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lunes, 16 de marzo de 2020

NOTICIERO RETROSPECTIVO

-Juan de Dios Diez. "Los ferrocarriles tienen muchos enemigos". La Esfera, Caracas, 10/03/1953.
- Alfonso Molina. "¿Quién le teme a Corina Castro?". El Nacional, Caracas, 11/06/81.
- Eloy Enrique Porras. "Transfugas y disidentes en la política venezolana". Momento, Caracas, nr. 637 del  29/09/68.
- Edith Guzmán. "El libretista Ibsen Martínez: se llega a escribir en televisión como un subproducto de la creación literaria". El Nacional, 22/01/78.
- Pascual Venegas Filardo. "Geomorfología de la región centro-occidental". El Universal, Caracas, 28/02/72.
- Roberto Briceño-León. "(Michel) Foucault entre nosotros". El Universal, Caracas, 08/07/1984.

Reproducción: Diego Carbonell, portada. Billiken, Caracas, ¿1938?

domingo, 30 de septiembre de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Arturo Croce. "El país de frente: Los andinos en el poder (Domingo Alberto Rangel)". El Nacional, Caracas, 24/10/1965.
- P. L. Blanco Peñalver. "Diógenes Escalante y su tiempo". El Universal, Caracas, 08/11/64.
- A 25 años del asesinato de Federico García Lorca, opinan los poetas Pedro Sotillo, Juan Manuel González, Fernando Paz Castillo, Juan Calzadilla, Francisco Martínez Salazar, Juan Angel Mgollón y José Ramón Medina. El Nacional, 28/07/61. Jueves, Papel de El Nacional, nr. 19, dirigido por Guillermo Meneses.
- J. Ballesteros, con fotografías de Nicolás Treatt, en entrevista exclusiva con María Casares (actriz de teatro e hija ministro de la República Española). Élite, Caracas, nr. 2179 del 01/07/1967.
- Ibsen Martínez. "Pero ¿y qué tiene de malo la reelección?". El Nacional, 12/07/86.

Reproducción: Paro de estudiantes de la Universidad Central de Venezuela. Últimas Noticias, Caracas, 10/06/1948.

viernes, 14 de julio de 2017

POLVO EN EL VIENTO

El Nacional, Caracas, 1503/1981. Papel Literario.
(Puede guardarse y luego abrir para ampliar. Por lo menos, están claras las ideas básicas).
Cfr.

domingo, 19 de abril de 2015

IRACUNDIA

EL PAÍS, Madrid, 19 de abril de 2015
OPINIÓN
Galeano y la imaginería económica latinoamericana
La iracundia de la obra del escritor uruguayo ‘Las venas abiertas de América Latina’ fascinó durante décadas a la izquierda de la región
Ibsen Martínez 

¿A quién podríamos llamar intelectual influyente en nuestra América?
El mexicano Gabriel Zaid, al discurrir sobre el papel de los intelectuales en “la región más transparente”, brindó una definición: intelectual influyente es aquel que opina periódicamente sobre asuntos de interés público —en especial, de política económica— y es atendido por las élites. Si no le hacen caso los poderosos, observa Zaid, nuestro hombre no es más que un inconducente opinador, un cantamañanas de página editorial: un inane profeta, un tertuliano.
La verdad, no abunda en América Latina el tipo de intelectual público que ejerza discernible influencia en la toma de decisiones por quienes tienen la sartén cogida por el mango, y menos en lo que atañe a políticas económicas, aunque muchos columnistas, analistas televisivos de horario matutino y, en general, oficiantes de lo que Mario Vargas Llosa llamó “civilización del espectáculo”, se solacen pensando lo contrario.
Sin embargo, se ha registrado el caso, único hasta donde alcanzo a ver, de un distinguido estudioso de la economía latinoamericana, autor de muy sesudos libros, que no sólo fue elegido presidente de su país, sino que ejerció el cargo estupendamente: el brasileño Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931), cuya obra, digamos juvenil, fue copiosamente citada por centenares de sus pares a todo lo largo y ancho de América Latina durante los años setenta y hasta bien entrados los ochenta del siglo pasado.
La nuez de sus ideas de entonces es quizá la única indiscutible contribución latinoamericana al pensamiento económico moderno: la celebérrima teoría de la dependencia económica.
Pese a las retractaciones del doctor Cardoso, esta ha tenido un duradero efecto de explicación de nuestras insuficiencias políticas, sociales y económicas. En su versión canónica, la teoría de la dependencia pone énfasis en los desequilibrios entre el centro (los países desarrollados) y la periferia (nosotros) y en los desiguales términos de intercambio entre ambas regiones. Resulta, comprensiblemente, una teoría en extremo atractiva que pronto se hizo muy popular entre muchos escritores, legos en economía pero comprometidos con la región, desde Julio Cortázar, en los años setenta, hasta el colombiano William Ospina, en nuestros días.
No abunda en América Latina el tipo de intelectual que ejerza discernible influencia en la toma de decisiones
Llegar a ser presidente de Brasil puede resultar una experiencia aleccionadora hasta para el profesor de posgrado más inflexiblemente dogmático: cada hemisferio de su yo debe sentirse proverbialmente solitario en la cúspide del poder, pero ¿cuál de los dos buscará la reelección?
Hoy, el expresidente Cardoso es aún festejado en el Foro Económico de Davos por el tino con que supo, en los años noventa, darle eficiencia y rostro humano a profundas reformas macroeconómicas, atentas a desarrollar una economía de mercado, reformas que habían fracasado más o menos estrepitosamente en otros países sudamericanos.
Ciertamente, Cardoso no suscribe ya las martingalas antiimperialistas que como scholar [investigador] propugnó vivamente durante su exilio en Caracas. Es algo que habla mucho y bien de su probidad intelectual, pero sus ideas de hace 40 años aún recorren el continente como algo mucho más tangible que un fantasma: la teoría de la dependencia neocolonial se ha corporeizado en la ola neopopulista que azota a Iberoamérica.
Y su mitología —toda teoría arrastra la suya— tuvo superlativo rapsoda en el uruguayo Eduardo Galeano [falleció el 13 de abril a los 74 años], autor de un libro diabólicamente persuasivo y soberbiamente bien escrito: Las venas abiertas de América Latina. Autodidacta eminente, el interés de Galeano por la historia económica y su fervor de izquierdas lo llevaron, a fines de los años sesenta, tiempo de guerrilleros tupamaros y militares torturadores, a escribir una deslumbrante vulgata guevarista de historia general de las Indias que dio forma a la imaginación económica de todo un continente. Chávez, tan dado a hiperbólicos dislates, dijo alguna vez de Galeano que era “el Bartolomé de las Casas de la economía latinoamericana”.
Desde su aparición en 1971, una florescencia de leyendas urbanas testimonia el estatuto de libro sagrado que le otorgó la izquierda latinoamericana. Un relato, por ejemplo, quiere que una tarde de aquellos años, una joven estudiante de ciencias sociales colombiana, mientras lee fragmentos del libro a su novio, sentados ambos en la trasera de un autobús durante un atasco de tráfico, experimente de súbito un rapto que la lleve a ponerse de pie y leer en voz alta y delirante párrafos incendiarios en obsequio de un auditorio de perplejos lumpemproletarios bogotanos. Su voz alcanza a escucharse en las aceras, en otros colectivos atascados, la gente baja de ellos, se agolpa en torno al primer bus para recibir la pentecostal palabra de Galeano…
Ahora bien, ¿qué clase de libro de historia de economía es este cuyos primeros párrafos destilan misticismo moral, rabioso, puro y duro? “La división internacional del trabajo —catequiza Galeano— consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.
El autor concluía por entonces que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”
En un epílogo del autor, escrito en 1977, se lee que se trata de una “historia del pillaje”, escrita para ilustración de las mayorías y que su interés mayor son los mecanismos del saqueo imperial. Deslumbrante modelo de agitación y propaganda, el libro degrada, sin embargo, a fuerza de efectistas sobresimplificaciones sobre nuestras sociedades a medio hornear, la misma teoría que se propone ilustrar.
Galeano concluía por entonces que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”, algo que no estuvo nunca en la cabeza de Cardoso. Por todo ello, la pregunta persiste: ¿de dónde emana la fascinación que este libro colérico ha ejercido durante décadas en tantas e influyentes mentes latinoamericanas?
Creo haber dado con una respuesta en un ensayo del británico Tony Judt: “La atracción que unas u otras versiones del marxismo ejercen en intelectuales y políticos extremistas latinoamericanos, por ejemplo, o en Oriente Próximo, nunca se ha desvanecido: en la medida en que aún pasa como relato convincente de la experiencia local, el marxismo retiene en tales sitios mucho del encanto que obra en los antiglobalizadores del resto del planeta”. “Estos ven en las tensiones e insuficiencias de la economía capitalista de hoy precisamente las mismas injusticias y oportunidades que llevaron a observadores de la primera globalización económica, allá por 1890, a aplicar la crítica de Marx al capitalismo para mejor teorizar de nuevo sobre el imperialismo”. Y añade: “Como nadie más parece ofrecer una estrategia convincente para rectificar las desigualdades del capitalismo moderno, el campo ha quedado libre para quien ofrezca un relato que sea, a la vez, prolijo e iracundo”.
La prolija y mendaz iracundia de Las venas abiertas de América Latina es el ejemplo perfecto.
(*) Ibsen Martínez es escritor.

viernes, 10 de abril de 2015

LAS COSTURAS DE UNA PELOTA

EL PAÍS, Madrid, 1o de abril de 2015
TRIBUNA
Trópico de béisbol
En la falsa creencia de que se trata de un juego introducido por las intervenciones militares de EE UU, el chavismo ha provocado la decadencia de un deporte que ofrecía oportunidades a jóvenes venezolanos
Ibsen Martínez 

Muchos en la cuenca del Caribe y en Europa y el sur de nuestro continente dan por sentado que el béisbol llegó a nuestros países como resultado de las innumerables intervenciones militares estadounidenses en la región, a comienzos del siglo XX. Es un hecho, sin embargo, que no fue el cuerpo de marines yanqui el que nos trajo el juego.
El hombre que llevó a Cuba el primer bate y la primera pelota se llamó Nemesio Guilló. Hablamos ¡de 1864!: la Guerra de Secesión americana no terminaba aún y los cubanos todavía eran súbditos de la Corona española.
Nemesio fue uno de los tres “niños bitongos” enviados por sus acaudalados padres a estudiar en una universidad (el Springville College) de Mobile, Alabama, en 1858. Para 1868, Nemesio Guilló había fundado ya un equipo de pelota —el Habana Base Ball Club— que derrotó, en juego amistoso, a la tripulación de una goleta mercante estadounidense.
Sin embargo, el equipo no tuvo tiempo de festejar la hazaña: se vio obligado a pasar a la clandestinidad, pues aquel mismo año estalló la primera y frustrada guerra de independencia cubana —llamada “de los Diez Años”, o “guerra chiquita”— y las autoridades españolas prohibieron la práctica del juego.
La juventud independentista cubana prefería militantemente el béisbol a las corridas de toros: en estas había que rendir formal pleitesía colectiva a las autoridades de la Corona española. Poniendo a salvo cuán entretenido y excitante pueda resultar “la pelota”, es fácil comprender que los independentistas cubanos atribuyeran al béisbol, frente a la tauromaquia y la decadencia de la monarquía, un valor simbólico asociado a la modernidad, a ideas de libertad e igualitarismo.
Muchos de los mejores jugadores han dejado su país para vivir en Estados Unidos
Como venezolano, crecí en la errónea creencia de que el béisbol vino a nuestro país junto con los primeros petroleros gringos. Hoy sabemos, gracias a acuciosos investigadores como el historiador caraqueño Javier González, que fueron también vástagos de familias acomodadas quienes importaron el juego en la última década del siglo XIX, siguiendo los pasos de Nemesio Guilló. Nuestro primer partido de béisbol se jugó en el patio de maniobras de una estación de ferrocarril al este de Caracas, en 1895, mucho antes de que los venezolanos viéramos la primera corrida de toros.
En Venezuela, como en el resto del Caribe hispanohablante, los precursores pertenecieron a las llamadas élites. Pero el pueblo soberano pronto se apropió del juego mirando (de lejos) a los jóvenes ricos jugarlo, único modo de aprender la leyes de composición de un deporte cuyas reglas “vistas de lejos, siempre parecen excepciones”.
En su libro La gloria de Cuba, Roberto González Echevarría, distinguido catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Yale e historiador del béisbol en la isla, ofrece, entre otras, esta tesis: “La cultura estadounidense es uno de los componentes fundamentales de la cultura cubana, aun cuando históricamente haya habido intentos, concertados y dolorosos, de combatir y negar este hecho. El béisbol es la más clara indicación de ello, pero no la única. Se trata de un proceso en el cual el antagonista es absorbido en lugar de rechazado”. Lo que vale para Cuba, vale en esto también para Venezuela.
Se nota en los modismos que el béisbol ha aportado al habla familiar de toda la región, con su imaginería a menudo referida a dilemas morales. Y en la estrategia de juego, también. En esas jugadas sorpresa de la malicia característica del béisbol, tal como se jugaba en las segregadas ligas negras estadounidenses, y que fue rápidamente absorbida por jugadores cubanos y dominicanos que fueron a los EE UU a jugar en aquellas ligas.
Los nombres y apellidos de cualquier alineación regular del béisbol profesional estadounidense ofrecen una idea del lugar que este “relato de la frontera”, como lo llamaría González Echevarría, y que ya dura más de siglo y medio, ocupa en la historia cultural de los EE UU y de nosotros, sus vecinos.
“Cualquiera que sean las razones”, escribía en 2008 el experto estadounidense Milton Jamail, “la oferta de talento nativo para jugar al béisbol en los EE UU claramente se está reduciendo, y esto ha hecho necesario buscar jugadores en otras partes”. Y añadía: “Las estadísticas que ofrece la misma industria del béisbol profesional estadounidense indican que casi el 35% de los jugadores profesionales a todos los niveles, desde novatos hasta grandes ligas, nacieron fuera de los EE UU. (Las cifras incluyen a Cuba, Colombia México, Repúbica Dominicana y Puerto Rico) El béisbol, claramente, ha dejado de ser un deporte estadounidense”.
El mapa político quizá sería distinto si Chávez hubiera logrado ser el mejor lanzador zurdo
Mi amigo Milton tiene razón: el béisbol es, hoy por hoy, un deporte internacional que se juega profesionalmente en comarcas tan dispares cono Australia, Japón, Canadá, Corea del Sur, Suráfrica, República Checa, Colombia, ¡Argentina!, Holanda, Italia ¡y Cataluña! Su más exigente nivel de juego profesional se encuentra en los EE UU, donde descuellan los latinoamericanos.
Todo gracias a Nemesio Guilló, el cubano que trajo de Alabama la primera pelota de cuero de caballo y alma de corcho y dio con ello origen a la especial cepa del béisbol que jugamos los latinoamericanos de la cuenca del Caribe.
El primer jugador venezolano en llegar a las grandes ligas fue el lanzador Alfonso Patón Carrasquel, quien debutó con los desaparecidos Senadores de Washington en 1939. Desde entonces, lenta y sostenidamente, han seguido sus pasos más de 320 venezolanos. En procura del talento local, varios equipos estadounidenses de grandes ligas establecieron, en 1997, una exclusiva y exigente liga de novatos que giraba en torno a un exitoso sistema de academias de béisbol.
Ya para 2002, 21 academias funcionaban en el país con impresionantes resultados. Si en 1994 tan solo 19 venezolanos jugaban en la Gran Carpa, 90 jugadores criollos ya aparecían regularmente en partidos de liga grande en 2010. Hoy, los venezolanos se enorgullecen al ver a 102 de sus compatriotas invitados al entrenamiento primaveral, antesala de la temporada regular que comienza esta semana.
En 2008, diez años después del ascenso de Chávez al poder, los Astros de Houston, precursores de la liga de novatos, acosados por la inseguridad y por el intraficable control de divisas, cerraron sus instalaciones, mudándose a República Dominicana. Las restantes organizaciones comenzaron entonces un retiro gradual. Hoy apenas quedan cuatro academias, que anuncian su cierre para el año próximo. Estas deserciones privarán a centenares de talentosos jóvenes sin recursos de una genuina puerta a las oportunidades. Aunque el riesgo de fracasar es muy alto, la recompensa puede serlo también: el salario anual promedio en liga grande es de 3,2 millones de dólares: unos 2,1 millones de euros.

