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martes, 1 de mayo de 2018

PARA UNA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD (POLÍTICA) GENERAL Y ESPECIAL

Del centro político  (*)
Luis Barragán


Obviamente, no hay centro político huérfano de una izquierda y derecha que lo justifiquen, pero las definiciones suelen ser variadas y tormentosas en un tópico   manido y efervescente. Cada época y cada quien probará las suyas, tan cambiantes como las circunstancias históricas que les dan obligado contexto. 

La versión más sistemática del binomio izquierda y derecha, con un título convertido en ineludible clásico, corresponde a Norberto Bobbio. La remite a los valores de la libertad e igualdad, restándole un perfil propio al centro,  aunque otros pueden ser los valores e, incluso, antivalores que dictaminen la llamada metáfora espacial del gusto de los analistas, más de los divulgadores que de los especialistas.

Agreguemos,  las posturas radicales ganan sus elocuentes trazos en la topografía de la política y de lo político, aportándole una estética adicional al oficio. Octavio Rodríguez Araujo, bobbiano, ha dibujado los llamativos relieves que adquieren los ultraísmos de izquierda y derecha, cuyos matices más marcados los hermanan.

Por lo demás, dependiendo del ángulo de preferencia, se puede ser de (centro/ultra) izquierda, siéndolo realmente de (centro/ultra) derecha, y a la inversa. La izquierda   de la que se dice y es legítima heredera -  ¿por qué dudarlo? - el régimen actualmente prevaleciente en Venezuela, fue partidaria de la nacionalización absoluta del petróleo en Venezuela, mientras que, ahora, ha entregado la Faja del Orinoco a las transnacionales, superando con creces las concesiones otorgadas por Pérez Jiménez.

A pesar de la subestimación y hasta desprecio que suscita el centro que jamás, traicionándolo, podrá ser radical, si de purezas tratamos, dista del oportunismo con el que suele confundírsele, pues, ante todo lo caracterizan las soluciones de compromiso, el diálogo, y hasta el acuerdo sobre las diferencias, partiendo del correcto diagnóstico de una negociación planteada. Y, como de composición política versamos, importa tanto el mecanismo que así lo autoriza, como las definidas posturas de los actores que lo concursan.

Caldera y el centro político

Ejemplificando las premisas, pocos líderes soportaron la acusación simultánea de izquierdista y de derechista, como Rafael Caldera. Consabido, la guerra civil que concluyó con la II República española, reportó sendos estereotipos, convirtiéndolo en acreedor de los más insultantes y opuestos: a ratos, fascista y, a ratos, comunista.  Por ello, a mediados de 1965, en un congreso mundial de las juventudes socialcristianas, celebrado en Berlín, decía que “nos sentimos mejor definidos cuando recibimos el ataque inclemente de ambos extremos de la barricada: cuando las derechas nos llaman comunistas mientras los comunistas nos llaman derechistas”. Valga añadir, una extensa hemerografía da cuenta de los apelativos mutantes, gratuitos y contradictorios, propios del esfuerzo de estigmatización política, que aconsejan una solución práctica antes que teórica, y, a tal efecto, tomamos tres casos.

Por una parte, en el supuesto de concebir y defender el Pacto de Punto Fijo, como una postura de derecha,  y su rechazo, como de izquierda, aunque paradójicamente el PCV reclamó por su exclusión al suscribirse, los hechos demostraron a la postre cuán pertinente y oportuno fue (ron), por obra de una creciente violencia política que el golpismo y la subversión armada, o ambas a la vez, protagonizaron al intentar la destrucción de  la naciente democracia representativa. Implementada en el primer gobierno de Caldera, la política de pacificación les concedió la oportunidad a los insurrectos de volver a los medios legales de actuación, perfeccionando a la larga un acuerdo que llevó, con el pacto institucional en el parlamento, al puntofijismo estabilizador.

Por otra, en 1961, a los pocos días de entrar en vigencia la novísima Constitución, fueron suspendidos algunos derechos y garantías, dado el clima de creciente violencia en las calles, ya de varios meses, trastocando a la izquierda más nominal en defensora entusiasta de la carta ante la derecha inculpada que alegó cumplir con el trámite correspondiente, a juzgar por el debate celebrado en el Congreso.  Ya sobra el testimonio de aquellos que, en provecho de las circunstancias, sintetizadas las medidas económicas oficiales como la ley del hambre, atentaron deliberadamente contra el orden constitucional y, menospreciando y manipulando los aportes que hizo Caldera para una actualizadora reforma constitucional, antes de su segundo gobierno, faltando poco, en el siglo XXI violentan la propia Constitución que se dieron, en 1999, sumergiendo al país en una inédita catástrofe humanitaria.

