Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Mayobre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Mayobre. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de agosto de 2014

CARUPANERO

EL NACIONAL - Viernes 22 de Agosto de 2014     Opinión/6
Larrazábal
Los militares educados durante los 40 años de la república civil contribuyeron al desarrollo nacional.
Aunque no faltaron quienes cayeron ante los cantos de sirena
Eduardo Mayobre

Cuando cayó la dictadu-ra de Marcos Pérez Jiménez, el 23 de Enero de 1958, el gobierno de Venezuela se constituyó como una Junta Militar, presidida por el oficial de mayor antigüedad, contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto. Al día siguiente la Junta dejó de ser militar, porque salieron de ella dos generales perezjimenistas y entraron dos civiles: Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Desde entonces se inició el camino a la democracia que distinguió a Venezuela de la mayoría de los otros países de América Latina en la segunda mitad del siglo XX. En diciembre de ese mismo año se realizaron elecciones que ganó en buena lid Rómulo Betancourt, candidato del partido Acción Democrática.
Durante 1958 Larrazábal debió sortear los más difíciles escollos. Resistió un intento de golpe de Estado liderado, como era costumbre, por su propio ministro de defensa, general Jesús María Castro León, y otras intentonas de restaurar la institucionalidad cívico militar de la década anterior.
Alcanzó, con su simpatía y carisma, una alta popularidad.
Para poder presentarse como candidato en las elecciones de diciembre, apoyado por Unión Republicaba Democrática y el Partido Comunista, renunció a la presidencia del gobierno.
Obtuvo la segunda mayoría y, no obstante las manifestaciones radicales de algunos de sus seguidores, reconoció gallardamente el triunfo de su adversario. Se inició así el régimen democrático constitucional que duraría por el resto del siglo.
El talante democrático de Wolfgang Larrazábal lo mantuvo a lo largo del resto de su vida. Fue un ejemplo. Le aceptó a su rival en las elecciones, Rómulo Betancourt, la embajada de Venezuela en Chile.
Recuerdo que cuando llegué a vivir en Santiago en 1963, poco después de que el ex presidente de la junta hubiera dejado la embajada, los chilenos, desde los más encopetados hasta los taxistas, me hablaban con admiración de ese venezolano que se había ganado su cariño.
Relato lo anterior para subrayar que no es contradictorio ser militar y democrático.
Larrazábal es quizás el mejor ejemplo, por las circunstancias que debió enfrentar y vivir. Pero hay muchos otros. Desde el general y presidente Isaías Medina Angarita, quien intentó la transición a un gobierno pacífico y del pueblo hasta el general Rafael Alfonso Ravard, artífice de unos de los mejores logros de la democracia, el desarrollo de las industrias básicas estatales de Guayana, y primer presidente de Pdvsa.
Los militares educados durante los 40 años de la república civil contribuyeron al desarrollo nacional. Aunque no faltaron quienes cayeron ante los cantos de sirena de la tradición de Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. A estos últimos se asociaron tardíamente algunos nostálgicos de la lucha armada contra la democracia.

Larrazábal es quizás el mejor ejemplo del militar democrático e institucionalista. De quien hizo prevalecer las instituciones civiles sobre las de las armas. De quien no obstante la inclinación a la violencia y a la subordinación de muchos de sus compañeros castrenses supo oír la voz del pueblo e intentó satisfacer sus reivindicaciones. Fue corto su periodo de gobierno pero fue decisivo.
Permitió salir de la dictadura militar y devolver al pueblo el ejercicio de la soberanía. Gobernó con civiles de reconocido prestigio y le entregó el mando a un profesor de derecho romano, Edgar Sanabria.
Larrazábal, un marino carupanero que había sido relegado a posiciones de poco poder durante los años de dictadura militar, supo conducir a Venezuela hacia el buen puerto de la democracia y dio necesarias muestras de honestidad, valor y civismo. Supo también canalizar las ansias de libertad y justicia que despertaron con la caída de la dictadura y convertirse en líder popular respetado por moros y cristianos.
Ojalá no se haya perdido su ejemplo.
Reproducciones: Una,  Wolfgang Larrazábal al regresar a Venezuela, encabeza  un mitín del FDP; a su lado, Jorge Dáger. Momento, Caracas, nr. 554 del 26/02/67. La otra,Larrazábal juega dominó en el Círculo de las Fuerzas Armadas, Mamo; reportaje sobre la Semana Santa. Momento, Caracas, nr. 509 del 17/04/66.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

