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miércoles, 22 de abril de 2020

ECLOSIÓN

Hereditatis
Guido Sosola

Casi exactamente un año atrás, escribimos sobre Emeterio Gómez en La Patilla. El polémico liberal y estudioso del liberalismo (ahora, extraña conjunción), había perdido la memoria y, en las redes sociales, hubo un llamado de contribución para cubrir el costoso tratamiento médico del caso. Por cierto, desencajando a los marxistas de manual que jamás comprendieron la animadversión de nuestros empresarios rentistas hacia quien los había denunciado en numerosas ocasiones. 

Más alá de la toga y el birrete, hizo del debate una herramienta esencial así tratasen de impedir a todo trance que empleara la mítica sala “E” de la Universidad Central monopolizada por sus opositores académicos. Tenía por increíble ventaja la de haber leído y desmenuzado “El Capital” de Marx, pues, raras veces sus exégetas lo habían hecho, incluyendo  a los ideólogos consagrados y empedernidos ensayistas que hicieron escuela para que los encapuchados se alzaran con el poder en el presente siglo, con todas sus conocidas orfandades, incluso, éticas.

Lo recordamos muy bien, casi finalizando los ochenta del XX,  nos inquietaban los planteamientos de Emeterio que encontró una magnífica tribuna en El Diario de Caracas, pero fueron tres o cuatro artículos para El Nacional en torno al socialcristianismo y el mercado que nos llevó a emplazar a un amigo cercano, suerte de gurú ideológico, para que retase a un debate a Emeterio: no lo hizo y compartimos nuestra decepción con Oscar Rodríguez, por entonces, en las postrimería de sus estudios de pregrado, e intermediario con Gómez. Y, aunque todavía sostenemos una determinada y distinta cosmovisión de la cual no es fácil desprenderse, como si fuese un perol, haciéndonos inauténticos,  fue inevitable darle la razón a la postre, apelando a un realismo indispensable, incubado desde principios de los noventa.

Esos noventa de absoluta interpelación que, al entrar la nueva centuria, se convirtió en un acto de una no menos absoluta sinceridad al experimentar el socialismo venezolano, no menos real que todos los conocidos en el mundo. Digamos de un proceso que partió también de “Dilemas de una economía petrolera” de Emeterio, en aquella dura interpelación que se hizo insospechada eclosión.

No tuvimos amistad personal alguna con él, aunque sus libros - para la coincidencia y la discrepancia -  abonaron a una relación de respeto con el escritor al que varias veces preguntamos en el marco de uno que otro foro o conferencia. Heredamos un rico itinerario de controversias, el valor de rectificar respecto a errores a los que nos prendamos con fácil ardor, la vocación por comprender que es muy distinta al sectarismo en boga: heredamos a Emeterio.

22/04/2020:
https://www.lapatilla.com/2020/04/22/guido-sosola-heredamos-a-emeterio/

miércoles, 11 de diciembre de 2019

INEXORABLEMENTE PRESENCIAL

¿Un parlamento virtual? 
Luis Barragán

Cronistas e historiadores suelen resaltar los hechos ocurridos en el Congreso venezolano de 1848 con un saldo injustificable de muertos y heridos. Pocas veces reparamos, con las honrosas excepciones, que ese parlamento luego se arrodilló finalmente ante Monagas, por muchos años, en nombre de un realismo vergonzoso que la actual dictadura pretende también imponer cual alucinógeno político, en abierto y paradójico desafío a las realidades que siguen su curso.

La Asamblea Nacional ha protagonizado una etapa inédita en nuestra historia y, siendo un órgano legítimo del Poder Público, como ya es natural que los venezolanos lo  prediquen, debe adoptar medidas ante el ataque feroz, sostenido y confabulado del poder establecido.  Consabido, el rebanamiento’ y el cierre drástico, como definitivo, peligrando la propia integridad personal de sus miembros, obliga y obligará a adoptar medidas extraordinarias para la supervivencia de la institución misma y, una de ellas, se ha dicho,  consiste en la virtualización parcial o total de su funcionamiento.

