- José Ratto Ciarlo. "El testamento de Bergson y el catolicismo". El Nacional, Caracas, 02/09/1943.
- Esteban Emilio Mosonyi. "La causa indígena no está perdida". El Diario de Caracas, 06/09/81.
- Pedro Grases. "A la luz de os nuevos documentos: Bolívar y Sucre en la Constitución de Bolivia". El Nacional, 28/07/77.
- Manuel Bermúdez. "Discursos". El Nacional, 10/01/88. Papel Literario.
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domingo, 6 de septiembre de 2015
domingo, 22 de marzo de 2015
SE LLAMA S.N.
EL NACIONAL, Caracas, 22 de marzo de 2015. Papel Literario
Se llamaba José Vicente Abreu, el comandante Capanga
Manuel Bermúdez
Al Profesor Argenis Pérez H.
Si el hombre viene al mundo sólo para vivir y morir, la verdad es que yo, desde hace años le hubiera devuelto ese pasaje sin retorno a la Avensa del Cielo. Sin embargo, los poetas siempre tienen una razón para justificar ese tránsito. Jorge Manrique lo metaforiza con los ríos y la mar. Nuestro Vicente Gerbasi, con la Noche. (“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”). José Vicente Abreu, en la noche más tenebrosa de Se llamaba SN, lo convierte en una metonimia de la tortura ascética, para luego alcanzar una mística de la dignidad humana. Ascetas y místicos fueron fray Luis de León y San Juan de la Cruz, respectivamente. Ambos sufrieron la tortura espiritual de la Inquisición española, José Vicente Abreu padeció la tortura física de una dictadura militar venezolana. Cuando el hombre es sometido a sufrir el suplicio y el martirio por otros hombres, uno no sabe de dónde saca valor para aguantarlos y luego purificarse místicamente en su castillo interior.
Yo conocí a José Vicente Abreu en vida. Y ahora sigo conociéndolo, después de muerto, a través de su obra. Y del recuerdo de sus familiares y amigos. Nacer en San Juan de Payara, Estado Apure, Venezuela, no es igual a nacer en Irlanda, Europa, el Universo, como James Joyce. Hay todo: todo un Atlántico, todo un océano imperial y de lenguas, de por medio. Pero la condición humana, de que hablaba André Malraux, es igualita en todas las latitudes y hombres de esta aldea global que nos postmoderniza. Antes era Dios quien unía la grandeza del Universo con la pequeñez del hombre. Ahora es un gringo, llamado Bill Gates, quien nos internetiza en sus redes de comunicación.
Un río como el Arauca
Los libros de Abreu son cojonudos. En uno de ellos, Se llamaba SN, hay una sesión de tortura en la que le ponen unos cables eléctricos a los testículos de torturado; y este viaja, del pasado al futuro, sin hacer escala en el presente. Ese chamo de Bill Gates jamás pensó que unos tipos, llamados Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz y Ulises Ortega, de Venezuela, se le adelantaran tanto en el arte de accesar a una persona por el infinito, sin drogarlo con un tabaco psicodélico o cibernético.
Vuelvo y repito, yo conocí a Vicente Abreu allá en Apure, cuando su familia vivía en el barrio Jobalito. Abreu nació para líder y para mártir. Aprendió con su padre, don Gabriel, el pequeño arte de la talabartería. Y con Raimundo Rodríguez, en el semanario El Espejo, la tipografía y el periodismo. Cuando llegó al liceo Lazo Martí, le echaba pebeco a Pedro Laprea, Abilio Porras, Betico Guzmán y al Cuco Solano. Después del golpe militar del 18 de octubre de 1945, Abreu se adequizó y dijo un archipiélago de discursos por todos los barrios y plazas de San Fernando. Ya consagrados los adecos en el poder, José Vicente recitaba, a través de los altoparlantes de la barbería de Mateo Naranjo, en la Plaza Libertad, los versos de El brindis del bohemio. Arnoldo Arana, el Cuca Vera, Rubén Darío González y yo, los comunistas de entonces, lo oíamos con admiración y respeto. Éramos cursis y a mucha honra. Porque detrás de Abreu estaban Arturo de Córdova, Pedro Infante y Pedro Armendáriz, las estrellas absolutas del cine de entonces. A José Vicente lo querían todas las mujeres, desde la Cabo Luis, que era un runche; hasta la virginal Josefina, flor del naranjal de Mateo.
Cuando Abreu se vino a estudiar a Caracas, en 1947, se inscribió en el Departamento de Castellano y Literatura del Instituto Pedagógico Nacional y en recién abierta Escuela de Periodismo de la UCV, dirigida por Miguel Acosta Saignes. Para entonces no existía la televisión. Y la radio y el periódico eran los únicos medios de información, después del libro. Cuando Abreu regresaba a San Fernando, en vacaciones, era un libro abierto. Y nosotros, los ñángaras de la época, lo leíamos completico en el botiquín de Pelusa, frente al Cañito, un brazo del río Apure en San Fernando. Manrique, el poeta español, no estaba equivocado: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”.
El río de la política es como el Arauca, angosto pero caudaloso. Después de la caída del gobierno democrático de Rómulo Gallegos (1948), Abreu se dedicó por completo a la vida política clandestina, porque la Junta Militar que gobernaba el país decretó la eliminación del Partido Acción Democrática. Sin embargo, muchos militantes leales organizaron la Resistencia, dirigida, con fina inteligencia, por Leonardo Ruiz Pineda. Y muy cercano a él, estaba José Vicente Abreu. Tras la eliminación gubernamental de AD, vino la del Partido Comunista. Y sólo quedaban como partidos de oposición al gobierno dictatorial, Unión Republicana Democrática y Copei.
Profesional de la lucha clandestina
El país se fue sumiendo, poco a poco, en el silencio y el miedo. La Seguridad Nacional, policía política del régimen, al mando de Pedro Estrada, desarrolló un plan de persecución, represión y eliminación, de corte fascista, que culmino con matanzas y atropellos en los campos petroleros y la colonia agrícola de Turén, Estado Portuguesa. La censura a la prensa y a la radio cortaba toda posibilidad de libertad de expresión. Sin embargo, circulaban clandestinamente dos periódicos: Resistencia de Acción Democrática y Tribuna Popular del Partido Comunista. Dentro de esos escenarios de trabajo, Abreu fue hombreándose más. Una vez lo vi, por El Paraíso, cerca del Pedagógico, vestido con una ropita de kaky, que le quedaba corta. En otra, cerca del Congreso, andaba con un traje de casimir inglés, cortado a la medida. Era todo un profesional de la lucha clandestina, con sueldo y todo, que vivía en una Venezuela diferente al país del Nuevo Ideal Nacional del gobierno. Y a quien los esbirros de la SN buscaban como “palito’e romero”, porque era la persona clave para capturar a Leonardo Ruiz Pineda.
Cuando lo hacen preso en un apartamento de San José, situado entre las esquinas de Calero y Desamparados, Abreu se convierte en protagonista de su propia novela, Se llamaba SN. Oscar Wilde definió una vez la novela, como la historia escrita por un hombre que no la vivió; o como la historia vivida por otro, que no la escribió. Se llamaba SN es la novela vivida y escrita por José Vicente Abreu, desde la noche en que el tuerto Matute, acompañado de seis esbirros de la SN, lo hace preso; hasta el día en que lo trasladan del campo de concentración de Guasina a la Cárcel de Ciudad Bolívar. Se llamaba SN es un gran testimonio literario sobre la vida en las cárceles de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). La obra tiene como escenarios: la sede de la SN en la urbanización El Paraíso, Caracas; la sentina de la motonave “Orinoco”, donde trasladan a más de un centenar de presos políticos, en condiciones deplorables; el campo de concentración de Guasina, isla insalubre, situada en la desembocadura del río Orinoco, estado Delta Amacuro.
Ese testimonio novelesco tiene como genotexto unos “Apuntes”, que Abreu en pieza a escribir en Guasina; y el “Manifiesto de Guasina”, publicado en 1959. De muy buena fuente oí decir que, después del triunfo electoral de AD en 1958, adecos principales en el gobierno de Rómulo Betancourt, querían que Abreu, ahora militante del Partido Comunista, escribiera sobre los años de prisión dictatorial y sobre la resistencia política, porque así se magnificaba el partido Acción Democrática, muy desprestigiado entonces ante la juventud. Y para esto no había mejor enlace que el editor José Agustín Catalá, a quien Abreu le pide permiso para escribirle, desde la prisión, a su hija Beatriz Catalá. Esas cartas de amistad, con el tiempo, se convirtieron en cartas de amor. Y esa relación de presos, se transforma luego en relación de suegro y yerno; y al final, casi de padre e hijo. De allí que, cuando aparece la primera edición de Se llamaba SN en 1964, las apostillas históricas y referencias a pie de página sean de José Agustín Catalá.
