EL NACIONAL - Viernes 22 de Febrero de 2013 Opinión/7
La dictadura militar
EDUARDO MAYOBRE
Hoy, 22 de febrero, la Fundación Rómulo Betancourt presenta 3 libros de la serie antológica Historia Contemporánea de Venezuela. Uno de ellos se titula La dictadura militar 19481958. Me correspondió escribir el texto introductorio. Los otros dos son: La disputa de la independencia en Venezuela, 1815-1821 de Germán Carrera Damas; y Venezuela, 1861- 1936. La era de los gendarmes de Tomás Straka. Me enorgullece estar en tan ilustre compañía. La fecha de la presentación no es casual. Corresponde a los 105 años del nacimiento de Betancourt, a quien Carrera Damas caracteriza como el padre de la democracia en Venezuela.
Menciono en primer lugar el libro sobre la dictadura militar porque su tema está más cerca en el tiempo y en la experiencia reciente de los venezolanos. En mi escrito intento describir los diez años de autoritarismo y personalismo que interrumpieron el avance de Venezuela hacia la democracia. Debido al carácter de la colección, me guió el propósito de mantener la objetividad y un enfoque didáctico y no incursiono en las causas y significados de la dictadura que nos tocó padecer en esos años. Pero la aspiración es provocar un debate al respecto.
La colección abarca los dos primeros siglos de la república y tiene como propósito "promover y difundir un conocimiento intelectualmente crítico de la historia política del país". Por ello sus libros, que contienen una breve antología de documentos importantes del período al cual se refieren, constituyen una invitación a pensar y repensar la realidad nacional. No pretenden sentar cátedra y están lejos de cualquier tentación de aferrarse a dogmas o prejuicios.
Germán Carrera, que es probablemente el historiador activo más respetado de nuestro país, por ejemplo, incita a la discusión mediante afirmaciones tan provocadoras como llamar al Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, "general colombiano, nacido cumanés", lo que sin duda le traerá problemas en Cumaná, donde él mismo nació.
Dentro de ese enfoque abierto, pero en ningún caso neutro, la dictadura militar 1948-1958 resulta particularmente relevante para las preocupaciones actuales de los venezolanos. Porque a diario nos preguntamos si estamos padeciendo una dictadura. Y de seguidas, si la respuesta es afirmativa, si acaso se trata de una dictadura militar. La experiencia de mediados del siglo pasado no nos da la respuesta, menos aun el libro que prologo. Pero nos puede servir de referencia.
Si aceptamos la definición según la cual "dictadura es la sujeción del Estado a una personalidad dominante cuya voluntad se hace ley", el asunto resulta todavía más vigente. Porque aparentemente dicha personalidad no tiene ahora la capacidad física de ejercer actos de voluntad. De tal manera que sus dictados son interpretados y llevados a la práctica por terceros en disputa, quienes no se someten a las leyes formales y a la vez son incapaces de invocar su propia voluntad como fuente de legitimidad de sus actos.
Más problemática aun es la caracterización del actual régimen como dictadura militar. Aunque la mayoría de sus personeros son o han sido militares, el Gobierno no actúa en nombre de las Fuerzas Armadas, como pretendió ser el caso en la década 1948-1958.
Se supone que su poder emana o bien del líder, cuya voluntad se inclina por otorgárselo a antiguos compañeros castrenses, o bien de un pueblo que por razones contradictorias con su idiosincrasia preferiría a los hombres y los hechos de armas.
Una dictadura militar sin dictador actuante y que no representa la voluntad institucional de las Fuerzas Armadas resulta algo difícil, aunque no imposible, de comprender dentro del mosaico de dictaduras que han plagado la historia de América Latina y Venezuela. A algunas de ellas se refieren los otros dos libros presentados.
La dictadura militar 1948-1958, que primero pretendió ser transitoria y luego aspiró a hacerse permanente y además comenzó como un acto institucional de las Fuerzas Armadas para derivar en la sujeción a la voluntad personal de un general de opereta, es un antecedente importante para intentar comprender una realidad actual que no es ajena a las tradiciones hispanoamericanas y, sin embargo, resulta una anomalía en el presente devenir histórico del continente. Su apego a la única dictadura personalista con prosapia que aun subsiste en el hemisferio occidental, la de Cuba, quizás permitiría una comparación, aunque en ningún caso una asimilación, entre ambos fenómenos.
Un repaso de la última dictadura propiamente militar que vivió Venezuela quizás pueda darnos luces para entender el autoritarismo incomprensible que hoy nos toca vivir.