BOLIGRAFARIOS

EL NACIONAL - Viernes 03 de Mayo de 2013     Opinión/9
Plumarios
EDUARDO MAYOBRE

En Venezuela, todos los gobiernos de fuerza han contado con plumarios.
Esto es, con intelectuales que intentaban otorgarles coherencia y legitimidad a regímenes carentes de ideas, cuyo único objetivo era la imposición de la voluntad de un caudillo. El nombre se origina en el hecho de que tales letrados eran quienes manejaban la pluma, hacían los discursos, mientras el hombre fuerte y su círculo íntimo cívico-militar se dedicaban a la represión y al disfrute de las mieles del poder.
La práctica se inició desde los comienzos de la república, cuando los generales victoriosos de la independencia reclamaron el gobierno para ellos y para las espadas que nos habían dado la independencia. Una vez muerto y repudiado Bolívar ­quien fue a la vez prolífico escritor y general exitoso­ se vieron en la obligación de darle a su quehacer político un barniz decoroso y no tuvieron más remedio que convocar a quienes sabían leer y escribir para que les redactaran sus proclamas.
Un caso emblemático es el del general Juan Vicente Gómez. Menos bruto e ignorante de lo que decían sus enemigos, no contaba con muchas ideas. Sabía que su objetivo era paz y trabajo, pero no iba mucho más allá. Por eso recurrió a algunos de los mejores intelectuales de su época para que lo ayudaran a gobernar y cubrieran las áreas que le eran ajenas.
Tuvo plumarios destacados como José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Manuel Arcaya. Años después esta pléyade de lumbreras sería bautizada como "las luces del gomecismo". Más tarde un régimen democratizante como el de Medina se dio el lujo de tener un plumario extraordinario, a la vez escritor y notable: Arturo Uslar Pietri. Fue el líder de lo que se conoció como el "ala luminosa" del medinismo.
Digo lo anterior a propósito del primer gabinete ministerial de Nicolás Maduro. Aunque es una repetición de la herencia que le dejó su padre espiritual, entre numerosos vivos, anodinos y sumisos se dejan colar algunos jóvenes que pudieran llegar a ser plumarios. En su momento Chávez tuvo los suyos, no muy jóvenes, entre quienes destacaron Luis Miquilena, José Vicente Rangel y Alfredo Peña. Pero era tal su narcisismo que se deshizo de ellos.
Maduro ha incorporado algunos profesionales que fáusticamente se allanan a prestar su concurso.
Nelson Merentes, por ejemplo, ha reemplazado al monje obcecado como plumario mayor en el área económica. Difícilmente traerá aires nuevos, porque el desastre económico desatado ya está en curso y se llegó a él con su ayuda.
Pero le dará un toque de elegancia a los insultos que su antecesor descerrajaba cual lavandera de zarzuela. Entre los jóvenes quizás pueda aparecer un plumario inédito que ojalá sea capaz de pasar por el fango sin mancharse.
La necesidad de plumarios es apremiante. Porque el discurso de Nicolás Maduro es de una pobreza que da pena. Cuando le fallan las ideas recurre a la imitación sin gracia de la procacidad del comandante eterno. Y en los pocos momentos cuando asoma posibilidades de un encuentro entre los venezolanos o permite entrever una personalidad que no es prestada no sabe articularla. Más le valdría atenerse al "ajá" con el cual el general Gómez encubría su falta de ideas o su renuencia a escuchar a los otros.
Gómez contó con un Román Cárdenas que le organizó la hacienda pública, con un Vallenilla Lanz o un Arcaya que le inventaron una ideología, con un Gumersindo Torres que supo tratar con firmeza a las empresas extranjeras. Simultáneamente logró una paz de cementerio, que mal que bien fue paz, y mantuvo a Venezuela en el atraso. Maduro cuenta con muy poco. La mayoría de su gabinete no alcanza la dignidad de plumario. Son espadas romas que no han librado una batalla y desprestigian a las Fuerzas Armadas, a los supuestos herederos del Ejército de los libertadores, como lo demostró el lamentable desfile militar de su toma de posesión el pasado 19 de abril, donde fue "reconocido" por sus subordinados como jefe que depende de ellos.
Fue un remedo en el trópico del Berlín nacionalsocialista.
La función de los plumarios consiste en contribuir a que la labor de gobierno sea de menos trotes, de menos gritos, de menos amenazas y en introducir alguna idea, alguna propuesta coherente capaz de dar lugar a un diálogo, a un intercambio entre los venezolanos que evite el descalabro al que parecemos estar encaminados. En inventar una base de legitimidad a un gobierno ilegítimo.
Hasta ahora es difícil vislumbrar un plumario en el gabinete. Pero esperemos que aparezca.

Fotografía: Pedro Mauel Arcaya, según una edición de Élite, 1963.

viernes, 22 de febrero de 2013

DICTÁMENES

EL NACIONAL - Viernes 22 de Febrero de 2013     Opinión/7
La dictadura militar
EDUARDO MAYOBRE

Hoy, 22 de febrero, la Fundación Rómulo Betancourt presenta 3 libros de la serie antológica Historia Contemporánea de Venezuela. Uno de ellos se titula La dictadura militar 19481958. Me correspondió escribir el texto introductorio. Los otros dos son: La disputa de la independencia en Venezuela, 1815-1821 de Germán Carrera Damas; y Venezuela, 1861- 1936. La era de los gendarmes de Tomás Straka. Me enorgullece estar en tan ilustre compañía. La fecha de la presentación no es casual. Corresponde a los 105 años del nacimiento de Betancourt, a quien Carrera Damas caracteriza como el padre de la democracia en Venezuela.
Menciono en primer lugar el libro sobre la dictadura militar porque su tema está más cerca en el tiempo y en la experiencia reciente de los venezolanos. En mi escrito intento describir los diez años de autoritarismo y personalismo que interrumpieron el avance de Venezuela hacia la democracia. Debido al carácter de la colección, me guió el propósito de mantener la objetividad y un enfoque didáctico y no incursiono en las causas y significados de la dictadura que nos tocó padecer en esos años. Pero la aspiración es provocar un debate al respecto.
La colección abarca los dos primeros siglos de la república y tiene como propósito "promover y difundir un conocimiento intelectualmente crítico de la historia política del país". Por ello sus libros, que contienen una breve antología de documentos importantes del período al cual se refieren, constituyen una invitación a pensar y repensar la realidad nacional. No pretenden sentar cátedra y están lejos de cualquier tentación de aferrarse a dogmas o prejuicios.
Germán Carrera, que es probablemente el historiador activo más respetado de nuestro país, por ejemplo, incita a la discusión mediante afirmaciones tan provocadoras como llamar al Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, "general colombiano, nacido cumanés", lo que sin duda le traerá problemas en Cumaná, donde él mismo nació.
Dentro de ese enfoque abierto, pero en ningún caso neutro, la dictadura militar 1948-1958 resulta particularmente relevante para las preocupaciones actuales de los venezolanos. Porque a diario nos preguntamos si estamos padeciendo una dictadura. Y de seguidas, si la respuesta es afirmativa, si acaso se trata de una dictadura militar. La experiencia de mediados del siglo pasado no nos da la respuesta, menos aun el libro que prologo. Pero nos puede servir de referencia.
Si aceptamos la definición según la cual "dictadura es la sujeción del Estado a una personalidad dominante cuya voluntad se hace ley", el asunto resulta todavía más vigente. Porque aparentemente dicha personalidad no tiene ahora la capacidad física de ejercer actos de voluntad. De tal manera que sus dictados son interpretados y llevados a la práctica por terceros en disputa, quienes no se someten a las leyes formales y a la vez son incapaces de invocar su propia voluntad como fuente de legitimidad de sus actos.
Más problemática aun es la caracterización del actual régimen como dictadura militar. Aunque la mayoría de sus personeros son o han sido militares, el Gobierno no actúa en nombre de las Fuerzas Armadas, como pretendió ser el caso en la década 1948-1958.
Se supone que su poder emana o bien del líder, cuya voluntad se inclina por otorgárselo a antiguos compañeros castrenses, o bien de un pueblo que por razones contradictorias con su idiosincrasia preferiría a los hombres y los hechos de armas.
Una dictadura militar sin dictador actuante y que no representa la voluntad institucional de las Fuerzas Armadas resulta algo difícil, aunque no imposible, de comprender dentro del mosaico de dictaduras que han plagado la historia de América Latina y Venezuela. A algunas de ellas se refieren los otros dos libros presentados.
La dictadura militar 1948-1958, que primero pretendió ser transitoria y luego aspiró a hacerse permanente y además comenzó como un acto institucional de las Fuerzas Armadas para derivar en la sujeción a la voluntad personal de un general de opereta, es un antecedente importante para intentar comprender una realidad actual que no es ajena a las tradiciones hispanoamericanas y, sin embargo, resulta una anomalía en el presente devenir histórico del continente. Su apego a la única dictadura personalista con prosapia que aun subsiste en el hemisferio occidental, la de Cuba, quizás permitiría una comparación, aunque en ningún caso una asimilación, entre ambos fenómenos.
Un repaso de la última dictadura propiamente militar que vivió Venezuela quizás pueda darnos luces para entender el autoritarismo incomprensible que hoy nos toca vivir.