A título personal, pues, la Fracción Parlamentaria del 16 de Julio, a la que pertenecemos, no ha asumido una postura concluyente en la materia, aunque ha hecho algunas consideraciones, sostenemos que es posible y también necesario emplear el medio digital para facilitar el trabajo, mas no sustituirlo.  Sobre todo, porque el uso de la herramienta, exclusivo o no, aún tratándose de una conexión satelital, depende del manejo, sabotaje o manipulación de las autoridades usurpadoras en el campo de las telecomunicaciones: Conatel fungiría, sobrevenidamente, como la instancia legislativa por excelencia.

Ya no recordamos si fue Paul Virilio, Javier Echeverría o Manuel Castells, clásicos en la materia, quien nos obsequió toda una obviedad con tropiezos para evidenciarse: los medios informáticos constituyen una prótesis para sus usuarios. Y el parlamento debe entenderlo y asumirlo así, pues,  la intervención a distancia del diputado tan injustamente aventado del país, en una plenaria que abra un punto del Orden del Día para la teleparticipación, o deje constancia de su opinión en la comisión a la que está adscrito, luce harto diferente a  la votación que contribuya a una decisión de la corporación, inexorablemente presencial.

Salvando las distancias, a propósito de una intervención que recientemente hicimos a cámara plena, aceptamos y estimulamos el empleo de los medios digitales en las universidades, pero no pueden jamás reemplazar la presencia de docentes y estudiantes en ellas, por adversas que sean las condiciones. Éstas, justamente, merecen el inevitable y activo combate cívico de los integrantes de la comunidad universitaria para cambiarlas.

El problema de fondo, respecto a la Asamblea Nacional, no es el de su arquitectura electrónica. Por encima de los medios, está el de su naturaleza y eficacia política.

De un lado, nos referimos a la continuidad de sus labores, a pesar de las circunstancias y, por ello, propusimos la celebración de sendas sesiones extraordinarias. Sabemos de las inmensas dificultades,  pero el país urge de un esfuerzo aún más mayor de la representación popular.

Y, del otro,  aludimos a la conducción política en medio de las tempestades. Convengamos que, en casos de extrema gravedad, imposibilitado el cuerpo para sesionar, la Comisión Delegada requiere de un complemento que la ayude a sincerar su rol decisor en el terreno político y estratégico, con la presencia de los coordinadores o jefes de todas y cada una de las fracciones legítimamente constituidas, soslayado interesadamente por el Constituyente de 1999, como no se le ocurrió al de 1961.

Por cierto, en la amable entrevista que Enrique Meléndez nos hiciera para Noticiero Digital, pocos días atrás, mencionamos la existencia de un proyecto de reforma puntual del Reglamento interior y de Debates de la Asamblea Nacional, suscrito por el abogado Sergio Urdaneta.  Luce interesante el esfuerzo de precisión en torno a la crisis política y sus características, que refuerzan la idea y el propósito de garantizar la conducción y orientación deseada de un parlamento en franco peligro, capaz de sobrevivir a las peores embestidas del régimen, por un camino distinto al que terminó sustentando a Monagas  171 años atrás.

El problema es político y estratégico, mucho más allá de herramientas tecnológicas de las que se dispongan o digan disponer. De concepción, disposición e implementación, antes que de escena y quizá oropel, porque – no nos cansamos de predicar – el parlamento, hoy, es un dispositivo para el consenso y la transición.

Otra nota distintiva, el parlamento de 2019, cuenta con la confianza y el respaldo inequívoco del pueblo venezolano y de la comunidad internacional que agiganta el compromiso de sus miembros. Nada semejante ocurrió con el de 1848, llevando a González Guinán, Díaz Sánchez o Chío Zubillaga a la ironía o al juicio crítico del liderazgo de entonces.