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viernes, 22 de febrero de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
DESBARAJUSTE URBANO
EL NACIONAL - Domingo 13 de Enero de 2013 Papel Literario/5
Dos casas emblemáticas de Caracas reviven en un libro
GRAZIANO GASPARINI
Las ciudades crecen y se transforman sobre sí msimas y cuanto más antiguos sean sus asentamientos, tanto más numerosos serán los testimonios tangibles de las distintas épocas que le imprimieron carácter en el decurso de los siglos. Por ejemplo, una ciudad como Nápoles fundada como colonia de la magna Grecia siete siglos antes de Cristo tiene evidencias arquitectónicas romanas, medievales, góticas, renacentistas, barrocas, neoclásicas y modernas. Hay que añadirle, además, el documento más antiguo de su presencia: el trazado urbano griego en el centro histórico de la ciudad. Nadie puede precisar cuántas secuencias constructivas se sucedieron en una misma manzana. Las edificaciones viejas que tuvieron uso en su debido tiempo se tornan inservibles en el siguiente período. Se tumba y se reconstruye lo que sirve a las exigencias de una más avanzada evolución que tampoco tiene el sello de la perennidad. Repito, la ciudad crece sobre sí misma, sin misericordia y sin remordimiento.
Cuántas miles de ciudades perdieron y seguirán perdiendo monumentos excepcionales de los cuales ni siquiera tenemos conocimiento de su existencia.
Cuántos fenómenos destructivos naturales y bélicos han contribuido también a borrar del mapa miles de bienes culturales. Cuántos ensanchamientos de vías han guillotinado fachadas históricas para asignarles prioridad a las exigencias del vehículo en desmedro del pobre desdichado que también se llama hombre.
Todo se hace, se deshace, se tumba, se reconstruye y se cambia ¡en nombre del progreso! Progreso significa ascenso, mejoramiento, prosperidad, desarrollo y cultura. De la boca para afuera, todo es progreso aunque se use para imponer sin pensar en las consecuencias o pensando sólo en las conveniencias. Eso no es progreso aunque lo pinten del color que les dé la gana. Tampoco es progreso cuando se abusa de la palabra cultura que en muchos casos es más bien un regreso.
En el caso de las ciudades no se pueden justificar los exabruptos en nombre del progreso y al mismo tiempo se olvida qué es la planificación, el patrimonio cultural, la memoria urbana y la historia. Si la ciudad es "la cosa más huama por excelencia", el respeto a lo existente es un valor que tiene el mismo peso que cualquier otro problema social requerido por un desarrollo integral.
Un ejemplo que viene al caso: durante la dictadura de Pérez Jiménez se decretó la construcción de la avenida Urdaneta en Caracas, considerada de utilidad pública debido al violento crecimiento de la ciudad. Era correcto. El proyecto (un mandato) contemplaba la demolición de las dos casas urbanas coloniales más emblemáticas de Caracas que junto con la casa de los Celis en Valencia eran consideradas las más representativas de la segunda mitad del siglo XVIII. Hubo protestas, súplicas e intervenciones de destacados académicos internacionales como Diego Angulo Iñiguez y Marco Dorta de España y Paco de la Maza de México. Todos los pedidos de reconsiderar el proyecto chocaron contra el muro no de Berlín sino de Miraflores. El urbanista más destacado de ese momento (1952) mi recordado amigo Polito Martínez Olavarría propuso dos soluciones que en nada hubieran alterado la necesidad de ensanchamiento y, al mismo tiempo, la permanencia de los dos monumentos.
Una contemplaba un desvío y la otra una vialidad semisubterránea de solo una cuadra. ¡Nada! El muro permaneció inconmovible y las "casas viejas" fueron demolidas en nombre del progreso. En 1953 hace 60 años se ejecutó la sentencia. ¿Es esto progreso?
La memoria de ese ya lejano desbaratamiento vuelve a tener actualidad gracias a la estupenda edición que Carlos Duarte ha dedicado a la historia de las dos casonas: la de don Juan de Vegas y la de don Felipe de Llaguno, originalmente ubicadas en el lado norte de Carmelitas a Llaguno. La profusión de informaciones, inventarios, fechas, características arquitectónicas, ilustraciones y planos que enriquecen este libro lo califican como un documento invalorable para los que aún aprecian el patrimonio cultural de nuestro maltratado país. Suspirar hoy por lo acontecido hace 60 años es sólo un silencioso lamento.
Lo irrecuperable sólo queda en la memoria y en las obras como esta de Carlos Duarte.