viernes, 9 de marzo de 2012

LA BIGOTURA SOBREVENIDA


EL NACIONAL - Viernes 09 de Marzo de 2012 Opinión/7
Betancourt y Vallenilla
EDUARDO MAYOBRE

Por un trabajo que adelanto, releo en paralelo los libros Venezuela, política y petróleo de Rómulo Betancourt y Escrito de memoria de Laureano Vallenilla Lanz.

Se trata de los comentarios sobre el acontecer político nacional de dos protagonistas fundamentales en el devenir del país en las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, y algo más, del siglo pasado. El primero como jefe del principal partido político y presidente de la República en dos oportunidades, y el segundo como cerebro gris de la década militar de 1948-1958. Ambos, cultos y leídos, nos presentan testimonio de una época de la que el analfabetismo de los militares de entonces dejó pocos registros.

El primer contraste que encuentro consiste en que Vallenilla era de origen aristocrático, hijo del teórico de la dictadura de Juan Vicente Gómez, y Betancourt, hijo de inmigrante, oriundo de Guatire, para entonces un pueblo de menor importancia. Ambos eran civiles y en su vida política fue decisiva su relación con los militares. Betancourt llegó por primera vez al poder gracias a ellos, pero su partido fue derrocado e ilegalizado por los mismos hombres de armas que lo habían encumbrado. Vallenilla siempre se cobijó a la sombra de las charreteras. Sólo confiaba en ellas, porque consideraba que el pueblo venezolano no estaba preparado para vivir en democracia.

En Escrito de memoria, Laureanito, como era conocido, cuenta un diálogo que sostuvo en 1946 con el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, para entonces miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Betancourt. Ante la actitud decididamente contraria a los adecos de Vallenilla, le dice: ­El ejército no va a prescindir de Acción Democrática. Rómulo es el alma de la revolución. Nos trajo al pueblo. Un movimiento exclusivamente militar habría fracasado.

Y agrega: ­Un golpe sin color social no se concibe en nuestros tiempos. Se requiere del apoyo de las masas y Rómulo Betancourt cuenta con ellas.

Dos años más tarde, como el apoyo de las masas resultaba menos decisivo, los militares tomaron el poder y establecieron por primera vez en la historia de Venezuela una Junta de Gobierno Militar que basaba su legitimidad en la voluntad institucional de las Fuerzas Armadas. La presidió Carlos Delgado Chalbaud hasta que fue asesinado en 1950 y los militares que despreciaban a las masas se hicieron del gobierno.

En 1952, tras perder las elecciones que habían convocado, dan un golpe de Estado inspirado por Vallenilla Lanz. El coronel Pérez Jiménez es elevado a presidente provisorio y luego investido como presidente constitucional por un Congreso fraudulento. Cinco años más tarde, como todo dictador, intenta reelegirse. Las mismas Fuerzas Armadas y una reacción popular se lo impiden. Laureano Vallenilla había inventado un plebiscito para asegurar la continuidad del para entonces general en el poder, pero en esa oportunidad el engaño había sido excesivo. El militarismo, que había dominado la historia de Venezuela durante toda la primera mitad del siglo XX, que había edificado el Círculo Militar para solaz de sus oficiales y había construido una inmensa avenida para hacer sus desfiles, como el del pasado 4 de febrero, mientras el resto del país transitaba por caminos de tierra, había perdido la partida. Antes de desaparecer intentó todo tipo de actos de fuerza, de izquierda y de derecha, que dificultaron la implantación de la democracia en el país.

Pero quien tiene a mano una metralleta no descansa. Cuatro décadas después el jefe de los paracaidistas se dijo que había llegado su hora y reivindicó el papel político de los militares que en su época había defendido con pasión Laureano Vallenilla Lanz, el cual después de haber perdido las elecciones de 1952 dijo, según él mismo cuenta: "La fórmula civil, la solución jurídica, es fácil fabricarla cuando se cuenta con el respaldo de los machetes".

Dos civiles distintos entre sí tuvieron aproximaciones diferentes hacia los militares. Mientras Betancourt intentó que cumplieran con sus funciones institucionales, Vallenilla Lanz los estimuló para que definieran un Nuevo Ideal Nacional e impusieran al resto de la nación cuál era el camino a recorrer.

