De la irreprimible costumbre de escribir
Luis Barragán
Solemos recibir mensajes electrónicos de toda índole, unos demasiados generosos al lado de otros, exageradamente mezquinos. Es natural, no sólo por las responsabilidades políticas que desempeñamos, sino por los planteamientos por escrito que frecuentamos.
Uno de ellos, expresa directamente: “Diputado, nosotros no le pagamos por escribir, sino porque hable en la Asamblea Nacional”. Todavía esperamos respuesta de un remitente que, suponemos, está escudado por un pseudónimo, pues, la más elemental minería de datos nos remite a una persona que, más allá de las fronteras, está gerenciando un vivero.
Nuestra respuesta la encaminamos en dos sentidos, intentando algo de la pedagogía necesaria para tan paciente ejercicio. De un lado, si de sueldo se trata, los parlamentarios no recibimos salario alguno por las circunstancias consabidas de un régimen agresor que detesta una institución de la que perdió el control; y, además, creemos cumplir con la responsabilidad encomendada, interviniendo en el debate de las sesiones plenarias, las veces que consideramos necesarias (y las que nos permiten los partidos dominantes), formulando las propuestas más adecuadas, incluyendo – puede decirse – una advertencia anticipada, no la que paradójicamente se habitúa luego de ocurridos los hechos, como lamentablemente acaeció en el asunto esequibano o en el de la (s) inmunidad (ades) parlamentaria (s). Por lo demás, parlamentar es algo más que hablar, llevándonos a las consabidas tareas de legislación y de control.
Del otro, tenemos la costumbre de escribir, siendo o no parlamentarios, desde hace más de dos décadas, en los medios impresos o digitales que tienen a bien publicarnos, con regularidad, por lo menos, desde que los extintos diarios, como El Globo y Economía Hoy de Caracas, lo hicieron por primera vez, principiando los ’90 del ‘XX. En oportunidades, para El Nacional y El Universal, entre otros del interior del país, hasta que definitivamente el presente siglo, nos condujo a los portales noticiosos que tienen por tinta los bytes.
Además del gusto de hacerlo, está la dura disciplina auto-impuesta, aunque no siempre existen las condiciones para multiplicar los caracteres y ojalá hubiese un mayor talento o destreza literaria para manifestar con fidelidad situaciones y hasta sentimientos que la prisa demuele. Por lo general, sobran los temas, pero no el tiempo para desarrollarlos, bajo la influencia irreprimible de los hechos en curso; hemos optado por destinar las reflexiones más extensas y de cierto rigor académico, a medios especializados que las arbitran, como el último trabajo sobre el 1º de enero de 1958 (https://es.calameo.com/books/0048760919b1edbb7be35), que será colgado en el portal correspondiente al concluir el receso académico (http://revistas.upel.edu.ve/index.php/tiempo_y_espacio). Por supuesto, al menos por su extensión, no es fácil que un diario, semanario o quincenario digital de noticias, le dé cabida.
Valga acotar la enorme dificultad de escribir corto, siendo más fácil hacerlo largo. Hemos aprendido un poco en la materia, pero son varias las veces en las que no percatamos del incumplimiento de dos requisitos fundamentales para el género, pues, un artículo de opinión debe reportar, a lo sumo, un par de ideas telegráficamente desarrolladas con un lenguaje atractivo y hasta jocoso, en lugar de los varios y simultáneos planteamientos, subyaciendo un cierto humor corrosivo, viciados de expresiones devenidas muletillas por la premura de concluir la pieza así fuese a media noche.
Finalmente, si de eso se tratara, la representación popular que ejercemos tiene por ventaja la de expresarse, pues, semanalmente, fijamos posturas sobre las más diversas cuestiones de la vida nacional e, incluso, rindiendo cuenta de nuestro trabajo, fuera y dentro del hemiciclo, con puntualidad. No entendemos la política o, mejor, la política democrática, sin una reflexión que la afiance y, cabe recordar que, tiempo muy atrás, fue una característica esencial de la dirigencia venezolana, sintiéndose calificada por ello, la de contar con una columna semanal en nada incompatible con sus restantes actuaciones: costumbre hoy perdida e imposible de cubrir moralmente, con los artículos por encargo.
