Las falacias de autoridad
Luis Barragán
Somos víctimas de la desinstitucionalización del discurso político, relevado el poder de toda explicación convincente por lo que hace, emociona y, por supuesto, dice. Pretende el absoluto y resignado visado de sus contradicciones, desplantes e insensateces, elevando como dogma sus repentinas elucubraciones.
Contra toda evidencia, engaña a sus seguidores, fanatizándolos. En solemne anuncio de la pretendidas remociones ministeriales, a pesar de la consternación colectiva por el vil homicidio de una actriz y su esposo, o el de un pedagogo y su señora madre, el titular de la cartera del Interior (Justicia y Paz), recibe una ovación de sus compañeros, además de fustigar al más modesto de los críticos como cómplices en la “guerra económica” que prevalece por encima del constante y sonante 57% de inflación para 2013 y toda la secuela del palpable desabastecimiento. Faltando poco, se quejan de la colectivisíma consternación por los más sonados asesinatos, olvidando el sepelio todavía inconcluso de Chávez Frías.
Creyéndose moralmente incuestionable, la ministro de Asuntos Penitenciarios pontifica mientras no garantiza la vida de los reclusos, suelta desprevenidamente a los más peligros en sus fáciles diligencias de descongestionamiento y, valga el detalle, echa los cimientos de una casta con aspiraciones de clase, como la encarnada por los llamados “pranes”. Obviamente, el cinismo obedece a una férrea voluntad de supervivencia en el poder.
Pareciera que la irracionalidad no tiene límites, en un juego perverso donde – más por sus actuaciones que por sus dichos – caen sectores de la oposición, incapaces de enhebrar las posturas políticas necesarias. En el fondo, posturas derivadas de flaquezas éticas y fragilidades ideológicas, en muchos casos quizá por reflejo de los marxistas que se dicen tales a falta de otro pretexto.
Las falacias de autoridad caracterizan al madurato, pues, procurando reivindicarse sus importantes e imponentes personeros como los más fuertes y hábiles ante los suyos, las mejores demostraciones las condensan ante la disidencia que es o la decretan como tal. En última instancia, la argumentación engañosa tiene por soporta la pólvora con la que amenazan, predicando la paz donde la ultrajan.
Fotografía: LB, Caracas (17/12/13).
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/1871031.asp
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lunes, 13 de enero de 2014
martes, 10 de septiembre de 2013
VERBALMENTE, AMUEYADOS
Electrocidio
Luis Barragán
Convertido en hábito, padecemos algunos hechos que tiene por único propósito el de consagrar una argumentación falaz. Poco importa que sean falsos, pues el mayor interés está en desacreditar la palabra, confundir y sojuzgar al interlocutor, e imponer una versión de la realidad que simple y descaradamente la desafía y complota.
Frecuente en todo el interior del país, recientemente la ciudad capital supo de un prolongado apagón que mereció toda la paciente resignación de sus habitantes, intuyéndolo también como una emboscada. A sabiendas que el ministro del ramo no renunciará, como lo prometió con una prosopopéyica convicción, hubo una probada cautela en la población que sorprendió a los promotores del ensayo general, pues, cierto o no el motivo del colapso eléctrico, ya es común la creencia en el miedo gubernamental por una reacción caraqueña frente a su confesa incompetencia.
En lugar de una convincente explicación, Nicolás Maduro trató el problema, banalizándolo, como uno más en el prolongado libreto de su cadena radio-televisiva, peregrinando en torno al sabotaje del que todavía no tiene la prueba contundente e incontestable que merecemos, ni la fe de vida de la celebérrima iguana que jerarquiza a la especie en nuestro historial republicano. Y, lo peor, es que no se vio en el deber de realizar un inmediato llamado a la calma por el sobrevenido desperfecto, como era de esperarse, sino que – reconociéndolo – navegó sobre el oleaje de las previsiones y los comedimientos de una población que, valga el dato, autorregulándose, no estuvo dispuesta a manifestarse violentamente como esperaban, así fuese parcialmente, suponemos, los analistas de inteligencia.
A juzgar por la respuesta del gobierno, minimizando la gravedad del colapso, la única meta que cumplió fue la de resembrar su interpretación, dejando a los funcionarios menores la inmediatez inevitable del evento. Además, para la argumentación falaz, cuenta con la ventaja del olvido sobre el éxito de una industria que - antes - abarató el costo de la energía, suplantadas otras fuentes tradicionales, llegando – incluso – a exportar electricidad en las postrimerías del denominado puntofijismo, No obstante, reparemos en la familiaridad del caso con la consabida denuncia del magnicidio o la tragedia de Amuay.
