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lunes, 9 de junio de 2014

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Miguel Cardona. "San Benito tiene esclavas y vasallos. Una jira folklórica por el estado Trujillo". El Nacional, Caracas, 02/04/1950.
- Miguel Angel Campos. "Sobre identidad e inequidad". El Universal, Caracas, 24/10/96. Verbigracia.
- Fernando Rodríguez. "Cultura para armar: ¿Qué es eso de patria?". El Nacional, 08/01/92. Papel Literario.
- Elena Dorante. "Los Andes: Espacio mito-mágico". El Nacional,  06/08/77.

Reproducciones: "Paisaje de Baruta" de José Canelones, pintor nacido en Caracas; muy joven, ingresó a la Academia de Bellas Artes, donde estudió dibuja y pintura con Herrera Toro y Alvarez García; ha expuesto individualmente en el Ateneo de Caracas, Club Venezuela y Ateneo de Valencia. El Farol, Caracas, nr. LXXXIII de 01/1947.


domingo, 18 de marzo de 2012

DESAGREGACIÓN Y QUIEBRA


EL NACIONAL - Sábado 17 de Marzo de 2012 Papel Literario/2
Sin traumas
El venezolano se capacitó como sujeto económico del sector terciario pero no como sujeto político, para aquello le bastaba tener hambre y aspiraciones, para esto necesitaba educarse y reivindicar la herencia social
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

Si el estilo de la política en Venezuela en los últimos setenta años ha sido tallado por la renta petrolera, el modelo de bienestar definido por la sociedad corresponde casi exclusivamente a las expectativas del consumo. La manera como desde el Estado se organizó la retención del poder (consenso y promesalismo mediante la aclamación electoral) determinó las lapidarias tensiones de una comunidad anclada en las puras reivindicaciones económicas. Civilidad y ciudadanía no están en el origen de los acuerdos, son más bien una consecuencia residual de la gestión política, ni siquiera de la educación.

Los conflictos de una sociedad desideologizada como la nuestra se resuelven en el mero aspecto funcional de la distribución de la riqueza, y esto pudiera parecerse a las demandas de una horda de la glaciación repartiéndose la cacería del día. Pero algo más debería haber para intercambiar y ejecutar en las rutinas de un país que emerge de un tiempo de minoridad, y que tras el fin del gomecismo estaba en la obligación de asumirse como una comunidad de intereses, y no como una horda que esperaba ser alimentada. Los traumas, pues, se van acumulando y tras sobrevivir a los desacuerdos del día, los desecha como una enfermedad vergonzosa, no los encara, ignora la terapia, ellos son sólo sospechosas delicadezas. La angustia, síntoma de inconformidad y opuesta a la fatalidad, es vista como una infección. En una sociedad fracasada todos simulan normalidad y éxito, nadie quiere oír que estamos en un cul de sac, y que incluso ya el tiempo de la mea culpa quedó atrás y ahora se impone, en la emergencia, el diagnóstico ya no en su alcance redentor sino puramente salvador. A la gente se le dice, por ejemplo, que debe votar pues es la única manera de participar e intervenir en la vida pública (tener cédula laminada y estar inscrito en el registro electoral, resulta así la máxima cuantía de aquella civilidad). En un país cuya democracia se abrió paso desde el voto censitario, al menos debiera serse consecuente con un aspecto inercial de este igualitarismo y que en fondo es la otra cara de lo anticensitario: el derecho sin coerción.

Se predica contra la abstención o el voto nulo, cuando éstas son justamente expresiones superiores de la disidencia en medio de los acuerdos precarios, si no votas te quedas sin derechos, suelen decirle al indeciso o incluso con esta retahíla amenazan al fastidiado. Yo le recuerdo a estos mentores electorales que se equivocan e incurren en un delito de lesa iuris, oigan bien, la abstención es una calificada disidencia: aquella que abjura no sólo de los optantes y sus programas, también de unos electores poco exigentes, y de aquello que se ha edificado.

Condenada a elegir, no a expresarse, esa ciudadanía puramente forense es dada a sobrevalorar procedimiento formal de la vida democrática. Las virtudes de un recurso moderno, que ha garantizado el desarrollo de una civilización, no han servido en Venezuela para alcanzar un quehacer sostenido de armonía y prosperidad. Parlamentarismo, elección directa y secreta y separación de los poderes, el legado más estable de las formas políticas de Occidente, en alianza con una fuente constante de financiamiento, no ha producido los logros capaces de asegurar larga estabilidad política y generación de virtudes entre los acordados.

Vaciadas de prácticas democráticas consistentes, aquellas formas redujeron su eficacia en el plano real del intercambio y lo electoral concluyó siendo un fetichismo dominguero.

Y, sin embargo, Estado discrecional y renta petrolera ya no son una herencia para juzgar, son constitutivos de un balance, agentes de una hechura, y deben ser situados desde las omisiones o defecciones de otros. Cuando en 1994 (en el cenit de la gestión del grupo de Los notables) se insurge contra la visión ya ortodoxa del Estado ineficiente y voraz, Mayz Vallenilla, el revisionista, defiende frente a Uslar Pietri el carácter social de la institución que se abroga el amparo de la población, desde la construcción de carreteras hasta la educación y la salud, y está pensando, obviamente, desde el referencial año 1936. "Las empresas privadas, no el Estado, arruinaron el país", es su conclusión. Y en el recordatorio truena el sentido común: extinción del paludismo, medicina hospitalaria y vacunación, refundación de la escuela, comedores escolares, escuelas técnicas, legislación petrolera solvente, urbanización, ¿cómo podían arruinar al país? Las empresas se convirtieron en beneficiarias, incluso damnificadas, tras la oleada de buena conciencia, asumieron la novedad sólo como mercado y suscriptores, desentendiéndose de obligaciones como reproducir a una escala de hábitos y compensación lo que el Estado hacia en el vasto orden social. Usufructuaron la modernización y profesionalización introducida por las instituciones, el resguardo jurídico de nuestro aluvión legislativo de los años cuarenta, y todo en un marco espléndido: la circulación de dinero y movilidad que adviene con la economía petrolera.

Cuando los propietarios de un centro comercial (escena de hoy) esperan a que algún organismo público les repare el asfaltado del estacionamiento hecho pedazos, pues no lo entienden como costo de funcionamiento, expresan esa conducta doméstica y venal. Históricamente, han carecido de proyecto civil, para tenerlo es preciso ver la continuidad de sus intereses en un escenario más estable y menos inmediato que la contabilidad, se pretenden acompañantes de lo público en la fiesta de los negocios, protagonistas de una nación sólo de consumidores.

