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domingo, 3 de febrero de 2019
EDITORIAL
Izquierda, Caracas, 14/10/1960. Editorial. Tomado de: Rivas Rivas, José (1993). "Historia gráfica de Venezuela", Ediciones Toran, Caracas: Tomo VII, "El gobierno de Rómulo Betancourt (Primera parte) 1959-1960", pág. 195. Editorial, Semanario Izquierda, Gumersindo Rodríguez, Inurrección, Lucha Armada, José Rivas Rivas.
lunes, 9 de junio de 2014
¿EL DIGITALOZO?
EL NACIONAL, Caracas, 01 de marzo de 1998
El libro y su anécdota
Tipología del autor de libros
José Rivas Rivas
Junto a los escritores ansiosos de expresar sus inquietudes, pero que no logran ese propósito porque carecen de las destrezas del oficio, están los otros para quienes el afán de publicar un libro responde únicamente al personalísimo deseo de colmar su vanidad. Entre unos y otros podría configurarse una tipología con esta orientación.
1. El habilidoso. Con la vista puesta en impresionar al medio respecto al éxito de su libro, llega a un trato con el impresor para que en una edición de mil ejemplares, por ejemplo, efectúe algunas variantes en la portada del libro, imprimiéndole, además, a cada tirada de 250 ejemplares la mención ``segunda edición'', ``tercera edición'', etc. Dentro de ese esquema que los juristas calificarían como ``el dolo bueno'', este autor aparecería ante el público con una obra sumamente exitosa que en brevísimo tiempo habría logrado cuatro ediciones.
2. El pseudo plagiario. Incapacitado como está para desarrollar un concepto original o un punto de vista coherente sobre un tema cualquiera, este personaje se recuesta de varios autores, toma de ellos las opiniones relativas al asunto de su interés y las enhebra, como los abalorios de un collar, hasta configurar ``su'' libro. Este autor coexiste su dinamismo para investigar junto a la desfachatez para ofrecer como suyo lo que en verdad no le pertenece. Esta tipología abunda en los que presentan tesis de grado.
3. El enfant terrible. Con notorio desparpajo escribe un libro de vulgaridades, casi siempre de alto tenor pornográfico, destinadas a sacudir la moral del lector. Quiere repetir en este escenario al personaje aquel de los bailes de pueblo en tiempos lejanos cuando ya avanzada la fiesta, acababa con ella dándole un intempestivo palo a la lámpara. Su gozo consistía en saberse el centro de los comentarios, la comidilla del pueblo, durante varias semanas. Responde esta actitud al punto de vista de Oscar Wilde, según el cual es mejor que hablar mal de uno a que lo ignoren por completo.
4. El acomplejador. Publica su libro lleno de citas en varios idiomas (sin traducción al castellano, desde luego), con la aviesa intención de aparecer ante el lector como un verdadero erudito. Obviamente, las notas de página son tan prolijas y la bibliografía consultada tan extensa y minuciosa que de sólo mirarla ya siente uno el escalofriante complejo de hombre inculto, del cual no podrá escapar durante mucho tiempo.
5. El ladrilloso. Normalmente no es capaz de escribir con claridad y con soltura una sola cuartilla, pero eso no impide que publique cada año una obra de unas cuatrocientas páginas porque la capacidad que se atribuye a sí mismo le permite producir aquel torrente de libros sin necesidad de corrección alguna. Pero, en realidad, son obras tiesas, hieráticas, carentes de toda gracia y frescura. En los medios literarios se conocen esos libros como ``ladrillos'', por lo pesados; o ``mondongos'', por lo indigestos.
6. El críptico. Este personaje está convencido de que un buen escritor debe usar un vocabulario totalmente alejado del lenguaje corriente. Utiliza arcaísmos sepultados hace siglos o bien extranjerismos de recentísima data. Además, retuerce las frases y las ideas y hace un pastel de gongorismo, conceptualismo y demás ismos de modo que no es posible entenderle nada de lo quiere expresar. Sus herméticos escritos lo regocijan plenamente, pues se envanece de sólo pensar que el lector común no tiene acceso a sus obras. En esta categoría son varios los especímenes. Entre ellos, aquel personaje, ya incorporado a la picaresca, para quien la leche no era la leche, como la nombramos todos los mortales, sino ``el líquido perlino de la consorte del toro''.