En efecto, siendo tan distintos, la crisis eléctrica tiende un puente con el temor al asesinato que muy bien Irving Copi y su “Introducción a la lógica”, nos permitiría ejercitar generosamente las falacias. Temor y riesgo que se supone propio de todo Jefe de Estado, aunque nunca exteriorizado tan plañidera, amplia y angustiosamente por Rómulo Betancourt que efectivamente lo sufrió, por ejemplo, como ha ocurrido con peculiar obsesión en la última década y media, pudiendo inquietar a psicólogos y psiquiatras: hasta Pedro Estrada llegó a presentar las pruebas de la tentativa contra Pérez Jiménez, a mediados de los cincuenta, dando una larga explicación a la prensa que los historiadores no niegan, pero – ahora – basta la sola sospechosa, la supuesta captura de los ya olvidados ejecutores de una acción tan temeraria que, por lo menos, inexpertos en la materia, cinematográficamente creemos que amerita de muy diestros especialistas.
Amuay es otro caso, ya que – cumplido un año de la tragedia – el gobierno no ha dado una explicación pormenorizada, profesional y confiable, consecuente con aquello de “los muertos resucitan con la victoria de la patria” de Chávez Frías, quien negó una fuga de gas como causante (El Nacional, Caracas, 27/08/12), toda una sandez que trivializó la muerte y la desolación en Paraguaná, por no citar la censura de prensa a la que no se atrevió siquiera la Junta Militar de Gobierno con un hecho parecido (ibídem, 25/02/50). Maduro y Ramírez hablan de sabotaje, pero no se atreven a responder al informe de seiscientas páginas, elaborado responsablemente por la oposición parlamentaria con el concurso de reconocidos expertos.
Acaece en toda experiencia totalitaria, un tercero es el culpable de los fracasos, la hambruna, las derrotas, el atraso, estrangulando la palabra que esclarezca. A la postre, una sobredosis recurrente de mentiras, fingimientos y engañifas, convierte la irracionalidad en el mejor soporte: por ello, hay que hablar, razonar y convencer constantemente, reivindicando el debate, ya que por muy consabidos los hechos, pronto se olvidan, deslizándose un silencio de privaciones.
http://www.noticierodigital.com/2013/09/electrocidio/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=987208
Fotografía: Publicidad, Caracas, 1938.
Luis Barragán
Convertido en hábito, padecemos algunos hechos que tiene por único propósito el de consagrar una argumentación falaz. Poco importa que sean falsos, pues el mayor interés está en desacreditar la palabra, confundir y sojuzgar al interlocutor, e imponer una versión de la realidad que simple y descaradamente la desafía y complota.
Frecuente en todo el interior del país, recientemente la ciudad capital supo de un prolongado apagón que mereció toda la paciente resignación de sus habitantes, intuyéndolo también como una emboscada. A sabiendas que el ministro del ramo no renunciará, como lo prometió con una prosopopéyica convicción, hubo una probada cautela en la población que sorprendió a los promotores del ensayo general, pues, cierto o no el motivo del colapso eléctrico, ya es común la creencia en el miedo gubernamental por una reacción caraqueña frente a su confesa incompetencia.
En lugar de una convincente explicación, Nicolás Maduro trató el problema, banalizándolo, como uno más en el prolongado libreto de su cadena radio-televisiva, peregrinando en torno al sabotaje del que todavía no tiene la prueba contundente e incontestable que merecemos, ni la fe de vida de la celebérrima iguana que jerarquiza a la especie en nuestro historial republicano. Y, lo peor, es que no se vio en el deber de realizar un inmediato llamado a la calma por el sobrevenido desperfecto, como era de esperarse, sino que – reconociéndolo – navegó sobre el oleaje de las previsiones y los comedimientos de una población que, valga el dato, autorregulándose, no estuvo dispuesta a manifestarse violentamente como esperaban, así fuese parcialmente, suponemos, los analistas de inteligencia.
A juzgar por la respuesta del gobierno, minimizando la gravedad del colapso, la única meta que cumplió fue la de resembrar su interpretación, dejando a los funcionarios menores la inmediatez inevitable del evento. Además, para la argumentación falaz, cuenta con la ventaja del olvido sobre el éxito de una industria que - antes - abarató el costo de la energía, suplantadas otras fuentes tradicionales, llegando – incluso – a exportar electricidad en las postrimerías del denominado puntofijismo, No obstante, reparemos en la familiaridad del caso con la consabida denuncia del magnicidio o la tragedia de Amuay.