La publicación del libro fue todo un acontecimiento histórico-político, así como editorial-literario. Todos los periódicos y revistas importantes hablaban de la obra. Y los críticos siempre caían en el problema del deslinde de la obra y del autor. Escritores de la estatura intelectual y ética de Juan Liscano, Guillermo Sucre, Jesús Sanoja Hernández, José Vicente Rangel y otros van al fondo y trascendencia de la obra, no obstante ser Abreu, para el momento, un escritor principiante. Sanoja Hernández, que conocía el temple esliniano de Abreu, dice: “Tras una luminosa descripción de la captura, Abreu relata las torturas a que fue sometido y luego el ambiente en los pequeños cuartos que hacían de celdas”. Así mismo señala el punto de vista del preso y torturado como “Un estudio sicológico directo, sin matices, acaso demasiado crudo, más cercano a Arráiz y a Pocaterra que a Malraux y Fucik, pero una realidad viviente como pocas veces antes en nuestra literatura” (Semanario Qué pasa en Venezuela, 7-8-64).
Cuatro letras
Juan Liscano, poeta y crítico de una lucidez laser, sin ninguna mezquindad, afirma: “Escribir bien consiste en poder hacerle sentir a los otros lo que pasa por dentro del que escribe. Y Abreu logra este propósito, no sólo con virtud literaria, sino también con sobriedad, con dignidad, con autenticidad”. Y finaliza diciendo: “Al terminar los relatos no pensamos: qué valientes son los comunistas o los adecos!, sino: de qué valentía es capaz el hombre, mi semejante! José Vicente Abreu, desde el fondo de su sufrimiento, nos dignifica a todos, simple y directamente” (El Nacional, 8 de agosto de 1964).
Se llamaba SN tiene, hoy por hoy, la edad de Cristo. Por inadvertida no ha pasado. Porque cuenta diez ediciones, de las cuales hay tres en lenguas extranjeras: una versión en ruso de 1968; otra en búlgaro del mismo año; y la tercera en alemán de 1969. Además tiene una versión cinematográfica. Se llamaba SN es una novela urticante para viejos y jóvenes políticos. Y de ciertos remordimientos para intelectuales exquisitos, pero chicuacos. En eso se parece un poco a la poesía del Chino Valera Mora (“Amenecí de bala”), a quien los de oficio y consagrados miran también con indiferencia y consideran que está por debajo de ellos. Abreu, por su parte, dejó que los exquisitos ladraran. El siguió en lo suyo. Lo único que cambió, circunstancialmente, fue el nombre de José Vicente por el de comandante Capanga, porque se enguerrilló con los ñángaras. De esa experiencia sale otra obra: Cuatro letras (FALN). Este Abreu no se parece a los presos y torturados que fueron Julius Fucik en Reportajes al pie del patíbulo y Henry Alleg en La tortura, combatientes de la resistencia checa contra los nazis y de la resistencia argelina contra los gorilas militares de Francia, respectivamente. Se parece más al André Malraux de La condición humana y las Antimemorias. Abreu vuelve a prisión. Pero tiene otro espíritu. Un día se le atraviesa Braulio Fernández, héroe desconocido de Alto esa Patria, hasta segunda orden y con él concibe Toma mi lanza bañada de plata, un discurso onírico-poético con el que le echa cal a la revista de Meneses, que lo consideraba “sin fábrica alguna de imaginación”. Con esa obra Abreu pasa las alcabalas del consciente y el subconsciente y flota en los cerdales del tiempo, como Gerard de Nerval en Aurelia.
Bajo la crítica
Hay dos notas revistéricas, que dicen y no dicen. Una viene sin firma, lo cual permite suponer que es responsabilidad del director-editor. Y entre otras cosas afirma lo siguiente: “José Vicente Abreu ha publicado un relato directo y severo sobre la resistencia clandestina contra el gobierno de Marcos Pérez Jiménez... El libro de Abreu es de los que dan la impresión de que fue escrito como una necesidad vehemente y apasionante, como una obligación, como una angustia de confesión que no se podía tener guardada... Es un libro importante, porque aparece como intacta experiencia, sin fábrica alguna de imaginación” (Revista cal –Crítica, Arte, Literatura–, dirigida por Guillermo Meneses, 28-8-64).
La otra nota viene firmada por el poeta y crítico Guillermo Sucre. Y apareció en Zona Franca, en la segunda quincena de septiembre de 1964. Sucre considera el libro de Abreu como "Un relato sencillo, directo, sin pretenciosas complicaciones técnicas, pero escrito con rigor y honestidad, atento a todas las implicaciones que encierran los hechos mismos que narran, nos ha dado una de las grandes obras sobre el período de la dictadura perezjimenista... Acaso muchos escritores de “oficio” mirarán con indiferencia el libro de Abreu. Muchos novelistas “consagrados” de nuestro país creerán estar por encima de él. Estos dos flashes encomillados por Guillermo Sucre anuncian la estricta y aguda crítica del autor de La máscara y la transparencia.
Las voces del silencio
Jesús Sanoja Hernández
Arrancaba aquel mayo lleno de presagios. Había pasado la hoguera de enero, con la huelga del transporte. Tribuna Popular, donde Abreu era jefe de redacción, había sido cerrada por un mes luego de pasar otros trece clausurada. Los debates en el Congreso, con suspensión de garantías y comparecencia de los ministros vinculados a la lucha antisubversiva, anunciaban algo.
Fuimos José Vicente y yo a Maiquetía a despedir a Gustavo Machado, “el general”, y a un dirigente regional del PCV –Donato Carmona– que un trienio más tarde engrosaría la lista de los “desaparecidos”. Cuando retornábamos, dos guardias nacionales nos detuvieron, aunque no por motivos políticos, sino por violenta discusión entre uno de ellos y José Vicente. José Vicente comenzó a recibir plan y, ante el asombro de los del Destacamento Móvil, se quitó la camisa y les gritó: “Den más duro, cobardes, que ya en Guasina me acostumbré”.
Dos o tres días más tarde vino la sorpresa por boca de Beatriz, su esposa imaginaría en los tiempos de prisión en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar y de exilio en México, y su esposa por casamiento revolucionario desde 1958. “Vicente cayó en Carúpano”; fue la inesperada frase que llenó el auricular. Beatriz cuando se refería a Abreu, decía Vicente, y punto.
De Carúpano lo trasladaron a la misma cárcel orinoquense y cuando lo fui a visitar en agosto de aquel 1962, al entrar yo a la celda soltó una carcajada frente a alguien que nos observaba desde muy cerca. Le pregunté a qué diablos se debía tal arranque: “A que este –me contestó, señalando a Payares– fue mi carcelero en Guasina y ahora es mi compañero de calabozo”.
Dos años después, luego de haber sido trasladado al San Carlos, recibió el beneficio de “casa de cárcel” gracias a informe médico de Fernando Rízquez y gestión de Catalá, su suegro, quien lo aprovisionó de papeles, máquina y fe para que reelaborara lo que había escrito en su larga prisión de los años 50 y lo que la memoria le trajera como azote del tiempo. Así nació Se llamaba SN a mediados de julio de 1964. Gustavo, “el general”, estaba encarcelado y así seguiría hasta 1968, y yo trabajaba en el semanario Qué, donde publique mi primera reseña sobre su indetenible, desde entonces, obra literaria. ¡Por fin José Vicente narraba en letra escrita lo que obsesionantemente narraba con verbo incontenible!
Acaso porque la novela era una requisitoria contra la dictadura de Pérez Jiménez y porque, simultáneamente, salía de imprenta cuando la democracia apelaba a métodos de represión parecidos, su éxito editorial fue instantáneo. Engrosaba así Se llamaba SN el número no despreciable de narraciones clasificadas acertadamente como literatura carcelaria. El antecedente más citado entonces fue, desde luego, Memorias de un venezolano de la decadencia, obra con la cual guarda algunas diferencias.
