"La reacción de la administración ante el movimiento soviético no tuvo en cuenta la diferencia existente entre el clima donde los líderes soviéticos decidieron la instalación de los misiles y el clima donde los líderes estadounidenses los descubrieron. Con todo, podría aducirse que esa falla no gravitó demasiado, yaque después de que la administración se enteró del despliegue soviético y después de las fuertes advertencias presidenciales, Krushchev persistió en el curso de acción previamente elegido. E incluso siguió socavando la confianza que había logrado granjearse con Kennedy, confundiéndolo deliberadamente en lo referido a los planes soviéticos"
Graham T. Allison
("La esencia de la decisión. Análisis explicativo de la crisis de los misiles en Cuba", GEL, Buenos Aires, 1971: 326)
Mostrando entradas con la etiqueta John F. Kennedy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John F. Kennedy. Mostrar todas las entradas
sábado, 3 de diciembre de 2016
sábado, 23 de noviembre de 2013
DESPLIEGUE DE ALAS (3)
EL PAÍS, Madrid, 24 de noviembre de 2013 / OPINIÓN
Mito y conspiración
Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección de Kennedy en Dallas en su última jornada
Lluís Bassets
Por falsas y delirantes que sean las teorías de conspiración, en todas late una verdad ingenua: no expresan la disconformidad con la versión que conocemos de los hechos, sino con los hechos mismos. Esto es lo que les sucede al 61% de los estadounidenses que todavía se niegan a creer que Lee H. Oswald fuera el asesino único y solitario que terminó con la vida de John F. Kennedy hace 50 años. Su desconfianza revela una incapacidad para aceptar que una mera trágica circunstancia accidental pudiera cambiar el curso de una presidencia percibida como un momento culminante del sueño americano. Para esta forma de razonar, hay que buscar una mano mucho más poderosa, una confabulación mafiosa, Fidel Castro y la Unión Soviética, la propia CIA, el vicepresidente Johnson, o incluso el complot de varios conspiradores para explicar la capacidad de torcer la historia de forma tan injusta.
Ha sucedido con casi todos los atentados, a los que solemos observar con ojos retroactivos, aplicando criterios e ideas del presente a la sociedad y a la atmósfera de la época. Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección y de seguridad de Kennedy en Dallas en su última jornada. También lo es la destrucción de pruebas y la impericia de la comisión de investigación. Aquellos acontecimientos trágicos quebraron el rumbo inercial de la historia hasta el punto de proyectar automáticamente la hipótesis de una historia distinta, contrafactual. ¿Cómo hubiera sido Estados Unidos y el mundo si Kennedy hubiera sobrevivido al atentado?
La leña que echaremos a ese fuego alimentará todavía más la llama de la conspiración. Lyndon B. Johnson jamás hubiera sido presidente. La guerra de Vietnam habría terminado antes. También la guerra fría hubiera tomado otro curso. Todo contribuye desde la perspectiva posterior al asesinato a cargar aquellos hechos incomprensibles de sentido retrospectivo.
Así es cómo la teoría de la conspiración enlaza incluso con su clasificación en el ranking presidencial, ejercicio compulsivo en el país de la competencia individual. El limitado balance que ofrecen los escasos mil días de Kennedy no es obstáculo para que el balance contrafactual sitúe al presidente asesinado en la cima, pero no exactamente de la historia sino en su frontera con la mitología. Aunque los historiadores se ocupen de descrestar el mito, lo que pesa al final son las expectativas y los sueños incumplidos sin que hubiera tiempo para el desengaño, al contrario de lo que le ha sucedido a Obama.
