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domingo, 9 de febrero de 2020

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Casto Fulgencio López. "Juan Bautista Picornell y la conspiración de Gual y España". Bilikin, Caracas, nr. 2028 de mayo/1956.
- Eduardo Delpretti entrevista a Carlos Cruz Diez: "Venezuela no es tan fea como la pintamos afuera". El Globo, Caracas, 08/05/93.
- Fausto Masó. "El imperio de James Bond: Los espías son honorables". El Nacional, Caracas, 14/06/1966.
- S/f. "La degradación de López Contreras es solicitada por la Asamblea Legislativa del estado Zulia - Igualmente se pide la suspensión de los sueldos que percibe como Militar Retirado y ex - Presidente de la República  La Comisión Permanente de la A.N.C. estudiará el caso en los días entrantes". Últimas Noticias, Caracas, 01/02/48.
- LCV. "El hijo (Gonzalo) escribirá las memorias de (Juan Vicente) Gómez". Élite, Caracas, nr. 1945 del 04/02/61.

Reproducción: Vicente Emilio Sojo y Eduardo Lira Espejo.

domingo, 31 de julio de 2016

MEMORIA Y TOTALITARISMO

Memoria política
Luis Barragán


Convertido en una característica fundamental del régimen, el ejercicio de la memoria política no encuentra cupo en medio de nuestras angustias, por muy reciente que se diga los hechos. Por todos estos años, ha avanzado un proceso inadvertido hacia el olvido de los asuntos públicamente compartidos que autoriza o dice autorizar la sola versión oficialista de las personas, el mundo y las cosas.

Culturalmente, nos ha predispuesto a solventar únicamente las urgencias de un presente que  enferma, cuyo agotamiento agradecemos para encarar los otros apremios que el sector gobernante – incluso – idea e impone. La historia reciente y remota, convertida en una superstición que lleva a la pérdida de una identidad común, simplemente “empava” en el nuevo siglo que, por definición, se presenta como una sucesión temeraria de acontecimientos.

A propósito de los comentarios que suscitó una obra publicada uno o dos años atrás, en la que Héctor Rodríguez Bauza recuerda una vida política que quizá ahora no tenga equivalente alguno, por los hechos y las reflexiones variadas y sucesivas que  la tejieron, un amigo de semejante itinerario, ya retirado del parlamento, nos comentó que no se atrevía a redactar sus memorias, porque no fueron tan atractivos y novedosos los hechos y las reflexiones que protagonizó, además de no contar con los recursos económicos para publicar un libro.  Inmediatamente lo desmentimos, pero – igual – reparamos que el desánimo no se debe sólo a la quiebra del mercado editorial venezolano, sino al convencimiento de un esfuerzo inútil que muy pocos agradecerán.

El amigo en cuestión que, por muchos años ocupó también la primera plana de los periódicos, frecuentando las emisoras radiales y televisivas, cuya modestia – por lo menos – lo hace testigo de hechos de trascendencia colectiva, lidia con un voluminoso archivo en casa que también debe explicar, aunque – por contraste –  hay otro, en parecidas condiciones, que insiste en sus columnas semanales para abultar el propio. ¿Cuál es el destino de ese testimonio? ¿Por qué desecharlo? ¿Habrá universidades que en el futuro intenten reconstruirlo, reconstruyendo las evidencias mismas que pueden y ya se pierden? ¿No habrá posibilidades de legislar para facilitar esa reconstrucción, generando las condiciones apropiadas?