Luego, en materia petrolera, contrario al otorgamiento de más concesiones, como lo recomendaba la derecha, o de la inmediata y completa estatización de la industria, por la que apostaba la izquierda, Caldera y su partido defendieron una política de centro, como identificó Juan Carlos Rey al puntofijismo y sus principales realizaciones,  pautada desde la política del pentágono, concebida por Juan Pablo Pérez Alfonso, hasta culminar con la efectiva nacionalización de mediados de los setenta. E, incluso, acunados los matices en el seno del propio partido demócrata-cristiano, un sector de su juventud alentó la inmediatez de la medida, ante la cual respondió – moderado y moderador – Caldera: a modo de ilustración, puede verse “Ni vacilación ni entreguismo: Una política petrolera” de Abdón Vivas Terán, y “Petróleo: Asunto nacional y mundial”, en el diario El Nacional (Caracas, 06/06 y 09/06/1966).

Caldera y la realización del centro político

Constatamos, a la recurrente simplicidad que puede alcanzar la díada izquierda y derecha, presta para las descalificaciones más expeditas, puede sumarse la de un centro que no sea tal, sino ocasión para el oportunismo  que tuvo también cabida en la década de los sesenta, finiquitada la variedad, a veces, artificial e insostenible de partidos, con el bipartidismo que surgió en 1973, cuya consideración escapa desafortunadamente de la presente exposición.  Sólo el centro político, periódico,  real y provechoso, se realiza cuando los actores tienen una definida posición política e ideológica que los compromete y existen dispositivos eficaces para una concertación políticamente productiva que los corresponsabiliza, en definitiva, con una política de Estado, contrastante con el burdo pragmatismo que las ocasiones deparan.

Tenemos, de un lado, frente al agudo conflicto existencial que produjo el marxismo en la Venezuela de décadas ya remotas, Caldera inspiró y promovió el debate ideológico, contribuyendo a darle una identidad político-cultural y un perfil partidista diferenciador a la democracia cristiana, respecto a las demás corrientes políticas. Hubo una razón teórica, dada la influencia de la enseñanza social de la Iglesia Católica o de autores como Maritain, Sturzo, Mounier, Lepp o Teilhard que, entre otros, como los chilenos, se hicieron sentir, pues, en curso, todavía faltaba por hacerlo el Concilio Vaticano II y sus resultados ulteriores;  y una razón social, ya que fue notable el influjo del socialcristianismo en  las clases medias ilustradas, capaces de motivar y movilizar al resto de los sectores sociales; en las universidades, donde competía exitosamente frente a las fuerzas comunistas, y en los gremios de profesionales y técnicos.

El docente universitario, no sólo era autor de ya varios títulos académicos, sino de una literatura alusiva al movimiento político que fundara, amén de los regulares artículos de opinión que también disciplinaron al liderazgo político promedio de entonces, forzándolos una racionalidad hoy poco frecuente. Por cierto, luce más revelador un título, como “Ideario: La democracia cristiana en América Latina”, compilación de 1970 que recogió sus más importantes reflexiones ideológicas en el marco de sendos eventos políticos del decenio anterior, que la propia “Especificidad de la democracia cristiana”, publicada en 1972, un meritorio breviario que fue fruto de las clases impartidas en el IFEDEC, entre 1966 y 1967.

Por otro, bien conocidas y nítidamente caracterizadas sus posturas, con un temperamento proclive al entendimiento, siendo inevitable el conflicto, contribuyó a que se hiciese agonal para el  desarrollo y la estabilidad de las instituciones, como premisa.  No hay una perspectiva centrista, por lo menos, adecuada y convincente, si  no cuenta con la seguridad y firme determinación de sus posturas para afrontar el conflicto existencial, las cuales autorizan – moral y políticamente – al entendimiento trascendente con otras corrientes, movimientos, partidos o sectores, a través de una indispensable deliberación parlamentaria y edilicia, sumada al aporte de la prensa libre, garantes de una composición política leal,  abierta y realmente concursada, aún en los momentos más difíciles, acalorados y riesgosos.

Valga acotar, el acceso al poder que el puntofijismo impidió que fuese por la vía violenta de añeja tradición, nos remite a la concepción de un partido, como COPEI en los años sesenta, que también – puede decirse – a su más alto nivel exhibía a líderes considerados de derecha, como Edecio La Riva Araujo, o de izquierda, como Rodolfo José Cárdenas, por no mencionar al sector juvenil que reproducía un mosaico político semejante: la hemerografía y bibliografía de la época retrata muy bien una situación que facilitabael uso y abuso del binomio de marras, con fuentes que recogen fielmente las tensiones y perturbaciones generadas, como la de Tarsicio Ocampo, curiosamente editada en Cuernavaca por 1968 (“Venezuela: ‘Astronautas’ de COPEI, 1965-67. Documentos y reacciones de prensa”). La posición de centro a la que aspiró Caldera al interior de su partido, se vio reflejada en la triunfante estrategia electoral que lo llevó al primer gobierno, concitando el apoyo de movimientos y personalidades de una diversa procedencia política que, a contrapelo con el estereotipo preferido en los años treinta, hizo que la izquierda lo acusara de veleidades reformistas, según el libro en el que Domingo Alberto Rangel analizó los resultados electorales de 1973; o calificara de progresista a su primer gobierno, como ocurre con Steve Ellner en una edición gubernamental de estos años recientes, en la que aborda el fenómeno  chavista.

