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viernes, 4 de septiembre de 2015
domingo, 20 de julio de 2014
INDIVIDUO FELIZMENTE NUMERADO
De José Balza
Luis Barragán
Supimos tempranamente de José Balza, gracias a una vieja emisora radial que promovía sus aportes. Digamos, compitiendo en la tupida frecuencia de entonces (AM), anglomusicalizadora, empero, con Napoleón Bravo descubría y cultivaba la audiencia en los menesteres de la sensibilidad y de la reflexión.
El inmediato resultado de nuestro primer empleo, se tradujo en la adquisición de una novela dedicada a la industria radial que, por cierto, muy después suscitó un modesto esbozo crítico que hemos quedado pendientes de emendar y completar. La familiaridad con la ensayística y la novelística balzaciana, más que los cuentos, avisaron siempre del otro país, el de las profundidades, que – ahora – lentamente redescubrimos.
Después de un año de la asignación de su silla, el escritor ha ingresado a la Academia Venezolana de la Lengua. Acertando con el nuevo individuo de número, como – sentimos – ha sido infrecuente respecto a la institución decimonónica, no pudimos presenciar el discurso de incorporación y la respuesta recibida por Luis Barrera Linares. Y, luego de una semana, ignoramos ambas piezas y, faltando poco, el portal de la Academia está suspendido (http://avelengua.org.ve/cgi-sys/suspendedpage.cgi), hablándonos de la otra brecha digital. Acotemos, paradójicamente la mejor reseña la encontramos en un medio gubernamental (http://www.correodelorinoco.gob.ve/comunicacion-cultura/jose-balza-ingreso-formalmente-como-miembro-academia-venezolana-lengua/).
Regularmente, visitamos la obra de Balza, aunque - a veces - tardíamente. Siempre tiene algo que decir – sobre todo – a las nuevas generaciones que, inicialmente, sospecharon y ahora constatan que somos algo más que década y media de socialismo rentístico: “Un pueblo inconsciente de su lenguaje termina por convertirse en marioneta, fácil presa de sistemas y banderas, por muy erróneos que sea”, indicará en “Pensar a Venezuela” (Bid&Co, Caracas, 2008).
Por cierto, Balza emerge con las promociones generacionales que vivieron los decisivos acontecimientos de 1958, manifestándose a través de un movimiento literario plural e innovador. Ya hay indicios suficientes de la otra dinámica movimental, necesaria e impostergable, que nos avisará del arribo al siglo XXI.
Fuente: Fuente: http://opinionynoticias.com/opinioncultural/19971-de-jose-balza
Fotografía: Acto de defensa del Trabajo de Ascenso de María Eugenia Martinez Padrón. A la derecha, José Balza. Instituto de Investigaciones Literarias UCV: https://www.facebook.com/institutodeinvestigacionesliterarias.ucv?fref=t
Luis Barragán
Supimos tempranamente de José Balza, gracias a una vieja emisora radial que promovía sus aportes. Digamos, compitiendo en la tupida frecuencia de entonces (AM), anglomusicalizadora, empero, con Napoleón Bravo descubría y cultivaba la audiencia en los menesteres de la sensibilidad y de la reflexión.
El inmediato resultado de nuestro primer empleo, se tradujo en la adquisición de una novela dedicada a la industria radial que, por cierto, muy después suscitó un modesto esbozo crítico que hemos quedado pendientes de emendar y completar. La familiaridad con la ensayística y la novelística balzaciana, más que los cuentos, avisaron siempre del otro país, el de las profundidades, que – ahora – lentamente redescubrimos.
Después de un año de la asignación de su silla, el escritor ha ingresado a la Academia Venezolana de la Lengua. Acertando con el nuevo individuo de número, como – sentimos – ha sido infrecuente respecto a la institución decimonónica, no pudimos presenciar el discurso de incorporación y la respuesta recibida por Luis Barrera Linares. Y, luego de una semana, ignoramos ambas piezas y, faltando poco, el portal de la Academia está suspendido (http://avelengua.org.ve/cgi-sys/suspendedpage.cgi), hablándonos de la otra brecha digital. Acotemos, paradójicamente la mejor reseña la encontramos en un medio gubernamental (http://www.correodelorinoco.gob.ve/comunicacion-cultura/jose-balza-ingreso-formalmente-como-miembro-academia-venezolana-lengua/).
Regularmente, visitamos la obra de Balza, aunque - a veces - tardíamente. Siempre tiene algo que decir – sobre todo – a las nuevas generaciones que, inicialmente, sospecharon y ahora constatan que somos algo más que década y media de socialismo rentístico: “Un pueblo inconsciente de su lenguaje termina por convertirse en marioneta, fácil presa de sistemas y banderas, por muy erróneos que sea”, indicará en “Pensar a Venezuela” (Bid&Co, Caracas, 2008).
Por cierto, Balza emerge con las promociones generacionales que vivieron los decisivos acontecimientos de 1958, manifestándose a través de un movimiento literario plural e innovador. Ya hay indicios suficientes de la otra dinámica movimental, necesaria e impostergable, que nos avisará del arribo al siglo XXI.
Fuente: Fuente: http://opinionynoticias.com/opinioncultural/19971-de-jose-balza
Fotografía: Acto de defensa del Trabajo de Ascenso de María Eugenia Martinez Padrón. A la derecha, José Balza. Instituto de Investigaciones Literarias UCV: https://www.facebook.com/institutodeinvestigacionesliterarias.ucv?fref=t
lunes, 8 de abril de 2013
LITERATOSOS
EL NACIONAL - Lunes 08 de Abril de 2013 Cultura/3
El foro del lunes
LUIS BARRERA LINARES El autor es individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua
El profesor universitario considera que debería desecharse el prejuicio de que todo buen lector sólo se forma leyendo clásicos de la literatura, así como el que pesa sobre el formato digital
"Debe estimularse la lectura de diversas formas de escritura"
MICHELLE ROCHE R.
El Ministerio de la Cultura declaró 2013 el Año de la Lectura con el propósito de apuntalar una serie de medidas enfocadas a la promoción de este hábito en la población más joven del país. De acuerdo con la Encuesta del Comportamiento Lector, Acceso al Libro y la Lectura en Venezuela publicada el año pasado por el Centro Nacional del Libro en el país se leen anualmente entre 2 y 4 obras per cápita, más que en Colombia y México, donde se leen 2,2 y 2,9 publicaciones promedio al año.
Sin embargo, a pesar de lo que parece ser un panorama optimista, el Cenal elabora otro Plan de Lectura con el objeto de inculcar el hábito en ciudadanos en edad escolar, pues el más reciente, que data de 2009, se enfocaba en la población adulta y se sustentaba en el trabajo de los consejos comunales. Para avanzar en la planificación, la novena edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela que se celebró recientemente en Caracas convocó a especialistas en la materia provenientes de varias partes de la región.
Luis Barrera Linares, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y profesor de Literatura de la Universidad Simón Bolívar, propone concentrarse en la discusión sobre el público del Plan de Lectura, más que en las características específicas de esta herramienta de promoción.
"Todo nuevo programa de promoción es positivo porque, por lo general, tiene la intención de mejorar la situación preexistente", concede.
"Si cuando se habla de jóvenes se alude a estudiantes de básica, me parece que precisamente es por allí por donde hay que comenzar. No es que no se pueda estimular la lectura en adultos, pero si se comienza por las etapas iniciales del sistema educativo las posibilidades de éxito son mayores".
