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martes, 2 de octubre de 2018

EL ZÓCALO

THE NEW YORK TIMES, 39 de septiembre de 2018
Tlatelolco: El terremoto histórico de 1968
Enrique Krauze

CIUDAD DE MÉXICO — “El gobierno caerá en un descrédito que nada ni nadie lavará jamás”, escribió el gran historiador liberal Daniel Cosío Villegas tras la matanza del 2 de octubre de 1968, que acabó de tajo con el movimiento estudiantil. Como estudiante de ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), participé en el movimiento, acudí a sus manifestaciones y mítines y, a cincuenta años de los hechos, puedo atestiguar el cumplimiento de esa profecía. El 68 fue un terremoto histórico que cambió para bien la vida política de México. Sus efectos llegan hasta nuestros días.
Las metas inmediatas del movimiento eran muy modestas: entre otras, la remoción de jefes de la policía y la derogación de una ley que penaba con cárcel la disidencia política. Los estudiantes no queríamos derrocar al gobierno ni desatar una nueva Revolución cubana. Tampoco teníamos en mente la democracia. Nunca pensamos en fundar un partido, exigir instituciones electorales autónomas o promover el respeto al voto. Lo que en el fondo queríamos era libertad: libertad de manifestación, de expresión y de crítica. A un alto costo las conquistamos, y al paso del tiempo contribuimos indirectamente a la democratización de México. El reciente triunfo de Andrés Manuel López Obrador confirma ese legado: por primera vez en la historia de este país, la izquierda ha llegado al poder en un marco de libertad y por la vía democrática.
La sorpresa de las mujeres de La Paz
En los años sesenta, la juventud mexicana se sentía —como había previsto Octavio Paz en El laberinto de la soledad— “contemporánea de todos los hombres”. Adoptamos los cambios culturales de la época, desde la música, la vestimenta y el pelo largo hasta la libertad sexual y la experimentación con drogas. Nos emocionaba la insurgencia estudiantil en París y Berlín. También nosotros queríamos “prohibir lo prohibido” y lanzar proclamas sobre la revolución y el amor. También nosotros leíamos a Frantz Fanon, Herbert Marcuse y otros teóricos de la liberación.
Las fuentes principales de nuestra rebeldía eran internas. Éramos hijos de la exitosa modernización económica de las últimas tres décadas, pero nos repugnaba el opresivo sistema político del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con su retórica caduca, vacía y autocomplaciente. Tuvimos la osadía de pedir un diálogo público con el gobierno. En las calles exclamábamos “¡México, libertad!”. Festivos, irreverentes, exaltados, incendiarios, llegamos a ser alrededor de 400.000.
Por desgracia, nuestro ánimo libertario estaba destinado a chocar con Gustavo Díaz Ordaz, el más autoritario e intolerante de los presidentes de México. Ante la inminencia de las Olimpiadas, que se inaugurarían el 12 de octubre, estaba convencido de que México se había vuelto el escenario de un complot del bloque soviético. “La patria está en peligro”, “Hay que salvar a México”, repetía.
Todo ocurrió en tres meses vertiginosos. El 22 de julio, una pelea callejera entre muchachos de dos escuelas de educación media superior desató la intervención violenta de la policía. El 30, el Ejército atacó la antigua Escuela Nacional Preparatoria, donde centenares de estudiantes se habían replegado. Hubo aproximadamente cien detenidos y algunos heridos. El 1 agosto, Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, encabezó la primera de varias marchas de protesta que se sucedieron hasta mediados de septiembre. Sabíamos que los tanques rusos habían aplastado la Primavera de Praga, pero las amenazas del presidente no nos arredraban. Seguramente, no ocurriría aquí.
Pero ocurrió. El 2 de octubre sobrevino el desenlace. Aunque el Ejército tenía órdenes de disolver el mitin de esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, el asalto terminó en un fuego cruzado entre los soldados y ciertos francotiradores misteriosos pertenecientes al “Batallón Olimpia”, un grupo paramilitar creado por el gobierno, apostados en los edificios contiguos. Quienes pagaron con su vida fueron los estudiantes desarmados. El infierno duró horas. Nadie supo jamás el número de muertos. Se habló de cientos. Quizá no llegaron a cien, pero las escenas de horror, las aprensiones y encarcelamientos, los testimonios de tortura, quedarían impresos en la memoria colectiva hasta el día de hoy.
Mientras un soldado mexicano yace herido en el suelo, otro dispara a los manifestantes en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968 Credit Archivo
A lo largo de los años se han manejado diversas teorías. Si bien la CIA parecía creer en una conspiración fraguada por Cuba, esta era improbable: México era el único país latinoamericano que se había negado a romper con Castro. Pero esa era la teoría que desvelaba al presidente. En sus memorias inéditas, que pude consultar para mi Biografía del poder, Díaz Ordaz asentó que México estaba “en guerra”. Los estudiantes eran “los contrarios”. Tras la matanza escribió, complacido: “Por fin habían ganado sus ‘muertitos’”.
La verdadera guerra que se libraba en México era la batalla por la sucesión presidencial de 1970. Como era la costumbre desde 1929, el presidente nombraba a su sucesor. Varios secretarios luchaban a muerte por hacer méritos. Ganó finalmente Luis Echeverría, el que a los ojos de Díaz Ordaz tenía “más pantalones”, “el más entrón”. También el que alimentaba su paranoia.
Quizá la mayor contribución del 68 fue a favor de la libertad de expresión. Aunque como presidente —de 1970 a 1976—, Echeverría quiso congraciarse con los universitarios dando un giro retórico a la izquierda, la crítica del diario Excélsior, muy en el espíritu del 68, lo exasperó hasta maquinar en julio de 1976 un golpe que destituyó a su director, Julio Scherer. De nada le sirvió, porque Scherer fundó de inmediato la revista independiente Proceso. Simultáneamente, Octavio Paz fundó Vuelta, una revista cultural también independiente. En unos años aparecieron diarios combativos, como La Jornada y después Reforma. Tras la derrota del PRI en 2000, la libertad de expresión se consolidó en los medios masivos. Su enemigo actual es la alianza del crimen organizado y los gobiernos locales corruptos.
La democracia tardó más en prender. La intensa actividad guerrillera de un sector proveniente del movimiento estudiantil terminó por persuadir al gobierno en 1978 sobre la necesidad de legalizar al Partido Comunista y abrir a la izquierda revolucionaria la vía electoral. En los ochenta, bajo la plena hegemonía del PRI, hubo una creciente competencia de partidos. En los noventa se creó el Instituto Federal Electoral, órgano autónomo del gobierno para organizar las elecciones. El arribo de la democracia dio dos victorias sucesivas al PAN (2000 y 2006), devolvió el poder al PRI (en 2012) y finalmente, en julio de 2018, dio el triunfo al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).
Miembros del ejército custodian la entrada a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco el 3 de octubre, un día después de la matanza. Credit AP Photo/Jesús Díaz
A cincuenta años de aquel terremoto político del 68, la profecía de Cosío Villegas ha llegado a su desenlace natural. Aunque el PRI sobrevive, ya no es un sistema o un régimen, es un partido más, que no supo borrar las sombras de su pasado. Su derrota es la prueba mayor de que los mexicanos llevamos veinte años de vivir en un régimen democrático que garantiza las libertades y la alternancia de gobierno en todos los niveles.
Con las reglas e instituciones de esa misma democracia, y haciendo uso pleno de esas libertades, Andrés Manuel López Obrador ha logrado una votación que le da el control del Congreso y de la mayor parte de los congresos estatales. Tiene la vía abierta para modificar la Constitución y dominar al Poder Judicial. Tendrá el poder absoluto, como lo tuvieron los presidentes del PRI, incluidos Díaz Ordaz y Echeverría. Es de esperarse que lo use con la moderación, tolerancia, pluralidad y voluntad de diálogo que aquellos presidentes no tuvieron. Y ojalá respete la libertad de expresión, el mejor legado del movimiento estudiantil de 1968.

