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jueves, 2 de abril de 2020
CUADERNO DE BITÁCORA
Quizá no sea el término, pero siempre nos ha intrigado las viejas fotografías del anonimato. Incidentalmente aparecen personas en la remota prensa y nos preguntamos si alguna vez se percataron de la noticia. Al menos, de la noticia para la casa. De una aparición que vieron centenares de personas en un instante. O, mejor, si hijos, nietos y biznietos saben de las gráficas. Algo semejante ocurre con los videos. Por ejemplo, el concierto de Led Zeppelin en el Madison Square Garden hacia 1971 (https://www.youtube.com/watch?v=9BlGnzGICNQ). Entre las miles de personas, por azar, el camarógrafo y el director coincidieron en enfocar a una muchacha que celebró un momento de la interpretación de Robert Plantt. ¿Qué hará hoy? ¿Cómo se llama? ¿Qué será de sus herederos? ¿Asumirán como normal esta celebridad de un instante de la joven cómodamente sentada y atenta a la banda? ¿Ya será cosa olvidada? Si nos vamos al video de Deep Purple de 1970 (https://www.youtube.com/watch?v=OorZcOzNcgE), ocurre algo apenas semejante. Casualmente, las dos otrora muchachas ven en primera fila al grupo en su audición televisiva. Lucen inconmovibles y el paneo nos revela a un público – digamos – convencional. A lo mejor, aburridas mientras el conjunto rockero ejecuta una pieza harto convencido de marcar una pauta universal y novedosa para la música. Suponemos que era un programa de variedades que contrató a los populares "extraterrestres". Más de 83 millones han visto esta versión youtubeana. Sin embargo, cuando observamos a los Beatles, con todas las personas que finalmente irrumpen alrededor (https://www.youtube.com/watch?v=A_MjCqQoLLA), apreciamos que las hay de todo. Claro, fue el propósito. Para propios y extraños. Mientras persista la leyenda del grupo, persistirá la legendaria aparición de las personas anónimas, excepto que la tradición oral de la familia ya lo tomen como algo normal que la abuela o el abuelo expusieran su juventud para los hoy incrédulos herederos. Puede decirse, en el primer ejemplo, que tratamos de una muchacha y su acompañante, fieles seguidores de los zepelines. En los otros dos, se nota el contraste: las melenas y el atuendo del grupo, respeto al público restante. Intérpretes que lucen de vanguardia. Y aparentemente lo fueron, pues, los “mechúos” también estuvieron estigmatizados en su tiempo. Valga acotar, ¿por qué de pronto sonríó la zepelina para la mirada satisfecha del compañero de butaca? ¿Apareció en una pantalla gigante del escenario o deliró con las cuerdas de Page y Plantt? Poirot, Poirot, el tiempo de la cuarentena no ha rendido como para hacer tan necias preguntas?
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domingo, 28 de febrero de 2016
LA SÉPTIMA CUERDA
De una curiosa crónica
Luis Barragán
A finales de 1966, desde París, Mario Matute Bravo escribe una breve y curiosa crónica sobre Los Beatles que algún día, mientras haya el tiempo necesario, incorporaremos a un ya viejo ensayo o, mejor, modesto borrador, referido al impacto del rock en Venezuela (https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero30/jbalza.html). El autor, a quien imaginamos en un exilio forzado, acusado de delatar el paradero de Fabricio Ojeda y, si tampoco recordamos mal, luego, partidario consumado de Augusto Pinochet, transmitió - por entonces - sus impresiones tras la decisión de un juez escocés que multó al padre de un jovencito de larga caballera (La Religión, Caracas, 09/12/1966).
Aseguró que la melena del cuarteto, ahora integrante de la Orden Británica, simplemente constituía una herramienta de trabajo de la que se liberaba al volver a la intimidad, desprendido de la “ironía infantil”. Y, aunque lo parezca, no era tan absurdo el supuesto, en el contexto de una era que, por menos de cien años, hizo de la cabellera corta un emblemático sinónimo de lo varonil. Valga – precisamente – la coletilla, en el fondo, la larga cabellera desafiaba el corte militar en tiempos en los que no era tan común reconocer el derecho a la libre y entera disposición de la pelambre, pasando – por lo demás – de la sanción moral a la penal, como ocurrió a finales de la década aludida con la persecución de un famoso prefecto de Petare contra la muchachada que faltaba a los usos y costumbres de la otra y hoy insospechada Venezuela.
