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domingo, 19 de enero de 2020

LOS CRESPOS HECHOS

Érase el parlamento postrero de Pérez Jiménez
Guido Sosola

Triunfante en las elecciones constituyentes de diciembre próximo pasado, por abril de 1953 ya tenía Marcos Pérez Jiménez conformado todo el Congreso Nacional que requería. La colaboración más destacada fue la de  Laureano Vallenilla Planchart, quien logró incorporar a aquellos elencos con los cuales el militar nunca tuvo tiempo de conocer y, menos, de cultivar una amistad que le negaban al esposo de una Chalbaud. 

Por supuesto, senadores y diputados promediaron un buen nivel de competencia y eficacia, conectados desde la curul con los intereses del largo gobierno provisional.  Se limitaban a tramitar las autorizaciones de ley, sin ejercer control, y de sancionar leyes de alta factura técnica, como lo denotan los diarios de debates de entonces, pero nunca pisaban el terreno de la polémica política que fue la culpable del asalto al Congreso de 1848, como refería siempre el general Giuseppe Monagas al general Juan Vicente Gómez, tendiendo un puente entre  la casa de Las Monjas y la de Miraflores.

Cinco años después, inventándose el plebiscito que ganó, como la constituyente, Pérez Jiménez debía renovar el Congreso para el ejercicio 1958-1963 y, antes de su caída, ya tenía lista cada cámara con sus suplentes, así como todas las concejalías y asambleas legislativas del país. La prensa de la época está llena de nombres que, incluso, fracasaron en sus “candidaturas”  y  que ahora sorprenderían a más de uno.

Ese parlamento del hijo de Michelena no era tal, por su subordinación, miedo y dependencia con Miraflores, amén de los negocios que enjugaron buena parte de sus integrantes, pero el único requisito que les exigía, además de la lealtad convenida, fueron las credenciales: unos, académicos; otros, empresarios. Es obvio el contraste con el presente, pues, encadenados a la avenida Urdaneta,  los oficialistas buscan y pretenden sobrevivir bajo un contrato de adhesión, esperando de los demás algo semejante: con elecciones amañadas, en 2020, pretenden resolver un Poder Legislativo trapichero que no se compadece con el de los ’50.

Muchísimos se quedaron con los crespos hechos hacia 1958, muy después, olvidados, incorporados a la vida del país turbulento de los ’60. A otros les ocurrirá lo mismo hacia 2020, incluso, en la acera opositora.

martes, 9 de abril de 2019

EVOCACIÓN

Rómulo Gallegos, parlamentario
Luis Barragán


Cincuenta años atrás, falleció Rómulo Gallegos. La curiosa, por cínica, nota alusiva en la que ponen a Maduro Moros a recordar la fecha,  en las redes sociales, contribuye al necesario contraste, pues, por lo pronto, el uno fue diputado en el difícil e inmediato período post-gomecista, desplegando un extraordinario trabajo y marcando las diferencias necesarias con el gobierno de entonces, mientras que el otro, incluso, llegó a presidir una Asamblea Nacional desparlamentarizada, entendiéndose como el privilegiado emisario de una dictadura que hábilmente se enmascaró.

El otrora Congreso Nacional, al que perteneció Gallegos, además, como senador vitalicio, con todas sus vicisitudes, albergó a importantes referentes en el largo periplo que concluyó con la aparición de la Asamblea Nacional, caricaturizada previamente por un Congresillo, en el siglo XXI.  Con las excepciones que confirman la regla, forzada la comparación, el desempeño de aquél que podemos calificar de parlamento ilustrado o moderno, aún en sus etapas de aguda crisis, luce superior a ésta que sólo, por un eufemismo, puede tildarse de post-moderno.