En medio de las tensiones entre Caracas y Washington, y en vista de que la violencia alcanzó el año pasado los 25.000 homicidios, muchos de los jugadores criollos mejor pagados en ligas mayores han optado por vivir en Estados Unidos.
Mucho antes de convertirse en comandante, Hugo Chávez intentó, como tantos jóvenes sin recursos, escapar de la pobreza convirtiéndose en lanzador (zurdo, como cabía esperar) de grandes ligas. Y aunque solía salpimentar sus interminables arengas con jerga beisbolística, un día le dio por abolir por completo el béisbol profesional, dando las mismas razones anticapitalistas que dio Fidel Castro para hacerlo en Cuba en 1960. La afición venezolana, notablemente la chavista, puso el grito en el cielo y eso mató el proyecto.
Me pregunto cómo sería el mapa político latinoamericano actual si, en lugar de convertirse en un autócrata delirante que despilfarró toda la riqueza de su país, Hugo Chávez hubiese colmado su sueño de adolescente de llegar a ser el lanzador zurdo de liga grande más ganador en toda la historia del béisbol en Venezuela.

Ilustraciones: Autor no identificado (Élite, Caracas, 1932) y Eulogia Merle (El País, Madrid, 2015).

jueves, 25 de diciembre de 2014

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Rhazés Hernández López. "Renacimiento de la música popular". Élite, Caracas, nr. 1200 del 02/10/1948.
- Ibsen Martínez. "Verosímil fundación del vallenato en Venezuela". El Ojo del Huracán, Caracas, nrs. 19-20 de julio-diciembre/ 94.
- Rházes Hernández López. "Carlos Chávez y la juvenil". El Nacional, 08/07/77.
- Eva Feld. "El tío rock murió de muerte natural". El Nacional, 27/05/82.

Reproducción: Antonio Esteves para un artículo de Carlos Diaz Sosa. Revista  Shell, Caracas, nr. 20 de 09/1956.

domingo, 14 de septiembre de 2014

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Israel Peña escribe sobre Vicente Emilio Sojo. Resumen, Caracas, nr. 2 del 18/11/1973.
- Rodolfo Quintero. "Los cambios de una sociedad isleña (Margarita)". El Nacional, 12/12/77.
- Juan Uslar Pietri. "Esquema histórico de la inmigración en Venezuela". El Nacional, 01/09/54.
- Ibsen Martínez. "Verosímil fundación del vallenato en Venezuela". El Ojo del Huracán, Caracas, nrs. 19-20 de julio-agosto/94.

Reproducción: El Universal, Caracas, año LV, nr. 19605 del 02/01/1964.

Cfr. Entrevista a José Francisco del Castillo: https://www.youtube.com/watch?v=yDBCB_NWc7g

jueves, 5 de junio de 2014

DE UNO A OTRO FIDEL (1)

Hoy leemos el texto de Ibsen Martínez para El País (http://elpais.com/elpais/2014/06/05/opinion/1402005107_301578.html).  Quizá no hallaba de qué escribir y, a propósito de la famosa lista, recordó la aplaudida visita de Fidel Castro a la Caracas del posesionamiento de Carlos Andrés Pérez, por 1989. Como acostumbra, habla de una cosa y de otra desde la perspectlva del detalle propio de los especialistas, intentando el  dato exquisito. Empero, lo cierto es que Fidel parece nacido para la pesadilla venezolana, aún para el propio marxismo del caso por más halagos, tributos y exaltados gestos que le prodiguen. Otra cosa no menos cierta, es la existencia y perdurabilidad de la famosa lista de los intelectuales que festejaron  al personaje por 1989, en una visita que condensó los miles de contrastes reafirmados con los años siguientes y la captura de Venezuela para la supervivencia de Cuba. Guardamos esa lista, objeto de un texto de Luis Fernández Moyano tiempo atrás (http://www.noticierodigital.com/2011/03/los-911-intelectuales-venezolanos-que-se-postraron-ante-fidel-castro/), desanimados porque se deslizaba algo así como un "apartheid". Empero, archvándolo en un sitio más seguro como es el blog, pues el disco duro puede volar en cualquier instante, repletísimo, es otro el ánimo. Hay equivocaciones. Así de sencillo y, más que un dispositivo de segregación, queda como testimonio de los yerros y de la necesidad de rectificación para los que suelen rasgarse las vestiduras. ¡Qué los llevó a firmar? ¿Acaso la nostalgia de las viejas luchas e, incluso, devociones, que en adelante no los comprometerían al descartar el protagonismo de Castr Ibsen, como en el siglo XXI? ¿Dejar constancia de un ideal? La tragedia logra retratarla la consabida banda de felicitadores que edificó el chavezato por estos tiempos.

LB

DE UNO A OTRO FIDEL (2)

EL PAÍS, Madrid, 5 de junio de 2014
TRIBUNA
“Los de entonces ya no somos los mismos”
Aquellos intelectuales venezolanos que en 1989 firmaron una carta de adhesión a Fidel Castro rechazan hoy el autoritarismo del régimen chavista
Ibsen Martínez 

En el fandango de locos que es nuestra América prosperó, hasta hace poco, la excéntrica costumbre de invitar al dictador cubano, Fidel Castro, a la toma de posesión de presidentes electos democráticamente. Si ya hemos dejado de hacerlo es solo porque el provecto y protervo comandante no está ya para esos trotes.
En Venezuela aún recordamos cómo la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, para su segundo y malhadado período constitucional (1988-1993), revistió la apariencia de una coronación monárquica. De todos los invitados a aquella apoteosis, Fidel Castro fue la estelar figura por quien se desmoñaron las damas del Country Club en su afán de estrechar la mano del Comandante durante un sarao muy mentado en aquel tiempo. Fue también por esos días cuando Castro dio en vestir traje oscuro y corbata para ocasiones muy señaladas, como la audiencia que le concedió el papa Juan Pablo II en 1996.
A los ojos de cualquier venezolano de mi generación, el traje azul marino y las coloridas corbatas que lució el Máximo Líder en la ceremonia inaugural de Pérez contrastaban socarronamente con la Colt 45 colgada al cinto con que pretendió dirigir un discurso ante el Congreso de mi país en su primera visita a Caracas, en 1959. Felizmente, Rómulo Betancourt, quizá el único ser humano en toda América Latina que no había sucumbido al hechizo de los barbudos era, al mismo tiempo, presidente de Venezuela (1958-1963) y ordenó desarmar a Castro, junto con sus hombres (cuesta llamar comitiva a aquella panda verde olivo de hirsutos cortagangantas), no bien aterrizaron en Maiquetía, apenas 22 días después de haber derrocado a Fulgencio Batista, el dictador saliente. Pero, ¿qué tiene que ver la evocación de ocurrencias del siglo pasado caribeño con el título de esta bagatela de asunto, digamos, cultural?
La respuesta quizá esté en un exaltado manifiesto de bienvenida, firmado nada menos que por 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, a la llegada de Castro a Caracas hace ya un cuarto de siglo. Me serviré de él porque ofrece una muestra, sin duda parcial pero significativa, de nuestro poetariado progresista que quizá permita caracterizar las tortuosas relaciones que hoy sostienen intelectuales y artistas venezolanos con la vociferante satrapía militar que expolia y desangra mi país ante la indiferencia de casi todo el mundo.
Como espécimen de un género latinoamericano por excelencia, el Manifiesto de los 911 es muy breve pero cabrillean suficientemente en él frases imbuidas de garciamarquezca postración ante el Hombre Imprescindible como para dudar de su linaje izquierdista.
Nada menos que 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, firmaron un manifiesto de bienvenida a Castro.
“En esta hora dramática del Continente —declaraban los firmantes—, solo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”. Sigue diciendo el documento que en 1959 Castro triunfó sobre “la tiranía, la corrupción y el vasallaje” batistianos. Y termina así: “...afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”. Luego firman mis compatriotas, en orden alfabético: Abdala, Guillermo; Acosta, Vladimir y así, sucesivamente, hasta llegar a Zapata, Pedro León.
Junto a cada nombre, la lista añade una sucinta descripción del arte u oficio o disciplina, nivel de escolaridad, rango académico del abajo firmante y, en ocasiones, la opinión que de sí mismos tienen los infaltables wannabes: los igualados de siempre, los parejeros, los quiero y no puedo colados mayoritariamente en la lista. Así, junto a reconocidos escritores, artistas plásticos y académicos, se asoman borrosos “promotores culturales”, “artistas del fuego”, “editores alternativos” de no se supo nunca qué tipo de publicaciones, catedráticos de materias introductorias y el consabido batallón de cineastas de filme inconcluso de quienes nada se sabía entonces ni se ha podido saber.
El documento se lee hoy con nostalgia del año en que, con la caída del muro de Berlín, comenzó el colapso de la Unión Soviética. También con desengañada sonrisa al ver el nombre de entrañables, auténticos hombres y mujeres de ideas y de letras, de músicos, cineastas, gente de teatro y artistas plásticos, entreverado con el de los sempiternos logreros y lobbystas del presupuesto cultural del petroestado venezolano; todos saludando a un tiempo la visita de un tirano que en cosa de meses habría de fusilar, tras un juicio farsesco, a quienes se pensaban sus mejores amigos.
Podría pensarse que aquel manifiesto fue pura efusión de simpatía caribe por el Máximo Líder pero lo cierto es que se presentó también como respuesta obligada a otra carta abierta que los desaparecidos Reinaldo Arenas y Jorge Camacho, escritor el primero y pintor el segundo, ambos disidentes cubanos por entonces ya exilados, enviaron a Fidel Castro en diciembre del año anterior, apenas dos meses antes de la visita de éste a Caracas, emplazándolo a convocar un plebiscito luego de treinta años de ejercer poder omnímodo sobre la isla.
La Carta de París, como pronto fue conocida aquella exhortación, halló muchísimo eco en el mundo intelectual europeo y estadounidense y concitó la firma de unas cien personalidades; gente como Octavio Paz, Jack Nicholson, Juan Goytisolo, Saul Bellow, Yves Montand, Claude Simon, José Luis Aranguren, Bernard-Henri Lévy, Federico Fellini o Gérard Depardieu.
Rómulo Betancourt con Kennedy. / John Dominis (Time Life Pictures/Getty Images)
En la carta de los 911, como es de suponer, “no están todos lo que son ni son todos los que están”. Ciertamente, no figura nadie nacido a la vida pública venezolana a este lado del caracazo, nombre con que son conocidos los sangrientos motines y saqueos que estallaron en febrero de 1989, no bien se marcharon los dignatarios invitados a la coronación de Pérez.
Comparada con la lista de ultraconservadores —los llamados notables— que, encabezados por el humanista burgués por excelencia, Arturo Uslar Pietri, firmaba un año más tarde una artera declaración, modelo de antipolítica, que en opinión de muchos contribuyó enérgicamente a validar la defenestración constitucional de Pérez, gracias a una leguleya conspiración de la dirigencia de Acción Democrática —su propio partido—, los barones de la prensa y buena parte del empresariado, la lista de los 911 filocastristas podría pasar por una nómina de ingenuos, borreguiles buenos lectores de Las venas abiertas de América Latina, pero no es del todo así.
Por ejemplo, ese Alí Rodríguez, que en 1989 se definía escuetamente como “ensayista”, ¿será el mismo Alí Rodríguez, exguerrillero contumaz, que con Chávez llegó a ser embajador de Venezuela en Cuba, canciller, ministro de petróleos, presidente de la empresa petrolera estatal, ministro de economía y finanzas, secretario general de la Opep y, actualmente, secretario general de Unasur?
Un poco más arriba figura Elías Pino Iturrieta, brillante historiador que por entonces era decano de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Central de Venezuela, autor de muchos libros y de uno muy especial: El divino Bolívar: ensayo sobre una religión republicana (Catarata, 2003), texto sin duda seminal para el desmonte del culto a Bolívar. Hoy, Pino Iturrieta es editor adjunto de El Nacional, acosado e insumiso matutino de oposición.
Abundan en la lista marxistas que, sin haber dejado de serlo, hoy denuncian los extravíos de la petrodiplomacia chavista, como lo hace el economista Héctor Malavé Mata, o los dislates del culto a la personalidad, como lo hace el profesor Alexis Márquez Rodríguez, paisano de Chávez, filólogo y académico de la lengua quien durante décadas mantuvo una popular columna sobre el castellano en América, columna de mucho predicamento entre nosotros.
Transcurrido un cuarto de siglo desde aquella visita, luego de quince años de hegemonía chavista, muchos de aquellos firmantes venezolanos siguen siendo figuras relevantes en nuestra cultura, aunque hoy bien podrían decir con Neruda: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
La crema de la crema de aquellos 911 ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo
En efecto, si atendemos tan solo a los 123 abajo firmantes que en 1989 se describían a sí mismos como escritores (algo así como el 13,3 % del total de saludantes), vemos que la abrumadora mayoría de ellos enfrenta hoy decididamente el modelo castrochavista —de algún modo hay que llamarlo, sobre todo ahora que [el líder del partido Podemos] Pablo Iglesias, autoproclamado bolivariano peninsular, lo ha propuesto a los españoles—.
Esa mayoría ha generado desde hace mucho más de quince años no solo obras laureadas (tal el caso de Alberto Barrera Tyszka, premio Herralde de novela 2006, coautor de una autorizada biografía crítica de Chávez, columnista y acérrimo adversario del régimen), sino toda una masa de significados críticos del neopopulismo latinoamericano, la manipulación política de la memoria histórica, la militarización de la sociedad, la constitucionalidad política, el papel del Estado en la educación y la cultura, la gestión de la riqueza petrolera, la violencia criminal y, last but not least, la pérdida de soberanía que entraña haber convertido al poder ejecutivo venezolano en un aberrante protectorado político de Cuba.
¿Circulan ideas en Venezuela? ¿Debaten los intelectuales de mi país? Hace tres lustros la conversación pública se afanaba en discernir la verdadera naturaleza del chavismo. ¿Populismo carismático radical o militarismo latinoamericano a secas? ¿peronismo caribeño? ¿neotorrijismo patrimonialista? ¿y qué rayos debíamos entender por bolivariano? ¿Por qué había que nacionalizar de nuevo, una y mil veces, el petróleo? Los accidentes del proceso revolucionario han forzado a aterrizar los temas.
Así, hoy se interpela duramente al gobierno, como lo hace la historiadora Inés Quintero, autora de best sellers sobre el procerato independentista, sobre la adoctrinadora versión de la historia patria que el poschavismo ha hecho obligatoria en los libros de texto de escuela elemental. Angel Alayón, economista y director de Prodavinci, el más influyente medio digital del país, exclusivamente dedicado a literatura e ideas, desenmascara persuasiva y garbosamente la inviabilidad del socialismo del siglo XXI.
Desbocado ya, desde hace meses, el autoritarismo, adoptado por Nicolás Maduro el método fidelista —machacar, intimidar, encarcelar— como única manera de lidiar con más de cien días de protestas estudiantiles que, a fines de mayo, arrojaba un saldo de 44 asesinatos impunes, más de mil detenciones y decenas de denuncias de torturas, el cariz dictatorial de este régimen híbrido no está ya en discusión. Moisés Naím parece haber zanjado al fin el debate caracterizando atinadamente el régimen venezolano como “dictadura posmoderna”. Venezuela no es ya escenario acogedor para los equilibristas fiadores intelectuales del neopopulismo latinoamericano, a la manera del posmarxista argentino Ernesto Laclau.
La concentración de todo el poder en una misma persona, el verticalismo centralizador tan caro a Fidel Castro y sus epígonos, ha ahogado hasta las leales, zalameras disidencias que tanto aprecian algunos dictadores. El régimen instaurado por Chávez no admite sino la obsecuente adulación de los mujiquitas, derivación del bachiller Mujica, personaje de Doña Bárbara con que Rómulo Gallegos satirizó a los áulicos civiles de los espadones.
Así, un país de poetas como Rafael Cadenas, laureado en 2009 con el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara para la Literatura en Lenguas Romances, hombre cuyos poemas memoriza todo venezolano culto desde hace generaciones, o el desaparecido Eugenio Montejo (1938-2008), que en 2004 obtuvo el Premio Internacional Octavio Paz de poesía y ensayo, no han merecido sino el escarnio propio de guardias rojos chinos de parte de las autoridades culturales venezolanas.
Característicamente, el poeta Luis Alberto Crespo (1941), antiguo director del Papel Literario de El Nacional, y de quien no vacilo en decir que en su columna semanal Unión Libre desplegaba hace ya treinta años una de las mejores prosas de la lengua, es desde 2013 embajador de Venezuela ante la Unesco. “Chávez es el mejor poeta del país”, afirmó galanamente Crespo al instalar un Festival Internacional de Poesía. El actual ministro del Poder Popular para la Cultura, el músico Fidel Barbarito, piensa lo mismo. Farruco Sesto, el anterior ministro de Cultura, opina igual.
Es claro que el núcleo duro de la intelligentsia venezolana actual, la crema de la crema de aquellos 911, ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo. Para irnos entendiendo, estarían ellos más cerca de la española Rosa Díez, del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD) que de Pablo Iglesias, el telegénico chavista vallecano de Podemos.
Algo que, bien o mal debería tener en cuenta el viajero, corresponsal, o simple observador de pájaros que aún piense que todo lo que en Venezuela se opone al chavismo es élite blanca, ultraderecha pura y dura, nómina de contratados de la CIA o todo lo anterior.