Cuanto más tiempo pase más sabremos todavía sobre los acontecimientos de aquel 22 de noviembre de 1963 sobre los que tanto sabemos ya, pero es difícil que un joven héroe, caído absurdamente antes de la decepción, pierda pie en el Olimpo donde se le venera como uno de los grandes mitos del siglo XX.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
Mito y conspiración
Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección de Kennedy en Dallas en su última jornada
Lluís Bassets
Por falsas y delirantes que sean las teorías de conspiración, en todas late una verdad ingenua: no expresan la disconformidad con la versión que conocemos de los hechos, sino con los hechos mismos. Esto es lo que les sucede al 61% de los estadounidenses que todavía se niegan a creer que Lee H. Oswald fuera el asesino único y solitario que terminó con la vida de John F. Kennedy hace 50 años. Su desconfianza revela una incapacidad para aceptar que una mera trágica circunstancia accidental pudiera cambiar el curso de una presidencia percibida como un momento culminante del sueño americano. Para esta forma de razonar, hay que buscar una mano mucho más poderosa, una confabulación mafiosa, Fidel Castro y la Unión Soviética, la propia CIA, el vicepresidente Johnson, o incluso el complot de varios conspiradores para explicar la capacidad de torcer la historia de forma tan injusta.
Ha sucedido con casi todos los atentados, a los que solemos observar con ojos retroactivos, aplicando criterios e ideas del presente a la sociedad y a la atmósfera de la época. Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección y de seguridad de Kennedy en Dallas en su última jornada. También lo es la destrucción de pruebas y la impericia de la comisión de investigación. Aquellos acontecimientos trágicos quebraron el rumbo inercial de la historia hasta el punto de proyectar automáticamente la hipótesis de una historia distinta, contrafactual. ¿Cómo hubiera sido Estados Unidos y el mundo si Kennedy hubiera sobrevivido al atentado?
La leña que echaremos a ese fuego alimentará todavía más la llama de la conspiración. Lyndon B. Johnson jamás hubiera sido presidente. La guerra de Vietnam habría terminado antes. También la guerra fría hubiera tomado otro curso. Todo contribuye desde la perspectiva posterior al asesinato a cargar aquellos hechos incomprensibles de sentido retrospectivo.
Así es cómo la teoría de la conspiración enlaza incluso con su clasificación en el ranking presidencial, ejercicio compulsivo en el país de la competencia individual. El limitado balance que ofrecen los escasos mil días de Kennedy no es obstáculo para que el balance contrafactual sitúe al presidente asesinado en la cima, pero no exactamente de la historia sino en su frontera con la mitología. Aunque los historiadores se ocupen de descrestar el mito, lo que pesa al final son las expectativas y los sueños incumplidos sin que hubiera tiempo para el desengaño, al contrario de lo que le ha sucedido a Obama.
Cuanto más tiempo pase más sabremos todavía sobre los acontecimientos de aquel 22 de noviembre de 1963 sobre los que tanto sabemos ya, pero es difícil que un joven héroe, caído absurdamente antes de la decepción, pierda pie en el Olimpo donde se le venera como uno de los grandes mitos del siglo XX.
Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).
50 VECES
EL NACIONAL, Caracas, 26 de abril de 1998 OPINION
Las coincidencias inexplicables, ¿son explicables?
RUBEN MONASTERIOS
Tal día como hoy se cumple un nuevo aniversario de uno de los tantos acontecimientos inquietantes, por decir lo menos, relacionados con el asesinato del presidente norteamericano Abraham Lincoln; "inquietantes" en parte porque muchos de ellos jamás han sido convincentemente explicados, y en parte por su asombrosa coincidencia con los concernientes al no menos perturbador magnicidio de Kennedy. El reseñado por las efemérides el 26 de abril de 1865 es la inesperada muerte del asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, por obra del sargento de la policía Boston Corbett, quien supuestamente habría actuado como "vengador espontáneo", pese a que se habían dictado instrucciones expresas de atrapar vivo a Booth.