Fuente:
https://www.nytimes.com/es/2018/09/30/opinion-enrique-krauze-tlatelolco-68/

EL PAÍS, Madrid, 2 de octubre de 2018
JUEGOS OLÍMPICOS
“¡No queremos Olimpiada, queremos revolución!”
Este martes se cumplen 50 años de la masacre en Tlatelolco previa a la apertura de los históricos Juegos Olímpicos de México 68
Joaquín Estefanía

Los Juegos Olímpicos de México se inauguraron con un vuelo de pichones de la paz, el 12 de octubre de 1968. Lo hizo el presidente Gustavo Díaz Ordaz “con una sonrisa de satisfacción tan amplia como su hocico sangriento”, escribe Carlos Fuentes. El novelista se refiere con su mención a la sangre a la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, apenas una semana antes (2 de octubre), en la que centenares, quizá miles de personas (50 años después todavía no hay cifras oficiales) fueron ametralladas, detenidas o desaparecieron bajo la acción de la policía y el ejército mexicano. Para la historia ha quedado esa masacre mucho más que los propios Juegos Olímpicos.
En aquel momento, los estudiantes universitarios del Distrito Federal seguían la senda de las movilizaciones juveniles que estaban teniendo lugar ese año en otras muchas partes del planeta (Francia, Checoslovaquia, EE UU, Italia, etcétera). Habían comenzado a moverse desde el mes de julio, y entre sus manifestaciones destacaban, entre otras, la de las antorchas o la “marcha del silencio”, ambas en septiembre, en reivindicación de las libertades y de mayor democracia, en un país calificado por escritores como Mario Vargas Llosa (entonces muy cercano al castrismo) como “la dictadura perfecta”. En ese periodo, los universitarios mexicanos sentían la emulación de la revolución cubana, todavía en todo su esplendor, y de personajes como Fidel Castro o el Che Guevara (muerto un año antes, en Bolivia). Fidel, el Che y el resto de los barbudos salieron de México —donde estaban exiliados— hacia su gesta cubana, en el Granma. Entre las consignas más repetidas están las de “¡No queremos Olimpiada, queremos revolución!”, y “¡No queremos Siglo de Oro, queremos Ilustración!”.
A la manifestación que el segundo día de octubre llega a la plaza de las Tres Culturas asisten entre 8.000 y 10.000 personas. Ni siquiera fue la más numerosa de las que se estaban convocando. Los asistentes se dan cuenta inmediatamente de que entre ellos hay personas no identificadas o sospechosas que se ponen un pañuelo y un guante blanco para diferenciarse de los estudiantes. Poco después de las seis de la tarde, un helicóptero dispara tres bengalas verdes. Al segundo, sin previo aviso, entran en la plaza centenares de soldados “con el fin de detener a los dirigentes y extinguir un foco subversivo”, dirá la versión oficial. Hay francotiradores con ametralladoras. Entra en la plaza el Batallón Olimpia, un grupo de choque creado por el Gobierno para garantizar la seguridad de los Juegos Olímpicos y que fue utilizado para infiltrarse en las filas de los manifestantes, provocar y detenerlos.
Lo cuenta el escritor Carlos Monsivais: “Jamás se sabrá el número de muertos. Tal vez 250, quizá 350, las hipótesis carecen de sentido, pero las fotos de cadáveres acumulados en una sola delegación sí multiplican las conjeturas (...) Mueren niños, jóvenes, mujeres, ancianos, todo en medio de demandas de auxilio y del grito coral ‘¡Batallón Olimpia, no disparen!’. Los policías y soldados destruyen puestos y muebles de los departamentos y a los detenidos (...) se les desnuda, ata y golpea; se traslada a 2.000 personas de la Plaza de las Tres Culturas a las cárceles. La provocación no es ajena al plan de aplastamiento, está en su centro”.
Censura
Después de media hora interminable (la masacre no dura más tiempo) cesa el fuego. Los policías y soldados registran a los detenidos, los cadáveres se amontonan en la plaza. El secretario de Defensa, general Marcelino García Barragán —uno de los nombres de la infamia—, declaró: “El ejército intervino en Tlatelolco a petición de la policía para sofocar un tiroteo entre dos grupos de estudiantes (...) Hay militares y estudiantes muertos y heridos”. Y advierte: “Si aparecen más brotes de agitación actuaremos de la misma forma”.
La censura oculta lo sucedido a la población mexicana. Diez días después, en ese ambiente pastoso, se inauguran los primeros Juegos Olímpicos celebrados en un país latinoamericano y también los primeros en un país del Tercer Mundo. Se desarrollaron durante 15 días con plena normalidad, en una continua discusión sobre si la altura del país impediría batir récords. El acontecimiento más mediático —las fotos de ello darán la vuelta al mundo— se produce en el momento de entregar las medallas de oro y bronce de la carrera de 200 metros. Los ganadores, dos atletas norteamericanos de raza negra, Tommie Smith y John Carlos, levantan el puño y hacen el saludo del poder negro en protesta por la segregación racial. Ambos serían suspendidos del equipo olímpico de Estados Unidos y se les pidió que abandonasen la villa olímpica, aunque pasaron a la historia. Millones de carteles reprodujeron la escena durante mucho tiempo.
Dos pulsiones se contraponen en el Distrito Federal (el movimiento de protesta no se extendió al resto del país): la de los estudiantes, que quieren hacerse visibles en todo el mundo a través de los medios de comunicación internacionales que han acudido a cubrir los Juegos Olímpicos, en demanda de mayor libertad y justicia; y la del presidente de México, Díaz Ordaz, y su sucesor en el Departamento de Gobernación y más tarde en la presidencia de la República, Luís Echevarría, que inventaron una conjura comunista que quería acabar con el prestigio organizativo del país y, más allá, con los Juegos Olímpicos.
La revuelta estudiantil mexicana se unió así a los demás movimientos antiautoritarios del resto del mundo y, como ellos, sirvió para disputar a la clase obrera el papel de principal sujeto transformador de la sociedad, y para remover los cimientos ideológicos del mundo de la izquierda, todavía anclados en el comunismo soviético heredero del estalinismo.

Fuente:
https://elpais.com/deportes/2018/10/01/actualidad/1538415487_180518.html?rel=mas

EL PAÍS, Madrid, 2 de octubre de 2018
Solo la muerte doma a los estudiantes
A diferencia de otros movimientos estudiantiles en el mundo, el 68 mexicano terminó en la matanza del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas
Elena Poniatowska