lunes, 23 de julio de 2012

VICISITUDES DEL PETRO-ESTADO

EL PAÍS, Madrid, 23 de Julio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
El otro candidato
El venezolano Henrique Capriles recoge la mayoritaria propensión nacional al centro izquierda que la discordia y la polarización política, azuzadas por Chávez, parecieron haber sofocado para siempre
Ibsen Martínez 

¿Quién es el otro candidato en las elecciones venezolanas?
La respuesta corta la da Chávez: “Henrique Capriles Radonski es el candidato de la burguesía, de los yanquis y la derecha”. Opino que hará mal quien se conforme con esa parvedad. Hay respuestas más largas.
Al discurrir sobre nuestra América, a muchos analistas extranjeros les da por pensar que si el hombre es “carismático” —aunque sólo sea un espadón vociferante, tiránico e inepto—, habla “en nombre de los pobres” y llena de dicterios al imperialismo yanqui, entonces el tipo es de izquierdas y, sin más, el bueno de la película. A Capriles Radonski le pasa lo que a José Carreras en el chiste de Jerry Seinfeld sobre los tres tenores: es el otro tipo. Y supuesto que Chávez es la izquierda, entonces el otro tipo debe ser la derecha.
Sin embargo, las cosas no son tan simples en Venezuela, uno de los “petroestados” populistas más antiguos del planeta. El petroestado venezolano y sus singularidades podrían explicar porqué Hugo Chávez bien puede perder ante el otro tipo las presidenciales del 7 de octubre.
Cuando eres un petroestado hispanoamericano heredas la potestad de la corona española sobre la riqueza del subsuelo y acabas convirtiéndote en el “ogro filantrópico” descrito por Octavio Paz: sólo tú cortas el bacalao. Tu sólo dispensas todo el dinero de la renta petrolera y el resto de la población —incluida la burguesía local— no son más que cazadores o pedigüeños de esa renta. Y por lo mismo, menos ciudadanos que súbditos cuya religión laica es el estatismo redistributivo.
¿Es posible que el 52% que votó a la oposición hace año y medio, sean oligarcas y de la CIA?
Clientes o aspirantes a serlo tienen poco o ningún margen para sentirse electores de libre conciencia en un país donde el petroestado-billetera es indistinguible del gobierno de turno y, en términos absolutos, el empleador de bastante más del 80% de la población económicamente activa.
Los petroestados experimentan fases maníacas y ciclos depresivos, según los vaivenes del precio del crudo. En fase maníaca, de altos precios, a sus gobernantes les da por pensar que ahora sí cegarán definitivamente la brecha que nos separa del Primer Mundo. Se arrogan toda clase de competencias, creando así más y más incentivos al despilfarro y la corrupción. En fase depresiva, los petroestados se endeudan y dan en garantía a los mercados la factura petrolera futura o bien aceptan las fórmulas del FMI.
La fase maníaca que siguió al embargo impuesto a Occidente por los países de la OPEP, en 1973, nos trajo al “primer” Carlos Andrés Pérez y la “Venezuela Saudita”. Chávez no ha sido el primero en pretender comprar con petrodólares el liderato de los condenados de la tierra. La verdad es que elencos estatistas, populistas y clientelares se han turnado en el poder desde 1945, época del primer gran auge petrolero venezolano. En un tal país, con tan colosal inflazón del Estado y sus recursos, con una inescapable sujeción de casi toda la población al Gran Dispensador, ¿qué significa estar a la derecha?
Chávez ha presidido el más prolongado boom de precios registrado hasta ahora, una fase maníaca que ha financiado fallidos planes sociales de subsidio directo a los más pobres, el subsidio a la dictadura castrista, un antiimperialismo tan vociferante como dispendioso e inconducente y un decidido e inequívoco empeño en instaurar un régimen totalitario. El elenco chavista añadió el colectivismo y el militarismo al habitual repertorio venezolano de creencias redistributivas y ha ido tan lejos como ha querido por el camino de abolir no sólo la propiedad privada, sino las más caras libertades individuales.
Con todo, ¿qué tienen de justiciera “izquierda” los modos falangistas con que Chávez segrega del favor estatal —ya sea empleo o contratos— a todo aquel que, amparado por la Constitución, haya firmado en 2004 la solicitud de un referéndum revocatorio? ¿Qué hay de democrático en un régimen cuyo presidente literalmente dicta crueles sentencias al poder judicial desde una cadena de televisión? ¿Que inconsultamente firma acuerdos binacionales con impresentables como Alexander Lukashenko o Mahmud Ahmadineyad? ¿Es posible que cinco millones y medio de venezolanos, el 52% del universo elector, que votaron por la oposición en las parlamentarias de hace año y medio, sean todos ellos elitesca minoría blanca, burgueses oligarcas y agentes de la CIA?
En Venezuela, y a partir de los años treinta del siglo pasado, los partidos modernos, casi sin excepción todos de izquierdas, fueron secreción de los conflictos sociales que trajo consigo el negocio petrolero. Modelados leninistamente, animados por la idea de un munificente Estado social de derecho, socialdemócratas y comunistas forjaron en seis décadas un país mayoritariamente ubicado a la izquierda del centro. El petroestado nos hizo también clientelares, manirrotos, consumistas. “En Venezuela, la derecha desentona”, sentenció alguna vez el desaparecido dramaturgo José Ignacio Cabrujas, voz de la tribu.
El petroestado nos
hizo también clientelares, manirrotos, consumistas
Tanto así, que la democracia cristiana, único partido que desde los años cuarenta aspiró a encarnar una derecha conservadora, hubo de mutar rápidamente en un partido populista más, so pena de “desentonar” en un país mamador de gallo donde el catolicismo se funde a menudo en cultos sincréticos afroantillanos. Esa escora “a la izquierda”, junto con el desgaste y descrédito de los viejos partidos, hizo posible, en 1998, el triunfo de Chávez.
Henrique Capriles Radonski recoge, sin duda, la mayoritaria propensión nacional al centro izquierda que la discordia y la polarización política, azuzadas por Chávez, parecieron haber sofocado para siempre. Ello se refleja en las encuestas más fiables: a cien días de la elección, figura ya en “empate técnico” con Chávez. Sin exagerar, también en el fervor de la calle, un fervor que recuerda al que nimbó a Chávez en su mejor momento electoral, allá por 1998.
Capriles ganó más que holgadamente las elecciones primarias, convocadas por la Mesa de Unidad Democrática para designar un candidato único de oposición, acaso justamente por ser el vocero más moderado de ella. Como gobernador del Estado Miranda, el segundo más poblado de Venezuela, que alberga la favela más grande de Suramérica, la mayor parte de la Caracas acomodada, populosas ciudades dormitorio y una vasta provincia rural y atrasada, Capriles ha administrado con éxito, durante casi cuatro años, una réplica demográfica del resto del país. Ganó la gobernación en 2008, al derrotar, contra todo pronóstico, a Diosdado Cabello, designado candidato por el dedo jupiterino de Chávez.
Capriles adoptó y mejoró sensiblemente los más emblemáticos planes sociales del chavismo —salud y vivienda—, mitigando de tal modo el sectarismo que los caracteriza en el resto del país que buena parte de la base social chavista de su Estado hoy le apoya. Capriles se declara de centro izquierda liberal, es manifiesto admirador y estudioso del papel jugado por Felipe González en la transición española y, en lugar de la Cuba castrista, propone al Brasil de Cardoso, Lula y Roussef como modelo. Todos los partidos venezolanos afiliados a la Internacional Socialista forman parte de la coalición que lo apoya.
Chávez ha malgastado 14 años en el poder. Esos años lo han gastado y ahora enfrenta a un adversario joven, sin especial don oratorio pero experimentado en funciones de gobierno y quien, desde que fue electo diputado en 1998, a los 26 años, nunca ha perdido una elección.
“¿Cuál crees que es tu mayor fortaleza?”, le pregunté hace unas semanas. Su respuesta: “Siempre me han subestimado y es mejor así”. Tal vez tenga razón, aunque hoy sean muchos quienes creen que con Capriles, el otro tipo, el péndulo venezolano puede regresar desde el caudillismo autoritario de Chávez al centro democrático y plural.
Se oyen apuestas.
Ibsen Martínez es escritor venezolano.

Ilustración: Raquel Marín

domingo, 3 de junio de 2012

DE LAS CALLES QUE YA NO EXISTEN

A muy pocos les importará considerar el impacto y la responsabilidad de "Por estas calles" en el difícil  y  sísmico imaginario social de los noventa.  Sobre todo, con la confesión, ciertamente conmovedora, que Ibsén Martínez hace a Mirtha Rivero en el consabido e impactante libro (que la ha repetido hasta el hartazgo). De telenovelas, poco sabemos y, por ello, nos metimos hasta el fondo de "Rating" de Barrera Tyszca. Difícil decir "feliz cumpleaños". Por cierto, recuerdo que trabajaba con Aníbal Romero, asesor de un precandidato presidencial hacia 1992, y vimos demasiadas cosas como, una, los sacrificios que debió hacer el candidato integrando el partido al tambaleante gobierno de Pérez para sostenerlo; o aquellos capítulos de la telenovela que adelantaban un fraude grotesco en la selección del candidato presidencial del partido. Algo que, evidentísimamente, no ocurrió. A la postre, Granier y toda la familia pierde el canal.

LB

 

jueves, 12 de abril de 2012

VAYA JONRÓN DE APA ' TRÁS


EL UNIVERSAL, Caracas, jueves 12 de abril de 2012 03:49 PM
Oswaldo Guillén, deporte y política
WILFREDO FRANCO

A ningún deportista se le puede desear que viva la experiencia de ser puesto en la picota pública, por haber hecho unas declaraciones que cayeron en un terreno político super sensible y explosivo, como ha sido el caso reciente de Ozzie Guillén, admirado y querido icono del mundo del beisbol.

