Botar la casa por la ventana (por un instante)
Siul Narragab
La primera vez que la vimos, por esta misma época, fue hace tres años: muchachos encaramados en una caravana corta de vehículos, con globos y grandes cornetas, celebrando su graduación. Nos sorprendió que fuesen adolescentes portadores de una estupenda algarabía que dejaban ver el letrero que notificaba a los viandantes de la conclusión de sus estudios de bachillerato.
La escena, muy antes propia de los universitarios que dejaban constancia del pregrado superado, nos sorprendió, pues, si fuere el caso, los estudios de secundaria fueron siempre un trámite tan normal, como los de la primaria. Y, por siempre nos preguntamos en torno al modesto logro en las aulas y la necesidad de botar la casa por la ventana que a cada hogar parece ahora urgirle, prohibida las celebraciones otrora fastuosas del cumpleaños, matrimonio, bautizo o primera comunión.
Un estudio de las sonoridades de nuestras principales ciudades, por elemental que fuese, revela que los grandes fiestones que tanto irritaban a los vecinos, en horas de la madrugada, ya concluyeron. Con las excepciones de rigor, nadie tiene para malbaratar los reales con un festejo del cual, a las pocas horas, se arrepentirán por el gasto que acarrea, y, a lo sumo, cualquier esquina de una aldea, pueblo o metrópoli – venida a menos – está autorizada para arriesgar con una cava, hielo y licor del más barato, con la música de rigor, rompiendo la noche.
Una de tres, o las tres: sobre todo, las clases medias festejan el bachillerato, porque están seguras que no lo harán con el grado universitario de los vástagos que tienen por ilusión una mejor vida en el extranjero, con escasas posibilidades de cursar estudios superiores; derrumbada la opción – precisamente – de las rumbas decembrinas, por algún instante en la vida existe la muy terapéutica de una fiesta que nos saque del creciente deterioro y su correlativa depresión; el título de bachiller, como el certificado de algún diplomado, taller de manualidades, cursillo informático o su equivalente en el ámbito de los automotores, la impermeabilización o el yoga, significa una mejoría así diste de una licenciatura universitaria que reportaba la rápida movilidad social de los mejores tiempos petroleros.
Las caravanas de adolescentes que, por supuesto, no lanzan ni un solo caramelo (hoy, cuesta la unidad 150 millones reales y constantes), apuntan al nuevo costumbrismo urbano y post-rentista. Y, de seguir este socialismo de porra, ya no habrá sino “perreras” para alquilar y celebrar un hecho: el de la mismísima supervivencia personal, en medio del prolongado marasmo.
01/07/2018:http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/32991-narragab
Fotografía: http://www.radiomundial.com.ve/article/graduandos-se-expresan-libremente-en-las-calles-de-caracas-fotos
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domingo, 1 de julio de 2018
domingo, 11 de junio de 2017
CONTRASTE
EL PAÍS, 12 de junio de 2016
MIEDO A LA LIBERTAD
‘Millennials’: dueños de la nada
¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?
Antonio Navalón
Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia, ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después.
Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena.
Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.
Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.
Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.
El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.
Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?
Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/11/opinion/1497192510_685284.html
Fotografía: Patinadores en los alrededores del MACBA. Joan Sánchez.
EL NACIONAL, Caracas, 11 de junio de 2017
La Generación de 2017
Elías Pino Iturrieta
Para manifestar admiración por la radiante juventud que hoy encabeza la lucha contra la dictadura, conviene antes observar la responsabilidad de sus mayores frente al establecimiento del chavismo. La mayoría de la sociedad, hace ya veinte años, celebró el ascenso de un aventurero sin luces porque se encandiló con su verbo, porque sintió que era un personaje pasajero, o por comodidad personal convertida después en falta colectiva. Preocupada por la manera habitualmente superficial que tenía la democracia representativa de arreglar sus entuertos, harta de los tratos del remiendo y del silencio, tal vez la gente pensara que valía la pena un ensayo de gobierno cuyo estilo fuese distinto sin que se llegara al reiterado fracaso de los cuartelazos, o porque la palabra revolución había sonado tanto sin consecuencias que ya no representaba un peligro, mucho menos un abismo. Fue así como los ciudadanos crecidos y formados en el medio siglo de convivencia que se estableció después de 1958, desencantados de sus logros y sin detenerse a sacar cuentas sobre su destino, se echaron en los brazos del comandante Chávez.