7. El Presuntuoso. Es un sobrevaluador de su propia obra. En verdad, su trabajo carece de toda importancia, pero este narciso está persuadido de lo contrario e invade la prensa, los corrillos intelectuales, la televisión, la radio, solicita a los críticos y los halaga en busca del aplauso. Si le es posible, bautiza su librito varias veces, en distintos medios, con diversos padrinos. Produce tanto ruido con su publicación que nos hace recordar aquella gallina que, según Mark Twain, cuando ponía un huevo formaba un escándalo mayúsculo como si hubiera puesto un asteroide.
Fotografía: LB, tomada en el Palacio de las Academias, Caracas, 02/03/2014.
El libro y su anécdota
Tipología del autor de libros
José Rivas Rivas
Junto a los escritores ansiosos de expresar sus inquietudes, pero que no logran ese propósito porque carecen de las destrezas del oficio, están los otros para quienes el afán de publicar un libro responde únicamente al personalísimo deseo de colmar su vanidad. Entre unos y otros podría configurarse una tipología con esta orientación.
1. El habilidoso. Con la vista puesta en impresionar al medio respecto al éxito de su libro, llega a un trato con el impresor para que en una edición de mil ejemplares, por ejemplo, efectúe algunas variantes en la portada del libro, imprimiéndole, además, a cada tirada de 250 ejemplares la mención ``segunda edición'', ``tercera edición'', etc. Dentro de ese esquema que los juristas calificarían como ``el dolo bueno'', este autor aparecería ante el público con una obra sumamente exitosa que en brevísimo tiempo habría logrado cuatro ediciones.
2. El pseudo plagiario. Incapacitado como está para desarrollar un concepto original o un punto de vista coherente sobre un tema cualquiera, este personaje se recuesta de varios autores, toma de ellos las opiniones relativas al asunto de su interés y las enhebra, como los abalorios de un collar, hasta configurar ``su'' libro. Este autor coexiste su dinamismo para investigar junto a la desfachatez para ofrecer como suyo lo que en verdad no le pertenece. Esta tipología abunda en los que presentan tesis de grado.
3. El enfant terrible. Con notorio desparpajo escribe un libro de vulgaridades, casi siempre de alto tenor pornográfico, destinadas a sacudir la moral del lector. Quiere repetir en este escenario al personaje aquel de los bailes de pueblo en tiempos lejanos cuando ya avanzada la fiesta, acababa con ella dándole un intempestivo palo a la lámpara. Su gozo consistía en saberse el centro de los comentarios, la comidilla del pueblo, durante varias semanas. Responde esta actitud al punto de vista de Oscar Wilde, según el cual es mejor que hablar mal de uno a que lo ignoren por completo.
4. El acomplejador. Publica su libro lleno de citas en varios idiomas (sin traducción al castellano, desde luego), con la aviesa intención de aparecer ante el lector como un verdadero erudito. Obviamente, las notas de página son tan prolijas y la bibliografía consultada tan extensa y minuciosa que de sólo mirarla ya siente uno el escalofriante complejo de hombre inculto, del cual no podrá escapar durante mucho tiempo.
5. El ladrilloso. Normalmente no es capaz de escribir con claridad y con soltura una sola cuartilla, pero eso no impide que publique cada año una obra de unas cuatrocientas páginas porque la capacidad que se atribuye a sí mismo le permite producir aquel torrente de libros sin necesidad de corrección alguna. Pero, en realidad, son obras tiesas, hieráticas, carentes de toda gracia y frescura. En los medios literarios se conocen esos libros como ``ladrillos'', por lo pesados; o ``mondongos'', por lo indigestos.