Quien acceda a los discursos pronunciados por Gallegos en la cámara baja o en la alta, podrá constatar inicialmente tres notas importantes: era, porque se sentía, parlamentario al asumir cabalmente sus responsabilidades; inquieto, fue capaz de fijar postura sobre los más variados temas, deslindándose de las actuaciones gubernamentales con el arma irrenunciable de la sensatez; y, nada pueril el dato, asistió regularmente a trabajar. Gracias a la compilación de los discursos pronunciados entre 1937 y 1940, prologada con tino por Gonzalo Barrios, acuñada bajo el sello editorial de Centauro (Caracas, 1981), es fácil constatar el testimonio que rindió Simón Alberto Consalvi al periodista Ramón Hernández, en la larga entrevista significativamente intitulada “Contra el olvido” (Alfa, Caracas, 2011): Gallegos fue un parlamentario estudioso.

Por cierto, escandalizado el pequeño grupo de amigos que alargaba espontáneamente una taza de café, alguna vez manifestamos que no gustábamos de “Doña Bárbara”, independientemente de su temática, considerando superior otras novelas del caraqueño (y quizá inevitable positivista), como tampoco estimamos que Los Beatles fuesen el hito revolucionario del género, más allá del inmenso fenómeno comercial que representaron. Esto es, si de clásicos tratamos, son tales en la medida que soportan y sobreviven a la crítica inexorable del tiempo, mostrando otras facetas y ángulos que autorizan la curiosidad – digamos – creadora.

Aquel 5 de abril de 1969,  mamá preguntó si deseábamos ir a la sede legislativa donde velaban a Gallegos: ella, tomó de la mano al escolar para un recorrido en el Capitolio Federal que culminó con un instante tributado al maestro, perdida por siempre la tarea auto-asignada que leyó la maestra. Evocamos muy bien el momento al acudir puntualmente a nuestras labores, meditando sobre la otra mirada que, medio siglo después, va esculpiendo los espacios bajo un distinto y antes impensable desafío.

Reproducción: Edición especial de la revista Élite (Caracas, nr. 1168 de 1948), dedicada a la investidura presidencial de Rómulo Gallegos. “Principalmente, lindas señoritas”,  la nota fotográfica resalta la petición constante de autógrafos al novelista. Cabe destacar que  una personalidad pública, ascendida al poder, era accesible en el país de entonces; que los autógrafos de ayer y, por supuesto su colección, equivalen hoy a un selfie; y el sempiterno de entonces, no era considerado un mal hábito.

07/04/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/04/07/romulo-gallegos-parlamentario/

viernes, 24 de junio de 2016

Y EL ... ÚLTIMO (1941)

Nada nítidas las fotografías, debemos considerar que el Diario de Debates de Diputados es una fotocopia de su original. Es cuestión de guardar y, luego, ampliar.

Cfr.
Nómina de 1998: http://lbarragan.blogspot.com/2014/09/y-el-ultimo.html
Nómina de 1973: http://lbarragan.blogspot.com/2016/05/y-el-ultimo-que-apague-la-luz.html

lunes, 12 de octubre de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Mons. Ramón I. Lizardi. "El Padre (Carlos) Borges". La Religión, Caracas, 16/06/1957.
- Luis Guevara. "El drama de Víctor Racamonte: Atormentada vida del gran poeta muerto en La Rotunda en 1908". Élite, Caracas, nr. 1538 del 26/03/1955.
- Denzil Romero y los 30 años de Billo's en Venezuela. El Nacional, Caracas, 03/01/88.
- Jesús Sanoja Hernández. "Víctimas y victimarios: Primeros muertos". Tribuna Popular, Caracas, 14/08/69.

Reproducción: "En la gráfica los miembros de la Comisión Delegada que redactaron los Acuerdos aprobados anoche por el Congreso Nacional. (Foto Balda)". El Nacional, Caracas, 05/04/1962.

domingo, 6 de septiembre de 2015

AVISO

Elecciones difíciles las de 1963. Hubo sectores que inclyeron la defensa del parlamento, entre sus consignas. La oposición antipuntofijista predominaba, ejerciendo la presidencia de una de las cámaras, mientras que en la otra era importantísima. Sectores que, a la vuelta de los años, compartieron una campaña y entre 1999 y 2000 liquidaron el Congreso Nacional.

domingo, 7 de junio de 2015

VIEJO TECLADO

Érase la crónica parlamentaria
Guido Sosola


Toda dictadura que se respetara, contaba con su órgano legislativo. Limitado, imperfecto y escasamente convincente, pero – al fin y al cabo – Congreso Nacional.