--¿Qué recomendaría a los especialistas del Cenal para mejorar la promoción de la lectura entre los más jóvenes? --Está demostrado que los jóvenes son más atraídos por aquellas lecturas que de alguna manera toquen sus campos de interés y su contemporaneidad. Habría que comenzar con autores que no sean necesariamente los clásicos. Obligar a un niño o un adolescente a la lectura de un clásico puede traer consecuencias muy distintas a las que se esperarían. Estamos acostumbrados a escuchar de los lectores jóvenes que no hay nada más "pavoso" que leer un clásico. Y cuando uno tiene 10 o 12 años de edad, eso puede resultar una verdad lapidaria. En el proceso de inmersión en la lectura, los clásicos tienen también su momento y hay que darle tiempo al tiempo (y al lector, para que no termine rechazándolos).
--¿Cómo las universidades venezolanas, la Academia de la Lengua y otras instituciones en las que se discute la literatura nacional sirven para la promoción de la lectura? --Es importante dejar de lado el prejuicio de que un buen lector sólo se forma leyendo literatura. Debe estimularse la lectura de diversas formas de escritura. La literatura de creación es apenas un registro más de los muchos con que debe lidiar un lector. Y no solamente en esta época, siempre ha sido así. La literatura no debe ser excluida de ningún plan de lectura, pero tampoco se debe convertir en su eje transversal. Aquello de que "leer es un placer" pierde sentido si se mantiene la creencia de que el único complemento directo del verbo "leer" son los textos literarios.
También puede ser placentero leer historietas, artículos sobre historia contemporánea, biografías, crónicas en sus distintas variantes, manuales para videojuegos, en fin, textos de diversa naturaleza. De modo que la respuesta a su pregunta es sí: las academias, las instituciones educativas todas (y no solamente las universidades) deberían contribuir de alguna manera con la promoción de la lectura, cada una de acuerdo con sus posibilidades y objetivos.
--¿Y la crítica? ¿Cree que es escaso el trabajo crítico alrededor de la producción editorial contemporánea? ¿Cómo se relaciona esto con la falta de lectores? --Es verdad que la crítica podría estimular la lectura de alguna manera, principalmente si hablamos de la divulgativa, pero quien no tiene el hábito de la lectura tampoco leerá lo que escriban los críticos.
--Algunos profesores señalan que hoy en día, producto de las dificultades para importar y el impulso que desde hace un lustro recibe la literatura nacional, muchos estudiantes prefieren hacer sus tesis sobre esta última.
¿Ha notado este fenómeno? --Sí, desde hace algunos años parece haber mayor interés por la literatura nacional, no solamente por parte de los tesistas (que forman parte de los llamados "lectores profesionales"), sino también de los lectores en general. Pero no estoy seguro de que eso tenga que ver con la posibilidad mayor o menor para importar libros. Pensar eso me parece que más bien le resta méritos a la producción local. Casi como decir que como no tenemos acceso a otras formas de escribir, terminamos conformándonos con las nuestras. Y eso es una creencia errada porque hay buen material nacional en el mercado. El proyecto oficial de vender libros a precios muy módicos es además un buen aliciente, eso nadie puede negarlo. Adicionalmente, prefiero creer también que el interés creciente por la literatura venezolana, o por la escritura venezolana en general, tiene que ver más bien con una situación psicosocial que nos está obligando a interrogarnos sobre nosotros mismos, a buscar raíces, a requerir subconscientemente explicaciones para saber de dónde venimos, cómo somos y por qué.
Y también con que nuestros escritores andan en lo mismo y eso ha generado una relación de afinidad con algunos grupos de lectores. Aparte de que buena parte de quienes hoy hacen literatura en Venezuela se han dejado de prejuicios "literatosos" y están escribiendo para que los lean y no para hacer ejercicios de narcisismo o malabarismos escriturarios incomprensibles.
Fotografía: Manuel Sardá.
El foro del lunes
LUIS BARRERA LINARES El autor es individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua
El profesor universitario considera que debería desecharse el prejuicio de que todo buen lector sólo se forma leyendo clásicos de la literatura, así como el que pesa sobre el formato digital
"Debe estimularse la lectura de diversas formas de escritura"
MICHELLE ROCHE R.
El Ministerio de la Cultura declaró 2013 el Año de la Lectura con el propósito de apuntalar una serie de medidas enfocadas a la promoción de este hábito en la población más joven del país. De acuerdo con la Encuesta del Comportamiento Lector, Acceso al Libro y la Lectura en Venezuela publicada el año pasado por el Centro Nacional del Libro en el país se leen anualmente entre 2 y 4 obras per cápita, más que en Colombia y México, donde se leen 2,2 y 2,9 publicaciones promedio al año.
Sin embargo, a pesar de lo que parece ser un panorama optimista, el Cenal elabora otro Plan de Lectura con el objeto de inculcar el hábito en ciudadanos en edad escolar, pues el más reciente, que data de 2009, se enfocaba en la población adulta y se sustentaba en el trabajo de los consejos comunales. Para avanzar en la planificación, la novena edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela que se celebró recientemente en Caracas convocó a especialistas en la materia provenientes de varias partes de la región.
Luis Barrera Linares, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y profesor de Literatura de la Universidad Simón Bolívar, propone concentrarse en la discusión sobre el público del Plan de Lectura, más que en las características específicas de esta herramienta de promoción.
"Todo nuevo programa de promoción es positivo porque, por lo general, tiene la intención de mejorar la situación preexistente", concede.
"Si cuando se habla de jóvenes se alude a estudiantes de básica, me parece que precisamente es por allí por donde hay que comenzar. No es que no se pueda estimular la lectura en adultos, pero si se comienza por las etapas iniciales del sistema educativo las posibilidades de éxito son mayores".
--¿Qué recomendaría a los especialistas del Cenal para mejorar la promoción de la lectura entre los más jóvenes? --Está demostrado que los jóvenes son más atraídos por aquellas lecturas que de alguna manera toquen sus campos de interés y su contemporaneidad. Habría que comenzar con autores que no sean necesariamente los clásicos. Obligar a un niño o un adolescente a la lectura de un clásico puede traer consecuencias muy distintas a las que se esperarían. Estamos acostumbrados a escuchar de los lectores jóvenes que no hay nada más "pavoso" que leer un clásico. Y cuando uno tiene 10 o 12 años de edad, eso puede resultar una verdad lapidaria. En el proceso de inmersión en la lectura, los clásicos tienen también su momento y hay que darle tiempo al tiempo (y al lector, para que no termine rechazándolos).
--¿Cómo las universidades venezolanas, la Academia de la Lengua y otras instituciones en las que se discute la literatura nacional sirven para la promoción de la lectura? --Es importante dejar de lado el prejuicio de que un buen lector sólo se forma leyendo literatura. Debe estimularse la lectura de diversas formas de escritura. La literatura de creación es apenas un registro más de los muchos con que debe lidiar un lector. Y no solamente en esta época, siempre ha sido así. La literatura no debe ser excluida de ningún plan de lectura, pero tampoco se debe convertir en su eje transversal. Aquello de que "leer es un placer" pierde sentido si se mantiene la creencia de que el único complemento directo del verbo "leer" son los textos literarios.