Composición gráfica: De amplia circulación en las redes. Desconocemos su autoría.
19/08/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/08/19/la-irreprimible-costumbre-escribir/
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domingo, 19 de agosto de 2018
domingo, 10 de septiembre de 2017
MARX COMO PRETEXTO
EL NACIONAL, Caracas, 10 de septiembre de 2017
Groucho y las aguas del comandante
Raúl Fuentes
Imagino que todo columnista tiene su peculiar manera de abordar el tema sobre el que se propone opinar; no me refiero a un método de organizar la narrativa, sino más bien a un recurso o artificio que le permita superar la parálisis psicológica o «síndrome de la página en blanco» que, en más de una oportunidad, dificulta precisar el rumbo de la escritura. Cuando ese culipandeo inmoviliza la pluma, suelo hacer de una frase, una imagen o una contingencia, sin aparente relación con lo que intento exponer, el punto de partida para la perpetración –fea palabra– de las fechorías que, periódicamente, someto a consideración del lector. El truco funciona, sobre todo si nos decantamos por una efeméride significativa y tenemos la suerte de que la publicación coincida con su celebración. Es el caso de hoy, cuando el memorial deportivo nos recuerda que hace 57 años, el 10 de septiembre de 1960, el atleta etíope Abebe Bikila ganó, con registro récord, el maratón de cierre de los Juegos Olímpicos de Roma –los primeros en ser televisados en vivo y en directo–, hecho que no tendría mucho de particular, si no fuese porque corrió completamente descalzo los 42 kilómetros y 195 metros de la prueba. En Venezuela, donde el revanchismo igualitarista bolichaviano, a juro y por debajo, redujo al habitante promedio a la menesterosa condición de pata en el suelo, y en el que un par de alpargatas, de conseguirse, cuesta lo suyo, la proeza del maratonista africano debe servir de ejemplar consuelo de tontos.
No es la histórica carrera de fondo citada el único acontecimiento a festejarse hoy, pues, en su santoral, la Iglesia Católica consagra el día al místico monje agustino Nicolás de Tolentino, la rima es casualidad, que es santo patrón de al menos cinco localidades colombianas y ya me dirán usted si es casualidad acaso que, en razón de este onomástico, al mandón nacional se le cuestione su venezolanidad y se le asigne por terruño la cuna de Nariño y Santander, dos próceres de la hermana república de los que Hugo Rafael hablaba pestes. Hay también evocaciones tardías o adelantadas que sirven de pábulo para continuar la andadura dominical, aferrados a la idea de que, cual encomiaba un entrañable y desaparecido predicador de cantinas, recordar es tan instructivo y divertido como beber y vivir. Vamos, entonces, a divertirnos e instruirnos con el marxismo. No con las paparruchas derivadas de especulaciones teóricas endilgadas a Carlucho, que de esas estamos ahítos, sino con los corrosivos apotegmas de la tendencia Groucho.
El pasado mes de agosto cumplió 40 años de haber partido al paraíso de los humoristas, que debe ser el infierno de la gente de rostro adusto, Julius Henry «Groucho» Marx, y el venidero mes de octubre, de vivir, estaría coleando a la sorprendente y provecta edad de 127 años, así que estamos atrapados entre 2 aniversarios de este insigne comediante que, sin querer queriendo, dejó para la posteridad, además de desternillantes películas protagonizadas por él y sus hermanos, una colección de frases que siguen maravillando por su agudeza y podrían pasar como ocurrencias de un tuitero inconforme que, de escuchar las interminable chácharas encadenadas de Chávez y el eco adormecido de los lamentos de Maduro, tal vez trinaría: «Si eres capaz de hablar sin parar, al final te saldrá algo gracioso» y, seguramente, acotaría que «partiendo de la nada, hemos alcanzado las cotas más altas de miseria». Y, después de casi 2 décadas de fallida administración, sin que el gestor nominal del socialismo militar haya podido determinar las causas de su fracaso, provoca lanzar pedradas de este tenor: «Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota».
