- Armando Durán. "El poder interno de COPEI". El Diario de Caracas, 14/05/1982.
- Eduardo Acosta Hermoso. "Otra vez la CVP". El Nacional, 21/12/65.
- Freddy Múñoz. "Defender la nacionalización". Resumen, Caracas, nr. 47 del 29/09/74.
- Rafael Caldera. "En torno a un sesquicentenario" (Congreso Constituyente de 1830). El Universal, Caracas, 08/05/80.
- Américo Díaz Núñez. "Los dogmas de José Vicente Rangel". Tribuna Popular, Caracas, 06/05/77.
Reproducción: Fiesta de fin de curso de la Academia Nacional de Aviación, en Maracay, presidida por Eleazar López Contreras y el alto mando militar: "Murillo es felicitado por el Presidente de la República, después de su arriesgada proeza". Élite, Caracas, nr. 591 del 09/01/1937.
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martes, 18 de marzo de 2014
viernes, 6 de septiembre de 2013
¿OPCIONES?
EL NACIONAL - Lunes 06 de Mayo de 2013 Opinión/9
Violencia y crisis institucional
ARMANDO DURÁN
"La oposición en el Parlamento declaró furiosa Iris Varela se merecía sus coñazos". Una visión de las relaciones humanas reducida al acto primitivo y brutal de reprimir al otro. También la forma más salvaje de abordar desde el poder político la vida como negación.
Varela se refería, por supuesto, al lamentable espectáculo orquestado el martes 30 de abril en la Asamblea Nacional. No era la primera vez que los "honorables" diputados se iban a las manos, pero esta vez fue otra cosa. En lugar de presenciar el súbito estallido de irritación individual de algún parlamentario alucinado por lo que sea, esta vez Venezuela fue testigo de una calculada acción de la bancada chavista contra la de la oposición. Violencia cuyo origen se halla en la crisis política desatada por las dudas sobre el resultado electoral del 14 de abril, acentuada de pronto en la AN por la negativa de Diosdado Cabello a concederles su derecho de palabra a los diputados de la oposición hasta que ellos acepten, sin chistar, las cuestionadas cuentas del CNE.
Según la reiterada versión oficial de los hechos, la oposición acudió al Palacio Federal Legislativo con el criminal propósito de provocar con pitos y trompetas actos de violencia que al día siguiente, Primero de Mayo, debían culminar en sangrientos disturbios callejeros. El propio Nicolás Maduro, en entrevista exclusiva concedida al diario francés Le Monde, señaló que la oposición tenía la intención de asaltar ese día "la marcha chavista y enfrentar pueblo contra pueblo, y así Estados Unidos y el presidente Barack Obama intervendrían en Venezuela". Un razonamiento político restringido a conceptos tan sorprendentemente simplistas que dan pena ajena, pero que responde a una implacable estrategia comunicacional encaminada a generar una matriz de opinión potencialmente explosiva.
En este sentido, indicó Maduro en su encuentro con el diario francés, en Venezuela no puede hablarse de polarización. Lo que sucede es que el pueblo venezolano está activado para defender su revolución de la conspiración fascista. Visto desde esta perspectiva distorsionada, desconocer el resultado electoral y pedir una revisión ciudadana del 100% de las urnas, las actas y los cuadernos de votación componen una pretensión anticonstitucional y golpista.
En consecuencia, el pueblo revolucionario, con sus dirigentes a la cabeza, tienen el deber de reaccionar (activarse) contra los enemigos de la patria.
Se trata de un sofisma cuyo objetivo es suplir la políticamente costosa ausencia de Hugo Chávez con el expediente de la violencia verbal y hasta física, encaminadas a inhibir a la oposición y eliminar los mecanismos institucionales que deben regular la vida social de los ciudadanos, el famoso pacto de Rousseau, fundamento filosófico de la Revolución Francesa y del régimen democrático desde entonces. Culpar al otro ("el infierno son los otros", sostendría Sartre en algunas de sus obras), que en el caso venezolano equivale a culpar del crimen a la víctima, es la manera más radical de limitar, incluso de exterminar, la vida natural del hombre con la excusa de que la represión es la única herramienta civilizadora de la sociedad. ¿Interpretación chavista de aquel gendarme necesario de nuestro pasado político? Para Marcuse, uno de los principales teóricos del movimiento contracultural en Estados Unidos durante los años sesenta, este afán represivo sencillamente es la negación de lo "erótico", es decir, Iris, de la vida, y el triunfo indeseable de la muerte, tanatos, como desbordamiento de un oscuro instinto de destrucción.
Esta nueva realidad comienza a darle forma a un desalentador futuro social en Venezuela, caracterizado por una escalada de violencia que anula toda posibilidad de diálogo y entendimiento entre las partes, último camino abierto a los venezolanos para no caer en la trampa de una irreversible espiral de confrontación violenta y muerte. Por otra parte, el desmantelamiento de la Asamblea Nacional como escenario plural de la política venezolana provocaría el fin de lo poquísimo de democracia representativa que aún le queda al régimen. Sin duda, una catástrofe institucional que marcaría el comienzo de un período muchísimo más drástico y extremista, el de los "coñazos" de Varela. Rescatar la opción del diálogo contra viento y marea es el último suspiro que le queda a la democracia en Venezuela. Una opción muy remota, sin embargo, porque primero, de eso nos ocuparemos la semana que viene, habría que resolver la grave crisis de credibilidad que afecta a Maduro y a su gobierno.
Ilustración: S/f., tomada de una publicación de los años '40.
Violencia y crisis institucional
ARMANDO DURÁN
"La oposición en el Parlamento declaró furiosa Iris Varela se merecía sus coñazos". Una visión de las relaciones humanas reducida al acto primitivo y brutal de reprimir al otro. También la forma más salvaje de abordar desde el poder político la vida como negación.
