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domingo, 27 de noviembre de 2016

EMPATÍA

Evangelio Dominical: Estar en vela
José Martínez de Toda, S.J.

Comentario dialogado al Evangelio que se proclama en el Primer Domingo de Adviento, Ciclo A, correspondiente al domingo 27 de noviembre 2016.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 24, 37-44.

"Estén siempre preparados, porque a la hora que menos piensan, viene el Hijo del Hombre"


¿Cómo fue la gran inundación?
"Los vecinos de Noé comían, bebían, se casaban...", sin pensar para nada en que su fin se acercaba. Le llevaría a Noé mucho tiempo construir y aprovisionar el arca. Le verían trabajar, y le habrían preguntado sobre ello. Ciertamente, él les diría que se arrepintieran de sus pecados, para que ellos, también, fueran salvados. Sin embargo, no le hicieron caso, y pensaban que Noé era un fanático religioso.

Y cuando las aguas empezaron a subir, los vecinos se sorprendieron y comenzaron a preocuparse. Al ver que el agua se acercaba a sus casas, se pusieron más ansiosos. Al ver que el agua continuaba subiendo, empezaron a tener miedo. Al ver que el agua se llevaba todo, se pusieron histéricos. Cuando se espabilaron lo suficiente para hacer algo, era demasiado tarde. La hora de preparación ya había pasado. El diluvio arrasó con todo.

¿Qué otra comparación pone Jesús?

Describe a la gente llevando una vida 'normal' en el campo, en el molino... No hay ninguna indicación de que hoy será diferente al de ayer o al día anterior. La vida sigue. Pero de pronto uno muere y el vecino sobrevive. La venida de la muerte será rápida y sorpresiva.

Esas dos situaciones, descritas por Jesús, eran muy parecidas a las de hoy. Hay quienes avisan de esa posibilidad (de emergencia), pero pocos los toman en serio. Jesús concluye: "Así será también con la venida del Hijo del hombre". Se encontrarán sin preparar.

Jesús en este evangelio habla de su futura venida. ¿Pero no vino ya en Belén?
Jesús viene a nosotros en muchas formas:
Viene en Navidad, viene cada día cuando escuchamos su Palabra en el Evangelio, cuando lo recibimos en la comunión, cuando viene en la persona de un amigo que te ayuda, de un necesitado que me necesita...
Pero hay otras venidas imprevistas en momentos de tensión, de persecución, de enfermedad, a la hora de la muerte, al final del mundo...

Hay algo en lo que no queremos ni pensar: cómo moriremos.
La muerte nos puede venir de repente o poco a poco.
Puede ser un accidente de carro, de bus, un terremoto. No estás seguro en ningún sitio, ni en las Torres Gemelas. Sin embargo, hasta la gente que tiene trabajos peligrosos (bomberos, policías, soldados) encuentra difícil imaginarse su propia muerte.

También puede ser que muramos poco a poco de alguna enfermedad o de viejos; en este caso, tendremos la oportunidad de prepararnos espiritualmente mejor.

A la hora que menos lo pienses, vendrá el Hijo del Hombre, te encontrarás con Él.
Cada domingo, en el Credo, lo recordamos: "Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar"...
Y hoy, en Adviento, hacemos un paréntesis para reflexionar también en esta venida del Señor en su parusía (o presencia) del último día.

¿Todo será negativo al fin del mundo?

Abundan en la Biblia imágenes positivas que expresan que todo lo bueno del mundo conocido quedará y será transformado en "el cielo nuevo y la tierra nueva donde habitará la justicia" (2 Pedro 13). Son innumerables los textos proféticos que describen el futuro con símbolos de alegría y de fiesta. (Isaías 60, 1-22; 62 1-12; Amós 9, 11-15; Miqueas 4, 1-5; Sofonías 3, 14-20; Apocalipsis 21, 1-8; 22, 1-21).