¿Cómo no tener presente su mordaz fraseología cuando oímos disparatar a algún ministro y concordar con él en que «es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definidamente»? O, en relación con el encausamiento de civiles por tribunales militares, cómo no traer a colación lo que pensaba al respecto: «La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es la música». Pensando en la oposición, y a propósito de las declaraciones de Chúo Torrealba, desmarcándose de las estrategias de la MUD, podríamos echar mano a su concepto de la política: «Arte de buscar problemas, encontrarlos por todas partes, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados»; una definición que cuadra con su singular código de ética para camaleones, sintetizado en un solo precepto, endosable a los saltadores de talanqueras: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros».
Podríamos continuar hurgando en su catálogo de dichos y pensamientos y maravillarnos con la cantidad y calidad de asertos que acuñó a lo largo de su carrera, muchos de ellos recogidos en libros de su autoría. No es mi idea convertir esta entrega en antología de aforismos marxianos. Para eso están los suplementos literarios; sin embargo, me gustaría, para aterrizar, no dejar por fuera un par de preguntas muy propias de quien profesó indistintamente la ironía y el sarcasmo y fue capaz de sostener que no podría pertenecer a un Club que lo tuviera a él entre sus miembros: «¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?». Probablemente no le inquietase de verdad trascender, pero lo hizo. Hay quienes acaparan boletos con la fatua esperanza de que la lotería de la fama se ocupe de ellos más allá de los 15 minutos que le corresponden. Lo hizo el oficialismo al exacerbar el culto a la personalidad del santo paracaidista celestial; culto que rebasa los límites de la racionalidad y es parte de una epopeya forjada en la fragua de las mixtificaciones históricas, en la que el despropósito es norma. Por eso –esta gente es capaz de lo impensable–, creo factible que el gobierno, a través de los comités locales de producción y abastecimiento (CLAP), esté distribuyendo una línea de productos higiénicos, exornados con los ojitos de quien resulta pavoso nombrar insistentemente, bajo la denominación “Aguas del comandante”. –Si la información no proviene de un bromista opositor, ya podrá Maduro, en sus procaces arrebatos, mandar al objeto de su ira a lavarse el paltó con las fulanas aguas. Menos mal no se trata de papel toilette. Sonaría muy feo eso de ¡a limpiarse el rabo con el comandante!
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/groucho-las-aguas-del-comandante_202718
Ilustración: Brian McCarthy.
Groucho y las aguas del comandante
Raúl Fuentes
Imagino que todo columnista tiene su peculiar manera de abordar el tema sobre el que se propone opinar; no me refiero a un método de organizar la narrativa, sino más bien a un recurso o artificio que le permita superar la parálisis psicológica o «síndrome de la página en blanco» que, en más de una oportunidad, dificulta precisar el rumbo de la escritura. Cuando ese culipandeo inmoviliza la pluma, suelo hacer de una frase, una imagen o una contingencia, sin aparente relación con lo que intento exponer, el punto de partida para la perpetración –fea palabra– de las fechorías que, periódicamente, someto a consideración del lector. El truco funciona, sobre todo si nos decantamos por una efeméride significativa y tenemos la suerte de que la publicación coincida con su celebración. Es el caso de hoy, cuando el memorial deportivo nos recuerda que hace 57 años, el 10 de septiembre de 1960, el atleta etíope Abebe Bikila ganó, con registro récord, el maratón de cierre de los Juegos Olímpicos de Roma –los primeros en ser televisados en vivo y en directo–, hecho que no tendría mucho de particular, si no fuese porque corrió completamente descalzo los 42 kilómetros y 195 metros de la prueba. En Venezuela, donde el revanchismo igualitarista bolichaviano, a juro y por debajo, redujo al habitante promedio a la menesterosa condición de pata en el suelo, y en el que un par de alpargatas, de conseguirse, cuesta lo suyo, la proeza del maratonista africano debe servir de ejemplar consuelo de tontos.
