lapatilla.com/site/2017/12/27/res-non-verba-por-guido-sosola/
https://newstral.com/es/article/es/1083524589/res-non-verba-por-guido-sosola
https://noticiasvenezuela.info/2017/12/res-non-verba-por-guido-sosola/
http://venezuela.myasalon.com/entertainment/res-non-verba-por-guido-sosola/