EL PAÍS, Madrid,12 de abril de 2015
Tormentas perfectas
Los muchachos contra los cruzados
Al Shabab y Boko Haram atacan a las economías punteras africanas y explotan la división étnica con la misma coartada religiosa del E
Lluís Bassets
Ellos ya han dominado un territorio, también remueven fronteras y quieren reavivar el califato, y todo mucho antes de que Abu Bakr al Bagdadi, el caudillo del Estado Islámico, apareciera en la gran mezquita de Mosul el pasado junio para anunciar a los musulmanes de todo el mundo que al fin tenían a quien obedecer como máxima autoridad política y religiosa descendiente de Mahoma: él mismo.
Son como el Estado Islámico antes del Estado Islámico, en una geografía que solo el golfo de Adén separa de la península Arábiga donde todo empezó. Nacieron en Somalia, directamente de un Estado fallido, quizá el más fallido de los Estados fallidos, al revés que muchos yihadistas, nacidos para destruir los Estados existentes.
Somalia, de vida miserable y agitada por golpes militares y guerras, se derrumbó del todo al terminar la Guerra Fría. Primero llegaron los señores de la guerra; luego, el régimen de los Tribunales Islámicos, y detrás, los últimos, los muchachos, Al Shabab en árabe, adscritos enseguida a Al Qaeda.
Allí naufragaron hace dos décadas las Naciones Unidas y especialmente el contingente de marines de Estados Unidos diezmado en Mogasdicio. Bajo el título de Black Hawk derribado lo narró un filme que fue éxito en taquillas y propaganda contra futuras operaciones de mantenimiento de la paz. De aquella desolación salieron los muchachos. También la piratería que asaltó y secuestró petroleros y transportes, hasta obligar a la organización de una fuerza marítima internacional.
Al Shabab está en decadencia en Somalia, geografía acreditada como la más peligrosa del planeta. Por eso los muchachos se dedican a la vecina Kenia, donde no les faltan los estímulos para su pulsión asesina. Cuentan con una abundante población de refugiados o de origen étnico somalí. También con el irredentismo territorial de una Gran Somalia que penetra en Etiopía, pero también en Kenia. Y quieren sobre todo castigar al Gobierno de Nairobi para que no siga interviniendo con la Unión Africana para poner orden en el país vecino.
Y de ahí esos atentados de precisión diabólica, como el asesinato de 148 escolares cristianos en Garissa el pasado 2 de abril. Desde el otro flanco del continente, Boko Haram realiza idéntica labor en Nigeria. Ambos atacan a dos economías punteras, explotan las divisiones étnicas y religiosas y cuestionan las fronteras coloniales, con la misma coartada religiosa que el Estado Islámico y Al Qaeda, que asesinan cristianos coptos en Egipto o siriacos en Irak.
Los cruzados, que es como ellos llaman a los cristianos, son el emblema de un programa de odio antioccidental que busca la secreta o a veces explícita complacencia de todos los musulmanes, con el señuelo del regreso de los tiempos en que la civilización islámica se imponía por su superioridad en todos los campos, también militar.
Mostrando entradas con la etiqueta Lluís Bassets. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lluís Bassets. Mostrar todas las entradas
domingo, 12 de abril de 2015
FE MINADA
Etiquetas:
Al Shabab,
Estado Islámico,
Islam,
Lluís Bassets,
Somalia,
Terrorismo,
Yihadismo
viernes, 10 de abril de 2015
LAS POSIBILIDADES DEMOCRÁTICAS
EL PAÍS, Madrid, 5 de abril de 2015
TORMENTAS PERFECTAS
Democracia africana
Que en Nigeria se pueda echar al gobernante y conseguir la alternancia es una excelente señal para el conjunto del continente
Lluís Bassets
Hay muchas dudas respecto al funcionamiento de la democracia representativa como el gobierno del pueblo. Pero basta con que sirva para echar a quien gobierna y además asegure la alternancia entre quienes gobiernan para que quede legitimada, sobre todo si funciona en unas elecciones competitivas en las que opciones políticas e incluso personales se enfrentan en igualdad de condiciones.