La de Abreu busca novelar el testimonio, en tanto la de Pocaterra busca documentarlo y convertirlo en proceso polémico. La de Abreu inventa algunos nombres para los personajes, como los de Luis Ramos (Luis Navarrete en realidad) y “el viejo José Martín” (José Martínez Pozo). La de Abreu se sitúa en una isla concentracionaria, Guasina, y en la vecina población de Sacupana, en tanto la de Pocaterra en el castillo Libertador, en la fortaleza de San Carlos y, fundamentalmente, en La Rotunda. La de Abreu se ubica cronológicamente en la década militarista y la de Pocaterra en los encadenados años de las tiranías de Castro y Gómez.
Son dos visiones testimoniales donde la primera persona se sumerge en la tercera voz de un grupo. Voz de excluidos, segregados, encarcelados, que desesperada y tal vez inútilmente trata de hacerse oír “en la Venezuela que vendrá”.
(Publicado el 31 de mayo de 1998)
Fotografías: Archivo de El Nacional y https://bienalapure.wordpress.com/
Reproducción: Mensaje presidencial de Pérez Jiménez. Élite, Caracas, nr. 1649 del 04/05/1957. Por lo menos, cumplía con las formalidades ante un Congreso maniatado. Hoy, ni hay disimulo de las formas.
Se llamaba José Vicente Abreu, el comandante Capanga
Manuel Bermúdez
Al Profesor Argenis Pérez H.
Si el hombre viene al mundo sólo para vivir y morir, la verdad es que yo, desde hace años le hubiera devuelto ese pasaje sin retorno a la Avensa del Cielo. Sin embargo, los poetas siempre tienen una razón para justificar ese tránsito. Jorge Manrique lo metaforiza con los ríos y la mar. Nuestro Vicente Gerbasi, con la Noche. (“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”). José Vicente Abreu, en la noche más tenebrosa de Se llamaba SN, lo convierte en una metonimia de la tortura ascética, para luego alcanzar una mística de la dignidad humana. Ascetas y místicos fueron fray Luis de León y San Juan de la Cruz, respectivamente. Ambos sufrieron la tortura espiritual de la Inquisición española, José Vicente Abreu padeció la tortura física de una dictadura militar venezolana. Cuando el hombre es sometido a sufrir el suplicio y el martirio por otros hombres, uno no sabe de dónde saca valor para aguantarlos y luego purificarse místicamente en su castillo interior.
Yo conocí a José Vicente Abreu en vida. Y ahora sigo conociéndolo, después de muerto, a través de su obra. Y del recuerdo de sus familiares y amigos. Nacer en San Juan de Payara, Estado Apure, Venezuela, no es igual a nacer en Irlanda, Europa, el Universo, como James Joyce. Hay todo: todo un Atlántico, todo un océano imperial y de lenguas, de por medio. Pero la condición humana, de que hablaba André Malraux, es igualita en todas las latitudes y hombres de esta aldea global que nos postmoderniza. Antes era Dios quien unía la grandeza del Universo con la pequeñez del hombre. Ahora es un gringo, llamado Bill Gates, quien nos internetiza en sus redes de comunicación.
Un río como el Arauca
Los libros de Abreu son cojonudos. En uno de ellos, Se llamaba SN, hay una sesión de tortura en la que le ponen unos cables eléctricos a los testículos de torturado; y este viaja, del pasado al futuro, sin hacer escala en el presente. Ese chamo de Bill Gates jamás pensó que unos tipos, llamados Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz y Ulises Ortega, de Venezuela, se le adelantaran tanto en el arte de accesar a una persona por el infinito, sin drogarlo con un tabaco psicodélico o cibernético.
Vuelvo y repito, yo conocí a Vicente Abreu allá en Apure, cuando su familia vivía en el barrio Jobalito. Abreu nació para líder y para mártir. Aprendió con su padre, don Gabriel, el pequeño arte de la talabartería. Y con Raimundo Rodríguez, en el semanario El Espejo, la tipografía y el periodismo. Cuando llegó al liceo Lazo Martí, le echaba pebeco a Pedro Laprea, Abilio Porras, Betico Guzmán y al Cuco Solano. Después del golpe militar del 18 de octubre de 1945, Abreu se adequizó y dijo un archipiélago de discursos por todos los barrios y plazas de San Fernando. Ya consagrados los adecos en el poder, José Vicente recitaba, a través de los altoparlantes de la barbería de Mateo Naranjo, en la Plaza Libertad, los versos de El brindis del bohemio. Arnoldo Arana, el Cuca Vera, Rubén Darío González y yo, los comunistas de entonces, lo oíamos con admiración y respeto. Éramos cursis y a mucha honra. Porque detrás de Abreu estaban Arturo de Córdova, Pedro Infante y Pedro Armendáriz, las estrellas absolutas del cine de entonces. A José Vicente lo querían todas las mujeres, desde la Cabo Luis, que era un runche; hasta la virginal Josefina, flor del naranjal de Mateo.
Cuando Abreu se vino a estudiar a Caracas, en 1947, se inscribió en el Departamento de Castellano y Literatura del Instituto Pedagógico Nacional y en recién abierta Escuela de Periodismo de la UCV, dirigida por Miguel Acosta Saignes. Para entonces no existía la televisión. Y la radio y el periódico eran los únicos medios de información, después del libro. Cuando Abreu regresaba a San Fernando, en vacaciones, era un libro abierto. Y nosotros, los ñángaras de la época, lo leíamos completico en el botiquín de Pelusa, frente al Cañito, un brazo del río Apure en San Fernando. Manrique, el poeta español, no estaba equivocado: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”.
El río de la política es como el Arauca, angosto pero caudaloso. Después de la caída del gobierno democrático de Rómulo Gallegos (1948), Abreu se dedicó por completo a la vida política clandestina, porque la Junta Militar que gobernaba el país decretó la eliminación del Partido Acción Democrática. Sin embargo, muchos militantes leales organizaron la Resistencia, dirigida, con fina inteligencia, por Leonardo Ruiz Pineda. Y muy cercano a él, estaba José Vicente Abreu. Tras la eliminación gubernamental de AD, vino la del Partido Comunista. Y sólo quedaban como partidos de oposición al gobierno dictatorial, Unión Republicana Democrática y Copei.
Profesional de la lucha clandestina
El país se fue sumiendo, poco a poco, en el silencio y el miedo. La Seguridad Nacional, policía política del régimen, al mando de Pedro Estrada, desarrolló un plan de persecución, represión y eliminación, de corte fascista, que culmino con matanzas y atropellos en los campos petroleros y la colonia agrícola de Turén, Estado Portuguesa. La censura a la prensa y a la radio cortaba toda posibilidad de libertad de expresión. Sin embargo, circulaban clandestinamente dos periódicos: Resistencia de Acción Democrática y Tribuna Popular del Partido Comunista. Dentro de esos escenarios de trabajo, Abreu fue hombreándose más. Una vez lo vi, por El Paraíso, cerca del Pedagógico, vestido con una ropita de kaky, que le quedaba corta. En otra, cerca del Congreso, andaba con un traje de casimir inglés, cortado a la medida. Era todo un profesional de la lucha clandestina, con sueldo y todo, que vivía en una Venezuela diferente al país del Nuevo Ideal Nacional del gobierno. Y a quien los esbirros de la SN buscaban como “palito’e romero”, porque era la persona clave para capturar a Leonardo Ruiz Pineda.
Cuando lo hacen preso en un apartamento de San José, situado entre las esquinas de Calero y Desamparados, Abreu se convierte en protagonista de su propia novela, Se llamaba SN. Oscar Wilde definió una vez la novela, como la historia escrita por un hombre que no la vivió; o como la historia vivida por otro, que no la escribió. Se llamaba SN es la novela vivida y escrita por José Vicente Abreu, desde la noche en que el tuerto Matute, acompañado de seis esbirros de la SN, lo hace preso; hasta el día en que lo trasladan del campo de concentración de Guasina a la Cárcel de Ciudad Bolívar. Se llamaba SN es un gran testimonio literario sobre la vida en las cárceles de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). La obra tiene como escenarios: la sede de la SN en la urbanización El Paraíso, Caracas; la sentina de la motonave “Orinoco”, donde trasladan a más de un centenar de presos políticos, en condiciones deplorables; el campo de concentración de Guasina, isla insalubre, situada en la desembocadura del río Orinoco, estado Delta Amacuro.
