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jueves, 23 de agosto de 2012

FOTOGRAFÍA AL LADO DE ELLA

EL NACIONAL - Miércoles 25 de Julio de 2012     Opinión/9
El filo de Matisse
LEOPOLDO TABLANTE

Más de 10 años después de constatarse su desaparición del antes llamado Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, fue hallada la Odalisca con pantalón rojo de Henri Matisse en una habitación del hotel Loews de Miami. La localización de la pintura ­valorada en 3 millones de dólares, aunque quienes la poseían, Pedro Antonio Marcuello y la mexicana María Martha Ornelas, pretendían negociarla por menos de la cuarta parte de ese monto­ fue llevada a cabo por funcionarios encubiertos del FBI. Al día siguiente, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, se pronunció y dijo que era necesario ajustar los mecanismos diplomáticos pertinentes para confirmar la legitimidad de la pintura y para que, en caso de que la experticia diera positivo, fuera repatriada. Esta declaración ex post facto pone en evidencia la capciosa languidez del Estado venezolano y su vulnerabilidad para salvaguardar el patrimonio público.
En 2000 el presidente Chávez se hizo fotografiar al lado del falso Matisse durante una visita oficial al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Ningún experto había certificado todavía que la pieza no era genuina, aunque la réplica fuera más bien grosera. Sin embargo, la inconsciencia del primer mandatario simboliza la política oficial en materia de artes plásticas durante los últimos 10 años. Se sabe que entre las prioridades del presidente Chávez no figura la conservación de una pieza pictórica que, a su juicio, connotaría los valores del arte burgués. Por ello, la «revolución de la conciencia» de su política cultural ha preferido convertir los espacios expositivos del Estado en ámbitos de promoción masiva de artistas nacionales sin reconocimiento oficial, anteriormente desdeñados debido a la institucionalización de una noción «aristocrática» y excluyente de cultura.
En ese espíritu, los museos venezolanos se han transformado en ámbitos opacos que se caracterizan por acoger actos oficiales y por inhibir a los visitantes. Sin embargo, el arte, como la energía, se transforma. Por ejemplo, la interpretación de las editoriales del Estado en ramas de divulgación ideológica del régimen ha ayudado a diseminar una noción de riesgo entre los autores y editores que le son adversos, de entre quienes han surgido nuevas voces, nuevos sellos y un movimiento que reivindica una tradición venezolana. Ese esfuerzo, que ha madurado desde listas de correo electrónico, blogs y páginas web ­aunque también desde actividades apoyadas particularmente por alcaldías de oposición­ ha fraguado en un movimiento literario que tiene sus autores de cabecera, sus editoriales, sus títulos de culto y, por supuesto, sus celos y sus rencillas.
Mientras que el Estado bolivariano fija su propia agenda ideológica, privilegia obras prioritarias y sacrifica otras que contrarían sus valores, las piezas purgadas y sustraídas ­¿por quién?­ de los museos nacionales encuentran su tasación por los caminos verdes. Junto a la Odalisca con pantalón rojo, otras 14 piezas habrían abandonado los depósitos del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas según un inventario realizado en 2001 cuando la directora de la institución era Rita Salvestrini. Y como el lienzo de Matisse (aunque seguramente con más discreción que éste), la fortuna de ese patrimonio es, en el mercado del arte, inversamente proporcional a su supuesta devaluación política en la Venezuela polarizada.

El destino de la Odalisca...pone de manifiesto el itinerario natural de una dama arribista caraqueña (en este caso, de una caraqueña por adopción) desde el aeropuerto internacional de Maiquetía: Miami, parada obligatoria del dinero latinoamericano expatriado, donde la vitalidad y la frivolidad de un cierto cosmopolitismo tropical ­apuntalado desde los años ochenta por los dólares del Cartel de Medellín­ son el eslabón de un sueño, con o sin visa, con filo suficiente para rajar el cuero curtido y el alma resteada del Hombre Nuevo bolivariano, ese engendro anacrónico que, como la réplica de nuestro Matisse, no ha sido más que mala copia.

Caracas, 21 de Julio de 2012
Odalisca con pantalón rojo
Seguramente nadie irá preso por este caso, no se harán averiguaciones, no se sabrá nada
ANDRÉS F. SCHMUCKE G. 

Siempre he tenido la impresión de que el género de la delincuencia que consiste en el robo de obras de arte es algo que requiere de posgrados y estudios especializados. Cualquier malandro puede asaltar a alguien y quitarle un reloj, un par de zapatos o un Iphone, pero robarse un cuadro de un museo, que en teoría tiene toda la seguridad del mundo, eso es para mentes superiores.
Se me vienen a la mente, al pensar en esto, películas como: The Thomas Crown Affair o Ocean's Eleven, en las que el ladrón de arte es una persona sofisticada, que ha recorrido el mundo, un prototipo de hombre que es más parecido a un agente secreto que a un vulgar ladrón. Espero que la desaparición de la Odalisca con pantalón rojo del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas haya sido más de este estilo, pues así sí vale la pena hacer una película.
Doce años pasaron del rapto del cuadro de Henri Matisse (que se presume fue en el 2000, aunque se descubrió su desaparición en el 2003), para que el mismo fuera recuperado en Miami, gracias a las pesquisas del FBI. Eso demuestra que la justicia tarda, pero llega y que, en teoría, esta historia puede tener un final feliz.
Seguramente nadie irá preso por este caso, no se harán averiguaciones, no se sabrá nada. Los ladrones de arte son demasiado inteligentes, demasiado cool. Me imagino a un tipo como Neal Caffrey de la serie White Collar, muerto de la risa leyendo que encontraron el cuadro mientras se fuma un habano en alguna playa paradisíaca.
En el mismo orden de ideas, fabulosa la viñeta de Rayma sobre el tema, pero yo le diría a la Odalisca que por ahora se quede en el exilio, pues si se regresa capaz se la vuelven a robar. Quizás después de octubre todo sea diferente y el regreso a casa sea menos largo y tormentoso.