Cuarenta años después de haberse establecido un régimen civil democrático llega al poder un militar alzado. Lo intentó por la vía de las armas pero no tuvo la eficiencia necesaria y lo logró por medio de los votos, gracias a consejos de civiles parangonables con Vallenilla Lanz. Intentó perpetuarse por todos los medios a su alcance. Lo mismo que pretendió Laureano Vallenilla en 1957, no le resultó, y determinó que dejara de ser el favorito del líder militar, quien pocos días después huiría del país en forma vergonzante. Así se renovó la democracia en Venezuela y así se renovará próximamente.

Ilustración: Ugo



NOTA LB:

Habría que chequear si "Laureanito" lució una delgadez y una bigotura como la reseñada por Ugo, quien seguramente se confundió con Laureaño, el padre. Digamos, avatares del diario periodismo de ilustración. Nada condenable. Esperamos por el trabajo del autor del artículo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

DOS MENOS OTRO, UNO


EL NACIONAL - Viernes 02 de Diciembre de 2011 Opinión/9
Dos venezolanos
EDUARDO MAYOBRE

En estos días, en los cuales ha vuelto a ser noticia Carlos, Ilich Ramírez, he recordado algunos episodios que lo hicieron famoso.

En particular el secuestro de los ministros de OPEP, en el cual dos venezolanos fueron protagonistas. Por una parte, el propio Carlos, luego denominado el Chacal, jefe del comando de secuestradores, y, por la otra, el ministro de Energía y Minas de Venezuela de ese entonces, Valentín Hernández Acosta. Resulta que, como eran compatriotas, les tocó negociar el destino que esperaba a los ministros petroleros.

Hacía poco Valentín Hernández había negociado la nacionalización de la industria petrolera. De manera que ante el jefe del comando tenía la autoridad moral que le confería haber realizado el mayor acto nacionalista que ha tenido lugar en nuestra historia.

Como, además, hablaban el mismo idioma, los otros ministros de la OPEP le encargaron al venezolano que los representara. Cuando estuvieron frente a frente, Hernández le preguntó al Chacal: ¿Le vas a hacer esto al ministro de la nacionalización petrolera? Fue una primera aproximación para hacer el encuentro menos tenso.

Cuando varios años después Valentín me contó el episodio, yo largué una carcajada. Él se extrañó. Le expliqué que me reía porque era la primera vez que lo oía referirse a sí mismo como el ministro de la nacionalización. Y le comenté que imaginaba que había cometido ese sacrilegio porque así estaría de asustado.

El cuento anterior requiere explicar que cuando Carlos Andrés Pérez ganó las elecciones en diciembre de 1973, en los altos círculos políticos de AD ya se sabía que en ese período presidencial se nacionalizaría la industria de los hidrocarburos, viejo sueño del partido y de sus fundadores desde que se asomaron a la vida política. Por eso cuando se iba a seleccionar al ministro de minas e hidrocarburos se temía que si se elegía a alguien con aspiraciones políticas la gloria que alcanzaría la utilizaría para hacerse un héroe nacional. De hecho, toda Venezuela apoyaba la medida, de manera que la Ley de Nacionalización se aprobó por unanimidad en un Congreso que abarcaba desde los comunistas hasta los personajes más conservadores.

En vista de lo anterior, los máximos líderes del partido concluyeron que el ministro del ramo debía ser un técnico independiente, buen negociador y capaz de mantener un bajo perfil público. Rómulo Betancourt propuso, me consta, a Valentín Hernández. Era un ingeniero petrolero que había tenido éxito empresarial y luego se había incorporado a la diplomacia, y había llegado a ser embajador en Libia, Rumania y Austria. Los dos primeros, países petroleros; y el tercero, sede de la OPEP. En Europa conoció a Betancourt y trató con él durante la estadía de éste en Ginebra. A Betancourt le impresionó la inteligencia y sensatez del embajador petrolero.

Valentín, que era un hombre sagaz, comprendía perfectamente las circunstancias de su nombramiento. Y sabía que no debía quitarle protagonismo al Presidente en este hecho fundamental de la historia de Venezuela y de reafirmación de la voluntad popular y del nacionalismo de su partido.

De manera que evitó meticulosamente referirse a sí mismo como el ministro de la nacionalización petrolera, y jamás dijo en público que había sido su artífice. Hasta que en una situación en la que estaba en juego su vida, y quizás la paz mundial, no tuvo más remedio que invocarlo en una negociación secreta. Tal discreción ha hecho que su papel decisivo haya sido olvidado injustamente.

Una anécdota secundaria de la negociación que salvó la vida de los ministros de la OPEP es que, una vez concluida, Carlos le mostró una bala de su ametralladora a Valentín Hernández, se la regaló y le dijo: Esta era la bala con la cual lo iba a matar. Usted iba a ser la primera víctima si decidíamos matar a los ministros. Valentín la conservó como amuleto y la montó en un llavero que llevaba consigo.

La moraleja del encuentro de estos dos venezolanos en una situación de significación mundial (cuyo tercer protagonista era el recientemente fallecido coronel Gadafi) es el contraste entre dos maneras de ver el mundo y de concebir cómo ayudar a los pueblos. Mientras Valentín Hernández había logrado concretar la recuperación de las riquezas naturales de Venezuela para beneficio de su pueblo, Ilich Ramírez había elegido el camino del terrorismo y, según confesó recientemente, había matado entre 1.500 y 2.000 personas, para terminar cumpliendo una pena de cadena perpetua en París. Ambos tenían un origen común, hijos de burgueses de provincia. Pero eligieron caminos diferentes en su forma de actuar. Uno, la paz y la negociación; el otro, la violencia.

Ilustración: https://plus.google.com/100101622011309995339/posts

miércoles, 26 de enero de 2011

el otro pérez


EL NACIONAL - Martes 25 de Enero de 2011 Opinión/9











Antiimperialismo
EDUARDO MAYOBRE

Una vez finalizada la II Guerra Mundial comenzó el proceso de descolonización que puso fin a los imperios tradicionales, destacadamente Inglaterra y Francia. Las dos grandes potencias mundiales, Estados Unidos y la Unión Soviética, prefirieron ejercer su poder por medio de métodos indirectos que llegaron a conocerse como neocolonialismo.