En la otra e insospechada, los ingleses ya competían duramente con Billo’s, por ejemplo, para amenizar cualquier sarao, comenzando a radiarse con la definición de un “target” que más tarde autorizó a la creación de emisoras exclusivamente orientadas a la sonora juventud avant-garde. Apenas, hacia octubre de 1965, por vez primera en la televisión local, hubo una reseña fílmica de la banda de Liverpool, en los días que las cintas magnéticas o el toca-disco portátil eran una novedad, distantes todavía del video-clip y, más, de las redes sociales.
Curándose en salud, el cronista en cuestión aseveró: “… Cuando la fiebre haya pasado del todo, quizás llegue a reconocerse que la música no es tan mala como parece”. En medio de aquella explosión de modas (y modismos), era natural apostar por la provisionalidad de un grupo al que faltaba todavía poco menos de un año para un octavo e importante álbum, como “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, dejando – así – constancia en notaría de sus búsquedas.
Investigando sobre otras materias, conseguimos el texto de Matute Bravo que nos permite escapar un poco del fortísimo temario político de los días que corren y, a la vez, abundar un poco más en torno a un género musical que, al parecer, no puede más. Reconocidas sus virtudes, además, los arreglos de la banda inglesa, difícil de resistir cuando nuestra adolescencia y juventud coincidió con su también exitosa separación, permitieron fácilmente deslizarnos hacia otros grupos y, a la postre, a modo de ilustración, descubrir las excelencias de la música llamada clásica y del jazz.
Ilustración: Leland Castro.
Luis Barragán
A finales de 1966, desde París, Mario Matute Bravo escribe una breve y curiosa crónica sobre Los Beatles que algún día, mientras haya el tiempo necesario, incorporaremos a un ya viejo ensayo o, mejor, modesto borrador, referido al impacto del rock en Venezuela (https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero30/jbalza.html). El autor, a quien imaginamos en un exilio forzado, acusado de delatar el paradero de Fabricio Ojeda y, si tampoco recordamos mal, luego, partidario consumado de Augusto Pinochet, transmitió - por entonces - sus impresiones tras la decisión de un juez escocés que multó al padre de un jovencito de larga caballera (La Religión, Caracas, 09/12/1966).
Aseguró que la melena del cuarteto, ahora integrante de la Orden Británica, simplemente constituía una herramienta de trabajo de la que se liberaba al volver a la intimidad, desprendido de la “ironía infantil”. Y, aunque lo parezca, no era tan absurdo el supuesto, en el contexto de una era que, por menos de cien años, hizo de la cabellera corta un emblemático sinónimo de lo varonil. Valga – precisamente – la coletilla, en el fondo, la larga cabellera desafiaba el corte militar en tiempos en los que no era tan común reconocer el derecho a la libre y entera disposición de la pelambre, pasando – por lo demás – de la sanción moral a la penal, como ocurrió a finales de la década aludida con la persecución de un famoso prefecto de Petare contra la muchachada que faltaba a los usos y costumbres de la otra y hoy insospechada Venezuela.
En la otra e insospechada, los ingleses ya competían duramente con Billo’s, por ejemplo, para amenizar cualquier sarao, comenzando a radiarse con la definición de un “target” que más tarde autorizó a la creación de emisoras exclusivamente orientadas a la sonora juventud avant-garde. Apenas, hacia octubre de 1965, por vez primera en la televisión local, hubo una reseña fílmica de la banda de Liverpool, en los días que las cintas magnéticas o el toca-disco portátil eran una novedad, distantes todavía del video-clip y, más, de las redes sociales.
Curándose en salud, el cronista en cuestión aseveró: “… Cuando la fiebre haya pasado del todo, quizás llegue a reconocerse que la música no es tan mala como parece”. En medio de aquella explosión de modas (y modismos), era natural apostar por la provisionalidad de un grupo al que faltaba todavía poco menos de un año para un octavo e importante álbum, como “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, dejando – así – constancia en notaría de sus búsquedas.Investigando sobre otras materias, conseguimos el texto de Matute Bravo que nos permite escapar un poco del fortísimo temario político de los días que corren y, a la vez, abundar un poco más en torno a un género musical que, al parecer, no puede más. Reconocidas sus virtudes, además, los arreglos de la banda inglesa, difícil de resistir cuando nuestra adolescencia y juventud coincidió con su también exitosa separación, permitieron fácilmente deslizarnos hacia otros grupos y, a la postre, a modo de ilustración, descubrir las excelencias de la música llamada clásica y del jazz.