Los jóvenes que están ahora en la vanguardia de la batalla por el retorno de la democracia no pasan de treinta años, o quizás solo los superen un poco. Apenas habían picado la torta de su primer lustro, o celebrado la fiesta de sus quince primaveras, cuando el chavismo se sentaba en el trono para imponer su hegemonía. Por consiguiente, su formación no sucedió durante las administraciones de AD y Copei. Se hicieron hombres y mujeres cuando despuntaba y engordaba el “socialismo del siglo XXI”. De la ausencia de vínculos inmediatos con el declive de la democracia, pero especialmente del hecho de vivir en términos absolutos la experiencia de la “revolución”, depende una maduración sin contaminaciones temporales que los aleja del pasado reciente hasta el punto de convertirlos en criaturas realmente diversas. Se puede asegurar que son representantes de una existencia que no vivieron ni podían vivir los líderes de la segunda mitad del siglo XX, o que ellos no quieren llevar de la misma forma, para representar una singularidad gracias a la cual se han establecido en la cúspide de las luchas de la actualidad. De allí que sean ahora el imán más poderoso. En la misma realidad histórica se inscriben aquellos que tomaron el sendero de la emigración, no solo porque han sido protagonistas de un fenómeno jamás visto en Venezuela, la diáspora masiva, sino también porque destacan en otras naciones gracias a la calidad de sus aptitudes, inusuales en los emigrantes comunes, y al mantenimiento de un compromiso político con la obra de sus hermanos que siguen entre nosotros haciendo faenas excepcionales que se pueden relacionar con la cronología de sus nacimientos.
Pero no hay que ser puntillosos con las contaminaciones temporales. Las partidas de nacimiento suelen ser engañosas, según se puede probar observando la decrepitud de los voceros de la juventud del PSUV, cuasi decimonónica, cuasi zamorana, cuasi Guerra Federal. No hay puentes necesariamente largos entre el pasado cercano y el presente palpitante. Pueden ser la misma cosa, sin tránsitos laboriosos. Los integrantes de lo que ahora llamamos Generación de 2017 fueron precedidos por una juventud inmediatamente anterior, cuyos integrantes se educaron durante el período democrático sin formar parte de las decisiones fundamentales, ni ejercer funciones de gobierno. Se trata de dirigentes que deben tener ahora cincuenta años, o un poco menos, periplo que aprovecharon para manifestar sus diferencias con la política de entonces sin aclimatarse en el regazo del chavismo; para fundar partidos de nuevo cuño, como Primero Justicia y Voluntad Popular, o para revitalizar los antiguos. Los más nuevos y los menos viejos de nuestra orilla son, entonces, levadura de la misma harina.
La sociedad que ahora los aclama corrige errores terribles de ayer, cuando se entusiasmó con el comandante hasta el extremo de consentir su proyecto de destrucción de Venezuela, o desempolva la memoria de muchas obras de la democracia representativa que había desestimado. Queremos suponer que los políticos de oposición que son de mayor edad contemplan con regocijo la llegada de flamante compañía.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/generacion-2017_186877
MIEDO A LA LIBERTAD
‘Millennials’: dueños de la nada
¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?
Antonio Navalón
Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia, ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después.
Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena.
Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.
Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.
Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.
El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.
Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?
Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/11/opinion/1497192510_685284.html
Fotografía: Patinadores en los alrededores del MACBA. Joan Sánchez.
EL NACIONAL, Caracas, 11 de junio de 2017La Generación de 2017
Elías Pino Iturrieta
Para manifestar admiración por la radiante juventud que hoy encabeza la lucha contra la dictadura, conviene antes observar la responsabilidad de sus mayores frente al establecimiento del chavismo. La mayoría de la sociedad, hace ya veinte años, celebró el ascenso de un aventurero sin luces porque se encandiló con su verbo, porque sintió que era un personaje pasajero, o por comodidad personal convertida después en falta colectiva. Preocupada por la manera habitualmente superficial que tenía la democracia representativa de arreglar sus entuertos, harta de los tratos del remiendo y del silencio, tal vez la gente pensara que valía la pena un ensayo de gobierno cuyo estilo fuese distinto sin que se llegara al reiterado fracaso de los cuartelazos, o porque la palabra revolución había sonado tanto sin consecuencias que ya no representaba un peligro, mucho menos un abismo. Fue así como los ciudadanos crecidos y formados en el medio siglo de convivencia que se estableció después de 1958, desencantados de sus logros y sin detenerse a sacar cuentas sobre su destino, se echaron en los brazos del comandante Chávez.