Entre estos destacaba el predominio económico. En América Latina, área de influencia de los norteamericanos, el poder de estos se basó en la inversión y el monopolio del intercambio comercial y en las dictaduras militares. Una década después del fin de la guerra, la reacción ante esta situación despertó a los pueblos del continente y comenzaron a caer las dictaduras militares, entre ellas la de Pérez Jiménez. Estados Unidos había considerado que ya era inútil ejercer un control por la fuerza y se limitó, durante unos años, a mantener su control económico, el cual continuaba siendo inaceptable para América Latina.

En estas circunstancias, resultaba necesario oponer al poder "imperial" una resistencia a su penetración económica. Algunas mentes lúcidas de nuestro continente se propusieron defender los intereses de los pueblos de la región y oponerse a ese neocolonialismo.

Entre ellas cabe destacar, por perspicaces, las de Raúl Prebisch y Manuel Pérez Guerrero, los dos primeros secretarios generales de la Organización de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo. Adelantaron un programa de reivindicaciones del Tercer Mundo ante los atropellos del neocolonialismo. Era casi el mismo que Prebisch había concebido desde la Cepal para América Latina, pero extendido a escala mundial. Este fue un acto mayor de antiimperialismo.

Carlos Andrés Pérez fue elegido presidente en Venezuela cuando Pérez Guerrero recién había concluido su labor en la Unctad. Le propuso que fuera canciller, pero como no aceptó lo nombró ministro de Estado para las Relaciones Económicas Internacionales.

La colaboración entre ambos tuvo consecuencias extraordinarias para Venezuela en las relaciones económicas internacionales y en la lucha contra la hegemonía neocolonial. Pérez Guerrero aportaba su concepción de lo que debían ser las relaciones internacionales, madurada desde su participación en la Liga de las Naciones, antes de la II Guerra Mundial, y CAP añadía su carisma a la tarea. Fue tanta la influencia que adquirieron que contribuyeron a que se produjera un diálogo Norte-Sur, en el cual Pérez Guerrero fue vocero de los países en desarrollo. No tuvo éxito, pero se estableció la posición de los países pobres.

Esta voluntad de diálogo contrastaba con el empeño de enfrentamiento de líderes que, como Fidel Castro, proponían acabar con el neocolonialismo por medio de la violencia. CAP tuvo la habilidad de lograr que Castro adoptara una posición sensata y de sumarlo a quienes proponían la creación de un nuevo orden económico internacional. Se creaba así un frente antiimperialista creíble y con posibilidades de éxito.

Gracias a Pérez Guerrero esa posición nacionalista era muy coherente.

Pérez Guerrero y CAP eran dos personalidades completamente diferentes. Mientras el primero era un intelectual que rehuía la exposición pública y hacía un trabajo de hormiga, el segundo era un hombre de acción que buscaba y conseguía la aclamación popular. Pero la colaboración entre ambos logró hacer de Venezuela una referencia mundial en la lucha contra el neocolonialismo y, a nivel nacional, adelantó la nacionalización del hierro y el petróleo.

Luis Herrera Campins percibió la importancia nacional e internacional de Pérez Guerrero y, como éste no le aceptó ser ministro, lo nombró comisionado para asuntos económicos internacionales. Jaime Lusinchi sí logró que volviera a ser ministro. Pero entonces murió. Fue un verdadero antiimperialista que no amenazó con bayonetas y rifles a los grandes poderes mundiales, pero que sabía darles donde les dolía. Muy diferente del antiimperialismo de gritos y oropel que intentan las actuales autoridades y no sirve de nada. CAP le dio todo su apoyo. Lo que debe contarse en el haber de este último y se añade a sus acciones propiamente políticas que redujeron el poder del imperio, como su papel protagónico en la transferencia del control del Canal de Panamá a ese país, su esfuerzo denodado para que terminara la dictadura de los Somoza, y el refugio que prestó a los desplazados por la dictaduras del Cono Sur, lamentablemente apoyadas por los poderes imperiales. Eso es verdadero antiimperialismo. Lo demás, simple retórica insustancial.

Ilustración: Todd Krasovetz

miércoles, 12 de enero de 2011

alguien inevitable


EL NACIONAL - Martes 11 de Enero de 2011 Opinión/8
CAP y el petróleo
EDUARDO MAYOBRE


Carlos Andrés Pérez fue el presidente de la nacionalización del petróleo. Este sólo hecho le otorga un puesto de máxima significación en la historia de Venezuela. Durante medio siglo los venezolanos fueron conscientes de que el manejo de esa inmensa riqueza por parte de unas pocas empresas transnacionales no les permitía enrumbar el país por un camino que pudiera satisfacer las grandes aspiraciones populares. Como dijera Rómulo Betancourt, "prácticamente la totalidad de la economía venezolana (...) giraba alrededor del pivote petrolero". Por ello, agregaría en su gran obra Venezuela, política y petróleo: "El desiderátum para Venezuela y la aspiración ultima de todos los venezolanos sería la nacionalización de petróleo". A CAP le correspondió ejecutarla y esto compromete el agradecimiento histórico de todo ciudadano de este país de buena voluntad.

Es cierto que el presidente Pérez no nacionalizó él solo la industria de los hidrocarburos, pues se trataba de la culminación de unas políticas que Acción Democrática había propuesto y ejecutado desde la década de los cuarenta y de que con ellas se expresaba un gran anhelo popular, compartido por la mayoría de las otras fuerzas políticas. Pero también es verdad que él las ejecutó y lo hizo muy bien. Al punto de que la ley que propuso fue aprobada por unanimidad por un Congreso plural y democrático en el que estaban representadas todas las ideologías que se puede imaginar. Además, el proceso se realizó de manera pacífica y sin los traumas nacionales o internacionales que muchos habían previsto. El primero de enero de 1976, cuando el Gobierno de Venezuela se hizo cargo de la industria, fue un día de júbilo nacional comparable al 23 de Enero de 1958.