Ilustración: Leland Castro.
29/02/2016
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sábado, 1 de agosto de 2015
A PROPÓSITO DEL ENREDIJO MORAL Y CONCEPTUAL DE AHORA
EL NACIONAL, Caracas, 11 de febrero de 2015
El mundo de los Beatles
Aníbal Romero
Hace poco más de medio siglo, en febrero de 1964, los Beatles llegaron por primera vez de gira musical a Estados Unidos. Si bien ya para entonces su popularidad se acrecentaba día tras día, esa visita al enorme y dinámico mercado norteamericano fue decisiva en el camino de conversión de un fenómeno que empezó en la ciudad inglesa de Liverpool, en modestos locales visitados por escasos y dedicados seguidores, en una tormenta sociocultural de alcance global, con repercusiones que aún experimentamos. Me refiero, desde luego, a lo que se denomina cultura popular, que de un modo u otro nos atañe a todos.
Lo que en estas notas designo como “el mundo de los Beatles” constituye en realidad tres mundos, obviamente interconectados pero a los que resulta útil distinguir. De un lado el mundo de la música de los Beatles; de otro lado el entorno en que esa música se insertó, del que fue expresión y al que contribuyó a cambiar. Finalmente el espacio y búsqueda vital de la banda o grupo musical como tal, el de las cuatro personalidades que integraron ese misterioso motor de creatividad, sobre el que diré pocas palabras.
Para la generación a la que pertenezco, que éramos adolescentes y jóvenes en los años sesenta del pasado siglo, los Beatles fueron una revelación y un ícono o símbolo de pertenencia e identidad muy importante. Y ello se aplica nos gustase o no su música, su estilo e impacto en diversos planos de la existencia, desde la moda hasta la escogencia entre rebelión personal o adaptación al medio ambiente que nos rodeaba.
Estoy lejos de proclamarme experto en asuntos musicales, se trate de música clásica o popular, pero no se requerían hondos conocimientos para apreciar, durante esos años de inmensas transformaciones en Occidente, que los Beatles tenían enorme talento, y que su música jamás se estancó en el pantano de lo puramente comercial, sino que evolucionó con intensidad y originalidad en cuestión de poco tiempo, definiendo una época, inspirando a centenares de imitadores en todas partes, y deleitando a millones de fans alrededor del planeta.
En una primera etapa su música fue ciertamente directa, clara y sin adornos, un rock a la vez simple y lleno de fuerza; pero ya hacia la mitad de esa década convulsionada y aventurera, con sus LP Alma de goma (Rubber Soul, de 1965) y Revolver (1966), los Beatles dieron pasos cruciales hacia esa cima de la música pop que es el LP titulado El Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios (1967), un producto de excepcional sofisticación y calidad en su ámbito que reacomodó, recompuso y reconstruyó la música popular desde sus cimientos. El Sargento Pimienta expresó las inquietudes de toda una generación, la del “flower power”, la del “verano del amor” y el Festival de Woodstock. Para los que observábamos todo esto desde Venezuela, las vibraciones de ese huracán sociocultural nos resultaban a la vez lejanas y extrañamente propias.
Con el paso del tiempo y debido a los efectos de la beatlemanía a nivel global, se perdió de vista un hecho clave: los Beatles eran profundamente ingleses. Cuando estos cuatro muchachos de Liverpool, todos ellos nacidos en el seno de los sectores sociales menos pudientes de la empobrecida Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, arribaron a Nueva York en 1964, se puso de manifiesto un singular contraste. Por una parte, miles de adolescentes se agolpaban para presenciar sus presentaciones personales en teatros y estadios, en medio de un ensordecedor bullicio y un incontrolable tumulto, que impedían escuchar la música y amenazaban con desbordarse en violentos motines. Pero por otro lado y sorprendentemente, lo que se veía en el escenario era a cuatro jóvenes, con el cabello sin duda un poco largo (muy poco para entonces) pero simétricamente cortado, que cantaban y tocaban sus guitarras eléctricas sin excesivos movimientos, vestidos con formales trajes oscuros, camisas blancas y corbatas, y quienes al concluir cada pieza hacían una profunda reverencia, como si estuviesen inclinándose ante la reina Elizabeth II.