No es la histórica carrera de fondo citada el único acontecimiento a festejarse hoy, pues, en su santoral, la Iglesia Católica consagra el día al místico monje agustino Nicolás de Tolentino, la rima es casualidad, que es santo patrón de al menos cinco localidades colombianas y ya me dirán usted si es casualidad acaso que, en razón de este onomástico, al mandón nacional se le cuestione su venezolanidad y se le asigne por terruño la cuna de Nariño y Santander, dos próceres de la hermana república de los que Hugo Rafael hablaba pestes. Hay también evocaciones tardías o adelantadas que sirven de pábulo para continuar la andadura dominical, aferrados a la idea de que, cual encomiaba un entrañable y desaparecido predicador de cantinas, recordar es tan instructivo y divertido como beber y vivir. Vamos, entonces, a divertirnos e instruirnos con el marxismo. No con las paparruchas derivadas de especulaciones teóricas endilgadas a Carlucho, que de esas estamos ahítos, sino con los corrosivos apotegmas de la tendencia Groucho.
El pasado mes de agosto cumplió 40 años de haber partido al paraíso de los humoristas, que debe ser el infierno de la gente de rostro adusto, Julius Henry «Groucho» Marx, y el venidero mes de octubre, de vivir, estaría coleando a la sorprendente y provecta edad de 127 años, así que estamos atrapados entre 2 aniversarios de este insigne comediante que, sin querer queriendo, dejó para la posteridad, además de desternillantes películas protagonizadas por él y sus hermanos, una colección de frases que siguen maravillando por su agudeza y podrían pasar como ocurrencias de un tuitero inconforme que, de escuchar las interminable chácharas encadenadas de Chávez y el eco adormecido de los lamentos de Maduro, tal vez trinaría: «Si eres capaz de hablar sin parar, al final te saldrá algo gracioso» y, seguramente, acotaría que «partiendo de la nada, hemos alcanzado las cotas más altas de miseria». Y, después de casi 2 décadas de fallida administración, sin que el gestor nominal del socialismo militar haya podido determinar las causas de su fracaso, provoca lanzar pedradas de este tenor: «Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota».
¿Cómo no tener presente su mordaz fraseología cuando oímos disparatar a algún ministro y concordar con él en que «es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definidamente»? O, en relación con el encausamiento de civiles por tribunales militares, cómo no traer a colación lo que pensaba al respecto: «La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es la música». Pensando en la oposición, y a propósito de las declaraciones de Chúo Torrealba, desmarcándose de las estrategias de la MUD, podríamos echar mano a su concepto de la política: «Arte de buscar problemas, encontrarlos por todas partes, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados»; una definición que cuadra con su singular código de ética para camaleones, sintetizado en un solo precepto, endosable a los saltadores de talanqueras: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros».
Podríamos continuar hurgando en su catálogo de dichos y pensamientos y maravillarnos con la cantidad y calidad de asertos que acuñó a lo largo de su carrera, muchos de ellos recogidos en libros de su autoría. No es mi idea convertir esta entrega en antología de aforismos marxianos. Para eso están los suplementos literarios; sin embargo, me gustaría, para aterrizar, no dejar por fuera un par de preguntas muy propias de quien profesó indistintamente la ironía y el sarcasmo y fue capaz de sostener que no podría pertenecer a un Club que lo tuviera a él entre sus miembros: «¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?». Probablemente no le inquietase de verdad trascender, pero lo hizo. Hay quienes acaparan boletos con la fatua esperanza de que la lotería de la fama se ocupe de ellos más allá de los 15 minutos que le corresponden. Lo hizo el oficialismo al exacerbar el culto a la personalidad del santo paracaidista celestial; culto que rebasa los límites de la racionalidad y es parte de una epopeya forjada en la fragua de las mixtificaciones históricas, en la que el despropósito es norma. Por eso –esta gente es capaz de lo impensable–, creo factible que el gobierno, a través de los comités locales de producción y abastecimiento (CLAP), esté distribuyendo una línea de productos higiénicos, exornados con los ojitos de quien resulta pavoso nombrar insistentemente, bajo la denominación “Aguas del comandante”. –Si la información no proviene de un bromista opositor, ya podrá Maduro, en sus procaces arrebatos, mandar al objeto de su ira a lavarse el paltó con las fulanas aguas. Menos mal no se trata de papel toilette. Sonaría muy feo eso de ¡a limpiarse el rabo con el comandante!