Poco importaba que tuviese por exclusiva dedicación la de manufacturar leyes, pues – de un modo u otro – permitía cierto drenaje de las angustias colectivas. No hubo medio, desde el siglo XIX, aunque parezca una exageración, que no cotara con una sección que reflejase las formalidades parlamentarias, claro está, con la excepción de aquellas etapas de una radical franqueza del régimen de fuerza.

Hasta Juan Vicente Gómez, reforzando la normalidad que tuvo a bien crear, definitivamente consolidado, podía exhibir el reporte que la prensa – o, mejor, su prensa – daba al día siguiente de las sesiones del Capitolio Federal de Caracas, como bien lo ejemplificamos con la nota de El Nuevo Diario (Caracas, domingo 01/07/1934).  A lo largo del siglo XX, en los dos períodos de democracia liberal de los que supimos, uno   breve y otro inéditamente prolongado, fue tan perfeccionada la fuente política que derivó en la amplia reseña de las deliberaciones de senadores y diputados que, en buena medida, la soportaron, alcanzando facetas hoy insospechadas. Y, por cierto, fue complementada con la frecuente transcripción de los discursos más llamativos y hasta su publicación como aviso pagado, por el interesado en periódicos de amplia o modesta circulación nacional o local.

Las sesiones plenarias de ambas cámaras y el trabajo  de las comisiones, fueren permanentes o especiales, o las voces individuales de los parlamentarios, contaban con el seguimiento persistente de la opinión pública. A veces, era excesiva la personal atención de los periodistas que invadían los propios hemiciclos, sobre todo al imponerse el medio televisivo, incomodando con sus cámaras, pero les era el reconocido el derecho de trabajar para indagar e informar in situ.

Hoy, ya es escasa la crónica parlamentaria y, por la escasez de papel, amenazados los bytes, con las honrosas salvedades del caso, a lo sumo está la versión arbitraria e interesada de un gobierno que se dice expresión culminante de nuestra experiencia histórica. Además, hay profesionales con la exacta prohibición de acceder a los predios legislativos, como es el caso de Maru Morales, sin contar a otros de sus colegas que enfrentan los más disímiles obstáculos, y – autocensura y bloqueo informativo por delante – diputados de la oposición que suelen ejercer sus responsabilidades, sin que nadie se entere.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22767-erase-la-cronica-parlamentaria
Reproducción: El Nuevo Diario, Caracas, 01/07/1934.

domingo, 22 de marzo de 2015

SE LLAMA S.N.

EL NACIONAL, Caracas, 22 de marzo de 2015. Papel Literario
Se llamaba José Vicente Abreu, el comandante Capanga
Manuel Bermúdez 

Al Profesor Argenis Pérez H.