Durante ese primer período de su desarrollo los Beatles encarnaron la profunda relación inglesa entre la libertad y el orden, entre el cuestionamiento a lo existente realizado, no obstante, dentro de una estructura de convencionalismos y normas que se sostienen en el tiempo sin grandes fisuras. Pero ese equilibrio, originado en tradiciones arraigadas en el lugar y tiempo en que los Beatles crecieron desde la niñez a la juventud, quedó atrás a medida que se convertían en un fenómeno cultural planetario. El mundo en que surgieron los Beatles se movía precariamente, como sobre una cuerda floja, entre el pasado y el futuro. Con los Beatles a la cabeza en el terreno musical, ese mundo se lanzó desbocadamente hacia el futuro.
¿Y qué mundo nació en los sesenta, una década inigualable en cuanto a experimentación vital en todos los órdenes? Ni el espacio ni el limitado propósito de estas notas permiten indagar sobre un tema tan vasto y complejo. Tan solo apuntaré lo siguiente a manera de conjeturas exploratorias. Pienso que si bien es cierto que esos años generaron inmensos cambios culturales en numerosos terrenos, las transformaciones políticas como tales no fueron tan grandes en el corto y mediano plazo, con las únicas excepciones del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos y contra la guerra de Vietnam. En otras palabras, las democracias avanzadas de Occidente siguieron siendo gobernadas, en lo esencial, como venía ocurriendo desde 1945. Sin embargo, los hondos procesos de transformación cultural y tecnológica tuvieron eventualmente una impresionante repercusión política.
De un lado, creo, sería errado subestimar los efectos que la rebelión juvenil en Occidente tuvo más allá de la Cortina de Hierro, en los países comunistas de Europa Oriental y la URSS. Las nuevas actitudes y valores ejercieron su influencia en la gradual desilusión de las nuevas generaciones frente al anquilosado y mediocre clima cultural del socialismo soviético. De otro lado, el hedonismo de la generación de los Beatles y las siguientes, la rebeldía contra el mundo heredado de los padres, una rebelión que carecía de clara conciencia acerca de lo mucho que los jóvenes debíamos a ese pasado, produjo en Occidente la generalizada convicción de que todo estaba y está permitido, de que la libertad equivale al libertinaje y de que las responsabilidades son cargas más bien inaceptables, de las que es imperativo en lo posible escapar. Como resultado, al menos parcial, de todo ello, nuestra civilización hoy se encuentra crecientemente extraviada en cuanto a los valores que dice defender, y sobre todo en cuanto a qué sacrificios está dispuesta a hacer para protegerlos.
Sería desde luego absurdo e injusto atribuir a los Beatles la culpa de esto, aunque alguna culpa recae sobre sus hombros. Lo digo pues la banda, y en especial su líder, John Lennon, potenciaron extraordinariamente la transfiguración de las estrellas de la música popular y el cine en especie de personajes mesiánicos, profetas de una nueva era de paz y armonía, basada en la bondad y en una inextinguible superficialidad interpretativa sobre la naturaleza humana y las complejidades y exigencias de la política. Cabe en tal sentido recordar los famosos “happenings” en los que Lennon y su esposa japonesa, Yoko Ono, se mostraban ante una ingenua y frívola prensa internacional sentados sobre una cama durante varios días, posiblemente drogados, exponiendo un evangelio confuso en aras de una etérea paz mundial.
Desde luego, todo esto podría ahora considerarse inofensivo y hasta ridículo. No obstante en su momento no fue tan fácilmente desestimado, y me atrevo a sostener que durante esos años y a través de personajes como Lennon, empezó a tomar cuerpo un proceso de ablandamiento psicológico y enredo moral y conceptual que hoy ha devenido en el credo acuoso de la “corrección política”, de aquello que en Europa algunos califican como “buenismo”, y que se resume en el postulado según el cual la paz es un fin en sí mismo alcanzable mediante los buenos deseos de algunos idealistas iluminados, y no la consecuencia de la seguridad, así sea precaria (siempre lo es) afirmada entre los diversos actores del sistema internacional.