El fin del mundo fue también comparado en la Biblia a un parto. Para que un nuevo ser nazca son necesarios tiempo, amor, paciencia, esperanza, y en el momento decisivo, en las horas finales, se necesita esfuerzo y paciencia para los dolores tremendos.

Según S. Pablo, en este parto ya ha asomado el niño, ya ha nacido la cabeza del hombre nuevo, que es Jesús. La humanidad, que es el cuerpo, nacerá tras él (Efesios 1, 22; 1 Corintios 12, 12 y 27). Ése es nuestro deber: ayudar a ese nacimiento.

¿Qué debemos hacer? ¿Cómo podemos estar listos?

Una clara respuesta de Jesús se encuentra más adelante en este evangelio, en el Juicio Final. Allí, cuando Jesús dice que actividades como dar de comer a los pobres, dar de beber a los sedientos, dar la bienvenida a un desconocido, vestir a los desnudos, y visitar a los prisioneros serán, como si las hubiéramos hecho por Cristo mismo (Mt 25:31-46).

Entonces, más nos vale estar listos. Y así podemos dejar el resto en manos de Cristo.

La persona que vive en constante compañía con Jesús no será amenazada por su repentina aparición de Jesús. En cambio, la venida de Jesús será una ocasión para alegrarse, muy parecida a lo que sentimos cuando vemos a un ser querido después de mucho tiempo sin verle – o como la alegría que siente una persona perdida al ver que alguien viene a rescatarle.

¿Cómo debemos esperar al Señor?
Es lo que se llama 'empatía'.

S. Pablo nos aconseja: "Revístanse del Señor Jesús", es decir, pongámonos en su lugar: ¿Qué haría Jesús en esta ocasión? Así mejoraremos nuestro estilo de vida de una forma determinada y concreta. Y no puedo acertar si no tengo una relación de confianza y de amor con Él.

Revestirse del Señor Jesús es soñar con el profeta Isaías en una vida en la cima de la montaña donde el Reino de Dios es luz, paz y justicia.

Revestirse del traje de Jesús es tener el deseo y el sueño de vivir para la justicia y el amor y que ese sueño nos posea y nos impulse a luchar contra toda injusticia y todo odio.

El vestido de Jesús viene en una sola talla para todos. Y no tiene precio, es un regalo de Dios. Pero hay que llevarlo con dignidad. Hay que llevarlo en la lucha por la justicia.

Hay que vigilar para no perderlo. Hay que amarlo hasta dar la vida por él.

Fuente:
http://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-estar-vela

Cfr.
Mons. Antonio José López Castillo: http://www.elimpulso.com/correos-diarios/enterate/arquidiocesana-alerta-creyente
Todo San Mateo: http://feadulta.com/anterior/ev-0-indice-1_mateo.htm
Isabel Vidal de Tenreiro: http://www.elimpulso.com/opinion/buena-nueva-estamos-preparados-2

Ilustración: Luisa Richter.