Varela se refería, por supuesto, al lamentable espectáculo orquestado el martes 30 de abril en la Asamblea Nacional. No era la primera vez que los "honorables" diputados se iban a las manos, pero esta vez fue otra cosa. En lugar de presenciar el súbito estallido de irritación individual de algún parlamentario alucinado por lo que sea, esta vez Venezuela fue testigo de una calculada acción de la bancada chavista contra la de la oposición. Violencia cuyo origen se halla en la crisis política desatada por las dudas sobre el resultado electoral del 14 de abril, acentuada de pronto en la AN por la negativa de Diosdado Cabello a concederles su derecho de palabra a los diputados de la oposición hasta que ellos acepten, sin chistar, las cuestionadas cuentas del CNE.
Según la reiterada versión oficial de los hechos, la oposición acudió al Palacio Federal Legislativo con el criminal propósito de provocar con pitos y trompetas actos de violencia que al día siguiente, Primero de Mayo, debían culminar en sangrientos disturbios callejeros. El propio Nicolás Maduro, en entrevista exclusiva concedida al diario francés Le Monde, señaló que la oposición tenía la intención de asaltar ese día "la marcha chavista y enfrentar pueblo contra pueblo, y así Estados Unidos y el presidente Barack Obama intervendrían en Venezuela". Un razonamiento político restringido a conceptos tan sorprendentemente simplistas que dan pena ajena, pero que responde a una implacable estrategia comunicacional encaminada a generar una matriz de opinión potencialmente explosiva.
En este sentido, indicó Maduro en su encuentro con el diario francés, en Venezuela no puede hablarse de polarización. Lo que sucede es que el pueblo venezolano está activado para defender su revolución de la conspiración fascista. Visto desde esta perspectiva distorsionada, desconocer el resultado electoral y pedir una revisión ciudadana del 100% de las urnas, las actas y los cuadernos de votación componen una pretensión anticonstitucional y golpista.
En consecuencia, el pueblo revolucionario, con sus dirigentes a la cabeza, tienen el deber de reaccionar (activarse) contra los enemigos de la patria.
Se trata de un sofisma cuyo objetivo es suplir la políticamente costosa ausencia de Hugo Chávez con el expediente de la violencia verbal y hasta física, encaminadas a inhibir a la oposición y eliminar los mecanismos institucionales que deben regular la vida social de los ciudadanos, el famoso pacto de Rousseau, fundamento filosófico de la Revolución Francesa y del régimen democrático desde entonces. Culpar al otro ("el infierno son los otros", sostendría Sartre en algunas de sus obras), que en el caso venezolano equivale a culpar del crimen a la víctima, es la manera más radical de limitar, incluso de exterminar, la vida natural del hombre con la excusa de que la represión es la única herramienta civilizadora de la sociedad. ¿Interpretación chavista de aquel gendarme necesario de nuestro pasado político? Para Marcuse, uno de los principales teóricos del movimiento contracultural en Estados Unidos durante los años sesenta, este afán represivo sencillamente es la negación de lo "erótico", es decir, Iris, de la vida, y el triunfo indeseable de la muerte, tanatos, como desbordamiento de un oscuro instinto de destrucción.
Esta nueva realidad comienza a darle forma a un desalentador futuro social en Venezuela, caracterizado por una escalada de violencia que anula toda posibilidad de diálogo y entendimiento entre las partes, último camino abierto a los venezolanos para no caer en la trampa de una irreversible espiral de confrontación violenta y muerte. Por otra parte, el desmantelamiento de la Asamblea Nacional como escenario plural de la política venezolana provocaría el fin de lo poquísimo de democracia representativa que aún le queda al régimen. Sin duda, una catástrofe institucional que marcaría el comienzo de un período muchísimo más drástico y extremista, el de los "coñazos" de Varela. Rescatar la opción del diálogo contra viento y marea es el último suspiro que le queda a la democracia en Venezuela. Una opción muy remota, sin embargo, porque primero, de eso nos ocuparemos la semana que viene, habría que resolver la grave crisis de credibilidad que afecta a Maduro y a su gobierno.
Ilustración: S/f., tomada de una publicación de los años '40.
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lunes, 10 de junio de 2013
PARTE DEL DESASTRE
EL NACIONAL - Lunes 10 de Junio de 2013 Opinión/9
Por estas calles
ARMANDO DURÁN
En estas últimas semanas, dos escabrosos audios aireados por diputados de la oposición nos han ofrecido una visión escalofriante de la trastienda política del país.
Sin duda, revelaciones de lo que podríamos llamar un gran desastre ético nacional. Primero fue Mario Silva en supuesta conversación con un agente cubano de inteligencia, revelando la trama de corrupción, abusos aberrantes de poder y sometimiento de la revolución a un gobierno extranjero. El segundo, el diálogo barriobajero entre un conocido empresario bolivariano, Wilmer Ruperti, y un distinguido experto petrolero y diputado suplente de Un Nuevo Tiempo, Heliodoro Quintero.
Escuchar estos diálogos resulta una experiencia traumática. Ponen de manifiesto, con crudeza, sin adornos que nos distraigan, la inaudita descomposición moral del universo político-empresarial de la Venezuela actual. Penoso ejercicio ese de escuchar a los personajes de ambas grabaciones hablar sin el menor atisbo de pudor de las mil y una tropelías sin nombre de sus respectivos repertorios. Lo que queda al apagarse el eco de sus voces es la sensación de haber descubierto, más allá de lo inconcebible, que en las alturas de la jerarquía revolucionaria, todo, absolutamente todo, vale.