6. El críptico. Este personaje está convencido de que un buen escritor debe usar un vocabulario totalmente alejado del lenguaje corriente. Utiliza arcaísmos sepultados hace siglos o bien extranjerismos de recentísima data. Además, retuerce las frases y las ideas y hace un pastel de gongorismo, conceptualismo y demás ismos de modo que no es posible entenderle nada de lo quiere expresar. Sus herméticos escritos lo regocijan plenamente, pues se envanece de sólo pensar que el lector común no tiene acceso a sus obras. En esta categoría son varios los especímenes. Entre ellos, aquel personaje, ya incorporado a la picaresca, para quien la leche no era la leche, como la nombramos todos los mortales, sino ``el líquido perlino de la consorte del toro''.
7. El Presuntuoso. Es un sobrevaluador de su propia obra. En verdad, su trabajo carece de toda importancia, pero este narciso está persuadido de lo contrario e invade la prensa, los corrillos intelectuales, la televisión, la radio, solicita a los críticos y los halaga en busca del aplauso. Si le es posible, bautiza su librito varias veces, en distintos medios, con diversos padrinos. Produce tanto ruido con su publicación que nos hace recordar aquella gallina que, según Mark Twain, cuando ponía un huevo formaba un escándalo mayúsculo como si hubiera puesto un asteroide.
Fotografía: LB, tomada en el Palacio de las Academias, Caracas, 02/03/2014.
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miércoles, 12 de enero de 2011
dos textos de bolivarianidad

EL NACIONAL, Caracas, 4 de Septiembre de 2001 / Opinión
Laureles para el bochinche
José Rivas Rivas
Definitivamente, no hay suceso alguno en la historia de Venezuela que ofrezca tan variadas interpretaciones ni sea objeto de tantos imprecisos análisis como el apresamiento de Miranda, en La Guaira, en 1812, por Bolívar y otros oficiales patriotas. Basta un puñado de palabras para contar el hecho, pero son insuficientes miles de vocablos para clarificarlo, pues cualquiera se pierde en el cúmulo de hipótesis sin encontrar el hilo de Ariadna que le permita salir airoso de ese laberinto. Veamos: el generalísimo Miranda al verse derrotado capitula ante Monteverde y ya está en La Guaira listo para salir de Venezuela. Bolívar, sumamente deprimido por los acontecimientos y enfurecido con Miranda por haber decidido la capitulación, resuelve, con algunos compañeros de armas, apresarlo.
En la madrugada del día previsto para zarpar, bajo la tenue luz de un candil reconoce el precursor a sus apresores y dice aquellas palabras que todos conocemos (“Bochinche, bochinche... esta gente no sabe sino hacer bochinche”). ¿A quiénes se refería Miranda cuando usó lenguaje tan despectivo? ¿Eran sus copartidiarios de lucha los artífices del bochinche? ¿Era el pueblo venezolano quien se merecía tal cognomento? Aquí inicia Miranda su calvario: tildado de traidor por sus amigos patriotas, y luego cautivo de las fuerzas realistas. ¡Traidor! Ningún vejamen peor que éste para quien ha sido un guerrero fidelísimo a la causa republicana, consustanciada con su vida. Acerca de este suceso los historiadores han hilvanado las más diversas exégesis: algunos, obvian comentarlo y prefieren saltarse la narración; otros, se afilian al punto de vista de los patriotas que apresaron a Miranda; y hay quienes exculpan el generalísimo y explican los hechos como un injustificable error de Bolívar.
Liévano Aguirre considera las palabras de Miranda, ya citadas, como el “supremo desprecio del criollo afrancesado por los suramericanos”. Gerhard Masur opina que “Si Miranda hubiese creído en la sinceridad de los españoles y esperado que se cumplieran las condiciones estipuladas, no habría tenido motivos para huir. Y si no lo creía, evidentemente era un traidor”. E incluso abunda en otro juicio aún más urticante: “Miranda era un filibustero, para quien nada importaba tanto como su propia persona. Fracasó porque sus ambiciones personales superaban a su capacidad”.
Augusto Mijares afirma que si Bolívar pedía para sí mismo una sanción por la pérdida de Puerto Cabello era lógico que la capitulación de Miranda le hiciera volcar contra éste igual violencia, lo cual no excluía que “tanto al considerarse culpable como al condenar a Miranda cometiera evidente injusticia”.