Fotografía: Tomada de la red.

miércoles, 30 de mayo de 2012

ENTRE LAS GRIETAS, LA NOSTALGIA

EL NACIONAL - Miércoles 30 de Mayo de 2012     Opinión/7
Postales de Roca Tarpeya
LEOPOLDO TABLANTE

A un viejo amigo arquitecto, expatriado y de paso por Caracas, se le ocurrió un buen día armarse con una camarita digital y, como Federico Vegas (o Emeterio Gómez), salió a ejercer de flâneur por las accidentadas aceras de la ciudad: fotografió el Pasaje Zingg, sede de las primeras escaleras mecánicas de Venezuela; el edificio de Seguros Orinoco, con sus cajones de ladrillos salientes; el exterior e interior de Casa de Italia, con sus persianas verticales externas, su bajorrelieve imperial y su piso de lajas pulidas; las quintas aéreas de la urbanización El Paraíso, con sus pretensiones de autosuficiencia; el techo paraboloide de Fruto Vivas en el Club Táchira, de acero y machihembrado... Mi amigo debía estar preparando sin saberlo sus láminas de power point para mostrarles a sus colegas de otra parte esos vestigios a lo Le Corbusier que nos permitieron jurar en nombre de la modernidad.

Poco dado a resentimientos, mi amigo prefirió distraerse de la conexión entre la mayoría de las estructuras que fotografiaba y la voluntad dictatorial de Marcos Pérez Jiménez. La Caracas supersónica quedaba registrada en su cámara Panasonic en forma de planos generales que borroneaban los apliques ingenuos de sus habitantes: las columnas panzudas Graveuca, los toldos bicolores con laminas de latón azules y blancas o los armatostes de aire acondicionado instalados en los años setenta, que arruinaban las fachadas proyectadas por los mejores arquitectos nacionales o importados.

Todo sucedía de un modo excesivamente normal hasta que se le ocurrió arriesgar el pellejo por los lados de Roca Tarpeya. Cogió su carrito por puesto en la esquina de la avenida Oeste 2, frente al edificio Seguros Orinoco (hoy Corporación Venezolana de Alimentos), y enfiló hacia ese Xanadú perezjimenista volcado hacia el mambo y el consumo diseñado por los arquitectos Dirk Bornhorst, Pedro Neuberger y Jorge Romero Gutiérrez. La espiral de El Helicoide describe una calzada para vehículos de cuatro kilómetros de largo frente a la que debían disponerse locales comerciales: parafraseando a Camilo Pino, si uno se estacionaba en la terraza número dos porque ahí quedaba el barbero, tenía, si deseaba comerse una pizza, que volver a prender el carro para girar hacia otro puesto de la terraza número cinco.

Desde el mejor ángulo que encontró sobre el viaducto de la avenida Fuerzas Armadas, mi amigo tomó varias fotos de ese coloso que nunca llegó a ser la meca turística venezolana ­con su hotel cinco estrellas, su helipuerto, su cúpula geodésica y su bulimia automotriz­ y que el despeñadero democrático transformó en la sede de la Disip, nuestra particular estrella de la muerte. Cuando menos se lo esperaba, una patrulla se detuvo en seco y lo embarcó: "Entregue la tarjeta de la cámara", fue la frase que anticipó la consignación del chip donde se confundían encuadres de edificios caraqueños venidos a menos y gráficas casuales de los pocos amigos que le quedaban en la ciudad, la mayoría a punto de esfumarse en la corriente del éxodo.

La Venezuela de alcabala le había confiscado su derecho a guardar su recuerdo personal del país idealizado, así como hoy el Inavi bolivariano quiere cobrarle a la Alcaldía de Baruta la Concha Acústica de Bello Monte. Sin embargo, lo que para mi amigo fue un secuestro de su memoria, para la alcaldía es un arrebato menos simbólico: la concha acústica de Bello Monte, instalada en terrenos cedidos a comienzos de los años cincuenta por el doctor Inocente Palacios, otra obra perezjimenista del arquitecto Julio César Volante que alberga cuatro coloritmos del artista cinético Alejandro Otero, es la sede de la Orquesta Sinfónica Municipal de Baruta, adscrita al Sistema Nacional de Orquesta Juveniles e Infantiles de Venezuela.

Sus grietas, su oscuridad y su herrumbre albergan todavía una actividad comunitaria que, aun cuando de ritmo vacilante, es un gesto de voluntad: el de los que, en este presente de pesadilla, prefieren pisar sobre los restos del país mítico para atravesar el túnel hacia un futuro con vista.


Fotografía: http://encontrarte.aporrea.org/efemerides/e881.html

viernes, 9 de septiembre de 2011

ZAMURO AZUL


EL NACIONAL - MIÉRCOLES 07 DE SEPTIEMBRE DE 2011 OPINIÓN/7
Visiones del Plan Ávila
LEOPOLDO TABLANTE

En más de un sentido, dos de las novelas venezolanas más reveladoras de 2010 y de 2011, Etiqueta azul/Blue Label, de Eduardo Sánchez Rugeles, y Valle zamuro, de Camilo Pino, relatan el mismo cuento e, incluso, cumplen su cometido adoptando itinerarios equivalentes.