El centro, ahora

Trascendiendo la estricta dimensión democristiana, la perspectiva centrista de Caldera nos conduce a las necesarias  soluciones de compromiso, inherentes a la transición democrática que tenemos por empeño en la presente centuria. Resultan indispensables las más definidas y firmes posturas, abiertas a la reflexión y al debate creador, para afrontar el desafío estratégico de una conflictividad existencial, como no tardarán en plantear, incluso, apelando a la violencia, los sectores autocráticos desplazados del poder, reacios a la pérdida de sus privilegios, incluyendo sus inmunidades de facto.

Sólo los movimientos y las personalidades de una identidad y  un compromiso político e ideológico, definidos, nítidos e inequívocos, además, pueden auspiciar, concursar, desarrollar y estabilizar el carácter agonal de los conflictos, a través del entendimiento, las fórmulas de compromiso, el diálogo democrático o las más amplias coincidencias sobre aquellas materias que, a la postre, se conviertan en sendas políticas de Estado. Supone un efectivo y eficaz desarrollo institucional de los espacios políticos, como los cuerpos deliberantes, los partidos, las expresiones organizadas de la sociedad civil y la prensa libre.

Particularmente, sugiere la completa recuperación de la institucionalidad de los partidos, en los que quepan y lealmente compitan sus diferentes, cambiantes e irreprimibles tendencias que requieren también de una perspectiva centrista, en los términos esbozados, más allá de las alianzas meramente oportunistas que no redundan en lo que son, por definición: expresión del sistema parapolítico de acuerdo a David Easton. Bien ejemplifican la necesidad de una polémica actualizadora a la que, sin dudas, llegan con notable retraso respecto a la sociedad civil, en torno a la visión, perspectiva y expectativas de un país con retos muy distintos a los del siglo pasado, quizá por la marcada influencia de la interesada indefinición del llamado socialismo del siglo XXI, concebido para una sociedad de sobrevivientes y  ágrafos.

La etapa venidera exige una mínima confluencia de los distintos sectores, movimientos y partidos que, convengamos, sólo pueden reconocerse, convivir y corresponsabilizarse en una República liberal y democrática, e, igualmente, dada la amarga experiencia y vivencia de la presente centuria, debe orientarse hacia una economía abierta, libre y competitiva. El Estado Constitucional ha de contextualizar el esfuerzo común por superar un modelo político que hoy desconoce las más elementales nociones, como la del cabal respeto por los derechos fundamentales, la efectiva división de los órganos del Poder Público, la representatividad del liderazgo político y del que ejerce en las sociedades intermedias.

La influencia o el predominio de una determinada organización partidista, llamada a participar en la transición, no puede depender de los actos de extorsión u otros desleales, propios de un insensato y absurdo sectarismo, por lo que ha de aceptar aquellas condiciones que permitan superar las que propiciaron, entre otras, a la autocracia socialista y mafiosa, como la quiebra literal de un país petrolero que niega, además de la libertad y el  país, nuestra misma condición de ciudadanos. Sintomático y preocupante, sólo existe una plataforma unitaria, como Soy Venezuela,  que ha planteado un acuerdo de transición denominado Tierra de Gracia, ante la orfandad de aquellos que no han formulado algo parecido, pretendiendo convertir sus contradicciones e incoherencias en una bandera para la ocasión, aunque esa perspectiva válida del centro políticos que defendemos, de comprobado éxito en la más duras etapas, como la de los sesenta,  les exige una razonabilidad teórica y social tan indispensables para encarar el conflicto existencial y el agonal que está pendiente, con mayor vocación y talento político del que suponen.

(*) Síntesis de la ponencia presentada en la VII Semana Latinoamericana y Caribeña, auspiciada  por el Centro Latinoamericano de Estudios de Seguridad (CLES), adscrito al Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad Simón Bolívar. Mesa: Movimientos y personalidades políticas del siglo XX (Sartenejas, 23 al 27 de abril de 2018).

Fotografía (inicial): Pieza de Giulio Paolini.
Reproducción: Rafael Caldera suscribe la Constitución. Élite, Caracas, nr. 1136 del 03/05/1947.  Por lo demás, elocuente leyenda.
30/04/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/32482-barragan-

lunes, 30 de abril de 2018

SINO TODO LO CONTRARIO ...