Exigen al gobierno que genere empleo, pero la administración pública representa el mayor volumen de la nómina formal, la democrática condonación de deudas nunca distinguió entre ganaderos y estudiantes de Funda Ayacucho. En Maracaibo, en la primera mitad de los cuarenta se desvanece el primer gran esfuerzo de organización de una orquesta sinfónica, la Sociedad Zuliana de Conciertos, por falta de cooperación de los capitanes de empresa del pujante puerto local.

El colegio Emil Friedman sería después una gran referencia nacional en materia de docencia musical.

Hoy, en el cenit del llamado proceso, esta relación simbiótica de mutualismo obra conforme a su franco principio de alianza, la renta petrolera funda y financia directamente corporaciones de empresas privadas que no requieren de acumulación originaria, estos nuevos empresarios son los validos del gobierno, miembros del aparato del partido único y agentes de las distintas asociaciones de Fedecámaras, o simplemente protegidos y arribistas de toda calaña. Es el propio Estado desideologizado, pragmático y funcional, tutor de la sociedad pero también de un capitalismo bodeguero: entre ambos medran en el amplio orden de una economía de réditos puramente financieros y comerciales, el primero insufla el mínimo oxígeno a las masas consumidoras indispensables a la legitimidad y aclamación.

El segundo crea la ilusión de libertad y gestión individual de esas masas.

Relaciones societarias perturbadas, ausencia de procesos densos y orgánicos, crisis de jerarquía y responsabilidad, esta pudiera ser una caracterización justa y que resiste el análisis. Todo esto puntualmente debía engendrar patologías en el tejido de las relaciones formales, recelo y socarronería respecto a los procedimientos, y entrega a lo factual, pesada herencia de los vínculos patrimoniales. La política de los caudillos resultó así un esquema exitoso en el trato con la res publica, pero deshacerse de ella no significó nunca el fin de los estilos domésticos en los negocios de Estado; el fondo amargo se continúa en el culto de todo personalismo, la ascendencia del carisma sobre la función del Derecho.

Pero la retención del poder en la era de la democracia electoral significó la entronización del populismo como un valor, la santificación del pueblo en tanto recurso legitimador de unos acuerdos públicos donde el énfasis del espectáculo procedimental resultaba abrumador. Celebrar la fiesta de la democracia siempre ha significado en Venezuela expectativas de encargos para unos funcionarios, nunca la requisitoria ante las deficiencias de una práctica. Exaltación de los peores rasgos frente a las urgencias del acomodo ("Del Negro Primero no miramos su analfabetismo y la violencia vegetal: alabamos la expresión de su fe primitiva en la libertad", dice Briceño Iragorry), se amplía la tolerancia de las carencias y se magnifican las escasas virtudes. Transarse con lo poco y sacrificar las exigencias, drama de todo aquel a quien el tiempo se le agota, elegir entre el mal y el mal menor, cuando normalmente se elige entre el bien y el mal, definitivamente una sociedad así no es de fiar. El Estado de Derecho debía ser entonces una representación vacía de hábitos y certidumbres, tan sólo la simulación de quienes todo lo esperan de la redención, pero también en la primera oportunidad se hacen matar por una media res o un televisor en un saqueo cualquiera.

El venezolano se capacitó como sujeto económico del sector terciario pero no como sujeto político, para aquello le bastaba tener hambre y aspiraciones, para esto necesitaba educarse y reivindicar la herencia social. El caso de lo que ocurrió con la irrupción de la educación universitaria es paradigmático. En diciembre de 1958 la matrícula era alrededor de 1500 estudiantes, hacia mediados de los años ochenta hay unos 200.000 estudiantes sólo en las universidades públicas.

Pues ese importante fenómeno de democratización en térmicos estadísticos y culturales garantizó la movilidad social, quien obtenía un título universitario ascendía en el estatus socioeconómico, pero nada significó en el estímulo de la solidaridad y la madurez ciudadana; por ejemplo ¿cuántos médicos en Venezuela tienen una hora de consulta al mes gratis, en retribución de una formación costosa y gratuita? Ingenieros y abogados salen inspirados a hacer dinero.

Hoy, la ausencia de programas de más alcance en aquella educación profesionalizante y fraudulenta, atiborra los registros subalternos de títulos de mera contabilidad, engrosando el desempleo de unos amargados. El espanto de la renovación universitaria bolivariana radica en que al fraude cognitivo debe sumarse la altanería de unos egresados convencidos de que todo se les debe. El igualitarismo, demagógico por naturaleza, exaltó la concurrencia pero ni garantizó el ejercicio de los derechos políticos y tampoco podía establecer la preeminencia del concepto de justicia sobre el de justicia social.

"Cuando teníamos igualdad, ya no teníamos libertad", dice Augusto Mijares al juzgar el inmediato balance de la Guerra Federal. Pero las consecuencias pueden ir más lejos. Hoy en Venezuela cualquier ciudadano es potencialmente un agresor, un asesino, alguien liberado de los mínimos frenos modeladores de la convivencia. El sicariato, por ejemplo, es un mecanismo para zanjar diferencias entre vecinos agriados, pero el imaginario lo remite exclusivamente a un submundo de mafias y conspiración. La incapacidad del sistema de justicia para restituir el equilibrio pone a la orden del día la justicia por su mano. Si la delincuencia devino en una economía, la violencia ciudadana es el resultado de la destrucción de la cohesión, esa que garantiza no el gregarismo sino el reconocimiento de la alteridad, el otro como sujeto psíquico y no sólo jurídico.

La violencia es, entonces, un mecanismo de adscripción del venezolano en tiempos de desagregación mental y quiebra absoluta del Estado de Derecho.