La memoria política es la víctima inicial de todo régimen totalitario, pues, sin ni siquiera acometer la empresa de destruir directamente las evidencias, deja que el tiempo obre ferozmente para deteriorlas y pulverizarlas: bibliotecas y hemerotecas públicas dan cuenta de la importante pérdida de grandes colecciones también filmográficas. Nos parece, hoy nadie tiene idea de lo que fue realmente la era prefidelista en la Cuba que sufren,   porque naufragó esa memoria para dejar espacio al dogma dictatorial y, muy escasos todavía, fueron los testimonios de una dirigencia que, para mal o para bien, debió dejar un legado.

domingo, 13 de septiembre de 2015

REAPARICIÓN

De la Ida y vuelta de la utopía
Luis Barragán


Contábamos con notables elencos políticos de la más variada estirpe ideológica, cuya experiencia acumulada  hicimos nuestra. Quizá hoy asistimos a la asombrosa pérdida de un valioso legado, incluyendo importantes fuentes documentales,  frente a aquellos prolíficos reinventores del agua tibia, contentos con el efímero gesto mediático.

Muchas veces, en nuestros recorridos por la vieja hemerografía, dimos con Héctor Rodríguez Bauza, prominente dirigente contra la dictadura perezjimenista que fue apagándose poco a poco al pasar las páginas. Gracias a Nicomedes Febres, nos enteramos de la reciente publicación de sus memorias y, muy bien distribuido, hallamos el ejemplar: “Ida y vuelta” (Editorial Punto, Caracas, 2015).

Compartimos el  “emotivo, sentimental y un tanto desordenado recorrido” (103) del culto comunista y magallanero (nadie es perfecto), quien tenía la cara de pendejo mejor administrada del país, según Manuel Alfredo Rodríguez (189).  Lector insaciable, ha cumplido con las nuevas generaciones al entregar sus memorias, adecuada y espontáneamente acotadas, sin caer en la tentación de la vanidad intelectual, con el acento de una convincente modestia y un estupendo sentido de humor.

Es el cronista de la Venezuela olvidada, con sus pueblos y ciudades, personajes, calles y esquinas, que transita rápido por el jazz estigmatizado, deja constancia de la rivalidad entre Luis Alfonzo Larraín y Billo Frómeta, alude a Vicente Emilio Sojo, Antonio Estévez, Evencio Castellanos, Antonio Lauro y el Quinteto Contrapunto.  Cabal margariteño, los capítulos iniciales versan sobre Juangriego y la riqueza humana de la isla que espiritualmente habita, complementada con aquella Caracas que extravió hasta el “sonsonete que tenía en su manera de hablar” (46), tomando nota de los lugares foráneos que palpó en sus cortos y largos, voluntarios e involuntarios viajes de un activista que maduró tempranamente.

Reporta extraordinarias y ocurrentes anécdotas, como el cobro del aporte financiero al partido de Miguel Otero Silva, el seguimiento policial a una reducida célula comunista compuesta mayoritariamente por infiltrados, las ocurrencias de Estévez en sus faenas turísticas, la “sonrisa que de vaina no le dio la vuelta completa a la cabeza” de Carlos Canache Mata al concluir un discurso universitario, la vida carcelaria,  los afanes margariteños o los propios de la militancia clandestina, y también la severa mordacidad del padre que siempre  tuvo cerca (165).  En su trazo histórico,   afortunadamente evita en lo posible  repetir lo ya conocido.

Páginas estelares, versa sobre la constitución de la Junta Patriótica, la huelga universitaria de 1957 y el desenlace del régimen, dedicándole sendos capítulos al carácter del 23 de Enero y al que tuvieron los hechos de 1945 (XXVIII y XXIX). Curioso, hubo personeros del régimen depuesto que, por momentos, contribuyeron financieramente en correspondencia con los sismos interiores (161), al igual que apunta a la contribución popular que se hizo para la causa cubana, sumando a los propietarios de las empresas cinematográficas (213).

La insurrección armada que partió de la política de hechos cumplidos, a espaldas de la dirección del partido (74 ss., 271), añadido el contacto y la alianza con sectores – además – perejimenistas, “aunque de manera difusa y hasta vergonzante” (273), genera gran interés ocupando el feroz anticomunismo betancourista la escena: “No fuimos unos angelitos ciertamente. Pero frente a nosotros no estuvo el Niño Jesús” (228),  Advierte los desafueros represivos y apenas sobrevuela las conversaciones personales con la alta dirigencia cubana, sumado Ernesto Guevara.