domingo, 16 de noviembre de 2014

AFÁN DE SEGURIDADES

Lo que importa es la actitud de servicio a los demás
Fray Marcos
 
Contexto
Mateo sigue con sus amonestaciones. Estamos en el tiempo de la comunidad, antes de que llegue el tiempo escatológico, que aquellos cristianos creían cercano. Cada miembro debe tomar la parte de responsabilidad que le corresponde y no defraudar ni a Dios ni a los demás.
Seguramente en tiempo de Mateo, ya había quien se dedicaba a vivir del cuento, sin dar golpe. Es curioso que las tres parábolas de este capítulo 25 hagan referencia a omisiones, a la hora de advertir de las consecuencias de nuestros actos.
Explicación 
El talento no era una moneda real, sino imaginaria, era como un billete de banco o un pagaré. Era una cantidad desorbitada, que equivalía a 26- 41 kilos de plata = 6.000 denarios; el salario de 16 años de un jornalero. Esto es importante a la hora de apreciar la realidad espiritual significada en esas cantidades.
Para entender lo de enterrar el talento, hay que tener en cuenta, que había una norma jurídica, según la cual, el que enterraba el dinero que tenía en custodia en un pañuelo de cabeza, no tenía responsabilidad civil, si se perdía. Parece ser que era la forma más segura de guardarlo.
Tenemos que empezar con una advertencia sobre la interpretación literal y materialista del texto. Se ha empleado esta parábola para invitarnos a producir y acaparar bienes materiales.
De esta interpretación nace una cultura, en la que toda acción se valora por los resultados. Es uno de los casos en que hemos utilizado el evangelio en contra del evangelio.
Es verdad que el capitalismo es el sistema económico que más riqueza ha creado, pero también ha creado las desigualdades; y el abismo entre ricos y pobres no hace más que aumentar, excluyendo del acceso a los bienes necesarios a una masa cada vez mayor de seres humanos, que, mientras no conste lo contrario, tienen el mismo derecho a vivir. El domingo que viene dirán: “Porque tuve hambre y no me disteis de comer...”
También sería una equivocación interpretar “talentos” como cualidades de la persona. Esta interpretación ha quedado sancionada por el lenguaje. ¿Qué significa tener talento? Pero tampoco es éste el verdadero planteamiento de la parábola.
En el orden de las cualidades estamos obligados a desplegar todas las posibilidades, pero siempre pensando en el bien de todos y no emplear la mayor inteligencia, el mayor ingenio, las mayores habilidades o la mejor preparación, en beneficio propio: para acaparar más y desplumar a los menos capacitados. Eso sí, dando gracias a Dios por ser más listos que los demás.
En todos los órdenes tenemos que poner los talentos a fructificar, pero no todos los órdenes tienen la misma importancia. Como seres humanos tenemos algo esencial y mucho que es accidental. Lo importante es la esencia que constituye al hombre como tal. Ese es el verdadero talento. Todo lo que puede tener o no tener (lo accidental) no puede ser la principal preocupación.
Los talentos de que habla el evangelio, tienen como fin el hacer al hombre más humano. Y ser más humano significa amar más. Y amar quiere decir don y servicio a los demás. Sólo en esta dirección puede desplegar el hombre su plenitud.
Los talentos a los que hace referencia la parábola, son los bienes esenciales que debemos descubrir. La parábola del tesoro escondido es una pista. No entendida como que hay algo en nosotros, sino descubriendo que somos un tesoro de valor incalculable. La primera obligación de un ser humano es descubrir esa realidad.
La “buena noticia” sería que todos pusiéramos ese tesoro al servicio de todos. En eso consistiría el Reino predicado por Jesús. El relato del domingo pasado, el de hoy y el del próximo, terminan prácticamente igual: “Entraron al banquete de boda...” “Pasa al banquete de tu señor”. “Venid, heredad el Reino...”. Banquete y Reino son símbolos de la felicidad.
Algunos puntos de la parábola nos resultan difíciles de digerir. En primer lugar, podemos preguntarnos por qué no ha contemplado una tercera posibilidad. Un empleado negocia con sus talentos con la mejor voluntad, pero pierde todo el dinero. Me gustaría saber qué hubiera hecho el señor con él. Estoy seguro que la respuesta no hubiera sido de condena. La parábola apunta más bien a que lo que se valora no son los resultados, sino la actitud de búsqueda y la confianza que los empleados tienen en el amo y en ellos mismos.
En segundo lugar, el que no arriesga el dinero, no lo hace por holgazanería o comodidad, sino por miedo. El siervo inútil no derrocha la fortuna del amo. Simplemente no hace nada. También debía hacernos pensar que se condene tan severamente a uno por no hacer nada. Creo que en nuestra comunidad eclesial, lo que hoy predomina es el miedo. No se deja poner en marcha iniciativas que supongan riesgo de perder seguridades, pero con esa actitud, se está cercenando la posibilidad de llevar esperanza a muchos desanimados.