Obviamente, lo anterior nos aleja de los Beatles como grupo musical y de sus diversos y con frecuencia notables logros en su campo. Su impacto sociocultural es innegable y su carrera en diversos planos sintetizó ese tiempo casi mágico, los sesenta y setenta del pasado siglo, tiempo que fue una moneda de dos caras: De un lado una explosión de la imaginación y la creatividad en diversos órdenes, y de otro lado un deslave moral en el que millones terminaron escapando de la realidad por diversos métodos, sin conseguir las más de las veces otra cosa que una muerte estéril en el abismo de la droga.
Concluyo con esto: dediqué unas horas el pasado fin de semana a escuchar otra vez algunos de los grandes discos de los Beatles. Admito que me invadió una gran nostalgia, la que todos –presumo– sentimos al recobrar un pedazo de nuestra juventud.
El mundo de los Beatles
Aníbal Romero
Hace poco más de medio siglo, en febrero de 1964, los Beatles llegaron por primera vez de gira musical a Estados Unidos. Si bien ya para entonces su popularidad se acrecentaba día tras día, esa visita al enorme y dinámico mercado norteamericano fue decisiva en el camino de conversión de un fenómeno que empezó en la ciudad inglesa de Liverpool, en modestos locales visitados por escasos y dedicados seguidores, en una tormenta sociocultural de alcance global, con repercusiones que aún experimentamos. Me refiero, desde luego, a lo que se denomina cultura popular, que de un modo u otro nos atañe a todos.
Lo que en estas notas designo como “el mundo de los Beatles” constituye en realidad tres mundos, obviamente interconectados pero a los que resulta útil distinguir. De un lado el mundo de la música de los Beatles; de otro lado el entorno en que esa música se insertó, del que fue expresión y al que contribuyó a cambiar. Finalmente el espacio y búsqueda vital de la banda o grupo musical como tal, el de las cuatro personalidades que integraron ese misterioso motor de creatividad, sobre el que diré pocas palabras.
Para la generación a la que pertenezco, que éramos adolescentes y jóvenes en los años sesenta del pasado siglo, los Beatles fueron una revelación y un ícono o símbolo de pertenencia e identidad muy importante. Y ello se aplica nos gustase o no su música, su estilo e impacto en diversos planos de la existencia, desde la moda hasta la escogencia entre rebelión personal o adaptación al medio ambiente que nos rodeaba.
Estoy lejos de proclamarme experto en asuntos musicales, se trate de música clásica o popular, pero no se requerían hondos conocimientos para apreciar, durante esos años de inmensas transformaciones en Occidente, que los Beatles tenían enorme talento, y que su música jamás se estancó en el pantano de lo puramente comercial, sino que evolucionó con intensidad y originalidad en cuestión de poco tiempo, definiendo una época, inspirando a centenares de imitadores en todas partes, y deleitando a millones de fans alrededor del planeta.
En una primera etapa su música fue ciertamente directa, clara y sin adornos, un rock a la vez simple y lleno de fuerza; pero ya hacia la mitad de esa década convulsionada y aventurera, con sus LP Alma de goma (Rubber Soul, de 1965) y Revolver (1966), los Beatles dieron pasos cruciales hacia esa cima de la música pop que es el LP titulado El Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios (1967), un producto de excepcional sofisticación y calidad en su ámbito que reacomodó, recompuso y reconstruyó la música popular desde sus cimientos. El Sargento Pimienta expresó las inquietudes de toda una generación, la del “flower power”, la del “verano del amor” y el Festival de Woodstock. Para los que observábamos todo esto desde Venezuela, las vibraciones de ese huracán sociocultural nos resultaban a la vez lejanas y extrañamente propias.
Con el paso del tiempo y debido a los efectos de la beatlemanía a nivel global, se perdió de vista un hecho clave: los Beatles eran profundamente ingleses. Cuando estos cuatro muchachos de Liverpool, todos ellos nacidos en el seno de los sectores sociales menos pudientes de la empobrecida Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, arribaron a Nueva York en 1964, se puso de manifiesto un singular contraste. Por una parte, miles de adolescentes se agolpaban para presenciar sus presentaciones personales en teatros y estadios, en medio de un ensordecedor bullicio y un incontrolable tumulto, que impedían escuchar la música y amenazaban con desbordarse en violentos motines. Pero por otro lado y sorprendentemente, lo que se veía en el escenario era a cuatro jóvenes, con el cabello sin duda un poco largo (muy poco para entonces) pero simétricamente cortado, que cantaban y tocaban sus guitarras eléctricas sin excesivos movimientos, vestidos con formales trajes oscuros, camisas blancas y corbatas, y quienes al concluir cada pieza hacían una profunda reverencia, como si estuviesen inclinándose ante la reina Elizabeth II.
