Cincuenta y cinco años de la hazaña de Los Aguiluchos|De un avión llovieron hojas que denunciaban el asesinato de Livia Gouverneur
T/Mercedes Aguilar
27/11/2016
El 27 de noviembre de 1961, hace 55 años, cinco estudiantes de bachillerato desviaron la ruta de un avión, lleno de pasajeros y sobrevolaron Caracas para lanzar volantes por toda la ciudad.
En el volante denunciaban el asesinato de la joven estudiante universitaria Livia Gouverneur y la violenta represión desatada contra las fuerzas populares por el gobierno adeco de Rómulo Betancourt. La noticia se conoció en todos los países del mundo.
Rafael Bosque, Comandante del grupo que desvió la nave, describe la acción como una tarea, organizada por el Partido Comunista de Venezuela, (PCV), ejecutada por la Juventud Comunista, para dar a conocer la situación que imperaba en Venezuela y para que el gobierno sintiera una respuesta a la forma como estaba conduciendo la política en el país.
Esta acción, denominada Operación Livia Gouverneur, fue considerada como un acontecimiento de impacto mundial que se había cumplido en forma perfecta. Hoy, forma parte de los hechos que contribuyeron al arribo de la Revolución Bolivariana, resalta Bosque.
“Cien por ciento positiva, resultó tal como se planificó, pues se realizó sin tropiezos. No hubo problemas para los pasajeros, los tripulantes, ni para nosotros. Fue una pequeña contribución, un granito de arena, dentro del mar de hechos que este pueblo hizo en esa etapa histórica por liberase y construir un mundo de justicia y paz”, aseguró.
Comprmiso con el pueblo
Bosque destacó el desprendimiento que hubo, por parte de los jóvenes, que sin esperar prebendas personales, arriesgaron su vida, pues pese a lo bien calculado, cualquier detalle fortuito e insignificante podía causar una tragedia.
“Estábamos conscientes de eso, pero actuamos guiados por nuestro sentido de la responsabilidad y el compromiso por la Patria. Confiamos en el partido y honramos la confianza que nos dio”, explicó Bosque.
Desvío del avión
“No nos conocíamos. Éramos cinco estudiantes: Efraín León Ascanio, 22 años, militante de la JC, sector de El Manicomio; Gilman Bracamonte, 20 años de El Cementerio, parroquia Santa Rosalía; Rubén Basilio Palma, 22 años, de ese mismo sector, ambos militantes de la JC; Antonio Paiva, estudiante de Ingeniería en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y Rafael Bosque, estudiante de bachillerato y militante de la Juventud en la parroquia San Juan, Comandante del grupo”, recordó.
“Cada quien estaba en su sector, ellos en sus barrios, Paiva en la universidad y yo me encontraba en lo que llamaban el Aparato Especial. Nos vimos la primera vez cuando nos reunimos para recibir las instrucciones”, apuntó.
“Actuamos con serenidad. Tanto que cuando llegamos donde chequean el embarque la muchacha que estaba allí me pegunta: Vas a llevar eso como equipaje de mano?” y le contestamos :“Sí”. Ella me preguntó de nuevo: “Van a llevar en mano ese equipaje? y que llevas allí?”.
Le dije: “Un estuche con una ametralladora y un maletín lleno de propaganda” y todos nos reímos. Ella también rió: Eso marcó el ritmo de la acción desde el comienzo al fin”.
“Estábamos muy claros de que debíamos llevar todo como equipaje de mano. Eso no podía pasar al compartimiento de equipaje porque de ocurrir, cómo sacábamos eso de ahí”, reflexionó.
“Pero en esa época no había detectores de metales, ni chequeo visual. Pasamos sin problemas”, explicó.
Marco histórico
Desde principios del año 60, a mediados del 61 la situación política comenzó a agudizarse debido a la dictadura disfrazada de democracia que encabezaban los partidos Acción Democrática y Copei y que hacía honor al acuerdo político suscrito por sus cúpulas en el norte y ratificado aquí en el Pacto de Punto Fijo.
Señaló que el pueblo esperaba, después de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, una mejoría económica y la solución de sus graves problemas sociales, pero encontró que se manejaba un criterio de limitación, dificultad, presión, y represión.
“Había mucha gente encarcelada, hasta se llevaban para las Colonias Móviles de El Dorado, en Santa Elena de Uairén, a los estudiantes capturados en las manifestaciones populares de protesta por la situación del país, aplicándoles un decreto que llamaban la Ley de Vagos y Maleantes”, indicó.
“Surgieron las manifestaciones de descontento. La represión contra el pueblo y las fuerzas de izquierda agudizó la contradicción entre gobierno, pueblo y fuerzas de izquierda. El gobierno respondió con más represión “, subrayó.
El Comandante de Los Aguiluchos recordó que Betancourt se rodeó de una camarilla de origen cubana proveniente de los aparatos represivos del dictador Batista, que se enquistó en el aparato policial político, en ese momento la Digepol, entre los que figuraban Salvador Romaní y Posada Carriles, quien después participó en la voladura del avión de Cubana de Aviación en 1976.
-Ante toda esa situación debía haber una respuesta del pueblo y de la izquierda. La gente del Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) un desprendimiento de AD producido en el 60, consideró que no era suficiente la lucha callejera, el debate en el congreso, los discursos, las denuncias.
“Juzgaron que estaban dadas las condiciones para pasar a otro tipo de lucha y en marzo del año 61 el PCV realiza su tercer Congreso y allí toma la decisión de ir a la lucha armada”.
“Se organiza la operación para la cual fuimos escogidos. Nos reunimos varias veces con un piloto que conocía las características de los aviones. Explicó los detalles de la nave que era necesario conocer, como moverse dentro de ella.
Subrayó que todo se planificó: “Qué día, a qué hora, la logística, que consistía en la propaganda, las armas, los pasajes del avión, es decir, todo lo necesario, lo más rápidamente posible, tomando en consideración que por primera vez se realizaba una acción de ese tipo. Se hizo 26 días después de la muerte de Livia”.
Las consecuencias
Aparte del objetivo propagandístico, nuestra misión hizo que muchos adquirieran conciencia de la situación política que se estaba viviendo y después motivó a muchas personas a incorporarse al proceso-precisó Bosque.
“Fue tal el incremento que al año siguiente se abrieron los frentes guerrilleros rurales que ya en los años 60 y principios del 61 estaban organizándose y entrenándose. Mucha gente tomó la decisión de incorporarse a la lucha armada. En forma inmediata”.
Dijo que en lo personal, como partícipes del hecho tenían que sufrir las consecuencias: “Estuvimos presos durante 4 años y medio. Caímos el 27 de noviembre de 1961 y salimos en marzo del 66”.
La cárcel se convirtió para nosotros en una escuela. Compañeros profesores universitarios, personas con más experiencia, como por ejemplo José Rafael Núñez Tenorio, Héctor Rodríguez Bauza, Antonio García Ponce, Luis Emiro Arrieta, contribuyeron a esa formación política, ideológica, estudios formales y formación cultural para los que estábamos allí, agregó.
Fuente:
http://www.correodelorinoco.gob.ve/un-avion-llovieron-hojas-que-denunciaban-asesinato-livia-gouverneur
Los Aguiluchos” y la Operación “Livia Gouverneur” A 47 años del secuestro del avión de Avensa
Andrés Eloy Milano
27/11/2008
Un grupo de jóvenes de la Juventud Comunista, denominado “Los Aguiluchos”, como así fueron conocidos: José R. Bosque Figueroa, Antonio Paiva Reinoso, Rubén B. Palma Delgado, Efraín E. León Marcano y Girman Bracamonte, secuestran, el 27 de noviembre de 1961, un avión de la Compañía “AVENSA” y lanzan desde el aire propaganda denunciando la represión. “El secuestro del avión fue un éxito, no hubo sangre, eso fue limpio, perfecto. Se logró el objetivo que era tirar propaganda sobre Caracas y hacer una acción espectacular, que era lo que quería la dirección.
La muerte de Livia Gouverneur desató la más grande repulsa que se conozca en la historia del movimiento estudiantil en Venezuela. El 28 de noviembre de 1961, cinco jóvenes militantes de la Juventud Comunista del PCV secuestran el avión DC-6B (YV-C-EUG de Avensa), con 43 personas a bordo, en una operación que llevó el nombre de la heroína y que denunciaba al mundo también la suspensión indefinida de los derechos constitucionales.
La Operación “Livia Gouverneur”
En un día lluvioso de noviembre, a una semana de la muerte de la estudiante universitaria y combatiente revolucionaria Livia Gouverneur, el diputado comunista Teodoro Petkoff convoca a una reunión clandestina a una célula de la Juventud Comunista del PCV.
-¿Qué carajo tendrá entre manos el diputado?-, comenta Grimán en voz baja.
-Con ese papelero que carga en encima nos va a meter en una vaina seria-, comenta uno de los muchachos bajando la cabeza como para nadie lo escuche.
-Muchachos, la muerte de Livia debe ser el acicate que necesitamos para denunciar este gobiernito asesino. He estado pensando –continúa Teodoro- que podemos hacer como hicieron los portugueses el año pasado cuando se llevaron un avión y lo pasearon por Lisboa.
Se dirige Teodoro a una de las paredes de la casa y pega un plano de un avión DC-3 de esos que adornan las oficinas de las agencias de viaje. Se quita el paltó y con un bolígrafo señala.
Vean esta vaina. Esto es papita. De lo que se trata es apoderarse del avión sin hacerle daño a nadie y soltar panfletos en Caracas. Simplemente deben manejarse en esta zona –señala el diputado la zona delantera, “de primera” con dos aquí -ustedes se ponen de acuerdo, y Rubén con la ametralladora y Girman toman la cabina.
-Verga Teodoro, tú y tus vainas-, dice Rafael. ¿No has pensado que un avión de esa naturaleza a tan baja altura –porque tenemos que volar bajo- se pueda escoñetar y matar a los que vamos en el avión y los que están abajo como unos pendejos?..
-Les voy a decir una vaina-, dice Teodoro, “el que se mete a comunista tiene que ser arrecho y no pensar que siempre las vainas van a salir mal. Esto nunca se ha hecho en Venezuela y debemos confiar en el elemento sorpresa”. Coño, ¿No te parece?..
-OK, salgamos de esto… sabrás lo que haces. Confío en la Dirección del partido-, contesta Rafael más calmado. -Teodoro y después que volemos esa vaina, ¿para dónde nos vamos?-, dice Antonio Paiva.
-Les sugiero Curazao- contesta Petkoff rascándose la cabeza. “Esa isla está bajo leyes holandesas y esos carajos no se meten en vainas… no creo que le hagan presos. A Castro León, Moncada Vidal y los otros presos que tomaron el avión cuando iban presos aterrizaron allá y no les pasó un coño. Así que tranquilos.”
-Coño, se me olvidaba lo más importante…-se devuelve Teodoro súbitamente, girando sobre sus talones- la propaganda que van a lanzar. Antes de irse yo les mando una maleta llena de los planfetos. El texto lo redacto ahora. Esta operación la vamos a llamar Livia Gouverneur a sugerencia de Pancho Toro. Así que a moverse…
Llegado el día, los cinco jóvenes hacen su cola para montarse en el avión y embarcan sin problemas. El avión de Avensa despega a las 10 am llevando una carga de coraje dentro de su vientre.
El avión de Avensa estaba programado para cubrir la ruta matinal Caracas-Maracaibo. Vuelo No 519. A las 9,30 am los cuarenta y tres pasajeros chequean sus boletos en el terminal aéreo de Maiquetía. Las tramitaciones son de rutina
Ya en la pista, rumbo al avión, Girman y Rafael se dan cuenta que no es un DC-3 sino un DC-6.