En tercer lugar, la actitud del señor tampoco puede ser ejemplo de lo que hace Dios con los que no cumplen. Pensemos en la parábola del hijo pródigo que después de la que armó, es tratado por el Padre de una manera completamente diferente. Quitarle al que tiene menos lo poco que tiene para dárselo al que tiene más, tomando al pie de la letra la parábola, sería impropio del Dios de Jesús.
Hay que analizar con más cuidado la actitud del dueño. El que escondió el talento ya se ha privado de él haciendo inútil su existencia. No sólo ha perdido toda posibilidad de hacer que fructifique, sino que realmente lo ha perdido ya. Sólo se conserva lo que se da. Lo que se retiene se pierde.
Es también muy interesante constatar que tanto el que negocia con cinco, como el que negocia con dos, reciben exactamente el mismo premio. Esto indica que en ningún caso se trata de valorar los resultados del trabajo, sino la actitud de los empleados.
Aplicación 
La parábola nos tiene que llevar a un serio examen de todos los aspectos de nuestra vida. Ningún ámbito se puede escapar a la crítica que la parábola hace de la pasividad. Las posibilidades (talentos) que tenemos en el orden del ser son inmensas. Hay que dedicar tiempo a descubrirlas, y sobre todo no hay que tener miedo al riesgo de ponerlos a funcionar, es decir, a disposición de los demás. No se trata de negociar con los talentos para el provecho propio. Se trata de ponerlos al servicio de toda la comunidad.
Si nos quedamos en el orden de las cualidades, podíamos concluir que Dios es injusto, porque ha dado más a unos que a otros. No es en ese ámbito donde está la valoración. Lo que se juzga no son las cualidades, sino el uso que yo hago de ellas. Tenga más o menos, lo que se me pide es que las ponga al servicio de mi auténtico ser y, por tanto, al servicio de todos.
En el orden del ser, todos somos exactamente iguales. Cuando percibimos esas diferencias es que estamos haciendo referencia a lo accidental. En el orden del ser todos tenemos miles de talentos. Esos no dependen de las circunstancias ni externas ni internas. Las bienaventuranzas lo dejan claro. La verdadera salvación está al alcance de todos.
La parábola nos está hablando de una dinámica de progreso, de evolución constante hacia lo no existente, mejor dicho, hacia lo no descubierto todavía. El único pecado del hombre es negarse a profundizar, refugiar­se en lo ya conseguido y disfrutar cómodamente de lo ya descubierto. El ser humano tiene que estar volcado hacia su interior para poder desplegar todas sus posibilidades.
Todo el pasado del hombre (y de la vida) no es más que el punto de partida, la rampa de lanzamiento hacia mayor plenitud. Claro que la tentación está en querer asegurar lo que ya tengo, enterrar el talento. Tal actitud no demuestra más que falta de fe (confianza) en uno mismo y en la vida, y por lo tanto, en Dios. Es la tentación de todos los tiempos.
Los judíos del tiempo de Jesús prefirieron seguir confiando en el cumplimiento de la Ley y en el templo, que abrirse a la novedad del amor.
Lo primero que tenemos que hacer es tomar conciencia de la riqueza que ya tenemos. Unos no llegan a descubrirlos y otros los esconden. El resultado es el mismo. No es nada fácil, porque nos han repetido hasta la saciedad, que estamos en pecado desde antes de nacer, que no valemos para nada, que estamos enfangados en el mal y que no podremos nunca salir de allí. La única salvación posible tiene que venirnos de fuera.
Lo malo es que nos lo seguimos creyendo. El relato del camello que se negaba a moverse porque se creía atado a la estaca, aunque no lo estaba, es el mejor ejemplo de nuestra postura ante la religión. O el león que vivía con las ovejas como un borrego más sin enterarse de lo que era.
Todo afán de seguridades, todo afán de instalarse en verdades absolutas y normas de conducta inmutables, carecen de todo sentido cristiano. Ninguna presencia de Dios es definitiva; hace siempre referencia a un más allá. Estamos aquí para evolucio­nar, para que la vida nos atraviese y salga de nosotros enriquecida.
El miedo no tiene sentido, porque la fuerza y la energía no la tenemos que poner nosotros. No podemos convertir la religión en una valla de protección que me da seguridades y me aísla de todo lo demás. Creer es confiar, perder todo miedo incluso al fracaso. El miedo es lo más contrario a la fe.
Meditación-contemplación
No hay un “yo” que posea un tesoro.
Soy, realmente, un tesoro de valor incalculable.
Sólo hay un camino para poder disfrutar de lo que soy:
poner toda esa riqueza a disposición de los demás.
…………………
Es la gran paradoja del ser humano.
Alcanza su plenitud cuando se da plenamente.
Esto va en contra de lo que nos dicen los sentidos e incluso la razón.
Por eso es tan difícil convencerse de ello.
………………
Hay una única manera de descubrir la trampa.
Bajar a lo hondo del ser y descubrir lo auténtico.
Hacer oídos sordos a la sirena de los sentidos.
No hacer caso a los discursos hedonistas de la razón.