El habla de Eugenia Blanc, la protagonista de Etiqueta azul/..., y de sus amigos es sólido y contundente, con base a reflexiones y diálogos llenos de coloquialismos sin advertencias ni guiones que traducen las moralidades de jóvenes que no pasan de los veinte años. Ese lenguaje está en sintonía con el «visceralismo» que consagró al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes. Eugenia pertenece a una generación de chicos de clase media caraqueños, beneficiaria relativa del clima hostil de la Venezuela violenta y polarizada, que abriga una visión reaccionaria y pesimista del futuro. Junto a Luis Tévez, su primer amor serio, Eugenia emprende un viaje en un destartalado Fiat Fiorinoal piedemonte andino para buscar a un supuesto abuelo francés, a través de quien podría tramitar el pasaporte europeo que le permita «largarse de aquí».

Luis Tévez es un tipo pedante y con un espíritu autodestructivo equivalente a su celo antichavista. Sigue la corriente del «sabotaje lírico», dirigido desde Mérida por un sempiterno estudiante de psicología de la ULA, Samuel Lauro, una especie de falangista virtual que, a través de un blog, comienza a organizar ataques contra figurones bolivarianos. Luis Tévez y sus amigos celebran happenings, escriben peomas y se divierten con ocurrencias impromptu, a menudo escatológicas.

La fijación oral de Sánchez Rugeles tiene tanta pegada (a mí me suenan Bryce Echenique, Cabrera Infante, Luís Rafael Sánchez, incluso Junot Díaz...) que uno casi se distrae de la estructura circular de Etiqueta Azul/..., un libro que fluye hacia el futuro en que habría sido compuesto: el año 2020, el chavismo aniquilado y Eugenia, la autora, exiliada en París. En cambio, Camilo Pino opta por exhibir un andamiaje lleno narraciones anecdóticas interrumpidas por crónicas de viaje, reportajes especulativos, entrevistas testimoniales, llamadas telefónicas y voces radiofónicas dentro de una atmósfera apocalíptica: el valle de Caracas en medio de una invasión de zamuros y a las puertas de un estallido social.

El protagonista de Valle zamuro, Alejandro Roca, es un creativo publicitario que, días antes del Caracazo de 1989, decide renunciar a su puesto en la agencia Luchsinger & Márquez y al mismo tiempo se enamora, sin ser correspondido, de Romina Neri. Se sabe parte de una frívola clase media/media alta caraqueña, pero a diferencia de los personajes de Sánchez Rugeles, es más conformista, presa de un tibio cargo de conciencia en un país absurdo lleno de «loquitos», un adjetivo que endilga tanto al político «de arriba» como al peor resultado de su indolencia, los indigentes de la calle.

La yuxtaposición de recursos retóricos y el contexto publicitario de la novela me recordaron al Frédéric Beigbeder de 99 francos [14,99 euros] (2000), que no sólo cuenta la caída en barrena, en código humorístico, del protagonista, Octavio Parango, harto de la retórica lúdico-fascista de la publicidad, sino que incluso incorpora a un director de imagen venezolano, Enrique Baducul, el personaje en el que Alejandro Roca habría podido convertirse en su éxodo. Porque, como Eugenia Blanc, Alejandro también se va de Venezuela gracias al favor de un ministro amigo de su familia (a Eugenia la ayuda su padre, alto funcionario del Ministerio de la Cultura), el mismo que ordena su liberación de una celda de la Disip en El Helicoide luego de ser detenido borracho, luego de salir despechado de una fiesta en una mansión de Lomas de El Mirador durante el toque de queda que siguió al sacudón de 1989.

Yo estaba esperando estas dos novelas del desencanto y del exilio explícitos, generosas en emociones e intertextualidades sutiles, base de un código estético formulado para sentirse avergonzado primero y para atomizarse después.

lunes, 27 de junio de 2011

A DIARIO


EL NACIONAL - Sábado 25 de Junio de 2011 Papel Literario/3
A propósito del Día del Periodista
Pobreza en la prensa venezolana: crónica de una tormenta
Los resultados y la discusión contenida en el artículo que sigue provienen del trabajo de investigación "Pobreza en su tinta.
Representaciones periodísticas de la pobreza en Venezuela", concluida por el autor en octubre de 2008, y que obtuvo el primer premio de investigación de la Universidad de Católica Andrés Bello en su edición de 2011
LEOPOLDO TABLANTE

Preámbulo Entre diciembre de 2005 y octubre de 2008 le dediqué la vida a uno de los proyectos más extravagantes que jamás haya emprendido: conocer cómo la prensa venezolana habla de la pobreza en sus páginas.

La mención recurrente de la palabra "pobreza" en América Latina y en Venezuela fabrica el espejismo de que éste es el más trillado de los temas, una falsa interpretación que lo condena de antemano. Mi análisis sobre la representación de la pobreza en la prensa me permitió cobrar conciencia de que las variables asociadas con este fenómeno son tan numerosas y complejas que al cabo, por simple apabullamiento, es fácil tirar la toalla y conformarse con elaborar generalizaciones razonables.