Hace casi 21 años exactos (el 25 de junio de 1992), Radio Caracas Televisión transmitió el primer capítulo de Por estas calles, innovadora telenovela escrita por Ibsen Martínez, que logró mantenerse en pantalla durante dos años aunque su creador abandonó el equipo al cabo de pocos meses, cuando creyó que la trama sencillamente había llegado a su fin natural. El éxito del proyecto consistió en la habilidad de Martínez para mezclar el día a día de los venezolanos con los sufrimientos ficticios de los personajes del culebrón, todo ello en una Caracas todavía trastornada por los impactos del Caracazo y el frustrado golpe militar del 4 de febrero, en un clima de inmenso de desengaño y rabia sin límites, los frutos más amargos de un poder político al parecer socialmente insensible y corrupto. Escenario a todas luces perfecto para que la infeliz Eurídice Briceño, humilde maestra de escuela acusada de un crimen que no había cometido y protagonista esencial de la primera etapa de la telenovela, se transformara de inmediato en el retrato hablado de las víctimas silenciadas por un régimen de supuesta y jactanciosa democracia representativa, que en realidad no era más que la fachada de una inmunda cloaca a la que la imaginación de sus creadores nos arrojaban de cabeza cada noche en horario estelar.
Siempre he querido creer que el único objetivo de RCTV era darle una contundente respuesta profesional al éxito arrollador de Desprecio, la telenovela que transmitía entonces Venevisión, y que las intenciones de Martínez sólo perseguían el propósito de estar a la altura del enorme desafío. Pero lo cierto es que. queriéndolo o no, el resultado del experimento tuvo consecuencias devastadoras para el futuro de la democracia en Venezuela. Destruir sistemáticamente la credibilidad de los venezolanos en la institucionalidad del sistema si bien no fue el factor decisivo de la victoria electoral de Hugo Chávez en diciembre de 1998 contribuyó poderosamente a crear una vasta matriz de opinión en favor de la idea de que cualquier cosa, incluso entregarle a un ex golpista la Presidencia de la República, era mejor a esa canalla política que se paseaba impunemente por las calles de Caracas.
Pienso que algo parecido, aunque quizá peor, ha comenzado a ocurrir estos días. Con la diferencia de que si al disparate de 1992 se le podía atribuir un origen de ingenuidad y soberbia, en estas grabaciones hechas públicas se percibe con claridad una finalidad muy malvada. ¿O no? Por ejemplo, ¿contra quién, tan sin piedad, se han divulgado ambas conversaciones? ¿A quiénes beneficia? Encrucijada moral incluso más letal que la de antaño porque estamos en plena revolución, presuntamente restauradora de los más valiosos valores humanos de los venezolanos. Como si la escarnecida democracia representativa de antes y la democracia socialista actual de la que muchos aún se ufanan casi religiosamente despidieran los mismos asquerosos efluvios.
En este punto incierto del proceso quizá valga la pena tener presente la advertencia que hizo hace algunos días Antonio Muñoz Molina, en declaraciones a la prensa madrileña, con motivo de haber sido galardonado con el Premio Asturias de las Letras de este año: "Hay que tener cuidado, cuando se quiere denunciar un desastre, de no convertirse en parte del desastre", dijo.
Ilustración: Peli. Ciudad Caracas, 10/06/2013.
Breve nota LB: Hay una agobiante continuidad de "Por estas calles", cuya importancia y significación sigue deparando reflexiones al partir de RCTV y llegar a década y media de gobierno. No dudamos en calificar de chifladura política la leyenda de la magnifica ilustración. Chifladura aparte, magnífica aunque - valga acotarlo - se basa en la versión "clásica" de un rostro que tiene ya otra obstinada versión y propagación del oficialismo.
Por estas calles
ARMANDO DURÁN
En estas últimas semanas, dos escabrosos audios aireados por diputados de la oposición nos han ofrecido una visión escalofriante de la trastienda política del país.
Sin duda, revelaciones de lo que podríamos llamar un gran desastre ético nacional. Primero fue Mario Silva en supuesta conversación con un agente cubano de inteligencia, revelando la trama de corrupción, abusos aberrantes de poder y sometimiento de la revolución a un gobierno extranjero. El segundo, el diálogo barriobajero entre un conocido empresario bolivariano, Wilmer Ruperti, y un distinguido experto petrolero y diputado suplente de Un Nuevo Tiempo, Heliodoro Quintero.
Escuchar estos diálogos resulta una experiencia traumática. Ponen de manifiesto, con crudeza, sin adornos que nos distraigan, la inaudita descomposición moral del universo político-empresarial de la Venezuela actual. Penoso ejercicio ese de escuchar a los personajes de ambas grabaciones hablar sin el menor atisbo de pudor de las mil y una tropelías sin nombre de sus respectivos repertorios. Lo que queda al apagarse el eco de sus voces es la sensación de haber descubierto, más allá de lo inconcebible, que en las alturas de la jerarquía revolucionaria, todo, absolutamente todo, vale.
Hace casi 21 años exactos (el 25 de junio de 1992), Radio Caracas Televisión transmitió el primer capítulo de Por estas calles, innovadora telenovela escrita por Ibsen Martínez, que logró mantenerse en pantalla durante dos años aunque su creador abandonó el equipo al cabo de pocos meses, cuando creyó que la trama sencillamente había llegado a su fin natural. El éxito del proyecto consistió en la habilidad de Martínez para mezclar el día a día de los venezolanos con los sufrimientos ficticios de los personajes del culebrón, todo ello en una Caracas todavía trastornada por los impactos del Caracazo y el frustrado golpe militar del 4 de febrero, en un clima de inmenso de desengaño y rabia sin límites, los frutos más amargos de un poder político al parecer socialmente insensible y corrupto. Escenario a todas luces perfecto para que la infeliz Eurídice Briceño, humilde maestra de escuela acusada de un crimen que no había cometido y protagonista esencial de la primera etapa de la telenovela, se transformara de inmediato en el retrato hablado de las víctimas silenciadas por un régimen de supuesta y jactanciosa democracia representativa, que en realidad no era más que la fachada de una inmunda cloaca a la que la imaginación de sus creadores nos arrojaban de cabeza cada noche en horario estelar.