Izquierda y derecha
Luis Barragán


Volviendo al siglo XXI que nos tiene por precarios inquilinos, el socialismo depredador ha abusado enfermizamente de los términos izquierda y derecha. En un caso, para la propia calificación graciosa; y, en el otro, para la descalificación de sus adversarios reales, circunstanciales y ficticios.

Objetivamente, muy poco o nada revelan ambos vocablos, aunque Norberto Bobbio ha hecho un esfuerzo notable de sistematización, refiriéndolos a los valores de la libertad e igualdad, advirtiendo que “el juicio de valor positivo o negativo que se da sobre la derecha  o izquierda es parte integrante de la misma lucha política, donde la metáfora espacial ha perdido totalmente el significado originario y representa dos lugares no axiológicamente connotados”, pues, “un lenguaje como el político es ya de por sí poco riguroso” (“Derecha e izquierda”, Taurus, Madrid, 1998: 107, 122).  A pesar de los esfuerzos teóricos realizados, como el de Octavio Rodríguez Araujo, en las obras que llevan el sello de Siglo Veintiuno Editores, podemos concluir que serán de izquierda o de derecha, quienes sencillamente se tengan por tales.

Apartando la consideración del centro y de sus extremos, el binomio ha domiciliado una tan infinita confusión que, según el canon dominante, se puede ser de izquierda, siendo realmente de derecha, y viceversa. Dependerá de las convicciones, conductas y realizaciones efectivas en juego, a pesar que, por ejemplo, Manuel Camino señaló que pocas veces la distinción fue tan decisiva en la centuria anterior, propensos a sustantivos y adjetivos de una mayor claridad y mejor significación (“En el laberinto de la izquierda y el socialismo”. El Nacional, Caracas, 31/12/1984).

Optando por una solución práctica, antes que teórica, en la búsqueda de los referentes de la vieja polémica venezolana, a modo de ilustración tomamos la materia petrolera para el rápido ejercicio que nos proponemos. Así, por una parte, puede estimarse como una posición de derecha, la de Arturo Uslar Pietri al proponer que se otorgaran nuevas concesiones que, por lo demás, reafirmarán la inevitable condición del país petrolero (“¿Somos o no, un país petrolero?”, ibídem: 30/03/1960); y, por otra, como una postura de izquierda la de Juan Nuño que, definiéndonos como una colonia petrolera, le respondió como un firme partidario de la  inmediata nacionalización de la industria (“La voz de su amo: No somos un país petrolero”: Crítica Contemporánea, Caracas, 05/1960).

Curioso, se impuso la perspectiva del centro político, por cierto, propia de la principales realizaciones del llamado puntofijismo, como ha sostenido Juan Carlos Rey (“El sistema de partidos venezolano, 1830-1999”, Gumilla-UCAB, Caracas, 2009). Vale decir, la política (de Estado) iniciada por el ministro Juan Pablo Pérez Alfonso de no más concesiones, comisión coordinadora de las actividades del sector, mayor participación del Estado en las ganancias, CVP y OPEP (“El pentágono petrolero: la política nacionalista de defensa y conservación del petróleo”, Revista Política, Caracas, 1967).

Paradójicamente, la izquierda actual, adueñada de Miraflores, heredera legítima y directa de la que así se catalogó en la centuria anterior, no sólo quebró la industria, sino que, de hecho, ha entregado la Faja del Orinoco a las transnacionales, como quizá no hubiese ocurrido con el mismo Gómez o Pérez Jiménez.  Literalmente,  arrasó con la gerencia especializada, formada en varias décadas, convertida PDVSA en un fantasma – para más señas – constitucionalizado.

Entonces, eso de izquierda y derecha, si no fuesen tan trágicos los estereotipos, pasaría por un divertimento más. Cierto, el binomio encubre el dilema muy real entre la libertad y la esclavitud, el atraso y la contemporaneidad, el Estado y el mercado, la cosificación y la persona humana, todo un detalle que no debemos olvidar.

Ilustración: Ferdinand Léger (1913).
Captura de imágenes: Comentarios en La Patilla y promoción en Twitter.
30/04/2018:
http://www.ventevenezuela.org/2018/04/30/izquierda-y-derecha-por-luis-barragan/
https://www.lapatilla.com/site/2018/04/30/luis-barragan-izquierda-y-derecha/
https://www.tenemosnoticias.com/noticia/barragn-luis-derecha-izquierda-230295/710429

lunes, 4 de noviembre de 2013

AL MAL SE RESPONDE CON EL MAL

EL NACIONAL - Viernes 25 de Octubre de 2013     Escenas/2
Incoherencias de izquierda y derecha
LA VENTANA INDISCRETA
CINE
SERGIO MONSALVE