Para Baralt y Díaz la conducta militar y política de Miranda “podía muy bien haber sido torpe, floja y perjudicial, pero su conciencia no le acusaba de ningún crimen. Su alma era demasiado pura para haber concebido siquiera el villano pensamiento de vender a su patria”.
Jules Mancini asevera que aunque hubiesen existido motivos para “arrestar al más digno de sus compatriotas, al admirable obrero de la libertad sudamericana, es imposible sin embargo, no ver la negra atrocidad de semejante acto. Y el papel que en él vemos representar a Bolívar parece particularmente odioso”.
Por su parte, José Luis Busaniche sintetiza: “Lo cierto es que la posteridad no ha considerado traidor a Miranda. Antes bien le venera como a un gran prócer americano y se compadece de sus desdichas”.
El generalísimo Miranda, pleno de virtudes republicanas, el precursor de la independencia de América, el esforzado invasor a las costas venezolanas en pro de la libertad, el tantas veces aplaudido líder de la liberación de los pueblos ¿traidor? ¿Y, precisamente, traidor a su patria? ¿O fue Bolívar quien erró su veredicto, adolorido como estaba porque en sus manos se perdió la fortaleza de Puerto Cabello, baluarte fundamental en esa pugna sangrienta? En síntesis, en aquella madrugada siniestra el drama presenta tres personajes: Miranda, Bolívar y... el bochinche, que tanto desesperaba al Precursor. Cuando Bolívar retornó a la patria, unos meses después de estos sucesos, el bochinche persistía en el país, pero esta vez el futuro Libertador decidió ponerse al frente de aquel pandemónium; llevó a cabo la Campaña Admirable, primero, logró la independencia de Venezuela, después y, por último, culminó la liberación de medio continente. ¡Siempre con el bochinche a cuestas!
EL NACIONAL, Caracas, 2 de Septiembre de 2001 / Opinión
El delirio y el volcán
Juan Angel Mogollón
Todavía hay gentes que creen que el Libertador escaló el Chimborazo, y a renglón seguido escribió el exaltado Delirio. Respetados autores así lo sostuvieron hasta un pasado más menos reciente. Sorprendidos acaso en su buena fe, sin duda contribuyeron a difundir lo que no ha sido otra cosa que una osada mixtificación. No se encuentra, en efecto, ni un solo escritor que haya documentado de manera fehaciente la autenticidad de este hecho.
O´Leary, minucioso consignador de cuanto se refiere a Bolívar, nada dice en sus Memorias de una incidencia que seguramente debió maravillarlo. Como es sabido, acompañó al guerrero en su condición de primer edecán en 1822, en la travesía de Quito a Guayaquil, por aquellos parajes en cuya cercanía la imponente cima parece dialogar con el cielo, y en la cual la leyenda ha situado el suceso fantasioso.
Si se observa que el Chimborazo es la cumbre máxima de los andes ecuatorianos, con una altitud de 6.310 metros, y se consideran los escasos medios técnicos de que debió contar para escalarla un experimentado alpinista, de haberlo logrado, habría establecido un récord increíble. Por lo demás, a despecho de sus andanzas por las cordillera andina, podemos señalar que el infatigable soldado, en esta ocasión, no estaba en condiciones de entregarse a un deporte tan exigente como peligroso.
Luce muy absurdo, que con todas las graves preocupaciones concernientes a la Campaña del Sur, que ocupaban por completo sus energías, fuese a trepar, por puro gusto, hasta lo alto de aquel volcán cubierto por la nieve. Por otra parte, para redactar una fantasía poética como el Delirio, no era necesario llevar a cabo tan grande esfuerzo. Bastaba con dar rienda suelta a la imaginación, que en su caso era vivaz e impetuosa, en la tranquila comodidad de su despacho. Pero ni subió al Chimborazo ni escribió el discutible poema.
Gerhard Masur, uno de los más serios y mejor documentados biógrafos bolivarianos, afirma que la historieta según la cual el Libertador ascendió a ese monte en un día, es irreal. "Para realizar semejante hazaña -dice- habría tenido que ser un semidiós. Bolívar no estuvo jamás en el Chimborazo, y el himno cuya composición se le atribuye es una falsificación, además mala". Y añade: "El estilo, el vocabulario y las ideas no son las de Bolívar, sino las de un imitador".