Siempre he querido creer que el único objetivo de RCTV era darle una contundente respuesta profesional al éxito arrollador de Desprecio, la telenovela que transmitía entonces Venevisión, y que las intenciones de Martínez sólo perseguían el propósito de estar a la altura del enorme desafío. Pero lo cierto es que. queriéndolo o no, el resultado del experimento tuvo consecuencias devastadoras para el futuro de la democracia en Venezuela. Destruir sistemáticamente la credibilidad de los venezolanos en la institucionalidad del sistema si bien no fue el factor decisivo de la victoria electoral de Hugo Chávez en diciembre de 1998 contribuyó poderosamente a crear una vasta matriz de opinión en favor de la idea de que cualquier cosa, incluso entregarle a un ex golpista la Presidencia de la República, era mejor a esa canalla política que se paseaba impunemente por las calles de Caracas.
Pienso que algo parecido, aunque quizá peor, ha comenzado a ocurrir estos días. Con la diferencia de que si al disparate de 1992 se le podía atribuir un origen de ingenuidad y soberbia, en estas grabaciones hechas públicas se percibe con claridad una finalidad muy malvada. ¿O no? Por ejemplo, ¿contra quién, tan sin piedad, se han divulgado ambas conversaciones? ¿A quiénes beneficia? Encrucijada moral incluso más letal que la de antaño porque estamos en plena revolución, presuntamente restauradora de los más valiosos valores humanos de los venezolanos. Como si la escarnecida democracia representativa de antes y la democracia socialista actual de la que muchos aún se ufanan casi religiosamente despidieran los mismos asquerosos efluvios.
En este punto incierto del proceso quizá valga la pena tener presente la advertencia que hizo hace algunos días Antonio Muñoz Molina, en declaraciones a la prensa madrileña, con motivo de haber sido galardonado con el Premio Asturias de las Letras de este año: "Hay que tener cuidado, cuando se quiere denunciar un desastre, de no convertirse en parte del desastre", dijo.
Ilustración: Peli. Ciudad Caracas, 10/06/2013.
Breve nota LB: Hay una agobiante continuidad de "Por estas calles", cuya importancia y significación sigue deparando reflexiones al partir de RCTV y llegar a década y media de gobierno. No dudamos en calificar de chifladura política la leyenda de la magnifica ilustración. Chifladura aparte, magnífica aunque - valga acotarlo - se basa en la versión "clásica" de un rostro que tiene ya otra obstinada versión y propagación del oficialismo.
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martes, 9 de octubre de 2012
PEQUEÑA MUESTRA
EL NACIONAL - Martes 09 de Octubre de 2012 Opinión/8¿Ganamos? No, ¡perdimos!
¿Seguiremos con la tontería del carómetro? La frivolidad de reducir el análisis político al estudio de las expresiones de los políticos, que al final sonreían artificialmente para ganar las batalla del carómetro
FAUSTO MASÓ
Estamos pasando de una euforia abrumadora ante una inminente victoria a convencernos de que no perdimos, y que por el contrario avanzamos hacia la victoria definitiva. Todo sería una cuestión de paciencia.
No, perdimos una elección trascendental. Y es una verdadera tragedia lo ocurrido el domingo, no una demostración del admirable talante democrático del venezolano. Nos quieren reanimar con un discurso dulzón, nos piden que recuperemos el espíritu de lucha. OK, pero precisemos bien por qué pasó lo que pasó para que no vuelva a pasar.
No hay sustituto para la victoria. ¿Dejará de ser Chávez un autócrata, los poderes funcionarán independientemente, no regalarán más dinero a al extranjero? ¿Hubo mesas sin testigos donde Chávez sacó 100% de los votos? No era fatal e inevitable lo ocurrido el 7 de octubre. Estas elecciones se celebran después de que el chavismo había sido derrotado en el referéndum de la reforma constitucional y en las elecciones legislativas. El triunfo de Chávez ha sido imponer un despotismo astuto que ha logrado disfrazarse de democrático, conseguir una imagen internacional. Saquemos lecciones: los abstencionistas en las legislativas y en el referéndum fueron los chavistas a los que les cuesta votar cuando Chávez no es el candidato. Por tanto, la oposición le irá mejor en las próximas elecciones si el desánimo no vuelve ahora abstencionistas a los antichavistas, ¿después del jarro de agua fría del domingo la clase media saldrá a votar? ¿La convenceremos de que la próxima vez, cómo no, ganaremos? ¿Cómo recuperar la fe de los electores? ¿Cómo evitar que se recluyan en sus casas? ¿Con el cuentito de que a veces se gana perdiendo? ¡Por favor! El ventajismo no cambiará, ni la presión sobre los medios privados, ni el uso obsceno de los recursos del estado.
Hay que mantenerse unido porque la mayoría cree que el camino es Chávez. Podemos seguir hablando de dos países con tal de que reconozcamos que Chávez representa a la mayoría, lo cual no quiere decir que no le ocurra al final lo mismo que a Pérez II, electo abrumadoramente y convertido después en un político odiado.
Si comparamos el 7 de octubre con los referendos, la oposición perdió votos; si nos miramos en el espejo de la última elección presidencial, la oposición ganó 10% de votos.
Consultores 21 tuvo una discrepancia con los resultados del CNE de más de 12%, mucho más que cualquier error estadístico; en cambio Datanálisis no acertó por menos de 1%. No le creímos tampoco a IVAD cuando decía que Chávez ganaría casi todos los estados y la mayoría se burló de Hinterlaces cuando habló del triunfo del chavismo. ¿Dónde estuvo Carlota Flores? En la campaña de Capriles se hablaba de los pobres, se les mencionaba, pero no estaban presente en la forma de la legendaria Carlota Flores en las elecciones que ganó Luis Herrera.