Caracas es la ciudad hispanoamericana que más ha destruido sus valores arquitectónicos e históricos de su pasado. Persisten aisladas muestras, como alguna iglesia, escasas edificaciones civiles alteradas y la casa natal de Bolívar. Todo el inmenso resto se ha sacrificado en nombre del "progreso".
Del aspecto actual es mejor callarse. No lo digo con nostalgia evocadora ni con reconcomio anclado en el pasado. Cada momento histórico tiene su expresión estética y científica. Es un hecho inapelable. El problema de convivencia entre antiguo y moderno siempre se ha dado y seguirá dándose. El problema es de talento, de sensibilidad, de apreciación y de inteligencia. En otras palabras, saber pensar antes de actuar.
Carlos Duarte es un investigador que trabaja en silencio y con una dedicación natural y sincera hacia los temas de su predilección. Tiene más de 40 obras publicadas sobre el quehacer artístico del período colonial venezolano. Hoy conocemos del nivel artístico de la pintura, escultura, retablistas, platería, muebles, formas de vida, haciendas, imaginería, arte popular y otros campos más, gracias al tesón de este investigador.
Tengo el honor de haber colaborado con él en varias publicaciones que, por eso mismo, han reforzado nuestra amistad.
Además de felicitarlo, quiero señalarlo como guía y ejemplo para los que aún se nutren de una cultura no adjetivada.
Fotografía adicional: Fachada del Colegio Santa Rosa de Lima, ubicado frente a Parque Carabobo y diagonal al Liceo Andrés Bello (Élite, Caracas, 1945). Ya la habíamos aportado al grupo Caracas en Retrospectiva / Facebook (LB).
Dos casas emblemáticas de Caracas reviven en un libro
GRAZIANO GASPARINI
Las ciudades crecen y se transforman sobre sí msimas y cuanto más antiguos sean sus asentamientos, tanto más numerosos serán los testimonios tangibles de las distintas épocas que le imprimieron carácter en el decurso de los siglos. Por ejemplo, una ciudad como Nápoles fundada como colonia de la magna Grecia siete siglos antes de Cristo tiene evidencias arquitectónicas romanas, medievales, góticas, renacentistas, barrocas, neoclásicas y modernas. Hay que añadirle, además, el documento más antiguo de su presencia: el trazado urbano griego en el centro histórico de la ciudad. Nadie puede precisar cuántas secuencias constructivas se sucedieron en una misma manzana. Las edificaciones viejas que tuvieron uso en su debido tiempo se tornan inservibles en el siguiente período. Se tumba y se reconstruye lo que sirve a las exigencias de una más avanzada evolución que tampoco tiene el sello de la perennidad. Repito, la ciudad crece sobre sí misma, sin misericordia y sin remordimiento.
Cuántas miles de ciudades perdieron y seguirán perdiendo monumentos excepcionales de los cuales ni siquiera tenemos conocimiento de su existencia.
Cuántos fenómenos destructivos naturales y bélicos han contribuido también a borrar del mapa miles de bienes culturales. Cuántos ensanchamientos de vías han guillotinado fachadas históricas para asignarles prioridad a las exigencias del vehículo en desmedro del pobre desdichado que también se llama hombre.
Todo se hace, se deshace, se tumba, se reconstruye y se cambia ¡en nombre del progreso! Progreso significa ascenso, mejoramiento, prosperidad, desarrollo y cultura. De la boca para afuera, todo es progreso aunque se use para imponer sin pensar en las consecuencias o pensando sólo en las conveniencias. Eso no es progreso aunque lo pinten del color que les dé la gana. Tampoco es progreso cuando se abusa de la palabra cultura que en muchos casos es más bien un regreso.
En el caso de las ciudades no se pueden justificar los exabruptos en nombre del progreso y al mismo tiempo se olvida qué es la planificación, el patrimonio cultural, la memoria urbana y la historia. Si la ciudad es "la cosa más huama por excelencia", el respeto a lo existente es un valor que tiene el mismo peso que cualquier otro problema social requerido por un desarrollo integral.
Un ejemplo que viene al caso: durante la dictadura de Pérez Jiménez se decretó la construcción de la avenida Urdaneta en Caracas, considerada de utilidad pública debido al violento crecimiento de la ciudad. Era correcto. El proyecto (un mandato) contemplaba la demolición de las dos casas urbanas coloniales más emblemáticas de Caracas que junto con la casa de los Celis en Valencia eran consideradas las más representativas de la segunda mitad del siglo XVIII. Hubo protestas, súplicas e intervenciones de destacados académicos internacionales como Diego Angulo Iñiguez y Marco Dorta de España y Paco de la Maza de México. Todos los pedidos de reconsiderar el proyecto chocaron contra el muro no de Berlín sino de Miraflores. El urbanista más destacado de ese momento (1952) mi recordado amigo Polito Martínez Olavarría propuso dos soluciones que en nada hubieran alterado la necesidad de ensanchamiento y, al mismo tiempo, la permanencia de los dos monumentos.