Fuente:
Cfr. Mons. Antonio José López Castillo (Arzobispo de Barquisimeto): http://elimpulso.com/articulo/arquidiocesana-tus-talentos
Ilustración: Mario Radice.

domingo, 28 de septiembre de 2014

EN PIE

San Mateo, 21: 28-32
Aprende a perdonarte y sigue adelante
Marcos Rodríguez
 
Contexto
Jesús acaba de realizar la “purificación del templo”. En el episodio inmediatamente anterior, los sumos sacerdotes y los senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: ¿El bautismo de Juan era cosa de Dios o cosa humana? No se atreven a contestar, y Jesús les cuenta esta parábola.
Mateo trata de justificar que la comunidad cristiana se apartara del organigrama religioso judío, pero quiere advertir también a la nueva comunidad que no debe caer en el mismo error.
También debemos tener en cuenta las dos parábolas siguientes: “los viñadores homicidas” y “el banquete de bodas”, que vamos a leer los próximos domingos. Las tres constituyen una provocación, intolerable para la casta religiosa de su tiempo.
Seguimos con el tema de las advertencias a la comunidad. Lo importante no es mantenerte perfecto, sino saber rectificar lo que has hecho mal.  La pura teoría no sirve para nada, sólo la vida salva. Lo que digamos o lo que proclamemos son palabras vacías, mientras no vayan acompañadas por una actitud vital, que inevitablemente se manifestará en las obras.
En el evangelio de Juan, en las discusiones con los judíos, Jesús pone como instancia definitiva sus obras. “Si no me creéis a mí, creed a las obras”.
Explicación
El domingo pasado nos hablaba de jornaleros mandados a la viña. Hoy nos habla de hijos. Esta diferencia es muy importante, a la hora de valorar lo que nos quiere decir el texto.
En el AT, el pueblo, en su conjunto, se consideraba hijo de Dios. Jesús distingue ahora dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas (buenos) y los que los jefes religiosos consideran “pecadores”.Para descubrir la profundidad del relato tenemos que recordar que ser hijo significaba hacer en todo la voluntad del padre. Un buen hijo era el que salía al padre, el que imitaba perfectamente la figura del progenitor. Como consecuencia el que dejaba de hacer la voluntad del padre, dejaba de ser hijo. Preguntar “¿quién hizo la voluntad del padre?” es lo mismo que decir “¿quién de los dos es verdadero hijo?”
Jesús se enfrenta a los jefes religiosos, como respuesta a la radical oposición que ellos le han manifestado. Todos los evangelios dejan clara esa lucha a muerte de las instancias religiosas contra Jesús. Sin embargo, no podemos sacar de estas parábolas argumentos antisemitas. Las prostitutas y los recaudadores de impuestos, que Jesús pone por delante de las instancias religiosas, eran también judíos; y los primeros cristianos eran todos judíos.
Los sumos sacerdotes y los ancianos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todas los mandamientos de Dios. Consideraban que tenían derecho al favor de Dios. Por eso rechazan de plano el cambio que les exige Jesús. Como los de primera hora del domingo pasado exigen la paga justa por su trabajo. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, literal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley les importaba un pito. “Este pueblo me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí”.
El escándalo está servido: para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos son los malos, y los malos son los buenos. Los primeros eran lo estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían ni les interesaba. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban una posibilidad de hacerse más humanos, porque se sabían pecadores. Jesús deja claro cual es la voluntad de Dios, y quien la cumple. Es curioso que Jesús da a entender que tanto los unos como los otros son hijos.
“Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino”. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los jerifaltes religiosos de su tiempo. Eran las dos clases de personas más denigradas y odiadas por la sociedad religiosa.
Pero Jesús sabía muy bien lo que decía. El organigrama religioso-social de su tiempo era el más represivo e injusto que conocemos. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios, que lo único que quiere es el bien del hombre. Utilizar a Dios para esclavizar al hombre es lo más contrario al mensaje de Jesús. 
No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: El hijo que dice sí y va a trabajar a la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre. Lo que pretende el relato es advertir sobre el engaño en que puede caer el que interprete superficialmente la situación del que dice “sí” y no va; y del que dice “no” pero va.