Capriles siguió disciplinadamente una estrategia, pero Chávez sigue contando con los votos de los más pobres, a pesar de un pésimo gobierno.
¿Seguiremos con la tontería del carómetro? La frivolidad de reducir el análisis político al estudio de las expresiones de los políticos, que al final sonreían artificialmente para ganar las batalla del carómetro.
Por Internet se multiplican ahora los mensajes de los que explican la derrota por la imbecilidad de los electores chavistas. En realidad, los torpes, ciegos, ingenuos son los que desconocen la realidad, pues si una partida de ignorantes le ganan a los cultos, los educados, los decentes, es porque estos no son tan cultos ni tan educados.
Pero las cosas cambian, claro, solo que para mejor, o para peor.
Preservemos a la MUD y a Capriles, pero discutamos a viva voz los errores. Eso sí, no apostemos al cáncer para conseguir lo que nos niegan los votos, porque sería invocar a lo desconocido. Solo hay una victoria posible: ganarse al pueblo. ¿Cómo?
EL UNIVERSAL, Caracas, 9 de Octubre de 2012
Chávez después de la victoria
Con los resultados del 7-O se consolida un modelo que anuncia el final de la crisis
ROBERTO GIUSTI
La victoria de Chávez implica la herencia de lo dejado por él mismo: un país atenazado por la violencia, fracturado en su unidad, dependiente del mundo exterior, con la infraestructura física en ruinas, la salud, la educación y los servicios en estado precario, las cárceles en llamas, las empresas estatales arrojando pérdidas mil millonarias y un nuevo gobierno (que en realidad se hace cada vez más viejo) cuyo reto básico, no obstante estas urgencias, es el de la gobernabilidad.
El triunfo de Chávez obedece más a la rutina, al ventajismo y al miedo, que a los impulsos renovadores que lo llevaron a ganar, de manera clamorosa, las presidenciales de 1998, 2000 e, incluso, del 2006. Pero es, precisamente, este último año el que marca un punto de inflexión en el "proceso revolucionario", una de cuyas manifestaciones es el estancamiento en el decrecimiento de la pobreza.
Allí comenzó el desencanto y pese a su conexión con las masas, el halo esplendoroso que hacía del Presidente una suerte de santón libre de mácula se fue desdibujando. La forma expedita de paliar este fenómeno, que era el síntoma de una crisis general, consistió en la profundización de las políticas populistas y, sobre todo, de un gigantesco clientelismo arropado por la renta petrolera, que le permitió la extensión de su mandato y de un continuismo inviable.
Con los resultados electorales del 7-O se consolida un modelo que, siendo la causa de la crisis, resulta incapaz de superarla de forma constructiva. No puede resolverla un gobierno que, impulsado por la idea de subvertir el orden establecido, ha sido incapaz de erigir otro en sustitución del extinto. De manera que ese nuevo orden ni siquiera puede considerarse autoritario porque no existe. El producto de ese "proceso" está a la vista: caos, anarquía, violencia y desorden. Es la supresión de los valores establecidos, pero sin trazas de una nueva "ética del socialismo bolivariano".
Chávez seguirá teniendo el control de los poderes públicos y de algunas instituciones fácticas, pero estos poderes, que en sus manos dejaron de serlo, se desnaturalizaron al someterse y pese a la vinculación clientelar con la gente, la gobernabilidad se le escapa de las manos a un superpoderoso que cada día tiene menos poder. En esas condiciones la continuación de un modelo fracasado significa el anuncio de un colapso porque las crisis no son estáticas e ineluctablemente tienen comienzo y final. Puede resultar una paradoja, pero Chávez estaría obligado a rectificar y operar una transformación radical en su forma de gobernar, abriéndose a una concertación nacional. Y digo paradoja porque ese cambio sería la negación de sí mismo y de su obra, si lo que tenemos a la vista se puede llamar así.
EL NACIONAL - Martes 09 de Octubre de 2012 Opinión/9Las dos Venezuelas
ARMANDO DURÁN
No vale la pena fantasear con la imagen de Tibisay Lucena anunciando la victoria de Henrique Capriles Radonski. Ya sabemos que no fue así. Lo cierto es que Hugo Chávez fue reelegido el domingo y, por ahora, eso es todo.
Pero ¿por qué? ¿Qué ocurrió realmente? ¿Cómo fue posible que después de 14 años de pésima gestión presidencial, víctima, además, de un cáncer que desde junio de 2010 limita sus facultades de manera ostensible, Chávez derrotara a Capriles Radonski, candidato joven, lleno de energía y con una exitosa experiencia en la administración pública a sus espaldas, con una ventaja de casi 10 puntos? En fin, ¿qué pasó con la campaña de Capriles, tan admirable que le sirvió a Moisés Naím para recomendarle a Mitt Romney copiarla si quería derrotar a Barack Obama en las próximas elecciones de Estados Unidos? En las próximas semanas trataremos de esclarecer estas y otras incógnitas. Comenzamos hoy señalando algunas posibles aproximaciones a la derrota opositora el domingo pasado.
La primera fue, por supuesto, el afán de seguir el mal ejemplo de la oposición tradicional venezolana de querer derrotar a Chávez sin llamar las cosas por su nombre; es decir, de ser oposición, pero sin hacer oposición.
Todavía la noche de las elecciones Ramón Guillermo Aveledo insistía en rechazar el carácter opositor de la oposición con el rebuscado argumento de que ellos preferían ser percibidos sólo como "una alternativa". Experiencia llamativamente inaudita en cualquier país democrático del mundo, que provocó el disparate político de no clavarle ni una banderilla a su adversario durante toda la campaña. Hacerlo, ha señalado el propio Capriles Radonski, equivalía a caer en la trampa de enfrascarse en un inútil debate ideológico con Chávez. Un error sólo comparable con el de Eduardo Fernández cuando decidió no hacerle oposición a Jaime Lusinchi en las elecciones de 1989, porque él no era el candidato.