-Coño vale, las vainas del diputado-, comentan entre sí.
-Bueno, camaradas, a improvisar se ha dicho. Debemos hacer todo rápido. Apenas termine la aeromoza (Flor Suárez) de hablar y se estabilice el avión actuamos-, dice Girman.
Por supuesto que cuando se montan en el DC-6 la diferencia con el DC-3 es abismal. El primero es más largo, el segundo es inclinado. Montan una maleta llena de planfetos y cada uno lleva su arma. Rubén lleva una Sub-ametralladora Madsen.
Los panfletos dicen:
“¡La suspensión indefinida de las garantías constitucionales es la dictadura personalista de Rómulo Betancourt!
¡Un año de violación de los derechos humanos y de las libertades públicas, abolida la constitución y asesinando a los estudiantes es el balance de la nueva dictadura!
¡Todos los venezolanos en la protesta del 28 de noviembre!
¡Honor a los caídos en la lucha por la libertad!
Operación Livia Gouverneur”
Bueno, qué coño. Actuemos rápido.
Cuando han transcurrido apenas siete minutos de vuelo, Antonio Paiva, uno de los pasajeros más jóvenes, se levanta de su asiento. Al mismo tiempo lo hace otro, casi tan joven como él, Wilmer Bracamonte. Paiva se dirige hacia la cabina. A corta distancia lo sigue Bracamonte. Mientras tanto un tercero, José Borges, se ha colocado al final del pasillo
Cuando Paiva entra en la cabina, ni el piloto ni el copiloto se mueven. Tiene que alzar la voz. No puede ocultar la emoción. -Por favor, ¡quietos en su sitio!
Todavía pasan unos segundos para que la tripulación reaccione.-¿Quién es usted?, pregunta el capitán Juan Nolck. Paiva tiene una pistola en la mano. -Somos revolucionarios. ¡Obedezcan y no pasará nada!
-A sus espaldas se encuentra Bracamonte. Está pálido lo que le hace aparecer mucho más joven. No llega a los 18 años. Un leve vello comienza a despuntar encima de los labios y en la barbilla. Está armado con un revólver 38, cañón corto.
-Eso no se puede hacer, muchachos, dice el capitán Nolck; si se abren las ventanillas, el avión puede hasta estallar. Paiva está prevenido.
-Vuele a baja altura. Despresurice el avión para abrir las ventanillas. Sabe que el avión debe ser despresurizado para poder arrojar las hojas volantes. En la cabina la tensión baja. El capitán Nolck entiende que los muchachos “saben lo que hacen”. Que no puede engañarlos. -Bueno, Uds., son los que mandan.
El avión comienza a cambiar de rumbo. Inclina un ala. Vira a la izquierda. Se empina de proa.
-Señores, pasajeros –dice en voz alta Rafael a los pasajeros- estamos en estos momentos llevándonos este avión para sobrevolar Caracas. Bajo el nombre de Operación “Livia Gouverneur” queremos denunciar el régimen adeco represivo del señor Betancourt. En estos tres últimos años, la matanza de estudiantes ha sido intolerable. Desde hace un año Venezuela vive bajo un régimen de excepción. Las libertades democráticas, ganadas por el pueblo con la insurrección de enero de 1958, han sido liquidadas. Las agresiones contra la izquierda están a la orden del día. Persiguen y encarcelan, allanan los locales de los partidos de oposición. Se aplica una política de rabioso anticomunismo. "Aislar y segregar" es la consigna oficial. Las calles para la policía, disparar primero y averiguar después: son los lemas que se difunden desde Miraflores.
Les aconsejo que se queden quietos en sus puestos, no se desabrochen los cinturones-. Luego del discurso, todos deciden entrar en la cabina del piloto que después de encañonado y alertado resuelve no oponer resistencia junto a la demás tripulación.
Un vuelo no previsto surca el cielo de Caracas. El poderoso zumbido de un cuatrimotor Douglas de la línea aérea Avensa resuena por encima de las torres del Centro Simón Bolívar. A muy baja altura. Los caraqueños están acostumbrados a las pequeñas avionetas que se desplazan hacia La Carlota. Pero, éste es un gigantesco avión comercial que aturde con sus motores.
Cuando el avión de Avensa está casi rozando los edificios del centro de Caracas una nube de pequeñas hojas se esparce por su alrededor. Los papeles levantan vuelo. Se dejan mecer por la brisa. Luego descienden suavemente por los edificios y las calles.
Pasado la hora de vuelo, entran a Caracas por el corredor del oeste. Tres veces dan la vuelta a la ciudad capital a unos 500 metros de altura. No se cansan de lanzare panfletos. El piloto el copiloto y pasajeros ayudan divertidos en la tarea. Los pasajeros disfrutan del “Tour” a baja altura sobre la capital.
-Coño, pasemos por Miraflores y lancemos que jode-, dice uno de los muchachos en la febril jornada de manos que se entrecruzan sacando papeles de la maleta y metiéndolas en las ventanillas.
Ya sobre Miraflores, luego de lanzar una tanda de papeles se dan cuenta que desde abajo hay movimientos de tropas que preparan fuego antiaéreo.
-Ni de vaina paso sobre Miraflores otra vez –dice el piloto- son capaces esos coños de madre de tumbarnos.
-Si tienes razón, vámonos pa’l coño. Señor piloto ponga rumbo a Curazao que si llega, ordena Rafael.
Una vez llegado a Curazao y ya alertadas las autoridades de la isla, los cinco jóvenes deciden entregarse según lo acordado.
Lo que no sabía era que el gobierno venezolano ya acordado con el curazoleño que si se repetía lo de Castro León serían devueltos al país, como así aconteció.
Una comisión de la Digepol comandada por Atahualpa Montes se dirigió a la isla a arrestar a los jóvenes que después de esta acción fueron a parar a prisión por cuatro largos años, durante su prisión en el año 1965 el Aguilucho Antonio Paiva contrajo matrimonio con la militante combatiente Sol Aranda.
la tarjeta de felicitación (en dos partes) y firmas originales de los camaradas Luis Emiro Arrieta, Héctor Rodríguez Bauza y Antonio Garcìa Ponce.
La pintura de la tarjeta fue realizada por Gil Bustillos
Una operación que con nombre de mujer dignificaba la resistencia de un pueblo que aún combate.
A 47 años de esos hechos la juventud venezolana es y será siempre el protagonista.
Fuente:
http://circulobolivarianofabriciojeda.blogspot.com/2008/11/los-aguiluchos-y-la-operacin-livia.html
Antonio Paiva Reinoso - El Aguilucho
Por: Gil Ricardo Salame Ruiz | Sábado, 16/10/2010 05:07 PM | Versión para imprimir
Quien hace unos días se presentó en VENEVISION como flamante economista, adeco, y Nuevo Liberar, despotricando de nuestro presidente Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, perteneció a la Juventud Revolucionaria del Partido Comunista de Venezuela y fue encarcelado por órdenes del propio Rómulo Betancourt tras haber secuestrado un avión para lanzar volantes sobre Caracas. Veamos lo escrito el 30 de octubre de 2009.
Por: J. Enrique Montero P. Especial para Tribuna Popular
“La suspensión indefinida de las garantías constitucionales es la dictadura personalista de Rómulo Betancourt. Un año de violación de los derechos humanos y de las libertades públicas, abolida la Constitución y asesinando a los estudiantes es el balance de la nueva dictadura!!! Todos los venezolanos unidos en la protesta del 28 de noviembre!!! Honor a los caídos en la lucha por la libertad!!! ¡¡¡Operación LIVIA GOUVERNEUR!!! “
En una acción de audacia y valor, para aquella época, sin precedentes similares en Venezuela, cinco jóvenes militantes de la JUVENTUD COMUNISTA DE VENEZUELA, cuyos héroes fueron: JOSE RAFAEL BOSQUE, EFRAIN ENRIQUE LEON, RUBEN PALMA, ANTONIO PAIVA REINOSO y GIRMAN BRACAMONTE, secuestran la nave aérea en vuelo de Maiquetía a Maracaibo y obligan al piloto y copiloto sobrevolar Caracas para lanzar los volantes. El “Aguilucho” que habló, portando una sub-ametralladora, les comunicó a los pasajeros con mucha serenidad: “Señores pasajeros, no se preocupen. Este avión ha sido tomado por nosotros en cumplimiento de una misión política que nos ha encomendado nuestro Partido, el PARTIDO COMUNISTA. Es el inicio de la operación LIVIA GOUVERNEUR”.
Luego de llevarse a cabo la operación con todo éxito, el avión es llevado a Curazao, en vista de que no pudieron ir a Cuba, donde solicitan asilo político, el cual les fue negado por las autoridades de la isla, quedando detenidos los camaradas, quienes serían extraditados a Venezuela días más tarde. Así finalizaba el episodio de la audaz operación llevada a cabo por unos jóvenes COMUNISTAS que fueron bautizados con el calificativo de “LOS AGUILUCHOS” .
¡¡¡ HONOR Y GLORIA A NUESTROS MARTIRES Y HÉROES!!!
Fuente:
https://www.aporrea.org/actualidad/a110364.html
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jueves, 14 de noviembre de 2019
domingo, 3 de febrero de 2019
CREENCIA Y DISGUSTO
Últimas Noticias, Caracas, 01/02/1961. Luis Herrera Campíns, Suspensión de garantías, Debate parlamentario, Insurrección, Lucha armada.
EDITORIAL
Izquierda, Caracas, 14/10/1960. Editorial. Tomado de: Rivas Rivas, José (1993). "Historia gráfica de Venezuela", Ediciones Toran, Caracas: Tomo VII, "El gobierno de Rómulo Betancourt (Primera parte) 1959-1960", pág. 195. Editorial, Semanario Izquierda, Gumersindo Rodríguez, Inurrección, Lucha Armada, José Rivas Rivas.
TESTIFICACIÓN
Últimas Noticias, Caracas, 03/02/1961. Luis Herrera Campíns, Insurrección, Debate parlamentario, Lucha Armada, Suspensión de garantías.
UNO Y OTRO
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MIR
DE LA OTRA EDITORIAL
Izquierda, Caracas, nr. 27 del 11/11/1960. Editorial, Insurrección, Lucha Armada, Semanario Izquierda, MIR.
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Semanario Izquierda
jueves, 18 de junio de 2015
TESTIMONIO
Una conversación para meditar
Nicomedes Febres
* Antier hice tertulia y café con dos viejos amigos quienes fueron altos dirigentes del Partido Comunista en los años de la lucha armada y como me saben un hombre que ni les dio ni les pidió cuartel en aquella época, la relación personal siempre ha fluido con una espontaneidad natural. Nos hemos ayudado mucho a lo largo de los años y nos conocemos bien, por lo que podemos hablar con confianza. Ambos han adversado al régimen desde la aparición del difunto con su “por ahora”. Como abordaron la causa de la derrota de la lucha armada, ellos, que son zorros viejos, empezaron a reflexionar y a hablar. La primera razón de su fracaso, piensan que fue el peine que les puso Betancourt aprovechándose de la juventud de sus contrincantes y el inmenso peso que tenía la juventud comunista en las decisiones políticas del propio partido y el ardor juvenil que los encegueció y los lanzó a la lucha armada, la segunda razón fue que contaron, creyendo en Douglas Bravo, que había muchos militares comprometidos con ellos en una asonada militar y estos los engañaron como a unos niños, una tercera razón fue el enceguecimiento que les produjo fidel castro, personaje que detestan por sus reiteradas intervenciones en Venezuela y la última fue dejar tomar decisiones políticas importantes a los dirigentes presos, y quienes están presos, según ellos, siempre tienen una perspectiva limitada y de urgencia de la situación, por lo que el gobierno de Leoni dejó que presos claves e influyentes escaparan del Cuartel San Carlos y a partir de allí, el partido como tal se diferenció de las FALN y esa diferenciación es lo que permitió el cese de la lucha armada. Según uno de ellos, ese error de darle poder a los líderes presos les costó dos generaciones de dirigentes quemados en la hoguera de las vanidades. Aprovechando el tono melancólico de la remembranza, que es usual entre ellos, porque les destruyó muchas cosas buenas de la vida, les pregunté cuál de los actuales dirigentes del gobierno tenía condiciones políticas, a lo que me respondieron que quizás Soto Rojas tenía alguito, pero casi todos, por no decir todos, eran un atajo de pícaros. Mientras ellos hablaban, guardé prudente silencio mientras meditaba y recordaba a entrañables amigos muertos por aquella locura.