Por fortuna conté con un precedente útil para acercarme al monstruo: El periodista y académico colombiano Germán Rey examinó lo que el diario bogotano El Tiempo publicó en sus páginas sobre pobreza durante los meses de febrero, mayo, agosto y noviembre de 2002. Rey empleó matrices de análisis que medían frecuencias de categorías "sociales" y "periodísticas", las primeras asociadas con los aspectos que reflejan la pobreza como un fenómeno colectivo, las segundas con los criterios retóricos y técnicos a través de los cuales el periodismo transforma la pobreza en información, es decir, en signo.
El número de textos periodísticos retenidos por Germán Rey sumaba 171.
El estudio venezolano entrañó en cambio el examen de 3126 textos producidos en febrero, mayo, agosto y noviembre de 2005: 1477 por Últimas Noticias (9,54% de todos los publicados durante los meses en cuestión), 855 por El Nacional (6,61%) y 794 por El Universal (3,18%). La diferencia de casos entre el estudio venezolano y el colombiano, más allá del hecho de que este último abarcara tres diarios y de otros criterios metodológicos no explícitos en las cifras, se debió a que los periódicos venezolanos operaron en un ambiente de confrontación política en el cual la pobreza y la exclusión social fueron los catalizadores de la polarización. Incluso los diarios venezolanos dirigidos a las clases medias y altas, El Nacional y El Universal, publicaron, como mínimo, cuatro veces más textos alusivos a variables de pobreza que El Tiempo de Bogotá.

Durante los primeros ocho meses, el proyecto contó con la colaboración de un grupo de asistentes (Delymart de León, Nadia Goncalves, Jaqueline Osteicochea, Gabriela Velásquez, todas ellas coordinadas por la periodista Adriana García Cunto y por mí), sin cuya ayuda hubiera sido imposible desmenuzar una cantidad de información suficiente como para dejar en el sitio al dueño de la moral mejor plantada.

Ahora bien, ¿qué dice la prensa sobre la pobreza en Venezuela?

1. La pobreza es un problema "natural" En los tres periódicos analizados, la pobreza es una especie de manifestación natural del ambiente venezolano, algo parecido a los musgos y los líquenes en las selvas tropicales.

La inmensa mayoría de los textos sobre pobreza producidos por El Universal y El Nacional fue publicada en febrero (332 el primero, 285 el segundo), cuando se produjo la famosa vaguada. Últimas Noticias publicó la mayoría de sus textos en mayo de 2005 (429 piezas periodísticas) por una sencilla razón: los perjudicados por el temporal formaban parte de los grupos socioeconómicos que constituyen su público principal. Además, en vista de que este diario tiene una larga tradición de denuncia, tres meses y medio después de la vaguada había muchas denuncias que requerían prensa.

El problema "natural" de la pobreza no se expresa sin embargo en áreas aisladas sino, por el contrario, en sectores urbanos (para El Nacional y El Universal el contexto urbano de pobreza gravita entre el 54% y el 56%; en el caso de Últimas Noticias el porcentaje llega hasta el 74%). Ello da cuenta de la vulnerabilidad estructural de las ciudades venezolanas, donde la fluctuación de los elementos recuerda cada tanto la particular inaptitud para el asentimiento humano de los espacios sociales pobres, marcados por la falta de precaución ante sus límites geológicos y por la informalidad constructiva.

De lo arriba señalado se puede inferir que el principal fundamento de la pobreza --es decir, el evento o el quiebre que devela la vulnerabilidad estructural de los espacios sociales pobres-- es la catástrofe natural.
La pobreza se reduce entonces a la publicación de materiales que informan sobre deslizamientos de tierra en áreas pobres, sobre una ola de muertes violentas durante el fi n de semana o sobre la cantidad de víctimas dejadas por un temporal


Los diarios insisten más en este fundamento cuando su público lector se encuentra más alejado de los sectores de pobreza. Por ejemplo, prácticamente la mitad de los fundamentos de pobreza evocados por El Universal son de tipo "natural", 48,79%, frente a 31,77% en el caso de El Nacional y 26,97% en el de Últimas Noticias.

En suma, la pobreza se transforma en problema de interés público sólo cuando una catástrofe natural la exhibe.

Emergencia y pobreza establecen una relación de causa y efecto que conlleva a un periodismo reactivo, situacional, en el que no hay ni seguimiento ni mayores consideraciones analíticas, paradoja de un país dislocado por la fractura socioeconómica.

La catástrofe natural da al traste con el próximo fundamento al que más recurre la prensa: ninguno (casi 30% en El Universal, 26,39% en Últimas Noticias y 15,04% en El Nacional ). Si una vaguada no sobreviene y convierte a individuos de sectores pobres en víctimas mortales o en afectados (heridos, desplazados o damnificados), la pobreza entra en el limbo de la no-explicación. Ese limbo conecta sin embargo con otra instancia: la pobreza como resultado de la ineficiencia de las instituciones del Estado (15,25% en el caso de Últimas Noticias, 19,38% en el de El Nacional y 9,34% en el de El Universal).

Aquí la pobreza cede a la denuncia: a los perjudicados no les queda otro recurso que solicitar la intervención de unas autoridades públicas sobrepasadas por la realidad a las que, al mismo tiempo, se señala como responsables de las condiciones de vida de colectividades enteras.

Los dos últimos fundamentos relativamente significativos son de carácter social (vinculado sobre todo con el principal síntoma de descomposición social de la sociedad venezolana: la violencia) y de carácter económico. No obstante, en ambos casos el promedio no supera 8%.

2. La pobreza no da para el largo aliento A pesar de que la pobreza involucra a más de la mitad de la población total de Venezuela (según un estudio de la empresa Datos, los grupos socioeconómicos D y E habrían pasado de 40% a 58% en el intervalo 1984-2004), este tema parece no inspirar particularmente a los periodistas. La mayoría de la población de Caracas podrá asentarse en esas indisimulables montañas que aparecen en los mapas oficiales como zonas verdes pero, morfológicamente, la pobreza escrita en la prensa apenas ocupa espacios menores de un cuarto de página (53,07% en el caso de El Universal, 49,30% en el de El Nacional y 32,77% en el caso de Últimas Noticias), seguida por desarrollos equivalentes al cuarto de página, tal como si el asunto no tuviera mayores méritos.