En nuestro caso se pasa por alto que en la encarnizada promoción de su posición ideológica radica precisamente la fuerza del liderazgo carismático de Chávez, quien desde su campaña de 1998 ha orientado su mensaje político a establecer y consolidar la ancestral ligazón latinoamericana entre un caudillo paternalista y presuntamente justiciero y las inmensa mayoría de los venezolanos que, tras el fracaso de la cuarta república, buscaba desesperadamente a alguien en quien depositar de nuevo su credulidad, su confianza y, por supuesto, sus ansias de venganza social. Ese ha sido el mensaje de Chávez desde entonces y la razón de que en Maturín pudiera advertir a sus seguidores que lo importante no es la falta de agua, la inseguridad personal o la escasez de vivienda, sino la patria. La verdad es que él y su rabioso discurso socialista son estímulos mucho más poderosos en el ánimo de los venezolanos más pobres (que siguen siendo mayoría) que las más evidentes insuficiencias administrativas de su gobierno. En otras palabras, que a ese vasto sector de la población le tienen sin cuidado los debates sobre políticas públicas, querellas típicas en los regímenes con economías capitalistas, y se dejan arrastrar, en cambio, por la comunicación casi sobrenatural que los une a su líder.
Otra lección a tener en cuenta es que los adversarios de Chávez se han negado sistemáticamente a admitir que esta elección implicara un cambio de régimen, pues ello los llevaría forzosamente a entramparse en ese debate ideológico, democracia burguesa o democracia socialista. Mucho mejor, pensaban (¿piensan?) eludir las complejidades de la "polarización", que no es un capricho individual y perverso de alguien, sino realidad muy palpable: el enfrentamiento de dos Venezuelas, por ahora irreductible, la de los ricos y la clase media, y la de los pobres.
Planteada la "guerra" en estos términos, un simple cambio de presidentes carece de verdadero sentido político. Una revolución que lleva 14 años en el poder, y que como toda revolución ha usado su poder para diseñar a su medida su propia legalidad, usa y abusa de esa autolegitimidad revolucionaria para perpetuarse indefinidamente en el poder. Por la fuerza, como en Cuba, o por los mucho más sutiles caminos de las apariencias democráticas. No admitir esta realidad evidente conduce a situaciones fatales. Como señalaba The New York Times dos días después del referéndum revocatorio, a la oposición venezolana de entonces le faltó "eficacia y realismo" para encarar el desafío que le presentaba Chávez. La oposición actual, que en definitiva sigue siendo la de siempre, sencillamente cometió el mismo error de hace tantos años.
Breve nota LB: Quisimos agregar al rápido muestrario, algunas versiones del sector oficialista, pero Ciudad Caracas refiere el mantenimiento de su sitio-web, apareciendo apenas la portada, y el diario Vea está digitalmente atrasado. Extenso y lógico abanico de las argumentaciones, muy frecuentemente acompañadas por la fácil y caprichosa especulación. Hay que poner oído a todo lo que se dice y... decantar.
lunes, 16 de julio de 2012
RECURSO
EL NACIONAL - Lunes 16 de Julio de 2012 Opinión/10
Diálogo con la Iglesia
ENRIQUE KRAUZE
¿Qué objetivo persigue Hugo Chávez con su súbito deseo de reanudar un diálogo con las autoridades de la Iglesia católica, a menos de tres meses de las elecciones presidenciales? Durante muchos años, la Iglesia, para él, ha sido nada. En la práctica, ni pan ni agua para cardenales y obispos "golpistas." Por eso, hace pocas semanas, José Vicente Rangel sorprendió a medio mundo al reunirse en privado con monseñor Diego Padrón, presidente de la Conferencia Episcopal. Ese encuentro dio pie a que se tejiera a su alrededor la teoría de que tal vez comenzaba a romperse el hielo entre el Gobierno y la Iglesia.
La inesperada entrevista coincidió con el anuncio de Chávez sobre la creación de un novedoso Consejo de Estado, y aunque en ningún momento Chávez definió las funciones de ese futuro organismo "asesor", los avances de su enfermedad y la ambición de algunos lugartenientes suyos alimentaron la conjetura de que quizá la nueva instancia, bajo el mando de Rangel, el más dialogante de los jerarcas del régimen, tenía la tarea de suavizar las contradicciones del Gobierno con el resto de la sociedad, las tensiones que crecían dentro del chavismo y la inquietud que a todas luces le quita el sueño a un sector poderoso de la FANB. La reunión de Rangel y Padrón sencillamente servía para hacer ver que el Gobierno daba pasos concretos en una nueva dirección política.
Falso, por supuesto. No era la transición lo que estaba en juego: tan pronto comenzó a especularse sobre un posible diálogo oficial con la oposición bajo el manto protector de la Iglesia, el régimen reaccionó con firmeza. Chávez no pensaba abandonar Miraflores anticipadamente y tampoco se había paseado por la imposibilidad de que otro, ¿Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Elías Jaua?, pudiera ser el candidato chavista en las elecciones del 7 de octubre. ¿Fue por estos mensajes antagónicos que el Consejo de Estado dejó de existir antes de nacer? Sin embargo, la confusión se hizo mucho mayor cuando Jaua, junto a Rangel, Maduro y Cabello, recibió formalmente en La Viñeta a la Conferencia Episcopal en pleno. El espejismo del Consejo de Estado y de un eventual diálogo para la transición recuperó de pronto su visibilidad perdida y volvió a palparse en el ambiente la esperanza de una metamorfosis del régimen. Esta posibilidad de ver sentados a una misma mesa a representantes de las dos Venezuelas la subrayó el régimen el pasado martes, cuando el propio Jaua, acompañado esta vez de los ministros Tareck el Aissami y Maripili Hernández, se presentó en la asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal para decirle a los obispos que "hemos venido a expresar nuestra intención, más allá de los desacuerdos que ha habido entre ambas instituciones a lo largo de estos 13 años, de restablecer un clima de respeto institucional, de respeto político y de respeto en lo personal entre las dos instituciones." Colmo de todos los asombros, en medio de la rueda de prensa que ofrecieron al alimón Jaua y Padrón, se produjo una llamada telefónica de Chávez al presidente de la Conferencia Episcopal para expresarle su deseo de reunirse con él.