* Ayer fui a la misa por el funeral de mi estimado amigo Juan Martín Echeverría en el Colegio San Ignacio; una hermosa misa cantada oficiada por el padre Ugalde, quien describió muy bien las inmensas virtudes humanas de Juan Martín y nos pidió rogar por la paz de Venezuela. Realmente era un hombre muy querido y respetado por sus preclaras virtudes personales y ciudadanas. Está hoy sentado junto con Zapata a la vera del Señor. El padre Ugalde, como buen jesuita, posee una inteligencia que se pierde de vista.
* La foto del día es de una vieja frutería de Caracas, en ella vemos los productos que expenden y cada frutería era además pulpería, donde se vendían otros géneros. En las fruterías los productos iban cambiando de precios con el transcurrir de las horas, dado que no había refrigeración por lo que la mayoría de las frutas y hortalizas se deterioraban el mismo día, en especial los tomates, las lechugas y otras similares que eran cosechadas en las vegas del Guaire y en los alrededores de la ciudad: San Bernardino, La Pastora, Catia, El Paraíso. El consumo de ensaladas fue costumbre desde finales del siglo XIX.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10206417532937896&set=a.2324650196458.132741.1255727869&type=1&theater
Nicomedes Febres
* Antier hice tertulia y café con dos viejos amigos quienes fueron altos dirigentes del Partido Comunista en los años de la lucha armada y como me saben un hombre que ni les dio ni les pidió cuartel en aquella época, la relación personal siempre ha fluido con una espontaneidad natural. Nos hemos ayudado mucho a lo largo de los años y nos conocemos bien, por lo que podemos hablar con confianza. Ambos han adversado al régimen desde la aparición del difunto con su “por ahora”. Como abordaron la causa de la derrota de la lucha armada, ellos, que son zorros viejos, empezaron a reflexionar y a hablar. La primera razón de su fracaso, piensan que fue el peine que les puso Betancourt aprovechándose de la juventud de sus contrincantes y el inmenso peso que tenía la juventud comunista en las decisiones políticas del propio partido y el ardor juvenil que los encegueció y los lanzó a la lucha armada, la segunda razón fue que contaron, creyendo en Douglas Bravo, que había muchos militares comprometidos con ellos en una asonada militar y estos los engañaron como a unos niños, una tercera razón fue el enceguecimiento que les produjo fidel castro, personaje que detestan por sus reiteradas intervenciones en Venezuela y la última fue dejar tomar decisiones políticas importantes a los dirigentes presos, y quienes están presos, según ellos, siempre tienen una perspectiva limitada y de urgencia de la situación, por lo que el gobierno de Leoni dejó que presos claves e influyentes escaparan del Cuartel San Carlos y a partir de allí, el partido como tal se diferenció de las FALN y esa diferenciación es lo que permitió el cese de la lucha armada. Según uno de ellos, ese error de darle poder a los líderes presos les costó dos generaciones de dirigentes quemados en la hoguera de las vanidades. Aprovechando el tono melancólico de la remembranza, que es usual entre ellos, porque les destruyó muchas cosas buenas de la vida, les pregunté cuál de los actuales dirigentes del gobierno tenía condiciones políticas, a lo que me respondieron que quizás Soto Rojas tenía alguito, pero casi todos, por no decir todos, eran un atajo de pícaros. Mientras ellos hablaban, guardé prudente silencio mientras meditaba y recordaba a entrañables amigos muertos por aquella locura.
* Ayer fui a la misa por el funeral de mi estimado amigo Juan Martín Echeverría en el Colegio San Ignacio; una hermosa misa cantada oficiada por el padre Ugalde, quien describió muy bien las inmensas virtudes humanas de Juan Martín y nos pidió rogar por la paz de Venezuela. Realmente era un hombre muy querido y respetado por sus preclaras virtudes personales y ciudadanas. Está hoy sentado junto con Zapata a la vera del Señor. El padre Ugalde, como buen jesuita, posee una inteligencia que se pierde de vista.
* La foto del día es de una vieja frutería de Caracas, en ella vemos los productos que expenden y cada frutería era además pulpería, donde se vendían otros géneros. En las fruterías los productos iban cambiando de precios con el transcurrir de las horas, dado que no había refrigeración por lo que la mayoría de las frutas y hortalizas se deterioraban el mismo día, en especial los tomates, las lechugas y otras similares que eran cosechadas en las vegas del Guaire y en los alrededores de la ciudad: San Bernardino, La Pastora, Catia, El Paraíso. El consumo de ensaladas fue costumbre desde finales del siglo XIX.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10206417532937896&set=a.2324650196458.132741.1255727869&type=1&theater
lunes, 22 de julio de 2013
VICISITUDES PARLAMENTARIAS (3)
EL NACIONAL, Caracas, 25 de julio de 1997
La mañana en que los héroes pasaron a ser culpables
Treinta y cuatro años después, remover el polémico episodio en el que murieron cinco guardias nacionales en manos de la guerrilla urbana, puede resultar una tarea tormentosa. Como tantos sucesos de la década del sesenta, a éste parece rodearlo la voluntad del olvido. Albor Rodríguez escarbó en los periódicos de la época y encontró una historia que a partir de ahora puede ser rescrita con el testimonio de un protagonista dispuesto a asumir responsabilidades y a retar con su propia honestidad la ``desmemoria'' de los que entonces participaban en la lucha armada
Albor Rodríguez
Con una prosa capaz de poner a convivir los adjetivos más paralizantes, la prensa nacional registró el 30 de septiembre de 1963 un suceso que heló la sangre a los lectores: cinco Guardias Nacionales habían sido asesinados en un tren que, paradójicamente, se llamaba El Encanto. Treinta y tres años y once meses después, remover el polémico y doloroso tema puede ser como caminar por un terreno minado. Lo rodea un silencio que parece indicar que fue un asalto fantasma. De él sólo queda esa historia escrita en los periódicos, los testimonios de los parlamentarios comunistas, la vaga sensación de que allí empezó la estruendosa caída del afán revolucionario en Venezuela, y ahora, por fin, la confesión de un protagonista dispuesto a asumir responsabilidades y a retar con su propia honestidad la ``desmemoria'' de los que entonces participaban en la lucha armada.
La historia, ya se sabe, puede ser escrita de muchas maneras. Y en este caso, estuvo hasta ahora escrita con repulsión y rabia. De momento, lo que sigue es la reproducción, tal vez menos apasionada, de lo que pasó ese día según fue relatado por los periodistas de la época.
Septiembre, 1963
La mañana del domingo 29, más de veinte hombres armados hasta los dientes sembraron de terror el corazón de una buena gente que se dedicaba a contar los árboles que dejaban a su paso. Iban rumbo a El Encanto, un reducto paradisíaco a 42 kilómetros de Caracas, montados en un perezoso tren que salía de Caño Amarillo. Como en las historias del Oeste americano, unos bandoleros irrumpieron en la diligencia, y convirtieron un domingo feliz en una balacera.
Desde que se instaló la violencia en el país, los vagones ferroviarios siempre llevaban guardias nacionales. El Tren de El Encanto, los domingos, era uno de los menos peligrosos. Para los nueve efectivos del destacamento 56 de Caricuao, dirigirse a la estación de Caño Amarillo era un asunto de rutina. Ya a las 8, estaban apostados en las puertas de cada vagón.
Las órdenes las daba el sargento segundo Saturnino Reyes Palma, un hombre serio y apacible con doce de sus 35 años de vida al servicio de las Fuerzas Armadas de Cooperación Nacional. Diez vagones estaban enganchados a la locomotora número 7, conducida por José Peña Lara, y el maquinista Martín Rojas. El aparato había dado los pitazos de rigor. A las 8:30 el tren empezó a contar los rieles.
Los funcionarios que habían vendido los boletos sabían que no iban más de 270 pasajeros. En Antímano, donde recién se acababa Caracas, el tren se detuvo. Las lomas y las quebradas habían quedado atrás lentamente. En Las Adjuntas, el tren volvió a parar cinco minutos. De Caracas a Los Teques hay sólo 30 kilómetros, y cuando el tren llegó allí eran las diez de la mañana.
A las 10:20 la locomotora entró en el túnel número 10, de casi dos kilómetros de largo. La oscuridad era amortiguada por unos bombillos que despedían luces anaranjadas. Entonces se escuchó un disparo, y mientras el tren daba un largo cabezazo, el tendido se apagó definitivamente. No se sabía de dónde venían las sordas detonaciones. "Es un asalto, es un asalto", gritó una voz anónima. Las mujeres daban alaridos histéricos.
La confusión, mezclada con el llanto, se prolongó durante veinte minutos. Cuando las luces volvieron a encenderse, el túnel estaba lleno de humo y pólvora. Nadie sabía qué pasaba en realidad. Los sandwiches que llevaban los excursionistas estaban desparramados por el piso. Ninguno de los presentes pudo precisar si los asaltantes iban en un mismo vagón. Algunos pasajeros vieron que después que el tren dejó Los Teques, unas mujeres le buscaron conversación a los guardias nacionales.
El sargento Reyes Palma fue el primero en ser encañonado. El hombre se negó a entregar su ametralladora, y viéndose perdido apretó el gatillo que no estaba en posición de ráfaga. Salió un solo tiro. Fue suficiente para que los asaltantes, que iban disfrazados de deportistas, lo acribillaran en el acto. Así comenzó lo más parecido a una masacre.
Los asaltantes se subían a los asientos y gritaban arengas revolucionarias. A quien se atreviera a preguntar algo, lo amenazaban poniéndole los cañones de las armas en la boca. Menudo y bajito, el maquinista Rojas escuchó los disparos, se imaginó que los hombres estaban a un lado de la vía y aceleró la marcha. Del túnel 10 a El Encanto hay 20 minutos de trayecto. Nadie miró el paisaje. Todos trataban de moverse lo menos posible, aunque sintieran dolores horribles a causa de las balas o las orillas filosas de los asientos. Apenas el tren llegó a El Encanto los asaltantes corrieron a la estación, cortaron los alambres del telégrafo y rompieron los pocos muebles que allí había. Los empleados se convirtieron en prisioneros.
Los hombres y mujeres armados explicaban que eran de una organización clandestina, pero parecía que no hubieran ensayado bien el guión y confundidos de allá para acá -quizás habían ido más allá de lo programado-, pintaban consignas en los vagones. Ni en el nombre de la operación estaban de acuerdo. Algunos escribieron "Comando César Augusto Díaz", otros "Operación Italo Sardi" -nombre que había sido usado en la fuga de los presos de la cárcel de Trujillo-; más adelante escribieron "Operación Olga Luzardo". Era el nombre de una dirigente comunista que a veces ejercía de diputado suplente en el Congreso.
Antes de que pasara mucho rato, tres hombres armados subieron a donde estaba Rojas, y le ordenaron que desenganchara nueve de los vagones y se devolviera a Los Teques sólo con el vagón número 28. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. "El jefe -declaró Rojas-, parecía ser un sujeto alto, trigueño, que se protegía los ojos con lentes oscuros. Lucía una boina negra con un distintivo rojo".