La ciencia ficción pura y dura es historia. La banalidad política también se la devoró. No hay futuro para ella en el engranaje de dos artefactos averiados de la cartelera: Elysium y Amenaza roja . El ying y el yang de un mismo inconveniente. Es decir, la prosaica involución del relato distópico, al transportarlo de regreso al período de la Guerra Fría. Con la primera cinta de la dupla, el realizador Neill Blomkamp filma un panfleto bolchevique de anticipación, financiado por un estudio de la meca.
El discurso socialista rinde dividendos en taquilla.
Es la cruel verdad de la izquierda divina afincada en Hollywood. La conocen de sobra Oliver Stone y Michael Moore, explotadores de las miserias del neoliberalismo tardío. Comunistas de palabra pero capitalistas en la acción. Se les atribuye el hecho de haber inventado el blockbuster de corazón marxista. Pero ellos no son los padres de la criatura. El populismo progresista nace en las barracas de feria y luego lo adoptan innumerables negociantes del discurso revolucionario. Rusos y cubanos patentan la fórmula en clásicos como Octubre y los documentales de Santiago Álvarez, antes del establecimiento de la censura. La industria reconstruye el filón para aliviar las tensiones de la crisis, ofreciéndole circo a las masas necesitadas de pan.
Hoy la lucha de clases es moneda corriente de la cultura del espectáculo. Vean el ejemplo de Elysium , una secuela devaluada de Sector 9 , aquella obra maestra sobre el drama del apartheid en Suráfrica. El director de la película sigue siendo un virtuoso de la composición multimedia. La potencia indiscutible del filme radica en la médula espinal de sus efectos especiales. Asumiendo la perspectiva subjetiva de un videojuego, el emisor sumerge al receptor dentro de una cápsula virtual con la óptica de un guerrillero cibernético. La misión del héroe mesiánico es liberar a los pobres del planeta de la opresión de los ricos esnobistas alojados en un hotel espacial y hermético de lujo. Alusión a las divisiones y discriminaciones actuales de la polis. En tal sentido, el mensaje del largometraje es oportuno para sembrar conciencia. Sin embargo, la credibilidad se derrumba en el desarrollo de la trama. Amputados y caricaturescos, los protagonistas preparan un combo de McGuevara para el gusto de los Che Donalds. En términos menos rebuscados, el personaje principal, interpretado por Matt Damon, derrota a los villanos del poder blanco, con el objetivo de implantar el Obamacare. Al final la cursilería paternalista baja el telón en las favelas del globo. Irónicamente, Elysium llenará los bolsillos de los mentados usureros, de los chivos expiatorios de la pieza. Momento de invocar a Amenaza roja , un remake de pocas luces o el reverso del caso anterior.
La versión original contaba la absurda invasión de Estados Unidos por parte del bloque soviético. Unos muchachos oponían resistencia desde las trincheras, provocando la emancipación del país. Ahora los norcoreanos encarnan al ejército invasor y los chicos de otra tonta película juvenil organizan la gesta de independencia. La legítima defensa es justificada, hasta con actos terroristas, a la hora de recuperar la soberanía. Me pregunto si no es un boomerang para el Pentágono en el Medio Oriente.

domingo, 10 de febrero de 2013

TÍMIDAMENTE, RL

EL NACIONAL - Domingo 10 de Febrero de 2013     Opinión/8
A Tres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
La enfermedad del fanatismo
RIGOBERTO LANZ

"Me imagino una ciudad inmensa...
podría ser Nueva York.

¿Qué hacer allí dentro?
Una sola cosa: vender y
comprar mercancías o imágenes,
lo que viene a ser lo mismo,
porque son símbolos planos,
sin profundidad...".
Julia Kristeva:
Las nuevas enfermedades del alma, p. 35