En los cincuentas, México contaba con un partido comunista muy modesto, resistente a morir, pequeño y muy pobre, aunque era conmovedor escuchar a Alberto Lumbreras, preso en Lecumberri por la huelga ferrocarrilera de 1959 y jefe del aún más modesto Partido Obrero y Campesino decir que su sueño era ir a Moscú a darle la mano a José Stalin.
—¿Cómo va a ir para allá, don Alberto?
—Tomaré un barco, luego un tren…
—¿Y la nieve? ¿Y el frío?
—Cuca va a tejerme una buena bufanda.
¿Sabría el monolítico Stalin lo que él representaba para algunos obreros en América Latina? ¿Quién podía haberles lavado el cerebro en esa forma?
Era estremecedora la ingenuidad y el espíritu de sacrificio de los luchadores de izquierda en México. Todos hablaban de “la Moscú querida” y estaban dispuestos a morir por sus ideales. Julio Antonio Mella, el líder cubano —amante de Tina Modotti— creyó que Rusia había alcanzado el bienestar de la clase obrera. Incluso, Rafael Carrillo, dirigente del PCM pidió que enterraran a Mella en Moscú. Muchos buscaban allá su sepultura como una consagración, el término de su heroísmo.
—Rusia es el cielo de los obreros— me aseguró Cuca Barrón de Lumbreras, esposa de Alberto Lumbreras.
El único paraíso sobre la tierra resultó ser el México al que llegó Trotsky invitado y protegido por Lázaro Cárdenas y, en 1939, los refugiados de la guerra civil de España que tanto bien le hicieron a nuestro país. En los treintas seguimos siendo un paraísito hasta que institucionalizamos nuestra Revolución Mexicana y la convertimos en un partido corrupto multimillonario que permaneció en el poder más de 70 años. Durante esos años, según el líder estudiantil de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, Gilberto Guevara Niebla, el régimen autoritario y sus presidentes impidieron “toda expresión de libertad. (…) No era un país totalitario. Era un país autoritario. El sistema totalitario es aquel que controla, incluso, la vida privada de los ciudadanos”.
De pronto, gracias al Movimiento Estudiantil de 1968, estalló en la calle la fuerza de la juventud; por primera vez los jóvenes se apropiaron de plazas y calles, tomaron autobuses, invitaron a marchar con ellos a quienes los miraban desde el Paseo de la Reforma. “Tomar la calle” fue imaginar a un país limpio y generoso, a su imagen y semejanza. “Únete pueblo, únete pueblo agachón”, una señal de cambio. Los estudiantes, —muchos no tenían ni 20 años— hicieron mítines relámpago en mercados, estadios, parques públicos y el aire barrió a esta ciudad “de asfalto y asfixie” como diría José Emilio Pacheco. Los jóvenes repartieron volantes, organizaron ferias, subieron siete en un Volkswagen. En la explanada de la Universidad, el inolvidable ingeniero Heberto Castillo convirtió la explanada universitaria en feria de pueblo y casó a muchas enamorados, les entregó su certificado matrimonial, fueron felices y tuvieron muchos hijos. ¡Cuánto júbilo, cuánta libertad, qué súbito el cambio que estremecía a todos, qué diferencia con el hermetismo de una ciudad que todavía hoy apenas se manifiesta!
Antes las huelgas habían sido cruelmente oprimidas, la de los Ferrocarrileros en 1959, la de los telegrafistas, la de los médicos, la de mineros hasta la gran huelga ferrocarrilera en marzo de 1959 en la que el ejército encarceló a 6.000 trabajadores del riel. Demetrio Vallejo, su líder oaxaqueño y Valentín Campa permanecieron más de 11 años en el penal de Santa Marta Acatitla. En 1962, el líder campesino Rubén Jaramillo fue asesinado frente a su choza con sus hijos y su mujer Epigmenia embarazada. En 1963, el ejército intervino en la Universidad de Michoacán y en 1965 en Chihuahua. En 1966, durante el mando de Gustavo Díaz Ordaz, el ejército cortó de tajo la huelga minera de Cerro del Cobre, luego atemorizó a la Universidad de Sonora. “El ejército hace funciones de policía hace décadas” —aclara Gilberto— como habría de preguntarlo en 1959, Demetrio Vallejo. “¿Qué hace el ejército en la calle?” y todavía es posible preguntarlo el día de hoy.
“Fue tan desmesurado hacer intervenir al ejército para apagar un conflicto callejero que los estudiantes se quedaron despavoridos. El ejército entró a la Universidad el 18 de septiembre de 1968 y atropelló su autonomía, la ciudad se conmocionó porque un conflicto menor, se convirtió en uno enorme. Los citadinos se dieron cuenta que algo muy serio estaba en juego; el gobierno habló de una conjura comunista, el sabotaje a las próximas Olimpiadas que evidenciaría a México ante los ojos del mundo entero el 12 de octubre. ¿Quién dirigía este complot? Evidentemente la Unión Soviética y el Partido Comunista Mexicano que se ha de haber asustado muchísimo. Por fortuna, la UNAM contó con un rector, el ingeniero Javier Barros Sierra que tuvo el valor civil, político, moral de alzarse contra la intervención militar”. Encabezó una manifestación de 80.000 maestros y estudiantes, un apoyo extraordinario. Hubo paros en el Politécnico; huelgas en la facultad de Ciencias y en otras. La UNAM era un hervidero de marxistas, trotskistas, socialistas, derechistas, caldo de cultivo de agitadores, activistas que nutrieron al Movimiento estudiantil que emocionó a Carlos Monsiváis que habría de escribir: “En México, donde no hay poder obrero (sindicalismo blanco) ni poder campesino (fracaso de la reforma agraria) ni poder periodístico (prensa mediatizada y ramplona) ni poder indio (cuatro millones de indígenas en manos de Dios y de la filantropía) donde no hay siquiera poder legislativo (unipartidismo y dedocracia) el poder estudiantil (…) es todavía una meta distante y lejana y necesaria como la existencia misma de esa nuestra vida política y esa nuestra dignidad social”.
Monsiváis asistió a reuniones del Consejo Nacional de Huelga en Filosofía y Letras y escuchó sin quejarse hablar del “proletariado destinado a tomar el poder”, “las estructuras del estado democrático, causa de la opresión de los mexicanos”, rollos y más rollos en vez de medidas prácticas. La creación del CNH (Consejo Nacional de Huelga) se debió al líder Raúl Álvarez Garín y la escuela de Físico Matemáticas del Politécnico quienes convocaron a 70 escuelas incluyendo a las preparatorias. Con una enorme habilidad y con la ayuda del astrofísico Manuel Peimbert Sierra, Raúl introdujo el orden y la cohesión. Finalmente, “la Tita”, Roberta Avendaño y Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca se convirtieron en líderes naturales por simpáticos; hacían reír lo cual es una buena forma de hacer política.
A diferencia de otros movimientos estudiantiles en el mundo, el 68 mexicano terminó en la matanza del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas en la unidad habitacional de Santiago Tlatelolco y el 3 de octubre, Abel Quezada rellenó de negro el espacio de su caricatura en el diario Excélsior e hizo la pregunta: “¿Por qué?” Han pasado 50 años, los padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa preguntan ante todas las ventanillas gubernamentales: “¿Dónde están?” y el Estado de Veracruz, agujereado por más de 250 fosas llenas de restos humanos, sigue siendo un moridero. Si aún no sabemos el número de muertos en 1968, el número de desaparecidos en México es hoy, en 2018, de más de 36.265 según la Secretaría de Gobernación. ¿Qué nombre podemos darle a esta nueva noche de Tlatelolco?

Fuente:
https://elpais.com/deportes/2018/10/02/actualidad/1538504768_865568.html

LA JORNADA, México, 2 de octubre de 2018
A 50 años del movimiento estudiantil y de Tlatelolco
Iván Restrepo