Durante ese primer período de su desarrollo los Beatles encarnaron la profunda relación inglesa entre la libertad y el orden, entre el cuestionamiento a lo existente realizado, no obstante, dentro de una estructura de convencionalismos y normas que se sostienen en el tiempo sin grandes fisuras. Pero ese equilibrio, originado en tradiciones arraigadas en el lugar y tiempo en que los Beatles crecieron desde la niñez a la juventud, quedó atrás a medida que se convertían en un fenómeno cultural planetario. El mundo en que surgieron los Beatles se movía precariamente, como sobre una cuerda floja, entre el pasado y el futuro. Con los Beatles a la cabeza en el terreno musical, ese mundo se lanzó desbocadamente hacia el futuro.
¿Y qué mundo nació en los sesenta, una década inigualable en cuanto a experimentación vital en todos los órdenes? Ni el espacio ni el limitado propósito de estas notas permiten indagar sobre un tema tan vasto y complejo. Tan solo apuntaré lo siguiente a manera de conjeturas exploratorias. Pienso que si bien es cierto que esos años generaron inmensos cambios culturales en numerosos terrenos, las transformaciones políticas como tales no fueron tan grandes en el corto y mediano plazo, con las únicas excepciones del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos y contra la guerra de Vietnam. En otras palabras, las democracias avanzadas de Occidente siguieron siendo gobernadas, en lo esencial, como venía ocurriendo desde 1945. Sin embargo, los hondos procesos de transformación cultural y tecnológica tuvieron eventualmente una impresionante repercusión política.
De un lado, creo, sería errado subestimar los efectos que la rebelión juvenil en Occidente tuvo más allá de la Cortina de Hierro, en los países comunistas de Europa Oriental y la URSS. Las nuevas actitudes y valores ejercieron su influencia en la gradual desilusión de las nuevas generaciones frente al anquilosado y mediocre clima cultural del socialismo soviético. De otro lado, el hedonismo de la generación de los Beatles y las siguientes, la rebeldía contra el mundo heredado de los padres, una rebelión que carecía de clara conciencia acerca de lo mucho que los jóvenes debíamos a ese pasado, produjo en Occidente la generalizada convicción de que todo estaba y está permitido, de que la libertad equivale al libertinaje y de que las responsabilidades son cargas más bien inaceptables, de las que es imperativo en lo posible escapar. Como resultado, al menos parcial, de todo ello, nuestra civilización hoy se encuentra crecientemente extraviada en cuanto a los valores que dice defender, y sobre todo en cuanto a qué sacrificios está dispuesta a hacer para protegerlos.
Sería desde luego absurdo e injusto atribuir a los Beatles la culpa de esto, aunque alguna culpa recae sobre sus hombros. Lo digo pues la banda, y en especial su líder, John Lennon, potenciaron extraordinariamente la transfiguración de las estrellas de la música popular y el cine en especie de personajes mesiánicos, profetas de una nueva era de paz y armonía, basada en la bondad y en una inextinguible superficialidad interpretativa sobre la naturaleza humana y las complejidades y exigencias de la política. Cabe en tal sentido recordar los famosos “happenings” en los que Lennon y su esposa japonesa, Yoko Ono, se mostraban ante una ingenua y frívola prensa internacional sentados sobre una cama durante varios días, posiblemente drogados, exponiendo un evangelio confuso en aras de una etérea paz mundial.
Desde luego, todo esto podría ahora considerarse inofensivo y hasta ridículo. No obstante en su momento no fue tan fácilmente desestimado, y me atrevo a sostener que durante esos años y a través de personajes como Lennon, empezó a tomar cuerpo un proceso de ablandamiento psicológico y enredo moral y conceptual que hoy ha devenido en el credo acuoso de la “corrección política”, de aquello que en Europa algunos califican como “buenismo”, y que se resume en el postulado según el cual la paz es un fin en sí mismo alcanzable mediante los buenos deseos de algunos idealistas iluminados, y no la consecuencia de la seguridad, así sea precaria (siempre lo es) afirmada entre los diversos actores del sistema internacional.