Fotografía: Rolando Peña, "¿El petróleo es nuestro?".

miércoles, 3 de agosto de 2011

CAMPO FOTOGRÁFICO


EL NACIONAL - Sábado 30 de Julio de 2011 Papel Literario/3
Retrato de la horda
Equívocas virtudes, doble moral, matronas y patrones dictando sus reglas y reduciendo el civismo a preeminencia de acaudalados y a alcahuetería, la vida del pueblito venezolano que emerge en el remezón petrolero
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

El desarraigo cercano Cuando leemos un recuento de peripecias de la infancia, recuerdo hilado entre imágenes desvaídas, ciertas o magnificadas, pero fijadas para siempre en un tiempo inmóvil, nos disponemos para reconocernos en él entre retazos de humor y también de melancolía. Sólo que Sin partida de yacimiento, de Luis Barrera Linares, trastorna el consabido esquema y nos prepara para enfrentar la infancia desde la pérdida de todo candor, liquidada la edad de la inocencia, desde el comienzo, el relato del niño confinado lejos del lugar de sus primeros años se convierte en la reconfiguración de la conseja mítica que perfila pueblito y ruralidad en un abrazo de bonhomía. Después de esta saga ya la idea de la comunidad virtuosa, objeto estrujado del país malvado e indolente, queda hecha pedazos.

Anti-culto de la tierra chica, el libro de Barrera Linares produce desazón entre quienes modelaron su visión del país desde los sospechosos límites de lo nacional en función de una patria municipal y telúrica.

Y también afirma la antigua perturbación de quienes hemos sentido que hay pocos objetos que venerar en un proceso en el que las culpas se filtran como en un cedazo hasta separarlas de los culpables y, así, en el mejor de los casos, atribuirlas a gestiones anónimas o naturales (terremotos, inundaciones, golpes de Estado). Desarraigado de su pueblo de origen, el niño se hace adolescente en un tráfago que ya no corresponde a la épica costumbrista o criollista de la aldea soñolienta. El viaje lo marca no sólo para desplazarlo, también para estigmatizar su lugar de nacimiento, en este caso el Trujillo que se atrasa escandalosamente en el siglo XX, y tras la solvencia de sus clases sociales en el XIX. En sus vueltas ocasionales el adolescente podrá constatar el prestigio de lo zuliano entre los trujillanos, al llegar de un lugar aureolado de éxito y cosmopolitismo las maneras se hacían estandarte, obraba la clara ansiedad del fetichismo.

"Me aprovechaba además de mi acento zuliano, cosa que hacía desvivir a más de uno y una. Llegué a sentir que cada trujillano llevaba como figura ideal de vida la de un maracucho". El nuevo lugar es previsible, sintomático en la dinámica de la Venezuela replanteando sus escenarios y valoraciones: el petróleo crea el esplendor de una frontera de novedad y esperanza.

Todo va a someterse a prueba en el lugar de los hechos de la economía minera, convirtiendo los estilos y la tradición a la eficacia de sus exigencias. Los Puertos de Altagracia, en el corazón de la Costa Oriental del Lago resulta una comunidad ideal para el fluir de unas expectativas, para la experiencia de asomarse a la Venezuela que está siendo promocionada desde un modelo ya ejecutado y prestigioso. Pero quienes esperan o llegan al lugar, al pueblito emblemático de lo nacional, tienen algo que ocultar, o mejor dicho, no logran ocultarlo, el desfile de tipos humanos y su ecología, la historia menor donde familias y comunidad encajan en una sola continuidad, dan el tono del día. Los ruidos de la modernización material no desplazan los usos de unos parroquianos obrando desde sus acuerdos patriarcales. El pueblito se afirma desde los peores vicios de la servidumbre de unos y la vanidad municipal de otros, todos anhelan pasar sin examen al mágico mundo del bienestar del petróleo redentor. Pero no todos disponen de partida de yacimiento, denominación categórica para signar las nuevas alcurnias, aunque estos más desheredados todavía que la pobrecía feudal de la crónica de costumbres, pues aquellos en su fatalidad disponían de un horizonte de monte y geografía. La palabra yacimiento, además, la toma prestada de la Geología y casi la confisca, parece indicar allá lo inmóvil, lo oculto, se nos devuelve con un extraño sentido erótico o funerario, que ya no es ajeno al predicamento de no saber qué hacer con el placer y la riqueza, o acaso simplemente no saber qué cosa son.

Equívocas virtudes, doble moral, matronas y patrones dictando sus reglas y reduciendo el civismo a preeminencia de acaudalados y a alcahuetería, la vida del pueblito venezolano que emerge en el remezón petrolero es la suma de todos los pesos muertos de las épocas de minoridad ciudadana, pobreza y abuso del poder.

Usos y costumbres sancionados en prácticas de sometimiento a la autoridad de No Pernaletes y doctores venales, la desvitalización de una población que a duras penas sobrevive a la guerra biológica contra el paludismo, pero que arrastra impenitente la desvalidez de un sujeto sin sentido de la herencia societaria y todavía en la infancia de todo ordenamiento jurídico, lejano ayer y hoy el amparo civilizatorio del Estado de Derecho. De dónde sino de un orden de ultraje y destitución surge un personaje como esa Condesa, suerte de madama y madre superiora, colectora de niños expósitos, que se los dejan al cuido, al libre arbitrio no ya de una persona de pocos o poquísimos escrúpulos, sino al azar de una sociedad donde la educación no tiene mucho impacto en la seguridad como espacio de referencias: historia, identidad, justicia.

La infancia claudicante El niño mandadero se educa en el ejemplo de la rapiña y la violencia de los adultos y su desesperación; las niñas esperan para ser colocadas o alquiladas, aquellas casadas y con la carga de gratitud eterna para la madama, estas a la mancebía o la franca prostitución.

No es mucha la diferencia con el cuadro que nos da Carmen Clemente Travieso de los socorridos sitios de Colocación Familiar en la Caracas de 1948; en ellos, sospecha la periodista, se explota y humilla a las jóvenes entregadas por familias pobres de las zonas rurales, de allí iban a casas de gente adinerada a servir a cambio de la comida y ropa cosida con los restos del ajuar en desuso. El centro desde donde irradia el diagnóstico de la comunidad aletargada es aquel reclusorio de expósitos, y bien le viene el género, después serán un motel de madrugadas y borrachos, y aquella pensión caraqueña, la despedida del mozuelo que se encuentra con su destino, a donde llegan los montunos como en un sorbo sórdido de la gran ciudad, aquí también se continúa la falsa moral y el hábito del recelo, ya hundido en el alma de los errantes, estragados de una avanzada de tristeza. Insistamos: el caserío formado al paso de los troillers y las cuadrillas tiene ya los elementos del desarraigo, este lo define, son los escoteros nombrados por Picón Salas en una frase como celaje y signados en ella para siempre.