También puede ser placentero leer historietas, artículos sobre historia contemporánea, biografías, crónicas en sus distintas variantes, manuales para videojuegos, en fin, textos de diversa naturaleza. De modo que la respuesta a su pregunta es sí: las academias, las instituciones educativas todas (y no solamente las universidades) deberían contribuir de alguna manera con la promoción de la lectura, cada una de acuerdo con sus posibilidades y objetivos.
--¿Y la crítica? ¿Cree que es escaso el trabajo crítico alrededor de la producción editorial contemporánea? ¿Cómo se relaciona esto con la falta de lectores? --Es verdad que la crítica podría estimular la lectura de alguna manera, principalmente si hablamos de la divulgativa, pero quien no tiene el hábito de la lectura tampoco leerá lo que escriban los críticos.
--Algunos profesores señalan que hoy en día, producto de las dificultades para importar y el impulso que desde hace un lustro recibe la literatura nacional, muchos estudiantes prefieren hacer sus tesis sobre esta última.
¿Ha notado este fenómeno? --Sí, desde hace algunos años parece haber mayor interés por la literatura nacional, no solamente por parte de los tesistas (que forman parte de los llamados "lectores profesionales"), sino también de los lectores en general. Pero no estoy seguro de que eso tenga que ver con la posibilidad mayor o menor para importar libros. Pensar eso me parece que más bien le resta méritos a la producción local. Casi como decir que como no tenemos acceso a otras formas de escribir, terminamos conformándonos con las nuestras. Y eso es una creencia errada porque hay buen material nacional en el mercado. El proyecto oficial de vender libros a precios muy módicos es además un buen aliciente, eso nadie puede negarlo. Adicionalmente, prefiero creer también que el interés creciente por la literatura venezolana, o por la escritura venezolana en general, tiene que ver más bien con una situación psicosocial que nos está obligando a interrogarnos sobre nosotros mismos, a buscar raíces, a requerir subconscientemente explicaciones para saber de dónde venimos, cómo somos y por qué.
Y también con que nuestros escritores andan en lo mismo y eso ha generado una relación de afinidad con algunos grupos de lectores. Aparte de que buena parte de quienes hoy hacen literatura en Venezuela se han dejado de prejuicios "literatosos" y están escribiendo para que los lean y no para hacer ejercicios de narcisismo o malabarismos escriturarios incomprensibles.
Fotografía: Manuel Sardá.
domingo, 11 de marzo de 2012
CHISPAZOS

El Nacional - Domingo 07 de Septiembre de 2003 B/12
“El escritor puede representar el Universo en cuatro chispazos”
Luis Barrera Linares regresa con su sapiencia a las vitrinas de las librerías: trae esta vez, en reedición de Los Libros de El Nacional, Discurso y literatura, referencia indispensable para los interesados en la teoría, crítica y estudio de textos literarios a partir de los aportes del análisis del discurso
RUBÉN WISOTZKI
El escritor y profesor ha escrito una obra de valía para los estudiantes y profesores de literatura.
En el libro En torno al lenguaje, Rafael Cadenas recuerda que el lenguaje rezuma formas de vida por todos sus poros. La contundente imagen, propia de un poeta de la importancia de Cadenas, consigue en este valle una apropiada trinchera, pero, tal como se decía en Europa durante los sombríos años de la guerra de mediados del siglo pasado, solamente vale la pena cavarla si alguien va a estar en ella.
Y desde hace muchos años, el escritor y profesor Luis Barrera Linares ocupa ese espacio y con él, o gracias a él, todos aquellos que en la defensa de las letras encuentran la lectura de un mundo diferente.
Prueba de ello es su libro Discurso y literatura, publicado por primera vez por La Casa de Bello (1995), por segunda vez en la Universidad Central de Venezuela (2000) y reeditado en estos días por Los Libros de El Nacional ante la persistente demanda de los lectores.
Con el subtítulo de Teoría, crítica y análisis de textos literarios a partir de los aportes del análisis del discurso, esta obra se ha ido transformando con el tiempo en una referencia para aquellos que estudian Letras, Literatura o Castellano.
Pero además, al ser ofrecida sin excesos de tecnicismo o retórica –tal como lo expresa el propio autor–, ayuda a que otro tipo de lector sepa analizar cuentos y ver la narrativa desde una perspectiva crítica.
“Claro que no es expresamente un libro para los lectores que leen literatura por placer; es, obviamente, para aquéllos que van a enseñar literatura. Pero de todas maneras, el lector venezolano está muy vinculado a la academia. El que entra a una librería para comprar un libro que va a leer en el Metro mientras se dirige a su trabajo o a su casa, ése no abunda. La literatura venezolana parece ser escrita para la academia.
Si se dependiera de otros lectores no existiría tal vez la literatura venezolana”.
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Luis Barrera Linares
miércoles, 3 de agosto de 2011
CAMPO FOTOGRÁFICO

EL NACIONAL - Sábado 30 de Julio de 2011 Papel Literario/3
Retrato de la horda
Equívocas virtudes, doble moral, matronas y patrones dictando sus reglas y reduciendo el civismo a preeminencia de acaudalados y a alcahuetería, la vida del pueblito venezolano que emerge en el remezón petrolero
MIGUEL ÁNGEL CAMPOS
El desarraigo cercano Cuando leemos un recuento de peripecias de la infancia, recuerdo hilado entre imágenes desvaídas, ciertas o magnificadas, pero fijadas para siempre en un tiempo inmóvil, nos disponemos para reconocernos en él entre retazos de humor y también de melancolía. Sólo que Sin partida de yacimiento, de Luis Barrera Linares, trastorna el consabido esquema y nos prepara para enfrentar la infancia desde la pérdida de todo candor, liquidada la edad de la inocencia, desde el comienzo, el relato del niño confinado lejos del lugar de sus primeros años se convierte en la reconfiguración de la conseja mítica que perfila pueblito y ruralidad en un abrazo de bonhomía. Después de esta saga ya la idea de la comunidad virtuosa, objeto estrujado del país malvado e indolente, queda hecha pedazos.
Anti-culto de la tierra chica, el libro de Barrera Linares produce desazón entre quienes modelaron su visión del país desde los sospechosos límites de lo nacional en función de una patria municipal y telúrica.
Y también afirma la antigua perturbación de quienes hemos sentido que hay pocos objetos que venerar en un proceso en el que las culpas se filtran como en un cedazo hasta separarlas de los culpables y, así, en el mejor de los casos, atribuirlas a gestiones anónimas o naturales (terremotos, inundaciones, golpes de Estado). Desarraigado de su pueblo de origen, el niño se hace adolescente en un tráfago que ya no corresponde a la épica costumbrista o criollista de la aldea soñolienta. El viaje lo marca no sólo para desplazarlo, también para estigmatizar su lugar de nacimiento, en este caso el Trujillo que se atrasa escandalosamente en el siglo XX, y tras la solvencia de sus clases sociales en el XIX. En sus vueltas ocasionales el adolescente podrá constatar el prestigio de lo zuliano entre los trujillanos, al llegar de un lugar aureolado de éxito y cosmopolitismo las maneras se hacían estandarte, obraba la clara ansiedad del fetichismo.
"Me aprovechaba además de mi acento zuliano, cosa que hacía desvivir a más de uno y una. Llegué a sentir que cada trujillano llevaba como figura ideal de vida la de un maracucho". El nuevo lugar es previsible, sintomático en la dinámica de la Venezuela replanteando sus escenarios y valoraciones: el petróleo crea el esplendor de una frontera de novedad y esperanza.