Los jóvenes que están ahora en la vanguardia de la batalla por el retorno de la democracia no pasan de treinta años, o quizás solo los superen un poco. Apenas habían picado la torta de su primer lustro, o celebrado la fiesta de sus quince primaveras, cuando el chavismo se sentaba en el trono para imponer su hegemonía. Por consiguiente, su formación no sucedió durante las administraciones de AD y Copei. Se hicieron hombres y mujeres cuando despuntaba y engordaba el “socialismo del siglo XXI”. De la ausencia de vínculos inmediatos con el declive de la democracia, pero especialmente del hecho de vivir en términos absolutos la experiencia de la “revolución”, depende una maduración sin contaminaciones temporales que los aleja del pasado reciente hasta el punto de convertirlos en criaturas realmente diversas. Se puede asegurar que son representantes de una existencia que no vivieron ni podían vivir los líderes de la segunda mitad del siglo XX, o que ellos no quieren llevar de la misma forma, para representar una singularidad gracias a la cual se han establecido en la cúspide de las luchas de la actualidad. De allí que sean ahora el imán más poderoso. En la misma realidad histórica se inscriben aquellos que tomaron el sendero de la emigración, no solo porque han sido protagonistas de un fenómeno jamás visto en Venezuela, la diáspora masiva, sino también porque destacan en otras naciones gracias a la calidad de sus aptitudes, inusuales en los emigrantes comunes, y al mantenimiento de un compromiso político con la obra de sus hermanos que siguen entre nosotros haciendo faenas excepcionales que se pueden relacionar con la cronología de sus nacimientos.
Pero no hay que ser puntillosos con las contaminaciones temporales. Las partidas de nacimiento suelen ser engañosas, según se puede probar observando la decrepitud de los voceros de la juventud del PSUV, cuasi decimonónica, cuasi zamorana, cuasi Guerra Federal. No hay puentes necesariamente largos entre el pasado cercano y el presente palpitante. Pueden ser la misma cosa, sin tránsitos laboriosos. Los integrantes de lo que ahora llamamos Generación de 2017 fueron precedidos por una juventud inmediatamente anterior, cuyos integrantes se educaron durante el período democrático sin formar parte de las decisiones fundamentales, ni ejercer funciones de gobierno. Se trata de dirigentes que deben tener ahora cincuenta años, o un poco menos, periplo que aprovecharon para manifestar sus diferencias con la política de entonces sin aclimatarse en el regazo del chavismo; para fundar partidos de nuevo cuño, como Primero Justicia y Voluntad Popular, o para revitalizar los antiguos. Los más nuevos y los menos viejos de nuestra orilla son, entonces, levadura de la misma harina.
La sociedad que ahora los aclama corrige errores terribles de ayer, cuando se entusiasmó con el comandante hasta el extremo de consentir su proyecto de destrucción de Venezuela, o desempolva la memoria de muchas obras de la democracia representativa que había desestimado. Queremos suponer que los políticos de oposición que son de mayor edad contemplan con regocijo la llegada de flamante compañía.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/generacion-2017_186877
domingo, 20 de noviembre de 2016
¿ALÓ, PRESIDENTE, ALÓ?
Del espíritu de La Rotunda
Luis Barragán
Semanas atrás, nos correspondió hablar a un grupo de jóvenes estudiantes que, indignados ante la situación del país, ratificaron una suerte de compromiso generacional. Menos que más informados, significativamente así tildada, la “marcha” de 1928 los llevó a equiparar al régimen de Nicolás Maduro con el de Juan Vicente Gómez.
Por supuesto, hicimos una elemental distinción entre el autoritarismo y el totalitarismo que, al parecer, los satisfizo, aunque les sorprendió que reivindicase – por ejemplo – la definitiva conformación del Estado Nacional con el andino. Por cierto, dos cursantes avanzados del pregrado, justamente, uno en historia y otro en ciencias políticas, lucieron menos avisados que los otros trece o quince muchachos, ya salidos del básico de ingeniería.
Inevitable, surgió la inquietud por los presos políticos que, sin mediar formalidad alguna, los embutió Gómez en La Rotunda por años, como en otros lugares. Nos permitimos comentarles que, al transcurrir el tempo, hubo una consciencia tal del Estado de Derecho, que a los presos de los años sesenta, otro ejemplo, se les procesaba judicialmente y, con la pacificación, recobraban su libertad a través de un indulto o un sobreseimiento de la causa, algo que no ocurrió ni ocurre con Chávez Frías y Maduro Moros con sus prisioneros convertidos en rehenes políticos.