Nunca hasta ahora se habían producido estas circunstancias democráticas esenciales en Nigeria, el país más poblado de África (174 millones de habitantes), el de mayor producto interior bruto (número 20 mundial) y uno de los más complejos (más de 10 grupos étnicos) y compuestos (36 Estados federados), además de dividido entre una mitad islámica mayoritariamente en el Norte y otra cristiana en el Sur.
Así ha sucedido en las elecciones presidenciales celebradas el 28 y el 29 de marzo, después de que el actual presidente en ejercicio, Goodluck Jonathan, aplazó la convocatoria prevista para el 14 de febrero, con la excusa de la inseguridad provocada por Boko Haram, un grupo islamista que rinde obediencia al Estado Islámico de Siria e Irak y siembra el terror en una amplia región del norte del país. Los votantes han querido echar a Jonathan y optar a la vez por cambiar el color del partido presidencial, e incluso el origen regional y la religión del presidente.
El actual presidente, Goodluck Jonathan, de 57 años, cristiano del Sur, del Partido Democrático del Pueblo, partido del Gobierno desde que hay elecciones, ha perdido por un amplio margen de nueve puntos y dos millones y medio de votos frente a Muhammadu Buhari, de 72 años, musulmán del Norte, del partido Congreso de Todos los Progresistas.
Buhari perdió ante Jonathan las elecciones de 2011, pero esta vez los votantes han preferido al candidato que les ofrecía mayores garantías a la hora de combatir las tres peores plagas que asuelan el país: el desempleo juvenil, la corrupción y Boko Haram. Y eso a pesar de que el vencedor de 2015 ha sido militar, presidente y general golpista entre 1984 y 1985, derrocado a su vez por otro golpe militar, uno más de los ocho que se han producido en el país desde su independencia en 1960.
Que la democracia funcione en un país como Nigeria, aunque sea como democracia negativa —para echar al gobernante y para conseguir la alternancia—, es una excelente señal para el conjunto de África —e incluso más allá, en un momento en que la democracia representativa plantea tantas dudas en todo el mundo— además de un estímulo para que cunda el ejemplo. También es una nueva oportunidad para combatir a la vez a la corrupción y a Boko Haram, dos fenómenos que en buena parte tienen relación entre sí.
El Ejército nigeriano no ha sido capaz por sí solo de terminar con el peligro terrorista y se ha caracterizado por un estilo de represión próximo a los métodos terroristas. Las credenciales de Buhari en cuanto al respeto de los derechos humanos no son precisamente recomendables, pero el premio Nobel de Literatura Wole Soyinka, que le criticó y denunció duramente cuando fue presidente de la Junta Militar hace 30 años, ahora le ha prestado su apoyo en la campaña electoral.
TORMENTAS PERFECTAS
Democracia africana
Que en Nigeria se pueda echar al gobernante y conseguir la alternancia es una excelente señal para el conjunto del continente
Lluís Bassets
Hay muchas dudas respecto al funcionamiento de la democracia representativa como el gobierno del pueblo. Pero basta con que sirva para echar a quien gobierna y además asegure la alternancia entre quienes gobiernan para que quede legitimada, sobre todo si funciona en unas elecciones competitivas en las que opciones políticas e incluso personales se enfrentan en igualdad de condiciones.
Nunca hasta ahora se habían producido estas circunstancias democráticas esenciales en Nigeria, el país más poblado de África (174 millones de habitantes), el de mayor producto interior bruto (número 20 mundial) y uno de los más complejos (más de 10 grupos étnicos) y compuestos (36 Estados federados), además de dividido entre una mitad islámica mayoritariamente en el Norte y otra cristiana en el Sur.