Una contemplaba un desvío y la otra una vialidad semisubterránea de solo una cuadra. ¡Nada! El muro permaneció inconmovible y las "casas viejas" fueron demolidas en nombre del progreso. En 1953 hace 60 años se ejecutó la sentencia. ¿Es esto progreso?
La memoria de ese ya lejano desbaratamiento vuelve a tener actualidad gracias a la estupenda edición que Carlos Duarte ha dedicado a la historia de las dos casonas: la de don Juan de Vegas y la de don Felipe de Llaguno, originalmente ubicadas en el lado norte de Carmelitas a Llaguno. La profusión de informaciones, inventarios, fechas, características arquitectónicas, ilustraciones y planos que enriquecen este libro lo califican como un documento invalorable para los que aún aprecian el patrimonio cultural de nuestro maltratado país. Suspirar hoy por lo acontecido hace 60 años es sólo un silencioso lamento.
Lo irrecuperable sólo queda en la memoria y en las obras como esta de Carlos Duarte.
Caracas es la ciudad hispanoamericana que más ha destruido sus valores arquitectónicos e históricos de su pasado. Persisten aisladas muestras, como alguna iglesia, escasas edificaciones civiles alteradas y la casa natal de Bolívar. Todo el inmenso resto se ha sacrificado en nombre del "progreso".
Del aspecto actual es mejor callarse. No lo digo con nostalgia evocadora ni con reconcomio anclado en el pasado. Cada momento histórico tiene su expresión estética y científica. Es un hecho inapelable. El problema de convivencia entre antiguo y moderno siempre se ha dado y seguirá dándose. El problema es de talento, de sensibilidad, de apreciación y de inteligencia. En otras palabras, saber pensar antes de actuar.
Carlos Duarte es un investigador que trabaja en silencio y con una dedicación natural y sincera hacia los temas de su predilección. Tiene más de 40 obras publicadas sobre el quehacer artístico del período colonial venezolano. Hoy conocemos del nivel artístico de la pintura, escultura, retablistas, platería, muebles, formas de vida, haciendas, imaginería, arte popular y otros campos más, gracias al tesón de este investigador.
Tengo el honor de haber colaborado con él en varias publicaciones que, por eso mismo, han reforzado nuestra amistad.
Además de felicitarlo, quiero señalarlo como guía y ejemplo para los que aún se nutren de una cultura no adjetivada.
Fotografía adicional: Fachada del Colegio Santa Rosa de Lima, ubicado frente a Parque Carabobo y diagonal al Liceo Andrés Bello (Élite, Caracas, 1945). Ya la habíamos aportado al grupo Caracas en Retrospectiva / Facebook (LB).
lunes, 17 de septiembre de 2012
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Rafael Arroyo Parejo. "Grandiosa conentración democrática en apoyo y respaldo al F.E.I.". Elite, Caracas, nr. 1399 del 26/07/52.- Dossier sobre la industria de la alimentación. Número, Caracas, nr. 125 del 07/11/82.
- Guillermo Meneses. "El balcón del silencio: La novela de Pío Gíl". El Nacional, 14/06/66.
- Enrique Castellanos. "Los políticos nuestros". El Nacional, Caracas, 27/09/81.
- Juan Carlos Navarro. "Elogio de la inconsecuencia". Economía Hoy, Caracas, 13/02/90.
Fotografía: Aviso. El Nacional, Caracas, 16/09/85.
Breve nota LB: Curioso aviso, pues, siendo ambos parlamentarios de característica bigotadura, el masista Juvencio Pulgar reemplazó en la fotografía al adeco Luis Guevara. Ya inactivos en la prensa diaria, el uno, fue el protagonista de un libro más o menos recientre de entrevista que le hiciera una editorial del gobierno actual; y, el otro, de cuestionada presencia pública ayer, lo presumimos como parlamentario jubilado.
viernes, 31 de agosto de 2012
EL OTRO OCTUBRISMO
Nos ha sorprendido descubrir la celebración en la etapa tardía del régimen dizque provisional de Pérez JIménez, por lo pronto, debido a tres consideraciones. Tamaña reivindicación, a las puertas del plebiscito, nos obligará a revisar cierta perspectiva del octubrismo que sostenemos.