Los síntomas de pobreza son apenas un dato fáctico que merece un género periodístico: la noticia aislada, a la que recurren los reporteros de los tres periódicos en 70% de las ocasiones. Esto quiere decir que la pobreza es un evento "sencillo" relatado de acuerdo con una estructura convencional de pirámide invertida dotada de un título descriptivo, un sumario (especialmente en el caso de Últimas Noticias), un arranque que privilegia la anécdota más resaltante (lead) y un desarrollo superficial. Los periodistas no se animan a escribir reportajes, que en los tres diarios no supera el 13% de los géneros empleados para referirla. Esto refuerza una lógica en la que la pobreza es casi siempre una situación imponderable y vaga que, más allá de una descripción cuyo dramatismo se refuerza con fotografías, no suscita en la mente del lector ninguna proporción más o menos clara. Por ejemplo, El Universal, El Nacional y Últimas Noticias publicaron, respectivamente, 4.468, 3.272 y 2.999 tablas y gráficos para reforzar la información contenida en sus textos, pero ninguna variable de pobreza motivó en los tres universos más de 17 tablas o gráficos.

3. El problema de las fuentes: "si tú me tiras, te tiro" La alternancia de fuentes en las noticias de pobreza es parecida a las de los copleros en los contrapunteos del joropo recio: mientras en situaciones de catástrofe las autoridades dan su parte y ofrecen soluciones, las víctimas de la pobreza dan testimonios para describir su condición de vida y, en especial, para señalar la negligencia de las autoridades.

Así, en los diarios estudiados la pobreza tiene dos repercusiones principales: "social" (44,5% en promedio) e "institucional" (24% en promedio). Estos valores explican el hecho de que las fuentes citadas se dividan en dos promedios principales: cerca de 34% de las declaraciones totales emitidas provienen de fuentes vivas (personas que describen "de viva voz" su propia condición precaria de vida) y 38% de autoridades que dan cuenta, prometen o defienden su gestión.

En los dos casos, estas declaraciones son hechas a título personal. Aunque pueda asumirse que una autoridad habla en nombre de la institución que representa, es curioso reparar en que las fuentes institucionales per se (un portavoz de un ministerio a través de su oficina de prensa, por ejemplo) sean citadas por todos los diarios en una proporción menor a 10%, superior a los valores de los grupos de la sociedad civil y de los expertos, no así de los casos en los que el periodista ni siquiera menciona alguna fuente.

En fin, la prensa comunica la idea de que las personas en situación de pobreza son seres desamparados a los que sólo les queda manifestarse (señalar, denunciar, quejarse...) en medio de su falta de organización cívica y política, de su carencia de información y de la desidia de autoridades tan abrumadas y aturdidas como ellas mismas.

4. Hombres y mujeres mestizo-negroides Uno de los grandes mitos venezolanos es la existencia de una especie de concordia social justificada en la creencia de que todos somos mestizos, cosa que es verdad pero que no descarta aquella trillada metáfora del café y la cantidad de leche con que, a voluntad, el lunchero de la panadería lo aclara, lo que sólo habla de más cancha y más matices para postergar el conflicto del resentimiento.

En todos los diarios, más de la mitad de los actores de pobreza son hombres (casi 60%), en su mayoría adultos, es decir, entre los 20 y los 65 años --cerca de 38%--, aunque la mayoría de los hombres adultos mostrados por la prensa tiene menos de treinta años. El análisis de las fotografías publicadas en los materiales informativos, que suele representar los actores pobres mencionados en el texto (hombres y mujeres), reveló que la inmensa mayoría de los actores pobres son individuos de fenotipo mestizonegroide (85% de todos los casos). Esto no significa que los reporteros procedan según criterios de discriminación étnica, aunque el dato insinúa que en los espacios sociales pobres se manifiesta un rezago histórico visible en el tipo físico de quienes lo habitan. Este rezago puede ser estimado como la válvula de escape de una nación que, como todas las latinoamericanas desde comienzos del siglo XIX, asintió la superioridad de la clase blanca criolla. Las concentraciones marginales urbanas reproducen los rasgos de esta inercia histórica, y uno de sus modos de expresión es la composición étnica de sus pobladores.

5. Cuando la pobreza se conjuga en plural Cuando la pobreza se atribuye a grupos extendidos, éstos suelen ser señalados como ciudadanos comunes (31,19% en el caso de Últimas Noticias; alrededor de 17% entre El Nacional y El Universal) o como afectados y damnificados (no más de 16% en los casos de Últimas Noticias y El Nacional; 25% en el caso de El Universal). Adicionalmente, los periodistas pueden designar a estos grupos humanos con la vaga apelación de "pobres" (siempre menor al 9% de todos los casos contabilizados, siendo el valor más alto el mostrado por el diario El Nacional) o, si son menores de treinta años y de sexo masculino, perpetradores o víctimas en hechos de sangre ocurridos en sectores populares y en barriadas marginales, como criminales miembros de grupos desviados. Las etiquetas que homogeneizan al ciudadano tocado por la pobreza en la cadena ciudadano desatendido por el Estado-afectadodamnificado-pobre-desviado promedia por si sola 72%, muy por encima, por ejemplo, de las ocasiones en que los reporteros comprenden al individuo pobre como parte de un gremio (menos del 7% por ciento) o de una organización comunitaria (menos del 2%).

De nuevo, los grupos pobres son siempre núcleos de individuos particulares y atomizados que por lo general están desposeídos de estructuras cívicas y políticas, de apoyo institucional y que muchas veces optan por la solución expeditiva y violenta. En este caso se repite el patrón del ciudadano sin control de la realidad, encomendado a lo que la piscología social funcionalista llama "locus de control externo".