Ese testimonio novelesco tiene como genotexto unos “Apuntes”, que Abreu en pieza a escribir en Guasina; y el “Manifiesto de Guasina”, publicado en 1959. De muy buena fuente oí decir que, después del triunfo electoral de AD en 1958, adecos principales en el gobierno de Rómulo Betancourt, querían que Abreu, ahora militante del Partido Comunista, escribiera sobre los años de prisión dictatorial y sobre la resistencia política, porque así se magnificaba el partido Acción Democrática, muy desprestigiado entonces ante la juventud. Y para esto no había mejor enlace que el editor José Agustín Catalá, a quien Abreu le pide permiso para escribirle, desde la prisión, a su hija Beatriz Catalá. Esas cartas de amistad, con el tiempo, se convirtieron en cartas de amor. Y esa relación de presos, se transforma luego en relación de suegro y yerno; y al final, casi de padre e hijo. De allí que, cuando aparece la primera edición de Se llamaba SN en 1964, las apostillas históricas y referencias a pie de página sean de José Agustín Catalá.
La publicación del libro fue todo un acontecimiento histórico-político, así como editorial-literario. Todos los periódicos y revistas importantes hablaban de la obra. Y los críticos siempre caían en el problema del deslinde de la obra y del autor. Escritores de la estatura intelectual y ética de Juan Liscano, Guillermo Sucre, Jesús Sanoja Hernández, José Vicente Rangel y otros van al fondo y trascendencia de la obra, no obstante ser Abreu, para el momento, un escritor principiante. Sanoja Hernández, que conocía el temple esliniano de Abreu, dice: “Tras una luminosa descripción de la captura, Abreu relata las torturas a que fue sometido y luego el ambiente en los pequeños cuartos que hacían de celdas”. Así mismo señala el punto de vista del preso y torturado como “Un estudio sicológico directo, sin matices, acaso demasiado crudo, más cercano a Arráiz y a Pocaterra que a Malraux y Fucik, pero una realidad viviente como pocas veces antes en nuestra literatura” (Semanario Qué pasa en Venezuela, 7-8-64).
Cuatro letras
Juan Liscano, poeta y crítico de una lucidez laser, sin ninguna mezquindad, afirma: “Escribir bien consiste en poder hacerle sentir a los otros lo que pasa por dentro del que escribe. Y Abreu logra este propósito, no sólo con virtud literaria, sino también con sobriedad, con dignidad, con autenticidad”. Y finaliza diciendo: “Al terminar los relatos no pensamos: qué valientes son los comunistas o los adecos!, sino: de qué valentía es capaz el hombre, mi semejante! José Vicente Abreu, desde el fondo de su sufrimiento, nos dignifica a todos, simple y directamente” (El Nacional, 8 de agosto de 1964).
Se llamaba SN tiene, hoy por hoy, la edad de Cristo. Por inadvertida no ha pasado. Porque cuenta diez ediciones, de las cuales hay tres en lenguas extranjeras: una versión en ruso de 1968; otra en búlgaro del mismo año; y la tercera en alemán de 1969. Además tiene una versión cinematográfica. Se llamaba SN es una novela urticante para viejos y jóvenes políticos. Y de ciertos remordimientos para intelectuales exquisitos, pero chicuacos. En eso se parece un poco a la poesía del Chino Valera Mora (“Amenecí de bala”), a quien los de oficio y consagrados miran también con indiferencia y consideran que está por debajo de ellos. Abreu, por su parte, dejó que los exquisitos ladraran. El siguió en lo suyo. Lo único que cambió, circunstancialmente, fue el nombre de José Vicente por el de comandante Capanga, porque se enguerrilló con los ñángaras. De esa experiencia sale otra obra: Cuatro letras (FALN). Este Abreu no se parece a los presos y torturados que fueron Julius Fucik en Reportajes al pie del patíbulo y Henry Alleg en La tortura, combatientes de la resistencia checa contra los nazis y de la resistencia argelina contra los gorilas militares de Francia, respectivamente. Se parece más al André Malraux de La condición humana y las Antimemorias. Abreu vuelve a prisión. Pero tiene otro espíritu. Un día se le atraviesa Braulio Fernández, héroe desconocido de Alto esa Patria, hasta segunda orden y con él concibe Toma mi lanza bañada de plata, un discurso onírico-poético con el que le echa cal a la revista de Meneses, que lo consideraba “sin fábrica alguna de imaginación”. Con esa obra Abreu pasa las alcabalas del consciente y el subconsciente y flota en los cerdales del tiempo, como Gerard de Nerval en Aurelia.
Bajo la crítica
Hay dos notas revistéricas, que dicen y no dicen. Una viene sin firma, lo cual permite suponer que es responsabilidad del director-editor. Y entre otras cosas afirma lo siguiente: “José Vicente Abreu ha publicado un relato directo y severo sobre la resistencia clandestina contra el gobierno de Marcos Pérez Jiménez... El libro de Abreu es de los que dan la impresión de que fue escrito como una necesidad vehemente y apasionante, como una obligación, como una angustia de confesión que no se podía tener guardada... Es un libro importante, porque aparece como intacta experiencia, sin fábrica alguna de imaginación” (Revista cal –Crítica, Arte, Literatura–, dirigida por Guillermo Meneses, 28-8-64).
La otra nota viene firmada por el poeta y crítico Guillermo Sucre. Y apareció en Zona Franca, en la segunda quincena de septiembre de 1964. Sucre considera el libro de Abreu como "Un relato sencillo, directo, sin pretenciosas complicaciones técnicas, pero escrito con rigor y honestidad, atento a todas las implicaciones que encierran los hechos mismos que narran, nos ha dado una de las grandes obras sobre el período de la dictadura perezjimenista... Acaso muchos escritores de “oficio” mirarán con indiferencia el libro de Abreu. Muchos novelistas “consagrados” de nuestro país creerán estar por encima de él. Estos dos flashes encomillados por Guillermo Sucre anuncian la estricta y aguda crítica del autor de La máscara y la transparencia.
Las voces del silencio
Jesús Sanoja Hernández
Arrancaba aquel mayo lleno de presagios. Había pasado la hoguera de enero, con la huelga del transporte. Tribuna Popular, donde Abreu era jefe de redacción, había sido cerrada por un mes luego de pasar otros trece clausurada. Los debates en el Congreso, con suspensión de garantías y comparecencia de los ministros vinculados a la lucha antisubversiva, anunciaban algo.
Fuimos José Vicente y yo a Maiquetía a despedir a Gustavo Machado, “el general”, y a un dirigente regional del PCV –Donato Carmona– que un trienio más tarde engrosaría la lista de los “desaparecidos”. Cuando retornábamos, dos guardias nacionales nos detuvieron, aunque no por motivos políticos, sino por violenta discusión entre uno de ellos y José Vicente. José Vicente comenzó a recibir plan y, ante el asombro de los del Destacamento Móvil, se quitó la camisa y les gritó: “Den más duro, cobardes, que ya en Guasina me acostumbré”.
Dos o tres días más tarde vino la sorpresa por boca de Beatriz, su esposa imaginaría en los tiempos de prisión en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar y de exilio en México, y su esposa por casamiento revolucionario desde 1958. “Vicente cayó en Carúpano”; fue la inesperada frase que llenó el auricular. Beatriz cuando se refería a Abreu, decía Vicente, y punto.
De Carúpano lo trasladaron a la misma cárcel orinoquense y cuando lo fui a visitar en agosto de aquel 1962, al entrar yo a la celda soltó una carcajada frente a alguien que nos observaba desde muy cerca. Le pregunté a qué diablos se debía tal arranque: “A que este –me contestó, señalando a Payares– fue mi carcelero en Guasina y ahora es mi compañero de calabozo”.
Dos años después, luego de haber sido trasladado al San Carlos, recibió el beneficio de “casa de cárcel” gracias a informe médico de Fernando Rízquez y gestión de Catalá, su suegro, quien lo aprovisionó de papeles, máquina y fe para que reelaborara lo que había escrito en su larga prisión de los años 50 y lo que la memoria le trajera como azote del tiempo. Así nació Se llamaba SN a mediados de julio de 1964. Gustavo, “el general”, estaba encarcelado y así seguiría hasta 1968, y yo trabajaba en el semanario Qué, donde publique mi primera reseña sobre su indetenible, desde entonces, obra literaria. ¡Por fin José Vicente narraba en letra escrita lo que obsesionantemente narraba con verbo incontenible!