Tampoco Augusto Mijares da su asenso. Sugiere, en cambio, que se trata de un texto poco fiable "que se hizo imitando con escasa felicidad el estilo bolivariano". Y Cornelio Hispano, en El libro de oro de Bolívar, asienta: "Pero no ignoro que hay dudas acerca de la ascensión de Bolívar al Chimborazo y acerca del autor del Delirio".
Indalecio Liévano Aguirre, de los más calificados cultores de las glorias del caraqueño, ni siquiera se digna mencionar en su biografía el episodio. Por su lado, Baldomero Sanín Cano no duda en rechazar la pequeña obra, que considera apócrifa. Y es desde luego significativo que Rumazo González, biógrafo ecuatoriano del Libertador, sobre este punto no diga ni esta boca es mía.
Sólo a 12 años de la muerte del héroe, en 1842, el texto fue publicado, lo que hace todavía más dudosa su autenticidad, pues ya no vivía quien hubiera podido corroborarla de un modo concluyente. Y si bien en 1945, la Academia de la Historia de Quito difundió un supuesto original, la letra no es la del prócer ni de ninguno de sus secretarios, como pudo demostrarlo Vicente Lecuna con su proverbial conocimiento de la materia y el peso de su autoridad.
Es indudable que entre las ficciones tejidas en torno a la figura del paladín venezolano, no son éstas las menos extendidas. De ellas se han hecho eco, sobre todo, los que alientan una admiración ciega, ajena al análisis racional, por las cosas que tocan a esa vida de excepción. Pero a veces, en su excesivo entusiasmo, confunden el mito con la realidad y propagan consejas engañosas. Innecesarias, evidentemente, porque nada agregan al bien cimentado prestigio de que goza en la historia.
jueves, 4 de noviembre de 2010
aquilatados (algo más que un tip)


EL NACIONAL, Caracas, 14 de Diciembre de 1996
Trasunto de las cosas En Ruan vive el caballo de Aquiles
JESUS ROSAS MARCANO
El caballito de Aquiles Nazoa, que comía jardines, es también la Navidad. Resucitó en Ruan, Francia, la historiada ciudad en la que fue chamuscada Juana de Arco.
El año pasado, cuando participé en un coloquio de la Pedagogía Freinet en la propia ciudad, una rutina de la banalidad cotidiana se convirtió en suceso, como se verá.
Entre los cinco percherones que llevaron una mañana cualquiera al matadero local, y una vez convertidas las cuadrúpedas estructuras de los beneficiados en bistecks livianos, y pulverizados a golpes de hachuela sus huesos, el quinto caballo -no hay quinto malo- atormentado por la tortura de sus congéneres, reventó las amarras, y libre de tapaojos, echó a correr, a pesar de lo gordazo que estaba, por vías excusadas de la vieja ciudad, ante el asombro de los matarifes.
Fatigado se apoltronó sobre una grama afeitadita con un letrero que decía por un lado: ``privado'', y por el otro: ``no pise el césped''.
Allí permaneció esperando nadie sabe qué cosa. Una ama de casa le puso un bozal de cebada y le acercó un cubo de agua. Los niños de la escuela vecina se apropiaron de ese regalo vivo y comenzaron a dibujarlo y a escribirle poesías. Lo bautizaron con el nombre de ``Resucitado''. Le colocaron en el pescuezo una banda tricolor con esta inscripción: No tocar el caballo que escapó de la muerte .
Esos niños nunca supieron quién fue Aquiles Nazoa, pero coincidieron con él en que ese caballo era bien bonito, como el que comía jardines y deponía flores.