Todo va a someterse a prueba en el lugar de los hechos de la economía minera, convirtiendo los estilos y la tradición a la eficacia de sus exigencias. Los Puertos de Altagracia, en el corazón de la Costa Oriental del Lago resulta una comunidad ideal para el fluir de unas expectativas, para la experiencia de asomarse a la Venezuela que está siendo promocionada desde un modelo ya ejecutado y prestigioso. Pero quienes esperan o llegan al lugar, al pueblito emblemático de lo nacional, tienen algo que ocultar, o mejor dicho, no logran ocultarlo, el desfile de tipos humanos y su ecología, la historia menor donde familias y comunidad encajan en una sola continuidad, dan el tono del día. Los ruidos de la modernización material no desplazan los usos de unos parroquianos obrando desde sus acuerdos patriarcales. El pueblito se afirma desde los peores vicios de la servidumbre de unos y la vanidad municipal de otros, todos anhelan pasar sin examen al mágico mundo del bienestar del petróleo redentor. Pero no todos disponen de partida de yacimiento, denominación categórica para signar las nuevas alcurnias, aunque estos más desheredados todavía que la pobrecía feudal de la crónica de costumbres, pues aquellos en su fatalidad disponían de un horizonte de monte y geografía. La palabra yacimiento, además, la toma prestada de la Geología y casi la confisca, parece indicar allá lo inmóvil, lo oculto, se nos devuelve con un extraño sentido erótico o funerario, que ya no es ajeno al predicamento de no saber qué hacer con el placer y la riqueza, o acaso simplemente no saber qué cosa son.
Equívocas virtudes, doble moral, matronas y patrones dictando sus reglas y reduciendo el civismo a preeminencia de acaudalados y a alcahuetería, la vida del pueblito venezolano que emerge en el remezón petrolero es la suma de todos los pesos muertos de las épocas de minoridad ciudadana, pobreza y abuso del poder.
Usos y costumbres sancionados en prácticas de sometimiento a la autoridad de No Pernaletes y doctores venales, la desvitalización de una población que a duras penas sobrevive a la guerra biológica contra el paludismo, pero que arrastra impenitente la desvalidez de un sujeto sin sentido de la herencia societaria y todavía en la infancia de todo ordenamiento jurídico, lejano ayer y hoy el amparo civilizatorio del Estado de Derecho. De dónde sino de un orden de ultraje y destitución surge un personaje como esa Condesa, suerte de madama y madre superiora, colectora de niños expósitos, que se los dejan al cuido, al libre arbitrio no ya de una persona de pocos o poquísimos escrúpulos, sino al azar de una sociedad donde la educación no tiene mucho impacto en la seguridad como espacio de referencias: historia, identidad, justicia.
La infancia claudicante El niño mandadero se educa en el ejemplo de la rapiña y la violencia de los adultos y su desesperación; las niñas esperan para ser colocadas o alquiladas, aquellas casadas y con la carga de gratitud eterna para la madama, estas a la mancebía o la franca prostitución.
No es mucha la diferencia con el cuadro que nos da Carmen Clemente Travieso de los socorridos sitios de Colocación Familiar en la Caracas de 1948; en ellos, sospecha la periodista, se explota y humilla a las jóvenes entregadas por familias pobres de las zonas rurales, de allí iban a casas de gente adinerada a servir a cambio de la comida y ropa cosida con los restos del ajuar en desuso. El centro desde donde irradia el diagnóstico de la comunidad aletargada es aquel reclusorio de expósitos, y bien le viene el género, después serán un motel de madrugadas y borrachos, y aquella pensión caraqueña, la despedida del mozuelo que se encuentra con su destino, a donde llegan los montunos como en un sorbo sórdido de la gran ciudad, aquí también se continúa la falsa moral y el hábito del recelo, ya hundido en el alma de los errantes, estragados de una avanzada de tristeza. Insistamos: el caserío formado al paso de los troillers y las cuadrillas tiene ya los elementos del desarraigo, este lo define, son los escoteros nombrados por Picón Salas en una frase como celaje y signados en ella para siempre.
Pero el pueblo histórico apela a su bagaje, a su identidad de retazos presentida por unos desde los días remotos de la Colonia, por otros desde el arrasamiento y las degollinas de la Independencia, o en el ufanoso clasicaje de la Federación. Pero para los usos de la comunidad negociadora, aquellos blasones, de horror o templanza, no están en la memoria colectiva, los mueven otros gustos, otras seguridades, son las alianzas de la urgencia ante las angustias del día, las pequeñas pendencias de grupos gregarios, porque la luz de la fogata ahora los une, socializados en las carencias y dispuestos a hacerse una idea de lo que quieren, se entregarán a la melancolía y a la rapiña simultáneamente: de un lado lo que no comprenden pero desean, del otro la rencilla de los despojados. Esgrimirán los modales vistos entre el paso de los hacendados prósperos y se deslumbrarán con el monólogo de los doctores que atesoran la fragancia de la alfabetizacion. Harán suyas aquellas imágenes de bienaventuranza donde, presumen, lo mejor del cielo y la tierra se condensa: los campos petroleros advienen como en una epifanía que no sosiega sino que angustia, están allí como la negación de la fatalidad, nada más. Y a ellos no se llega ni por la educación ni por la buena conducta, tal vez por la obediencia y la sumisión, así lo creían no sólo los andinos, "taciturnos, zamarros, crueles", como los define Ramón Diaz Sánchez en su rol de guachimanes.
Sorprendentemente es Los Puertos de Altagracia, y no una polvorienta aldea de Monagas, el pueblo que resume a cabalidad esta condición híbrida y real. Su genealogía puede ser rastreada paso a paso, fundado u hollado el mismo año que Maracaibo, pues está en la costa de este lado del lago, desaparece de tiempo en tiempo tras la sombra de aquella ciudad, retrocede a trilla o caserío y se levanta al estar atravesado en la ruta de welseres y exploradores que marchan desde el lago hacia el Caribe. El rumor del petróleo lo sorprende afanado en la lontananza, y en un tris está listo para enarbolar sus títulos de lugar histórico y habitado por gente dispuesta a hacerse de apelativos y un nombre sonoro. El autor ejecuta el retrato de una comunidad ya asentada en sus elecciones, hábitos y recursos solventes garantizando una idiosincrasia de disimulo y ventajismo, conformismo y fatalismo, alianza fértil para crear una picaresca de dolor y destitución en la lucha por la vida. Desde los poderes públicos hasta el hilo borroso de aquellos seres definitivamente menores, todo registra el aura de lo inercial, y no por eso menos vívida y gestual.
Dominados, o aun más, anclados en unos convencionalismos, no van a ninguna parte, se desplazan hacia las esquinas componiendo un conjunto de dura uniformidad, representan con fidelidad las expectativas de un país convocado pero azorado, sin herencia pública a qué apelar para emparejar en los nuevos tiempos del gentilicio. Los campos tan cercanos son más fuente de angustia que de certidumbre, entre el desengaño y el resentimiento, ellos les recuerdan no ya las bondades del bienestar material sino la existencia de hombres distintos y superiores, al fetichismo de usos y consumo se agrega el escozor de la inferioridad. Incluso, quienes los han traspasado mediante la "partida de yacimiento" sólo pueden traer el testimonio de la indiferencia de sus anfitriones, y a su vez ejercen el dudoso privilegio de medrar entre los excluidos, recalcando su recién adquirido linaje.