Acaso porque la novela era una requisitoria contra la dictadura de Pérez Jiménez y porque, simultáneamente, salía de imprenta cuando la democracia apelaba a métodos de represión parecidos, su éxito editorial fue instantáneo. Engrosaba así Se llamaba SN el número no despreciable de narraciones clasificadas acertadamente como literatura carcelaria. El antecedente más citado entonces fue, desde luego, Memorias de un venezolano de la decadencia, obra con la cual guarda algunas diferencias.
La de Abreu busca novelar el testimonio, en tanto la de Pocaterra busca documentarlo y convertirlo en proceso polémico. La de Abreu inventa algunos nombres para los personajes, como los de Luis Ramos (Luis Navarrete en realidad) y “el viejo José Martín” (José Martínez Pozo). La de Abreu se sitúa en una isla concentracionaria, Guasina, y en la vecina población de Sacupana, en tanto la de Pocaterra en el castillo Libertador, en la fortaleza de San Carlos y, fundamentalmente, en La Rotunda. La de Abreu se ubica cronológicamente en la década militarista y la de Pocaterra en los encadenados años de las tiranías de Castro y Gómez.
Son dos visiones testimoniales donde la primera persona se sumerge en la tercera voz de un grupo. Voz de excluidos, segregados, encarcelados, que desesperada y tal vez inútilmente trata de hacerse oír “en la Venezuela que vendrá”.
(Publicado el 31 de mayo de 1998)
Fotografías: Archivo de El Nacional y https://bienalapure.wordpress.com/
Reproducción: Mensaje presidencial de Pérez Jiménez. Élite, Caracas, nr. 1649 del 04/05/1957. Por lo menos, cumplía con las formalidades ante un Congreso maniatado. Hoy, ni hay disimulo de las formas.
lunes, 9 de mayo de 2011
SEMIÓTICA DEL RECUERDO

EL NACIONAL - Sábado 07 de Mayo de 2011 Papel Literario/1
Manuel Bermúdez, la profundidad hacia fuera
ATANASIO ALEGRE
No estaba en el país cuando falleció Manuel Bermúdez. De haber estado, me hubiera gustado advertir a esa hora que nuestra generación --cuando menos-- había perdido a uno de los conversadores más originales de que disponía esta sociedad atosigada por la política. Por la mala política, habría que añadir. Quienes redactaron la noticia de su deceso, tal cual la leí en unos medios y en otros, lo hicieron, sin excepción, con afecto. A Manuel se le profesaba en los medios esa admiración con que se respeta a los dioses tutelares de cuyo aviso depende lo mucho que le debían, en este caso, sobre el discernimiento de las viejas y nuevas formas de la comunicación.
Cuando las reuniones eran el eje de la vida social, según Madame de Stael, ello ocurrió porque el curso de las ideas dependía de la conversación. De haber pertenecido a esa época, Manuel Bermúdez hubiera sido un imprescindible en esos salones por imposición de quienes necesitaban escucharle. Admirables conversadores fueron, entre nosotros, Nuño, Garmendia, Montejo y Caballero, todos ellos escritores totales que supieron alternar ambas funciones, la de conversar y escribir. ¿Fue Manuel Bermúdez, como ellos, un escritor total? Lo fue y ello a pesar de que su obra publicada no iguale a la de los mencionados autores. Pero si se recogieran las publicaciones de Bermúdez, tanto en el papel impreso de periódicos como en el de revistas, sorprendería la obra resultante. Lo que hay que decir de seguidas es que ha habido pocos autores dentro de la literatura venezolana con un oído tan atento como Bermúdez para las hablas del pueblo, para eso que Jorge Guillén llamaba "lo real, hoy lunes".
Fue Bermúdez un clasicista en el sentido de que manejaba los clásicos venezolanos no sólo con conocimiento, sino con fruición. Eso le convirtió a la larga en un memorialista y a ratos (aunque él desechaba airadamente el término) en un costumbrista. Lo que pasa es que en esta función echaba mano de una originalidad de la que no suelen hacer gala los mismos costumbristas. Fue todo eso y a partir de determinada época de su vida, bajo la guía de maestros europeos, mayormente italianos, que hizo de la semiótica la razón de su profesión. Como ciencia de los signos, la semiótica ejerce sobre sus cultores una suerte de fascinación que llevó a decir a Humberto Eco que esa ciencia, y no la filosofía, iba a encargarse de explicar la sustancia de los tiempos por venir. Esa concepción de la semiótica fue la que hizo de Bermúdez un hombre de exterioridades, capaz de llegar desde el signo de los acontecimientos, desde el balbuceo de los hechos, al núcleo de lo consistente.
Personalmente, conocí a Manuel Bermúdez en un momento en el que él desplegó su proverbial generosidad intelectual frente al despiste mío como persona descolocada en determinados situaciones. Había yo aceptado, tal cual me la ofrecieron, la dirección de Video Forum, la revista de Radio Caracas Televisión, creada por el profesor Moraña, en la que Bermúdez había jugado un papel sumamente importante y, en consecuencia, muerto el fundador, la dirección de la misma correspondía a Bermúdez, hecho que yo ignoraba en ese momento.
Con la nueva etapa de la revista en marcha, se realizó un buen día en el Canal de Bárcenas un evento muy concurrido sobre teorías en boga de la comunicación y uno de los ponentes avisó una hora antes que no podía asistir.
--Digan al director de la Revista a ver si puede suplirle, dijo Bermúdez a quien coordinaba el evento.
Así se hizo.
--Hermano, vos sabéis bastante bien lo que os traéis entre manos, me dijo Bermúdez, al concluir mi exposición.
A partir de ese momento, no sólo terminaron los recelos, fuimos amigos.
Otro día, al concluir uno de aquellos programas de Napoleón Bravo --en los que ejercía el presentador con nombre y apellido a plenitud-- se me acerca Manuel y me dice: --¿Cómo hacéis vos para lograr ese nudo de corbata tan vertical y caído hacia abajo que yo veo tanto en la gente europea? Algún tiempo después de haberle explicado cómo era el asunto, fue Manuel el presentador de un libro mío de ensayo. Cuando le agradecí sus palabras, me señaló el nudo de su corbata y me dijo: --Creo que esta vez lo logré.
--Cuando la corbata es tan fina, es necesario dar una vuelta más, dije.
Ya no volvimos a hablar del tema, pero me di cuenta de que siguió con su nudo Wilson, más horizontal que vertical, en lo sucesivo.
Pero lo cierto es que no se le escapaba detalle, ni dejaba de leer las segundas intenciones de la letra pequeña con que se estaba escribiendo la historia de la Venezuela actual. Barajaba de esta manera lo interno y lo externo. Personalmente, fue la persona, siendo como éramos amigos, cuya critica más temí. Era implacable con sólo un gesto: --¡Ese articulo suyo, hermano!.. y no decía más. Pero algo había en ese escrito que no cuadraba.
Y no cuadraba.
Dije alguna vez que una escritura sin crítica era como un rebaño sin perro guardián y que, dado su conocimiento de prosas, autores y estilos, él podía ser el crítico que necesitaba el país literario Pero nunca estuvo por la labor, al menos en público. En privado era otra cosa. Sabía muy bien quién era quien y con qué vientos artificiales navegaban algunos autores a los que Eugenio Montejo llamaba escriturgos.
En otra oportunidad, con motivo de la presentación de un libro de Luis Alberto Crespo, dije que había encontrado en el texto --magnífico libro de poesía, por lo demás-- unas cincuenta palabras de origen llanero desconocidas para mi.
--¿Pero bueno, no decís vos eso de que la infancia es la patria del escritor, en cita de Rilke?, comentó en alusión a mis orígenes españoles.
--Pero es que tampoco encuentro la mayoría de esas palabras en el diccionario de venezolanismos.
--Razón de más. Hay palabras que sólo son de nosotros los llaneros.
Manuel Bermúdez, tal vez por ser tan del habla popular, por su exterioridad, fue un gustador de la vida. ¿De qué hablaba con el compadre Rubén Darío González, aquellas veladas después de las faenas de los viernes hasta el amanecer del sábado, interrumpidas solamente cuando le sobrevino la enfermedad, en aquel callejón de Sabana Grande que iba de coplas --las que ellos dos habían contribuido a forjar durante años, por cierto? Cuando los lunes me encontraba en el paseo matinal del Parque del Este con el "compadre" Rubén Darío procuraba tirarle de la lengua.