Así ha sucedido en las elecciones presidenciales celebradas el 28 y el 29 de marzo, después de que el actual presidente en ejercicio, Goodluck Jonathan, aplazó la convocatoria prevista para el 14 de febrero, con la excusa de la inseguridad provocada por Boko Haram, un grupo islamista que rinde obediencia al Estado Islámico de Siria e Irak y siembra el terror en una amplia región del norte del país. Los votantes han querido echar a Jonathan y optar a la vez por cambiar el color del partido presidencial, e incluso el origen regional y la religión del presidente.
El actual presidente, Goodluck Jonathan, de 57 años, cristiano del Sur, del Partido Democrático del Pueblo, partido del Gobierno desde que hay elecciones, ha perdido por un amplio margen de nueve puntos y dos millones y medio de votos frente a Muhammadu Buhari, de 72 años, musulmán del Norte, del partido Congreso de Todos los Progresistas.
Buhari perdió ante Jonathan las elecciones de 2011, pero esta vez los votantes han preferido al candidato que les ofrecía mayores garantías a la hora de combatir las tres peores plagas que asuelan el país: el desempleo juvenil, la corrupción y Boko Haram. Y eso a pesar de que el vencedor de 2015 ha sido militar, presidente y general golpista entre 1984 y 1985, derrocado a su vez por otro golpe militar, uno más de los ocho que se han producido en el país desde su independencia en 1960.
Que la democracia funcione en un país como Nigeria, aunque sea como democracia negativa —para echar al gobernante y para conseguir la alternancia—, es una excelente señal para el conjunto de África —e incluso más allá, en un momento en que la democracia representativa plantea tantas dudas en todo el mundo— además de un estímulo para que cunda el ejemplo. También es una nueva oportunidad para combatir a la vez a la corrupción y a Boko Haram, dos fenómenos que en buena parte tienen relación entre sí.
El Ejército nigeriano no ha sido capaz por sí solo de terminar con el peligro terrorista y se ha caracterizado por un estilo de represión próximo a los métodos terroristas. Las credenciales de Buhari en cuanto al respeto de los derechos humanos no son precisamente recomendables, pero el premio Nobel de Literatura Wole Soyinka, que le criticó y denunció duramente cuando fue presidente de la Junta Militar hace 30 años, ahora le ha prestado su apoyo en la campaña electoral.
Etiquetas:
África,
Democracia africana,
Democracia representativa,
Goodluck Jonathan,
Islam,
Lluís Bassets,
Nigeria
sábado, 23 de noviembre de 2013
DESPLIEGUE DE ALAS (3)
EL PAÍS, Madrid, 24 de noviembre de 2013 / OPINIÓN
Mito y conspiración
Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección de Kennedy en Dallas en su última jornada
Lluís Bassets
Por falsas y delirantes que sean las teorías de conspiración, en todas late una verdad ingenua: no expresan la disconformidad con la versión que conocemos de los hechos, sino con los hechos mismos. Esto es lo que les sucede al 61% de los estadounidenses que todavía se niegan a creer que Lee H. Oswald fuera el asesino único y solitario que terminó con la vida de John F. Kennedy hace 50 años. Su desconfianza revela una incapacidad para aceptar que una mera trágica circunstancia accidental pudiera cambiar el curso de una presidencia percibida como un momento culminante del sueño americano. Para esta forma de razonar, hay que buscar una mano mucho más poderosa, una confabulación mafiosa, Fidel Castro y la Unión Soviética, la propia CIA, el vicepresidente Johnson, o incluso el complot de varios conspiradores para explicar la capacidad de torcer la historia de forma tan injusta.
Ha sucedido con casi todos los atentados, a los que solemos observar con ojos retroactivos, aplicando criterios e ideas del presente a la sociedad y a la atmósfera de la época. Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección y de seguridad de Kennedy en Dallas en su última jornada. También lo es la destrucción de pruebas y la impericia de la comisión de investigación. Aquellos acontecimientos trágicos quebraron el rumbo inercial de la historia hasta el punto de proyectar automáticamente la hipótesis de una historia distinta, contrafactual. ¿Cómo hubiera sido Estados Unidos y el mundo si Kennedy hubiera sobrevivido al atentado?