19/08/2019:
Ilustración: Ramón Chirinos.

domingo, 17 de noviembre de 2019

BOLIBURGUENATO Y LECTORES

De un obscuro objeto del deseo: el libro
Luis Barragán

Hay asuntos fundamentales de la Venezuela cursante que, por demasiado obvios, pierden – paradójicamente -  obviedad.  Quizá el más fundamental de todos, es el cese de la usurpación, cada vez más confundido con las  posturas dizque realistas que reclaman unas elecciones bajo el propio régimen que tiene por reconocido hábito el de falsearlas.

Se ha dicho, por ejemplo, que la tal constituyente, avalada por el tal TSJ, ha aprobado o está por aprobar el presupuesto público para el venidero ejercicio fiscal.  Por supuesto, nadie sabe de sus pormenores, salvo los proponentes y disponentes,  y - menos aún -  de un proceso de discusión entre los distintos sectores interesados, por protagónicos y participativos que se juren, faltando la Asamblea Nacional a algo más que un ritual: el de su consideración para fijar la necesaria responsabilidad de tamaño exabrupto inconstitucional e ilegal.

El fenómeno se extiende a otros ámbitos, como el del libro tradicional y electrónico que está desapareciendo entre nosotros, incluyendo la costumbre de leerlos o, acaso, verlos. Siendo tan cuantioso  y grave el resto de los problemas, se entiende como una obsesión la de reclamarlo junto al galopante aislamiento del país, la quiebra del mercado editorial, la inexistencia de librerías y la supervivencia de aquellas bibliotecas a las que concurren sus enfermizos devotos al mismo tiempo que ampliamos y profundizamos la brecha digital.

Casi religiosamente, año por año, nos colamos en las ferias oficiales del libro y, aunque no hemos alcanzado alguna novedad que justifique el esfuerzo, solemos palpar el ambiente de una actividad burocrática que festeja nuestras carencias, sincerando el retroceso. Puede decirse que a la boliburguesía y al pranato, expresiones emergentes de la amarga experiencia de  siglo, consabida la ostentación de sus extravagancias, dentro y fuera del país, en nada les molesta la actividad marginal de quienes creen legitimar éticamente a la dictadura con la infinita repetición de las consignas, reunirse en sendos conversatorios en los que cuidan de cualquier desliz crítico o malentendido,  y saborear una aproximación con las altas jerarquías del ministerio usurpador del ramo.

Muy atrás quedan los esfuerzos que los sectores público y privado hicieron por estimular la lectura y promover el libro, aún en el país rural y predominantemente analfabeto que fuimos. Muy acá, los escombros de un extraño deseo: el de manipularlo a los fines propagandísticos del régimen que pretende realizar la sociedad de los ágrafos, supervivientes y delatores.

Reproducción: Feria del Libro Venezolano. El Universal, Caracas, 28/11/1943.
18/11/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/35954-barragan-l

jueves, 14 de noviembre de 2019

LA REALIDAD SE CONSTRUYE HACIÉNDOLA

EL NACIONAL, Caracas, 14/11/2019
Realismo
José Rafael Herrera 

La llamada tradición suele hipostasiar sus ficciones y presentarlas como el fundamento último de toda posible verdad. Spinoza acostumbraba designarla –precisamente, a la tradición– como la expresión característica de todo “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”. No es que en ella no haya algo de contenido verdadero, ciertos elementos sin los cuales la verdad sería incompleta.

Los criterios abstractos de demarcación, que catalogan mecánicamente lo verdadero de un lado y lo falso del otro, son más cercanos a la severidad y a la rigidez de los dogmas –por cierto, tradicionales– que al saber propiamente dicho.

Pero una cosa es contener algo de la verdad y otra la pretensión de asumirse como la absoluta verdad. Gato por liebre. Para que la lengua hispana del presente precise el significado de la palabra realidad, está obligada a adjetivarla. De resto, y por hábito y tradición, se la confunde con la cruda e inmediata certeza empírica, con “eso” a lo que se suele llamar “los hechos”.