--Comentaba yo con Rubén hoy en el Parque --diría ya en la noche por teléfono para provocar a Manuel-- que hay textos de Garmendia que no han sido igualados en puridad por ningún otro escritor de la lengua venezolana...
Hacía un largo silencio, y luego añadía: --No se si vos habéis leído...
y entonces soltaba un párrafo completo de alguno de sus autores de culto, sin necesidad de desmentir mi provocante afirmación.
Quiere decir que fue un lector con memoria, un lector de ritmo lento que podía meter en una sola palabra el significado de la obra de un autor. Fue él quien habló de uslaridad, un término que dejó caer como un plomo sobre la escena nacional, preocupado por los derroteros por los que trascurría la vida social y política en Venezuela.
Los artículos que prodigó por épocas en El Nacional y su columna en el dominical de la revista Estampas de El Universal durante años, son crónicas magistralmente escritas en las que era capaz, si venía al caso, de convertir en arte la más sórdida de las realidades. Pero donde Manuel volvía a ser el profesor que habían hecho memorables sus clases en el Pedagógico era cuando explicaba, especialmente por radio, las teorías semióticas.
Esas lecciones, además de ser lo que fueron, constituían, al mismo tiempo, una especie de dique de contención para los medios venezolanos que pretendieran deslizarse hacia lo banal. ¡Que supieran al menos lo que estaban haciendo y que eso tenía un límite! Edgar Colmenares del Valle pronunció, en una de las sesiones de la Academia Venezolana de la Lengua, un memorable discurso sobre la vida cotidiana de Bermúdez como profesor, amigo y hombre de familia a raíz de la muerte de tan singular académico. Habló también de la importancia de quien fuera secretario de la Academia durante un largo periodo, de su papel en las letras venezolanas, glosando con autoridad de especialista algunas de las obras más importantes de Manuel Bermúdez.
En otra oportunidad y tal vez bajo el registro que corresponda, hablaré de la importancia de Bermúdez en la época gloriosa de la telenovela venezolana, si antes no se adelanta alguien con mayor autoridad en la materia que la mía.
De momento, queda dicho lo escrito.
Fotografía: Yanni Montilla
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domingo, 30 de enero de 2011
denzilgrafía

EL NACIONAL - DOMINGO 25 DE JULIO DE 1999 / PAPEL LITERARIO
Lectura de una épica de la derrota
Manuel Bermúdez
Semiólogo
En su reciente publicación, Historiografía y Ficción en la Narrativa de Denzil Romero (Fondo Editorial Río Cenizo, 1999), el investigador y crítico, Antonio Isea aborda el amplio campo novelesco de Romero sobre Miranda, el cual tiene como genotexto las memorias del Generalísimo y el Miranda en La Carraca de Michelena; y como femotexto el discurso narrativo del autor, donde se mezclan la realidad histórico-biográfica de Miranda y la ficción novelesca de Romero, en un mural de palabras y códigos semiológicos que van del barroco a lo romántico y de la sátira a lo grotesco.
En una breve introducción, Isea sitúa al lector frente a la perspectiva crítica de la novela histórica venezolana. Luego va dando su visión de la lectura crítica sobre los temas de sus obras: La tragedia del Generalísimo; Grand Tour; La Carujada; Amores, pasiones y vicios de la Gran Catalina y La esposa del Dr. Thorne.
La lectura de Isea sobre la obra de Romero es una lectura semiótica, muy norteamericana; porque sigue sin nombrar los niveles sintáctico, semántico y pragmático de Charles Morris, los cuales actualizan los neo escolásticos: gramatical, lógico y retórico de Charles S. Peirce. En el trabajo se entera uno de la proyección semántica e histórica del personaje que se analiza; y de la metodología o punto de vista con que lo analizan otros críticos o lectores. Toda esta enunciación o visión pragmática del análisis, se resume en el siguiente enunciado: "Lo barroco y las paradojas de la reescritura historiográfica en La tragedia del Generalísimo".
En el análisis de Grand Tour, Isea usa escritura periodística y culta a la vez. El tour se convierte en un viaje literario e histórico, que recuerda antiguos y modernos viajeros, desde el Ulises de Homero, hasta el Leopold Bloom de Joyce. Y cada uno de ellos representa un código indicial o simbólico de un espacio y de un tiempo. Y tienen, por supuesto, un mensaje diferente. No es igual el mensaje de Colón al de Sir Walter Raleigh. Ni el de Dante, al de Tristan Shandy. La semántica del viaje en este ensayo crítico tiene un toque de magia y significación, por el encuentro fortuito de Isea, Romero y Miranda. Los tres, por obra del azar histórico-literario, crean una semiosis, donde la obra de Denzil (Tour) es el signo o representamen a alguien llamado Miranda, que viene a ser el objeto del que Isea capta un significado, que se convierte en interpretante, según la teoría semiótica de Peirce.
De esta manera la lectura de Isea adviene en una cadena interpretativa, donde los ensayos restantes se pueden resumir en los siguientes enunciados: Capítulo III, "Discurso picaresco y reescritura en La Carajuda"; Capítulo IV, "Recreación dieciochesca y problematización de la hegemonía discursiva en Amores, pasiones y vicios de la Gran Catalina"; Capítulo V, "Lo erótico y la recontextualización del sujeto femenino, como claves para problematizar lo histórico en La esposa del Dr. Thorne". Este libro nos muestra la lectura de una épica de la derrota en la obra de Romero, que se precipita, como el Orinoco, de lo alto del Churum Merum; se encumbra en la Torre Eiffel y se regresa, haciendo escala en la Estatua de la Libertad.
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sábado, 11 de diciembre de 2010
estaba pendiente

EL NACIONAL - Sábado 11 de Diciembre de 2010 Papel Literario/2
Guzmanes y obamas
El pasado 15 de diciembre de 2009, el país recibió la noticia del fallecimiento de Manuel Bermúdez (1930), ensayista, crítico literario, narrador e Individuo de Número de la Academia de la Lengua.
Papel Literario lo recuerda hoy, con la publicación del ensayo que entonces dejó escrito para éste suplemento
MANUEL BERMÚDEZ
1) Emilio Mira y López en su libro Los cuatro gigantes del alma habla del Willy zurt mascht alemán, término en español que equivale a la ambición de poder. ¿Por qué nosotros relacionamos en este sentido a Guzmanes, venezolanos, del siglo XIX con Obamas afroamericanos, del siglo XXI, dando un "salto de tigre", histórico, como el que popularizó Walter Benjamin, cuando habla de una Roma que retorna en la Tesis 14 de su Filosofía de la Historia, pues porque, como dice Borges, la historia es amiga de las analogías y de las repeticiones.
Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) regresa a Venezuela un año después de la Batalla de Carabobo (1821), la cual sella la independencia de Venezuela.
El general Páez es el héroe absoluto. Más allá, en la Nueva Granada, manda el general Santander. Y en el Perú desde Lima, con la aureola del Libertador, la figura máxima es el general Bolívar. Guzmán es un joven idealista liberal, educado en España, aprendiz de periodista, que se viene a su país, emancipado del yugo español, gracias a los ejércitos de Bolívar y Páez, quienes se convierten en vivientes glorias patrias.
Dentro de ese contexto, la vida y existencia de Guzmán estará signada por la dicotomía de la pluma y la espada. Ramón Díaz, en su obra Guzmán, elipse de una ambición de poder resume sus intenciones alegóricamente: "El dragón del militarismo, pavor de los intelectuales, amenaza engullir las bellas manifestaciones del espíritu y él puede ser el San Jorge que lo redima con la lanza de su pluma".