Pero el pueblo histórico apela a su bagaje, a su identidad de retazos presentida por unos desde los días remotos de la Colonia, por otros desde el arrasamiento y las degollinas de la Independencia, o en el ufanoso clasicaje de la Federación. Pero para los usos de la comunidad negociadora, aquellos blasones, de horror o templanza, no están en la memoria colectiva, los mueven otros gustos, otras seguridades, son las alianzas de la urgencia ante las angustias del día, las pequeñas pendencias de grupos gregarios, porque la luz de la fogata ahora los une, socializados en las carencias y dispuestos a hacerse una idea de lo que quieren, se entregarán a la melancolía y a la rapiña simultáneamente: de un lado lo que no comprenden pero desean, del otro la rencilla de los despojados. Esgrimirán los modales vistos entre el paso de los hacendados prósperos y se deslumbrarán con el monólogo de los doctores que atesoran la fragancia de la alfabetizacion. Harán suyas aquellas imágenes de bienaventuranza donde, presumen, lo mejor del cielo y la tierra se condensa: los campos petroleros advienen como en una epifanía que no sosiega sino que angustia, están allí como la negación de la fatalidad, nada más. Y a ellos no se llega ni por la educación ni por la buena conducta, tal vez por la obediencia y la sumisión, así lo creían no sólo los andinos, "taciturnos, zamarros, crueles", como los define Ramón Diaz Sánchez en su rol de guachimanes.

Sorprendentemente es Los Puertos de Altagracia, y no una polvorienta aldea de Monagas, el pueblo que resume a cabalidad esta condición híbrida y real. Su genealogía puede ser rastreada paso a paso, fundado u hollado el mismo año que Maracaibo, pues está en la costa de este lado del lago, desaparece de tiempo en tiempo tras la sombra de aquella ciudad, retrocede a trilla o caserío y se levanta al estar atravesado en la ruta de welseres y exploradores que marchan desde el lago hacia el Caribe. El rumor del petróleo lo sorprende afanado en la lontananza, y en un tris está listo para enarbolar sus títulos de lugar histórico y habitado por gente dispuesta a hacerse de apelativos y un nombre sonoro. El autor ejecuta el retrato de una comunidad ya asentada en sus elecciones, hábitos y recursos solventes garantizando una idiosincrasia de disimulo y ventajismo, conformismo y fatalismo, alianza fértil para crear una picaresca de dolor y destitución en la lucha por la vida. Desde los poderes públicos hasta el hilo borroso de aquellos seres definitivamente menores, todo registra el aura de lo inercial, y no por eso menos vívida y gestual.

Dominados, o aun más, anclados en unos convencionalismos, no van a ninguna parte, se desplazan hacia las esquinas componiendo un conjunto de dura uniformidad, representan con fidelidad las expectativas de un país convocado pero azorado, sin herencia pública a qué apelar para emparejar en los nuevos tiempos del gentilicio. Los campos tan cercanos son más fuente de angustia que de certidumbre, entre el desengaño y el resentimiento, ellos les recuerdan no ya las bondades del bienestar material sino la existencia de hombres distintos y superiores, al fetichismo de usos y consumo se agrega el escozor de la inferioridad. Incluso, quienes los han traspasado mediante la "partida de yacimiento" sólo pueden traer el testimonio de la indiferencia de sus anfitriones, y a su vez ejercen el dudoso privilegio de medrar entre los excluidos, recalcando su recién adquirido linaje.

El petróleo, su tinta En 1973, escuché el desplante de un ingenierito refiriéndose a otros más nuevos que él como "esos soldados rasos", afuera, en las "gates" de las oficinas de la compañía, era en Tasajeras, un hombre con apariencia de poco saludable reía feliz de formar parte del trust instalado en su mísero gatico. Si algo ilustra de manera concluyente la peripecia puertera del entenado son las grietas de una cultura de la convivencia, todo fluye en su armonía de acato a la malicia, al doble sentido, al imperio de la conveniencia.

Él observa desde abajo, desde su altura de zagaletón que se permite algo de desplante y socarronería, y por eso mismo puede adornar de pertinencia y hasta de solemnidad sus juicios, en un primer momento vestidos de humor. El fraude de la educación, modelada desde el cacicazgo y la humillación, condena los méritos del típico maestro de pueblo, abnegado y entregado a un sacrificio sin compensación, todo gesto grave queda teñido de sospecha o es ridiculizado por la infamia o los agravios no tan secretos del mandón de la comarca. Nadie sabe quien es el personaje cuyo nombre lleva el liceo, la adscripción no va tan lejos, seguramente rinde homenaje al padre del cronista y prestamista a la vez, en todo caso hay una larga lista de hipótesis ("Algún fantasma de las luchas libertadoras, un heladero célebre o quizás cierto empresario mecenas?, ¿el padre o hermano de quien elaboró el documento de fundación del liceo?, ¿pariente de algún médico zuliano que lleva su mismo apellido o hijo ilegítimo del anciano Ordemburgo?"). Y si los nuevos profesores deben tener su aprobación --como aquel listero de una cuadrilla de encuelladotes convertido en enseñador de Castellano y Literatura, o ese guardia nacional dado de baja y que un buen día aparece con su designación de profesor de Educación Física--, pues quien va a preguntarse por los méritos y virtudes de un tal José Paz González, además difunto.

Es la ascendencia nefasta de los prohombres en multitud de pueblitos venezolanos, algunas veces llegan conduciendo un camión con el único ánimo de rematar una carga de cerveza, como en la novela de Miguel Otero Silva, y termina convertido en jefe civil, pero también puede estar esperando para escoger y mandar a los maestros. Barrera Linares sabe muy bien hasta donde alcanza la gestión de la picaresca y cuando el relato debe hacerse fría denuncia, el poco aprecio de la función del educador esconde un juicio sobre el saber y el conocimiento como instrumentos de liberación.

"No sepa usted hacer nada o quede vacante de cualquier profesión u oficio y baste para que cualquier funcionario considere que su mejor destino es ser profesor de lengua castellana". Alguna vez tuvo el maestro ascendencia entre su comunidad, la humildad campesina cobijó seguramente los afectos de una gratitud, quien educaba a sus hijos debía ser amado y resguardado, un emocionado respeto era la recompensa. Pero la autoridad arbitraria, legitimada por los Mujiquitas, fue mucho para el maestro urgido de resguardar cargo y ascenso, cuando función y empleo se hicieron incompatibles la siguiente acción fue la de la tierra arrasada pues, como dice Briceño Iragorry, "con la dignidad se comercia una sola vez".