Así, por una parte, creímos que los afanes de legitimación del esfuerzo constituyente se apagaron una vez consolidado el gobierno surgido del fraude de 1952. Tienen razón los amigos, al facilitarnos una muestra como tuvo a bien Guillermo Tell Aveledo, en un rápido intercambio de la mensajería facebookeana que también incluyó a José Hermoso, Jonathan Benavides y Fernando Falcón, pues, hubo el empeño de avalarse con los consabidos sucesos de 1945.
Nos preguntamos, por otra, en torno a las reflexiones que hizo Laureano Vallenilla-Lanz Planchart, sobre todo por sus aportes a El Heraldo que, reconociendo la supremacía de las Fuerzas Armadas, no estaba a gusto con el ya viejo golpe de Estado, por lo menos, respecto a los socios de entonces y al trastocamiento del inmediato y prolongado orden post-gomecista. Era de imaginar una distinta legitimidad para el período constitucional aspirado por Pérez Jiménez, en el que quizá hubiese ensayado un mandato (y una vestimenta) civil.
Finalmente, la celebración de la fecha no era una circunstancia más, pues, contaba con toda la marcialidad del caso, aunque fuese modesta la reseña de la prensa, convertida en un solemne acto de Estado que incluía el recuerdo de los caídos, hoy, por siempre olvidados. No eran adivinos para creer que a la vuelta de la esquina estarían fuera del poder, porque lograron controlar eficazmente otros eventos conspirativos de una quizá mayor contundencia, aunque las jornadas del 23 de Enero tuvieron una carga inédita aún no suficientemente reivindicada.
LB
Fuente: El Nacional, Caracas, 19/10/57.
Así, por una parte, creímos que los afanes de legitimación del esfuerzo constituyente se apagaron una vez consolidado el gobierno surgido del fraude de 1952. Tienen razón los amigos, al facilitarnos una muestra como tuvo a bien Guillermo Tell Aveledo, en un rápido intercambio de la mensajería facebookeana que también incluyó a José Hermoso, Jonathan Benavides y Fernando Falcón, pues, hubo el empeño de avalarse con los consabidos sucesos de 1945.
Nos preguntamos, por otra, en torno a las reflexiones que hizo Laureano Vallenilla-Lanz Planchart, sobre todo por sus aportes a El Heraldo que, reconociendo la supremacía de las Fuerzas Armadas, no estaba a gusto con el ya viejo golpe de Estado, por lo menos, respecto a los socios de entonces y al trastocamiento del inmediato y prolongado orden post-gomecista. Era de imaginar una distinta legitimidad para el período constitucional aspirado por Pérez Jiménez, en el que quizá hubiese ensayado un mandato (y una vestimenta) civil.
Finalmente, la celebración de la fecha no era una circunstancia más, pues, contaba con toda la marcialidad del caso, aunque fuese modesta la reseña de la prensa, convertida en un solemne acto de Estado que incluía el recuerdo de los caídos, hoy, por siempre olvidados. No eran adivinos para creer que a la vuelta de la esquina estarían fuera del poder, porque lograron controlar eficazmente otros eventos conspirativos de una quizá mayor contundencia, aunque las jornadas del 23 de Enero tuvieron una carga inédita aún no suficientemente reivindicada.
LB
Fuente: El Nacional, Caracas, 19/10/57.
lunes, 16 de julio de 2012
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Pedro Trigo Dura. "El cristianismo popular en la nueva novela latinoamericana". SIC, Caracas, nr. 354 de 04/73.
- (S/a) "La juventud en la basílica de Santa Teresa. La Iglesia de los ricos". Deslinde, Caracas, nr. 07 del 15/06/69.
- Presidente Leoni instituye el Día de la Paz. El Nacional, Caracas, 02/01/68.
- Reportaje de José Hernán Briceño sobre el Cardenal Quintero. Elite, Caracas, nr. 1839 del 24/12/60.
- José Virtuoso. "Volver a la política". SIC, nr. 624 de 05/00.
Fotografía: Edificios a demoler en la Av. Este 8 de El Conde, Caracas (1954), mariafsigillo.blogspot.com
- (S/a) "La juventud en la basílica de Santa Teresa. La Iglesia de los ricos". Deslinde, Caracas, nr. 07 del 15/06/69.
- Presidente Leoni instituye el Día de la Paz. El Nacional, Caracas, 02/01/68.
- Reportaje de José Hernán Briceño sobre el Cardenal Quintero. Elite, Caracas, nr. 1839 del 24/12/60.