A los pocos minutos, el tren estaba nuevamente en la entrada del túnel 10. Antes de que entrara en el túnel, los asaltantes le pidieron al maquinista que se detuviera, y al hacerlo los vio saltar rápidamente hacia un rincón donde tres automóviles esperaban para la huida.
Eran las 12:15 cuando Martín Rojas llegó a Los Teques y le contó lo que había ocurrido al jefe de estación, Remigio León. Mientras éste se ponía en comunicación con los cuerpos policiales, le ordenó que se devolviera a El Encanto para trasladar a los heridos. Cuando el maquinista regresó, los excursionistas habían recogido en la vía a los muertos y heridos. Al llegar al Policlínico de Los Teques, el sargento Saturnino ya estaba muerto, igual que los guardias Melecio Crespo Torres y Cristóbal Felipe Velasco. Antes de que anocheciera murieron también los distinguidos Carlos Santiago Noguera y David Anzola. Oscar Evaristo, encontrado al fondo de un barranco con un balazo en la cabeza, se salvó de milagro, junto a Raúl Montilla, Hermes Parra y Salomón Viloria. A los heridos civiles también los acompañó la suerte.
Cuando la noticia salió en las emisoras de radio de Caracas ya era la 1 de la tarde y por la carretera de Los Teques llovía. El jefe de la Digepol del estado Miranda no sólo impidió a los periodistas tomar un vehículo que los llevara hacia El Encanto sino que ordenó romperles las cámaras a quienes tomaran fotos. A esa hora unos 500 policías ya tenían aislado todo el sector. Raúl Montilla, uno de los sobrevivientes, dijo que fue desarmado, pero que ninguno de los asaltantes llegó a dispararle. "Yo les pedí que me armaran para batirme con ellos", declaró. Pero aquello no era un enfrentamiento. La única ganancia para los culpables de esta tragedia fueron diez ametralladoras y diez revólveres. Del asalto no hubo rastros. Salvo la sangre de los heridos.
Octubre, 1963
Demasiado tiempo lleva Venezuela conviviendo con esta historia, así como fue contada. Demasiadas, y muy importantes, fueron las consecuencias como para olvidarlo. El día del asalto al Tren de El Encanto, el Presidente Rómulo Betancourt estaba fuera de Caracas. Los más altos militares de todas las fuerzas se reunieron en La Planicie, desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde del día siguiente. El lunes en la noche, frente a unos treinta periodistas, el ministro de Relaciones Interiores, Manuel Mantilla, anunció las medidas del gobierno que, amparadas en la ola de terror y desprecio que desencadenó el suceso, fueron recibidas como un destello de sensatez por los venezolanos. Menos por los parlamentarios del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Gustavo Machado (PCV) y Domingo Alberto Rangel (MIR) suscribieron la mañana del 30 un texto único, que salió publicado al día siguiente en algunos diarios capitalinos. En él repudiaban la acción de El Encanto, y eximían de toda culpa a sus partidos. Pero ya la decisión del gobierno había sido tomada, y era implacable: los hombres del PCV y el MIR eran, a su juicio, los culpables "intelectuales" no sólo del asalto al tren, sino de todos los "actos terroristas" que habían ocurrido en Venezuela desde 1960. Su inmunidad parlamentaria iba a ser allanada.
Esa misma mañana, relató Machado en su libro En el camino del honor, llamaron a la puerta de su casa. "Irrumpieron, ametralladora en mano, no obstante mis airadas protestas, diez o doce facinerosos. Se negaban a identificarse, repitiendo el que fungía de Jefe que eran órdenes superiores (...) Revolvían armarios y closets, rebuscaban afanosamente algo que no hallaban en ningún rincón o escondite (...) Mientras esto ocurría en mi casa, se perpetraban asaltos semejantes en los domicilios de Jesús Faría, Eduardo Machado, Jesús María Casal y Jesús Villavicencio. Y en todos los casos, la grosera y brutal intromisión de instalar esbirros armados en nuestros hogares, se calificaba con cinismo tortuoso de arresto domiciliario".
Confinados en sus hogares, los parlamentarios del PCV y el MIR esperaban ansiosos la decisión de la Corte Suprema de Justicia. El jueves 3 de octubre, El Nacional asomó, basándose en "fuentes confidenciales", que la Corte declararía con lugar el allanamiento de los diputados y senadores en conflicto. En sus alegatos, los abogados defensores insistían ante los magistrados en la inconstitucionalidad de la medida. Con ésta se violaba el artículo 143 de la Carta Magna, que consagraba que sólo en caso de ``delito flagrante'', cometido por un senador o diputado, la autoridad competente los pondrá bajó custodia en su residencia; de no ser así, los parlamentarios no podían ser arrestados, confinados, ni coartados en sus funciones. Pero al día siguiente, el anuncio de El Nacional demostró ser cierto.
El viernes 4, la página D-3 del mismo diario desplegó un aviso: "Venezuela dice no a los terroristas comunistas". La imagen que acompañaba el texto era la de unas personas asomadas por las ventanillas de un tren, con una mancha de sangre a la izquierda. "Quienes quiera que sean, donde quiera que estén, destruiremos a los terroristas... El pueblo entero apoya las medidas tomadas para combatirlos". Remitidos y anuncios como éste, ilustrados con fotografías al estilo de Crónica Policial, se sucedieron insistentemente en esos días. Rómulo Betancourt sabía lo que hacía: la opinión pública estaba a sus pies.
El 5 de octubre, el gobierno anunció que serían pasados a tribunales militares los parlamentarios del PCV y el MIR. Sin derecho a réplica, fueron internados en el Cuartel San Carlos, Faría, Eduardo y Gustavo Machado, Casal y Villavicencio. "La inmunidad parlamentaria no es prerrogativa que pueda usarse para fomentar la guerra, destruir la libertad, la paz y la estabilidad de las instituciones o desconocer el orden democrático", declaró el ministro Mantilla, haciéndose eco de los lineamientos presidenciales.
La última palabra la tuvo Rómulo Betancourt en una alocución al país, una semana después del asalto al Tren del Encanto. Quebrantado, pero con la firmeza del político que se sabe vencedor de una lucha feroz por erradicar al comunismo de estas tierras, dijo que se encontraba en Puerto de Hierro cuando recibió "la infausta y dramática noticia de que habían sido fría y cobardemente asesinados cinco miembros de la Guardia Nacional y heridos mujeres y niños, en el tren que semanalmente lleva a personas de Caracas a pasar el fin de semana en Los Teques. Fue un asesinato insólito y extraño a toda la historia política del país. Los miembros de la Guardia Nacional fueron asesinados por la espalda, disparando sus asesinos cuando el tren pasaba por uno de sus túneles. Los victimarios pintaron consignas, alardosamente retadoras, indicando que ese asesinato cobarde lo había realizado el Partido Comunista (...) En Venezuela la lucha contra los terroristas ha entrado en una etapa definitiva. El gobierno no pedirá ni dará cuartel".
2 de julio, 1997
El asalto al Tren de El Encanto no tuvo héroes sino culpables. A pesar de la distancia el tema sigue incomodando como una astilla en la carne. Los guardias nacionales se retuercen todavía cuando lo recuerdan. Y los artífices de la lucha armada se niegan a brindarle un espacio en su memoria, como si la historia pudiera ser rescrita eliminando de un plumazo sus incidentes vergonzosos.
Para la realización de este trabajo fueron consultadas diez personas -del bando de los "perdedores"- que tuvieron militancia activa en esa guerra que arropó todos los costados del país en los años sesenta. Ante las preguntas, la respuesta siempre fue esquiva: "Yo no sé nada", "yo estaba preso cuando sucedió lo de El Encanto", ``Yo supe de la operación dos semanas antes, pero puras generalidades'', ``Esa fue una acción estúpida''.
Guillermo García Ponce, miembro del aparato militar del PCV y en consecuencia directivo de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) -brazo armado en el que coincidían las aspiraciones revolucionarias del PCV y el MIR-, sostuvo, como ha sostenido siempre, que la dirección de las FALN nunca ordenó que se ejecutara el asalto. Para él sólo dos explicaciones ocupan su cabeza cuando piensa en El Encanto: o fue una acción de un grupo anárquico, que actuó violando el Código de Honor de las FALN, o fue una acción propiciada por el gobierno -un acto de provocación-, para conseguir finalmente el allanamiento a la inmunidad de los parlamentarios que tanto deseaba Betancourt desde hacía mucho. El mismo fue víctima de la medida cuando lo hicieron preso una semana después del arresto domiciliario a sus compañeros.
Otro entrevistado -ex guerrillero que trabaja hoy en el Ministerio de Relaciones Interiores-, declaró enfáticamente, después de ponerle sobre la mesa las hipótesis de García Ponce: "No le crea a quien le diga que el Asalto al Tren de El Encanto no fue una acción de las FALN". El tema, sin duda, tiene sus bemoles.
Sólo en una cosa coincidieron las personas consultadas: el nombre de Teodoro Petkoff debe ser borrado de este relato. Nadie sabe nada, sólo saben que el actual ministro de Cordiplan ha sido difamado al involucrarlo en el reparto de los "culpables".
Ultima Hora, 21 de julio
Esta crónica terminaría aquí, si poco tiempo antes de cerrarla no hubiese aparecido, con sus ojos azules fulminantes, Luis Correa. Cineasta y escritor, en medio de una atmósfera de confesionario, es el protagonista de este diálogo. Gracias a él, muchas preguntas encontraron su respuesta.
-La operación del asalto al Tren de El Encanto fue organizada por una Unidad Táctica de Combate (UTC) de la Brigada No 1, de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Recibimos la información de que iban a ser trasladadas unas armas en ese tren, y la brigada planificó la operación de forma tal que hubiesen el menor número de lesionados.
Para el efecto se colocaron hombres y mujeres combatientes en ambos extremos de los vagones, de manera de poder neutralizar la actividad de los guardias que también iban repartidos en los vagones. En un momento determinado, a uno de los compañeros se le cayó un arma, y un guardia lo vio. Ahí empezó todo.
-¨No estaba previsto el enfrentamiento?
- No, no estaba previsto. Fue realmente un lamentable error. Al final no hubo ningún traslado de armas. Fue una operación fallida. Se tomaron diez sub ametralladoras Madsen, y un par de revólveres.
-¨No eran esas armas el objetivo?
- No, el objetivo no eran las armas que llevaban los guardias, sino las que supuestamente estaban siendo trasladadas en el tren. En todo caso, se levantaron doce armas, con el lamentable resultado de cinco guardias muertos. Por la parte nuestra no hubo ningún herido grave. De resto, nada más. Después vinieron las consecuencias: esta acción desencadenó una violenta ofensiva política por parte del gobierno.
-¨La operación estaba autorizada por el alto mando de las FALN?
- Plenamente.
-Entonces los que hoy dicen que nada sabían sobre El Encanto...
- Hoy se dicen muchas cosas. Por eso yo llamo a ese período como el espejismo de la revolución. Hoy es muy fácil no asumir las responsabilidades de lo que pasó hace treinta años. Es muy fácil decir que fue una "operación por la libre", como se decía en aquel entonces.
-Hoy todavía se dice que fue un grupo anárquico que actuó sin el consentimiento de las altas esferas de las FALN.
- Eso no es verdad.
-¨Teodoro Petkoff tuvo que ver con El Encanto?
- No. En absoluto. Eso no quiere decir que Teodoro no tenga sus méritos en otros campos, pero esta operación en particular, y con esta Brigada en particular Teodoro no tenía nada que ver.
-¨Y Guillermo García Ponce?
- Guillermo sí, porque él era miembro de las FALN y por lo menos estaba enterado.