Pero a otras alturas del liceo estaba la Universidad, allá en la reluciente Maracaibo, era como otra dimensión del fetichismo, la vida mediocre del bachillerato parecía trocarse en algo superior en aquellos que ingresaban a ella, se trataba de otro rango de la veneración, las aulas maracaiberas constituían el Olimpo de donde llegaba el lote de petulantes. "Los profesores del Liceo, algunos de ellos estudiantes de la Universidad del Zulia, otros improvisados autodidactas entrenados en los bares locales". La educación degradada a protocolo de títulos y certificados, es un hecho forense de la Venezuela de hoy, lo grave es que terminó desplazando el saber organizado del individuo retenedor de la herencia transformadora.

En mis días de profesor de la universidad Rafael Maria Baralt en la extensión de Los Puertos teníamos con frecuencia la visita del director del aquel liceo, el hombre parecía alelado con la rutina de la sede universitaria, tan sólo veía el estatuto, alelado pero también alienado en aquella admiración jamás entendería cuan idénticas eran las miserias del alma mater y las de su desranqueado liceo, filisteísmo y vanidad revestidos con otros asombros a los ojos de los parroquianos. Algunos años antes, durante mi primer semestre de Estudios Generales, aquel formidable prospecto de la Universidad del Zulia, en la clase inaugural de "Problemática de la Ciencia y Tecnología", nuestro profesor llega con su bata de odontólogo y hace la más inaudita pregunta: "Alguien sabe que significan las siglas Pdvsa", fue todo el programa del día. En su mayoría el personal docente había sido reclutado bajando al mínimo las exigencias académicas y sobre todo las intelectuales, finalmente el clientelismo hizo el resto: seguramente los mismos diseñadores del proyecto "metieron" a sus conocidos con el sólo requisito de estar graduados en una carrera universitaria, así un odontólogo podía dictar aquella asignatura o un ingeniero "Comunicación y Lenguaje".

Así se hace un país... Pero la compilación de lo observado por Barrera Linares en aquel pueblo parece altamente representativa, así vemos reproducirse, en el ya muy avanzado siglo XX, estilos de gestión de lo público propios del caudillaje inicial postindependentista, una noción de país donde los referentes abstractos de norma y juricidad son inexistentes. Una población atascada en su relación puramente geográfica y topográfica con la urbanidad, reacciona y se conduce desde el vínculo primario con el otro: patriarca redentor u hombre rico, personaje carismático o figura pública, amigo de parranda o "compinche"; el venezolano duda siempre del entorno, acata con disimulo los acuerdos ya precarios y los destierra hasta extinguirlos.

Seguridad y amparo le vienen siempre de unas palmadas en la espalda, de una llamada telefónica, de deslizar a tiempo una botella de whisky.

Ante la injusticia o la ausencia de Estado de Derecho los parias no se rebelan sino que buscan igualarse con sus opresores. Observemos cómo se organiza la policía en aquel pueblo: "Guiso Pirela, que llegó a dirigir la Policia Nacional, se trajo para Caracas a todos los vagos de Los Puertos, los puso a hacer un curso de un mes y les dio placa, revólver y poder, casi les dijo a todos: háganse tombos uniformados en cinco lecciones". Me pregunto si no es como hoy, los cuerpos de seguridad, todos, reciclan y enrocan funcionarios expulsados por faltas graves, vemos sin escándalo como a pocos meses de haber sido creada una policía que se propone como modelo hay ya una larga lista de sus miembros acusados de delitos, unos enjuiciados, otros no. Y, en general, la frecuencia con que los funcionarios de los distintos organismo de seguridad aparecen involucrados en crímenes de toda índole no habla tanto de lo rentable que es hoy el oficio de delincuente como de la facilidad con que el Estado arma a esos delincuentes.

El recuerdo de infancia se perpetúa en los datos del escritor, se hace vívido en la memoria porque tiene continuidad en su expectación de ciudadano, en Venezuela esta clase de memorias son tan útiles para asegurarnos con horror de cuan poco hemos cambiado. Este relato de Barrera Linares puede atarse sin pérdida de espacio ni tiempo con algunas páginas de Argenis Rodríguez, nos darían un panorama de la desesperanza, el leiv motiv de una biografía tocada por la misma fatalidad, desde El Moján hasta Maturín.

Es la picaresca de los recién venidos al espectáculo del petróleo, pero que al haber carecido de trasunto comunitario y proceso de gentilicio les resulta difícil situarse ante la novedad, incapaces de integrar las nuevas definiciones de poder, bienestar y dinero a un plan de mayor estabilidad en el tiempo, tan sólo pueden apelar a lo vestigial de una experiencia traumática, fracasada en su intentona de apropiación de una cultura funcional.

La impresión que nos deja el persuasivo fresco Sin partida de yacimiento es la de una sociedad desarticulada, errátil y aleatoria, pagada de todo pragmatismo, cuyo proyecto se hace volátil pues no depende ni de una élite consagrada y tampoco de una prédica gregaria.

Allá como aquí, hoy como ayer --y la picaresca se hace amarga--, los grupos llegan a descollar en virtud de trapacerías.

El individuo ajusta su potencial a una ecología de desconfianza y recelo, nadie dispone su mejor esfuerzo y todo se traza desde el cálculo, el éxito de los audaces fija un criterio de valoración no sólo del esfuerzo personal sino de los logros mismos, todo lo cual impacta, modela y remodela el ethos de una comunidad.

La pobreza no es vista como responsabilidad social ni como acicate para transformar el medio devorador, antes sirve como parangón para que los opulentos ostenten su riqueza y bienes superfluos, y dado que nada más pueden exhibir.

Doloroso pero cuán consistente es el testimonio de la infancia para biografiar un país como el nuestro, áspero y paidocida, que contra toda lógica concentra la mayor y mejor inversión en la punta del iceberg de su pirámide educacional.