¿Sería verdad tanta belleza? ¿O sólo se trata de una nueva jugarreta electoral? Lo cierto es que Rangel y el Consejo de Estado han desaparecido del escenario. Por otra parte, aunque Chávez dice estar dispuesto a trabajar con la jerarquía eclesiástica para crear un clima de normalidad política, su tranquilizadora convocatoria a ese diálogo se parece mucho a un acto más de su habitual teatralidad cada vez que se aproxima un evento electoral. Ya saben, dar la impresión de ser amable y comprensivo con el enemigo, en esta ocasión con la Iglesia, para reducir la creciente erosión de su imagen en segmentos donde, a pesar de la propaganda oficial, la Iglesia conserva una influencia importante.
Los venezolanos debemos aplaudir con entusiasmo todos los gestos serios que contribuyan a limar las asperezas entre unos y otros, único camino capaz de sacar realmente al país de la crisis.
Pero ojo. No perdamos de vista que esta maniobra se parece demasiado a la de Raúl Castro con las autoridades eclesiásticas de Cuba, cuyas consecuencias objetivas son por ahora una mejoría en las relaciones del régimen de La Habana con Roma y la generación de una amarga división entre los cubanos que desean devolverle a su país la normalidad democrática. Sobre todo, porque cada día que pasa, las cuentas les salen peor a Chávez y él, astuto aficionado al juego electoral, sabe que un voto bien vale una misa.
Post-Data:
Autor: Armando Durán
EL NACIONAL, Caracas, 17 de Julio de 2012
Fe de errata Ofrecemos disculpas a nuestros lectores porque este artículo fue publicado ayer lunes 16 de julio con la firma de Enrique Krauze
Diálogo con la Iglesia
ENRIQUE KRAUZE
¿Qué objetivo persigue Hugo Chávez con su súbito deseo de reanudar un diálogo con las autoridades de la Iglesia católica, a menos de tres meses de las elecciones presidenciales? Durante muchos años, la Iglesia, para él, ha sido nada. En la práctica, ni pan ni agua para cardenales y obispos "golpistas." Por eso, hace pocas semanas, José Vicente Rangel sorprendió a medio mundo al reunirse en privado con monseñor Diego Padrón, presidente de la Conferencia Episcopal. Ese encuentro dio pie a que se tejiera a su alrededor la teoría de que tal vez comenzaba a romperse el hielo entre el Gobierno y la Iglesia.
La inesperada entrevista coincidió con el anuncio de Chávez sobre la creación de un novedoso Consejo de Estado, y aunque en ningún momento Chávez definió las funciones de ese futuro organismo "asesor", los avances de su enfermedad y la ambición de algunos lugartenientes suyos alimentaron la conjetura de que quizá la nueva instancia, bajo el mando de Rangel, el más dialogante de los jerarcas del régimen, tenía la tarea de suavizar las contradicciones del Gobierno con el resto de la sociedad, las tensiones que crecían dentro del chavismo y la inquietud que a todas luces le quita el sueño a un sector poderoso de la FANB. La reunión de Rangel y Padrón sencillamente servía para hacer ver que el Gobierno daba pasos concretos en una nueva dirección política.
Falso, por supuesto. No era la transición lo que estaba en juego: tan pronto comenzó a especularse sobre un posible diálogo oficial con la oposición bajo el manto protector de la Iglesia, el régimen reaccionó con firmeza. Chávez no pensaba abandonar Miraflores anticipadamente y tampoco se había paseado por la imposibilidad de que otro, ¿Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Elías Jaua?, pudiera ser el candidato chavista en las elecciones del 7 de octubre. ¿Fue por estos mensajes antagónicos que el Consejo de Estado dejó de existir antes de nacer? Sin embargo, la confusión se hizo mucho mayor cuando Jaua, junto a Rangel, Maduro y Cabello, recibió formalmente en La Viñeta a la Conferencia Episcopal en pleno. El espejismo del Consejo de Estado y de un eventual diálogo para la transición recuperó de pronto su visibilidad perdida y volvió a palparse en el ambiente la esperanza de una metamorfosis del régimen. Esta posibilidad de ver sentados a una misma mesa a representantes de las dos Venezuelas la subrayó el régimen el pasado martes, cuando el propio Jaua, acompañado esta vez de los ministros Tareck el Aissami y Maripili Hernández, se presentó en la asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal para decirle a los obispos que "hemos venido a expresar nuestra intención, más allá de los desacuerdos que ha habido entre ambas instituciones a lo largo de estos 13 años, de restablecer un clima de respeto institucional, de respeto político y de respeto en lo personal entre las dos instituciones." Colmo de todos los asombros, en medio de la rueda de prensa que ofrecieron al alimón Jaua y Padrón, se produjo una llamada telefónica de Chávez al presidente de la Conferencia Episcopal para expresarle su deseo de reunirse con él.
¿Sería verdad tanta belleza? ¿O sólo se trata de una nueva jugarreta electoral? Lo cierto es que Rangel y el Consejo de Estado han desaparecido del escenario. Por otra parte, aunque Chávez dice estar dispuesto a trabajar con la jerarquía eclesiástica para crear un clima de normalidad política, su tranquilizadora convocatoria a ese diálogo se parece mucho a un acto más de su habitual teatralidad cada vez que se aproxima un evento electoral. Ya saben, dar la impresión de ser amable y comprensivo con el enemigo, en esta ocasión con la Iglesia, para reducir la creciente erosión de su imagen en segmentos donde, a pesar de la propaganda oficial, la Iglesia conserva una influencia importante.