EL NACIONAL, Caracas, 7 de Enero de 1997
El libro y su anécdota
José Rivas Rivas
1. Ubiquémonos en los tiempos del mandato constitucional de Rómulo Betancourt, cuando ya el partido de gobierno había sufrido su primera fractura. Me encontraba al frente de la recién fundada ``Pensamiento Vivo, Editores'', en una oficina de dos pisos. Había recibido los originales de ``Hoy me levanto y digo'', un puñado de valientes poemas de Hely Colombani, para estudiar su publicación. Allí estaba sobre mi caótico escritorio el poemario con su título en letras de plástico pegadas sobre la portada. Una mañana, mi empleado de confianza me informó, desde la planta baja, por medio del intercomunicador, que tres policías subían hasta mi oficina en busca de un libro de Colombani. Por un oído escuché estas palabras y por el otro las pisadas de los sabuesos. De un manotazo arranqué las letras de plástico y me las metí en la boca. De inmediato asomaron los cañones de las armas y surgieron las preguntas de rigor. La tóxica masa que me atragantaba apenas permitió informarles que ignoraba la existencia de ese libro. Buscaron con la tradicional torpeza con que trabaja la policía cuando está en presencia de libros y papeles y se retiraron con las manos vacías. A los allanamientos policíacos ya nos había habituado la dictadura perezjimenista, mas no a los terribles efectos digestivos del consumo de plástico. Todo sea por la libertad de expresión, por la amistad... y por la poesía.
2. Sólo una vez conversé con Rómulo Gallegos. Un editor argentino, de paso fugaz por Caracas, quería entrevistarlo. Lo llamé por teléfono, me identifiqué como ``un estudiante universitario'' y nos invitó a visitarlo esa misma tarde. Muy asombrado se sentía el sureño por la facilidad con que se había logrado aquel contacto, dada la categoría nacional e internacional del novelista. Le expliqué que tanto nuestra guerra de Independencia como la Guerra Federal y otros factores de tipo étnico habían eliminado en Venezuela cualquier diferencia social, y por ello todos éramos iguales. A veces demasiado iguales, pues como decía Andrés Eloy, ``en un mutuo irrespeto y en un cordial vacío / nos confundimos todos como el agua en el río''. Aproveché el diálogo con el Maestro Gallegos para preguntarle por cuál razón sus libros eran editados exclusivamente por Espasa Calpe. Me dijo que había tenido urgencia de dinero para terminar de construir una casita (¨o liberarla de una hipoteca?) en Macuto y vendió por trece mil bolívares los derechos de todas sus obras a la citada editorial.
3. Cuando se publicaron ``Las Celestiales'', la más audaz travesura humorística de Miguel Otero Silva, que recogía un cardumen de coplas profanas (muchas de ellas de Paco Vera), irreverentes para el santoral cristiano, ilustradas por Zapata, se formó un escándalo mayúsculo hasta el punto que la policía allanó las librerías para decomisar la publicación. Cientos de personas que jamás habían adquirido libro alguno invadieron las librerías en solicitud de aquella joya bibliográfica. El gerente de una librería caraqueña le sacó ventaja a la circunstancia, pues les preguntaba con la mayor candidez a los ansiosos clientes: ``¨Las Celestiales? No conozco esa obra. ¨Será esta?''. Y les mostraba ``La Celestina'', de Fernando de Rojas, un libro de la picaresca española de los años medievales. De esa manera agotó la existencia de ese título que, con mucha suerte, podría vender un par de ejemplares cada año.
4. Aquiles Nazoa, cuya poesía había alcanzado gran popularidad, decidió compilarla en un libro titulado ``Humor y amor''. Se interesó en la edición un librero español, Requena, fundador en Caracas de la Librería Antigua y Moderna, un gigantesco y anárquico depósito de libros de todo tenor. Cuando el poeta le entregó los originales había incorporado a ellos una fotografía de sus primeros meses de edad, con la siguiente leyenda: ``Aquiles Nazoa, cuando todavía no había nacido su vocación de pendejo''. El librero, que apreciaba al humorista en alto grado, le objetó, con toda razón: ``Hombre, señor Nazoa, usted no es ningún pendejo. Cámbiele usted ese texto. Así yo no voy a publicar nada!''. El autor, que hasta sus momentos depresivos los resolvía con el humor, meditó un poco, y luego corrigió: ``Aquiles Nazoa, cuando todavía no había nacido su vocación de monaguillo''.