Guillén dijo algo que sería entendido siempre como una blasfemia por la comunidad cubana en el exilio, no importa quien lo diga. Y entiendo muy bien el porqué de ello. Hace un par de años, en una cena con un grupo de la Universidad de North Texas en Dallas, a mi lado quedó el Decano de la Facultad de Ingeniería, un profesor de casi 70 años, aun activo, experto en electrónica y de larga y reconocida carrera de docente e investigador. Al notar mi acento me preguntó si hablaba español y de inmediato cambiamos de idioma. Jamás vi una mirada más profundamente triste cuando me contó que salió de Cuba a los 19 años, luego que a sus padres, ingenieros agrónomos, les fueron confiscadas su casa y su finca de larga tradición familiar, y jamás pudo nunca pisar nuevamente su patria, ni visitar a la familia y amistades en su terruño. Viendo su cabello muy blanco, no pude sino sentirme conmovido ante toda una larga vida de separación forzosa de sus raíces, de su entorno humano original, luego de la tragedia del despojo de los bienes familiares y del exilio. Centenares de miles de cubanos sufrieron lo mismo o peor, incluso muchos perdieron a sus familiares en el paredón de fusilamiento o en los naufragios en alta mar. Y muchos otros sufren actualmente persecución y cárcel por disentir de la manera de gobernar de la dictadura castrista. Y más aun, 12 millones de cubanos sufren de carencias de todo tipo y pobreza crónica, debido a un sistema castrador de iniciativas de prosperar y crecer como persona, trabajador o profesional. En ese mar de dolor profundo, heridas incurables, impotencia e indignación, cayeron las palabras de Guillén.

Y Guillén también lo entendió, casi que inmediatamente después que lo dijo, y terminó arrepintiéndose sinceramente y pidiendo perdón a la comunidad latina y, especialmente cubana, en una rueda de prensa el pasado 10 de abril. En esa rueda de prensa el ambiente parecía el de una ejecución y algunas preguntas fueron verdaderamente inquisitorias. Si lo que se pretendía era castigar al infractor, el objetivo se logró con creces. Guillén se portó y respondió como un latino, conmovedora y sinceramente emocionado y arrepentido de lo que él, la directiva del equipo y la comunidad latina consideraron había sido un involuntario pero grave error. Finalizó asumiendo el compromiso de hacer todo lo posible por superar el incidente y sus consecuencias y no volver a opinar sobre política. Aunque en esa rueda de prensa afirmó algo que tiene mucha significación para los venezolanos: Hugo Chávez le está ocasionando a Venezuela el mismo daño que Fidel le ha hecho a Cuba.

Que un icono del deporte, famoso por su inteligencia y su sinceridad, tenga esa opinión de la gestión del gobierno actual es importante y debe tener impacto en los venezolanos con miras a las elecciones del 07 de octubre, oportunidad para el cambio democrático de gobierno en el país. Una medida soberana, urgente y necesaria, para detener la ruta cubana de sometimiento y pobreza, y de despilfarro y corrupción, en que nos han embarcado por ya largos 14 años.

Por su parte, la sociedad deportiva de Estados Unidos, fiel a su alto espíritu de justicia, sabrá apreciar el valor de dar la cara con honestidad y arrepentimiento sincero. Estoy seguro, que las heridas removidas por el comentario cicatrizarán y en breve lapso se restablecerá la admiración, cariño y respeto bien merecidos por el deportista Ozzie Guillén.

Ozzie Guillén y la tiranofilia latinoamericana
abril 10, 2012 / Ibsen Martínez / General /

Guillén admira a Fidel Castro, sí, pero ni más ni menos que las empingorotadas señoronas de la high society caraqueña cuando, en 1989, se desmoñaban por estrechar la mano del Comandante, invitado estrella a la coronación de Carlos Andrés Pérez.

Hace pocos días, Oswaldo Guillén, timonel profesional de equipos de béisbol en Grandes Ligas, declaró su amor y admiración por Fidel Castro.

“¿Quieres saber porqué?”- ofreció, explicativo -, “porque durante todos estos años mucha gente ha intentado matarlo pero el [&%&·$)/()¿?] todavía está ahí”.

Como la entrevista fue concedida en el áspero inglés de gente ruda que se habla al sur de Chicago, donde está el parque de los Medias Blancas, antiguo equipo de Ozzie, debemos suponer que el pudibundo corchete relleno de arañitas que inserta la prensa gringa en la transcripción quiere decir algo así como “moderfocker” , equivalente a nuestro enfático “coñoe’sumadre”.

Que se sepa, el manejador venezolano que, al momento de formular sus declaraciones y hasta nuevo aviso, es el manejador de los “Marlins de Miami”, no aportó otras razones para su admiración. Sólo esa: el Comandante Moderfocker sigue allí, a pesar de más de seiscientos intentos de magnicidio, reales o imaginados por el G2 cubano. Sólo eso, el superlativo récord de sobrevivencia y su correlato, el de ininterumpida permanencia en el poder, es lo que lleva a Ozzie a afirmar “ amo a Fidel”.

La fanaticada de los Marlins, en su gran mayoría cubanos en el exilio y cubanos de origen estadounidense, ha puesto el grito en el cielo y ahora alienta un boicot al equipo floridano que no cesará hasta que despidan al réprobo. La gerencia general del equipo se ha “desmarcado”, como suele decirse, con una declaración de prensa que inequívocamente censura las opiniones del antiguo shortstop de los Media Blancas y de los Orioles de Baltimore. Se ha afirmado insistentemente que Ozzie , el hablachento Ozzie, el desenfadado Ozzie que siempre contaba con la absolución luego de cada uno de sus provocadores despropósitos, se ha quedado al fin sin trabajo en la Gran Carpa.

De súbito, el cielo de la Florida se ha vuelto de concreto armado antes de caerle encima a Ozzie mientras todo el mundo, urbi et interneti, como diría mi entrañable amigo Ricardo Bada, piensa que el venezolano merece al menos ser sumergido a la fuerza en un barril de brea y emplumado hasta la gorra antes de desterrarlo para siempre de Miami. Mientras escribo esta bagatela, sin embargo, llega la noticia de que la alta gerencia de los Marlins ha suspendido al lenguaraz por solamente cinco partidos. Y, casi inmediatamente, comienza una rueda de prensa televisada en la que Ozzie toma para sí el de un Heberto Padilla forzado a “autocriticarse” ante la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

A despecho de su rueda de prensa, me late que el hoy “arrepentido” Ozzie sigue creyendo que Fidel es digno de admiración porque ha estado allí contra viento y marea y “no se ha dejado tumbar”, pero, ¡cuidado!, eso mismo creen millones de latinoamericanos. Digo “creen” y no “piensan” porque, tal como dejó dicho el gran Juan de Mairena, bajo lo que se piensa está lo que se cree.

La tiranofilia es la disposició a condonar de antemano todas las arbitrariedades de un déspota en la creencia de que la sujeción a poderes independientes del Poder Ejecutivo no es más que un estorbo para el iluminado que nos tiraniza y a quien “hay que dejar trabajar”. La permanencia en el poder absoluto es acaso el supremo valor en nuestras sociedades, acostumbradas a abdicar de sus responsabilidades otorgándole a un iluminado imprescindible la potestad de tiranizar. Ella ha avivado en todo tiempo el argumento en pro de la reeeleción.

En Venezuela, pese a ser una democracia desde 1958 , ha sido frecuente gobernar con poderes especiales, los hechos, por completo dictatoriales, durante casi la totalidad de los períodos presidenciales. Gobernó así Rómulo Betancourt, so pretexto de derrotar la nsurgencia guerrillera. Igual hizo Carlos Andrés Pérez, en su primer período, para afrontar mejor las turbulencias del boom petrolero del 73. Y lo ha hecho Chávez durante catorce años, sin “burguesas” rémoras leguleyas que entorpezcan sus salvadores designios. Y ni hablemos de la primera mitad del siglo pasado, y mucho menos del siglo de Bolivar, aquel incomprendido, beneficiario perpetuo de poderes dictatoriales invariablemente extorsionados al Legislativo cada vez que se le trancaba el serrucho.

De modo que, concedido: Guillén es insincero en su retractación porque, siendo latinoamericano, en el fondo de su corazón – en el corazón de su corazón, según dice la locución gringa- admira a Fidel Castro, sí, pero ni más mas menos que lo admiraban las empingorotadas señoronas de la high society caraqueña cuando, en 1989, se desmoñaban por estrechar la mano de Fidel, invitado estrella a la coronación de Carlos Andrés Pérez. Y por las mismas razones: “ No se le puede quitar que es un hombre de una gran personalidad. ¡Cuántos presidentes no ha visto pasar por la Casa Blanca y él sigue estando allí, convencido de su vaina”.

Por todo lo que sabemos, la mitad de nuestros compatriotas apoya los usos de Chávez, mientras que un gran contingente del bando opositor considera, ¡todavia hoy!, que los políticos, al fin los oficiantes del juego democrático, deberían hervir todos en las pailas del infierno.

Y añoran un Chávez de signo contrario.

Fuente: http://ibsenmartinez.com/archives/1690

jueves, 29 de marzo de 2012

¿Y ESE TAL NUÑO?


Juan Nuño (1927-1995), por Ibsen Martínez
Ibsen Martínez | 28 de Marzo, 2012


“La nostalgia es otra forma de la utopía”. Esto escribió Juan Nuño en una de sus columnas del El Nacional, a mediados de los años ochenta.

No recuerdo a punto cierto “de qué iba” la columna; sólo sé que la frase se quedó conmigo hasta el sol de hoy, cuando lo más veraz que cruzó por mi cabeza tan pronto comencé a escribir este artículo fue ese aforismo nuñiano y como es muy cierto que las ideas vienen con el lenguaje, y no al revés, es nostalgia lo que asocio a la palabra “Nuño” y, sin más, me entrego a ella.

Esta semana, conmemorativa de lo que habría sido su cumpleaños número 85, comenzó el domingo pasado con una entrega especial del “Papel Literario” de El Nacional. Para hoy miércoles se anuncia un acto en la UCV en el curso del cual me hallaré en muy buena compañía, con gente muy de tejas arriba, casi toda ella del mundo académico venezolano, gente que como yo, también fue amiga de Juan Nuño mientras anduvo por el mundo dando guerra.

Me honra sobremanera que se haya pensado en mí y me alegra burda poder allegar una palabra o dos de evocación apreciativa a los eventos pautados por la Asociación de Profesores de la UCV y la Escuela de Filosofía de esa casa de estudios, porque, en verdad, Juan Nuño y yo fuimos amigos y lo primero que cuento como muy singular de esa amistad es que nada estaba dispuesto en mi vida para ser amigo suyo. No éramos contemporáneos, no ibamos por los mismos andurriales; hacer amistad con Nuño estuvo entra las cosas más improbables y chéveres que pudo pasarme en aquel tiempo que hoy nostalgio.

[Debemos a Alberto Barrera Tyszka el verbo “nostalgiar” que encuentro muy apto para aparejar este articulo.]

Nostalgia primera : Un día de entre los días de aquellos remotos años ochenta, me enzarcé en un muy feo intercambio de pesadeces con el politólogo Anìbal Romero en el curso de algo que hubiera debido ser polémica “de altura” si yo no hubiese cedido a mi intemperancia con un barriobajero artículo francamente injurioso y perdonavidas del que todavía no alcanzo a avergonzarme lo bastante. Como Aníbal no es pendejo, me asestó un gancho de contragolpe ― un gancho barquisimetano, saquen la cuenta ― y yo, encarajinado, me aprestaba a la escalada cuando sonó el teléfono. “Es Juan Nuño”, dijo mi hijo al pasarme el teléfono.

Ahora bien, Nuño y yo nos conocíamos como suele decirse de “quihubo quihubo” y una cortés cabezada al cruzarnos en la redacción de El Nacional donde compartiamos página con tipos tan lerdos como José Ignacio Cabrujas y Manuel Caballero. Yo lo admiraba mucho, desde luego, desde los tiempos en que él escribía la reseña la cronica de cine de la desaparecida revista Suma,otra nostalgia. Pero ¿una llamada de Nuño?

Cuando me puse al habla, Nuño saludó muy cortésmente y enseguida me dijo : “Oigan, paren eso, parecen dos chiquillos.” No era un regaño, era un reclamo amistosísimo. Lo que siguió fue una frondosa y cordial reconvención, trufada con encomios para Aníbal y este servidor, destinados a encarecer la idea de que “dos tipos como ustedes no pueden estar a la greña”. Y añadió algo que sonó a afectuosa amenaza: “No voy a permitirlo”.

Como Nuño era, a su castiza manera, anglófilo , creo que al tono de su voz y a su amigable fraseo les cuadra muy bien la palabra inglesa “avuncular”. Total de la vaina que el profe se ofreció a juntarnos en una cena en su casa para hacer las paces y de sólo imaginar a Juan Nuño puesto en el desagradable trance de pedirnos que nos dejásemos de vainas y nos diésemos la mano me irrigó la cara una roja ola de vergüenza.

Soy muy bueno improvisando y al bote pronto le dije que de ninguna manera, que como yo habìa empezado la gresca me tocaba ponerle fin y ofrecer las excusas del caso. Todo lo que necesitaba era el número de teléfono de Aníbal. Si un cuento es breve es dos veces bueno: Nuño me dio el teléfono de Aníbal, ofrecí excusas, Anibal las aceptó y el caso es que a estas alturas ni él ni yo recordamos porqué fue que agarramos piedras del piso.

El episodio tuvo para mì el valor de una lección en civilidad y respeto por la opinión ajena y me sirve hoy para fechar el momento en que dio inicio nuestra amistad porque aquel rifirafe con un amigo suyo fue el pasadizo por el que, para fortuna mía, terminé yo siéndolo también.¡Y ya basta de remembranza querendona!

Termino recomendando el que acaso sea su libro mejor : “Los mitos filosóficos” que debe leerse inmediatamente antes de “La filosofía en Borges”. Y para los sibaritas, “La veneración de las astucias”.

Nuño. ¡Vaya si ha hecho falta todos estos años!