Hoy no me ocuparé, como es habitual, de problemas ambientales porque mañana se cumplen 50 años de la matanza de Tlatelolco y quiero recordar algunos hechos del movimiento estudiantil. Lo hago motivado por las pláticas que organizó la Fundación Elena Poniatowska en las que participaron varios líderes del movimiento (Félix Hernández Gamundi, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla y María Fernanda Campa, La Chata),además de Juan Ramón de la Fuente, Fabrizio Mejía Madrid y Martha Lamas. El 10 de octubre termina el ciclo con un homenaje a Carlos Monsiváis a cargo de Javier Aranda Luna, Genaro Villamil y Jesús Ramírez Cuevas.
En 1968 trabajaba en el Centro de Investigaciones Agrarias y en las noches impartía en la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional la materia de planificación en el último año de la carrera. Entre mis alumnos recuerdo especialmente a dos: Sócrates Campos, representante de esa escuela en el Comité Nacional de Huelga y al que se tiene como un traidor, agente infiltrado y provocador al servicio del gobierno. Otro, Florencio López Osuna, brutalmente torturado en el Campo Militar Número uno, y que nunca pudo reponerse de lo que padeció. En esa escuela se tituló después un joven que cuando en 1968 estudiaba en la Vocacional 5 lo detuvieron en la calle los granaderos. Y sin más, lo tundieron a macanazos. Ernesto Zedillo nunca olvidó esa agresión.
La participación de los estudiantes del Politécnico en el movimiento del 68 no ha sido suficientemente valorada. Fueron los más aguerridos y enfrentaron temerariamente los ataques de granaderos y soldados. Como cuando estos últimos tomaron violentamente el Casco de Santo Tomás y la Vocacional 7. Varios politécnicos murieron allí igual que en Tlatelolco.
En cambio, sus autoridades nunca expresaron solidaridad con los estudiantes ni protestaron por el asalto de la tropa a varias instalaciones del instituto. A diferencia de la actitud digna del rector de la UNAM, Javier Barrios Sierra, el director del Politécnico, Guillermo Massieu, ignoró las demandas de solidaridad que le exigieron estudiantes y profesores.
Imposible olvidar el papel lacayuno de Salvador Novo, Elena Garro y Martín Luis Guzmán, al condenar el movimiento y justificar la violencia de las fuerzas gubernamentales. O que, mientras el Ejército destruía de un bazucazo la centenaria puerta de San Ildefonso, el secretario de Educación Pública, Agustín Yáñez, celebraba en Bellas Artes la Olimpiada Cultural. Después le darían el premio nacional de literatura. En cambio, destacan quienes condenaron lo que ocurría, pese al control del gobierno sobre los medios: Abel Quezada y su cartón negro en el diario Excélsior con el título "¿Por qué?" El artículo de Francisco Martínez de la Vega por el asesinato en Tlatelolco de una bella edecán de la olimpiada; la renuncia de Octavio Paz como embajador en India y su poema sobre la matanza. El programa dominical El cine y la crítica, de Carlos Monsiváis, en Radio Universidad; los textos publicados por Fernando Benítez en "La Cultura en México", de la revista Siempre! Por espacio no cito otros no menos importantes.
Las nuevas generaciones, las que no vivieron el horror de Tlatelolco, nece­sitan saber el apoyo incondicional de los poderes Judicial y Legislativo de ese ­entonces a los actos represivos del go­bierno de Díaz Ordaz. Los jueces, armando procesos a las volandas para justificar la prisión de los líderes estudiantiles y la de Heberto Castillo, José Revueltas y Elí de Gortari, entre otros. Y el "honorable" Congreso de la Unión, pidiendo la renuncia del rector Barros Sierra y atribuyendo el movimiento a fuerzas externas, enemigas de México.
Como bien se dijo en las pláticas realizadas en la Fundación Poniatowska, el movimiento estudiantil fue una enorme pala que, junto a otras (la huelga de los maestros y ferrocarrileros, la de los médicos en 1965, el halconazo del 10 de junio de 1971), ayudó a cavar la tumba de un sistema de gobierno intolerante, corrupto, autoritario. Allí yace desde el primero de julio pasado. Ojalá nunca más se necesite cavar otras para enterrar gobiernos de esa calaña.

Fuente:
https://www.jornada.com.mx/2018/10/01/opinion/024a1pol

Y en Venezuela, hoy ...
Cfr.
EL UNIVERSAL, México, 2 de octubre de 2018: Lo que dijo años atrás Luis Echeverría sobre la responsabilidad de Gustavo Díaz Ordaz en Tlatelco.(Agradecemos tu interés en nuestros contenidos, sin embargo; este material cuenta con derechos de propiedad intelectual, queda expresamente prohibido la publicación, retransmisión, distribución, venta, edición y cualquier otro uso de los contenidos (incluyendo, pero no limi- tado a, contenido, texto, fotografías, audios, videos y logotipos) sin previa autorización por escrito de EL UNIVERSAL, Compañía Periodística Nacional S. A. de C. V. Si deseas hacer uso de ellos te invitamos a visitar nuestra tienda en línea: http://tienda.agenciaeluniversal.mx , o bien, puedes comunicarte con nosotros para cualquier duda, comentario o sugerencia al teléfono: 57091313 Ext. 2406 y 2425 de lunes a viernes en horarios de oficina. Si deseas suscribete en nuestra versión impresa o digital, puedes comunicarte al teléfono 5709 1313 Ext. 1564 de lunes a viernes en horarios de oficina.
http://www.eluniversal.com.mx/nacion/politica/todo-lo-manejo-diaz-ordaz-dijo-echeverria-el-universal-en-1998.
Anarquistas irrumpen en la marcha de 2 de octubre: https://www.la-prensa.com.mx/mexico/353359-todo-listo-para-la-marcha-por-el-2-de-octubre
LB: Desde la AN, hoy https://twitter.com/fraccionAN16J/status/1047132675004354560

jueves, 1 de diciembre de 2016

EL MAGO DE LA POSTVERDAD

EL PAÍS, Madrid, 23 de noviembre de 2016
 TRIBUNA
No aprendemos en cabeza ajena
Enrique Krauze

¿Cómo se curan los pueblos del hechizo de un demagogo? ¿Cómo salen de la hipnosis? La única vía, por desgracia, es la experiencia. “Nadie aprende en cabeza ajena”, dice el sabio refrán, que penosamente confirma la historia de los hombres y los pueblos.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca debido a Donald Trump. Las causas generales (económicas, sociales, demográficas, étnicas, etc.) que se han aducido no son, a mi juicio, las decisivas. Lo decisivo ha sido la hipnosis que ejerció en un sector muy amplio del electorado estadounidense.
Trump declaró, famosamente, que si asesinara a una persona en la Quinta Avenida, nadie se lo reclamaría. Es verdad. Los medios exhibieron sus probables delitos, su cínica evasión de impuestos, sus múltiples bancarrotas, sus copiosas e inagotables mentiras, sus desdén absoluto por los datos objetivos y los hechos comprobados, su desprecio por la dignidad de las mujeres, su burla de los minusválidos, su odio racial a los mexicanos y su intolerancia radical a los musulmanes, su crudo nativismo, sus amenazas contra la libertad de expresión, su mofa de las instituciones, su inconmensurable y peligrosísima ignorancia del mundo. Fue inútil. Todo se le resbaló. Todo se le perdonó.
“Algo extraordinario está ocurriendo”, decía Trump una y otra vez. A eso precisamente se refería, a su total impunidad, al delirio por su persona, por su personaje. Su reality show se había escapado mágicamente de la pantalla hasta ocupar todo el territorio del país a lo largo de más de un año. Ahora podía llevar su exitoso programa The Apprentice a la Casa Blanca y despedir a quien se le viniera en gana: you're fired. Sesenta millones de estadounidenses querían tomarse un selfie colectivo con Trump en actos de histeria reminiscentes a los de todos, absolutamente todos, los dictadores de la historia que llegaron al poder por la vía de su carisma, expresado sobre todo a través de la palabra.
Desde ese endiosamiento podrá decir o hacer, por un tiempo, lo que le venga en gana. Gobernará por Twitter. Su destino manifiesto es recobrar el pasado de grandeza (supuestamente) perdido: Make America Great Again. Y no cejará en perseguir ese empeño de acuerdo a las pautas que ha trazado. Quienes crean que hay un Donald Trump anterior al fatídico martes 8 de noviembre y otro después se equivocan. Trump hará lo que ha dicho que hará y solo la realidad, una vez que sus acciones tengan las consecuencias previsibles, minará lentamente su prestigio. Pero ni aun en esa circunstancia se dará por vencido. No está en su carácter, en su psicopatología, en su biografía. Si ocurre culpará a las fuerzas del mal anteriores a él o contemporáneas, responsabilizará a la prensa y los medios liberales, hablará de un complot, fustigará a propios y extraños: hará de su presidencia una campaña permanente, un interminable orgasmo con la multitud que lo adora.
La inmensa mayoría del pueblo alemán rehusó ver de frente el horror que representaba Hitler
La inmensa mayoría del pueblo alemán —ejemplo paradigmático— rehusó ver de frente el horror que representaba Hitler y el abismo al que lo precipitaría. Pudiendo detenerlo a tiempo dejó que creciera y culminara su obra de destrucción. Solo después, al contemplar las ciudades arrasadas, al hacer el recuento de los daños, de los muertos, el humo comenzó lentamente a disiparse de la mirada.
Solo con el paso del tiempo el alud irrebatible de los hechos convenció al ciudadano alemán del horror sin precedente que habían alentado. Y décadas más tarde, asumiendo con valentía la culpa histórica de sus antepasados, las generaciones posteriores se han vacunado contra el terrible mal. Hoy Alemania se ha convertido, paradójicamente, en la vanguardia de la libertad occidental.
En América Latina tampoco aprendemos en cabeza ajena. ¿Cuántos años le ha tomado a Argentina comenzar a calibrar, lenta y penosamente, el engaño histórico del peronismo? No sé si cuando mueran Fidel y Raúl Castro el pueblo cubano reaccionará con el rechazo y la desilusión que merece su fallida y opresiva utopía. Dependerá de la supervivencia de la Nomenclatura militar y política cubana, que muy bien podría prolongar el mito de la Revolución hasta la eternidad.
Pero no tengo duda de que el drama espantoso de Venezuela ha convencido ya a la mayoría de la población del origen de su tragedia. ¿Cómo es posible que siendo el país más rico del mundo en reservas petroleras Venezuela haya descendido a niveles casi haitianos de miseria? No hay más explicación que el carácter dictatorial del régimen, resultado natural de entregar todo el poder a un demagogo.
El populismo es la demagogia en el poder; y la demagogia es la tumba de la democracia
En México no hemos vivido el populismo. El sistema político mexicano que predominó en el siglo XX era inherentemente corrupto (sus herederos lo siguen siendo) pero no era populista porque el poder presidencial estaba acotado a seis años y recaía en la institución presidencial, no en el carisma del presidente. Eso podría cambiar en 2018: los pueblos no aprenden en cabeza ajena.
Después de sufrir una terrible guerra civil y una larguísima dictadura, España logró una ejemplar transición política hacia la democracia. Ese pacto de civilidad y tolerancia fue la inspiración de las transiciones latinoamericanas a la democracia. ¿Cómo es posible que algunos españoles crean ahora en Podemos, el partido populista que trabajó abiertamente para ese sepulturero de la democracia venezolana que fue Chávez? Por la misma razón: ningún pueblo aprende en cabeza ajena.
¿Despertará el ciudadano estadounidense de la hipnosis de Trump? Los pesos y contrapesos, las libertades individuales y, sobre todo, los medios tradicionales de comunicación, en particular los periódicos, harán su parte. Durante la campaña tuvieron un desempeño heroico y ahora (por si no enfrentaran suficientes problemas de supervivencia) les va la vida en hacerlo. Pero si esos medios fueron insuficientes durante la campaña podrían serlo durante los cuatro u ocho años de la presidencia de Trump. El voto latino y afroamericano así como la movilización ciudadana podrían incidir también en los resultados electorales futuros. La presión mundial (en el caso de que cumpla casi cualquiera de sus amenazas) obrará en su contra.
Pero a fin de cuentas solo la constatación del desastre convencerá a los votantes y los librará de la hipnosis. Y llevará tiempo, quizá mucho tiempo. El populismo es la demagogia en el poder. La demagogia es la tumba de la democracia. Nos espera —parafraseando a Eugene O'Neill— un largo viaje hacia la noche.
(*) Enrique Krauze es escritor y director de la revista Letras libres.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/18/opinion/1479482186_597639.html