Rodríguez Bauza aporta al balance histórico, por lo que valoramos el testimonio de sus diligencias hasta financieras en el exterior para las guerrillas, pues, si bien es cierto que hubo excesos de represión, no menos lo es que hubo motivos para enfrentarlas. Balance requerido de la verdad responsablemente dicha, en vez de la tormentosa e interesada versión que ahora tiene jerarquía oficial.

Bitácora de contrastes que pueden resultar graciosos, en medio del drama, pues un día viene de disfrutar una paella allende la mar y al otro,  sufre los planazos en la Cárcel Modelo de Caracas, luego de su captura, para cumplir algunos años encerrado hasta que el gobierno de Leoni lo pone en un avión para ir a vivir en la Unión Soviética, donde asistió también a una escuela de entrenamiento subversivo. Señala el ambiente soviético de frustración, estancamiento y tedio, como le sorprendió que, en un viaje anterior, los comunistas alemanes distinguiesen entre la jerarquía partidista y los dirigentes de base (292, 331).

De una prodigiosa memoria, reconstruye situaciones, nombres y vivencias del Partido Comunista de Venezuela, orgulloso de contarse entre los fundadores y propulsores de la Juventud Comunista, relacionando las actividades liceístas, las lides formativas, los aparatos de seguridad dentro y fuera del país,  entre otras de las facetas de un partido organizado y principista, aunque devoto inevitable de Stalin (134, 344). El autor se incorporó al Movimiento Al Socialismo (MAS), años más tarde, culminando sus tareas partidistas a través de Deslinde y como Secretario de la Fracción Parlamentaria de los otrora anaranjados en el Congreso de la República, pues, de sobradas credenciales políticas, el celebérrimo dirigente se deslizó al anonimato, quizá porque las suyas fueron siempre las faenas más riesgosas:  el bajo perfil tuvo por aprendizaje el combate contra una dictadura militar que fue prioritario derrotar (119) y, después, durante la consabida lucha armada, le dio “más importancia a lo que podríamos llamar labor conspirativa”, en lugar de la parlamentaria (231).

Memorias que tendrá que complementar, ya que despertó la curiosidad por circunstancias y actores de los que deseamos – todavía – una mayor precisión. Espera en la que confiamos por el abanico respetuoso y sobrio que ha abierto después de consignar sus impresiones sobre Juan Bautista Fuenmayor, señalar a Renny Ottolina como el precursor de la antipolítica en Venezuela, reconocer a Luis Herrera Campíns o a Luis Esteban Rey,  cotejar a Arturo Uslar Pietri y a Mario Briceño Iragorry, hablar de la caída de Jacobo Arbenz, reconocer a Clímaco como héroe anónimo contra la dictadura, enaltecer a Óscar Centeno Lusinchi, defender de la infamia a Alfredo Tarre Murzi, señalar a Jorge Giordani…, transmitiendo respeto y cariño por los viejos protagonistas de su partido, como Gustavo Machado.

Edición capaz de competir en los más exigentes anaqueles extranjeros, con la inteligente portada de Jorge Valoz, cuenta con un pequeño repertorio de fotografías que merecen la nitidez de las redes sociales.  A pesar de los avatares, por cierto, Rodríguez Bauza debe contar aún con un buen archivo que ojalá tenga a bien publicar.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/23767-de-la-ida-y-vuelta-de-la-utopia

lunes, 29 de diciembre de 2014

EXPLÍCITAMENTE

De la indispensable memoria política
Luis Barragán

Todo actor público, incluso, yendo más allá de lo estrictamente político, tiene algo que contar.  Nunca sabrá cuán trascendente será lo dicho, quizá seguro de sus silencios: tarea que le corresponderá a los historiadores que tampoco adivinará a la vuelta de varias décadas, útil o inútil, el esfuerzo se agradece.