-¨Cuántas personas realizaron la operación?
- Siete.
-¨Mujeres y hombres?
- Creo que dos y cinco.
-¨Es cierto que la tarea de las mujeres era entretener a los guardias?
- No. Esa fue una acción muy violenta, y creo que se desarrolló en muy pocos minutos.
-¨Es cierto que se desarrolló justo en el momento de oscuridad absoluta, cuando el tren iba atravesando el túnel 10?
- Saliendo del túnel.
-¨Qué no se ha dicho sobre El Encanto que crea importante decir en este momento?
- Esa operación se bautizó con el nombre de "Toribio García", un combatiente muerto. De resto no hay nada extraordinario. Fue una operación, desde el punto de vista militar, sencilla, de rutina, como hubo tantas. Todo estaba planificado para que nadie cayera preso. Desde el punto de vista militar fue un éxito, aunque desde el punto de vista político haya sido un error, visto ya retrospectivamente.
-En El Nacional del 12 de octubre de 1963 apareció un anuncio del MRI en el que se decía que habían sido identificado dos de los asaltantes del tren: Eliobardo Pérez (a) Elio, y Andrés Delfín Rodríguez.
- Ninguno de los dos participó en la operación. Ellos eran combatientes, pero no tuvieron nada que ver con El Encanto. Estuvieron presos en el San Carlos sin tener nada que ver con eso. Supongo que había que justificar cierta eficacia judicial, pero ellos fueron dos chivos expiatorios. Posteriormente cayeron presos otros combatientes que estuvieron en el Tren de El Encanto, pero por delaciones o por otras actividades.
-También salió en esos días "Se busca vivo o muerto Máximo Canales".
- Tampoco tuvo nada que ver con el asalto. El era de una brigada del MIR.
-¨La operación fue posteriormente revisada?
- ¨Autocríticamente? Sí, se vio el error que se había cometido.
-¨Y cómo definiría el error?
- Como un mal trabajo de inteligencia, que condujo a ese infausto resultado. Era mentira que había una caja de armas en el tren. Sin embargo, para aquel entonces diez ametralladoras eran diez ametralladoras, más dos revólveres, más cuatro peinillas...
-Se dice que mataron a los guardias por la espalda.
- El dispositivo se había colocado de manera que los guardias quedaran encerrados entre dos fuegos. Y un hombre entre dos fuegos o muere por delante o muere por detrás.
-¨Los miembros de la unidad iban en un vagón concreto?
- No, iban dispersos en varios vagones, igual que los guardias, a quienes hubo que irlos sometiendo rápidamente, vagón a vagón.
-¨Aparte del costo político, qué otras consecuencias cree que tuvo la acción de El Encanto?
- Sirvió para unificar a la Guardia Nacional. Como todo en la vida, El Encanto tuvo sus partes negativas y positivas. Al gobierno le sirvió. Ahora, si se juzga sólo por el número de muertos, habría que preguntarse ¨cuántos muertos hubo en Puerto Cabello o en Carúpano?
-Pero allí se entiende que hubo enfrentamientos.
- Aquí también. Sui géneris, pero fue un enfrentamiento.
-¨Los guardias nacionales llegaron a disparar?
- Por supuesto, pero no lograron herir a nadie. Incluso se combatió en las partes exteriores al tren, en los andenes, para evitar heridos civiles... Lo que pasó en El Encanto fue tan sencillo como se lo estoy contando. Claro, después adquirió un ribete político insospechado, acorde a los objetivos del gobierno. Mezclaron a Canales, mezclaron a Teodoro, mezclaron a todo el mundo, pero esa acción la hizo una UTC normal, ni siquiera fue una brigada extraordinaria. Desde entonces alguien señaló a Teodoro, pero es que han podido señalar a García Ponce, o a cualquier otro. Siempre se busca la descalificación del contrario. Y eso es normal dentro de las reglas del juego de la guerra. O de la guerrita, como queramos llamarla. Una guerra que costó bastantes muertos, y bastantes equivocaciones de parte y parte.
-Y usted, ¨cómo ve esa guerra hoy en día?
- Uno de sus problemas graves fue que a la dirección política del PCV -no quiero emitir juicios sobre el MIR- le faltó una cosa que se llama "decisión de partido". Ellos jugaban a la guerra en un sentido, pero no tuvieron la decisión de enfrentar el problema en toda su magnitud. Era un juego dual, entre la guerra y la paz. El buró político tenía unas ideas, que tampoco transmitía; no estaba de acuerdo con la lucha armada pero a su vez la aupaba. Una contradicción flagrante, que fue una de las causas fundamentales de la derrota. Nuestra derrota fue, básicamente, una derrota política. No quiero decir con esto que la derrota política o militar sea más importante una u otra, sino que una vez que un movimiento está derrotado políticamente, sobran los fusiles.
-¨A su juicio, el asalto al Tren de El Encanto fue determinante para perder el apoyo que ustedes tenían en un sector de la población?
- Tanto como aquella fotografía de un cura agarrando a un soldado herido en Puerto Cabello. El Encanto impactó a la opinión pública, y manejada con todos los medios que tenía el gobierno a su alcance, causó una erosión. Ahora, todo eso hubiese sido transitorio, si hubiésemos hecho otras cosas positivas. El Encanto no se puede ver como hecho aislado; en todo caso la población no le prestaba atención ni al gobierno ni a nosotros. El gobierno iba por un lado, nosotros por otro, y las masas por otro.
-¨Entonces las masas no eran sensibles a esa lucha?
- No, si lo hubiesen sido, hubiésemos ganado. Pero tampoco eran sensibles al gobierno, que ganó las elecciones con Leoni y después las perdió con Copei. Por una operación no se puede juzgar una etapa en la vida histórica de un país. El Encanto fue una operación irrelevante. Se hicieron muchas otras de más envergadura, donde hubo más muertos, y no pasaba nada. Hubo errores de parte y parte. El gobierno también cometió bastante barbaridades. Unas se sabían y otras no. Muchas no se saben todavía. En una etapa de enfrentamiento entre dos fuerzas, una grande y otra pequeña, cabe todo. El gobierno escribió la historia, porque fueron los vencedores. Pero la historia siempre se está reescribiendo, sólo hay que tener la paciencia para seguirla leyendo.
-¨Cuándo cree usted que fue la fractura decisiva de la izquierda venezolana?
- En octubre-noviembre de 1963. Pero no por El Encanto, sino por las elecciones.
-Señor Correa: ¨en qué brigada estaba usted?
- Yo era el jefe de la Brigada No 1.
-¨Y todo lo que me ha dicho lo puedo poner con su nombre y apellido?
- Totalmente. Yo asumo mis riesgos, y mis responsabilidades. ¨Qué me van a cobrar? ¨La vida?
El Tren del Encanto: un reducto paradisíaco como escenario de guerra
La Guardia Nacional todavía llora a sus muertos
Las reglas del juego
Las luchas armadas no se hacen con guantes de seda. Eso es parte de su absurdo. Ninguna explicación puede, 34 años después, aliviar la pena de los familiares de Saturnino Reyes Palma, Melecio Crespo, Cristóbal Velasco, Carlos Noguera y David Anzola, los cinco guardias nacionales muertos en El Encanto. Pero nada impide pensar que el impacto del asalto en la opinión pública tenía detrás una madeja de intereses que sólo pueden entenderse en un contexto de guerra, en la que los culpables no son sólo los que detonan las armas. Ni las únicas víctimas los que reciben los balazos.
El allanamiento a la inmunidad de los parlamentarios del PCV y el MIR estaba programado, según Gustavo Machado en El camino del honor, desde meses antes al lamentable episodio del tren. "De no haber sido por El Encanto, hubiese sido por cualquier otro hecho, de más o menos envergadura'', refrenda hoy Luis Correa, jefe de la Brigada que organizó el asalto. "Esa decisión ya había sido tomada a raíz de los alzamientos en Puerto Cabello y Carúpano".
Aunque nunca hubiesen sido compatibles, el entonces Jefe de Investigaciones y Capturas de la Digepol a nivel nacional, Atahualpa Montes, coincide hoy con Correa al afirmar: "Los subversivos se la pusieron al gobierno en bandeja de plata, y eso lo hicieron en más de una oportunidad. Después de El Encanto, no era tan importante la captura de los criminales individuales, como descabezar a una organización que, desde sus curules en el Congreso, estaba usando a soldados rasos de tercera y cuarta categoría para cometer actos de terrorismo. Los parlamentarios no fueron tampoco unas víctimas inocentes de una acción inconstitucional del gobierno: ellos pagaron por la hipocresía de no estar de acuerdo con algo y usarlo en su propio beneficio".
Que el gobierno de Betancourt haya usado como coartada política la tragedia de El Encanto, para lograr inhabilitar la oposición del PCV y el MIR, no es una apreciación que Montes descarte del todo. "Pero si esto fue así, la historia nos dio la razón. La derrota del extremismo de izquierda comienza precisamente en esos años. Y llegó a lo que tenemos hoy en día: un país completamente pacificado en donde los que lanzaban bombas son gente muy respetable que hoy goza de sólidas posiciones democráticas".
Una última inquietud: si es cierto, como confiesa hoy Atahualpa Montes, que la Digepol "siempre supo que el asalto al Tren del Encanto no perseguía como objetivo matar a los guardias, sino tomar algún armamento agarrándolos por sorpresa", ¨no hubiese cambiado la relevancia de ese episodio en la historia nacional decir lo mismo en aquel momento? ¨Acaso no sería distinta la marca, hasta ahora indeleble, de esa tragedia que convirtió a unos revoltosos soñadores en "brutales asesinos"? Luis Correa y Atahualpa Montes, miembros de los dos grupos en pugna, entendieron el "Asalto en el túnel 10" como una acción de guerra, igual que hubo muchas otras. Y en esta guerra hubo muertes atroces de bando y bando. La lección entonces es para desanimarse: para ganar la guerra hacen falta mártires y banderas. La guerra no se gana nada más en los campos de batalla.
Fotografías: http://lbarragan.blogspot.com/2013/04/inmunidad-parlamentaria-ficcion-y.html
La mañana en que los héroes pasaron a ser culpables
Treinta y cuatro años después, remover el polémico episodio en el que murieron cinco guardias nacionales en manos de la guerrilla urbana, puede resultar una tarea tormentosa. Como tantos sucesos de la década del sesenta, a éste parece rodearlo la voluntad del olvido. Albor Rodríguez escarbó en los periódicos de la época y encontró una historia que a partir de ahora puede ser rescrita con el testimonio de un protagonista dispuesto a asumir responsabilidades y a retar con su propia honestidad la ``desmemoria'' de los que entonces participaban en la lucha armada
Albor Rodríguez
Con una prosa capaz de poner a convivir los adjetivos más paralizantes, la prensa nacional registró el 30 de septiembre de 1963 un suceso que heló la sangre a los lectores: cinco Guardias Nacionales habían sido asesinados en un tren que, paradójicamente, se llamaba El Encanto. Treinta y tres años y once meses después, remover el polémico y doloroso tema puede ser como caminar por un terreno minado. Lo rodea un silencio que parece indicar que fue un asalto fantasma. De él sólo queda esa historia escrita en los periódicos, los testimonios de los parlamentarios comunistas, la vaga sensación de que allí empezó la estruendosa caída del afán revolucionario en Venezuela, y ahora, por fin, la confesión de un protagonista dispuesto a asumir responsabilidades y a retar con su propia honestidad la ``desmemoria'' de los que entonces participaban en la lucha armada.
La historia, ya se sabe, puede ser escrita de muchas maneras. Y en este caso, estuvo hasta ahora escrita con repulsión y rabia. De momento, lo que sigue es la reproducción, tal vez menos apasionada, de lo que pasó ese día según fue relatado por los periodistas de la época.