La más joven del grupo, conversó sobre la versión familiar, más que escolar, que – además – tuvo por referente una telenovela hecha “miles de años ya” sobre El Bagre, según la tradición oral en casa. Concluyó que Nicolás regresó al “espíritu de La Rotunda” y es un Juan Vicente que habla por celular y manipula las redes sociales. Empero, nos preocupó también la aseveración de otro joven que es activista de un partido distinto a Vente Venezuela.
Palabras más, palabras menos, dijo: con todo respeto diputado, sé que también Gómez tuvo su Asamblea Nacional y era tan calladita y tan sumisa como la actual. Pareciéndonos injusta la comparación que intentamos argumentar, la aceptamos como un punto a discutir en el venidero foro o circulo de estudios (“conversatorio” es un término que no nos gusta), aunque la percepción se las trae, sin duda alguna.
Reproducción: Élite, Caracas, nr 46 del 31/07/1926.
Breve nota postdatada LB: No sabemos cuán difundida estuvo o está la imagen de Juan Vicente Gómez. Quizá pueda tildarse de inédita, pues, traspapelada con los años, pocos la apreciaron al publicarse por vez primera frente a los miles de veezolanos que, posteriormente, tienen una delimitada iconografía del dictador, por muchísimas redes sociales en boga. Por lo demás, habrá quienes asegurarán que, extraterrestre o no, el hijo de La Mulera hablaba en la década de los veinte del XX por un móvil celular.
21/11/2016:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/28239-luis-barragan
http://www.entornointeligente.com/articulo/9280390/VENEZUELA-Del-espiritu-de-La-Rotunda-2111201
Luis Barragán
Semanas atrás, nos correspondió hablar a un grupo de jóvenes estudiantes que, indignados ante la situación del país, ratificaron una suerte de compromiso generacional. Menos que más informados, significativamente así tildada, la “marcha” de 1928 los llevó a equiparar al régimen de Nicolás Maduro con el de Juan Vicente Gómez.
Por supuesto, hicimos una elemental distinción entre el autoritarismo y el totalitarismo que, al parecer, los satisfizo, aunque les sorprendió que reivindicase – por ejemplo – la definitiva conformación del Estado Nacional con el andino. Por cierto, dos cursantes avanzados del pregrado, justamente, uno en historia y otro en ciencias políticas, lucieron menos avisados que los otros trece o quince muchachos, ya salidos del básico de ingeniería.
Inevitable, surgió la inquietud por los presos políticos que, sin mediar formalidad alguna, los embutió Gómez en La Rotunda por años, como en otros lugares. Nos permitimos comentarles que, al transcurrir el tempo, hubo una consciencia tal del Estado de Derecho, que a los presos de los años sesenta, otro ejemplo, se les procesaba judicialmente y, con la pacificación, recobraban su libertad a través de un indulto o un sobreseimiento de la causa, algo que no ocurrió ni ocurre con Chávez Frías y Maduro Moros con sus prisioneros convertidos en rehenes políticos.
La más joven del grupo, conversó sobre la versión familiar, más que escolar, que – además – tuvo por referente una telenovela hecha “miles de años ya” sobre El Bagre, según la tradición oral en casa. Concluyó que Nicolás regresó al “espíritu de La Rotunda” y es un Juan Vicente que habla por celular y manipula las redes sociales. Empero, nos preocupó también la aseveración de otro joven que es activista de un partido distinto a Vente Venezuela.
Palabras más, palabras menos, dijo: con todo respeto diputado, sé que también Gómez tuvo su Asamblea Nacional y era tan calladita y tan sumisa como la actual. Pareciéndonos injusta la comparación que intentamos argumentar, la aceptamos como un punto a discutir en el venidero foro o circulo de estudios (“conversatorio” es un término que no nos gusta), aunque la percepción se las trae, sin duda alguna.
Reproducción: Élite, Caracas, nr 46 del 31/07/1926.
Breve nota postdatada LB: No sabemos cuán difundida estuvo o está la imagen de Juan Vicente Gómez. Quizá pueda tildarse de inédita, pues, traspapelada con los años, pocos la apreciaron al publicarse por vez primera frente a los miles de veezolanos que, posteriormente, tienen una delimitada iconografía del dictador, por muchísimas redes sociales en boga. Por lo demás, habrá quienes asegurarán que, extraterrestre o no, el hijo de La Mulera hablaba en la década de los veinte del XX por un móvil celular.