Fuente: http://prodavinci.com/2012/03/28/artes/juan-nuno-1927-1995-por-ibsen-martinez/

viernes, 9 de septiembre de 2011

DE AQUELLAS CALLES


EL NACIONAL - LUNES 05 DE SEPTIEMBRE DE 2011 CULTURA/3
El foro del lunes
IBSEN MARTÍNEZ El autor considera que las telenovelas no tumban gobiernos
«Carlos Andrés Pérez no fue una mezcla de Lincoln con Gandhi»
El escritor cree que la crisis política ha dado pie para exculpar los errores del ex presidente. Asegura que Petroleros suicidas no es una obra concebida para desprestigiar a la antigua Pdvsa
CARMEN V. MÉNDEZ

Cuando en México se desató la crisis del PRI, una televisora contactó a Ibsen Martínez, pues en ese país había llegado el momento de poner al aire la receta infalible que el autor de Por estas calles tenía para influir en política. Otro tanto sucedió en 2001, en Argentina, a raíz de la salida de Fernando de La Rúa de la Presidencia. El dramaturgo y articulista aún se pregunta cómo un producto cultural que considera vacuo puede suscitar tales expectativas en quienes aspiran a lograr un cambio político. Sin embargo, su sello sigue siendo el mismo: bien sea en la televisión, la prensa o el teatro, su tema más consistente es el retrato que hace de una sociedad a la que parecieran perseguirla los malos gobiernos. Las piezas Como vaya viniendo y Petroleros suicidas dan fe de ello.

Como vaya viniendo ha agotado las funciones, y el libro La rebelión de los náufragos de Mirtha Rivero va por la quinta edición. ¿Revisionismo o pura nostalgia? ­Empecemos con el libro de Mirtha Rivero. A mí, en lo particular, me irritó mucho el epígrafe que dice: ¿de qué se quejan? También me llama la atención el tono exculpador que tiene con respecto a la figura de Carlos Andrés Pérez.

Los protagonistas de ese libro llegan al extremo de decir que Por estas calles formaba parte de una conspiración deliberada. En el texto hay una entrevista de la que no me retracto un ápice, pero cuando estaba escribiendo el espectáculo de Eudomar, que en principio iba a ser un monólogo, me sentí movido a responderle a la autora. Me parece muy característico del período que estamos viviendo el hecho de que un libro sea objeto de un comentario en el teatro.

Ahora, no podría asegurar que sea nostalgia por una época. Sí hay mucha gente que piensa que vivíamos mejor en los años noventa. Creo que hay una salvedad que hacer: el tema de las libertades públicas.

Hay que resaltar, por ejemplo, que con toda la irritación que produjo. Por estas calles en la clase política y en ciertos sectores del empresariado, a nadie se le ocurrió sacarla del aire y cerrar un canal. Es lo que puedo decir en abono del pasado.

¿La telenovela no tenía una intención política? ­Las telenovelas no tumban gobiernos. Afirmar lo contrario sería caer en las pendejadas marxistas que se repiten tanto ahora. Lo que pasa es que la rabia y el desconcierto que produce el actual estado de las cosas lleva a mucha gente a interpretar, con la frivolidad característica de los venezolanos, un programa de televisión. Mientras la oposición, la clase media venezolana, sea tan comemierda (te ruego que pongas "comemierda") seguirá habiendo sospechosos habituales como Ibsen Martínez, que acabó con esa mezcla de Abraham Lincoln con Gandhi que era Carlos Andrés Pérez, una víctima de los intolerantes venezolanos que no lo supimos comprender. ¡Cómo si no hubieran existido Cecilia Matos, Vinicio Carrera ni Blanca Ibáñez!

Pero ese mismo razonamiento debe rondar la cabeza de quienes han agotado las funciones de Como va- ya viniendo... Y usted no ha cambiado de tema.

Como vaya viniendo es, estrictamente hablando, una operación de empresariado teatral. Dos amigos que trabajaron juntos en una telenovela deciden hacer un espectáculo, entre otras cosas porque no hay un canal que pueda emitir de nuevo la telenovela y tienen cosas que decir.

¿Se despidió para siempre de la televisión? ­No tengo el menor interés en el medio, ni siquiera tengo televisor en mi casa, pero sé que actualmente hay al aire apenas dos producciones nacionales. En el caso de Venevisión (cualquiera que trabaje allí lo puede atestiguar, aunque seguramente bajo condición de anonimato), la telenovela no sólo se ve vulnerada por la reducción de la producción sino también por la autocensura. Se torpedean ideas muy creativas que podrían tener mucho futuro en un ambiente menos polarizado.

Esa es su fórmula. ­Eso fue más o menos lo que hicimos en Por estas calles. En una boda,un miembro de la Federación Médica me decía que al poner a un médico corrupto en la telenovela yo estaba desacreditando a todo el gremio.Eso suele ocurrir. Igual sucede ahora con Petroleros suicidas: la Gente del Petróleo cree que yo escribí una pieza para denigrar de un colectivo político. Todo lo contrario, si la vieran se darían cuenta de que no.

Hay dos tabúes en Petrole- ros suicidas: el primero es el petróleo, y el segundo es la idea de que el venezolano no se suicida. ­Hay varios planos para entender la pieza. Uno: el desconocimiento que el venezolano medio tiene de cómo funciona esa industria que le da de comer y suscita el clientelismo político. Dos: el venezolano se conforma con fórmulas vacuas. Ni siquiera la academia está atenta ni tiene claro qué significa el petroestado para Venezuela. Creo que el teatro no es el medio para discurrir sobre ello, pero lo que sí puede aportar, como lo ha hecho desde Shakespeare para acá, es preguntas. Y en eso, pues lo lamento, soy mejor dramaturgo que Horacio Medina y Juan Fernández. Con respecto al suicidio, siempre me ha llamado la atención que en el país las crisis bancarias terminan con un banquero fugado en Miami; es curioso que en el extranjero no es raro que el banquero expuesto a la deshonra pública se pegue un tiro, se tire de un puente... Eso no ocurre entre nosotros, y es algo que vinculo mucho con la ambigüedad moral del venezolano.

Eso también está presente en la figura del "radical libre", que ahora controla Pdvsa pero hace negocios con los que participaron en el paro. Volviendo al teatro, lo más importante para mí es el espaldarazo del público. Como decía Ibsen "el Bueno": si un autor teatral no está dispuesto a decir cosas impopulares no vale la pena.

Fotografía: Ibsen Martínez y Franklin Virgüez, tomada de la red.

lunes, 21 de febrero de 2011

AMORES DE FONDO EN LA SUPERFICIE QUE ES EL FONDO


TAL CUAL, Caracas, 20 de Febrero de 2011
De la banalidad del amor
Ibsen Martínez

A Mariaca Semprún y Luigi Sciamanna

"Martín Heidegger es el gran maestro del asombro, el hombre cuya perplejidad ante el hecho escueto de que somos en lugar de no ser ha colocado un obstáculo radiante en el cmino de la obviedad".

Así se expresa George Steiner en su ya clásico estudio sobre e filósofo alemán, pereo no se alarme usted: no pienso discurrir sobre el ser y el tiempo, sino juntar en un batiburrillo entusiasta lo que, al regreso de una estupenda función teatral, me ha dado por releer.

Esta nota dominical invita desde ya al lector, en especial al no aficionado al teatro, a ver Informe sobre la banalidad del amor, obra del autor argentino Mario Diament que actualmente se presenta en la sala de la Fundación Humboldt de Caracas.

La sostenida adicción a Martin Heidegger que mostró la insoslayable pensadora judía Hanna Arendt a lo largo de más de medio siglo, pese a las simpatías del filósofo alemán por Hitler –y de sus actos en sintonía con la persecución de los judíos–, ha dado mucho en qué pensar.

Ciertamente, no es cosa que pueda banalizarse en un subtítulo– algo así como “amor constante más allá del nazismo”–, aunque la frívola improbidad de algunos comentaristas haya querido en el pasado reducir esa adicción a otro avatar del tema del dominador y la sumisa; una prefiguración de “Portero de Noche”, el film de Liliana Cavani, en la que Martin Heidegger sería Dirk Bogarde y la autora de “Los Orígenes del Totalitarismo” sería Charlotte Rampling. No es este , felizmente, el camino que toma el autor de “Informe sobre la banalidad del amor”.

El lector podrá juzgar mejor de lo que digo si se entrega al hechizo de esta pieza de cámara protagonizada por la novel Mariaca Semprún y el sapiente Luigi Sciamanna. Este último, no sólo nos entrega una actuación notable por su sabiduría y contención, sino que, además, logra una elegante y evocativa puesta en escena de la pieza. Es muy de agradecer que Sciamanna se las haya arreglado para ofrecernos, justamente en los tiempos que corren, este hermoso espectáculo de las ideas del cual no diré más, salvo que no debería usted perdérselo.

2.- Es notorio, al acercarse a este espinoso asunto, que Karl Jaspers, quien llegó a abrigar por Heidegger una admiración y una deuda intelectuales sólo comparables a las de Arendt, sí pudo despertar a tiempo del hechizo –no me viene a la mano otra palabra– e increpar directamente a su antiguo íntimo amigo: “Si alguna vez compartimos algo que pueda llamarse impulso filosófico, ¡yo le imploro que se responsabilice de ese don! ¡Póngalo al servicio de la razón, de la realidad que tienen la valía y las posibilidades humanas, y no al servicio de la magia!”

Al respecto, el estadounidense Mark Lilla (“Pensadores temerarios”, Mark Lilla. Prólogo de Enrique Krauze, traducción de Nora Catelli. Editorial Debate. Barcelona, 2004, 190 págs.) pone fin al ensayo que dedica al trío Heidegger–Arendt–Jaspers con una parafrásis del poeta W.B. Yeats que entraña una platónica advertencia contra las pasiones: “las responsabiliades comienzan con Eros.” Mario Diament dedica su pieza a refutar, por así decirlo, esta admonición moral.

Según Lilla, [Jaspers] “vio a un nuevo tirano entrar en el alma de su amigo, una pasión salvaje que lo descaminó al punto de llevarlo a apoyar al peor de los dictadores políticos y dejarse seducir por la hechicería intelectual.”

“El filósofo y el tirano–dice –, el más elevado y el más bajo de los tipos humanos, están ligados, gracias a una perversa triquiñuela de la naturaleza, por el poder del amor.”

“Que, en su juventud Heidegger y Arendt hayan sido amantes carnales por breve tiempo resultaría sólo un detalle, en nada terriblemente revelador. Lo que sí es importante y merece reflexión es cómo cada uno de ellos tres vio el lugar que la pasión tiene en la vida mental y en la fascinación que ejerce la tiranía moderna.”

3.- Es sabido que la única referencia pública y explícita que Arendt hace del nazismo del autor de “Ser y Tiempo” es una nota al pie de un texto indulgente y ambiguo que, en 1969, escribió como parte de un libro-homenaje al ya octogenario filósofo. Pero otra referencia, mucho más reveladora, se halla en una anotación del diario personal de Hanna Arendt, hecha en 1953.

Es posible que Sciamana y Semprúm no la conozcan, pero igual, si así no fuese, aquí la muestro al lector porque trae mucha agua al molino de la puesat en escena que vengo comentando. Dice la Arendt:

“Heidegger afirma, con gran orgullo: ‘La gente dice que Heidegger es un zorro’. He aquí el relato verídico de Heidegger, el zorro: Había una vez un zorro tan poco zorro que no sólo se la pasaba cayendo en la trampa, sino que ni siquiera sabía la diferencia entre lo que es y no es una trampa.

“Aquel zorro tenía, además, otro defecto: algo fallaba en su pelaje que este no alcanzaba a protegerlo de las vicisitudes de su vida de zorro. Luego de pasar su juventud rondando las trampas que ponía la gente y dejándose, por decirlo así, la piel en ellas, nuestro zorro decidió retirarse por completo del mundo y ponerse a hacer una madriguera para él solo.

“En su tremenda ignorancia de la diferencia entre una trampa y su contrario, y a pesar de su increìblemente vasta experiencia con las trampas, dio en una idea completamente nueva, algo nunca antes oído entre los zorros: hizo de una trampa su guarida.

“Se metió dentro de ella y hacía como si la trampa fuese en verdad una guarida–esto último no era engañifa, porque él siempre pensó que las trampas en las que otros caían eran, en realidad, guaridas–, y entonces decidió hacerse astuto a su manera y aparejar para otros la trampa que se había hecho a su medida y que sólo a él le venía bien.

“Así fue que nuestro zorro dio en hermosear su trampa y colgar por todas partes inequívocos carteles que claramente rezaban:‘ Venid todos aquí, esto es una trampa; la trampa más hermosa del mundo.’ A partir de entonces fue muy claro que ningún zorro caería en su trampa por error. Sin embargo, muchos vinieron porque la trampa era la guarida de nuestro zorro y si querías hallarlo en casa cuando lo visitases tenías que caer en su trampa.

“Todos, excepto nuesto zorro, podían volver a salir. Estaba hecha literalmente a su medida. Pero el zorro que vivía en la trampa decía orgullosamente: ‘Tantos vienen a mi trampa a visitarme que me he convertido en el mejor de todos los zorros.’ Y había algo de cierto en ello, también: nadie conoce la naturaleza de las trampas mejor que aquel que pasa toda su vida en una de ellas.”

4.- Algún tiempo después, George Steiner escribía en su notable biografía intelectual de Heidegger: “Muchas cosas permanecen oscuras en esta enorme obra, tan frecuentemente enigmática e incluso inaceptable. Las futuras filosofías y antifilosofías se alimentarán de ella, y sacarán de ella más provecho, quizá, cuando las rechacen.

De estas contradicciones está hecha la vida y,desde luego, el mejor teatro.

miércoles, 26 de enero de 2011

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El Nacional, Caracas, 17 de Noviembre de 2001 / Opinión
El talibán aguajero
Ibsen Martínez

Las revoluciones, antes de fracasar estrepitosamente, suelen invocar su propia presunta “originalidad”.

Sería cosa de risa la enumeración de la quincalla ideológica que legaron las revoluciones del siglo XX, si esa quincalla no hubiese sido tan trágica en sus consecuencias. Una de las más enigmáticas manifestaciones de “originalidad” revolucionaria fue la inasible “idea suche” norcoreana. Nadie supo jamás formular inteligiblemente en qué rayos consistía la idea suche, ni siquiera el mismísimo dictador norcoreano, mucho menos J.R. Núñez Tenorio, quien fue en vida una especie de concesionario local de la franquicia suche.