Un fanático es una persona inhabilitada en una amplia proporción para funciones básicas como pensar, crear, ejercer la crítica, tener opinión propia y actuar autónomamente. Cuando esta anomia se hace fenómeno colectivo estamos en presencia de una verdadera tragedia para toda iniciativa de convivencia democrática, para el fortalecimiento de la ciudadanía, para que la multitud se posicione autónomamente de la gestión de la sociedad.
Cuando el fanatismo se entremezcla con religión y política nos enfrentamos a un revoltillo ideológico-político sencillamente letal. Hoy observamos con gran "normalidad" las aberraciones de Estados confesionales, de partidos directamente religiosos, de universidades definidas por su naturaleza religiosa, de medios de información expresamente identificados con sectas de variada procedencia.
Todo ello revela la dificultad mayor de desarrollar la conquista moderna consistente en la neta separación entre el Estado y cualquier iglesia, entre las legítimas inclinaciones religiosas de la gente y la manipulación de los aparatos eclesiásticos en el seno del espacio público.
Esta perversión de Estados confesionales se combina con modalidades más sutiles en las que las prácticas y discursos religiosos se asumen de hecho como ingredientes del desempeño público del Estado. Ello es de suyo muy preocupante y lo es más aún cuando la deriva del fanatismo político se ve legitimado por las incrustaciones de iglesias y sectas que deberían permanecer en el estricto ámbito de la vida privada. El delirio ciego de las muchedumbres no tiene remedio.
Los niveles de irracionalidad son variables. Dependiendo de los ámbitos donde nos fijemos, el fanatismo político constituye un campo de manipulación donde los argumentos han sido desplazados por el griterío, las buenas razones ceden el paso a las pasiones histéricas, las empatías psicológicas se vuelven patologías y las pautas de identidad o pertenencia ya no pasan por la discusión y la crítica.
Cuando la política está muy centrada en las disputas electorales, este fanatismo encuentra cauce en la algarabía de calle que transmite la dudosa sensación de fuerza, de arrastre de masas, de fortaleza de los aparatos; la autogestión política verdadera es desplazada por el bullicio del gentío excitado; el gregarismo de la calle suministra la falsa percepción de una participación orgánica en los asuntos públicos: si no hay posicionamiento verdadero de la multitud en las decisiones públicas, ello quiere decir que estamos lejos de cambios revolucionarios.
La deriva fanática va en el sentido opuesto de la toma de partido consciente y crítico. El consignismo de una gentarada fanatizada no sirve para casi nada. Una manifestación pública de la multitud no es necesariamente una reunión de fanáticos. No confundir una y otra cosa. Lo que es preciso combatir es la mezcolanza entre la afinidad política intensa, que es perfectamente legítima, y los arrebatos histéricos de muchedumbres que sólo consumen consignas, banderolas y estridencias. Los esfuerzos por construir verdaderos mecanismos de participación de la multitud en los asuntos públicos (autogestión) son mucho más lentos y exigentes que la agitación propagandística.
El desmantelamiento del capitalismo de Estado que padecemos pasa por el creciente posicionamiento de la gente en los espacios de decisión que les conciernen. Ello no tiene nada que ver con conductas fanáticas ni con dogmas políticos. Al contrario, se trata de poner en juego con máxima intensidad la voluntad de cambio, la creatividad política y la capacidad crítica de la gente.
El espejismo de las empatías histéricas ­en la izquierda y en la derecha­ distrae un tiempo y una energía que deben ser revertidas hacia la formación y el empoderamiento de la gente en la conducción de sus asuntos. La voluntad política ciega no va a...


Fotografía: Noticiero Digital (Camatagua).

domingo, 6 de mayo de 2012

SOCIALMENTE ATORMENTADOS

De un estigma de ubicación
Luis Barragán

La jerga política del oficialismo ubica invariablemente a sus adversarios en la (ultra) derecha, suponiéndolos a todos reaccionarios, racistas, insensibles, explotadores, apátridas, delincuentes, arrogantes.  El énfasis maniqueo que los dice  acreedores de todo bien y de todas las infinitas bondades que podamos conocer, contribuye al artificioso esfuerzo de la polarización social que los compromete, como a la confusión que genera un estigma que contribuye a la simplificación del debate.

Hubo y hay razones para el creciente malestar social que, por cierto, logra la coincidencia de distintos estratos que se suponían estructuralmente adversos. Empero, pretendiendo alterar las realidades que naturalmente siguen su curso, no otras que las agudizadas en una sociedad rentista,  intentan la construcción de un enemigo ideal (y real), de acuerdo a las necesidades que les imponen las circunstancias: el fascismo, una suerte de Frankenstein hacia el cual se orientan importantes decisiones de Estado, a veces alentado por aquellas minorías que dicen combatirlo (¿será el caso del ahora celebérrimo video “Caracas, la ciudad de las despedidas”?).

Removiendo papeles en casa, no logramos hallar nuestro ejemplar de Norberto Bobbio sobre la clásica díada (derecha e izquierda), pero encontramos un viejo texto de Jean Meynaud y Alain Lancelot (“Las actitudes políticas”, 1965). Entre otros asuntos, advierten que las actitudes políticas de un sujeto dependen de la situación concreta que vive y, sintiéndose amenazado, los estereotipos de la percepción lo ayudan a explicarse la situación específica que confronta, dándole cabida a los prejuicios que sostiene.

Recordamos, extraviado también el ejemplar, el ensayo de Ricardo Sucre de finales de los noventa que versaba sobre la amenaza social y el autoritarismo, partera de los más variados estigmas o estereotipos que le permitían a alguien explicarse un poco más la crisis personal o doméstica que atravesaba. Vale decir,  ajenos al oficio político, es inevitable que interpretemos nuestras realidades partiendo de una personalísima creencia, idea, convicción o predisposición.