El petróleo, su tinta En 1973, escuché el desplante de un ingenierito refiriéndose a otros más nuevos que él como "esos soldados rasos", afuera, en las "gates" de las oficinas de la compañía, era en Tasajeras, un hombre con apariencia de poco saludable reía feliz de formar parte del trust instalado en su mísero gatico. Si algo ilustra de manera concluyente la peripecia puertera del entenado son las grietas de una cultura de la convivencia, todo fluye en su armonía de acato a la malicia, al doble sentido, al imperio de la conveniencia.
Él observa desde abajo, desde su altura de zagaletón que se permite algo de desplante y socarronería, y por eso mismo puede adornar de pertinencia y hasta de solemnidad sus juicios, en un primer momento vestidos de humor. El fraude de la educación, modelada desde el cacicazgo y la humillación, condena los méritos del típico maestro de pueblo, abnegado y entregado a un sacrificio sin compensación, todo gesto grave queda teñido de sospecha o es ridiculizado por la infamia o los agravios no tan secretos del mandón de la comarca. Nadie sabe quien es el personaje cuyo nombre lleva el liceo, la adscripción no va tan lejos, seguramente rinde homenaje al padre del cronista y prestamista a la vez, en todo caso hay una larga lista de hipótesis ("Algún fantasma de las luchas libertadoras, un heladero célebre o quizás cierto empresario mecenas?, ¿el padre o hermano de quien elaboró el documento de fundación del liceo?, ¿pariente de algún médico zuliano que lleva su mismo apellido o hijo ilegítimo del anciano Ordemburgo?"). Y si los nuevos profesores deben tener su aprobación --como aquel listero de una cuadrilla de encuelladotes convertido en enseñador de Castellano y Literatura, o ese guardia nacional dado de baja y que un buen día aparece con su designación de profesor de Educación Física--, pues quien va a preguntarse por los méritos y virtudes de un tal José Paz González, además difunto.
Es la ascendencia nefasta de los prohombres en multitud de pueblitos venezolanos, algunas veces llegan conduciendo un camión con el único ánimo de rematar una carga de cerveza, como en la novela de Miguel Otero Silva, y termina convertido en jefe civil, pero también puede estar esperando para escoger y mandar a los maestros. Barrera Linares sabe muy bien hasta donde alcanza la gestión de la picaresca y cuando el relato debe hacerse fría denuncia, el poco aprecio de la función del educador esconde un juicio sobre el saber y el conocimiento como instrumentos de liberación.
"No sepa usted hacer nada o quede vacante de cualquier profesión u oficio y baste para que cualquier funcionario considere que su mejor destino es ser profesor de lengua castellana". Alguna vez tuvo el maestro ascendencia entre su comunidad, la humildad campesina cobijó seguramente los afectos de una gratitud, quien educaba a sus hijos debía ser amado y resguardado, un emocionado respeto era la recompensa. Pero la autoridad arbitraria, legitimada por los Mujiquitas, fue mucho para el maestro urgido de resguardar cargo y ascenso, cuando función y empleo se hicieron incompatibles la siguiente acción fue la de la tierra arrasada pues, como dice Briceño Iragorry, "con la dignidad se comercia una sola vez".
Pero a otras alturas del liceo estaba la Universidad, allá en la reluciente Maracaibo, era como otra dimensión del fetichismo, la vida mediocre del bachillerato parecía trocarse en algo superior en aquellos que ingresaban a ella, se trataba de otro rango de la veneración, las aulas maracaiberas constituían el Olimpo de donde llegaba el lote de petulantes. "Los profesores del Liceo, algunos de ellos estudiantes de la Universidad del Zulia, otros improvisados autodidactas entrenados en los bares locales". La educación degradada a protocolo de títulos y certificados, es un hecho forense de la Venezuela de hoy, lo grave es que terminó desplazando el saber organizado del individuo retenedor de la herencia transformadora.
En mis días de profesor de la universidad Rafael Maria Baralt en la extensión de Los Puertos teníamos con frecuencia la visita del director del aquel liceo, el hombre parecía alelado con la rutina de la sede universitaria, tan sólo veía el estatuto, alelado pero también alienado en aquella admiración jamás entendería cuan idénticas eran las miserias del alma mater y las de su desranqueado liceo, filisteísmo y vanidad revestidos con otros asombros a los ojos de los parroquianos. Algunos años antes, durante mi primer semestre de Estudios Generales, aquel formidable prospecto de la Universidad del Zulia, en la clase inaugural de "Problemática de la Ciencia y Tecnología", nuestro profesor llega con su bata de odontólogo y hace la más inaudita pregunta: "Alguien sabe que significan las siglas Pdvsa", fue todo el programa del día. En su mayoría el personal docente había sido reclutado bajando al mínimo las exigencias académicas y sobre todo las intelectuales, finalmente el clientelismo hizo el resto: seguramente los mismos diseñadores del proyecto "metieron" a sus conocidos con el sólo requisito de estar graduados en una carrera universitaria, así un odontólogo podía dictar aquella asignatura o un ingeniero "Comunicación y Lenguaje".
Así se hace un país... Pero la compilación de lo observado por Barrera Linares en aquel pueblo parece altamente representativa, así vemos reproducirse, en el ya muy avanzado siglo XX, estilos de gestión de lo público propios del caudillaje inicial postindependentista, una noción de país donde los referentes abstractos de norma y juricidad son inexistentes. Una población atascada en su relación puramente geográfica y topográfica con la urbanidad, reacciona y se conduce desde el vínculo primario con el otro: patriarca redentor u hombre rico, personaje carismático o figura pública, amigo de parranda o "compinche"; el venezolano duda siempre del entorno, acata con disimulo los acuerdos ya precarios y los destierra hasta extinguirlos.
Seguridad y amparo le vienen siempre de unas palmadas en la espalda, de una llamada telefónica, de deslizar a tiempo una botella de whisky.
Ante la injusticia o la ausencia de Estado de Derecho los parias no se rebelan sino que buscan igualarse con sus opresores. Observemos cómo se organiza la policía en aquel pueblo: "Guiso Pirela, que llegó a dirigir la Policia Nacional, se trajo para Caracas a todos los vagos de Los Puertos, los puso a hacer un curso de un mes y les dio placa, revólver y poder, casi les dijo a todos: háganse tombos uniformados en cinco lecciones". Me pregunto si no es como hoy, los cuerpos de seguridad, todos, reciclan y enrocan funcionarios expulsados por faltas graves, vemos sin escándalo como a pocos meses de haber sido creada una policía que se propone como modelo hay ya una larga lista de sus miembros acusados de delitos, unos enjuiciados, otros no. Y, en general, la frecuencia con que los funcionarios de los distintos organismo de seguridad aparecen involucrados en crímenes de toda índole no habla tanto de lo rentable que es hoy el oficio de delincuente como de la facilidad con que el Estado arma a esos delincuentes.
El recuerdo de infancia se perpetúa en los datos del escritor, se hace vívido en la memoria porque tiene continuidad en su expectación de ciudadano, en Venezuela esta clase de memorias son tan útiles para asegurarnos con horror de cuan poco hemos cambiado. Este relato de Barrera Linares puede atarse sin pérdida de espacio ni tiempo con algunas páginas de Argenis Rodríguez, nos darían un panorama de la desesperanza, el leiv motiv de una biografía tocada por la misma fatalidad, desde El Moján hasta Maturín.