Respecto al liderazgo venezolano, hay grandes deudores de sus memorias destacando Rómulo Betancourt, quien las prometió. Probablemente, están aún abovedadas, como las de otros que, no por casualidad, preservaron y trabajaron con celo sus archivos personales.

Crisis editorial aparte, en los últimos lustros hemos tenido la fortuna de contar con obras como las de Miguel Ángel Burelli Rivas, Ramón Escovar Salom, Víctor Hugo D’Paola o Américo Martín. Por cierto, faltando la principal testificación,  avaladas por un sólido legado documental,  dos de los hijos de Rafael Caldera comienzan a publicar importantes referencias.

Suponemos la inmensa dificultad de evocar las más remotas escenas, vicisitudes y sucesos que trenzan y tensan la subjetividad que, por añadidura, requiere de una escritura solvente, aunque no constituye pecado alguno auxiliarse con otros que hagan la ingeniería de reconstrucción. A veces, la tentación ensayística acaba con la sencilla tarea de recordar, aunque hay ejemplos de un magnífico rigor histórico, debidamente sustentado, como lo aportó Henry Kissinger.

Laureano Vallenilla-Planchart y Jorge Dáger, por ahora, según nuestra modesta opinión, contribuyeron con  dos estupendos memoriales, a pesar del bullicio que generó en su momento Miguel Ángel Capriles. Y son numerosas las entrevistas largas que se acercan al género, gracias al talento de los interpeladores.

Lectura tardía, recientemente aprovechamos el escaso asueto navideño para adentrarnos en el doble testimonio de Américo Martín: “Ahora es cuando. Memorias I (1945-1960)” y “La terrible década de los 60. Memorias II (1960-1970)” [Libros Marcados, Caracas, 2013].  Vivencias, ideas, personajes, escenarios, trazan un largo itinerario del que esperamos  una tercera entrega, dejándonos varias impresiones.

De persistente añoranza familiar, tratando los asuntos políticos con un lenguaje de respeto y consideración, proclive al ensayo, la evidente inquietud literaria varias veces lo conduce a referencias innecesarias. El primer gobierno de Acción Democrática, Edoardo Crema, el foquismo o Herbert Marcuse, ocupan páginas que bien pudieron servir para extender aquellas atractivas circunstancias que quedaron tan cortas, aunque encontramos una interesante calibración de Rómulo Betancourt o del alzamiento armado que “no llegó a serlo pero sí parecerlo” (II, 83).

Rinde tributo a El Conde, donde hay casas que todavía se mantienen en pie, como la que ocupó la familia Maneiro (I, 166), o a la Altamira que arriesgó Luis Roche, avecinándolo  con los Carpentier, transmitiéndonos la emoción de una urbe en transformación, amén de las pasiones deportivas que la emblematizaron. Traduce los tiempos de la dictadura perezjimenista, con señalado reconocimiento hacia Yolanda Moreno, por ejemplo, deslizándonos al medio liceísta en el que prendió la vocación y el compromiso políticos.

En lugar de la recreación morbosa, procura cuidadosamente ventilar las más duras situaciones y, así, por única vez, se permite hablar de la terrible tortura que sufrió, saliendo apenas de la adolescencia, capturado por sus actividades clandestinas, sin decir – por cierto – el nombre de la persona con la que lo carearon (I, 199, 205);  e, igualmente, reconoce la prisión que, más tarde, será motivo para el libre estudio y debate (II, 198), harto diferente a las muy innobles que hoy tienen irrefutables motivos políticos.  Más duro ha sido el pago de sus rectificaciones, dejando atrás el costo que las del satanizado Gumersindo Rodríguez produjo (I, 275): valga la ilustración, por una parte, la leyenda del súbito (y precoz) enriquecimiento personal de Martín (II, 43); y, por otra, el empleo de sus cartas confidenciales para probar la traición política, aunque seguramente Jorge Rodríguez utilizó los argumentos para ensayar una propia y ulterior rectificación (II, 210).