Siendo así, esa creencia, idea, convicción o predisposición, puede recibir el impacto de la socialización política que la confirme, neutralice o modifique. Y, si de socialización política se trata, escaseando los recursos de los partidos que – por si fuese poco -  tienden a ser despreciados,   sobran a un Estado que los administra y despilfarra a discreción, por lo que no es difícil colegir que realiza una descomunal campaña propagandística y publicitaria para condicionar a la ciudadanía, infundiéndole temores y sembrando estereotipos interesados que, por ejemplo, “aclaran” quiénes son de la (ultra) derecha maldita y quiénes de la izquierda bendita, sin que – obviamente – se vea compelido a una definición más o menos sensata.

La cultura política del llamado puntofijismo nos hizo a todos centristas, desconociendo todavía las expresiones reales y palpables que puedan identificarse como de izquierda o derecha, excepto los ademanes subversivos y golpistas del pasado remoto, por cierto,  corroborado por la novísima Ley Orgánica del Trabajo que, en mayor o menor medida, tradujo la extrema cautela del convaleciente presidente de la República, después de tanta estridencia temeraria. Casualmente, tenemos a la mano un trabajo de Octavio Salazar Benítez (revista “Leviatán”, Madrid, nrs. 85-86 de 2001), donde distingue entre centrismo y moderación, siendo ésta una capacidad de actuación propensa al diálogo y la negociación que evidentemente no se dio en Chávez Frías, excepto una maniobra de insondable cuño oportunista y manipulador.

Podemos citar innumerables trabajos sobre la díada, la serie que le dedicó “Marcha” de Uruguay a especificarla tiempo atrás, o la famosa diferenciación con la izquierda borbónica de Petkoff. Lo cierto es que muy difícilmente encontremos una caracterización de la izquierda o de la derecha que aceptablemente opere en el medio político real, siempre propensos a los estigmas interesados de ubicación que siembra el chevezato que no alcanzan a justificar el por qué tiene también en sus filas a reaccionarios, racistas, insensibles, explotadores, apátridas, delincuentes, arrogantes.

Tarea pendiente,  desde las actas constituyentes de 1999 para acá, incluyendo las miles de millones de ediciones impresas y audiovisuales que ha parido el régimen, sería interesante constatar una mínima evolución conceptual de la díada que, en definitiva, los lleva a la recreación del Frankestein simbólico, ideológico o imaginario. Mientras tanto, hacemos caso de una observación que hizo  José Barbeito al versar sobre la revolución cubana (“Realidad y masificación”, 1964): “Precisemos, ante todo, que el esquema de las derechas y las izquierdas es anacrónico: desde la Revolución Francesa hasta nuestros días ha llovido mucho. Pero, además, es falso. Los comunistas, que aparecen tradicionalmente alineados en la extrema izquierda, pasan a constituir una derecha ultramontana tan pronto asumen el poder”.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/11689-de-un-estigma-de-ubicacion
Fotografía: Marie Claire Chahda, urb. El Bosque, Valencia (06/12)

viernes, 30 de marzo de 2012

... TODO LO CONTRARIO !!!


Ni izquierda ni derecha
Alexis Márquez Rodríguez
Viernes, 30 de Marzo de 2012 06:39

Nunca he creído que los conceptos de izquierda y derecha están hoy superados, y que no existen tales posiciones en el mundo contemporáneo. Me parece que es una coartada para no comprometerse. Y en la declaración de que no se es ni de izquierda ni de derecha creo percibir un tufillo a oportunismo, pues tal confesión permite colocarse cada vez en la posición que más convenga.

Por supuesto que la polarización entre izquierda y derecha no opera hoy igual que en el pasado. Los cambios ocurridos han hecho que en los asuntos políticos existan hoy variantes que no se daban antes. Además, en las posiciones políticas hay un elemento más importante de lo que a primera vista pareciera, que es el estilo con que se ejercen las posiciones que puedan adoptarse. Ser de derecha o de izquierda supone un estilo, que no es lo único que define la posición que se tenga, pero que tiene gran importancia.

Sin embargo, hay circunstancias en que el esquema derecha-izquierda debe dejarse provisionalmente a un lado. Y eso es justo lo que actualmente tenemos planteado en Venezuela. La actividad política siempre se desarrolla en función de ciertas prioridades. Y son estas las que determinan el curso que deben seguir los acontecimientos.

La prioridad absoluta que en estos momentos tenemos los venezolanos es de tal naturaleza, que la misma se presenta como una sola para izquierda y derecha, lo mismo que para quienes se mueven al margen de estas posiciones. Se trata de restaurar la democracia, rescatando las instituciones del secuestro a que hoy se hallan sometidas por un régimen autoritario, personalista y militarista, que de continuar unos años más nos llevarán a la aniquilación total. El desastre actual convoca a todas las fuerzas interesadas en la salvación del país, sean de izquierda o de derecha.

Esa suspensión provisional de la pugna natural entre izquierda y derecha ­con los matices, por supuesto, de centro, centro-derecha y centro-izquierda­, esencia todo ello del sistema democrático, es lo que da sentido y oportunidad a la unidad democrática tal como se ha logrado de cara a las elecciones del 7 de octubre.