La leña que echaremos a ese fuego alimentará todavía más la llama de la conspiración. Lyndon B. Johnson jamás hubiera sido presidente. La guerra de Vietnam habría terminado antes. También la guerra fría hubiera tomado otro curso. Todo contribuye desde la perspectiva posterior al asesinato a cargar aquellos hechos incomprensibles de sentido retrospectivo.
Así es cómo la teoría de la conspiración enlaza incluso con su clasificación en el ranking presidencial, ejercicio compulsivo en el país de la competencia individual. El limitado balance que ofrecen los escasos mil días de Kennedy no es obstáculo para que el balance contrafactual sitúe al presidente asesinado en la cima, pero no exactamente de la historia sino en su frontera con la mitología. Aunque los historiadores se ocupen de descrestar el mito, lo que pesa al final son las expectativas y los sueños incumplidos sin que hubiera tiempo para el desengaño, al contrario de lo que le ha sucedido a Obama.
Cuanto más tiempo pase más sabremos todavía sobre los acontecimientos de aquel 22 de noviembre de 1963 sobre los que tanto sabemos ya, pero es difícil que un joven héroe, caído absurdamente antes de la decepción, pierda pie en el Olimpo donde se le venera como uno de los grandes mitos del siglo XX.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
Mito y conspiración
Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección de Kennedy en Dallas en su última jornada
Lluís Bassets
Por falsas y delirantes que sean las teorías de conspiración, en todas late una verdad ingenua: no expresan la disconformidad con la versión que conocemos de los hechos, sino con los hechos mismos. Esto es lo que les sucede al 61% de los estadounidenses que todavía se niegan a creer que Lee H. Oswald fuera el asesino único y solitario que terminó con la vida de John F. Kennedy hace 50 años. Su desconfianza revela una incapacidad para aceptar que una mera trágica circunstancia accidental pudiera cambiar el curso de una presidencia percibida como un momento culminante del sueño americano. Para esta forma de razonar, hay que buscar una mano mucho más poderosa, una confabulación mafiosa, Fidel Castro y la Unión Soviética, la propia CIA, el vicepresidente Johnson, o incluso el complot de varios conspiradores para explicar la capacidad de torcer la historia de forma tan injusta.
Ha sucedido con casi todos los atentados, a los que solemos observar con ojos retroactivos, aplicando criterios e ideas del presente a la sociedad y a la atmósfera de la época. Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección y de seguridad de Kennedy en Dallas en su última jornada. También lo es la destrucción de pruebas y la impericia de la comisión de investigación. Aquellos acontecimientos trágicos quebraron el rumbo inercial de la historia hasta el punto de proyectar automáticamente la hipótesis de una historia distinta, contrafactual. ¿Cómo hubiera sido Estados Unidos y el mundo si Kennedy hubiera sobrevivido al atentado?
La leña que echaremos a ese fuego alimentará todavía más la llama de la conspiración. Lyndon B. Johnson jamás hubiera sido presidente. La guerra de Vietnam habría terminado antes. También la guerra fría hubiera tomado otro curso. Todo contribuye desde la perspectiva posterior al asesinato a cargar aquellos hechos incomprensibles de sentido retrospectivo.
Así es cómo la teoría de la conspiración enlaza incluso con su clasificación en el ranking presidencial, ejercicio compulsivo en el país de la competencia individual. El limitado balance que ofrecen los escasos mil días de Kennedy no es obstáculo para que el balance contrafactual sitúe al presidente asesinado en la cima, pero no exactamente de la historia sino en su frontera con la mitología. Aunque los historiadores se ocupen de descrestar el mito, lo que pesa al final son las expectativas y los sueños incumplidos sin que hubiera tiempo para el desengaño, al contrario de lo que le ha sucedido a Obama.
Cuanto más tiempo pase más sabremos todavía sobre los acontecimientos de aquel 22 de noviembre de 1963 sobre los que tanto sabemos ya, pero es difícil que un joven héroe, caído absurdamente antes de la decepción, pierda pie en el Olimpo donde se le venera como uno de los grandes mitos del siglo XX.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