miércoles, 27 de julio de 2016

LA MISMA PERVERSIÓN

EL PAÍs, Madrid, 22 de julio de 2016
TRIBUNA
La urgencia de parar a Trump
Ningún otro país como México ha sido lastimado por el candidato republicano. El presidente Peña Nieto no debe adoptar la política del avestruz sino responder con valentía y dignidad a las agresiones y mentiras del magnate populista
Enrique Krauze

Si Trump llega a ser presidente, por increíble que nos parezca, los mexicanos estaremos al borde de una nueva guerra con EE UU. No hay hipérbole en esto. La primera guerra fue devastadora; la segunda puede volver a serlo. Pero no estamos en un estado de indefensión. Podemos y debemos contribuir a evitarla.
En abril de 1846, EE UU declaró unilateralmente la guerra contra México. El pretexto fue una supuesta violación del territorio por parte de tropas mexicanas en la frontera del río Nueces. En el Congreso, el senador Abraham Lincoln exigió al presidente James K. Polk (esclavista, racista, supremacista, populista) que precisara el lugar exacto (the particular spot) en el que había ocurrido el incidente. Su intervención le valió que los frenéticos partidarios de la guerra, henchidos por la doctrina del Destino Manifiesto que justificaba su expansión hasta la Patagonia, le aplicaran el despectivo mote de Spotty Lincoln. Al cabo de 10 meses de batallas encarnizadas (con bombardeos a la población civil, matanzas de mujeres, ancianos y niños), la bandera de las barras y las estrellas ondeó en el palacio Nacional en la ciudad de México. EE UU (cuya población entonces era de 20 millones) perdió 13.768 hombres, proporción mucho mayor que la que sucumbió en Vietnam. Del lado mexicano murieron quizá 50.000, cifra enorme en un país de ocho millones. Y México perdió más de la mitad del territorio (los actuales Estados de Arizona, Nuevo México y California). Según Ulysses S. Grant, que participó en los hechos y años más tarde sería el general triunfador de la Guerra Civil, aquella fue “la guerra más perversa jamás librada”.
Más que un recuerdo vivo, la guerra del 47 ha dormido silenciosamente en la memoria mítica de México. Está en los libros de texto, en algunos monumentos públicos y en el himno nacional que se canta todos los lunes en las escuelas. De pronto, a 170 años de distancia, el pasado vuelve como pesadilla. De ocurrir, es obvio que la nueva guerra no será militar: será una guerra comercial, económica, social, étnica, ecológica, estratégica, diplomática y jurídica.
Comercial, por la amenaza creíble de que EE UU abandone el Tratado de Libre Comercio e imponga aranceles a nuestras exportaciones. Económica, por el secuestro anunciado de las remesas que son la principal fuente de divisas para México. Social, por las deportaciones masivas de mexicanos indocumentados que recordarían episodios vergonzosos de confinamiento y persecución contra los japoneses residentes durante la II Guerra Mundial. Étnica, por el previsible encono que desataría esa política de deportación no solo en Estados Unidos (donde las tensiones raciales son cada día más graves) sino en México, donde viven pacíficamente más de un millón de norteamericanos. Ecológica, por la posible renuencia mexicana a cumplir con convenios en materia de agua en la frontera texana como respuesta a las agresiones estadounidenses. Estratégica, por la nueva disrupción de la vida en la frontera (ya de por sí frágil y violenta) y la cancelación potencial de los convenios de cooperación en materia de narcotráfico. Diplomática, por las inevitables consecuencias que la aplicación de la doctrina nativista y discriminatoria de Trump tendría en todos los niveles y órdenes de gobierno en los dos países, estatales y federales, ejecutivos y legislativos. Jurídica, por el alud de demandas que someterían a las cortes individuos, grupos y empresas mexicanas, públicas y privadas, para defender sus intereses.
De ganar Trump, ningún país (ni China o los países de la OTAN) corre más peligro que México. Y ninguno ha sido lastimado más por él verbalmente. Ha repetido que “mandamos a la peor gente”, a “criminales y violadores”. En su discurso de aceptación evocó la muerte de una persona a manos de un indocumentado para inferir, a partir de ese episodio aislado, el peligro que los mexicanos representan para los norteamericanos (el asesino, por cierto, era hondureño). Los medios serios de EE UU han refutado con estadísticas y hechos objetivos esta supuesta agresividad de nuestros paisanos. Ha habido muchos Lincoln que nos defiendan. Ahora nos toca a nosotros mismos defendernos.
EE UU librará una guerra comercial, financiera, social, étnica, ecológica, estratégica y diplomática
El Gobierno de Peña Nieto ha decidido adoptar una política de avestruz frente a Donald Trump. Se diría que la disposición explícita de “dialogar” indistintamente con quien resulte ganador honra la vieja tradición de no intervenir en los asuntos internos de otras naciones. O quizá se procede con cautela para no atizar más la animosidad del ahora candidato republicano contra nuestro país y nuestros compatriotas. Pero el presidente se equivoca.
Su actitud recuerda el famoso Appeasement de Chamberlain, que en Múnich en 1938 creyó apaciguar a Hitler y conseguir “la paz para nuestro tiempo”, cediendo territorios para ampliar su “espacio vital”. Lo que consiguió fue el desprecio de Hitler, que compró meses valiosísimos para desatar la II Guerra Mundial. De ganar Trump, ocurrirá algo similar. Y Peña Nieto habrá perdido la oportunidad de incidir en la elección. El electorado que apoya a un candidato fascista no modificará su voto porque el presidente de México hable en defensa de los mexicanos, pero al menos ese electorado sabrá que los mexicanos tenemos valentía y dignidad.
¿Dónde están los partidos políticos? Obsesionados con la carrera presidencial hacia 2018
La política es un teatro: un teatro que ocurre en la realidad. Frente a Trump, México necesita un golpe teatral, en el mejor sentido del término. Peña Nieto debe elegir el libreto, el escenario, el momento. Tal vez bastaría la lectura de un decálogo de refutaciones a las agresiones y mentiras de Trump, presentado en septiembre frente al muro que ya divide nuestros países en la frontera de Baja California.
Pero no solo debe reaccionar el Gobierno. A todo esto, ¿dónde están los partidos políticos? Viven absortos, obsesionados con la carrera presidencial hacia 2018. Pero, sobre todo, ¿dónde están las voces y liderazgos de la izquierda? ¿Es posible que ignoren el efecto devastador que tendría en millones de familias pobres el eventual embargo de las remesas que son su fuente primordial y a veces única de sustento? A juzgar por la indiferencia que (con pocas excepciones) han mostrado frente el ascenso de Trump, parecería que sus órganos de opinión albergan una secreta simpatía hacia el magnate fascista, no solo por su ataque a la globalización sino por su coqueteo con Putin. Hasta los imagino brindando por la putrefacción final del imperio americano.
Más allá del Gobierno y los partidos, ¿dónde está la sociedad civil? Hace tiempo que no se manifiesta en las calles. Quizá es una utopía, pero sería maravilloso verla en una marcha pacífica que —sin insultos ni histerias, sin mueras ni consignas agresivas— partiera del Ángel de la Independencia y culminara depositando una ofrenda en el monumento a Lincoln en el cercano parque de Polanco. Septiembre es el mes ideal, el “mes de la patria”. Sería el mejor homenaje a los caídos en aquella “guerra perversa”. La muestra de que México, a diferencia de un sector de EE UU, no ha perdido la civilidad, la razón y el corazón.
(*) Enrique Krauze es escritor y director de la revista Letras Libres.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/07/26/opinion/1469532237_116364.html
Fotografía: https://www.elpaisdelosjovenes.com/centro-de-noticias/construyen-un-muro-sobre-la-estrella-de-trump-en-hollywood/