Repetidas veces se han reseñado las más de veinte coincidencias inexplicables entre ambos magnicidios, advertidas por primera vez por M.J. Boldo, y publicadas originalmente en la revista Excalibur de Africa del Sur, 1969. Algunas son sencillamente curiosas, como la referida a que Lincoln fue victimado en el Teatro Ford y Kennedy en un automóvil marca Lincoln fabricado por la Ford Motor Co, otras son mucho más impresionantes; además de la muerte de sus respectivos victimarios por supuestos fanáticos "vengadores espontáneos" antes de que pudieran rendir testimonios que permitieran llegar al fondo del asunto, se observa que los sucesores de los dos presidentes se apellidaban Johnson (Andrew y Lyndon) y que nacieron con un siglo de diferencia; así mismo transcurrieron cien años entre la elección de Lincoln, en 1860, y la de Kennedy, en 1960; y esta otra coincidencia todavía más perturbadora: el secretario de Lincoln, que era de apellido Kennedy, tuvo un presentimiento y le aconsejó al mandatario no asistir al teatro esa noche fatal; la secretaria de Kennedy, que se llamaba Lincoln, también tuvo un presentimiento y le rogó a su jefe no ir a Dallas.
¿Es un misterio? ¿Se trata acaso, de la intervención de esa entidad vagamente identificada, llamada destino, que por ignorada razón cruza los hilos rectores de las vidas humanas y demás acontecimientos? Según los matemáticos, nada tiene que ver con esos acontecimientos el destino, cualquier cosa que ello signifique; en su opinión, dado que todos los días ocurren millones de interacciones entre los millones de vivientes que existen en el planeta, lo raro sería que no hubiera coincidencias.
Al respecto, Rafael Sylva, notable estudioso de estos fenómenos y acucioso develador de los misterios de "nuestro insólito universo", cita en uno de sus artículos a un autor que escribía bajo el pseudónimo de "Doctor Cryton": "Basta un somero conocimiento de los aspectos más elementales de la Ley de Probabilidades para comprender que esas coincidencias (...) no son más que interesantes, aunque predecibles, subproductos de una mima ley: la Ley de Probabilidades" (Exceso, marzo, 1990); Sylva asume ese punto de vista. Pero, al mismo podríamos oponer el de otro autor, Richard Blodgett, recurriendo a su vez a la autoridad de Carl Jung, quien en un ensayo de 1952 afirmó que "las coincidencias son mucho más frecuentes de lo que predicen las teorías de probabilidades, y que, por tanto, muchas deben ser obra de una fuerza desconocida que trata de imponer un orden universal". Jung acuñó el término sincronicidad para designar el fenómeno de hechos aparentemente sin relación que ocurren por alguna asociación inesperada.
Varias autoridades científicas ponen en tela de juicio la existencia de esa "fuerza desconocida" que podríamos hacer equivaler a la idea de destino. Einstein, Podolsky y Rosen demostraron que dos partículas subatómicas que hayan interactuado una vez, pueden repetir su patrón de interacción milenio más tarde y a años luz de distancia; a este fenómeno se le llama Paradoja EPR, por sus descubridores. David Bohm observó que toda cosa existente en el Universo: desde las partículas subatómicas hasta las personas y demás cosas, está relacionada con todas las demás en una forma invisible para los conceptos ordinarios de la realidad; en su Teoría del Orden Implícito, y a partir de ella este científico aporta una explicación al fenómeno de la percepción extrasensorial, y a los casos, más frecuentes de lo que se supone, de personas que sin conocerse conciben simultáneamente la misma idea; el más notable entre estos es el de Darwin y Alfred Russel Wallace (1823-1913); ambos, encontrándose el primero en Londres y el otro en las Islas Molucas, concibieron en 1856 la Teoría de la Evolución; sólo que Darwin la dio a conocer primero.
Con todo el respeto debido a esas eminencias, todavía quedan muchos casos que uno, común mortal, no puede aceptar sin sobresaltos; apréciese el siguiente, estudiado por el investigador Warren Weaver: 15 miembros de un coro religioso debían reunirse para ensayar la noche del 1° de marzo de 1950, en la iglesia de Beatrice, localidad de Nebraska; su cita era a las 7:15 pm, y todos, por diferentes razones, se retrasaron. Fue una gran suerte: la iglesia quedó destruida por una explosión de gas a las 7:25 p.m. Warren calcula que la probabilidad de que 15 personas se retrasen simultáneamente es de una en un millón. ¿Se cumplió en el desconcertante caso la Ley de Probabilidades, o sería Dios que intervino para salvar la vida de esos humildes fieles que le rendían tributo con sus cánticos sagrados? Y si, en efecto, se cumplió la ley aludida, ¿acaso no sería por la Voluntad Divina?