En efecto, siendo tan distintos, la crisis eléctrica tiende un puente con el temor al asesinato que muy bien Irving Copi y su “Introducción a la lógica”, nos permitiría ejercitar generosamente las falacias. Temor y riesgo que se supone propio de todo Jefe de Estado, aunque nunca exteriorizado tan plañidera, amplia y angustiosamente por Rómulo Betancourt que efectivamente lo sufrió, por ejemplo, como ha ocurrido con peculiar obsesión en la última década y media, pudiendo inquietar a psicólogos y psiquiatras: hasta Pedro Estrada llegó a presentar las pruebas de la tentativa contra Pérez Jiménez, a mediados de los cincuenta, dando una larga explicación a la prensa que los historiadores no niegan, pero – ahora – basta la sola sospechosa, la supuesta captura de los ya olvidados ejecutores de una acción tan temeraria que, por lo menos, inexpertos en la materia, cinematográficamente creemos que amerita de muy diestros especialistas.
Amuay es otro caso, ya que – cumplido un año de la tragedia – el gobierno no ha dado una explicación pormenorizada, profesional y confiable, consecuente con aquello de “los muertos resucitan con la victoria de la patria” de Chávez Frías, quien negó una fuga de gas como causante (El Nacional, Caracas, 27/08/12), toda una sandez que trivializó la muerte y la desolación en Paraguaná, por no citar la censura de prensa a la que no se atrevió siquiera la Junta Militar de Gobierno con un hecho parecido (ibídem, 25/02/50). Maduro y Ramírez hablan de sabotaje, pero no se atreven a responder al informe de seiscientas páginas, elaborado responsablemente por la oposición parlamentaria con el concurso de reconocidos expertos.
Acaece en toda experiencia totalitaria, un tercero es el culpable de los fracasos, la hambruna, las derrotas, el atraso, estrangulando la palabra que esclarezca. A la postre, una sobredosis recurrente de mentiras, fingimientos y engañifas, convierte la irracionalidad en el mejor soporte: por ello, hay que hablar, razonar y convencer constantemente, reivindicando el debate, ya que por muy consabidos los hechos, pronto se olvidan, deslizándose un silencio de privaciones.
http://www.noticierodigital.com/2013/09/electrocidio/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=987208
Fotografía: Publicidad, Caracas, 1938.
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domingo, 21 de abril de 2013
FALACEUTAS
El mito constituyente
Luis Barragán
Faltando argumentos, varias fueron las ocasiones, en la breve y reciente campaña electoral, en las que el oficialismo convirtió prácticamente en delincuentes a aquellos sectores que se opusieron a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente por 1999, y, aún integrándola, por mandato de la soberanía popular, disintieron del proyecto finalmente aprobado. Y, lo que es peor, transcurrida más de una década que ha permitido comprobar buena parte de las advertencias, busca y dice legitimar una doble falacia y vulgar engañifa: la existencia de un inmodificable enemigo que, a pesar de clamar tercamente por la necesidad y el reconocimiento de unas mínimas reglas de convivencia y paz, apela a una Constitución con la que estuvo en desacuerdo; y la ejemplar apertura de un debate constituyente que, por si faltase poco, no ha cesado.
Vale decir, pretende el gobierno que, al carecer la oposición de autoridad moral para exigir esas reglas mínimas, ella misma no ha de existir y la propia Constitución es dispensable, imponiendo su exclusiva interpretación. Y, por lo demás, creyendo inventar el agua tibia, desconoce que la actualización constitucional que se produjo, tuvo por importante referente la discusión que institucionalizó la COPRE, por no hablar de los intentos de reforma que las circunstancias frustraron, ni la propuesta constituyente surgida de la derecha de sus antojos.
De falacia en falacia, el oficialismo ha construido un mito de la constituyente que, repetimos, le evita hablar sobre el desempleo, el desabastecimiento, la inseguridad personal, la corrupción, o el alto costo de la vida que, valga subrayar, dijeron solventar con la sola aprobación de otra Constitución. Por cierto, en su oportunidad, desmentido por amplios sectores de esa derecha de sus caprichos.
De la lectura de las actas constituyentes, podemos constatar que la prioridad fue la de reforzar a Chávez Frías en el poder, pues, instalada el 03/08/99, la primera discusión del proyecto constitucional sobrevenido acarreó la celebración de 19 sesiones plenarias y la segunda discusión, apenas tres, entre el 19/10 y el 14/11/99. El más distraído vistazo a los diarios de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, nos permite comprobar la rapidez de una polémica que dejó, finalmente, un articulado sin observaciones, o – hechas – sin la debida refutación, a objeto de acelerar la aprobación. Por lo demás, agreguemos, nos legó una práctica que ahora desnaturaliza a la Asamblea Nacional, cuando la junta directiva decide por encima del cuerpo.
Los “electorólogos” advierten que el referéndum aprobatorio, celebrado el 15/12/99, comprometía a 10.860.789 personas inscritas, votando 4.819.786: por el “sí”, 3.301.475 (71,78%); y, por el “no”, 1.298.105 (28,22%). Y, de considerar la abstención de 6.044.003 ciudadanos (55,62%), una sencilla operación aritmética revela que realmente el 32% del electorado favoreció al gobierno, sometido así al primero de sus plebiscitos.