- José Virtuoso. "Volver a la política". SIC, nr. 624 de 05/00.
Fotografía: Edificios a demoler en la Av. Este 8 de El Conde, Caracas (1954), mariafsigillo.blogspot.com
martes, 28 de diciembre de 2010
fuerzas armadas y pérez jiménez

EL NACIONAL - DOMINGO 10 DE ENERO DE 1999 / SIETE DIAS
Honores para el dictador
Dividió a las Fuerzas Armadas, al punto de que fueron hombres de armas los factores decisivos en el fin de su dictadura. Sin embargo, para muchos sigue siendo símbolo de la eficiencia militar
JESUS SANOJA HERNANDEZ
Cuando fue derrocado Pérez Jiménez, tendría Hugo Chávez cuatro años de edad, José Vicente Rangel ya estaba de regreso de su exilio en Chile y España, mientras Luis Miquilena había dejado de ser comunista y militaba en las filas de URD, luego de haber pasado por El Obispo y sufrido no pocas torturas en la Seguridad Nacional. Estos tres personajes (Chávez, presidente electo; Rangel, canciller designado; y Miquilena, ministro del Interior) andan en búsqueda del hundimiento definitivo del bipartidismo y de una reconciliación cívico-militar (o civil-militar, como gusta decir la apasionada medinista Nora Bustamante), que en este caso equivaldría, irónicamente, a la reivindicación simbólica y casi postrera de Pérez Jiménez. Y digo que irónicamente porque, a pesar de Pérez Jiménez haber sostenido que gobernaba en nombre de las Fuerzas Armadas, él las dividió como pocos presidentes, al punto de que fueron hombres de armas los factores decisivos en el fin de su dictadura.
La decisión del presidente Chávez, de invitarlo para su toma de posesión, se explica fácilmente: él, como otros, incluido el candidato de Proyecto Venezuela, cumplió con un ritual de moda al visitarlo en su residencia de La Moraleja. Eso en primer lugar. Y en segundo, si es que se ha olvidado, Chávez insurgió contra el gobierno de Pérez por considerarlo representativo de la perversión democrática del bipartidismo y, como se sabe, el bipartidismo había convertido a Pérez Jiménez en Satanás. Pero hay un "tercer lugar": Pérez Jiménez vendría a ser el símbolo de la eficiencia y la autoridad militares, eso que yo, entre muchos más, he llamado la "mentalidad cuartelaria".
La posición de Rangel y Miquilena tiene lejanísimo fondo político. Rangel, muy joven, fue urredista, y aunque combatió al régimen militar, siempre abrigó reservas hacia AD, siendo uno de los primeros y más firmes denunciantes de la represión de los años 60 y de la corrupción generalizada en los últimos 25 años. De la primera etapa son válidos testimonios sus actuaciones en la Comisión de Política Interior de la Cámara de Diputados, su labor en el tabloide Clarín y el libro Expediente negro, prologado por Orlando Araujo. Y de la segunda, un conjunto de volúmenes y sus columnas de investigación, análisis y denuncia en varios diarios y revistas del país.
"El Periodista" y la SN
Miquilena, sin la formación universitaria de Rangel, como también sin su acopio de lecturas, emergió a la política como dirigente autobusero en la época previa al golpe (¿revolución acaso?) del 18 de octubre, y sus mayores desafíos fueron el conflicto con el empresario Julio Santiago Azpúrua y las divergencias entre adecos y comunistas, golpeados estos últimos por el incidente de la disolución de sus sindicatos. Cuando el PCV se dividió, Miquilena pertenecía al bando de los "machamiquis" (nombre derivado de Machado y Miquilena), que se enfrentó a los "bobitos", cuyo máximo representante fue Juan Bautista Fuenmayor. Curiosamente, al rebelarse los gobernadores de AD y Copei para apoyar a Salas Romer, uno de ellos (William Dávila, si no me equivoco) aludió a que no todos los del Polo Patriótico eran líderes emergentes, y ponía a Miquilena como viejo dirigente del ala menchevique, en rivalidad con el ala bolchevique. Enredó así el gobernador fonética con ideología, confundiendo "menchevique" con "machamiqui".
Cuándo ingresó Miquilena a URD, es asunto que no tengo claro, pero en todo caso no es cierto que su militancia comunista haya sido tan fugaz como lo señaló él en cierta ocasión en el seminario La Razón, pues en 1947 formó parte del PRP (Partido Revolucionario del Proletariado), grupo disidente que el PCV calificó, con lenguaje de la época -y sin mucha argumentación-, de "trotzkista".