Hay párrafos muy bien logrados, como el viaje a Cuba y la opinión que tuvo la Stasi del pasaporte que no falsificó la Cotorra, aunque ciertamente lo hizo con el resto de los papeles del  que llegó a Alemania en su boomerang viajero (II, 148 ss).  Sentimos que el apunte instantáneo e inmediato, al llegar a casa, revelada la nostalgia que tiende a dibujar mediante el ensayo, ha prevalecido en la obra  evitando extenderse en detalles que hubiésemos agradecido: no conocemos personalmente a Américo Martín, pero lo intuimos de un corrosivo sentido de humor que hubiese abierto y  facilitado escenas muy sobrias desde su temprano relacionamiento político.

Negándose a acomodar los recuerdos, sentenciará que “estas son memorias” (I, 156): las del muchacho que entró a la cárcel de El Obispo antes de cumplir los veinte de edad y salió del cuartel San Carlos iniciada la treintena, forzada la madurez por los duros acontecimientos que vivió desde la primigenia escuela partidista que le concedió una importante notoriedad. Independientemente de sus posturas ideológicas y políticas, aplaudimos el acto de responsabilidad de un memorial indispensable para las actuales y futuras faenas, pues, si fuese el caso,  la sola cita de los nombres de viejos protagonistas así lo justifica al contrastar con la vanidad de los muchos de ahora que tienen tan sobrada devoción por sí mismos, dentro y fuera del poder, creyéndose inventores de la política y del propio país.

Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionnacional/21367-de-la-indispensable-memoria-politica

viernes, 27 de diciembre de 2013

CUADERNO DE BITÁCORA

Los líderes políticos, empresariales, sindicales, científicos, etc., por lo menos en este rincón del mundo, frecuentemente lo abandonan sin dejar el tesimonio personal de lo que hicieron o deshicieron, inventariando los acuerdos y desacuerdos suscistado, lugarizando el tiempo. Son numerosos los archivos personales que se diluyen y las instituciones capaces de recibirlos, ordenarlos y ponderarlos hasta publicarlos. Se dirá, con sobrada razón, sobre las flaquezas de nuestro mercado editorial, pero hay testimonios necesarios de preservar y de avaluar en un urgente ejercicio histórico, sobre todo cuando el poder establecido tiene también por prioridad la de reversionar el pasado.

Días atrás, aparecieron los volúmenes iniciales de las memorias de Américo Martín, los cuales adquiriremos pronto, procurando equilibrar el presupuesto en casa, porque se trata de un protagonista ineludible del acontecer político que, según la naturaleza de los eventos, jamás se agota excepto la desaparición biológica. Y hasta esto tiene sus excepciones, pues, por algo vivimos la era antes inimaginable de la necropolítica.

Martín cuenta con sus amigos y enemigos, como luce natural en toda polémica cívica.  Hubo aciertos y desaciertos en su trayectoria que irritaba a viejos compañeros de causa, pero muy pocos son capaces de cuestionar una dimensión del obrar que lo caracterizó: la tinta. Pudo llevar y llevó sus posturas a la página impresa, como acaecía con una contrastante frecuencia antes, prestas al debate.  Que sepamos, desde el ensayo en torno a Marcuse y el aburguesamiento de la clase obrera, pasando por títulos incendiarios como "Los peces gordos", hasta sus indagaciones sobre el futuro cubano, el que más recientemente le leímos un lustro atrás, fuera y dentro de la tribuna parlamentaria, ha sido un disparador de planteamientos. Y no pretendemos ahora hacer un balance de sus inquietudes intelectuales, las que se asomaron en las más remotas contribuciones de la prensa, con o sin Haya de La Torre, acarreándole sanciones partidistas, sino acentuar el hecho por siempre inédito en este siglo XXI de la pluma que inquieta y del editor que se atreve a auspiciar inquietudes. Además, mejor nos introduce Manuel Felipe Sierra en su entrega de hoy:

"EL NACIONAL - Viernes 27 de Diciembre de 2013     Opinión/6
Al compás de los días
Memorias de Américo
MANUEL FELIPE SIERRA

Américo Martín ha escrito los primeros dos volúmenes de sus memorias: Ahora es cuando (1945 -1960) y La terrible década de los sesenta (1960-1969). Con tan solo 15 años se incorporó a las luchas estudiantiles contra el perezjimenismo y se inscribió en Acción Democrática en plena clandestinidad, enfrentado a la furia represiva del régimen.