De ahí la inclinación de García Bacca por el lenguaje castizo. A diferencia de la lengua alemana, en la que a la realidad sensorial se le llama realiter, mientras que a la realidad de verdad, la realidad efectiva, se le comprende por Wirklichtkeit. La filosofía es, en esencia, sustantiva. De ahí el fracaso anticipado de todo pensamiento débil, esa colcha compuesta de retazos adjetivos.


Los seguidores de las representaciones que la tradición trastoca y vende como supuestos “conceptos fundamentales” o como “hechos”, que brotan como los hongos de la “tierra prometida” de la más “absoluta verdad” –y cuya formulación no pocas veces puede llegar a ser, más que patética, vergonzosa–, repiten sandeces que llegan a imaginar como si se tratara de grandes conceptos filosóficos, de la más rancia, profunda e innegable revelación divina. Se las saben todas. Son los creadores de “el tiempo de Dios es perfecto”, de “si me matan y me muero”, de “ese es el deber ser” y de “la única vía posible es electoral”, esta última como la más depurada versión –especulativa, claro está– del “agarrando aunque sea fallo”. Eso sí: todo encaminado “metodológica, estadística y científicamente”. “¡Vamos bien!” o, cosa similar, “¡Vamos Vinotinto!”. Da lo mismo. Y es que Paulo Coelho, John Magdaleno y Luis Vicente León son apenas unos ingenuos lactantes al lado de semejantes maestros de tan arcana sabiduría oracularia, muchos de ellos, mágicamente transfigurados en parte integrante del flanco apostólico de la dirigencia política opositora. Su última proclamación: “Hay que ser realistas”.

Venezuela parece padecer de una esquizofrenia colectiva, signada por el desgarramiento entre el objetivismo ciego y el subjetivismo vacío. Recientemente, la periodista Sebastiana Barráez entrevistó al coronel Luis Alfonso Dávila, ex presidente de la Asamblea Nacional, quien afirmaba que Hugo Chávez, primero, frente a un nutrido auditorio londinense y, luego, frente a los medios de comunicación colombianos, contaba cómo el presidente Carlos Andrés Pérez se había salvado del proceso penal que le abriera el Parlamento venezolano por un voto, el voto de un diputado vendido, de un traidor. El diputado en cuestión era nada menos que José Vicente Rangel, ministro de la Defensa y, poco después, vicepresidente del régimen de Chávez. Las palabras de un lado, las cosas del otro. La cultura del desquicio.

Para el “realista” confeso, ese que no tiene ni idea de qué pueda ser el realismo, dado que su “realismo” es tan “realista” que no le permite más que creer saber que sabe lo que no sabe, “la realidad es lo que es”, o sea, el esto o aquello. Y “lo que es”, el esto o aquello, terminan siendo “los datos” o “las cifras” o, en última instancia, lo que le muestran sus extraordinariamente desarrollados y agudos sentidos, por aquello de que “ser es ser percibido”, ni más ni menos. La matemática infinitesimal o la física cuántica se les antojan como parte de la complicada trama de la ciencia ficción. Y, ebrios de percepción como están, difícilmente puedan llegar a comprender que la realidad no es lo que la apariencia les ha hecho ver, oír u oler.

Los músculos que no se usan se atrofian. De modo que por el camino de los prejuicios y las presuposiciones que la tradición ha sembrado en sus atrofiadas bóvedas craneanas o por el vaivén de las cifras o de la mera percepción, resulta imposible comprender que la realidad sea, efectivamente, la unidad de la esencia y la existencia, la unidad de la unidad y de la no unidad de lo interior y lo exterior, la relación de los términos opuestos devenida idéntica consigo misma. Pero todo esfuerzo en esta dirección será inútil, porque eso de ponerse a estas alturas de la existencia –pues la circunstancia de sus tristes estar aquí no puede llamarse vida– a pensar, a verse forzados a salir de la zona de confort que plácidamente le brindan el sentido común y el entendimiento abstracto, no es asunto de interés.