En la novela de Otero Silva La muerte de Honorio, el personaje Eugenio Rondón (El Periodista), revela a los otros cuatro presos políticos "que no hablaron" cómo cayó por primera vez en manos de la SN: en un mitin del 1° de mayo, que previamente había sido prohibido por la policía. Pudo ser éste el de 1951 en la Plaza del Panteón, efectivamente disuelto, o pudo ser alguno posterior del cual yo no fui testigo por estar en México, pero en todo caso no estoy seguro de que ya Miquilena estuviese afiliado a URD. Lo más probable es que lo hiciera después de las elecciones de noviembre de 1952, cuando el partido de Jóvito Villalba ganó la mayoría de la Constituyente, finalmente desconocida por Pérez Jiménez con el golpe del 2 de diciembre.
Habría que aclarar que Eugenio Rondón (El Periodista) reúne, como personaje de ficción, elementos de la vida de Miquilena (el agitador, el torturado en prisión, el militante de URD) y del propio Otero Silva (el periodista como tal), con añadidos e intercalaciones, a veces incoherentes o de tono falso. Lo que buscaba el autor era crear una tipología que incluyera la resistencia antidictatorial de tres partidos (El Médico, tomando como modelo a Gallegos Mancera; El Tenedor de Libros, perfil de Salom Mesa; y El Periodista, parcialmente Miquilena), las Fuerzas Armadas (El Capitán) y el pueblo (El Barbero). Curiosamente, Otero Silva excluyó de esas tipologías al militante de Copei, punto aparentemente sectario que en cierta ocasión explicó.
Miquilena, a quien en sus tiempos de agitador social llamaban "Pelo de oro" por su cabello rubio, que le caía en la frente, siempre conservó la obsesión conspirativa. En la novela de MOS, Eugenio Rondón confiesa que, a raíz del fraude electoral de 1952, un teniente coronel se le acercó para pedirle que se sumará a un levantamiento contra la dictadura: "Yo, sin que nadie me hubiera autorizado a hacerlo, le ofrecí el respaldo de mi partido, de los otros partidos de oposición, de los sindicatos, de los estudiantes y del pueblo".
¿Qué dirá Miquilena?
El mayor Vargas Medina ("el macho Vargas") le declaró a Agustín Blanco Muñoz que las actividades de Miquilena, Savelli Maldonado y Marchelli Padrón, en enero de 1960, "no tenían relación con el descontento de la oficialidad democrática", mientras Molina Villegas, el jefe del Carupanazo, mencionó otra conspiración (en 1964) en la cual estaban presuntamente metidos Miquilena, Aristimuño, José Vicente Rangel y Ugarte Pelayo. Que yo recuerde, Aristimuño fue apresado en el tramo en que Clarín fue sustituido temporalmente por Intermedio, pero Ugarte estaba entonces en posición contraria a Rangel y Miquilena, que ya habían salido de URD.
Rangel y Miquilena integraron un pequeño movimiento de oposición democrática (VPN: Vanguardia Popular Nacionalista), más tarde fundido con ARS o PRN, y con parte del MIR blando, en el Prin, de muy corta vida (1966-1969), pero que representó el último esfuerzo por unificar la izquierda no inhabilitada, lamentablemente frustrado por el triunfo de Caldera y el encarrilamiento del país hacia el bipartidismo.
Varias personas me han preguntado cómo se sentirá Miquilena con la invitación a Pérez Jiménez a la toma de posesión de Chávez, después de haber sido él torturado bárbaramente en los días oscuros de la SN y el bachiller Castro. No he sabido (y a veces no he querido) responder a esas inquietudes. Creo que Pérez Jiménez fue juzgado y condenado a más de cuatro años de prisión y que, sin embargo, meses después de salir de la cárcel, obtuvo fuerte votación que le dio una senaduría por él no ocupada por falta de valor o, en todo caso, de interés por Venezuela. Ni cortos ni perezosos, los de AD y Copei aprobaron la Enmienda N° 1 de la Constitución, que le impedía volver a la Presidencia por la vía del voto.
Pérez Jiménez se ha negado a regresar. Caldera le abrió las puertas, Chávez no sólo se las ha reabierto, sin condiciones, sino que lo ha invitado a la toma de posesión. Lo primero es un acto de justicia. Lo segundo, una reivindicación peligrosa y, para muchísimos venezolanos, ofensiva e inmoral. Entre ellos me cuento.