Es la picaresca de los recién venidos al espectáculo del petróleo, pero que al haber carecido de trasunto comunitario y proceso de gentilicio les resulta difícil situarse ante la novedad, incapaces de integrar las nuevas definiciones de poder, bienestar y dinero a un plan de mayor estabilidad en el tiempo, tan sólo pueden apelar a lo vestigial de una experiencia traumática, fracasada en su intentona de apropiación de una cultura funcional.
La impresión que nos deja el persuasivo fresco Sin partida de yacimiento es la de una sociedad desarticulada, errátil y aleatoria, pagada de todo pragmatismo, cuyo proyecto se hace volátil pues no depende ni de una élite consagrada y tampoco de una prédica gregaria.
Allá como aquí, hoy como ayer --y la picaresca se hace amarga--, los grupos llegan a descollar en virtud de trapacerías.
El individuo ajusta su potencial a una ecología de desconfianza y recelo, nadie dispone su mejor esfuerzo y todo se traza desde el cálculo, el éxito de los audaces fija un criterio de valoración no sólo del esfuerzo personal sino de los logros mismos, todo lo cual impacta, modela y remodela el ethos de una comunidad.
La pobreza no es vista como responsabilidad social ni como acicate para transformar el medio devorador, antes sirve como parangón para que los opulentos ostenten su riqueza y bienes superfluos, y dado que nada más pueden exhibir.
Doloroso pero cuán consistente es el testimonio de la infancia para biografiar un país como el nuestro, áspero y paidocida, que contra toda lógica concentra la mayor y mejor inversión en la punta del iceberg de su pirámide educacional.
Hoy quizás ya no tengamos albergues de expósitos, ni públicos ni privados, llámense Carmania o Colocaciones Familiares, y sin embargo los niños de la calle son una herida lacerante y una vergüenza, escuela de prostitución e indigencia son nuestras calles, infancia sin amparo, niños hechos desde la violencia de los adultos indolentes, como un Oliver Twist del peor de los infiernos. Como aquel de no más de 8 años cuya imagen, en un semáforo de Maracaibo, me taladra, vestido de harapos ofrecía la Gaceta Oficial con la puesta al día de la Lopna (Ley Orgánica para el Niño y el Adolescente).
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sábado, 19 de marzo de 2011
BIBLIOHACEDURÍA

EL NACIONAL, Caracas, 31 de Octubre de 1996
La duda melódica: Hacer un libro
LUIS BARRERA LINARES
A propósito de la cercanía de la Feria del Libro, me voy en serio como Emeterio. La escritura de un libro constituye la realización de una esperanza. Sea de ficción, de reflexión o de cualquier otro tipo, hacer un libro deviene en una especie de rito sagrado en el cual el autor se entrega, devela alguna parte íntima de su experiencia para que otros se adentren en la odisea de idenficarse o diferenciarse de ella.
La historia dice que el libro más antiguo conocido hasta el presente fue impreso en China, por allá por el año 868. Casi dos siglos antes de que Gutenberg abriera para la humanidad el milagro de la tipografía movible. Contenía seis páginas de texto escrito, acompañadas por ilustraciones. Cada página había sido impresa mediante incisiones hechas en un trozo de madera pulida, sobre el que se forjaban los caracteres de manera invertida (el clásico sistema de elaboración de sellos). Este suceso significó en realidad la invención de la imprenta que muchos años más tarde (1454) sería atribuida a Johann Gutenberg, quien en honor a la verdad hizo de esto una auténtica creación. No sólo desconocía aquel milenario libro chino sino que además complementó su idea con la creación de tipos metálicos, más prácticos que los de madera.
Después de la escritura, la invención de la imprenta abre una segunda y abrumante aventura para la suerte del libro como símbolo de la civilización moderna; por encima de la confección individual, artesanal y restringida, realizada por monjes amanuenses, surgía la alternativa de llegar a muchos a través de esos conjuntos de páginas que se encargarían de postergar la memoria de los hechos del hombre.
Hacer un libro, cualquiera que sea el medio, en cualquier época, con cualquier fin, significa algo más que plasmar palabras sobre un trozo de piel, de madera, de piedra, de hierro o de papel. Puede llegar incluso a trascender las intenciones iniciales del escritor al permitir que un lector desconocido, sin rostro, sin edad, penetre por los recovecos de un mundo posible donde cualquier acontecimiento es válido, coincida o no con la realidad.
Hacer un libro es permitir a otros el acceso a lugares misteriosos, a conceptos que pudieran desbaratar abruptamente nuestras creencias, a hechos que nunca fueron o que fueron de otro modo, a universos insólitos como los de los números, la filosofía, la rigurosidad científica o la ficción literaria.
En fin, hacer un libro es abrir paso hacia el infinito mediante los recursos inmensos e insólitos que sólo puede ofrecer un sistema combinatorio tan perfecto y todavía tan desconocido como el lenguaje humano. Ese instrumento maravilloso que se convierte en imagen permanente a través de la escritura y se mantiene para siempre en el horizonte de la vida, encofrado entre las paredes sagradas que resguardan un manojo de piezas de papel impresas para dar cuenta del acontecer del hombre.
Hacer un libro es valerse de los recursos prodigiosos de la habilidad verbal para sustituir a Dios, perdurar en el tiempo e imaginar que siempre habrá elegidos interesados en la palabra escrita.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
del lenguaje golpeado

De la imposición de un lenguaje
Luis Barragán
Respecto al deterioro del lenguaje, presumimos un señalamiento más contundente y frecuente en las décadas anteriores. Los medios impresos se hicieron tribuna habitual para la denuncia, advertencia y corrección de un empleo del que también – grata paradoja – fueron culpables.
Obligaba la fuerte irrupción de modismos que, además de ofrecerse como un acontecimiento social, sirvieron al desarrollo creativo de la crítica política como ocurrió con Sebastián Elchamo, columnista semanal que nos permite redondear la paradoja. La llamada generación del “o sea”, más por la producción de coletillas que por una nada exclusiva identidad biológica o etaria, contribuyó al examen de la creciente incapacidad lingüística de la población, reducida la calidad del habla cotidiana, fundamentalmente imputada a todos los medios de comunicación social que lo hicieron su “pedestre objeto comercial”, a juicio – por ejemplo- de Efraín Hurtado, quien no quiso incurrir en una moral del lenguaje (El Nacional/Caracas, 29/08/77).
Lo cierto es que, por lo general, las acciones o pretensiones policiales en la materia pocas veces reparaban en el inadvertido uso y degeneración de términos por el propio agente o juez que miraba la paja en el ojo ajeno, tratando de ocultar la viga en el propio. Los “hipercorrectores gratuitos”, como los llama Luis Barrera Linares, todavía no reconocen la consumada e inconsciente costumbre de un intercambio que falta a las reglas defendidas, aunque yerra al incluir como un lugar común y redundante expresiones que tienen un nítido sentido técnico, pues el testimonio ocular también puede olfativo, táctil, gustativo o auditivo en el amplio abanico de las inspecciones judiciales (“Habla pública, internet y otros enredos literarios”, Equinoccio, Caracas, 2009: 31 ss.). Sin embargo, otra es la preocupación.