Se habían cumplido dos de las máximas aspiraciones de las generaciones nacidas durante el siglo XX: la democracia y el control nacional de los recursos naturales. Los mayores habían iniciado la lucha y le tocó a CAP y a sus compañeros de generación llevarla a feliz término.

Tan importante como lo anterior, y más fácil de atribuir personalmente a CAP, fue el hecho de que se supo manejar y administrar la empresa petrolera de manera admirable y sin intervención de intereses políticos subalternos.

Pérez nombró a dos venezolanos excepcionales, sin militancia política, para dirigir ese proceso: Valentín Hernández Acosta y Rafael Alfonso Ravard. El primero, ministro de Minas e Hidrocarburos, y el segundo, presidente de Petróleos de Venezuela, la empresa creada para supervisar la industria nacionalizada. Se mantuvo en sus cargos a todos los empleados y gerentes técnicos venezolanos, quienes asumieron el manejo de las operaciones. Pdvsa fue durante lo que restaba del siglo una empresa estatal modelo, capaz de administrar una industria de alta complejidad tecnológica.

Con motivo del fallecimiento de CAP, el pasado mes de diciembre, cuando se evoca su figura los avatares de su lucha política de más de medio siglo y los paralelismos con la triste situación que ahora vivimos han tendido a desdibujar la importancia del hecho fundamental de la nacionalización del petróleo. Pero esa decisión, que la publicidad oficial llamó con razón en su época "la independencia económica", es uno de los hitos históricos más importantes que han marcado la vida de nuestra república.

A los personajes históricos no se les debe juzgar con criterios de fogón de cocina. Ante el dicho, sobre Napoleón, de que "nadie es héroe para su ayuda de cámara", el filósofo Hegel reaccionó afirmando: "No porque no sea héroe, sino porque este último es eso: ayuda de cámara". De manera que resultan impertinentes los comentaristas que con actitud perdonavidas afirman que Pérez "tuvo sus aciertos y sus fallas". Claro que los tuvo. Pero cuando se trata de evaluar a una figura de su magnitud no son los dimes y diretes los que importan, sino su significación para la evolución del país. La nacionalización de la industria y su manejo, así como el empeño de Pérez en defender las instituciones democráticas en Venezuela y América Latina, son suficientes para dejar en un segundo plano las debilidades que pudiera tener y los errores que, con razón o sin ella, le atribuyen los opinadores de oficio.

Con su desaparición, CAP ya no es ese personaje avasallador e impulsivo que conocimos, sino una figura histórica decisiva en la formación del país que somos y, más importante aún, del que queremos ser. Nos dejó su impronta.

Quiso y creyó encarnar los sueños de un pueblo que piensa, con razón, que sus aspiraciones no han sido todavía satisfechas. Por eso sólo queda decir, más allá de todo el anecdotario sobre "el Gocho", "Paz a sus restos", pues fue un venezolano de excepción.

Ilustración: Portada de la revista "Resumen", Caracas, nr. 6 del 16/12/73, alusiva al tiunfo electoral de Pérez.

martes, 28 de diciembre de 2010

niebla


EL NACIONAL - Martes 28 de Diciembre de 2010 Opinión/7
Fidel y McNamara
EDUARDO MAYOBRE

Hace pocos días volví a ver, por televisión, la película La niebla de la guerra, un largo documental en el cual Robert S. McNamara, ex secretario de Defensa de Estados Unidos, habla sobre la guerra de Vietnam y la crisis de los misiles que estuvo a punto de provocar una guerra nuclear. El reportaje es importante porque devela cómo se tratan los asuntos en las más altas esferas del poder. En las grandes ligas, pudiéramos decir. Me toca en lo personal porque tuve la oportunidad de conocer al personaje y tratarlo con frecuencia cuando él era presidente del Banco Mundial y yo formaba parte del directorio ejecutivo de esa institución.

En ese entonces el secretario del Banco nos hacía saber que no estaba bien visto preguntarle a McNamara sobre Vietnam.

Por ello, sus confesiones sobre el asunto, al final de su vida, me resultan particularmente interesantes.

Pero no voy a hablar de mi relación con McNamara, a quien llegué a apreciar, a pesar de todos los prejuicios que tenía contra él. Sino de uno de los temas que él aborda. Resulta que en la década de los noventa del siglo pasado se reunieron en La Habana los protagonistas de las crisis de los misiles de 1962. Ésta consistió en que los norteamericanos descubrieron que la Unión Soviética había instalado en Cuba armas nucleares que amenazaban el territorio de Estados Unidos.

Al saberse, este último país bloqueó las costas de Cuba y amenazó con destruir los barcos soviéticos que traían nuevos armamentos atómicos. Al final, los rusos retrocedieron y los barcos volvieron a su lugar de origen. Según se dice, en el acuerdo entre las dos grandes potencias de la Guerra Fría se contempló que Estados Unidos no atacaría a Cuba. Lo que ayuda a explicar la larga supervivencia de Castro. En la reunión a la que aludo, McNamara le hizo a Fidel Castro tres preguntas: 1. ¿Sabía Usted que se estaban instalando armas atómicas? 2.

¿Estaba dispuesto a recomendarles a los soviéticos que las usaran? 3. ¿Era consciente de que eso significaría la destrucción del pueblo cubano? Las respuestas de Fidel fueron, según nos cuenta: 1. Sí, lo sabía.

2. No sólo estaba dispuesto a recomendarles que utilizaran esas armas, sino que de hecho se los recomendé. 3. No se me escapaba que eso representaba la aniquilación de Cuba.

Lo anterior muestra hasta dónde son capaces de llegar los líderes mesiánicos. La destrucción de un pueblo se justifica siempre que se haga "in excelsis Deo". En sacrificio por el líder que espera su redención eterna. Aunque represente la aniquilación de sus llamados compatriotas.

Pero a su vez muestra que el desafío por parte de Cuba a la máxima potencia militar de la historia representaba la renuncia a toda posibilidad de subsistencia. En términos históricos, la actitud beligerante de Castro significó que los cubanos tuvieran que resignarse a la miseria.