lunes, 28 de diciembre de 2015

REALIZACIÓN INSTITUCIONAL



Relaciones primarias y representación política

Luis Barragán

“Los grandes ‘artistas’ de la política
contemporánea son cada vez más
personajes que ignoran olímpicamente
la relación entre los fines propuestos
y los medios disponibles”
Giovanni Sartori (*)

Días atrás, con motivo de la reedición y presentación en España de su – ya – más conocido libro, Enrique Krauze concedió una entrevista de prensa en la que celebraba el funcionamiento de las instituciones y del propio debate político para despecho de la llamada antipolítica y sus oficiantes (https://www.google.co.ve/?gfe_rd=cr&ei=Ih6AVsSOC4mw8we4kZTwAw&gws_rd=ssl#q=Enrique+Krause+abc+antipolitica) . Ésta, fenómeno todavía inconcluso, se ha deslizado en este  lado del mundo  hacia la necropolítica – fracasada el 6-D – y procura ahora reactivarse mediante un tal parlamento comunal nacional, fórmula a la que apela el ultraizquierdismo anacrónico deseoso de una inmediata respuesta de la ultraderecha a la que aspira de acuerdo a sus conveniencias, reavivándola - por lo pronto – retóricamente.

Harto conocido, dicho parlamento comunal no existe en la Constitución de 1999 y, menos, inquietó a los constituyentistas de entonces. Sin embargo, el caso está en la pretendida existencia y legitimación de una instancia que carece de toda representatividad y, evidentemente, está fundada en las relaciones primarias, datos importantes para apuntar al trasfondo cultural respecto los problemas públicos y compartidos,  más allá de la torpe estratagema oficial.

En efecto, pocos conocen a los integrantes de esa instancia gobiernera de emergencia, así como los mecanismos empleados para accederla. Enfatizando la diferencia más elemental, los diputados a la Asamblea Nacional, ahora electos y pendientes de ocupar legítimamente sus curules, resultaron de la votación directa, universal y secreta de la ciudadanía, y también de la necesaria aplicación del principio de publicidad, susceptibles de cualesquier objeción y hasta impugnación en el lapso correspondiente:

En un viejo artículo que bien complementa sus conocidos títulos, dilucidando algunos de los inconvenientes de la democracia directa,  Giovanni Sartori recordaba un elemento de la ecuación: “El representante no sólo es responsable ante alguien, sino también responsable de algo” (Claves de Razón Práctica, Madrid, nr. 91, Madrid, 1999). Y que sepamos, los anónimos miembros de parla-comunal, por cómoda denominación, incumplen con el precepto, convalidando el monumental retroceso de una selección por tercer, quinto o décimo grado y, si fuere el caso, sólo responsables ante la justicia penal ordinaria.

Además, una selección que consagra las relaciones primarias de simpatía o antipatía, lealtad personal y – agreguemos – prebendaría, porque el PSUV y sus expresiones subsidiarias, carecen de una convincente vida institucional interior y todas las invocaciones normativas suceden a la imposición de una línea política incuestionable.  Por más leyes, reglamentos y otros dispositivos que se aleguen para configurar la instancia, es parte de una carpintería posterior a la decisión política de convocarla, como no hubiese ocurrido en el supuesto de un triunfo gubernamental en los comicios parlamentarios, dándonos idea  de nuestras tercas informalidades.

Ejemplificado por el parla-comunal, el asunto guarda correspondencia con el hábito o práctica inveterada de considerar y reconocer como dirigentes políticos a quienes carecen de representatividad, avalados por las simpatías personales que suscitan y el servilismo que es parte de un engranaje que, al parecer, estamos revirtiendo.  Modestamente, creemos que esto no es hacer política (y política democrática, añadimos), sino – simplemente – simularla, aunque autores como José Puello.Socarrás, al abordarla desde la perspectiva mitológica, asume que la política sencillamente lo es, sin que sea objeto de despolitización o repolitización alguna (Ciencias Sociales, Quito, nr. 23 de 2005).

Disculpándonos por el tono testimonial, recordamos el caso de dos jóvenes que, en sus inicios en la política por estos años, no fueron siquiera delegados de su curso o elegidos como voceros de sus copartidarios, pero sí muy  hábiles en su relacionamiento personal. Proceráticos y estridentes, nunca protagonizaron una protesta ni rindieron declaración alguna ante la policía política, pero – eso sí – gustaban de un selfie con los líderes del partido y acertaban con un oportuno obsequio de cumpleaños.

Las instituciones, la institucionalidad y el relacionamiento institucional, por supuesto, debidamente concursados, reglados y perfectibles, fundamentan la política democrática en la que cabe y se realiza el compromiso personal. Sospechamos que el amargo y pausado descenso del actual régimen, cada vez menos representativo del pueblo venezolano, ilustrará mejor los vicios que hemos – de un modo u otro – cultivado, acentuando la política como un agresivo pleito de vecindario.

(*)  La política. Lógica y método en las ciencias sociales”. Fondo de Cultura Económica, México, 1992: 132.
Gráfica: Buster Keaton, en una escena de "El maquinista de La General" ("The General", 1926). 