Modesta impresión, continuamos con las consabidas muletillas surgidas de la absoluta y ya vieja espontaneidad social, simplificadas por el consabido “ueón”, y no ha habido la sustitución del término “chamo” o “culito”, como una vez lo hizo con “pavo” o “jeva”, pero se ha impuesto el lenguaje escatólogico a sus anchas y ya no por la temeridad mercantil de los medios, sino por el deliberado propósito del poder establecido para hacerlo a través de sus propios medios y del afán de monopolizar al resto. A guisa de ilustración, apenas desvaneciéndose en la práctica diaria, emergió vigorosamente “plasta e’ mierda”, debido al pronunciamiento definitivamente firme que hizo Chávez Frías sobre la celebérrima sentencia del Tribunal Supremo que defendió el vacío de poder, antes que golpe de Estado, acaecido en abril de 2002.
Esencial recurso del Estado, todas sus energías simbólicas se vuelcan para contaminar hasta donde le sea posible el lenguaje de cada día y ha sido tan eficaz en tamaño esfuerzo voluntario que sus opositores políticos, aunque partidarios culturales, utilizan el mismo armamento para fijar o zanjar posturas en su seno. Y como la descalificación personal le es tan inherente, tácita o expresamente abusan de palabras y hasta de gestos que amagan la intolerancia, la inexactitud, la amargura, el desparpajo, el lance interesado, a objeto de dirimir las diferencias, deteriorando el debate mismo que clama por posiciones éticas, doctrinarias, ideológicas y programáticas. Acaso, porque no se tienen, apelan y consagran la imposición de un lenguaje que se presume ajeno, convertida en un anacronismo toda referencia que hable de la dignidad de la persona humana, el bien común, el desarrollo económico, la equidad social o la institucionalidad castrense.
Ilustración:http://www.cienaniosdeperdon.com.ar/io/images/Martillos%20siameses.jpg
jueves, 10 de junio de 2010
Del habla pública

Barrera // Equinoccio /2009
Parte I (Habla pública), en la que se refiere a que no hablamos castellano, sino español, lenguaje también es acción,, lenguaje y creación, responsabilidad de lo que decimos .... Parte II (Internet), apunta a la lengua en movimiento, ciberlengua papiro electrónico, (des) regionalización de la literatura .... Parte (III), se fija en otros enredos literarios, como la crítica en Venezuela, cibercrítica, narración y comunicación social o el ficcionautismo, los cuatro casos (Bolívar Coronado, Pocaterra, Uslar Pietri y Gallegos), lo hipertextual en Oswaldo Trejo o hipertrejos, arribando a las conclusiones generales.
... Para leerlo poco a poco, pues hay otras lecturas del deber o la especialidad. Es grato Barrera Linares, aunque podamos discrepar por aquello de "testigo ocular" o "inspección ocular", por ejemplo, ya que él las considera expresiones redundantes (y no es así)....Agradable texto con los neologismos de la época (ficcionauta, ciberlingüistica,m etc., etc....)....
Nota de María F. Sigillo
(Libros, grupo de Facebook)
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Luis Barrera Linares
Retazos de ficción

EL NACIONAL - Viernes 29 de Mayo de 2009 Cultura/4
ENTREVISTA Sin partida de yacimiento es el octavo libro en el género narrativa del crítico literario
Luis Barrera Linares: "Le tengo pavor a ser un escritor aburrido"
El autor presenta una novela construida con crónicas de vida y retazos ficticios de sus memorias
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ
Luis Barrera Linares: Hay que rescatar la crónica como texto de re-creación a favor de la narrativa
Luis Barrera Linares sorprende por su sencillez en el trato y su capacidad de síntesis, todo lo contrario de lo que se espera de un académico dedicado a analizar el complicado panorama literario nacional.
Él mismo escribe en un libro suyo, La negación del rostro (2006), que en la literatura nacional sobran los autores con complejo de mesías que ven de menos la república literaria de Venezuela "Es como si se dijeran a sí mismos: `Yo soy la única estrella que brilla en este firmamento", señala durante la entrevista--. Pero él dista mucho de este perfil. Su erudición y humildad se sienten en cada palabra, porque ve la literatura como un juego, uno que construye la cultura del país.
Acaba de publicar otro libro de narrativa, el octavo que edita en ese género, que lleva el título de Sin partida de yacimiento. Crónicas en la memoria.
La novela está hecha de 16 crónicas elaboradas sobre la ficción y los recuerdos de la niñez, que abarcan desde los años mozos hasta que se convierte en profesor universitario.
"Reduje el lapso para la novela, pues creo mucho en la brevedad y quise hacer una colección de relatos que pretendía ser una novela breve. Algunas crónicas estaban repetidas y las obvié. También saqué las que no tenían tanta relevancia y otras las reservé para un libro de cuentos que quiero escribir más adelante", indica.
El género de la crónica le ofrece dos ventajas al narrador; su versatilidad y su contundencia narrativa. La considera una "tipología de emergencia", que le pide al autor concisión, rapidez narrativa y diversidad temática, cualidades que se resumen todas en lo que él llama "escasa digresión". Los ingredientes de la ficción redimensionan la crónica y la convierten en una novela.
¿Quiere que su libro se lea como una colección de crónicas o como una novela? En cuanto al género al que pueda pertenecer el libro, creo que corresponde a otros ubicarlo. Ofrezco un trabajo de narrativa, lo de "crónicas" en el subtítulo alude al formato periodístico, porque algunos de los capítulos surgieron como producto de crónicas que en algún momento escribí para la prensa, en mi columna "La duda melódica". Hay que rescatar la crónica como texto de re-creación a favor de la narrativa, darle su justo valor como posibilidad para enganchar al lector.
¿Qué diferencia en su caso el perfil del crítico y del narrador? En la narrativa trabajo el humor y en la crítica, más que humorístico, soy irónico. Sin embargo, siempre trato de quitarme el ropaje de crítico cuando escribo narrativa, e incluso algunos me dicen que parecen dos personas distintas. En narrativa me doy libertad, me interesa que la gente se sienta bien cuando lee mis cosas. Le tengo pavor a ser un escritor aburrido.
En La negación del rostro describe al autor venezolano como demasiado ocupado en las glorias personales...
¿cuál es el perfil del escritor venezolano? Desde comienzos del siglo XIX y hasta finales del siglo XX hubo una situación extraña, que reflejo en ese libro, en la que el autor negaba su entorno pero no a sí mismo. Cuando un escritor venezolano viaja persiste en esa negación del país como país literario. Si nosotros mismos nos subestimamos, ¿cómo podemos aspirar a que valoren nuestra cultura?
¿Qué papel juega la nueva generación de autores? Los escritores más jóvenes se autovaloran más que sus pares en el pasado y eso se percibe en el mundo editorial actual. La gente está leyendo más autores venezolanos de los que leía hace una década atrás.
Además, el escritor venezolano ahora es menos "literatoso", más libre en el uso del lenguaje y en la experimentación en general y eso gusta más al público.
Bibliografía critica
Luis Barrera Linares tiene una trayectoria amplia en el terreno de la literatura, como narrador, docente e investigador de las letras nacionales.
Ha escrito varias antologías sobre el tema. Entre otros libros suyos están: Del cuen- to y sus alrededores (1993) una referencia obligada para los jóvenes cultores del género--, 30 años de narra- tiva venezolana, 1960-1990 (1992) y Discurso y literatu- ra (1995).