EL NACIONAL, Caracas, 15 de Junio de 1997
Vanidades y humorismos
Carlos J. Soucre
I. Dijo Baudelaire: ``Los elegíacos son canallas'' y Paul Sartre: ``La hediondez de los artículos necrológicos''. De algún modo podrían entenderse esas tremendas frases. Yo trataría de justificarlas ante ciertas actitudes que desagradan. Hay gentes que gustan hacer literatura con la muerte de sus semejantes. No me refiero a obras de arte que puedan surgir desde situaciones luctuosas o dramáticas ni tampoco a aquellas manifestaciones de condolencia que se traducen en sobrios y sentidos artículos periodísticos, sino literatura en el peor sentido del vocablo. A veces la muerte viene a resultar un pretexto para esas largas vanidades y exhibicionismos a que son muy dados no pocos literatos.
Parece que ante la muerte lo más digno es el silencio; con el silencio se traduce el mejor sentir, lo que por ser tan hondo resulta difícil que surja hacia lo exterior. Además, cuán impotente se muestra allí la palabra. Creo que fue Homero quien dijo: ``Las desgracias y los acontecimientos aciagos acaecen para que los poetas tengan qué cantar''. Leí esto en Unamuno, quien reputa esa frase como demoníaca. Yo afirmo que ciertos literatos no hacen en toda su vida otra cosa que desear hechos funestos para poder cantar; mientras tanto hacen silencio esperando a que se produzca una desgracia. Y es que la vanidad del hombre es tal que, como decía mi amigo Schopenhauer: ``podría darle muerte a su semejante sin el menor esfuerzo con el solo fin de cogerle la grasa para lustrarse con ella los zapatos''. Cuántos literatos no hay que sólo esperan a que muera un camarada de letras para así tener una buena ocasión de lustrar su ``inspiración'' con la grasa del muerto. Y hasta van más allá: piensan que la muerte de esa persona se produjo especialmente para que ellos se dignaran escribir su apología.
II. Unamuno despreciaba los retruécanos, esos juegos de palabras a que son muy dados algunos humoristas venezolanos. Decía ser ello ``la forma más baja del ingenio'', o ``la forma favorita de los más bajos ingenios''. Debido a esto no le resultaba muy atractivo Don Francisco de Quevedo. Me inclino a darle la razón, pero es que también Unamuno carecía de humor, (aunque no de malhumor). Fíjense que ni siquiera hay sátiras o ironías en Unamuno, sino sarcasmos, paradojas, apóstrofes y violencias. Por eso mismo no soportaba al feliz Voltaire y abominaba de Anatole France porque éste ``no sabía indignarse''. Aquello lo dice en una de las notas intercaladas en su libro ``Rosario de sonetos líricos'' y ello porque alguien pretendió hacer aquel tipo de humorismo con su segundo apellido, que, como se sabe, es Jugo. Para hablar ahora entre nosotros. Para mí los únicos humoristas que hemos tenido son Leo, Otero Silva, Kotepa Delgado, los Nazoa -Aquiles y Aníbal- , Rosas Marcano, León Zapata y algún otro que se me escapa. Los de ahora que aparecen como humoristas no son sino cómicos, y esos gacetilleros de un barato humor a lo Radio Rochela! y para colmo cómo escriben tan mal! Aquéllos son auténticos. Sin embargo, en Venezuela no hemos tenido el cultor de ese supremo humorismo denominado ``humor negro''. Este humor no es nada alegre, pero es lo más corrosivo y el de la burla más eficaz. Utiliza el mal gusto con la intención más destructora y hace de lo sagrado y solemne una comedia irrisoria. Debe ser porque ello no se aviene con nuestro temperamento de seres chistosos y alegres. ¨Sólo se da aquello en la flema inglesa, Bernard Shaw, Chesterton? Aunque Jarry, Lautremont y también Prevert lo hicieron de manera suprema. No conozco la ``Antología del humor negro'' de André Breton. Cuando termino de escribir esto encuentro en mi biblioteca una antología del humor negro editada en Argentina en 1972, y allí se selecciona, junto a otros de grandes humoristas, un texto de Aníbal Nazoa titulado ``La oración fúnebre'' que creo está en el libro de Nazoa que él titula ``Obras incompletas''.
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