Uno se topaba con J.R. en un pasillo de la universidad, y él te contaba lo bien que le había ido en su último viaje a Corea del Norte, lo inspirador que había resultado para él. ¿Corea del Norte?, exclamabas. ¿Te refieres a esa sanguinaria autocracia comunista que compite en fiereza con la Camboya de Pol Pot? ¿Hablas de ese país que destaca por ser a la vez potencia nuclear y país líder en la estadística planetaria de hambrunas, muy por encima de los países del Cuerno de África ? Bueno, chico, la verdad es que hay mucha desinformación sobre Corea del Norte, reponía J.R., al tiempo que te invitaba a un acto en la sala “E” de la UCV en el que él mismo divulgaría los logros de la idea suche en el ámbito de la energía termonuclear, la inseminación artificial o la educación de adultos. El acto en la sala “E” era la modesta contraprestación que el bueno de J.R.–era un buen tipo, qué duda cabe– debía ofrecer al gobierno norcoreano por haberlo sacado a pasear a Corea del Norte con escala en París. Pedro Duno, para nombrar a otro desaparecido mentor del Chávez recién salido de la cárcel de Yare, fue él también, en algún momento, concesionario local, junto con Domingo Alberto Rangel, de los megalómanos dislates de Muammar Gadaffi. De nuevo, la sala “E” era el coliseo en el que se ventilaban las excelencias de su “pensamiento”, contenido en el llamado “libro verde de la revolución libia”. ¿Cuál podrá ser la idea suche del chavismo? Confieso que ya no me fío de los exégetas de Ceresole ni de los que siguen releyendo las entrevistas concedidas por Chávez a Blanco Muñoz y Ángela Zago hace varios siglos. Escuchando a Adina Bastidas me ha asaltado, más bien, una hipótesis: estoy seguro de que los historiadores de las ideas en la Venezuela del último siglo habrán de otorgarle un lugar preeminente a la sala “E” de la UCV a la hora de caracterizar la idea suche del chavismo que he dado en llamar “pensamiento talibán aguajero”.

En su reciente incursión en terrenos de lo cómico involuntario, con un discurso que es una ejemplar emanación de la cultura de la sala “E”, la vicepresidenta dejó ver la característica primordial del pensamiento talibán aguajero: el radicalismo inconducente, el comecandelismo que no va a ninguna parte.

Una cortesía elemental para con el lector que no tiene porqué saber qué rayos es la sala “E”, obliga a decir que se trata del lugar geométrico donde habita la palabra sin consecuencias, como si dijéramos el Aleph de las teorías y las consignas que no comprometen a nadie.

La sala “E” es el recinto de “la casa que vence las sombras” donde se llevan a cabo, desde tiempo inmemorial, foros, simposios, jornadas, encuentros y debates en torno a los más acuciantes problemas que abruman a la humanidad.

Distinguidos miembros del Claustro de la UCV, como la propia Adina Bastidas, Héctor Navarro, Francisco Mieres, Rigoberto Lanz, María Urbaneja, Alfredo Chacón, Edmundo Chirinos, Agustín Blanco Muñoz, Trino Alcides Díaz, Jorge Giordani, Carlos Genatios, Nelson Merentes, el extinto Brito Figueroa y muchos otros intelectuales chavistas, cuyos nombres momentáneamente se nos escapan, han gozado, en distintos momentos, de bastante más que los proverbiales 15 minutos de inapelable “magister dixit”, casi siempre ante un auditorio de inermes bachilleres.

Lo más llamativo quizá sea que en muchos casos se hayan zanjado, definitivamente y sin lugar a mayor elucidación, con bastante improbidad intelectual y mucho desenfado agitador, las causas y los remedios de cuestiones tan frondosas como la deuda externa, la globalización, la economía petrolera, la educación nacional, el agro y la cría, el diálogo Norte–Sur, la querella imprescriptible de los no–descubiertos con los Reyes Católicos, el narcotráfico y el neoliberalismo, Simón Rodríguez: precursor de Piaget, papel de la televisión en la creación de estereotipos de dependencia ideológica, Ezequiel Zamora y la econometría manchesteriana de Santos Michelena, el neocolonialismo y la megalópolis latinoamericana, la seguridad social y la poesía de Gustavo Pereira, el Estado benefactor y el régimen de mareas en el estado Nueva Esparta, Salvador de la Plaza y la fusión en frío, el modo de producción asiático, la violencia de género y el futuro el cine nacional, etcétera, etcétera.

La cultura de la sala “E” ha jugado sin duda un papel insoslayable en la perpetuación de las ideas más inertes y vacías de futuro con las que la revolución bolivariana ha pretendido sin éxito legislar y gobernar el país, hasta convertirlo en un hervidero de creciente ingobernabilidad que amenaza seriamente la convivencia nacional.

Un rasgo venial de esa cultura, se halla en el hecho de que las conclusiones, resoluciones, decálogos, máximas, declaraciones de principios, pamplinas autocomplacientes, exposiciones de motivos, delirios de revolución planetaria, denuncias del gran capital y exhortaciones a la lucha final que han curtido las paredes de la sala “E”, solían publicarse en las páginas de Hora Universitaria, conveniente hoja de información interna, insustituible a la hora de limpiar los vidrios, grifería y porcelana de las instalaciones universitarias. O disiparse en una tertulia cervecera y crédula del mediodía en el restorancito de la Apucv.

Es decir, los aspavientos y paparruchas de la sala “E”, confinados al ámbito de la UCV, no tenían consecuencias de ningún tipo, ni buenas ni malas, para el resto de la población del país: eran benignas efusiones de vedettismo profesoral, ganas de escucharse a sí mismos decir naderías biensonantes.

Pero desde que los charlistas de la sala “E” llegaron a ser gobierno, esos mismos maximalismos huecos, esos tópicos, esas ideas a menudo henchidas de lo que Braudel llama “marxismo vulgar”, esas inconmovibles “verdades” vertidas desde siempre en las ya amarillentas fichas que, año tras año, ayudan a muchos de ellos a dictar el mismo curso o seminario sobre Zamora y la cuestión agraria o sobre la economía petrolera como enclave imperialista, han hallado el camino, no ya de Hora Universitaria, donde al fin y al cabo no estorbarían el desenvolvimiento del país, sino de la Gaceta Oficial, bajo la forma de leyes habilitantes que compendian todas las impracticables fabulaciones que en la sala “E”, repito, no hacen daño a nadie –”puras invenciones p’a conversar”– pero que a Chávez pueden terminar por acorralarlo mucho antes de lo previsto.

En efecto, el síndrome de la sala “E”, que se manifiesta, por ejemplo, en la ardorosa denuncia del terrorismo estadounidense en Afganistán en Aló, Presidente, o en el discurso de Adina –ella debe pensar que se la comió con la alusión “weberiana” al capitalismo protestante–, impide al aquejado ver que lo que en la sala “E” puede arrancar aplausos, trasladado sin más al escarpado terreno de las relaciones internacionales puede, más bien, activar reuniones urgentes en el Departamento de Estado o, peor, en el “situation room” del Pentágono.

Lo cual no sería nada si en verdad se piensa salir a combatir con armas en la mano el imperialismo blanco, protestante y capitalista que injuria y sojuzga a los pueblos del Islam.

Llegados aquí, anotemos otro rasgo “original” del “pensamiento” chavista: por un lado, una retórica irreductible y boconamente radical en lo declarativo; por el otro, un talante decididamente aguajero y arrugón que se reviene no bien la realidad ronca en la cueva.

Nadie más presto a retractarse de una declaración consecuentemente radical en materia internacional y deshacerse en aclaratorias del tipo “no me malinterpretes, Joe, yo lo estaba era hablandito sobre la vida en general” del talibán bolivariano, tan pronto los voceros del imperialismo lo increpan más o menos recio y en serio. Nadie más propenso a naufragar en el mar de la rutina burocrática y la corrupción que el talibán emerrevista que anda por ahí todavía, a estas alturas y después del caso Cavendes, denunciando a los corruptos enemigos de la revolución.

Pero lo peor es la inconducencia de estas leyes aprobadas a espaldas del país. Dos de ellas, la de Tierras y la de Hidrocarbutros, mal fraguadas al amparo de una provisión habilitante con que la obsecuencia de la Asamblea Nacional literalmente abdicó de sus funciones, se nos presentan imbuidas de lo peor del pensamiento talibán aguajero: su carga de anacrónico dogmatismo y la inviabilidad de un inconsistente articulado que, paradójicamente, las hace instrumentos ideales de la regresión social y la parálisis económica.

Pero, como todo constructo del sectarismo, la irresponsabilidad y la incuria, tarde o temprano esas leyes clamarán ellas mismas por su derogación, no bien topen con ese formidable avatar de la terca realidad que es la sociedad venezolana.

Para mal del talibán aguajero, el país no es la sala “E”.

Ilustración: http://img823.imageshack.us/i/bombalacrimgenaucv.jpg/sr=1

viernes, 8 de octubre de 2010

variaciones sobre un premio nobel (2)



Dice que será bienvenido al país, pero recibirá plomo
Chávez: Vargas Llosa le falta el respeto al pueblo y a las Fuerzas Armadas de Venezuela
"Tenemos lista la artillería del pensamiento" para enfrentar a quien se opone a los cambios, advirtió el mandatario en su programa radial Aló Presidente. Acusó a Cedice, anfitriones del "intelectual ex peruano", de buscarse refuerzos en el exterior para adversar su modelo político, y lo calificó de ser "una de las cunas del proyecto neoliberal"
ADELA LEAL

El presidente Hugo Chávez acusó al escritor Mario Vargas Llosa de faltarle el respeto al pueblo y a las Fuerzas Armadas venezolanas, al emitir juicios críticos sobre la situación interna del país, en lo que consideró "una clara injerencia en cosas en las cuales no tiene que estarse metiendo".

En una reacción inmediata a las críticas hechas por el ex candidato presidencial de Perú en una entrevista publicada ayer por El Nacional, el mandatario expresó, en su programa radial Aló Presidente, que Vargas Llosa dice "grandes mentiras", porque está "desconectado de la realidad, como un autista". Consideró que "hay intelectuales que no saben leer. Hay intelectuales que son analfabetas. No saben leer en la realidad de nuestros pueblos".

Chávez comentó que Vargas Llosa será bienvenido a Venezuela, la semana próxima, cuando vendrá invitado por Cedice, pero le hizo una advertencia a "ese caballero peruano que renunció a su nacionalidad y se hizo, creo que europeo, español (...) Señor Vargas Llosa venga usted a la batalla, pero va a llevar plomo también. Plomo va y plomo viene. Venga para acá. No crea usted que le vamos a prohibir venir a Venezuela, que lo vamos a expulsar del país. No, no, no, métase aquí en Venezuela, pero si se va a meter en la batalla (...) bienvenido será y estaremos muy pendientes de lo que va a decir, porque aquí sobra quien le responda, no sólo el Presidente de Venezuela, aquí hay la artillería del pensamiento para responderle a Vargas Llosa y a cien Vargas Llosa que traigan importados".

Utilizando otro de sus jergas favoritas -la del beisbol-, el mandatario dijo que los que se oponen a los cambios están buscando refuerzos y por eso están buscando figuras. "Esa gente está como el Caracas, trayendo importados -un saludo a todos mis amigos caraquistas- como están tan débiles internamente los corruptos y toda esta gente que no tiene como... tráiganlos. Pero venga quien venga a Venezuela a tener injerencia en las cosas internas, llevará parte de los suyo, porque aquí estamos con el plomo cargado, con los cañones cargados, con esta artillería del pensamiento, y Bolívar por delante defendiendo la dignidad del pueblo venezolano, de los soldados venezolanos, de Venezuela", afirmó.

A esa gente la conozco

Comentario aparte le mereció al Presidente los anfitriones del escritor latinoamericano. "La gente de Cedice", de quien confesó conoce a muchos y, "debo decirlo claramente, Cedice es una de las cunas del proyecto neoliberal".
"El Centro de Estudio y de Difusión del Conocimiento Económico, una institución privada y qué se yo, tiene derecho a existir, pero hay que llamar a cada quien por su nombre. Ese es un centro de difusión del conocimiento económico del neoliberalismo, que es el camino al infierno. El que quiera irse al infierno, agarre el camino del neoliberalismo. Ahí, en Cedice hay gente, por ejemplo, que dice que hay que poner aquí la caja de conversión. Imagínate tú... una caja de conversión. Igualar el bolívar al dólar y amarrar la economía venezolana al dólar como hicieron en Argentina, y cometieron ese tremendo error", comentó.

Soy un revolucionario, no un caudillo

Sobre la preocupación manifestada por Vargas Llosa de que la democracia venezolana pueda desaparecer para dar paso a un régimen autoritario semejante al inaugurado por Alberto Fujimori en Perú, el Presidente respondió que "el señor Vargas Llosa cuando dice esto no sabe lo que está diciendo y le está faltando el respeto a un pueblo que está saliendo del autoritarismo, porque la democracia a la que él se refiere, y que le preocupa vaya a desaparecer, está muerta, y nunca fue una democracia, señor Vargas LLosa, fue un régimen autoritario, canallesco, cupular, tiránico, genocida, que echó a un pueblo digno como el nuestro, a una fosa terrible, a una pobreza inmensa".
"Aquí -apuntó Chávez- sabemos bien lo que estamos haciendo. Estamos construyendo una democracia federal, lo que estamos acabando aquí es la anarquía, que es una cosa bien distinta, a la que los partidos AD y Copei, de los cuales es muy buen amigo Vargas Llosa, condujeron al país. Una espantosa anarquía caracterizada por la corrupción en alcaldías, gobernaciones, asambleas legislativas, que ha significado la destrucción de la unidad nacional", expresó.

Aseguró que "estamos rehaciendo la nación, con un régimen de intención federal como está consagrado en la Constitución que vamos a aprobar el 15 de diciembre. Una democracia federal, no nos estamos dirigiendo hacia un régimen caudillista. Eso es mentira".

Enfatizó que estamos saliendo del caudillismo de un grupo de dirigentes que condujo al país de manera arbitraria y autoritaria durante los últimos 40 años, y que la Nación se dirige hacia un proceso democrático y humanístico.

"Me va a dar mucha lástima, señor Vargas Llosa, cuando usted venga aquí y diga lo que va a decir. Estoy seguro de lo que va a decir. Me va a dar más lástima por lo que representó en alguna ocasión para mí, como joven estudiante, cuando leí La Casa Verde, La Ciudad y los Perros".

El presidente Chávez dijo que "estoy lejos de ser un caudillo, soy un instrumento de un pueblo (...) soy un luchador social, un revolucionario, soy un soldado sujeto a lo que diga la mayoría de mi pueblo".