No por la guerra nuclear, sino porque provocó su aislamiento. Los cubanos, y su país, fueron sacrificados. No sabemos aún si la culpa es de Estados Unidos, que mantuvo un férreo bloqueo comercial, o de la nomenclatura cubana, que hizo de la confrontación una excusa para mantener la hegemonía. Pero sabemos de las penurias de los cubanos, que debieron humillarse, primero en el refugio que les otorgaba la Unión Soviética y ahora ante un imperialismo de tercera clase, el de Venezuela y su comandante. Tienen la suerte de que este último depende emocionalmente del líder guerrillero que sacudió el mundo en los años sesenta. El mismo que llevó al sacrificio a tantos estudiantes venezolanos. Muchos de los cuales lograron sobrevivir gracias a la magnanimidad de la cuarta república.

Volviendo a McNamara, el testimonio de este hombre, sobre el cual pesan tantas responsabilidades, nos muestra que la historia no es una película de vaqueros. Que a veces es preciso adoptar decisiones que implican muerte y destrucción.

Pero que no se puede hacerlo frívolamente, con el único objetivo de satisfacer la vanidad o el ansia de poder de los protagonistas. El antiguo secretario de Defensa de Kennedy y de Johnson habría sopesado los terribles efectos de sus actos. Y por ello, cuando se dio cuenta de que se había metido en un callejón sin salida, propuso que Estados Unidos se retirara de la guerra de Vietnam. Le costó el puesto. La película se esmera en señalarlo.

En contraste, lo que es imperdonable en nuestros líderes es que, amparados en la falta de consecuencias internacionales de sus bravatas, y animados por sus ansias de poder y figuración, no midan el efecto que sus desplantes tienen en la vida de nuestros pueblos.

jueves, 3 de junio de 2010

Arenga de reflexión


EL NACIONAL - Miércoles 02 de Junio de 2010 Opinión/6
Lucidez
EDUARDO MAYOBRE

No conozco a Eduardo Sánchez Rugeles, quien ganó recientemente el premio iberoamericano de novela Arturo Uslar Pietri. No lo he leído, nunca lo he visto, ni he tenido noticias de él, salvo las recientes notas de prensa. Pero una buena amiga me envió por Internet su discurso en el acto de entrega del premio. Acostumbrado a considerar con fastidio tales envíos, empecé a leerlo con escepticismo. A medida que avanzaba me di cuenta de que estaba ante un texto valioso, tanto por su contenido como por el manejo del lenguaje.

Me alegró descubrir a alguien joven que mantuviera un nivel de lucidez que aparentemente se ha perdido entre nosotros.

Sánchez Rugeles se refirió a lo que pasa en Venezuela, con una visión de largo plazo que trasciende a los dimes y diretes de las próximas elecciones y a las sandeces usuales sobre el llamado socialismo del siglo XXI. Dijo: "Hablar de Venezuela es un ejercicio complicado.

Nuestra idiosincrasia está ensamblada sobre una estructura de prejuicios, de mitos de creación, resentimientos fundacionales e hipersensibles narcisismos que, en la mayoría de los casos, distorsionan el sentido de la reflexión y la intención".

Afirmó más adelante que "el fracaso social sigue siendo un tabú. Cecilio Acosta, Briceño Irragorry, Picón Salas y, en ocasiones, el propio Uslar Pietri son pensadores antipáticos, incómodos; su transgresora lucidez atenta contra nuestra irrefutable cultura de la grandeza". Y continuó: "Hemos de reconocer la contundencia de la derrota. Venezuela, hoy día es una hipótesis no resuelta. El presente, en sus múltiples facetas es un indicio claro de que no sabemos vivir en sociedad".

Y se refirió a lo que "con orgullo impostado hemos definido como viveza, dudoso atributo que, en el fondo, no es otra cosa que la lenta agonía de nuestra eticidad".

Habla luego del siglo XIX, y de cómo el ideario de ese siglo ha sido un referente que nos ha mantenido en la guerra civil y en el atraso. E insiste: "El ideario decimonónico ha sido una invasiva referencia de excelencia, de verdad incuestionable, de teología pagana".

Al respecto cita a Ramón Díaz Sánchez en cuanto a que "los venezolanos por revolución entienden cualquier impulso animal de rebeldía, subversión o atropello brutal de la ley". Y afirma: "Creo con firmeza que este país sólo tendrá un desarrollo posible cuando logremos arrancar de nuestro imaginario toda esa retórica baldía de bayonetas, caballos moribundos y escaramuzas devenidas en épica".

Advierte: "La historia es sólo historia, experiencia, teoría, referente, acopio cultural, enseñanza y estímulo, pero es necesario entender que el presente y el futuro son categorías diferentes". Indica: "A pesar del entorno hostil, a pesar del rencor institucionalizado, he logrado aprehender la posibilidad de una esperanza, esperanza real, ajena al universo pueril de las buenas intenciones y el optimismo fatuo". Y se refiere entonces a su experiencia como profesor en la escuela secundaria, lo que lo lleva a afirmar: "Las nuevas generaciones, aquellas que heredarán el descalabro del presente, sólo necesitan inspiración, algo en que creer, algo que se parezca a lo que aspiran".

Y propone: "Hoy día, valdría la pena plantear a los creadores de ficciones, artistas plásticos, músicos y demás ingenieros del espíritu, la posibilidad de constituir el ciclo narrativo de las democracias artificiales.

Aquellas que tras una vulgarización y vigilancia opresiva del voto, propugnan ideologías sin ideas, socialismos asociales e inventan banales efemérides con el fin de promover conflictos innecesarios y hacer apología de la guerra. La persistencia del discurso político por avanzar hacia el pasado produce insoportables alergias. Asombra contemplar cómo la década perdida, aquella que se inició con la tragedia de La Guaira, ha representado el retorno a epidemias de malaria y mal de Chagas; a la paulatina desaparición de agua potable y la luz eléctrica; a la reivindicación del trueque y la indolencia creciente ante el bandolerismo de nuestras autopistas, convertidas en caminos de tierra".