Si el hombre viene al mundo sólo para vivir y morir, la verdad es que yo, desde hace años le hubiera devuelto ese pasaje sin retorno a la Avensa del Cielo. Sin embargo, los poetas siempre tienen una razón para justificar ese tránsito. Jorge Manrique lo metaforiza con los ríos y la mar. Nuestro Vicente Gerbasi, con la Noche. (“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”). José Vicente Abreu, en la noche más tenebrosa de Se llamaba SN, lo convierte en una metonimia de la tortura ascética, para luego alcanzar una mística de la dignidad humana. Ascetas y místicos fueron fray Luis de León y San Juan de la Cruz, respectivamente. Ambos sufrieron la tortura espiritual de la Inquisición española, José Vicente Abreu padeció la tortura física de una dictadura militar venezolana. Cuando el hombre es sometido a sufrir el suplicio y el martirio por otros hombres, uno no sabe de dónde saca valor para aguantarlos y luego purificarse místicamente en su castillo interior.
Yo conocí a José Vicente Abreu en vida. Y ahora sigo conociéndolo, después de muerto, a través de su obra. Y del recuerdo de sus familiares y amigos. Nacer en San Juan de Payara, Estado Apure, Venezuela, no es igual a nacer en Irlanda, Europa, el Universo, como James Joyce. Hay todo: todo un Atlántico, todo un océano imperial y de lenguas, de por medio. Pero la condición humana, de que hablaba André Malraux, es igualita en todas las latitudes y hombres de esta aldea global que nos postmoderniza. Antes era Dios quien unía la grandeza del Universo con la pequeñez del hombre. Ahora es un gringo, llamado Bill Gates, quien nos internetiza en sus redes de comunicación.
Un río como el Arauca
Los libros de Abreu son cojonudos. En uno de ellos, Se llamaba SN, hay una sesión de tortura en la que le ponen unos cables eléctricos a los testículos de torturado; y este viaja, del pasado al futuro, sin hacer escala en el presente. Ese chamo de Bill Gates jamás pensó que unos tipos, llamados Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz y Ulises Ortega, de Venezuela, se le adelantaran tanto en el arte de accesar a una persona por el infinito, sin drogarlo con un tabaco psicodélico o cibernético.
Vuelvo y repito, yo conocí a Vicente Abreu allá en Apure, cuando su familia vivía en el barrio Jobalito. Abreu nació para líder y para mártir. Aprendió con su padre, don Gabriel, el pequeño arte de la talabartería. Y con Raimundo Rodríguez, en el semanario El Espejo, la tipografía y el periodismo. Cuando llegó al liceo Lazo Martí, le echaba pebeco a Pedro Laprea, Abilio Porras, Betico Guzmán y al Cuco Solano. Después del golpe militar del 18 de octubre de 1945, Abreu se adequizó y dijo un archipiélago de discursos por todos los barrios y plazas de San Fernando. Ya consagrados los adecos en el poder, José Vicente recitaba, a través de los altoparlantes de la barbería de Mateo Naranjo, en la Plaza Libertad, los versos de El brindis del bohemio. Arnoldo Arana, el Cuca Vera, Rubén Darío González y yo, los comunistas de entonces, lo oíamos con admiración y respeto. Éramos cursis y a mucha honra. Porque detrás de Abreu estaban Arturo de Córdova, Pedro Infante y Pedro Armendáriz, las estrellas absolutas del cine de entonces. A José Vicente lo querían todas las mujeres, desde la Cabo Luis, que era un runche; hasta la virginal Josefina, flor del naranjal de Mateo.
Cuando Abreu se vino a estudiar a Caracas, en 1947, se inscribió en el Departamento de Castellano y Literatura del Instituto Pedagógico Nacional y en recién abierta Escuela de Periodismo de la UCV, dirigida por Miguel Acosta Saignes. Para entonces no existía la televisión. Y la radio y el periódico eran los únicos medios de información, después del libro. Cuando Abreu regresaba a San Fernando, en vacaciones, era un libro abierto. Y nosotros, los ñángaras de la época, lo leíamos completico en el botiquín de Pelusa, frente al Cañito, un brazo del río Apure en San Fernando. Manrique, el poeta español, no estaba equivocado: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”.