Septiembre, 1963
La mañana del domingo 29, más de veinte hombres armados hasta los dientes sembraron de terror el corazón de una buena gente que se dedicaba a contar los árboles que dejaban a su paso. Iban rumbo a El Encanto, un reducto paradisíaco a 42 kilómetros de Caracas, montados en un perezoso tren que salía de Caño Amarillo. Como en las historias del Oeste americano, unos bandoleros irrumpieron en la diligencia, y convirtieron un domingo feliz en una balacera.
Desde que se instaló la violencia en el país, los vagones ferroviarios siempre llevaban guardias nacionales. El Tren de El Encanto, los domingos, era uno de los menos peligrosos. Para los nueve efectivos del destacamento 56 de Caricuao, dirigirse a la estación de Caño Amarillo era un asunto de rutina. Ya a las 8, estaban apostados en las puertas de cada vagón.
Las órdenes las daba el sargento segundo Saturnino Reyes Palma, un hombre serio y apacible con doce de sus 35 años de vida al servicio de las Fuerzas Armadas de Cooperación Nacional. Diez vagones estaban enganchados a la locomotora número 7, conducida por José Peña Lara, y el maquinista Martín Rojas. El aparato había dado los pitazos de rigor. A las 8:30 el tren empezó a contar los rieles.
Los funcionarios que habían vendido los boletos sabían que no iban más de 270 pasajeros. En Antímano, donde recién se acababa Caracas, el tren se detuvo. Las lomas y las quebradas habían quedado atrás lentamente. En Las Adjuntas, el tren volvió a parar cinco minutos. De Caracas a Los Teques hay sólo 30 kilómetros, y cuando el tren llegó allí eran las diez de la mañana.
A las 10:20 la locomotora entró en el túnel número 10, de casi dos kilómetros de largo. La oscuridad era amortiguada por unos bombillos que despedían luces anaranjadas. Entonces se escuchó un disparo, y mientras el tren daba un largo cabezazo, el tendido se apagó definitivamente. No se sabía de dónde venían las sordas detonaciones. "Es un asalto, es un asalto", gritó una voz anónima. Las mujeres daban alaridos histéricos.
La confusión, mezclada con el llanto, se prolongó durante veinte minutos. Cuando las luces volvieron a encenderse, el túnel estaba lleno de humo y pólvora. Nadie sabía qué pasaba en realidad. Los sandwiches que llevaban los excursionistas estaban desparramados por el piso. Ninguno de los presentes pudo precisar si los asaltantes iban en un mismo vagón. Algunos pasajeros vieron que después que el tren dejó Los Teques, unas mujeres le buscaron conversación a los guardias nacionales.
El sargento Reyes Palma fue el primero en ser encañonado. El hombre se negó a entregar su ametralladora, y viéndose perdido apretó el gatillo que no estaba en posición de ráfaga. Salió un solo tiro. Fue suficiente para que los asaltantes, que iban disfrazados de deportistas, lo acribillaran en el acto. Así comenzó lo más parecido a una masacre.
Los asaltantes se subían a los asientos y gritaban arengas revolucionarias. A quien se atreviera a preguntar algo, lo amenazaban poniéndole los cañones de las armas en la boca. Menudo y bajito, el maquinista Rojas escuchó los disparos, se imaginó que los hombres estaban a un lado de la vía y aceleró la marcha. Del túnel 10 a El Encanto hay 20 minutos de trayecto. Nadie miró el paisaje. Todos trataban de moverse lo menos posible, aunque sintieran dolores horribles a causa de las balas o las orillas filosas de los asientos. Apenas el tren llegó a El Encanto los asaltantes corrieron a la estación, cortaron los alambres del telégrafo y rompieron los pocos muebles que allí había. Los empleados se convirtieron en prisioneros.
Los hombres y mujeres armados explicaban que eran de una organización clandestina, pero parecía que no hubieran ensayado bien el guión y confundidos de allá para acá -quizás habían ido más allá de lo programado-, pintaban consignas en los vagones. Ni en el nombre de la operación estaban de acuerdo. Algunos escribieron "Comando César Augusto Díaz", otros "Operación Italo Sardi" -nombre que había sido usado en la fuga de los presos de la cárcel de Trujillo-; más adelante escribieron "Operación Olga Luzardo". Era el nombre de una dirigente comunista que a veces ejercía de diputado suplente en el Congreso.
Antes de que pasara mucho rato, tres hombres armados subieron a donde estaba Rojas, y le ordenaron que desenganchara nueve de los vagones y se devolviera a Los Teques sólo con el vagón número 28. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. "El jefe -declaró Rojas-, parecía ser un sujeto alto, trigueño, que se protegía los ojos con lentes oscuros. Lucía una boina negra con un distintivo rojo".
A los pocos minutos, el tren estaba nuevamente en la entrada del túnel 10. Antes de que entrara en el túnel, los asaltantes le pidieron al maquinista que se detuviera, y al hacerlo los vio saltar rápidamente hacia un rincón donde tres automóviles esperaban para la huida.
Eran las 12:15 cuando Martín Rojas llegó a Los Teques y le contó lo que había ocurrido al jefe de estación, Remigio León. Mientras éste se ponía en comunicación con los cuerpos policiales, le ordenó que se devolviera a El Encanto para trasladar a los heridos. Cuando el maquinista regresó, los excursionistas habían recogido en la vía a los muertos y heridos. Al llegar al Policlínico de Los Teques, el sargento Saturnino ya estaba muerto, igual que los guardias Melecio Crespo Torres y Cristóbal Felipe Velasco. Antes de que anocheciera murieron también los distinguidos Carlos Santiago Noguera y David Anzola. Oscar Evaristo, encontrado al fondo de un barranco con un balazo en la cabeza, se salvó de milagro, junto a Raúl Montilla, Hermes Parra y Salomón Viloria. A los heridos civiles también los acompañó la suerte.
Cuando la noticia salió en las emisoras de radio de Caracas ya era la 1 de la tarde y por la carretera de Los Teques llovía. El jefe de la Digepol del estado Miranda no sólo impidió a los periodistas tomar un vehículo que los llevara hacia El Encanto sino que ordenó romperles las cámaras a quienes tomaran fotos. A esa hora unos 500 policías ya tenían aislado todo el sector. Raúl Montilla, uno de los sobrevivientes, dijo que fue desarmado, pero que ninguno de los asaltantes llegó a dispararle. "Yo les pedí que me armaran para batirme con ellos", declaró. Pero aquello no era un enfrentamiento. La única ganancia para los culpables de esta tragedia fueron diez ametralladoras y diez revólveres. Del asalto no hubo rastros. Salvo la sangre de los heridos.
Octubre, 1963
Demasiado tiempo lleva Venezuela conviviendo con esta historia, así como fue contada. Demasiadas, y muy importantes, fueron las consecuencias como para olvidarlo. El día del asalto al Tren de El Encanto, el Presidente Rómulo Betancourt estaba fuera de Caracas. Los más altos militares de todas las fuerzas se reunieron en La Planicie, desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde del día siguiente. El lunes en la noche, frente a unos treinta periodistas, el ministro de Relaciones Interiores, Manuel Mantilla, anunció las medidas del gobierno que, amparadas en la ola de terror y desprecio que desencadenó el suceso, fueron recibidas como un destello de sensatez por los venezolanos. Menos por los parlamentarios del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Gustavo Machado (PCV) y Domingo Alberto Rangel (MIR) suscribieron la mañana del 30 un texto único, que salió publicado al día siguiente en algunos diarios capitalinos. En él repudiaban la acción de El Encanto, y eximían de toda culpa a sus partidos. Pero ya la decisión del gobierno había sido tomada, y era implacable: los hombres del PCV y el MIR eran, a su juicio, los culpables "intelectuales" no sólo del asalto al tren, sino de todos los "actos terroristas" que habían ocurrido en Venezuela desde 1960. Su inmunidad parlamentaria iba a ser allanada.
Esa misma mañana, relató Machado en su libro En el camino del honor, llamaron a la puerta de su casa. "Irrumpieron, ametralladora en mano, no obstante mis airadas protestas, diez o doce facinerosos. Se negaban a identificarse, repitiendo el que fungía de Jefe que eran órdenes superiores (...) Revolvían armarios y closets, rebuscaban afanosamente algo que no hallaban en ningún rincón o escondite (...) Mientras esto ocurría en mi casa, se perpetraban asaltos semejantes en los domicilios de Jesús Faría, Eduardo Machado, Jesús María Casal y Jesús Villavicencio. Y en todos los casos, la grosera y brutal intromisión de instalar esbirros armados en nuestros hogares, se calificaba con cinismo tortuoso de arresto domiciliario".
Confinados en sus hogares, los parlamentarios del PCV y el MIR esperaban ansiosos la decisión de la Corte Suprema de Justicia. El jueves 3 de octubre, El Nacional asomó, basándose en "fuentes confidenciales", que la Corte declararía con lugar el allanamiento de los diputados y senadores en conflicto. En sus alegatos, los abogados defensores insistían ante los magistrados en la inconstitucionalidad de la medida. Con ésta se violaba el artículo 143 de la Carta Magna, que consagraba que sólo en caso de ``delito flagrante'', cometido por un senador o diputado, la autoridad competente los pondrá bajó custodia en su residencia; de no ser así, los parlamentarios no podían ser arrestados, confinados, ni coartados en sus funciones. Pero al día siguiente, el anuncio de El Nacional demostró ser cierto.
El viernes 4, la página D-3 del mismo diario desplegó un aviso: "Venezuela dice no a los terroristas comunistas". La imagen que acompañaba el texto era la de unas personas asomadas por las ventanillas de un tren, con una mancha de sangre a la izquierda. "Quienes quiera que sean, donde quiera que estén, destruiremos a los terroristas... El pueblo entero apoya las medidas tomadas para combatirlos". Remitidos y anuncios como éste, ilustrados con fotografías al estilo de Crónica Policial, se sucedieron insistentemente en esos días. Rómulo Betancourt sabía lo que hacía: la opinión pública estaba a sus pies.
El 5 de octubre, el gobierno anunció que serían pasados a tribunales militares los parlamentarios del PCV y el MIR. Sin derecho a réplica, fueron internados en el Cuartel San Carlos, Faría, Eduardo y Gustavo Machado, Casal y Villavicencio. "La inmunidad parlamentaria no es prerrogativa que pueda usarse para fomentar la guerra, destruir la libertad, la paz y la estabilidad de las instituciones o desconocer el orden democrático", declaró el ministro Mantilla, haciéndose eco de los lineamientos presidenciales.
La última palabra la tuvo Rómulo Betancourt en una alocución al país, una semana después del asalto al Tren del Encanto. Quebrantado, pero con la firmeza del político que se sabe vencedor de una lucha feroz por erradicar al comunismo de estas tierras, dijo que se encontraba en Puerto de Hierro cuando recibió "la infausta y dramática noticia de que habían sido fría y cobardemente asesinados cinco miembros de la Guardia Nacional y heridos mujeres y niños, en el tren que semanalmente lleva a personas de Caracas a pasar el fin de semana en Los Teques. Fue un asesinato insólito y extraño a toda la historia política del país. Los miembros de la Guardia Nacional fueron asesinados por la espalda, disparando sus asesinos cuando el tren pasaba por uno de sus túneles. Los victimarios pintaron consignas, alardosamente retadoras, indicando que ese asesinato cobarde lo había realizado el Partido Comunista (...) En Venezuela la lucha contra los terroristas ha entrado en una etapa definitiva. El gobierno no pedirá ni dará cuartel".