Los venezolanos debemos aplaudir con entusiasmo todos los gestos serios que contribuyan a limar las asperezas entre unos y otros, único camino capaz de sacar realmente al país de la crisis.
Pero ojo. No perdamos de vista que esta maniobra se parece demasiado a la de Raúl Castro con las autoridades eclesiásticas de Cuba, cuyas consecuencias objetivas son por ahora una mejoría en las relaciones del régimen de La Habana con Roma y la generación de una amarga división entre los cubanos que desean devolverle a su país la normalidad democrática. Sobre todo, porque cada día que pasa, las cuentas les salen peor a Chávez y él, astuto aficionado al juego electoral, sabe que un voto bien vale una misa.
Post-Data:
Autor: Armando Durán
EL NACIONAL, Caracas, 17 de Julio de 2012
Fe de errata Ofrecemos disculpas a nuestros lectores porque este artículo fue publicado ayer lunes 16 de julio con la firma de Enrique Krauze
lunes, 23 de enero de 2012
POLÍTICA MILITAR

EL NACIONAL - Lunes 23 de Enero de 2012 Opinión/7
Democracia y autocracia militar
ARMANDO DURÁN
Ahora que celebramos el 54º aniversario del derrocamiento de la dictadura militar por un vasto movimiento civil y democrático, me parece oportuno recordar que el verdadero partido político de Hugo Chávez no es el PSUV. Siempre ha sido el constituido por sus compañeros de armas. Incluso en un momento tan comprometido como la intentona golpista del 4 de febrero, arrojó de su lado a los factores civiles que hasta ese día habían participado en la conspiración. No sirven para esto, fue su argumento. Desde entonces, la clara distinción entre civiles y militares ha marcado el carácter del régimen.
Cierto que el fracaso militar de su golpe de mano contra la democracia el 4 de febrero forzó a Chávez a cambiar momentáneamente de estrategia. De ahí su aparente abandono de las armas al salir de prisión y su decisión de emprender la incierta aventura electoral para llegar a Miraflores.
Y de ahí también su pasajero acomodo formal, al triunfar en diciembre de 1998, a las leyes de la democracia. Entretanto, se entregó de lleno a fortalecer sus bases sociales, a estrechar sus lazos con el mundo militar que iba creando y a despejar de obstáculos reales su camino hacia el poder total.
Dos hechos hicieron posible que Chávez acelerara en 2002 su tránsito hacia el establecimiento definitivo de un gobierno abiertamente militar, la rebelión popular del 11 de abril y el paro petrolero que estalló en diciembre de ese año. Paradójicamente, gracias a estos dos sucesos, Chávez pudo profundizar la purga que venía llevando a cabo en la Fuerza Armada desde el primer día de su gobierno para conformar una estructura de mandos militares ciegamente leales a su jefatura y por otro lado asumir un control personal absoluto de la industria petrolera, cuyas inmensas riquezas le han servido de punta de lanza para fomentar su expansión política en el resto del continente, un objetivo que por supuesto satisface su vanidad personal, pero que sobre todo le garantiza a su gobierno respaldo continental en caso de peligro, y que manejada sin control alguno le facilita el financiamiento de sus costosos planes políticos dentro y fuera de Venezuela.
Otra observación a tener en cuenta. A medida que Chávez avanzaba por ese laberíntico camino, su continua oferta de regalitos político-electorales envenenados le permitió generar, después de las traumáticas elecciones parlamentarias de 2005 y de su victoria en las presidenciales del año siguiente, una ficción casi perfecta de normalidad política. A partir de ese instante Chávez intuyó que estaba a un paso de su meta y se sintió con fuerza, primero, para desconocer en la práctica su derrota en el referéndum constitucional de 2007.
Después, para promulgar, al calor de la Habilitante, las leyes que necesitaba para consolidar la hegemonía absoluta del nuevo Estado, apuntalado en el socialismo como pretexto y en un poderío militar y comunicacional cada día más avasallante.
El remate de este proceso, sin duda acelerado en el tiempo por el imprevisto cáncer presidencial y la aparición de varios aspirantes civiles a ser su sucesor, se produjo el 8 de noviembre de 2010, cuando el general Henry Rangel Silva, jefe del Comando Estratégico Operacional, declaró tranquilamente que ni él ni las tropas a su mando aceptarían una derrota electoral de Chávez en las elecciones de octubre. La reacción presidencial no se hizo esperar.
Primero, ascendió de inmediato a Rangel Silva al grado de general en jefe. Segundo, lo nombró ministro de la Defensa.
Al fin había llegado el momento de quitarle al régimen los transparentes velos democráticos que hasta ahora venían disimulando la crudeza de sus planteamientos, y así, el pasado 17 de enero, en el acto de juramentación de Rangel Silva, Chávez retomó el discurso antidemocrático y anticonstitucional del nuevo ministro, y en el tono agresivo de sus discursos más radicales, le advirtió a la oposición que "no vamos a permitir que la burguesía vuelva a apoderarse de la patria". Por las malas ni por las buenas.
Dentro de este contexto no tiene nada de extraño el nombramiento de Rangel Silva, ni que el Ejecutivo pase por alto el 23 de Enero, menos aún que vaya a celebrar por todo lo alto el 4 de febrero, elogio inadmisible al sometimiento de los poderes civiles del pueblo y la democracia al dominio autocrático de un régimen militar que aspira, ya sin tapujos, a conservar su hegemonía absoluta, cueste lo que cueste, hasta el fin de los siglos por venir.
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