2) Y dando el "salto de tigre", de Walter Benjamin, con técnicas cinematográficas de Flash-foward nos encontramos con que, a casi dos siglos después, aparece en los Estados Unidos, un afroamericano nacido en Hawái, llamado Barack Obama. Sueña con el poder, después de que su figura, como abogado inteligente en Chicago, aspira más; y se post gradúa en Leyes en Harvard School, Cambridge Ms. 1990. En u na foto de esa época, Obama posa en un portal de la universidad, en medio de seis columnatas de mármol blanco y un muro negro de piedra, signos dicotómicos de su vida. Mas él es el ícono del texto fotográfico. De pie, con la pierna derecha cruzada, con la izquierda en juego horizontal y vertical de los zapatos de invierno, parecidos a los de Ednodio, pero con trenzas; pantalón de estudiante, pero no bluyín, y una chaqueta invernal, tipo Montgomery, abierta en el cuello, donde se anuda una bufanda, mientras ambas manos permanecen en los bolsillos del pantalón. Tras esa facha y esa fachada hay un mensaje: este es el futuro potus (ccrónimo de President of Unites States).
Obama no tiene que enfrentarse con famosos generales, héroes de la Segunda Guerra Mundial, como Eisenhower Marsha ll o Mc A rthur, sino con míticos demócratas como F.D. Rossevelt, Harry S. Truman y J. F. Kennedy, en un imperio de riquezas y racismos.
Sería conveniente agregar que en este subimperio del racismo, en medio de la negritud, que lucha por los derechos civiles y humanos, brillaron como ónices el reverendo Martin Luther King y el implacable Stokely Carmichael, graduado en la universidad negra de Howard y líder indiscutible del Black Power en 1966.
Pero Obama tiene otro lenguaje y otras sintaxis en su ambición de poder. Así por lo menos lo proclaman Rupert L. Swan, un experto en coaching, comunicación interpersona l y lenguaje no verbal, en su obra El método Obama (2009), libro que se ha convertido en best seller.
Obama ya era best seller desde que publicó sus obras: Audacia de la esperanza (2007) y Los sueños de mi padre (2005).
Ni un Hitler de Mein Kamps, ni un Malraux de Antimemorias, aparecen en los espacios literarios de ambas.
Obras que fueron muy bien interpretadas por el crítico venezolano Rafael Arráiz Lucca. Y en los vericuetos de la situación política, Obama no es un Veiskitschen (vende barato), émulo de Berlusconi, Chávez y Sarkozy, quienes en vez de ambiciones, son lambizcones de poder.
3) La idea de mezclar en un cóctel hipertextual a los Guzmanes venezolanos del siglo XIX con los Obamas afroamericanos del siglo X XI, surgió con motivo de un homenaje, donde participaban el humanista y académico Guillermo Morón, el historiador Asdrúbal González y el crítico Roberto Lovera de Sola, que la Biblioteca de la Fundación Francisco Herrera Luque le iba a rendir al escritor Ramón Díaz Sánchez, novelista, ensayista e historiador de piel obamada, autor del ya mencionado bildungsroman Guzmán, elipse de una ambición de poder, libro que corta en grandes tajos la vida política del venezolano del siglo XIX contando significancias biográficas de Antonio Leocadio Guzmán y de su hijo Antonio Guzmán Blanco, descendientes de blancos de orilla y tiñosos navegantes del río negro de nuestra Guerra Federal.
Díaz Sánchez (Puerto Cabello, 1903-Caracas, 1968), así como su paisano, Enrique Bernardo Núñez, ha sido un escritor subestimado en Venezuela. Y, a veces, ninguneado. Su novela Mene, escrita en Cabimas 1933 y premiada por el Ateneo de Caracas en 1935, por un jurado de primera, tal vez por miedo político no pudo ser publicada sino en 1936, después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez. Díaz Sánchez, junto con Gallegos, Uslar Pietri y Picón Salas, es la cuarta pata de la gran mesa literaria de Venezuela en el siglo XX. Pero como venía de abajo y era autodidacta lo silenciaron. Antes de morir en 1968, en el prólogo de Mene, dice sin resentimiento pero con claridad: "parece que bastase ir a la escuela, al liceo y a la universidad para poder descubrir el sentido de una escritura y apoderarse de su verdad y de su belleza.
Pero nada es más falso que esto. Más que una hazaña, la lectura es una capacidad intelectual que no se completa sin la cooperación del espíritu y la conciencia".
4) Hay mucho Barack Obama en la obra de Díaz Sánchez.
Empezando por los Philibert: Enguerrand y Phoebe, de la isla de Trinidad, quienes, cuando llegaron a Cabimas, como saludaban a todo mundo de "my Friends" les cambiaron el Philibert por "Los maifrens". Y así se quedaron por el resto de las novelas. Pero los negros en la ficción literaria de Díaz Sánchez no tienen ambición de poder como algunos negros y mulatos de Gallegos y Uslar Pietri. Aquellos son personajes con especial sensibilidad para la pintura y la música, como ocurre en el cuento "La virgen no tiene cara" y en la novela Cumboto.
La idea de mezclar en un cóctel hipertextual a los Guzmanes venezolanos del siglo XIX con los Obamas afroamericanos del siglo XXI, surgió con motivo de un homenaje, al escritor Ramón Díaz Sánchez
Es curioso que Obama a los 18 años, escribiera poesía. En 1981 una revista estudiantil le publicó dos poemas, "Pop" y "Underground". Siendo candidato presidencial, Internet arqueologizó esos textos y los dio a conocer al mundo.
Un crítico de altura, Harold Bloom, dijo que Obama era mejor poeta que Jimmy Carter, "el peor poeta de la historia estadounidense". Y para los maniseros del Caribe es el mejor tragicómico de La Celestina de Fidel Castro y Hugo Chávez, en el campo de política electoral.
Jamás la antigua crítica hubiera podido establecer relaciones de acercamiento y contigüidad entre la negritud literaria de Díaz Sánchez y el Obama poeta que ambiciona el poder; hoy, con las teorías próximas de Eduard T Hall, autor de la Dimensión oculta, se pueden analizar esas relaciones sin caer en el efectismo crítico. En otro de sus libros, Más allá de la cultura, Hall nos da una gestalt, cuando habla de los "entramados situacionales": "estos entramados están hechos de dialectos situacionales, dependencias materiales, personalidades situacionales y pautas de comportamiento... Ejemplos de escenarios y situaciones habituales son: saludar, trabajar, comer, comerciar, luchar, conducir, hacer el amor, ir al colegio, guisar y ser v ir la comida, pasear y cosas parecidas. El entramado situacional es la unidad viable mínima de una cultura que puede analizarse, enseñarse, transmitirse y manejarse como una entidad completa. Los entramados incluyen componentes lingüísticos, quinéticos, proxémicos temporales, sociales, materiales, de personalidad y de otras clases".
El entramado político e histórico que vivió Antonio Leocadio Guzmán fluctúa emocionalmente entre el péndulo de dos ambiciones: la del Libertador Simón Bolívar y la del centauro José Antonio Páez. Cuando conoce las situaciones ideológicas de ambos entonces construye su propia ambición de poder. A Páez le dice: "usted sabe, mi general, que esta lucha en la cual tanto se ha distinguido usted está inspirada principalmente en la filosofía de Rousseau". Y Páez le responde: ¿De veras? Con que así. ¡Y yo sin saberlo!
5) Con Bolívar la situación es distinta. El Libertador le da para que lo lea y le dé su opinión sobre el Proyecto de Constitución de la República de Bolivia. Y Guzmán escribe un análisis que titula Ojeada y entre otras cosas dice: "Esta no sólo es una Constitución de Bolivia, no es sólo una constitución, sino el resumen de todo lo bueno que los hombres han sabido en la ciencia de gobierno y el germen de una felicidad inmensa, que se desarrollará en medio de las sociedades que tengan la dicha de adoptarla". Díaz Sánchez, el biógrafo, hace la cita de tres historiadores confiables: José Félix Blanco, Ramón Azpúrua y José Gil Fortoul, y luego añade su interpretación personal: "Su único propósito entonces es halagar a Bolívar, a quien juzga dominado por la ambición de poder y deseoso al mismo tiempo de disimular su ambición bajo la apariencia de un apostólico desprendimiento. No se detiene, pues, a reflexionar en las reacciones humanas que semejante lucubración puede desatar en un mundo donde las ambiciones individuales fermentan de una manera tan alarmante. Bolívar todo lo puede --piensa al observar la reverencia de los pueblos y la temerosa sumisión de los gobernantes (¿USA?).