2 de julio, 1997
El asalto al Tren de El Encanto no tuvo héroes sino culpables. A pesar de la distancia el tema sigue incomodando como una astilla en la carne. Los guardias nacionales se retuercen todavía cuando lo recuerdan. Y los artífices de la lucha armada se niegan a brindarle un espacio en su memoria, como si la historia pudiera ser rescrita eliminando de un plumazo sus incidentes vergonzosos.
Para la realización de este trabajo fueron consultadas diez personas -del bando de los "perdedores"- que tuvieron militancia activa en esa guerra que arropó todos los costados del país en los años sesenta. Ante las preguntas, la respuesta siempre fue esquiva: "Yo no sé nada", "yo estaba preso cuando sucedió lo de El Encanto", ``Yo supe de la operación dos semanas antes, pero puras generalidades'', ``Esa fue una acción estúpida''.
Guillermo García Ponce, miembro del aparato militar del PCV y en consecuencia directivo de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) -brazo armado en el que coincidían las aspiraciones revolucionarias del PCV y el MIR-, sostuvo, como ha sostenido siempre, que la dirección de las FALN nunca ordenó que se ejecutara el asalto. Para él sólo dos explicaciones ocupan su cabeza cuando piensa en El Encanto: o fue una acción de un grupo anárquico, que actuó violando el Código de Honor de las FALN, o fue una acción propiciada por el gobierno -un acto de provocación-, para conseguir finalmente el allanamiento a la inmunidad de los parlamentarios que tanto deseaba Betancourt desde hacía mucho. El mismo fue víctima de la medida cuando lo hicieron preso una semana después del arresto domiciliario a sus compañeros.
Otro entrevistado -ex guerrillero que trabaja hoy en el Ministerio de Relaciones Interiores-, declaró enfáticamente, después de ponerle sobre la mesa las hipótesis de García Ponce: "No le crea a quien le diga que el Asalto al Tren de El Encanto no fue una acción de las FALN". El tema, sin duda, tiene sus bemoles.
Sólo en una cosa coincidieron las personas consultadas: el nombre de Teodoro Petkoff debe ser borrado de este relato. Nadie sabe nada, sólo saben que el actual ministro de Cordiplan ha sido difamado al involucrarlo en el reparto de los "culpables".
Ultima Hora, 21 de julio
Esta crónica terminaría aquí, si poco tiempo antes de cerrarla no hubiese aparecido, con sus ojos azules fulminantes, Luis Correa. Cineasta y escritor, en medio de una atmósfera de confesionario, es el protagonista de este diálogo. Gracias a él, muchas preguntas encontraron su respuesta.
-La operación del asalto al Tren de El Encanto fue organizada por una Unidad Táctica de Combate (UTC) de la Brigada No 1, de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Recibimos la información de que iban a ser trasladadas unas armas en ese tren, y la brigada planificó la operación de forma tal que hubiesen el menor número de lesionados.
Para el efecto se colocaron hombres y mujeres combatientes en ambos extremos de los vagones, de manera de poder neutralizar la actividad de los guardias que también iban repartidos en los vagones. En un momento determinado, a uno de los compañeros se le cayó un arma, y un guardia lo vio. Ahí empezó todo.
-¨No estaba previsto el enfrentamiento?
- No, no estaba previsto. Fue realmente un lamentable error. Al final no hubo ningún traslado de armas. Fue una operación fallida. Se tomaron diez sub ametralladoras Madsen, y un par de revólveres.
-¨No eran esas armas el objetivo?
- No, el objetivo no eran las armas que llevaban los guardias, sino las que supuestamente estaban siendo trasladadas en el tren. En todo caso, se levantaron doce armas, con el lamentable resultado de cinco guardias muertos. Por la parte nuestra no hubo ningún herido grave. De resto, nada más. Después vinieron las consecuencias: esta acción desencadenó una violenta ofensiva política por parte del gobierno.
-¨La operación estaba autorizada por el alto mando de las FALN?
- Plenamente.
-Entonces los que hoy dicen que nada sabían sobre El Encanto...
- Hoy se dicen muchas cosas. Por eso yo llamo a ese período como el espejismo de la revolución. Hoy es muy fácil no asumir las responsabilidades de lo que pasó hace treinta años. Es muy fácil decir que fue una "operación por la libre", como se decía en aquel entonces.
-Hoy todavía se dice que fue un grupo anárquico que actuó sin el consentimiento de las altas esferas de las FALN.
- Eso no es verdad.
-¨Teodoro Petkoff tuvo que ver con El Encanto?
- No. En absoluto. Eso no quiere decir que Teodoro no tenga sus méritos en otros campos, pero esta operación en particular, y con esta Brigada en particular Teodoro no tenía nada que ver.
-¨Y Guillermo García Ponce?
- Guillermo sí, porque él era miembro de las FALN y por lo menos estaba enterado.
-¨Cuántas personas realizaron la operación?
- Siete.
-¨Mujeres y hombres?
- Creo que dos y cinco.
-¨Es cierto que la tarea de las mujeres era entretener a los guardias?
- No. Esa fue una acción muy violenta, y creo que se desarrolló en muy pocos minutos.
-¨Es cierto que se desarrolló justo en el momento de oscuridad absoluta, cuando el tren iba atravesando el túnel 10?
- Saliendo del túnel.
-¨Qué no se ha dicho sobre El Encanto que crea importante decir en este momento?
- Esa operación se bautizó con el nombre de "Toribio García", un combatiente muerto. De resto no hay nada extraordinario. Fue una operación, desde el punto de vista militar, sencilla, de rutina, como hubo tantas. Todo estaba planificado para que nadie cayera preso. Desde el punto de vista militar fue un éxito, aunque desde el punto de vista político haya sido un error, visto ya retrospectivamente.
-En El Nacional del 12 de octubre de 1963 apareció un anuncio del MRI en el que se decía que habían sido identificado dos de los asaltantes del tren: Eliobardo Pérez (a) Elio, y Andrés Delfín Rodríguez.
- Ninguno de los dos participó en la operación. Ellos eran combatientes, pero no tuvieron nada que ver con El Encanto. Estuvieron presos en el San Carlos sin tener nada que ver con eso. Supongo que había que justificar cierta eficacia judicial, pero ellos fueron dos chivos expiatorios. Posteriormente cayeron presos otros combatientes que estuvieron en el Tren de El Encanto, pero por delaciones o por otras actividades.
-También salió en esos días "Se busca vivo o muerto Máximo Canales".
- Tampoco tuvo nada que ver con el asalto. El era de una brigada del MIR.
-¨La operación fue posteriormente revisada?
- ¨Autocríticamente? Sí, se vio el error que se había cometido.
-¨Y cómo definiría el error?
- Como un mal trabajo de inteligencia, que condujo a ese infausto resultado. Era mentira que había una caja de armas en el tren. Sin embargo, para aquel entonces diez ametralladoras eran diez ametralladoras, más dos revólveres, más cuatro peinillas...
-Se dice que mataron a los guardias por la espalda.
- El dispositivo se había colocado de manera que los guardias quedaran encerrados entre dos fuegos. Y un hombre entre dos fuegos o muere por delante o muere por detrás.
-¨Los miembros de la unidad iban en un vagón concreto?
- No, iban dispersos en varios vagones, igual que los guardias, a quienes hubo que irlos sometiendo rápidamente, vagón a vagón.
-¨Aparte del costo político, qué otras consecuencias cree que tuvo la acción de El Encanto?
- Sirvió para unificar a la Guardia Nacional. Como todo en la vida, El Encanto tuvo sus partes negativas y positivas. Al gobierno le sirvió. Ahora, si se juzga sólo por el número de muertos, habría que preguntarse ¨cuántos muertos hubo en Puerto Cabello o en Carúpano?
-Pero allí se entiende que hubo enfrentamientos.
- Aquí también. Sui géneris, pero fue un enfrentamiento.
-¨Los guardias nacionales llegaron a disparar?
- Por supuesto, pero no lograron herir a nadie. Incluso se combatió en las partes exteriores al tren, en los andenes, para evitar heridos civiles... Lo que pasó en El Encanto fue tan sencillo como se lo estoy contando. Claro, después adquirió un ribete político insospechado, acorde a los objetivos del gobierno. Mezclaron a Canales, mezclaron a Teodoro, mezclaron a todo el mundo, pero esa acción la hizo una UTC normal, ni siquiera fue una brigada extraordinaria. Desde entonces alguien señaló a Teodoro, pero es que han podido señalar a García Ponce, o a cualquier otro. Siempre se busca la descalificación del contrario. Y eso es normal dentro de las reglas del juego de la guerra. O de la guerrita, como queramos llamarla. Una guerra que costó bastantes muertos, y bastantes equivocaciones de parte y parte.
-Y usted, ¨cómo ve esa guerra hoy en día?
- Uno de sus problemas graves fue que a la dirección política del PCV -no quiero emitir juicios sobre el MIR- le faltó una cosa que se llama "decisión de partido". Ellos jugaban a la guerra en un sentido, pero no tuvieron la decisión de enfrentar el problema en toda su magnitud. Era un juego dual, entre la guerra y la paz. El buró político tenía unas ideas, que tampoco transmitía; no estaba de acuerdo con la lucha armada pero a su vez la aupaba. Una contradicción flagrante, que fue una de las causas fundamentales de la derrota. Nuestra derrota fue, básicamente, una derrota política. No quiero decir con esto que la derrota política o militar sea más importante una u otra, sino que una vez que un movimiento está derrotado políticamente, sobran los fusiles.
-¨A su juicio, el asalto al Tren de El Encanto fue determinante para perder el apoyo que ustedes tenían en un sector de la población?
- Tanto como aquella fotografía de un cura agarrando a un soldado herido en Puerto Cabello. El Encanto impactó a la opinión pública, y manejada con todos los medios que tenía el gobierno a su alcance, causó una erosión. Ahora, todo eso hubiese sido transitorio, si hubiésemos hecho otras cosas positivas. El Encanto no se puede ver como hecho aislado; en todo caso la población no le prestaba atención ni al gobierno ni a nosotros. El gobierno iba por un lado, nosotros por otro, y las masas por otro.
-¨Entonces las masas no eran sensibles a esa lucha?
- No, si lo hubiesen sido, hubiésemos ganado. Pero tampoco eran sensibles al gobierno, que ganó las elecciones con Leoni y después las perdió con Copei. Por una operación no se puede juzgar una etapa en la vida histórica de un país. El Encanto fue una operación irrelevante. Se hicieron muchas otras de más envergadura, donde hubo más muertos, y no pasaba nada. Hubo errores de parte y parte. El gobierno también cometió bastante barbaridades. Unas se sabían y otras no. Muchas no se saben todavía. En una etapa de enfrentamiento entre dos fuerzas, una grande y otra pequeña, cabe todo. El gobierno escribió la historia, porque fueron los vencedores. Pero la historia siempre se está reescribiendo, sólo hay que tener la paciencia para seguirla leyendo.
-¨Cuándo cree usted que fue la fractura decisiva de la izquierda venezolana?
- En octubre-noviembre de 1963. Pero no por El Encanto, sino por las elecciones.
-Señor Correa: ¨en qué brigada estaba usted?
- Yo era el jefe de la Brigada No 1.
-¨Y todo lo que me ha dicho lo puedo poner con su nombre y apellido?
- Totalmente. Yo asumo mis riesgos, y mis responsabilidades. ¨Qué me van a cobrar? ¨La vida?
El Tren del Encanto: un reducto paradisíaco como escenario de guerra
La Guardia Nacional todavía llora a sus muertos
Las reglas del juego
Las luchas armadas no se hacen con guantes de seda. Eso es parte de su absurdo. Ninguna explicación puede, 34 años después, aliviar la pena de los familiares de Saturnino Reyes Palma, Melecio Crespo, Cristóbal Velasco, Carlos Noguera y David Anzola, los cinco guardias nacionales muertos en El Encanto. Pero nada impide pensar que el impacto del asalto en la opinión pública tenía detrás una madeja de intereses que sólo pueden entenderse en un contexto de guerra, en la que los culpables no son sólo los que detonan las armas. Ni las únicas víctimas los que reciben los balazos.