(*) Tema de la semana de Rubén y sus Corazones Solitarios, por Mágica 99.1 FM, a las 6:00 pm.
Fotografía: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/11/22/album/1385113625_633053.html#1385113625_633053_1385114092
Las coincidencias inexplicables, ¿son explicables?
RUBEN MONASTERIOS
Tal día como hoy se cumple un nuevo aniversario de uno de los tantos acontecimientos inquietantes, por decir lo menos, relacionados con el asesinato del presidente norteamericano Abraham Lincoln; "inquietantes" en parte porque muchos de ellos jamás han sido convincentemente explicados, y en parte por su asombrosa coincidencia con los concernientes al no menos perturbador magnicidio de Kennedy. El reseñado por las efemérides el 26 de abril de 1865 es la inesperada muerte del asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, por obra del sargento de la policía Boston Corbett, quien supuestamente habría actuado como "vengador espontáneo", pese a que se habían dictado instrucciones expresas de atrapar vivo a Booth.
Repetidas veces se han reseñado las más de veinte coincidencias inexplicables entre ambos magnicidios, advertidas por primera vez por M.J. Boldo, y publicadas originalmente en la revista Excalibur de Africa del Sur, 1969. Algunas son sencillamente curiosas, como la referida a que Lincoln fue victimado en el Teatro Ford y Kennedy en un automóvil marca Lincoln fabricado por la Ford Motor Co, otras son mucho más impresionantes; además de la muerte de sus respectivos victimarios por supuestos fanáticos "vengadores espontáneos" antes de que pudieran rendir testimonios que permitieran llegar al fondo del asunto, se observa que los sucesores de los dos presidentes se apellidaban Johnson (Andrew y Lyndon) y que nacieron con un siglo de diferencia; así mismo transcurrieron cien años entre la elección de Lincoln, en 1860, y la de Kennedy, en 1960; y esta otra coincidencia todavía más perturbadora: el secretario de Lincoln, que era de apellido Kennedy, tuvo un presentimiento y le aconsejó al mandatario no asistir al teatro esa noche fatal; la secretaria de Kennedy, que se llamaba Lincoln, también tuvo un presentimiento y le rogó a su jefe no ir a Dallas.
¿Es un misterio? ¿Se trata acaso, de la intervención de esa entidad vagamente identificada, llamada destino, que por ignorada razón cruza los hilos rectores de las vidas humanas y demás acontecimientos? Según los matemáticos, nada tiene que ver con esos acontecimientos el destino, cualquier cosa que ello signifique; en su opinión, dado que todos los días ocurren millones de interacciones entre los millones de vivientes que existen en el planeta, lo raro sería que no hubiera coincidencias.
Al respecto, Rafael Sylva, notable estudioso de estos fenómenos y acucioso develador de los misterios de "nuestro insólito universo", cita en uno de sus artículos a un autor que escribía bajo el pseudónimo de "Doctor Cryton": "Basta un somero conocimiento de los aspectos más elementales de la Ley de Probabilidades para comprender que esas coincidencias (...) no son más que interesantes, aunque predecibles, subproductos de una mima ley: la Ley de Probabilidades" (Exceso, marzo, 1990); Sylva asume ese punto de vista. Pero, al mismo podríamos oponer el de otro autor, Richard Blodgett, recurriendo a su vez a la autoridad de Carl Jung, quien en un ensayo de 1952 afirmó que "las coincidencias son mucho más frecuentes de lo que predicen las teorías de probabilidades, y que, por tanto, muchas deben ser obra de una fuerza desconocida que trata de imponer un orden universal". Jung acuñó el término sincronicidad para designar el fenómeno de hechos aparentemente sin relación que ocurren por alguna asociación inesperada.