Aplicación
No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Como conclusión general, tenemos que decir que los hechos son lo importante, y que las palabras sirven de muy poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría.
El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación y admite la posibilidad de rectificación después de “recapacitar”
Si tuviésemos que calificar la religiosidad de nuestro tiempo, yo emplearía el término incoherencia. Llevamos dos mil años alejándonos del verdadero mensaje de Jesús y haciendo una religión de ritos, doctrinas y preceptos que en realidad no nos obligan a nada.
No hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con la vida real, sino sólo con una serie de obligaciones formales con relación a Dios y a la institución. Nos estamos yendo cada vez más por las ramas y alejándonos del tronco del evangelio. Mucha palabrería, pero el pensar en los demás no va con nosotros.
Se nos llena la boca proclamando pomposamente que somos cristianos, pero hay muchos que sin serlo, cumplen el evangelio mucho mejor que nosotros. El fariseísmo se ha convertido en moneda corriente entre los cristianos, y damos por hecho que una cosa es hablar del evangelio u oír hablar de él y otra muy distinta, vivirlo. Esto último no va con nosotros. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.
Pero en la primera lectura se nos dice que ni siquiera las obras negativas son definitivas, el ser humano es libre en su actitud del momento, y esa es la que vale en última instancia. Podemos en cualquier momento rectificar la trayecto­ria equivocada. Esa última rectificación es la que vale a la hora de valorar nuestra postura ante Dios. Los errores cometidos pueden ayudarnos a encontrar el camino verdadero.
Somos limitados y tenemos que aceptar esta condición porque es parte de nuestra naturaleza. No podemos pretender ni para nosotros ni para los demás, la perfección. Cuando exigimos a un ser humano ser pluscuamperfecto estamos exigiéndole que deje de ser humano. Todo lo que somos lo hemos conseguido a base de corregir errores. El mensaje de las lecturas de hoy es este: no importa que falles; lo nefasto es que no descubras tus fallos, o no los corrijas.
Una consecuencia inmediata de esta verdad es que ni las normas morales ni las doctrinas ni los ritos pueden tener un carácter absoluto y definitivo. Lo que los seres humanos han tenido por bueno en un momento determinado de la historia, puede que no sea tan bueno o incluso que se oponga frontalmente a las posibilidades de ser humano hoy.
Los seres humanos nos estamos siempre haciendo. La experiencia me dice qué es lo que me deteriora como ser humano y qué es lo que me enriquece.
Cuando damos por absoluta una norma nos anclamos en el pasado y nos negamos a progresar. El gran peligro para esta fijación es creer que Dios nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se han cometido y se siguen cometiendo hoy verdaderas barbaridades en contra del ser humano. El Dios de Jesús nunca puede ir en contra del hombre; las normas que hemos promulgado en su nombre, sí.
Entender la religión como verdades, normas y ritos absolutos, es fundamentalismo puro. Ser hijo de Dios significa imitarle en la búsqueda del bien del hombre. Lo que no sea esta actitud vital, será teoría, aprendizaje, programación que ni enriquece ni salva. Será ponernos en la postura del hijo que dijo: voy, pero no fue.
También hoy podemos ir un poco más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, que es lo verdaderamente importante. Pero pueden ser reacciones automáticas desconectadas de nuestro verdadero ser, y conectadas sólo al interés egoísta.
Los fariseos cumplían escrupulosamente todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón.
No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza, sin comprometernos de verdad. Lo importante es tomar conciencia de que hay que trabajar por los demás, porque de lo contrario no daremos un paso en la vida espiritual.
Meditación-contemplación
“Dijo: no quiero; pero después, recapacitó y fue”.
El verdadero amor espera sin límites, como decía Pablo.
Si a la primera no somos capaces de decir “sí”,
Dios acepta siempre nuestra rectificación.
………………
Casi siempre acertamos a costa de rectificaciones.
No estamos capacitados para descubrir la meta a la primera.
Descubrir lo que es bueno para nosotros es una tarea ardua.
Se nos da la posibilidad de aprender de los errores
…………………..
No deben preocuparnos las equivocaciones.
Pero me debe preocupar que sea incapaz de rectificar.
Dios demuestra conocernos muy bien cuando perdona.
Aprender a perdonarse y a seguir adelante, es de sabios.
 