Obviamente, lo anterior nos aleja de los Beatles como grupo musical y de sus diversos y con frecuencia notables logros en su campo. Su impacto sociocultural es innegable y su carrera en diversos planos sintetizó ese tiempo casi mágico, los sesenta y setenta del pasado siglo, tiempo que fue una moneda de dos caras: De un lado una explosión de la imaginación y la creatividad en diversos órdenes, y de otro lado un deslave moral en el que millones terminaron escapando de la realidad por diversos métodos, sin conseguir las más de las veces otra cosa que una muerte estéril en el abismo de la droga.
Concluyo con esto: dediqué unas horas el pasado fin de semana a escuchar otra vez algunos de los grandes discos de los Beatles. Admito que me invadió una gran nostalgia, la que todos –presumo– sentimos al recobrar un pedazo de nuestra juventud.
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domingo, 8 de febrero de 2015
IMPRESIÓN

Orfandad editorial
Luis Barragán
Variadas son las razones para
asegurar la supervivencia del libro impreso, por lo menos, en la década
venidera. La industria editorial y su desarrollo, persiste como indicador de
los países que, al parecer, inevitable etapa, ejemplifican la sociedad de la información
y del conocimiento estratégico con las consecuencias ya sabidas.
Exactamente, hay industria
editorial cuando alcanza una diversificación tal que habla de la vigencia de
las libertades indispensables del pensamiento y expresión. Además de distinguir
entre la literatura de divulgación y la especializada, tiende a satisfacer mediana
o plenamente el mercado en sus múltiples ámbitos de especialización (ficción, política,
escolar, arte, gastronomía, infantil,
musical, recreativo, universitario, historietas, militar, deportivo, etc.), incluyendo una poderosa rama
de imitación, falsificación o adulteración que ha de perseguir el Estado por
las responsabilidades punitivas que universalmente les son reconocidas,
interesado inicialmente en materia tributaria.
Argumento en contrario, la
pobreza editorial nos remite a varias circunstancias como la obviamente escasa
producción de impresos y su ineficaz comercialización, el monopolio ejercido
por un gobierno desconocedor de la pluralidad social y política, el sagaz crecimiento
de la piratería que incursiona en un mercado delictivo (incluso, junto a la
droga, el licor, el medicamento, el
tráfico de órganos humanos, o afines de ya cierta complejidad gerencial). Por supuesto, el apocamiento o la nulidad de
las importaciones físicas insustituibles, por cierto, agravada la dificultad de adquisición a través
de los encarecidos o censurados medios digitales.
Parecido a lo que se conoce en la
criminología clásica como la cifra negra
de la delincuencia, poco o nada se sabe en Venezuela de la situación editorial,
aunque se filtran algunas noticias sobre la poca o ninguna prioridad que tiene
en la asignación de divisas, la preponderancia gubernamental, el atraso
tecnológico o, fácilmente constatable, la desaparición de las otrora editoriales
independientes y la quiebra recurrente de librerías de una respetable
tradición. Los empresarios del ramo, agremiados o no, opinan muy esporádica y
cautelosamente cuando ya lucen insalvables sus condiciones, la demanda alerta
sobre el texto único escolar también de interesado contenido y poca calidad
material, convirtiéndose la denuncia en un riesgo considerable: intransitable,
la comisión parlamentaria relacionada evade
o niega cualesquiera planteamientos directos o indirectos, añadida la protección
de los derechos de autor, como ha ocurrido en la Comisión Permanente de Cultura
de la Asamblea Nacional.
En días pasados, atendimos la
cordial invitación al ensayo de una banda que cultiva el rock anglosajón de
principios y mediados de la década de los sesenta del XX, y nos llamó
poderosamente la atención que, a la entrada del estudio, hubiese dos pesados
tomos de partituras y letras afamadas por The
Beatles. Uno de ellos, cuidadosa y vistosamente manufacturado, poblado de
notas musicales, pesado y estupendamente
impreso, suscitó la reflexión.