Varias autoridades científicas ponen en tela de juicio la existencia de esa "fuerza desconocida" que podríamos hacer equivaler a la idea de destino. Einstein, Podolsky y Rosen demostraron que dos partículas subatómicas que hayan interactuado una vez, pueden repetir su patrón de interacción milenio más tarde y a años luz de distancia; a este fenómeno se le llama Paradoja EPR, por sus descubridores. David Bohm observó que toda cosa existente en el Universo: desde las partículas subatómicas hasta las personas y demás cosas, está relacionada con todas las demás en una forma invisible para los conceptos ordinarios de la realidad; en su Teoría del Orden Implícito, y a partir de ella este científico aporta una explicación al fenómeno de la percepción extrasensorial, y a los casos, más frecuentes de lo que se supone, de personas que sin conocerse conciben simultáneamente la misma idea; el más notable entre estos es el de Darwin y Alfred Russel Wallace (1823-1913); ambos, encontrándose el primero en Londres y el otro en las Islas Molucas, concibieron en 1856 la Teoría de la Evolución; sólo que Darwin la dio a conocer primero.
Con todo el respeto debido a esas eminencias, todavía quedan muchos casos que uno, común mortal, no puede aceptar sin sobresaltos; apréciese el siguiente, estudiado por el investigador Warren Weaver: 15 miembros de un coro religioso debían reunirse para ensayar la noche del 1° de marzo de 1950, en la iglesia de Beatrice, localidad de Nebraska; su cita era a las 7:15 pm, y todos, por diferentes razones, se retrasaron. Fue una gran suerte: la iglesia quedó destruida por una explosión de gas a las 7:25 p.m. Warren calcula que la probabilidad de que 15 personas se retrasen simultáneamente es de una en un millón. ¿Se cumplió en el desconcertante caso la Ley de Probabilidades, o sería Dios que intervino para salvar la vida de esos humildes fieles que le rendían tributo con sus cánticos sagrados? Y si, en efecto, se cumplió la ley aludida, ¿acaso no sería por la Voluntad Divina?
(*) Tema de la semana de Rubén y sus Corazones Solitarios, por Mágica 99.1 FM, a las 6:00 pm.
Fotografía: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/11/22/album/1385113625_633053.html#1385113625_633053_1385114092
Etiquetas:
John F. Kennedy,
Magnicidio,
Rómulo Betancourt,
Rubén Monasterios
viernes, 29 de abril de 2011
CAZA DE CITAS

"También las figuras públicas más serias tienen que competir ahora por atraer la atención y el aplauso con los profesionales de los medios de masas. En provincias, los políticos tocan en bandas de pueblo; en el plano nacional son cuidadosamente preparados y aleccionados para presentarse ante las cámaras de televisión, y como los demás actores, los más importantes de ellos aparecen en las reseñas de los críticos de espectáculos...."
C. Wright Mills
("La élite del poder", Fondo de Cultura Económica, México, 1975:78)
Etiquetas:
C. Wright Mills,
Celebridad,
John F. Kennedy,
Política y espectáculo,
Richard Nixon
domingo, 12 de diciembre de 2010
mitósis

BBC Mundo 11 Dic 2010 | 11:55 am - Por BBC Mundo
Los trucos sucios de John F. Kennedy
Se convirtió en el símbolo del optimismo democrático, el hombre que inspiró a la mitad del mundo. Desaparecido en la flor de la vida, nunca envejeció lo suficiente como para traicionar, desilusionar o aburrir a su legión de admiradores
Cincuenta años después de que fuera elegido presidente de Estados Unidos, un aura de glamour rodea todavía el paso de John F. Kennedy por el despacho oval. Sin embargo, podría decirse que la cara más sucia de la política moderna tiene sus raíces en su ascenso al poder.
Logra salir bien en la foto y la historia hará el resto. John F. Kennedy (JFK) siempre supo cómo sacar su lado más favorecedor en la foto. Incluso ahora es casi imposible ver la brillante sonrisa blanca, el pelo iluminado por el sol y la imagen de la perfecta "Primera Familia" sin que se forme un nudo en la garganta.
JFK se convirtió en el símbolo del optimismo democrático, el hombre que inspiró a la mitad del mundo. Desaparecido en la flor de la vida, nunca envejeció lo suficiente como para traicionar, desilusionar o aburrir a su legión de admiradores.