Fuentes:

sábado, 26 de diciembre de 2015

SERÁ DOLOROSA LA RECONSTRUCCIÓN

Krauze: «El horror chavista que descubriremos no tendrá precedentes»
Entrevista al escritor mexicano Enrique Krauze: «Haber ungido a Nicolás Maduro, que es de unas limitaciones abismales, fue uno de los mayores errores cometidos por Hugo Chávez»

El escritor mexicano Enrique Krauze ha reeditado en España su libro «El poder y el delirio» (Tusquets), que en su día ya fue una alerta sobre la entraña autoritaria del chavismo. Muchas de las cosas que anticipaba las estamos viendo ahora. Con todo, Krauze avisa que aún no se ha revelado por completo el verdadero rostro del régimen creado por Hugo Chávez. Asegura que el «horror» que descubriremos con el tiempo «no tendrá precedentes». Krauze se felicita de que España esté saliendo de la amenaza populista que significaba un Podemos fuerte.
Usted anunciaba en 2008, cuando publicó la primera edición de su libro, que cada vez se vería más el verdadero rostro del chavismo. Y hoy estamos viendo narcotráfico, corrupción, denuncias de vulneración de derechos...
Como mexicano fui a ver el fenómeno de Venezuela, no por una curiosidad de científico, sino por una preocupación profunda. Allí vi el germen de un tipo de dominación política que podía extenderse y hacer un inmenso daño. Pero yo diría que el verdadero rostro aún no lo conocemos y va a tardar en revelarse. El horror que iremos descubriendo no tendrá precedentes, por el grado de corrupción, de descomposición, de destrucción de fuentes económicas, como PDVSA, y sobre todo de destrucción del tejido social y moral del pueblo venezolano. Aún así pienso que se podrá reconstruir, con mucho dolor.
¿Habría colapsado Venezuela igualmente con Hugo Chávez en el poder?
Habría sido igual, desde luego. Chávez se creía prácticamente un dios, pero no habría podido impedir el derrumbe de los precios del petróleo. De todos modos, dentro de su delirio, Chávez tenía elementos de racionalidad y cierto sentido de los límites. Pueden decirse muchas cosas de él, pero no que le faltara inteligencia política. A Maduro, en cambio, le falta inteligencia política, moral y emocional. Maduro es de unas limitaciones abismales. Haberle ungido como sucesor es uno de los mayores errores de Chávez.
¿Cabe un chavismo sin Chávez?
El chavismo se está disolviendo ya, aunque no lo está haciendo de forma súbita, sino paulatina. Yo espero que más temprano que tarde Leopoldo López salga de la cárcel y que él aglutine a la oposición de una manera inteligente. Si ya perdieron los venezolanos tantos años, sería bueno que en un periodo razonable, a través de pasos legales, puedan ir acortando el Gobierno de Maduro.
Bajan los precios del petróleo y de las materias primas, con lo que muchos gobiernos de la región no tendrán los ingresos que antes utilizaban para hacer de «repartidores».
Evidentemente el ascenso de la demagogia en el poder que hemos visto en América Latina en los primeros quince años del siglo XXI tiene que ver con ese hecho de que el precio del petróleo y de las materias primas estaban en un altísimo nivel. El pueblo argentino parece haberse dado cuenta de que tiene que cambiar de rumbo y abrir los ojos a la realidad. Solo espero que también entienda que eso requerirá ajustes, en ocasiones dolorosos, porque la realidad duele.
¿Ha sido una década perdida para muchos países de Latinoamérica?
No solo eso; ha sido una década de retroceso, porque muchas mentes y muchos corazones han sido conquistados por esa idea de que se puede vivir sin trabajar y por las otras muchas promesas del populismo y la demagogia. Es difícil convencer al votante que tiene esas convicciones. La única forma es el tremendo golpe de la realidad. En Argentina ha ocurrido y ya está ocurriendo también en Venezuela.
Su libro reaparece en España con una introducción especial en la que se alerta del riesgo del populismo, probablemente pensando en Podemos.
Cuando escribí ese prólogo tenía en mente la presencia muy potente de Podemos. Recordemos que hace un año e incluso menos las encuestas colocaban a Podemos y a su líder en una posición de mayor penetración que la que tiene ahora. Creo que de cualquier manera ese prólogo puede servir como advertencia. Porque después de todo, Podemos estaba ligado al chavismo y no ha dado una explicación convincente de por qué estaba estaba ligado como estuvo orgánicamente al chavismo y cuáles son abiertamente sus críticas al gobierno de Maduro. Yo creo que es una advertencia de que España no debe contraer en ningún caso lo que yo llamo un virus político latinoamericano, un virus que es letal y destructivo.
¿Hay espacio en España para lo que usted llama el «virus de la antipolítica»?
La antipolítica es dejar de creer en el voto, en las instituciones, en los debates, en lo que dicen los periódicos... Y eso en España no sucede. Yo visito España con frecuencia y creo que su vida política está activa. En ocasiones es crispada, pero eso forma parte de la democracia. Los españoles siguen construyendo un orden democrático. La forma de combatir la corrupción vergonzosa en la que incurrieron muchos políticos es a través de las instituciones judiciales, que por fortuna en España vemos que están funcionando. Ya quisiéramos en América Latina tener el régimen jurídico que tiene España.

Fuente:
http://www.abc.es/internacional/abci-krauze-horror-chavista-descubriremos-no-tendra-precedentes-201512231931_noticia.html

viernes, 22 de mayo de 2015

PARAPETEARSE COMO DOCTRINA

EL PAÍS, Madrid, 21 de mayo de 2015
TRIBUNA »
Arqueología del populismo
Parecería impensable que, en un vuelco paradójico de la historia, España opte ahora por un modelo arcaico que en Iberoamérica está por caducar. Es mucho
lo que la Transición logró: democracia, Estado de derecho
Enrique Krauze