El allanamiento a la inmunidad de los parlamentarios del PCV y el MIR estaba programado, según Gustavo Machado en El camino del honor, desde meses antes al lamentable episodio del tren. "De no haber sido por El Encanto, hubiese sido por cualquier otro hecho, de más o menos envergadura'', refrenda hoy Luis Correa, jefe de la Brigada que organizó el asalto. "Esa decisión ya había sido tomada a raíz de los alzamientos en Puerto Cabello y Carúpano".
Aunque nunca hubiesen sido compatibles, el entonces Jefe de Investigaciones y Capturas de la Digepol a nivel nacional, Atahualpa Montes, coincide hoy con Correa al afirmar: "Los subversivos se la pusieron al gobierno en bandeja de plata, y eso lo hicieron en más de una oportunidad. Después de El Encanto, no era tan importante la captura de los criminales individuales, como descabezar a una organización que, desde sus curules en el Congreso, estaba usando a soldados rasos de tercera y cuarta categoría para cometer actos de terrorismo. Los parlamentarios no fueron tampoco unas víctimas inocentes de una acción inconstitucional del gobierno: ellos pagaron por la hipocresía de no estar de acuerdo con algo y usarlo en su propio beneficio".
Que el gobierno de Betancourt haya usado como coartada política la tragedia de El Encanto, para lograr inhabilitar la oposición del PCV y el MIR, no es una apreciación que Montes descarte del todo. "Pero si esto fue así, la historia nos dio la razón. La derrota del extremismo de izquierda comienza precisamente en esos años. Y llegó a lo que tenemos hoy en día: un país completamente pacificado en donde los que lanzaban bombas son gente muy respetable que hoy goza de sólidas posiciones democráticas".
Una última inquietud: si es cierto, como confiesa hoy Atahualpa Montes, que la Digepol "siempre supo que el asalto al Tren del Encanto no perseguía como objetivo matar a los guardias, sino tomar algún armamento agarrándolos por sorpresa", ¨no hubiese cambiado la relevancia de ese episodio en la historia nacional decir lo mismo en aquel momento? ¨Acaso no sería distinta la marca, hasta ahora indeleble, de esa tragedia que convirtió a unos revoltosos soñadores en "brutales asesinos"? Luis Correa y Atahualpa Montes, miembros de los dos grupos en pugna, entendieron el "Asalto en el túnel 10" como una acción de guerra, igual que hubo muchas otras. Y en esta guerra hubo muertes atroces de bando y bando. La lección entonces es para desanimarse: para ganar la guerra hacen falta mártires y banderas. La guerra no se gana nada más en los campos de batalla.
Fotografías: http://lbarragan.blogspot.com/2013/04/inmunidad-parlamentaria-ficcion-y.html
lunes, 27 de junio de 2011
DE LA INFLACIÓN DISCURSIVA

La moneda verdadera, la moneda falsa
Luis Barragán
Domingo, 26 de junio de 2011
El proyecto de Ley que nos ha presentado la bancada oficialista, se presta a equívocos o malentendidos. Ya hemos sido testigos, en la tarde de hoy, de una interpretación sesgada de la historia de Venezuela y de una versión heroica que no es suficientemente tal, respecto a hechos transcurridos en décadas pasadas. E, incluso, uno de los parlamentarios que nos precedió, nos señaló como “no compatriotas”, consecuencia directa e inequívoca de la aplicación de una Ley en los términos planteados por el ponente.
Proyecto que, es necesario decirlo, por una parte, esconde la responsabilidad de aquellos que equivocaron la decisión de ir a la insurrección armada en los años sesenta, que la historia ha demostrado fue errada. Y, por otra, también es necesario denunciarlo, si fuere aprobado en los términos planteados, mecanismo o dispositivo del que dispondrá el gobierno, que no tiene otra vocación que la del revanchismo político, la persecución de la pluralidad democrática, la de estigmatizar a todos los opositores, quienes lucharon en el pasado, luchamos en el presente y seguiremos luchando en el futuro por la democracia, la libertad, la justicia social y el desarrollo económico en Venezuela.
De conjugarse el proyecto, haciendo buena la intención del proponente, con las propuestas, principios y valores que ha alegado la bancada democrática de la oposición, lo recibiremos, lo perfeccionaremos, lo mejoraremos y profundizaremos su vocación humanista, aunque no aceptamos una interpretación subyacente y tergiversada de la historia que corre en paralelo. Lo que se ha presentado, es siembra de odio, de rencor, porque a la moneda verdadera de los excesos represivos de los años sesenta, se pondrá a circular la moneda falsa de la estigmatización gubernamental, la del chavezato contra todo aquél que ose discrepar del Presidente, por cierto, ausente.
Así como nos sentimos solidarios e identificados con el dolor de los familiares que injustamente perdieron a sus seres queridos décadas atrás, de igual manera debemos manifestar nuestra solidaridad e identificación con el dolor de los familiares que no 40 años atrás, sino ahora, en el siglo XXI, pierden a sus hijos en las cárceles venezolanas, representando a los sectores más empobrecidos de la población y sobre quienes este régimen pretende prolongarse más allá de 2012.
Debería esta normativa contemplar, en todo caso, algunas iniciativas e ideas que surjan de la riqueza del debate plural y democrático, respetuoso y tolerante. Por ejemplo, ¿por qué no desclasificar los documentos de la policía política de 1958 hasta el presente año?, para que nosotros tengamos también la ocasión u oportunidad de saber quién mató a Jesús Orlando Arellano en abril de 2012.
Señor Presidente y colegas parlamentarios:
Necesitamos de la reconciliación del país a través de instrumentos legales que puedan llevarnos a un estadio de paz, de concordia y confianza entre los venezolanos, y tal como este proyecto lo ha planteado, no vamos a lograr ese objetivo. Las galerías precisamente ilustran el rencor y el odio, el desprecio y la descalificación personal que, seguramente, partiendo de la moneda verdadera de los excesos represivos de los años sesenta, serán necesarios para hacer circular la moneda falsa del gobierno que trata de perseguir a los opositores, disidentes y quienes osen preguntar dónde duerme el Presidente de la República esta noche.
En todo caso, debemos enfatizar – para cerrar – con el ilustre poeta margariteño Efraín Subero, parafraseándolo: Ustedes están de regreso sin saber ido nunca, son evaporados sin haber sido agua y están siendo taladrados – 2012 por delante – sin haber nunca sido piedra.
(*) Intervención en la plenaria de la Asamblea Nacional (Caracas, 21/06/11), con motivo de la primera discusión del Proyecto de Ley para Sancionar los Crímenes, Desapariciones, Torturas y otras Violaciones de los Derechos Humanos por Razones Políticas en el Período 1958-1998.
Fuentes:
El Sol de Margarita, 26 de Junio de 2011
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/5430419.asp
Ilustración: Ugo (El Nacional, Caracas, 27/03/11)
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Ugo
martes, 11 de mayo de 2010
LA IZQUIERDA SUICIDA

http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/7098753.asp
El suicidio de la izquierda
Luis Barragán
Lunes, 22 de marzo de 2010
De una bibliografía y hemerografía tan profusa, variada y naturalmente contradictoria, además del carácter y verbo extraordinario que lo distinguen, el entrevistado no es una presa fácil de acechar. Muy recientemente, se ha atrevido Ramón Hernández con “El suicidio de la izquierda. Conversación con Domingo Alberto Rangel. Del Che a Chávez” de Ramón Hernández (Libros Marcados, Caracas, 2010), complementado por un buen índice onomástico y temático.
Lo entendemos como un esfuerzo de actualización sobre un ya viejo y convencido militante marxista que, inevitable, contrasta dramáticamente con aquellos que se creen venerables constructores de una distinta experiencia socialista, aunque no sepamos o dudemos de sus credenciales morales y política en la Venezuela que cursa. He acá el principal mérito de la obra, además de enunciar algunos aspectos de interés conceptual o teórico, pareciéndonos obvia la ausencia de novedades testimoniales.
Importa la aparición de la revolución cubana y la singular recepción que tuvo en nuestro país, pero también la reivindicación de una insoslayable institucionalidad de la democracia representativa, sin dudas de interés. Y, a pesar de las diferencias, el reconocimiento de fondo que hace de Rómulo Betancourt, hartamente caricaturizado por el actual régimen, incluyendo el intento descalificador hecho frente a Rangel, sesgadamente entrevistado por uno que otro pasquín progubernamental (por ejemplo: http://www.debatesocialistadigital.com/entrevistas/a209/marzo2 009/domimgo.html).
Destaquemos una relevante conclusión: la inexistencia de las guerrillas en la década de los sesenta, calificada de invención irresponsable, añadida la denuncia de un Douglas Bravo que jamás combatió en uno de sus frentes o la significación que pudo tener – luego – Argimiro Gabaldón, “el único guerrillero con pasta de caudillo” (20, 32, 51, 157). Acertando en una tarea que es más de historiadores y literatos que de políticos, en torno a la derrota insurgente, observa que Hugo Chávez, el “vocero y brazo armado del fascismo militar” para escándalo de los pasquines en uso, es “una consecuencia directa e inevitable del fracaso de la lucha armada” (52, 169 ss.). Por cierto, más ordenanza que soldado (158), confirmando ciertos comentarios biográficos que se deslizan en los pasillos.
El mes próximo, se cumplirán 50 años de la fundación del MIR y, aunque fue tratado en la que suponemos fue una larga y reiterada sesión, merecía una mayor y más profunda consideración. Sobre todo, por el desenlace final de la esperanza, aspiración o proyecto socialista que albergó también en el adecaje de los cuarenta.
De respuestas muy largas que pisan el terreno del ensayo, Rangel incurre en el delito de reivindicación de un capitalismo que no cabe en los burdos y maniqueos esquemas del oficialismo, apunta expresamente a los boliburgueses (él que un día lejano, radiografió a los oligarcas del dinero), señalando como mercenarios a Ramonet, Chomsky y Monedero. Luce más importante Asdrúbal Baptista que el incomprensible Rigoberto Lanz, pero lo mejor es el dictamen de sinceridad en el emirato en el que nos hemos convertido: “Hay que subir el precio de la gasolina” (113), permitiéndose una extensa y valiosa consideración sobre Brasil, al igual que la (des) industrialización, tema que le ha consumido no pocas horas de estudio, con propuestas sistematizadas por José Francisco Jiménez Castillo (“Domingo Alberto Rangel en la Venezuela del siglo XX”, Mérida Editores, Caracas, 2005: 304 ss.).
“Toda revolución es una parábola”, refiere Rangel (27), insistiendo en una devoción trotkysta que aterriza en el anarquismo como “nuevo paradigma” (171). Cifrada la esperanza, más que la certeza, en una insurrección popular de la periferia hacia el centro caraqueño (60), descartado el marxismo-leninismo, extraña el poco tratamiento que ha hecho de Gramsci. Corrector del estalinismo, propiciador de una ruptura epistemológica con el marxismo tradicional (Jiménez Castillo: 129 s., 216, 252), parecerá un sujeto incómodo, por indócil y estudioso, a los monumentales teóricos del socialismo incierto de la hora.
Finalmente, ojalá Hernández compile todas las entrevistas de la serie llamada “El país como oficio” que publicara en el diario “El Nacional”, por los ochenta. Nos sigue pareciendo un maestro de las entrevistas cortas, frente a las más largas que hiciera Alfredo Peña, por citar un caso.
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