Agreguemos que las fuerzas gubernamentales esgrimen el interés, más que la idea, de encontrarnos en un continuo proceso constituyente. En otras palabras, evadiendo la responsabilidad de gobernar, encarando las realidades, los iluminados dicen encarnar e interpretar constantemente la soberanía popular, aunque nunca formalicen una consulta que, por lo demás, reiterada, luce desaconsejable cuando hay problemas graves y concretos a los que se debe responder. Empero, valga un ejemplo de la más absoluta y supuestamente legítima improvisación: el caraqueño edificio Los Andes fue objeto de interminables pugnas de invasores que alteraron el orden público, incluyendo un homicidio; el alcalde mayor, Juan Barreto, expropió e inutilizó el inmueble por varios años, diciéndolo sede del poder constituyente; y, simplemente, como si bastaran los pendones que sirvieron de emblema al mudo edificio, no remedió uno solo de los acuciantes problemas de la ciudad capital.
Luis Barragán
Faltando argumentos, varias fueron las ocasiones, en la breve y reciente campaña electoral, en las que el oficialismo convirtió prácticamente en delincuentes a aquellos sectores que se opusieron a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente por 1999, y, aún integrándola, por mandato de la soberanía popular, disintieron del proyecto finalmente aprobado. Y, lo que es peor, transcurrida más de una década que ha permitido comprobar buena parte de las advertencias, busca y dice legitimar una doble falacia y vulgar engañifa: la existencia de un inmodificable enemigo que, a pesar de clamar tercamente por la necesidad y el reconocimiento de unas mínimas reglas de convivencia y paz, apela a una Constitución con la que estuvo en desacuerdo; y la ejemplar apertura de un debate constituyente que, por si faltase poco, no ha cesado.
Vale decir, pretende el gobierno que, al carecer la oposición de autoridad moral para exigir esas reglas mínimas, ella misma no ha de existir y la propia Constitución es dispensable, imponiendo su exclusiva interpretación. Y, por lo demás, creyendo inventar el agua tibia, desconoce que la actualización constitucional que se produjo, tuvo por importante referente la discusión que institucionalizó la COPRE, por no hablar de los intentos de reforma que las circunstancias frustraron, ni la propuesta constituyente surgida de la derecha de sus antojos.
De falacia en falacia, el oficialismo ha construido un mito de la constituyente que, repetimos, le evita hablar sobre el desempleo, el desabastecimiento, la inseguridad personal, la corrupción, o el alto costo de la vida que, valga subrayar, dijeron solventar con la sola aprobación de otra Constitución. Por cierto, en su oportunidad, desmentido por amplios sectores de esa derecha de sus caprichos.
De la lectura de las actas constituyentes, podemos constatar que la prioridad fue la de reforzar a Chávez Frías en el poder, pues, instalada el 03/08/99, la primera discusión del proyecto constitucional sobrevenido acarreó la celebración de 19 sesiones plenarias y la segunda discusión, apenas tres, entre el 19/10 y el 14/11/99. El más distraído vistazo a los diarios de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, nos permite comprobar la rapidez de una polémica que dejó, finalmente, un articulado sin observaciones, o – hechas – sin la debida refutación, a objeto de acelerar la aprobación. Por lo demás, agreguemos, nos legó una práctica que ahora desnaturaliza a la Asamblea Nacional, cuando la junta directiva decide por encima del cuerpo.
Los “electorólogos” advierten que el referéndum aprobatorio, celebrado el 15/12/99, comprometía a 10.860.789 personas inscritas, votando 4.819.786: por el “sí”, 3.301.475 (71,78%); y, por el “no”, 1.298.105 (28,22%). Y, de considerar la abstención de 6.044.003 ciudadanos (55,62%), una sencilla operación aritmética revela que realmente el 32% del electorado favoreció al gobierno, sometido así al primero de sus plebiscitos.
Agreguemos que las fuerzas gubernamentales esgrimen el interés, más que la idea, de encontrarnos en un continuo proceso constituyente. En otras palabras, evadiendo la responsabilidad de gobernar, encarando las realidades, los iluminados dicen encarnar e interpretar constantemente la soberanía popular, aunque nunca formalicen una consulta que, por lo demás, reiterada, luce desaconsejable cuando hay problemas graves y concretos a los que se debe responder. Empero, valga un ejemplo de la más absoluta y supuestamente legítima improvisación: el caraqueño edificio Los Andes fue objeto de interminables pugnas de invasores que alteraron el orden público, incluyendo un homicidio; el alcalde mayor, Juan Barreto, expropió e inutilizó el inmueble por varios años, diciéndolo sede del poder constituyente; y, simplemente, como si bastaran los pendones que sirvieron de emblema al mudo edificio, no remedió uno solo de los acuciantes problemas de la ciudad capital.
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