Los Guzmanes de Venezuela se pasaron toda una vida ambicionando el poder. (...) El escritor Díaz Sánchez y el elocuente Obama, con materia gris en el cerebro leyeron otros discursos en los libros y en la universidad
Bolívar hará su voluntad en estos países donde su genio es la única luz y la esperanza única. La verdad es que Guzmán, muy joven aún, no conoce hasta donde puede llegar la volubilidad de los hombres. No se ha estudiado a sí mismo todavía". Nota bene: por eso tuvo dos grandes oponentes políticos: Juan Vicente González y Cecilio Acosta".
Heurísticamente se puede pensa r que A nton io Leocadio, con el propósito de "cogerle cría" al ADN de los Bolívar, se casó con Carlotica Blanco, hija de María Antonia Jerez Aristiguieta, una de las nueve musas, primas del Libertador. Y con ella tiene el primogénito A ntonio Gu zmá n Bla nco, qu ien será la punta con que encumbrará su ambición de poder. Guzmán Blanco comenzó siendo un civilista como su padre. Lo siguió en sus luchas políticas y periodísticas, tanto en la fundación y auge del partido Liberal, como en la del diario El Venezolano, siempre al lado del genial ideológico del libera lismo, Tomas Lander. Mientras A ntoñito estudiaba derecho en la universidad, actuaba como funcionario público. Así fue adquiriendo sentido dialéctico de gobierno y poder. De tal manera que cuando la crisis política desemboca en la Guerra Federal, Guzmán Blanco se pone del lado del general Juan Crisóstomo Falcón; y no del lado de Zamora, como su padre. Antoñito cambia las leyes por las armas.
Al principio, los militares "Chopos de Piedra" lo llamaban "El Señorito". Pero cuando se les embragueta y les aprieta las cureñas, entonces se les ponen "¡atención, fiiirm!" y terminan llamándolo "Ilustre Americano".
6) Después de la guerra, Guzmán Blanco gobierna a los Estados Unidos de Venezuela por varios períodos const it uciona les. Una s veces desde París y otras en Caracas. En ese entramado histórico y cultural comparó a Venezuela con un cuero seco que, cuando lo pisaban por un lado, se levantaba por el lado opuesto. De allí que se propuso civilizar el país creando vías de comunicación, bancos, ferrocarriles, educación gratuita y obligatoria, nuevas constituciones y edificaciones públicas. Pero con un sistema de gobierno autocrático. Con lo cual la ambición se momifica con el plomo del poder.
Un siglo despué s u n Guzmán negro aspira ser potus del país más poderoso de la tierra. Pero "viniéndose a menos", desde la presidencia de Richard Nixon (Tricky Dick), de Ji m my Ca r ter ( Killer rabbit); Ronald Reagan (Star Wars), George Bush (Vovdto economus), Bill Clinton (Hillary care, Monicagate) y GeorgeW Bush (Bunker mentality, culture of corruption). William Safire, columnista de On Language del New York Time Magazine, en el prolegomenon de su Political Dictionary da una interesante visión lexicográfica de las Coinages, Descriptions y Attacks de esos regímenes presidenciales. Y a través del entramado léxico se advierte la situación crítica de los Estados Unidos.
Barack Obama, en agosto 16 de 2007, en improvisada rueda de prensa realizada en Atlanta, Iowa, como aspirante a la nominación presidencial por el partido demócrata, propone "la renovación del liderazgo estadounidense", en documento clave de su ambición de poder.
Se diferencia del Guzmán venezolano en que el triángulo de fuerzas gobernante no está integrado por los tres generales de la Gran Colombia (United State of South America); sino por otro contexto histórico.
Su argumento inicial es el siguiente: "En momento de gran peligro durante el siglo pasado, mandatarios estadounidenses como Franklin Roosevelt, Harry Truman y John F. Kennedy lograron tanto proteger al pueblo estadounidense como ampliar las oportunidades para la siguiente generación. Más aún se aseguraron de que Estados Unidos, por medio de sus acciones y ejemplos, guiara e inspirara al mundo para que defendiéramos y lucháramos por las libertades que miles de millones de personas buscábamos fuera de nuestras fronteras... Hoy, otra vez, tenemos que mostrar un liderazgo visionario". (Foreing Affairs. Vol. 7 Num 4. 2007).
Hipertexto final: Los Guzmanes de Venezuela se pasaron toda una vida ambicionando el poder. Del civismo insípido ascendieron al militarismo autocrático. Ese tránsito comenzó deletreando el plomo de la imprenta, a través del periódico El Venezolano; y termino disparando el plomo de las armas. Igual que los presidentes Bush padre e hijo, en los Estados Unidos, que, deletreando gotas de petróleo aprendieron a leer la geografía bélica de Irak y del lejano Oriente. En cambio el escritor Díaz Sánchez y el elocuente Obama, con piel creole en la fachada y materia gris en el cerebro leyeron otros discursos en los libros y en la universidad.
Y no utilizaron el carro de las armas y la guerra en sus ambiciones de poder; sino la pluma como Churchill; la radio como Roosevelt; y la televisión como Kennedy. Pero no faltan majases y talibanes, encuevados en el Caribe y el Lejano Oriente, pergeñando la escritura de modernas Mein Kamp; así como K K K, resurrectos; el presidente Obama tendrá que digitalizar, aunque no quiera, el obámico discurso de Teodoro Roosevelt.
EL NACIONAL - MIÉRCOLES 30 DE JUNIO DE 1999
Rendija
Sal de fruta originaria
Manuel Bermúdez
Venezuela, políticamente, es un vaso de agua. Al que hay que echarle un polvo un rascuchazo. Los españoles endulzaron el régimen colonial con polvos de azúcar y de panela, por medio de la religión y la lengua. Los héroes de la independencia curaron todas las heridas de la guerra con la sal de la libertad. Y cuando llegó la República, como una copa de cristal, se agriaron los vinos del triunfo porque aparecieron los partidos políticos, como limones verdes y maduros, pero cargados siempre de la misma actitud. El agua contenida en el vaso, unas veces fue dulce. Otra veces, salada. Y con la presencia del limón, se puso agridulce. Entonces el polvo se convirtió en rascuchazo. Porque de grano sólido, pasó a líquido espeso.
Nadie piensa que el limón es malo. Mezclado con azúcar y agua da la limonada que es buena para el calor en los días estivales. El limón asado con sal sirve para sanar hematomas sufridos por golpes y porrazos. Y su redondez mágica es buenaza para borrar, metonímica y metafóricamente, las hernias inguinales. Eso que George Frazer llama magia empática y magia contaminante en La rama dorada. Mi tía Julia no era médico, y sin embargo curaba gente con la sabiduría médica del pueblo. Un día le llevaron un niño con una hernia inguinal muy pronunciada. Después de hacerle un tacto en el testículo derecho, arrancó un limón verde de la mata y se lo fue pasando en cruz por el órgano enfermo, mientras decía entre dientes algunas palabras de ensalmo. Terminada la operación, clavó el limón en una espina grande de la mata. Era cuarto menguante. Y, según ella, a medida que el limón se fuera secando, metafórica y empáticamente, la hernia iría desapareciendo.
Durante los gobiernos de Crespo y después de Gómez, se creía mucho en esta medicina curativa. A quienes la practicaban los llamaban brujos. Con la efervescencia estudiantil del año 28, contra la brujería política y gubernamental del dictador Juan Vicente Gómez, surgió la sal de fruta verbal de los líderes Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba. Esa efervescencia se hizo pseudo revolucionaria el 18 de octubre de 1945, cuando los militares, patriotas de entonces, apoyados por Rómulo Betancourt y Acción Democrática, tumbaron el gobierno del general Isaías Medina Angarita. A partir de ese momento se introdujo en el vaso de agua exclusivamente el polvo de la sal de fruta. Y se acabó la dulce y lo agridulce. Sólo reinaba la efervescencia, la paja y el gamelote, hasta que los militares, dictatorialmente mandados por el general Pérez Jiménez, pelaron por el machete y empezaron a cortar paja y gamelote. Pero la sal de fruta siguió intacta. Ahora anda coqueteando por ahí con nombre de Constituyente. Y los galanes de la política, la prensa, la radio y la televisión la piropean, la exaltan y se le arrodillan, buscando puesto junto a ella. Pero la Resbalosa tiene novio; y ya cruzó aros y espada con el que chave. Cuando se celebre la boda, el brindis será de efervescencia, con sal de fruta. Y cuando pase ésta, Venezuela, políticamente, seguirá siendo un vaso de agua, que espera un nuevo polvo, un nuevo rascuchazo.
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