Fuente:
Fotografía: María F. Sigillo, pieza de Rafael Barrios, FIA 2014.

martes, 23 de septiembre de 2014

COMUNIDAD, COMUNICARSE

San Mateo, 20: 1-16
Todos somos iguales para Dios
Marcos Rodríguez

Contexto
También hoy el evangelio va dirigido a la comunidad. Los primeros cristianos eran judíos, aunque poco a poco se fueron agregando paganos y de otras religiones. Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían  incorpo­rándose nuevos miembros. Los más veteranos, seguramente reclamaban privilegios, porque naturalmente habían conseguido una perfección que los neófitos no podían tener.
Esta parábola intenta advertir a los cristianos de su comunidad que no es ningún privilegio haber accedido a la fe antes que los demás. Este sentimiento de superioridad estaba muy arraigado en el pensamiento judío. Ellos eran los elegidos y los privilegiados. Dios no podía tratar a los demás como tenía obligación de tratarlos a ellos.
Hoy nos hemos saltado todo el capítulo 19 de Mateo. El contexto inmediato es muy interesante. Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación, Pedro se destaca, una vez más, y dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos, y últimos que serán primeros”.
Inmediatamente después viene el relato de hoy, que repite al final la misma frase, pero invirtiendo los términos; dando a entender que la parábola es una demostración de que la frase de marras se hace realidad, y que nadie debe hacerse ilusiones.
Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado la misma idea, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 22 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 23 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humana, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta con cada uno de nosotros.
Explicación 
El relato de hoy es una mezcla de alegoría y parábola. Esto hace más difícil una interpretación adecuada. Sabéis que en la alegoría, cada uno de los elementos del relato significa otra realidad concreta. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el mismo proceso lógico de la historia narrada.
Está claro, por ejemplo, que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario hace referencia a Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato, hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más”.
Quiere resaltar la  “injusticia” de pagar a todos los jornaleros el mismo salario. Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que sólo Dios puede hacer.
Tal vez lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de “toma y daca” con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús, tiene que imitar a ese Dios, y ser totalmente desinteresado. Si tomásemos en serio esta advertencia, ¿Qué quedaría de nuestra religiosidad?
Tiene mucha miga la frase: “Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos”. En realidad lo que nos está diciendo es que toda escala para valorar a los seres humanos, pierde su consistencia a la hora de ser valorados por Dios. Los criterios humanos son siempre insuficientes para enjuiciar el grado de pertenencia al Reino de Dios.
Aplicación
Debemos de ser muy cautelosos a la hora de interpretar esta parábola. Jesús no pretende dar una lección de relaciones económicas o laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene mucho sentido. Jesús está hablando de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana.
Que nosotros podamos imitarle es otro cantar. Desde los valores que manejamos en nuestra sociedad, imposible entender la parábola. Hoy todo el mundo trabaja para lograr desigualdades; es decir para tener más que el otro, estar por encima y así diferenciarse de él. Esto es cierto, no sólo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones.
Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos. Lo que propone la parábola es algo completamente distinto… Una vez más, el evangelio está sin estrenar.
Se trata de romper, en la comunidad, los esquemas en los que está basada nuestra sociedad que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “lo poseían todo en común y se distribuía a cada uno según su necesidad”.