El río de la política es como el Arauca, angosto pero caudaloso. Después de la caída del gobierno democrático de Rómulo Gallegos (1948), Abreu se dedicó por completo a la vida política clandestina, porque la Junta Militar que gobernaba el país decretó la eliminación del Partido Acción Democrática. Sin embargo, muchos militantes leales organizaron la Resistencia, dirigida, con fina inteligencia, por Leonardo Ruiz Pineda. Y muy cercano a él, estaba José Vicente Abreu. Tras la eliminación gubernamental de AD, vino la del Partido Comunista. Y sólo quedaban como partidos de oposición al gobierno dictatorial, Unión Republicana Democrática y Copei.
Profesional de la lucha clandestina
El país se fue sumiendo, poco a poco, en el silencio y el miedo. La Seguridad Nacional, policía política del régimen, al mando de Pedro Estrada, desarrolló un plan de persecución, represión y eliminación, de corte fascista, que culmino con matanzas y atropellos en los campos petroleros y la colonia agrícola de Turén, Estado Portuguesa. La censura a la prensa y a la radio cortaba toda posibilidad de libertad de expresión. Sin embargo, circulaban clandestinamente dos periódicos: Resistencia de Acción Democrática y Tribuna Popular del Partido Comunista. Dentro de esos escenarios de trabajo, Abreu fue hombreándose más. Una vez lo vi, por El Paraíso, cerca del Pedagógico, vestido con una ropita de kaky, que le quedaba corta. En otra, cerca del Congreso, andaba con un traje de casimir inglés, cortado a la medida. Era todo un profesional de la lucha clandestina, con sueldo y todo, que vivía en una Venezuela diferente al país del Nuevo Ideal Nacional del gobierno. Y a quien los esbirros de la SN buscaban como “palito’e romero”, porque era la persona clave para capturar a Leonardo Ruiz Pineda.
Cuando lo hacen preso en un apartamento de San José, situado entre las esquinas de Calero y Desamparados, Abreu se convierte en protagonista de su propia novela, Se llamaba SN. Oscar Wilde definió una vez la novela, como la historia escrita por un hombre que no la vivió; o como la historia vivida por otro, que no la escribió. Se llamaba SN es la novela vivida y escrita por José Vicente Abreu, desde la noche en que el tuerto Matute, acompañado de seis esbirros de la SN, lo hace preso; hasta el día en que lo trasladan del campo de concentración de Guasina a la Cárcel de Ciudad Bolívar. Se llamaba SN es un gran testimonio literario sobre la vida en las cárceles de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). La obra tiene como escenarios: la sede de la SN en la urbanización El Paraíso, Caracas; la sentina de la motonave “Orinoco”, donde trasladan a más de un centenar de presos políticos, en condiciones deplorables; el campo de concentración de Guasina, isla insalubre, situada en la desembocadura del río Orinoco, estado Delta Amacuro.
Ese testimonio novelesco tiene como genotexto unos “Apuntes”, que Abreu en pieza a escribir en Guasina; y el “Manifiesto de Guasina”, publicado en 1959. De muy buena fuente oí decir que, después del triunfo electoral de AD en 1958, adecos principales en el gobierno de Rómulo Betancourt, querían que Abreu, ahora militante del Partido Comunista, escribiera sobre los años de prisión dictatorial y sobre la resistencia política, porque así se magnificaba el partido Acción Democrática, muy desprestigiado entonces ante la juventud. Y para esto no había mejor enlace que el editor José Agustín Catalá, a quien Abreu le pide permiso para escribirle, desde la prisión, a su hija Beatriz Catalá. Esas cartas de amistad, con el tiempo, se convirtieron en cartas de amor. Y esa relación de presos, se transforma luego en relación de suegro y yerno; y al final, casi de padre e hijo. De allí que, cuando aparece la primera edición de Se llamaba SN en 1964, las apostillas históricas y referencias a pie de página sean de José Agustín Catalá.