21/11/2016:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/28239-luis-barragan
http://www.entornointeligente.com/articulo/9280390/VENEZUELA-Del-espiritu-de-La-Rotunda-2111201
sábado, 1 de agosto de 2015
A PROPÓSITO DEL ENREDIJO MORAL Y CONCEPTUAL DE AHORA
EL NACIONAL, Caracas, 11 de febrero de 2015
El mundo de los Beatles
Aníbal Romero
Hace poco más de medio siglo, en febrero de 1964, los Beatles llegaron por primera vez de gira musical a Estados Unidos. Si bien ya para entonces su popularidad se acrecentaba día tras día, esa visita al enorme y dinámico mercado norteamericano fue decisiva en el camino de conversión de un fenómeno que empezó en la ciudad inglesa de Liverpool, en modestos locales visitados por escasos y dedicados seguidores, en una tormenta sociocultural de alcance global, con repercusiones que aún experimentamos. Me refiero, desde luego, a lo que se denomina cultura popular, que de un modo u otro nos atañe a todos.
Lo que en estas notas designo como “el mundo de los Beatles” constituye en realidad tres mundos, obviamente interconectados pero a los que resulta útil distinguir. De un lado el mundo de la música de los Beatles; de otro lado el entorno en que esa música se insertó, del que fue expresión y al que contribuyó a cambiar. Finalmente el espacio y búsqueda vital de la banda o grupo musical como tal, el de las cuatro personalidades que integraron ese misterioso motor de creatividad, sobre el que diré pocas palabras.
Para la generación a la que pertenezco, que éramos adolescentes y jóvenes en los años sesenta del pasado siglo, los Beatles fueron una revelación y un ícono o símbolo de pertenencia e identidad muy importante. Y ello se aplica nos gustase o no su música, su estilo e impacto en diversos planos de la existencia, desde la moda hasta la escogencia entre rebelión personal o adaptación al medio ambiente que nos rodeaba.
Estoy lejos de proclamarme experto en asuntos musicales, se trate de música clásica o popular, pero no se requerían hondos conocimientos para apreciar, durante esos años de inmensas transformaciones en Occidente, que los Beatles tenían enorme talento, y que su música jamás se estancó en el pantano de lo puramente comercial, sino que evolucionó con intensidad y originalidad en cuestión de poco tiempo, definiendo una época, inspirando a centenares de imitadores en todas partes, y deleitando a millones de fans alrededor del planeta.
En una primera etapa su música fue ciertamente directa, clara y sin adornos, un rock a la vez simple y lleno de fuerza; pero ya hacia la mitad de esa década convulsionada y aventurera, con sus LP Alma de goma (Rubber Soul, de 1965) y Revolver (1966), los Beatles dieron pasos cruciales hacia esa cima de la música pop que es el LP titulado El Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios (1967), un producto de excepcional sofisticación y calidad en su ámbito que reacomodó, recompuso y reconstruyó la música popular desde sus cimientos. El Sargento Pimienta expresó las inquietudes de toda una generación, la del “flower power”, la del “verano del amor” y el Festival de Woodstock. Para los que observábamos todo esto desde Venezuela, las vibraciones de ese huracán sociocultural nos resultaban a la vez lejanas y extrañamente propias.
Con el paso del tiempo y debido a los efectos de la beatlemanía a nivel global, se perdió de vista un hecho clave: los Beatles eran profundamente ingleses. Cuando estos cuatro muchachos de Liverpool, todos ellos nacidos en el seno de los sectores sociales menos pudientes de la empobrecida Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, arribaron a Nueva York en 1964, se puso de manifiesto un singular contraste. Por una parte, miles de adolescentes se agolpaban para presenciar sus presentaciones personales en teatros y estadios, en medio de un ensordecedor bullicio y un incontrolable tumulto, que impedían escuchar la música y amenazaban con desbordarse en violentos motines. Pero por otro lado y sorprendentemente, lo que se veía en el escenario era a cuatro jóvenes, con el cabello sin duda un poco largo (muy poco para entonces) pero simétricamente cortado, que cantaban y tocaban sus guitarras eléctricas sin excesivos movimientos, vestidos con formales trajes oscuros, camisas blancas y corbatas, y quienes al concluir cada pieza hacían una profunda reverencia, como si estuviesen inclinándose ante la reina Elizabeth II.