Otro título importante para la formación de nuevos talentos es Psicolingüística y desarrollo del español (1999 y 2004), en el que el autor habla de su pasión por el idioma.
"Las palabras existen en el momento en el que uno empieza a pensarlas y les da cierta relevancia en la comunicación cotidiana y la estricta", explica.
La negación del rostro (2006) es el título más reciente que ha publicado como crítico literario. En él analiza el perfil de los autores venezolanos a lo largo de la historia.
En 1994, Luis Barrera Linares obtuvo el Premio Municipal de Literatura por el ensayo El traje narrativo de Oswaldo Trejo.
Fotografía: Manuel Sardá
martes, 8 de junio de 2010
Tintero de bytes

EL NACIONAL - Lunes 07 de Junio de 2010 Cultura/4
El foro del lunes
LUIS BARRERA LINARES El escritor ve con optimismo los cambios que propone Internet
"Se puede vivir sin el libro convencional impreso"
El individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua y crítico literario considera que la revolución digital acabará con la figura del autor-sacerdote en una sociedad de lectores pasivos y privilegiará el desarrollo de la literatura colectiva
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ
Internet es una revolución imposible de detener. El fenómeno que cambió la manera de percibir el mundo, especialmente entre las jóvenes generaciones, también ha transformado la literatura universal y, desde el punto de vista financiero, la configuración del mercado editorial transnacional.
La prensa española anunció hace pocas semanas que los principales grupos editoriales de ese país Planeta, Santillana, Random House Mondadori, SM, Wolters Kluwer, Edicions 62 y Roca Editorial crearon una plataforma para la distribución de contenidos digitales en castellano y catalán llamada Libranda, una iniciativa que demuestra que uno de los sectores más conservadores de la cultura hispana, el del libro producido en Europa, entró de una vez por todas en la era digital.
Ante la celeridad de todos estos cambios, muchos autores, académicos y profesionales de la industria temen que el libro tradicional impreso pueda desaparecer en la vorágine de una nueva sociedad en la cual ya no se privilegia el conocimiento en línea recta, sino el que se desarrolla describiendo la línea zigzag (para seguir con la metáfora geométrica) que sugieren los hipertextos y las interfaces de Internet.
Luis Barrera Linares, individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua y profesor de literatura de la Universidad Simón Bolívar, considera que la revolución tecnológica llegó para quedarse y los cambios que acarrea determinarán otro tipo de sociedad en la cual no dejará de privilegiarse el conocimiento, pero éste tendrá características diferentes a las que los seres humanos están acostumbrados hoy. En su opinión, esos cambios no necesariamente son negativos. Éste es uno de los temas tratados en su reciente libro Habla pública, Internet y otros enredos literarios (Equinoccio, 2010), que compila sus ensayos producidos en el último lustro, además de otros temas relacionados con el papel del autor en la sociedad contemporánea y de la crítica literaria nacional.
--¿Cómo cambiará el libro digital a la literatura? --Internet no es una moda, llegó para quedarse y ello implica que está cambiando los modos de ser de la cultura escrita en general. Ya la literatura comenzó a cambiar, no sólo por la inserción de los formatos digitales el hecho de que la gente fotocopie un libro y lo coloque en la web, por ejemplo, sino por la literatura que la gente cuelga en línea para que otros lectores puedan intervenirla y hacerse partícipes del hecho literario. Un ejemplo de esto último es cuando alguien hace comentarios en un blog o cuando un autor y sus lectores participan juntos en la elaboración de un texto literario.
--¿Tal manera de escribir en grupo se refiere a la "muerte del autor" que presagiaba Roland Barthes en su ensayo homónimo de 1968, según el cual el autor tradicional que pasa sus palabras iluminadas al colectivo desaparecerá para dar paso a lectores tan capaces de construir la arquitectura de un texto? --No diría tanto así. Internet acabará con la autoría individual porque los escritores pasarán a compartir la autoría de sus textos con otros, lo cual no es posible con el libro convencional, en el cual el lector del libro impreso se imagina las cosas desde lo que el autor le plantea. Detrás de esto hay un problema político: la difuminación de la autoría individual y la posibilidad de la autoría colectiva.
--¿De esta manera no desaparece también el intelectual, si lo entendemos como la persona que piensa y se hace responsable por sus ideas? --Posiblemente sí. Las ideas se harán colectivas y el grupo responderá por ellas, lo cual, a su vez, apunta hacia la pérdida de poder político de los autores, que dejarán de ser los grandes tótem de la literatura. Estoy por supuesto elucubrando, no quiere decir que esto vaya a ocurrir en el presente inmediato. Me parece, sin embargo, que por miedo a esto muchos autores no quieren escribir en la red. Los escritores hoy son hablantes públicos importantes, son capaces de opinar sobre cualquier aspecto que tenga que ver con el desarrollo de la cultura en el mundo y tienen mucha gente que los sigue y tienen pavor de que el libro convencional desaparezca.
--¿No traerá esto problemas con el derecho de autor? --Si la autoría individual se vuelve colectiva, nadie puede reclamar derechos sobre los textos. Ahora, los derechos de autor nacieron con el libro impreso. Así fue la literatura en sus inicios. Claro que el derecho de autor desaparecería para ciertos géneros y no para otros, en el caso de los periodistas, por ejemplo, se mantendrá. La autoría individual fue tan importante que, a lo mejor, La Ilíada y La Odisea fueron producto de una escritura colectiva y para justificarla le buscamos un autor: Homero. De acuerdo con ciertas teorías, ambas fueron historias orales y quizás un hombre llamado Homero las recogió y las sistematizó. Uno, en ese caso, no podría otorgarle derechos de autor.
--Frente al avance de las plataformas digitales, ¿qué ofrece el libro el impreso? --La cultura escrita convirtió al libro en un fetiche, en un tótem, tanto que hemos llegado a pensar que no podemos vivir sin éste. Eso es falso: se puede vivir sin el libro convencional impreso.
Sin embargo, la publicación tiene una ventaja desde el punto de vista cognoscitivo intelectual: para efectos del lector, el libro encierra una verdad dentro de un conjunto de páginas limitadas por dos tapas. Internet asusta porque uno no sabe adónde acudir, mientras que el libro convencional empieza y termina. Cuando uno cierra una obra siente que ha terminado de leer un conjunto de verdades. En el caso de Internet esto no es posible. Gracias al hipertexto, uno navega por lo que lee y a lo mejor nunca lo concluye, porque te remite a una y otra y otra fuente.
Quizás uno termina leyendo algo que no fue su intención inicial. Nos acostumbramos a que la palabra escrita, por lo general, es verdad y con Internet esto cambia porque allí hay todo tipo de textos: desde opiniones personales hasta libros escritos por autoridades especializadas; es decir, desde los límites de la oralidad más cotidiana hasta la formalidad académica.
Hay gente que dice que la web tiene el problema de que no puedes llevarla a la playa para leer, pero esto es uno de los ritos asociados con el fetiche del libro. La gente no se imagina todavía leer placenteramente en la playa un libro a través de un Ipad o de una computadora portátil.
La cultura escrita nos enseñó ciertos estereotipos que rodean la lectura, la cual está mitificada para determinados grupos de lectores. Los jóvenes ya no piensan así y eso está bien.
Fotografía: Manuel Sardá
(Apunte tomado por MFSG)
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