La publicación del libro fue todo un acontecimiento histórico-político, así como editorial-literario. Todos los periódicos y revistas importantes hablaban de la obra. Y los críticos siempre caían en el problema del deslinde de la obra y del autor. Escritores de la estatura intelectual y ética de Juan Liscano, Guillermo Sucre, Jesús Sanoja Hernández, José Vicente Rangel y otros van al fondo y trascendencia de la obra, no obstante ser Abreu, para el momento, un escritor principiante. Sanoja Hernández, que conocía el temple esliniano de Abreu, dice: “Tras una luminosa descripción de la captura, Abreu relata las torturas a que fue sometido y luego el ambiente en los pequeños cuartos que hacían de celdas”. Así mismo señala el punto de vista del preso y torturado como “Un estudio sicológico directo, sin matices, acaso demasiado crudo, más cercano a Arráiz y a Pocaterra que a Malraux y Fucik, pero una realidad viviente como pocas veces antes en nuestra literatura” (Semanario Qué pasa en Venezuela, 7-8-64).
Cuatro letras
Juan Liscano, poeta y crítico de una lucidez laser, sin ninguna mezquindad, afirma: “Escribir bien consiste en poder hacerle sentir a los otros lo que pasa por dentro del que escribe. Y Abreu logra este propósito, no sólo con virtud literaria, sino también con sobriedad, con dignidad, con autenticidad”. Y finaliza diciendo: “Al terminar los relatos no pensamos: ­qué valientes son los comunistas o los adecos!, sino: ­de qué valentía es capaz el hombre, mi semejante! José Vicente Abreu, desde el fondo de su sufrimiento, nos dignifica a todos, simple y directamente” (El Nacional, 8 de agosto de 1964).
Se llamaba SN tiene, hoy por hoy, la edad de Cristo. Por inadvertida no ha pasado. Porque cuenta diez ediciones, de las cuales hay tres en lenguas extranjeras: una versión en ruso de 1968; otra en búlgaro del mismo año; y la tercera en alemán de 1969. Además tiene una versión cinematográfica. Se llamaba SN es una novela urticante para viejos y jóvenes políticos. Y de ciertos remordimientos para intelectuales exquisitos, pero chicuacos. En eso se parece un poco a la poesía del Chino Valera Mora (“Amenecí de bala”), a quien los de oficio y consagrados miran también con indiferencia y consideran que está por debajo de ellos. Abreu, por su parte, dejó que los exquisitos ladraran. El siguió en lo suyo. Lo único que cambió, circunstancialmente, fue el nombre de José Vicente por el de comandante Capanga, porque se enguerrilló con los ñángaras. De esa experiencia sale otra obra: Cuatro letras (FALN). Este Abreu no se parece a los presos y torturados que fueron Julius Fucik en Reportajes al pie del patíbulo y Henry Alleg en La tortura, combatientes de la resistencia checa contra los nazis y de la resistencia argelina contra los gorilas militares de Francia, respectivamente. Se parece más al André Malraux de La condición humana y las Antimemorias. Abreu vuelve a prisión. Pero tiene otro espíritu. Un día se le atraviesa Braulio Fernández, héroe desconocido de Alto esa Patria, hasta segunda orden y con él concibe Toma mi lanza bañada de plata, un discurso onírico-poético con el que le echa cal a la revista de Meneses, que lo consideraba “sin fábrica alguna de imaginación”. Con esa obra Abreu pasa las alcabalas del consciente y el subconsciente y flota en los cerdales del tiempo, como Gerard de Nerval en Aurelia.
Bajo la crítica
Hay dos notas revistéricas, que dicen y no dicen. Una viene sin firma, lo cual permite suponer que es responsabilidad del director-editor. Y entre otras cosas afirma lo siguiente: “José Vicente Abreu ha publicado un relato directo y severo sobre la resistencia clandestina contra el gobierno de Marcos Pérez Jiménez... El libro de Abreu es de los que dan la impresión de que fue escrito como una necesidad vehemente y apasionante, como una obligación, como una angustia de confesión que no se podía tener guardada... Es un libro importante, porque aparece como intacta experiencia, sin fábrica alguna de imaginación” (Revista cal –Crítica, Arte, Literatura–, dirigida por Guillermo Meneses, 28-8-64).
La otra nota viene firmada por el poeta y crítico Guillermo Sucre. Y apareció en Zona Franca, en la segunda quincena de septiembre de 1964. Sucre considera el libro de Abreu como "Un relato sencillo, directo, sin pretenciosas complicaciones técnicas, pero escrito con rigor y honestidad, atento a todas las implicaciones que encierran los hechos mismos que narran, nos ha dado una de las grandes obras sobre el período de la dictadura perezjimenista... Acaso muchos escritores de “oficio” mirarán con indiferencia el libro de Abreu. Muchos novelistas “consagrados” de nuestro país creerán estar por encima de él. Estos dos flashes encomillados por Guillermo Sucre anuncian la estricta y aguda crítica del autor de La máscara y la transparencia.