6. El rol de las elites Varios porcentajes minoritarios son dignos de mención, en particular porque ellos reflejan la relación débil de las elites intelectuales y socioeconómicas venezolanas con el tema de la pobreza.

Al medir las fuentes, las empresas y los empresarios se desempeñan como proveedores importantes de información sobre asuntos relacionados con la pobreza en una proporción que no supera el 2,33% (reflejada por El Nacional ). La poca información sobre pobreza ofrecida por la empresa privada revelaría una inconsecuencia generalizada con respecto a la solución de un problema en el que su rol económico es fundamental.

Esta inconsecuencia apenas se interrumpe con la publicación de informaciones vinculadas con iniciativas de responsabilidad social empresarial, que proceden más en el marco de las comunicaciones estratégicas que en el de la articulación de esfuerzos concretos para superar la pobreza.

La pobreza en los tres diarios estudiados se plantea como una eventualidad, subrayada por la catástrofe natural

En lo que concierne a las columnas de opinión, en su mayoría escritas por firmas influyentes en el plano empresarial, académico y humanístico, la pobreza no fue mencionada en más de 8% de todas la columnas contabilizadas (este último valor pertenece al diario El Universal), a menudo en el contexto de la diatriba política chavismo-oposición. Lo mismo sucedió con el editorial, a través del cual una empresa periodística fija su línea editorial y su postura política. Entre los tres diarios analizados, sólo El Nacional publica editoriales sistemáticamente, y entre febrero, mayo, agosto y noviembre de 2005 sólo en siete ocasiones la pobreza fue en éstos objeto de consideración.

7. La pobreza es intocable Anteriormente señalé que los textos periodísticos que aluden a alguna variable de pobreza no ofrecen ni magnitudes ni puntos de referencia académicos o institucionales que permitan al público ponderar la gravedad del asunto. La pobreza se reduce entonces a la publicación de materiales que informan sobre deslizamientos de tierra en áreas pobres, sobre una ola de muertes violentas durante el fin de semana o sobre la cantidad de víctimas dejadas por un temporal. Después que se señala el hecho, comienza una cadena de denuncias (sobre todo reflejadas por Últimas Noticias, que incorpora la denuncia en casi 24% de todos los casos) que siempre supera los enfoques proactivos (17% en el mismo diario) y que, cuando integra el enfoque crítico, automáticamente lo politiza, lo que es muy claro en el caso de la columna de opinión y de los pocos editoriales publicados por El Nacional.

Final A comienzos del año 2006, la historiadora Inés Quintero presentó el libro de relatos de vida Así nos tocó vivir, editado por el Proyecto Pobreza, con un texto que recogía testimonios de personajes pobres del siglo XIX venezolano. Al final de la enumeración de estos testimonios, la autora señalaba que todas esas personas "dirigían sus ruegos a quien, desde el poder, podía atender y dar respuesta a su penosa circunstancia. [...] Sólo la acción benefactora e individual del caudillo dispensador de favores y recursos podría darle consuelo a las penalidades que cada una de ellas estaba padeciendo".

Salvando las distancias, ese perfil coincide con el que sobre el mismo tema los tres periódicos más comerciales de Venezuela levantaron durante el año 2005 de una manera más técnica y desglosada. Muy a pesar del culto a la personalidad del presidente Chávez, que ha caracterizado el ambiente sociopolítico de Venezuela durante los últimos doce años, tal vez ese hombre fuerte no sea hoy en día una persona específica sino la estructura misma del Estado, un Estado que ha creado una inercia en la que el individuo no confía ni en su imaginación ni en su iniciativa para emprender la carrera de su propia superación.

La pobreza en los tres diarios estudiados se plantea como una eventualidad, subrayada por la catástrofe natural, que, a pesar de sus estragos masivos y recurrentes, supedita la supervivencia de los grupos soecioeconómicamente más frágiles a un caos estructural e institucional empeorado por la discrecionalidad del poder político. Ahora bien, ¿es esta representación mediática producto de líneas editoriales deliberadamente trazadas o, más bien, una amplificación producida por la convergencia de lecturas individuales en la empresa periodística? Después de todo, los contenidos de los diarios son elaborados por individuos --reporteros de planta y comentaristas externos-- que tienen, como cualquier persona natural, un punto de vista tomado sobre el medio social. Si los diarios privilegian inercias informativas compatibles con su propio desenvolvimiento empresarial, no es menos cierto que ellas se conforman a partir de puntos de vista y de lecturas que les son preexistentes.

Fotografía: Manuel Sardá

miércoles, 9 de febrero de 2011

y aún no pasa


EL NACIONAL - Miércoles 09 de Febrero de 2011 Opinión/8
Un recuerdo digno de olvido
LEOPOLDO TABLANTE

Debía correr el mes de mayo de 2003 cuando, por mera coincidencia, le serví de intérprete a un reportero francés de la revista Elle, Philippe Trétiak, acompañado del veterano fotógrafo holandés Robert van der Hilst. La dupla europea se encontraba en el país para recoger testimonios que explicaran un mito que había llegado a Francia: que en Venezuela, a pesar del machismo cívico-militar, el carácter lo detentan las mujeres, temibles como opositoras y como chavistas.

Acudí al hotel Meliá Caracas para reunirme con Trétiak y Van der Hilst, este último atacado de una gastritis que le hizo afrontar su tarea reporteril con estoicismo de aventurero. Trétiak me preguntó dónde había aprendido mi francés y, luego de elogiármelo con un dejo de amable condescendencia, salimos en taxi a encontrar a nuestra primera entrevistada: la líder opositora de Mamera, fiel de Antonio Ledezma y militante de Alianza Bravo Pueblo, Rosaura Sanz.