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/groucho-las-aguas-del-comandante_202718
Ilustración: Brian McCarthy.
domingo, 4 de septiembre de 2016
EL PERIÓDICO COMO ESTAFETA POSTAL
Hoy es toda una curiosidad, en la era de los correos electrónicos y de las respuestas - públicas y privadas - inmediatas. Cartas, telegramas y hasta paquetes postales que se acumulaban. El aviso nos transmite una triple circunstancia para columnistas y lectores: la tardanza de las respuestas que seguramente esperaban, además de las sugerencias imaginables y quién sabe si insultos; el seguimiento del columnista que, apenas, pasaba o mandaba su colaboración a la sede del periódico, indiferente o desinformado de las peticiones y comentarios que suscitaba; y el costo de las respuestas epistolares que, salvo fuesen significativas, quizá pocas veces hallaban cabida en el siguiente texto de prensa. Además, incluye a los anunciantes (LB).
domingo, 31 de mayo de 2015
REAPARICIÓN
Érase un país
Guido Sosola
Veinte años atrás, teníamos veinte años menos. Dejé el envío por fax de los artículos que siempre escribimos a máquina manual, con copia al carbón para el archivo, entregándolos personalmente en las sedes de los ya extintos El Globo y Economía Hoy.
Buen pretexto para caminar o tomar el tren de Plaza Venezuela a La Candelaria y, al coincidir con amigos, conversar de vez en cuando entre jugos de cebada, pimientos y chistorras. No constituía temeridad alguna, tomar un taxi a la una de la mañana, en plena avenida por los años noventa del siglo pasado.
Bastaba con competir en ambas publicaciones, al remitirles los textos, sin necesidad de cabildearlos asomando la recomendación de in influyente. Cordialmente atendidos, en El Globo coincidían las más disímiles plumas, varias veces agitada la redacción, aceptando también trabajos largos, mientras que el recinto de Economía Hoy parecía más selecto, en el viejo edificio Di Mase, hoy invadido, hasta que la familia huyó del país con todos los auxilios financieros que les dispensaron, en la recordada debacle bancaria.
Alrededor de veinte años atrás, el país estaba en la peor crisis, pero – desmitiéndola a la luz del amargo presente – la alta inflación no impedía el literal acceso a los bienes y servicios básicos, con anaqueles llenos como no imaginan las nuevas generaciones, distintas marcas de leche pausterizada o de café se exhibían en días de un mayor consumo que la de leche en polvo o de una taza confiada que no pudimos hacer en casa. No había la matazón anual que lamentablemente nos ha caracterizado, o alcanzaba para vestir decentemente, portar las prendas elementales y hasta escaparse a la libación y degustación en La Candelaria que tenía mejor mesa que el este de la ciudad capital.
La prensa, el parlamento y los partidos resonaban constantemente, sin las facilidades del medio digital que, parece mentira, en el presente tiene una rapidez que contrasta con la lenta pausa impuesta por la censura y el bloqueo informativo. Érase de otro país con alternancia en el poder, donde yo me permitía escribir en torno a los problemas que padecía, aunque también sobre temas variados y caprichosos: digamos, cada artículo era arbitrado, pues no fue otra cosa, sin palanca alguna, de vez en cuando aparecían mis textos hasta con envidiable ilustración, dependiendo enteramente del contenido.
Tenía veinte años menos, en una edad febril en la que necesitaba escribir tanto como respirar. Numerosos artículos quedaron en el tintero, pero – al verlos ahora – nos pega una nostalgia que es de futuro, porque hubo derecho al optimismo y a luchar por solventar los problemas, los del país y los míos.