¿Quién es el presidente Josiah Bartlett de la serie "El ala oeste"(The West Wing) sino la fantasía liberal de un Kennedy maduro, de inteligencia afilada, duro como una piedra y rebosante de idealismo?
Así que es todo un shock estudiar de cerca al Kennedy candidato.
La historia de cómo un chico rico, un niño bien de Massachusetts, logró elevar un rugido tan fuerte entre los menos privilegiados en Estados Unidos como para llevarlo hasta la Casa Blanca es apasionante, pero, ciertamente, no es alegre o inspiradora.
Ambición y cinismo
Sí, es un cuento de ambición y retórica arriesgada y de un candidato con una energía excepcional.
Pero también es un cuento de grandes sumas de dinero, calumnias, soborno, manejo cuidadoso de los cables del poder y de un cinismo sin fin.
Si uno se pregunta qué fue lo que descarriló de tal manera a la política moderna, la campaña electoral de 1960 de Kennedy es un buen punto de partida para encontrar la respuesta.
Y en esa carrera hacia la Casa Blanca, la pugna por Virginia Occidental, el empobrecido y marginado estado donde Kennedy aplastó a su principal rival demócrata, Hubert Humphrey, es el mejor ejemplo.
Virginia Occidental es todavía el mismo lugar montañoso, lleno de árboles, donde la minería de carbón ha causado estragos, lleno de ciudades de pequeño tamaño, con sus vecinos y sus voluntarios militares que era cuando los dos rivales se enfrentaron allí.
En el ring...
En una esquina se encontraba Kennedy, con su avión privado, regalo de papi, y sus grandes sumas de dinero para la campaña y los anuncios.
JFK vino con promesas de más dinero para el estado, pero, sobre todo, llegó a vender una imagen: la del héroe de guerra naval, la mujer glamourosa, los niños, la familia sencilla con sus pqueños botes de vela para jugar.
Los políticos anteriores a la era Kennedy habían mostrado"escenarios de fondo" -cabañas de madera, sus casitas galesas, ¡de todo!- pero JFK fue el primero en vender un estilo de vida.
El padre de Kennedy, Joe, quien había sido un poco amigable embajador de Washington en Reino Unido, había hecho su fortuna vendiendo acero, películas, whisky, ganado y propiedades.
Con su obsesión de convertir a su familia en una gran dinastía política, Joe había acorralado a muchos de los propietarios de los periódicos cruciales para su hijo, quien, a su vez, fue un maestro a la hora de encantar y adular a sus reporteros.
Fue implacable y entendió a la perfección el inmenso poder de las compañías publicitarias, el mundo descrito en la serie Mad Men, que estaba empezando a tomar forma en ese momento.
Como JFK dijo después, su padre quizo saber cuál era el tamaño de la eventual mayoría que consegirían porque "de ninguna manera estaba dispuesto a pagar por una victoria arrolladora".
Campañas a la antigua
La máquina de Kennedy, un instrumento extremadamente bien organizado, tenía algunos problemas obvios.
Se rumoreaba que Joe Kennedy había sido un contrabandista de licores. Además, le habían retirado el cargo de embajador en 1940 después de que anunció que en "el Reino Unido, la democracia está muerta" y era un cercano aliado del senador Joe McCarthy.
Pero sobre todo, era un católico ferviente en una época en la que prevalecían fuertes prejuicios anticatólicos, particularmente en lugares mayoritariamente protestantes como Virginia Occidental.
Sin embargo, los Kennedy tenían claro que si podían vencer allí, podrían ganar en cualquier parte.
En la otra esquina del ring se encontraba Hubert Humphrey, llevando a cabo una campaña política de las clásicas, a la antigua usanza. Había estado demasiado enfermo como para luchar en la guerra, y sus recursos económicos eran magros.
Su mujer era ama de casa y tradicional. No tenía un avión privado sino un autobús, con la calefacción estropeada.
Calumnias
Humphrey era uno de los políticos más inteligentes, compasivos y cultos que de la historia moderna de la política estadounidense.