Hoy quizás ya no tengamos albergues de expósitos, ni públicos ni privados, llámense Carmania o Colocaciones Familiares, y sin embargo los niños de la calle son una herida lacerante y una vergüenza, escuela de prostitución e indigencia son nuestras calles, infancia sin amparo, niños hechos desde la violencia de los adultos indolentes, como un Oliver Twist del peor de los infiernos. Como aquel de no más de 8 años cuya imagen, en un semáforo de Maracaibo, me taladra, vestido de harapos ofrecía la Gaceta Oficial con la puesta al día de la Lopna (Ley Orgánica para el Niño y el Adolescente).

sábado, 11 de junio de 2011

TESTIMONIO DE GRATITUD


EL NACIONAL - Sábado 11 de Junio de 2011 Papel Literario/2
Destino de Orlando Albornoz
Luego de más de 50 años de agenda pública, se trasluce una constancia difícil de ponderar
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

De la obra de Orlando Albornoz (1932) pudiera decirse que cubre la biografía de las Ciencias Sociales en Venezuela; sociólogo de formación su gestión académica se extiende en esa amplia rama denominada en la vida universitaria francesa ciencias del hombre. El desarrollo de su actividad profesional coincide con la importancia que la Sociología alcanza en el país, y en medio de coyunturas que señalan a la sociedad ya no como un proceso sino como sujeto de estudio.

Exponente característico de la universidad latinoamericana ilustrada y beligerante, su pasión por el conocimiento lo lleva a descubrir esas relaciones que hacen del saber no ya un medio de control de la realidad y la materia, sino un manera de legitimar el mundo por medio de argumentos intelectuales. Albornoz se prepara para debatir el país, enseña desde las aulas y de cuando en cuando una generación avisada lo descubre como el gran inconforme, y secretamente lo nombran su maestro. Luego de más de cincuenta años de una agenda pública, se trasluce una constancia difícil de ponderar: su fe en la investigación y el estudio, su definitivo ejercicio de escritor.

El país tiene en él, pues, su emblemático analista de la educación. La universidad ha sido un punto focal de su trabajo de indagación, y más allá del debate y la polémica ha construido un claro objeto de estudio, en sus manos ella ha devenido en un tema nacionalizado, caracterizado en su dimensión histórica y cultural.

Debemos a su larga gestión, desde una historia de la Sociología en Venezuela hasta el emplazamiento de esa sociología en una dimensión explicativa de la pobreza, actitudes de identidad y en general de elementos caracterizadores de la gens. En medio de la labor del pensador fijando causas siempre ha habido tiempo para advertir, alertar o aleccionar sobre los rumbos de la educación y sus consecuencias, y no estamos hablando de ruidosas denuncias del maestro moral, sus reflexiones convincentes, eruditas nos llegan en forma de manuales y libros, artículos en revistas internacionales e invitaciones que acepta generoso a eventos de divulgación. En el ya remoto año 1965 advertía Orlando Albornoz de cierta actitud típica del egresado universitario venezolano, éste se asume sin nexos ni responsabilidades con la estructura social, incapaz de retribuir con un gesto mínimo el esfuerzo de un orden que lo ha formado profesionalmente. Ese título, que él cree arrancado a la universidad, suyo y de nadie más, en un acto de vanidad y cicatería se lo queda debiendo para siempre a la viejecita que planchó e hizo mandiocas y a la esplendidez del petróleo, la cual él mismo anula como redención con su disposición mezquina. La devastación que esta indolencia, casi infamia, ha producido en los vínculos de coexistencia pareciera ya irreversible. Orlando en estos días también se malquista con sus colegas cuando parte una lanza por la condición del profesor letrado y su dignidad, verdadera fuente de su seguridad, la cual no cree que se abone con dietas y cesta ticket.

Si la docencia es su estandarte, también ha sabido entender como la investigación es un mundo cuyos hallazgos deben ser difundidos mediante aquella, para él ha sido una manera trascendente de resolver ese falso dilema de la universidad venezolana, que separa una y otra como dos reinos, uno pretencioso, el otro quizás melancólico. Lo que él mismo ha llamado "la invisibilidad del trabajo académico docente" nos pone frente a otro desdén de estos tiempos: privilegiar lo espectacular de la actividad empírica, el rendimiento frente al trabajo creador. La apoteosis de los profesionales que enseñan y la ruina de los profesionales de la enseñanza, el saber práctico en una sociedad tosca frente al "milagro de transmitir a otro que aprende, la esencia del saber". Y si la educación es su angustia, y si la drena desde la razón y la búsqueda de hitos que sirvan de explicación de nuestro drama societario, sus disciplinas no lo anclan en los municipalismos, su esfuerzo fluye en las coordenadas de un saber planetario, ecuménico. Es uno de los expertos reconocidos por la UNESCO en materias como Sociología de la educación y Política de la educación superior en América Latina. Su magisterio ha recorrido centros de enseñanzas de primer orden desde la India hasta el Reino Unido. Sus conclusiones y juicios sobre el devenir de nuestros procesos educativos han resultado casi proféticos, bien sea que se ocupe del rumbo de la vida universitaria o la significación de la educación en la construcción del bienestar.

Su estudio pionero de las conductas de los estudiantes norteamericanos en la era de la contracultura y el ascenso de la izquierda viene distinguido con un largo comentario de David Riesman (Estudiantes norteamericanos: perfiles políticos).

En 1984 se publica su libro La familia y la educación del venezolano, allí hace el hipotético ejercicio de un niño que inicia su vida escolar en septiembre de 1983, de acuerdo a las condiciones del país y al modelo de enseñanza, su futuro estaría comprometido para 2001 (cuando debería egresar de la universidad). Las previsiones allí consignadas no fueron atendidas y casi 30 años después las consecuencias se asemejan bastante a una catástrofe.

En 1999 la Biblioteca Nacional de Venezuela organizó la exposición-homenaje "Orlando Albornoz en la Biblioteca Nacional", el catálogo, ilustrado con un retrato suyo ejecutado por César Rengifo, consigna 65 títulos para aquel entonces, ahora son un poco más de setenta. Tenemos entre nosotros, ciertamente, a un profesional moldeado desde los intereses y expectación de la universidad, desde ella ha proyectado un magisterio que va desde la descripción hasta el debate, en un registro de las angustias más recurrentes de nuestra sociedad.

Y también a un disciplinado escritor, cuyas tesis insistentes, revestidas de la monotonía de toda certeza, nos llegan en la elocuencia previsible del libro.

Pero Orlando empareja también con otra tradición. La reciente constitución de nuestras ciencias sociales, y su ascenso a estatuto académico, omite algún recuento. Si para la fase de transición se vindican nombres como los de Salvador de la Plaza, Miguel Acosta Saignes, Eduardo Arcila Farias, Carlos Irazábal, y se los integra al canon heurístico, suele ocurrir que en nuestras escuelas de Sociología los autores que fundaron la indagación de la venezolanidad en el siglo XX, a duras penas pueden ser identificados por algún estudiante avezado. En el mejor de los casos se nombra con desgano alguno de la generación positivista y como para representar un renglón, nunca para estudiarlo.