Conoció las cárceles y fue sometido a brutales torturas en la Seguridad Nacional hasta la misma madrugada del 23 de enero de 1958, cuando desde una claraboya de la Cárcel Modelo de Caracas pudo observar el estallido de gritos y banderas que celebraban la huida del dictador. Después vendría la difícil etapa de la provisionalidad de Wolfgang Larrazábal y Edgar Sanabria, que culminó con el triunfo presidencial de Rómulo Betancourt, el cual logró después de vencer la resistencia (incluso de sectores de su propio partido) y de interminables negociaciones. Martín, testigo de aquellos años, pone en claro circunstancias y episodios generalmente desconocidos, pero que permiten una interpretación más certera de los hechos que marcarían los verdaderamente terribles y difíciles años siguientes.
Las memorias, que para los políticos con una vida entregada a los sobresaltos de la lucha son una suerte de rendición de cuentas, de recapitulación de vivencias ya juzgadas por el público, permiten también reforzar las visiones y posiciones políticas del autor.
Ambos elementos están presentes en los trabajos de Américo.
Pero a ello se añade (y allí radica un mayor interés e importancia de estos testimonios) un sabroso relato de vida, un repaso autobiográfico que escapa de lo puramente político para describir la vida cotidiana de la Caracas de la época, las hazañas del béisbol, las transmisiones radiales, los fastuosos Carnavales y los cambios urbanísticos que dan cuenta de una ciudad rutilante gracias a los milagros del "cemento armado" y la riqueza petrolera.
El segundo volumen, La terrible década de los 60, aborda de manera prolija los antecedentes de la lucha armada de la cual Martín fue protagonista como comandante guerrillero y, desde luego, sus relaciones con Fidel Castro durante su permanencia en Cuba, cuando el líder cubano se convirtió en factótum de la fracasada aventura armada. A través de anécdotas y recuerdos describe una etapa de nuestra reciente historia, cuyo conocimiento y valoración resultan indispensables para una mejor comprensión de los años, también terribles y difíciles, que el país ha vivido en las últimas décadas. Sin duda, se trata de un valioso aporte de Martín y la editorial Libros Marcados, en la tarea de ahondar con rigor en las claves del proceso histórico venezolano".

Texto que puede complementarse con una entrevista realizada por Milagros Socorro: http://milagrossocorro.com/2013/07/americo-martin-se-ha-echado-a-las-montanas-de-la-evocacion/. Por cierto, debimos fotografiar los dos tomos que tuvimos a la mano en Tecni-Ciencia (ya parecen no existir las librerías donde hay un librero a la mano, con sus comentarios), pues, la red de redes, no dispensa las portadas grandes y nítidas como es de esperarse, por lo que debmos recurrir a la fotografía que exhibe su hija, Marialejandra Martín, en las redes sociales, adecuándola (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10152113950979124&set=t.536520808&type=3&theater).

Parecido a aquella anécdota de Jaimito sobre el eefante y la hormiga, al hallarse en medio de un examen escolar, referirse a Américo Martín es hacerlo con el MIR y, así, nos permitimos consignar las dos imperfectas reproducciones de portada de sendos encartados que están todavía en nuestros archivos: una, campaña electoral de 1978 y la magnífica consigna que empleó, "Manos limpias al poder", descubierta por el candidato presidencial mismo, según le escuchamos en una oportunidad; y, la otra,  constando el apoyo del partido a la opción de Teodoro Petkoff en los comicios de 1983, antes de fusionar la organización con el MAS.

LB