Durante ese primer período de su desarrollo los Beatles encarnaron la profunda relación inglesa entre la libertad y el orden, entre el cuestionamiento a lo existente realizado, no obstante, dentro de una estructura de convencionalismos y normas que se sostienen en el tiempo sin grandes fisuras. Pero ese equilibrio, originado en tradiciones arraigadas en el lugar y tiempo en que los Beatles crecieron desde la niñez a la juventud, quedó atrás a medida que se convertían en un fenómeno cultural planetario. El mundo en que surgieron los Beatles se movía precariamente, como sobre una cuerda floja, entre el pasado y el futuro. Con los Beatles a la cabeza en el terreno musical, ese mundo se lanzó desbocadamente hacia el futuro.
¿Y qué mundo nació en los sesenta, una década inigualable en cuanto a experimentación vital en todos los órdenes? Ni el espacio ni el limitado propósito de estas notas permiten indagar sobre un tema tan vasto y complejo. Tan solo apuntaré lo siguiente a manera de conjeturas exploratorias. Pienso que si bien es cierto que esos años generaron inmensos cambios culturales en numerosos terrenos, las transformaciones políticas como tales no fueron tan grandes en el corto y mediano plazo, con las únicas excepciones del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos y contra la guerra de Vietnam. En otras palabras, las democracias avanzadas de Occidente siguieron siendo gobernadas, en lo esencial, como venía ocurriendo desde 1945. Sin embargo, los hondos procesos de transformación cultural y tecnológica tuvieron eventualmente una impresionante repercusión política.
De un lado, creo, sería errado subestimar los efectos que la rebelión juvenil en Occidente tuvo más allá de la Cortina de Hierro, en los países comunistas de Europa Oriental y la URSS. Las nuevas actitudes y valores ejercieron su influencia en la gradual desilusión de las nuevas generaciones frente al anquilosado y mediocre clima cultural del socialismo soviético. De otro lado, el hedonismo de la generación de los Beatles y las siguientes, la rebeldía contra el mundo heredado de los padres, una rebelión que carecía de clara conciencia acerca de lo mucho que los jóvenes debíamos a ese pasado, produjo en Occidente la generalizada convicción de que todo estaba y está permitido, de que la libertad equivale al libertinaje y de que las responsabilidades son cargas más bien inaceptables, de las que es imperativo en lo posible escapar. Como resultado, al menos parcial, de todo ello, nuestra civilización hoy se encuentra crecientemente extraviada en cuanto a los valores que dice defender, y sobre todo en cuanto a qué sacrificios está dispuesta a hacer para protegerlos.
Sería desde luego absurdo e injusto atribuir a los Beatles la culpa de esto, aunque alguna culpa recae sobre sus hombros. Lo digo pues la banda, y en especial su líder, John Lennon, potenciaron extraordinariamente la transfiguración de las estrellas de la música popular y el cine en especie de personajes mesiánicos, profetas de una nueva era de paz y armonía, basada en la bondad y en una inextinguible superficialidad interpretativa sobre la naturaleza humana y las complejidades y exigencias de la política. Cabe en tal sentido recordar los famosos “happenings” en los que Lennon y su esposa japonesa, Yoko Ono, se mostraban ante una ingenua y frívola prensa internacional sentados sobre una cama durante varios días, posiblemente drogados, exponiendo un evangelio confuso en aras de una etérea paz mundial.
Desde luego, todo esto podría ahora considerarse inofensivo y hasta ridículo. No obstante en su momento no fue tan fácilmente desestimado, y me atrevo a sostener que durante esos años y a través de personajes como Lennon, empezó a tomar cuerpo un proceso de ablandamiento psicológico y enredo moral y conceptual que hoy ha devenido en el credo acuoso de la “corrección política”, de aquello que en Europa algunos califican como “buenismo”, y que se resume en el postulado según el cual la paz es un fin en sí mismo alcanzable mediante los buenos deseos de algunos idealistas iluminados, y no la consecuencia de la seguridad, así sea precaria (siempre lo es) afirmada entre los diversos actores del sistema internacional.
Obviamente, lo anterior nos aleja de los Beatles como grupo musical y de sus diversos y con frecuencia notables logros en su campo. Su impacto sociocultural es innegable y su carrera en diversos planos sintetizó ese tiempo casi mágico, los sesenta y setenta del pasado siglo, tiempo que fue una moneda de dos caras: De un lado una explosión de la imaginación y la creatividad en diversos órdenes, y de otro lado un deslave moral en el que millones terminaron escapando de la realidad por diversos métodos, sin conseguir las más de las veces otra cosa que una muerte estéril en el abismo de la droga.