Nada era perfecto y así como quedaron proyectos en el olvido, como el de una plaza para la estación de Sabana Grande de José Campos Biscardi, fueron muchas las ideas e iniciativas que no vieron concreción alguna. Sin embargo, había país y, simbolizado por los espacios públicos, en ésta década quedó sin hacerse la tal Plaza de la Revolución en La Hoya, cuyo diseño y maquetado se hundió – esta vez – como una promesa de Farruco Sesto en el farragoso terreno del despilfarro y de la improvisación de una impunidad dramática: él le costó demasiado a Venezuela y aquél, generoso y talentoso, es acreedor de nuestro agradecimiento.
Recomenzamos nuestro ejercicio, ahora de bytes. No quiero volver al pasado, pero tampoco deseo este presente. Empuñando el escudo de armas de la familia, por cierto, actualizado el diseño por mi amigo Rafael Mourad tiempo atrás, una manera de abrirse paso hacia el futuro es también opinando, fijando posturas, moviéndonos.
- Escudo de Armas.
- José Campos Biscardi: Maqueta de la obra ganadora del concurso del Metro para ser ubicada en Sabana Grande, cosa que nunca ocurrió (1981).
- Ministro Farruco Sesto: Proyecto para la Plaza de la Revolución en La Hoyada (2012).
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22697-erase-un-pais
Guido Sosola
Veinte años atrás, teníamos veinte años menos. Dejé el envío por fax de los artículos que siempre escribimos a máquina manual, con copia al carbón para el archivo, entregándolos personalmente en las sedes de los ya extintos El Globo y Economía Hoy.
Buen pretexto para caminar o tomar el tren de Plaza Venezuela a La Candelaria y, al coincidir con amigos, conversar de vez en cuando entre jugos de cebada, pimientos y chistorras. No constituía temeridad alguna, tomar un taxi a la una de la mañana, en plena avenida por los años noventa del siglo pasado.
Bastaba con competir en ambas publicaciones, al remitirles los textos, sin necesidad de cabildearlos asomando la recomendación de in influyente. Cordialmente atendidos, en El Globo coincidían las más disímiles plumas, varias veces agitada la redacción, aceptando también trabajos largos, mientras que el recinto de Economía Hoy parecía más selecto, en el viejo edificio Di Mase, hoy invadido, hasta que la familia huyó del país con todos los auxilios financieros que les dispensaron, en la recordada debacle bancaria.
Alrededor de veinte años atrás, el país estaba en la peor crisis, pero – desmitiéndola a la luz del amargo presente – la alta inflación no impedía el literal acceso a los bienes y servicios básicos, con anaqueles llenos como no imaginan las nuevas generaciones, distintas marcas de leche pausterizada o de café se exhibían en días de un mayor consumo que la de leche en polvo o de una taza confiada que no pudimos hacer en casa. No había la matazón anual que lamentablemente nos ha caracterizado, o alcanzaba para vestir decentemente, portar las prendas elementales y hasta escaparse a la libación y degustación en La Candelaria que tenía mejor mesa que el este de la ciudad capital.

Tenía veinte años menos, en una edad febril en la que necesitaba escribir tanto como respirar. Numerosos artículos quedaron en el tintero, pero – al verlos ahora – nos pega una nostalgia que es de futuro, porque hubo derecho al optimismo y a luchar por solventar los problemas, los del país y los míos.
Nada era perfecto y así como quedaron proyectos en el olvido, como el de una plaza para la estación de Sabana Grande de José Campos Biscardi, fueron muchas las ideas e iniciativas que no vieron concreción alguna. Sin embargo, había país y, simbolizado por los espacios públicos, en ésta década quedó sin hacerse la tal Plaza de la Revolución en La Hoya, cuyo diseño y maquetado se hundió – esta vez – como una promesa de Farruco Sesto en el farragoso terreno del despilfarro y de la improvisación de una impunidad dramática: él le costó demasiado a Venezuela y aquél, generoso y talentoso, es acreedor de nuestro agradecimiento.

- Escudo de Armas.
- José Campos Biscardi: Maqueta de la obra ganadora del concurso del Metro para ser ubicada en Sabana Grande, cosa que nunca ocurrió (1981).
- Ministro Farruco Sesto: Proyecto para la Plaza de la Revolución en La Hoyada (2012).
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22697-erase-un-pais
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