Pensar cansa, fastidia y no da ganancias. Eso también forma parte del ser “realista”. El resto es ponerse a inventar, a buscarle las patas que no tiene el gato. De tal manera que el tal “realismo” no solo se revela como el más aplastado y miope de los empirismos, sino que, precisamente por eso, queda sorprendido –aparte de sus gustos por el chinchorreo físico y mental– como el más craso de los irrealismos posibles. Un irrealismo que ha sido muy bien aprovechado durante los últimos veinte años por los muy realistas –y eso sí: materialistas, además– cabecillas del cartel narcoterrorista que mantiene a la satrapía de los títeres de Maduro y Cabello en el poder.

Una generosa pista para los premurosos supuestos realistas. Una vez más, en lengua alemana, la confusión de objekt y Gegenstand hace la diferencia entre los feligreses del materialismo –todos ellos prekantianos, es decir, precríticos– y el término del pensamiento, porque, aunque no lo puedan creer, la realidad de verdad, la realidad efectiva en cuanto tal, es justo eso: el término del pensamiento, lo contra-puesto (Gegen-stand), la actividad sensitiva humana. Materia pensada. Porque justo donde termina la actividad, la producción, la creación del pensamiento, tiene sus inicios la realidad de verdad. Y es que, después de que Kant lo comprobara, la realidad es el producto, el resultado, de la actividad productiva del sujeto-objeto idéntico, de la praxis humana, de nuevo, de la sinnlich menschliche tätigkeit, y fuera de ella nada es. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas, observa Spinoza. La realidad se construye haciéndola: verum et factum convertuntur reciprocatur, dice Vico. Lo concreto no es lo la dureza inmediata de lo sensible, sino lo que con-crece, la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso. Y es por eso que en Hegel la realidad no puede no identificarse con la razón, póngasela de cabeza o de pie: da lo mismo, porque, a pesar de lo que puedan llegar a creer los seudorrealistas –empiristas, solipsistas o nominalistas sin tan siquiera saberlo–, la circularidad termina formando un círculo. Los fieles seguidores de los resabios de la tradición dirán lo que quieran y seguirán bamboleándose en la comodidad de su chinchorro hecho de lugares comunes. Pero por ese camino, lo que se representan como la realidad nunca dejará de ser más que una ficción, mientras que lo que se imaginan que es una ficción es la más genuina realidad.

Fuente:
Ilustración: Paule Lévesque.

miércoles, 8 de julio de 2015

CAZA DE CITAS




"El fracaso de Bolívar como gobernante proviene de la gran discrepancia entre sus planes y la realidad latinoamericana. Todas sus ideas se basaban en el poder de su prestigio personal: a su muerte, tenían que resultar insostenibles"
Gerhard Masur
("Simón Bolívar", Editorial Grijalbo, Caracas, 1987: 567)

Ilustración: Ricardo Acevedo Bernal, "Smón Bolívar, Francisco de Paula Santander y otros próceres de la Independencia saliedo del Congreso de Cúcuta" (1926).

miércoles, 12 de septiembre de 2012

CAZA DE CITAS

"Al reconocer el principio de que la realidad es cognoscible y de que la función del arte consiste en representarla en forma profunda y concentrada, debemos liberarnos del prejuicio que pretende que la reproducción artística de la realidad sólo se puede obtener mediante la imitación de la naturaleza, mediante la búsqueda del parecido hasta en el detalle. Para hacer lo mismo  que la naturaleza, la obra de arte debe superarla. El problema no es copiar la realidad sino descubrir sus rasgos esenciales. No se trata de reproducir cada detalle sino el detalle característico y el gran arte puede permitirse la más absoluta economía de medios, rechazar el detalle al máximo. La obra de arte no es un trozo de la realidad; en cuanto obra de arte es una nueva realidad y en cuanto a obra maestra es más que la misma realidad"

Ernst Fischer

(AA.VV. "Polémica sobre realismo", Ediciones Buenos Aires, Barcelona, 1982: 124 s.)

Ilustración: Claudo Kalan, "Luz de Sol Guajiro" (2011)