Concluyo con esto: dediqué unas horas el pasado fin de semana a escuchar otra vez algunos de los grandes discos de los Beatles. Admito que me invadió una gran nostalgia, la que todos –presumo– sentimos al recobrar un pedazo de nuestra juventud.
El mundo de los Beatles
Aníbal Romero
Hace poco más de medio siglo, en febrero de 1964, los Beatles llegaron por primera vez de gira musical a Estados Unidos. Si bien ya para entonces su popularidad se acrecentaba día tras día, esa visita al enorme y dinámico mercado norteamericano fue decisiva en el camino de conversión de un fenómeno que empezó en la ciudad inglesa de Liverpool, en modestos locales visitados por escasos y dedicados seguidores, en una tormenta sociocultural de alcance global, con repercusiones que aún experimentamos. Me refiero, desde luego, a lo que se denomina cultura popular, que de un modo u otro nos atañe a todos.
Lo que en estas notas designo como “el mundo de los Beatles” constituye en realidad tres mundos, obviamente interconectados pero a los que resulta útil distinguir. De un lado el mundo de la música de los Beatles; de otro lado el entorno en que esa música se insertó, del que fue expresión y al que contribuyó a cambiar. Finalmente el espacio y búsqueda vital de la banda o grupo musical como tal, el de las cuatro personalidades que integraron ese misterioso motor de creatividad, sobre el que diré pocas palabras.
Para la generación a la que pertenezco, que éramos adolescentes y jóvenes en los años sesenta del pasado siglo, los Beatles fueron una revelación y un ícono o símbolo de pertenencia e identidad muy importante. Y ello se aplica nos gustase o no su música, su estilo e impacto en diversos planos de la existencia, desde la moda hasta la escogencia entre rebelión personal o adaptación al medio ambiente que nos rodeaba.
Estoy lejos de proclamarme experto en asuntos musicales, se trate de música clásica o popular, pero no se requerían hondos conocimientos para apreciar, durante esos años de inmensas transformaciones en Occidente, que los Beatles tenían enorme talento, y que su música jamás se estancó en el pantano de lo puramente comercial, sino que evolucionó con intensidad y originalidad en cuestión de poco tiempo, definiendo una época, inspirando a centenares de imitadores en todas partes, y deleitando a millones de fans alrededor del planeta.
En una primera etapa su música fue ciertamente directa, clara y sin adornos, un rock a la vez simple y lleno de fuerza; pero ya hacia la mitad de esa década convulsionada y aventurera, con sus LP Alma de goma (Rubber Soul, de 1965) y Revolver (1966), los Beatles dieron pasos cruciales hacia esa cima de la música pop que es el LP titulado El Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios (1967), un producto de excepcional sofisticación y calidad en su ámbito que reacomodó, recompuso y reconstruyó la música popular desde sus cimientos. El Sargento Pimienta expresó las inquietudes de toda una generación, la del “flower power”, la del “verano del amor” y el Festival de Woodstock. Para los que observábamos todo esto desde Venezuela, las vibraciones de ese huracán sociocultural nos resultaban a la vez lejanas y extrañamente propias.
Con el paso del tiempo y debido a los efectos de la beatlemanía a nivel global, se perdió de vista un hecho clave: los Beatles eran profundamente ingleses. Cuando estos cuatro muchachos de Liverpool, todos ellos nacidos en el seno de los sectores sociales menos pudientes de la empobrecida Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, arribaron a Nueva York en 1964, se puso de manifiesto un singular contraste. Por una parte, miles de adolescentes se agolpaban para presenciar sus presentaciones personales en teatros y estadios, en medio de un ensordecedor bullicio y un incontrolable tumulto, que impedían escuchar la música y amenazaban con desbordarse en violentos motines. Pero por otro lado y sorprendentemente, lo que se veía en el escenario era a cuatro jóvenes, con el cabello sin duda un poco largo (muy poco para entonces) pero simétricamente cortado, que cantaban y tocaban sus guitarras eléctricas sin excesivos movimientos, vestidos con formales trajes oscuros, camisas blancas y corbatas, y quienes al concluir cada pieza hacían una profunda reverencia, como si estuviesen inclinándose ante la reina Elizabeth II.
Durante ese primer período de su desarrollo los Beatles encarnaron la profunda relación inglesa entre la libertad y el orden, entre el cuestionamiento a lo existente realizado, no obstante, dentro de una estructura de convencionalismos y normas que se sostienen en el tiempo sin grandes fisuras. Pero ese equilibrio, originado en tradiciones arraigadas en el lugar y tiempo en que los Beatles crecieron desde la niñez a la juventud, quedó atrás a medida que se convertían en un fenómeno cultural planetario. El mundo en que surgieron los Beatles se movía precariamente, como sobre una cuerda floja, entre el pasado y el futuro. Con los Beatles a la cabeza en el terreno musical, ese mundo se lanzó desbocadamente hacia el futuro.