Análisis sicológico

Comentando lo que cuenta el escritor en su autobiografía, Chávez recomendó que sería interesante que el caso de Vargas Llosa pueda ser objeto de un análisis sicológico, en atención a que estudió en una escuela militar donde fue objeto de maltratos "y quizás tiene esa cosa por dentro que algún buen sicólogo pudiera (tratar), haciéndole una regresión".
"Quiero decirle al señor Vargas Llosa y al mundo que las Fuerzas Armadas Nacionales son una cosa muy distinta a lo que él cree y que le pregunte al pueblo". Recordó que en una encuesta reciente la opinión pública coloca a las FAN como la primera institución más apreciada por su pueblo".

El jefe del Estado no pasó por alto el hecho de que Vargas Llosa "no quiso ser más peruano, pues, a pesar de que nació en Perú, la tierra de los indígenas, la tierra bolivariana del Perú. El tendrá sus razones, pero esto dice algo. Es como si yo diga que no quiero ser más venezolano y me vaya y me haga lunático (...) quiero ser de la Luna y me vaya para Luna (...) y no quiero ser venezolano" Al comentar la condición de ex candidato del novelista, apuntó que "imagínate, quiso ser presidente de Perú, se supone que tiene que estar enraizado con Perú y, a los pocos años, renuncia a ser peruano. Imagínate que siendo presidente hubiese renunciado y se hace español. Imagínate tú, eso es una cosa que llama a la reflexión".

Señor Vargas Llosa -prosiguió Chávez- le voy a hablar por adelantado, porque usted ha mandado por adelantado por el diario El Nacional (su opinión) en una entrevista en la que vuelve a arremeter contra Venezuela.

"Hay cosas aquí que hay que responder de una buena vez, y llamo a los venezolanos a que respondamos esto y defendamos nuestra soberanía, defendamos nuestra dignidad ante quien sea y delante de quien sea, porque este pueblo se respeta. Venezuela se respeta, ya basta de que nos sigan abofeteando, de que nos sigan apedreando, de que nos sigan faltando el respeto y, además, los venezolanos tenemos derecho a darnos el camino y la vida que queremos, porque para algo somos un país soberano, libre e independiente".

El candidato

El presidente Hugo Chávez lanzó ayer formalmente su candidatura para optar por el próximo período constitucional que inaugurará el mandato gubernamental de seis años, y dijo que para nada siente miedo de participar en nuevas elecciones.
En uno de los segmentos de su programa radial dominical, apuntó que la Asamblea Nacional Constituyente verá como resuelve el problema, pero que su decisión es para darle cabida a todas las manifestaciones y solicitudes de relegitimación. Dijo que igual deben hacerlo los gobernadores y alcaldes. "El Congreso desaparecerá y habrá que elegir una Asamblea Nacional". Por lo demás, Chávez no tiene dudas de que el pueblo dirá "Sí" a la nueva Constitución.

De igual forma, en el programa que transmite Radio Nacional, Chávez anunció recursos financieros para las universidades por el orden de 1,5 millardos de bolívares, y el cierre de la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho por dos meses, mientras la OPSU corrige los vicios que detectó.

En cuanto a los institutos universitarios Santiago Mariño e Isaac Newton, cerrados por corrupción, dijo que los estudiantes del primero, mediante convenios firmados por el Ministerio de Educación, serán recibidos por las universidades Fermín Toro y Rafael Belloso, en tanto que los 13.000 alumnos del Isaac Newton irán al Monseñor Arias Blanco.


EL NACIONAL - LUNES 22 DE NOVIEMBRE DE 1999
Entre Vargas y un tal Lucas
Joaquín Marta Sosa

La discusión del artículo de Vargas Llosa sobre el gobierno de Chávez desvela ciertas actitudes profundas en la mayoría de los valedores del Presidente.

Nos permite observar que en éste, como en todos los oficialismos que en la tierra han sido, despachan de un solo mandoble a todo pensamiento crítico pues, dicen, sólo puede responder a propósitos oscuros. Mientras en El Correo del Presidente un articulista le pide a los niños que no lean a Vargas Llosa "porque no quiere al Presidente".

Que no se explican porqué le hace oposición a Fujimori si éste aplica el programa económico que propuso Vargas Llosa, ignorando que lo enfrentó precisamente por su conducta antidemocrática. Que si el novelista se nacionalizó español, lo que indicaría en él un espíritu más europeo que caribeño, baldado para comprender los motivos de estas latitudes, pasando por alto que lo hizo cuando el fujimorismo emprendió un proceso para confiscar sus bienes y retirarle la nacionalidad peruana.

Comportamientos más convencionales y archiconocidos que estos es difícil encontrar.

No obstante es a los críticos del régimen a quienes se les endilga el epíteto de convencionales y de prisioneros de un pensamiento tradicional amasado en certidumbres que ya entraron en barrena, es decir, desencontradas con las realidades verídicas del país.

En verdad lo más absolutamente convencional es ser chavista en estos tiempos y por estas tierras. Es la moda y la redundancia. Y con respecto a la certidumbre, pocos la tienen tanta y tan acerada como los chavistas, sobre todo si son de nuevo cuño. Nada les arredra ni mueve a dudas. Tienen la inmunidad del granito ante cualquier otra voz que no provenga de la secta. Más bien son los críticos, o al menos buena parte de ellos, los que padecen los rigores de tratar de entender para dónde llevan estos caminos abiertos a sangre y fuego y luego a votos y abstención.

Pero el chavismo sólo atina a ver en ellos una cáfila de ofuscados conspiradores y no la oposición que toda democracia permite, necesita y demanda.

Se abanderan, por último, de la necesidad de cambiar de paradigma. Pues bien, la patología de recurrir a un plan de emergencia frente a cualquier avatar nos viene del más rancio puntofijismo, experto en planes de emergencia y fracaso. Del contralor, cuando pide información sobre actos de gobierno, se espeta que "alguien debe estar detrás del contralor" en la mejor tradición de todos los gobiernos anteriores que convertían en sospechoso a todo aquel que le incomodara. El Presidente, indicándole a un amanuense "anóteme la beca para la señora", "mándele la silla de ruedas al compañero", se me parece tanto al viejo puntofijista en campaña, retratándose con cuanto menesteroso se topaba, y su asistente, que también oficiaba de secretario de peticiones, caridades y dádivas, tomando nota.

Y para llegar al tope paradigmático, el dadivoso se quiere designar líder de la nación en su proyecto constitucional. Paradigma propio de todos los viciados regímenes personalistas e integristas, donde el jefe es el icono religioso del poder. Nada nuevo, todo viejo bajo este sol.

Una buena y grata novedad de paradigma, consistiría en que el Presidente nos sorprenda un día de estos proponiendo que se borre del proyecto lo de líder de la nación y se acepte, simplemente, como el que no pasa de ser un alto empleado público, más o menos querido, más o menos eficaz. La democracia rompió las convencionalidades mayestáticas y pretende instaurar el valor del sentido común, de la humilde discreción, como reverencia del poder a la igualdad y la libertad. El líder de la nación nos sobrecogerá y no seremos libres porque el culto nos aplastará; tampoco iguales pues devendrá en ese "Yo el Supremo" que Roa Bastos nos requiere no olvidar. La relación cívica hecha trizas en esa impostura de la supremidad. Malo, y viejísimo, este paradigma.

En lo que a mí atañe, cambiar a Vargas Llosa, por la obrita de "un tal Lucas" como lo llamaría Cortázar, es otro detalle de convencionalismo al uso. El famoso "Oráculo" a duras penas califica como versión posmoderna de aquel recetario para garantizar el éxito, famoso en los años cincuenta, de un tal Dale Carnegie.
EL NACIONAL - JUEVES 26 DE AGOSTO DE 1999


EL NACIONAL, Caracas, 24 de Junio de 1997
La vejez ideológica de Vargas Llosa
MARIA DE LOS ANGELES SERRANO

La vejez tiene un inconveniente, entre otros muchos, y es la incapacidad de salir de los viejos esquemas ideológicos, parte de las rutinas a que obliga, física y mentalmente, la limitación de las energías vitales. El cambio, radical incluso, de propuestas se incluye en un cambio de lugar en la anterior rutina: de la izquierda a la derecha, por ejemplo. El último trabajo de Vargas Llosa sobre el socialista francés Jospin, primer ministro electo en Francia, demuestra esta limitación.

Su rendida admiración al liberalismo económico, en su arcaica propuesta del siglo XVIII, lo coloca, de entrada, en una posición adversadora radical incluso a la palabra socialismo, ``un fantasma que recorrió el mundo'' desde comienzos del siglo XX poniendo en aprietos por un tiempito al estatus liberal y sus maravillas. Pero su conocimiento del mundo actual se ha quedado, al parecer, anclado en la rutina ideológica y en la visión maniquea de bueno o malo, propia de los que sienten más que saben de las cosas.

El liberalismo, el ``nuevo'', lleva ya más de tres lustros instalado en buena parte del mundo y camino de instalarse en lo que queda, como parte de una globalización indetenible y 15 años es el período de una generación, incluyendo en el mismo lapso por lo menos tres generaciones más, como demuestra que Vargas Llosa aún escriba en los periódicos, reciba premios y se apreste a participar en la política de su país. En mayor o menor grado de vigencia, jóvenes y viejos tienen capacidad actuante, pero, para citar a Simone de Beauvoir, la actuación de los viejos es ``como el té que se hace varias veces con las mismas hojas''.

Esas viejas hojas, esa añeja sustancia, arrinconan incluso el término socialismo, (que del comunismo ni hablar. Vade retro!), pero pretende, en cambio remozar el término liberalismo y hasta el capitalismo que ahora ya es ``popular''. Tal rejuvenecimiento es, sin embargo, al parecer, sólo de palabra, cosa fácil para el que tiene una palabra no sólo fácil, sino fértil y por demás brillante. Vargas Llosa parece desconocer bastante el panorama del liberalismo europeo rampante, que justifica la elección francesa, no porque los franceses sean unos miserables incautos, sino porque, contrariamente, conservan la capacidad de razonamiento que siempre los distinguió en la historia.

Esta capacidad les habrá hecho ver el panorama liberal del momento, en el que tan maravilloso sistema parece no haber logrado grandes cosas ni para el bienestar, ni para la tranquilidad de los pueblos. Carlos Romero diseña este panorama con certera pluma en su artículo titulado ``Pan y paz para Europa'', publicado el mismo día que el de Vargas Llosa ( El Nacional, 16-6-97, pág. A-12) y que al defensor del status actual (desde su anticuada esquina de derechas) le convendría leer.

El auge de la corrupción, el desgaste de las estructuras parlamentarias, el desempleo, el racismo, el hambre y la miseria, el terrorismo y las tormentas políticas y sociales que son la orden del día en la flamante Europa ``neoliberal'' -como señala Carlos Romero en su excelente trabajo- justifican de sobra el voto francés.

En cuanto a los deméritos de Jospin señalados con tanto desprecio por Vargas, el nuevo premier de Francia tendrá oportunidad de demostrar sus capacidades. Entre tanto, para los viejos intelectuales es mejor limitarse a ver el mundo y a tratar de entenderlo desde nuevas perspectivas, lo que no es fácil. Antes de hacer el ridículo.

EL NACIONAL, Caracas, 4 de Diciembre de 1999
"Los negativos"y Varguitas
María de los Angeles Serrano

Bien alimentado. Bien vestido. Con su bien ganada fama. Don Mario Vargas Llosa -que ahora es Don- vino a Venezuela para apoyar a sus correligionarios: las élites latinoamericanas emparentadas y unidas a la sombra de la sacrosanta democracia, que -según repitió en su lamentablemente apolillado discurso-, no será una maravilla, pero malaza y todo es "el mejor sistema del mundo".

Me pregunto si estaría oyendo al joven Varguitas, el de la tía Julia, su tía, por más señas, el de aquella narración refrescante y llena de ese encanto que tienen las experiencias juveniles. Era aquel libro La tía Julia y el escribidor, que a la única persona que no encantó fue a su tía Julia, que se mandó otro libro titulado "Lo que Varguitas no dijo". No lo leí porque, en realidad, poco importa si lo que escribe un novelista fue verdad o se lo inventó y en lo personal prefiero lo que se inventa.

Pero ni siquiera la juventud de Varguitas le impidió esa agudeza intelectual y ese sentido crítico de gran novelista. No, me dije antes de cambiar de canal en mi tele. No es la ingenuidad de un joven inexperto, que repite un poco de memoria los calichosos eslóganes de la publicidad política, lo que alienta tras el discurso, sino el eterno desprecio de las élites latinoamericanas al pueblo que prende el televisor en su modesta sala o en su destartalado rancho. Ese desprecio materializado por su hijo, Vargas Llosa de apellido, en su pésimo libro sobre El idiota latinoamericano que somos todos, menos ellos.

Pero es esa gente, la que lleva medio siglo de sufrimiento democrático, la que religiosamente -que la iglesia es parte de estos fetichismos- ha acudido a las urnas, a ver si alguno de los héroes del "sistema mejor del mundo" resolvía algún problema de su vapuleada existencia, incluyendo el de la propia urna, cada vez más inalcanzable y última esperanza de ser -¡al fin! terrateniente (de su parcelita -dos por dos- en el cementerio local), la que de repente dice ¡Hasta aquí! y vota por un desconocido cuyo mérito es ese: ser desconocido -manque sea japonés- o ser conocido por haber adversado a tiro limpio a los héroes de la sacrosanta democracia.

La televisión ha permitido al pueblo, a los idiotas, según define el Varguitas junior, ver al gobernante peruano demócrata Alan García, cantando con su homólogo y compadre de bautismo Carlos Andrés, y se ha enterado que entre todos se llevaron el los últimos 20 años y sólo en Venezuela 200 millardos de dólares. Y cuando Don Mario nombraba, en olor de santidad, a los gobernantes demócratas de Bolivia o El Salvador, se preguntaba ¿Será El Salvador o la Bolivia que sale en la tele?

Sin embargo, no es como espectador que los pueblos latinoamericanos conocen a los Vargas Llosa, sino como experimentados sobrevivientes de tales héroes. Las comparaciones con las democracias de los países del norte, al parecer no le han servido al estupendo escritor Mario Vargas Llosa para copiarse la parquedad de los discursos.

Lo más triste es que ha sido en las páginas de La ciudad y los perros, en las de La casa verde o en los de las Conversaciones en la catedral en las cuales mucha gente hemos aprendido a penetrar el alma de la América Latina. Tengo delante de mi un capítulo del libro sobre Botero, presentado por Vargas Llosa, titulado La estirpe latinoamericana, en el cual he aprendido claves importantes sobre nosotros mismos. ¿Y entonces?...

Tendremos que admitir que los méritos literarios de Don Mario se han usado como señuelo para sus compadres demócratas. Porque, a fin de cuentas para perpetuarse en el poder y ponerle la mano encima a las millardos, único propósito de "Los negativos" de turno, vale todo.