Aunque tímidamente, en los meses previos a las primarias del 12 de febrero apuntó un poco la oposición entre izquierda y derecha. Afortunadamente no pasó de ser un amago, y una vez conocido el resultado de esas elecciones imperó el sentimiento de unidad, por encima de las diferencias ideológicas. Hoy lo menos importante es si el candidato de la unidad es de izquierda, de centro o de derecha. Lo importante es que la prioridad absoluta del pueblo venezolano es hoy derrotar el chavismo en todas sus formas reales o posibles.

Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/11386-ni-izquierda-ni-derecha

martes, 12 de octubre de 2010

¿el yo-yo se juega con la mano izquierda, derecha u otras extremidades?



EL NACIONAL - Martes 12 de Octubre de 2010 Opinión/7
A Tres Tres Manos Manos
Miradas múltiples para el diálogo Miradas múltiples para el diálogo
De derecha e izquierda
El filósofo francés André C. Sponville le preguntó, siendo niño, a su padre qué era lo de derechas e izquierdas
CAMILO PERDOMO*

El título asoma la idea de una convivencia sin problemas entre esas dos palabras, pero como ni las palabras son neutras (R. Lanz) ni "el idioma nunca es inocente" (R. Foster) entonces toca jugar con esas palabras. La tradición desde aulas o textos universitarios, predefine a un intelectual de izquierda forrado en sentidos humanitarios, conocedor del bien y dispuesto a darlo todo por los desarrapados y excluidos de la sociedad. Por oposición y sentido diferente, el de derecha es portador de prácticas y conductas que se aprovechan y hunden al excluido. El filósofo francés André C. Sponville le preguntó, siendo niño, a su padre qué era lo de derechas e izquierdas y obtuvo esta respuesta: "Ser de derechas es desear la grandeza de Francia.

Ser de izquierdas es desear la felicidad de los franceses". Allí se despliegan dos sentidos: grandeza y felicidad, en ellos conviven deseos que si los miramos de cerca (Marx) no tienen por qué ser excluidos o colocados en un único lugar definitorio.

Hablando desde Venezuela, cuya característica económica básica es contribuir con la lógica del mercado capitalista como productor de petróleo, la grandeza está asociada con una memoria histórica centrada en el ideal bolivariano, pero en relación con la felicidad el sentido es complejo leerlo en la eficiencia de las políticas públicas. Por tradición epistemológica, la derecha es anticomunista y la izquierda es lo contrario.

Intentando lo que el amigo Rigoberto le sugiere a Emeterio Gómez de desbrozar el camino, es válido preguntar: ¿fue desde la derecha política el lugar donde grandeza y felicidad entraron en contradicción de sentidos? Si la respuesta es afirmativa, ¿cuál es la alternativa que por tradición presenta la izquierda con esos términos, dentro de la lógica del capital de un país petrolero? Si situamos el proyecto político bolivariano denominado chavismo como espacio de izquierda, es válido preguntar: ¿qué predomina hoy entre grandeza internacional y felicidad al interior de la sociedad? De la respuesta pasamos a estas otras: ¿están bloqueadas las palabras izquierda y derecha en un país petrolero como Venezuela, donde la ética utilitarista tiene amplio dominio?, y ¿es más genuino y transparente defendiendo a los sectores populares el intelectual de izquierda que el de derecha? El debate queda abierto y un punto de referencia en el aludido desbrozamiento es obligado: "La modernidad política entró en crisis de fundamentos", idea explicada por el amigo Rigoberto en sus textos sobre la posmodernidad. Admitida esa crisis que condujo a la posmodernidad donde cualquier cruce político entra con su ética del "todo vale", entonces hay cruces entre autopromocionarse de izquierda y actuar como la derecha o, y quizás sin sentido, promocionarse desde la derecha cuando siempre se sirvió de las categorías de la izquierda.

Como puede verse, cualquier híbrido teórico puede aparecer, pero aquello de grandeza y felicidad sigue en suspenso mientras haya exclusión, miseria y desigualdad social. De poco vale, al reinventar el presente, situarse en esos polos si se ignora la crisis de la modernidad, de la opacidad de su razón y del vaciamiento de su ética cargada de moralismos opuestos a la vida feliz, como la leyó Nietzsche.

Como no puedo ir terminando estas palabras sin responder sobre el nombrado bloqueo, mi respuesta es invitar al desbloqueo por vía del debate argumentado, pues de alguna u otra forma hay que responder a esta otra: ¿y quién se encargará de la felicidad al interior de Venezuela y en ella de los excluidos? Como eso no es exclusivo de un sector social, no queda sino el diálogo y el debate donde posiblemente unos estaremos en un sector y otros en el otro.

Pero la clave sigue siendo: "No hay camino, hay que reinventarlo cotidianamente para ser felices".

*ULA/Táchira