Tampoco se trata de imaginar que los últimos se aplicaron a trabajar más duro que los demás, de tal manera que el propietario lo que paga son los resultados y no las horas de trabajo. Si pensamos así, hacemos polvo el verdadero sentido de la parábola, que pone precisamente el acento en la gratuidad del salario de los que no trabajaron lo suficiente para ganarlo.      
En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras.
Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos y tenemos que merecer la salvación. El don total de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.
Hoy tenemos datos suficientes para ir incluso más allá de la parábola. Dios da a todos los seres humanos lo mismo, porque Dios se da a sí mismo y no puede partirse, la misma Escritura dice "Dios no da el Espíritu con medida". Dios no tiene partes. No tiene nada que dar, porque nada puede existir fuera de Él. Y si no tiene partes, se tiene que dar entero, es decir, infinitamente.
Es una manera equivocada de hablar, decir que Dios nos concede esta o aquella gracia. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Fijaos bien: si Dios pudiera en un momento determinado darme algo en orden a mi plenitud y no me lo diera, dejaría de ser Dios. Dios ni es, ni puede ser, cicatero.
Lo que tenemos que pedir es, que yo sea capaz de abrirme al don de Dios; no que Dios tenga que hacer algo, que no ha hecho porque está esperando mi comportamiento.
La obra salvadora de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él, estuviésemos condenados por Dios, y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total.
Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios, aceptando su salvación. No sigamos empeñándonos en meter a Dios por nuestros caminos. ¡Entremos de una vez por los suyos!
Con estas parábolas el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho.
Por desgracia, hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. Nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar y abrámonos a su don total, que es ya una realidad, aunque no lo hayamos descubierto.
El mensaje de la parábola de hoy es, en el sentido más estricto, evangelio, es decir, buena noticia: Dios es para todos igual; para todos es amor, don infinito. Cuando decimos para todos, queremos decir para todos sin excepción.
Los que nos creemos buenos, los que creemos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros. Caería por tierra toda nuestra religiosidad que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o por lo menos, para que no nos castigue.
Esta idea de Dios tiene que ser la base de todo diálogo interreligioso. Si no aceptamos que todos somos iguales para Dios, será imposible que nos respetemos como iguales. La manera de dar respuesta al don de Dios, es lo que hace diferentes las religiones. Unas responderán mejor y otras peor, pero eso no tenemos que juzgarlo nosotros, sino Dios.
El evangelio propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Si se pretende esa relación imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.
Meditación-contemplación
“No te hago ninguna injusticia”.
No es fácil comprender desde nuestra lógica humana
las razones que tiene el amor
para actuar sin motivación aparente.
Debemos descubrir que el amor que Dios me tiene
nunca puede tener su fundamento en mí, sino sólo en Él.
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Esa actitud de amor que Dios manifiesta conmigo
es la que tengo que imitar yo para con los demás.
Esta es la clave de todo el evangelio.
No tenemos que amar para que Dios nos ame,
sino amar como Dios nos ama
y porque Él ya nos ama.
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“Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”.
Para poder imitar a Dios, primero debemos conocerlo.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio
es llevarnos a ese descubrimiento del verdadero Dios.

Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-20-01-16-MR.htm
Ilustración: Aldo Galli.