EL NACONAL, 17 de Mayo de 2000
Globalización y diversidad cultural
Esteban Emilio Mosonyi

La visión ultraneoliberal que, conforme a su costumbre, despliega Mario Vargas Llosa en su artículo "Las culturas y la globalización" (El Nacional, 16 de abril de 2000, página A/7) me obliga a recoger el guante, ante el desafío de tanta manipulación y tergiversación de los hechos. No quisiera acudir al expediente barato de llamarlo "idiota", término que él utiliza dispendiosa y fascísticamente con sus opositores intelectuales e ideológicos.

En su largo artículo, Vargas Llosa pretende vendernos la curiosa idea de que la globalización portadora de iconos como Disney World, McDonald's o Coca Cola no ejerce ningún efecto reductor sobre las culturas nacionales y locales, incluyendo las de los propios Estados Unidos. Esto no se lo cree ni él mismo, porque va contra toda experiencia intuitiva y desafía el sentido común más elemental. Otra cosa bien distinta es el hecho de que los conglomerados nacionales y locales se defienden, a menudo exitosamente, contra las imposiciones hegemónicas; lo que ocurre efectivamente con las minorías étnicas europeas, americanas y de otros continentes. Incluso va desarrollándose entre estos conglomerados una suerte de entente universal, que sería una alternativa mucho más democrática y horizontal frente a la globalización compulsiva por obra de unos Estados y empresas transnacionales aspirantes a un poder planetario omnímodo.

De hecho, la globalización hegemónica tiene poco que ver con la mundialización, real o potencial, de cada fenómeno surgido en el orbe por vía de los medios de comunicación contemporáneos. Así, el que se oiga hablar en español hasta en los lugares más remotos no es algo que se inscriba en los grandes proyectos culturales, si cabe utilizar tal término, de las corporaciones transnacionales. Ello viene siendo producto de la existencia fáctica de muchos países hispanohablantes junto con el crecimiento vertiginoso de la minoría hispana en Estados Unidos, y como tal representa una fuerza dialéctica de resistencia ante la imposición frontal del idioma inglés y de cierta cultura anglosajona, muy estereotipada y caricaturesca por cierto.

Cualquier observador medianamente inteligente se da cuenta de que en los Estados Unidos se hace lo posible por reprimir el idioma español, de suerte que en entidades fuertemente hispanizadas como California y Florida este idioma ha venido perdiendo todas sus prerrogativas: ya casi ni se habla de su oficialización regional y la educación bilingüe está de capa caída. Las investigaciones indican que la tercera generación de hispanos habla poco o nada de español. En la propia isla de Puerto Rico la lengua de Cervantes ha sufrido serios reveses, y considérese que todavía no ha triunfado la tesis política de la estadidad, vale decir, la anexión de Borinquen a la gran potencia del norte. Y si esto sucede con la demográficamente multitudinaria lengua y cultura hispanas, ¿qué quedará para las formaciones socioculturales de dimensiones medianas, para no hablar de las verdaderas minorías?

En otro párrafo de su perorata Vargas Llosa despotrica contra el concepto de identidad colectiva acudiendo al ridículo, simplísimo y mil veces superado argumento de que ella es estática y, sobre todo, incompatible con las identidades individuales, con la libertad de la persona como tal. Cualquier estudiante de ciencias sociales aprende, desde el inicio de su formación, que todo tipo de identidad humana es dinámica, fluida, cambiante y constituida por la superposición de un sinnúmero de dimensiones tales como individualidad, familia, comunidad, región, nación, afinidad ideológica o profesional, incluso solidaridad internacional y panantrópica.

Como de costumbre, este emisario de la mediocridad del modelo cultural más abyecto imaginable vuelve a exponer su irracional menosprecio de las sociedades tradicionales no occidentales, principalmente de las más pequeñas, indefensas y aisladas. Mientras tanto, Vargas Llosa olvida -o peor aún, oculta- el hecho de que a estas alturas existe un sinnúmero de estudios, de una solvencia y solidez a toda prueba, que acreditan la inefable complejidad de sus organizaciones sociales, sus idiomas y demás códigos expresivos, sus concepciones éticas y ontológicas, que en el fondo hasta la fecha ningún investigador -sin excluir a los procedentes de las propias etnias- ha logrado medianamente descifrar. Son precisamente estos pueblos tradicionales quienes han preservado hasta hoy la integridad del planeta, como lo destaca inequívocamente nada menos que la Cumbre de Río celebrada en 1992.

Para resumir, reconocemos la consolidación de una megatendencia histórica que hace viable la creciente articulación intercultural de todas las sociedades humanas grandes y minúsculas; todo lo que presagia un enriquecimiento increíble de la experiencia humana en medio de la sociodiversidad. Lamentablemente, la principal fuerza que se opone a esta potencialidad sin precedentes es la pretendida vía corta de la globalización neoliberal, cuyo proyecto confeso es la masificación de la humanidad en base al pensamiento único, la homogeneidad castrante y una economía cada vez más excluyente de las mayorías y minorías inasimilables a ese modelo.


EL NACIONAL, Caracas, 01 de Junio de 2002
Vargas Llosa, Stiglitz y la globalización
Ibsen Martínez

El domingo pasado, los lectores de El Nacional pudieron leer la reseña que Mario Vargas Llosa escribió en torno al libro que Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, y antiguo directivo del Banco Mundial, ha publicado recientemente. Se trata de El malestar en la globalización (Taurus, 2002).
Nos alegra constatar que los juicios en torno a la globalización que allí vierte el escritor se apartan bastante de los que, con motivo de las manifestaciones de Génova expresara hace más de un año en el mismo matutino. Lamentablemente, la valoración que entonces hacía Vargas Llosa del movimiento antiglobalización se reproduce todavía en muchos talantes que, igual que el novelista, harían bien en exponerse a la argumentaciones del profesor Stiglitz.

Como se recordará, las manifestaciones de Génova dejaron como saldo un joven muerto, Carlo Giuliani, el mártir que quizá andaba buscando el Bloque Negro, esa inquietante fracción violenta del movimiento antiglobalización que ha hecho del desafío callejero a las policías de las grandes ciudades del mundo desarrollado el elemento más atendido por la prensa mundial en cada cumbre “globalizadora”.

Es la faz “massmediática” de la lucha contra la sistemática perversión de un sistema al que la globalización financiera ha llevado a sus últimas consecuencias en el transcurso de los últimos veinte años.

Con todo, luce indiscutible que de no haber ocurrido la serie de manifestaciones ni cundido el estupor universal que comenzó hace casi dos años con las de Seattle, a buen seguro que temas e instituciones como el Protocolo de Kyoto, la tasa Tobin, los alimentos transgénicos y la Organización Mundial de Comercio jamás habrían alcanzado la primera plana ni logrado convertirse en vocablos de andar por casa.

De otro lado, la violencia callejera ha sido el flanco más atacado por los críticos del movimiento, muchos de ellos voceros –al menos hasta ayer– de la noción de “fin de la historia”, implícita en la caída del muro de Berlín y valedores de la adopción sin chistar, por parte de muchos países no desarrollados, de las fórmulas de ajuste macroeconómico contempladas por el llamado “Consenso de Washington” como las únicas capaces de crear riqueza y prosperidad.

De entre ellos, el más conspicuo en nuestra lengua, ha sido justamente Mario Vargas Llosa, quien en un artículo (El País, 5 de agosto de 2001), describía a los iracundos jóvenes de Génova como “nostálgicos irredentos del viejo mesianismo social (que) se han precipitado a anunciar que el movimiento contra la globalizacíón representa ahora, ¡por fin!, una alternativa revolucionaria potente contra el capitalismo y su odiado embeleco político: la democracia liberal. Detrás de las decenas de miles de manifestantes que invadieron las calles de Génova, estos augures ven asomar en el horizonte, una vez más, –ave Fénix que renace de sus cenizas– un nuevo paraíso igualitario y colectivista”.

Si traigo a cuento la fulminación que Vargas Llosa hacía del movimiento antiglobalización, no es por darme el pisto de llevarle la contraria a alguien que en las últimas décadas ha mostrado una extraordinaria probidad intelectual a la hora de emitir opinión. Ciertamente, pocos intelectuales contemporáneos hispanoamericanos han sido tan escrupulosos en justificar sus pareceres y no ofrecer el espectáculo, tan frecuente, del oportunista cambio de chaquetas.

Precisamente, por el valor que entraña el comentario de un opinador tan perspicaz e influyente como Vargas Llosa en torno a un movimiento que ha despertado enormes simpatías en América Latina y ha contribuido a problematizar la visión que hoy tenemos de un mundo “unipolar”, esta entrega está dedicada a señalar algunos de los descaminadores tópicos que visita el artículo de Vargas Llosa.

La primera falacia que se advierte está en reducir al movimiento antiglobalizador solamente a su expresión callejera, vociferante y vandálica. Ese error conduce a atribuirle una “naturaleza caótica, contradictoria, confusa y carente de realismo”. Vargas Llosa se atrevía a vaticinar que “le ocurrirá algo semejante que al Mayo del 68 en Francia, con el que tiene mucho de parecido”.

Más adelante, Vargas Llosa afirmaba que, “por lo pronto, ser enemigo de la globalización puede tener algún sentido en el ámbito de la teoría, o de la poesía, pero, en la práctica, es un disparate parecido al del movimiento luddita que, en el siglo XIX, destruía las máquinas para atajar la mecanización de la agricultura y la industria”.

Concede Vargas Llosa generosidad juvenil a muchos de los que participan en estas luchas, pero advierte que también “hay buen número de frívolos hijitos de papá, aburridos de la vida (sic) que han ido allí (a Génova) solo en busca de experiencias fuertes, a practicar un inédito ‘deporte de riesgo’”. Prosigue afirmando que “este archipiélago de contradicciones comparte una vaga animadversión al sistema democrático, al que, por ignorancia, por moda, sectarismo ideológico o necedad, hace responsable de todos los males que padece la humanidad. Con este linfático sentimiento de malestar o rebeldía, se puede impulsar grandes espectáculos colectivos, pero no elaborar una propuesta seria y realista para cambiar el mundo”.

La mayoría de los críticos del movimiento globalizador –muchos de ellos pueden leerse en las páginas de opinión de nuestros grandes matutinos– orientan sus dardos según la misma línea de “argumentación”: se concibe al movimiento antiglobalizador como una algarada estudiantil, anticapitalista y antidemocrática.

El tono, por decir lo menos, es el de un satisfecho Don Rigoberto, burgués cascarrabias; ni más ni menos que el tono de esos señores de edad más que madura que “pasan de todo”, como dicen en España, porque ya están de vuelta. Y por eso mismo, por estar de vuelta, les exasperan los gestos de rebeldía ante la realidad.

Lo cierto es que la denuncia del deterioro del equilibrio mundial no es cosa de los últimos meses ni tema de última hora. Una serie de ONG y de publicaciones, entre ellas, de modo especial, Le Monde Diplomatique, llevan más de 20 años alertando, sin resultados visibles más allá del consenso de ciertas élites intelectuales sin mayor influencia, sobre la radicalización de las desigualdades, la miseria y la exclusión que ha promovido el ultraliberalismo conservador y las instancias financieras multilaterales teóricamente llamadas a combatirlas, como el Banco Mundial.

Ha sido necesaria la contestación en las calles de Seattle, Washington, Davos, Barcelona o Génova y el eco que ella suscitó en los medios de comunicación para que la necesaria sustitución de un sistema que ya no sirve se haya convertido en el tema de nuestro tiempo.

Pero a las organizaciones que conforman ese continuum, sólo al parecer indiferenciado y anónimo, de opositores a la globalización, se las ha juzgado más por aquello a lo que se oponen que por sus propuestas específicas y se les ha estigmatizado en su conjunto por una violencia que rechazan de plano.

Existen muchas organizaciones y personalidades que llevan años haciendo propuestas sobre la deuda externa, los flujos de ayuda al desarrollo, las reglas del comercio internacional, la llamada “fiscalidad global” o la reforma de las instituciones financieras internacionales, propuestas que no habían querido ser escuchadas.

Todas denuncian sin ambages la violencia de esos grupos minoritarios que, como ha señalado Susan George, (vicepresidenta de ATTAC, organización que busca la imposición de tasas que graven las transacciones financieras especulativas), nunca están a la hora del análisis, de la negociación política ni del trabajo en común.

Pero sería tonto no advertir que ha sido gracias a la contestación callejera que comenzó en Seattle hace dos años –el “deporte de riesgo” de la lucha antiglobalización que tanto irrita a Vargas Llosa– como se han hecho oír estas propuestas y se ha logrado que se les pondere seriamente en los foros mundiales.

No se trata tanto de un movimiento concertado ejecutivamente desde un secretariado internacional como de un vigoroso, multiforme y proteico espíritu de contestación que no se ve lastrado por su diversidad –diversidad propia de la sociedad civil–, sino todo lo contrario.

Ciertamente en un extremo del espectro se hallan organizaciones centradas en la asistencia a las poblaciones empobrecidas y que no plantean ninguna acción sobre las causas estructurales que generan esa pobreza.

Pero el grueso de lo que podemos entender por movimiento antiglobalizador no está formado por ilusos “irredentos del mesianismo social”, como los llama Vargas Llosa.

Junto a Joseph Stiglitz –cuyo libro tan atinadamente comentó Vargas Llosa el domingo pasado–, puede citarse a Vittorio Agnoletto, Diane Matte y Sandra Cabral, nombres que hoy nutren de significado una lucha que muchos de ellos no conciben como contra la globalización sino en favor de los que Ignasi Carreras llama “la otra globalización, una globalizacion para todos y no sólo para el capital financiero”, orientada a una agenda que parta de esa mitad de los habitantes del planeta –casi 2.800 millones– que viven con menos de dos dólares diarios.

Esa agenda no es ilusa ni es mesiánica ni se plantea fines inalcanzables. Puede resumirse así: condonación de la deuda externa, un mayor y mejor orientado flujo de ayuda al desarrollo, acceso universal a la educación y la salubridad, ratificación y aplicación de los protocolos de protección ambiental, reforma del Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio.

No se trata, pues, de ir ciega y resentidamente contra el capitalismo y la democracia. Pero sin duda que, más que la acción vandálica o el irrealismo igualitario de los manifestantes de Génova, es la razonable viabilidad de muchas propuestas antiglobalizadoras las que hacen rabiar la filosofía finalista y adocenada de quienes optaron por el pensamiento único.