Por más desarrollo que festejemos
de la red de redes, se nos dijo, no es posible hallar gratuitamente siquiera la mitad de las
partituras con la fidelidad de sus matices. El mercado interactivo las oferta
física y digitalmente a un precio acaso risible en otros países, mas en el
nuestro definitivamente prohibitivo, sin considerar el gasto de envío o, de
contar con la suerte de un generoso viajero, el caprichoso decomiso de la
aduana o el sobrepeso del equipaje.
Nuestros músicos cuenta cada vez
más, con menores posibilidades de acceder a las partituras necesarias, sumadas
las más complejas para el género académico, provocando un tráfico inmensurable
de piezas fotocopiadas o de escaneo que, valga la acotación, los amigos del
aludido estudio de grabación, no suelen expedir evitándose así el progresivo deterioro
de sus preciados ejemplares. Por lo menos, antes, cuando - en los decenios
inaugurales del siglo pasado – los magazines del hogar atrapaban la atención de
las señoritas que las distinguía el estratégico aprendizaje del piano en casa,
perfeccionando una candidatura para el buen matrimonio, circulaban sendas
partituras de la canción de moda, asomando un nicho editorial que, en las
postrimerías de la centuria, definitivamente había desaparecido.
Un libro de pasatiempos, como
todavía lo notamos en las zonas de tránsito aéreo o terrestre de transportación
pública, por el elevado costo del papel y la tinta, parece más una posibilidad
obstinada ante las que obsequiosamente abre la telefonía móvil o las tabletas
que, también divisas por delante, restarán más en el espontáneo paisaje humano
del patio. De fácil adivinación, hay mercado para la historia y la práctica
deportivas, mediante la precisa añoranza de un cronista o el manual de un
experto que versa sobre las destrezas ocultas de un juego, pero – como en otros
campos – la ventana se reduce extraordinariamente y, hasta nuevo aviso, la
infopista principalmente promete una experiencia
meramente audiovisual: el kindle, masivo y abaratado en otros lugares, faltando
poco, es una herramienta altamente cotizada en el mundo hamponil, como puede
ocurrir con todo aparato – aún de disimulado diseño – que conceda una
transmisión interneteana
Pasamos de la cultura oral a la
digital y, aunque ya dudemos de ésta gracias a la enorme brecha social que nos
aqueja, lo cierto es que, pareciendo una deliberada y compartida orientación,
no hemos realizado la escrita. Coletilla inevitable, las empobrecidas
bibliotecas públicas sospechan del préstamo circulante, por lo que la orfandad
editorial luce como un objetivo programático del país, urgido de revertir.
Fotografía: LB, Caracas, 06/02/2015.
Reproducción: Élite, Caracas, nr. 597 del 20/02/1937.
Fuente: http://letralia.com/articulos-y-reportajes/2015/08/13/orfandad-editorial/#.VeMHYn2Im0A
Fuente: http://letralia.com/articulos-y-reportajes/2015/08/13/orfandad-editorial/#.VeMHYn2Im0A
domingo, 7 de diciembre de 2014
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Mariahé Pabón. "El sonado 1x1 carece de compás". Resumen, Caracas, nr. 46 del 22/09/1974.
- Rházes Hernández López. "Ballet". El Nacional, Caracas, 19/09/52.
- Augusto Cañizález Márquez. "Laudelino Mejías". El Farol, Caracas, nr. 208 de 01/64.
- Boris Izaguirre y el ciclo de rock de la Cinemateca Nacional. El Nacional, 30/05/82.
Reproducción: Pedro León Zapata y The Beatles. El Nacional, Caracas, 1965.
miércoles, 20 de agosto de 2014
BITÁCORA
No acostumbramos a orbitar fotografías personales. Empero, ayer fue un día de largo e intenso trabajo. Reunión tempranera sobre un específico tema parlamentario, luego varias con miras al Congreso Ciudadano. Y Tomás Arias, joven constitucionalista que imparte en la UCV, al concluir la última reunión, nos dijo que que tenía ensayo de la banda y amablemente nos invitó a la sesión. Fue un momento grato y desestresante de músicos aficionados (excepto el bajista que lo es de profesión), devotos de Los Beatles (previo a 1965 y nos dijeron las razones). Aunque ponemos en duda esa afición, porque en verdad son especialistas. Acotemos: la banda se llama "Early Stuff".
LB
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