Había tratado la cuestión de los comunistas, el crimen organizado y el racismo cuando era peligroso dar la pelea sobre esos asuntos y entendía la clase media mucho mejor que Kennedy. Pero estaba a punto de ser aplastado.
El equipo de Kennedy trató el problema del catolicismo utilizando la calumnia para clasificar a Humphrey de militar prófugo.Y para ello saturaron el territorio de anuncios, dinero y voluntarios.
Al final de la campaña, un aturdido Humphrey, que comparó su lucha con la de una tienda de comestibles de la esquina contra una gran cadena de supermercados, no tuvo otro remedio que utilizar los pocos dólares que él y su mujer habían ahorrado para la educación de su hija para pagar un anuncio de final de campaña.
Tras haber difamado y destrozado su reputación, los Kennedy se limpiaron las manos y lo negaron todo.
Bueno, podemos pensar, así es la política. Kennedy pasó, después de todo, a arrasar con todos los grandes nombres del partido demócrata, Adlai Stevenson y el texano Lyndon Baines Johnson, que se convirtió luego en su compañero de campaña.
Luego venció por un escaso margen a Richard Nixon, luego de esos famosos debates televisados que mostraran a Nixon con una sombra de barba más espesa, trajes peor elegidos y una tendencia a sudar que persuadió a los televidentes que el mejor candidato era Kennedy.
Cuando me encontré con algunos de los que participaron, incluido al consejero de imagen y televisión de Kennedy en 1960, me quedé maravillado por la audacia de sus habilidades expositivas.
Por ejemplo, en el primer debate Kennedy se disculpó muy educadamente para tomarse un respiro, un minuto o dos antes de el programa saliese al aire. Y no volvió.
El secreto del ganador
Cuando el jefe del estudio estaba iniciando la cuenta atrás en los últimos segundos antes de comenzar la cobertura en vivo, todos, incluido Nixon, estaban aterrados.
Justo cuando la cuenta terminó, allí estaba Kennedy, sonriendo en el podio. Para poner nervioso a un oponente y asustarlo no hay ningún truco que funcione mejor.
Y sin embargo, Kennedy venció a Nixon no simplemente con las declaraciones mediáticas, sus anuncios publicitarios, los poses cuidadosamente elegidas para las fotografías y las mentiras redomadas que dijo sobre su salud.
Venció a Nixon por no apoyar nada que no fuese más allá que puras banalidades.
En el asunto de la diferencia de misiles disponibles frente a Rusia, Kennedy desproporcionó intencionadamente el peligro. Nixon, como vicepresidente, conocía los hechos reales, pero por razones de seguridad nacional, no podía revelarlos, algo que Kennedy sabía.
En otra gran cuestión, los derechos civiles, el equipo de Kennedy envió un mensaje a las audiencias negras y otro a la clase media.
¿Y qué?
¿Importaba? Tras examinar lo que encontré terminé pensando que el resultado de la suma de grandes cantidades de dinero, más difamación, la promesa de bienestar en lugar de programas políticos y la venta de un candidato como si fuera un producto, es vergonzoso.
Incluso con todo eso, apenas ganó. El joven Nixon, quién era liberal en el tema de la raza y más amigo de la corriente dominante en asuntos económicos de lo que llegó a ser, podría haber sido un buen presidente antes.
Durante su período, Kennedy cometió algunos terribles errores en asuntos de política exterior (aunque mantuvo el valor durante la crisis de los misiles cubanos) y fue lento en la política interna, particularmente en lo que se refería a derechos civiles.
Si hubiera vivido más tiempo, pienso que su reputación como presidente no habría sido tan buena.
La historia de la campaña de 1960 no es la que yo esperaba. Es mucho más interesante.
Ha sido borrada por todas esas imágenes del guapo padre y marido, y luego del joven rey asesinado en la flor de su vida.
Sin embargo, hoy vivimos en un mundo profundamente cínico acerca de la política. Creo que nos debemos a nosotros mismos el mirar a esas imágenes y preguntarnos: ¿no hay una mejor forma de practicar la democracia que la de Kennedy?
Etiquetas:
John F. Kennedy,
Mito kennedyano,
Mitósis
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