En mis días de estudiante a algún profesor oí referirse con desdén al más esclarecido legado intelectual del país, como literatura, me pregunto si el inculto tendría alguna remota idea de lo que envuelve aquella palabra. Desconocen esos profesores de Sociología que los diagnósticos de autores como Augusto Mijares, Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Vallenilla Lanz, Enrique Bernardo Núñez, Uslar Pietri constituyen hasta el día de hoy piedra miliar en la comprensión de nuestra sibilina identidad. ¿Habrá que recordar que la Crónica de Indias, el Barroco, la utopía ilustrada de la Emancipación, el modernismo que deslumbra a España, los estudios americanistas que juntan a nuestro Julio César Salas con Franz Boas y Manilowski, están en estos autores como herencia y gestión de una cultura distintiva? En sus trabajos de los más recientes años ellos aparecen nombrados aquí y allá como en un discreto homenaje; recuperados por el sociólogo tal vez alarmado del largo descuido, Orlando quiere conjurar desde un gesto de simpatía aquella filistea indiferencia.

Ojalá en el futuro esos pensadores, que si elaboraron un objeto del país críptico, estén en nuestras escuelas de sociología instalados con propiedad en sus esplendidas categorías. Por ahora, quede aquí mi gratitud personal para nuestro sociólogo memorioso.

Fotografía: William Dumont

viernes, 24 de septiembre de 2010

petrolidad


EL NACIONAL - Sábado 15 de Agosto de 2009 Papel Literario/6
Incredulidad
OSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ

Ante todo, el enigma de un título y, desde luego, el cauce al que somete la expectativa del lector. No se resuelve tampoco en los capítulos finales. ¿En qué no cree, en qué ha dejado de creer? Mejor todavía: ¿en qué no quiere creer el autor, puesto que se trata de su obra más personal? Ya en las primeras páginas se percibe que no es un título cualquiera, indistinto o comercial, para llamar la atención o vender. Incredulidad ante los consensos personales y sociales como los que en Venezuela se dice aportan la educación y la universidad al individuo y la colectividad. Miguel Ángel Campos los refuta furioso y desesperanzado. Ya tenemos aquí dos propiedades de la obra. En la primera porción del libro su escritura se turba seguramente llevada por el asunto que discute. Sus varios años de docencia lo han conducido a la terrible conclusión de que el esfuerzo mayor de los estudiantes y de la institución superior es cumplir a cabalidad con las tramitaciones burocráticas semestrales en lugar del propósito de aprender y enseñar. Verifica también que la vida en sociedad de los venezolanos está dominada cada vez más por la tramitación ante el Estado, cuya máxima entidad es la obtención y renovación de la cédula de identidad. Se vive para el cumplimiento del trámite. Con eso basta.

Lógicamente, la incredulidad se espesa al recorrer los lenguajes y razonamientos políticos de la actualidad venezolana, de todas las tendencias, y las visiones y conclusiones que ambas sacan de la realidad.

No es una postura ni-ni, sino una angustiada verificación de los hechos que impiden su racionalización acerca de lo que ocurre en el país y de lo que la nacionalidad puede alcanzar. Al respecto el libro contiene el trémulo testimonio de la experiencia emocional de tratar de entender, sin los clichés de las consignas políticas, los sucesos del 10 al 13 de abril de 2002. Da voz a muchos aunque no es la voz de los muchos. Incredulidad entonces, también, respecto a los resultados cognoscitivos de las Ciencias Sociales que a la larga pasan nuevamente por la tramitación. Campos es sociólogo de formación, de la que felizmente ha desertado por la literatura y el ensayo socio-histórico sobre el país, particularmente la nación del siglo XX presente en todos sus libros y artículos. Incredulidad sería pues mucho más que desconfianza y algo más cercano al escepticismo o si se quiere al agnosticismo respecto a cualquier idea en tanto convenida. Recordaría aquella distinción que hacía Ortega y Gasset entre ideas y creencias. Campos la emprende contra las recurrentes creencias venezolanas. Pero no se crea que su libro es un catálogo de desmañados combates quijotescos irracionales contra la mitología nacional.

En el primer tercio del libro Miguel Ángel Campos asoma su historia personal, acaso como entonación de la historia social y literaria de la que está tratando. Como en los cuadros del Renacimiento, el autor se pinta en un costado y es parte de la escena.

Lo que se medita lo ha vivido en carne propia. El ensayo adquiere pues un tono personal y biográfico indisolublemente unido a la materia sobre la que reflexiona. Esto es dirimir la naturaleza del género ensayo y el gran tema o contenido que ha tenido el autor como objeto de su vida intelectual. Forma y contenido --decía Bujarin-- son una unidad, pero una unidad de contradicciones. Se esboza así la historia de una familia trujillana que en busca de un futuro viaja al Zulia. Y no es una historia de los legendarios años veinte, sino que ocurre en los cincuenta y en los años sesenta del siglo XX.

Miguel Ángel es llevado de niño a la porción limítrofe de Trujillo con el Zulia e instalado en un sitio llamado Concesión Siete, que ni siquiera es un pueblo. Su madre es la fundadora del servicio de enfermería. Entre el tránsito y la instalación en el otro lugar está el símbolo de un árbol, en este caso un caujaro, la imagen de la pobreza y el desamparo del lugar de la adolescencia. Hubo la pérdida de un arraigo y el proceso de instalación o arraigo en otro sitio. ¿De lo grato a lo inhóspito? Vida dura. De manera que el interés de Miguel Ángel Campos por el tema del petróleo y su relación con la literatura no es un asunto meramente académico. Las novedades del petróleo (1994) y Desagravio del mal (2005) son apenas avances que rastrean el enigma de por qué este gran acontecimiento venezolano tiene tan escasa representación en su literatura.

Y cuando la tiene es ofrecido casi siempre como una maldición, como un daño, como el mal necesitado del exorcismo. Ocurrió a muchos y no sólo a Campos, por eso, seguramente, se recurre a símiles de la literatura venezolana que el escritor Miguel Ángel Campos recuerda y ha hecho suyos: la parada fantasmal que en la costa del lago de Maracaibo hace el camionero de la novela de Salvador Garmendia; las migraciones de parentelas que ocurren en la literatura de Armas Alfonso; el delta soñado por José Balza en contraste con la ciudad; el sueño pesadillesco con una ave o reptil como en los cuentos de Díaz Solís.