Rosaura, quien nos esperaba en la pata del cerro, nos llevó enseguida a su rancho de bloques.

Le ofreció a Trétiak, acalorado, un vaso de agua que él agradeció pero que dejó intacto sobre la mesa de pantry. El castellano de Rosaura es una corriente de carisma y ocurrencias forjadas a sangre y fuego en el barrio, y para crear equivalencias en francés hace falta mucha más imaginación de la que yo podía ofrecer. La situación era forzosamente informal, pero Trétiak, más que la buena voluntad de quien le hace un favor, esperaba de mí las certezas del intérprete sindicado. Mientras tanto, el fotógrafo disparaba cuidando de que el maquillaje de colores brillantes de Rosaura destacara. Después de todo, para encontrar personajes como ése habían cruzado el Atlántico.

Bajamos cerro y Trétiak, quien también es crítico de arte, encontró fascinante la arquitectura espontánea del barrio, coloso deconstructivista que lo columpiaba entre Derrida y Koolhaas. Sin embargo, no hubo tiempo para fruiciones mayores: entre drenajes de aguas negras colapsados y piedreros que comenzaban a ponerse monstruo, nos apresuramos a ir a buscar en su caverna de Santa Capilla a nuestra segunda entrevistada del día, Lina Ron.

Lina Ron no habla en español, habla en un esperanto con sintaxis de AK-47. Su retórica de predicadora evangélica dejó estáticos a los europeos, quienes comprendieron todo sin necesidad de intérprete y quedaron lisos, más claros que el agua. Aquel fenómeno de boca coloreada, que prorrumpió en un soliloquio doctrinario, tenía la facultad de dejar roma cualquier pregunta punzopenetrante.

Al final, a Trétiak y a Van der Hilst se les notaba la serenidad de la labor cumplida y, acto seguido, fueron a comprar algunos abalorios bolivarianos entre los vendedores informales de la Esquina Caliente.

Publicado en París poco más tarde, el texto de Trétiak conjugó la frivolidad de la línea editorial de la revista para la que trabajaba con ese típico desconcierto de los visitantes metropolitanos al confrontar mundos periféricos. En los procesos mentales de Trétiak (no tanto en las fotos de Van der Hilst, que recuerdo interesantes), los recargamientos de palabras o de maquillajes de las dos líderes venezolanas ­"fardées": pintarrajeadas, en sus palabras­ se convirtieron en una especie de exabrupto. Entre caricaturizaciones y uno que otro sarcasmo, la complejidad de dos mujeres de un país polarizado apenas alcanzó para describir el rostro tropical de la desproporción y la vulgaridad.

Eran otros tiempos y existía en la oposición la fe ingenua de que cualquier trabajo periodístico que atacara el barbarismo de la revolución bolivariana, ayudaría a rebajar moralmente al caudillo y a sus secuaces en el ámbito internacional. No obstante, esa fe ha ido decolorándose en desencanto. La crisis ha funcionado como un revelador de nuestras inseguridades y de nuestra necesidad de buscar aval en quienes lo máximo que pueden permitirse es una sonrisa de ironía y una palmadita sobre el hombro, como quien dice: "Tranquilo, hermano, ya pasará".

miércoles, 12 de enero de 2011

en tránsito


EL NACIONAL - Miércoles 12 de Enero de 2011 Opinión/7
Caracas-La Habana
LEOPOLDO TABLANTE

Por más que un pasajero de Metro y carrito por puesto se friegue en la madrugada con estropajo y pachulí, lo más probable es que, en horario de oficina, lleve sobre la piel el relente inflamable de este país de economía extractiva cuyo sector petroquímico produce derivados espurios. El subsidio oficial a los combustibles ha prolongado la vida de esos trasatlánticos de ocho cilindros que surcan con indiferencia el tránsito venezolano. Dos interpretaciones a este fenómeno son posibles: en primer lugar, Venezuela no ha creado las condiciones económicas necesarias para que muchos conductores se mantengan en la clase media y visiten, cada tanto, su concesionario favorito; en segundo lugar, el país se encuentra tan rezagado que ni siquiera las principales inquietudes globales acaban por integrarse a su presente.

A comienzos de diciembre pasado, un reportaje del New York Times (Simón Romero: "Caracas Journal. Detroit’s Monsters Thriveon a Diet of Cheap Gas", 12/12/2010) describió el ambiente urbano de Caracas a partir de esos fósiles rodantes provenientes de una industria de Detroit en plena caída libre. Si Detroit era la ciudad estadounidense que, en los años cincuenta, simbolizaba el sueño americano; si hasta hace relativo poco tiempo esta urbe concentraba el orgullo tecnológico de una potencia económica, Detroit apenas si puede hoy optar a la categoría de escombro. A mediados de 2010 escribí una columna titulada "CaracasDetroit". Sin embargo, la ciudad paralela de Caracas, más que Detroit, es La Habana. En el capítulo "La Amazona", de la novela La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabera Infante, un narrador en primera persona rechaza la proposición de venir a vivir a Caracas de una amante, Margarita, quien elogia de Venezuela esa modernidad perezjimenista que hoy fluctúa entre la nostalgia ilustrada y el cansancio terminal. Porque con Caracas está pasando algo parecido a lo que sucedió en La Habana: la revolución ha actuado como un cañón de rayos X y ha puesto al desnudo una estructura urbana gringa que, en nuestro caso, es devorada por un tejido cancerígeno de cerros y cortes malandras.