¿Y qué mundo nació en los sesenta, una década inigualable en cuanto a experimentación vital en todos los órdenes? Ni el espacio ni el limitado propósito de estas notas permiten indagar sobre un tema tan vasto y complejo. Tan solo apuntaré lo siguiente a manera de conjeturas exploratorias. Pienso que si bien es cierto que esos años generaron inmensos cambios culturales en numerosos terrenos, las transformaciones políticas como tales no fueron tan grandes en el corto y mediano plazo, con las únicas excepciones del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos y contra la guerra de Vietnam. En otras palabras, las democracias avanzadas de Occidente siguieron siendo gobernadas, en lo esencial, como venía ocurriendo desde 1945. Sin embargo, los hondos procesos de transformación cultural y tecnológica tuvieron eventualmente una impresionante repercusión política.
De un lado, creo, sería errado subestimar los efectos que la rebelión juvenil en Occidente tuvo más allá de la Cortina de Hierro, en los países comunistas de Europa Oriental y la URSS. Las nuevas actitudes y valores ejercieron su influencia en la gradual desilusión de las nuevas generaciones frente al anquilosado y mediocre clima cultural del socialismo soviético. De otro lado, el hedonismo de la generación de los Beatles y las siguientes, la rebeldía contra el mundo heredado de los padres, una rebelión que carecía de clara conciencia acerca de lo mucho que los jóvenes debíamos a ese pasado, produjo en Occidente la generalizada convicción de que todo estaba y está permitido, de que la libertad equivale al libertinaje y de que las responsabilidades son cargas más bien inaceptables, de las que es imperativo en lo posible escapar. Como resultado, al menos parcial, de todo ello, nuestra civilización hoy se encuentra crecientemente extraviada en cuanto a los valores que dice defender, y sobre todo en cuanto a qué sacrificios está dispuesta a hacer para protegerlos.
Sería desde luego absurdo e injusto atribuir a los Beatles la culpa de esto, aunque alguna culpa recae sobre sus hombros. Lo digo pues la banda, y en especial su líder, John Lennon, potenciaron extraordinariamente la transfiguración de las estrellas de la música popular y el cine en especie de personajes mesiánicos, profetas de una nueva era de paz y armonía, basada en la bondad y en una inextinguible superficialidad interpretativa sobre la naturaleza humana y las complejidades y exigencias de la política. Cabe en tal sentido recordar los famosos “happenings” en los que Lennon y su esposa japonesa, Yoko Ono, se mostraban ante una ingenua y frívola prensa internacional sentados sobre una cama durante varios días, posiblemente drogados, exponiendo un evangelio confuso en aras de una etérea paz mundial.
Desde luego, todo esto podría ahora considerarse inofensivo y hasta ridículo. No obstante en su momento no fue tan fácilmente desestimado, y me atrevo a sostener que durante esos años y a través de personajes como Lennon, empezó a tomar cuerpo un proceso de ablandamiento psicológico y enredo moral y conceptual que hoy ha devenido en el credo acuoso de la “corrección política”, de aquello que en Europa algunos califican como “buenismo”, y que se resume en el postulado según el cual la paz es un fin en sí mismo alcanzable mediante los buenos deseos de algunos idealistas iluminados, y no la consecuencia de la seguridad, así sea precaria (siempre lo es) afirmada entre los diversos actores del sistema internacional.
Obviamente, lo anterior nos aleja de los Beatles como grupo musical y de sus diversos y con frecuencia notables logros en su campo. Su impacto sociocultural es innegable y su carrera en diversos planos sintetizó ese tiempo casi mágico, los sesenta y setenta del pasado siglo, tiempo que fue una moneda de dos caras: De un lado una explosión de la imaginación y la creatividad en diversos órdenes, y de otro lado un deslave moral en el que millones terminaron escapando de la realidad por diversos métodos, sin conseguir las más de las veces otra cosa que una muerte estéril en el abismo de la droga.
Concluyo con esto: dediqué unas horas el pasado fin de semana a escuchar otra vez algunos de los grandes discos de los Beatles. Admito que me invadió una gran nostalgia, la que todos –presumo– sentimos al recobrar un pedazo de nuestra juventud.
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