El horror y la mordaza II
En la sede de la Seguridad Nacional (SN), a las 5:00 de la mañana del 24 de enero, los funcionarios de ese cuerpo policial dispararon a mansalva contra numerosas personas que clamaban por la libertad de los presos políticos. El saldo fue de siete personas muertas. Horas después, las Fuerzas Armadas redujeron a los funcionarios atrincherados en el cuerpo policial y los apresaron, mientras la multitud incendiaba el edificio. En otras zonas de Caracas, la muchedumbre llegó a linchar a algunos miembros de la SN.
Un boxeador, J.J. Fernández, campeón del peso welter, "se encargaba de adiestrar a los investigadores para que aplicaran sus enseñanzas a los presos políticos. Varios de los detenidos lo señalaron como especializado en extraerle las uñas a las personas y de herir con punzones a los señalados como agitadores, para que hicieran delaciones". Este pugilista intentó huir una vez caído el régimen, pero fue reconocido en la calle y atrapado por los transeúntes, quienes intentaron lincharlo. Las Fuerzas Armadas intervinieron a tiempo para apresarlo.
Diez días después del derrocamiento de Pérez Jiménez, la Fiscalía General de la República ya había recibido 200 denuncias de asesinatos cometidos por la Seguridad Nacional. El fiscal de entonces, Ramón González Paredes, declaró que ese cuerpo de represión constituía una "página abominable en nuestra historia".
Tres hijas de Pérez Jiménez tenían en el Departamento de Ahorros del Banco de Venezuela la cantidad de 800.000 bolívares (aproximadamente 250.000 dólares, según el tipo de cambio de la época). Las libretas fueron encontradas escondidas en un anaquel oculto de la casa del dictador, en El Paraíso. "Un caso asombroso es el de la cuenta de Flor de María Pérez Chalbaud, que cumplía dos años y ya tenía ahorrada la cantidad de 178.410 bolívares, producto de 42 depósitos realizados en la cuenta abierta en septiembre de 1956".
Se adelantaron investigaciones para determinar la culpabilidad en los asesinatos de Antonio Pinto Salinas y de Leonardo Ruiz Pineda. La muerte de Ruiz Pineda se produjo cuando miembros de la Seguridad Nacional, quienes confesaron posteriormente, interceptaron el auto donde se transportaba el dirigente de AD y le hicieron seis disparos, a pesar de encontrarse indefenso y rendido. Las investigaciones arrojaron que la orden la dio el general Luis Felipe Llovera Páez directamente a Pedro Estrada, y éste a sus subalternos.
La Junta de Gobierno decidió, el 7 de febrero de 1958, confiscar los bienes de Marcos Pérez Jiménez, y los que detentaran "personas interpuestas", por cuanto "se dispuso ilegalmente de los bienes nacionales, se usó indebidamente de las influencias oficiales para el enriquecimiento ilícito y, además, se cometieron diversos delitos contra la cosa pública".
En una maleta olvidada por Flor de Pérez Jiménez, esposa del dictador, debido a la premura de su huida, se encontraron "valores, efectos y comprobantes de valores, cuyo montante se eleva prudencialmente a unos 300 millones de dólares" (cerca de un millardo de bolívares, para entonces), señala una nota de prensa. La Procuraduría General de la República incautó los títulos y los remitió al BCV, donde fueron clasificados. Entre los bienes de valor se encontraban varios inmuebles: "(...) lote de terreno en las proximidades de Baruta, edificio en El Conde, varias casas-quintas en El Paraíso, parcela en Caraballeda y casa en La Florida", cuyos documentos de propiedad estaban a nombre de Flor de Pérez Jiménez.
En Yaracuy, en la finca del gobernador perezjimenista, se escondían las urnas donde se depositaron los votos del plebiscito perezjimenista.
Después de ocupar los bienes de Pérez Jiménez y de su familia, la Comisión Investigadora de Enriquecimiento Ilícito decidió, el 7 de marzo, la investigación a 15 funcionarios del régimen militar, por presumirse su autoría en "delitos contra la cosa pública". Un mes después, la comisión embargó títulos nominales por un valor de más de 25 millones de bolívares (aproximadamente 8,5 millones de dólares) a Laureano Vallenilla Lanz, miembro del gobierno dictatorial, y otros 20 millones de bolívares a Oscar Mazzei Carta, ex ministro de Comunicaciones y Defensa; Pablo Salas Castillo, ex director del Seguro Social (posteriormente jefe de Cruzada Cívica Nacionalista); Guillermo Cordido Rodríguez, ex gobernador de Yaracuy; y Edgar Domínguez Michelangelli, ex gobernador de Portuguesa.
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