Las voces del silencio
Jesús Sanoja Hernández

Arrancaba aquel mayo lleno de presagios. Había pasado la hoguera de enero, con la huelga del transporte. Tribuna Popular, donde Abreu era jefe de redacción, había sido cerrada por un mes luego de pasar otros trece clausurada. Los debates en el Congreso, con suspensión de garantías y comparecencia de los ministros vinculados a la lucha antisubversiva, anunciaban algo.
Fuimos José Vicente y yo a Maiquetía a despedir a Gustavo Machado, “el general”, y a un dirigente regional del PCV –Donato Carmona– que un trienio más tarde engrosaría la lista de los “desaparecidos”. Cuando retornábamos, dos guardias nacionales nos detuvieron, aunque no por motivos políticos, sino por violenta discusión entre uno de ellos y José Vicente. José Vicente comenzó a recibir plan y, ante el asombro de los del Destacamento Móvil, se quitó la camisa y les gritó: “Den más duro, cobardes, que ya en Guasina me acostumbré”.
Dos o tres días más tarde vino la sorpresa por boca de Beatriz, su esposa imaginaría en los tiempos de prisión en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar y de exilio en México, y su esposa por casamiento revolucionario desde 1958. “Vicente cayó en Carúpano”; fue la inesperada frase que llenó el auricular. Beatriz cuando se refería a Abreu, decía Vicente, y punto.
De Carúpano lo trasladaron a la misma cárcel orinoquense y cuando lo fui a visitar en agosto de aquel 1962, al entrar yo a la celda soltó una carcajada frente a alguien que nos observaba desde muy cerca. Le pregunté a qué diablos se debía tal arranque: “A que este –me contestó, señalando a Payares– fue mi carcelero en Guasina y ahora es mi compañero de calabozo”.
Dos años después, luego de haber sido trasladado al San Carlos, recibió el beneficio de “casa de cárcel” gracias a informe médico de Fernando Rízquez y gestión de Catalá, su suegro, quien lo aprovisionó de papeles, máquina y fe para que reelaborara lo que había escrito en su larga prisión de los años 50 y lo que la memoria le trajera como azote del tiempo. Así nació Se llamaba SN a mediados de julio de 1964. Gustavo, “el general”, estaba encarcelado y así seguiría hasta 1968, y yo trabajaba en el semanario Qué, donde publique mi primera reseña sobre su indetenible, desde entonces, obra literaria. ­¡Por fin José Vicente narraba en letra escrita lo que obsesionantemente narraba con verbo incontenible!
Acaso porque la novela era una requisitoria contra la dictadura de Pérez Jiménez y porque, simultáneamente, salía de imprenta cuando la democracia apelaba a métodos de represión parecidos, su éxito editorial fue instantáneo. Engrosaba así Se llamaba SN el número no despreciable de narraciones clasificadas acertadamente como literatura carcelaria. El antecedente más citado entonces fue, desde luego, Memorias de un venezolano de la decadencia, obra con la cual guarda algunas diferencias.

La de Abreu busca novelar el testimonio, en tanto la de Pocaterra busca documentarlo y convertirlo en proceso polémico. La de Abreu inventa algunos nombres para los personajes, como los de Luis Ramos (Luis Navarrete en realidad) y “el viejo José Martín” (José Martínez Pozo). La de Abreu se sitúa en una isla concentracionaria, Guasina, y en la vecina población de Sacupana, en tanto la de Pocaterra en el castillo Libertador, en la fortaleza de San Carlos y, fundamentalmente, en La Rotunda. La de Abreu se ubica cronológicamente en la década militarista y la de Pocaterra en los encadenados años de las tiranías de Castro y Gómez.
Son dos visiones testimoniales donde la primera persona se sumerge en la tercera voz de un grupo. Voz de excluidos, segregados, encarcelados, que desesperada y tal vez inútilmente trata de hacerse oír “en la Venezuela que vendrá”.
(Publicado el 31 de mayo de 1998)

Fotografías: Archivo de El Nacional  y https://bienalapure.wordpress.com/
Reproducción: Mensaje presidencial de Pérez Jiménez. Élite, Caracas, nr. 1649 del 04/05/1957. Por lo menos, cumplía con las formalidades ante un Congreso maniatado. Hoy, ni hay disimulo de las formas.