El populismo ha sido un mal endémico de América Latina. El líder populista arenga al pueblo contra el “no pueblo”, anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades. Su método es tan antiguo como los demagogos griegos: “Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar… las revoluciones en las democracias... son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos”. El ciclo se cerraba cuando las élites se unían para remover al demagogo, reprimir la voluntad popular e instaurar la tiranía (Aristóteles, Política V). En América Latina, los demagogos llegan al poder, usurpan (desvirtúan, manipulan, compran) la voluntad popular e instauran la tiranía.
Esto es lo que ha pasado en Venezuela, cuyo Gobierno populista inspiró (y en algún caso financió) a dirigentes de Podemos. Se diría que la tragedia de ese país (que ocurre ante nuestros ojos) bastaría para disuadir a cualquier votante sensato de importar el modelo, pero la sensatez no es una virtud que se reparta democráticamente. Por eso, la cuestión que ha desvelado a los demócratas de este lado del Atlántico se ha vuelto pertinente para España: ¿por qué nuestra América ha sido tan proclive al populismo?
La mejor respuesta la dio un sabio historiador estadounidense llamado Richard M. Morse en su libro El espejo de Próspero (1978). En Iberoamérica —explicó— subyacen y convergen dos legitimidades premodernas: el culto popular a la personalidad carismática y un concepto corporativo y casi místico del Estado como una entidad que encarna la soberanía popular por encima de las conciencias individuales. En ese hallazgo arqueológico está el origen remoto de nuestro populismo.
El derrumbe definitivo del edificio imperial español en la tercera década del siglo XIX —aduce Morse— dejó en los antiguos dominios un vacío de legitimidad. El poder central se disgregó regionalmente fortaleciendo a los caudillos sobrevivientes de las guerras de independencia, personajes a quienes el pueblo seguía instintivamente y que parecían surgidos de los Discursos de Maquiavelo: José Antonio Páez en Venezuela, Facundo Quiroga en Argentina o Antonio López de Santa Anna en México. (Según Octavio Paz, el verdadero arquetipo era el caudillo hispano árabe del medioevo).
La tragedia de Venezuela bastaría para disuadir a cualquier votante sensato de importar el modelo
Pero la legitimidad carismática pura no podía sostenerse. El propio Maquiavelo reconoce la necesidad de que el príncipe se rija por “leyes que proporcionen seguridad para todo su pueblo”. Según Morse, nuestros países encontraron esa fuente complementaria de legitimidad en la tradición del Estado patrimonial español que acababan de desplazar. Si bien las Constituciones que adoptaron se inspiraban en las de Francia y EE UU, los regímenes que se crearon correspondían más bien a la doctrina política neotomista formulada (entre otros) por el gran teólogo jesuita Francisco Suárez (1548-1617).
La tradición neotomista —explicó Morse— ha sido el sustrato más profundo de la cultura política en Iberoamérica. Su origen está en el Pactum Translationis: Dios otorga la soberanía al pueblo, pero este, a su vez, la enajena absolutamente (no sólo la delega) al monarca. De ahí se desprende un concepto paternal de la política, y la idea del Estado como una arquitectura orgánica y corporativa, un “cuerpo místico” cuya cabeza corresponde a la de un padre que ejerce a plenitud y sin cortapisas la “potestad dominadora” sobre el pueblo que lo acata y aclama. Este diseño tuvo aspectos positivos, como la incorporación de los pueblos indígenas, pero creó costumbres y mentalidades ajenas a las libertades y derechos de los individuos.
Varios casos avalan esta interpretación patriarcal de la cultura política iberoamericana en el siglo XIX: el último Simón Bolívar (el de la Constitución de Bolivia y la presidencia vitalicia), Diego Portales en Chile (un republicano forzado a emplear métodos monárquicos) y Porfirio Díaz en México (un monarca con ropajes republicanos). Y este paradigma siguió vigente durante casi todo el siglo XX, pero adoptando formas y contenidos populistas. En 1987, Morse escribía: “Hoy día es casi tan cierto como en tiempos coloniales que en Latinoamérica se considera que el grueso de la sociedad está compuesto de partes que se relacionan a través de un centro patrimonial y no directamente entre sí. El Gobierno nacional funciona como fuente de energía, coordinación y dirigencia para los gremios, sindicatos, entidades corporativas, instituciones, estratos sociales y regiones geográficas”.
En los albores del siglo XXI resuenan voces liberales opuestas al mesianismo político
En el siglo XX, inspirado en el fascismo italiano y su control mediático de las masas, el caudillismo patriarcal se volvió populismo. Getulio Vargas en Brasil, Perón en Argentina, algunos presidentes del PRI en México se ajustan a esta definición. El caso de Hugo Chávez (y sus satélites) puede entenderse mejor con la clave de Morse: un líder carismático jura redimir al pueblo, gana las elecciones, se apropia del aparato corporativo, burocrático, productivo (y represivo) del Estado, cancela la división de poderes, ahoga las libertades e irremisiblemente instaura una dictadura.
Algunos países iberoamericanos lograron construir una tercera legitimidad, la de un régimen respetuoso de la división de poderes, las leyes y las libertades individuales: Uruguay, Chile, Costa Rica, en menor medida Colombia y Argentina (hasta 1931). Al mismo tiempo, varias figuras políticas e intelectuales del XIX buscaron cimentar un orden democrático: Sarmiento en Argentina, Andrés Bello y Balmaceda en Chile, la generación liberal de la Reforma en México. A lo largo del siglo XX, nunca faltaron pensadores y políticos que intentaron consolidar la democracia aun en los países más caudillistas o dictatoriales (el ejemplo más ilustre fue el venezolano Rómulo Betancourt). Y en los albores del siglo XXI siguen resonando voces liberales opuestas al mesianismo político y al estatismo (Mario Vargas Llosa en primer lugar).
Esta tendencia democrática (liberal o socialdemócrata) está ganando la batalla en Iberoamérica. El populismo persiste sólo por la fuerza, no por la convicción. La región avanza en la dirección moderna, la misma que aprendió hace casi cuarenta años gracias a la ejemplar Transición española. Parecería impensable que, en un vuelco paradójico de la historia, España opte ahora por un modelo arcaico que en estas tierras está por caducar. A pesar de los muchos errores y desmesuras, es mucho lo que España ha hecho bien: después de la Guerra Civil y la dictadura, y en un marco de reconciliación y tolerancia, conquistó la democracia, construyó un Estado de derecho, un régimen parlamentario, una admirable cultura cívica, una considerable modernidad económica, amplias libertades sociales e individuales. Y doblegó al terrorismo. Por todo ello, un gobierno populista en España sería más que un anacronismo arqueológico: sería un suicidio.
(*) Enrique Krauze es escritor y director de la revista Letras Libres.

Ilustración: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10200628722499146&set=o.22838258797&type=3&theater

domingo, 30 de marzo de 2014

INMANENCIA

EL PAIS, Madrid, 30 de marzo de 2014
La secreta religiosidad de Paz
Enrique Krauze

Hablaba poco de Dios. En materia de religión estaba más cerca de don Ireneo, su abuelo jacobino, que de su madre, la piadosa andaluza Josefina. Estoy cierto de que en las tres religiones monoteístas veía un legado de intolerancia incompatible con su actitud de pluralidad. Le divertía contar la anécdota de un fervoroso musulmán que en el Himalaya, a mediados de los sesenta, le dijo, casi a señas: “Moisés, kaputt; Jesús, kaputt; solo Mahoma vive”. Paz pensaba que también el más reciente profeta estaba kaputt y que la única religión coherente con el misterio de nacer y morir era el budismo. Octavio —nombre latino al fin— era un personaje del mundo clásico: buscaba la sabiduría de Sócrates, no la de Salomón; releía a Lucrecio, no la Biblia ni a san Agustín; no admiraba a Constantino sino a Juliano el Apóstata, restaurador del panteón pagano. Por su curiosidad universal en el arte, el pensamiento y la ciencia, era un hombre del Renacimiento; por su espíritu libre, libre, liberal y hasta secretamente libertino, era un filósofo del siglo XVIII. Por su arrojo creativo y su pasión política y poética, fue un revolucionario del siglo XX. Un humanista pleno.
Y, sin embargo, escribió su libro cumbre sobre una religiosa, sor Juana Inés de la Cruz, figura mayor de la literatura barroca en castellano. Un dominico, el padre Julián, lo invitaba a hablar con Luis Buñuel sobre temas teológicos. Y quiso que en Vuelta rescatáramos un debate de 1942 sobre misticismo en el que habían intervenido, además de él mismo, Vasconcelos, el sabio sacerdote Gallegos Rocafull y el filósofo José Gaos.
Paz interpretó certeramente la obra y la vida de su amigo, el gran escritor revolucionario José Revueltas, como una extraña, apasionada y atea imitación de Cristo. En ese acercamiento a la sacralidad en el destino de Revueltas, he creído ver una clave autobiográfica: la religiosidad es la clave secreta de Paz, no solo porque su poesía termina y comienza con la palabra comunión. Su vida política —como se aprecia claramente en su poema Nocturno de San Ildefonso— estuvo marcada por un tránsito de la fe (marxista) a la crítica de esa fe, vivido con un sentido religioso de culpabilidad por los crímenes que, sin saberlo, tácitamente, sentía haber avalado.
El hombre que luchaba como un león contra el inexorable avance de la muerte, el viejo rey Lear maldiciendo al avaro destino que le escatimaba unos años más, o siquiera unos meses, ¿se abrió a la esperanza de lo trascendente?
Tal vez. Lo cierto es que en aquel último discurso en Coyoacán, había volteado hacia el cielo, como invocándolo, las nubes se disiparon de pronto y apareció el sol: “Allí hay nubes y sol, nubes y sol son palabras hermanas, seamos dignos de las nubes del Valle de México, seamos dignos del sol del Valle de México”.
Años atrás, en una entrevista notable, Carlos Castillo Peraza le preguntó por el significado de las famosas líneas de su poema Hermandad:
“También soy escritura
Y en este mismo instante
Alguien me deletrea”.
Paz declaró su postura agnóstica. No sabía si ese “alguien” era un hombre como él o un ser lejano, más allá de su poema Pasado en claro, en el que aparece una tercera posibilidad, la suya propia:
“Dios sin cuerpo,
Con lenguajes de cuerpo
lo nombraban
Mis sentidos. Quise nombrarlo
Con un nombre solar,
Una palabra sin revés.
Era el Dios inmanente del amor y la poesía”.