En sus memorias cubanas en calidad de bailarina, la periodista Alma Guillermoprieto evoca la voz de Galo, un actor de teatro a quien ella califica como "homosexual, intelectual y revolucionario", un incomprendido obligado a ver las cosas más allá de la ensoñación del Hombre Nuevo: "¿Sabes que es lo raro? ­dice Galo según el recuerdo de Guillermoprieto­. Que después de todos estos años (diez u once después del triunfo de la Revolución; Guillermoprieto llegó a Cuba el primero de mayo de 1970 y permaneció allí menos de un año) es imposible encontrar una sola huella de la presencia soviética en las películas cubanas, sin hablar de la pintura, la música o la gastronomía. Por otra parte, Estados Unidos nos quiere muertos, pero si apenas rasguñas la superficie verás su influencia por todas partes" (Alma Guillermorprieto: Dancing with Cuba. New York: Vintage Books, 2004, p. 254).

Si incluso hoy el carácter turístico de La Habana es subrayado por esos grandes automóviles americanos de los años cuarenta y cincuenta, uno de los principales símbolos de nuestro destino no alcanzado es un parque automotor heredado del impulso desarrollista recordado como "Gran Venezuela".

¿Qué otra cosa es ese subsidio oficial que permite llenar hasta el tope el tanque de gasolina de una ranchera LTD 1978 por mucho menos del equivalente a un dólar del mercado paralelo? La Venezuela urbana es un epitafio voluntarista dedicado al proyecto soñado por Gumersindo Rodríguez y refrendado por el recién fallecido CAP entre 1973 y 1978: el del país de economía rentista y poco cálculo racional sobre el que el comandante Chávez fundó su política del resentimiento para, sencillamente, repetir la operación.

jueves, 2 de diciembre de 2010

advertencia


EL NACIONAL - Miércoles 01 de Diciembre de 2010 Opinión/10
Fábrica de personajes
LEOPOLDO TABLANTE

Los mejores actores suelen ser personas que fluctúan entre las identidades de sus emociones, acentuadas por los accidentes de su historia familiar y de su vida personal.

Esas personas son catálogos de humores a disposición de los personajes de ficción que los montan. Más que deliberada, esa operación parte de una tradición que siempre ­en algunas sociedades más que en otras­ invade el campo de la vida cotidiana.

A este respecto, dos escuelas sociológicas me vienen a la mente: la de Erving Goffman, en la que la vida social es el resultado de la convergencia de diversos papeles que los individuos desempeñan como si se cada uno fuera un personaje teatral; y la teoría de la distinción de Pierre Bourdieu, en la que se establece que las diferencias socioculturales humanas son resaltadas a través del conjunto de gustos que conforman criterios gregarios de lo deseable y lo indeseable.

Bourdieu ha sido guía e inspiración para un joven sociólogo norteamericano, Mark Greif, quien junto con Kathleen Ross y Dayna Tortorici, ha desarrollado una investigación sobre la figura del hipster en la urbe estadounidense.

Un hipster es un individuo joven vinculado con una tendencia de moda o con una tribu urbana que cultiva cierto estilo y ciertos hábitos notorios. Los hipsters normalizan el código estético de una subcultura: hippies, punks, darks, góticos, emos, etcétera.

La primera referencia a la palabra la leí hace mucho tiempo en la novela Sobre el camino, de Jack Kerouac; después fue James Brown quien me la recordó mediante una canción suya que se llama "Bring it Up (Hipster’s Avenue)"; vivir en Nueva Orleáns, cuyo Barrio Francés está lleno de hipsters, me ha presentado estos personajes como seres indisociables de la bohemia circundante. Allí los hipsters pueden desempeñarse como mendigos, buenos o malos músicos ambulantes o malabaristas que, incluso cuando están desprovistos de talento particular, siempre son capaces de expresarse: a través de su pinta, de un discurso animado por algún exceso químico o por las emanaciones corporales que corresponden a muchos días sin techo y sin ducha.

Si bien muchos de ellos son genuinos seres sin domicilio fijo, otros son muchachos acomodados que, después de cursar música, artes o humanidades en alguna institución de educación superior privada pagada por sus padres, son atraídos por la bohemia de una ciudad turística pero con movida subterránea. Las ideas de arranque son dos: conquistar el fantasma de la libertad y exponerse a la vida misma a través de sus encantos y sus rigores. He aquí el primer golpe de teatro: aparentar ser pobre cuando no se es, impostura que tiene, sin embargo, un alto valor moral en una comunidad de jóvenes aparentemente decepcionados por los excesos de la plutocracia; el segundo se porta sobre el cuerpo: un disfraz de juglar con casaca decimonónica, blue jeans sucios y pegados a las piernas, lentes redondos oscuros y un viejo sombrero de copa fabricado en raso; un atuendo de negro estricto, ojos delineados, tatuajes interminables y guitarra folk a la espalda; o actitud de desamparo nihilista que se acompañará con las estridencias de una flauta celta. Cartera de whisky o cerveza a la mano son requisitos imperativos.

En suma, la ejecución teatral creíble, ésa que alía el temperamento del intérprete con la patología del personaje, expresa una historia y una tradición más que el dominio de una técnica. La técnica consistirá en todo caso en exteriorizar el quiebre de un individuo forjado por una sociedad y una cultura determinada, en nuestros tiempos por la cultura de masas. Por ejemplo, Martin Sheen partiendo de un karatazo el espejo de su habitación con fondo musical de The Doors en aquella conocida escena de Apocalipsis ahora es una cápsula de la sentimentalidad irlandesa de la que James Joyce o Frank O’Connor hicieron novelas y cuentos: la del bebedor sin control que, llegado un punto, colapsará en la barra del bar o se batirá a puños en la calle contra los fantasmas de sus deseos caídos en frustración.

Ilustración: http://1thought2many.files.wordpress.com/2010/07/generational-carter_hipster.png