Estas reflexiones, apretadas en unas pocas páginas, y otras sobre el arraigo, la venezolanidad y la educación, que el espacio disponible no me permite glosar, me llevaron a dedicar este artículo a transcribir partes del discurso de Sánchez Rugeles sin añadir mucho de mi propia cosecha. Porque, como dice él mismo, todavía cabe "la posibilidad de una esperanza" cuando hay jóvenes capaces de pensar claramente, de interpretar sus propias experiencias y plantear sus propios sueños. Sánchez Rugeles es uno ellos, con el coraje como para dirigirse a los más jóvenes que él, y decir: "mi arenga a la juventud apuesta por el retorno a lo esencial, a la dignidad del lenguaje (...).

La tolerancia sólo se construye con el ejercicio cotidiano de la paciencia y el diálogo".

Ilustración:
http://www.madecar.com.uy/fotos%20posibles/abstraccion_madera.jpg

miércoles, 26 de mayo de 2010

Aunque el fotógrafo es la noticia...


EL NACIONAL - Martes 18 de Mayo de 2010 Opinión/8
Noticias de Venezuela
EDUARDO MAYOBRE

Cuando mi familia estaba en el exilio, en los años cincuenta del siglo pasado, recibir noticias de Venezuela era lo máximo. Para nosotros, los niños, significaba un tesoro que nos ayudaba a reconstruir el paraíso perdido del que nos hablaban nuestros padres. Por ello, cuando cada dos años llegaba la tía Pauline a visitar a su hermana, oíamos ávidos todo lo que tenía que decirnos. Nos hablaba de que en el país mandaban los militares. Nos explicaba que no había libertad de expresión. Nos describía la semana de la patria, en la cual tenían que marchar, disfrazados de soldados, hasta los escolares. Se refería al culto a la personalidad que había establecido un militar pequeñito, gordo y petulante. Pero también nos describía las grandes obras públicas que se habían construido en Caracas. Recuerdo especialmente cuando nos informó sobre la autopista hacia La Guaira. Nos dijo que tenía canales, uno de velocidad de ochenta y otro de sesenta.

La tía Pauline se hacía acompañar por su sobrina Ana María, una joven bellísima, que parecía sacada de un cuadro de Zurbarán, o de una tía más vieja, la tía Lola, madre de quien después fue el ministro de la nacionalización petrolera, Valentín Hernández Acosta. Iba a encontrarse con su hermana, Edith Antonetti, esposa de ese gran venezolano y excelso escritor que fue Felipe Massiani, exilado voluntariamente ante los horrores de la dictadura de Pérez Jiménez.

La tía era soltera y de una rigidez en los principios que daba miedo. No le perdonaba a nadie debilidades morales. Ni a los adecos, ni a los urredecos ni a los copeyanos. Sus valores eran los tradicionales, aunque con el general Medina Angarita era un poco más condescendiente. Pero sabía distinguir dentro de los pecadores. No se le escapaba que Pérez Jiménez y el amigo de ella de su infancia guayanesa, Llovera Páez, eran peores. Era consciente de que la arbitrariedad, la corrupción y el militarismo estaban desangrando a Venezuela. Sabía que el Nuevo Ideal Nacional del régimen era una patraña y que, dentro de lo que ella calificaba como una disolución moral, los parlanchines y faramalleros degradaban la fibra moral de la nación. Ver repetir esa experiencia amargó sus últimos años de existencia.

La tía Pauline falleció el pasado 7 de mayo. Ya no tenía que viajar hacia el sur para visitar los exilados. Porque ahora todos, excepto la camarilla militar que nos gobierna, estamos expatriados. Murió por la edad, pero también por la tristeza. Sus principios, un poco de colegio de monjas, a los cuales no dejó nunca de aferrarse, habían sido pisoteados por la improvisación y la intolerancia. Las noticias de Venezuela no eran buenas. No debía ahora llevarlas a Santiago de Chile, a los proscritos por el régimen, sino oírlas por la televisión o leerlas en la prensa.

La arbitrariedad era la misma de los años cincuenta, la adulancia otra muestra de la misma abyección, la pérdida de valores utilizaba los mismos uniformes del Ejército, y la insolencia volvía a estar basada en el poder de los fusiles.

A la tía Pauline no podrán hacerla presa o enviarle a los fiscales del Ministerio Público, debido a que sostuvo los más firmes principios morales y políticos, porque se ha muerto para siempre. Pero sus convicciones sólidas no podrán ser borradas por las payasadas que se nos obliga a escuchar los días domingo. Sus interpelaciones aún están vigentes.

Ella quería una Venezuela decente, quizás imposible, compatible con los valores que heredó de sus padres. Ella quería que todos fuéramos decentes.

Pero pareciera que la decencia también se ha muerto para siempre. Que sólo la agresividad y la audacia obtienen recompensa. Que una boina roja es una patente de corso para realizar todas las tropelías y abusar de quienes somos simples ciudadanos. Las noticias de Venezuela no son buenas. El insulto a los otros se ha erigido como la forma de hablar de los poderes públicos.

El desafío, respaldado por las armas de fuego, se ha hecho costumbre.

Las noticias de Venezuela no eran buenas. Después de que el país había evitado tener las crueles dictaduras militares que asolaron América del Sur durante las últimas décadas de siglo veinte, se encaminaba ahora a un régimen en el que predominaban la arbitrariedad y los favoritismos. Para la tía Pauline, que creía y practicaba los valores que dicta el evangelio eso era insólito. Y se murió llevando por dentro esa amargura. Ojalá que el futuro pudiera desmentirla y que las noticias de Venezuela sean de ahora en adelante más propicias al entendimiento y al encuentro de unos con los otros.

Ojalá que su último viaje sea para informarnos que en Venezuela se ha desterrado para siempre toda posibilidad de dictadura.

Fotografía
Vasco Szinetar (SIC) / El Nacional, Caracas, 18/05/10