Se está tratando de crear un espacio, de habitar un lugar de la imaginación. Es el esfuerzo constante de la literatura venezolana por crear un espacio, un espacio literario.

Sitio habitable por las palabras. Instalado en Maracaibo desde 1969 Miguel Ángel ha hecho suya la ciudad y la propone como mito en su libro La ciudad velada (2001), antecedente directo del presente Incredulidad. Mito, por una parte opuesto al imperio del mito centralista metropolitano de Caracas y por otro, mito particular de la sustancia de una ciudad misma que pretende entender por la vía tanto del mito urbano como de sus personajes pintorescos: el fraude de la idea de la cultura urbana en Venezuela, la ilusión del marquesado de Perijá, los dogmas de la refinada educación jesuítica. Desacraliza las creencias maracuchas xenófobas tanto como las creencias venezolanas actuales y del pasado reciente. De ahí, acaso, la incredulidad. Pero hay dolor en descreer y el libro, además de sus diversos temas coincidente, es la historia del doloroso proceso de tratar de entender y no confiarse en las apariencias.

Las tres cuartas partes restantes del libro están dedicadas a trabajos literarios que en general van a disentir también de las creencias literarias del país. En la apuesta sobre quién inicia la modernidad novelística en el país, contra la opinión generalizada y el culto, señala a Mariño Palacio y no a Guillermo Meneses. A ambos dedica sendos trabajos. Acepta la índole profética de los ensayos literarios, pictóricos y nacionalistas de Úslar Pietri respecto a quien la academia más versada guarda distancia de la creencia de la opinión popular que lo canoniza como el escritor. Recorre la mitología de Felipe Pirela, el espejismo que creó el público y el espejismo literario creado por la novela de José Napoleón Oropeza. Entra en la obra de José Balza contra los prejuicios que lo aíslan, rescata a Miguel Toro Ramírez porque rompe el maniqueísmo idílico nacional frente al decadente extranjero. Aborda a Julio Garmendia y al mitológico Ramos Sucre. Enfrenta la desestimación general de Argenis Rodríguez, por quien siente simpatía en sus negaciones. Julio Miranda y Moreno Villamediana se le presentan más refrescantes.

Y hay que decir que en esta reducida porción del libro el autor está más contento y confiado, menos incrédulo.

Leer a Miguel Ángel Campos es exigente: lo escrito parece una piedra esculpida con mandarria. Duro y fuerte, con una expresión vigorosa que niega y afirma a la vez.

De pronto el razonamiento se resuelve en metáforas (pulsión de lo irrevocable, manantial colapsado, enigmas venturosos). O las acciones se indican en gerundio (una lápida aplastando al estilista, el petróleo agotándose, sangre fundiéndose) que quieren presentar un argumento en contra del lenguaje escrito en línea recta. Lenguaje que entre la retórica y la exaltación evoca mucho más el propósito de crear una lengua experimental, inventada, apta para la urgencia de pensar.

Lucha con la expresión, confrontada permanente con lo que se está exponiendo. Dice un sentir, una incertidumbre que no puede ser razonada por completo así como tampoco expresada por medios convencionales. Si cabe otra comparación, hace pensar en lo que Briceño Guerrero llamaba el "discurso salvaje" con todas sus consecuencias ideológicas. Esta nomenclatura diferente no fue encontrada hace poco por Campos, pues emerge ya en su primer libro La imaginación atrofiada que se impuso limpiamente entre la avalancha de libros con seudónimo llegada al premio de ensayo de la Bienal Picón-Salas de 1991.

En este espacio de tiempo Campos se ha convertido en una solidificada voz a la que la historia del ensayo venezolano contemporáneo tiene que escuchar como fuente segura de autoridad literaria.

Fotografía: El Nacional, Caracas, 22/09/10

lunes, 21 de junio de 2010

Dramatis personae


EL NACIONAL - Sábado 19 de Junio de 2010 Papel Literario/4
Perfecciones griegas
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

Según Albert Camus el único problema verdaderamente importante de la Filosofía es si la vida vale la pena ser vivida o no, la respuesta sería SÍ o NO, sin más argumentos. En el primer caso estamos obligados a hacerlo con propiedad, y con esa elección nos queda el arduo asunto de la justicia, y si el amor es el reino exclusivo de Dios, aquella es la única opción que tiene el hombre de justificarse ante Dios. Si el señor árbitro de primera optó por ser él el espectáculo, cuando ya el espectáculo tenía nombre, es sólo vanidad humana, pero ante la enmienda aparece la contumacia, persistir en el error. Y sin embargo la sentencia no parece tanto un acto venal como subliminal, en medio de la tensión y la exigencia es como si la mente estuviera condicionada para el rigor. Y si la jugada hubiese sido ajustada, el hombre prudente estaba en la obligación de amparar la gracia, pero ni siquiera fue ese el leve predicamento que enfrentó el elector. Hay, pues, dos villanos que insisten en la infamia. Pero el juego perfecto no es la gloria de un hombre sino de un equipo.

No se agravia a un pitcher mesurado y correcto, sino a una familia, a una ciudad, a una pasión planetaria. Se me ocurre que tanto mister Joyce como Selig no tienen la menor idea de qué es la tragedia griega; de haber leído al menos a Eurípides se hubieran salvado de la blasfemia. En todo caso, sea por filisteos o por tacaños, han desencadenado el ciclo de las Erinias, no lo saben pero alea jacta est, y no sólo para ellos. Si estos dos hombres tuvieran el coraje de tomar en sus manos el Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist, y leerlo hasta el final, no saldrían en una semana de sus casas, pues esa obra es la confirmación absoluta de la condición terrible, atroz de la justicia. Ahí se verían retratados, pero no como un símbolo, más bien como rigurosa biografía. Y si alguna duda queda, estos hombres se llaman uno Selig y el otro Joyce, aquel vende, éste se regocija, digamos: entre la transacción y la risa del demente, pues.

Pero hay un tercer nombre del dramatis personae. Leo hace poco que el vocero de la Casa Blanca recomienda la enmienda (buen nombre para aquella tradición); parece un último intento para evitar la razzia de los dioses. Y cómo se llama este caballero, pues Crowdley, es la muchedumbre, el corifeo del primitivo género griego y que Lope de Vega identificó finalmente con el pueblo. Como se sabe, ese corifeo anunciaba lo que iba a ocurrir, prevenía, proponía, alertaba. Por mi parte, dejaré de seguir el béisbol.